Issuu on Google+


H

ace mucho tiempo

atrás, en un reino muy lejano, vivía una princesa llamada Belinda, como su abuela. La princesa tenía hermosos cabellos castaños, esbelta figura y una pícara sonrisa. Además, era inteligente y muy sensible. Belinda vivía en un castillo que estaba ubicado en el centro de una pradera rodeada por frondosos árboles frutales y exóticas plantas. En el palacio había una fuente con enormes estatuas de las figuras del rey y la reina que lanzaban agua. El padre de la princesa era una persona muy respetada en el reino ya que siempre ayudaba a todos los necesitados. A diferencia del querido monarca, la reina no era solidaria con sus vasallos y se caracterizaba por lucir costosos vestidos cubiertos de esmeraldas y diamantes.


Los reyes tenían planes muy diferentes para el futuro de la princesa: el rey quería casar a su hija con un hombre bondadoso que la hiciera feliz; en cambio, la madre de Belinda deseaba un verdadero príncipe que tuviera un palacio propio, carruajes de lujo y trajes ostentosos para lucir en las fiestas. Belinda era merecedora de un verdadero príncipe azul y lo buscaba desesperadamente hacía largo tiempo. La princesa viajaba de reino en reino en un hermoso carruaje adornado con ribetes de oro y tirado por cuatro caballos blancos que tenían largas colas como hilos de seda. En cada nuevo país que recorría, preguntaba a todos sus habitantes si era posible encontrar allí un príncipe inteligente pero, sobre todo, bondadoso. Un día, mientras Belinda se trasladaba en su carroza, se encontró con un hada muy linda, de rubios cabellos y vestido verde. La criatura, que tenía una taza en sus manos, le dijo: -Mi nombre es Beta y te diré que, si buscas a tu príncipe azul, debes seguir el camino de piedras hasta el final, donde encontrarás un bosque encantado. Una vez allí, pídele a los duendes que te reciban que te lleven al río cristalino que baja de la cascada. Tienes que atravesar el puente que cruza el río y verás una pequeña cabaña de madera rodeada de flores blancas, con dos ventanas en el frente. En ella viven el leñador y su hijo Víctor. Pregunta por él. Beta se quedó pensativa mientras observaba a la princesa. Luego de unos instantes, agregó: -Te daré mi taza mágica. Con ella debes recoger agua del río cristalino y beberla junto a Víctor. Él es el hombre para ti. Confía en mí. Ya descubrirás el misterio de la taza mágica. No la pierdas ni la rompas. Belinda pensó que aquel muchacho podría ser su esposo porque su padre, el rey, lo aceptaría al descubrir que era un hombre trabajador y humilde. Por otro lado, ella ya estaba cansada de buscar inútilmente un príncipe verdadero. Luego de meditar un rato al respecto, la princesa decidió obedecer al hada Beta y comenzó el recorrido que la llevaría a los brazos de su amado.


Luego de tres días de marcha por el camino de piedras, una extraña mujer interrumpió el viaje de la princesa. La muchacha descendió del carruaje y se asustó mucho al ver la apariencia de la dama pues llevaba el cabello largo y despeinado y tenía una enorme nariz con un horrible lunar. Su ropa era toda negra y, en la cabeza, usaba un altísimo sombrero. A pesar del miedo que sintió la princesa ante esta aparición, no olvidó sus buenas costumbres y se presentó dulcemente a la mujer, diciendo: -Mi nombre es Belinda. ¿Cómo te llamas tú? -Mi nombre es Julia y soy la bruja maléfica.respondió la mujer- Debo advertirte que no continúes por este camino de piedras. Mi casa está en medio del bosque encantado y no permitiré que entres en él. Si no obedeces, te juro que nunca más saldrás de allí. Luego de decir estas palabras, la bruja notó que la muchacha llevaba una taza en sus manos. Su rostro se transformó instantáneamente y esbozando una gran sonrisa dijo: -¿Quién te ha dado la taza que traes entre tus manos, pequeña? -Lo ha hecho el hada Beta. La taza me ayudará a encontrar a mi príncipe azul- respondió Belinda ingenuamente. -Entrégame la taza, querida, y te permitiré entrar en mi bosque y recorrerlo libremente-


