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Diseño de portada: Ricardo Caballero Primera edición electrónica, marzo 2011 © Sandro Cohen © Publicaciones Malaletra Internacional http://libros.malaletra.com Milwaukee 78-10 / Col. Nápoles / 03810 México, D. F. ISBN: 978-607-95520-3-9 Hecho en México


Libros Malaletra Narrativa


Cien lugares comunes, amor cándido, amoroso y porfiado amor primero. Vámonos por las rutas de tus venas y de mis venas. Vámonos fingiendo que es la primera vez que estoy viviéndote. Por la carne también se llega al cielo. —Gilberto Owen,

"booz canta su amor", El libro de Rut


El dinero sí me importaba. Se supone que a los escritores les interesa la Verdad, la Justicia o la Belleza mucho más que su cuenta bancaria. Pero como periodista yo ganaba apenas lo suficiente para subsistir con cierto decoro, y debía aparentar holgura porque me habían asignado la fuente de Economía. Los personajes entre los cuales me movía se vestían bien, comían en buenos restaurantes, usaban automóviles lujosos, y de noche asistían a cocteles en compañía de damas distinguidas. Ni modo de vestir pantalón de mezclilla y chamarra de cuero, como si fuera de Cultura. A pesar de que ganaba más que el común de mis compañeros, con los gastos extras que debía hacer, vivía prácticamente al día. Sin embargo, logré convencer a mi editor de que me dejara hacer un reportaje de fondo acerca de cómo funciona la Bolsa de Valores entre bambalinas, detrás del escenario, debajo del agua, o como uno quiera decirlo. Así podría abrirme puertas más lucrativas en el futuro. Representaba la posibilidad de elaborar una gran denuncia, una crónica de la corrupción en las esferas más altas del gobierno y del comercio, semblanzas verídicas de los involucrados, tanto de los ganadores como de los perdedores. Además, olvidaba que, en una de ésas, pudiera descubrir alguna historia digna de contarse en una novela. Siempre había querido romper la etiqueta que algún crítico me había colgado y que, para esas alturas, parecía indestructible: periodista aspirante a escritor de cuentos y poemas fácilmente olvidables, sin sangre humana. La verdad, ésta era la imagen que tenía de mí mismo antes que se desencadenasen los hechos que me han traído, una vez más, hasta este lugar. No soy tan ciego o vanidoso como para hacerme falsas ilusiones, pero es posible que algunas páginas mías valgan la pena y logren sobrevivir a pesar del vacío en que han caído. El mejor escritor del mundo nunca seré, pero pensaba que tenía algo que decir y que escribía pasablemente, aun en esos días cuando andaba tan mal. Me había deprimido un poco por lo que empecé a sospechar acerca de Celina, y otro poco por la absoluta falta de caricias al ego: me sentía como cucaracha. En momentos como ésos uno cae fácilmente en el cinismo. Con 100 mil dólares, aproximadamente un millón de pesos —algunos miles más u otros menos, según la cotización de la moneda—, Celina y yo podríamos haber comprado algo propio para salir adelante: no tendríamos que pagar renta, podríamos vivir en un barrio bien, comprar un auto decente; ella tendría la posibilidad de independizarse y yo podría dedicar más tiempo a escribir lo que yo quería en lugar de desgastarme en el periodismo, que siempre es ingrato. O casi siempre. El reportaje que hacía sobre la Bolsa prometía por partida doble: en lo profesional había posibilidades de ganar hasta un Premio Nacional. Y gracias al reportaje conocí a Celina. Aunque no podía saberlo cuando la vi por vez primera, fue ella quien me hizo vislumbrar la posibilidad de conseguir, con relativa facilidad, los 100 mil dólares. No podía desenmascararme ante los sujetos de mi reportaje. Debía ser más sutil. Mientras iba haciendo las entrevistas de rigor, mientras juntaba documentos y filtraciones incómodas, entregaba al periódico notas decorosas —nada fuera de lo normal— y en ocasiones hasta elogiosas para Los hombres y mujeres que impulsan a la industria y el comercio del país. Así fui ganando su confianza durante los seis meses que me dediqué a conocerlos a fondo, y al mismo tiempo armaba el material que sería una especie de bomba atómica en el mundo financiero. De menos tendrían que cerrar la Bolsa temporalmente para evitar una fuga estrepitosa de capitales una vez que se revelasen los pozos sin fondo de corrupción que ahí había. Conocí a Celina telefónicamente el lunes de la segunda semana de mis investigaciones. Había hablado a la Consultoría de Luévano, Deschamps y Asociados para pedir cita con cualquiera de estos dos señores, y me comunicaron con Celina Romero, la asistente del señor Óscar Luévano. Me identifiqué como reportero del periódico Reforma y le dije que me interesaba hacer una nota sobre la internacionalización de la imagen de un México nuevo gracias a su arquitectura, literatura y cocina, incluyendo sus cervezas y tequilas. (Luévano, Deschamps y demás Asociados asesoraban a varios fabricantes y exportadores de bebidas alcohólicas). Me dio cita para el jueves a las once de la mañana. Llegué puntualmente pero la secretaria me dijo que tomara asiento, que en un momento me atenderían.


