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Aportes de la Economía Social al Desarrollo Miguel Alonzo Macías, Honduras O bien, “El Sector de la Economía Social en el contexto social, económico y ambiental y su contribución al desarrollo” En el marco del Foro Internacional de Cambio Climático Impactos y Desafíos para el Sector Productivo y Financiero San José, Costa Rica. Marzo 26 de 2010

I- Preámbulo En primer término me permito agradecer a todas las personas que han estado alrededor de la organización de este evento, que tiene un carácter internacional. Al Banco Popular por apuntarse a establecer un Pacto con y por la Vida. A la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), y finalmente, a nuestros amigos y amigas del Consorcio para la Gestión de la Economía Social (CONGES), especialmente a Víctor Hugo Morales, que se han vuelto dinamizadores de este proceso, en el que entendidos, apasionados y soñadores de la Economía Social nos vamos encontrando para preguntarnos qué podemos hacer, más allá de suscitar relaciones de intercambio económico; voltear nuestra mirada y pensamiento a otras realidades que se hacen presente y que se plantean como serios desafíos para la economía social, tal es el caso de la debacle medioambiental que sufre nuestro planeta. Desde la Red de Comercialización Comunitaria Alternativa - Red COMAL de Honduras, hemos pensado seriamente en este tema, acerca de nuestra responsabilidad con el ambiente y la naturaleza. Lo hicimos en el 2008 cuando tuvimos la oferta del gobierno nacional de convertirnos en distribuidores de urea y fertilizantes químicos, necesitados por nuestros productores. En ese mismo año se nos presentó la oportunidad de constituirnos en el referente nacional de importación del programa “urea solidaria”, promovido en el marco de la “Alianza Bolivariana para las Américas” (ALBA). Yo mismo integré una misión en la que nos entrevistamos con personeros de Petróleos y Químicos de Venezuela (PEQUIVEN), a fin de operativizar los mecanismos de comercialización de estos productos. Uno de nuestros principios, que dice: “respetamos la vida y la naturaleza” nos hizo echar marcha atrás con estos proyectos. Antes bien, iniciamos un proceso serio de promoción de la agricultura orgánica, poniendo por delante los principios agroecológicos. Esta tarea era más difícil, pero en fin, más coherente con lo que al final queremos lograr, que haya vida, y que sea en abundancia. II.- Breve encuadre conceptual

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Antes que nada es importante que precisemos de qué estamos hablando cuando nos referimos a Economía Social en el marco de una contribución al desarrollo. De qué economía hablamos y a qué desarrollo hacemos referencia, poniendo como un enunciado fundamental que la economía a la que hacemos mención tiene a la base lo que uno de los principios de la Red COMAL, en el que se declara que “valoramos el trabajo y la participación más que el capital”. Es decir, ponemos al ser humano como principio y fin de todo el accionar que desarrollemos. ¿Qué entendemos entonces por Economía Social o Solidaria - ESS? Para los fines de esta presentación, vamos a entender a una y otra de manera indistinta. De ahí que digamos que ESS consiste –siguiendo la definición de la Red COMAL- en “el intercambio de bienes y productos en red, la unidad de organizaciones y espacios de intercambio de productos y mercancías, el consumo de bienes producidos localmente…, todo lo anterior en respecto y armonía con la naturaleza y las culturas, predominando la cooperación y el bien común antes que la competencia; teniendo como fin último, la realización de la persona humana, sobrepuesta por encima de todo aquello que impide su autorrealización”. Es un conjunto de formas y prácticas económicas, que privilegian al ser humano como sujeto y fin de su actividad, orientada al buen vivir, en armonía con la naturaleza. Desde esta perspectiva no debe costar ubicar en qué posición o lugar queda el sujeto… Acá la relación económica, la producción y el intercambio de bienes y servicios no son fin sino medios para alcanzar el desarrollo; por qué no decir de una vez, el desarrollo sostenible y duradero. Veamos qué a de entenderse como tal. La Comisión Mundial sobre Ambiente y Desarrollo (Comisión Brundtland) en 1987 definió Desarrollo Sostenible como el que “asegura las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para enfrentarse a sus propias necesidades". Según este planteamiento el desarrollo sostenible tiene que conseguir a la vez: − La satisfacción de las necesidades del presente, propiciando una actividad económica que suministre

los bienes necesarios a toda la población mundial. La Comisión resaltó "las necesidades básicas de los pobres del mundo, a los que se debe dar una atención prioritaria". − La satisfacción de las necesidades del futuro, reduciendo al mínimo los efectos negativos de la

actividad económica, tanto en el consumo de recursos como en la generación de residuos, de tal forma que sean soportables para las próximas generaciones. Por lo tanto, nuestra actuación ha de tener en cuenta que cuando usamos recursos y minerales no renovables debemos encontrar formas de compensar totalmente el efecto negativo que se está produciendo.

