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EDITORIAL Hace medio siglo la educación, la ciencia y la modernización acelerada conformaban las respuestas para un porvenir aceptable, de calidad. Terminado el milagro mexicano es tiempo de reflexionar sobre formas de organización, comunión y convivencia, que permitan satisfacer las necesidades de la gente. La cultura popular es rica y la inversión en la misma incrementa el capital social de quienes la usan, enriquece las relaciones con el otro. Ojo, no se trata de una manifestación contenida y bien separada, sino todo lo contrario. Así se comprenden grupos cuyo pasado fue objeto de dominación, usos y costumbres resignificadas por las nuevas generaciones, sujetos sociales que se resisten a formar parte de la ideología principal; nuevas expresiones y maneras alternativas para comunicarlas y de ese modo demandar su lugar en el mundo. Y qué mejor ejemplo que esta modesta publicación alterna.

ÍNDICE ·México Mágico Cósmico ·¿La cultura del albur y las groserías? ·Brillando me fui ·Fe de barrio ·Mi viejita ·Un aliento de fiesta ·El atascón ·Soy luz, seré sombra ·¿Y mi pollo?

Fotodélicos Alejandra Landa Alma Laura Lagarde David Eurosa Luna Itzel Alexis Meli Vera Oscar Raúl Pérez Cabrera

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Pizca visual de las culturas populares Por: Itzel Alexis La cultura popular es el fundamento de los movimientos de liberación, es una cultura solidaria creada por los de abajo -la base de la pirámide capitalista- en respuesta a sus necesidades desde un complejo sistema simbólico de identidad que ellos y ellas mismos/as preservan y generan. Son indígenas y mestizos, pero no sólo son los y las indígenas y sus tradiciones, también los son la clase obrera, las/os migrantes, el 60% de pobres que viven en México que viven para trabajar; la cultura popular que está en el campo pero que también la encontramos en las ciudades: la cultura de las etnias oprimidas y de las clases subalternas. La cultura popular debería ser el fundamento de la cultura nacional, pero lo mediático y oficialista prefieren estereotipar y empobrecer lo “nacional” en beneficio de su proyecto de la clase dominante e ideológico burgués . “Tal ‘cultura popular’ no puede asimilarse ni siquiera a la cultura de la sociedad, ya que gran parte de esta última (todo lo que no sea cultura ilustrada, de élite o burguesa) es cultura popular.” (Colombres, 2009).


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M Cósmico éxico ágico

Por: Mowgli420 Todas las sociedades han creado un estilo de música particular con diferentes objetivos; ya sea para adorar a sus dioses, para amenizar fiestas, para la meditación, pero siempre con el fin común de concebir melodías que identifiquen al grupo donde pertenecen, o al menos anteriormente (ahora nomás lo hacen pa’ vender un chingo de discos). Podemos hablar de música china, coreana, inglesa, francesa, alemana, peruana, colombiana y un largo etcétera. Pero cuando preguntan ¿cuál es la música representativa de México? La palabra Mariachi aparece en la mayoría de personas. Aunque sabemos que existen una infinidad de estilos musicales como: Los sones jarochos y huastecos, la música creada por la marimba, la jarana yucateca y todas esas rolas que nos chutábamos en los festivales de la primaria (¡querreque!) ¿Pero qué ocurre con la música prehispánica? Como lo mencioné en el número anterior de esta revista, el impacto contracultural se dio en todo el mundo, y aunque la mayoría de jóvenes volteaba a hacia el oriente para ver, conocer y aprender nuevas experiencias, la juventud mexicana (o al menos la que estaba más alocada y harta de la cultura institucional) volteó hacia su pasado, se interesó en su historia, las zonas arqueológicas olvidadas por la sociedad fueron traídas al presente por esta juventud, por lo tanto, la música prehispánica custodiada por

