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MACGUFFINS N.1


BANDA SONORA: spoti.fi/1euM4aA

MacGuffins Magazine Marzo de 2014. Málaga Ilustración de la portada: Francisca Pageo Publicación online: issuu.com/macguffins Esta obra está bajo licencia Creative Commons: Reconocimiento – No Comercial – Compartir Igual Para ver una copia de esta licencia, visite creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/4.0/deed.es


MACGUFFINS


Bea Crespo


El amor sucedía mientras observábamos el mundo en las paredes. Sólo tenías que moldear el rayo de sol al momento necesario. El chorro de luz, su incidencia en la persiana. La apertura necesaria. Manejabas la luz como el estrago maneja las cosas. Mujeres viniendo, coches arrastrándose. Pelotas de niño golpeando el suelo. Perros y cuerpos. La vida con las patas hacia arriba y el cielo debajo de los pies. Aprendimos que el origen era eso. Un cuarto oscuro. La proyección de lo de fuera aconteciendo en la pared. El mundo siendo. Casi nosotros.

Adriana Schlittler Kausch


EL EXTRAÑO VIAJE Me despierto y me paso la lengua por los dientes. Un amargo sabor a óxido me obliga a escupir. Veo unas gotas de sangre en el suelo, pero no recuerdo nada. Intento descubrirme, localizarme, cuando oigo a una mujer gritar a lo lejos: —¡Fernando! ¡Fernando! ¿Es ese mi nombre? Es un nombre antiguo, nadie llamaría a su hijo Fernando una vez pasado mayo de 1968. La voz femenina me obliga a levantarme de golpe. Me duelen los huesos, mi ropa está llena de tierra, y el suelo de madera cruje bajo mis pies. Me acerco a la puerta y por una rendija me atraviesa un rayo de un sol de 48º. Un rayo de luz capaz de derretir hasta a un lagarto. ¿Dónde estoy? Texas. Arizona. Almería. Abro la puerta y una bofetada de arena me golpea en los ojos y en la boca. Escupo más tierra, escupo más sangre. Veo a esa mujer a lo lejos, que sigue gritando sin darse la vuelta, como si quisiera que la persiguiera a ciegas: típico. Aúlla: Fernando, Fernando. Sigue siendo una desconocida, pero tengo el presentimiento de conocer sus piernas eternas, la curva que provoca el hueso de sus caderas, el calor húmedo de su boca, cómo su pelo se enreda con facilidad. Tengo el presentimiento de que se llama Sylvia y de que se ha escapado de su ciudad. Corro hacia ella. No sé quién soy, no sé dónde estoy, pero si algo sé es que hay, siempre, que correr hacia las mujeres. Yo me he enamorado siempre de todas simplemente con que fueran guapas. Siempre me han caído mal las mujeres que eran no muy bellas, pero que en cambio eran simpatiquísimas. Quizá por la idea de Marlene Dietrich. De Marlene Dietrich en sus películas nadie diría: Chico, ¡y está tan simpática! Esta mujer se da la vuelta, y lo hace bruscamente y a la _


vez como si el tiempo se hubiera detenido, como si alguien hubiera decidido mirarla a cámara lenta y hacer un primer plano con sus pupilas sobre su rostro asustado. Grita con toda la fuerza de sus pulmones: —¡Nooo! Una bala entra por el lateral y atraviesa el espacio. No sé en qué parte de su hermoso cuerpo la alcanza, pero ella cae fulminada al instante, levantando una nube de polvo y calor a su alrededor. Cierro los ojos. Cuando me despierto estoy en esta iglesia en blanco y negro. Veo a este hombre a lo lejos con una cámara, se parece a Luis. Filma lentamente los pies de varias señoritas, hasta detenerse en aquellas piernas que llevan tacones negros, y que son más finas, y más largas, piernas de las que se adivina su suavidad sólo con mirarlas. La mujer que está a mi lado, rolliza y con un velo negro sobre su rostro al que le agradezco privarme de esa horrible visión, empieza a darme codazos instándome a comulgar. Quiero mandarla a la mierda, decirle que se vaya a tomar por culo. Pero no lo hago. Odiaría ser recordado como un caballero de pobres modales. Me levanto y me dirijo hacia el cura, que está plantado al fondo del pasillo, en un equilibrio casi perfecto, como si Dios le hubiera colocado en el mismo centro del universo. Mientras camino hacia él, resignado, observo las vidrieras de la iglesia y pienso que se verían mucho más bonitas en color. Y entonces, como si de una revelación divina se tratase, envidio a todas esas personas que me rodean, con lágrimas de éxtasis en los ojos, rezando por obtener un paraíso prometido. Y me encantaría ser creyente porque los imbéciles no sufren, ¿a ustedes no les gustaría ser imbéciles? Yo estaría encantado de ser imbécil. Cuando el cura me mete la hostia en la boca me giro saboreándola, pensando en que la austeridad y la devoción podrían tener un sabor mucho más rico: una chuleta vuelta y _


