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Para Sir Alvarenga

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El secreto que la humanidad aún no ha podido desentrañar tiene que ver con una posición hermenéutica y postcosmogónica de la eternidad —dijo el profesor. Yo pensé que su mayéutica incompleta era producto de su edad avanzada pero algo sucedió después que cambiaría para siempre las mentes de todos sus alumnos, en especial, la mía: después de cenar todavía se dio tiempo para degustar media botella de vino con su esposa. Sin 3


tocarla ni mirarla le hizo una breve reverencia y bajó a la sala de experimentos donde todos lo esperábamos. Su caminar tambaleante lo rebotaba en los huecos y fríos pasillos de estuco. Tenía atrofiada una pierna producto de sus correrías ideológicas de hace más de cuarenta años. En los últimos tiempos, el profesor había subido varios kilos y perdido un poco esa capacidad de hablar e improvisar que tuvo cuando todos éramos apenas unos aprendices con acné. La decadencia era evidente en cada uno de sus movimientos. Pero 4


conservaba intacta la capacidad de encontrar algo donde otros tantos no habían visto nada, esa rara habilidad que poseen todos los genios. Antes de entrar, escupió y carraspeo. Todos suspendieron sus charlas sobre experimentos, mujeres y yates. El profesor abrió la puerta principal y desde esa altura nos miró a todos. Su camisa blanca estaba manchada como si varios impactos de uva bala le desangraran su barrica interior. Al menos eso tenía que inventarme para no sentir una importante dosis de nervios.

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En la mesa de experimentos estaban dispuestas cuatro ánforas de metal a una distancia de 27 c e n t í m et ro s e n t re e l l a s . E l c u a r to d e experimentos cada vez me parecía más absurdo. En el fondo, junto a otras inservibles piezas de metal, había unas cuantas barricas y toneles vacíos. Y aunque carecían de anormalidad, la conjunción de elementos daba la sensación de que este era el último día del mundo. Comencé a sentir la boca seca y los tobillos laxos. El profesor bajó a donde estábamos y comenzó a preparar una pócima vertiendo el contenido de las ánforas en una pequeña botella de ónix. 6


Desde la pecera, en el techo, el hombre medusa nos miraba. Este espécimen era producto de la última línea de investigación fallida del profesor antes de meterse de lleno al mundo de los druidas. Siguiendo los hallazgos del adelantado Doctor Moreau, propuso una nueva aplicación, trabajando a la inversa. Viviseccionó humanos y esculpió sus huesos y músculos dándoles aspecto animal. Según los resultados obtenidos por el Doctor Moreau, los animales que alteró para humanizarlos, tendían irremediablemente a 7


retornar a su estado puro de bestia. El profesor optó por transformar humanos en bestias, obligando así a que el ser humano puro pudiera florecer en ellos, convirtiéndolos en lúcidos súperseres que en teoría poseyeran el recuerdo biofísico de la bestia en una evolucionada conciencia de continua superación humana, el resultado: una hipersobresaliente aplicación de sus virtudes cerebrales y motrices. El hombre medusa se hurgó la aparente nariz con un tentáculo. El profesor agitaba la botella de 8


ónix y murmuraba algunas palabras. Hace años en una madrugada fría, mientras tomábamos el té con galletitas, me contó que los hombres bestia de su creación, resultaron un fracaso. Todas salvo el hombre medusa, murieron de vanidad, la lucha entre el ego y el salvajismo resultó en una parálisis metafísica que los llevó a la depresión crónica. El hombre medusa que ya nadaba hacia otras latitudes de la pecera sobrevivió porque aprendió a meditar observando los corales falsos de su pecera y contando las burbujas impares

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respirador. Un caso extraño que revela la posibilidad de aprender de las cosas que en apariencia parecen no tener nada que decir. La botella de ónix rebosaba de un líquido amarillento y brillante. Nos pasó la botella uno a uno y bebimos el elixir sin preguntar siquiera. La confianza depositada en nuestro guía era ilimitada. Yo puse la botella en mi boca pero no ingerí el líquido, el hombre medusa contaba flotante las burbujas. El profesor se limpió el sudor de la frente y ofreció su inolvidable discurso. 10


—Nosotros, pobres mortales del siglo nuevo, no tenemos otra alternativa que individualizarnos. Esto, aunque sea la razón por la cual alcanzamos la máxima libertad ideológica en la historia de la humanidad, también ha cerrado las puertas de la historia, sólo porque tomamos conciencia demasiado pronto del olvido al que seremos sometidos. Han pasado tantos hombres y mujeres y tanto es el olvido que tuvieron...nunca sabremos el verdadero olor de su ropa... ¿acaso sabemos cuál fue la reacción de aquel hombre que vio morir por primera vez a 11


otro hombre y comprendió que ese sería también su destino..? He llegado a comprender que por esa debilidad se agruparon y se llamaron hermanos unos a otros. Es por eso que ahora con esta bebida que han introducido en sus cuerpos sin preguntar siquiera, yo transplantaré mi individualidad en todos ustedes, controlaré sus mentes, sus cuerpos y asumiré su multiplicado olvido —concluyó el profesor y no volvió a decir una palabra. Los otros alumnos se petrificaron de pie frente al profesor que sin perder tiempo colocó su cuello en una máquina equipada con un soporte y apretó un botón rojo que activo el 12


dispositivo hidráulico de alto poder. En el techo se escuchó el movimiento preciso de unos metales poderosos y con velocidad sorpresiva un bloque de acero puro aplastó matemáticamente sin salpicar el cráneo del profesor. El silencio y las moscas aparecían de pronto en el mundo. El cuerpo decapitado del profesor resbaló viscoso por la máquina de la muerte. La mujer del profesor no bajó a despedirnos, sólo ordenó que el lugar se limpiara y que ninguno de nosotros volviera a poner pie en su casa. Salimos 13


apresurados. Mis compañeros se desplazaban pálidos por la sala del profesor hacia la puerta de salida. Sus últimas palabras resultaron confusas y extravagantes, además, su elixir parecía no haber hecho ningún efecto en sus alumnos; otro diferente al miedo. Yo palidecí también por solidaridad y el hombre medusa lentamente se hundió en sus pensamientos hasta que se convirtió en agua imperturbable. Me sentí arrepentido de no beber de la botella de ónix como si mi actitud fuera una falta de respeto al profesor. Mis compañeros tomaron a la derecha 14


por la Calle del Buque. A lo lejos escuché que se reanudaban cada vez con más euforia unas pláticas sobre yates, mujeres y experimentos. Atravesé en penumbra el parque Elenora hasta llegar a las espaldas del campus universitario. Las jóvenes pelirrojas en patines ponían las sillas de los salones sobre las mesas y trapeaban los pisos aisladas de la miseria del mundo gracias a sus coloridos reproductores digitales. Caminé unas cuantas calles y compré una hamburguesa en el Burguerama. La pedí sin pepinillos, pero igual se los pusieron. Así es 15


siempre en este restaurante. SeguĂ­ andando hacia mi casa tratando de concentrarme en el lenguaje de los ĂĄrboles, que siempre, en especial de madrugada, estĂĄn ahĂ­ como queriendo comunicarnos algo.

Milenaria Cholula 2008

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Penúltimo día del mundo (cuento)