Xochipilli (Dios del amor, la danza, las flores, las artes y las canciones) también fue adaptada (o rescatada). Un disco que en 1981 capturó las atmósferas precolombinas, las percusiones indígenas y el cantar de algunos pájaros lleva por nombre México Mágico Cósmico (Ipan In Xiktli Metztli//En el Ombligo de la Luna) el cual cuenta con algunos tintes electrónicos, lentos, densos y espesos, que fusionan el pasado con el futuro, los dioses aztecas con entes de otros planetas, ovnis aterrizando pa’ convertirse en dioses (tssssss). De entrada, el nombre está bien chingón, (al igual que la portada) y son de esos discos que están hechos para relajarse, o igual sirve de soundtrack para algún ritual mientras te curan de espanto o cuando te sanan del mal de ojo y te pasan un huevo por todo tu cuerpo (literal, y sin albur). Se le agradece a Luis Pérez (creador del disco anterior mencionado) esa tranquilidad que transmiten sus canciones, ya que se siente como un gran respiro ante está sociedad que lleva un ritmo bien Fast & furious, que no se detiene a escuchar un disco completo. Así que si algún día están hasta la madre de la sociedad y quieren relajarse es cosa de darle play, cerrar los ojos por 44 minutos y tratar de trasladarse a una realidad aparte.


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Piezas ENFRENTAR ESTE RETO NO IBA A SER FÁCIL: una pieza que las represente. Poder guiarlas, sin condicionarlas, y empujarlas a ir al más allá de donde ellas creían poder llegar, era nuestro. Vivimos rodeados de preconceptos con respecto a saber dibujar. De ideas erróneas que ponen el valor de una obra en lo estrictamente formal. De juicios emitidos desde la erudición con respecto a lo que puede y debe ser considerado bello y bien hecho. Era absolutamente normal que las mujeres sintieran gran inseguridad ante la tela en blanco. Si dibujar no fuera el problema, ¿Qué te gustaría bordar? Y así, poco a poco, lentamente, un sinfín de historias familiares, recuerdos reinterpretados y alguna que otra idea fantástica, fueron una a una volcándose sobre las telas. Algunas dibujaron solas, otras pidieron ayuda. Las más tímidas prefirieron que sus hijos realizaran los trazos que luego ellas bordarían de forma única. ¿Arte, artesanía, manualidad: ¿importa? Estas imágenes son honestas, de trazos simples, de colores vibrantes y puntadas precisas. Estas piezas vienen del corazón de estas mujeres, del gran cariño y sus recuerdos y del anhelo de hacer algo bonito. Sin duda, habían superado el reto.


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¿LA CULTURA DEL ALBUR Y LAS GROSERÍAS? El presente artículo puede ser lastimoso e ir en contra de las costumbres religiosas, morales y de status social de varias personas, pero en fin es una realidad. Las groserías y el albur han jugado parte de una cultura milenaria que se ha arraigado en las costumbres y hábitos de los mexicanos. Ya sé que la afirmación que acabo de hacer puede ser sometida a discusión y que de mal gusto o naco no me van a bajar, pero veamos porque lo afirmo. La cultura es el conjunto de símbolos, normas, creencias, ideales, costumbres, mitos y rituales que se transmite de generación en generación, otorgando identidad a los miembros de una comunidad y que orienta, guía y da significado a sus distintos quehaceres sociales. En primer lugar, tanto el albur como las groserías, están predeterminados por una serie de símbolos sin los cuales sería imposible entenderlos. El saber qué significa tal o cual seña es propio de nuestra sociedad o el doble sentido que se le da a las palabras son cosas que como individuos internalizamos para posteriormente reproducirlo. Los procesos de socialización, desde la infancia están encaminados a las groserías principalmente. No por nada se celebra de manera triunfal que un niño desde sus primeras palabras diga: “puto” o “chinga tu madre”. Una de los objetivos principales de las groserías consiste en el fin de “chingar” al otro, de hacerlo menos y en ocasiones de someterlo. Es una forma de asumir superioridad y poder hacia los demás, producto, al menos en nuestro país, de un machismo arraigado. Las groserías dan un significado a los quehaceres sociales y sobre todo guían la interacción social entre los individuos. Son concepciones que van encaminadas a convertirse en costumbres y rituales propios de una sociedad. Incluso en nuestro país es más factible que entiendas

