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EDITORIAL

EL CUARTO NÚMERO DE MALAMAG: TIEMPO Lo valoramos por inasible. No hay cómo detenerlo. Se lo lleva todo: la juventud, los años y hasta los recuerdos. Y mientras corre, vivimos tratando de fijar esos momentos ya pasados.

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Para algunos pasa rápido: los que viven apurados o los que están felices. Para otros, más pausado: no hay tiempo más lento que cuando se vive una pena. A los adolescentes, les pasa como por el lado. Sin premura. Y cuando se le pone un valor monetario, perderlo es como botar la plata al wáter. A ese concepto quisimos desnudar en este número 4. Si cronometramos la edición, podemos decir que usamos demasiado tiempo en tenerla lista: 68 días. De seguro hubo tiempos muertos, pero más cierto es que hasta nos faltaron días. El reportaje que más tiempo tardamos en concretar fue aquel en que el actor Julio Jung y la escultora Ximena Rodríguez nos cuentan cómo el paso de los años golpea al cuerpo. No porque ellos nos tramitaran, muy por el contrario, sino porque no es fácil hallar personas dispuestas a desnudar esas etapas de su vida. La entrevista al cantante Manuel García también tomó su tiempo. Ahí una gira nos jugó en contra, pero valió la pena la espera. De los artículos, el que le tomará más tiempo leer es el cuento que Marcelo Simonetti eligió publicar acá, pues era de los suyos el que mejor calzaba con el concepto de esta edición: “El abanico de madame Czechowska”. Al terminar de leerlo uno queda con la sensación esa de que fue tiempo bien invertido. Lo mismo con la ficción de Daniel Castro. Entre la búsqueda de temas y miradas, dimos con la de alguien que gusta alterar el tiempo jugando con su barba, los espacios y la geografía: Nicolás Matzner, conductor de la Ruta del Trompe. Otro invitado en esta edición alteró su percepción del tiempo con cannabis sativa; se trata del catador Sr. Bigotes. En lo visual, el tiempo lo atrapamos en ilustraciones, gráficos y fotografías. Y hubo temas que preferimos dejar reposar hasta que tomaran el cuerpo necesario para convertirse en letra molde en otra edición. Seguro no tardaremos menos de dos meses en preparar el próximo número de Malamag. Así que, mientras tanto a disfrutar de éste.

Equipo Editora General Nancy Castillo Edición periodística La Factoría Director de Arte Carlos Romo Periodista René Paz Producción Gráfica Daniela Saldaña Asistente de producción gráfica José Jara Ramírez Prod. Ejecutiva Sabrina Zúñiga PR y Publicidad Jorge Ramírez Fotógrafos: Gabriel Schkolnick, Anton Briansó Asistentes de Fotografía: Roberto Olivares y Jonathan Zamora Publicado por Estudio 9. Las opiniones vertidas por diferentes autores en esta revista, como también el contenido y forma de los avisos publicitarios, son de exclusiva responsabilidad de quienes los emiten o pagan por su inclusión, no teniendo Malamag, por tanto, ninguna responsabilidad al respecto. Corresponde en forma exclusiva de Malamag la decisión de aceptar o rechazar avisaje publicitario. Impreso en Ograma Santiago de Chile, Julio 2014. Distribución vía correo directo certificado.

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Colaboradores Sr. Bigotes Es catador de marihuana y Sommelier de la revista Cáñamo. Escribe columnas de Weeds Colombia y Tester del primer Banco Holandés de semillas de Cannabis. En resumen, se gana la vida fumando, y no, su familia no está orgullosa. (Pág. 52) Pablo Del Cielo Reside en Valencia donde cursa un Master de Ilustración y Diseño en la Universidad Politécnica. Antes de partir de Chile, este ilustrador fundó Gran Negro Ediciones y en Quilpué formó parte del Estudio de diseño Navaja. (Pág. 118) Jan D Gillich Nació en Nuremberg, Alemania. Este diseñador gráfico e ilustrador tiene a su haber, además, varias tipogragías. Actualmente, reside en Berlín. Ha sido director de arte para BMW, MINI y Sony. Un día, después del nacimiento de su segundo hijo, decidió renunciar al trabajo y dedicarse a la ilustración y proyectos personales. (Pág. 92) Daniel Castro Guionista de profesión. Sus diálogos han sido parte de las series de televisión “31 minutos”, “Diego y Glot”, “Huilcamán y Tolosa”, “El lagarto” y “Pic Nic”. Mientras escribe ficciones para Malamag, prepara el guión de su primer largometraje. (Pág.114). Iván Guerrero Periodista de radio y televisión. Se hizo conocido por su ironía y sentido del humor como notero de la versión chilena de CQC. Hoy conduce junto a Juan Carlos Fau y Werne Núñez un programa en radio Zero. (Pág. 20.) Ricardo Martínez Lingüista y magíster en Estudios Cognitivos por la Universidad de Chile, en la actualidad es becario Conicyt de Doctorado en la PUCV. Además, es columnista habitual de LUN y su interés por la neurociencia lo manifiesta en el blog terceracultura.cl que creó junto a su amigo Remis Ramos. (Pág. 24) Hernán Melgarejo Periodista recién egresado de la Universidad Católica. Ha colaborado en Kilómetro Cero, Revista Sal, Revista Sky Airlines y MSN. Ha escrito de deporte, cultura y política. Músico aficionado. (Pág. 14)

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Iván Melnick Artista visual de la Universidad Finnis Terrae. Ha expuesto en galerías locales y en el exterior con muestras colectivas. También tiene una relación de larga data con el cine, por lo que ha escrito críticas de cine para la revista La Pollera. (Pág. 84) Vicente Reinamontes Ilustrador y diseñador chileno con una incurable vocación por el activismo, la cultura y los proyectos editoriales. Colabora regularmente con revistas chilenas e internacionales y también con varios colectivos artísticos y académicos. Acaba de publicar su primer libro ilustrado “Al sur de la Alameda” junto a Lola Larra, sobre la Revolución pingüina. Además, desarrolla una editorial independiente llamado Pupa Press. Pablo Sanhueza Creció en Nueva Imperial, IX Región. Estudió Fotografía en el Instituto ARCOS. Ha trabajado para distintos medios de prensa, y su trabajo fue premiado en el Fotoprensa 2014. Hoy trabaja en un proyecto que dice es su favorito: retratar la comunidad haitiana en Chile, desde una perspectiva social, cultural y laboral. Su mayor motivación, reconoce, es Leito: su hija de 7 meses, a quien ya le prometió que la llevaría a fotografiar el mundo. “Ella ha sido la alegría más pura que he sentido en mi vida”. (Pág. 36) Pablo Santidrián Director y guionista madrileño. En su obra, los cortometrajes que abordan la soledad, el aislamiento y las relaciones de pareja, son su foco. Mientras desarrolla su proyecto de microcortos - “La Breve Historia”-, Santidrián prepara su debut en los largometrajes. (Pág. 104) Marcelo Simonetti Es escritor y periodista. Ha publicado tres novelas —La traición de Borges (Premio Casa de América de Narrativa, España, 2005), El fotógrafo de Dios y Tito— y un libro de cuentos —El abanico de madame Czechowska (Premio Municipal de Santiago, 2003). El cuento que le da nombre a este último volumen fue seleccionado por el crítico Camilo Marks para su libro Los mejores cuentos chilenos del siglo XXI. (Pág.108) Pía Sotomayor Historiadora y periodista. Socia fundadora, directora de comunicaciones y productora artística de Fauna Producciones. Dj, productora, manager de Atom TM y editora musical de Radio Zero. (Pág. 100).

Across the Cordiller Dúo conformado por Joel Pashanga Pinda Gatica y Pablo Bernacchia. En marzo del 2013 atraviesan la Cordillera a pie para ponerse al servicio de la creatividad chilena, manteniendo siempre su estilo. Son fieles y responden únicamente al sentido común. Actualmente trabajan como creativos en JWT, habiendo pasado antes por agencias como Greli&Greli, KinderLab+ y Publicis. Quienes los han visto, aseguran que no duermen. (Pág. 80)


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Gracias A de Antonio - Santiago, Chile Adam Oliveras - Barcelona, España Adelle Robinson - Lancashire, Reino Unido Ana Burdiel - París, Francia Ana Maria Fell - Santiago, Chile Andrey K, Moscú - Rusia Ángel Carcavilla - Santiago, Chile Aurora Conejero - Santiago, Chile Ben K Adams - Haselbury, Reino Unido Bucky Fuller - Los Ángeles, California c31913 - Madrid, España Camilo Huinca - Santiago, Chile Canal 13 - Santiago, Chile César Astudillo - Collado Villalba, España Christian Guthier - Oxford, Reino Unido Cony Barbona - Santiago, Chile Cristobal Tapia Montt - Santiago, Chile Daniel Castro - Santiago, Chile Domiciana M. del Arco - Salamanca, España Fabián Palmero - Santiago, Chile Fernando Ubiergo - Santiago, Chile Flia Espinoza - Rancagua, Chile Florencia Ituarte - Buenos Aires, Argentina Francisco Papas - Santiago, Chile Gabriella Fono - Budapest, Hungría Gema Sirandoni - Santiago, Chile Gonzalo Miranda - Santiago, Chile Guian Bolisay - Nueva York, NY Guillermo Parada - Santiago, Chile Hernán Melgarejo - Santiago, Chile Ignacia Paredes - Santiago, Chile Iván Barría - Punta Arenas, Chile Iván Guerrero - Santiago, Chile Iván Melnick - Santiago, Chile Jan D. Gillich - Berlín, Alemania Javier Sanfeliú - Santiago, Chile Joel Pinda - Santiago, Chile José Luis Calfucura - Santiago, Chile Julio Jung - Santiago, Chile Justin Kern - Chicago, United States Karthick Nagarajan - Bangalore, India Manuel García - Santiago, Chile Marcelo Simonetti - Valparaíso, Chile Martin Marcinski - Rogono, Polonia Matías Troncoso - Santiago, Chile Mayara Bayer - Santiago, Chile Micaela Gaymer - La Paz, Bolivia Nancy Estay - Iquique, Chile Natha - Bogotá, Colombia Nicolas Matzner - Santiago, Chile Pablo Bernachia - Santiago, Chile Pablo del Cielo - Valencia, España Pablo Santidrián - Madrid, España Pablo Sanhueza - Santiago, Chile Pedro Pan - Madrid, España Pia Sotomayor - Santiago, Chile Rafael López - Santiago, Chile Ricardo Martínez - Santiago, Chile Rod - Santiago, Chile Rodrigo Bravo - Santiago, Chile Rodrigo St.Jean - Santiago, Chile Sam Horner - Santa Mónica, California Sam Taylor Johnson - Londres, Reino Unido Saman Bernel - Benrud - Washington, DC Señor Bigotes - Santiago, Chile Shawn Tron - Londres, Reino Unido Shin K - Tokio, Japón Simona Zemaityte - Londres,Reino Unido Stefan Parnarov - Sofia, Bulgaria Thomas Hawk - San Francisco, California Valentina Paz - Palm Desert, California Vicente Reinamontes - Madrid, España Ximena Rodríguez - Santiago, Chile Zsueño - Santiago, Chile


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MUTACIÓN

La suma de los años POR RENÉ PAZ

¿Qué pasa en el cuerpo y en la mente cuando el tiempo les cae encima? Aquí dos historias. Julio Jung, actor, 72 años: “Con el tiempo, todo en el cuerpo crece; excepto la potencia sexual” “Con el correr de los años, mi cuerpo se ha ensanchado. Lo primero que aumentó de tamaño fueron los ‘neumáticos’ y la ponchera, esas acumulaciones de grasa que están al costado y en la parte de abajo de la guata. Los famosos ‘flotadores’. También tengo pechos. El hecho de que te salgan es por las hormonas que hay en los alimentos. A uno le inyectan tanta hormona a través de la comida, que lo más probable es que en poco tiempo más los hombres seamos andrógenos. Mi cara es otra cosa que ha cambiado. Para qué te digo los ojos. Nací con una cara del perrito de Hush Puppies, de párpados y cachetes un poco caídos. Pero con el tiempo se fueron cayendo más, hasta que mi cara se convirtió en una especie de Hush puppy semidormido. La nariz no me ha crecido más de lo debido, sólo proporcionalmente. Con el tiempo todo crece. La guata, los pechos, los pelos. Todo, menos un aditamento que es el más necesario para el hombre: la potencia sexual. El pene, el pico, la polla, la penca, o como quieras llamarlo, se mantiene del mismo porte. ¿Si se me han caído un poco los genitales?... no tengo idea, no me los he tocado para saber. Pero la potencia sexual sí que disminuye. No la líbido, que no se termina nunca en el hombre ni la mujer, ni siquiera con la menopausia femenina. Los hombres tenemos algo como la menopausia, pero no es tan notorio como en la mujer. Es imposible decir que el sexo muere a esta edad. Uno sigue con ganas, porque el placer se mantiene. A mis 72 años, el máximo deporte que hago son los ejercicios que me da el kinesiólogo para molestias esporádicas. Por ejemplo, hago unos ejercicios cuando me cuesta caminar, porque tengo pie plano, lo cual disimulo caminando medio chaplinescamente, como un pato con las patas separadas. Esto me afecta porque soy más propenso a la tendinitis y me daña la columna y la cadera. El problema mayor es que con la edad se gasta el cojinete que está en las articulaciones, como en la cadera o en la columna. Es muy doloroso cuando un hueso choca con otro. 1,2 ANTON BRIANSÓ

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Muchos a mi edad están calvos. Por suerte yo no. Los únicos pelos que se me han caído son de los sobacos. Incluso me pasa al contrario: me han salido pelos en partes insólitas donde nunca hubo, como en la nariz y en las orejas. Ni me di cuenta cuando salieron pelos ahí. Por suerte hay unas máquinas que te las metes en las orejas y te corta el pelo; si no, estaría con una mata de pelo muy grande. Desde los 45 años empecé a usar anteojos, de esos chicos que van en la punta de la nariz. Los usaba para cosas menores, pero poco a poco fue fallando mi vista. Hace dos meses ya uso los anteojos para manejar, ver televisión, leer un libro. Nunca he tenido problemas digestivos. Hay cosas que no debería comer, como los dulces, pero soy goloso. Trato de medirme, porque los excesos son los que te ensanchan, y al recibir mayor peso es más probable que se produzca una hernia en la columna. Eso sí que es complicado. Mi mente se mantiene intacta. No tengo problemas para recordar los textos. Para nada. Participé en una obra de teatro que se llamaba Yepeto, junto a mi hijo, donde era el único weón que no salía del escenario y hablaba la hora y diez minutos que duraba. No me siento viejo, pero me reconozco como un hombre de edad por las canas. No me las tiño, salvo que me lo exijan para una grabación, cosa que he hecho en películas como Coronación, Amnesia y en Cachimba. Siempre he dicho que la única diferencia entre Paul McCartney y yo, además de la cuenta corriente, es que yo no me tiño el pelo y él sí. Él tiene cara de vieja de Liverpool que teje a crochet, y yo tengo cara de un hombre de pelo cano. Como la tiene Richard Gere y Antonio Vodanovic. No como todos esos que se empastan la cabeza con betunes asquerosos y que todo el mundo se da cuenta de lo teñidos que están. Eso es negarse a asumir la edad. Tengo la edad que tengo. No me considero viejo porque no decoro como viejo, no tengo un auto de viejo, no tengo esa actitud de viejo que tiene el 88% de la población chilena: fundamentalista, integrista, exacerbada en sus pensamientos, negados a una nueva idea, a una nueva posibilidad. Solo se envejece cuando en la mente se envejece. Cuando esta está tan enmudecida que no es capaz de aceptar un nuevo sabor, desde la comida hasta la sexualidad. No he tenido una actividad donde me haya sentido viejo o haya pensado ‘ya no estoy para estos trotes’. Lo que me webiaría es que mi mente no fuera la misma. El problema está en la cabeza, porque el tiempo te jode cuando te deterioras mentalmente. Cuando te desconectas, porque en la cabeza te falló un chip, ya no hay tiempo. No hay mañana, tarde, ni noche. No hay pasado ni futuro. Eso es mucho más grave


que andar con un bastón. Para los ingleses es un signo de elegancia. Acá el bastón es de viejo culiado que apenas anda”. Ximena Rodríguez, escultora, 71 años: “Que salgan arrugas en la cara y en el cuerpo es lo natural” “No tengo tiempo para pensar en la vejez ni en cómo se van los días. Soy un caso atípico a la gente de mi edad. Nado, bailo, estudio y voy a todas las obras de teatro que puedo. El tiempo es el que pasa, y con él, el cuerpo cambia. El mío no ha cambiado mucho. No sé por qué. A las 7 AM desayuno livianamente y voy a clases de baile contemporáneo y flamenco. Hago un calentamiento especial para mis caderas, porque se me calcificó el cojinete que hay en la artículación entre la cadera y el fémur. Es uno de los pocos, sino de los únicos, dolores que han llegado con el tiempo. Cuando fui a ver lo que tenía, el doctor quedó impactado. ‘¿Cómo es que bailas así?’, me preguntó cuándo me vio. No me interesa parar, ya tendré tiempo para quedar postrada. Entre cada clase me fumo un puchito, tomo una taza de café con leche grande y un sanguchito. Después vuelvo a bailar. A eso de las 2 PM almuerzo en casa, y de ahí descanso un rato para ir al teatro o hacer esculturas. Antes fumaba dos cajetillas diarias; hoy sólo una. Nunca me ha afectado. Fumo todo el día, casi que prendo un cigarro con la colilla de otro. En la noche toso harto, lo que ha sido el único problema en mis pulmones. A pesar de ser buena fumadora, me carga el olor a cigarro, por eso duermo con las ventanas abiertas. En verano, abro y cierro la playa. Llego a las 8 AM con mi bikini a nadar y tomar sol. Subo a la casa cuando el sol ya se puso. Todos me preguntan cómo cresta es que me baño a esta altura de mi vida, pero es como si el agua me llamara. Siempre fui deportista. Cuando estaba en el colegio hacía atletismo. Siempre he sido un niño. Tengo fuerza y músculos. Quizás por la influencia de mi padre que era boxeador profesional y me llevaba desde chica a ver las peleas. A los 18 años quise entrar a bailar, pero un profesor me dijo que era demasiado vieja. ¡Y mírenme ahora! Con 71 años bailo y les sigo el paso a las más chicas sin problema. Hace 6 años tuve un problema en la rodilla. Me reventé los meniscos bailando. Me dolía ponerme las zapatillas, los pantalones o subirme las botas. No entendía el dolor. Fui al doctor, me dijeron lo que tenía y al día me estaba operando. Pensé que había sido un mensaje de Dios para relajarme un rato, cosa que nunca había hecho. Pero me volví como loca obsesiva en el kinesiólogo y a los dos meses ya estaba bailando.

