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medio del profundo sueño vio a los Penates que le dijeron: «Creta no será vuestra patria. Marchaos, troyanos. Hay un lugar al que los troyanos llaman Hesperia y otros llaman Italia: ahí encontraréis el fin a vuestras calamidades: ahí viviréis en paz y fundaréis vuestra ciudad». Eneas reemprende el viaje. Sus naves son zarandeadas por las olas, pero logran llegar a Actium, donde encuentran al troyano Heleno, que gobernaba en estas tierras, y les dice: «Largo es el camino a Italia. Dirigíos a Sicilia y desde allí navegad hasta Italia. Navegar es siempre duro pero los hados os guiarán». De nuevo confían las naves a las olas. No pueden arribar a Sicilia porque el Etna les atemoriza con su erupción. Entonces la diosa Juno, que era hostil a los troyanos, se dirige a Eolo, rey de los vientos, logrando que los desencadene sobre el mar. Los infelices navegantes pronto se ven a merced de las olas embravecidas. Los navíos son dispersados y el piélago devora a alguno de ellos. Pero Neptuno, que manda sobre las aguas, soliviantado por el temporal, hace que los vientos vuelvan a lo profundo de sus cavernas. Cesa la tempestad y asoma el sol. Los troyanos se encuentran en las costas desconocidas de Libia. Cuando asoma el día, Eneas, acom pañado de Acates, empieza a explorar el lugar. Se le aparece su madre Venus y le dice que se halla cerca de una ciudad recién fundada, en la que gobierna la reina Dido. Acates y Eneas entran en Cartago, envueltos en una densa nube, que les permite mezclarse entre la multitud sin ser vistos. Al poco tiempo aparece la reina dirigiéndose al templo. De pronto ven llegar hasta el trono a algunos de los compañeros que había dispersado la tormenta. Entonces Eneas rasga la nube y ofrece a Dido los más ricos presentes que posee como don de hospitalidad. Pero Venus desconfía de Dido por estar la ciudad consagrada a Juno y hace, por mediación del dios Cupido, que ella se enamore de Eneas. Pronto la noticia de este amor se divulga por toda Libia, inquietando sobre todo al rey númida Yarbas, que había pretendido a la reina en diferentes ocasiones. Júpiter, previendo los peligros de tal amor, envía un mensaje a Eneas por mediación de Mercurio diciéndole que debía abandonar Cartago y dirigirse a Italia. Eneas le obedece ordenando a sus hombres que preparen las naves. Empiezan otro nuevo viaje y por fin llegan a Italia, a la desembocadura del Tíber. En esta región reinaba Latino. Este príncipe tenía una hija, llamada Lavinia, la que, conforme al oráculo y al designio del dios Fauno, debía casarse con un extranjero aunque estaba prometida a Turno, rey de los rútulos. Pero Eneas con sus aliados vence a Turno y su hijo Ascanio o Julo funda la ciudad

Los orígenes de Roma  

La leyenda de la fundación de Roma

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