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comportamientos se dan por sentados entre amantes o aún, hasta cierto punto, entre buenos amigos. Durante una sesión de terapia de grupo, sin embargo, son individuos totalmente desconocidos los que comparten la intimidad, aparentemente con la esperanza de que se producirá, aunque sea temporariamente, una relación que resulte efectiva. Goffman señaló en un libro llamado Interaction Ritual, que todos poseemos una máscara —el rostro— que es la que presentamos al mundo. Cuando lo consideramos necesario, tratamos de "salvar la cara", para mantener la impresión de que somos capaces y fuertes, tratando de no aparecer como tontos. Nos preocupa mantener no sólo nuestra propia imagen, sino la de otros. Esto significa que, por lo general, el papel elegido por cada miembro de un grupo es aceptado por el resto del mismo. Si, por ejemplo, una pareja que se halla separada se encuentra imprevistamente en una reunión y quieren hacer creer a los demás que su separación fue "adulta", de común acuerdo —aunque no haya sido así— el resto de la concurrencia cooperará, con gran alivio, en hacer que parezca así. Si una persona da un faux pas, el equilibrio de todos los concurrentes tambaleará simultáneamente y deberá ser restablecido. La gente coopera frecuentemente con la acción de ayudar a alguien que está en apuros de las maneras más extrañas y sutiles. Esto llega a su punto máximo cuando se trata de "salvar la cara" en la relación entre dos personas. Goffman ha observado que en el comienzo de una relación, especialmente si se trata de diferentes sexos, ambos individuos deben demostrar que no son fáciles de conquistar. Al mismo tiempo, deberán continuar desarrollando la relación mediante señales, pero que no sean demasiado obvias. Estas señales le indicarán al interlocutor lo que sucederá más adelante, de manera que como subproducto también pueda "salvar la cara" llegado el momento. Durante el galanteo, el individuo no querrá verse rechazado abiertamente, ni encontrarse en situación de tener que rechazar abiertamente a la otra persona. En estas circunstancias, el "proceso de indicación gestual" puede adquirir gran significado. Por ejemplo, si un hombre trata de tomar la mano de una mujer, ella podrá permitírselo por un breve lapso; pero si no quiere animarlo a que lo siga haciendo, mantendrá su mano completamente inerte; hará como si no hubiera notado que se la ha tomado —generalmente comenzará a hablar de algún tema muy intelectual— y en la primera oportunidad se librará de la opresión de su mano, sin darle al hecho ninguna importancia o con el pretexto de alcanzar algún objeto o de arreglarse el cabello. El hombre —por lo menos la mayoría de ellos— recibirá el mensaje. De esta manera, la tentativa habrá sido rechazada firmemente, sin haber pronunciado palabra alguna sobre el tema. Goffman señala que tomarse de la mano en público en nuestra cultura representa una señal muy específica, casi siempre de relación sexual, con excepción de los casos en que los involucrados son niños pequeños. A partir de la adolescencia, sólo nos tomamos de la mano con alguien perteneciente al sexo opuesto y sólo en casos en que la atracción sexual es, por lo menos, una posibilidad latente. Mediante este pequeño gesto cada persona confía parte de su propio yo a la otra y al mismo tiempo demuestra a quienquiera que esté presente que lo ha hecho así. De esta manera, una pareja de homosexuales podrá desafiar abiertamente al mundo por el solo hecho de tomarse de la mano en público. La connotación sexual también trae limitaciones acerca de la utilidad del comportamiento. Si dos hombres, por ejemplo, están tratando de mantenerse juntos en una aglomeración no podrán tomarse de la mano, aun cuando este gesto sería perfectamente obvio y natural. En otras situaciones públicas, las acciones de los hombres y las mujeres se ven limitadas por las expectaciones de la sociedad. Solemos definir a los hombres como seres crónica y casi obligatoriamente interesados en las chicas jóvenes y esperamos que lo demuestren. Las mujeres, a pesar de que están autorizadas a notar estas señales, deben responder negativamente. Una clara ilustración de este ejemplo, la ofrece esta escena cotidiana: el hombre que silba al ver pasar a una muchacha. Ésta podrá reaccionar de diversas maneras. Ignorarlo por completo; darse vuelta y efectuar algún comentario amistoso o enojada o podrá sonreír siguiendo imperturbable su camino. Este último procedimiento representa una pequeña apertura en las barreras de la comunicación pero será pequeña mientras la chica siga su camino. Si se detuviera, se diera vuelta y sonriera, el hombre se vería desconcertado, pues entonces estaría obligado a efectuar algún otro comentario o se sentiría un tonto. Yo conozco algunas feministas a las que les disgusta que les silben; por ello adoptan esta actitud —con una expresión de ironía en su postura o en la expresión del rostro— y me han dicho que les brinda muy buenos resultados.

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DAVIS FLORA - El Lenguaje De Los Gestos  

Flora Davis • 2 A Mamu Tayyabkhan y también a Karen Davis que leyeron el manuscrito pacientemente y que fueron mis críticos más duros y mis...

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