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Peso entre 54 y 55 kilos y es lo único que cuido. Todas las mañanas me peso. Si es que subo un gramo, almuerzo y no como nada más. Pero en un día lo bajo. Soy seca para la grasa y la fritura. Puedo almorzar hasta un lomo a lo pobre o prietas con papas. En las noches como una palta o unos huevos revueltos, siempre con una o dos copas de vinito. Quizás ése sea mi secreto. Las arrugas en la cara y en el cuerpo llegan naturalmente. No tengo problemas si es que son arrugas felices que te dejan la cara tal cual. Las tristes son esas que hacen que los ojos y pómulos se te caigan y quedes con una expresión de depresión. No le tengo miedo a mis canas. No me avergüenzan. La gente joven o no tan joven, de 40 ó 50 años, siempre me pregunta cómo me atreví a dejarme el pelo cano. Las mujeres tienen miedo al tiempo por vanidad; le temen a las canas, a las arrugas, a la soledad. Mis contemporáneas ven tele todo el día, se acuestan a las 6 PM y los domingos no se levantan. No entiendo eso, porque la vida es para pasarla bien. Todo está en la mente. Me encanta moverme, al contrario de algunas de mis amigas que están aprendiendo a jugar bridge para cuando se queden solas. Mi gran temor no es que se me arrugue la piel o que la cabeza se me replete de canas. Mi gran temor a la vejez es no poder moverme, no ser independiente. Quedar postrada en una cama y perder toda conciencia. Que mis hijos me tengan que limpiar el poto y que tenga que andar con pañales. Ojalá tenga un amigo doctor para que, cuando me pase algo así, me de una pichicata de una. El problema con la gente de mi edad es que tienen mentalidad de viejos. Siempre me dicen ‘y tu, ¿cuándo vas a descansar? ¿cuándo pararás?’, y yo les digo ‘¿para qué? ¿por qué?, ¿de qué tengo que descansar?’. Es la mentalidad lo que hace que se sientan obsoletos. Se sienten fuera del mundo porque no tienen trabajo ni proyectos que los motiven. El mundo se va cerrando para los viejos. Hay menos plata, menos trabajos, menos estímulos y mucho temor. Mis amigos se han ido bajando del mundo porque, como dice Mafalda, cada vez va más rápido, porque está más peligroso, tanto física como intelectualmente. En la escultura, por ejemplo, hacen cosas muy distintas a las que aprendí. El arte va por otro lado, y cuando ves una obra te enfrentas a algo desconocido. Entonces tienes dos opciones: te actualizas o das un paso al costado. La mayoría ha optado por lo segundo porque ya no tienen energías, o la actitud, para actualizarse. Como dice nuestra gurú de la belleza, Cecilia Bolocco, ‘la belleza es un tema de actitud’. Lo mismo creo. Todo es mental”


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ETERNO

¿Qué diablos significa “el tiem “El tiempo en las bastillas es u Bastilla de Francia, sino del d cio olvidado que acumula pol que fue una volada de un chiq es en las bastillas del tiempo d escribe. La historia la narran l veces solo cuentan una parte de la vida es mucho más com que nos cuentan. Siempre ha son muchas las verdades en e de Chile, que no han sido con retratar. ¿A dónde queda toda 12


mpo en las bastillas”? una metáfora. No hablo de la doblez del pantalón, ese espalvo y suciedad. La canción, quillo de 22 años, habla que donde queda lo que nadie los historiadores, y muchas de la historia. Pero un hecho mplejo que la versión oficial ay muchas visiones. Creo que este mundo, y en la historia ntadas. Eso es lo que quise a la vida no narrada?” Fernando Ubiergo, cantautor El tiempo en las bastillas (1978) Para escuchar todas las versiones de esta canción, descárgate la app de Malamag para iPad o tablets Android.

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ÉPOCAS

El arqueólogo de los 80

más icónicos de la época. Así, cuenta José Luis, concluían que los muebles de oficina debían ser Fernando Meyer; las lámparas plotz; las zapatillas Pluma o North Star; los living CIC; las autopistas de juguete Tyco; o que Sábado Gigante debía estar sintonizado en el televisor.

POR HERNÁN MELGAREJO

Recuperar el tiempo. Resucitarlo. A eso se dedicó el diseñador José Luis Muñoz en la serie Los 80. Primero a cargo de la ambientación de los capítulos, y luego como director de arte, su tarea era reconstruir el pasado. Detalle a detalle. Lo hará de nuevo en otra serie ochentera, inspirada en Los Prisioneros. El único recuerdo que José Luis Muñoz tiene de los años ochenta era estar viendo por televisión los resultados del plebiscito del Sí y el No. Tenía cinco años, vivía en Santa Cruz -en la sexta región- y estaba sentado en un sillón de madera frente a un televisor Zenith. No recuerda una celebración especial en su casa cuando se dio el resultado definitivo. Sí de haberse dormido entre bocinazos y gritos de alegría de sus vecinos. Sólo tenía ese único recuerdo ochentero y de eso justamente se acordó cuando en 2010, veinticinco años después de esa tarde en Santa Cruz, le ofrecieron el cargo que lo marcaría hasta hoy: ser ambientador de la tercera temporada de Los 80, serie que promediaba 2.1 millones de espectadores por capítulo, que había sido premiada con el fondo CNTV y que contaba con un presupuesto de $400 millones por temporada. José Luis Muñoz, diseñador teatral de la Universidad de Chile, aceptó. Su trabajo era una suerte de máquina del tiempo: traer desde el pasado los objetos que dieran realidad a una serie que hablaba de años pasados. “La gente se refleja porque en las pantallas ve los elementos clave de la época”, dice. En esos detalles está gran parte del éxito de la serie. “Uno ve en las fotos ochenteras que las casas nunca estaban atiborradas de cosas. Y sin embargo Los 80 es una serie muy barroca, llena de elementos. Pero la gente modifica su memoria cuando conecta con algún detalle, y deja pasar el resto”. Lo difícil fue dar con los objetos precisos para lograr ese efecto. Puerta al pasado El proceso de reconstrucción de los años 80 comenzaba ocho meses antes del rodaje de cada temporada. El departamento de investigación elaboraba un informe con el contexto histórico general y los detalles del año puntual que se buscaba contar. En paralelo, los integrantes del departamento de arte revisaban sus propios álbumes de fotos familiares, y anotaban los elementos 2

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Un departamento gráfico replicaba las etiquetas de los productos, los afiches, y los diarios y revistas que leyeran los personajes. El resto de los elementos había que ir a buscarlos. Ahí entraba el equipo de José Luis Muñoz. Puntual a las 8 de la mañana, el departamento de arte -compuesto por cerca de 30 personas- se juntaba en el set. Revisaban el listado de objetos que ya habían elaborado, y entonces José Luis partía junto a dos asistentes en un camión a recorrer las ferias libres y los persas de Santiago. Eran sus puertas de entrada al pasado. Peñalolén, Franklin, Conchalí y San Bernardo eran algunos de los lugares más visitados. José Luis y compañía caminaban por las ferias con lista en mano: teléfonos de los años 80, muebles, tocadiscos, televisores y montones de ropa eran los objetos que más encontraban. A veces, había hallazgos imposibles: como un castillo de HeMan con todos los personajes intactos; una tornamesa Technics en perfecto estado; o una muñeca Blythe de los años 70. “A medida que la serie empezó a tener éxito, hubo un alza en los precios de los objetos más viejos. Si en la primera temporada un teléfono antiguo costaba dos lucas, ahora uno puede encontrarlo por cuarenta. Se puso de moda”, dice José Luis. El fenómeno era tal que en una feria de Conchalí, unos vendedores promocionaban una cómoda CIC, asegurando que había aparecido en un capítulo de la serie. Finalmente la compraron a cuarenta mil pesos. Además de la recolección de objetos, un equipo se preocupaba de encontrar las locaciones precisas y de prepararlas. Así se hizo con una vivienda de La Reina que sirvió de casa de la familia protagonista, los Herrera. O con otro inmueble en Nuñoa, donde se instaló el almacén de don Genaro. Para evitar que hubiese mucha intervención en los exteriores, se privilegiaban los planos cerrados. Los ambientadores debían quedarse allí hasta dos días después determinar las grabaciones, para desmontar y clasificar el material. No siempre, sin embargo, podían controlar el tiempo y conseguir todas las cosas. José Luis recuerda cuando buscaron por todo Chile un “chipote chillón” del Chapulín Colorado, para una escena en la que Ana jugaba con su hijo Félix. Como nunca pudieron encontrarlo, porque el único que los vendía era un proveedor en México, el guión fue modificado.

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Ochentero experto Otras veces era el guionista quien hacía cambios sobre la marcha. En la quinta temporada, después de dos meses de grabaciones, se le notificó al departamento de arte un giro en la historia: la fábrica textil de Juan Herrera, que se había armado al interior del set y que tenía máquinas antiguas avaladas en $14 millones, debía incendiarse y grabar la escena post-incendio. “No sabíamos cómo lo íbamos a solucionar”, reconoce José Luis. Después de analizar las opciones, el equipo se resignó: había que quemar el material. Pero tres días antes de grabar esa escena, mientras trabajaban en la ambientación del colegio Patrocinio San José, al cual iba Felix, se les acercó un señor del barrio a decirles que hace poco se había quemado una casa antigua en la esquina. Les sugirió que fueran a verla porque algún cachureo les podía servir. José Luis no lo podía creer: era una antigua fábrica textil, con máquinas, maniquíes y telas quemadas. Justo lo que necesitaban para la escena. Trasladaron todo directo al estudio de Canal 13. “Las cosas que trajimos tenían tanto olor a quemado -cuenta José Luis-, que los auxiliares llamaron a los bomberos diciendo que se estaba incendiando el estudio”. Lo que dejaba de usarse iba a parar la bodega de Wood Producciones, en la calle Salomón Sumar, que tiene más de 500 mil objetos de la época. José Luis Muñoz asegura que él puede distinguir el año exacto de fabricación de la mayoría de ellos. Cosas de las que sólo es capaz un experto ochentero. De vuelta al futuro José Luis fue ambientador de la Los 80 en tres temporadas, y director de arte en la última. Por eso, en los últimos cuatro años ha vivido más tiempo en el pasado que en el presente. “Si ya trabajar en un set audiovisual es estar en un mundo paralelo, imagína trabajar en una serie de época en el mundo audiovisual. Es como salirse del sistema”, dice. Después de terminar las grabaciones, volver al siglo XXI no era tarea trivial. El asunto era así: luego del fin de la jornada laboral, cuando salía del set, en apenas veinte segundos él y su equipo viajaban tres décadas hacia delante y volvían a encontrarse con el Chile de hoy: ése con Transantiago, internet, malls y una democracia con veintitantos años en el cuerpo. Para ayudarse en ese proceso de regreso al futuro, José Luis caminaba al Parque Bustamante o a cualquier plaza, y junto a sus compañeros de trabajo se ponía a patinar durante horas en streetboard, una especie de tabla de skate moderna. “Así volvíamos un poco a la realidad”, confiesa. Después llegaba a su casa y se dormía, pensando cómo al día siguiente tendría que hacer el viaje inverso y traer de vuelta los 80.

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Rusticae, The Goodlife Company No hay una sola hora del día en que mi mente no viaje, creando ausencias en espacios compartidos, donde conversaciones varias permiten evadirme y recrearme en mis propios pensamientos. Quien bien me conoce, me describió una vez a través de la letra de una canción del cantautor español Xoel López: “Y hace tiempo que yo ya me fui, yo siempre me estoy yendo. Pero siempre estoy contigo, aunque a veces pienses que no hay nada. Cuando me quedo mirando como si estuviera ausente, es porque estoy viajando. No pienses que voy a perderme”. De su canción Tierra me siento reflejado en una forma de ser y vivir. De una imperiosa necesidad de experimentar diferentes espacios a los que físicamente no llego. Y es entonces cuando me doy cuenta que necesito tiempo. He viajado muchas veces donde los vientos de la vida me han empujado, solo y acompañado. He descubierto rincones a los que prometí amor eterno. Disfrutado de atardeceres de una belleza insultante. Conversado con personas que educaron mi atrofia emocional a través del tacto, la mirada y las palabras. Encontrado un mundo que se escapa a mis posibilidades y que reclamo a gritos. En ese caminar, hace tiempo que despertó en mí una nueva sensibilidad. Imagino que dormitaba en algún recoveco y fluyó ante la evidencia de los hechos. Renuncié a conformarme con lo correctamente establecido para iniciar un trayecto que solo la soberbia juventud alienta. Me despojé de títulos y tiré a bajo cuatro paredes que enrarecían el ambiente. Crucé la calle y me embarque. Un cúmulo de tiempo me llevó a donde hoy me encuentro. A ese lugar que, sin saberlo, me quería dirigir. A un espacio donde cohabita lo personal y lo profesional, y donde he descubierto el disfrute del lado bueno de la vida. Permíteme hablarte de un nombre, una marca, una empresa que entiende que el valor de las cosas no radica en su esencia sino en su disfrute. Rusticae, The Goodlife Company, nació con esta premisa. Acercar a todos aquellos que nos apasiona viajar, lugares llenos de encanto. Hoteles, restaurantes y viñas que aportan un indudable valor a nuestras experiencias. Espacios en los que perderse y amanecer; donde entablar una conversación con la mirada y donde uno quisiera siempre volver. Yo ya estoy ahí y te invito a acompañarme. A compartir lo que realmente vale la pena. Tiempo, tempus, temps, tempo, el más preciado concepto. www.rusticae.cl


www.rusticae.cl


Listado de supervivientes y defunciones

Singapur, SN 6,3 km/h

Copenhague, DK 6,2 km/h

Madrid, ES 6,0 km/h

Guangzhou, CN 6,9 km/h

Dublín, IR 5,9 km/h

Curitiba, BR 5,9 km/h

Berlín, DE 5,9 km/h

Nueva York, USA 5,5 km/h

Viena, Austria 5,3 km/h

Londres, UK 6 km/h

Wellington, NZ 5,1 km/h DEP París, FR 5,1 km/h DEP

Estocolmo, SE 5,1 km/h DEP

Tokio, JP 5,0 km/h DEP Ottawa, CA 4,8 km/h DEP

Aquí le buscamos una aplicación: tomamos esos números y los pusimos en un escenario hipotético: Si hubiera una fuga de gas, de esas inadvertidas por el olfato, en la asamblea general de las Naciones Unidas,... ¿quiénes se salvarían por caminar más rápido?

El tempo del mundo POR EQUIPO MALAMAG ILUSTRACIONES POR C31913

Que los ingleses son puntuales, que en los países tropicales se vive más relajado, que la vida en el campo tiene otro ritmo. ¿Es todo un mito urbano? No. Varios sicólogos sociales y -desde hace décadas- se han dedicado a medir el “ritmo de vida” de distintas ciudades. ¿Para qué? Quién sabe. Desde que se realizó el primer estudio sobre ritmo de vida (pace of life), en 1976, se buscaba responder a si había relación entre el tamaño de una ciudad y la velocidad de los peatones, si las ciudades alienaban, si a mayor velocidad mayor riqueza. Entre los estudios más reputados están los de los sicólogos Marc y Helen Bornstein, Richard Wiseman, Walmsley& Lewis y Robert Levine. Entre las conclusiones de todos ellos, se lee esto: · La gente se mueve más rápido en zonas urbanas que rurales. · A mayor población, mayor velocidad al caminar. · La muchedumbre gatilla conductas para reducir la interacción social. · Tiempo es dinero. El crecimiento de las ciudades conlleva un alza en los salarios y en los costos de la vida. Junto con ello, aumenta el valor del tiempo y la gente tiende a acelerar el ritmo. · Las ciudades donde se camina más rápido, tienen mayor ingreso per capita. O a mayor vitalidad económica, mayor velocidad. · En la ciudad de clima caluroso y tropical, la gente camina más lento. Lo contrario sucede en las zonas frías. · El mundo camina hoy cerca de un 10% más rápido que hace dos décadas. El oriente es donde más aumentó la velocidad (hasta un 20% en China) · Wiseman asegura que “estas simples mediciones proveen de conocimiento sobre la salud física y social de una sociedad. El ritmo de vida de nuestras mayores ciudades es ahora mucho más rápido que antes. El incremento en la velocidad afecta más que nunca a las personas, porque por primera vez en la historia la mayoría de la población vive en centros urbanos”

El Cairo, EG 4,6 km/h DEP Dubai, UAE 4,4 km/h DEP Jerusalén, IL 4,8 km/h DEP New Haven, USA 4,8 km/h DEP

Sólo aquellos lo suficientemente veloces podrían sobrevivir a un evento como éste. Los pasillos de la Asamblea general quedaron vacíos, sólo los que caminaron a más de 5,25 km por hora pudieron salvar la vida. En la tabla adjunta, un listado de sus marcas.


A

CRONO

En tiempos de mercado POR IVÁN GUERRERO

El valor que cada cuál recibe por su tiempo está marcado más que por una medida absoluta, por la cifra en que un otro lo valoriza. La formación y responsabilidad incidirían, pero, ¿cómo puede ser que una empleada doméstica a cargo del cuidado de tus hijos gana el 0,5% de lo que recibe un notario por la misma hora? Algo huele mal. Estás en tu casa, tu hija de 6 años te pide que vayas a verla cómo ha aprendido a lavarse los dientes sin ayuda. Abre la llave del lavamanos y el agua comienza a salir negra con una consistencia pastosa que te recuerda tus primeros momentos con ella en el mudador. Mientras la alejas de la canilla temiendo lo peor, escuchas a tu mujer que grita en el otro baño como si estuviera siendo acuchillada por Norman Bates. Abres de golpe la cortina de la ducha y te encuentras con tu esposa que llora desconsolada cubierta por un extraño lodo de color ocre que huele a alcantarilla. Lo que imaginaste. Tu viejo departamento tiene un problema estructural. Por un problema de saturación y falta de manutención, se ha mezclado el dispensador de agua potable con el receptor de aguas servidas. Cualquier llave que abras, despedirá una perfecta mezcla de agua y fecas. ¿Cuánto estarías dispuesto a pagar por un especialista que solucionara de inmediato tu problema? Otra. Tu mujer debe viajar fuera del país por un problema familiar y te deja a cargo del cuidado de tu hijo de sólo 2 meses de vida. Te indica dónde está el biberón, el chupete, los pañales, todos los artículos para su aseo y te deja preparada la mamadera con su propia leche materna que debes darle exactamente en una hora. La despides en la puerta y toma un taxi rumbo al aeropuerto. Pasan 40 minutos y recibes un llamado. Es ella para darte las últimas instrucciones mientras embarca. Cortas, vas a ver al bebé que duerme plácidamente y sales a regar al antejardín. Todavía quedan 20 minutos. En eso, una inesperada ráfaga de viento cierra el portón que da a la calle y la puerta de acceso a tu casa. Las llaves están sobre tu mesa de luz. Dejas la manguera y comienzas a pensar. Miras hacia arriba y el cerco electrificado, que instalaste hace un mes por los constantes reclamos de tu mujer, está en ON. No hay forma de entrar y en el caso de que fueras campeón nacional de 1 CARLOS ROMO

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salto con garrocha y lograras superar el primer escollo, sabes que la otra puerta también está cerrada y no hay ninguna ventana en el frontis de la casa para romper. Estás en esa reflexión, cuando escuchas que tu bebé llora desesperadamente. Es la hora. ¿Qué estarías dispuesto a hacer por salir de semejante situación? ¿Cuánto vale la hora hombre del cerrajero que te saque de ese embrollo? Existe una dramática y a veces caricaturesca subjetividad en el valor del tiempo. Cuando estamos frente a una puesta de sol junto a la persona que amamos y pensamos o decimos que no hay dinero en el mundo que pague esa sensación de plenitud, es nada más que la manifestación lírica o la expresión de cierto grado de satisfacción que aquel estado de cosas representa para ti en un momento o lapso de tiempo determinado. Es muy probable que si en ese momento en que estás abrazado con tu pareja, llegara un magnate y te ofreciera una maleta de dólares por dejar de contemplar el sol mientras cae, tomarías el dinero de inmediato. En otras palabras, tu tiempo vale lo que un otro esté dispuesto a pagar por él. El espejismo radica en el hecho de que en las sociedades contemporáneas hay un montón de ocupaciones, oficios o profesiones cuyo ejercicio goza de mayor crédito que otras, pero que cuyo tiempo invertido o esfuerzo asociado, no se condice con la remuneración obtenida. Recurramos a los ejemplos. Según cifras entregadas recientemente por un estudio publicado en el diario El Mercurio, la hora/ hombre de un Notario, cuyo trabajo consiste en leer y legalizar documentos a través de una firma, tiene un valor promedio de $277.777. Si lo multiplicamos por 8 -considerando el estándar de horas trabajadas al día en un país como Chile- tendremos como resultado que ese notario ganó $2.300.000 aproximadamente en una jornada. Si eso lo llevamos a una renta mensual, considerando 20 días de trabajo, resultará que ese profesional percibe una renta estimada de $46.000.000 millones al mes. Si es que ese Notario realiza su trabajo de manera concienzuda y no incurre en omisiones e irregularidades que le podrían costar hasta una pena de cárcel -recordemos que como ministros de fe los notarios están “regulados” por nuestro ordenamiento jurídico-, el esfuerzo asociado a su tiempo de trabajo estará dado por la cantidad de energía utilizada en conseguir la concentración necesaria para no cometer errores en los procesos de legalización y en el desgaste que podrían sufrir los tendones de su mano y las articulaciones de su muñeca en el ejercicio de firmar ininterrumpidamente durante muchas horas seguidas.