a groserías que por tu nombre o hablando “civilizadamente”. Los imaginarios colectivos que reproducimos están desarrollados para que las groserías ocupen un lugar preponderante en nuestra vida diaria. El caso del albur no es distinto, aunque sí más incomodo para las personas. Su característica principal es la del doble sentido y la mayoría de las veces está orientada a la superioridad de una persona, con sus correspondientes connotaciones sexuales y de poder. Por esta razón el ideal de “chingar” al otro se vuelve a reproducir desarrollando hábitos y costumbres propios de una sociedad. Y lo más importante de todo, que de generación en generación se transmiten. El albur como forma de interacción se experimenta la mayoría de las veces en el periodo de secundaria y desde ahí, guste o no, se internaliza para toda la vida. Es cierto también que grandes sectores de la población lo tachan de una práctica corriente, vulgar y sin sentido alguno. Aunque la contradicción viene inmediatamente después cuando son consumidores visuales de programas televisivos con contenido “alburero” o cuando se declaran seguidores de extraordinarias películas mexicanas como Picardía mexicana, Lagunilla mi barrio, La pulquería, entre otras. Determinar si el albur y las groserías forman parte de la cultura mexicana sería un tanto caótico y derivaría en diversos puntos de vista. Pero al menos sí cumplen con todas las prerrogativas de lo que conocemos como cultura y sus formas en que se reproduce. Y al final de cuentas todos a lo largo de nuestra vida le hemos entrado a esta forma de expresión cultural. Por: Viko del Real


Brillando me fui Como hacer burbujas en la neblina ¿Quién va a notar la alegría de los niños que las están rompiendo? ¿Quién va a mirar esta tristeza mía? si nadie mira más allá de siete pasos, nadie encuentra amor en las reliquias. Como caminar sin rumbo fijo en la neblina, aunque creas que vas, retroceso es lo que inspiras, todos saben que te irás y al volver buscarás epifanías. Esto de habitar en tierras altas, donde el frío te estremece con caricias, hace los corazones duros, las miradas cautivas, las voces son rumores taciturnos escondidos tras rosarios y letanías. Las palabras son fragmentos, deterioros del lenguaje que se funden con la noche, con el canto de los grillos… con el aroma del café y la pesadez de esta neblina. y al final al medio día, todo se revuelve con la lluvia, se asienta con el frio y tu ausencia se funde con la mía.

Por: Moisés Lozada


FE de

BARRIO

El barrio se había vuelto peligroso. Celeste tenía los ojos inundados. Estaba allí frente al altar dueño de su fe: morena como un cacahuate y rubia como cabello de barbie barata. Ni gorda ni flaca, pero bien segura, eso sí, de lo que con esos atributos podía conseguir. Chaparrita cuerpo-de-uva, malandra y coqueta. Una muchacha de barrio. Acababa de cumplir 15 años, había tenido una fiesta digna de recordarse con la calle cerrada por dos camionetas, seductores mezcales, brebaje sagrado; triangulitos de colores adornando a la calle como un collar. Ella sin vestido, claro, pero con unos pantalones recién estrenados del mercado y unos tenis Jordan de paquete, nuevecitos, abrillantados y deslumbrantes. El sonido lo puso su padrino: Cosmos, y fue el encargado de poner a bailar a todos esos invitados, que eran más su familia que simples vecinos, más su consuelo que su tempestad. La noche se había pintado la boca y era te-

rriblemente perfecta para la fiesta de Celeste. Allí estaban todos, reunidos para celebrarle a la niña que pronto sería toda una mujer. Simbolismos de antaño. La señora de los tamales que costaban un peso porque sólo tenían chile, los Pérez todos bien peinados y perfumados; Josefa, la señora de la tienda que regaló unos refrescos; Jaimito, el mero-mero de los microbuseros de la zona; don Clemente fue con todas sus hijas y su doña Marta, la esposa. Todos estaban allí, celebrando antes de la misa, haciendo todo al revés. El barrio enterito, el barrio-entraña, barrio-casa, barrio-madre. Y estaban bailando, viendo bailar, ensangrentados de miseria, pero llenos de bondad. La gente no es mala, la vida es a veces muy puta y no todos tienen para pagar. Los hermanos de Celeste se habían comprado todos una camisa igual. Eran solos, sin papás. Se fueron todos caminando a la iglesia por la bajadita, esa calle puntiaguda que parecía un tobogán. Chistes,


