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L

a acentuada afición al dibujo es

la que llevó a Julio Peña García, apenas cumplidos 16 años, a la Escuela de Artes y Oficios Artísticos de Toledo. Antes, como aprendiz en uno o dos talleres de damasquinado había ido aprendiendo los secretos de esta antiquísima artesanía. En sus estudios en esta centenaria institución, tuvieron bastante que ver sus maestros a los que recuerda con afecto, en especial a D. Luciano Rodríguez y a D. Félix del Valle. Sería el brillo del precioso metal o quizás el emplearse en la realización de esta emblemática joya toledana que Julio Peña asumió con gusto el deseo de hacer de su vocación su profesión; lo que constituyó una decisión acertada y en la que permanece. Tal evolución es fácilmente contrastable en su establecimiento taller de la toledana Plaza del Solarejo.

Julio nos explica, mientras repiquetea sobre el buril para embutir el hilo de oro en esas sendas formadas previamente sobre la pieza de hierro, que el damasquinado es una artesanía de muy antiguo y que se conoce su presencia en Egipto, en una de esas dinastías de ordinal interminable. Serían los griegos los que lo conocían también desde tiempos remotos. Roma lo hizo propio y en su imperio que fue donde lo encontró: en Damasco la capital siria de los Omeyas a las puertas del desierto, de ahí su nombre, llegando por fin a España en el siglo octavo en los albores de la dominación árabe. Tres son las clasificaciones posibles de los estilos más frecuentes del damasquinado de Toledo: “Motivos del Romanticismo” representado en imágenes de hojas, flores y aves. “Motivos Clásicos y Monumentos” tratando cuadros famosos de grandes artistas de todos los tiempos, principalmente El Greco y esos lugares inconfundibles de la Ciudad Imperial, la Catedral, el Alcázar, San Juan de los Reyes, las sinagogas… y el tercero el “Estilo Arabesco” que trata de dibujos lineales en grecas, cenefas, ángulos, curvas y polígonos regulares, exquisitamente fileteados y que forman una atractiva mezcolanza óptica entre el fulgor dorado de la masiva presencia del oro y el negro azabache del hierro pavonado una vez terminada la pieza; siendo éste el estilo en el que se ha especializado Julio. “En este estilo arabesco he sido innovador y sobre todo autodidacta. No verán dos piezas iguales mías ¡nunca!”. Sobre todo le interesa resaltar la característica principal de esta artesanía, su realización a mano en su totalidad, hecho al que le da la mayor importancia y que hoy por hoy es minoritario frente a la producción industrializada que consigue desorientar, en ocasiones, al turista distraído o con prisas. Enmarcada y situado el cuadro “de cabecera” junto a

su reducido espacio creativo, figura la página completa del rotativo japonés en el que se publicó la entrevista que junto con fotografías se le hizo a nuestro Maestro Artesano, hablando con pasión de la artesanía del damasquinado. En Japón existe un arte muy parecido finalizando la ejecución de la pieza cuando ésta se esmalta, habiendo ejemplos magníficos, como por ejemplo en las empuñaduras de las katanas. Enamorado de su profesión, nuestro artesano, ve con preocupación que no se renueve el plantel de aspirantes al ejercicio de esta perdurable artesanía, sobre todo en su forma manual, lejos de su tratamiento por máquinas, lo que resta sobre todo valor al arte popular del hand made toledano. Le consta asimismo a nuestro damasquinador que la administración regional en su afán de que haya continuidad en el cuidado y protección de la Artesanía en general y del Damasquinado de Toledo en particular, se esfuerza en apoyar iniciativas que salvaguarden la continuidad de esta determinada expresión plástica manual, por ello siente mucho la falta de nuevos valores hacia ese objetivo. No se resigna a la conclusión fatal del “Renovarse o…”, como ya a ocurrido en otros lugares de nuestro país como Valencia, Granada y sobre todo Éibar “donde ya ha desaparecido en su totalidad” tras haber sido, después de Toledo, el centro de producción de damasquinado más importante dedicado entonces a “damasquinar” el armamento, sobre todo armas cortas y de caza. Luces y sombras, en fin, que como todo en la vida se ciernen también sobre el damasquinado. Luces que con nuevos bríos otorgarían la seguridad de más permanencia en el tiempo de esta actividad, metálica, noble, preciosa, artística en sus orígenes hasta el presente y sombras que Julio Peña espera y desea que no lleguen jamás.


Julio Peña, Damasquinador