$1000

$5000

$10000

$50000

$100000

$250000


VENDEDOR RETAIL $1.333

CAJERA DE BANCO $1.388

EMPLEADA DOMÉSTICA PUERTAS ADENTRO $1.388

CARABINERO RASO $2.136

OBRERO DE LA CONSTRUCCIÓN $3.125

CHOFER TRANSANTIAGO $3.888

MALABARISTA $5.000

EDUCADORA DE PÁRVULOS COLEGIO MUNICIPAL- $2.502 VS COLEGIO PARTICULAR- $5.681

CIRUJANO DE HOSPITAL PÚBLICO $11.903

PEDIATRA $13.333

SENADOR $47.808

ACTOR TEATRO - $1.250 VS PROTAGONISTA TV - $66.666

SIQUIATRA CLÍNICA PRIVADA $80.000

ROSTRO TV $83.333

GERENTE GENERAL EMPRESA PÚBLICA $101.088

CONSULTOR DE ESTRATEGIA $168.315

ABOGADO PROMEDIO- $8.333 VS GRAN BUFETE- $216.405

NOTARIO $277.777

TOP MODEL CHILENA $300.000

FUTBOLISTA ESTRELLA $413.000


Por otro lado, el valor mercado de la “hora/ mujer” de una Asesora del Hogar en un régimen de trabajo puertas adentro, es de $ 1.388. Consideremos que esa persona trabaja en una casa donde habitan cuatro personas (dos adultos y dos niños) y cuya superficie es de 160 mts2. Su día laboral comienza antes de las 7 de la mañana con la levantada de los menores y la preparación de los desayunos para éstos y para los dueños de casa. Luego vendrá el aseo, preparar el almuerzo, servirlo, lavar, planchar, jugar un rato con los niños, el té, la comida y finalizar la jornada a eso de las 21 horas con el lavado y secado de la cena. Si calculamos el gasto energético en kg/calorías de esa asesora del hogar por jornada de trabajo, probablemente supere con creces el desgaste eventual del notario en la calidad de sus tendones y articulaciones. La diferencia se hace aún más alevosa, si al trabajo de mantener la casa en orden y en funcionamiento - tarea vital para matrimonios donde ambos cónyuges salen a trabajar - sumamos el cuidado de nuestros hijos. ¿Habrá algo más importante para una persona que tener la certeza de que sus hijos se encuentran seguros y protegidos mientras no está en casa? ¿Cuánto vale ese tiempo en el que tus hijos están siendo cuidados y estimulados en tu ausencia? Si eliminamos la valoración comercial y social del cargo e instalamos el foco en la ética y en el valor universal de la justicia, ¿es posible que el tiempo de un notario que te legaliza un documento para postular a un nuevo trabajo, valga 100 VECES MÁS que el de la asesora del hogar que está a cargo de tus hijos? Obviamente, si tu índice de sentido común se encuentra en números azules, tu respuesta inmediata será NO, pero tu comportamiento cotidiano contribuirá a sostener ese, a todas luces, injusto y desmesurado estado de cosas. Es el tiempo en tiempos de mercado. Felicitaciones, ya somos casi un país desarrollado

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R MUTACIÓN

El cambio en la palabra POR RICARDO MARTÍNEZ

Aunque la Real Academia de la Lengua se tome su tiempo, el idioma es algo muy dinámico. Nuevas palabras, modismos, abreviaciones, fusiones son el reflejo de la cultura de una época. Para verlo, le pedimos al lingüista Ricardo Martínez que realizara el ejercicio de tomar un texto clásico y traerlo a los tiempos de internet. Esto fue el resultado.

El original POR MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA (1605)

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben; aunque, por conjeturas verosímiles, se deja entender que se llamaba Quejana. Pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.


Castellano moderno POR ANTONIO CUNILLERA (1951)*

En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no hace mucho tiempo que vivía un hidalgo que poseía un antiguo escudo, una lanza en astillero, un rocín flaco y un galgo corredor. Era de condición modesta y así, las tres partes de su hacienda las consumía su frugal comida, y el resto, su sayo, unas calzas de velludo para las fiestas y sus pantuflos de lo mismo. En su casa tenía un ama que pasaba de los cuarenta y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza que hacía las más diversas faenas. Frisaba la edad de nuestro hidalgo en los cincuenta años: era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Dicen que su sobrenombre era Quijada o Quesada.


Spanglish POR ILÁN STAVANS (2002)**

In un placete de La Mancha of which nombre no quiero remembrearme, vivía, not so long ago, uno de esos gentlemen who always tienen una lanza in the rack, una buckler antigua, a skinny caballo y un grayhound para el chase. A cazuela with más beef than mutón, carne choppeada para la dinner, un omelet pa’ los Sábados, lentil pa’ los Viernes, y algún pigeon como delicacy especial pa’ los Domingos, consumían tres cuarers de su income. El resto lo employaba en una coat de broadcloth y en soketes de velvetín pa’ los holidays, with sus slippers pa’ combinar, while los otros días de la semana él cut a figura de los más finos cloths. Livin with él eran una housekeeper en sus forties, una sobrina not yet twenty y un ladino del field y la marketa que le saddleaba el caballo al gentleman y wieldeaba un hookete pa’ podear. El gentleman andaba por allí por los fifty. Era de complexión robusta pero un poco fresco en los bones y una cara leaneada y gaunteada. La gente sabía that él era un early riser y que gustaba mucho huntear. La gente say que su apellido was Quijada or Quesada –hay diferencia de opinión entre aquellos que han escrito sobre el sujeto– but acordando with las muchas conjecturas se entiende que era really Quejada. But all this no tiene mucha importancia pa’ nuestro cuento, providiendo que al cuentarlo no nos separemos pa’ nada de las verdá.


Whatsappeado POR RICARDO MARTÍNEZ (2014)

N un lgr d L Mnch, afaik, vivía 1 sr que tenía 1 scudo viejo, 1 lnza, 1 roc1n flaco y 1 prro corredor. Era m0desto:-( y así, 3 ptes d su plata era p4ra comer, l resto, su vestido, 1 calzas para ls fiestas y ‘tillas. N su c4sa tenía 1 nana 40tona y 1 sobrina 15añera :-), y 1 cabro pa’ ls mand4dos xD. El sr tenía c4s1 50: recio, seco d carnes, enjuto, gran mdrgdor y amigo de la caza. Dcn que s sobrenombre r Q-jada o Q-sada (?) * Antonio Cunillera es un editor e ilustrador español que realizó una versión actualizada del Quijote que ya se empina por sobre las dieciséis ediciones. ** Ilan Stavans es un intelectual y ensayista mexicano especialista en spanglish y bilingüismo.


A

ÉPOCAS

Mujer y lavadora POR NANCY CASTILLO

¿Cuál es la relación entre una y otra? Hace unos años una columna en un periódico vaticano puso la máquina de lavar como un gatillador de la liberación femenina. Suena a bofetada, pero si uno mira la comarca local y el rol de la mujer en sus distintas épocas, esa mirada por machista que sea, tiene algo de cierto. Elsa tenía 25 años en 1938 y un embarazo incipiente que la llevó a casarse con quien sería su esposo hasta que la muerte los separó 65 años más tarde. Pese al mal genio de Roberto, el matrimonio fue una feliz puerta de escape para la joven que había quedado huérfana a los 5 años luego de que su madre fuera atrapada entre los fierros de un tranvía. Las dos décadas siguientes, Elsa había tenido que soportar los maltratos de la mujer que supuestamente debía cuidar de ella y de su hermana. En los años 30, los caminos para las mujeres eran angostos. Más aún si Elsa había llegado sólo hasta quinto año en el colegio. Algo tampoco fuera de lo común en un país donde las mujeres apenas terminaban la preparatoria, rozaban los seis años de escolaridad en promedio y para fines del 20, sólo 1.299 mujeres en Chile tenían un título universitario o de educación superior. La mayoría, profesoras. Pese a todo, Elsa no cumplió con otros arquetipos de su época, en vez de conformar una familia de 5 ó 6 hijos en promedio como se acostumbraba, ella crió sólo tres. Otros que engendró murieron al nacer, acorde con las estadísticas de una alta mortalidad infantil en el Chile de mediados del siglo pasado. Y, como más del 80% de las mujeres de su generación, Elsa se dedicó a su familia y al trabajo dentro del hogar. En la segunda mitad del siglo XX, ya en los 60, una de sus hijas formaría parte del 7% de mujeres con título universitario. La incorporación de las chilenas al mundo educacional superior, algo que se daría con mayor fuerza en las décadas del 80 y 90, fue cambiando el rol de la mujer en la fuerza laboral y en la familia. Aunque, para ser precisos, el rol en la familia no mucho. Y no sólo en esos años en que el futuro para las mujeres pintaba promisorio. A medida que la liberación femenina avanza, las mujeres cargamos con más responsabilidades. 1 GORDON BURT

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1

Volvamos a la hija de Elsa: a diferencia de las mujeres de fines de los 60, ella tuvo a su primer hijo a los 27 años. El segundo, a los 30. Sería la determinación de ser una mujer-profesional lo que modularía sus decisiones respecto de la familia. Pero no fue sólo un cartón profesional lo que se lo permitió. El ingreso de la píldora anticonceptiva a Chile en 1962 –la que en principio sólo se podía comprar con receta y si se estaba casada-, la facultó para definir sin riesgos de muerte cuántos hijos tendría. Antes del ingreso del anticonceptivo, 60 mil mujeres al año eran hospitalizadas por abortos mal realizados y de 845 mujeres que morían por complicaciones del embarazo, un tercio era producto de un aborto. Para los médicos, era una plaga. La píldora vino a revolucionar este mundo más liberado en lo privado y pacato en lo público. Hasta orgasmo comenzaron a experimentar las mujeres. Sí, es cierto. Según estudios del estadounidense Alfred Kinsey antes de la píldora, las mujeres casi no reportaban esa explosión de los sentidos en la cama. Tras el ingreso del anticonceptivo, el sexo se consolidó como una fuente de placer y dejó de ser una amenaza a aumentar el número de bocas por alimentar. Hace unos ocho años, una columna publicada en un periódico del Vaticano dejó la escoba al preguntar: ¿qué aportó más a la liberación de la mujer occidental en el siglo XX? y luego de plantear que hay un debate entre los que mencionan la píldora, los que votan por el aborto y los que están seguros de que fue el derecho a trabajar fuera de casa, agrega: “Otros, sin embargo, osan ir más allá: la lavadora”, y luego cuenta la historia de la máquina de lavar. Suenan ridículos, risibles, esos argumentos que uno descarta de plano por simplistas, por tratar de explicar un fenómeno complejo del mundo femenino con una mirada masculino-normativa. Sin embargo, algo de verdadero hay en eso de poner la lavadora junto al término liberación femenina. Las primeras mujeres comenzaron a dar la pelea por el derecho a voto en el siglo XIX; por el derecho a la educación después; por el derecho a administrar sus bienes; por el derecho a tener derechos sobre su propio cuerpo; por el derecho a ocupar los mismos puestos de trabajo que los hombres; por el derecho a recibir sueldos equivalentes en puestos equivalentes. En unas áreas, los logros son evidentes, pero en otras hay algo de espejismo. Algo con un poco de sabor a fraude.


Elsa no tuvo más destino que trabajar como ama de casa y esposa. Su hija, debió cumplir los roles como profesional, madre y esposa. Después de los turnos en el hospital donde trabajaba, servía la cena al marido. Es cierto que en la generación siguiente, la nieta, tuvo mayor libertad que las dos mujeres que la antecedieron. Pero, ella vive en un Chile donde hoy las mujeres reciben un salario un 20% menor –en promedio- al de los hombres, donde en los directorios de las grandes empresas casi no hay faldas y donde cada vez que se menciona la idea de legislar para permitir ciertos tipos de aborto, los grupos conservadores hacen todo para amagar hasta el debate. Un Chile donde las mujeres por profesionales y exitosas que sean, no pueden sacarle el ojo de encima a la casa y las responsabilidades asociadas. No es que la nieta de Elsa se haya casado con un troglodita. No, lejos de eso. El asunto es más profundo en la cultura local. Un estudio de Comunidad Mujer, por ejemplo, reveló que en los hogares donde ambos padres trabajaban, más del 70% de las mujeres se encarga, además, de hacer el aseo, preparar la comida, ayudar a los hijos con las tareas o llevarlos al doctor. El mejor puntaje para los hombres fue un 2% que limpia la casa. Hacer el ejercicio para saber cuán involucrado está un hombre en las responsabilidades hogareñas, es simple: pregúntele si en su celular tiene el número de la pediatra o del dentista de los hijos. O, cuánto pesa cada niño ¿Por qué casi ninguna madre falla con el dato y tantos hombres sí? Por todo eso, lo de lavadora no es tan descabellado. La lógica de poner esta máquina como un hito en la liberación es que con ella la mujer dispuso de más tiempo para ella o para lo que fuera. El asunto, y ahí está la trampa, o la mirada machista o la realidad en Chile, se podría sintetizar así: no importa si la mujer es gerenta o Presidenta, cuando el ciclo de la lavadora termina, la mujer debe regresar a casa a colgar la ropa. Metafóricamente hablando, por cierto. Y ahí está el sabor a fraude: las mujeres han ganado espacios en Chile frente a hombres que no han peleado por tomar ese espacio en casa. A Elsa la lavadora le llegó más a tiempo, no así la píldora, que apareció cuando ya experimentaba los signos de la menopausia. Mirado con nostalgia, a veces hasta pienso que mi abuela vivió más liviana

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Humberstone, el último hombre Taps - extintion des feux

Fotografías de

Dorothy-Shoes EKHO GALLERY

16/07 - 15/08 / 2014

Merced 349 L. 12


R ÉPOCA: MANUEL GARCÍA, CANTAUTOR

Voz de provincia POR RENÉ PAZ

El ariqueño Manuel García lleva 20 años sobre el escenario. Desde ahí, mirando con detalle a su público, ha visto pasar el tiempo y su impacto en los gustos y las preocupaciones de los chilenos.