bromas, chiflidos y risitas les adornaron el camino. Iba toda la familia de vecinos lista a encomendarse a San Juditas, a agradecerle la vida de la quinceañera, a pedir por su casa, por su barrio, que se había vuelto muy peligroso. Nadie lo sabía. La quinceañera estaba bien embarazada. Empanzonada, aguijoneada, maldita. Esas eran las circunstancias. Tener un hijo de Elvis, un bueno para nada al que le habían puesto ese nombre para compensar la falta de linaje. Cosas de barrio. Celeste no quería que nadie lo notara, ni quería que sus hermanos lo supieran jamás, pero sobre todo, no quería estar embarazada. Y allí iba, toda pintarrajeada de la cara a pararse frente al altar. Un San Judas Tadeo más grande que una persona de verdad la miraba con ternura. Ella se raspaba la piel con sus uñas decoradas, estaba nerviosa, parecía el juicio final. No puso atención al Padre durante toda la misa. -San Juditas, por favor, te pido que me ayudes con este problema. Tú sabes que yo no quería, no quería. Te lo juro, deveritas. Fue el Elvis que me convenció, yo no quiero estar embarazada ¿Qué voy a hacer? Si mis hermanos se enteran lo van a matar con un microbús y pues…pues, pobres somos, pero asesinos, no, nunca. Tú sabes toda la verdad, para qué te cuento si sabes todo y lo ves todo, ay San Juditas, por favor, ayúdame, hazme un milagrito. Yo no quiero estar embarazada, además ni puedo tener un hijo, si ni he terminado la secundaria, ay no, por favor… San Juditas por favor… Los pensamientos de Celeste se interrumpieron cuando probó la ostia. El cuerpo de cristo, amén.

Salieron todos de la iglesia. Elvis estaba del otro lado de la calle, con un pie recargado en la pared y en la mano un cigarro, espiando a la quinceañera de su desgracia, sin entrar a la iglesia por miedo a quemarse. Tenía la ropa muy limpia y la consciencia muy manchada. La miró, le sonrió. Celeste estaba emocionada, salió corriendo de la iglesia, entonces vio a Elvis y sin fijarse se cruzó la calle como una mecha. Un coche blanco con flamas pintadas a los lados le pasó por encima. La atropelló. El tiempo se detuvo, se congeló. Elvis soltó el cigarro y corrió, la familia-barrio bajó los escalones de la iglesia lo más rápido posible, los hermanos gritaban y corrían como locos, no entendían nada. Todos estaban allí: viendo a la niña acostada en el pavimento, ensangrentada, sin uno de sus tenis, con el novio llorándole en medio de la calle, las manos torcidas, desencanto. Los milagros tienen una extraña manera de manifestarse. Celeste ya no estaba embarazada. Un coro hecho de llanto y maldiciones se desparramó por toda la calle. Otra vez la vida y sus jugarretas, otra vez la risa chimuela de la muerte que le hace caras a los pobres. Otra vez los dioses y los santos, otra vez la fe infinita de su barrio, la de ponerse en sus manos con los ojos cerrados para aliviarse la vida. Otra vez esas pruebas que marcan la carne de un pedazo de ese fantasma de gente que es México. Otra vez, hay que tener fe, otra vez.

Por: Enid Adriana Carrillo Moedano


Mi vuejita

Entre los miedos que me ha dado tu muerte hay uno. No es el miedo a perder tus ojos de sálvame ni a que de pronto, al abrir un mueble, la ropa se te parezca. No es el miedo a que el óxido fatigue tus cuchillos, a que el tiempo apague tu último cigarro. No es el miedo a que aparezca entre mis cosas otra receta inútil ni el miedo a sentirme desnudo sin tus manos. No es el miedo a confundirte conmigo sino a que caigas de mi memoria y yo no recuerde la forma dónde estabas.... Te me fuiste mi viejita. Y más que eso...ya no regresaste. Es incompensablemente, el miedo de no volverte a ver. No hay nada que celebrar, no hay nada que recordar… La gente viene y va... Y al final, todos seremos miembros de la misma casa.

Por: Víctor Espinosa


UN ALIENTO DE FIESTA Diversidad contrastante que a veces la idea de “modernidad” quiere extinguir, opacar, dejar en las sombras… irónico. Como un abanico se extienden, los colores, los aromas, las ideas, las personas, las culturas y los grupos. Piel mestiza, piel quemada, piel dorada o plateada. Libres por derecho natural, reprimidos por mandamiento artificial. Más que “popular” tendría que ser “original” “puro” y “ancestral”. Los ecos que guardan sus oídos, historias que guardan en sus memorias, texturas que recuerdan sus manos, el humo consume su futuro, el humo, envuelve su identidad y la transforma en inmortal. Pilar de tradiciones, columna de costumbres, eslabón primero de la socioculturalidad. Aliento espiritual escondido tras pupilas oscuras o casi vacilantes y sabias. Tamborileos por los callejones, se escuchan e invitan a salir, cantar, conocer y respirar. Voz baja pero constante, corazón fuerte, mirada penetrante. El azul se vuelve amarillo, amarillo que se vuelve morado, un morado que se transfor-