David Durรกn


vuelta, un bacalao a la portuguesa. Mis ojos se dirigen hacia las piernas de esa bella señorita, pero creo que Luis me ha ganado esta batalla. Luis es el director, la chica es para él. Todo se vuelve negro. Me despierto en medio del bosque, rodeado de árboles nevados. Intento recomponerme, sacudirme el frío, pero mis ojos se enredan de sueño. Siento como si alguien me hubiera lanzado del cielo, y sólo lamento no haber aterrizado sobre el cálido regazo de una hermosa mujer, o de mi madre, en su defecto. No sé dónde estoy, pero esto no puede ser el Sur. Todo el mundo sabe que en el sur no nieva. Y por más que lo intente, sé que no podré alcanzar ese paraíso lejano. Al sur no se va, con el sur sólo se sueña. Un lince se acerca marcando y hundiendo lentamente sus garras en la nieve sucia y profunda. No puedo verlo, pero puedo olerlo. Como si yo también fuera un animal que se mueve por instinto. Recuerdo: morir o matar. Así que quiero matarlo, pero cuando levanto los ojos y veo a esa hermosa criatura, que es tan elegante, que es tan digna, que decreto que yo sería una pérdida menor para el universo. La justicia poética primero, por favor. Segundos después, descubro que tras su lento caminar hay un rastro de sangre en la nieve, un hilo rojo que se estira, como los perros atados que quieren morderte, pero la correa les impide llegar hasta a ti por mucho que insistan. Estallo en carcajadas de delirio y victoria, y de repente recuerdo esa frase: los animales heridos son peligrosos; saben que pueden sobrevivir. Así que presa del miedo dejo que el sueño me fulmine una vez más, otra guerra perdida por mi inercia. Me despierto en una cama de hospital. Veo a gente llorando en una esquina. Escucho el sonido del oxígeno, rítmico, a lo lejos, y recorro con la vista el tubo que lo conduce hacia mis fosas nasales.


Una mujer llora falsamente sobre mis rodillas, y me pregunto si es una plañidera, y si lo es, por qué no le habrán pagado un poco más. Quiero abrir la boca y decir algo, pero no soy capaz de emitir ningún sonido. Decirles que aún estoy vivo, que no me lloren todavía. Esperad un poco, dadme tiempo. Pero entonces me doy cuenta de que no estoy sino en esa línea entre el más aquí y el más allá, que el tiempo se me ha acabado. Que ya he vivido todas las películas que he podido vivir, no más giros de guión. Pero qué imbécil. Yo quería ser John Wayne y de morir, morir atravesado por un Colt 45. Yo quería ser James Stewart, morir por una mujer. Yo quería ser Jean-Paul Belmondo, dinamitarme la cabeza. Yo preferiría haber sido exterminado por un ángel. Preferiría haber sido un villano, y morir como tal. En un precipicio. Accidente de coche. Sobredosis. La cabeza en el horno. Un final digno de todo aquello que no fui. Y de repente recuerdo el día de mi boda. Aquel vecino dándome un golpecito amistoso en el hombro: —Tranquilo, hombre. Tienes toda la vida por delante. —Ya, pero yo preferiría tenerla alrededor.

Paula Pérez


ESPAÑOLADA Para Carlos Therón La película está punto de comenzar y las últimas siluetas se disculpan, y hay quien tose, quien comenta algo que no tiene nada que ver con esta película sino con otra y silencio, por favor, por fin. Comienza.

Todo ocurre en Madrid (no hay que extrañarse), y la protagonista es guapa y joven (esto tampoco extraña pero molesta menos) y más pronto que tarde la veremos desnuda; un enredo enredado y un cadáver, un maletín repleto de pesetas y un monólogo absurdo pero amable sobre la redención y la familia. Mi vida dependía de estas cosas. Los sábados sin cine no eran sábados sino jueves o miércoles mutantes y anodinos. ¿Por qué os abandoné?


Jacobo Labella


¿Por qué empecé a decir que erais muy malas? ¿Por qué empecé a citar a autores suecos, a daneses muy raros y a rusos? Cuando en todo este tiempo de patillas, de gin tónics y gafa pasta y travelings lo único que ansiaba era volver, con mis amigos torpes y sinceros, al cine a gritar «¡Otra vez Madrid!» —aunque fuera Sevilla o Barcelona—, a ver tiros y sexo y drogadictos y superintendentes divorciados. Y ahora el cine español es diferente y se parece más al cine «bueno», y cada vez son más raras las cosas que me recuerdan a nuestros buenos ratos viendo una españolada.