Todo comenzó en el norte grande, en Arica, cuando tenía 14 años. Manuel García vivía en un pequeño barrio de pescadores y junto a unos compañeros del liceo formó Pachahuayna, un grupo folclórico de música andina. Fue su primer acercamiento con la música. Hoy, alejado del norte y asentado en Santiago, es uno de los artistas nacionales de más vasta trayectoria: cinco discos de estudio como solista, tres premios Altazor bajo el brazo -“S/T” como mejor álbum en 2010 y “Acuario” como mejor álbum y canción popular en 2012- y cerca de 20 años en la escena musical chilena. Llegó a la capital en 1994. Aquí comenzó a estudiar guitarra clásica con el maestro Luis Orlandini. Empezó a tocar las puertas de diferentes bares de Santiago. “Yo era un provinciano que vino con una guitarra y unas canciones que a nadie le hacían sentido”, recuerda Manuel de aquellos años, que por lejos estén, siguen vivos a través de las letras y nostalgia de sus canciones. Su entrada a la escena musical comenzó en el 99, cuando lanzó el primer disco con Mecánica Popular, banda que mezclaba rock y folk. En esos años, recuerda Manuel, el relato de provincia no era gusto del público de Santiago que miraba con malos ojos las canciones con una guitarra 1, 2 ANTON BRIANSÓ

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de palo. “Con Mecánica Popular nos enchufamos porque nos dimos cuenta que había mucho prejuicio con la cantautoría de madera. Cuando tocábamos en los bares, la gente conversaba y no nos escuchaban. No se entendía lo que transmitíamos. Ahí pensaba ‘si para que nos escuchen tenemos que enchufarnos, lo haremos, ya que igual vamos a decir lo que queremos’. Lo importante es que queríamos cantar y decir cosas”. “En los noventas estaba recién comenzando a cambiar la sociedad y el panorama político en Chile, por lo que la música se entendía bajo dos perspectiva: de izquierda o música de mercado. Cantar y tocar te ponía en uno o en otro esquema, lo que era bastante injusto”, recuerda el autor de “El viejo comunista”. Fue un comienzo difícil para hacerse espacio entre un nuevo público que no estaba acostumbrado a escuchar a las bandas y solistas chilenos. “En un principio, cuando tocaba con Mecánica Popular, no nos seguía nadie. Éramos unos insectos muy pequeños al lado de las grandes estatuas de piedra que se habían creado en torno a la música y que teníamos deuda de escuchar, como Inti Illimani, Congreso o el Pato Manns, porque la gran mayoría de ellos estuvieron exiliados de Chile”. Que no fueran gusto del


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público no los detuvo, ya que junto a Mecánica Popular publicó 5 discos de estudio, e incluso fueron nominados al premio Altazor en el año 2000 por el álbum “La casa de Asterión. En el 2005 la banda terminó su ciclo. En el mismo año, Manuel lanzó “Pánico”, su primer disco como solista. – En general, el público que seguía a Manuel en sus inicios eran universitarios o intelectuales capaces de desmarcarse de lo típico: personas más eclécticas, que podían alabar a The Cure mientras escuchaban un disco de Silvio Rodríguez. Pero hoy la escena ha cambiado. Dice que su público es amplio, que le canta a niños, a adolescentes y a gente mayor. Cree que la sociedad está mutando y que él está aportando a ese cambio. “Creo que una de las cosas que ha potenciado mi música es la curiosidad del pueblo chileno de entender y atender sus preocupaciones y cuestionarse en qué parte de la historia vamos y hacia dónde nos conducimos. Es en ese estado de curiosidad donde uno se encuentra con los públicos”. “Creo que es interesante que el público que va a mis conciertos sea transversal a los niveles socioculturales, muy distinto a lo que fue antes. Me agrada que a los conciertos vaya un muchachito de pueblo con guitarra en mano a tocar al lado del escenario, muy al estilo de un público Sol y Lluvia. También me gusta ver a un público más sofisticado, del mundo ‘pelolais’. Hace poco toqué en un colegio en Las Condes, que se dice ser ABC1, y los chicos sacaban sus pequeñas pancartas pidiendo canciones. Me gusta cuando veo esa combinación de colores, de caras y de ojos; tener una percepción de la diversidad humana tan profunda es una de las cosas que más le da sentido a tocar una canción sobre un escenario”, acota el ariqueño. Si existe un cambio que ha podido ver en estas casi dos décadas es la necesidad de recuperar los rituales en la cultura. “Al público le da lo mismo el estilo que sea o no ‘pañuelí’, que es una especie de tonada; lo que importa es que van con sus pañuelos, lo sacan y se dan vueltas al ritmo de la canción. Aunque no tenga una estructura se puede bailar igual. Es como una necesidad: necesito escuchar una quena, un bombo o una guitarra y no quiero ir a estudiar el folclore formal, solo quiero vibrar, tener una sensación. Hay que tener el respeto ancestral con los instrumentos, pero esto no obliga a entender la tradición como un fósil. La tradición debe estar, después de presentar los respetos, a disposición de la modificación, del cambio, de lo nuevo”. – Desde sus primeros momentos como cantautor siempre tuvo una idea en mente: escribir para valorar lo que hay en el día a día. Es lo cotidiano lo que Manuel quiere remover y así escribir sus canciones. “Si indagas con un poquito más de interés en el interior de una persona se abrirá en un mundo gigante. Un niño puede estar jugando con un autito sobre la mesa, y de pronto, en su mente, está en la superficie de la Luna. No sabemos dónde es que el niño verdaderamente está cuando se va en el juego, no sabemos cuántos elementos están accionando en su cabeza. Lo cotidiano sorprende”.

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A la hora de escribir, Manuel se aísla, guarda silencio, toma distancia. Observa y asimila. Hizo eso con el movimiento estudiantil del 2011, donde él tocaba en los escenarios que armaban en la intersección de las calles Blanco Encalada y Abate Molina y que luego se inundaban de gases lacrimógenos. “En el disco ‘Acuario’ tomé tiempo porque no quería hacer una canción que, por apurada, fuera panfletaria gratuitamente a la hora de los grandes cambios sociales. Siempre digo que las canciones con las que participé en el movimiento estudiantil fueron hechas antes de que el movimiento fuera tan importante. ‘Piedra negra’ era mi inquietud hacia los gobiernos en todo tiempo, no era una cosa exclusiva que estuviera Piñera gobernando”. Dice que las canciones con las que participó en las marchas son pequeñas y modestas si se las compara con las composiciones de Violeta Parra, que han sido emblemas en las movilizaciones contra la minería en el norte, en apoyo con los mapuches en el sur o con la desolación que sienten las personas. “Son las más valientes en su declaración de principios y son las más bellas estéticamente hechas, como ‘Santiago penando está’, ‘Arriba quemando el sol’, ‘El guillatún’ o ‘Según el favor del viento’. Desde el 73 que hemos vividos condicionados, y ella ya no estaba en esa época. Es tan luminaria que dejó adelantado el trabajo de unas generaciones en 50 ó 100 años”. Más allá de las alabanzas a Violeta, Manuel le da una mayor importancia a sus canciones en los movimientos sociales. “Siento que hay una mano más firme, una visión más quemante, clara y directa, musical y poéticamente mejor hecha que la de la Violeta”


ETERNO

Chaitén y el tiempo detenido TEXTO Y FOTOS POR PABLO SANHUEZA

Un volcán hizo erupción en 2008. Un pueblo entero debió ser evacuado. Algunos han ido regresando. Pero Chaitén, pese a sus intentos de reanimación, ya parece un pueblo fantasma. Dos horas después de que ha amanecido, se comenzaba a divisar desde el barco un pueblo cubierto por la niebla. Sólo eso. Luego, ya más cerca de la orilla, a eso sumaba el frío típico de la zona austral. Fue en febrero del año pasado. Una vez desembarcados, encontramos dos carteles. En uno decía Santa Bárbara. En el otro, muy similar, pero indicando la dirección opuesta, decía Chaitén. Sabíamos de antemano a lo que veníamos. Así que seguimos este último. Pocos parece que pensaban lo mismo, pues tras caminar unos metros ya habíamos quedado solos. Empezaron a aparecer las casas. Y comenzamos a evidenciar el nivel de desolación del pueblo. Una sensación de que el tiempo no pasaba en ese lugar. Que se había quedado detenido. Nos pusimos a recorrer el pueblo. Nos encontrarnos con casas llenas de cenizas por dentro, y con cerros de cenizas que encajonaban muchas viviendas. Mirando en el interior de esas casas, era claro que sus habitantes habían salido apurados de ahí, sin preparar nada para la huida tras ser evacuados en el 2008. Juguetes, utensilios de cocina, ropa… de todo entre las cenizas. Nos encontramos con un jardín infantil. Aún se podían ver trabajos de los niños, un corral para los más pequeños y, bajo las cenizas, unas cotonas que los niños dejaron en unos ganchos con monitos pegados en la pared. Seguimos caminando. Hasta un río. Al otro lado vimos un bosque, todo quemado. Como recordando que pocos años atrás el volcán Chaitén había despertado y dejado correr su furia por estos paisajes. Desde entonces, con la ciudad vacía, la naturaleza había crecido entre los cercos, a través de las ventanas, en las piezas, en todos los rincones alguna vez habitados. A lo lejos se veían las montañas que rodean Chaitén. El silencio era absoluto. El viento era el único sonido que podíamos oír

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MOMENTO

Encapsulado POR PATRICIO DE LA PAZ

Esto sucede en Japón. En un país obsesionado por optimizar el tiempo -y el espacio-, no es raro que quienes no alcancen a volver a casa, o quieran dormir cerca de sus oficinas, se queden en hoteles con piezas tan pequeñas como un nicho funerario. El colombiano Francisco Rumié, de puro curioso, pasó allí una noche. Dos metros de largo. Un metro de alto. Un metro y 25 centímetros de ancho. Esas son las medidas exactas de una habitación en los populares hoteles cápsulas japoneses. Lugares que nacieron hace cerca de tres décadas para solucionar varios problemas al mismo tiempo: la escasez de espacio en un país donde el metro cuadrado vale oro, dormir sin gastar el dineral que cuestan los hoteles más tradicionales, ser una alternativa para quienes perdieron el último tren a casa o quieran dormir cerca de sus oficinas para madrugar y no atrasarse al día siguiente. Los hoteles cápsulas abundan sobre todo en Tokio. No es difícil entender por qué. En esa ciudad, una buena parte de sus trabajadores viven a decenas de kilómetros de la capital. Y una noche de sobretrabajo o de juerga les significa tener que quedarse aquí, y entrar de rodillas –no hay otra opción- a estas piezas diminutas. El colombiano Francisco Rumié, de paso por esa ciudad, decidió dormir en una de esas cápsulas. Así recuerda esa noche en que debió meter su contundente cuerpo caribeño en un espacio tan breve: “Yo buscaba una experiencia. Mis amigos me habían hablado del vértigo que causaba dormir encerrado en algo tan pequeño y yo quería saber también que se sentía. Fui al más barato que encontré en internet esa noche. Llegué a una ventanilla muy fea y muy vieja, donde literalmente me tuve que hacer entender por señas, porque el nivel de inglés de las personas del hotel cápsula es mínimo o nulo. Pagué ¥3500 (unos 35 dólares) y me dieron una llave. Camino al elevador que te llevaba a los pisos donde están las cápsulas, tuve que dejar mi maleta y mis zapatos pues no hay espacio para tanto equipaje. A la cápsula sólo subes con el equipaje de mano que puedas dejar en un locker, una bata y zapatillas de dormir. Los japoneses que vi en el hotel eran principalmente personas de negocio que pernoctan en este lugar. Personas que no pudieron

1,2 VICENTE REINAMONTES

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salir de Tokio esa misma noche y que sólo estarán allí unas horas para dormir. Se puede subir a las cápsulas desde las 3 de la tarde; y al día siguiente tienes que salir antes de las 11 am porque hacen el aseo a todas las cabinas. Si no lo haces a esa hora, te multan. Además hay cámaras por todos lados en caso de que se forme un follón. Recuerdo que los japoneses me miraban. De los pies a la cabeza. Yo lucía más negro que ellos, más gordo, más grande. Era un gigante caribeño tratando de meterme en una cápsula, intentando hacer el mínimo ruido. Nadie interactuaba con nadie. Nadie hablaba. Uno no podría hablar de habitación propiamente tal. Por eso es acertado llamarla cápsula. Están una arriba de otra. Estoy hablando de unas 70 cápsulas por piso, apiladas todas . Dentro, cada una tiene una almohada, un televisor minúsculo con audífonos para no molestar al vecino, y ya. Pero yo estaba tan cansado, que me dormí fácil. Al día siguiente te vas sin que nadie te haya hablado. Sin que nadie te haya conocido. Los únicos espacios comunes eran los baños y los lockers. Nada más. Los japoneses son muy divertidos y jamás se me olvidará que, por negro, a mí no me hablaban ni me miraban hasta que me quedé sin ropa en el baño común. Al desnudo, quedaban a la vista nuestra diferencias, jajaja… Todo en el hotel era muy limpio y no se me perdió nada, que era mi miedo al quedarme allí. La mejor experiencia fue haber utilizado el cepillo de dientes que trae crema dental incluida: sólo te lo pones en la boca, lo agitas y solo va haciendo espumas y lavando la boca. ¡Definitivamente sólo en Japón lo tienes!” Cápsulas - Las habitaciones de hoteles cápsulas están hechas de plástico o de fibra de vidrio. - Tienen muchos botones dentro. Uno prende/apaga la luz. Otro enciende la radio. Otro maneja la TV. Otro cambia los canales. - Incluso hay un botón, generalmente rojo, para ver porno (con pago extra, obvio).


E MUTACIÓN: ENTREVISTA A NICOLÁS MATZNER, PROTAGONISTA DE LA RUTA DEL TROMPE

Expulsando pensamientos POR RENÉ PAZ

De Macedonia a Chiloé, de Bruselas a Barcelona. “La ruta del trompe”, programa de canal 13 C que va por su segunda temporada, mezcla lugares y tiempos distantes a través de juegos de cámaras y narraciones en rimas. Cada capítulo se asocia a una nota músical que Nicolás representa con distintas vestimentas. El trompe es el elemento que siempre lo acompaña. MALAMAG: ¿Dónde hallaste tu primer trompe? Nicolás Matzner: Tenía 5 años cuando encontré el primer trompe hurgueteando las repisas de un museo en Chiloé. Entre medio de elementos precolombinos encontré una curiosa pieza pequeña de acero. Lo tomé, leí la inscripción que hablaba de qué era el instrumento y aprendí a tocarlo. Desde ahí me siguió para siempre. M: ¿Cuál es el origen del trompe? NM: Creo, pero aún no puedo comprobar, que viene de varios lugares, que más que inventarse fue descubierto. El trompe se hace con cualquier cosa vibratoria usando la boca como caja de resonancia. Los orígenes más antiguos están en Asia. Sobre Mongolia hay una zona de Rusia llamada Yakutia, donde el trompe aparece en el escudo del lugar. Pero eso no quita que en otros lugares del mundo haya sido creado paralelamente. He escuchado que en Chile existía una versión con una espina de pescado que vibraba con la boca. Lo más seguro es que no lleguemos a una respuesta absoluta porque es algo muy básico, casi como preguntar ¿quién creó el primer tambor?. El trompe tiene muchos nombres. Uno de mis favoritos es el italiano “Scacciapensieri”, que significa expulsador de pensamientos. Me gusta mucho, porque si tienes algo que te molesta, perturba o algo desafiante, el puro hecho de tocar el Scacciapensieri te hiperventila, lo que te da endorfinas y te ayuda a todo. La melodía automáticamente “te aceita” la máquina cerebral y hace que las cosas sean más fluidas. M: ¿Por qué el programa se llama la ruta del trompe? NM: El trompe, como le dicen en Sudamérica, es un instrumento que existe en todo el mundo. Es por eso que lo usamos como una manera de no promover las banderas, límites, ni conceptos como el de de raza. Este instrumento nos ayuda a dar un mensaje universal. Por ejemplo, en el canal donde se pasa el programa, tres cuartos de los títulos de los programas dicen “Chile, un país no sé cuánto”, “Chile, un país bla bla”... y yo no creo en Chile, creo en la gente que viva acá. Entonces, decir la ruta del trompe es como decir la ruta de un chileno por el mundo.

M: ¿Cómo combinas el espacio y tiempo en los recorridos? NM: Yo soy arquitecto y la arquitectura enseña a ordenar y a dar un ritmo en el espacio. El mundo audiovisual, por otro lado, ordena y da ritmo al tiempo. Como procesos creativos los veo idénticos en mi cabeza. El espacio y el tiempo, como decía Einstein, son relativos y en este caso no es diferente. En este caso voy jugando y deconstruyendo con los tiempos. Construyo algo complejo y comienzo a desarmarlo. Dejo los elementos básicos y limpio todo lo que no es necesario. Muchas veces grabo y sé que en el montaje estará combinado con cosas que pasan en el futuro o en el pasado. M: ¿Qué rol cumple tu barba? NM: La barba es el timeline del proyecto. Es lo que acusa visualmente el paso del tiempo en las tomas ya que todos tenemos la noción de la velocidad de cómo crece el pelo. Como existe un desorden cronológico en el relato dado a todos los lugares que muestro, con el largo de la barba se puede entender qué pasó antes y qué después. Es muy necesaria ya que el proyecto en sí es muy desestructurado, por lo que la barba es mi manera de dar ciertas pistas para entender el puzzle. M: ¿Por qué ocupas lugares tan remotos en un solo corto? NM: Es una idea muy mamona en realidad, nació de una vez que estaba hablando por teléfono con mi mamá. La idea fue estructurar el programa como si fuera una llamada telefónica, donde las conversaciones no son lineales. -¿Cómo estás?-, me pregunta mamá. -Bien. -¿Qué has hecho de choro en Suecia? -Fui a un cementerio, pero me recordó a otro que vi en Malmö, y en Bruselas también vi otro cementerio... Nos fuimos por las ramas sin darnos cuenta pero la conversación seguía un hilo conductor. Es por eso que me gusta seguir temas más que órdenes cronológicos o geográficos.

1 ANTON BRIANSÓ 1

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Se ve desordenado aparentemente, pero esto va mucho más allá de los lugares. M: ¿Por qué rimas en el programa? NM: Hay algo que se llama la “lira popular chilena” que se escribía en rima. Es como un sistema de memorizar. Ya que en el programa hablo de muchas cosas y hay muchas imágenes, encontré que la rima genera el efecto contrario. Si es que digo muy pocas cosas rimadas, es probable que se digiera un poco más fácil. Para las rimas no uso palabras difíciles ni tecnicismos académicos, sino que prefiero palabras más coloquiales que pueda entender cualquier persona. M: Cada capítulo es protagonizado por personaje que construiste tú, ¿cuál es la idea descomponerte en personalidades distintas? NM: Antes de empezar este proyecto nunca había usado mi propia imagen. Al inicio, yo pretendía que la imagen fuera una chiquilla con la que viajaba. Mientras armaba el guión hubo

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ciertos roces y pensé, “chuta, estoy empezando un proyecto de viaje, ¿qué hago si peleamos a la mitad?”. Por eso, me ví obligado a usar a la persona que estará incondicionalmente conmigo -aparte de mi mamá-: yo mismo. M: ¿Cómo vinculas todo esto con el trompe? NM: A veces viajo porque me dicen ‘oye en el pueblo del lado hay un constructor de una especie de trompe’. Pero a veces el trompe está presente porque me acompaña. Dentro de mis objetos personales importantes está el celular, un par de monedas para comer y el trompe, que es algo más recreacional y para romper el hielo. Hay una frase del inventor del trompe electrónico que me encanta: “El trompe es pequeño, se ve como una llave y abre muchas puertas”. Es así. Me pasó que, en una fiesta, un Dj me vió tocando el trompe, me pasó el micrófono y todo se transformó en otra cosa. También he estado con un niñito que le llora a la mamá y cuando toco el trompe para de llorar. Es un elemento lúdico.