ma en rosa y repica con el verde natural. Transformaciones que surgen, regeneran, fortalecen, constituyen la identidad, nuestra identidad como pueblos, como sociedades; permiten revivir y existir, transformación sociocultural en el corazón de la humanidad. Valores que se recuerdan y viven, en una confluencia inimaginable, desde los polos hasta el fin del mundo. Notas que se retoman, notas que se mezclan y crean una armonía, una espiral de melodías, una espiral de fiesta y sabor. Una espiral que persigue un desarrollo constante, herido de pronto, impulsado por el coraje y el respeto de un tiempo, de un lugar, de un derecho. Una nube de significados y un torbellino de significaciones que van y vienen, que no se detienen, que construyen e identifican, que amarran y liberan. Un aliento del Sur, un grito del Norte, un abrazo mutuo y un muro transparente… Una cadena fuerte y sin miedos, sin opresiones, que une y solidifica, que respeta, desarrolla y combina almas, pasados y presentes.

Por: Meli Vera


E L A T A S C Ó N “Si pujas y pujas; y no puedes cagar, no te hagas pendejo y vete a trabajar” (Letrero de baño público)

Hoy quisiera poder escribir sobre manos que fabrican la cultura popular, hablar de aquellas voces donde el albur madura con un trago de mezcal. “Hoy quisiera decir que no duelen, los intentos de masacre a la identidad del mexicano que muchos ya quisieran olvidar”. Duele ver la ingratitud del indio al disfrazarse de chacal, tanto como el propio hermano que traiciona a su carnal, nos decimos mexicanos es inútil engañar, nos sentimos extranjeros para tratar de apantallar. “Hoy quisiera escribir un relato de aquellos que a diario en las calles se presentan, cuadros de indiferencia y regateo en los mercados; bosquejos de pobreza y acuarelas de recuerdos; pies que se han mimetizado con la tierra que los quema; pero el dolor no deja describir los colores del telar; aquellos mismos que el artesano en los alebrijes, jarros y juguetes logra colocar”. Sería mejor con letras de verdad hacer rimar un huapango que deba disfrutar de aquellos que se sienten en el alma a la hora de bailar. Quisiera no escribir en rima pero no debemos olvidar que para el mexicano “Atascado es popular” Atascados de miseria atascados de esperanza a la hora de rezar pinta calaveras que algún día se ha de llevar. “La abuela atasca de atolito a la mujer: que acaba de aventar un chamaco mexicano que entre nopales ya no juagará, si alguien me pregunta ¿qué es lo popular? Me gustaría poder decirle que ya deje de chingar, que en la mentada está la picardía que por detrás le puede entrar, que se siente si está cansado y le pueda explicar, aquellas historias que duelen pero que no deben pasar…”. Ya sólo para terminar: ¡Pulque, tequila y mezcal! ¡Pulque, tequila y mezcal! ¡Arriba! ¡ La Cultura Popular!

Por: Oscar Raúl Pérez Cabrera


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Voladores de Papantla Por: Alejandra Landa El rito de los voladores de papantla Papantla, (que proviene de la lengua Náhuatl Papanes “pájaros de colorido brillante”) se remonta a la época prehispánica y actualmente es conocido por grandes y chicos. Es un ritual religioso o también considerado danza de la fertilidad en la que se le pide al dios Sol que haya fertilidad en las tierras y buena cosecha. Este ritual busca la armonía entre el mundo natural y espiritual. Para elegir el poste de madera que usan le piden a la madre naturaleza que les muestre por medio de la voz de los pájaros cál es el que deben usar, hacen un ritual con incienso, aguardiente, y cantos. Éste tiene 33 escalones que representan las vertebras de la columna que sostiene nuestros cuerpos. Esta danza está realizada por cinco individuos, cuatro de ellos representan a los cuatro puntos cardinales y el quinto, que es “el sacerdote”, toca música indígena con un tambor que representa la voz de Dios y una flauta que representa el canto de las aves, ambos hechos de madera y a mano, en la parte más alta del tronco o “palo volador” donde está un pivote (denominado también manzana). Cada hombre pájaro gira 13 veces cada uno de ellos simulando descender por los 13 cielos del dios Sol, que multiplicado por los cuatro voladores da el resultado de 52 que simboliza el ciclo de 52 años del calendario indígena o Xiuhmolpilli. Según este calendario, cada 52 años se forma un ciclo solar y cada año está compuesto de 52 sem-anas, después de las cuales un nuevo sol nace y el curso de la vida continúa. Así al descender los hombres pájaro piden que descienda la lluvia para dar una abundante cosecha y sus cantos dedicados al sol de manera que el nuevo sol del Xiuhmolpilli pueda nacer y los cantos son dirigidos a los cuatro vientos pidiendo que la tierra continúe fértil. Este ritual se ha ido adaptando a la actualidad, ahora podemos encontrarlo con un poste metálico en lugar de tronco, también con un número diferente de escalones o con una soga amarrada al poste, pero sin duda es un ritual con mucho significado más allá de lo común, turístico y hasta comercial que podría aparentar ser.


