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Eugenio Torrecilla Las estrellas muertas

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Las estrellas muertas


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Edita: Luna de Abajo www.lunadeabajo.com

© de la edición: Luna de Abajo Diseño: Pandiella y Ocio

Tipografía: Arno Pro, de Adobe; Uni Sans, de Fontfabric (cubierta y portada)

Corrección y revisión: Eva Vallines Impresión: Gráficas Apel (Gijón, Asturias-España) Depósito legal: As-00569-2015 isbn: 978-84-86375-11-9


Índice 9 Capítulo primero 37 Capítulo segundo 55 Capítulo tercero 67 Capítulo cuarto 85 Capítulo quinto 99 Capítulo sexto 117 Capítulo séptimo 139 Capítulo octavo 161 Capítulo noveno 179 Capítulo décimo


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Capítulo primero

Un mensaje oficial cruzó aquel día la barrera que separaba mi laboratorio del mundo exterior. Traía la carta el sello de una autoridad capaz de saltarse el sistema de controles que protegía mi aislamiento, al que nada turbaba desde hacía tiempo. Con los años había ido encastillándome en aquel reducto universitario, llamado a llevar mi nombre en el futuro, y donde, una vez liberado de la obligación de las clases al gozar de total autonomía, dejaba transcurrir la jornada sin una tarea concreta, entregado al estudio y supervisando desde la altura el trabajo de los demás. Pero, últimamente, a pesar de esta gustosa calma, me notaba demasiado tenso. La disciplina cotidiana de la investigación, cumplida rigurosamente hasta entonces y a la que se había plegado con placer mi vida, me exasperaba ahora por su lentitud, la exigencia de verificaciones constantes y la demora indefinida de las conclusiones. Llega una edad en que urge la cosecha, ya nos resulta en exceso fría esa belleza de la Ciencia a la que se ha rendido tan prolongado culto, y uno desearía hacer su apuesta por el golpe de suerte contra el método. En esas estábamos: creía inminente el momento de las grandes síntesis, o del descubrimiento definitivo que concede el azar cuando se le ofrece el medio adecuado y que quizá se dispusiera ya a cristalizar en la atmósfera cargada del laboratorio. Con ojos de visionario oteaba el aire, olvidado del tubo de ensayo que sostenían mis dedos, hasta que, al sorprender una mirada inquieta de los auxiliares, adoptaba una aptitud más convencional. Había caminado muy despacio hasta allí, sin apurar el tiempo ni atender más que a la retardada destilación que cuaja sus perlas en


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los alambiques experimentales. Primero artículos y opúsculos, y luego tesis, hasta llegar a los complejos tratados de la especialidad que se impusieron como textos sagrados en las facultades, fueron sedimentando con los años —¡demasiados años!— en los matraces que me rodeaban. Me comporté como si dispusiera de una reserva de siglos. Gota a gota, bien afianzada en el trabajo diario y exenta de palabrería, fluía la ciencia firmada con mi nombre, difundido enseguida por las revistas internacionales más serias y pronunciado por los visitantes extranjeros que llegaban a la Universidad con la corrección fonética de quien lo deletreó respetuosamente encabezando textos magistrales. Era un orgullo para el rector acompañar a esas delegaciones; salía yo a recibirles al borde de mis dominios con la sonrisa justa de quien cuida las formas y reserva mayores expansiones para la foto del cercano Nobel. ¡El Premio! Las distinciones menores, los galardones académicos o los doctorados honoríficos habían ido perdiendo para mí su anterior atractivo. Y ni siquiera ya, en la ansiosa espera de una noticia que nunca llegaba, esa consagración que viene de Estocolmo satisfacía mi ambición por entero. En su lista, nutrida por los años durante casi un siglo, el oro de la gloria se desgastaba por el roce de tantos apellidos que se iban confundiendo unos con otros; últimamente lo hacían hasta en grupo. Yo quería que mi nombre brillase aparte, que no marcara un año sino una época con un descubrimiento trascendente, de esos que modifican el destino de la humanidad, algo que detuviese hasta el curso del tiempo. ¿Y qué hallazgo mejor que el completo control del mecanismo de la supervivencia corporal, ese gran tema que yo estudiaba y que, de concretarse en una fórmula, podría atenuar la tendencia a la ruina que pesa sobre todos los seres? Pero mi tesis se demoraba tanto al dispersarse en múltiples sentidos, se complicaba tan irritantemente en los detalles de cada fase de la investigación, que, al levantar la vista detenida en un punto del intrincado esquema que cubría mi mesa, en vez de sorprender el rostro de la inmortalidad inclinado hacia mí, veía irse acercando con las manos vacías al jubilado ilustre que yo iba a ser. Un movimiento brusco de mi pie pisaba


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mentalmente el acelerador. Me era necesario el toque de gracia, la gran jugada de fortuna que pusiera en la mano, de contar con el favor de la materia, la molécula inédita capaz de doblegar esas inercias que van lastrando el organismo humano hasta hundirlo en la tierra, y que concedería al ser privilegiado que acertase con ella la clave de la vida. No es que pretendiera convertir el mundo en un inmenso asilo de ancianos (eso, seguramente, vendría más tarde, cuando los viejos y sus votos presionaran a los políticos exigiendo un suplemento de años con la pensión), sino retrasar la vejez y sus taras en aquellos hombres de cuya madurez lúcida y prolongada se esperase una contribución a mejorar el futuro común. Favorecer la existencia sin condicionamientos temporales de una casta de sabios podría, a la larga, transformar el planeta y abrir paso a una nueva Humanidad, la de los verdaderos seres extraterrestres; tales eran los sueños a los que con frecuencia me entregaba para aliviar la lenta progresión —si es que cabía hablar de algún progreso— de la tarea experimental. Todo estaba dispuesto alrededor. Mi campo de acción, progresivamente ensanchado tras cortés y encarnizada pugna con los otros catedráticos, ocupaba ya un ala del vetusto edificio. La conquista del espacio, con sus exigencias guerreras, reclamó en un principio mi presencia constante en las avanzadillas, y expuesto al fuego enemigo permanecía en las dependencias exteriores, donde la figura del jefe consolida el territorio anexionado. Era un placer pasear con el rector por el pasillo vecino, reteniéndole con temas sugestivos mientras pasaban a nuestro lado los demás profesores al ir y venir de sus tareas, caballerosos rivales que con una inclinación de cabeza reconocían, al fin, las jerarquías. Pero en los últimos tiempos ya no me exhibía tanto, complaciéndome más la exploración de las profundidades del Departamento, e incluso distancié la participación en los congresos científicos, en los que comenzaron a representarme los colaboradores más allegados, que partían con credenciales análogas a las de los embajadores que distribuye el monarca en las cortes amigas. Mi experimento más personal había sido formar aquel grupo selecto


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de estudiosos, de composición tan equilibrada y compleja como esas grandes moléculas en que se engloban dinámicamente los componentes más heterogéneos. Reclutados entre los mejores alumnos que he tenido, la vocación común armonizaba los distintos temperamentos y hacía de amortiguador de los encontrados deseos de prelación; entre ellos supe repartir atribuciones y rangos medidos con regla de cálculo, a fin de mantener la necesaria e inestable conjunción entre las partes que espolea las facultades personales y extrae de los roces luminosas chispas. Sometidos a prolongada tutela, ahora les permitía una libertad apenas vigilada que iba delineando las figuras individuales, y bien seguro de su lealtad me aislaba en el fondo de la fortaleza, donde llegué a habilitar sobre un patio interior, en espacio ganado a un recodo muerto, una pequeña pieza, refugio íntimo que utilicé finalmente como dormitorio. La primera noche que pasé allí, solo entre los muros de la institución secular, comprendí que la sapiente piedra había terminado, valiéndose de mí, por engendrar su propio corazón. ¿No intuí algo de eso cuando llegué a aquel centro, desde el rincón provinciano donde incubaron los ambiciosos sueños de la adolescencia? Siempre que me aproximo a la gran puerta de la Universidad, con el escudo en lo alto y las estatuas alegóricas agitando el ropaje en su docta danza sobre la cornisa, veo parado ante ella al muchacho que fui, caído de la luna en una ciudad extraña, con su indomada crin de potro, espantados los ojos y el traje ceñido a un torso en expansión que distiende las costuras de la prenda que le cubre desde hace algunos años. Ahí está aún, bastante más real que esos borrosos transeúntes que suponemos vivos porque arrastran su sombra por la acera, la cabeza levantada hacia la altura, plantando cara al reto de la piedra, con lo que deja al descubierto en el centro del cuello el inquieto cartílago que registra la ansiedad del instante y a cuyo flanco se ingurgita la yugular brava de la edad. Su proyección actual, el profesor maduro lleno de dignidad en quien nadie sospecha tal origen selvático, se dirige con paso mesurado hacia la puerta del palacio donde enseña y habita, seguido por miradas respetuosas que no enfrentan la suya ni alcanzan nunca a ver al doble que camina


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con él y sólo queda atrás cuando penetra en el vestíbulo y el bedel más antiguo depone su arrogancia en un saludo rendido. No necesito ni siquiera volverme para vislumbrar por última vez, en un contraluz espectral, al joven clavado ante la historiada fachada donde la sabiduría le abre los brazos, tras esperar siglos este momento en que él se le acerca. Resultaba evidente que cruzar aquel marco signaba la existencia, exigía un tributo, y yo me sometí a esas condiciones. Me rodearon pronto bulliciosos camaradas que confundían el ardor juvenil con la vocación y trataban de seducir a la Ciencia como a una hembra fácil. Desconcertados por su esquivez, ante la imposibilidad de forzarla desertaron pronto para seguir caminos más trillados de la medicina. Sólo algunos platónicos permanecimos fieles en el laboratorio, ante el altar donde el cuerpo desnudo de la materia (los mil resortes de la fisiología y el rastreo de los vectores químicos que utiliza la vida para activar el cuerpo) reclamaba un minucioso culto. Entregados a él fuimos, en cierto modo, poseídos y haciéndonos esclavos de la ciencia, frígida diosa que incitaba sin dar y nunca permitía más que una leve aproximación. Así se concertó la relación que mantendríamos en lo sucesivo: un deseo persistente y jamás satisfecho que iba a ligarnos a ella de por vida, ansiosos de ensayar cautelosos tanteos sobre encantos ocultos, bien estudiados antes en teorizaciones, para arrancarles, como más, una mínima prenda, un átomo robado al gran arcano. Análoga pasión a la que consumió a los alquimistas y, en vez de propiciar la juventud, terminó aniquilándolos. Quizá se aproximaron demasiado al fuego. Por eso yo me apartaba a tiempo, retrocedía un paso y, orillando el camino seguido hasta entonces, esperaba una revelación. Me gustaba pensar que la ciencia quería retenerme como amante nocturno para algo prodigioso. Así llegué a creerme corazón de la piedra: la Universidad era yo. ¿Hasta qué punto aquella reclusión en el Departamento suponía una huida? Aunque evitase hacerme preguntas tan directas, no íbamos a negar que pasara algo de eso. La casa se me hacía insoportable. No por la soledad; al contrario: yo les temía allí a


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otras presencias. Tantos muebles y objetos vigilando mis pasos por las habitaciones silenciosas terminaron por personificar a demasiados seres, sombras perdidas, voces que se extinguieron dejando colgada en el aire una última palabra; y esos fantasmas que en un tiempo dirigieron mi vida querían seguir haciéndolo, valiéndose de los remordimientos que acosan siempre a los que quedan. El recinto del laboratorio, en cambio, es mi propio terreno, secreción de mi yo, la inexpugnable torre del castillo. Tantos años consumidos entre estas paredes sin gustar hasta ahora su esencia secreta, que se hace patente cuando todos se van. El brillo de los vidrios, las soluciones coloreadas que se alinean en los anaqueles, la ebullición de un compuesto dando sentido al pulso de la hora, todo alrededor se acomoda a mi espíritu y estimula el cerebro, que parece expandirse. Mido con mis pasos la extensión del reino, mientras dejo que la Universidad se vaya vaciando. La última ronda la hacen las limpiadoras, a las que hay que evitar de pieza en pieza. Concretado el silencio, inmóvil ante la mesa de trabajo espero una señal: la conmoción que se producirá cuando se unan las hojas de la gran puerta exterior y se aseguren por dentro con una barra metálica, verificado lo cual el vigilante se retira a su habitáculo, otro agujero en los gruesos muros, aunque una noche que me deslicé por la puertecita del jardín botánico, que se abre a una calleja posterior siempre desierta, me lo encontré en un café cercano jugando su partida, un vecino más del viejo distrito, y ambos nos ignoramos en un acuerdo tácito, si bien noté que desde que me vio él tiraba las cartas sin levantar la voz. ¡Qué placidez la de las primeras veladas! A salvo de las obsesiones que me asaltaban últimamente en casa, podía probar mi libertad contemplando mi rostro en el espejo sin que surgiera tras él o se insinuara en sus mismas facciones otro ajeno espiándome. La mirada demencial del abuelo ya no destellaba en mis ojos y era un alivio encontrar en su fondo el alma propia. Me he zambullido en esas aguas quietas en busca de mí mismo, por más que no dejase de observarme ese otro que siempre queda fuera, el hombre en que el tiempo nos ha convertido y que sólo a regañadientes aceptamos ser. Prefiriendo ignorarle, entre los


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párpados marchitos del profesor maduro acecho el brillo pupilar del joven científico que aún vive en él, y a su través aparece enseguida el muchacho insaciable que sigue alimentándose de mis entrañas. Pero todavía existen más, pues desde muy lejos, al desenfocar la visión, vi ayer que me miraba un niño triste al que reconocí en un sobresalto, y así he rehecho la integridad de mi persona en este resguardado rincón de la Universidad vacía, en el cuartito oculto del Departamento. Como el cataléptico a quien enterraron por error despierta en su tumba, mi yo disperso resucitaba en el nicho colgado sobre el patio. Pero la vida, al irse acreciendo con tantas corrientes que a ella afluían, pronto amenazó con desbordarse. Cuestiones no resueltas, soslayadas siempre, comenzaron a serme planteadas. El hombre de pasiones frenadas por la disciplina quería realizarse sin más dilación, acosando a ese guardián ya débil que encuentra ante sí y que le mira temeroso desde este lado del espejo. Y el muchacho que está siempre al quite se muestra todavía más expeditivo: «Si se pudiera acabar con el viejo, pasar sobre su cuerpo y alcanzar nuestra independencia...». Yo comprendo sus prisas y hasta los aliento, aunque por ser depositario de la vida común tenga que ser garante de su continuidad y no existe otra opción que la de convivir con este cuerpo usado que es nuestro patrimonio, lo único que nos queda, y aprovecharlo como mejor podamos en un proceso de remodelación. El rostro parece disponerse por su cuenta a ello, ya que a una cierta edad se cuartea la máscara, las arrugas son grietas que la van rasgando y todo tiende a disolverse en una lamentable vacuidad. ¿Qué se podría probar a hacer con tantos materiales de derribo? Los recién llegados, por lo pronto, los movilizan, obligándome a dar largas zancadas de extremo a extremo del Departamento, aunque al final, ante el espejo, volvemos a encontrarnos con lo puesto, esa maldita cara cuya mueca habitual, clavada allí por la costumbre en torno a la boca, ya nos resulta aborrecible, y aunque tratemos de borrarla con un esfuerzo de la voluntad vuelve a incrustar su sello amargo al menor descuido. Habría que camuflarla con el trazo diversivo de un bigote o un asomo de barba, tanteos cautelosos que se irán perfilando con los


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días y que uno bien quisiera ocultar, sin otra ayuda que la mano interpuesta o el pelo que se hace resbalar sobre la frente al bajar la cabeza, a los testigos de las transformaciones que irán apareciendo por la mañana y cuya mirada sumisa y penetrante temo tanto. Aquí los tengo, a mi pesar, cada día, con su sonrisa exactamente dosificada según el grado de jerarquización que los aproxima al jefe. Son mis discípulos, los integrantes del Departamento que me deben todo, especie de familia que espero perpetúe mi nombre —eso les da su beneficio—, y a los que he transmitido, junto con la ciencia, los tics y singularidades de mi carácter y alguno de los gestos. El lazo de la corbata, la mano en el bolsillo de la bata, ahí están imitándome casi sin saberlo, de un modo instintivo. Réplicas de un modelo, a un paso de distancia y tan lejanos... En ninguno de ellos podría encontrar un confidente, ni siquiera en ese más afín que se delata apuntando en su frente, con un golpe de dedos, el esbozo de fleco que acaba de descubrir sesgando la mía. Cuando me rodean, en la hora inicial durante la que planeamos la labor del día, situados ante mí en un perfecto arco de círculo, se hace patente tanto su entrega profesional como su reserva afectiva. Mientras escucho las sugerencias que hacen (sin siquiera mirarlos puedo prever lo que dirá cada uno en un momento determinado, y conozco el significado de una risa breve o de un falso golpe de tos como intento de neutralización de la idea formulada por el amigo rival) acostumbro a medir con la vista, de la punta de mis pies a la de los suyos alineados en torno, el inalterable radio de ese círculo. Sólo en una ocasión reciente salvaron la distancia, viniéndoseme encima: fue cuando les mostré el electrocardiograma que me habían hecho para aclarar unas molestias presuntamente estenocárdicas. Oí entonces muy cerca, sentado ante la mesa sobre la cual extendí la gráfica y ellos arracimándose sobre mi cabeza, el jadeo de sus respiraciones, un tanto entrecortadas por la ansiedad con que buscaban en el trazado la premonición de una vacante en la cátedra. Eran muy cautos para soltar palabra, pero no sabían todavía controlar ese otro lenguaje más significativo que mueve en la garganta sonidos


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guturales. Casi sentí defraudarles por la normalidad de la prueba, y algo debieron de leer en mi mirada irónica cuando alcé la cabeza, dada la rapidez con que restablecieron la primitiva alineación, los ojos bajos, como escolares cogidos en falta. «En fin, nunca puede estarse seguro...», me vi obligado a decirles para levantar un poco su ánimo mientras reía por dentro, disculpando el excelente estado de mi corazón con esas frases estereotipadas que emplea el médico para salir del paso. El círculo de hielo, la campana de cristal... Conozco bien tales barreras. Me crié en una familia regida por la autoridad omnímoda del abuelo paterno. Aislado en su despacho sobre la oficina controlaba los negocios y la vida de todos con mano de hierro. Jehová en el Sinaí, dictaba la ley a los elegidos, como lo era mi padre, que le comunicaban con el pueblo, mientras éste oía sólo, a lo lejos, los truenos que corroboraban la invisible presencia de la divinidad. En fechas señaladas recibía a los nietos tras la mesa en que se entronizaba, y encima de la cual, por mucho que uno estirase el cuello, apenas si alcanzaba a ver la imponente cabeza en la que las hirsutas cejas blancas se entendían nada más con el fiero bigote y el resto de la creación quedábamos fuera. Tan inasequible parecía, que los más pequeños, como me sucedió a mí por un tiempo, se conformaban contemplando, no el busto vivo del anciano, sino su réplica en bronce que presidía la escena desde un plano más alto en la pared del fondo. Uno de los mayores era el encargado de tartamudear la fórmula de felicitación, y si, haciendo acopio de valor, se atrevía a tutearle, un carraspeo llegado desde arriba le acallaba enseguida; y yo siempre creí, por el tono metálico y muy áspero de esa admonición, que era el busto de bronce el que reconvenía al osado. Luego hablaba la mesa, pues aquellas palabras retumbantes y heladas no podían ser humanas y sólo a una engreída talla de madera se le ocurre tratar de usted a unos chiquillos, que se iban cabizbajos, hundiéndose en las escaleras, mientras el reloj que regía desde la repisa de la chimenea la hora de nuestras vidas continuaba su marcha imperturbable, completamente ajeno a la aceleración de los corazones infantiles, bajo su gran campana de cristal.


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Con el tiempo, la figura del abuelo se instaló también en la memoria bajo una hermética campana transparente. Sólo en sus últimos años salió de ella buscando la aproximación, cuando enloqueció después de la quiebra. Había dejado de conocernos y nos daba otros nombres, pero intentaba una caricia y entonces le huíamos. Obligados, a veces, a darle cara, avergonzados por su ternura, en la que el tuteo que empleaba era como una lamentable petición de limosna, nos inmovilizábamos ante él, y así, tensos y mudos, veníamos a ser las figuras de bronce que guardaban la campana vacía del reloj. Encerrarse en una madriguera, ensimismarse, resulta muy tranquilizador en principio, pero a la larga es peligroso si no se dispone de alguna vía de escape. Esa salida protegida a otro lugar del bosque buscaba ahora yo, agitado por la rebelión del hombre, de los hombres interiores. Asomado a la estrecha ventana de mi celda miro hacia abajo, al fondo del patio, o al cuadrado de cielo que alcanzo con esfuerzo girando la cabeza, confinado en un campo de visión tan angosto como cuando enfoco el binocular del microscopio. Imágenes reflejas, limitadas, ahí, enfrente de mí al extremo del tubo, topes de la mirada donde los ojos que quisieran hallar una posibilidad de evasión quedan atrapados. Y aún los mismos ojos, ¿no son un engañoso portillo a través del cual nuestro cerebro, preso en la mazmorra craneal, atornillado al hueso de por vida, busca una imposible libertad? Atisbar por la mirilla del búnker: eso es todo lo que se le permite al condenado. ¿No me habrá conducido hacia este túnel la misma orientación profesional que yo creía iba a abrir para mí un panorama inmenso? Mi carrera, a esa luz, se me presenta como la perniciosa manía de un voyeur que al reducir paulatinamente su área de observación del organismo al órgano, del tejido a la célula y siempre más allá, a cualquier borde del detalle, tentado sin cesar por la minucia nueva que se entreabre, incitante, en cuanto amplía un pequeño punto de la zona estudiada, llega a perder contacto con la base de partida —consigo mismo—. Yo dominaba la materia, cuya infinita variedad creía poder concretar finalmente, al modo de los


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iluminados, en una fórmula definitoria del Universo, relacionando lo general con lo particular mediante un guarismo, pero mi persona quedaba siempre fuera. En el Todo armónico faltaba mi Yo, y quedar reducido a ojo investigador o cerebro especulativo lo sentía como una amputación, sin conseguir resolver el conflicto por resistírseme, dentro de una operación más delicada, otro guarismo que me integrase por entero en el gran concierto. Cuando llegaba, casi siempre a deshora, a estas conclusiones, la inquietud me hacía huir del cubil. Más de una noche en la calle me vi perdido. Hice la travesía del sonámbulo por la cornisa de la irrealidad hasta encontrarme, finalmente, decidido a todo, e incluso el cuerpo ensayó una aventura que no quisiera recordar —mejor considerarla un mal sueño: la solución no estaba ahí—. Con más frecuencia mis pasos me llevaban escaleras arriba, hacia el Observatorio de la Universidad, donde un sabio extranjero acogido en exilio montaba la guardia junto al telescopio. Era aquel un lugar por encima del mundo, que se alcanzaba trepando por una escotilla hasta encontrarse bajo una anchurosa cúpula transparente. «El casquete polar», me gustaba llamar a la burbuja, pues en los meses fríos se podía ver cómo los cristales de hielo iban bordando sus cenefas por la convexidad de aquella nave que flotaba sobre la ciudad. El extranjero, tan incapacitado para las lenguas de la cultura como experto en el morse de los astros, me recibía con un gesto que quería ser cordial y repetía siempre — quizás no dispusiera de ningún otro—. Imposible comunicarse con este marciano, a no ser descifrando los destellos de la luz en el grueso cristal de sus gafas. Conducida por su enfoque y la indicación previa que me hacía en el mapa estelar, mi mirada burlaba la gravedad terrestre y la suerte de represión centrípeta a que nos somete el sistema de fuerzas del Cosmos para alcanzar mundos distantes, esplendorosos pero inhabitables, sólo accesibles para el ojo, zarzas ardientes del espacio o grumos de ceniza que, mientras ardieron, se creyeron estrellas inmortales. Y aquí, como siempre, asomado a la lente poderosa quedaba aislado yo, y era lo mismo contemplar desde lejos la vida que acercarse mediante el microscopio o el telescopio a sistemas ajenos que


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no admiten nuestra integración, ya que uno es siempre el extranjero que desconoce la palabra que sirve allá de contraseña. Faltaba el instrumento que, enfocado no desde mi ojo sino a través de él, permitiese llegar hasta el fondo del alma —vamos a utilizar esa palabra— para ajustar con un rayo de láser el engranaje que chirría. Algo imposible, en fin. Puede que, en algún siglo atrás, atizando esa alma me hubiera vuelto llama, pero en el tiempo en que vivimos el hombre es ya también en tal sentido una estrella muerta. Caía en el lecho del cuartito con tanta ansia insatisfecha que, nada más dormirme, una potencia nueva despertaba en mí dispuesta a compensar los rechazos del día con los acuerdos más gratificantes, valiéndose para ello de los pequeños universos que encontraba a mano. Así, me hacía penetrar en el orden estricto que rige las colonias microbianas, cuyos cultivos, dispuestos en precisas líneas geométricas sobre la superficie de las placas de Petri, guardábamos en el laboratorio, y yo sacrificaba con gusto mi individualidad para incorporarme al proyecto común en la constelación de esférulas brillantes, aunque en las noches malas aquel sistema no se entreabría del todo y, como más, establecía en torno al visitante un arco respetuoso. Otras veces mis ensueños retomaban las fórmulas químicas en las que había trabajado poco antes, sin ningún resultado, hasta el agotamiento, y las hacían felizmente factibles, ablandando el rigor de los elementos que cedían sus derechos para ofrecerse a mil combinaciones, mostrándose tan maleables que, de pronto, encarnaban de cierta manera, de modo que el oxígeno, casi ya humanizado, parecía sonreír, y los enlaces que sellaban las fórmulas tendían los brazos para conducirme, vamos a decir, al seno del carbono o al mismo corazón del nitrógeno, algo así como al centro de la tierra, y podía ver hervir el primer borbotón de la materia orgánica en ese instante único en que es tan dúctil que se pliega a todo. Yo hundía las manos en la masa candente sintiéndome ya dueño del gran secreto de la vida, pero bien lejos de pensar en huir con él y utilizarlo en provecho propio, prefería fundirme con la misma creación y, de rechazo, cruzar de un tranco el resto de la noche.


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Hace unos días, cuando emergía reconfortado de una inmersión como ésta, la noticia de la desaparición del profesor V. me hizo perder de un soplo, al trastornar mi ritmo respiratorio, la potencia que había acumulado. Aquel famoso compatriota que, desde su destino en una Universidad de ultramar, venía siguiendo una línea de investigación bastante próxima a la mía y en quien me empeñaba en ver un oponente, al eclipsarse sin dejar una huella se revelaba como alguien muy cercano, un amigo especial con el que se tiene tanto en común que el trato apenas cuenta, y que, al salirse del encuadre, decidía dar el paso que yo posponía. Alguien habló de un posible secuestro o de los manejos de alguna cancillería que se valiese de coartadas políticas para robar proyectos de importancia estratégica —sus originales estudios sobre la supervivencia humana en el espacio exterior, así como su conocido inconformismo, le hacían pisar campos muy avanzados—. Un par de años atrás coincidimos en la conmemoración del centenario de la Universidad central de un país del Este, presidiendo juntos una sesión solemne en memoria del adelantado que desde su laboratorio, un tabuco perdido en los sótanos de la Universidad, casi debajo de aquella luminosa Aula Magna donde gustaban de exhibirse los figurones de la ciencia, supo intuir con una antelación de casi un siglo los fundamentos de la inmunología, registrando sus datos en un cuaderno de trabajo recientemente descubierto. Cuando intervine, hablé con la emoción del que aprovecha el lance para desarrollar, apoyándose en otro, la parábola de su propia vida, y notaba la extremada atención que ponía V. en mis palabras. También desde la primera fila una mujer bellísima y ya no joven captaba todo. Su mentón elevado en un gesto soberbio que la aislaba de las demás personas ofrecía la boca en primer plano, dejando libre la línea del cuello, al que la edad apenas conseguía marcar. Mis ojos, y también los de V., pues ella se entregaba así a los dos, resbalaban por aquella columna de alabastro ceñida en su base por una cinta negra. Al terminar el acto, su mano enguantada buscó las nuestras. Tanteamos en rápido sondeo un idioma común para cruzar media docena de frases que los ojos no necesitaban. «¡Vamos, hay que


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atreverse a dar el paso!», dejó caer V. en mi oído. («A dar el paso»). La dama se había ya despedido y V., sin dudarlo, la siguió, volviéndose al llegar a la puerta para hacerme un amago de señal, un gesto insinuante con el que parecía invitarme a imitarlo, como con su conducta pienso que quizás repite ahora. Me iba quedando solo. Ni siquiera hacía un mes que B., mi rival de la Universidad Autónoma, había muerto repentinamente. Aquella larga pugna personal, sostenida con los tiros cruzados de las comunicaciones científicas que atacaban los flancos del adversario sin citarlo nunca, al querer ignorar la teoría que socava la nuestra, daba fin de una maldita vez dejando despejado el horizonte. En un aparte que tuvimos —las últimas semanas nos veíamos muy poco— el rector insinuó la posibilidad de que, ahora, la Autónoma, que atravesaba uno de sus periódicos desfases económicos, tratase de ganar el favor —y los fondos, ¿por qué no decirlo?— del Ministerio a través de nosotros, y al revisar los agujeros de su presupuesto —el ministro está muy disgustado; allí nada cuadra—, podríamos sugerir que eliminasen algunas investigaciones demasiado costosas que no hacían más que duplicar las nuestras, sin otro afán que rebatirnos. «Con un laboratorio que trabaje en eso basta y sobra», dijo el rector, mirándome de lado. A mí me pareció que lo que sobraba, aparte de tal expresión, era aquel modo de catalogar mi estudio simplemente como «eso», pero opté por callarme para no entorpecer la voladura del fortín rival y porque yo también iba a tener que ganar su favor para nivelar nuestro presupuesto. El laboratorio, locomotora lanzada a la carrera sin un destino fijo, consumía demasiado combustible y habría que forzar, según lo acostumbrado, el estreñimiento rectoral con el señuelo de un éxito cercano. «La gloria será tanto del investigador como de la autoridad que supo respaldarlo», ideas sobreentendidas de ese tipo, sugeridas más que formuladas. La gloria, sí, palabra que estaba dispuesto a soltar sin sonrojo si fuese necesario, puesto que ahora, sin el acoso de la crítica, íbamos a movernos con mayor libertad, incluso verbal. Destruido el enemigo, mi cátedra ya podría levantar la voz y asentarse a sus anchas en la posición de vanguardia que le correspondía, sobre una altura


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donde alcanzáramos a ser los primeros en descubrir la salida del sol. Y daba la impresión de que el mundo entero, con la atención puesta en nosotros, se mantuviese igualmente a la espera. El interés sobre nuestros trabajos, circunscrito hasta hace poco tiempo a los medios científicos, comenzaba a ser compartido por círculos más amplios. Una prestigiosa revista americana había alertado a las mentes despiertas. Por el momento esa curiosidad no resultaba demasiado agobiante, como si respetaran la reserva de quien tiene entre manos la suerte de todos; afortunadamente, porque si me acuciasen, ¿qué podría ofrecerles? Mi hipótesis sobre la reversibilidad del proceso de envejecimiento, tanteada en el diseño químico, estaba lejos de poder trasladarse al banco de pruebas de los seres vivos. Acallaba mis propias impaciencias diciéndome que el paso más difícil (aquí sí que me atreví un día a darlo), la intuición decisiva, se había realizado, y que, en último caso, en mis cuadernos, como en los de aquel adelantado, encontrarían, quizás, dentro de medio siglo, cuando se dominaran técnicas más sutiles, la llave de la longevidad implícita ya en el recodo de una formulación a la que le faltase apenas un apéndice, una vuelta de tuerca para llegar a detener la muerte. Y si, ahora, desde mi atalaya sólo veía brillar alrededor la arena del desierto, es precisamente sobre esa arena estéril —me animaba pensando— por donde se deslizan los solitarios buscadores de oro, que avanzan de rodillas palmeando la tierra y fiando su suerte a un olfato infalible. Otra muerte reciente, la del buen X., corazón tierno que ha resuelto un embrollo sentimental tardío mediante un infarto, viene a avivar mis prisas. Queda muy poco tiempo por delante, ya no cabe la huida y hay que apostarlo todo en un pulso al destino. He vuelto al microscopio agitado por una gran ansiedad. Las manos me tiemblan y la artrosis que apunta en alguna de las articulaciones de los dedos se me antoja el grillete presto a inmovilizarme. El enemigo ya está dentro de casa, ha penetrado el ladrón que nos despojará, pero yo estoy dispuesto a hacerles frente... Y la placa de vidrio que sujetan mis dedos escapa de ellos y se estrella en el suelo.