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A

CRONO

El tiempo se pasa volando POR SR. BIGOTES

Tan antiguo como el hombre mismo es la experimentación con sustancias que alteran la percepción de la realidad y del tiempo. En este reportaje vivencial el sommelier de revista Cáñamo pone a prueba su pericia para mostrar cómo variedades distintas de marihuana afectan su apreciación del tiempo. En el afán de normar, medir y regularlo todo, el ser humano inventó el concepto de tiempo. Para los físicos es la forma de medir la separación entre un evento y otro, para Google es el clima y para otros, el tiempo es oro. El tiempo es relativo como palabra, como sistema de medición y como concepto. En esta ocasión quiero hablar de esa relatividad, en la que cada observador percibe el tiempo de manera distinta; en este caso, bajo la influencia de la marihuana. Es toda una experiencia tomar conciencia del tiempo cuando estás “volado” porque el tiempo en esos momentos se vuelve un poco “inestable”. Si has fumado más de alguna vez, quizás tuviste esa extraña sensación de abstracción sobre el entorno, donde por un lapso indefinido estabas encerrado o atrapado en tu imaginación, en términos más coloquiales “estabas pegado”. Si nunca fumaste podemos describir esta sensación como un estado de hiper-concentración, que se asemeja mucho a soñar despierto, solo que en este flujo de información, priman la velocidad y detalles a tal punto que el entorno pasa a segundo plano. Ejemplos de esto hay miles, como ese segundo cuando estás fumando y alguien te habla de cualquier cosa y basta una sola palabra para gatillar un viaje mental que terminará con la frase: “¿De qué estábamos hablando?”. El poeta maldito Charles Baudelaire, miembro fundador del “club de comedores de hachís”, en su Poema del hachís, dice: “Un nuevo torrente de ideas te lleva: te arrastra por su torbellino vivo durante un minuto más; y este minuto, también, será una eternidad, porque la relación normal entre el tiempo y el individuo ha sido completamente alterada por la multitud y la intensidad de sensaciones e ideas. Parece que vives la vida de varios de los hombres en el espacio de una hora” . Baudelaire pone énfasis en la intensidad de los pensamientos cuando estás estimulado por algún Cannabinoide. Podríamos decir que el tiempo que transcurre es el mismo para todos, pero se vuelve más espeso 1 SHAUN TRON - SHAPED (2011)

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gracias al estado de concentración alcanzada; la cantidad de información procesada en ese momento es mayor y más intensa, como si cargar una mochila pesada pudiese hacer más largo un viaje. Para comprobarlo en carne propia haré un ejercicio con dos variedades de Marihuana: una completamente Sativa -más psicoactiva- y una 100% Indica -más narcótica-, realizaré la misma acción con las dos variedades para que el análisis sea lo más objetivo posible. El ejercicio será dar una vuelta por el parque Bustamante. El primer día lo haré sin ninguna sustancia que altere la percepción durante la caminata, así tendré una base neutral para poder comparar el resto de las muestras. Reporte 1: La primera muestra fue Super Silver Haze, variedad Sativa, de efecto cerebral fuerte y edificante, una variedad que se utiliza medicinalmente por su capacidad estimuladora e inductora del apetito. Esperé 10 minutos después de fumar para comenzar mi caminata. Al principio iba todo bien, tenía energía y todo era más vibrante, estaba inmerso en el entorno, pero cualquier cosa era capaz de desviar mi atención, iba dando saltos de un estímulo a otro, todo tan rápido que era difícil volver a lo que pensaba originalmente. Ya en la mitad del camino estaba lo bastante confundido como para olvidar el camino preestablecido, pero seguía avanzando por impulso, mi cabeza se colgaba con cualquier estímulo, una hoja, la luz colándose o una paloma eran suficientes para comenzar a saltar de un imaginario a otro, los lapsus eran más cortos pero muy diversos, podías pasearte por una situación cómica y saltar a un recuerdo para después abordar una fantasía que terminaba en una proyección, todo eso por menos de 100 metros. En este paseo y aunque muchas veces perdí la noción del tiempo, me demoré un par de minutos más que cuando fui “sobrio”, pero sentí que la distancia que recorrí fue menor o quizás menos tediosa, me divertí más y el viaje se hizo corto. Reporte 2: Para mi segunda vuelta elegí Chemdog, variedad Indica que en usos medicinales se ocupa para tratar fuertes dolores y que provoca alteraciones de la percepción. Comencé mi caminata ya derrotado, mi cuerpo estaba pesado y se movía muy lentamente (o eso creía yo). Bastaba solo avanzar un par de pasos para meterse al limbo, en este caso la dimensión era más espesa, el “sueño” que estaba viviendo mientras mi cuerpo avanzaba estaba sobrecargado de información, evocando detalles, sabores, texturas y olores; era una fiel recreación de algo real, todo era más nítido que podías fácilmente confundir si era un recuerdo o fruto de tu imaginación.

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Mis pies avanzaban lentos pero seguros, sin dudar ni tambalear, me di cuenta que fui en línea recta incluso cuando no estaba consciente de que iba caminando porque estaba tan inmerso en mi delirio marihuanístico que con la cantidad de detalles que mi mente creaba podía escribir la más descriptiva de las novelas. En esta ocasión, el viaje se me hizo eterno, estaba cansado y solo pensaba en tirarme en el pastito. Llegué a mi meta y verifiqué el tiempo, me había demorado mucho más que en los dos recorridos anteriores, esta vez creo que iba más lento caminando, porque mi cerebro estaba concentrado en lo que sucedía dentro de él, destinando un mínimo de energía al cuerpo para que pudiese avanzar de una forma muy primitiva. Conclusión: Ambas muestras alteraron de distinta manera el tiempo, la primera volviéndolo más caótico y confuso, y la segunda ralentizándolo y volviéndolo más cinematográfico. Sin duda, es más fácil tener recuerdos sobre la experiencia con la segunda muestra, pero resulta ser más cómodo y afín estar sentado en esos casos, leyendo, viendo una película o cualquier actividad que no involucre un gran desplante físico. Con la primera muestra es más recomendable salir a distraerse, recorrer y caminar. Así que señores dejen de investigar y avísenle a Emmett Brown, porque la máquina del tiempo ya existía hace miles de años y viene en una semilla


Verlust FOTOGRAFÍA GABRIEL SCHKOLNICK ASISTENTE DE FOTO ROBERTO OLIVARES CÁMARA MATÍAS MONTECINOS PRODUCCIÓN MINERVA SEGOVIA DIRECCIÓN DE ARTE IGNACIA PAREDES ASISTENTE DE ARTE NICO DEJER ESTILISMO MATÍAS HERNÁN MAKE UP IVAN BARRIA MODELO ELIANA AGENCIA WE LOVE MODELS

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Ritmo Perpetuo FOTOGRAFÍA ROD ASISTENTE DE FOTO FRANCISCA JIMENEZ STYLING CAMILA MONTOYA AGRADECIMIENTOS TOPMAN, TOPSHOP, CLAUDIA VITALI

Seba es Robert Smith Maquillaje de Josefina Riquelme

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Kara es David Bowie Maquillaje de Josefina Riquelme

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Richie es Brian Eno Maquillaje de Josefina Riquelme

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Ana Luisa es Siouxie Maquillaje de Francisca Mellado

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Karla es Nina Hagen Maquillaje de Francisca Mellado

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Aurora es Boy George Maquillaje de Josefina Riquelme

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time to DIRECCIÓN MATÍAS MONTECINOS DIRECCIÓN DE FOTO JOSE LUIS CANALES CÁMARA 1 JOSE LUIS CANALES CÁMARA 2 VICTOR SALGADO DIRECCIÓN DE ARTE MINERVA SEGOVIA + IGNACIA PAREDES PRODUCCIÓN MINERVA SEGOVIA FOTOGRAFÍA FIJA ANTON BRIANSÓ 72


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time stand still

FOTOGRAFÍA MATÍAS TRONCOSO MAQUILLAJE Y PELO CRISTIÁN QUITRAL STYLING CARO MANCILLA PRODUCCIÓN GENERAL JAVIERA ACEVEDO M. MODELO SEBASTIÁN ZULETA

Chaqueta Peter Werth Polera A de Antonio Buzo H&M Pañuelo Emporio Armani Bototos Dr.Martens

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Chaqueta y pantal贸n KUEROS Galer铆a Interprovidencia Sweater 12-na

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Abrigo Kueros GalerĂ­a Interprovidencia Bufanda Zara Jeans Diesel Blackgold Camisa Pepe Jeans London Botas Dior Vintage

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Gamulan blanco Kueros Polera 12-na Jeans AY NOT DEAD Bototos Santore

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Impermeable 12-na Sweater y jeans vintage Bototos Dr.Martens

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Polera Salvador Homme para tienda Snog Pa単uelo A de Antonio Shorts y polainas H&M Bototos Dr.Martens

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R CRONO

Con el tiempo no se juega POR NITA AMARGURA

¿Cómo se sentirían si la imagen que tienen de una persona cambia completamente cuando te cuentan algo que te ocultaron por años? Al menos, raro. Así me sentí cuando descubrí quién era realmente mi tío Pascual, el hombre que se adelantó al tiempo.

Lo recordaba. No por algo especial, pero lo recordaba. Él era parte de mi familia, pero tenía una particularidad, a pesar de ser chileno se había criado en Inglaterra. De quien les hablo es de mi tío Pascual, al que nunca le dije tío, sino Pascual. Que era hermano de mi madre pero no hijo de mi abuelo, sino hijo de un diplomático inglés con el que mi abuela convivió nueve años. Todo esto que les cuento de él lo descubrí con los años, y era algo que en mi familia te dejaban saber cuando ya no te consideraban un niño. La última vez que lo vi yo tenía 13 años, fue en el funeral de mi abuela, su madre. Pensé que había desaparecido porque al morir mi abuela, se había roto su vínculo más fuerte con la familia, ya que al vivir tantos años fuera no tenía tanta relación con sus hermanos ni con mi abuelo. Ese último día que estuve con Pascual, le dije que el tiempo era injusto, que mi abuela se había quedado sin tiempo. Y Pascual dijo la siguiente frase: “No hables así del tiempo, es perfecto como es.” La verdad, no le entendí nada, aunque tampoco entiendo por qué esa frase me quedó grabada. Mis sospechas acerca de la vida de Pascual nacieron cuando desde la bodega del departamento en que vivíamos con mis padres y mi hermana en Providencia, apareció un álbum de fotos de mi abuela. Hojeándolo encontré un retrato de Pascual cuando era joven, debía tener unos 30 quizás. Saqué la foto para examinarla más de cerca. En el dorso, escrito a mano, tenía el siguiente texto en inglés: “Madre, estoy ahora en LA, EEUU. Finalmente hice uso de la opción de no ejercer mi carrera, descubrí algo que nadie hizo aún y voy a explorarlo. Espero lo entiendas y me acompañes en esta decisión. Sigo con ganas de conocer a mis hermanos, espero poder verlos el próximo verano. Saludos cordiales. Pascual”

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Leí eso e inmediatamente se lo mostré a mi madre. Le pregunté si sabía algo de los años en que Pascual no vivió en Chile. Mi madre respondió vagamente, diciendo que no sabía mucho, aunque me lo dijo con cara de saber mucho, o al menos de estar esforzándose para que no se notara. Seguí preguntando y en mi cabeza se plantó una duda que nunca antes había tenido. ¿A qué se dedicaba Pascual? La respuesta de mi madre fue tan vaga como las anteriores. Conociendo a mi familia, había algo que no estaban diciendo o no lo habían contado realmente como era. Decidí que tenía que hablar con alguien más si quería respuestas reales El siguiente paso entonces fue visitar a mi abuelo. Mi abuelo no era padre de Pascual, pero de todas maneras debería saber más, o podía persuadirlo para que me contara. Ya en su casa, traté de ser lo menos obvio y entablar una charla ocasional que nos llevara hacia Pascual. Aunque tal vez fui demasiado obvio y mi abuelo se dio cuenta, pues utilizó la misma técnica esquiva de mi madre. Me enoje después de eso, y le dije en voz quizás un poco alta mi opinión acerca de esa costumbre de nuestra familia de ocultarlo todo. Siendo parte de esta familia, tenía derecho a saberlo. Mi abuelo escuchó atentamente, y quizás dándome la razón comenzó a hablarme, aunque me aclaró primero: “De todo lo que te voy a mostrar, hay cosas que aún no creo. Y hay cosas que no sé del todo, tu abuela sabría contarte más si estuviese con nosotros”. Me llevó al sótano de su casa y comenzó a revolver cajas. No iba sacando lo que hallara dentro, sino que buscaba sabiendo qué quería encontrar. Finalmente, sacó un baúl cuadrado y lo llevó hacia arriba. Antes de abrirlo, me habló largo y tendido. -Mucho no lo conocí a Pascual, era hijo de tu abuela, pero conmigo nunca tuvo mayor relación. Él se cría en Inglaterra, estudia Finanzas. Luego se pierde un par de años viajando y cuando volvió a aparecer, trajo consigo algunos atados.


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-¿Qué tipo de atados? -Parece que se pasó de vivo. Esto que te voy a contar, te juro, que hasta hoy sigo teniendo mis dudas. Parece que Pascual se empecinó en vender algo que nadie había vendido hasta el momento. Él quería vender tiempo. -¿Tiempo? -Sí. Más como un beneficio. Él pensaba que el tiempo es el bien más preciado. Que todos se la pasan trabajando e indiferente del dinero, todos necesitan más tiempo. Para los 80’ era un pensamiento inexplorado. Se obsesionó y creó tres productos. Sacó de la caja unas revistas. Una de ellas estaba con un separador de papel. La abrió y me mostró lo que parecía una publicidad vieja, con estética ochentera. El aviso era de una impresora, Print Day (el mismo de la pág. anterior). La función de la impresora era emular un certificado médico para faltar al trabajo. Así, como lo digo. Faltar al trabajo. Mi cara de desconcierto no me dejaba hablar. Mi abuelo me pasó otra revista, en donde había otro aviso. 30 hours clock ¿Quién puede vivir con 24 horas? Este era un reloj que, supuestamente, hacía sentir a quien lo usara que un día duraba treinta, y no veinticuatro horas (pág. derecha). -¿Estos son los productos que creó?–, le pregunté con tono incrédulo a mi abuelo. -Parece. Yo vi esto y pensé igual que tú. Es imposible. Esto Pascual nos lo había mandado a mitad de los 80. Estaba muy contento por cierto. El primero era ilegal, obvio. Y parece que ahí le empezaron a seguir el rastro. Con el segundo, el reloj, logró realmente manipular el tiempo. -¡Qué Pascual logró manipular el tiempo! -Así parece. Yo le creí unos años después cuando a tu abuela la citan a la embajada de Inglaterra, en el año 87. Estábamos en dictadura así que no era muy linda la citación. La fui a dejar a la puerta, y cuando salió parecía que había visto a un fantasma. En la reunión le dijeron a tu abuela que consideraban a Pascual un hombre fuera de serie. Y que, pese a que no había hecho nada contra la ley, sí había inventado algo para lo cual el mundo no estaba preparado, y por su seguridad era mejor enviarlo lejos. Se adelantó al tiempo, le dijeron. Como sabían que le quedaba familia aquí, lo mandarían acá. -¿Y qué hizo Pascual cuando llegó? -Lo que le ordenaron: se tranquilizó. Le compraron una casa, y le dieron dinero suficiente para no trabajar más. Por eso, nunca fue sospechoso para nadie. La excusa era que como su padre y su hermanastro habían muerto, a él le correspondía la herencia y como la única familia que le quedaba era su madre, quería pasar los últimos años con ella. -¿Y tú hablaste de esto con él? - Si, pero como te digo, había días en que le creía y días en que pensaba que estaba chiflado. Un día empezó a decirme

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que Volver al futuro I se basaba en su descubrimiento del plutonio, que por eso el auto ese funcionaba con plutonio. -Aunque si me dices que el reloj ese realmente funcionaba, tranquilamente podría ser cierto. - Sí. Yo sé, yo sé. Todo tiene sentido, pero nunca lo comprobé - ¿Y qué pasó con él después? - Nadie lo sabe. - Vamos abuelo, me ocultaron esto no sé cuánto tiempo y ¿no me vas a contar el final? - Lo juro, nadie más lo vio. - ¿Así sin más? - Siempre hablaba de que algún día iba a viajar en el tiempo. Quizás murió. Desde ese punto de la historia, ahora tanto tú como yo sabemos lo mismo. Terminó esa charla y terminó mi investigación. Ni siquiera me animé a contarle a mi madre. Decidimos con mi abuelo que lo mejor era dejarlo ahí, no hacerle más daño a esa historia. Salí de ahí y en lo único que pensaba era en lo poco que conocía entonces a Pascual. Recordé de nuevo la frase que dijo en el funeral. “No subestimes al tiempo, es perfecto como es”. Ahí entendí, él quiso hacerlo y no resultó. No porque él no quisiese, sino porque el tiempo en que vivía el mundo no estaba preparado para manipular el tiempo


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ÉPOCA

Un juez severo en el arte POR IVÁN MELNICK

Cuando una obra de arte está hecha con dedicación se nota. Se refleja que el artista plasmó su visión en ella. Pero, hoy pareciera que la tendencia es ir más rápido. ¿qué pasa cuando se hace una obra sin tiempo alguno? Es muy extraña la ecuación tiempo-trabajo en el mundo del arte. Hace un par de semanas fui al taller de mi amigo Zsueño a tomar unas cervezas. Después de un par de litros, y como es costumbre entre nosotros, nos pusimos a hablar sobre los trabajos que estábamos haciendo cada uno y de las exposiciones que habíamos visto el último tiempo.

antes sin darse cuenta de que la paciencia y el trabajo duro y constante a base de adentrarse en lo inexplicable, el misterio que rodea la obra es lo que finalmente perdurará en el tiempo.” Mi amigo Zsueño es un gran dibujante. Toma alrededor de dos semanas en hacer un pequeño dibujo de 10x10. Trabaja con Guache y tinta. Me gustó mucho una pequeña serpiente que dibujó en base a un puntillismo obsesivo con una gama de colores muy extraña. Entre morados y verdes fluorescentes pero que juntos y sobre un café tierra apaciguaban ese color flúor. Sus dibujos provienen de un imaginario propio mezclado con ciertas referencias alquímicas antiguas. -¿Cuánto demoraste en dibujar la serpiente?-, pregunté. -Dos semanas trabajando todos los días 8 horas diarias-, me contestó y su voz denotaba orgullo.

Ambos habíamos visto una muestra, en una galería de renombre en el centro de Santiago, que nos pareció realmente un insulto a nuestra inteligencia. Varios recortes de revistas científicas con ilustraciones antiguas manchadas encima con pintura. En algunos recortes las manchas eran aleatorias y en otras eran formas orgánicas construidas con malos trazos. Y lo peor de todo es que al susodicho artista le ponían sobrenombres rimbombantes en relación a su supuesta genialidad en torno a su trabajo. Me pareció que su “obra” era una mentira sobre todo porque se notaba la falta de tiempo, el tiempo que hace que una obra sobreviva, precisamente, al paso del tiempo. Cuando una obra de arte está construida a través del tiempo se nota que el artista deja algo importante de sí mismo en ella. El tiempo tiene que ver con la obsesión, con desdoblarse y convertirse en tu propio trabajo. En esta era en que vivimos, pareciera ya no importar el tiempo en la creación artística. Pintores que trabajan creando objetos de diseño en una serialización de su propio trabajo. Algunos contemporáneos admiran esa forma de producción. Como si estuviéramos hablando de la fabricación de posters para colocar arriba del sillón. Ya no es necesario ser un buen dibujante o modelista. Basta con sacar una imagen de internet, calcarla en una tela y pintarla encima. Mientras más pasos se salten mejor, mientras más rápido se pinta más obras se hacen, mientras más obras se hacen más se muestran y mientras más se muestran, la fama llega más rápido. Como dice mi amigo Zsueño: “Todos quieren ser una estrella de rock del arte. Es como si todos pretendieran llegar a la meta cuanto 3

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1 - ZSUEÑO - TODO NACE DE LA OSCURIDAD 2 - FRANCISCO PAPAS - TRATADO DE PINTURA 3 - IVÁN MELNICK - VISIÓN

Esta es una reproducción de la obra que Francisco Papas Fritas realizó para la exposición SUB 30 en el Museo de Arte Contemporáneo de Quinta Normal. El proyecto se llama “Tratado de pintura” y refleja el presupuesto de una obra que no fue realizable. La muestra estuvo abierta al público entre Marzo y Mayo de este año.