(Siempre me han molestado estos giros de lenguaje oficinesco. Como el que siguió de inmediato: ¿Gusta un café? De haber tenido 10 pesos por cada taza de café que me ofrecían antes de hacer una entrevista, no habría escrito estas palabras, difícilmente habría tenido necesidad de hacer el reportaje y estaría lejos de aquí, de este brasero que hice con mis propias manos y las piedras mismas del lugar, y con el cemento y cal que traje desde la ciudad de Toluca sin que nadie sospechara por qué me hacían falta). Estaba a punto de informar a la secretaria que me retiraba, que tenía otra cita a las doce, cuando se abrió la puerta detrás de su escritorio. Salió Celina. —Señor Soberanes... ¡Mucho gusto! —me extendió la mano derecha y la tomé, cuidándome de no apretar demasiado fuerte, como sí lo habría hecho con la mano de un hombre—. Siento mucho haberlo hecho esperar, pero estaba en una llamada de conferencia a Nueva York y se extendió más de la cuenta —había usado la frase conference call, y en cualesquiera otras circunstancias esto habría bastado para que yo ironizara a partir de su pochismo de alta tecnología a fin de burlarme inmisericordemente de ella, pues la gente de finanzas no suele tener imaginación ni sentido del humor, y nunca se dan cuenta. Mas en este caso, apenas pude abrir la boca. —El gusto... es mío. Hacía mucho que no había visto una mujer tan hermosa, y eso que veía mujeres hermosas diariamente. Algo tenía que irradiaba confianza, seguridad y una sexualidad a flor de piel más que intocable, lo cual se traducía en una sensualidad que me perturbó desde el primer instante y que me impidió emplear mi discurso tan ensayado. Me hizo pasar a su despacho y me señaló un sillón donde podía sentarme. Había otros tres colocados alrededor de una mesa cuadrada de vidrio, en cuyo centro había un arreglo floral de indiscutible buen gusto. Igual que su vestido, los cuadros colgados en las paredes, la alfombra en el piso y los ceniceros sobre la mesa. —¿Le molesta si no fumo? —me preguntó con mucha seriedad. —Sí, sí, por favor, adelante... —balbuceé antes de darme cuenta de que fue ella quien se había burlado de mí. —¡Siempre dicen lo mismo! —se regocijó y me quedé en silencio, mi señal de derrota. Pero pronto me di cuenta de que iba a tener que romper algunas reglas si iba a reponerme y sacarle la sopa. A un lado de la comisura de sus labios, muy cerca de su boca, tenía una minúscula cicatriz, el pequeñísimo defecto que la volvía aun más apetecible e inalcanzable. Fue en ese momento cuando tomé la decisión de conquistarla. Con apenas deslizar la mirada hacia su mano izquierda, vi que no traía anillo de matrimonio y sentí que el campo se nivelaba. Sonreí... —Licenciada Romero, como usted sabe, estoy realizando una serie de artículos sobre la imagen de... —no deseo recordar las palabras que empleé en esa ocasión para que Celina aceptara cenar conmigo en Delmonico's, donde podría seducirla mientras dábamos vueltas sobre la ciudad y sus 15 millones de habitantes. Me escuchó amablemente. Hizo algunos comentarios relativos a la fuerza de la economía de exportación y la salud de la Bolsa, pero yo apenas escuchaba. Simplemente observaba la manera en que movía la boca, el modo en que se asomaban sus dientes por entre los labios, y cómo éstos se separaban ligeramente, dejando entre sí un levísimo dejo de saliva que primero se adhería a los dos, pero que se replegaba enseguida cuando Celina abría la boca un poco más. Al cerrarla de nuevo, sus labios volvían a sellarse perfectamente tras el rojo discreto del lápiz labial cuyo sabor gozaba con sólo ver su brillo. Ya estaba enamorado. Quedamos de vernos en el restaurante giratorio el viernes de la siguiente semana porque al otro día debía salir a un viaje relámpago (así lo llamó) a Nueva York y Londres; cuestiones de trabajo. Ahora sé por qué y con quién viajó, pero en ese momento carecía de motivos para tener celos. Además, ¿quién era yo? Los próximos días los pasé en una especie de neblina. Me presentaba en la Redacción, escribía mecánicamente, entregaba mis notas y recogía órdenes de trabajo cuando las había. Sólo pensaba en