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Por el contrario, la mañana en que llegó la orden oficial me encontraba exultante. Había dormido bien, y desperté con la gozosa sensación de quien estrena el cuerpo y nota que su mente tiene más poder. Conservaba del sueño la impresión sin memoria de haber percibido una gran claridad. Por eso recibí al amanecer como se merecía, sentado en el lecho y extendiendo los brazos hacia el rayo de luz que por un intersticio de la ventana cerrada se acercaba a traerme el favor de los cielos. Fue un momento inefable: el reducido espacio de la habitación parecía ensancharse y una doble visión, una prodigiosa profundidad de campo me hacía sentir casi al alcance de la mano todo lo que buscaba en los últimos tiempos. Enseguida me senté a la mesa de trabajo, abrí mi cuaderno y rehice las fórmulas. Alguien manejaba mi pluma con tal rapidez que los signos que se iban agrupando en la hoja me resultaban casi ilegibles, pero seguía escribiendo, arrebatado. Cuando entró L., el veterano adjunto —muy temprano llega éste hoy, pensé con fastidio—, por más que el reloj se aproximase a la hora habitual, quise aparentar que no le había oído para mantener el flujo de la inspiración, pero el encanto se esfumó. En cambio recobré mi letra, aunque para bien poco me valía; los caracteres resultaban tan perceptibles y bien ordenados como carentes de significado. Una ola agria se revolvió en mi interior contra L., «ese cretino que arrastra los pies y pisotea las ideas ajenas». Por cierto, hoy no los arrastraba, lo que casi negaba su presencia —juraría que entró, ¿dónde se ha metido?—. Giré con cautela la cabeza y le vi parado cerca de la puerta, escrutándome con una expresión que me chocó. Nada del gesto manso acostumbrado; había en su actitud un malsano interés, y en la mirada una absoluta falta de respeto y una pregunta casi audible: «¿Qué hace este hombre aquí sentado?». Pero yo estaba en el sitio de siempre y comprobé con un repaso rápido que ropas y postura eran las correctas, aunque para mayor seguridad —¡pobre de mí!— abotoné mejor el cuello de la camisa y ajusté la bata. Y, de pronto, me sentí desnudo y hasta me sonrojé al revivir una situación parecida. Fue la tarde de mi juventud en que regresé a casa llevando en el bolsillo los datos de laboratorio


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que condenaban a muerte a mi padre, y encontré al enfermo tan tranquilo, instalado en la vida con la misma naturalidad que en el asiento de la butaca, en cuyo brazo había doblado su periódico para resolver el crucigrama, que no pude traspasar la puerta de la habitación y di a mis movimientos posteriores, cuando él se volvió, una torpeza sospechosa que captó enseguida. Ahora era L. —así lo comprendí en un segundo— quien traía la sentencia, aunque yo ignorara todavía mi delito. La comunicación ministerial, a pesar de sus sellos, ha sido un clarinazo que el interesado fue el último en oír. Seguramente ya se esperaba desde unas fechas antes. La indisposición del decano, en vísperas de la cita que concertamos la semana anterior para hacer números, encaja con otros síntomas patológicos que afectaron a la población de mi entorno componiendo una peculiar epidemia. El espinazo del bedel perdió su flexibilidad, la voz de L. subió un tono en la última sesión clínica, el reticente profesor A., que procura pasar sin saludarme, se interesó ayer por mi salud con una insistencia que me hizo consultar con el espejo, examinando minuciosamente mi lengua sin sospechar que era él quien, a mi través, hacía la burla de mostrarme la suya. El resto de los integrantes del Departamento entró esta vez en bloque, precedidos por el cuchicheo de pasillo en que acuerdan su plan. Alertado por el comportamiento de L., los espero con la respiración contenida e inclinado sobre el microscopio para guardar las formas, aunque sin percibir más, por el binocular, que el impacto cegador de la luz en el fondo del ojo. He reconocido el conciliábulo: era así como los familiares decidíamos un gesto alentador común antes de abordar la habitación donde mi padre preparaba su viaje final por la laguna. Las ventanas permanecían cerradas, pero llegaba desde el balcón, al fondo, alguna llamarada intermitente que iluminaba los confines del tártaro. Ni siquiera faltaba en el jardín el ladrido del can. Mi flamante título de médico me obligaba a asumir el papel de barquero, y las preocupaciones que venía a añadir una enredada herencia nos hacían a todos relegar la pena para fijar la mirada en la moneda que portaba en la boca el moribundo. En cambio, éstos que me rodean parecen


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traerse ya repartido el legado. Absoluto silencio en el despacho: no perturbemos el sueño del cadáver, cuidado no vaya a ocurrírsele levantar la cabeza. Así se oye acercarse el paso del destino, confundido al principio con el sobresalto del corazón y mezclado al final con la carrerita del bedel que se adelanta a anunciar desde la puerta: «el señor secretario». Es el gran funcionario en persona, poniéndole a la carta que trae protegida en el pecho el último sello de oficialidad. El nevus que ostenta en la mejilla a modo de credencial el imponente secretario retiene mi atención en ese instante decisivo. Nada cuenta fuera de los límites de una mancha ominosa que atrae la mirada como si en ella estuviera inscrito mi oráculo. Alrededor del nevus, los ojos en sus bolsas, la nariz pendular, los rebosantes labios y la papada que corresponde a tal personaje giran en órbitas excéntricas hasta encajarse de una vez y componer una expresión sonriente. «Quisiera ser el primero en hacerle llegar mi felicitación...». Pero el nevus descubre la burla encubierta en la fórmula y me dispara al rostro su salivazo tintado. Todos los miembros de mi equipo están en pie, y alguno se vuelve de espaldas haciendo que tose para ocultar, tal vez, la risa. «El viejo se nos va...». «Tengo el honor de hacer llegar a Vd. su nombramiento de Jefe del Gabinete Médico que cuida la salud del muy ilustre...». No necesito leer más en el pliego, repleto de cargante prosa administrativa. Lo doblo meticulosamente, ganando tiempo para la reflexión; luego devuelvo el papel al sobre y aliso muy bien éste, pero por mucho que haga por neutralizarla la orden va activando las puertas de salida, que comienzan a abrirse una tras otra y me señalan sin apelación la calle. La del despacho, que el señor secretario forzó en principio, deja ver la del Departamento con sus hojas de par en par también, y al fondo del largo pasillo se divisa un tremendo boquete que debe de corresponder al antiguo portón, echado abajo. Todas las barreras que me protegían han sido allanadas y se me obliga a escapar por pies. Ya baja chirriando el puente levadizo, que tendré que cruzar al galope si no quiero verme lanzado al foso como última broma de los centinelas.


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Cuando uno de mis antecesores en la cátedra, cuyo nombre —bien famoso en el mundo hoy, por cierto— todos en el país hemos preferido olvidar, hubo de salir también corriendo, las bombas incendiarias caían a racimos sobre la ciudad y, al menos, la tragedia individual gozó de una espectacular puesta en escena, permitiendo que la imaginación, cuando evoca ese lance, desvíe a su gusto la línea sesgada de una de las bombas para que alcance la techumbre de la Universidad, que ya comienza a arder; ahí viene el profesor abrazando unos libros de los que se desprende algún papel que, al absorber el fuego, dibuja a sus espaldas un reguero de llamas que son como las huellas del hombre que huye... ¡Un espléndido cuadro! Algo bastante más insulso y, por contra, más arduo va a ser cruzar mañana a paso sosegado esos interminables corredores que veo sucederse hasta un punto cercano al infinito, desde cuyos recodos atisbarán mil ojos, surgiendo aquí y allá una mano que se alarga para despedirnos y darnos luego un amistoso empelloncito en dirección a la salida, no sea que engañados por la palabra amable se nos vaya a ocurrir volver atrás. Y nos alejaremos para siempre del espacio que habíamos forjado como una armadura a nuestra medida, el diminuto cuarto donde creímos ser grandes y esperamos en vano el milagro de una revelación. Nuestra incapacidad ha sido descubierta. Día a día, sin duda, estos últimos años han ido anotando la gradual disminución de caudal de la fuente y, al cabo, la estatua que adornaba el caño seco ya no fue obstáculo para que precintaran éste. «En fin de cuentas, es lo mismo que hicimos con el pobre Z.», comprendo, abochornado. Una precoz arteriosclerosis tapió las conexiones neuronales de aquel cerebro nunca demasiado permeable, y todos nos lanzamos enseguida a acabar con él. Sugerida la muerte, quiere decirse la jubilación anticipada, el reo no entendió la insinuación. El decano, entonces, ensayó sus dotes diplomáticas con la familia y terminó seduciendo a la esposa, lo que, por otro lado, retrasó varios meses el procedimiento administrativo. Parece que veo a Z. gatear por la acera hacia la puerta de la Facultad, doblando un bastón que le libra de lamer el suelo


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y con la fachada cayéndole encima. A veces uno de sus auxiliares hacía de cirineo y le obligaba a forzar el paso tanto como ansiaba activar la movilidad del escalafón. El nubarrón de la trombosis se adensaba a ojos vistas sobre aquella vacilante cabeza. Internado temporalmente en una clínica, nuestro Departamento aprovechó la circunstancia para anexionarse al laboratorio de enzimología que compartíamos con su cátedra (fue el año en que creí posible retrasar la involución de los seres vivos reforzando una enzima, como el que sustituye una tuerca corroída por la herrumbre). Cuando el enfermo regresó a su despacho y entré a saludarle, alzó penosamente la mirada desde los bajos de su silla para pedirme sin palabras una explicación, que le ofrecí de forma también muda mediante la sonrisa llena de tolerancia que acostumbramos a dar de limosna a un débil mental y una cariñosa palmada en la espalda que casi lo aplasta. Un acceso de tos vino a cubrir el espacio que no ocupaba el diálogo. Esperé cortésmente a que recobrara la respiración y luego tuve a bien hacerle una propuesta: «¿Por qué no se va usted un par de meses a las islas? El aire del mar alivia mucho estos procesos y hay quien llega a curarse. Yo mismo pude comprobar en una ocasión...», mentí, por piedad, pues cuando me enternezco me cuesta retenerme. Sobre el charco fangoso que su tos había removido planté un grupo de gráciles palmeras y le dejé oreándose con la brisa que agitaba blandamente las curvadas hojas. También a Z. terminaron por trasladarle a una supuesta asesoría honorífica que el ministerio se inventó para quitarlo de en medio. Parece que en sus clases comenzaban a brotar las burlas; el estudiante de medicina suele gozar de buena salud. Hubo la consabida invitación a cenar por parte del rector, a la que Z. acudió solo (era incapaz de comprender el hombre los bruscos cambios de humor de su esposa por aquellos días). La velada tuvo sobre él un magnífico efecto. Inquietado por cierto resquemor de conciencia hice por verle antes de que se fuera de la ciudad y me contó. El rector estuvo amabilísimo, como acostumbraba cuando despedía para siempre a alguien, y aseguró que andaba pensando en crear una beca de estudios en memoria de Z. (lo que equivalía


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a un epitafio). Tenemos un rector que no nos merecemos, y es evidente que piensa muchas cosas mientras cruza la pradera del campus y levanta la mano para saludar desde lejos a los profesores, con un gesto especial para cada uno y el efecto común de mantenerlos a suficiente distancia, pero hasta la fecha solamente había dado su propio nombre a un premio especial fin de carrera al más brillante licenciado del año. Fue después de la cena, en un momento en que el anfitrión salió del comedor, cuando Z. notó en sus anquilosados miembros los mágicos efectos de la psicoterapia. La dueña de la casa, ni más ni menos, se le insinuó desde el otro extremo del largo sofá. Todo consistió, al parecer, en una frase ambigua que Z. no podía precisar palabra por palabra, algo sobre los cuerpos y las almas, cuyo sentido intensificó la mujer con un seductor balanceo de cabeza. El marido volvió antes que él pudiera reaccionar, pero fue suficiente para que el torrente sanguíneo afluyese a sus piernas, dormidas las últimas semanas y que ahora despertaron de golpe. Z. me lo contaba excitadísimo mientras medía a zancadas la anchura del despacho. Con ese mismo impulso salió de la Facultad como una tromba, antes de quedar definitivamente atornillado a su silla, a la que pronto hubo que ponerle ruedas. El diablo sabrá lo que ha sido de él. Y aquí estoy, a mi vez, en el comedor del rectorado, admirando el brillo del mantel bajo las luces de la araña de bronce, que extiende sus brazos hacia los confines del imperio, hasta donde alcanza el poder. El rector se confiesa orgulloso por lo que supone para la institución mi nombramiento. «Es una muestra de que se nos conoce y se aprecia el trabajo de todos los que aquí, sea en el laboratorio o desde cargos de Gobierno...», ya salió aquello. «Por eso la Universidad se siente honrada...». Al menos no ha soltado lo de «timbre de honor», que utiliza el decano. —Claro que, tratándose de estudiar a fondo un caso tan asombroso de longevidad, no podían menos de pensar... —y


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como pocas veces cierra sus períodos me quedo sin saber lo que pensaban quienes me eligieron, pero, en cambio, barrunto lo que él está pensando por la expresión de alivio que hoy destila, propia de aquél que ha conseguido librarse de una carga. Dejémosle enredarse con los cabos sueltos de sus frases hechas. Ahí, en la pared que tengo enfrente, al otro lado de la mesa, veo algo que me interesa más. Es un lienzo de la escuela flamenca que, casualmente, viene a anticiparme el paisaje urbano que voy a encontrar en mi nuevo puesto: tejados de pizarra muy pendientes en los que se escalonan hileras de pequeñas lucernas, fachadas de ladrillo entre vetas de piedra que rasgan estrechísimas y altas ventanas, alguna henchida copa de árbol desbordando de un patio y, en primer término, un canal manso sobre el que cae a plomo el cielo del norte. El arte del pintor trasfunde idealidad a la materia, pero la dureza de un mundo ajeno y frío permanece latente bajo las suaves pinceladas, y eso lo advierte de inmediato quien acaba de oír que le destierran a esas latitudes, mientras otros ojos distintos, los del viajero ocasional o el turista, no escarban más allá del barniz del cuadro y quedan encantados con el pintoresquismo del panorama. —¿Le gusta a usted la pintura? —pregunta desde su maceta esa planta exótica que es la esposa de nuestro rector. Miro su rostro maquillado, un verdadero retrato al pastel, con el sobresalto que nos causa siempre la acentuación de la policromía femenina, y contesto con una evasiva. El rector, que por su parte nunca escucha a nadie, sigue con su tema: —Un viejo así es precisamente lo que usted, sin saber, andaba buscando, la fórmula «in vivo», ahí la tiene... Pues, como de costumbre, la naturaleza nos trae a la mano lo que el esfuerzo de la ciencia nunca sería capaz de... El mozo de comedor retira el plato. Un corto silencio y, enseguida, vuelta a lo mismo: —Porque un hombre tan viejo, tan viejísimo, viene a representar... —se detiene, y como el concepto se resiste a ser articulado, el que habla no tiene más remedio que callarse y utilizar las


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manos para extraer lo que no encuentra salida oral, y es así como veo brotar entre sus dedos de prestidigitador un cuerpecito aovado y palpitante, recubierto de pelo espeso y suave: un gracioso cobaya. Con el asado viene la deferente explicación a la esposa: —Figúrate, querida, que ese anciano está a punto de conocer un cuarto siglo de la historia del mundo. Con sólo abrir los brazos —y pudo dar la medida del gesto valiéndose de la amplitud de la mesa, que nos mantenía convenientemente separados— el siglo dieciocho —su mano señalaba hacia mí— enlaza, a través de él, con el veintiuno... —la puerta de la pieza vecina, hacia donde ella mira con cierta aprensión, ya que una mujer teme siempre no estar vestida de modo adecuado para esas ocasiones imprevistas. Pero, por fortuna, quien aparece es el sirviente, que estira el cuello para ver si hemos terminado. —Cuatro siglos... ¡Qué horror! —se le escapa entonces, mientras comprueba con los dedos que sus arrugas se mantienen a raya. —No lo tomes enteramente al pie de la letra. Se dice para redondear, a falta de datos exactos, pues el rarísimo ejemplar procede de una zona que fue muy castigada en la última guerra y donde todo ardió hasta consumirse. Ningún documento se salvó, los cadáveres quedaron sin nombre y los supervivientes prefirieron olvidar el suyo para evitar las represalias. Nuestro hombre apareció en un poblado de los bosques, el único resto entre las cenizas. Era la viva estampa de la muerte, una muerte viejísima, aquélla de los primeros tiempos de la humanidad, un fósil del período terciario que, por milagro respiraba. Se ve que su carne, demasiado dura... Tanto el tenedor como el cuchillo se nos caen de las manos a la señora de la casa y a mí, aunque el dueño continúa atacando al asado. —Como te decía —suelta entre dos bocados— nos faltan fechas. La antigüedad, desde luego, es evidente y supera todo lo conocido. Dicen que impresiona, tira para atrás... La punta de la servilleta sella la boca de la dama, cuyas espaldas retroceden cuanto les permite el vertical respaldo de la silla.


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—Durante muchos años nadie se acordó de él. ¿A quién podía importarle la suerte de un viejo después de una tragedia en la que las bajas sumaban millones? Fue bastante más tarde, una vez que el país se alzó de nueva planta y, para compensar, hicieran inventario de las antiguallas que quedaban en pie, cuando un testigo de la liberación habló de aquel matusalén que las tropas vieron al cruzar el bosque, y alguien, un periodista con vocación de arqueólogo, decidiese buscarle. Los centenarios troncos calcinados, las cuñas de reforestación, la vida renovándose a ras del suelo, entre los matorrales, y allí, en la maraña vegetal, el increíble viejo... Pero en esta casa no le dejan a uno imaginarse nada. Hablan, hablan... —¿No les daría miedo acercarse a él? —suelta enseguida la señora. —¿Miedo? ¿Y eso, querida? No se trataba de ningún ogro. Lo que más bien temieron los funcionarios que llegaron después tuvo que ser el fraude, y de ahí su insistencia en exigirle algún justificante. «¡Vamos, preséntenos usted inmediatamente los certificados! ¿A quién se le ocurre vegetar de ese modo, sin ningún control? Nosotros no podemos consentir...». ¡Qué gracia! Ahora se solicita nuestra sonrisa, y hasta el mozo que se lleva los platos debe relajar un poco sus facciones, aunque cuando vuelve empujando el carrito de los postres veo que recobró la impasibilidad. —Por fortuna, ya pertenece a la ciencia, y un consejo médico internacional que, según creo, va a presidir usted, estudiará su caso extraordinario. Ahí lo tenemos: a las puertas de un nuevo siglo él aparece llegando desde muy atrás, en el fondo del tiempo, y viene... Una rueda del carro da un ligero bote en un resalte del parqué, y una manzana que bien podría ser una amarilla y arrugadísima cabeza humana reducida, se desliza desde la fuente de fruta a la alfombra y, tras corta carrera, choca blandamente con el talón de mi zapato. —El hombre ya es nuestro. Se lo ha ganado usted, profesor; le pertenece.


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—¡Qué orgullo para todos! —exclama ella. En el iluminado comedor sólo aquello que luce tiene consistencia. —Pues ya ves: han tardado muchísimo en decidirse a conceder al caso la importancia... —Y eso en un país que se preocupa tanto por las ballenas. El rector se atraganta con su fruta y acude al vaso de agua. —Pero ahora —dice en cuanto se recobra— lo catalogaremos entre los bienes que pertenecen a la humanidad, lo mismo que se hace con los grandes monumentos, y a usted le corresponde, precisamente... —Lo mismo que un gran monumento —le interrumpe ella, excediéndose en su función de coro—. Igual que una pirámide. —O la esfinge, querida; una esfinge que nos reta con el enigma de la inmortalidad. Y para resolverlo, la organización europea de salud que tutela el estudio ha elegido... ¿y a quién mejor? — me mira sonriendo. Pienso si no será el momento de pulsar ese «timbre de honor» al que acude el decano. Ella sonríe también, a la vez que hace por expresar una galante admiración. —En principio, cuando tuve noticia de la iniciativa, pensé en negarme a dejar salir de la Universidad... —y para mentir cierra los ojos, igual que los niños—, aunque luego pensé... —Ya sabemos que el Rector piensa mucho. —Pero dado que su Departamento queda bien atendido... »... además el Ministro me hizo ver... —alcanzo a oír cuando mi oído recobra su función, pasado el efecto del timbrazo de alarma que sus palabras anteriores descargaron sobre mi cabeza. »... por más que sea sólo temporalmente, tal como espero, es muy penoso ver marchar... —¿Y dónde guardan a ese viejecito? La ingenua pregunta femenina tuvo la virtud de devolverme el gusto por la situación y me arrellané en el extremo del sofá, ante la mesa baja donde nos habían servido el café, dispuesto a disfrutar de la velada como si se tratase de una animada representación teatral. Ahí están, moviéndose de acuerdo con las reglas del arte, el director de la compañía, al que le es imposible reprimir su afición a salir a escena, y la actriz veterana encasillada desde


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hace treinta años en papeles de damita joven. Los gestos, de tan repetidos, se descuidan a veces, y las frases van siendo recitadas a turno de manera un poco mecánica, además de ser previsibles para quien conozca algo de teatro, pero el espectador mantiene la sonrisa ya que es la esencia propia de la farsa, el fingimiento, la doble intención, junto con el brillo de las luces y hasta la silenciosa presencia del mozo, que cruza las tablas y subraya a su paso el clima ambiental, lo que da a la comedia su punto justo. Este personal paladeo me distrajo tanto que apenas si me apercibí de la salida del rector, que se fue por el foro después de musitar alguna excusa, dejándome a solas con su esposa en el largo sofá. Presiento que ha llegado mi turno y me acaban de dar la alternativa para que intervenga en la ficción. ¡Qué compromiso! Ni siquiera he leído mi parte y, para empezar, me falta la entrada, esto es, la palabra final del personaje que acaba de irse y en la que he de apoyarme. ¿Cuál fue la excusa del rector? Creo que el sirviente se había acercado a decirle algo. ¡Ah, ya! Se trataba del nieto, el pequeño que pasa con ellos algunos fines de semana y no puede dormirse si el abuelo no sube a apagarle la luz. Todo ha quedado en suspenso en la escena. La mujer, recostada en su ángulo del sofá, me mira de reojo. No se mueve, nada se mueve aquí e incluso yo casi ni respiro. En el espacio que nos separa adquiere súbita importancia un hermoso cojín bordado con la figura de un pájaro exótico, pues los dedos de ella, que seguían distraídos la línea de las plumas, comienzan a avanzar centímetro a centímetro, pero con decisión, hacia la multicolor cola del ave, junto a la cual —y ahora me doy cuenta del descuido— he dejado olvidada no sé cuándo mi mano. Ambas extremidades parecen llamadas fatalmente a encontrarse si continúa el progreso de esos dedos, que me transmiten a distancia una gran inquietud. —Así que se nos va, querido profesor... El tono es calidísimo, aunque la voz suene en falsete. La dama carraspea; se ve que quiere poner en correspondencia sentimiento y dicción.


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—Le voy a echar mucho de menos, se lo aseguro. —La calidez aumenta porque noto que empiezo a sudar. —Si supiera que desde que le conocí a usted... —palabras que se escapan como a su pesar, casi inaudibles. Su cabeza inicia un movimiento autónomo sin dejar de mirarme, y parece invitar a un paso de danza o quién sabe a qué más. Ignoro a dónde llegaremos; por lo pronto el café ha perdido su gracia y me deshago de la taza, volcándola en la mesa torpemente. —Muchas veces las almas no saben valerse de los cuerpos para unir los destinos. ¿Dónde he oído esa estúpida frase de novela sentimental que me deja helado? ¡Ah, sí, recuerdo! El pobre Z... Y puedo comprobar su curiosa influencia sobre el sistema vascular, porque la sangre que abandonó mi organismo durante unos segundos afluye luego con violencia a las mejillas. Pero yo no soy el infeliz de Z., tan sensible a estas tretas compensatorias de la diplomacia rectoral, y mi lengua se suelta: —No sé cómo se las arreglarán las almas con los cuerpos, pero ya que en esta casa se valen entre ustedes tan bien a la hora de apagar la luz al nietecito o al cesante, yo sólo les sugeriría que no repitieran siempre el número. Un poco de imaginación, señora; es lo menos que la víctima se atreve a pedir. La cabeza, que se balanceaba de manera tan dulce, queda inmovilizada en una extraña posición oblicua al cuello; parece que la cuerda que movía a la muñeca se ha roto. Pero aquí está de vuelta el marido. —El niño te reclama, querida. Dice que hoy te corresponde el turno a ti. El cuerpo femenino abandona el sofá, llevando a rastras a su alma alicaída. Así se alejan, lamentablemente, destinos llamados a caminar unidos. ¡ Ja! El rector bufa por lo bajo y no se recata de mirar su reloj ante el invitado; creí que iba a ponérmelo delante de los ojos, pero se conforma con dar por concluida la velada con una reflexión:


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—Los niños y los viejos son caprichosos y no resultan fáciles de contentar. A saber qué le esperará a usted con su paciente; seguro que tendrá que aguantar muchas impertinencias. Y cuando me traen el abrigo: —Es una verdadera lástima... Me hubiera gustado crear una beca de estudios que llevase su nombre, pero acabamos de agotar los fondos en una especial en memoria de Z. ¡Pobre Z.! La estructura de piedra de la Universidad, cerrada a cal y canto, se asentaba en la noche sin filtrar ni una sola luz. Mi casa, de aspecto casi tan hostil, al menos me entreabrió un resquicio. Era muy tarde y estaba cansadísimo de dar vueltas por las calles desiertas. Así regresarán los vampiros en busca de su féretro, aunque ellos lo hacen reconfortados con el botín de sus encuentros nocturnos y, en cambio, yo me siento igual que si me hubiesen desangrado.