Medidas: 5x5 mt Color: Friar Tuck Material: brocha, rodillo, esmalte al agua Valor mt2: 3.000 pesos chilenos Tiempo de trabajo: 6 horas aproximado Nombre pintor: Alfonso David Valenzuela Carrasco Fono 09 8 679 14 71

valor total: 97.499


-¿Y cuánto cuesta la obra?-, me dijo una cifra alta. Era muy difícil que la vendiera a ese precio por el tamaño, es una obra muy pequeña, pero se notaba que tenía tiempo y trabajo. “Si la tuviera que vender sería a ese precio porque hay una parte de mi en esa serpiente. Tiene el trabajo de mucho tiempo y podría decirse que es una extensión de mi propia energía”, dijo. Comprendí a lo que se refería. Zsueño tiene un ritual antes de empezar a dibujar, como todos los artistas tiene ciertas manías antes de trabajar. Cierto tipo de música, un café cargado, quizás algo para fumar. En relación al tiempo, dice que a veces puede pasar 4 horas en su asiento sin levantarse. Otros días no puede empezar a trabajar porque no encuentra las condiciones y pueden pasar horas antes de sentarse en su silla. Incluso hay días que va al taller y simplemente no trabaja. Afirma que no es un operario de su trabajo. A veces el tiempo se vuelve un juez severo. Yo también tengo una relación extraña con el tiempo. Llevo varios años descubriendo los misterios y sutilezas del grabado en metal. Técnica que se caracteriza por ser lenta y compleja. El tiempo juega un rol fundamental en la creación de la imagen. Por ejemplo mientras más tiempo esté la plancha en el ácido, más profundos serán los surcos en la matriz, por ende se obtendrá un negro más intenso. Toda la experticia técnica en el grabado en metal está condicionada por el tiempo. Hay que ser paciente, riguroso, obsesivo y detallista. Finalmente, los resultados son hermosos. Ver como ese pedazo de cobre cambió en un proceso alquímico es una experiencia única y está destinada a ser mágica. Mientras más trabajo la imagen, mientras más tiempo le dedico y saco pruebas y pruebas y pruebas, tengo la sensación de estar adentrándome en mundos desconocidos y misteriosos que me transmiten un mensaje oculto que solo yo puedo descifrar. Pero para eso hay que ser paciente. Dejarte llevar por el tiempo. Zsueño se siente una tortuga al lado de este mundo que avanza tan rápido. Yo también. Esperaremos a que el tiempo sea el juez que dirá qué obras sobreviven y cuáles están destinadas al olvido

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DESTINOS

Atrapar el sol POR PATRICIO DE LA PAZ

No hay señal más clara del paso del tiempo que el amanecer y el atardecer. El comienzo y el fin del día. La salida y la desaparición del sol. El turismo ha explotado la belleza asociado a eso. Koh Lipe, una diminuta isla de Tailandia, fue aún más allá. No es novedad. De hecho, el asunto ya se vende como una atracción turística. Es cosa de poner atención en los imperdibles que, de boca en boca, se aconsejan los viajeros más experimentados, con un dejo de deber: -No te puedes perder el amanecer el Angkor Wat, el templo en medio de la selva de Camboya. Alucinante. -Ah no.... si no has visto el atardecer en Oia, en la isla griega Santorini, no has visto nada. Es un sueño. Espectacular. -¿Para qué ir tan lejos? Toma nota: mirar la muerte del sol detrás del mar, desde alguna terraza del cerro Concepción en Valparaíso. Debería promocionarlo Sernatur. Precioso. Y así suma y sigue. Con ejemplos por todo el planeta que se arrojan a sí mismos el amanecer o el atardecer más bello sobre la Tierra. El asunto, al menos, es democrático. Porque en cualquier rincón, sin excepción, el sol debe aparecer en las mañanas y desaparecer en la tarde. Inevitablemente. De ahí que la fiebre por el “turismo que persigue al sol”, por llamarlo así, no conoce límites. Bien lo sabe Koh Lipe, una remota y diminuta isla al sur de Tailandia, casi en la frontera con Malasia, donde esta moda de contemplar el amanecer y el atardecer fue aún más allá y se convirtió en nombre propio. En nombre de playa, para ser exactos.

las primeras, todo depende si es fin de fiesta o comienzo de una nueva-, y se ponen a esperar. No hay urgencias. De a poco, tímidamente, todo se empieza a llenar de una suave luz. Se empiezan a distinguir las cosas. Los otros turistas echados en la arena. Las palmeras. Los botes de madera en la orilla. Y, más allá, al fondo de la escena, el sol que comienza a levantarse desde el horizonte dibujado en línea recta por aguas que cada vez se van tornando más turquesas. Cuando la circunferencia perfecta del sol se ha levantado completa desde el mar, todos aquí estallan en aplausos. Se da oficialmente por iniciada la vida en esta playa que, no por casualidad, se llama Sunrise Beach. Playa del Amanecer. – Cuando el sol ya salió por esa playa en la zona nororiente de Koh Lipe, todo despierta en esta isla. En calma, como todo aquí. En la calle principal, y la única pavimentada, empiezan a abrir las tiendas. Las primeras son las que ofrecen desayunos. Hay cafés más sofisticados, pensando en los occidentales que están de visita, que ofrecen croissants e infusiones de hierbas aromáticas con impronunciables nombres extranjeros. Y están los boliches locales, que son lejos los mejores. Esos donde uno se sienta en bancas de madera y mesa común, sobre la cual abundan los jugos naturales, las ensaladas de frutas y también un buen pad thai, arroz frito o alguna sopa que deja en el paladar ese gusto tan tailandés: entre picante y ácido, entre dulce y salado. Todo por un precio de risa. Nunca más de 3 dólares.

– El día en Koh Lipe empieza aquí. Literalmente. Con turistas que llegan caminando, al morir la madrugada, para ver el sol aparecer lentamente detrás del mar. Se sientan en la arena blanca y muy fina, destapan las últimas cervezas -o

SUNSET BEACH

KOH LIPE

PATTAYA BEACH

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SUNRISE BEACH

* La temporada alta es de mayo a octubre. Fuera de eso, el tiempo es muy lluvioso y dificulta el transporte por mar. * A Koh Lipe hay que llegar en barco. Desde Phuket salen dos líneas: Tigerline y Satun-Pak Bara. Duración: entre 5 y 7 horas. Precio: desde 60 dólares por trayecto. * Hay que llevar sencillo y en moneda local: bath tailandés (1 dolar = 33 baths). No hay banco ni cajeros automáticos en Koh Lipe. * Dormir: entre tanto hotel nuevo que se está instalando, mejor ir por lo tradicional y quedarse en Blue Tribes. Cabañas de dos pisos, con vista al mar en la playa Pattaya. Toda la información en www.bluetribeslipe.com


Luego, a medida que el sol vaya subiendo por el cielo, abrirán otros locales, apretujados unos al lado de los otros. A saber: Las tiendas de souvenir, que por suerte aún no son tantas. Los centros de masajes, que sí son muchos, y son baratos y todos ofrecen una hora y media de dolorosas contorsiones y sobajeos y golpecitos que aseguran son relajantes, aunque uno en la camilla sólo cruce los dedos por no terminar fracturado. Los restaurantes, cuya especialidad son las parrilladas de pescados y mariscos. Las librerías. Sí, curiosamente en Koh Lipe hay varias librerías, rubro que uno ni se imaginaría desarrollado en una isla tan remota. Pero las hay, y en ellas -además de compendios con fotografías de la zona y guías de Tailandia- se paga por libros extranjeros que uno quiera dejar en esas estanterías que los exhiben como trofeos. Por un ajado “Cien años de soledad” recibí 11 dólares. Y finalmente abren sus puertas las pequeñas empresas que ofrecen snorkel y buceo. Ambas son las actividades más populares en Koh Lipe para gastar el día, y se entiende: en estas aguas cristalinas, ir a mirar bajo el mar -desde peces de colores hasta espectaculares arrecifes de coral- es algo no sólo obligatorio, sino sobre todo adictivo. Si lo que uno quiere, en cambio, es quedarse en tierra firme, simple: el panorama es echarse en la arena de cualquiera de las tres playas -la más grande se llama Pattaya, ubicada al sur-, remojarse cada cierto rato en el mar cálido y, a modo de paréntesis, dirigirse a alguno de los bares cerca de la orilla y zamparse de golpe una Singha bien helada. Eso, hasta que el sol anuncia desaparecer. Entonces, todo cambia. – Koh Lipe es una joya descubierta hace no tanto tiempo. Por años sólo fue un secreto compartido entre mochileros, hasta que el murmullo inevitablemente se hizo vox populi: una islita diminuta, casi virgen, con apenas un par de decenas de habitantes, arena blanca, bosques de palmeras, rodeada de mar calipso. El turismo le puso entonces el ojo encima: en esta década se empezaron a construir algunos hoteles -aunque lo que aún prima son las cabañas simples con vista al mar-, se instalaron restaurantes más sofistica-

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dos y comenzó a llegar más gente. Por suerte, nunca se llega a las hordas turísticas que invaden otras islas tailandesas como Phi-Phi o Ko Phangan. No podría: Koh Lipe es mucho más pequeña y más tranquila. Pero, sobre todo, es porque está lejos. Desde Phuket, punto de partida para todos los viajes por las islas del sur de Tailandia, no son menos de 5 ó 6 horas en un barco que, a ratos, se mueve como un botecito de papel en medio de una lavadora. Cuesta llegar, pero el esfuerzo vale la pena. Sobre todo si de atardeceres se trata. – Aquí termina el día en Koh Lipe. Literalmente. Cuando la luz natural empieza a palidecer y se anuncia la noche, todos caminan apurados hasta esta playa que, tampoco es coincidencia, se llama Sunset Beach. La Playa del Atardecer. Como la isla es pequeña, no cuesta llegar a pie. Todo aquí es a distancia caminable. Desde la calle principal, no son más de 20 minutos hasta esta playa, a través de bosques y senderos de tierra y pequeñas casas desperdigadas por todos lados. Sunset Beach es un playa pequeña. Los que llegan hasta aquí al atardecer se sientan en alguna de las mesas de los bares que miran al mar. Otros optan por trepar las grandes rocas que hay cerca y se aseguran un buen puesto, y gratis, para el espectáculo. Algunos se quedan de pie en la playa, silenciosos, de brazos cruzados, con la vista fija al frente. Y entonces ocurre. El sol se empieza a meter lentamente en el mar de Andaman. Y en esa zambullida comienza a cambiar de color. Primero muta del amarillo al rosa; después del rosa al naranja; y luego del naranja al morado. Cuando la circunferencia del sol ya se ha metido entera bajo el agua, y de su presencia sólo queda a modo de recordatorio una difusa raya morada sobre el horizonte, viene el aplauso. Un solo aplauso cerrado para celebrar el fin de otro día en Koh Lipe


ILUSTRACIÓN

Adolescentes ‘TEENAGE TIMES’ POR JAN D. GILLICH

Es una época compleja, un tiempo desconocido. Muchos cambios se aproximan y no hay algo que podamos hacer para detener su arribo. Llega la adolescencia y con ella las espinillas en la cara, la voz de pito y las inseguridades. La naturaleza comienza a desalojarnos poco a poco de la niñez y las crisis de identidad se hacen cada vez más frecuentes. Ya no somos unos niños, pero tampoco adultos. Nos desajustamos física como psicológicamente. ¿Qué somos? Aun así, nos creemos dueños de un mundo que solo existe en nuestras cabezas. Nos oponemos a las leyes porque la ley no nos permite ser, ni vivir. Somos grandes, pero no a la vista de esos señores grises que se hacen llamar adultos. Nuestros padres dejan de ser los modelos a seguir que alguna vez fueron. Por eso que nos escabullimos para fumar tranquilamente o tomarnos alguna cerveza con nuestros amigos. Nos aferramos a nuestras ideas pensando que estamos en lo correcto, pero nos sonrojamos como tomates y ni hablamos cada vez que pasa la chica o chico que nos gusta.

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GASTRONOMÍA

Hora de amasar POR RENÉ PAZ

Si no se respeta su tiempo la masa no se expresa, no se expande. El pan, el buen pan, requiere paciencia. En Vitacura, en una panadería donde también se puede tomar un café, saben de esto. Para aprender los secretos de la panadería artesanal francesa, uno de los dueños de Metissage tuvo que viajar lejos. De lo que aprendió y del pan levain, cuya masa, es la que requiere más paciencia y puede tener hasta cientos de años, nos cuentan en esta crónica. A las 5 AM el sol aún no sale en Awazu, un pequeño poblado al oeste de Japón. A esa hora, Gonzalo Miranda, chileno, cocinero de formación y con la expectativa de ser panadero, llega hasta la panadería artesanal, se pone el delantal y un gorro, enciende los hornos y comienza a amasar. El pan debe estar crujiente a primera hora del día y su maestro, el panadero francés Anders Gaitaue, prefiere la manera artesanal: amasando a mano, casi sin la ayuda de máquinas que inicien solas parte del trabajo. La panadería tiene un ventanal hacia la calle, y mientras Gonzalo y Anders amasan los transeúntes detienen su taconeo hacia sus oficinas para observar cómo se hace el pan. Japón no es un lugar de pan. Pero, hasta allá viajó Gonzalo Miranda hace tres años para aprender de este maestro la técnica de la panadería francesa. Una que requiere trabajo, paciencia y tiempo. Antes de llegar a Japón, Miranda junto al matrimonio amigo de Sandra Vásquez y Cristophe Issaurat, conversaban la idea de abrir una panadería artesanal en Santiago. Issaurat añoraba el pan de su país, Francia; pero ninguno sabía amasar. Miranda era el más cercano a ese mundo, pues llevaba 20 años dedicado a la cocina, pero no a las masas. Estudiar la técnica en Francia retrasaría más el proyecto, pues los cursos tardan un par de años. Cuando dieron con el maestro francés en Japón, encontraron la solución. La historia es un poco compleja. El hermano del mejor amigo de Cristophe tenía una panadería artesanal en Japón que seguía al pie de la letra todos los procesos de la panadería francesa. Cristophe lo contactó y Gonzalo se fue por cuatro meses a imbuirse de este mundo de harinas. “Fue una experiencia increíble”, recuerda. 1, 2 ANTON BRIANSÓ

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En Awazu se convirtió en un maestro panadero. Todo lo hacían manualmente. Aprendió la doble fermentación, proceso que da mayor fuerza al crecimiento del pan. “Se amasa hasta que la masa alcance unos 22º, se deja reposar y se repite el proceso unas dos veces más. Cada vez que amasas le aportas fuerza al gluten para que se desarrolle, logrando un leudado –fermento de los gases de la levadura al interior de la masa para que se expanda–, bien potente”. Una de las claves en el arte de la panadería es el amasado y el tiempo de reposo. Eso le da fuerza al gluten, el encargado de armar la trama que contiene el gas que producen las bacterias de la levadura. Mientras más gluten tienen las harinas de fuerza, más capacidad tiene el pan de subir. “Gracias a esto queda un pan esponjoso, con unos agujeros -o alveolos- pronunciados, típicos de la panadería francesa”. Desde hace un año Gonzalo dirige la cocina de Metissage, una pequeña panadería y café a pocos metros de la rotonda Pérez Zujovic, en Vitacura. Con doce mesas, de murallas de madera oscura, al entrar se percibe un aroma ácido a masa fermentada. Baguettes, pan de campo, levain o masa madre y pan de centeno; pan de uva, pan de almendra con chocolate o crossaint; todos se exhiben sobre canastos de mimbre. Crear el pan perfecto toma tiempo. Si se apura no alcanza todo su potencial. En Metissage trabajan durante todo el día las diferentes masas. Antes de cerrar guardan las masas en una cámara que está a -5º para detener la fermentación. A eso de las 2 a.m. sube progresivamente la temperatura hasta que adquiere la correcta temperatura para que fermente durante dos horas. Cuando Gonzalo y sus ayudantes llegan a las 6:30 AM, las masas están listas y los hornos se han encendido automáticamente. Solo queda hornear. El secreto Al igual que en la panadería donde Gonzalo aprendió el arte del pan, Metissage tiene un ventanal que separa la cocina de las mesas. A menos de un metro de distancia, está todo el proceso a la vista: mientras Gonzalo saca las baguettes del horno, un ayudante envuelve un cubo de mantequilla con una masa para preparar hojaldre, otro corta diminutos bollos con tijeras. “La comida a la vista es para que se conozca lo bonito del proceso. Es un arte, como volver a la raíz de lo artesanal de la preparación”, cuenta. Luego, uno de los asistentes toma una masa café, grande, pastosa y porosa. Corta un pedazo, mide su temperatura y le añade harina para comenzar un nuevo pan. Ese es el origen del pan de Metissage: la masa madre, un fermento natural hecho a partir de agua y harina. Es una masa que está viva de hace año y medio, que crece a medida que fermenta y que se alimenta

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de las bacterias que hay en el aire, algo así como “los pajaritos” que cortan la leche y la transforman en yogurt. “Finalmente, eso es lo que le da carácter al pan: el sabor especial, la acidez y todo lo crocante”, dice el maestro panadero. Existen lugares con una masa madre muy antigua, como una panadería en Nueva York donde la masa ya tiene 180 años de vida. Pero, no hay una relación directa entre la edad de la masa y lo sabroso del pan. “Es casi como un mito panadero. La marraqueta no lleva masa madre, y la verdad es que leudan bastante bien. Los resultados son para el conocedor, es más para el sabor y lo crocante. Los panes hechos con ella tienen una acidez única en su sabor que, finalmente, es la marca de tu pan”. Para Gonzalo, la panadería chilena está muy poco desarrollada: “Al pan chileno le falta carácter y estética”. En Metissage tienen una regla: no usar más de la mitad de la masa madre por día porque se resiente. Así se acabe el pan para vender, se usa una mitad y la otra reposa de un día para otro mientras se alimenta con agua y harina. Así recupera el peso. De no respetar la norma, Gonzalo tendría que sobrealimentar la masa, apurarla. Ya le pasó alguna vez y él dice que el problema de esto es que resulta una masa sin un entramado fuerte, que le permita crecer sin desarmarse. Hay un pan que es característico de esta panadería artesanal y que se hornea en pocos lugares de Santiago. Es una de las especialidades de Metissage: el levain, hecho solo con masa madre. No tiene levadura, por lo que el tiempo de leudado es de 12 horas. Sólo crece con la fermentación natural de la masa. El proceso exige que se respete sus tiempos. “Se amasa una vez, se deja un tiempo en reposo. Se mete a los moldes y se guarda toda la noche en un lugar temperado”. Es por eso que lo sacan solamente los fines de semana. Es un pan redondo, grande –de unos 30 cm– de un interior esponjoso con alveolos de diferentes tamaños y con una costra desarrollada y crujiente, ideal para acompañar quesos y vinos. Y con una inconfundible acidez. Este es el pan que más demora en leudar. “Es súper artesanal, está hecho como se hacía el pan antes de que existiera la levadura industrial”, explica Gonzalo. Desde que Gonzalo llegó de Awazú ha sido un proceso lento, pero dice estar tranquilo porque su maestro le advirtió que todo sería de ensayo y error. Y por eso, sigue probando temperaturas y mezclas de harinas hasta extraer el carácter de su pan


ARTE

Inmóvil SAM TAYLOR-JOHNSON - A LIITLE DEATH (2002)

El bodegón, “naturaleza muerta”, “still life” (vida detenida), es uno de los formatos artísticos más revisitados a lo largo de la historia del arte, y al que han acudido la mayoría de los grandes artistas hasta nuestros días. Sam Taylor-Johnson reinterpreta este formato a través del video, entendiendo cada uno de los cuadros como una escena en sí misma. El interés de esta obra, igualmente contemplativa y costumbrista como sus antecesoras, es entender el proceso del tiempo, demostrar que la vida termina para algunos seres, pero continúa para otros. Mientras la liebre yace muerta y colgada, los hongos y los insectos la devoran y la reducen a piel y huesos.