Ben Clark


EN VOZ ALTA Y BENDITA Te tienes en la boca constantemente, pero en la cabeza no eres capaz de retenerte más de un minuto seguido. La carcasa que te recoge la cabeza, el cuello, las clavículas y el esternón fracturados te da una apariencia de Humpty Dumpty mecánico —aunque no sé si el adjetivo «mecánico» implica articulación, algo de lo que tú careces no por culpa de estos ferros medicamentosos—, un artilugio curioso que te hace parecer de lejos un colajet con brazos, porque la estructura se cierra prácticamente sobre tus hombros. Un cracactor es lo que eres, roto. La parafernalia necesaria para que tus huesos suelden te resta puntos en las pruebas de interpretación, no te sorprenderá saberlo. Ya puedes empeñarte en que lo tuyo es más como lo de aquella figurita de acción de Másters del Universo que tenía tres rostros distintos: uno como de Rafaela Aparicio enfurecida, otro de Nick Nolte con gafas de montura roja y estrellada y un tercero de robot inexpresivo. Que no digo que sea este el peor de tus males, que un estilo de actuación ochenterísima, como de actor que está para ponerse a interpretar una revisión de La Gooníada, no te ayuda en lo más mínimo, Gaspar, ¿puedo llamarte Gaspardo? Como tu propia ocurrencia te halaga, buscas en internet datos sobre aquel Jano trifronte y te extasías viendo youtubes en los que expertos en… geeky solace creo que es el término exacto… desgranan los detalles del personaje de tres caras que fabricó Mattel, y te enteras de que en origen Man-E-Faces era actor en Eternia hasta que un oportuno láser de Skéletor lo transformó en el despropósito que conocemos, haciendo que el pobre se quedase dando las gracias por no ser mamporrero de ganado vacuno en un cortijo, porque a ver en qué le habría convertido el rayo entonces. Donde no llega la imaginación, llega el muñón acabado en gancho de la Providencia. Te solazas, hallas solaz, digo, en toda la _


información que encuentras, te haces kung-fu-Judas, te presentas a la prueba de un remake del The Go-Between, de Joseph Losey que se titulará El correveidile y que dirige Santiago Lorenzo, el de Mamá es boba (1997). Te dan la escena en la que Trimingham charla por primera vez con el niño protagonista, que leerás con el actor de Mamá es boba (1997), José Luis Lago (1985) creo. «Deja que me presente. Mi nombre es Trimingham» comienzas, cuando es bien sabido que uno puede decir «me llamo Trimingham», pero nunca «mi nombre es». Todo esto siempre y cuando estemos hablando en la vida real tal y como la conocemos, y no siendo doblados o subtitulados. Aunque lo que no tiene perdón de dios ninguno es acercarse a parlar de una manera tan contaminante y necia a un niño; no es ni medio moral que demos a un menor de edad dos opciones a escoger en un mismo sintagma, infames proposiciones adversativas. «Llámame Trimingham si quieres, pero no señor Trimingham. O Hugh, si lo prefieres». Y vocaliza, Gaspardo, que van a tener que subtitularte (y, por tanto, adaptarte), que no hay un puto actor español que vocalice en España, que sólo hay un actor que vocaliza en España y al final va a tener que hacerlo todo él, malditos profesionales de lo vuestro. Llámame Trimingham si quieres, pero no señor Trimingham. O Hugh, si lo prefieres. ¿No ves que el niño está ya al borde del llanto ante la diversidad de operaciones de decisión, monstruo? Hay que convencer al niño de que algo divertido es divertido con palabras y sin impaciencia. ¿De quién es la voz, y lo más importante: dónde está la voz, dónde está la voz, y la cara de la voz, la que le pone cara a la voz?, aquí no, aquí no, aquí _


Akeno Omokoto


tampoco. No hacen falta tantos leading actors como líderes en Realidad. «¿Tengo cara de mentiroso? ¿Y ahora? ¿Y ahora? ¿Y ahora?» El niño, José Luis Lago (1985), no responde. Giras la cabeza aparicio, avieso, trilero. Una cabeza y dos comodines, un chollo. Te cambias el nombre con cada cara porque Gaspardo no es nombre de ralea, lo que necesitas es algo más en la .línea de James Ganador, Patrick Mefisto, Heydi Bad Juju, Samuel American Blando; que no se te olvide que José Luis Lago (1985) no es tu compañero de escena, sino tu oponente, y quien a hiena mata a hiena muere, como se suele decir, y sólo es una opinión, aunque sabe Dios que bien podrías dar tres. Una cabeza y dos comodines, casi nada; singstar de singstars, acordeón de acordeones, kebab de kebabses, jitsu de ninjitsus, attittude de attittudes, coming of age de coming of ages, domino dance de domino dancers: el amo del escenario, mi querido señor angry, el papel es tuyo, ¡como si lo viese!; si lo llegas a saber, la escuela de interpretación la iba a pagar el probador de venenos del Papa Luna, ya te digo. «Man-E-Faces is three warriors in one! Faces turn via a dial on the head! Fuck my life!» Milcaras es tres guerreros en uno, es más duro que la dentina. Sus rostros cambian por medio de un turulo que tiene en lo alto de la cabeza. Maldita sea mi estampa. Tú y tú y tú sois Espartaco.