Celina, en la comisura de sus labios. Me preguntaba quién era, si sería rica, si de veras era licenciada (en este país nadie se queja cuando le dicen licenciado) o si, sencillamente, era una secretaria que el jefe había ascendido a asistente porque era muy lista, muy guapa y... Más que la espera, mis pensamientos eran la peor tortura. Por primera vez en mi vida, no sabía si estaba yo desclasado o si tenía las armas suficientes para librar la batalla sin hacer el ridículo. ¿Vería en mí algún atractivo? ¿Le importaría que hubiera publicado poemas y cuentos en alguna revista? ¿Se fijaría siquiera en mí? ¿Se burlaría de mí si supiera cuánto gano? Desde el viernes mismo aproveché la neblina que se había apoderado de mi cerebro y me puse a escribir sonetos. Hacia fuera no veía nada, pero dentro de mi cabeza todo aparecía con nitidez de cristal. Escribía sin parar, tachaba y volvía a borronear los endecasílabos. Antes que pasara la semana, ya había terminado un ciclo completo de poemas, todos ellos dedicados a Celina. En ese momento, si hubiera sido el siglo XIII, Beatriz habría sentido celos y Dante habría abandonado la escritura. La Vida nueva de repente hubiera envejecido y sus metáforas se habrían convertido en fórmulas huecas. El mundo se habría llenado de Celina y sólo ella existiría, como de hecho ya había ocurrido para mí en ese momento. A las nueve en punto apareció, aun más hermosa que ocho días antes. Primero la vi contra las luminarias del sur de la ciudad. El aire estaba limpio y se observaba, a más de 20 kilómetros, la fila de luces rojas de los coches que, a la manera de una gran serpiente, ascendían, centelleantes, por un costado del Ajusco hacia Cuernavaca. Quince minutos después apreciaba el lóbulo de su oreja izquierda, con la Sierra Madre Occidental —bañada en la luz del plenilunio— como fondo. A los 30 minutos la antena del Cerro del Chiquihuite aparecía como una peineta detrás de su cabello, y por primera vez me pareció hermoso ese artefacto de las telecomunicaciones. Apenas puse atención a la silueta de los volcanes cuando aparecieron un cuarto de hora después. Ya había hecho unas preguntas sin demasiado filo, y había grabado unas cuantas declaraciones cuando saqué de un cartapacios que traía mi ciclo de Sonetos a Celina, mi propia Vida Nueva, la corona que había elaborado con siete sonetos entrelazados, todos ellos arrancados de mis tripas, y los coloqué enfrente de ella, junto a su taza de café. En ese momento ella no sabía de qué se trataba. Antes de ver las hojas pensaría que serían artículos escritos por mí acerca del cuasi monopolio telefónico o el hombre más rico de América Latina. Rápidamente echó un vistazo a la primera hoja y estoy seguro que estaba a punto de preguntarme qué pretendía con ello, pero en lugar de formular su interrogante, cerró los labios con fuerza —lo cual me inspiró una gran ternura— y no mostró sorpresa alguna cuando empezó a leer el primer soneto. Al llegar al verso final de ese poema, levantó la mirada, me vio a los ojos pero no dijo palabra. Volvió a la lectura, un poema tras otro, hasta concluir. Cuando volvió a verme, sus ojos se habían llenado de lágrimas. Esa noche me acompañó a mi departamento y formalizamos, poesía mediante, nuestra relación. Me confió que, en efecto, había sido secretaria. Pero también era licenciada, pues siguió estudiando por las noches y se graduó con honores de la Facultad de Economía de la Universidad Nacional. Deduje que su buen gusto lo había adquirido en virtud de sus dotes de observación, y que el aplomo con que se movía también lo había aprendido sobre la marcha: sus orígenes eran más bien humildes y se había levantado prácticamente sola. Era la mayor de entre cuatro hermanas y dos hermanos, hijos de vendedores ambulantes. Me dijo que un hermano se había muerto en una riña callejera entre bandas que peleaban el dominio de no sé qué terrenos, que una de sus hermanas se había quedado en el viaje tras un pasón de cocaína mal cortada, y que otra estaba rematadamente loca. Los otros la iban librando, de una manera u otra, entre la violencia, el alcohol y demás sordidez de las clases populares que no perdonaban la ambición, que a manera de imán parecían jalar hacia abajo a todo aquel que deseaba salir de su esfera