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MÚSICA

No perecible POR PÍA SOTOMAYOR

Las canciones son más grandes que sus autores. El tiempo pasa, los compositores desaparecen, las canciones se quedan y perduran independientes a su historia y contexto. Algunas se consagran como catedrales. Hablo de aquellas obras que uno tarda en comprender, que siendo joven no apreciaste o de frentón no te gustaron, pero luego el tiempo las trae de vuelta para atesorarlas y decir: “¡oh parece que maduré!. Los hermanos grandes tenían razón”.

Leonard Cohen Songs of Leonard Cohen (1967)

Grace JoneS Warm Leatherette (1980)

Bryan Ferry Boys & Girls (1985)

Pet Shop Boys Please (1986)

Mientras The Rolling Stones le cantaban al diablo, y The Beatles le pedían ayuda a sus amigos, en el año 1967, Leonard Cohen se aventuraba por primera vez en la música, o más bien, empezaba a musicalizar sus poemas. Inspirado en la Factory de Warhol, lanzó su primer álbum cuando tenía 33 años. Experimentado, melodramático y hedonista, con la astucia suficiente para cantarte al oído una propuesta más que indecente. Estas son algunas de las canciones más bellas que jamás se han grabado.

Ni Raúl Matas ni el Chile de los ochentas entendió a Grace Jones. Todavía hay gente que dice que se comió una planta. Nunca lo hizo, pero no importa, el mito alimentó por años a una de las figuras más extravagantes de Jamaica, pero eso es solo en la forma. En el fondo, es una artista que trabaja el ritmo, en el pulso de un bajo y una batería. Para su cuarto álbum de estudio, Warm Leatherette, le entregó la producción a una de las mejores duplas: Sly & Robbie, que centraron la producción en la dinámica de la sección rítmica. El bajo es todo.

Esta es la historia: compraste un ticket, fuiste a un concierto multitudinario, luego llegaste a un bar y está la estrella que antes viste en el escenario. Se te acerca, te invita una copa, luego te dice que eres la mujer más hermosa que ha visto en años y terminas bailando “Slave to love” en bata en una suite de un hotel. Eres Kim Basinger en Nueve Semanas y Media, y al rato eres Emmanuelle Seigner en Perversa Luna de Hiel. Está claro, Bryan Ferry hizo este disco para mayores de 21.

Conocer a los Pet Shop Boys en la pre adolescencia con Go West, fue traumático para una generación. Sonaba en la radio Horizonte de los noventas, una radio de papá, donde tocaban cosas que jamás iban a interpretarte, como Rick Astley, por ejemplo. Hasta que de pronto escuchas West End Girls y entiendes que hay canciones tan bien producidas, tan perfectamente arregladas que el prejuicio desaparece. Sintetizadores, máquinas de ritmo, y la inconfundible voz de Neil Tennant que canta para recordarte que estás cara a cara con el pop. El pop perfecto.


CRISTÓBAL TAPIA


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Playlist POR PĂ?A SOTOMAYOR

1. Javiera Mena - Dicha feliz 2. George Michael - Father figure 3. Sade - Hang to your love 4. Jamie Lidell - A little bit more 5. Jimmy Edgar - Turn you inside out 6. Prince - Lolita 7. Blood Orange - You’re not good enough 8. Drake - Hold on we are going home 9. Midnight Star - Midas touch 10. Michael Jackson - In the closet


CINE

La primera regla de los remakes POR PABLO SANTIDRIÁN

¿Queda aún alguna historia que no sea una adaptación de otra? El arte de copiar es tan viejo como el mismo celuloide. Por eso, tiene normas. La primera: “Don’t fuck with the original!” El tiempo nos juega malas pasadas. La camiseta que era horrible en los noventa, ahora te parece la prenda definitiva. El ex que te hizo la vida imposible, ahora te parece una buena opción. La ciudad aburrida en la que creciste, ahora te parece el mejor lugar del mundo para vivir. El tiempo nos juega malas pasadas, también en el cine. Puede que el motivo por el cual todo el mundo odia los remakes es por jugar con nuestros recuerdos. Reinventar aquellas películas VHS que guardamos con cariño, aunque ya no tengamos donde reproducirlas. Es como esa guerra silenciosa entre los fans de la primera trilogía de Star Wars (1977, 1980 y 1983) y los seguidores de la segunda (1999, 2002 y 2005). Quizás, una no era tan buena y la otra no era tan mala. Quizás, todos los niños ilusos de 9 años del mundo están destinados a convertirse en adultos decepcionados de 30 años. Quizás, todo es cuestión de tiempo. Pero lo verdaderamente interesante de los remakes es saber si aún queda alguna historia que no sea una adaptación de otra. El arte de copiar es tan viejo como el mismo celuloide. Tenemos cifras: hemos conocido un total de 7 Supermanes, 30 Godzillas y 70 Dráculas. ¿Sabías que el primer remake data de 1900? ¿O que Ben Hur, Scarface o Kill Bill son remakes? Pero no nos confundamos, no todos los remakes son un mal déjà-vu. La epidemia de repeticiones nos ha dejado un panorama dividido en victorias y fracasos. Una epidemia que se extiende más allá de los blockbusters de verano. Una epidemia que triunfa gracias a la nostalgia. Porque hasta la propia terminología de las segundas partes tiene sus segundas partes. De la continuación pasamos a la secuela; de la secuela al remake; del remake al spin-off. Y por último llega la versión 2.0, el reboot, que no solo retoma la historia original, la anula para plantear un nuevo comienzo. A ese furor por volver a empezar se han sumado superhéroes como el Batman de Christopher Nolan, asesinos

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como Freddy y su Pesadilla en Elm Street estilo nuevo milenio o sagas intergalácticas como Star Trek. Algunas prescindibles, otras no. “Olvidas la primera regla de los remakes, no jodas al original”. Sidney Prescott, la reina de las segundas partes, reivindicaba así, y pistola en mano, su derecho adquirido por antigüedad en Scream 4. La película continuaba, 15 años después de su original, la saga slasher que revolucionó el género del terror. Pero tanto Sidney como los productores del film sabían muy bien que, en los tiempos que corren, todo es susceptible de regresar de la muerte. Aceptémoslo. Es posible que “el original” ya no exista. Que todo ya esté inventado. Cuanto más luchemos contra ello, más adaptaciones vampíricas de la misma historia existirán. Y cuando decimos vampíricas, hablamos de historias que se nutren de otras historias para poder existir y sobrevivir.


TENDENCIAS

Clásicos inmortales POR DANIELA SALDAÑA

Existen objetos que no sabemos cuando fue la primera vez que los usamos, de carácter sempiterno ponen en evidencia soluciones geniales que les otorgan el carácter de inmortales y atemporales. Armamos una muestra de algunos íconos del diseño que forman parte de tiempos y lugares distintos, representando objetos predecesores de las nuevas tecnologías, fundamentos de la interacción y maestros en los lenguajes que comunica hasta el día de hoy “el buen diseño”; objetos que han sido heredados y que sin duda heredaremos reinterpretados. 1 - Michael Thonet – Silla Thonet, 1859 2 - George Carwardine – Anglepoise Lamp, 1933 3 - Dieter Rams – Sixtant fabricada por Braun, 1963 4 - Marcello Nizzoli – Lexikon 80 fabricada por Olivetti, 1948 5 - Enzo Mari – Timor, 1967 6 - Max Bill (Junghans) – Kitchen clock, 1956 7 - Alvar Aalto – Stool 60, 1933 (fabricada por Artek) 8 - Jerry Manock – Apple Macintosh 128k fabricado por Apple Computer Inc., 1983 9 - Kenji Ekuan – Kikkoman Soy Sauce Dispenser, 1961

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el abanico de madame Czechowska POR MARCELO SIMONETTI FOTO DE CARLOS MOLINA

El camión que acababa de estacionarse frente a su edificio decía Mudanzas Carrillo. A Irene Bauch le bastó reparar en ese detalle para saber que debía quedarse ahí, con la nariz pegada a la ventana. Vio cómo los hombres bajaban el viejo refrigerador y un tocadiscos. Los siguió con la mirada hasta que ambos se perdieron por la entrada del edificio vecino. Escuchó ruidos y por unos segundos se desentendió de la escena. ¿Alfonso, eres tú?, preguntó. Cada vez que la sorprendía en eso, le echaba en cara su falta de iniciativa. ¿Iniciativa?, pensaba ella. A los cuarenta y cinco años esa palabra le resultaba un barbarismo. Para cuando volvió a fijar sus ojos en la mudanza, los hombres ya habían regresado y entre ambos trasladaban un retrato que ella identificó inmediatamente: Madame Czechowska con un abanico. La coincidencia la sorprendió. El mismo cuadro de Modigliani colgaba de una de las paredes de su departamento. No pudo averiguar quién era el dueño de ese cuadro, quién se escondía bajo la etiqueta de nuevo vecino. Alfonso había cerrado la puerta y la llamaba. Eran veinte los años de matrimonio con el hombre del cabello rojo y nunca se enteró de cómo se le fueron. Se sentía seca, igual que la parra que muere mirando al sol. De la adolescente que dibujaba con talento, poco quedaba. Había empeñado su vida en seguir a Alfonso y se había embarcado en su loca idea de montar un bar en un barrio de Ñuñoa, donde se iban a reunir los poetas y los artistas, una suerte de café parisino en pleno corazón de Santiago. Ah, los sueños, suspiró Irene Bauch, lamentando las circunstancias, el fracaso del proyecto de los compañeros del partido, la ascensión de los militares al poder, y la razia posterior que los obligó a bajar la bandera. Cómo nos cagaron la vida, dijo en voz baja, ya en la cama, con Alfonso a su lado, cubierto hasta la tusa por las sábanas, ensayando un ronquido tímido que se agravó durante la noche. Cómo me la cagaste tú también, susurró. Irene Bauch sentía una sana envidia por esa mujer de rasgos orientales que se abanicaba en la tela de Modigliani. Parecía tan ajena a los avatares diarios, al paso del tiempo, al dolor. ¿Cómo habrá llegado a sus manos?, se preguntó con la luz de la mañana atravesando su mirada. A las suyas había llegado gracias a su padre, quien rescató la reproducción del portamaletas del expreso Santiago-Temuco un día del año de 1964, cuando las oficiaba de inspector. Y como nadie lo reclamó al cabo de cuatro meses, se la quedó para sí. Poco tiempo después, él abandonaba a la familia sin destino claro, dejando escasos recuerdos, entre ellos a Madame Czechowska con un abanico, el cuadro de marras, que Irene heredó al mudarse a la capital.

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Recordó entonces que cuando joven siempre creyó que el secreto de Madame Czechowska estaba en el abanico, que de él dependía su quietud y, en el fondo, esa felicidad que escondía bajo un rostro inexpresivo. Alfonso también había teorizado respecto del cuadro y de no ser por su reflexión, que pretendía demostrar que Madame Czechowska era una prostituta que tomaba un respiro en medio del caluroso verano chino, ella no hubiera reparado en él. Torpezas de adolescente, se quejaba ahora que el tiempo había encaminado su matrimonio hacia el rótulo de «el infierno de la relación gastada», como sentenció un día de marzo de ese mismo año una sicóloga amiga. Y ella asintió con la cabeza y soltó una lágrima, porque sí, es un infierno, un infierno incomprensible, hay días en que me siento al borde del abismo y sé que no puedo dar otro paso, entonces el infierno se levanta ahí, en ese mismo instante en que decido no hacer nada, no moverme y me quemo sin llamas, viva. La niebla que entraba por la esquina del barrio no la ayudaba a aclarar sus ideas. Sus manos se perdían con un asomo de desesperación debajo de los cabellos entrecanos, cuando en el departamento de enfrente las cortinas se abrieron como el telón de un teatro. Las sábanas estaban revueltas sobre la cama y en las paredes abundaban afiches alusivos al París de mayo de 1968. Irene Bauch tomó los prismáticos y pudo leer con toda claridad: Hagamos el amor, no la guerra. Había también un retrato del Che Guevara y un boceto a carboncillo del cuerpo de una mujer. Algo le resultaba muy familiar en esa composición de cuadro. Recordó cómo era la Alameda en ese entonces, a fines de los sesenta; las portadas de la revista Ritmo en donde Leonardo Favio aparecía con cara de niño malo; las lecturas de los poemas de Roque Dalton en la Facultad de Historia del Pedagógico; la Fiesta de la Primavera. Todo tiempo pasado fue mejor, apostilló, y, sin saber muy bien cómo, los recuerdos fueron envolviéndola, y se acordó de Antolín García que iba por la vida haciendo rimas y preguntas, «cuando deje de respirar, ¿quién inflará los globos en tu cumpleaños?, ¿quién llorará la muerte de la rosa que pondrán sobre mi tumba?»; y la citrola azul de Demetrio, y los pitos de Manuel Garmendia.Y entonces se dio cuenta de que todo aquello ocurría en frente suyo, en la torre vecina, y que la muchacha que estaba sentada, dibujando con carboncillos, llevaba un mameluco muy parecido al que ella había tenido de adolescente y, sin necesidad de aguzar la vista, adivinó lo que estaba escrito a los pies del busto de Mozart: yo también hice la revolución. Irene Bauch terminó en el suelo de la pura impresión, porque cuando la muchacha volteó hacia su ventana pudo reconocerse a sí misma con veintitantos años de menos. No, no puede ser, repitió una y otra vez hasta ser vencida por el sueño. El timbre del teléfono la hizo despertar. Era Alfonso quien la llamaba para decirle que trabajaría hasta tarde, que antes de las dos no se iba a aparecer por la casa, que había escuchado del secuestro de unos profesores comunistas, que los milicos eran unos hijos de puta y que chao, no me esperes despierta. Irene Bauch trató de adivinar qué hora era. No sabía cuánto tiempo había estado dormida y si las imágenes que creyó ver en el edificio vecino habían sido parte del sueño o no. Apagó todas las luces y volvió a asomarse a la ventana. Ahí estaba otra vez la muchacha. Se le parecía demasiado. La cámara indiscreta, exclamó. Pero no era truco. Quizá se estaba volviendo loca. ¿Cómo saberlo? Y si esa muchacha era efectivamente ella, qué hacía ahí. ¿Era acaso una señal? ¿Un símbolo? Una bandada de palomas cruzó entremedio de las dos torres e Irene Bauch la siguió con la vista preguntándose ¿dónde van a morir las palomas, dónde sus restos? Las luces de los postes del alumbrado público imponían los términos de la vida cotidiana y el ruido de los autos que pasaban a toda velocidad por la avenida trizaba el silencio de la noche. A las palomas no les importaba eso y planearon de un techo a otro hasta perderse detrás de la azotea de un edificio lejano. Para cuando ella volvió a fijar la vista

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F MUTACIÓN

en el departamento de enfrente, la muchacha había salido de escena. Espejismos en la ciudad, masculló. Observó el reloj. Ya eran las diez y treinta. Se puso el pijama. En eso estaba cuando se dio cuenta de que la nueva arrendataria no estaba sola. Había un hombre que respondía a las señas de Antolín García. Claro, ahora se acordaba de todo. Bendita memoria, dijo. Esa era la noche en que Antolín le había dicho que necesitaba irse de Santiago, que se sentía ahogado, que el mundo es demasiado grande como para quedarse aquí. Claro, eso había sido un poco más tarde, entrada la madrugada. Después que él la empujó al sofá y ella, por iniciativa propia, se había sacado la blusa que tanto le gustaba. «Esta blusa me la voy a llevar conmigo, Irene», había afirmado mientras se llevaba la prenda a la cara para oler el perfume. La primera noche con Antolín, la primera y la última, recordó casi con tristeza. Y se quedó ahí, muda, con la respiración entrecortada, ahogada de calor, de un calor que le subía por las piernas y le hinchaba los pechos. Los pasos de su esposo, quien subía por la escalera, la hicieron reaccionar. Se metió a la cama con celeridad, todavía con la respiración agitada. Se cubrió hasta el mentón y fingió que dormía desde hacía mucho rato. Al día siguiente se levantó temprano. Preparó el desayuno sin evitar que la sonrisa le partiera la cara. En el edificio vecino, todo estaba en calma. Corrió a la otra ventana para ver cómo amanecía. Un amanecer, como los de antes, cuando tenía dieciocho años, pensó. —¿Y a ti qué bicho te picó? ¿Por qué esa risa? —Nada, no me pasa nada.

Antes de las diez de la mañana, Irene Bauch entraba por la puerta principal del edificio. No había nadie. Ni mayordomo ni auxiliares ni inquilinos. El aire olía a humedad y a azufre. Había baldocines rotos y la pintura del cielo se descascaraba. En algún lugar se oía una gotera y cuando oprimió el botón del ascensor se dio cuenta de que funcionaba con esas puertas antiquísimas, de fierro, que era necesario cerrar manualmente para que el elevador pudiese llevarla al piso que deseaba. La ampolleta amarilla ofrecía una atmósfera mortecina. Cuando llegó al quinto piso se preguntó qué iba a hacer. Alguien había rayado una de las paredes del ascensor con un objeto filoso: Muera la burguesía. Debía ser directa, ir al grano. Tocó dos veces el timbre, antes de que la muchacha le abriera la puerta. Tenía un lunar bajo el labio inferior, igual que el suyo. Era una joven hermosa. El pijama que llevaba puesto le quedaba un poco grande. Es que me lo regaló mi madre, que siempre andaba perdida con las tallas, nunca le apuntaba, recordó para sí. —¿Sí? —¿Le dijeron de la encuesta? —¿Qué encuesta? —La encuesta del mes. Acá siempre se hacen encuestas. Debieron haberle dicho... —No, nadie me lo dijo. —Una encuesta simple, señorita... —Irene, me llamo Irene. —Claro, Irene, un gusto —y un silencio la tomó por asalto. —¿Qué ocurre?, ¿le pasa algo? —No, no es nada... La pregunta tiene que ver con literatura... ¿Cuál es su escritor favorito? —Sábato.Y no lo digo porque esté de visita en Santiago. —Claro.