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Capítulo segundo

Contaba con un par de semanas para ultimar mis asuntos aquí y trasladarme a una ciudad cuyo solo nombre ya daba impresión de lejanía. Poco tiempo era para cubrir esa distancia teniendo antes mil cosas que hacer, mirar tantos papeles, eliminando la mayor parte de ellos sin dejar cabos sueltos y así poder sellar la casa, pues difícil iba a ser regresar a un lugar del que salía degradado. Una tarea como esta tiene mucho de balance final y obliga a una paralela revisión de la vida, que termina con signos de ceniza en la frente y una amargura inevitable. El aislamiento que antes buscábamos hasta considerarlo una conquista, se hacía notar punzantemente ahora al no encontrar alrededor puntos de apoyo. Ni una persona de las que conocía se acercó a ofrecerse o a mostrar interés, y el teléfono se mantuvo mudo. Solamente un vecino, en el espacio entre dos pisos en el ascensor, abrevió el saludo para añadir unas palabras y fueron tan improcedentes que, en adelante, evité la ocasión de escuchar otras. Temía ser objeto de una curiosidad malsana o sorprender miradas de conmiseración, de modo que a los tres días de cortar mis costumbres —los paseos a la Universidad, la motivación para unos movimientos— me vi encerrado en casa, sin atreverme ya a salir. La mínima gestión que obligase a acudir al banco, o a una oficina administrativa, suponía una causa de inquietud y planeaba esa escaramuza como una batalla. Comprendí que había que escapar, dejando la vivienda como quien se va de vacaciones y piensa recobrar a la vuelta el pulso cotidiano, con los materiales que han quedado dispuestos sobre la mesa del despacho. En cuanto llegué a esa decisión, toda mi actividad se desplegó alrededor de aquella mesa, volcando en


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ella lo que me había dolido destruir. Antiguos diarios personales, cartas, fotografías, hasta una confesión de mi padre escrita en circunstancias críticas sepulté allí, en una verdadera transferencia de sujeto a objeto que me alivió mucho. Aparte de los libros imprescindibles que debía manejar y que salieron por anticipado abriéndome camino, otros muy diferentes con los que tuve siempre relación, esos textos con los que dialogamos, quedaron ocupando mi lugar en la butaca junto a la pantalla de las largas veladas. Y al llegar el momento de la marcha, cuando iba ya a cerrar la puerta, me volví, dejé sobre ellos el sombrero y me noté completamente aligerado. Abandoné la ciudad a una hora temprana, echándole un pulso al amanecer. Los únicos humanos a la vista eran los del servicio de limpieza que regaban las calles y que eliminaron rapidísimamente mis últimas huellas. El que cerraba el grupo, medio adormilado, volviéndose a ciegas desde una esquina barrió los cristales del taxi con su manguera como si quisiera borrarme a mí también. Son los riesgos a que uno se ve expuesto cuando desciende de su pedestal y utiliza un medio de transporte cualquiera para acercarse a la estación. Porque un viaje que corte de tal modo una vida y tenga —para mí, al menos, muy audible— su música trágica de fondo, encaja tan mal en un tren provinciano como una ópera en un teatrillo de barrio. La ocasión bien pedía algo parecido a un barco de buen tonelaje, un trasatlántico consistente y gris para enmarcar mejor la gran escena y rubricar su dramatismo con espectaculares bramidos de sirena, pero el océano queda demasiado lejos de esta ciudad labrada por la historia en la inmensidad de los campos. Y aún así, razones suficientes tenía yo para exigir que la tierra se hendiera en una brecha de centenares de kilómetros, permitiéndole al mar tender un brazo que convirtiese en muelle la acera de casa. Entonces habría salido del portal con el gesto apropiado, tan difícil de componer cuando se nos obliga a doblar el cuerpo y agachar la cabeza para subir a un taxi —que rebaja más nuestra dignidad golpeándonos la cresta con el corte metálico de su dintel si la genuflexión no fue suficiente—,


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me acercaría al bordillo hasta el que llega la espuma de las olas y dejaría vagar la mirada un instante —sin claudicaciones, desde luego, elevando el mentón como hacen los hombres que saben dominar su circunstancia— sobre la inmensa masa móvil en cuyo seno está incubando el Sol. Un astro bien distinto al vagabundo del espacio que comienza ahora a desperezarse en la zanja donde acaba de pasar la noche, y se sacude, allá en el horizonte, el polvo que se le quedó adherido al cuerpo. Testigo importuno que vendrá a asomarse enseguida a la ventanilla del tren, y al que quiero ignorar cerrando los ojos y haciéndome el dormido, para evitar al tiempo una última mirada a esa ciudad que hasta casi ayer consideraba mía. Tierra, tierra... Demasiada tierra a babor y estribor, tenaz y parda, sin apenas relieves, tan seca como la prosa de la vida. Afortunadamente, para llegar a mi destino —y aunque sea al final— tendré una embarcación en la que cruzaré un lago al que las cartas geográficas regionales dan el nombre de mar. Pero esa preciosa miniatura que ha inspirado, según creo, a algún compositor, quedaba todavía muy lejos, ya que había optado por dar un rodeo en mi aproximación a la frontera para visitar una pequeña villa del norte en la que se desarrolló, igual que una secuencia cinematográfica, un significativo verano de mi niñez. Fue la muerte de un familiar adinerado y sin herederos directos, que partió sin testar, lo que obligó a mi madre a trasladarse allí llevándome consigo, para disputar su bocado en un corro de hienas. Había olvidado cómo se llamaba la población, tan semejante en nombre y aspecto a otras varias vecinas que se alinean una tras otra en un valle anchuroso y en torno a la vía principal de comunicación con la capital, y apenas recordaba de ese nombre el sonido de una vocal dominante, lo que de poco me iba a servir, ya que, recientemente, todas las localidades de aquellas provincias fueron rebautizadas en la cerrada lengua regional, y los naturales no admitían las referencias a las anteriores denominaciones. Me bastaba tenerla registrada en la memoria como «la villa de los velos de luto». Debajo de esos velos, en


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los interiores en penumbra, un grupo de voraces mujeres descolgadas de las múltiples ramas del árbol genealógico al olor del botín se acosaban incansablemente, organizando sucesivas alianzas que intercambiaban cada hora sus miembros. Todas se llamaban «interesadas» unas a otras, poniendo en el dicterio un inmenso desprecio, y yo me agachaba cuando la palabra cruzaba volando sobre mi cabeza como un bumerán, mientras mi madre, en los momentos más apurados, juraba que sólo estaba allí para proteger mis intereses, lo que dejaba sin coartada a las demás mujeres, estériles las que no célibes. A veces, al final de un día muy agitado, alguna, como último argumento, invocaba la presencia del muerto para que manifestara su voluntad. Deteniendo la respiración yo miraba hacia arriba, y tras comprobar con alivio la momentánea tranquilidad del aire echaba una ojeada a la puerta y luego a la ventana, en la que se iban concretando las inquietantes sombras nocturnas. Lo peor venía unas horas más tarde reptando por el sueño, y así me desperté una madrugada al pisar la húmeda escalera del jardín. Por suerte, la vieja criada de la casa estaba siempre al quite. ¿Por qué se me ocurrió volver allá, aprovechando los días ganados con mi precipitada salida? No sabría responder. Me dejé llevar por un impulso, y ahora, mientras el tren atravesaba al bies tres o cuatro provincias descubriendo paisajes tan diversos como si pertenecieran a naciones distintas, analizaba los motivos que siempre me hicieron colocar aparte aquel rincón norteño. Parecía muy extraño que un lugar relacionado con la idea de la muerte resultase de recuerdo tan grato. ¿Contaría, simplemente, el alejamiento del hogar propio, donde mis padres casi ya no se hablaban y la convivencia había dejado hacía tiempo de ser agradable? ¿O, más bien, la ventaja de mantener allí un mayor contacto con mi madre, a la que el luto transmutaba en viuda? Finalmente pensé que el solo hecho de librarme durante unos meses de la tiranía de los primos mayores atenuaba cualquier otro temor. Con recordar a los primos se explicaba uno todo. Mi niñez fue una etapa de dura competencia con aquellos salvajes. La pugna


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entre mi padre y sus hermanos por atraer el favor del abuelo envenenaba las relaciones dentro de la familia, y los pequeños lo pagábamos siempre, incluso en nuestros juegos, que adquirían enseguida un sentido cruel de ajuste de cuentas. Ese verano supuso para mí un alivio: aunque la pelea —con otros combatientes— siguiese alrededor, era una refriega divertida porque las mujeres hablan mucho y las cosas no pasan de ahí. Además, allí se respetaba mi condición neutral, y al ser el único niño de la casa podía cruzar sin peligro la línea de fuego, siendo bien recibido en los distintos campos. Y si, con la complicidad de la criada, franqueaba a escondidas a la hora de la siesta el portillo que abría el jardín trasero a una calleja, «la villa de los velos de luto» se convertía por encanto en «el poblado de la gente sonriente» para el pequeño forastero, que encontraba al final de la misma calleja, en la herrería, o en los comercios de la plaza, bajo los frescos arcos, y en la caseta del paso a nivel las tardes que me alejaba más, nativos dispuestos siempre al diálogo amistoso, que procuraban salvar las distancias de su lengua propia con una simpatía bien inteligible y la apertura a la caricia. Todos poseían una maravillosa cualidad: sabían sonreír, y eso era nuevo para el niño —«carita seria», me llamaba la mujer que nos traía el pan a casa— hasta que fue aprendiendo a imitarlos, y comprendió gracias a ellos que la vida podía ser más humana, y bastante más fácil de lo que por costumbre resultaba para él, en los valles del norte. Pero ahora el poblado, que había sido engullido por el crecimiento de la selva urbana, presentaba otra cara bastante más hosca. Empuñando un paraguas, bajo la fina lluvia en que termina resolviéndose allí la tristeza del cielo, recorrí durante un par de días el rosario de pueblos similares, unidos por edificios recientemente levantados en los espacios intermedios, lo que borraba los perfiles y hacía muy difíciles las localizaciones. Nunca llegué a saber con certeza qué terreno pisaba. La casa del recuerdo podía estar aquí —aunque, desde luego, no a la vista— o en la villa de al lado, es decir, uno o dos kilómetros al este o a al oeste, escondida entre los nuevos bloques, ya que de los antiguos núcleos


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de población poco quedaba en pie. De los numerosos chalecitos con jardín alineados en calles sosegadas, al estilo del nuestro, sólo encontré desperdigados unos supervivientes, que ni siquiera tenían el consuelo de esperar el final de sus días en compañía de sus afines (las excavadoras rugían cerca) y, tan perdidos como lo estaba yo, hablaban para sí como hacen los ancianos, estremeciéndose a cada momento con el paso de los camiones por la carretera vecina. El miedo se extendía por las hileras de edificaciones y se emboscaba entre los materiales de derribo que delimitaban los nuevos solares. Alguna vieja casa, muy orgullosa de su alcurnia, aparentaba no saber que estaban levantando a su costado la pared de cemento de algún advenedizo, aunque la afrenta la sufriera ya uno de sus balcones laterales, mordido en sus molduras por los andamios del intruso y a punto de lanzar un grito. No vi que ningún transeúnte prestase oído a esas voces inarticuladas que tan distintamente percibía yo. Ellos circulaban de prisa y en silencio, «iban a lo suyo», mirándose con recelo de lado. Si me dirigía a alguno para preguntar algo, inclinaba la testa hacia el suelo y dando un hábil quite me dejaba atrás. Yo era, en la corriente de la calle, un solitario islote que alzaba la cabeza y captaba todas las vibraciones, actitud sospechosa para el policía que comenzó a seguirme a cierta distancia. La última tarde quise acercarme al río, que se desliza más allá de las vías del ferrocarril, por el borde del valle, y que de pequeño me había seducido con su facha de feliz trotamundos al toparme con él en una correría, pero el acceso estaba cortado por una barrera. Me puse entonces a buscar con la mirada la línea de follaje que le acompañaba desde siempre echándole un brazo por el hombro y marcando su rumbo, sin poder descubrirla por ninguna parte. Toda la ribera había sido arrasada, y del río, invisible desde mi posición, seguramente muerto, se desprendía un hedor que al alcanzar mi olfato me hizo retroceder. Al volver hacia la población por un camino poco transitado, a espaldas de las casas de la carretera, quedé sorprendido por el aspecto que ofrecían las traseras de aquellos edificios. Las paredes estaban cruzadas por grietas profundas y apuntaladas para evitar


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que se desplomasen. Numerosos boquetes, que en ocasiones dejaban sin resguardo a casi todo un piso, descubrían el interior de habitáculos donde tenía lugar, como en un sistema de escenarios superpuestos, la cotidiana representación de la vida ante los ojos del curioso: una mujer ocupada en la cocina, un hombre afeitándose, un viejo que trataba de ponerse una chaqueta, cuyas mangas no conseguía embocar con sus torpes brazos. Lo que resultaba más patético era que aparentasen, a costa de un esfuerzo que endurecía sus rasgos, ignorar lo precario de su situación. La casa, y hasta el mundo, podían venirse abajo sin que la mujer dejara su sartén. Estaban condenados a seguir viviendo y querían persuadirse de que ello era una gran suerte. La visión me alertó y, a partir de entonces, di a mi recorrido un sesgo indagatorio. Lo que fui descubriendo me llenó de perplejidad. Toda la comarca estaba minada por un mal consuntivo que la corroía hasta el tuétano, con lo que ya casi no era más que una forma hueca. Bastaba detenerse ante el árbol que centraba una plaza recoleta, y que, por la leyenda inscrita en la verja que lo protegía, señoreaba, más allá de la plaza, la región entera con su abierto ramaje. «Árbol eterno de nuestra independencia... Igual que tú se mantienen en pie los ideales de los hombres libres...», leí a media voz. Palabras que emocionan a cualquiera. «Aquí tenemos este hermoso ejemplar centenario, un vivo símbolo...», me decía yo, impresionado al rememorar la serie de lances históricos desarrollados bajo aquellas ramas, cuando comprobé con un sobresalto que símbolo podía muy bien continuar siéndolo, pero de vivo ya no tenía nada. A pesar de lucir muy natural, el engaño quedaba patente a poco que uno se fijase. La corteza estaba revestida de una generosa capa de barniz, el tronco —por lo que mostraban algunos puntos de sutura mal cerrados— relleno de cemento, y hasta las hojas eran falsas, estando sujetas a la nervadura metálica de las ramas por un ingenioso dispositivo que permitía su movilidad. Una ráfaga de viento vino en aquel instante a darle cuerda al artilugio. «Tan resistentes como tú, los patriotas juramos...». Trataba de seguir leyendo la larga inscripción, pero otra racha ventosa más violenta me empujó fuera de la plaza.


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Yo ignoraba si el árbol seguiría manteniendo su ascendencia sobre el corazón de los patriotas, o si esos sentimientos no serían ya también artificiales; lo que resultaba evidente era el efecto de un modelo así sobre la villa. Algunas perspectivas del ensanche moderno contempladas de lejos el día anterior, me revelaron, al internarme ahora por ellas, su condición de simple efecto óptico, cuando no de telón que impedía el paso a zonas prohibidas. En una encrucijada noté como si me faltase el aire para respirar: se había hecho allí una gran bolsa de vacío, a la que trataba de contrarrestar un bosque pintado en la pared medianera de un vecino edificio abandonado, cuya fachada no tenía ni un cristal sano. También la mayoría de los habitantes había sufrido ese vaciamiento interior que deja al hombre transformado en autómata. Con su excelente aspecto de bestias bien alimentadas, al escrutar sus rostros descubría una absoluta inexpresividad. Los vi hollar con descuido los trazos que marcaban en algunas aceras la silueta de cuerpos abatidos allí en algún atentado, y cuya sangre añeja no conseguía borrar la lluvia. Incluso fui testigo de una escena increíble: me aproximaba por la ruidosa carretera a un paso de peatones regulado por un agente de uniforme, cuando desde una moto que surgió de una travesía lateral volando sobre la capa de aire de su alarido le dispararon a quemarropa. El agente cayó, y el grupo de personas detenido hasta entonces para dar preferencia a una larga fila de camiones aprovechó el momento para cruzar la calzada, casi rozando el cuerpo tendido de través en el paso de cebra, al que la mayoría evitaba mirar. Sólo una mujer de edad, vestida de negro, que llevaba de la mano a un niño pequeño, se detuvo en medio de la calle y se agachó para pasar la mano suavemente por la frente del caído. Luego, al incorporarse, fijó con insistencia los ojos en el rostro de los rezagados que cruzaban aún, mientras un camión pedía ya su turno a golpe de claxon. Y vuelta a la acera, se mantuvo en su borde hasta que llegaron dos agentes para hacerse cargo del compañero, en tanto el niño tiraba de su falda, levantando hacia la mujer la carita perpleja para preguntar a media lengua qué había sucedido.


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Nunca supuse que la enfermedad que afectaba a la región del norte fuera tan grave. Las noticias de prensa, al referirse a sucesos aislados —una algarada callejera, algún atentado—, no permitían componer el cuadro completo de la situación. La vida, se decía, continuaba allí; la muerte era sólo un accidente. Pero ahora comprobé de qué modo la muerte suplantaba a la vida, como el cáncer transforma las células vecinas con la intención —que sin duda estima muy sana— de hacer del organismo una floreciente colonia, y no para hasta acabar con él. ¿Y quién podría asegurar que el mal no estuviera extendiéndose, de una forma u otra, a todo el país? Había permanecido yo aislado demasiado tiempo, sin atender más que a mis propios sueños totalizadores, para percibir si la peste comenzaba a infiltrarse por los intersticios de la trama social. Pensando en ello —«hasta uno mismo...», me decía, casi sin moverme de un punto angosto de la acera, expuesto a los empellones de los transeúntes que parecían huir de las primeras sombras nocturnas— creí ver claro, y acerté a interpretar una serie de síntomas que antes me negaba siempre a admitir. Cuando llegué al hotel, poco más que una fonda familiar recientemente ampliada, iba tan enfrascado en estos pensamientos que apenas correspondí a las palabras que me dirigió, a modo de saludo, la anciana señora de la recepción. «¿Es usted médico, verdad?», debió de preguntarme, y yo hice un gesto ambiguo que la dejó cortada. En un par de intentos anteriores de conversación no había conseguido arrancar de ella más que algún monosílabo, y bien podía devolver la fineza. Todos los aborígenes, antes tan locuaces, tendían a la mudez, no sé si espantados por lo que veían o, y eso sería más espantable, porque no tuvieran nada que decir al respecto. El pasillo del piso estaba a oscuras y avancé buscando con la mano algún pulsador de la luz que no llegué a encontrar. Esos pasos a ciegas seguramente me internaron por un anexo que no conocía, pues el pasillo se prolongaba tanto que creí penetrar en una nueva dimensión del espacio o salirme del tiempo. En


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el chalet del tío —recordé entonces— las luces tardaban igualmente mucho en encenderse, por depender la zona de un transformador expuesto a continuas averías, cuando no a restricciones de ámbito más amplio, y en el intervalo de tinieblas que seguía a la tarde, las mujeres, siempre recelosas, se encerraban con llave en el silencio de sus habitaciones y sobre el campo de batalla de las piezas comunes se extendía una tregua. Yo, si podía soltar la mano de mi madre, iniciaba un cauteloso avance entre las trincheras de sombras, cruzando de puntillas ante la puerta del cuarto del difunto, al que sospechaba que él volvía por las noches, y salvado aquel terrible tramo conseguía llegar a la cocina, donde la criada cuchicheaba con la oscuridad en su lengua natal, suficientemente oscura también. En cuanto oía mi respiración jadeante —en el primer momento me era imposible hablar— encendía en mi honor, y a la vez, una vela y su abierta sonrisa, y hasta creo que era la gracia de ésta la que prendía el pabilo en chispazo espontáneo. «¿Qué cuenta el niñeto?», preguntaba, aporreando las palabras de esa otra lengua que se le resistía. «De noche el gato buscabo al gata». Aquellas frases que salían de su boca riéndose de sí mismas y firmadas por el único diente que quedaba a la vista me divertían muchísimo (el regocijo, ahora, saldaba cuentas con el miedo anterior), abriendo en la corteza del lenguaje brechas que daban paso a una expresión cordial que estaba por encima de las reglas. «Tita —le pedía yo en un respiro—, ¿cómo cantaba tu abuelo cuando se emborrachaba?». Y entonces ella hacía un gesto muy cómico para lanzar al aire un chorro de vocablos ininteligibles que al entrechocar soltaban chispas. La luz de la bombilla venía sin avisar a cortar la escena, y al sorprenderme en las posturas más desenfadadas, hasta tirado por el suelo, el niño retraído que aún pervivía en mí y era el que reaccionaba primero se encontraba como cogido en falta. Enseguida oíamos abrir una puerta y la voz de mi madre llamándome desde el fondo del pasillo. Una puerta, otra más, encontraba mi mano al tantear a ciegas la pared de aquel interminable pasillo del hotel. Al fin, el hueco abierto de una ventana que daba al patio me ofreció la posibilidad de situarme y un momentáneo descanso.


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Apenas si una residual claridad se desprendía del cielo, marcando los volúmenes de los edificios que circundaban la manzana, pero era suficiente para mostrar en el centro del amplio rectángulo un esqueleto aislado, un chalecito en ruinas que la especulación del suelo había encapsulado en un cerco de zarzas para elevar alrededor, en el perímetro de lo que seguramente fue su jardín, otras construcciones mayores que le daban la espalda. Los muretes y vallas que delimitaban los patios traseros de estas casas nuevas dejaban entre ellos un espacio de ramas y cascotes donde se pudría aquel viejo residuo. Sentí como si me empujaran por la espalda y adelanté el cuerpo lo que me permitió el vano de la ventana. Algo dentro de mí había reconocido el lugar antes que la memoria. Andaba ésta ocupada todavía con sus meticulosas comprobaciones cuando el niño interior ya estaba de vuelta desolado. No queda nada fuera de nosotros. El tiempo y las inclemencias exteriores destruyen siempre lo que el corazón se las arregla para mantener a resguardo; por eso resulta tan decepcionante encontrar lo que uno buscaba. Fiando en el recuerdo resistía el niño, y con él toda la arquitectura de su mundo; ahora la realidad echaba abajo aquellas construcciones, el niño se apartaba a un lado por negarse a admitir las evidencias y el hombre que lo había traído hasta aquí de la mano quedaba solo contemplando las ruinas. El espectáculo, por cierto, no tenía nada de agradable. Cerró la noche, pero no me moví de la ventana, obstinado en mirar más allá del patio y de la villa tantos de esos cercos ruinosos que cualquier hombre deja detrás de sí, ilusiones que se han venido abajo y se pudren entre los matorrales. Quizá sea la conciencia de tanta piedra dispersada lo que agita en sus lechos a los moribundos. Pero vivir, pensé, consiste en seguir levantando siempre nuevos muros. Con un movimiento brusco del cuello aventé la cabeza y me propuse no caer en trampas sentimentales. Estaba aquí solamente de paso y seguiría mi viaje al amanecer. En el hueco negro que tenía delante comenzaban a aparecer algunos puntos luminosos reconstruyendo, piso por piso, las casas vecinas, y abajo, en el costillar del chalet, brilló un instante la ráfaga de una linterna. Alguien merodeaba por allí, escabulléndose


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enseguida hacia un plano inferior, igual que si lo tragase la tierra. Por lo visto, no era yo sólo quien husmeaba la carroña; había más chacales. En ese momento los focos del pasillo dieron fe de vida y pude desandar el recodo que me separaba de la puerta de mi habitación. La encontré en su lugar, bien encajada en el marco, con el tranquilo conformismo de quien se atiene a sus limitaciones y al número que le ha tocado en suerte y no escucha reclamos, fuera del de la llave que conoce bien. «Entra ya, alma errática», parecía decirme. Obedecí, agachando un poco la cabeza, aunque el dintel no obligase a ello. No tardé en acostarme porque estaba cansado, pero con gusto habría dado un salto sobre las horas que restaban para subir al tren. Sentía el apremiante deseo de alcanzar la raya fronteriza. ¡Ah! Internarse sobre ruedas por otros países, dejándose llevar y, a la vez, con la sensación de que uno es completamente libre... Contemplar de lejos ciudades distintas a las que nos marcaron, con sus gentes ajenas, cuyos problemas no nos afectan, por lo que, al menos mientras dura el viaje, creemos volar muy por encima del batallar humano, llegando a hacernos la ilusión de que mudamos de personalidad cada vez que hemos de cambiar de moneda. «¿Su pasaporte, señor, por favor?». Aquí lo tiene; puede usted quedarse con él. Estoy harto de verme reflejado en la cara mustia de la foto. ¡No sabe cómo me revientan esos rasgos de dolorida sensibilidad! Le aseguro que desde hace unas horas, creo que fue a partir del último control, ya no me reconozco. En mitad de la noche alguien llamó a la puerta con los nudillos. «¡Doctor!, ¡Doctor!». Empleaban el término que obliga a contestar siempre. Gruñí de mala gana: «¿Qué pasa?». «Tenemos un apuro, doctor», reconocí la voz de la recepcionista, con el volumen justo para hacerse oír por mí sin despertar a los demás huéspedes. «Hay un enfermo grave en la casa y no encontramos ningún médico». ¿Cómo decirle que se había confundido, que yo no era un cualquiera, ni estaba sujeto a la servidumbre que encadena al


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médico asistencial? Pero, en realidad, ¿era esto así? ¿No me habían asignado un excepcional caso clínico, rompiendo el aislamiento en que desarrollaba mi magisterio? Ahora formaba en las nutridas filas de los profesionales a los que todos se creen autorizados a importunar en lo mejor del sueño. «¡Maldita sea!», solté entre dientes. Ya me tenían cogido. También la luz se mostraba renuente con el conmutador. «Estamos a oscuras, doctor. Hay una avería en la red del barrio», explicó la mujer, que parecía seguir al detalle mis movimientos a través del panel de madera. «Bien; espere». Me vestí como pude y entreabrí la puerta. Ella se había alejado unos pasos y permanecía casi vuelta de espaldas, haciéndose la ausente, como si aparentase no ser quien me llamó, y otra persona más atrevida, tras despertarme, la hubiese obligado a esperar allí a que yo apareciera. Pero en cuanto vi la vela que portaba en la mano, por una asociación de recuerdos, mi irritación se disipó y me mostré dispuesto a seguirla a donde fuese que quisiera llevarme. Por una escalerita de servicio muy estrecha subimos a otro piso, dimos vuelta a un pasillo más lóbrego que el de la planta principal y nos detuvimos ante la última puerta. Ella se asomó dentro y dijo dos palabras; otra señora de edad, quizá la dueña del hotel por su aire resuelto y el modo de distender las aletas nasales, se acercó a recibirme. —Usted disculpará —soltó muy de pasada, con el tonillo de los acostumbrados a mandar— pero nuestro médico está fuera, ninguno de los otros quiere hacerse cargo y este hombre se muere. Se trataba, por lo que me explicó en unas palabras, de un huésped muy antiguo, un trasto procedente —supuse— de la vieja fonda, arrumbado allá en el desván. «Está solo, no le queda nadie de familia y es un deber de caridad atenderle». Deber que me transfirió con un gesto, haciéndome penetrar en el cuarto y yéndose después con un inapelable: «Gracias, y buenas noches». La recepcionista también quería irse. «Si necesita alguna cosa o receta usted algo, tiene un teléfono en el pasillo». Y antes de


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que yo pudiera alegar nada me dejaron en una estancia extraña, un espacio irregular que sufría la opresión del tejado hasta hacerse casi inhabitable, con un desconocido que, en virtud de obligaciones profesionales que todos daban por supuestas, exigía algo de mí. Remiso a esos imperativos le contemplé a distancia, a la vacilante luz de la vela que ardía en la mesita, amenazada por las corrientes de aire. Por lo pronto no era más que un bulto entre las revueltas ropas de la cama, encajada en el ángulo donde la inclinación del techo venía a buscar el suelo. Algo habría que hacer, sí, ¿pero qué? Yo nunca había asistido a un moribundo, a no ser a mi padre, y eso apoyado en la práctica del veterano médico de la familia que tuteló mis pasos con un tacto exquisito, protegiendo al enfermo sin herir el susceptible amor propio del joven licenciado, a quien su brillante expediente académico le hace creer que sabe. Ahora me echaban aquel fardo a la espalda para que lo volcase en el vertedero de una forma medianamente digna, y aunque me resistía a ello, lo que quedaba en mí del estudiante de los cursos clínicos hizo un movimiento de aproximación al paciente, hasta ocupar la silla cercana al lecho. La sábana le cubría la cara casi por entero, dejando apenas ver el desnudo casquete craneal, de cuero amarillento moteado de manchas pigmentarias, pero, por debajo del lienzo, el hombre mantenía contacto con el exterior por el periscopio de la respiración. Incliné la cabeza y presté oído a los irregulares resoplidos. A unas inhalaciones profundas, en las que parecía dispuesto a tragarse todo el aire del reducido cuarto, seguían prolongadas pausas durante las cuales casi no alentaba. La sábana, entonces, se aplastaba sobre la nariz peligrosamente, hasta que un gruñido restablecía las comunicaciones. Aunque de poca ayuda le iba a ser yo, al menos sí podía aflojar su mordaza, por lo que adelanté con cautela una mano y liberé la cara. No recordaba cuándo tuve tan cerca un rostro humano, fuera del mío en el espejo. Llevaba muchos años esquivando tales contactos personales, esos momentos en que dos semejantes se aproximan para leerse la palabra en los ojos a riesgo de comprometer la


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integridad individual. Ahora yo lo hacía sin exponerme, aprovechando el estado del hombre para asomarme al flanco que descubre quien está dormido, la mascarilla relajada que ha quedado fuera de su sueño y en la que aparecen agrupados los órganos de los sentidos, cuya alineación más o menos correcta nos hace aventurar juicios sobre el valor de la persona. Pero de aquella cara poco restaba ya. Los años devoraron las facciones sin dejar otra cosa que los huesos. Sólo permanecía en pie el roído espolón de la nariz, sobre una sima en cuyo fondo gorgoteaba una burbuja de aire. La vida, a la que la vejez parece repugnarle por ser para ella un constante reproche, se afanaba en borrar el rostro de aquel hombre. La destrucción que tenía ante mí me hizo pensar en lo que me esperaba al final del viaje. ¿Qué aspecto del horror iba a encontrar allá? El mismo miedo urgía a adelantar las sensaciones para acabar con la ansiedad, y pensé que quizás pudiera echar un vistazo sobre el porvenir valiéndome de los ojos del viejo. Entonces cogí la palmatoria de la mesita, me aproximé más a la cama y, con movimientos de ladrón, acerqué los dedos extendidos de la otra mano a los cerrados párpados. Antes de que llegase a tocarlos, un ojo se fue abriendo lentamente. La mirada perdida, llegada de muy lejos, se dirigía a mí a través de un perezoso enfoque. Estábamos tan cerca que me vi reflejado en la pupila, donde ardía en primer plano la llama de la vela, pero él, teniéndome atrapado dentro de su ojo, en vez de verme debía de contemplar otra figura de su pensamiento porque los labios formularon torpemente un nombre. Una mano reptante surgió por un costado de la cama y se apoderó de la mía, que había caído inerme sobre la colcha. El Viejo quería hablar. Tomaba grandes bocanadas de aire para exhalarlo de vacío, sin lograr que vibrasen las cuerdas vocales. Al no encontrar salida, las palabras comenzaron a obstruir su garganta y las venas del cuello iban ingurgitándose. «Se va a ahogar», pensé. Agotado, dejó rodar la cabeza sobre la almohada y yo aproveché para librar la mano. Transcurrió un impreciso espacio de


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tiempo; sentía desplazarse la noche por mi frente y el sueño me vencía. Me despertó el gruñido del enfermo, que trataba de hablar otra vez. No podía irse sin decirle a aquel a quien veía en mi lugar las cosas que, sin duda, estuvo alimentando en su corazón muchísimos años. Al fin la voz consiguió abrirse paso y llegó hasta los labios, donde la arcaica lengua de la tierra, tan vieja y terca como el afán humano, articuló una críptica frase. Al ver que yo no le entendía, repitió las últimas palabras con angustia, casi desesperado. Creí escuchar la queja del propio país exponiendo el histórico pleito nunca bien comprendido y que estaba acabando por estrangularle. Con aquellas palabras llenándole la boca, el hombre murió. Ahora fui yo quien buscó su mano, a la que la mía no pudo retener —siempre nos damos cuenta tarde—. La vela, casi consumida, exhalaba una llama larga y humeante. Dejé pasar unos minutos antes de acercarme al teléfono y comunicar a recepción lo sucedido. La luz turbia del alba comenzaba a apuntar en el fondo del pasillo, donde se abría una ventana. Con pasos de sonámbulo volví a mi habitación, puse el despertador para una hora después y procuré que mi cuerpo resbalase hacia el sueño. Una violentísima explosión me arrojó de la cama. Oí ruido de cristales quebrándose, y un segmento del cielo raso del cuarto se desplomó entre una nube de cal. El huésped de reflejos más rápidos corría por el pasillo; otros abrían las puertas, haciendo preguntas que nadie contestaba. Seguíamos sin luz, y al tratar de subir la persiana ésta se trabó. Terminé de vestirme, cerré deprisa la maleta y bajé a recepción. Las dos señoras, ciñéndose aún la bata, atendían a la vez el desarreglo de su peinado y a los clientes que las rodeaban. La palabra «bomba» explotaba en las bocas de todos. «Ha sido atrás, en el patio», repetía la recepcionista, y su brazo extendido, escapándose tan largo como era de la manga, trataba casi de llegar allá. Por un corredor posterior irrumpió un policía con las ropas cubiertas de polvo. Los forasteros fuimos alineados en círculo y


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hubimos de mostrar la documentación. Me urgía tanto alcanzar el tren que, llevándole aparte, le hice ver mis credenciales. Me echó una rápida ojeada y se cuadró. Los demás miraban, interesados. La dueña cuchicheó entre sus adictos. Todo honor que rozase la casa se lo apropiaba ella; hasta los ecos de la bomba, ahora que el susto había pasado, eran aprovechables. Otro policía que guardaba la calle me dio su versión del suceso: —Volaron ellos, los terroristas. Siempre debía ser así, ¿no le parece? Manipulaban una bomba ahí, en los sótanos de una casa en ruinas, una nidada de ratas en el centro del patio. «El viejo chalecito», comprendí. Los restos del recuerdo se volatilizaron. Caminaba deprisa hacia la estación y ni una vez siquiera me volví a mirar. Nada quedaba atrás.


