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Protegido en lo más profundo de la cordillera más salvaje del planeta, vigilado por el pico Dhaulagiri y el conjunto de los Annapurna, el valle del Mustang es uno de los últimos rincones accesibles en moto del Himalaya. Le teníamos ganas al valle del Mustang. Desde mi adolescencia había oído hablar de este mítico valle situado en el corazón de Nepal. En mi niñez solo los mas intrépidos aventureros occidentales habían conseguido penetrar en sus entrañas. El explorador y geólogo suizo Toni Hagen en 1952 fue el primer occidental conocido en entrar en este valle y no fue hasta 1964 cuando Michel Peissel fue el primero en pasar la noche en Lo Mantang, capital del reino. Hubo que esperar hasta 1992 para que el valle del Mustang se abriera oficialmente, aunque con restricciones, a los extranjeros. Entonces fueron únicamente los escaladores más expertos en costosas y elaboradas expediciones que buscaban culminar picos míticos como el Daulaghiri o alguno de los Annapurna los que habían conseguido hollar semejante territorio. Es, por tanto, una de las regiones con población estable de nuestro planeta que más ha tardado en poder ser visitada.


Había recorrido parte de esta ruta en el año 1990 con mi esposa Chelo, sobre una Suzuki 250 GN que había alquilado a un particular en Katmandú. Entonces nadie pensaba en alquilar motos en Nepal (ni en casi ningún otro país del mundo). Fue complicado y hasta asumí el riesgo de dejarle mi pasaporte al propietario para que me dejara su moto. La carretera hasta Pokhara no ha cambiado mucho desde entonces, si acaso que hoy aún hay más circulación.

Asfalto muy sucio y roto en múltiples tramos es algo que ya teníamos asumido de antemano y con motos de enduro resulta hasta divertido, o mejor dicho más entretenido que las buenas carreteras de firme impecable. Una etapa de enlace en la que ya se disfruta de los paisajes del país del Himalaya. Se viaja de continuo buscando los valles de ríos caudalosos y paredes de fuerte pendiente, con lo que son frecuentes los derrumbes y por tanto los cortes de carretera. Entre continuas curvas, de vez en cuando una aldea se intuye en las zonas menos abruptas. Aprovechando los pequeños recodos del río que dejan plataformas de aluvión menos pendientes, espacios que son utilizados para cultivar en terrazas la planta que más ha propiciado el desarrollo de la Humanidad; el arroz. Paisajes idílicos, vida tradicional y gentes de pequeño tamaño y gran fortaleza, bregados a trabajar y arrancar el sustento básico a la cara sur de la cordillera que concentra las mayores elevaciones de la Tierra.

Las pocas aldeas que se estiran a lo largo de este valle conservan la estructura y modo de vida de hace centurias. Atravesar estas aldeas de gentes muy humildes, de calles estrechas y escalonadas cuyos habitantes no ven ningún daño al paso de las motos -si no que se alegran-, es integrarte en un mundo de valores sencillos y naturales.

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