agregó Julia, extendiendo sus brazos hacia la bella muchacha. -¡No! El hada fue muy clara al decirme que no debo perder ni romper la taza.- contestó la princesa. Al escuchar estas palabras, la bruja enfureció y, con sus gritos, el cielo oscureció, llenándolo de relámpagos. Los caballos relincharon frenéticos y Belinda debió cubrirse los oídos para protegerse del ensordecedor sonido. Al hacerlo soltó la taza mágica que voló a través de los aires hacia las manos de la hechicera que, tal como había aparecido, desapareció junto con los gritos y los relámpagos. La princesa se quedó unos instantes, atemorizada, al costado del camino. Pero el deseo de encontrar a Víctor era más fuerte que la amenaza de cualquier bruja, de modo que subió nuevamente al carruaje para continuar su travesía. Al llegar la noche, la muchacha se detuvo a descansar. Faltaba muy poco para llegar al bosque encantado pero pensó que sería mejor esperar al amanecer para ir a la cabaña y conocer a Víctor debido a que, a la luz del sol, no sentiría tanto miedo de encontrarse con la bruja maléfica. Por otro lado, si esperaba que pase noche, tendría todo el día para convencer a Víctor de que se case con ella, ahora que había perdido la taza mágica. A la mañana siguiente, Belinda ingresó al bosque. No tardó demasiado en divisar un hombrecillo que recogía apetitosos frutos de los arbustos. La princesa detuvo el carruaje, se asomó por una de las ventanas y habló al duende de esta manera: -Pequeña criatura: ¿Serías tan amable de llevarme hasta el río cristalino que baja de la cascada y ayudarme a atravesar el puente que lo cruza? ¡Necesito llegar, lo más pronto posible, a la casa del leñador! El duende, maravillado por la belleza de la muchacha no pudo emitir sonido alguno y sólo fue capaz de asentir con la cabeza. Al llegar al río cristalino, la pequeña criatura le pidió a la princesa que baje del carruaje. -El puente es muy angosto. Debemos cruzarlo a pie.- dijo el duende.


El hombrecito tomó a Belinda de la mano y la ayudó a cruzar el puente. Una vez que lo atravesaron, el duende señaló con su manito una cabaña. -Esa es la casa.- dijo- Allí vive el leñador con su hijo. Su esposa falleció hace unos años, por eso viven solos. Golpea con tranquilidad, es gente muy confiable. El duendecillo se marchó dejando a Belinda sola frente a la cabaña. Luego de pensarlo un momento, la princesa golpeó la puerta. Como nadie respondió a su llamada, decidió entrar a la casa. De repente, apareció la bruja maléfica, la atrapó y la llevó al sótano. -Niña rebelde: ¡te prohibí que entraras en mi bosque! ¡Ahora pagarás el haberme desobedecido! –gritó la hechicera antes de desaparecer. Más Belinda, que era muy valiente, no se desesperó y recorrió el lugar con mucha atención, deteniéndose en observar cada detalle, hasta que por fin dio con un pasadizo secreto. En aquel frio y tenebroso lugar se escuchaban voces de otras princesas, cuyas almas clamaban por auxilio y salvación. Una de esas voces pronunció estas palabras:


-¡No temas! En este sitio hay un espejo mágico. ¡Búscalo ahora! El espejo iluminará la salida de este pasadizo, otorgándonos la libertad. Pero no cometas el error de mirarte en él porque quedarás atrapada aquí y serás una más entre nosotras. ¡Confía en mí! ¡Apúrate Belinda! La princesa buscó sin cesar el espejo hasta que lo halló y lo tomó entre sus manos. Pero, en ese momento, apareció nuevamente la bruja Julia diciendo: -¡Ríndete, niña malcriada, nada ni nadie te salvará! Y, luego de pronunciar estas palabras, rió de tal forma que sus hirientes carcajadas destrozaron el espejo. Julia volvió a desaparecer y Belinda, triste y angustiada, comenzó a llorar. Pero, para la sorpresa de la bella muchacha, mientras sus lágrimas caían sobre el mágico objeto, éste recobraba su forma original, iluminando la habitación. De esta manera, apareció, ante los ojos de la muchacha, la salida del sótano. En medio de tanta angustia y sorpresa, Belinda escapó de aquel horrible lugar, junto a las demás princesas cautivas. Una vez que todas estuvieron libres, agradecieron a la muchacha por su valentía y generosidad y decidieron regresar a sus respectivos países de origen.