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Vida entre la muerte

Por: Alma Laura Lagarde


Soy Luz, seré sombra…

Soy una sombra escondida que deambula por el bullicio de la gente Me esconden y me escondo detrás de los escombros, detrás de las palabras, a un lado de las miradas, ahí donde el silencio es olvido. Siendo una sombra escondida mis ojos se marchitan-. Siendo flores que no salen al sol, mis manos se paralizan ante el frio cortante de la mentira. Y soy… La sombra que brilla, ante las mordidas de los perros, hambrientos de odio, disidentes del pensar.

La sombra que posas en mi boca me carcome y me atraganta. Desvanece y enmudece. Mis ideas… Mi cuerpo… Mi sonrisa… Mi tiempo… Mi amor… Soy luz y me convierto en sombra… La sombra… De tus palabras que mienten…

Por: Julio César Acosta


¿Y mi pollo? Por: Omar Rodríguez Cerón

Al otro día de la espectacular juerga y en medio de lagunas mentales combinadas con vergüenzas after party y crudas morales (mismas que le hacían repetir en su mente la renuncia a cualquier otra participación en “tertulias” del mismo género desenfrenado) lo único que quería era algo para calmar su sedienta y pestilente boca, además de las ganas de tener algo más en el estómago que las delicias tan nutritivas del menú de la reunión de esa noche. Salió con su amigo Frank al que encontró debajo de una montaña de ropa sucia, utilizando un montón de calzoncillos sobreexplotados como almohada. Después de esta observación vinieron las obligadas preguntas: ¿De quién será ese montón de trapos? ¿A quién le está agarrando la entrepierna? ¿Quiénes son todos ellos? ¿De quién diablos es esta casa? Levantó apresuradamente a su compinche y procedieron a retirarse con la más ruidosa cautela posible. Veinte minutos recorridos en el camino desde su salida de aquella casa hacia ningún lugar, y se encontraron frente a un llamativo establecimiento de nombre “El pollo loco”. La marquesina del local contaba con una bellísima ilustración de una joven ave doméstica dentro de un recipiente enorme que no podía ser otra cosa que un

caldero gigante. El plumífero estaba perfectamente acomodado y sumergido en una mezcla de especias y vegetales, con su brazo izquierdo (perdón, quise decir: su ala izquierda) descansando en el borde del caldero. Con su otro brazo (perdón… ala) sostenía un cucharón, el cual, se podía observar, fue sumergido en el mismo contenido que “contenía” al pollo, éste que asumía una enorme sonrisa y una mirada penetrante hacia él. Se puso a pensar: El pollo está feliz de que lo cocinen, además va a deleitarse con su propio sabor, en realidad que ese pollo está loco. Pero el establecimiento es de pollos asados, no de caldos de pollo, el que debe estar loco es el dueño. Pero ¿Le estoy buscando la sensatez a la locura? Si el pollo está loco o si el dueño está loco, ellos por supuesto que no están conscientes de su locura, pues están locos. Lo que para ellos es normal para mí es una locura, podría ser que la locura para ellos seria querer encontrarle un sentido racional a las cosas; entonces para ellos yo estoy loco (por decirlo así)… - Me agrada este lugar. Entremos –le dijo a Frank. Pero poco le iba a durar el gusto. - Nos vende un pollo por favor. - Tome un boleto. -Pero si no hay más gente pensó. Sin embargo, tomó el boleto. - Me vende un pollo por favor.


