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UN AROMA A VAINILLA La primera onda de luz de aquella mañana de octubre amenazaba con inundar el salón a través de la amplia cristalera que daba a la terraza. El café se enfriaba despacio, encima de una mesita baja y redonda, situada a los pies del sofá. Allí estaba sentada Natalia, apurando los últimos minutos antes de marcharse. Al igual que en los últimos días, su madre le había dejado la ropa preparada encima de la cama. Evidentemente era muy pronto para que ella memorizara el lugar de cada prenda dentro del armario. Llevaba unos zapatos negros de tacón escaso que dejaban ver parte de su empeine. Las medias de color carne parecían oscurecer aún más su piel bronceada tras el paso de un asfixiante verano. Su falda era de un tono pastel, entallada ligeramente más debajo de la cadera y tenía un discreto volante que venía a morir un poco más arriba de sus rodillas. La camisa negra, lisa y sin ningún tipo de floritura, aunque no pecaba de sobriedad. Quedaba abotonada dejando ver parte de su escote. Su mata de pelo liso y color miel caía encima de su hombro derecho. En su regazo, su libro de poemas favorito: “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” de Pablo Neruda. La noche de antes, su madre le estuvo leyendo ese que empieza diciendo: “Puedo escribir los versos más tristes esta noche…”. Daba los últimos sorbos al café mientras escuchaba “The blower’s doughter” de Damien rice. Era hora de salir de casa, el momento de enfrentarse al mundo un día más. A las personas siempre nos resulta difícil luchar contra aquello que no podemos ver. Allí estaba, intentando caminar por la acera sin más ayuda que la de su delgado bastón. Debía compensar el sentido del que carecía concentrándose en el resto, incluido el de su intuición. Anduvo un largo rato defendiéndose con su bastón. Su madre le dijo que podría pedir permiso en el trabajo y acompañarla, pero ella se negó rotundamente. Estaba dispuesta a vencer como fuera la incertidumbre que produce caminar a tientas. Era asombroso cómo ahora podía percibir los olores más insospechados. Natalia era capaz de oler el asfalto mojado por la fina lluvia caída aquella madrugada. Le llegaba el aroma de un herbolario situado al otro lado de la calle, el olor a pasteles de una confitería que se encontraba al dobla la esquina, incluso podía percibir los perfumes de los transeúntes. Entre ellos, había uno con el que inexplicablemente parecía haberse familiarizado aquellos días. Era un suave olor a vainilla, pero de ningún modo podía averiguar a quién pertenecía aquel aroma. Por supuesto su sentido del oído también se había acentuado. Le llegaban múltiples conversaciones entrecruzadas, comentarios a los que no era capaz de dar sentido y por desgracia, también percibía los murmullos de algunas personas que a su paso se compadecían de ella igual que si vagase como un alma en pena.


Cada vez que salvaba el bordillo de una acera o sorteaba alguno de los múltiples obstáculos que por desgracia se pueden encontrar en cualquier ciudad para personas discapacitadas, podía sentir cómo la gente se apartaba y le abría paso para contemplarla, como si fuese un animal de circo que se ve obligado a pasar por un aro en llamas. Era inevitable que tuviera miedo. En algunos momentos le parecía como si se fuera a colocar al borde de un abismo. A veces se veía obligada a controlar su respiración porque sentía los latidos de su corazón en la punta de su dedo meñique. De cuando en cuando, un nudo de lágrimas asomaba a su garganta y tenía que tirar de coraje para poder tragar saliva y deshacerlo. En algún momento le rondó la idea de bajar los brazos, de gritar hasta quebrar su voz, de darse por vencidaPresa de uno de esos instantes de tormento, sus piernas flaquearon justo cuando asomaba un nuevo bordillo. Perdió el equilibrio y no pudo apoyar el bastón. Le esperaba un duro golpe contra el suelo. Pero en esas décimas de segundo tuvo tiempo de percibir aquel misterioso aroma a vainilla con más intensidad que nunca. Unos brazos fuertes la agarraron justo a tiempo. Ella, en un acto reflejo, puso una de sus manos en el hombro de quien parecía ser una figura masculina. El chico le dio fuerzas para continuar hacia su destino, ahora con más convicción. Paso a paso, pudo abrirse camino, luchando contra el miedo y navegando por un mundo que no podía ver. Al otro lado de la puerta se escuchaba el jaleo típico de una turba de adolescentes antes de empezar la clase. Al abrir la puerta, se hizo el silencio de un modo repentino. Natalia era capaz de escuchar la respiración de sus compañeros. Tomó asiento y después de unos segundos, se quitó las gafas de sol. A continuación la profesora se acercó a ella y dijo: “Vuestra compañera ha superado con creces el reto de la clase; estar tres días privada de visión y comprobar así cómo vive una persona invidente”. Seguidamente le retiró la venda negra y opaca de los ojos. Por fin volvía a ver. En ese momento cayó en la cuenta de la suerte que tenía. En el mundo hay millones de personas que no pueden quitarse esa venda y lo más triste de todo, es que los gobiernos y las sociedades permanecen ciegos ante esta realidad. Apoyado en el marco de la puerta, había un chico que a ella siempre le había resultado muy guapo. Era de la clase de al lado y no dejaba de mirarla mientras sonreía. Algo de él le resultaba familiar, tal vez su perfume. Sin saber muy bien por qué, Natalia se acercó. Ambos se miraron y después de un instante, él le dijo: “Ha sido un placer acompañarte estos tres días…”.

(Un relato de Noemí Fernández García, primer premio en el Concurso de relatos “El elemento inesperado”, presentado con el pseudónimo de Paquita.)

Un aroma a vainilla  

Primer premio en el concurso de relatos "El elemento inesperado". IES Murgi, El Ejido.

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