Al quedarse sola, Belinda comenzó a vagar por el bosque ya sin ilusión y llena de congoja por no haber podido hallar a Víctor ni haber recuperado la taza mágica. En la cabaña sólo había encontrado a la malvada hechicera y a las otras princesas que, seguramente, también habían llegado allí en la búsqueda de su príncipe azul. Mientras la muchacha caminaba por el bosque en medio de estas reflexiones tan tristes, se encontró nuevamente con su amigo el duende, quién le preguntó: -¿Todavía sigues buscando a tu príncipe azul, querida niña? -No… Además, ya he perdido mucho tiempo y no he encontrado la taza, mejor me voy para mi casa.respondió la princesa, apenada. -Me parece, bella muchacha, que lo que has perdido en realidad son las esperanzas. Sólo hallarás al amor de tu vida cuando recuperes la alegría.- afirmó el simpático hombrecillo.


Belinda cerró sus ojos fuertemente y, justo en el instante en que una lágrima recorría su rostro, escuchó una bella melodía que la ayudó a recuperar la alegría. En ese mismo momento, un grupo de duendes multicolores apareció en aquel lugar del bosque y rodeó a la princesa, cantando y danzando. Mágicamente, la taza se materializó en las

manos de

Belinda y la muchacha se unió a la danza. De esta manera y, casi sin darse cuenta, la joven se encontró nuevamente a orillas del río cristalino: mientras se dejaba llevar por el baile de los duendes, éstos la habían conducido hasta allí porque sabían que Víctor los esperaba en aquel lugar. Cuando la muchacha lo vio recostado allí, sobre las hierbas, supo que aquel apuesto joven era lo que ella había buscado durante todos estos años en cada uno de los reinos que había visitado y una sonrisa fresca se dibujó en su rostro porque, esta vez, tenía la taza en sus manos. Cuando parecía que todo se concretaría, apareció la madre de Belinda entre la frondosidad del bosque. -¿Otra vez usted?- exclamó Víctor. - ¿Cómo? ¿Ustedes se conocen?preguntó Belinda sorprendida. -Esta señora vino hace unos meses a mi cabaña y me ordenó marcharme lejos del bosque. Si no obedecía a su pedido, mi padre correría la misma suerte que mi madre.- respondió Víctor.


-Pero madre, ¿por qué has hecho esto? ¿Acaso no quieres verme feliz? -Sí, pero jamás permitiré que te cases con este hombre que no es un príncipe verdadero. El día de tu nacimiento me fue revelado que tu destino se cruzaría con el de este simple leñador. Por lo tanto, me vi obligada a convertirme en la bruja maléfica, porque debía impedir que lo conocieras. -¿Y las princesa del pasadizo? ¿Por qué las tenías cautivas? -En principio, las conduje a este bosque porque pensé que alguna de ellas conquistaría el corazón del leñador. Más ninguna tuvo en su poder la taza mágica ya que no eran merecedoras del amor de Víctor.- respondió la reina- Más tarde me sirvieron como un obstáculo más de los que puse en tu camino. Pensé que el temor que te produciría el escuchar sus lamentos, te haría renunciar a tu deseo. -Eres cruel, madre. Jamás creí que tu obsesión porque me casara con un príncipe verdadero llegara tan lejos. De pronto, el hada Beta se hizo presente en la reunión que se llevaba a cabo en el bosque ante la atónita mirada de Víctor, de la princesa, de la reina y de los duendes multicolores y pronunció estas palabras: -La confianza en el porvenir nunca fue una virtud en ti, majestad. Pero debes tener paciencia. Deja que los jóvenes compartan el agua del río con la taza mágica y verás lo que ocurre. -Te equivocas, Beta. Siempre he confiado en el porvenir…pero en el porvenir que yo misma he planeado para mi hija. Luego de decir estas palabras, la reina comenzó a reír de forma estrepitosa a la vez que el cielo se cubría de tempestad. En ese momento, una nube de humo comenzó a levantarse desde la base del traje de la reina, y ésta se convirtió en la bruja maléfica. -Estos dos jóvenes no se casarán porque yo jamás lo permitiré. El hijo del leñador no está a la altura de mi preciosa hija. Ella contraerá matrimonio únicamente con alguien de su clase.- agregó levantando la voz e, inmediatamente después, lanzó un rayo luminoso contra Víctor.