Rubén Martín Giráldez


JAMES DEAN Y EL PROTAGONISTA DE EL PICO —Y dígame, ¿cómo fueron sus comienzos? —Empecé... Decía que me gustaba el cine. La verdad estaba construida... de ningún ídolo. Ningún póster, animalito, objeto brillante, fotografía plastificada con que recubrir la estantería, ya sabe. Sí un cínico interés por el interés... por lo que fuera. Luego llegó el santo desengaño del amor. El primer amor siempre jodiendo, siempre estrangulando a la izquierda del músculo cursi. Y de forma automática decidir. Decidir estudiar cine, por qué no. Decidir especializarme en escribir guiones sobre gente muerta. No gente muerta común, sino gente muerta famosa, intelectual. Cuya muerte hubiera ocasionado dramas intelectuales auténticos.

Elvis Presley, James Dean o el protagonista de El Pico, ya me entiende.

Laura Franco Carrión


Maider JimĂŠnez


ARROBAR EL ESPÍRITU

No pudieron convencernos, la realidad no era suficiente, necesitábamos más, deseábamos más. Sospechábamos que detrás de la niebla nos aguardaba algo, pero ¿cómo saberlo? Al principio no lo entendíamos y luego fue complicado renunciar al deseo de entenderlo. Así que nos dejamos embaucar, permitimos que nos meciera entre sus dulces garras para ver si así conseguíamos atisbar el significado final. Final que resultaría ser un comienzo. Nos pasábamos los días intentando huir del presente opresivo. Creíamos en las salidas fáciles. Unas cuantas horas en éxtasis. En estasis. Y cuando acechaba el frío, otro colofón. Pero todo eso ya es pasado, porque ya nada podrá superar esta sensación de desvanecimiento. Como Alicia, seguimos a nuestro conejo blanco. Rojo, en este caso. Y sin saberlo, él velaba nuestros sueños mientras dormíamos. Cómo resistirnos. No queríamos. No debíamos. Cedimos a la llamada del arrebato. Nos entregamos a lo único que tenía sentido. Nada de placebos, sólo cine. Sólo cine.

Sonia Marpez


Silvia Grav


SER AGRADO He limpiado el polvo de mi herencia: ya no queda ningún rastro. Trepa la culpa de mi sexo como hiedra entre los pulmones. Trepa, sin que yo la riegue hasta asomar de mí una hoja. Nunca quise equivocarme en la forma pero yo contemplo la naturaleza en una flor de plástico. He encontrado la bala de Werther en la garganta y la he llamado tragedia sólo porque soy joven. No sé si merezco redención. Torturaré la duda hasta llamarla vida.

Ángelo Néstore


EL VIAJE A NINGUNA PARTE A Fernando Fernán Gómez Sabía que tenía mis días contados en el teatro. Me iría junto a Miguel y todo su equipo. Miguel había apostado por el teatro y nosotros por Miguel, y alguien de mucho más poder lo había hecho en nuestra contra. En realidad todo lo que apestara a cultura era considerado una intromisión de la que había que deshacerse sin hacer mucho ruido. Nos habíamos apegado tanto al teatro que, cuando advertimos, nuestro valor en el mundo real era insignificante. Nadie nos iba a amparar en nuestro vía crucis profesional, así que lo mejor sería coger el dinero y salir corriendo sin pedir demasiadas explicaciones. Asumir que la vida sucede así, por ciclos, y que a veces unos ganan y otros pierden, y por lo general, siempre ganan y pierden los mismos, y así es la historia, una injusta repetición de tropelías. Hasta que alguien o algo superior a todos se empeña en truncar el bucle en el que andamos involucrados. Al principio todo parecía una broma de buen gusto. Miguel ya no dirigía nada más que su propio destino, estaba fuera y desde la nueva gerencia habían mandado sustituir toda la programación del cine fórum. Películas a la carta, elegidas a dedo por esa figura con la que tantas veces habíamos luchado, el político disfrazado de gestor cultural, aquel que sobreestima su criterio y cree que hará evolucionar el mundo hasta cotas nunca antes alcanzadas, cuando lo único que hace es debilitarle la mirada y acotar el pensamiento. Durante la primera sesión, la cinta exhibida fue la programada antes del cambio impulsado por la gerencia. Cuando las primeras tomas revelaron que la película proyectada era la originalmente planificada, se pensó que se trataba de un descuido en la manipulación de la cinta por _