de influencia. Cuanto más uno se esforzaba por romper con la fuerza de esa gravedad —me explicaba—, más estrepitosa resultaba la caída. Ella se había salvado de milagro y eso, probablemente, es lo que más me pesa ahora, mientras prendo las ramas de ocote sobre el brasero. Yo quería verla todos los días. Deseaba llevarla conmigo a mis entrevistas, involucrarla en todo cuanto hacía. Pero ella también debía trabajar, atender —igual que yo— su carrera... Terminaba, además, una maestría en Economía Internacional. Siempre tenía mil cosas que hacer en la oficina y no me permitía llegar por ella, ni mucho menos hablarle. Me decía que, por desgracia, no ganaba bien porque había


entrado como secretaria. Si hubiera comenzado en el puesto que tenía en ese momento, probablemente ganaría el triple. Le dije que la estaban explotando, que debía independizarse. Estaba de acuerdo conmigo, pero me aclaró que le convenía quedarse porque estaba haciéndose de contactos importantes y aprendía a mover palancas. Con su maestría, sin embargo, pensaba que podría poner su propia consultoría, y la hora no estaba muy lejos, que debía yo tener paciencia. El tiempo que pasábamos juntos me sentía feliz, pero no era mucho. Ella salía de la ciudad con frecuencia, y a veces se ausentaba durante dos semanas o más. Después supe que viajaba con Luévano, Óscar Luévano, su jefe, y me volví a torturar con todas las suposiciones del caso, hasta que un domingo la enfrenté en un restaurante de comida mexicana en Clavería. —Háblame de Luévano. —¿Qué quieres saber? —Quiero saber quién es para ti —después de formular mi deseo, la vi directamente a los ojos. Me sostuvo la mirada pero no habló. Me vio fijamente, como si estuviera en el trance de una decisión difícil. Una vez más cerró sus labios con fuerza y temblaron fugazmente, como si fuera a llorar o a gritar, o las dos cosas. En ese momento, desconozco la razón, evoqué ante mis ojos su cuerpo desnudo. La vi relajada sobre mi cama, entre dormida y despierta. Se desperezaba estirando sus brazos, primero, y luego las piernas. Vi las marcas curiosas que tenía detrás de los muslos y pantorrillas. "Con mis hermanos nos pegábamos con ramas que recogíamos de la Alameda cuando éramos niños. Un día hasta me sacaron sangre...". Una imagen encima de la otra, mezcladas. Dos Celinas en dos mundos diferentes. —Es mi amante. —... —desapareció la mujer encima de mi cama. El trío que iba de mesa en mesa empezó a cantar "Yo nunca me enamoré de ti", y pensé que ni en las peores películas mexicanas podía suceder esto. —¿Contento? ¿Has satisfecho tu curiosidad? Nunca la había visto tan fría. Por mucho que me había imaginado que Luévano y ella pudieran ser amantes, o que se había acostado con él alguna vez —no soy del todo naïf, una palabra muy elegante para decir que no me chupo el dedo—, jamás pensé que me lo diría tan seca, brutalmente. En el fondo guardaba esperanzas de que me regañara, de que me llamara paranoico. "Sólo existes tú —quería que me dijera—. ¡Déjate de tonterías! Ese hombre no es nada para mí". —... —Tenemos más de cuatro años. Él está casado, tiene hijos y nunca se va a divorciar. Además, ya no quiero nada con él... —¿Desde cuándo? —levanté la mirada por primera vez. —Desde hace seis meses, cuando te vi en la sala de espera de mi oficina —sentí que mi corazón revivía, pero sólo para encogerse aún más. —¿Todavía te acuestas con él? —¡Qué vulgar puedes ser! —Es sólo una pregunta... —Me lo... requiere. Y si me preguntas qué tal está en la cama, te diré que lo hace muy bien, y que me fascinaba... —no quería imaginarme cómo lo hacían, pero no podía evitarlo. ¿Ella le abriría las piernas para que la penetrara, lo excitaría con la mano, con la boca? ¿Le susurraría al oído, como me lo hacía a mí? ¿Sería mejor amante que yo? ¿Cómo se veía el rostro de ella cuando la penetraba? ¿Gozaba? ¿Pensaba


