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En realidad, la naturaleza del contacto y la cualidad de la piel en sí actúan en íntima correspondencia. No resulta nada agradable recibir una caricia, aunque sea con todo cariño, si proviene de una mano helada y húmeda. El contacto —por lo menos desde un punto de vista impersonal— se produce en todo nuestro entorno, ya sea que lo percibamos o no; pero el solo hecho de que lo advertimos en tantas situaciones distintas, nos indica que nos afecta de una manera concreta. Vinculamos el contacto físico con el sexo, excepto cuando se nota claramente que no hay conexión entre ambos y en tales circunstancias lo utilizamos abiertamente para expresar amistad y afecto. En las calles de los Estados Unidos no suelen verse hombres ni mujeres que caminen del brazo. Sin embargo ésta es una costumbre bastante común en Sudamérica. A los norteamericanos nos parece un indicio de homosexualidad. Aun los padres e hijos grandes tienen entre sí el contacto más superficial posible. Hace algunos años, Sidney Jourard, profesor de psicología de la Universidad de Florida se interesó en el estudio de las costumbres que rigen el contacto físico; pretendía develar quiénes tocan a quiénes y dónde. Presentó a varios cientos de estudiantes universitarios una carta del cuerpo humano donde existían veintidós zonas numeradas y le preguntó a cada uno de ellos cuál zona de su cuerpo había sido tocada con más frecuencia por alguna razón, por su madre, padre, sus amigos más cercanos del mismo sexo y los del opuesto. Jourard también les pidió que indicaran cuáles zonas de las mismas personas habían tocado ellos y los motivos que los llevaron a hacerlo. Descubrió que tanto los estudiantes varones como las mujeres habían tenido poco contacto con sus padres y amigos del mismo sexo —la mayor parte de ellos en las manos, brazos y hombros—. Pero con las amistades del sexo opuesto fue como si "se hubieran abierto las compuertas". No todos los estudiantes disfrutaban de una relación constante con el sexo opuesto y estos pobres diablos confesaban que habían permanecido virtualmente "sin ser tocados" ni haber "tocado" a su vez. Pareciera ser que los jóvenes norteamericanos, a no ser que se entreguen regularmente a prácticas amorosas, pueden no conocer la experiencia de sentir su cuerpo cuando lo toca otra persona, lo abraza, lo empuja o lo masajea. Hasta los peluqueros, hoy en día, tienen tendencia a emplear masajeadores eléctricos para despersonalizar el contacto de la mano sobre el cuero cabelludo. Jourard cree que todo esto tiende a confirmar el diagnóstico de R. D. Laing de que el hombre moderno está "despersonalizado" —nuestros cuerpos tienen una tendencia a desaparecer del campo de nuestra experiencia. Jourard considera que tanto en la terapia de grupo, como en el uso de drogas, aparece el intento de volver a estar en contacto con el cuerpo. En la terapia de grupo, los participantes son estimulados a tocarse entre sí; se les enseña a estar más atentos a la existencia de sus propios cuerpos y a los de los demás. Las drogas psicodélicas despiertan en el individuo una serie de sensaciones y experiencias distintas en la percepción. Los investigadores del comportamiento algunas veces se refieren a un fenómeno que denominan "hambre de piel". Realmente la juventud en sus grandes reuniones rituales, como la de Woodstock, parecen necesitar y sentirse reconfortados, con lo que ha sido descripto como "el calor producido por la reunión de cuerpos animales". El antropólogo Paul Byers especula señalando que son las personas de edad las que padecen en mayor grado esa "hambre de piel" en nuestra sociedad. Son tocados quizá menos que nadie; más aun, a veces pareciera que la gente temiera que la vejez fuera contagiosa. Esta pérdida de contacto debe contribuir grandemente a la sensación de aislamiento que sienten los ancianos. La nuestra no es la única cultura en la que el contacto físico es relativamente tabú. Los británicos y canadienses del mismo origen practican esta costumbre en forma más severa y los alemanes más aun. Por otra parte, los españoles, italianos, franceses, judíos, rusos, franco-canadienses y sudamericanos son gente altamente táctiles. Dentro de los Estados Unidos los ciudadanos de origen anglo-sajón son los que resultan más reacios al contacto. Los italianos de segunda generación, en cambio, mantienen los patrones de contacto corporal de sus padres y abuelos. El tacto, el gusto y el olfato son sentidos de corta distancia. El oído y la vista, en cambio, pueden brindar experiencia a la distancia. Tal vez por esa razón, se considera que los placeres vinculados a éstos son más cerebrales y dignos de admiración. Los norteamericanos que tienen ten-

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DAVIS FLORA - El Lenguaje De Los Gestos  

Flora Davis • 2 A Mamu Tayyabkhan y también a Karen Davis que leyeron el manuscrito pacientemente y que fueron mis críticos más duros y mis...

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