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Capítulo tercero

Cuando llegué a la ciudad donde debía embarcar me vi obligado a detenerme. La última bocanada de un huracán atlántico alcanzó el interior del continente para encrespar aquel lago siempre tan sereno, en cuyas aguas confluían apaciblemente tres naciones, haciendo zozobrar un transbordador, con lo que la línea de navegación quedó interrumpida. El elegante hotel balneario cercano al muelle, que al final del otoño reducía sus servicios, fue habilitado en unas horas para alojar la más heterogénea clientela. Hombres de negocios, viajantes, algún funcionario internacional y hasta un grupo de clérigos que acudían a un congreso, detenidos por fuerza, coparon todos los espacios libres. Los camareros, sorprendidos en su sueño invernal, parecían ignorar las nuevas circunstancias y circulaban entre la multitud con la ceremoniosa parsimonia con que atendieron los meses anteriores a las damas ociosas que entretenían las pausas de su cura termal componiendo figuras en los sillones del salón de té, ante las vidrieras que daban al lago. El viento rugía en el exterior, y las aguas, picadas y revueltas, se cruzaban en corrientes contrarias entre insultos de espuma. También en los salones del hotel el mal humor generado por la obligada espera provocaba pequeños altercados, y el director hacía valer su autoridad exponiéndose a los ojos del público en los momentos más comprometidos. Al estar bloqueadas las carreteras secundarias que bordeaban el lago —el vendaval, se nos explicó, había derribado gran cantidad de árboles—, la posibilidad de seguir viaje por un trayecto alternativo se complicaba extraordinariamente, por lo que tuve que comunicar mi retraso al lugar de destino.


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No debía éste de quedar demasiado lejos de la orilla opuesta. Desde la azotea cubierta del hotel escruté la región hasta donde la bruma me lo permitía. Había allí un catalejo, montado sobre una plataforma panorámica, donde se señalaban determinados puntos del contorno del lago: una torre vigía, un faro, las ruinas de un castillo medieval y, en la orilla este, a unas veinte millas de distancia, una montaña que servía de frontera. Los nombres de las poblaciones cuyas torres emergían de los bosques, grabados en la superficie de metal sin omitir ni una de sus excesivas consonantes, daban cuerpo con su peso fonético a una perspectiva más supuesta que real a causa de la niebla, y uno se quedaba con los nombres a falta de una imagen mejor. No estaba entre ellos el de la ciudad, donde me esperaban (esa zona quedaba ya fuera de campo), pero sí otro que me sonó enseguida a conocido, sin que, por el momento, pudiera precisar más acerca de él. Estas incitaciones, y el aburrimiento que supone una espera, me hicieron volver a la azotea pocas horas después. El frío y la humedad iban calándome mientras dirigía el catalejo a un lado y otro, sin ver más que hilachas de vapor flotando a la deriva, pinceladas grises que sugerían al subconsciente el boceto de un rostro como los que aparecen en los sueños y que podía ser el de algún dios de las mitologías del norte, ya que estábamos en los umbrales de su antiguo solar, o el del viejo a cuyo encuentro marchaba yo y que comenzaba a obsesionarme. Salió a mi paso en la misma estación, desde el cartel publicitario de un agua mineral que aseguraba larga vida al consumidor, un dibujo sin garantía de autenticidad. Pero la fotografía dedicada que vi luego en la recepción del hotel, aunque por la pátina distase de ser actual, ya me lo aproximó bastante más. «Nuestro cliente de honor», leí en una chapita en la base del marco. Hasta entonces apenas si había pensado en él, ocupado en roer mi humillación; el destino final contaba menos que el orgullo herido. Pero ahora comprendía el reto encerrado en este nombramiento y aquella burlona insinuación del rector acerca de la fórmula «in vivo». Sí, la naturaleza me desafiaba al ponerme delante de un prototipo real de mis investigaciones. «¿No


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querías resolver el enigma? Aquí lo tienes hecho hombre. ¡Desentráñalo!» Sentí algo parecido al miedo, y la sospecha de haber sido atraído hacia una trampa. La figura del Viejo empezó a crecer en mi imaginación. Se infiltraba en el sueño, precedido por su imponente sombra. Despertaba creyéndole al lado, erguido en las tinieblas de la habitación, y al querer detectar su presencia invisible quedaba sin aliento, hasta que conseguía extender un brazo y encender la luz. Durante el día, desde la azotea, si me asomaba al catalejo le veía emboscado detrás del faro espiando mis movimientos con ojo de cíclope. Incluso sospeché que había sustituido a la montaña que jalonaba la línea fronteriza, irguiéndose allí poderoso y terrible, dispuesto a caminar sobre las aguas y venir a aplastarme. Afortunadamente, la silueta de Hartmann se interpuso en el campo visual. A fuerza de releer aquel topónimo incluido en el mapa de la zona que me sonaba a conocido, su dura cáscara saltó en pedazos y dejó al descubierto el gesto sonriente del biólogo con el que el fondo oscuro de mi memoria lo relacionaba. ¿Cómo no llegué antes a identificar el nombre de la población? A falta del respaldo de una Universidad, Hartmann encabezaba sus comunicaciones siempre con ese nombre, precedido por una abreviatura que bien podía significar «Instituto». Para avalar tal denominación contaba con su cara. Todos sus trabajos, publicados en revistas dirigidas por esas mentes libres que rehúyen las cuadriculaciones académicas, iban acompañados de la fotografía de un rostro cuya simpatía saltaba de la página. Y a la expresión correspondía la prosa, dotada de una gracia infrecuente en el terreno literario científico. Hartmann, que investigaba el campo de la célula, sabía acomodar la palabra a la morfología celular, y su frase, de una redondez bien medida, formaba una ondulante membrana alrededor del área de la idea, centrada por un núcleo casi radiactivo. Las oraciones subordinadas, desplegadas con arte, desarrollaban sus mitosis autónomas sin alterar la armonía del conjunto. La trama tisular así formada se iluminaba con el centelleo de oportunas metáforas. «El poeta protoplasmático», le llamaba yo. La materia que trataba su pluma aparecía


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ante el lector con un aspecto nuevo, como surgida en el primer momento de la creación. Siempre deseé conocerle, pero no acudía a los congresos, donde su nombre jamás se citaba, y en un par de ocasiones que pregunté por él a alguno de sus graves compatriotas sufrí tales miradas —y, desde luego, ninguna respuesta— que nunca más me atreví a hacerlo. Posteriormente llegué a saber que, al intentar pasar del estudio histológico a la clínica aquella su «terapia celular» llamada a detener la involución orgánica con trasplantes de células embrionarias, los mismos que hasta entonces pretendían ignorarle se le echaron encima y consiguieron incapacitarlo. Apenas si se habló del asunto («esos advenedizos atrevidos...») y me quedé sin el placer de una prosa capaz de hacer creer en los milagros. Tuve intención de escribirle unas líneas cuando en su último artículo —casi una llamada de socorro— citó mi nombre para apuntalar su combatida tesis, pero la cautela me hizo inhibirme. A partir de entonces, el supuesto «Instituto» se disolvió en el aire del cual había surgido y ahora yo tenía ante los ojos, gracias al catalejo, el lugar de la tierra en que puso pie aquella concreción imaginativa. —¡Hartmann! ¡Hartmann!— solté a media voz contra el viento, desde la azotea. ¿Qué habría sido de él y de sus intentos de frenar la injuria de los años sobre los tejidos orgánicos con hermosas frases y unas cuantas células implantadas estratégicamente? Ahora formaría parte de la anónima legión de los vencidos a los que no se les permite levantar la voz ni mantener una teoría personal, considerada peligrosa por la sociedad. —Sin embargo, nosotros podríamos... —Me sentía tan solo que encontraba un apoyo sabiéndole cerca—. ¡Amigo Hartmann! —Y al recordar con mayor precisión el rostro del retrato ensayé una sonrisa que estuviera a la altura de la suya. Era preciso ponerse enseguida en contacto con él. Siempre presté atención a esas señales que nos hace el destino y que, por no reconocer que somos arrastrados por corrientes ocultas, llamamos coincidencia o casualidad. Todas las piezas sueltas encajaban:


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la detención forzosa en el hotel, la plataforma panorámica, la sombra del gran Viejo, y en el centro, esperándome, Hartmann. —¡Ah, claro: el Investigador! —le costó al director del hotel desenterrar el nombre, que si un día resultó famoso había sido olvidado como todo lo efímero—. Tenemos su autógrafo en el Libro de Oro del Balneario —formaba con los labios las mayúsculas como el fumador los anillos de humo—. Eso fue ya el año... Verá usted qué texto más brillante —el hombre se mofaba sin faltar al respeto y pensé si no estaría ajustando una antigua cuenta. Un grueso volumen encuadernado en piel y estampado en oro fue abierto sobre la mesa del despacho. Al paso de las hojas sobrevolaban nombres conocidos: «El barón T., el banquero, ya sabrá usted..., el empresario K.». Ellos, o su hígado más propiamente, dejaron caer aquí un suspiro de alivio rubricado al terminar su cura. Entre tales «autores», cuya única línea bien perfilada correspondía a la firma, Hartmann, aun ciñéndose al circunstancial marco, parecía poco menos que un clásico. «Desde los tiempos más antiguos ha buscado el hombre la fuente de la eterna juventud. Quizá una de las venas de ese manantial todavía sellado viene a aflorar aquí, para ofrecernos un anticipo de su potencia renovadora, hasta que, en el futuro, un elegido golpee la roca y haga brotar para la humanidad el caudal de la vida...». Empleaba la retórica para promocionarse, puesto que cuando escribió estas líneas, quince años atrás, ya tendría entre manos los fundamentos de su «terapia», y hasta podía haber iniciado los primeros ensayos, para los cuales, si los rumores no mintieron, pasó enseguida del cobaya a su propia mujer. —¿Les visitaba con frecuencia? —pregunté. —No, no; apenas si salía de su laboratorio. El investigador investigaba... Tanta sorna ya me molestó, y el hombre, al notarlo, moderó su tono. —A quien veíamos mucho era a su esposa, bellísima siempre. ¡Ah! ¡Espléndida dama! —y la doble papada del director comenzó a latir—. Llegaba en lo mejor de la «season», acompañada


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generalmente por parejas muy jóvenes, y era la estrella de la fiesta. La luz artificial avivaba su brillo, como si se encendieran otra vez a sus pies las candilejas. Ella había sido artista; eso puede decirse —añadió, estudiando mi reacción—. Cuando él la conoció tenía un pasado... un pasado ya largo —y con la mano devanaba el tiempo. —Algunas noches, en un círculo de íntimos, tras retirarse la mayoría de los clientes, uno de sus amigos se ponía al piano y ella cantaba un Lied. Juventud, juventud, pájaro migratorio... ¿Conoce usted el tema? Me parece estar oyendo aquella voz cautivadora, con su llamada, ¿cómo diría yo?, a los elementos, al favor de los dioses. Y, sin duda, alguno la escuchó, porque a cada nueva aparición estaba más joven y dio ocasión a que un gracioso hablase de «embalsamamiento», pues ella vestía, ¿sabe usted?, unas túnicas blancas que el aire de los ventiladores amoldaba al busto... —era risible verle figurar esos efectos sobre su propio cuerpo, en el que destacaba en vanguardia un magnífico abdomen. Un botones se le acercó para entregarle una nota cuyo contenido le hizo regresar al presente y a las obligaciones de su cargo, con lo que la figura ideal de la dama quedó inmovilizada junto al piano, seguramente el mismo, bien protegido por una funda gris, que yo había descubierto en mis exploraciones por los salones del hotel que se clausuraban después del verano. También fui interrumpido en mi evocación, porque, de pronto, el vestíbulo se pobló de empleados que arrastraban manojos de maletas, mientras el ascensor vomitaba clientes deseosos de pagar enseguida sus cuentas y alcanzar el vehículo que habría de llevarlos hasta el embarcadero. Me acerqué a la vidriera y vi al transbordador navegando hacia el muelle, apenas hostigado por las últimas ráfagas de un viento exhausto. No quise unirme a aquella muchedumbre que aprovechaba ansiosa la primera ocasión para retornar a la órbita de sus vidas mediocres, después de haber despilfarrado la pausa concedida por el tiempo para una reflexión que siempre demoraban. Juventud, pájaro migratorio... Existencia del hombre, etapa transitoria junto a un lago cuya orilla opuesta no consigue alcanzar la mirada...


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Alquilé un automóvil y enfilé una carretera comarcal que se hundía en los bosques de coníferas, sin perder nunca la vista del lago. Los numerosos árboles derribados obligaban a conducir con tiento, aunque las primeras brigadas de operarios comenzaban a despejar la estrecha pista, animados por la presencia del sol que se imponía al fin a las oscuras masas nubosas que habían copado el cielo hasta entonces. Yo sentía penetrarme un gozo nuevo, que me llegaba con el aire friísimo y puro, la luz solar y la esperanza de sorprender gratamente a Hartmann en su retiro con el regalo de mi visita. Tuvo que ser penoso para un hombre como él, a pesar de su espíritu de francotirador, ver destruidos, al clausurársele su «Instituto», todos los puentes de comunicación que le unían al mundo. Pero no sólo una intención de buen samaritano me llevaba hasta él; quería saber si había tenido la suficiente fe para seguir trabajando su tesis, y si era así, hasta dónde consiguió llegar en los últimos años con una experimentación oculta a la mirada del mundo y aplicada a su única paciente. Porque su mujer tampoco volvió a salir del «búnker», y en los salones del hotel no se oyó más la voz «cautivadora» que evocaba el director con los ojos en blanco. Me detuve un momento en un rincón abrigado de la ribera, donde la montaña cedía el paso a una praderita que bajaba hasta el agua. Blandas olas venían a romper entre los juncos de la orilla, peinándolos rítmicamente, y sentí allí respirar a la tierra. Abrí los brazos e inhalé a fondo. Dentro del pecho mi vida se ensanchaba. «No se acaba todo con el alejamiento de la Universidad», pensé, muy animado; por el contrario, había escapado a tiempo de una tumba donde me conformaba con ver mi nombre inscrito en la placa de mármol que impedía el acceso del aire, de este aire libre en el que me movía sin las cortapisas impuestas por el cargo y donde podía elegir mis amigos a despecho de las conveniencias. En busca del primero de ellos iba ahora, un apestado del que esperaba más que de cualquiera de los santones oficiales cuya vaciedad conocía bien. Las nubes se adensaron y venteé la proximidad de la lluvia. Volví al automóvil e hice una última consulta al mapa comarcal. Ya estaba cerca.


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Al salir de una curva cerrada me aproximé a una agrupación de edificios que enmarcaban un ensanche de la carretera, una placita y poco más, ni siquiera un villorrio, pero a cuya entrada vi en un rótulo el nombre del lugar que venía buscando, con más letras que casas. Era la impresionante construcción silábica que aparecía en las revistas y, al sugerir algo así como una ciudadela sobre un bastión rocoso, daba resonancia al «Instituto» acogido a su sombra en la cabecera de los artículos. ¿Por dónde quedaría éste, o lo poco que restase de él? Pronto me lo indicaron. El tendero que, asomado a la puerta de su establecimiento, observaba las evoluciones del coche de un desconocido en la pequeña plaza, pronunció con respeto la palabra «Instituto», aunque bajó la voz mientras me señalaba las particularidades del trayecto: «Después del castillo, una desviación a la izquierda. El camino es estrecho». A los pinos les sucedieron los abetos. Luego el terreno se elevó y vi de nuevo el lago abajo, recorrido al galope por el aguacero. Enseguida, una torre almenada sobre la masa de los árboles, el nombre levantado en piedra tal como quiso siempre la imaginación. Por la cinta de grava que subía al castillo, un bólido deportivo llegó lanzado contra mí, giró sobre dos ruedas, a punto de volcar, y me rebasó con áspero chirrido perdiéndose por el camino en dirección al pueblo. Retuve un perfil de muchacha con el pelo disperso en la corriente de aire. «Las prisas de la juventud. Ese afán de apurar el instante, de volar...». Así cruzan el cielo las bandadas de aves migratorias. La desviación a la izquierda, con sólo restos de un baño asfáltico. El bosque se echa encima y las ramas enlazan por arriba ambas márgenes de la senda, lo que obliga al conductor a agacharse instintivamente. Casi me doy de bruces con la verja que corta el camino. El cajetín del timbre cuelga, inútil, de los cables podridos. Iba a oprimir el claxon pero no me atreví a romper el silencio con un sonido tan estridente. ¿Vivirá alguien aquí? El jardín aparece cuidado: hermosas rosas. ¡Ah! Un hombre con una podadera, el jardinero.


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—¡Señor, por favor! —el hombre no puede escapar y se acerca de mala gana—. Quisiera saludar al profesor. —¿Al profesor? —no oye bien; me obliga a repetir— ¿De parte de quién? Le entrego mi tarjeta a través de los barrotes de la puerta. Lee el nombre, levanta la mirada, vuelve a comprobar lo que ha leído. ¡Qué persona más torpe! Expreso mi impaciencia con un carraspeo. Pero él ya se mueve, aunque ahora no sabe qué hacer con la podadera; por fin, posándola en el muro, me franquea la entrada. —Le ruego que me disculpe. Por favor, ¿quiere pasar usted? Yo soy Hartmann. ¿Es posible? ¿No habrá un malentendido? Este no es el hombre que me trajo aquí, ni encaja con la idea que me hacía de él. ¿Qué queda de aquel rostro de la fotografía? Y no es que falte sólo la sonrisa, de la que al menos veo el hueco en esa cara lamentable que me está mirando con temor, es que la vida ha huido de sus facciones y sólo queda en los ojos una llama febril. «Ojos de iluminado —pienso con aprensión— ¿Dónde me habré metido?». Le doy la mano con una animación que estoy muy lejos de sentir y recito una fórmula explicativa de mi visita, sin trasponer la verja más de un paso para mantener libre la vía de retirada. —Ya que, por casualidad, me encontraba cerca... Siempre tuve deseo de conocerle a usted. Leía sus trabajos con placer... su forma tan brillante... —estoy doblando al director del hotel—. Pero no puedo detenerme mucho —un vistazo al reloj, sin ser capaz siquiera de ver la hora—, ni quiero molestarle... —y todo esto sin dejar de girar la cabeza alrededor, para evitar que las miradas se encuentren. Hasta que me doy cuenta de que él también está decepcionado, que casi no se cree lo que ve y vuelve a consultar mi nombre en la tarjeta. «¿Es posible? —trasluce su expresión— ¿Es este pobre diablo la autoridad a la que recurrí para fundamentar mis argumentos, el investigador situado por encima del rasero humano que parecía dominar los resortes de la vida?». Poca cosa es el hombre cuando se muestra a cuerpo limpio, con sólo lo que tiene, ese soporte físico desmedrado, y ha de fiarlo


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todo a la palabra y al tono que acierte a darle a su voz, mientras los ojos muestran su desconcierto, atrapados sin posibilidad de escape en medio de la cara. Después de unos minutos nos rehacemos. Él ha conseguido librarse de su guardapolvo y yo de mi aturdimiento inicial. Por encima de nuestras deficiencias ya sobrevuelan las ideas, con lo que los enanos, puestos de puntillas, se las dan de gigantes. —Así que el Viejo va a tenerle a usted cerca. Al fin veo que se disponen a aprovechar la gran lección de la naturaleza, porque hasta hace bien poco ese riquísimo campo de estudio inexplorado era un monstruo de feria en manos de las gentes menos escrupulosas. Se permitieron con él toda clase de excesos, sin otras miras que las mercantiles. Algo verdaderamente escandaloso: dieron su nombre a una marca de cigarrillos «sin nicotina ni alquitrán», sanísimos —él los fumaba en los carteles—; y recuerdo también aquel sucio caso del manantial de aguas superfluoradas que resultaron tóxicas y se empeñaban en avalar con su figura, o la urbanización para personas de edad —«La ciudad del poniente», me parece ver todavía al hombre en la televisión asegurando que iba a vivir allí— que quiso promover un político en tierras pantanosas. No se les puso ningún veto; la autoridad sanitaria miraba hacia otro lado. Una vergüenza... Le dejo respirar por su herida. Se calma pronto: está domado. —Bueno, qué voy a contarle. Siempre el dinero de por medio y el Viejo al fondo, con su expresión indescifrable, de Gran Mogol. —Un lama tibetano: así le vi en las fotografías. —Es curioso. Al avanzar la edad, la capa de barniz occidental que nos reviste va desgastándose y aparece debajo el tártaro invasor, más resistente, que llevamos dentro. —Sí, en estado de hibernación, aunque de cuando en cuando rebulla un poco y suelte una coz. —El violador de Europa, que llegó a caballo desde las estepas. —Y nos dejó el marbete de la mancha mongólica en los lomos. Reímos, aliviados, al soltar la carga de unos cuantos lugares comunes.


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De manera insensible hemos ido internándonos por el jardín, conducidos por la actividad de nuestros brazos, y ahora Hartmann me lleva hacia los rosales. —Vea qué maravilla de color. Y esta rosa de Oriente... Un lama, decía usted. En efecto, con su distanciamiento silencioso parece, a veces, estar de vuelta desde hace siglos de todas las pequeñas miserias de los hombres, mirándonos desde muy arriba, desde el techo del mundo, donde permanece flotando por encima del bien y del mal. —Usted le conoce. ¿Ha tenido ocasión de tratarle? —Sí, claro. Fue huésped nuestro durante unos días, pero de esto hace ya mucho tiempo. —Y en cuanto la conversación deriva a la época de actividad del «Instituto», Hartmann enmudece. Como por mi parte evito referencias al Departamento universitario, nos encontramos enseguida sin posibilidad de tocar el tema que más interesa a cada uno en la vida del otro. Así danzamos un rato por los senderos del jardín, buscándonos las vueltas cautelosamente. En tales situaciones se inician frases que nadie completa, insinuaciones malogradas, tanteos ciegos. Sé que él quisiera, sobre todo, conocer el resultado de mis investigaciones acerca de la inactivación de los radicales libres en el organismo senecto mediante las enzimas. La obsesión se encaja en su ceño y llega a interferirse en las palabras. —Tengo un catálogo en el que constan todas las variedades de rosas conocidas —me está diciendo—, pero yo hago mi apuesta por una rosa nueva, fuera de catálogo —y al repetir el término le sale a medias «catalasa», la idea fija. No menos torpe me muestro yo al descubrir el frente de la casa, y obligado a referirme a la piedra mientras busco señales de la existencia de su esposa. —Ese balcón pone la nota femenina en una fachada tan austera. Ya he notado que en toda esta comarca los hombres levantaron fortalezas en vez de residencias, y luego vinieron las mujeres a ensanchar los huecos. Ellas siempre abren vistas al exterior y enlazan a los hombres con el mundo. Hartmann guarda silencio, da la espalda a la casa y prefiere volver a los rosales. Por lo que cuenta, se ha especializado en los


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cruces y está seguro de encontrar, tras una serie de injertos, una rosa de la más acabada perfección, la concreción de un ideal, la belleza absoluta. —Resulta apasionante, créame. Todas las posibilidades están latentes en la naturaleza, ya lo sabemos, pero ella por sí misma no ha llegado a agotarlas, al entretenerse con ensayos que bastan para satisfacerla. Es posible que tema alcanzar esa culminación por cuanto supondrá un término, un «no hay más allá», o que le esté vedado por los dioses, que se reservan la rosa única, de la que las restantes son pobres copias. Pues bien, aquí me tiene: yo intento arrebatársela. La emoción hace temblar sus manos, que aíslan en el aire la forma soñada. Aunque con otros materiales, veo que Hartmann está jugando otra vez su partida. Entramos en el invernadero. Los últimos esquejes del experimento se encuentran allá, en el fondo, bien protegidos en el rincón más tibio. Antes atravesamos un bancal de plantas hiperbóreas, de grandes hojas crasas, muchas de ellas pudriéndose ya, que nos rebasan la cabeza y ciegan la visión. Él va delante, sin dejar de hablar de su quimera, pero yo me extravío hasta terminar por chocar con una figura escondida allí, una mujer, o mejor un espectro de aspecto vagamente femenino, la vejez prematura bajo apariencia de persona, un rostro bulboso a unos centímetros del mío, en el que se derriten las facciones de cera y que se vuelve bruscamente para evitar mis ojos espantados, echándose hacia atrás en lo que le permite su silla de ruedas, a la que casi derribé. Aún noto el sudor bajo la ropa cuando regreso al coche, con tal agitación que, al pretender girar en el angosto espacio que se abre ante la entrada, golpeo más de una vez la verja. La lluvia azota la ribera del lago. «Mar» lo llaman aquí. Palabras pretenciosas, meras palabras con las que los hombres tratan de enmascarar sus insuficiencias, creyendo dominar los elementos de tan simple manera.