en mí? ¿Me olvidaba?—. Pero después me di cuenta de que me emborrachaba con su dinero, su poder. Me gustaba que me llevara en su avión privado y que me hiciera el amor sobre el Golfo de México, rumbo a Nueva York, y que viéramos, desnudos y aún acostados, cómo aparecían las Torres Gemelas por el lado izquierdo del avión. Que me bañara con champaña en el Four Seasons, que me comprara vestidos con los cuales yo jamás podría haber soñado siquiera —aquí se interrumpió y soltó un suspiro. Me pareció que veía hacia atrás, que enfrentaba imágenes que le causaban dolor, que no solía frecuentar—. Me ha regalado algunas joyas cuyo valor rebasa y multiplica 10 veces lo que mis padres ganaron durante toda su vida. Las tengo en una caja segura dentro del banco y sólo las saco, de una en una, cuando hacen falta para cuando él me quiere a su lado, sonriente, como su puta de lujo, en alguna cena, algún viaje —antes de ese momento, jamás había usado una palabra así, y me asusté—. Mi papá se emborrachaba con alcohol del 96 cortado con Pascual de Uva, y se creía el más guapo, el más chingón del mundo. Óscar me emborrachaba con vino francés, con coca, pero más que nada, ahora lo sé, con su poder, y yo también me creía la más chingona... —Lo eres. Por segunda ocasión la vi llorar, esta vez —incontrolablemente— sobre su flan de natilla. Pedí la cuenta y la acompañé a su casa, al departamento que él le había alquilado o comprado —lo desconozco— en la calle de Maimónides. Hicimos el amor con mucha lentitud, pero no sé dónde estaba ella realmente. Sus gemidos venían de muy profundo, pero yo no lograba descifrar su significado. Con su tercer orgasmo me inundó toda la cara y sentí una gran felicidad, como nunca antes. Todo mi dolor y angustia se trocaron en alegría. Mientras Celina contraía los músculos de su vagina y me bañaba con sus líquidos, me pegaba cada vez más a su orificio y sentí ganas de introducirme por entero, ser parte de ella, no separarme nunca de su presencia, de su belleza, de su infinita —y de ello estoy completamente convencido, aún hoy— bondad. Juro ante Dios y todos los poderes que no se me había ocurrido antes. Mi cabeza descansaba sobre su estómago y con la mano izquierda acariciaba su pecho. —Lo chantajeamos. —... —Lo chantajeamos. Le pedimos dinero. ¿Cuánto le podemos exigir? —¿De qué hablas? —preguntó, pero sé que ya me comprendía perfectamente. —Para que no se entere su esposa. Tú misma me dijiste que la mayor parte de su lana es de ella. Que sí gana bien con la consultoría, pero que lo fuerte es de ella, que por eso nunca se va a casar contigo. Me apretó la mano sobre su pecho y luego me hizo presión sobre la espalda, indicándome que la montara. De inmediato respondí y la volví a penetrar. Empezó a moverse enseguida, como si reanudara su éxtasis en el lugar exacto donde lo había interrumpido. Tenía los ojos abiertos. Siempre los cerraba, pero ahora los mantenía abiertos y me veía fijamente. Empezó a gemir de nuevo, a gritar. Sentí sus espasmos de nuevo, pero ahora sobre mi sexo. Con cada sacudida, ella abría más los ojos. Vi cómo sus pupilas se dilataban para ocupar casi todo el iris. Podía verme en ellas, duplicado. Gritaba y se sacudía, se cimbraba. Me jaló hacia su boca, me abrió los labios con su lengua y la metió hasta lo más profundo. Yo jamás había sentido algo así; nunca habíamos hecho una conexión tan profunda, tan completa como esa tarde, y no supimos nada hasta las ocho de la mañana del próximo día. Nos despertó la luz que empezaba a filtrarse por las persianas. —Cien mil dólares —me soltó de sopetón, como si dijera buenos días—. Él puede juntar cien mil dólares sin despertar sospechas. Con suerte, los podrá reponer en un par de semanas, un mes a lo máximo. Ella jamás se enterararía. Casi había olvidado mi propuesta. De hecho, la había olvidado por completo, sumido, como estaba, en mi


nueva felicidad, sin haber reflexionado en su razón de ser. —¿Cómo? Sólo sonrió y me dio un beso. —Hoy renuncio, y junto al oficio donde le informe de mi decisión irrevocable, le entregaré un breve recado que dirá, más o menos, así: "Estimado Óscar: si aún quieres tu avión, tu suite privada en el Four Seasons, tus tarjetas de crédito y un espacio en la cama junto a tu esposa, favor de entregarme la cantidad de 100 mil dólares antes que transcurran siete días a partir de este momento. Ni se te ocurra acudir a la Policía: sería el fin de tu maravilloso matrimonio, y no creas que la consultoría quedaría a salvo. Demasiados secretos me sé que podrían hundirte, y no sólo