- Aquí no se despacha joven, es del otro lado –Observó que “el otro lado” era parte del mismo local, lo único que tenia de “otro lado” es que una columna de concreto hacia dividir el frente en dos partes iguales, únicamente el frente, no el local en dos partes. La división era mental, puesto que al mismo empleado le bastaba caminar tres pasos para estar “del otro lado”. Sin ganas de discutir sobre el espacio físico y sus estúpidas leyes de división geográfica procedió a dirigirse “al otro lado”, donde una mujer con aires de grandeza, únicamente retenidos por la cofia en su cabeza, lo esperaba con cara de pocos amigos.

ese maligno pollo que no dejaba de bailar. Después de otros 5 minutos, por fin la orden estaba lista. - Aquí tiene su orden. Un pollo sencillo. - ¡Por fin!- Volteó hacia el horno y no podía creerlo. El lugar del pollo burlón estaba vacío; venganza: dulce, azada y grasosa venganza –Se cobra por favor. - Se paga del otro lado por favor. - ¿QUEEEÉ? - Fue lo único que se escuchó, casi pierde los cabales, aunque tal vez eso es lo que buscan en “El pollo loco”, volver loco a todo el mundo. Retomó aire y de un

- Numero 76. ¿Cuál va a ser su orden?

suspiro se abalanzó hacia el “otro lado”

- Ya le dije, un pollo asado.

para pagar – Está bien. Cóbrese por fa-

- Al carbón, a la diabla, enchilado o sencillo. - Sencillo por favor. Ah, y me pone salsa verde –Frente a él podía ver el desfile alternativo de los pollos que iban de arriba abajo girando sobre su propio eje horizontal. El aroma lo cautivó; ya podía saborear esa pechuga envuelta en una gran tortilla con salsa verde y aguacate. - Muy bien, éste es su pedido, tome asiento mientras lo llaman- Le dijo el empleado mientras le entregaba en la mano un papel lleno de jeroglíficos que no pudo descifrar. ¿Qué? ¡Pero si ahí tiene el pollo! Sólo tiene que agarrarlo, meterlo en su empaque y dármelo, además cómo es que no ven que aquí no hay nadie más que nosotros pensó nuevamente. Iba perdiendo la paciencia. Tanto que podía observar cómo uno de los pollos de la rueda de la fortuna esa, le hacía un cierto tipo de baile de “ganador” o de burla, y sólo él sabe con qué ganas deseaba que el pollo que estuviera muy pronto entre sus fauces fuera ése. Se decidió a esperar, impaciente. 15 eternos y fastidiosos minutos tuvieron que pasar para escuchar el número de su boleto, sin embargo sólo fue una “finta”, pues la llamada sólo era para asegurar de nuevo que la orden fuera la correcta; y

vor –Sin embargo se percató de algo. - Oiga, ¿Y mi salsa verde? - Ésa se la dan del otro lado. A tres cuadras se escuchó un firme, resonante y agresivo “VÁYANSE AL CARAJO” proveniente de una voz casi de ultratumba. Acto seguido se vio salir a los dos clientes con una bolsa en la mano de uno de ellos, apretándola tan fuerte como si fuera el pescuezo de un pollo. Se sentaron la primer área verde que encontraron y él comía el pollo con una violencia notable, mientras pensaba en que tal vez exageró un poco, pero en realidad casi toda institución es así: protocolos que se hacen costumbres, el trámite para tal cosa, los supermercados, el bendito seguro social que por seguir los protocolos acostumbrados te podrían dejar a media sala de espera asfixiándote con un hueso de pollo asado. En realidad vivimos en una locura colectiva, el sistema tiene vida propia, los protocolos se vuelven costumbres, somos como ese pollo pintado en el local, estamos sumergidos en nuestra propia creación, en nuestra propia mierda y, al igual que el pollo, sólo sonreímos. Y esos malditos de allá arriba nada más se ríen.


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Rasgos que lo dicen todo

Por: Meli Vera


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Viajes Concluidos

Por: Oscar Raúl Pérez Cabrera

“Una vez que cumplen su misión, cual esqueletos son apilados los rines de la adrenalina, circulos de pasión” (Taller de Bicicletas “El Querrerque”: Tulancingo de Bravo, Hidalgo)


Sin TĂ­tulo

Por: Alma Laura Lagarde


Portada: Aymer Gรกlvez Contraportada: Mowgli420


Mandala: Filosofias Underground