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El frío le entiesaba las manos. Sacó la caja del bolso y prendió el último cigarrillo que quedaba con el encendedor naranja que tenía siempre a la mano entre el bolsillo de su chaqueta. Vio muy cerca a sus ojos la llama amarilla que amenazaba con quemarle las pestañas, esas que tanto le gustaban a él, sobre todo cuando nada interrumpía que las luz del sol llegara a ellas. En esos momentos ella, a través de los pequeños puntos de luz amarilla reflejada en cada pestaña, veía a Darío quien fijamente y muy de cerca la observaba como descifrando los colores de sus ojos o tal vez los pensamientos detrás de esos colores.


Mientras el cigarrillo se consumía en sus labios pensó que estaba pensando lo mismo de siempre y algo enfurecida hizo que el humo cesara al matarlo con su zapato. Siguió su camino. Después de dar vueltas alrededor del parque por varios minutos, decidió entrar al supermercado, compró una cerveza y un paquete de alguna chuchería que solía comer cuando estaba chica.


Respiró un poco de nostalgia y se sentó en la cafetería mientras veía gente pasar con cara de felicidad al ver tantos productos en un mismo lugar con tantos colores para escoger y teniendo en el bolsillo del pantalón o de la cartera algo mágico para adquirirlos, llevarlos a casa, esperar a que se consuman y volver a repetir la sonrisa mientras empujan el carrito de compras.


Volvió a pensar en que nuevamente estaba repitiendo los mismos pensamientos de siempre y quiso sumirse en un letargo mental. No funcionó. Salió de allí. Se paró frente al edificio observando casi sin parpadear la ventana objetivo. Lanzó contra ella una piedra. No pasaba nada. La lanzó de nuevo. Nada. Y así una y otra vez hasta que la interrumpió la voz de la vecina chismosa: “el joven Darío no está”. Sin pronunciar palabra se dio la vuelta, antes dejando una nota dentro del buzón correspondiente al apartamento de la ventana objetivo.


Caminó durante una hora hasta que pudo confundirse entre las sombras nocturnas de los árboles y los edificios junto a un parque. Escogió una silla y sacó de su billetera la tarjeta de presentación que alguna vez le ofreció un buen samaritano que recorría las calles buscando almas perdidas que se unieran a su manera de creer, una de esas personas que anda con cara de optimista, con cara de que la vida es bella.


Desdobló la tarjeta y con una risita irónica observó como el polvo blanco se paseaba sobre la frase impresa en el reverso de la tarjeta. Cuidadosamente acomodó una línea de polvo y maldijo a todo a aquél que quisiera despojarla, “rehabilitarla” o “restaurarla” de esos momentos blancos e íntimos; brindó consigo misma y con el viento apaciguado, y respiró fuertemente como queriendo sentirse viva.


Después de la inspiración profunda, Darío volvió en sí y se vio arrodillado frente a la lápida, embebido en un sentimiento de culpa entre amargo y placentero que le erizaba la piel, sosteniendo entre sus manos una pequeña caja con algunos objetos y una nota de amor recogida de un buzón, encabezada con su nombre y escrita con su propia letra.


FIN


Fanzine