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Capítulo cuarto

De regreso al hotel, al cruzar el vestíbulo, ahora desierto, vi a uno de los empleados de recepción hacer una discreta seña con la cabeza indicando mi presencia a un hombre maduro, que estaba sentado en actitud vigilante en un lateral, semioculto por una columna. Se puso éste en pie con reflejo automático —y entonces comprobé que vestía uniforme azul oscuro y llevaba en la mano una gorra de plato—, confirmó mi identidad mediante otra señal con el empleado y dio unos pasos a mi encuentro, saludando de acuerdo a las ordenanzas de su oficio, que era, sin duda, el de chófer de coche oficial. Le vi ingerir saliva antes de lanzarse a pronunciar mi nombre, empeño muy dificultoso para su laringe, que casi se atraganta con él, y ante mi gesto de tolerante asentimiento extrajo un sobre del bolsillo y me lo tendió, a la vez que se inclinaba justo lo debido. Tampoco era correcta la versión escrita del nombre completo, que al venir en mayúsculas mostraba sus errores con mayor evidencia. Ganas me dieron de puntualizar lo que allí faltaba para aclarar las cosas desde el principio, pero me conformé con dejar protestar vagamente a mis cejas mientras extraía del sobre una carta con un decorativo timbre en relieve; en ella alguien dotado de cierta autoridad rogaba me personase lo antes posible cerca del Viejo ilustre, cuya vida parecía apagarse. Abandoné el hotel con la impresión de haber perdido una excelente oportunidad para ordenar ideas y trazarme por adelantado un plan de trabajo que me permitiera tomar la iniciativa en el nuevo puesto. Ahora, en cambio, marchaba a remolque de los acontecimientos y a merced de fuerzas que se imponían, anunciadas de entrada por la obstinada vibración del motor del coche


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y la dura cerviz de su conductor, plantada como un poste entre sus hombros, y a cuyos lados, surgidos de aquel tronco, íbanse desplegando sobre el parabrisas los árboles de la carretera. Hundido en el asiento posterior, perdí enseguida la vista del lago, en cuyas aguas había dejado que flotase mi ánimo durante aquellos días que, al escapárseme, descubrían sus posibilidades. Anochecía, y el último transbordador aflojaba ya amarras para cruzar un expansivo mar de brumas. Volaba el coche por los espesos bosques y aún oía yo la sirena del barco urgiendo el cumplimiento de la soñada travesía; eran demasiados cabos sueltos los que quedaban atrás, pero no tuve más remedio que hacer oídos sordos, cerrar los ojos y entregarme al destino. Aunque el automóvil siguiese un rumbo zigzagueante por las estrechas pistas que tendían su red entre los bosques, no me inquieté; quién sabe si deseaba perderme en la región. Hubo un momento en que nos detuvimos ante un arroyo desbordado y tuve que forzarme para mostrar algún interés; el chófer consultaba su mapa y parecía obligado hacerle unas preguntas, contestadas sólo con gruñidos. Encontramos, al fin, una vía bien señalizada que nos llevó enseguida a campo despejado. Luces dispersas comenzaron a apuntar en los confines de la llanura suavemente ondulada, pero la carretera se mostraba desierta. Apenas si en tres o cuatro ocasiones surgió del fondo de la noche otro vehículo, que al guiñar sus faros desde lejos parecía anunciar que nos traía un mensaje acorde con sus prisas. Acaso esperaba yo algo imprevisto que desviase mi sino, porque cuando, en vez de detenerse, cruzaba a nuestro lado hermético y veloz, sentía cierto desaliento. Nuestra marcha seguía ya imparable. ¿Por dónde andábamos ahora? Quizás el sueño me apartó de la ruta, pues de golpe me noté deslumbrado al traspasar el cristal de la ventanilla los focos de una población. No entramos en ella, siguiendo solamente desde fuera el curso canalizado del río que la ceñía y cuyas aguas se estancaban para cumplir funciones de espejo y duplicar la glacial distinción del bulevar extendido a lo largo de la orilla opuesta. Un grupo de


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mansiones dejaba ver entre los árboles sus inclinados techos de pizarra, componiendo el diseño de una urbanización selecta y cerrada; era un mundo burgués donde el viajero presentía que estaba prohibido detenerse, debiendo limitarse —lo que ya suponía una gran concesión— a mirarlo al pasar a través del cristal. Por suerte, cuando cruzamos junto a la embocadura de un puente, distinguí al fondo, sobre el aglomerado caserío ciudadano donde la historia mezclaba más las castas, una torre gótica bien recortada por un proyector, y ella vino volando para superponerse en mi retina a otra imagen idéntica, aunque en escala reducida, que yo archivaba allí por ser un referente de la panorámica que había estudiado con tanta atención desde el observatorio de la azotea. Eso me dio seguridad en mis propios recursos y retomé al momento el control de la situación; hasta tal punto puse pie en el suelo. La perspectiva de los bosques, los destellos del lago, aquella torre lejanísima captada por el catalejo y, gravitando sobre la región sometida al castigo del viento, la retadora presencia del Viejo. «¡Ahí voy!», me sentí decir, ya sin temores, y luego, en voz más alta, hice una observación al chófer, que éste contestó sin gruñidos. La jerarquización se impone con el tono de la frase y la seguridad en el dominio del idioma ajeno. Hay palabras que resaltan los grados y restablecen el buen orden social. El hombre enderezó la espalda, se pasó un dedo por el borde del cuello de la camisa, e incluso vi que comprobaba en el espejo si era correcta la posición de su gorra. A partir de ese instante dejó de dirigirse a mí como «doctor», concepto que le permitía ciertas licencias, quizá por asignarme un cometido de familiar médico de cabecera de acuerdo con algún tópico esquema mental, para llamarme «profesor», título más solemne, en cuya pronunciación se esmeraba tanto que ya hasta mi apellido le salía bien. Sin saber cómo, de pronto un nuevo personaje vino a interponerse entre él y yo, haciéndome sombra. Con movimientos de cabeza me lo señalaba al aludirle. «El Comandante» —así era citado, y estaba dicho todo— comenzó a impartir órdenes, lo mismo que por lo visto hacía en la Casa del Viejo. «El Comandante,


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como usted sabrá...», «Según me dijo el Comandante...». Era él quien me esperaba y quien urgía la carrera del coche por la autopista que se abrió ante nosotros. Entonces apareció otro nombre, éste un topónimo muy enrevesado que supuse sería el término de la carretera, y que, a cada kilómetro, desplegaba todas sus letras sobre la pista. ¿Qué riquezas guardaba una población desconocida en los mapas corrientes, como el que yo tenía en las manos y al que di tantas vueltas, buscándola sin resultado, que acabó por romperse por uno de sus pliegues? La gran ciudad de la región, aquélla a la que iba destinado y que centraba el sistema de comunicaciones de mi mapa, no figuraba, en cambio, para nada en los inmensos rótulos, mayores cada vez, que enmarcaban espectacularmente en lo alto la ancha cinta de asfalto. ¿Dónde me llevaba el chófer? Pronto pude saberlo, sin necesidad de hacer ninguna vacilante pregunta, al sumarse a esas repetidas señales un cartel que mostraba la estampa de un hombre centenario, cuya efigie aumentaba de tamaño, en número de arrugas y en decrepitud a medida que la distancia al punto terminal se reducía; y así los últimos kilómetros el rótulo de la localidad fue un simple apéndice a los pies del Viejo. ¡Y qué tipo terrible aquél que había enfocado el artista, ensañándose al hacer resaltar la agresión de los años sobre la desnudez de un rostro humano! Era un cuerpo casi putrefacto, derrumbándose en pie y pintado con colores irreales el que elevaba sobre la carretera su espantable silueta, iluminada por los reflectores. ¿Quién ideó esta siniestra propaganda dirigida a un turismo morboso? El modelo se entregaba inerme al sacrificio de que era objeto, aquel fusilamiento con que el pintor quería saldar cuentas con la especie y acabar con ella para siempre. Pero el arte alcanzaba más allá y sabía extraer cierta grandeza de la absoluta ruina que era el costo de la supervivencia, llegando a provocar respeto y hasta admiración por la piltrafa que mostraba. «Esto es el hombre —venía a decirnos la pintura—, hasta aquí llega; tal es el resultado del gusto por la vida y de la persistencia en resistir. No esperéis otra cosa, ésa es la tierra prometida, la apoteosis del


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cuerpo, el triunfo y la condena de la carne, y como cumplimiento de hasta los últimos anhelos humanos, incluso puede hacer de Dios para vosotros en el cielo que habéis vaciado». Y cuando el viajero, como yo ahora, finalizaba la carrera, su sensibilidad, sometida a ese tratamiento, estaba predispuesta para la prueba que se avecinaba y en condiciones de mirar de frente a la vida y la muerte, asumir el destino, compadecer al ser que lo ejemplificaba y hasta, incluso, adorar. Adorar, sí, puesto que para ello una especie de templo le aguardaba al final, aclarándose entonces la confusión respecto a las distintas poblaciones; porque al aproximarse a aquel enclave, un bosquecito precedido por una estilizada puerta de piedra de inspiración medieval y con la mansión-templo levantada en un claro, entre jardines, el nombre pregonado en los rótulos de la carretera aparecía allí, aposentado ya en la tierra, ante la misma puerta de falsa antigüedad, quizá ultimada ayer u hoy mismo, por designar este anexo de reciente creación, tan nuevo como la autopista, refugio construido para residencia del hombre que era ya un bien nacional y de su especial corte, mientras la gran ciudad registrada en los mapas quedaba a un lado, en medio de su red de carreteras, y se veían sus luces extenderse no lejos, al fondo de una hermosa avenida poblada solamente por árboles. Un pavimento muy poroso, con suavidad de alfombra y barnizado en verde, neutralizó la fricción de las ruedas y el coche resbalaba levemente entre dos filas de indicadores que rogaban silencio. Así cruzamos el jardín, como flotando en una cinta de agua, hasta alcanzar el pórtico del singular santuario. Aquí el diseñador se había excedido en la suma de elementos simbólicos de múltiples culturas en un espacio exiguo, convocando a todos los estilos para forzar la idea de que la historia de los hombres, gracias al Viejo, conseguía una culminación. Los relieves del friso me parecieron un burdo esquema pergeñado a ese fin, y al mirarlos desde el interior del automóvil sentí deseos de escapar de allí inmediatamente. El chófer se bajó a abrir mi portezuela y tuvo que esperar un rato a que yo decidiese qué iba


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a hacer. Por fin resolví abordar el trance con humor y pisé los umbrales de aquella catedral de pacotilla. Pero, ¿qué era lo que se levantaba al lado mismo de la casa, a un par de metros de las gradas del pórtico, adelantándose a los primeros árboles del pequeño bosque que rodeaba la edificación? No, no se trataba de una rara columna de capitel extrañamente abierto, como creí en principio, sino de otra figura más extravagante: un árbol de piedra, de tronco carcomido por el buril del escultor para dar impresión de su vejez y ramas apuntadas con escaso acierto, otro artefacto alegórico más, de muy dudoso gusto. El chófer dio en la puerta un golpecito leve, y un monje —o quizás sólo fuese el mayordomo, pensé luego— asomó la mística nariz y me invitó a pasar, y como elevase su brazo derecho me detuve ante él, dispuesto a aceptar su bendición, aunque solamente pretendía que le diese mi abrigo y sombrero. Entretanto, el chófer dejó la maleta junto a la puerta, y al no estar iniciado en los ritos del culto se despidió con un taconazo, llevándose dos dedos a la gorra. Por entre las columnas del fondo del vestíbulo vi avanzar hacia mí una sacerdotisa que apenas ponía pie en el brillante pavimento de mármol, sobrevolado por su larga falda. Tanto prevalecía su naturaleza espiritual, que de las palabras que me dirigió nada conseguí oír, pues sólo el hálito del alma asomaba a sus labios. Girando luego encima de la nube sobre la que flotaba me mostró la escalera, un marco teatral de gran efecto para que el Viejo, en los días de audiencia, se ofreciese a la contemplación de los turistas, que no dudé caerían de rodillas, influidos por la escenografía. Subíamos en silencio esa gran escalera coronada por la aérea pirámide de una claraboya, punto hacia el que se remontó mi vista a la caza de alguna presencia celestial. Pero arriba la noche estaba oscura y, a falta de ángeles, me conformé con mirar a mi guía, que me precedía en unos pasos. Su pelo, de un suavísimo rubio que no era de este mundo, acogía la presencia de algunas hebras blancas que humanizaban su prestancia, pero en la dulce


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depresión de la nuca vine a descubrir un lobanillo que rebajaba a la vestal a una vulgar realidad de matrona, quién sabe si la esposa de aquel «Comandante» de quien me hablara el chófer. Desde el rellano donde se curvaba la escalera para cambiar de dirección, no pude menos de lanzar un vistazo hacia mi maleta, último vestigio de mi vida anterior, que seguía donde la posaron, cerca de la puerta, reducida a su vil condición utilitaria, sin atreverse a hollar el recinto sagrado en tanto que su dueño ascendía a las alturas. Llegados a la planta principal, la señora dejó a un lado un pasillo donde se alineaban varias puertas para llevarme, por un pasaje abierto en el muro posterior de la casa, a un amplio corredor cubierto de cristal y que debía de asentarse sobre pilastras encima del jardín, ya que las ramas de los árboles rozaban los vidrios, hasta desembocar en una rotonda revestida de mármol y rematada por una linterna. Habíamos entrado en el sancta sanctorum, el artístico templete circular donde se guardaban los restos del Viejo. Tres puertas laminadas de bronce recortaban la curvada pared del mausoleo. La que teníamos justamente enfrente estaba entornada, y la figura blanca de una monja —pero una monja de verdad, revestida con sus atributos— fisgó a través de la ranura. Hizo un examen de mi persona con rápida mirada y supongo que la satisfizo, ya que abrió la hoja poco más de un palmo, permitiéndome entrar. Mi acompañante, como antes el chófer, quedó excluida ahora. «Sólo los elegidos entrarán en el Reino». En una inmensa cama, bajo un baldaquino cubierto de gasa, yacía el Viejo. Yo no le alcancé a ver, pues su cuerpo no hacía bulto alguno, pero mi nariz detectó al instante su presencia con un brusco respingo. Aunque el dormitorio fuese de grandes dimensiones y los desodorantes establecieran barreras neutralizadoras, la aureola hedionda de la divinidad de aquel santuario lo llenaba todo. Era un olor ácido muy mezclado y espeso, algo que procedía de la vida y no de la tumba, pero ya andaba cerca de ésta. Mi sensitivo olfato, que se lanzó enseguida a husmear y arrojar con violencia


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el aire aspirado, clasificaba aprisa los componentes de la emanación, excepto un ácido no reconocible, seguramente peculiar de este cuerpo, estrenado por él, producto de la combustión de un organismo que mantenía a tope sus calderas con peligro de hacerlas explotar. El médico conoce bien el olor de las enfermedades, que cambia con su progresión, anunciando por anticipado la proximidad de la agonía, y también la vejez desprende ese aroma penoso que impregna los asilos. Esto era otra cosa: un paso nuevo de la fermentación, el no va más de la apestosidad; porque siendo el organismo humano un alquimista torpe que no acierta a pasar de las primeras fases del experimento que llamamos vida por quedarse sin fuego y sin materia, ahora, por excepción, había llegado tan lejos que ya cristalizaba en el último alambique algo que podría llamarse piedra filosofal y cuyo hedor era un precio que cualquiera aceptaría encantado pagar. Unos pasos a mi espalda me hicieron girar la cabeza. Un hombre joven con bata blanca y mascarilla se me acercaba pisando cautelosamente. La monja me lo presentó por su nombre. Mejor hubiera hecho en numerarlo, pues los integrantes del equipo médico de la casa, según comprobaría pronto, eran tan parecidos entre sí como los miembros de una serie homogénea. Este fue para mí, en adelante, «uno». El joven colega se inclinó, aunque evitando darme la mano, quizá por razones de asepsia. Nos mantuvimos rígidos uno frente a otro sin decirnos nada y barrunté que esa frialdad marcaría nuestra futura relación. Finalmente, él extendió su brazo para sugerirme que me acercase al lecho, situándose luego detrás de mí, como si hubiera oído una orden militar pidiendo que formásemos por grados y me reservara disciplinadamente la cabecera de la fila. Al descorrer un cabo de la cortina que velaba la cama y otear el interior, mi perplejidad llegó a su colmo. Ningún volumen corporal apuntaba allí, sustentando las emanaciones. ¿Es que el cuerpo se había desintegrado tras tan largo desgaste, dejando solamente en el aire derivados volátiles, o todo ello era un fraude torpemente urdido? Miré a la monja, por sospechar que estaba


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en el secreto del asunto como heredera de una secular práctica oscurantista; ella sonrió para tranquilizarme, e inclinándose procedió a apartar con delicadeza una punta del intacto embozo. Entonces, perdida en una blanca y henchidísima almohada, la cabeza de un pajarito mostró un ojo apagado que buscó los míos y contrayendo el párpado me hizo una señal. —Nunca duerme —secreteó la monja—. Se encoge ahí dentro y así se está. La cabeza se incorporó un poco y dejó ver el desplumado cuello, una caña escuálida y montada en un fuelle de pliegues. —No haga usted caso, profesor —pió el pajarito—. Hace un minuto estaba tan dormido que incluso tuve un sueño: me veía cerca de una fuente. Aquella vocecilla temblona causó el efecto de un cañonazo tanto en el médico como en la monja; él llegó a dar un paso atrás, y ambos quedaron contemplando al Viejo con la boca abierta, aunque completamente mudos. No supe hasta más tarde que el enfermo no hablaba desde hacía varios días, al apagarse sus funciones y entrar en rápida declinación. —¡Vamos, vamos! —apremió a la monja—. Quiero levantarme. Y, por arte de magia, extrajo de aquel lecho donde no había nada el apunte de un brazo y, apoyándose en él, consiguió a medias casi sentarse. Así pues, el hombre conservaba su cuerpo, o como quiera que pudiera llamarse lo que se había salvado de la quema. Allí apuntaba una tabla torácica, un esbozo de vientre, y hasta unos miembros inferiores llegué a ver. Por bien poco que fuese, estaba entero y con muchas ganas de charlar. —El sueño me ha curado. He visto a la vida, ¿sabe usted? —se dirigía a la monja—, tal como era ella para mí, con su belleza inagotable y aquella forma de ofrecerse. Una hermosa mujer y, se lo juro, completamente desnuda, tendida junto a la fuente. Ahora ya sé lo que tengo que hacer para restablecerme. Entonces el médico, más que hablar, dejó escapar unas palabras. «El poder de Esculapio», le oí decir. Y cuando me volví noté que me miraba con esa reverencia que se reserva a un dios.


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«Esculapio...». Me erguí instintivamente, y hasta casi llegué a levitar, al recordar que así sanaban los enfermos después de dormir una noche junto al manantial del Epidauro. La monja consiguió montar las piezas del fantoche y luego lo sentó al borde la cama, manejando unos hilos invisibles. Las piernecitas quedaron colgando sobre la alfombra con movimiento pendular, hasta dar la impresión de que el muñeco se moviese solo; pero, en cuanto ella apartó las manos, el engranaje se aflojó de golpe y vi doblarse tanto la espina dorsal que temí se quebrara. De un salto, el tiempo cargó todo su peso sobre la cruceta de los hombros; el anciano no podía levantar el cuello, y asomando los ojos a la frente baja demandaba mi ayuda. Yo no supe prestársela ni tan siquiera de palabra. No sabía qué decir; ni a tratarle atinaba, por no parecerme una persona. Me vino a la memoria un grabado antiguo, con un mago que, en su laboratorio, examinaba el raro contenido de una de las redomas, donde por gracia de su arte germinaba un homúnculo. Tuvo que ser la monja quien lo cogió en volandas para instalarlo en un sofá rellenado con varios almohadones, donde el pelele acertó a mantenerse en posición estable. Entonces me senté enfrente de él —nos separaba una mesita baja— y ya pudimos tantear una amago de relación entre semejantes, que no pasó en principio más que de un cruce de miradas e intercambio de incómodas sonrisas. —¡Cuánto me alegra tenerle aquí, profesor! Le aguardaba con verdadera impaciencia. Usted puede hacer mucho. ¿Qué esperaba de mí? ¿Que prolongase más su ruina? Él tenía que saber que la vejez no retrocede, que el deterioro es imparable y, a esas alturas, la vida ofrece su belleza solamente en los sueños. Pero, sin duda, trataba de seguir apostando a su imposible carta; le había cogido gusto a aquel pobre medrar y, sobre todo, tenía miedo al corte de la débil línea, al fin del proceso. Nos asombra ver en los demás, incluso en los enfermos terminales, esa tozudez en defender la última trinchera. No comprendemos qué pueden encontrar en la existencia (la nuestra, claro,


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es otra cosa; tiene un agradable calorcillo y un sabor personal, y conservarla resulta un deber sagrado). Yo estaba allí, ciertamente, para proteger una reserva de riqueza genética aprovechable para la humanidad y, además, tenía que hacer por él lo que pudiese a fin de no dañar mi propio prestigio, pero sentía una creciente irritación ante su empeño en malvivir. «¡Condenado viejo! ¿Es que todavía no te has hartado?». Estas contrarias reflexiones bloqueaban por mi parte el establecimiento de un diálogo, limitándome a mirarle en silencio. Para facilitar lo que él supuso una primera inspección médica, el hombrecillo cerró los ojos y se entregó a mi observación, con lo que pude estudiar sin recato aquel proyecto de cadáver. Porque aún vivía, pero ya había en él muchas partes muertas. Por ejemplo, la piel, y esa envoltura seca venía a ser su mortaja. Muy desgastada por el uso, casi impalpable, el tinte se le había corrido a fuerza de lavados formándose manchas. La cubierta de fruto tan maduro, pasado ya, dejaba ver los gusanos venosos que reptaban debajo pugnando por salir al exterior, y se desprendía en algunos puntos, como en una llaga en la mejilla, descubriendo la podrida pulpa y hasta el mismo hueso. Al haberse fundido el tejido celular subcutáneo, almohadillado que embadurna y suaviza la trama muscular, una gran rigidez se extendía por su cara. Los músculos, semiatrofiados, apenas conseguían registrar la variedad de gestos que los estados de ánimo dictan al rostro, con lo que la mueca de la máscara permanecía demasiado fija. ¡Y qué mueca tan triste! Aunque intentase sonreír, los haces musculares se mostraban renuentes a la orden, obstinándose en su pesadumbre. Se entablaba una lucha entre ellos y la voluntad a la que el Viejo asistía inerme, y al fin la devastación acababa con todo. La extrañeza del cuerpo... Aunque antes me inquietara alguna vez, nunca esa realidad se reveló a mis ojos como en aquel momento, ya que la aceptación de nuestra propia forma, que torpemente suponemos modélica, nos impide ver su tremenda rareza. Percibimos, en cambio, la delirante variedad de las otras especies, que nos divierte o nos aterroriza. Pero ahora descubría


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un horror mucho más próximo, que me afectaba a mí también, socavando cualquier conformismo, porque este caso extremo venía a denunciar nuestra ceguera para contemplarnos tal cual somos. Me acerqué más a él, extendiendo la mano, ansioso de tocar y, a la vez, repugnando cualquier contacto con el bicho. Porque allí, agazapado, quizás dormido, poco menos que muerto, estaba un ser inconcebible, el apunte fantástico de un naturalista, un horrendo robot llamado «hombre». No es que hubiese caído de otro planeta, como a primera vista pudiera creerse; era uno de nosotros, y al mostrar al desnudo con tanta crudeza la miseria común, a todos nos dejaba en cueros. Sería más tranquilizante considerar aquello como cosa distinta, por ejemplo, un tonel desgajándose en piezas, pero enseguida uno pensaba que eso es el tronco que forma nuestro cuerpo: un tonel aplastado que se derrama en las extremidades para dispersarse alrededor. «¡Qué monigote!», me decía mirándole, e inmediatamente me veía calcado en su misma traza, remedo de su caricatura, y contemplaba mis brazos erráticos advirtiendo por primera vez su extravagancia, sin explicarme quién colgó en su extremo las garras que nos los rematan y que volvía a un lado y otro sin decidirme a darles el nombre de manos. En el extremo superior del tronco, unida a él por un tallo flexible, una pelota ósea recubierta de carne reseca agrupaba a voleo los limitados órganos sensoriales, no superiores a los que poseía cualquier animal y que aparecían peor recubiertos, bastante más a la intemperie, sin el pelo o las plumas que en ellos los protegen. Los globos oculares que el Viejo dejó ver al entreabrir un momento los párpados, estaban tan hundidos en las órbitas que no tenían nada de la piedra preciosa que engarza su relieve a ambos lados del pico de las aves. Pico sustituido aquí por una burda excrecencia carnosa taladrada por dos agujeros, a través de los cuales se asomaba a husmear la calavera. Pero lo más grosero estaba en la boca que, al haber perdido la línea de relieve de los labios, mostraba al descubierto el extremo del sucio colector, un sumidero nauseabundo, y de aquella sentina tenía que salir la voz


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humana, ese don del que tanto presumimos, abriéndose paso entre los residuos y las secreciones. Y cuando tratase de expresar su ternura hacia otra persona, pareciéndole pobre la palabra y en rasgo que creía espiritual, el hombre rozaría con aquel extremo cualquier porción del otro cuerpo... Era evidente que no intentaba ahora aproximación de ningún tipo al extranjero que le contemplaba tan de cerca; por el contrario, algo había sorprendido en mi mirada que le infundió temor, su cabeza quiso retroceder, se movió demasiado bruscamente y el cuerpo terminó por derrumbarse entre los almohadones. Para evitar que entrase la monja, tuve que enderezarlo cogiéndole por debajo de los brazos. Me asombró lo mucho que pesaba: era un saco de tierra, y por las trazas, mezclada con abundante estiércol. Sin poder reprimirme, aparté a un lado la cabeza mientras se me escapaba un gruñido de desagrado. El Viejo protestó débilmente. De tal forma tuvo lugar nuestro primer contacto. Volví a ocupar mi silla, retirándola un poco, y me dispuse a rehacer el fallido diálogo inicial. Esta vez el gasto corrió de mi parte, sin obtener ninguna respuesta; algo se había roto. Entonces pasé a un interrogatorio médico rutinario, con el único fin de hacerle hablar. Mi voz sonaba con un raro tono; la suya era inaudible. Pronto me encontré interpretando en solitario una escena penosa, ante unos ojos que ni siquiera me miraban, al haberse ido volviendo hacia dentro llenos de decepción. Su silencio, que acumulaba el caudal de experiencia de quien reúne en sí varias generaciones y juzga por su cuenta a aquellos que la ciencia, de modo partidista, califica de sabios, iba minando mi discurso. Noté que comenzaba a sonrojarme, en tanto él, como desde muy lejos, registraba fríamente mi turbación. Era un testigo inconmovible; desde hacía más de un siglo se había acostumbrado a no contar con nadie y saberse solo. De ese cambiante mundo de fuera, donde impera el tiempo, únicamente llegan agresiones. Por eso se encerraba en sí mismo, bajo la cubierta destrozada que los elementos venían atacando sin conseguir llegar hasta el fondo, donde la conciencia resistía. Cegados por las apariencias, nosotros, gentes torpes que nos movemos con tanto malestar


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en torno de los restos de la extrema vejez, no sospechamos esas profundidades. El aspecto de un viejo nos engaña acerca de sus percepciones y, como no se mueven, creemos que no sienten ni reaccionan ya, mientras están ahí, bien despiertos tras su aletargamiento y esperando siempre algo de los hombres, aunque comprenden que han dejado de ser sus semejantes y no se atreven a pedirles nada, clavándonos tan sólo su mirada patética que apenas brilla un poco si reciben una humillación. Temiendo ahora llegar a ofenderle con mi necia postura, al no saber qué hacer, y como mal menor, me uní a su silencio. Nuestros ojos continuaron un momento buscándose y hasta parpadearon casi en concierto; luego yo me rendí. Cuando volví a mirarle creí ver que ensayaba un gesto levísimo. La rigidez continuaba bloqueando sus rasgos, pero una fibra muscular de la mejilla se aflojó durante un segundo: no hizo falta más. Podría parecer un montón de basura, pero allí, a la distancia de un metro, seguía habiendo un hombre. O, para hablar con mayor propiedad, un ser bastante superior a aquéllos que nos complacemos dándonos tal nombre, puesto que había logrado alcanzar con los años y por sus propios medios, abriéndole a la especie nuevos horizontes, una fase avanzada de la evolución. Mientras que los demás no pasamos de intentar un proyecto que nos lleva, indefectiblemente, de la cuna a la tumba a través de tres o cuatro etapas fijas, él supo rebasar esas limitaciones, culminando todo un largo proceso madurativo. De la larva que somos surgía, al sumarse más siglos, dejada atrás la línea de la muerte, un nuevo espécimen arrancado al futuro. Pero sucedía que, al adelantarse a la era de los grandes longevos, su vista no era tolerable para los efímeros congéneres y él, a su vez, se sentía aislado. Se había producido un desajuste, como ocurre siempre que la historia da un salto demasiado largo. Más relajados ambos, nos estudiábamos para irnos comprendiendo mutuamente. De cualquier modo, yo había visto bastante, mientras él debía de ver bien poco, pues la catarata clavaba en sus pupilas su esputo grumoso. Sin embargo, los ojos insistían en mirar y el Viejo movía la cabeza y contemplaba las cosas que le


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rodeaban como si estuviese descubriéndolas: de ahí su extraordinaria penetración que traspasaba todo. Por reducido que fuera ya su mundo, lo dominaba de tal modo y extraía tanto del menor detalle que en esa suficiencia encontraba el calor necesario para seguir manteniendo con vida a su cadáver. Yo, por mi parte, sentí frío. Para confortarse, mis manos se buscaron una a la otra, aunque en este momento sólo entrechocan huesos. —Dígame, profesor —preguntó inopinadamente—. ¿Todavía florecen los almendros en su país? No me pareció piadoso recordarle que los árboles, por muertos que parezcan, resucitan siempre en una fecha fija y, entonces, hasta los más viejos saben rescatar de la tierra las galas de su juventud. Un relojito dorado que alentaba cerca de nosotros, sobre una cómoda, hizo sonar la hora con un delicado tintineo. Esa fue la señal para que la monja irrumpiera en el dormitorio a fin de imponer el rigor del descanso, que hoy sufrió demasiadas alteraciones. Casi expulsado de la pieza, al querer salir de ella por la puerta que tenía más cerca me introduje en una habitación pintada de blanco, que supuse cumplía las funciones de una pequeña enfermería, aunque le faltaba propiedad, pareciendo, más bien, un mínimo escenario donde fuera a representarse una comedia de ambiente médico. El foro está cubierto por un biombo montado en chapa de metal, y de allí surge la cabeza de uno con su mascarilla, como el actor mediocre que exagera las notas de vestuario para afianzarse en un papel difícil. Me guardo mucho de darle la mano para despedirme pues ya sé que eso no le gusta, y apenas se oculta su cabeza a mi vista vuelve a aparecer por el extremo opuesto de aquella especie de telón, ahora con el rostro descubierto y de cuerpo entero con la mano bien adelantada, no por haber decidido súbitamente mudar de costumbres sino porque, en vez de uno, se trata de dos, que se dispone a iniciar su turno de noche. Cumplido el saludo, y cuando queda atrás, sale disparado un tercero de las entrañas del prolífico biombo para abrirme la puerta que lleva a la rotonda, éste con la bata plegada al brazo y vestido de calle. Mi mano, por sí sola, se extiende hacia él, pero


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el supuesto tres hace que no lo advierte ya que es otra vez uno, aunque sin mascarilla, y se reafirma en su aversión a cualquier roce. tres, el homólogo de ambos, estará mañana aquí para continuar la pantomima de los desdoblamientos. En el pasaje de comunicación con la casa espera el Comandante, paseando con el aire marcial de quien monta la guardia y trata a la vez de ocultar el grado bajo el traje civil. ¿Cómo es que lo mantiene en su nombre, si la guerra queda ya lejana y en el país tratan todos de echarle tierra encima, corrigiendo la historia, para aliviar complejos de culpabilidad? Al verme consulta su reloj, lo que quiere indicar que la institución tiene un horario que debe respetarse. He aquí un tipo recio, cuya altiva testa subraya la distancia que le separa de los demás hombres. Cada paso que me aproxima a él aumenta su estatura y obliga a la mirada a elevarse más para no ceder ante la suya. Adelanta la mano con un gesto cortés, pero sus dedos trituran lo que tocan. Sus observaciones son inapelables: tengo una habitación reservada en la casa para pasar esta primera noche y de la que podría disponer eventualmente en lo sucesivo «cuando las circunstancias lo exigieran». Mañana me presentará «el plan de trabajo». Su esposa ha dispuesto una cena frugal, pues «aquí somos vegetarianos». Este hombre no me conoce. Me iré ahora mismo a un hotel de la ciudad, y es a ésta, a la ciudad, donde yo vengo destinado «para presidir el Consejo», ante el que quiero exponer mis propias ideas «sobre el estudio que desarrollaremos». En cuanto a la dieta, tengo también «mis normas fundamentadas científicamente». Mientras me escucha se ha cuadrado. Lo que más le impresiona, aparte, sin duda, del rápido restablecimiento del enfermo, es —lo advierto en su pestañeo— mi perfecto dominio del idioma. Encaja, admirado, la exhibición del lenguaje médico. Es un buen técnico: lo aprecio en sus respuestas, muy precisas, mientras me pregunto en qué servicio habrá hecho la guerra, que para él parece continuar bajo apariencias muy distintas, sin engañar, no obstante, a nadie y de ahí la persistencia del nombre con que le identifican, cuidándose, a la vez, de que no llegue a sus oídos. El diálogo se cierra con un taconazo.


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AquĂ­ tenemos otra vez al chĂłfer, que vuelve a hacerse cargo de mi maleta. Una recta avenida conduce a la ciudad, bien rotulada ĂŠsta con su nombre propio. Las luces de un hotel y el portero con llamativo abrigo, atento a la llegada de los coches que frenan bajo la marquesina. Unas dispersas gotas de lluvia acuden presurosamente para darle al instante su justo matiz. Hemos llegado: comienza la historia.