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Frente a este planteamiento, cuál es la realidad que encontramos en términos sociales, económicos y ambientales. Sin querer ser pretenciosos, nos limitaremos a presentar un breve bosquejo de algunas variables que nos indican el estado de las cosas en nuestro continente latinoamericano. III.- Algunos datos de cómo estamos En términos numéricos comencemos por ubicar cuántos somos los que vivimos en esta parte del planeta llamado Latinoamérica. De acuerdo a los datos de la CEPAL para el 2010 la población de América Latina y El Caribe ronda los 582,544 mil habitantes. Los mismos informes cepalinos nos informan que la pobreza alcanza a un 35% de la población. Mientras en 1980 había 136 millones de pobres, para el 2006 esa cifra había crecido exorbitantemente, alcanzando los 194 millones de pobres y 71 millones de población viviendo en estado de indigencia. Mientras los primeros vivían con menos de dos dólares al día, los segundos no llegaban ni a 1$ por día. Estos datos contrastan con la riqueza natural que posee Latinoamérica, ya que en términos de posesión de recursos naturales y alimentos, el continente latinoamericano no es el más pobre del planeta, pero sí el más desigual. El 10% de la población tiene el 48% de la riqueza, frente al 10% más pobre que apenas llega al 1,6% de los ingresos. Peor aún, cuando leemos el último reporte de la Revista Forbes, en su edición de marzo 2010, en la que se constata que Latinoamérica cuenta con el hombre más rico del mudo, lo que nos confirma que efectivamente vivimos en un entorno de desigualdades. Aunado a esa realidad, las cifras del desempleo son cada vez más crecientes. Las contracciones experimentadas por la economía en los últimos tiempos, hacen que esta realidad se profundice aún mucho más. Los datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) nos reportan que éste alcanzó los más de 125 millones de desempleados, habiendo diferencias porcentuales entre un país y otro. A eso se suma que el 60% de los ocupados laboran en el Sector Informal Urbano (SIU), por lo que no gozan de la seguridad social ni de prestaciones que les garanticen un estado de bienestar cuando se acaben sus fuerzas físicas. Sin embargo, el número de empresas sigue creciendo, lo que nos indica que el crecimiento de éstas no se equipara con la empleabilidad. Los cambios tecnológicos nos hacen caminar hacia un prescindir de la fuerza humana para la generación de riqueza. En términos medioambientales el panorama no es nada alentador. La CEPAL en su informe 2009 “La Economía del cambio climático en América Latina y el Caribe” nos alerta que “los impactos climáticos sobre la agricultura suponen una relación cóncava con los rendimientos, el nivel de producción, o ambos; de este modo, la temperatura o la precipitación estimulan en un inicio el crecimiento de las cosechas para, posteriormente, reducirlo”. El mismo informe apunta que uno de los países más afectados a raíz de las perdidas ocasionadas por la degradación de los suelos es Paraguay, Perú y Ecuador en Sur América,