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—«Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne...». —El túnel. —Sí, ¿se le ofrece algo más?— le preguntó con una sonrisa larga. —No, no, no se preocupe. ¿En qué túnel estoy entrando yo?, se fue preguntando Irene Bauch, una y otra vez, mientras bajaba a pie los cinco pisos del edificio. Finísimos hilos de agua escurrían por las paredes y las ampolletas parpadeaban, iluminando la escalera a pedazos. Nadie se cruzó en su camino. Del otro lado de las murallas podía advertir un murmullo continuo de voces, enorme y profundo, como el de una catarata que cae y cae eternamente. Cuando salió de la torre sintió que se liberaba de un peso tremendo, pero no dejó de pensar en lo que acababa de vivir. ¿En qué túnel estoy entrando yo?, volvió a preguntarse antes de calzar la llave en la cerradura de su casa. Una cosa era vivir sumergida en los recuerdos, bucear en ellos, volver a sentir el pecho materno como el refugio inevitable, deslumbrarse por los olores del bosque, vivir así, entrando y saliendo de la memoria, pero otra muy distinta era que el pasado, su pasado, se saliera del envoltorio habitual y se instalara con camas y petacas a vivir en el edificio vecino. Se tiró sobre el sofá del living y allí se quedó mirando a Madame Czechowska, desconcertada, a la espera de una señal. Su memoria prodigiosa le hizo recordar un detalle nada menor. Que el día en que acudió a la charla que Sábato ofreció en la Universidad de Chile, ella salió justo al mediodía de su casa y que en el momento en que bajaba en el ascensor, precisamente en ese momento, fue que se encontró por primera vez con Alfonso y ocurrió lo del corte de luz, que los obligó a ambos a quedarse allí por más de media hora, solos, y que de no mediar ese percance, esa circunstancia impuesta por el destino, lo más probable es que nunca lo hubiese conocido. El destino se quiere reconciliar conmigo, pensó y aunque en principio le pareció una idea descabellada, luego se convenció de que nada perdía con probar. Debía arreglárselas para que ese día la muchacha no saliera del departamento sino mucho después del mediodía, en el mejor de los casos, que permaneciera allí toda la tarde. Aquel pequeño incidente bastaría para que nada fuera igual. El efecto mariposa, si un niño lanza la piedra sobre la vidriera y no al río en Pekín, algo terminará ocurriendo en NuevaYork, reflexionó. Alfonso llegó ese día más temprano de lo habitual. Le pareció que los años habían surcado su piel con más fuerza que antes. Lo vio viejo, demacrado, y de no ser por su cabeza roja como una manzana, pudo apostar a que ese hombre no era su compañero. Subió casi arrastrando los pies hasta el segundo piso, encendió el televisor para ver la final de la Copa Libertadores, y así, con el traje de oficinista todavía puesto, se quedó dormido. A Irene Bauch le pareció que aquel hombre tirado sobre su cama era un desconocido. En realidad, siempre lo ha sido y de eso no le puedo echar la culpa a los milicos, pensó. Se acostó a su lado y lo imaginó como un gran pedazo de carne que se congelaba en un frigorífico. Cuando volvió a despertar, Alfonso ya no estaba. Nunca ha estado, farfulló, y aquello le pareció una señal indesmentible de lo que ocurriría o ya estaba ocurriendo. Con esa misma sensación llegó otra vez a tocar el timbre en la torre gemela, a encontrarse con ella misma. Podía escuchar cómo la lluvia caía sobre la azotea y repicaba en las ventanas. La muchacha le abrió la puerta y la invitó a pasar. Usted me recuerda a alguien, pero no he podido saber a quién, le dijo la muchacha. Voy saliendo a una charla de Sábato, ¿no le gustaría acompañarme?, le propuso. El reloj de pared indicaba cinco minutos para las doce. Me lavo los dientes y nos vamos, ¿qué le parece?, insistió. Irene Bauch le dijo que a ella también le gustaba mucho Sábato y que se había levantado con la idea de pasar a avisarle para ir juntas a la charla, que esperaba que no tomara a mal este exceso de confianza, pero para mala suerte de ambas, el temporal de lluvia había aguado la conferencia hasta nuevo aviso. ¿Está segura? Irene Bauch le dijo que sí, que ella misma había telefoneado a la Universidad de Chile y que le habían dicho que, además, Sábato estaba algo indispuesto por un pescado que comió en el Mercado Central. Entonces le preguntó por el cuadro de Modigliani, hablaron del barrio, de sus dibujos con carboncillo, de los estudios en la Escuela de Artes Plásticas del Museo de Bellas Artes, de las ganas que tenía de irse

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F MUTACIÓN

fuera, el mundo es demasiado grande para quedarse aquí, ¿no cree? Irene Bauch asintió, claro que sí, hay que atreverse, lanzarse al abismo, le dijo, y en ese momento se dio cuenta de que el reloj marcaba casi la una de la tarde. Se disculpó por importunarla y apenas supiera cuándo Sábato iba a dar su charla se iba a acercar nuevamente hasta el departamento de la muchacha para que fueran juntas. Irene Bauch no pudo bajar por el ascensor porque un corte de luz lo había dejado varado entre el segundo y el tercer piso. Cuando llegó abajo, vio las puertas del elevador abrirse y a un joven, que era igual a Alfonso, salir echando maldiciones en contra del administrador del edificio porque había perdido media hora de su vida, en solitario, dentro de ese ascensor de la gran puta. En el trayecto hasta la puerta de su casa, los recuerdos se le amontonaron en la cabeza. Se estrellaban entre sí, recuerdos ya conocidos y otros que le pareció atisbar por primera vez, oyó voces y vio caras que jamás había visto, rostros que le hablaban con una familiaridad insospechada, que se reían junto a ella. Creyó reconocer en medio de esas imágenes del pasado a Antolín García, lo vio muy cerca suyo, abrazado a ella. Ambos paseaban de la mano por un puente largo en una escena que le supo a parisina o matritense, hasta que sin saber cómo se halló otra vez en frente de la ventana de su departamento viendo cómo la tarde se desvanecía a toda prisa. Advirtió que algunas ideas nuevas comenzaban a circular por su mente y sintió también que palabras en otros idiomas le infiltraban el habla. Estaba perdida en lo que ella creyó que era el descubrimiento de la nueva Irene Bauch cuando sintió que una mirada le atravesaba el alma. Alfonso, pensó. Pero cuando dio vueltas para enfrentar a ese ser que la estaría mirando con cara de reprobación no halló a nadie. Entonces, recién entonces, se dio cuenta de que la mirada venía de otro lado, del edificio de enfrente y no era la muchacha quien la observaba. Algunos pisos más arriba de su departamento, asomándose por el extremo de un ventanal, con la nariz que se achataba sobre el vidrio, una anciana que debía andar por los ochenta años la escrutaba. El azar, en una prueba más de que las casualidades existen, ofrecía una copia de Madame Czechowska como telón de fondo

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F CRONO

demasiado esfuerzo POR DANIEL CASTRO

Cuando abro los ojos ya son las diez. ¡Chucha, me quedé dormido! Por un segundo el corazón se me acelera, pero al notar que Irene no está acostada a mi lado y que la casa está en silencio, me relajo. Se debe haber despertado con la alarma de mi celular. Lo puse a las ocho y media para no andar corriendo y llegar con tiempo al estadio. La Javi se pone demasiado nerviosa si no llega por lo menos media hora antes a sus competencias. Parece que me trataron de despertar, pero cuando me tomo un whisky duermo como tronco y anoche me tomé cinco. Ya saben lo que dicen: “escribe borracho y edita sobrio”. Yo tenía que entregar un informe de flujos, pero me imagino que el dicho también aplica en esos casos. De todos modos la Javi compite a las doce y media. Alcanzo demás a ducharme y desayunar con calma. Pero antes, debería mandar un mail a mi jefe contándole que el informe que le tenía que entregar ayer en la tarde, va a estar recién para el lunes. Reviso mi correo y borro el spam. Luego busco la dirección de mi jefe y pienso en qué título ponerle al correo. No se me ocurre nada que suene profesional: “¿Informe pendiente?, ¿flujos, el lunes sin falta?, ¿retraso por imponderables?”, todo me hace quedar como un pajero irresponsable. Sobre todo porque en realidad lo tenía que entregar el miércoles y lo pateé para el viernes y ya estamos a sábado. Para inspirarme surfeo mirando chascarros en You Tube y un poco de porno. Lo típico; MILF’S y sexo anal. Me doy cuenta que ya estoy más viejo porque las MILF que encuentro podrían haber sido mis compañeras de curso en el colegio. En todo caso, da lo mismo, porque llevo más de quince años casado y ni siquiera he pensado en ser infiel. Para qué, con tan sólo pensar en la paja de conocer a otra mina, tener que juntarse a escondidas, inventar coartadas y justificar gastos de moteles, desaparece cualquier atisbo de erección en mi cuerpo. Cuando veo la hora ya son las once y diez. Decido mandarle el mail a mi jefe cuando vuelva y borro el historial antes de apagar el computador. Antes de meterme a la ducha, dejo haciendo el café y pongo un pan pre-cocido en el horno eléctrico. Me quedo debajo del agua tratando de relajarme. Últimamente estoy demasiado tenso y bajo presión no funciono bien. Por eso no pude terminar ayer el informe. Una paja me va a dejar más tranquilo. Me concentro en las mujeres que acabo de ver, pero ni una me calienta demasiado y pienso en los primero planos de genitales que no dejan nada a la imaginación. ¿Qué onda esos fotógrafos? Por suerte internet todavía no transmite olores… Mierda. Podría demorarme lo mismo cuando tiro con mi esposa. Tal vez pensando en ella me vaya cortado… En cómo me mira cuando las niñas se fueron a acostar, ultra caliente, queriendo probar nuevas

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posiciones, para ver si así puedo durar un poco más. No logro correrme y apago la ducha. Nadie podría comprender lo usado que me siento con ella en la cama. Lo intimidante que puede ser verla jugar con sus vibradores y otros juguetes que terminan haciendo la pega por mi. Cuando salgo del baño la casa está llena de humo. Todo está pasado a pan y café quemado. Me visto con las ventanas abiertas par ventilar aunque sea un poco y enchufo el celular para no quedarme sin batería durante la competencia. Aprovecho de revisar Instagram. Las cagó las hueás que fotografía la gente. Estoy seguro que yo podría sacar y postear fotos mucho mejores. Si quiero ver competir a la Javi no alcanzo a ordenar. Filo, a la vuelta ordeno. Voy a una cuadra de la casa cuando me llega un mensaje de la Irene para que no se me olvide llevar el regalo. ¡Cresta! Le dije que ya había comprado el regalo para la Javi para que no me hueviara, así que no puedo llegar con las manos vacías. Me mataría. Por suerte camino al estadio hay un supermercado. Voy al pasillo de las cremas y compro la más cara. A las mujeres les encantan las cremas y si es cara, obvio que es buena. En la fila express hay como diez personas, así que opto por lo más inteligente y me pongo en una fila normal, detrás de una señora que ya lleva medio carro. Por desgracia uno de los productos no tiene código y se lo tienen que ir a buscar y como si eso no fuera suficiente, se le ocurre pagar con un cheque. ¡¿Quién cresta paga con cheque en el supermercado?! Ya en el auto veo que casi no tengo bencina. Me la juego y por suerte alcanzo a llegar al estadio. Corro al gimnasio, pero cuando veo a gimnastas y padres caminando en sentido opuesto al mío, suspiro y me preparo para el reto que se me viene. A lo lejos veo a la Javi sonriendo orgullosa mientras le muestra la medalla a mi mujer. Cuando me ven, su alegría se convierte en decepción. Decepción y odio en el caso de Irene. Sin pescar la mala onda de mi esposa, le doy un abrazo a la Javi felicitándola. -¡Felicitaciones! Preferí llegar más tarde, me pongo demasiado nervioso cuando te veo competir-. Ella fuerza una sonrisa y me dice que no importa. Sin perder tiempo le paso la crema envuelta en un papel de regalo de niño sin cerrar; no tuve tiempo para ponerle scotch, ni cinta de regalo y además, lo iba a abrir al tiro. La Javi mira la crema confundida y cuando lee con mayor detención, su desconcierto aumenta. Me mira a mi y luego a Irene pidiendo explicaciones. -¿Por qué me regalaron una crema anti estrías?- pregunta con los ojos llorosos. Irene toma la crema y contiene a la Javi con un abrazo mientras me fulmina con la mirada. Trato de explicar que no se la di porque tenga estrías, que es para que NO tenga estrías. Irene me hace callar y quedamos de juntarnos en el restaurante. Por suerte se me ocurrió invitarlas a este finísimo restaurante. Voy a quedar como rey y no se hablará más del impase de la crema o de mi atraso. Cuando llego (tras echar tres lucas de bencina), no puedo creerlo. En la recepción está la Javi al borde de las lágrimas mientras Irene discute con el maître asegurando que tenemos una reservación a nombre de Waldo Pekins. Cuando me ve, me insta a aclarar el asunto. Con mi mejor sonrisa le pregunto al maître si nos puede acomodar en algún lugar. Le explico que mi hija salió primera en las barras paralelas, pero él sólo se encoge de hombros y me dice que no hay nada que pueda hacer. Sin siquiera mirarme, Irene tranquiliza a nuestra hija y hace una llamada.

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F Habla con Vicente explicándole la situación y tras asentir un par de veces y esbozar una sonrisa de alivio, le agradece y corta. Vamos a un restaurante de sushi. Irene y la Javi conversan ya más tranquilas y relajadas. Yo trato de integrarme, pero Irene no me pesca y la Javi sigue un poco sentida. Gracias a Vicente nos dieron la mejor mesa y nos atienden como si fuéramos amigos del jefe. No es por ser mal agradecido, pero haberme llamado no habría estado nada de mal. Bueno, tengo claro que es más amigo de Irene que mío, pero igual. Cuando miro el celular, veo que tengo como veinte mensaje. Sergio me pregunta en cuánto rato más llego al estadio. No puedo creer que se me haya olvidado que íbamos a jugar tenis contra el Carlos y Tomás. Irene llama al garzón y respiro aliviado pensando que va a pedir la cuenta. Cuando pide la carta de postres asumo que tienen para rato y me levanto. –Oigan, me están esperando para un partido de tenis, ¿les importa si me voy antes del postre?- Irene niega y suspira superada, pero la Javi me mira comprensiva y se encoge de hombros, –No, no importa.Le doy un beso y la vuelvo a felicitar por su triunfo en la barras paralelas. Ella me da las gracias y me dice que ganó en la viga. –No puedo creer que en verdad te vayas a ir- me dice Irene y yo le explico que es sólo un rato y que en la tarde podemos estar juntos. Así también me ahorro los arrumacos de la siesta. Al parecer el día está mejorando porque me tocaron todos los semáforos en verde y llegué a la hora, pero cuando abro la maleta me doy cuenta que no ando con mi bolso. Filo, probablemente me pueden prestar ropa y raqueta. Llego a la cancha y veo a Sergio, Carlos y Tomás paleteando apestados. Debería haber llegado hace media hora. -¿Y tus cosas?- me pregunta Sergio. Cuando les explico que pensaba que estaban en el auto, todos me miran fastidiados. Aparentemente nadie anda con otro buzo, para qué hablar de otra raqueta. Les digo que jueguen sin mi, pero me cagaría a uno de los tres. En los camarines consigo que me presten una raqueta. Jeans y camisa no es la mejor indumentaria para el tenis, pero qué se le va a hacer. Alcanzamos a jugar un set antes de tener que salir de la cancha. En los camarines devuelvo la raqueta y les propongo que reservemos la cancha para mañana, pero nadie parece muy convencido. Cuando llego a la casa veo un auto estacionado. Al menos no es el de mi suegra, a no ser que lo haya cambiado por un BMW. Cuando entro veo a Vicente sentado junto a Irene. Los dos me miran y Vicente se levanta para saludarme, siendo particularmente atento. Le doy las gracias por la reserva en el restaurante japonés y él le resta importancia. Javi llega al living con un bolso y le pregunto a dónde va. Ella mira a Irene y esta poniéndose de pie me encara. -Nos vamos Waldo. -¿A dónde? -De la casa.

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Tardo unos segundos en comprender a lo que se refiere. Veo a Vicente mirándome con un dejo de lástima y me indigno. -¿Te vas con Vicente? Cuando ella le toma la mano me queda más que claro. Apestado doy media vuelta y salgo cerrando la puerta de un portazo. Escucho que la Javi me llama, pero no pienso devolverme. Camino con la esperanza de escuchar los pasos de mi hija o de la Irene pidiéndome que vuelva, pero nadie viene. Apestado de caminar me subo a una micro y voy al bar de un hotel para tomarme algo. Cuando voy en el segundo vodka suena mi teléfono. Es mi jefe, pero no contesto. Al rato me manda un WHatstaPp preguntando por el informe, pero me da paja contestarle, estoy demasiado deprimido. Al terminar mi cuarto vodka me llega un mail informándome que estoy despedido. La raja. Una gringa cincuentona se sienta a mi lado y comienza a coquetearme. Tiene menos onda que gato mojado, pero le sigo la corriente para ver si se me olvidan mis problemas, al menos por un rato. Subimos a su pieza y nos sacamos la ropa. Sin perder tiempo en preámbulos me tira sobre la cama. Mientras se mueve encima mío siento que voy a acabar en cualquier momento. Sólo quiero durar un poco más, pero a pesar de la paja de la mañana, tras un par de estocadas me voy adentro de ella. Ni siquiera me esfuerzo en fingir y con un amago de sonrisa le pido disculpas. Ella intenta disimular su desazón y me dice que no pasa nada, que hay otras cosas que podría hacer para satisfacerla. Con una pícara sonrisa abre las piernas. De tan solo pensar en estar lengüeteando los próximos diez minutos me da paja. -Mejor que no-, le digo mientras le palmoteo el muslo. La sonrisa desaparece de su rostro y se encierra en el baño. Yo me visto y salgo de la pieza. El aire fresco me hace bien y despabilo un poco. ¡Cómo cresta me puede estar pateando! Yo debería dejarla a ella. O sea, la que fuma marihuana y anda volada es ella, la de los amigos homosexuales es ella, la caliente que se mete con el puto arquitecto millonario del Vicente, es ella. Esto no se va a quedar así, yo la voy a mandar a ella a la chucha. Me bajo del taxi una cuadra antes de llegar a mi casa para repasar lo que le voy a decir a ese par de calientes. Espero que la Javi esté en su pieza para que no tenga que enterarse de la calaña de madre que tiene. Bueno y si está, qué se le va a hacer. A media cuadra veo que el BMW enciende las luces y retrocede. Apuro el paso y veo que Irene y la Javi están a bordo. Le hago señas a la Javi, la única que se dio cuenta que voy corriendo para alcanzarlos, pero ella cierra la ventana y el auto se aleja. Llego resollando a la casa y me siento apoyado en la puerta. No puedo entrar, se me quedaron las llaves adentro

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MalaMag nº4 - Tiempo  

Lo valoramos por inasible. No hay cómo detenerlo. Se lo lleva todo: la juventud, los años y hasta los recuerdos. Y mientras corre, vivimos t...

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