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Capítulo quinto

«consejo médico internacional»: hermosas letras de bronce en la placa de mármol que tengo a la altura de los ojos, y con la que he venido casualmente a encontrarme. Llegué hasta aquí al azar, tras salir temprano del hotel con ganas de estrenar una ciudad imaginada muy intensamente en el transcurso de este viaje, y que ahora quiero que se materialice para dejarla reducida sólo a lo que es y poder asentarme bien en ella. Comienza la historia: ésta es la población donde aterricé anoche mismo. El nombre prometía algo más; en un idioma tan sonoro las urbes se levantan demasiado imponentes en cuanto la palabra las invoca. Una red de calles bien adoquinadas —un pavimento antiguo, con casi tantos siglos como el Viejo, al que el tiempo apenas si ha pulido un poco—, tráfico escaso si hacemos excepción de los tranvías, que vienen a empalmarse en largas filas en las plazas céntricas. Líneas arquitectónicas unificadas, austeras, dentro de una cierta pesadez de masas, que a veces tratan de superar sus limitaciones provincianas y en algunas cúpulas se lanzan a sueños imposibles. Hay un remate cerca de esta plaza que clama al cielo, y tiene que corresponder a uno de esos períodos de entreguerras cuyas perspectivas económicas hacen concebir grandes esperanzas a las fuerzas vivas, y éstas se encaraman a los tejados para otear los nuevos tiempos, que, por cierto, llegan enseguida, bastante más deprisa de lo que todos hubieran deseado, anunciados por los cañonazos. Sueños burgueses... ¿y qué otra cosa que el vaho de la siesta que siguió a una comida bien regada entre munícipes es el pabellón blanco, levantado a la entrada del parque que se abre a un


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costado de la plaza del Ayuntamiento, casi a la sombra de éste, y ante el que vine a detenerme? El alcalde prometería en un brindis ofrecer «un moderno palacio» a la Organización Europea de Salud para facilitarle la tutela científica del bien público en forma aproximadamente humana del que la ciudad se enorgullecía, y un momento después, en una irresistible cabezada, soñó que ponía un huevo, éste que ahora vemos depositado en la hierba del parque. Releo las palabras de la placa: «consejo médico internacional». Resulta que lo tengo aquí, estaba esperándome. No tengo más que entrar y tomar posesión de mis nuevos dominios. Pero existe un pequeño inconveniente: la puerta está cerrada y no ofrece a la vista nada que pueda utilizarse como llamador. Es una puerta solidísima y forma con la fachada un bloque de hielo que acoraza el iglú, haciéndolo invulnerable. No es cosa de ponerse a aporrearla; parece más sensato dar una vuelta alrededor del blanco cascarón, por si presenta alguna grieta. Efectivamente, hay un acceso posterior, una sencilla puerta de escape, y que, además, es practicable. La entreabro un poco, introduciendo la cabeza, y veo a continuación un ancho pasillo por el que avanzo con cautela. A cada lado quedan unos cuartitos desnudos y vacíos y al fondo hay otra puerta. Me reafirmo en la idea de que estoy en casa y, al alcanzarla, abro sin titubeos, entrando en una habitación que hace las veces de antesala de otra, uno de esos reductos defendidos por una secretaria, cuya hipotética existencia está sugerida por una linda mesa de madera que soporta un dictáfono y un diminuto archivador. No hay nada más, ni siquiera una silla donde la secretaria pueda sentarse: quizás por eso ella no esté aquí. A la izquierda tenemos el vestíbulo, un charco de mármol bajo una lucerna, y la nota fría de los cerrojos que aseguran la entrada principal, con aspecto de no haber sido abierta nunca, a no ser el día, probablemente en vísperas de elecciones, en que este pabellón fue inaugurado por las autoridades —casi estoy viendo el acto, y podría aventurar algunas frases que alguien, por ejemplo el alcalde, soltó en su propio honor—, dándose por hecho que todo funcionaba ya


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tras sus palabras y que, por tanto, no hacía ninguna falta ocuparse más de él. Vuelvo sobre mis pasos, atraído ahora por la puerta de cristal opaco cuyo acceso controla la mesa de la secretaria; deduzco que ése es mi despacho. Hay unas letras poco legibles en la superficie del cristal, de las cuales no se apercibe uno hasta que no está encima de ellas: dirección, así dicen, modo de señalar que resulta demasiado oficinesco; tendremos que cambiarlas. Pero, por lo pronto, marcan el territorio y me hacen traspasar el dintel pisando con firmeza. Estamos en el centro del huevo, en la misma yema. Tonos muy cálidos en las paredes; arriba, un disco traslúcido filtra suavemente la claridad diurna. El mobiliario está casi completo. Estreno el comodísimo sillón, cuya funda aparece tirada detrás, certificando la premura con que han dispuesto el despacho para mí. Mejor; así puedo estar más seguro de que nadie se ha sentado en él. ¿Nadie? Sobre la mesa, el cenicero de diseño —odio los ceniceros; en mi despacho no se fuma— exhibe una colilla de mal tabaco que huele a reciente. ¿Quién se habrá atrevido...? Golpeo con el puño el pulido tablero de la mesa y, como si eso viniera a activarlo, el teléfono rompe a sonar. Un reflejo automático me hace ponerme al habla. —Buenos días, profesor —dice una voz grabada—. Nos complace mucho saludarle. Esta línea le pone en comunicación con la oficina central de la Organización Europea de Salud. Si quiere establecer diálogo directo, no cuelgue, espere que termine este mensaje y luego, cuando oiga un nuevo tono, pulse el botón rojo. Fin de la grabación. Cumplo las instrucciones. —Allô... —Sí, ésta es la oficina central de la Organización... —Soy... —Buenos días, profesor. Nos complace mucho saludarle... Alguien está al otro lado de la puerta: veo su sombra en el cristal. Impensadamente, cuelgo el receptor. «¡Pase!», me oigo decir (toda la escena se desarrolla como al dictado de un texto bufo). La sombra se retira.


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Salgo en su persecución. En el pasillo posterior alcanzo a un empleado de alguna casa de mudanzas que se lleva una silla —o quizás la traía y con el susto no sabe lo que hace—. El hombre no habla la lengua del país; su rostro atezado identifica a un emigrante (¿un griego, un turco...?). Al fin suelta su presa, que queda obstruyendo el pasillo, y se mete en una camioneta aparcada atrás, que arranca precipitadamente. Así se desarrolló mi toma de posesión del importante puesto que me habían asignado. Sólo tenía que agradecer un favor al cielo: que mis colegas de la Universidad se encontrasen a algunos miles de kilómetros de este lugar, protectora distancia que incluso se me antojaba escasa en aquellos momentos. Las cosas rodarán mejor en días sucesivos. Un conserje de excelente presencia descorrerá mañana los cerrojos de la gran puerta. La secretaria ocupará su silla. Los cuartitos anexos irán dando acomodo a varios auxiliares, y pronto un télex viene a completar la línea directa del teléfono. Pero el «consejo», a pesar de sus hermosas mayúsculas de bronce, no designará más que un modesto puesto de avanzada de la lejana sede central donde llevan el caso. Todos nuestros datos de exploración han de ser transmitidos a sus archivos, lo mismo que las muestras analíticas se estudiarán en sus laboratorios. Ellos marcan la pauta, controlan nuestros movimientos, nos vigilan, dudando por sistema de nuestra capacidad, hasta terminar por teledirigirnos. Nosotros somos la colonia. ¿Qué digo nosotros? Aquí estoy sólo yo. Los médicos asistenciales no cuentan para ellos; todo lo de la casa es propiedad del municipio. El Viejo es un rehén con el que, por razones de prestigio, negocian unos y otros sin que el individuo como tal les importe gran cosa. Y a mí me tienen —lo veo ahora bien claro— para responsabilizarme de su suerte, un garante a quien culpar si la investigación no da ningún fruto. Pero, en fin, fuera luce el sol y se abre por una hora una apacible tregua en el invierno. Sigo por el parque, disfrutando de la ventaja que, al menos hoy, proporciona el incógnito para poder pasear mi decepción sin velar el gesto. Nadie puede señalarme y decir: «Ahí tienen a un tipo a quien han nombrado emperador


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de una isla desierta». Pero no dejo de notar bochorno porque el sol sí sabe. En estos trances uno vuelve a sentirse tan desamparado como en la edad temprana de la vida y el sol parece desnudarlo. «¿Qué fisgas tú?», le digo por lo bajo, evitando mirarle, aunque éste sea un astro frío, sin la penetración de aquél que conoció a un niño desarmado, tan débil como ansioso de hacerse respetar, con un precoz sentido del ridículo y sensible a la menor humillación, que huía de las calles donde mandaban rivales más fuertes, inflamados del mismo ardor solar, para refugiarse en el cuarto cerrado y en su propio cuerpo con el que pronto aprendió a bastarse. Bajadas las persianas, cegados los menores intersticios para que ningún rayo de luz pudiera espiarle, ensayó los mil recursos de la supervivencia solitaria, mientras la vida esperaba fuera, cruzada de brazos y segura de sí, dispuesta siempre a abatirse sobre él en cuanto saliera para aniquilarlo. Una nena que corre con la cabeza vuelta hacia atrás, gritando algo a un rezagado compañero de juegos, viene a incrustarse entre mis piernas. Reconocí el brillo de los grandes ojos, azules cuentas de cristal, y las largas pestañas de muñeca en la carita alzada hacia mí. Tras un segundo de confusión en el que los tiempos se mezclaron, la aparté a un lado mientras lanzaba un rápido vistazo alrededor. Precauciones inútiles: nadie presenció el incidente, y hasta una nube cubría con las manos en aquel momento los ojos del sol. «¡Adivina quién soy! ¿A qué no sabes?». No sabe, no ¿y qué puede saber de cualquier otra cosa? La historia está olvidada ya, y a lo mejor no sucedió nunca, alguien de mente retorcida pudo imaginársela, o fue un sueño del niño en aquel cuarto oscuro donde durmió demasiadas horas, demasiados años de un tirón. No encontraba la salida del parque, que se extendía ahora por una altura superior a las calles vecinas, de las que se aislaba, además, por un espeso seto de boj. Me acerqué a esa barrera, hollando el césped, en un punto en que se aclaraba por si podía salvarla, pero una vertical cercana a los dos metros me lo impedía. Abajo, por la acera exterior, la masa ciudadana apresuraba sus pasos


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hacia el mediodía. La aguja minutera del reloj de la torre del ayuntamiento, que veía a lo lejos, afilando su garra acechaba el confiado discurrir del tiempo y en medidos saltos lo iba acorralando contra la cifra de las doce. Quizás por un reflejo me sentí acosado por la inminencia de la hora y volví a medir la distancia que me separaba de la acera, cuando vi aproximarse por el centro de ella, hendiendo la corriente peatonal, un grupo de personas de edad vestidas de la manera informal que se permiten los turistas y a cuyo frente marchaba un sorprendente explorador, un guía casi centenario muy celoso de su cometido. Cubierto con un gran salacot, mochila a la espalda y pantalón corto, el hombre arrastraba penosamente sus botas de clavos, aunque más que éstas parecía pesarle la corte de sus admiradoras, una pareja de ancianitas cosida a su flanco, que para no quedarse rezagadas del objeto de su contemplación daban saltos de pájaro, sin soltarse las manos enlazadas, mientras el resto del grupo seguía distraído detrás. —¡El tranvía! ¡El tranvía! —baló el más despierto del manso rebaño, al distinguir, aguardando ante las arcadas del ayuntamiento, una jardinera multicolor con tantos años como los turistas, cuyo destino, bien anunciado en su cabecera, indicaba la meta de las peregrinaciones: el santuario donde se exponía a aquella hora el cuerpo del Viejo. Intentaron algunos cruzar a trote corto la calzada, pero el guía, que debía de llevar en la mochila sus reservas de autoridad, ajustándose el peso que casi le doblaba aseguró sus botas en el suelo, extendió los brazos y pidió calma con un áspero grito que dejó al grupo inmóvil, obstruyendo la acera; luego una de sus manos atrajo las miradas de todos, haciéndolas girar un segundo en el aire para llevarlas en volandas hacia el historiado reloj, cuyos esmaltes espejearon en un rayo de sol. Caía sobre la ciudad el filo preciso del mediodía, y la tenaz aguja, devorando el último minuto, se acopló estrechamente sobre la compañera que aguardaba en la cita de las doce, y en el vacío súbito del tiempo oímos estremecerse a la maquinaria con un crujido de placer, antes de desgarrarse vomitando los cuartos.


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Se abrió de golpe, entonces, una ventanita situada debajo de la esfera, por la que salió proyectada una figura danzante con guadaña al hombro y portando en la mano esquelética un reloj de arena en el que se tasaba grano a grano la duración de nuestras cortas vidas. Hubiera sido para echarse a temblar si, en el instante en que las campanadas de la hora dictaban la sentencia colectiva, otro muñeco que apareció detrás, montado en el mismo eje giratorio, y que representaba a un viejo inverosímil pero muy activo, no obligase al primero a retirarse más que deprisa, concediéndonos una existencia larga a la medida de la suya, merced que prodigaban a los cuatro vientos sus brazos de autómata mientras el cuerpo se bamboleaba peligrosamente en el avance a golpes por la alta cornisa. El grupo de turistas aplaudía, entretanto, con gran entusiasmo. Empujado, a su vez, por la última campanada, el Viejo, a trompicones, se retiró también, volvió a cerrarse la ventanita y la ciudad recobró el ritmo cotidiano, tal como oímos marcar al tranvía con sus campanillazos. Hacia él se fueron los gozosos ancianos, ansiosos de testimoniar personalmente su reconocimiento a quien les otorgaba un plus de vida, por más que no supieran muy bien cómo emplear ese don sin agotarse demasiado. Volví a internarme en el parque, y —ya que seguía sin acertar a salir de él— busqué, al menos, un banco donde poder descansar un rato. El lugar se había despoblado y hasta los niños que antes vi desaparecieron por algún portillo sólo conocido por ellos. Todavía me costó varios minutos encontrar el banco y cuando, al fin, me dejé caer en él, tuve que soltar los cordones de los zapatos. ¡Qué pequeñas presiones bastan para encerrarnos en la cárcel del cuerpo! Conseguido el alivio comenzó a descender sobre mí, receptivo otra vez a los estímulos externos, la exhortación que se desprende siempre de los árboles, y más cuando resisten el invierno privados de sus hojas. «Aquí estamos —nos dicen—. No hay que dejarse abatir nunca. Es preciso mantener el tipo y continuar erguidos». Quizá por hallarme dentro del área de influencia de un poeta cuya estatua de piedra quedaba a mi espalda, no lejos de una fuentecita, levanté la barbilla dejando


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que la luz traspasara mis párpados cerrados, mientras mis labios modulaban sin voz disparatadas frases líricas. Los árboles me contestaban a su modo aprovechando alguna favorable ráfaga de viento, cuando uno más lejano, desde mi izquierda, soltó una maldición en un perfecto inglés. Abrí los ojos, muy sorprendido ante los alardes idiomáticos de aquellos ejemplares, que ostentaban todos en sus troncos su filiación botánica y la tierra de origen. «pterocaria fraxinifolia. Norte de Irán», pude leer al acercarme a tan maravilloso políglota lo que me permitía el seto verde que le separaba del paseo. Entonces oí un cascado gemido, y ya dudé que un árbol tan robusto llamase plañideramente a su mamá. Además, la voz no venía de lo alto sino del suelo, justo al otro lado del seto, sobre el que me asomé puesto de puntillas. Allí, un viejecito quizás dejado atrás por algún grupo de turistas, trataba de encontrar la salida de un laberinto muy sencillo dispuesto para entretenimiento de los niños alrededor de una espiral de boj. «¡Mamá, mamá!», hipaba el infeliz, al que el apuro remitía a la primera infancia, mientras que en los momentos en que conseguía recobrar su coraje, sentándose en el suelo volvía a maldecir enérgicamente. Graciosa situación para quien ría a la ligera, cosa que yo no hice por barruntar que se encerraba allí una alegoría. Algo debió apuntarme el poeta desde su pedestal, donde inclinaba la cabeza, abrumada por un sentido dolorido de la existencia humana, al ver al niño adentrarse jugando en el laberinto de la vida hasta que se descubre transformado en un reptante añoso. Lástima que mi oído, muy torpe siempre para la rima, no acertase a captar bien la bellísima forma con que el poeta envolvía esta idea. Desde mi posición —porque aún no era tiempo de perderme yo también en la espiral del seto vivo— dirigí como pude los pasos del anciano, y después de llevarlo hasta mi banco dejé que echase una cabezadita. Conmovía verle todavía hipar, mojadas sus mejillas por las lágrimas, mientras iba quedándose dormido. Poco más tarde encontré, a mi vez, la salida del parque, y cansado de aquel inútil deambular regresé al hotel.


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El recepcionista cortó con un gesto de la mano las reclamaciones de un cliente y vino a interponerse en mi camino hacia el ascensor, para rogarme que le acompañara hasta la Dirección, donde alguien me esperaba. De pie junto a la mesa del despacho, el gerente se deshacía en zalemas, haciendo rodar entre dos gruesos dedos su anillo de oro, ante un visitante posesionado de la mejor butaca que admitía los cumplidos con la gelidez de un recaudador de tributos nunca satisfecho del todo. Pero cuando el empleado, al abrir la puerta, me anunció, el que estaba sentado se puso en pie de un salto, tomando el relevo del gerente para enhebrar expresiones corteses y acariciar su propio aro de oro, del que los hombres de aquella ciudad parecían tratar de extraer la ilación de sus frases. Durante el minuto que tardé en comprender quién era y qué venía buscando —porque el caballero, enredado en sus mismas palabras, daba tantas vueltas que, de no contar con el asidero del anillo, se me hubiera perdido— también yo, por contagio, probé a sintonizar en mi dedo anular la melodía de aquella emisión. —Es el deseo del Señor Alcalde —«el Señor Alcalde», subrayaba el gerente, queriéndome ayudar a entender el asunto, sin conseguir más que remachar mi confusión, puesto que yo tomaba al enviado, que era el secretario, por la primera autoridad del municipio—... También es mi deseo, y hago fervientes votos esperando que la estancia de usted en nuestra ciudad... Quisiera yo... Quiere el Señor Alcalde... (¿Podría saber, al fin, qué diablos querían?) Por suerte, los tres anillos giratorios coordinaron sus órbitas y la comunicación se estableció. El alcalde, el secretario y el gerente también, para no ser menos, deseaban de todo corazón que pudiese completar mis estudios sobre la prolongación de las vidas humanas, e inoculase pronto a los demás el extracto de la supervivencia, en cuanto lo aislara en la sangre del Viejo y preparase la especie de vacuna que estaban esperando ansiosamente. «Es que ya no vivimos, de impaciencia...» El secretario, llegado aquí, supo adelantarse a pedir turno, dejó al alcalde a un lado, esquivó el marcaje del gerente y, clavándome


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unos ojos redondos, vidriosos y tan inexpresivos como los de un gran pez, me habló a medias palabras y ayudado por señas para soslayar la mal disimulada curiosidad del testigo, que por estar en su propio despacho no se mostraba dispuesto a distanciarse más allá de dos pasos. Si antes me resultaba difícil entender al hombre, ahora la cosa se complicaba más ya que en sus balbuceos terminó por quedarse sin voz. Parecía ser —tal fue la conjetura que me hice— que había otra persona cuya existencia ponía él por encima de todo. «Si usted quisiera...», logró decir, mientras trataba de cogerme la mano. «Ella no sabe...» (Tampoco yo sabía entonces que «Ella», su amante, mordida por un cáncer agonizaba en esos mismos momentos). No había transcurrido media hora cuando el alcalde mismo se introdujo, sin más, en mi habitación, que olvidé cerrar. Unas inmensas gafas de sol pretendían ocultar una identidad demasiado bien conocida. Cuando se las quitó, no fueron esta vez ojos de pez sino de ave de presa los que me asaetaron. Sentí que me medía de arriba abajo, calculando mi peso físico y moral; como buen financiero, tasaba mi precio. El regidor de una ciudad que goza de estatuto autonómico, al ser el sucesor de los antiguos príncipes conserva alguna de las prerrogativas de aquéllos, y sus iniciativas mercantiles, después de enriquecerle, redundan a la larga, con frecuencia, en beneficio de la urbe, lo cual hace que se le permita mucho —y él siempre se cree autorizado a más—. Comprendí enseguida que éste no venía a interceder por la vida de nadie. «Ella» aquí no contaba. Ninguna mujer vidriaría su mirada; era de los hombres que sorben el placer del cuerpo deseado y escupen luego con fastidio la pulpa restante. —Le extrañará mi forma de actuar: soy individuo poco protocolario cuando consigo evitar a mi cargante Jefe de Protocolo —una risa seca—. Ya quise verle ayer, pero llegué al hotel balneario poco después que usted saliera hacia aquí; tuvimos que cruzarnos en la carretera. No acudía al anillo para darse cuerda. Sus garras se mostraban libres de adornos y muy precisas en sus movimientos. Sentí el fluido que emanaba de él y me acoracé a la defensiva.


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—Mi día está cronometrado y se me vigila demasiado de cerca, por lo que no dispongo más que de unos minutos. En el balneario hubiéramos tenido fórmulas más corteses con toda la velada por delante y aquel hermoso marco de época; aquí es posible que le parezca a usted un tanto brutal. Ustedes, los científicos, tienen otra filosofía de la vida y un concepto distinto del tiempo. Las cosas van despacio en el laboratorio, ¿no es así, profesor? Yo no puedo esperar y abordo los asuntos según surgen: hoy, éste; otro mañana. Hablaba con extraordinaria rapidez, echándose encima del interlocutor, al que apabullaba con su corpulencia. Uno se sentía reducido por fuerza y casi estrangulado. Me recordó a un jugador de rugby y esperé a ver la dirección que habría de tomar en su carrera. —Me consta que uno de nuestros grandes consorcios químico-farmacéuticos va a ponerse en contacto con usted para estudiar la posibilidad de la obtención del suero a gran escala —el suero, la vacuna... daban ya todo poco menos que por hecho—. Ése es un asunto que está por encima de mí y que supongo les llevará años; ahí yo no entro. Entonces, ¿a qué había venido? Pero con él se iba directo al grano y la fase de espera terminaba enseguida. —Dejemos los proyectos y vamos a las realidades concretas, aunque sean más modestas. No sé hasta dónde pretenderá llegar usted en su investigación, y supongo que hay cosas que ni el hombre más sabio puede alcanzar jamás, pero me basta calcular cuánto supondría la comercialización inmediata de lo que hasta el momento haya obtenido, y apenas importa que sea poco o mucho, pues siempre será algo que conceda a la gente una esperanza de alargar la vida y asegure el éxito económico, para proponerle un buen negocio. Había disparado adonde apuntaba y la sorpresa no me dejó siquiera sentirme herido. —Contamos con un socio capitalista de gran solvencia, vicepresidente de una empresa filial del consorcio que antes le cité, que está dispuesto a financiar la planta necesaria para producir a


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gran escala lo que usted pueda darnos, una molécula sencilla, ¿qué sé yo?, algo así como una nueva vitamina, ¿qué voy a decirle? Sin embargo, sí que lo decía: —Para el socio, buen conocedor del mercado, el éxito está en el lanzamiento. Y, desde luego, la participación de usted en los beneficios lo ajustaríamos en un pacto entre amigos. Comprendo que la ciencia es muy escrupulosa —me recorría la cara con sus ojos ávidos— y su finalidad no reside en el lucro, aunque pienso que el hecho de que usted gane más o menos no afecta para nada al beneficio de la humanidad. Estamos en una sociedad de libre mercado y no hay otro remedio que plegarse a sus leyes. El teléfono comenzó a sonar y eso le obligó a lanzar la última andanada atropelladamente: —Tenga en cuenta que, si consiente en ello, el mundo se le vendrá a las manos. Por más que lo pusiera en las mías, adelantó las suyas abiertas para aguantar todo su peso. Como anunciaban desde recepción que un periodista quería entrevistarme, el visitante volvió a parapetarse tras sus gafas y alcanzó la puerta en cuatro pasos. —Hoy tenemos pleno en el ayuntamiento. En esas reuniones hay que atenerse a legalismos que dilatan de manera exasperante las cuestiones más nimias. Por eso yo prefiero tratar los asuntos directamente y en privado, con unas palabras que, además, quedan entre caballeros. Y a la vez que tortura mi mano, me hace sentir la admonición de su mirada a quemarropa. Para darle tiempo a escabullirse y poder serenarme, dejé pasar unos minutos antes de bajar al saloncito reservado donde esperaba el periodista. Tendido encima de la cama trataba de aliviar la carga de la nueva situación sobre mi pecho. Me sentía apremiado como aquél a quien acosa su propia leyenda. ¿Qué podía hacerse para no defraudar a tales ilusos? De lejos, por el aire, llegó la vibración del carillón municipal. Imaginé la escena: está a punto de abrirse la ventana situada debajo de la esfera y la Parca se dispone a bailar su danzón macabro;


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enseguida, tras ella, aparecerá el Viejo. ¡Ahí estaba mi hombre! La solución a todo la guardaba él dentro de sí, y yo iba a arrancársela aunque tuviera que vaciarle. Las manos se me crisparon con manía homicida; luego me eché a reír. ¿Acaso iba a dejar que hiciesen de mí otro muñeco más del ingenioso mecanismo, un profesor de bata blanca que persigue al anciano con una gigantesca lavativa para extraerle la tenia de la longevidad y subastar entre los ciudadanos la ristra de anillos? Las campanadas de la hora dejaban caer a plomo sobre los tejados su peso metálico.


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Capítulo sexto

Aquel reloj tan estridente terminó por obligarme a huir del hotel. Las campanadas anunciaban el día con anticipación, yendo a buscarlo a gritos al fondo de las sombras y me sobresaltaban desde muy temprano. Aún dentro del sueño las estaba esperando, y cuando —tras la corta pausa de unas horas que silenciaba la mecánica externa— las primeras señales de su vuelta a la vida llegaban hasta mi balcón, despertaba creyendo que uno de los autómatas venía volando desde la torre para instarme a cumplir lo que la gente esperaba de mí. Ver invadido hasta ese punto el espacio íntimo que necesita el hombre para su equilibrio trastorna a cualquiera, y me decidió a ponerme a cubierto. En las afueras de la población, a la distancia conveniente y dentro de un paisaje que tenía su encanto, encontré, después de algunas gestiones fallidas, un refugio muy propio. Fue la secretaria del Consejo quien me facilitó la dirección, y creo que ése resultó su mejor trabajo. Quise acercarme hasta el lugar a pie para estudiar bien el terreno, y una tarde algo más despejada que las anteriores me dejé ir, después de un breve trayecto en tranvía desde el centro, por un paseo melancólico a orillas de un canal que en pocos centenares de metros alejaba al viandante del mundo conocido. Altísimos olmos despedían al día con giros ondulantes de sus copas desnudas, y percibí en el aire, a favor de los espaciados soplos del viento, una suerte de música filtrada por las nubes que iban montando en el anchuroso escenario la tramoya del atardecer. Tras el ramaje del jardín, la fachada de la mansión, un palacete de principios de siglo, reducía a suaves tonos rosa el incendio del cielo. Me sentí personaje de un gran espectáculo, como si viviese el preludio de una ópera. Más que hacer sonar


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la campanilla de la verja hubiera convenido entonar un aria. La diva que me recibió hizo lo que pudo para ponerse a tono, pero le faltaba voz también. Era una señora de excelente porte, alta, delgadísima, vestida rigurosamente de negro. Viuda de un extranjero que, después de rodar por medio mundo, ancló aquí poco antes de la última guerra, había decidido alquilar una planta de la residencia para salir de su aislamiento y hacer algo de vida social. Así me dijo para justificarse y, a la vez, insinuar que necesitaba compañía. La dejé hablar sin permitirme ningún comentario (la dama, por cierto, tenía edad suficiente para haber enterrado a todos sus amigos). Acepté las condiciones económicas del contrato; eran tan elevadas que me atreví a pedir que me sirviesen las comidas en mis habitaciones, aunque, por insistencia de ella —no estaba dispuesta a quedarse sin el huésped a mano— convinimos que podría acompañarla a la hora de la cena siempre que me apeteciese «un poco de conversación». La segunda noche que pasé en la casa quise tantear el nuevo ambiente y me acogí a esa cláusula. Fue una ceremonia protocolaria en el gran comedor, presidido por un espectacular retrato al óleo del marido con galas de comendador de una orden no identificable. «Conversación» no hubo. Comimos en silencio y, cuando nuestras miradas se encontraban, probábamos los dos a sonreír. La dueña se concentró en su colgante de ágata, plomada que medía la vertical lisura del pecho, mientras yo estuve atento a que el viejo criado de manos temblorosas que nos servía no me dejase caer las salsas encima. Aún así, la velada atenuó mi acidez de solitario y una cuerda del violín interior se puso a vibrar. La copa de licor que me ofrecieron gentilmente al final tenía un exquisito aroma. «Hogar, dulce hogar...». Sentía la solidez de los muros cubriéndome la espalda y gravitar la cúpula opaca de la noche sobre la casa y el parque, en tanto más allá, en los confines de la tierra, el canal guardaba la frontera que nos separaba del resto de los hombres. Por la mañana el sol llegó de puntillas y extendió sobre el lecho una cubierta tibia, protectora del sueño. Saldados los atrasos


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que éste me debía, bajé al jardín. Alguien había lustrado el barniz de las hojas en las líneas de boj. Los pájaros rasaban el césped con su vuelo corto, y el sirviente, ahora en funciones de jardinero, cruzó tirando de una carretilla. La orquesta de la naturaleza comenzaba a movilizar sus instrumentos, un tanto enmohecidos por el prolongado invierno del norte. Pero en unos minutos el equilibrio se quebró. Un golpe de viento desgajó una rama del abeto y, a la vez, el gato que dormía en un escalón de la terraza, transmutándose en tigre en la curva de un salto, cayó sobre un pájaro que se puso a tiro y le abrió el pecho de un zarpazo. Aparté la mirada, para sorprender el gesto de fatiga del criado, que al arrimo del muro de la casa descansaba la espalda con aspecto de gran agotamiento. «Este pobre viejo no da más de sí», pensé, viendo cómo colgaban de su cuerpo las ropas, y al tiempo se me hicieron evidentes las grietas que cuarteaban la pared, por donde la piedra, que en parte la cubría, iba introduciendo su cuña mortífera. Volví a la habitación con amargor en la boca. El sol se bastó luego para restañar las heridas, y antes de una hora me tenía en la terraza, equipado ya con mi cartera, esperando el automóvil que vendría a buscarme. Pronto la gravilla crujió animadamente bajo los neumáticos y el camino jugó a dar vueltas hasta tenderse al borde del canal, donde una brasa trataba de prender las frías aguas. La larga hilera de olmos, tan estirada y quieta como una formación de veteranos que presentasen armas a su general, alzaba las ramas hacia el cielo radiante, y se sentía a la savia comenzar a inquietarse bajo la tierra quemada por la escarcha. Tuve que refrenarme para no ponerme a charlar de manera insensata con el chófer. El sol tendía a igualarlo todo, por lo que decidí cerrar los párpados a su excesivo estímulo, situando mi cabeza en la banda de sombra de la carrocería. Cuando volví a mirar afuera, ya íbamos al encuentro de los primeros edificios de la ciudad y allí cada hombre tenía su lugar bien marcado. El coche se detuvo ante el pabellón del Consejo, donde el chófer entró a recoger el grueso mazo de la correspondencia diaria.