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que actualmente cuentan con alrededor de un 15% de su territorio degradado y que para el 2050, el mismo será del 31,2%. Todo parece indicar que la vida se encuentra en riesgo. El problema no sólo consistirá en la falta de condiciones climatológicas para la siembra. Sequillas o exceso de precipitaciones harán perecer todos aquellos cultivos que no contemplen la utilización de tecnología o mecanismos que permitan salvaguárdalos de eventos que alteren su desarrollo. Sólo en el 2010 el costo por los desastres climáticos pasará de los 8,600 millones de dólares (2000 – 2008) a los 11,000 millones de dólares. A esto se suman las pérdidas de vidas humanas, tal como quedó demostrado con el Huracán Mitch en Honduras –con más de 10 mil victimas mortales-, el terremoto en Haití –con saldo trágico de más de 200 mil muertes-; o el tsunami y terremoto de Chile (superior a las 800 victimas mortales). Si sumamos las muertes por desnutrición o hambruna, el panorama es aún mucho más complejo, según la Organización de la Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) en el mundo se producen 25 mil muertes por día, cerca de los 10 millones por año –de los cuales el 75% son niñas y niños. Una cuota significativa se encuentra en nuestro continente, aunque las cifras no terminen de mostrar esta realidad. Ahora bien, frente a este panorama, qué modelos económicos y de producción estamos generando. Volvamos a nuestro punto de partida, la Economía Social y Solidaria y su aporte al desarrollo. IV.- La Economía Social como modelo alternativo ante la debacle mundial La pregunta obligada que nos hacemos es sobre el estado actual del modelo capitalista y el papel del Estado como regulador de las relaciones económicas. ¿Es o ha sido un modelo que ha generado inclusión o exclusión social? ¿Qué pasó con los planteamientos keynesianos o de Adam Smith sobre el papel mediador y de equilibrio dinámico del Estado? Al parecer, los tecnócratas y directivos de los Organismos Financieros Internacionales (OFIs) se han movido entre el aferramiento a los dogmas economicistas y no frente a los criterios empírico – medibles. Es evidente que les ha resultado más fácil hablar desde la macroeconomía, que nos indica que las economías de nuestros países crecen en puntos porcentuales y cuando decrecen sólo lo hacen en décimas porcentuales; en lugar de hablar de la microeconomía que nos dice sin más, sobre el costo de las cosas, la capacidad adquisitiva y lo que podemos o no consumir o gastar dependiendo de cuánto ingreso generemos. Sin más, como ya lo han hecho otros que se han dado a la tarea de estudiar el desenvolvimiento de la economía y las repercusiones en la vida humana, junto a ellos podemos afirmar con toda contundencia que el modelo capitalista, además de ser excluyente, se ha caracterizado por ser empobrecedor. De allí la necesidad de ir adelante con un nuevo modelo que contribuya a reducir la creciente brecha entre los que más tienen y los que no tienen nada. O lo que sería deseable, que contribuya a desacelerar esa

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transición de un estrato a otro, en el que la movilidad social de ordinario suele acontecer de arriba hacia abajo; y en el que la variable de acceso a la educación dejó de ser un medio de movilidad social ascendente y se convirtió en tarea obligada para la sobrevivencia. ¿Cómo y en qué medida la economía social se constituye en una alternativa ante esa confusa –por llamarle de algún modo- realidad? Se puede concebir la empresa y las relaciones económicas fuera del marco capitalista. Justamente aquí es donde entra el papel de la economía social que nos indica no en tiempo futuro, sino ya en presente y como un imperativo que sí se pueden generar y construir relaciones económicas que partan de revertir esas realidades. Conocemos un sinnúmero de casos. Por citar algunos ejemplos, en España la Confederación Empresarial Española de Economía Social (CEPES), aglutinaba 47 mil empresas y casi dos millones de puestos de trabajo. Cinco años después, estas cifras son mucho mayores. Lo mismo sucede con ejemplos más cercanos en los que la Cooperativa 4 Pinos de Guatemala, gerenciada por el Ing. Tulio García, generó en el 2009 más de 1,200 empleos, con una facturación de 75 millones de dólares, en el que los dividendos son distribuidos entre sus socios y en la que las y los empleados reciben como pago dos veces más de lo que podría ganar en una maquila. Aquí mismo en Costa Rica, tenemos el ejemplo de la Cooperativa Autogestionaria de Servicios Aeroindustriales (COOPESA), que siendo una empresa del sector social ha generado mejores condiciones de bienestar para sus empleados que totalizan alrededor de unos 650, de los cuales un 80% son socios. Por su componente de formación técnica esta empresa social se ha constituido en una referente dentro del campo del mantenimiento de la aviación comercial en Latinoamérica y para otras partes del mundo. Queda demostrado entonces que sí podemos crear empresas, que además de tomar en cuenta las variables de rentabilidad, también toman en cuanta la empleabilidad, el compromiso con el entorno, la inclusión social, el bienestar social y la responsabilidad medioambiental; en fin, cimentadas sobre la base de principios socialmente compartidos entre los que gestionan la empresa y los que hacen posible la generación de riqueza. Siguiendo a Marco de Castro, ex presidente de CEPES, me permito plantear otros elementos que dan una nota distintiva a las empresas de la economía social, aportando nuevos mecanismos de funcionamiento económico, mismos que han sido señalados en La Conferencia Europea de Economía Social, celebrada en España en el 2002, en la que se concluía que la Economía Social contribuye en los siguientes aspectos: 1. Al problema del empleo: Generando puestos de trabajo de mayor estabilidad y calidad, y con más alto crecimiento, que el del sistema económico, contribuyendo a fijar la población en áreas geográficas donde la economía tradicional está ausente o en crisis.