parte del operario. Pero al repasar la cinta, los fotogramas eran de la película asignada, sólo que al ser proyectada terminaba transformándose, fotograma a fotograma, en la antigua. Como planos supuestos de una realidad paralela. Nadie supo cómo explicar los hechos, pero a alguien había que señalar y se utilizó el incidente para barrer de antiguos operarios el teatro. Ya nos habían quitado el nombre y ahora iban a quitarnos el trabajo. Las taquilleras, los currantes de oficina, los profesores del aula de teatro, etc. Todos acabamos en la calle. Las taquilleras decidimos seguir visitando el teatro durante el proceso de negociación para reivindicar el valor de nuestro trabajo. Usábamos pancartas y, por lo general, teníamos el apoyo de los ciudadanos. Aunque como siempre, la opinión ciudadana era poco más que un cero a la izquierda. El enigma de las cintas se repitió una y otra vez hasta que hubo finalizado el ciclo, tal y como fue concebido originalmente. El cine, siempre lleno de guiños, sí parecía tener memoria. Pero ya era un asunto menor. Las cuentas de los últimos meses del teatro no se hallaban ni virtual ni físicamente y nadie sabía quién y cómo había accedido al ordenador central y a los datos clasificados en oficina. El hecho es que, simplemente, habían desaparecido. Nos enteramos de ello gracias a los compañeros que aún quedaban entre el personal del teatro. Unos días después, el letrero con el nombre antiguo del teatro volvió a figurar tal y como lo hacía antes de la nueva dirección. El guardia de seguridad afirmó que no vio a nadie acercarse al letrero durante toda la noche y que el cambio se había obrado «como por arte de magia». Ni que decir tiene que no retomó sus guardias nocturnas. Cuando los operarios intentaron retirar el letrero, aludieron a un estado de incandescencia tan elevado que hacía imposible su retirada. Los nuevos responsables hablaron en la prensa de un complot programado para torpedear el buen funcionamiento _


JosĂŠ Luis Valverde


del teatro y todas las miradas se fijaron en nosotros, los antiguos trabajadores. A ellos les interesaba buscar culpables y la audiencia veía lógico que nuestro revanchismo estuviera por encima de nuestro amor a la cultura. De todo lo sucedido, esto fue lo más doloroso. Ni siquiera la sucesión de acontecimientos que derivaron en el cierre de la sala lo superó. Ni cuando aquella pareja aristócrata rodó escaleras abajo de uno de los anfiteatros y aseguraron haber sido empujados, ni la voz anciana y quejumbrosa que corregía a los actores durante los ensayos y que luego resultaba no tener correspondencia física, ni el hecho de que el teatro se encontrara muchas veces cerrado cuando iba a comenzar la función de tal manera que provocara la retirada del público, nada dolió más que haber sido acusados de traición al teatro. Ni una sola prueba física apareció que nos implicara, pero de eso nadie dijo nada. Los medios callan según dicte la mano que mece su cuna. El día que se incendió la sala, mi pasión por la cultura era un viejo recuerdo. Habían pasado apenas unos meses, tenía un trabajo nuevo y andaba ocupada con aquello de sobrevivir. Me crucé con la noticia por casualidad. Me encogí de hombros cuando vi en las fotografías nuestro mausoleo chamuscado, una brutal constatación del presente. Los viejos del barrio hablaron de un fantasma cabreado que se había ensañado con el teatro desde que le cambiaron el nombre y lo privatizaron, los periódicos, de un simple cortocircuito, los niños, jugaban entre sus ruinas como en una postal con lo que queda por venir, y los que allí trabajábamos, sabíamos que era el final lógico para quién tiene el destino marcado y le han ido usando como arma doctrinaria, agotándolo poco a poco, incendiando su espíritu hasta convertirlo en un montón de cenizas.

Javier López Menacho


Victoria Maldonado


EL ESPÍRITU DE LA COLMENA Arrebato la vida secreta de las palabras para volver al sur, para volver a empezar mi vida sin mí en el bosque animado. Tierra, vacas y por fin amanece, que no es poco. Viridiana, entonces, abre los ojos; y Tristana cría cuervos y el desencanto. Los otros —el verdugo y los santos inocentes—, furtivos, van a la caza con la escopeta nacional. Yo, plácido, te doy mis ojos; la buena estrella coronará el viaje a ninguna parte; el extraño viaje de los amantes.

Estanislao M. Orozco


HUELINWOOD Aquella tarde de viernes de septiembre, mi primo Manolo me esperaba en la puerta de los futbolines de Huelin. Allí, entre risas y partidas nos solíamos tomar una caña bien fresquita antes del fin de semana con su hermano Ramón, que estaba haciendo, para disgusto de mi tío, un curso de Teatro con un grupo universitario. Ser cómico en aquellos tiempos era como el exilio familiar, y yo prefería alabar en la distancia a mi primo Ramón, no fuera que ese apoyo me costara a mí el frágil plácet familiar. Pero Ramón no vino aquella tarde, y mi primo Manolo, que era un experto en nadar en el límite de lo aconsejable me propuso tomarnos la última en Torremolinos. Yo estaba asustado, me veía como un lechuguino que llamaría la atención por su indumentaria cateta, pero Manolo me tranquilizó y me ordenó que me calase el casco de la moto de una puñetera vez y tiráramos para allá. Que nos iría bien. Yo detectaba en mi primo una confianza fruto de la experiencia en el éxito. A su lado yo tenía un saldo sexual paupérrimo. Bueno, de paupérrimo a inexistente. Y agarrado masculinamente a su cintura atravesamos el río Guadalhorce, sin saber que en mi cabeza de estrechas y esforzadas miras, aquellos diez kilómetros suponían un avance de dos décadas por lo menos. Aquella Torremolinos había dejado de ser una esquina de pescadores y empezaba a fulgurar como una Nueva York cosmopolita y europea ante nuestros ojos de barrio. Nos sentíamos afortunados de tener el futuro a tiro de piedra, mientras en los pueblos del interior las viudas labraban migas de pan y refajos para la sotana del cura. Pero nosotros éramos capitalinos a nuestra manera. Manolo más que yo. De hecho, cuando estuvimos frente a esos neones y carteles aptos para cumplir los siete pecados capitales, yo intentaba componer mi cara de sorpresa frente a mi primo y aparentar cierta seguridad. Pero _