están conmigo. Si me ocurriera alguna desafortunada desgracia, al otro día tus trácalas serían vox populi en todo el país". ¿Qué tal? Le di vueltas al plan muchas veces en la cabeza. Me pareció perfecto. Por lo que Celina sabía del carácter de la esposa, ésta jamás iba a permitir que le pusieran el cuerno: lo celaba mucho y Luévano tenía que hacer mil malabares para despistarla. A veces, incluso, le pedía que lo acompañara en sus viajes, e iban los tres. Así la esposa podía comprobar que no había nada entre Óscar y Celina. En esas ocasiones se portaban profesionalmente; se sacrificaban para que, más adelante, pudieran darle vuelo a la hilacha. También por eso Luévano mandó construir esta cabaña perdida en la sierra, sin teléfono; apenas si cuenta con luz eléctrica. Su esposa no sabe que existe. En la oficina, únicamente Celina tenía conocimiento de ella, pues la había construido para estar con ella. Ni sus amigos ni sus socios. Ni en su testamento figuraba. Según Celina, le gustaba llamarla mi universo paralelo. Otro elemento a nuestro favor era que Luévano ignoraba mi existencia. Celina, desde el principio, se había encargado de ello. Durante esos seis meses no volví a pisar su oficina; nos veíamos en otra parte. Si el jefe estaba en la ciudad, íbamos a lugares donde él jamás aparecería. Íbamos al cine a Galerías en lugar de Pabellón Polanco, Centro Comercial Santa Fe o Altavista. Comíamos en Burger King o en barrios viejos del norte de la ciudad. Comprábamos antigüedades y ropa usada en La Lagunilla. Nos divertíamos mucho. Cuando estuvimos seguros, redactamos juntos la renuncia y el recado. Celina llegó temprano a la oficina y dejó los papeles en un sobre cerrado, encima de su escritorio, y se retiró discretamente. Alquilamos, bajo nombres falsos, un cuarto de hotel en Santa María la Ribera porque sospechábamos que él la buscaría en Maimónides. Cada hora salía yo al cibercafé de la esquina para consultar la cuenta de correo electrónico que habíamos abierto exclusivamente para recibir la respuesta del ex jefe de Celina. No tuvimos que esperar mucho. A las cinco de la tarde había llegado, también bajo una identidad falsa: Celina: me has roto el corazón. Pero está bien. Acepto el trato. Te lo ganaste. Si de veras querías eso, sólo tenías que habérmelo pedido. Obviamente, no te puedo hacer una transferencia electrónica y necesito un poco de tiempo para juntar el efectivo en dólares. Sin embargo, estoy seguro que para el viernes lo tendré. A la medianoche ve al Hábita, un antro en la calle de Masaryk. Habrá mucha gente y no tendrás que preocuparte por ninguna mala jugada. Métete, pero quédate sólo media hora. Al salir, verás una limusina color guinda. La habré enviado yo. Te metes en el asiento de atrás y verás un maletín con el dinero. Cierras la puerta y lo cuentas. Podrás irte en ese momento o le pides al chofer que te lleve a donde gustes. Espero que no volvamos a encontrarnos nunca. Te amo, Óscar. —Es una trampa —me dijo—. Estoy segura de que es una trampa. —Puede ser... ¿Por qué una limusina? ¿Por qué no lo deja en un bote de basura, como en las películas? ¿Por qué tan complicado? —Así es él. Le gusta estar en control, y eso no me gusta. Ya no me gusta. Y no le creo nadita. En los ocho


Para ser celoso se necesitan buenos pulmones —Benito Pérez Galdós, Fortunata y Jacinta The walls of this hotel are paper thin —Leonard Cohen

Cuando llegué, ella no estaba. Había un hueco en la cama, una leve oquedad cubierta por la sábana color ocre que apenas reflejaba los primeros atisbos de un sol que sólo podía entrar en la recámara gracias al edificio contiguo, cuyo muro de concreto daba al este y cuyos vidrios enormes empezaban a reflejar cada amanecer antes de las siete de la mañana en verano, y lo dirigía a la única ventana que nos comunicaba con el mundo de fuera sin tener que traspasar la puerta. Yo corría en las madrugadas —me levantaba entre las cuatro y las seis de la mañana— y me hacía a la idea de que ella, dormida, me imaginaba en los lugares por donde yo pasaba: Avenida de los Insurgentes, Paseo de la Reforma, la estatua de la Cibeles en la colonia Condesa, la calle Horacio en Polanco, Campos Elíseos, Mahatma