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2. Al fomento de la capacidad emprendedora y empresarial : Ofreciendo fórmulas empresariales adecuadas para el desarrollo del espíritu y la capacidad del emprendedor, y para la implicación personal en la construcción social. 3. A la cohesión e inserción social : Mediante el trabajo asociativo o cooperativo, para la integración laboral y social de personas y grupos en riesgo de exclusión por sus especiales dificultades, o donde convenga el enraizamiento territorial de la población, evitando migraciones internas (rural/urbano), o impulsando la integración social de inmigrantes. 4. Al impulso de la “otra globalización”: La actual globalización viene dominada por criterios economicistas (pronta rentabilidad de los capitales, su movilidad, concentración de riqueza, secuelas de mayor pobreza...). La Economía Social impulsa la globalización de la solidaridad, promoviendo “otra globalización”, que es tan posible como necesaria. Vinculando el crecimiento económico a la cohesión social y, así mismo, impulsando en las empresas la aplicación del principio de su responsabilidad social, para lograr su atención al entorno y a la ética en sus relaciones. 5. A estos aportes hay que añadir el de la contribución al equilibrio medioambiental. Puesto que las empresas sociales se rigen por valores y principios, sus prácticas están cimentadas en el uso adecuado de los recursos naturales y renovables. En el caso de aquellas iniciativas de producción agrícola, hay una creciente conciencia de generar una nueva manera de relacionarse con el medio ambiente. V.- A modo de conclusión – En clave de desafíos Si partimos del presupuesto que la Economía Social se ha constituido en una alternativa al modelo económico imperante, es oportuno seguir profundizando en esa dirección a fin de revertir algunas tendencias sociales y medioambientales que pueden tener costos nocivos para la vida humana. 1. En términos de políticas de estado, se deben de garantizar los mecanismos que le den carta de ciudadanía a la economía social: marco legal y constitucional. Pero más allá, que cuente con los medios y recursos tanto o más como ha sido privilegiada la empresa convencional, definiendo mecanismos para interlocutar con el estado, así mismo, con la creación de un Ministerio de la Economía Social y Solidaria que permita dinamizar las iniciativas ya existentes y apalancar las que están emergiendo. 2. En materia de investigación, se hace necesario profundizar en procesos de formación que nos digan dónde están las claves que pueden permitir que haya una economía con enfoque del desarrollo

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sostenible, sin perder de vista lo que le es intrínseco, la rentabilidad financiera y la utilización de las ganancias. Si bien está claro que a mayor cooperación, mayor grado de desarrollo y viceversa, entonces sólo en la medida en que las organizaciones e instituciones cooperan es que hay desarrollo. La capacidad de cooperación, es en sí misma un factor de desarrollo, para ello hay que formar Capital Social, que haga combinar voluntades y habilidades. Por lo tanto, habrá que avanzar hacia la definición de la currícula y su difusión desde la academia –escuelas, colegios y la universidad- así como desde los espacios no formales, como hasta ahora se ha venido haciendo. 3. Dada la vocación incluyente de la economía social, se hace necesario replicar los distintos modelos exitosos, tomando en cuenta las particularidades y vocación de los territorios. Esto contribuirá a echar marcha atrás a los niveles de exclusión y empobrecimiento generados por el modelo económico capitalista, para ello se hace necesario la promoción y el intercambio de experiencias que permitan conocer el modo en que algunas experiencias han resultado exitosas, dentro y fuera de nuestra continente, tal es el caso de Mondragón en España (Mondragón Corporación Cooperativa), u otras más que podríamos añadir a las ya citadas. 4. Finalmente, las relaciones económicas y la misma economía social sólo podrá ser sustentable, en la medida en que incorpore todas las variables que llevan a contrarrestar las amenazas de la vida y de los medios de vida. Por su arraigo al territorio, la economía social sabe y conoce de ellas, por lo tanto, debe partir de la propia realidad para contribuir a su transformación sostenidamente responsable. Si bien el modelo económico capitalista ha hecho caso omiso a esta realidad, la economía social y solidaria lo debe tomar como un imperativo y como algo que de suyo va implícito en su razón de ser. Ante esta realidad, el reto queda en nuestra en manos… es hora de comenzar… es tiempo de continuar!

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