aquel espectáculo lleno de turistas ligeras de ropa y terrazas soleadas era demasiado para mi privación. Manolo, viéndome tan acobardado, se limitó a burlarse un poco de mi bisoñez y según avanzábamos por la calle San Miguel me indicó su taberna favorita. En aquel lugar plagado de guiris nos tomaríamos el último vinito de aquel viernes. En cuanto llegamos nos fuimos a aquella barra guarnecida de carteles de toros. A nuestro alrededor volaban las conversaciones en inglés, vociferadas por curiosos gorditos de caras sonrosadas. Yo escuchaba las chanzas de mi primo al camarero. Se ve que lo conocía de sus múltiples hazañas. A saber el historial que tendría mi mítico primo, siempre intentando convencerme de venir a Torremolinos. Pero yo, con la excusa de que sólo había dos plazas en la moto, acababa escaqueándome a favor de Ramón. Además, no me sobraba el dinero para copas, así que disimulaba en los futbolines con una eterna cerveza que me duraba horas. En ese momento me arrepentí de haber sido tan cobarde. De repente, un hombre fornido de unos dos metros empezó a gritar en medio del bar en un macarrónico intento de español. Todo el bar calló para atenderlo. Según pudimos desentrañar de aquel discurso atropellado, buscaba extras para una película que se estaba rodando cerca de La Carihuela. Busco «españoles con cara de españoles» para una película con «esta mujer, woman, actress» decía ufano. A su lado, muerta de la risa por el atrevimiento, bebía una cerveza una hermosa rubia de pelos rizados y piel como de yogur con avena. A partir de ese momento, sentí que aquella diosa nórdica constituía el ser más maravilloso que había contemplado en mi vida. ¿Cómo acercarse? ¿De qué manera poder estar más cerca de esa Venus rubia sin ser despreciado como un miserable? Afortunadamente, para acallar todos mis desvelos, estaba mi primo, que no tardó ni un segundo en aceptar el guante y con un inglés defensivo _


José Pablo García


propio del ligón de playa que era, nos propuso como extras de aquel rodaje. Aquel señor le cogió de los hombros, sonriendo bonachón, y le miró de arriba a abajo. «Tú demasiado moderno, tu amigo sí, tu amigo español torero». Todos nos reímos, pero yo acepté aquel reto. Por Enke. Siempre por Enke. La película fue una de tantas peliculas que se rodaron en Torremolinos, y la verdad es que aquella escena en la que tenía que abrazar y besar a Enke, que hacía de turista sueca deslumbrada por el desarrollismo, fue un momento capital de mi educación sexual. Aunque realmente lo que constituyó mi verdadero bautismo fue su repetición privada. Me sentí el hombre más afortunado del barrio cuando ella le dijo a su representante que me llevara a la habitación después de la escena, que la actriz principal quería hablar conmigo a solas. Aquel rodaje cambió mi vida. Mi visión. Mi ligereza como hombre. Y sin embargo, después de tan inédita experiencia solo podía contarlo a mis primos. Nadie más creía que el formalito hijo de la Fuensanta Infante hubiera dado el campanazo de aquella manera tan sonada en Torremolinos. Pero aquella incredulidad duró poco. Concretamente, lo que tardaría en filtrarse a base de cotilleos de barrio a los cuatro costados de La Campana. Lo de la sueca y lo del cine. Era famoso en el barrio... Después de aquella experiencia, mi primo Manolo empezó a verme con otros ojos. Incluso me regaló varios de sus pantalones y ropa que ya no utilizaba. Había inaugurado mi estatus de príncipe heredero. Y junto con mi otro primo Ramón, nos matamos aquel día por estar los primeros para poder ver cómo se representaba aquel amor veraniego en pantalla grande. Al llegar a casa después de la excitante sesión de cine, mi madre me avisó que acababa de llegar una carta del extranjero. El matasellos de Malmö sólo podía pertenecer a Enke y la marca de la vela sólo podía pertenecer al intento de _