Gandhi, Patriotismo, Universidad... Según yo, aun dormida, ella haría cálculos mentales de tiempo contra distancia: Hace 20 minutos que salió. Entonces, ya estará atravesando Mariano Escobedo para tomar Euler... Correr en la ciudad a oscuras, apenas iluminada por unos cuantos arbotantes que sólo funcionan a medias cuando no están completamente apagadas —descompuestas, olvidadas por la ciudad y quienes hacen que ésta funcione, aunque sea a medias—, es algo que pocas personas experimentan o desean contar entre sus experiencias. Todo se ve diferente, todo es diferente. No importa cuántas veces uno haya pasado por la misma calle y visto idénticas casas y tiendas y anuncios. Cuando uno recorre esos lugares aparecen otras casas, otras tiendas y otros anuncios. Desde luego que el paisaje es más atractivo de noche cuando no hay nadie, cuando sólo transitan unos cuantos taxis, camiones de basura y los últimos despistados que van saliendo de algún antro. De vez en cuando puede verse a aquellos que deben estar en su trabajo antes de las siete y apenas pueden abrir los ojos lo suficiente como para meterse a la combi que los llevará a otra combi, y después a otra hasta que descienden, entumecidos ante un sol que los ciega y que los coge desprevenidos. Éste no es problema para quien corre de madrugada y se fija en cómo el cielo va adquiriendo color poco a poco. Primero un morado intenso, apenas visible, que va cediendo a un azul oscuro con destellos rosáceos que van poblando el horizonte oriental. La profundidad del color se va aligerando mientras se esparce hacia el occidente. Lo último que aparece es el sol, pero para entonces no hace falta: se ve todo perfectamente. Los pájaros empiezan a desperezarse unos 15 minutos antes de la primera luz. Siempre trato de escuchar al primero, de ser consciente de estar escuchando al primero, aquel que lanza una especie de graznido, tal vez feliz por ser el que inaugura el día. Luego son dos y cinco y quince... Dentro de unos minutos se ha levantado una cacofonía sólo comparable con el tráfico de la avenida Revolución a las seis de la tarde. Treinta minutos después, sin embargo, las aves se han calmado y suelo estar de regreso, con ganas de bañarme y salir de nuevo, vestido de civil, y no como el corredor nocturno que imagina que lo imaginan. Pero esa mañana, cuando volví, ella no estaba. Puse las manos en el hueco que había dejado en la cama. Estaba aún tibia. En la almohada podía oler su cabello. De repente me sentí débil, como si la sangre se me hubiera drenado tan rápidamente como el agua de un lavabo cuando se le quita el tapón. Me senté donde ella misma había estado. Cayó mi cabeza justo en el hueco que había dejado la suya, y el resto de mi cuerpo se acomodó solo, tal vez por la memoria que tiene de su propia cama, y no supe más.


La subida no es lo que más cuesta sino lo que más gozo. Camino de tierra compacta. Verdor a ambos lados. Palmeras. El mar puede olerse. No está lejos. De vez en cuando se ve una casa un poco retirada del camino. Unos 25 metros, no más. Algunas casitas están junto la terracería. Ahí suelen vender cerveza, refrescos... No hay nada abierto a estas horas. Apenas va a amanecer a mis espaldas, tal vez dentro de cinco minutos. El camino se ve perfectamente con esta luna llena. El piso, mezcla de piedras y arena, refleja su luz generosamente. Aquí no hace falta ningún alumbrado más que aquel que llena la bóveda que me cubre con una red de estrellas cuya incontabilidad sólo me hace sonreír. Estoy absolutamente solo. El mundo está abajo, y yo, entre las estrellas. Y de súbito siento que no es cierto. Que me observan, que cuchichean, que se burlan..., pero eso no es posible, no en este sueño, porque esto es un sueño, quiero convencerme. Los veo. ¿De dónde salieron? ¿Cómo se metieron aquí? Me ven de reojo. Están tomando cerveza, fuman. Veo, fugazmente —no sé cómo— la espalda de ella. Sólo su espalda. Camina, da vuelta a la derecha, tiene prisa. No trae ropa. Desaparece. ¿Estoy en la ciudad? ¿Ella está aquí? Desciendo más en el sueño y me interno al monte y la subida continúa, ahora más empinada, serpenteando entre palmeras y arbustos. La tierra está cada vez más apisonada y me permite mejor