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Llegaban esos días los resultados de los análisis que veníamos haciendo a nuestro paciente, cuyo secreto de longevidad nunca se había estudiado con la metodología requerida por el singular caso. La historia clínica engrosaba a ojos vistas, y las carpetas donde mis ayudantes reunían sus datos con esa aplicación del joven internista que no ve más allá de los manuales, eran insuficientes para acoger tanto material que se sumaba a diario, por lo que recurrimos a los archivadores, pronto desbordados. El laboratorio central, adonde remitíamos las muestras tomadas siguiendo un canal parecido al de la correspondencia diplomática, nos inundaba con su papeleo, y vi a los muchachos perdidos cuando no estábamos más que en los prolegómenos de la batalla. Entonces tuve que acudir a los recursos de la pedagogía y hacer para ellos un esquema que, al irse dispersando en sus derivaciones, cubrió enseguida una pared de la pequeña biblioteca donde nos reuníamos para planificar nuestro trabajo; en él les señalé las directrices que la investigación trataba de seguir por las distintas vías de acceso al organismo, con el fin de alcanzar estratos cada vez más profundos. Nos encontrábamos en la periferia y habría que ahondar de modo paulatino en busca de la veta de la inmortalidad. Ya las primeras tandas de análisis seriados nos mostraban nuevas posibilidades de penetración. Traspasado ese círculo, bien marcado en la gráfica, comenzaría la biopsia de órganos; sólo faltaba el informe pedido sobre el genotipo para iniciar esta segunda fase. Andaban ellos excitados por la expectación, y cuando el chófer volvió al coche y me entregó un montón de sobres de todos los tamaños que coloqué a mi lado en el asiento, comprobé que uno de ellos, el más voluminoso, contenía precisamente la carta genética. Lo abrí enseguida, y desplegué lo que me permitía la longitud de mis brazos la inmensa cartulina, que fue desdoblando por sí sola con leves sacudidas sus pliegues hasta el suelo como un torrente de papel. Por lo que pude apreciar en un primer vistazo aquel genoma panorámico era un objeto de arte casi más que un documento de carácter científico. El más famoso centro especializado del otro lado del océano, que atesoraba datos de múltiples secuencias de adn procedentes de todos los rincones del plane-


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ta, había compuesto un cuadro futurista en el que los cromosomas de nuestro caso, aumentados a una escala increíble, aparecían tintados con colores inéditos que destacaban sus detalles sin perdonar ni al más pequeño grumo de sus nucleótidos. Era el mapa biológico de un territorio nunca antes explorado, que me hizo recordar los bocetos fantásticos de los primeros geógrafos que se adentraron por continentes recién descubiertos. Enormes extensiones de las tierras vírgenes no tenían otra identificación que su color. Los huecos del conocimiento, demasiado evidentes pese al alarde técnico de la colosal gráfica, cubrían sus desnudeces con la pigmentación. ¿Y qué podía esperarse, cuando la ciencia actual sólo registra la localización de poco más de mil entre los cien mil genes de nuestros cromosomas, parco botín que se reduce a la mitad si solamente contamos aquellos de los que conocemos la integridad de sus secuencias básicas? Quizá en la prueba que tenía en las manos, al recogerse los últimos avances de los exploradores de un centro de vanguardia ante los cuales retrocedía a diario la línea fronteriza de lo desconocido, vinieran punteados algunos nuevos genes, signos de referencia en la selva cerrada, pero el misterio de ese mundo remoto que se extiende más allá de los mares (en la profundidad de nuestras propias células) se mantenía casi intacto. ¿En qué lugar del mapa, en qué recodo de uno cualquiera de los variados cromosomas que llenaban la desmesurada cartulina, se esconde la codificación que mantiene con vida, por un milagro químico, a un ser humano tan por encima de la cronología de las generaciones que lo transforma en un reto a la ciencia? Tendría que estudiar una a una, y con todo detalle, aquellas formaciones alineadas en el orden usual en que la técnica suele representarlas, para ver si algún cuerpo estaba deformado por el quiste de un gen, diferenciándose con ello del cromosoma análogo del resto de los hombres y denunciando así su localización. Sin conseguir ver nada, pinzaba con los dedos el papel para hacer presa en la partícula que tendría que extraer para implantarla en los demás humanos. Sería la semilla de la supervivencia, de la que iba a brotar la estirpe de los inmortales... Loca quimera, puesto que yo sabía que en pocas ocasiones —a


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no ser en algunas entidades patológicas catalogadas por la medicina— los genes singulares se evidencian así, y que, además, no está resuelta su transmisión de tan sencillo modo. Incluso ni siquiera se tratase de un gen: bastaba una pequeña variación de una secuencia, el salto de un nucleótido dentro de la cadena donde la especie lo había confinado, para inducir un cambio metabólico que prolongara la vida de las células. ¿Y cómo detectar esa minucia? «La aguja en el pajar», me dije al tiempo que dejaba caer las manos, con lo que crujieron los dobleces de la cartulina. Mi mirada vagó desalentada por el exterior: estábamos saliendo de la ciudad, a un par de semáforos de la avenida que conducía hasta la residencia del gran anciano, aquel enigma vivo en cuya presencia el investigador se sentía impotente. ¿Cómo llegar a conocer la base orgánica a que debía su excepcionalidad este asombroso caso? Al no encontrar respuesta, notaba revolverse mi ansiedad hacia el cuerpo que la poseía, e instintivamente endurecí mi gesto. Vi los ojos del chófer cruzar inquietos por el espejo retrovisor y esquivé la cabeza. Tenía que moderarme y no dejar que se transparentasen mis pensamientos. «El cebo de la inmortalidad... —me repetía—. Sueños de adolescente: las mismas fantasías que te llevaron en aquellos años a elegir la carrera». ¿Y quién no alimentó alguna de las ilusiones que brotan con la barba y empujan al muchacho a darle vuelta al mundo? Unos compañeros buscaban el cambio por la Revolución —cualquier conmoción de esas vale para la edad, siempre que destruya la despreciable sociedad conocida para asentar sobre cimientos nuevos vagas construcciones teóricas, mal esbozadas con las prisas—. Otros queríamos mejorar el material humano por medio de la ciencia, hacer al hombre invulnerable a las enfermedades y enteramente dueño de su vida. ¿Cuántos de aquellos locos seguíamos la tarea, perdida ya la fe, encadenados por la profesión? Los políticos derivaron muy pronto a situaciones acomodaticias: lo posible bastaba, en tanto lo imposible se había dejado atrás para que lo desenterrase otra generación e izara su bandera. Los investigadores nos conformábamos con perpetuar el nombre como lenitivo de nuestra derrota


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y quedar en los textos designando, sino el Descubrimiento, algún curioso hallazgo por lo menos; «la Humanidad» no era más que una invocación de carácter retórico. «¿Y sería suficiente encontrar la secuencia de adn alterada?», tal fue la pregunta que me sobresaltó al volver a mi tema, porque eso ya se me antojaba poco. La combinación no podía ser demasiado compleja, al sucederse en ella, así como en toda la espiral de adn, solo cuatro nucleótidos, simplicidad poco satisfactoria para mis ambiciones; además, los genes conocidos no tenían apellido y se les distinguía sólo por su función. Volví a mirar la gráfica con cierto desencanto: era un campo neutral, una tierra de nadie en la que no se permitía dejar grabado el nombre. «Pero el dominio de esa clave haría de mi nombre, sin necesidad de asignárselo a nada, el más inmortal de todos ellos, agrupación de miserables sílabas caducas». Y esas cosas se piensan mientras el cuerpo permanece sentado tranquilamente dentro del automóvil, y el rostro ofrece al transeúnte ocasional, que le mira al pasar desde la acera, una expresión de dignidad modesta; sólo un fugaz destello en las pupilas trasluce la descarga del delirio mental. El coche frenó con la suavidad que exigían las normas de circulación en toda aquella zona, reserva especialmente protegida por una ley de la municipalidad. La casa aparecía guardada por un decorativo retén de policía femenina, novedad en la que adiviné la mano del alcalde. Aunque no fuese día de audiencia (en tales fechas yo retrasaba mi visita, huyendo de las aglomeraciones, por repelerme el morboso espectáculo de exhibición senil cuya supresión nunca conseguí) algunos grupos de turistas, parapetados en los setos verdes que encintaban la calle, se entretenían enfocando sus cámaras sobre cualquier objeto móvil que surgiera por los alrededores, y ahora cayeron sobre mí, que en un unos cuantos pasos alcancé la puerta. Como de costumbre, los tres jóvenes médicos, alertados por alguna señal, esperaban mi llegada arriba, al fondo del pasaje transparente tendido entre las ramas más altas del parque. Desplegados en triángulo sobre el piso de mármol e inmóviles bajo la linterna


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que coronaba la armoniosa rotonda, a distancia daban la impresión de un grupo escultórico, figuras petrificadas en el almidonado atuendo clínico. Las muestras de respeto se expresaban en ellos por gestos convenidos, en vez de palabras: veía caer sus párpados por un lento segundo y seguir la cabeza, imperceptiblemente, aquella especie de genuflexión. Yo me contentaba con dirigirles una mirada benevolente al llegar a su altura, que solamente el muchacho más rubio sabía sostener por tener tan abiertos los ojos a la luz que absorbían todo lo que ésta le ponía delante. Hasta que no entramos en la biblioteca y me encaré con el panel en que se registraba la marcha del estudio, no volví a acordarme de la carta genética, olvidada en el coche. La avidez con la que buscaba un dato decisivo hacía a mi impaciencia desechar lo dudoso precipitadamente, cuando era imprescindible someterse al necesario método, hasta extraer toda la carga informativa de las pruebas que íbamos acopiando. Los chicos ya tenían carnaza para varios días con aquella presa del genoma, sobre el que se lanzaron en cuanto les hablé para iniciar las minuciosas comprobaciones que cada cromosoma exigía de ellos. Yo preferí, por el momento, dejar a un lado los esquemas que cubrían la pared y contemplar en vivo al ser que motivaba tal alarde estratégico, por lo que abrí la puerta de la pieza contigua y llamé a la monja. Una vez superado ese control, que suponía soportar un rutinario parte de menudos sucesos sobre las incidencias de la vela nocturna, recitados con voz confidencial a manera de un rezo, pude pasar a presencia del Viejo. Era con él con quien yo me batía. El personal restante, meros comparsas, apenas contaba en el duelo establecido entre nosotros dos. Entré en la habitación con gesto decidido, dispuesto a arrebatar incluso por la fuerza lo que el aquel cuerpo me vedaba. Y, como siempre, al descubrir al enemigo mi estado de ánimo dio un giro radical. «¿Es esto todo lo que hay? ¡Bien poca cosa es!», me dije al verle.


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El presunto rival aparecía sentado en el lecho, y su cabeza, cubierta con el gorro de dormir, reposaba sobre un almohadón. Tenía los ojos cerrados, fuese por sueño o por aburrimiento, y esa pasividad reducía su volumen hasta dejarlo en casi nada. Crucé con la monja la mirada instintiva con la que los padres de un niño dormido se conciertan para protegerle de cualquier peligro. Y como si quisiera tomarnos la palabra empeñada, el niño —el viejo centenario, porque le bastó solamente un segundo para asumir su carta de naturaleza— abrió los ojos y nos contempló con astuta expresión, midiendo nuestras intenciones. Su primer movimiento fue librarse del gorro de franela con el que la monja cubría su cabeza en cuanto se dormía, quizá para marcar con una boya el cuerpo sumergido bajo los cobertores. Luego apartó el embozo de su pecho y pasó la mano por el resto del tronco, asegurándose que seguía allí. Aproveché para verificar el diario reconocimiento, al que se prestaba de buen grado. Resultaba asombroso que continuase vivo. Era una ciudadela completamente destruida por el fuego contrario, pero con cuyos materiales volvían a elevarse a favor de la noche, gracias al reposo, inseguros baluartes pronto echados abajo. Siempre me detenía más de lo previsto mientras auscultaba el corazón, maravillado de la persistencia de su impulso. La sucesión constante de los tonos, uno tras otro, tomándose el relevo sin atropellarse, con su matiz particular pero tan limpios como los de un niño, me dejaba perplejo. Allí dentro había alguien, un ser oculto que se manifestaba, igual que los reclusos desde sus mazmorras, a través de los golpes dados en la pared, un resistente que en continua vela aseguraba los cimientos de la fortaleza con sus puños, de los que se valía para encajar las piedras removidas. Y a la vez el ritmo del sonido hacía pensar en un jinete, un mensajero que galopaba en busca de apoyo hacia un destino sólo conocido por él, al que iba a serle muy difícil llegar, y daban ganas de prestar aliento a su carrera diciendo alguna cosa a través del estetoscopio de madera, utilizado ahora como rudimentario transmisor, por lo que terminaba por levantar éste, dándole vueltas entre los dedos


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y contemplándolo embobado, operación en la que fue a sorprenderme el Comandante, que entró sin llamar. —Hoy tenemos programada una visita especial. Hemos citado a todos los parientes de nuestro huésped que cuentan en los ficheros, y los tenemos reunidos abajo. Subirán dentro de media hora. «El huésped» —dándoselas de señor del castillo, el Comandante solía llamarle así— no se mostró muy satisfecho. «Yo no tengo parientes», le oí protestar, aunque el otro, que se marchaba sin esperar más, prefirió hacerse el sordo. La orden del jefe movilizó enseguida la casa. La monja puso en pie al anciano, se lo llevó al cuarto de baño y luego lo vistió, operaciones que yo seguía a distancia, desde la penumbra de la enfermería. La esposa del Comandante, gran sacerdotisa en las solemnidades, dispuso entretanto el dormitorio como escenario de la recepción, que al tener un carácter familiar podía celebrarse en ese marco íntimo. Abiertas las ventanas, una corriente de aire hizo volar los cortinajes; luego, la oficiante, utilizando como incensario un nebulizador, le dio al cuarto el oportuno toque ambiental. Dos mozos del servicio retiraron los objetos más frágiles y aquellos otros de valor —una suerte de exvotos— que adornaban el lienzo de pared situado entre los ventanales. Ellos trajeron un estrado y colocaron en él un gran sillón. El Viejo, aunque se resistía, fue sentado allí por la fuerza. Yo di unos pasos, indignado, y los mozos se escabulleron. Un rumor de voces contenidas comenzó a llegarnos, y comprendí que era ya tarde para torcer el curso de los acontecimientos. Mi primer impulso fue escapar, e incluso me volví hacia la puerta de la enfermería, pero me retuvo la desolada expresión del Viejo cuyos ojos clamaban por mi ayuda. No tuve otro remedio que subir al estrado y situarme a su lado. —¿Quiénes son esas gentes que vienen? Yo no tengo parientes —insistía, dando al cuello un giro oblicuo para poder levantar hacia mí la cabeza desde el fondo del inmenso sillón—. Sólo tuve un hijo, y hace ya mucho tiempo —y apartaba los siglos con


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su manecita— que desaparecieron los últimos restos de los que llamé un día mi familia, ya sabe usted, esas relaciones ilusorias que se suceden con tanta rapidez y no nos dejan luego más que pesar. Mi sangre se ha perdido. La extensa parrafada, el lamento más personal que se le escapó nunca conmigo, si a él le agotó a mí también me hizo su efecto. Le vi entonces como a alguien que venía de muy lejos y por el camino ha ido dejando todas sus pertenencias. El caso daba que pensar. ¿Cuándo se extinguen los lazos de la sangre? ¿Es que ésta se diluye con las generaciones? ¿No será la memoria la que ajusta los vínculos, que en la práctica quedan anulados donde ella no llega? La proyección afectiva de un hombre no tiene mucho alcance: dos, tres generaciones sucesivas y lo demás ya nos resulta extraño —son «otros», y, desde luego, no «los nuestros»—. Más allá de un bisnieto, ¿qué existe con algún significado? Tataranieto suena ya a burla, a lengua torpe en boca desdentada, y la serie se agota en cuanto se terminan las palabras. La muerte impide presenciar tales derivaciones, y cuando, como aquí, el patriarca pervive, se resiste a aceptar que esos productos de las incontrolables conejeras tengan que ver con él. Sin embargo, allí llegaban, puestos sobre dos piernas, los genes esparcidos por el sembrador un día olvidado. Él había recibido aquel legado y lo transmitió sin enterarse, creyendo realizar un deseo personal. Ahora los elementos de la carta genética que tuve en las manos una hora antes, mezclados con mil otras corrientes que los enlaces sucesivos fueron aportando, venían a pedir cuentas del desliz cometido. No se eyacula impunemente una gota de semen. Las puertas del refugio, entreabiertas apenas para dar paso al primer visitante, un hombre rudo al que le faltaba un brazo, que se plantó a un metro de nosotros, fueron pronto forzadas con violencia hasta estrellarse contra la pared y una impetuosa masa irrumpió en la pieza. Bien había trabajado la red de funcionarios (seguramente miembros de la antigua policía, reconvertidos con los cambios políticos) que nutrió los ficheros volcados en la habitación. Docenas,


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centenares de tarjetas con nombre y apellidos, y dotadas de un cuerpo que ocupaba un lugar en el espacio, cubrieron por entero el amplio dormitorio, bloqueando la rotonda y hasta el tramo final del corredor acristalado, convertido de golpe en pajarera. Agudas voces de mujer, cantos, cacareos, resonaban allí, mientras los visitantes más cercanos permanecían mudos, fijos en el Viejo sus ojos de caníbales prestos a devorar la ración que por derecho les pertenecía. Atrincherado tras el sillón de mi protegido, mi gesto autoritario los mantuvo a raya en un principio. Mientras estudiaba a la tropa invasora, para ver de imponerme con un golpe de mano si la situación se hiciese crítica, comencé a descubrir, salpicadas entre la multitud, duplicaciones de rasgos faciales que bailaban sin orden por los rostros. Los genes dominantes se asomaban al mundo por un lado y otro, aun en tipos disímiles. Y el Viejo, que tenía en la memoria los antiguos modelos, alcanzaba a ver más. —Ellos han vuelto —me dijo en un susurro—. Por detrás del armario, hace un momento asomó mi padre. Yo, que no disponía de esos antecedentes, me limité a buscar algún rasgo suyo trasplantado a otra cara. No encontraba sus ojos opacos ni su boca sumida, ya que tales estigmas, no heredados, habían sido labrados por los siglos en la porosa piedra facial. Pero, de pronto, vi su nariz multiplicarse en dos caras distintas y luego en varias más. Una partida de narices, restos de algún naufragio familiar, flotaba a la deriva por allí, y aunque los portadores se ignorasen, ellas al vuelo se reconocieron, pues por algo gozaban de un olfato exclusivo. Desgraciadamente, no podían hablar. Las bocas, multiformes y abusivas, forasteras venidas de otras partes, charlaban a su gusto, mientras ellas, la parentela auténtica de la reunión, jalones de la consanguinidad clavados en el centro de los rostros, tenían que resignarse a la mudez, hasta que la nariz del Viejo, con la sapiencia de sus muchos años, se hizo oír de las otras con un gran estornudo de salutación. Todas aletearon a la vez ante aquella forma de expresión nasal tan rotunda como inteligible. La más sensitiva de la tribu, aprovechando una corriente de aire, acertó a replicar, y aunque las


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restantes guardasen silencio, vi que el propietario de una de las copias sacaba el pañuelo para recoger lo que él creía simple flujo mucoso y era, en realidad, llanto emotivo. ¿Qué significan unos rasgos comunes? —me preguntaba yo—. ¿No son más que las ropas que se reparten en algunas familias cuando muere uno de sus miembros, y que siguen cubriendo, completas o en retazos, a descendientes cada vez más lejanos, o nos revisten también por dentro de caracteres y tendencias que nuestro yo se obstina en creer personales? ¿Somos los hombres poco más que esos espantapájaros montados con prendas de desecho que parecen haberse detenido a meditar en medio de los campos, y nos hacen señas a impulsos del viento? En cualquier caso, el gen más valioso, el que hacía del Viejo un ejemplar único, no había sido legado a ningún heredero. El diligente grupo de funcionarios, tras rastrear todas las pistas, no halló vestigios de vida prolongada ni en una de aquellas ramas familiares. Cumplido el plazo acostumbrado, los miembros de la estirpe se iban a la tumba con esa tozudez que muestran los mortales. Sólo el cuerpo que, sentado en su trono, contemplaba a la audiencia con despego, podía resistir las erosiones que acaban reduciendo a polvo las figuras humanas. ¿Cómo había logrado obtener aquel don de los dioses? En algún punto de uno de sus cromosomas —y volví a reincidir en mi obsesión— en un repliegue al que la ciencia aún no llegaba, tuvo lugar un día, por alguna imprevista circunstancia —quizá una radiación ocasional, una chispa del rayo de Júpiter— la mutación que le diferenciaba del resto de la especie. Esa excepción era para las estadísticas un hecho anómalo, por lo cual, en venganza, podían considerarlo como una enfermedad. Pero tan raro síndrome, para desgracia de los herederos, no afectaba a estos, y para resarcirse de los que su avaro pariente les negaba, los más atrevidos de los allí presentes pasaron a la acción. El hombre manco planeaba el asalto. Yo no le había perdido ni un momento de vista, vigilando su brazo, dotado de tal movilidad que arrastraba a su cuerpo, llevándose de paso a dos secuaces que le cubrían el flanco débil. Era un tipo de una rudeza manifiesta,


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con el rostro partido por una cicatriz de bordes azulados. Una insignia que exhibía en la solapa, y cuyo brillo atestiguaba el tiempo que estuvo prendida del revés en el ojal y puliendo su cara con la fricción del paño, mientras las circunstancias fueron desfavorables, me hizo identificarle como superviviente de las fuerzas de choque que en la última guerra se ganaron una horrible fama y que, después de varios años de repulsa pública, volvían a agruparse en asociaciones de veteranos, pregoneros del nacionalismo. La escaramuza se inició con la ceremonia de las ofrendas. A una señal del manco, dos hermanas gemelas jovencitas con largas trenzas de oro batiendo como aldabas los diminutos pechos aún cerrados, se adelantaron unos pasos y, alargando los brazos desangeladamente, metieron por la cara del Viejo una canastilla de flores. Él, para defenderse, dio un manotazo que hizo volcar el cestillo y dejó el estrado convertido en altar. Algunos fieles se apresuraron a recoger las flores que, al cubrir los pies del inmortal, pasaban a adquirir un valor de reliquia. El más osado de ellos se aproximó al objeto del culto y, a la vez que cogía un capullo retenido en sus ropas, le arrancó un botón de la chaqueta. La codicia brotó en el círculo de ojos que teníamos más cerca, y estuve a punto de lanzar un grito de intimidación. Pero el momento del saqueo no había llegado, ya que quien dirigía la partida quería antes completar las fases previas y los actos simbólicos. Por ello, el brazo del guerrero, alzándose sobre las cabezas, dio la orden de acercarse a una muchacha con un lactante colgado del pecho, que iba a interpretar otra de las ofrendas. Como quiera que ella se pusiese nerviosa y, por unos segundos, no supiera qué hacer con el pequeño, el brazo se lo arrebató y vino a sentarle en las piernas del Viejo. Los dos asistentes rompieron a aplaudir y una traca de vítores estalló alrededor. En ese ambiente de entusiasmo el brazo rompió a hablar. Al tratarse de un miembro, las palabras surgían de su puño, tras amasarlas bien los dedos en la palma y darles suelta luego con un golpe en el aire. Eran vocablos con mayúscula, salvas de cañón: «la patria... la inmortalidad... el futuro glorioso...».


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Y, finalmente: «la revancha». Obedientes al brazo, otros muchos se agitaron en alto, y el olor de la pólvora hacía afluir lágrimas a algunos ojos. Ajeno a aquel estrépito, el Viejo contemplaba con perplejidad el pequeño bulto sonrosado que habían depositado sobre sus rodillas. Debía de hacer muchísimo tiempo que no veía de cerca un montoncito de carne tan tierna, y hasta puede que le fuese difícil comprender —tan lejos le caía la vivencia— lo que significaba aquella cosa que resumía por lo menudo las formas de un hombre lo mismo que una hojita muestra en su nervadura, cuando rompe la yema y se entreabre, la impresión dactilar con que viene marcada por la especie. La vejez avanzada no entiende de la vida otro aspecto que el drama de su consunción; las fases anteriores, esa sarta de engaños que ha conducido a ciegas hasta este callejón, solamente se admiten archivadas en bloques de recuerdos, pero no se tolera su encarnación en otros. La juventud insulta con su mera presencia; la niñez apenas se concibe como real, puesto que la propia se tiene por un sueño. ¿Qué hace ahí ese muñeco agitando sus extremidades movidas por algún resorte? ¿Qué espera que le vayan a poner en las manos? Resulta inútil explicarle que no vale la pena entrar en el juego: los brazos no cesan de pedir. Dejémosle con su obstinación, pero, por favor, quítenmelo de encima... Y aunque yo trataba de seguir en los ojos del Viejo el flujo de sus pensamientos, antes de que pudiera evitarlo vi a aquella menudencia correr la suerte del cestillo y caer al suelo con un golpe blando. Por más que se hubiese vaciado un gran silencio en la habitación, no creo que el impacto se oyera más allá de las primeras filas de testigos, y el suceso no hubiera trascendido de no ser por la madre, que levantó al bebé hecha una furia y lo agitó, frenética, hasta hacerle llorar. Un coro de reproches fue extendiéndose a nuestro alrededor, las cabezas giraban unas hacia las otras repitiendo, miméticas, gestos de desagrado, y vi formarse al fondo, entre los circunstantes alejados que se ponían de puntillas para enterarse de lo sucedido y empujaban a quienes les precedían, la ola que iba a arrollarnos.


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Di un paso hacia ellos y alcé las manos para pedir que se calmaran. El manco no me dejó hablar. —Somos los familiares —dijo con voz tonante, ya que lo hacía en nombre de todos— y estamos aquí para que se nos oiga. En esta casa medran muchos parásitos a costa del abuelo, al que tienen medio idiotizado para poder manejarlo mejor, y el secuestro tiene que terminar. Se volvió hacia los suyos, que asentían con gruñidos amenazadores, y lanzó una arenga: —¡Atención todos! ¡No nos iremos sin rescatar lo que nos pertenece! ¡Hay que liberar al pobre viejo! Los dos compinches comenzaron a gritar, la agitación se extendió enseguida, llegando voces desde el corredor, y la masa, movida por fuerzas contrapuestas, daba bandazos por el dormitorio. Un exaltado se dedicó a rasgar las cortinas de los ventanales. Otro quiso imitarle y saltó a la cama para echar abajo las gasas del dosel, que se vino pronto sobre su cabeza. Los más aprovechaban la confusión para apropiarse de aquello que encontraban a mano, y temí que al terminar con los objetos se repartieran al anciano en trozos. —Vamos a reclamar judicialmente a nuestro pariente —me advirtió, con el índice en alto, un señor con marcado aire de leguleyo que se mantenía un poco al margen, no lejos de mí, guardando las distancias con la turba. —¡Quia! —le interrumpió el manco, más expeditivo—. ¡Nos lo llevamos ya! Pero el soldado que había en él, aunque podía despreciar el derecho tuvo que cuadrarse ante el superior. El Comandante, ganando en talla al presentarse de uniforme, se abría paso entre dos filas que retrocedían. La disciplina vertebradora de aquel pueblo colocaba a todos los presentes en posición de firmes de manera automática. Esta revelación de la auténtica cara de nuestro Comandante me llevó a sospechar que la faz democrática del nuevo Estado era sólo un disfraz de circunstancias, la postura ensayada ante la luna del armario ropero en el que se guardase, oculto tras las prendas


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impuestas por la moda, el equipo marcial —el perdurable gen guerrero enquistado en la sangre de la vieja nación—. Siguiéndole los pasos llegaba un cuerpo de refuerzo: la escuadra de policía femenina, repartiendo sonrisas de acuerdo con las normas constitucionales, comenzó a desalojar la planta rapidísimamente. Las fichas familiares, con la cabeza baja, regresaban al orden alfabético de los archivadores de donde salieron. Durante unos minutos quedamos solos en la estancia devastada el anciano y yo. Nunca le vi tan abatido: parecía soportar un peso enorme que alguien, súbitamente, le hubiera echado encima. Durante la audiencia, sin embargo, siguió la mascarada como el que piensa en otra cosa, con la mirada fija en un punto lejano, quizá porque a través de los presentes veía moverse a otras personas. «Ellos han vuelto», recordé que me dijo. «Ellos», esos espectros que a todos nos persiguen y que, en su caso, creía haber conseguido dejar atrás gracias a un salto sobre el tiempo. La presión familiar, suspendida sobre nuestras cabezas y a la que terminamos habituándonos igual que a la atmosférica, se desplomó hoy de golpe encima de la suya, y escuchó las voces olvidadas que supieron ganar el corazón del niño para más tarde sojuzgar al hombre. A tales invasores no hay fuerza humana que los desaloje y, por lo que traslucía la mirada del Viejo, ellos permanecían en la habitación. Resulta muy difícil persuadir a los muertos de que dejen también descansar en paz a los que cometieron el gran pecado de sobrevivirles. «Sois nuestros deudos y tenéis que pagar». Los desaparecidos nos reclaman incesantemente, sea desde el fondo de la conciencia o aprovechando el descuido del sueño, aunque eviten mostrarse a plena luz pues se saben soportes del terror y quieren provocar, en cambio, la pena y la ternura, que son los sentimientos que pueden mantenerles de algún modo vivos. La única forma de ponerse a salvo era la ensayada por el Viejo: hacerse, a su vez, el muerto también. Abandonando el cuerpo en el sillón, bloqueó los sentidos y dejó a la cabeza irse a un lado. Apenas respiraba; resistía.