mi madre de leer en el interior del sobre. Dentro de aquel sobre asomaba una escasa nota y una foto de ella embarazada con una marca de pintalabios al costado de la foto. «Te quiero, Eugenio». Pero por mucho que quisiera parecerme a mi primo Manolo, mi atávica moral me impelía a responder de aquella obligación repentina, una vez me hube recuperado de la sorpresa. Y después de cuatro llamadas en las que Enke me decía, a duras penas, que no pasaría nada si no me hacía cargo, que ella sería una orgullosa madre soltera, yo acabé por confesarlo todo a mi madre, que inventó frente a las vecinas un trabajo en una fábrica de Barcelona para justificar mi marcha a Europa... Tardarían muchos años en descubrir la verdad en el barrio. Cuarenta años después, Enke y yo hemos comprado un pequeño apartamento en Torremolinos. Bastante diferente a aquel rincón paradisiaco donde nos conocimos. Pero nos gusta pensar que hemos vuelto al lugar donde, torpe e intensamente, empezamos como pareja. Uno de estos días, un poco mareado de tanto turista, quise llevarla a Huelin a comer pescaíto viendo rincones de mi infancia. Y aún hubo quien me paró por la calle reconociéndome. Habría cosas que nunca cambiarían y eso me encantaba. Incluso buscamos un hueco para ver a Ramón y Manolo con sus respectivas familias. Qué buenos recuerdos evocamos, y qué risas. Después de la comida, aún con el regusto del café con leche de verdad, me acercaron a un enorme paseo marítimo que se erigía en lo que antes era un valle de fábricas. Aquel Huelin había cambiado, y sin perder el sabor original, había adquirido con el tiempo otros deliciosos sabores. Como nosotros…

Víctor Manuel Ruiz


LA PRODUCCIÓN —Señor director, dice el cura que no da su permiso para que rodemos la escena 21. Que lo que hacen los personajes es pecado —anuncia Martínez. —Pero si los personajes están casados. —Exacto: los personajes. Dice que una boda ficticia es pecaminosa a ojos del Señor. Propone casar a los actores y así podrán besarse y amarse sin caer en pecado. —Imposible, Vicente está ya casado y lo último que necesitamos es tener a un bígamo como protagonista; el Ministerio nos cerraría la producción. Además, el agente de Amalia no nos dejaría casarla sin su permiso. —Creo que hay una cláusula específica en su contrato que prohíbe matrimonios y fugas amorosas —interviene un ayudante de producción. —Martínez, explíquele al cura que la ficción se rige por leyes distintas a la religión. —En realidad, pertenecen al mismo campo —dice el guionista, que se ha acercado al corrillo. —Calla, hombre, que no te oiga el cura —responde el director—. ¿Quieres que llamen a la Guardia Civil? —Mire, eso podríamos ponerlo en el guión: «los recién casados se besan; entra la Guardia Civil a la alcoba nupcial y les pide el certificado matrimonial». —Déjate de bromas. ¿Has hablado ya con Arturo? —Sí. Insiste en que añada una escena de amor para su personaje. —Ya me lo esperaba. Hazlo. Que se bese con una amiga de la novia. Pero que no se entere de esto el cura. —¿Qué? ¿Pero qué pinta eso en la narración? ¿Por qué el padre de la novia, enfermo de cáncer, va a besarse con una jovencita? ¿Estamos rodando una comedia de pronto?


—A ver, no es eso. Si luego la escena no va a salir en el montaje final. —¿Entonces? ¿Por qué tomarse las molestias de escribirla y rodarla? No entiendo nada. —Porque no has trabajado antes con Arturo. Lo hacemos para halagar su ego de galán crepuscular. Es como una cláusula no escrita: en cada producción en la que trabaja se incluye alguna escena amorosa suya con alguna chica de buen ver. No hacemos daño a nadie y así está contento durante el resto del rodaje. Una de las labores más importantes de un buen director es favorecer el ambiente de trabajo. —Acabáramos. Escribiré una escena de cama —dice el guionista. —Dice el cura que es su labor evangelizar a los pecadores y de ahí su oferta de matrimonio —vuelve Martínez—, pero puede transigir en el estado de pecado de los personajes. —Bien, solucionado entonces. —No, no, tiene condiciones: exige que la escena sea rodada a oscuras y en completo silencio, de forma que el espectador no sepa a ciencia cierta lo que sucede. Alega que para Dios el amor es un asunto privado de la pareja, no un acto público para disfrute de los espectadores. —¡Inconcebible! —brama el director. —Dile al cura que la oscuridad es muy sugerente —aduce el guionista—; el espectador puede imaginarse miles de cosas, a cual más depravada. De hecho, me extraña que el Vaticano no haya declarado ya que la oscuridad es pecado. Lo mejor es iluminarlo bien todo, para que se vea que no ocurre nada censurable, y que se oiga bien a los personajes, que los susurros tienen mucha miga también. —Nada más subversivo que un buen susurro —confirma el director—. En mi primera película, me censuraron un susurro porque podía considerarse contrario al Régimen.