tracción. No tengo prisa y empiezo a sentir una felicidad plena, tanto que de pronto sospecho que no la merezco. Me parece hueca. ¿Por qué?, me pregunto mientras intento rescatar sus últimos jirones que se van deslizando por entre los dedos de mi conciencia. Falso, falso —argumento para mí mismo—. Merezco todo: la merezco a ella, merezco estas estrellas, el canto de estas aves. Tanto me concentro en combatir esta repentina depresión —en recuperar aquella felicidad aunque se hubiera teñido de ojos ajenos, de risas que no comprendo, de miradas ajenas sobre la espalda de ella—, que levanto la vista y veo los primeros reflejos de la luz del día. Respiro con más tranquilidad. Nacen los verdes donde van disipándose el gris y negro. El camino sube y es el placer más intenso: percibo el sudor que baja por mis sienes, mi cuello; siento cómo va mojando mi playera que, al tener contacto con la brisa, me refresca y me impulsa a seguir adelante, hacia arriba. Y de nuevo percibo un peso dentro de mi pecho a la altura del corazón. Me cuesta más trabajo respirar pero sigo. Veo mi casa a unos 150 metros, pero no es mi casa porque esto es un sueño, y de todas maneras es mi casa. Está casi en la cima. Empiezo a respirar con cada vez más fuerza para poder continuar. No me desplazo con rapidez aunque mantengo la misma velocidad constante, siempre hacia arriba, hacia la construcción de madera pintada de blanco de donde proviene la pesadez, que es como un imán que me atrae contra mi voluntad. Ya no quiero subir. No deseo ver lo que sucede ahí, encontrarme con quienes están tomando cerveza, riéndose a las siete de la mañana, con este calor, con ella. Me niego a escuchar cómo se ríe, ver dónde la besan, con qué ternura o brusquedad recorren las manos su espalda, con qué destreza le abren las piernas. Pero tengo que saber a qué huele su placer; oír sus gritos, cómo jala aire para soltarlo en ráfagas; ver sus caderas subir y bajar encima de ellos rápida, repetida y con un desenfreno tan espléndido que produce un chasquido líquido cada vez que sus nalgas chocan gozosamente contra el pubis del primero y el abdomen del segundo. Tengo que llegar... para saborear a plenitud mi desgracia. A ella no le gusta levantarse temprano. Prefiere la noche, el silencio de los dormidos. Lo aprovecha para hacer lo que desea, sobre todo leer los periódicos o aquellos libros que no tuvo tiempo siquiera de abrir cuando era más joven, cuando estudiaba, cuando tenía que atender a niños, preparar su ropa, el almuerzo que llevarían a la escuela al otro día. Por eso no suele salir de la cama hasta bien entrada la mañana, las nueve, las diez, a veces a las once. Antes de levantarse, no importa la hora, cumple con su rito: primero se estira completamente para quedarse atravesada. Así, su cabeza cuelga de la cama y su cabello se esparce por el piso. Permanece en esta posición durante unos 10 ó 15 minutos. A veces vuelve a quedarse dormida. Después se levanta lentamente y se pone una camisa de franela, grande, de hombre, y camina hasta el baño. Se sienta en la taza y orina largamente, pues no le gusta interrumpir el sueño y se aguanta todo lo que puede. Mientras sale el líquido, recuerda lo que ha soñado. A veces se ríe sola. Tiene sueños ocurrentes, imposibles, divertidos, amorales (ella, con sonrisa pícara, los llama cochinos). Hace el amor con un hombre guapísimo, por ejemplo, y resulta que es su padre. Despierta sobre la tasa del escusado, se preocupa durante unos segundos pero vuelve a cerrar los ojos y recuerda que eso es sólo un símbolo. Una siempre termina acostándose con el padre, el que nos protege, que nos da de comer. Y sueña que acaricia un pubis limpísimo de mujer, perfectamente rasurado. Sobresale uno de los labios mayores. El otro está casi escondido. La orilla del que se ve es de color oscuro, pero de inmediato, hacia dentro, se vuelve de un color rosáceo encendido, seductor. Recorre la mano por la entrepierna de la mujer y ésta se abre más. Acerca su boca al pubis. Con la nariz siente la suavidad del mons veneris, huele la extraña dulzura que emana, que ni es dulce —ni extraña, piensa—, pero que invita. Acumula saliva en la boca y extiende la


Por la carne también