El hada se interpuso en la trayectoria del rayo y, a su vez, contra atacó lanzando luces verdes, como su vestido, contra la malvada reina. Mientras tanto, los duendes multicolores coreaban, exaltados, el nombre de Beta. La princesa aprovechó que su madre estaba enfocada en la batalla luminosa y se apuró a recoger el agua del río cristalino con la taza, bebió de ella y le convidó a Víctor. Al instante, Belinda se transformó en una campesina: su vestido cambió por uno mucho más sencillo adornado de flores y un delantal blanco como la nieve y su cabello se entrelazó en dos hermosas y largas trenzas. Al advertir la transformación de la muchacha, la reina se enojó aún más e intentó lanzar un conjuro para contrarrestar el efecto de la taza mágica. Inmediatamente, el hada ordenó a los coloridos duendes que apresaran a la despreciable mujer. Los hombrecillos obedecieron y rodearon a la reina cantando y danzando alegremente y, de esta manera, la llevaron a un país lejano donde sólo habitaba gente feliz que le enseñaría a amar. Al quedarse solos, los jóvenes enamorados agradecieron al hada Beta el ayudarlos a encontrarse y el haberlos defendido de la malvada reina. -Por mi parte, lo hecho, hecho está. Les deseo mucha felicidad y me despido de ustedes.-saludó el hada Beta. Belinda y Víctor la saludaron afectuosamente y, luego, subieron al carruaje para marchar hacia el castillo. La princesa deseaba que su padre conozca al joven y lo aceptara como su yerno. Cuando llegaron al palacio, el rey no reconoció a su hija. -¡Padre, soy yo, Belinda! ¿Acaso no me reconoces?- exclamó Belinda entre risas.


-Perdóname, hija, no lo he hecho. ¡Pero si pensé que mi muchacha era una campesina del pueblo!respondió el monarca, también, riendo- En serio, ¡qué bella estás, querida niña! -He vuelto para presentarte a mi verdadero amor, Víctor, el hijo del leñador.- dijo Belinda- Pero antes, debo contarte toda la verdad sobre mi madre. -¿Qué verdad?- preguntó el rey extrañado.

-Mamá siempre supo que Víctor sería el hombre del que yo me enamoraría y, por ello, se convirtió en la bruja maléfica, para impedir que yo lo conociera.- explicó la princesa. -¿Y dónde está tu madre ahora?- preguntó el rey. -Los duendes multicolores la llevaron muy lejos de aquí, al país de la felicidad, para que aprenda a amar. Pero, no te preocupes. Cuando se vuelva una buena mujer, regresará junto a ti. - Y dime, pequeña, ¿cuándo deseas realizar la boda? -Padre, mi boda será en una semana. Te ruego que me permitas realizarla aquí, en el palacio.- suplicó la princesa.


Transcurrió una semana y Belinda estaba preparándose para la celebración cuando, de repente, apareció la reina en el cuarto de la muchacha. - No te asustes, hija mía. He venido a pedirte disculpas porque he comprendido que para ser feliz no es necesario que te cases con un príncipe verdadero. ¿Me perdonas?- rogó la madre. -Sí, madre, te perdono porque has entendido lo que es el amor. Ese mismo día, Belinda se casó con Víctor, con la aprobación de la reina. Luego de terminada la boda, los jóvenes regresaron a la cabaña del bosque y todos vivieron felices por siempre.



Belinda y Víctor. otra hgistoria de amor