—Uno nunca puede fiarse de alguien que susurra. —Ni de alguien que mira fijamente. —Señor director, ya está aquí el ganadero —interrumpe Martínez—. El toro se le ha muerto de unas fiebres, pero ha traído una vaca en su lugar. —¿Cómo que una vaca? ¿Dónde queda la épica si el novio torea una vaca? —Según él, si lo rueda de lejos, nadie notará la diferencia. —Nadie notará lo que pasa, más bien. El momento cumbre se queda en nada. «De pronto, intuimos al novio en lontananza; parece estar haciendo algo que no conseguimos ver». ¡Vaya una escena! —De todos modos, lo de que torease era una imposición del productor, a mí nunca me ha gustado —dice el guionista. —El público quiere toros y flamenco, hombre. Nosotros estamos al servicio del público. —Al servicio del productor, será. —Exacto: y el productor quiere recuperar la inversión. Aquí nadie produce por amor al arte. Ni dirige, ya que estamos. ¿O tú escribes por amor al arte? —Ya que lo menciona, todavía no he cobrado. —Por eso es tan importante que dé beneficios la película, que cobrarás cuando esté terminada. —Señor director, ¿qué le digo al ganadero? —pregunta Martínez. —Yo qué sé. Alfonso, ¿cómo arreglamos esto? ¿Ponemos al novio a ordeñar a la vaca o qué? —A los surrealistas les gustaría —contesta el guionista—, pero la censura podría interpretarlo de forma equivocada. Quizá podríamos rodar al novio toreando a la vaca, pero que sólo se vieran sus sombras. Una escena muy lírica, casi de arte y ensayo. —¿Y cómo justificamos la sombra de la ubre? Un toro y _


Mar铆a Sim贸


una vaca no tienen el mismo perfil, Alfonso. —Evitamos que la sombra de la ubre (por cierto, muy buen título) aparezca en plano y en paz. Con un poco de pericia del cámara nadie notará el cambiazo, que tampoco la censura nos iba a permitir que apareciera la sombra de los testículos del toro. —¿Y la vaca se dejará torear, Martínez? Pregúntele al dueño. —De acuerdo —se despide Martínez. —Yo pude trabajar en Hollywood, Alfonso, ¿te lo había contado ya? Pero lo impidió un problema del visado. La burocracia, que siempre pone obstáculos a los sueños personales. —Ajá. —Allí trabajan con presupuestos holgados, son más profesionales. Hasta los animales. Estoy convencido de que la mona Chita es más profesional que la mayoría de los actores de este país. Con la mona Chita sí que podría trabajar yo. —Señor director —aparece de nuevo Martínez—, dice el ganadero que la vaca hará lo que usted quiera, que es de buena raza. Pero el señor cura ha escuchado esto y opina que cambiar de sexo a una vaca es antinatural, profundamente antiespañol y, tal vez, cercano al ateísmo.

Gabriel Noguera Martín


Lai Zaragoza


LOS PELIGROS DEL VHS Cómo expresar esta tragedia en tinta: esta tarde —¡Dios mío!— fui a borrar Los amantes del círculo polar y Abre los ojos —de la misma cinta—. Me he venido a la cama. Aquí, a ciegas, me persiste el latido que borraba la limpia tez burlesca de Amenábar en la escena del baño con Noriega. Al alba miraré lo que se hubiera grabado encima, y quemaré la tele. No estarán ya los pómulos de Fele Martínez ni el tesón de Chete Lera. Quizá he grabado un reality penoso, el torneo provincial de lucha libre o una peli tal vez de igual calibre... Todo me da lo mismo, y no reposo

y no dejo ya —¡Oh, Dios!— para más inri de pensar en la piel de Najwa Nimri.

David Leo García


FIN


HAN PARTICIPADO Ben Clark – delversoyloadverso.com Bea Crespo – beacrespo.es David Durán – daviddurangarcia.blogspot.com Laura Franco Carrión – laurafrancocarrion.blogspot.com David Leo García José Pablo García – josepablogarcia.com Silvia Grav – silviagrav.com Maider Jiménez – maiderjimenez.com Jacobo Labella – jacobolabella.com Javier López Menacho – elespaciorelatado.blogspot.com Estanislao M. Orozco – estanislaomorozco.blogspot.com Victoria Maldonado Sonia Marpez – soniamarpez.com Rubén Martín Giráldez – celinegrado.wordpress.com Ángelo Néstore – angelonestore.wordpress.com Gabriel Noguera – caramelitos.blogspot.com Akeno Omokoto – b.akenoomokoto.com Francisca Pageo – franciscapageo.com Paula Pérez – agirlagun.blogspot.com Víctor Manuel Ruiz – noespaisparagordos-talla52.blogspot.com Adriana Schlittler Kausch – crueldadesafines.blogspot.com María Simó – mariasimo.com José Luis Valverde Lai Zaragoza – laizaragoza.blogspot.com DIRECCIÓN

MONTAJE

Sonia Marpez

Sonia Marpez Gabriel Noguera


M A C G U F F I N S

MacGuffins #1  
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