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«¿Se habrán marchado ya?», confiaba para sí, cuando siente unos dedos posársele en el hombro. Pero esa mano es la de la monja, la zarpa de la vida, del cansancio y el asco cotidianos. La mujer ha entrado para llevárselo a la enfermería, mientras reparan los destrozos del dormitorio y éste resulte de nuevo habitable. Yo pasé a la pequeña biblioteca, donde los médicos se reponen del paso del tumulto que llegó hasta allí, según muestran sus ropas maltratadas. Quieren gastarse bromas, aunque veo que uno tiene herida la mejilla y otro anda recogiendo los restos de sus gafas. Pero librado resultó el genoma, que, por lo que me dicen, habían acabado de fijar en la pared cuando la horda entró, y del que cuelgan largas rasgaduras, como tiras de cuero de una res a medio desollar.


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Capítulo séptimo

«Parásitos», aquella expresión con que uno de los temibles parientes del Viejo nos había señalado no dejó de punzarme en los días que siguieron, mientras completábamos la serie de exploraciones clínicas a que sometíamos a nuestro paciente cayendo en bandada sobre él. Y aún no era nada este protocolario asedio inicial, respetuoso con su integridad, puesto que la barrera que suponía su piel apenas si era perforada por alguna aguja de extracción de sangre o atravesada por una sonda. Se acercaban las fechas en que la nube de parásitos empuñara otras armas, y con punciones viscerales y biopsias ensayase más bien la antropofagia, siendo difícil predecir a qué extremos llegaríamos en la búsqueda, más cruenta cada vez, del secreto guardado por aquel organismo cuya consecución —seguía pensando yo— lo autorizaba todo. Pero a medida que veía aproximarse el momento de dar la orden de ataque una suerte de escrúpulos trabaron mi andadura, llevándome a intercalar sucesivos estudios complementarios, interesantes sólo por sí mismos, como cualquier trabajo de investigación lo es para quien se deja dominar por su oficio, pero que, al suponer un rodeo innecesario, nos iban alejando de nuestro objetivo. Los tres jóvenes que me rodeaban, confiados en mis iniciativas no plantearon ningún interrogante, siguiendo interesados el sinuoso curso de la tesis, que les descubría cada día nuevas perspectivas; lealtad que llegó a resultarme bastante penosa al no corresponderles en igual medida, lo que me hizo eludir en lo posible los contactos directos con ellos, haciéndoles llegar mis instrucciones por escrito, mecanografiadas desde el Consejo por la secretaria. La aplicación de cada movimiento táctico, el trabajo de campo, lo delegaba así en quienes, por ser puros, podían


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manchar sus manos con impunidad. Quedaban las inevitables sesiones clínicas a las que no tenía más remedio que asistir, y en cuyo transcurso me contaban lo que habían realizado con la satisfacción que su timidez les permitía, y deduje que podría utilizarlos para cualquier cosa que se me antojase hacer. Solamente uno de ellos —el más veterano, que para mí, a pesar de su grado, seguía siendo uno y al que no distinguía con ninguna atención— dejaba ver, a veces, por haber madurado antes de caer bajo mi influencia, algo que suponía un criterio propio, un núcleo resistente en algún recoveco cerebral, que una mirada mía obligaba a ceder. Mi intención era hacerle llevar el peso del ataque directo que se avecinaba, responsabilizándole del riesgo que correríamos si el bisturí se deslizaba un milímetro más allá de lo permitido, pero la escasa práctica quirúrgica del internista le libró del peligro, lo que, por otra parte, también lo rebajó ante sus compañeros. Entonces, su segundo —dos, para entendernos y seguir el juego— supo lucir su brillante expediente hospitalario, en el que resaltaba una gran aptitud para la cirugía, y yo no pude conjurar ese cambio de cartas del destino por mucho que temiese por su suerte. ¿Era un presentimiento o se trataba de una morbosa sobreprotección? Confesaré que le prefería a sus compañeros. Aunque en principio creyera confundirlo con ellos, vieja táctica mía para menospreciar a los colegas jóvenes, el perro del instinto, muy avisado, olfateaba un rastro que le hacía inquietarse en su presencia. ¿A quién me recordaban aquellos ojos demasiado claros que traté de evitar, sus pupilas privadas de defensa en gesto de entrega que desarmaba a cualquier oponente y dejaba a las almas desnudas contemplarse de cerca, sin saber qué decirse y ya en contacto íntimo? En el momento en que lo supe y a su través vislumbré a C., el malogrado amigo de la adolescencia, las emociones de esa edad indecisa refluyeron desde un punto casi perdido en mi biografía, igual que se inundan en un golpe de mar territorios ganados por el hombre tras un trabajo de años, y me encontré inerme ante una corriente poderosa. Tuve que defenderme manteniéndolo a distancia y desenfocando su figura;


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pero ahora su nueva actividad le aproximaba a mí y no hubo más remedio que mirarle a la cara, propia —por cierto— de un joven dios. Se mostraba orgulloso de su cometido y, de mediar palabras en nuestra relación personal, el muchacho —lo leía en sus ojos— hubiera dicho algunas. Enseguida se hizo con el instrumental que iba a necesitar en las intervenciones próximas, tarea que yo, por más razones que antes, me empeñé en retrasar. El esquema trazado en la pared de la biblioteca comenzó entonces a desbordarse por los muros contiguos, y las plantas parásitas de los datos inútiles que nos seguían llegando del laboratorio, al trepar por las ramas, amenazaban ya con invadir las estancias vecinas. Una de aquellas tardes, a solas en la pequeña pieza, estudiando las líneas divergentes que se desparramaban en mil direcciones y las conexiones secundarias que las entrelazaban, llegué a sentirme preso de mi propia red. Con todo, persistía en luchar contra el tiempo. ¿Es que no estábamos allí a resguardo de su eventualidad, gracias a un hombre inmune a su poder letal y bajo la cúpula que nos protegía? Y para confirmarlo me bastaba salir de la opresiva biblioteca y, situado en el centro de la rotonda cuya pureza de líneas ya sosegaba el ánimo, alzar la vista hacia la linterna abierta arriba. Fantasías de este tipo servían de cobertura a un sentimiento que me penetraba y no quería analizar; quizá intuyan así, sin aceptar creerlo, las raíces heladas de los árboles el despertar lejano de la primavera. Sea como fuere, empecé a gustar el aire de la mansión donde hasta entonces acudía solamente a cumplir un deber profesional. Embebido en la luz que traspasaba la galería tendida por lo alto del jardín medía con lentos pasos una y otra vez, fuera de los horarios habituales, el espacio flotante que era la pasarela o el puente de un navío que me llevaba hacia una tierra nueva. Volví a los dulces días de mi cuartito de la Universidad y dejaba deslizarse las tardes en el despacho que tenía reservado junto a la biblioteca y antes no utilizaba, donde permanecía perfectamente aislado, gozando de una especie de estatuto de extraterritorialidad. Las guardias de los facultativos íbanse sucediendo al otro lado del tabique intermedio transformado en frontera, y por ciertos


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indicios yo sabía cuál de los tres rondaba allí, velando por mí más que por el Viejo; y cuando llegaba a mis oídos la voz que sin confesármelo estaba esperando, suspendida la vista sobre el texto que consultaba en ese momento dejaba que aquel eco ejerciese su efecto sobre mí, sin importarme, en cambio, las palabras que absorbía la pared. Pero había también días, especialmente si el viento o la nevasca azotaban el mundo, en que la realidad imponía su rudeza mostrándome lo falso de mi situación. Entonces me acercaba a la ventana, donde los dedos muertos de una rama venían a percutir una advertencia lúgubre que aludía a la edad y al riesgo de embarcarse en deseos absurdos. Planeaba la noche sobre el paisaje torvo, y al fondo la ciudad endurecía sus líneas nórdicas y se iba encastillando en el ocaso tan helada y distante que sus primeras luces sugerían en el cielo una aurora boreal. En el cristal de la ventana, a unos centímetros de mí y a favor de las crecientes sombras exteriores, veía reflejarse la cara de un hombre avejentado que ocupaba el lugar donde apuntaba otras tardes remotas —por ejemplo, ayer— el espejismo de un adolescente animado a tantear placeres nuevos (y es que la memoria sobrevive al cadáver, dándole una impresión ilusoria de vida). Los copos se fundían al resbalar sobre el cristal, y pretender tocarlos teniendo éste por medio era tan imposible como vivir un sueño. Volvía a encontrarme solo entre mis fantasmas al evocar a C., una figura tan fugaz que casi dudé hubiera existido; y aunque tenía cerca otros seres bien reales, y al lado estaba alguien dueño de su juventud dispuesto a acudir a una llamada mía para cruzar un gesto amistoso y una frase cualquiera que iniciase un contacto, ni se me ocurría pulsar el timbre y mucho menos avanzar unos pasos y abrir la puerta de comunicación con la biblioteca para dar suelta a la palabra que tenía en la boca y que los dientes eran expertos en morder antes de que pudiera ser emitida nunca. Por el contrario, un movimiento brusco llevaba mi mano hacia el teléfono, lo hacía saltar de su soporte, y con voz neutra avisaba al chófer que tenía que conducirme de inmediato a casa.


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«De acuerdo con el programa de investigación diseñado por Vd. al hacerse cargo de su misión, y que aprobamos en su día, nos permitimos recordarle que, una vez ultimados los muy interesantes estudios previstos en la primera etapa, cuyos resultados de laboratorio le remitimos hace dos meses, constándonos su puntual recepción, debía haberse acometido ya la fase intracorpórea del plan citado, sin que tengamos referencia de la existencia de algún impedimento que justifique su retraso. El Centro de Control de esta Organización, cuya Sección *** supervisa las estimables tareas llevadas a cabo por Vds., a la vista de las últimas pruebas analíticas que se han solicitado desde ahí nos comunica que considera no pertinentes las líneas emprendidas, en especial a partir de las derivaciones 6 y 7, por su similitud con trabajos desarrollados en la Universidad de *, cuyos resultados tienen poco que ver con nuestro problema (podemos enviarle, si Vd. quiere, completa información sobre los mismos). Haciendo salvedad de la derivación beta de 7, por suponer una ingeniosa novedad que podría estudiarse, tal vez, más adelante, aunque se desvíe del fin que perseguimos, nos permitimos anunciarle que damos ya por concluida esta primera etapa, dejando sin efecto las últimas tomas que nos han cursado. Es el momento, pues, de felicitarle por su lucida ejecutoria, quedando a la espera de que nos indique la fecha exacta en que entrarán en la que llamaremos “fase de interiorización”, fecha que sugerimos podría estar situada entre los días * y * de la semana entrante, y que deberá confirmársenos de forma inmediata. »... Con nuestra consideración personal hacia Vd. y los mejores deseos, salúdanle...». Era de agradecer que la advertencia me llegase sellada y a mi nombre, con la apariencia de un mensaje privado que, al no traer número de salida ni clave alguna en el opaco sobre timbrado solamente con el conciso logotipo de la Organización Europea de Salud donde se supone que tengo influyentes amigos, evitaba pasar por el registro de correspondencia de la oficina del Consejo. La perspicaz mirada de la secretaria, sin embargo, se mostraba alerta.


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—¿Quiere que la archivemos, profesor? Denegué sonriendo (¿por qué haber sonreído si un ambiguo gesto negativo hubiera bastado?), aunque supe reprimir a tiempo el reflejo de sepultar la carta en el bolsillo de la americana y conseguí convencer a mi mano para que la dejase caer sobre la mesa de modo cuidadosamente distraído. Luego fue preciso entretener a la señorita con una charla diversiva, reprimiendo el repaso mental de algunos puntos (la existencia de un centro de control, la coincidencia en un tema de estudio con la Universidad de *, es decir, con el odioso J.) para poner en cambio, la atención en lo que no interesa nada —las palabras de esta linda cotorra— y en combinar la corrección estricta de las mías con la galantería del gesto, hasta conseguir que sus mejillas cobren cierto color y la cabeza comience a oscilar como hace siempre que se excita un poco, lapso que yo aprovecharé para cubrir la carta con un libro —o la cartera, sí, mejor con la cartera, de la que saco una revista que le ofrezco a ella procurando que los dedos se toquen— y retirarlo todo limpiamente enseguida. Más tarde, con la monja no había necesidad de mostrarse tan cauto y pude quitármela de encima con un brusco tirón. Entré en el dormitorio forzando el pomo de la puerta y dando a mis pasos un aire de urgencia, ya que me empujaban a mí también. Pero el Viejo, de un humor excelente, hizo caso omiso de mi ceño y hasta me pareció oírle canturrear entre dientes cuando me acerqué al lecho donde se encontraba recostado. —Encantado de verle, Profesor —soltó de buenas a primeras—. Aquí me tiene como nuevo; las molestias se fueron. Echó a un lado las ropas y con la manecita delimitó el área abdominal donde el día anterior —casi ni me acordaba de ello— acusaba un dolor que no consideramos valorable, aunque a él le produjese una preocupación tan desproporcionada como su misma euforia actual. «¿Es que no queremos tener la menor cosa?», me dieron ganas de decirle entonces; lo mismo que ahora habría que preguntarle: «¿Crees que con eso se resolvió ya todo?». El hombre daba la impresión de no ser consciente de su estado, y a veces uno reprimía las ganas de plantarle desnudo


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ante un espejo; o quién sabe si juzgaba más cómodo tomar por natural algo tan raro que insultaba a la naturaleza. —¡Esto es vivir! —resumió, hinchando la minúscula tripa con el placer de quien estrena un cuerpo y se dispone a extraer de él las posibilidades que la existencia ofrece. Cualquiera que le viese se echaría a reír, pero a mí el gesto me irritó porque aquella mañana bastaba poco para alterarme. ¿Podía tolerarse tal mezquindad, y la confusión de la vida con el más pobre de sus sucedáneos? Además, esta complacencia en la miseria que se consideraba una fortuna le descubría a uno su propia ruindad, la deliberación con que nos engañamos suponiendo ser alguien hasta hacer de la vida una falacia, y eso amargaba tanto que obligaba a volverse contra el ingenuo que mostraba sonriente la llaga infecta que todos escondemos. La rabia, sin embargo, no debía cebarse solamente en él, y la agresividad que tensaba mi puño dentro del bolsillo de la bata tendría que descargar sobre la misma mano. Y había otras razones para la templanza. «No olvides que eres médico», me dije, y deglutí algo espeso que forzó la garganta para ser escupido. El Viejo captó al vuelo estos cambios de humor y, como medida protectora, cubrió rápidamente su cuerpo. Ya que las cosas tomaban ese sesgo, aproveché el momento para plantearle lo que se avecinaba. Bastaron unas pocas palabras y quedó advertido. Su animación se vino abajo, se arrugó, y llevó las ropas de la cama hasta más arriba de donde convenía. No se atrevió a objetar nada, dedicándose ahora él también a tragar saliva, y a poco, suponiendo quizá que se esperaba que dijese algo, una fórmula de consentimiento, abrió la boca sin conseguir hacer salir la voz. Seguí allí de pie, sin moverme, observando su vacilación desde la altura, mientras dejaba que rumiase lo que pudo entender de lo escuchado: «punción esternal, laparotomía exploratoria, biopsias viscerales...». ¿Y qué era ello, en fin de cuentas? Incisión de piel, disección limpia de los tejidos entreabiertos que se ejecuta con destreza, y donde todo iría bien a no ser por la sangre que, inoportuna como la compasión, viene a manchar el acto con su deplorable gusto por el melodrama. El sujeto pasivo debe mostrarse a tono con las circunstancias; no se le exige más.


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La comprensión del Viejo iba manifestándose por un temblor creciente en el silencio que yo mantenía para que la idea cuajara en su cerebro. Luego fue necesario dejar sentado que nuestra decisión era muy firme, y para eso tuve que cruzar la habitación en un sentido y otro marcando bien los pasos. Resultaba tan reconfortante volver a hacerse con la iniciativa que me sorprendí canturreando algo entre dientes y, al odiar los excesos, salí del dormitorio en dos zancadas. La «fase de interiorización», el programa de intervenciones propuesto a la oficina de la que dependíamos a poco de tomar posesión de mi cargo, una tentativa racional de completar el estudio de aquel organismo, pudo comenzar así dentro de las fechas que nos habían fijado. «Interiorización», jerga muy propia de burócratas que, en su despacho bloqueado por montones de papeles, se hallan tan lejos de las realidades con las que ha de bregar la medicina como la luna de la tierra, y creen justificar su cometido y el rango jerárquico en el escalafón poniendo nombres neutros a los períodos de la pugna cruenta. Suponen que con eso salvan vidas y protegen pacientes del exceso de celo de la cirugía, y de paso eluden responsabilidades mediante un juego de palabras. Para ello se atienen a los escritos que enviamos los médicos y que les llegan (una ventaja que les damos y enseguida van a aprovechar) con el filo atenuado para que no se asusten, planes de ataque que reducimos a frases inocuas, a descripciones vagas de actos que en su momento han de ser bien concretos si quieren alcanzar la debida eficacia, en líneas limpiamente ordenadas sin la menor salpicadura de sangre o de pus, dentro de un pliego de papel de óptima calidad, cuyo crujido, un buen aval que no recuerda para nada un grito, perciben placenteramente los dedos que extraen del sobre la hoja encabezada por un nombre entronizado entre sus títulos, y cuyo texto cierra una rúbrica tan segura de sí que será una delicia, llegado el caso, hacerla responder de sus acciones. «Interiorización»... Sí, yo también «interiorizaba», disimulaba el ansia irrefrenable de abrirme paso por las honduras de


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aquel cuerpo hasta llegar al escondido dispositivo que lo hacía distinto a los demás, para poder abordar su engranaje y desmontar pieza por pieza el mecanismo que alimentaba su inagotable cuerda. Por mi gusto lo desarmaría igual que a un reloj, para recomponerlo —convirtiéndole así ya en obra mía— en cuanto aislase la última ruedecilla que sostenía a pulso sobre su micra de materia activa el artilugio prodigioso; pero tales deseos no conviene manifestarlos nunca, es menester «interiorizarlos» (y menos confesar algo más grave: la determinación que uno descubre en el lado de sombra de su voluntad, totalmente dispuesta, en el caso de no hallar lo que busca, a destruir lo que se le resiste). A la hora de la verdad, el bisturí sigue directamente la línea que le traza su propia ley, dejando a un lado la cautela que trata de imponerle un término lingüístico. Quien lo empuñaba aquí sabía lo que se hacía y se ganaba el nombre, pues no era procedente conocer como dos a persona tan diestra. Y si al principio quise estar junto a él para que mi respaldo le diese confianza —la blandura del rostro del muchacho, tan perfecto de rasgos como falto de vigoroso trazo, ofrecía escasas garantías en un trance como éste—, al fijar la atención en sus manos me tranquilicé pronto. Nunca había advertido la fuerza que ellas acumulaban, quizá por no pasar hasta entonces de asaltar de cerca, y en miradas fugaces, más que sus ojos. Ahora todos teníamos la vista puesta en ellas, la iniciativa estaba allí, y sorprendía comprobar su gran capacidad: más desarrolladas que el resto del cuerpo, la estirpe de artesanos de la que provenía este único vástago que tuvo acceso a la Universidad las modeló al final de sus brazos para que sostuvieran un soplete o moviesen una pesada sierra, y con la misma habilidad y poderío las utilizaba el cirujano. A su lado, tres perdía puestos dentro de la escala numeral, su papel de ayudante, pese a su voluntad, quedaba en bien poco, y a ratos no nos parecía más que un pobre chiquillo. uno, en cambio, al saber mantenerse en retaguardia con aquella reserva que le aislaba entre sus compañeros, nunca desmerecía, era una referencia y sabía aprovechar cualquier pausa para acercarse a la


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mesa operatoria, valorar rápidamente el estado del Viejo y hacerle recobrarse. En esas ocasiones, como una repetida advertencia que yo llevaba mal, apuntaba en el quicio de la puerta la nariz de la monja, seguida de un obligado movimiento en tres tiempos para librar de roces con el marco al armazón que cubría su cabeza y permitirla asomarse dentro, y recordarnos algo ineludible, un detalle irritante de atención obligada que se había descuidado, lo que venía a suponer casi siempre la detención del ataque al cuerpo yerto. ¿Es que acaso corría algún peligro? Yo no lo creía así, engañándose aquéllos que se dejaban impresionar por el contraste entre los tejidos quebradizos del Viejo y la activa garra juvenil que penetraba decidida cada vez más adentro. «Interiorización»: cumplíamos las reglas al pie de la letra, y a su vez el paciente acreditaba su increíble resistencia, recordando la repugnante forma en que luchan por mantenerse enteros esos bichejos de cubierta dura y repulsiva traza que aplastamos con nuestro zapato, para ver, asombrados, cómo recomponen sus partes eventradas cubriéndolas con el caparazón, y mal que bien consiguen pronto volver a moverse y seguir arrastrando lo que queda de ellos. La pequeña estancia de la enfermería terminaba caldeándose, y yo sentía afluir la sangre a mis mejillas hasta hacerlas arder y ponerlas a tono con el color del acto quirúrgico. En esas ocasiones era incapaz de retener mis manos, que iban a encontrarse con las del muchacho dentro de la ancha herida, y me sorprendía el jadear de mi respiración. ¿Qué íbamos descubriendo? Sólo la vulgar anatomía de manual, la maquinaria, conocida hasta la saciedad, del cuerpo. ¿Esperábamos que la reliquia guardase dentro algo distinto? El conjunto de aparatos y órganos, la tradicional colección familiar que, a falta de mayores bienes, se van legando los humanos, encajábase apretadamente en el mínimo espacio de la vaina que los años habían resecado. Tomábamos fragmentos de aquí y de allá, aislábamos muestras para ser llevadas luego al microscopio o enviadas al laboratorio de la Organización de Salud, donde casi podrían reconstruir con ellas una réplica a escala del fenómeno,


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pero sabíamos ya que nuestro esfuerzo resultaba inútil. A veces mi mirada se nublaba y dejaba de ver. En uno de esos desfallecimientos lo que tuve delante, y demasiado cerca, fueron los ojos de uno. Yo me había convertido en otro paciente, y él atendía mi pulso a la vez que el del Viejo. Por lo que oí, ambos sufrimos un pequeño colapso; a uno le transfundían y al otro —es decir, a mí— le palmeaban la cara. El castigo me soliviantó. Durante unas jornadas interrumpimos el descuartizamiento, permitiendo recobrarse a las bajas y distanciándonos. Yo me recluí en mi residencia de extramuros, sin salir del área de mis habitaciones. Fue una especie de ensayo de aislamiento, como si barruntara malos tiempos. El silencio fortificaba la mansión y alrededor de ella el viento hacía la ronda entre las copas de los árboles. Calculé que podrían resistirse allí circunstancias adversas. Al atardecer, el cielo plomizo aligeraba un poco su carga prometiendo mejores cosas lejos, siempre más allá, y alguna otra persona de la casa, naturalmente la señora, percibía ese doble fondo de las nubes ya que el piano —que nunca lo haría por sí solo— comenzaba a levantar el vuelo. Daba la impresión de que ella se estuviera desnudando y las escalas prometían asimismo prodigios, aunque, por desgracia, no habría mucho que ver. El encanto duraba un instante y, establecido de nuevo el silencio, cualquiera creería que se trató de una mera ilusión —quizá me había quedado traspuesto durante unos segundos—. El criado llegaba a las horas convenidas con una bandeja, se hacía anunciar con un apagado golpecito en la puerta, un roce apenas, yéndose sin abrir la boca tras dejar su carga en una mesa baja. Hasta esos días no me di cuenta de que jamás le había oído hablar. Sabía de siempre que el hombre era sordo, porque al pedirle alguna cosa estando de espaldas no lo advertía, y al hacerlo mirándole a la cara permanecía inmóvil, pendiente de mis labios como si la vida le fuera en ello. Ahora decidí no molestarle más, prescindir con él de palabras e incluso figurar que no le veía, puesto que hacía bastante con tirar de sí mismo, aceptando la idea de tener un fantasma a mi servicio.


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A través del teléfono programamos las intervenciones que quedaban pendientes. Me dieron a entender que el Viejo las soportaría «si suavizábamos el ritmo» (era el conocido criterio de uno). El día que íbamos a reanudarlas, la impaciencia me obligó a llamar a un taxi, adelantándome al horario del coche oficial. En el pabellón del Consejo no encontré más que a un empleado madrugador que se ocupaba en clasificar fichas, por lo que seguí hacia la Casa. El mayordomo, sin perder su reserva, pareció mostrarse sorprendido y consultó a hurtadillas el reloj del vestíbulo. Arriba, en el corredor que la escasa luz matinal difundida por la cristalera convertía en un tracto submarino, dos hombres conversaban vivamente en voz baja, orientando los pasos hacia la rotonda, pero deteniéndose cada pocos metros. Por la estatura y los ademanes —la autoridad del brazo, la forma en que la mano acentuaba la orden, pues él siempre ordenaba— reconocí al Comandante antes que a uno. Se le notaba excitadísimo. En una de sus repetidas paradas, sin saber por qué, me detuve también, momento en que el joven se volvió, y el otro, al notar algo, hizo pronto lo mismo. La distancia que nos separaba se transformó en infranqueable y yo no estaba de ninguna manera dispuesto a reducirla. Supe que los campos se habían deslindado. La alta figura fue la primera que resolvió moverse, saliendo de cuadro por una de las puertas de escape que ofrecía la rotonda. El médico, al quedar solo, bajó la cabeza, comprobó dónde tenía los pies y, finalmente, los encaminó de modo resignado en mi dirección. Ninguno de los dos hizo el menor comentario. La monja, como acostumbraba, sí que soltó los suyos: «Se niega por completo a comer, lo escupe todo... Y vea usted, ha dejado otra vez de hablar». Estas reacciones, propias de un niño enrabietado, no merecían ser tenidas en cuenta y nuestro programa pudo completarse en pocos días. Casi a su término, quien lo culminaba con tanta limpieza quiso poner un colofón personal, aprovechando un posterior turno de guardia para ejecutar fuera de lo fijado una punción del músculo cardíaco, de la que obtuvo una preciosa


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muestra miocárdica, un pequeño cubito de brillantes aristas una vez congelado, que me ofreció a la mañana siguiente. No quise reprocharle su temeridad —el trofeo venía a justificarla— y preferí dar al gesto otro significado, aunque ya nunca tuve ocasión de precisar su verdadero alcance. Porque, sin un aviso previo, dos (vamos a continuar llamándole así hasta el final, pues su final fue éste) cesó de estar allí, a nuestro lado, abandonando su puesto de avanzada al desaparecer por un escotillón. El hecho encajaría en una crónica de sucesos y resultó lo imprevisto que tales golpes suelen ser. Al dejar la mesa operatoria de la enfermería —aquel día yo no asistí a la intervención, un acto de rutina, un fleco que quedaba pendiente—, cuando estaba cambiándose de ropa —«ahí, detrás del biombo»— le sintieron gruñir. «No dijo nada inteligible». «Era, más bien, como el que carraspea de manera forzada para limpiar la garganta obstruida, pero sonó muy raro». «Un ruido gutural, casi un bramido...». (No era, por tanto, una voz humana, si lo es la de éstos que la derrochan para narrar el caso, atropellándose entre sí). «De pronto el biombo se volcó. Me volví sorprendido a mirar hacia el suelo. No podía suponer...». Y mientras, yo asentía. «Comprendo, sí», creo incluso que dije, porque estamos dispuestos a admitirlo todo. Seguramente fue como cuando advertimos con un sobresalto que una bestezuela acaba de invadir el espacio aséptico en que nos movíamos descuidadamente. Y en efecto, allí vieron un cuerpo al que hacía repulsivo la postura extraña y su tendencia a imitar al reptil, revuelto sobre el espinazo, la cabeza torcida, igual que un animal atrapado en un cepo. Eso me contaron. Quien me facilitó la dirección de la familia sugirió que bastaba con enviar unas líneas de pésame —«son gentes retraídas, proletarias, muy encerradas en su medio... le costará llegar hasta ellos, y a saber si su comportamiento estará a la altura...»—, pero yo preferí hacerles una visita. Puede que el perro, esfumada la presa, tratara inútilmente de seguir rastreando; por más que me esforzaba en acallarlo, durante la noche se le oía aullar.


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Tuve que buscar la estación de partida de una línea férrea suburbana en un barrio extremo y mezclarme entre la multitud que se agolpaba ante las taquillas disputándose el puesto. La ciudad vertía en el andén sus materiales de desecho, los restos de la gris batalla diaria, con algunos toques de color aportados por los emigrantes. Salíase de la población rozando muros de edificios que ofrecían a la calle fachadas todavía presentables y dejaban asomar sus miserias a la zanja del ferrocarril por donde circulaban todos los derrotados. En la primera parada el trenecillo casi se vació. Quedó cerca de mí un flaco adolescente, un estudiante a quien antes no alcanzaba a ver, que evitaba hasta el aire del vagón cubriéndose la boca con la mano para buscar en el libro de texto la única posibilidad que ofrecía el futuro de eludir la ruta cotidiana. El convoy embocó un puente de hierro entre una confusión de vibraciones. Vi abajo las aguas de un río casi también metálico; en la margen opuesta levantaban sus gibas las estructuras de una planta siderúrgica. Lo mismo que un eczema, la gran mancha industrial corroía el paisaje. Me habían descrito con fidelidad el panorama que iba a contemplar, aunque olvidaron prevenirme acerca de los humos. El apeadero, una de esas construcciones de madera que se instalan provisionalmente y quedan para siempre, daba entrada a una aglomeración de oscuros pabellones gemelos que por mucho que proliferasen no conseguían formar un pueblo. Di varias vueltas, y siempre parecía recorrer la misma calle. Las gentes con las que me crucé mostraban un aspecto macilento, llevándome a pensar que la ciudad extraía de aquí la sangre de que se nutría. Aunque no me mirasen, yo sentí sus reproches al leer las tremendas pintadas de los muros. Por no atreverme a preguntar a nadie tardé en localizar la dirección, yendo a encontrarla por fortuna cuando, desorientado, me metí en un sector a trasmano y en la primera esquina apareció una placa que daba fe de la calle buscada. Ésta apenas merecía tal nombre, pues los viejos bloques olvidados allí, restos quizá de la época fundacional de la barriada y sostenidos por una escombrera que encauzaba el río, ni siquiera estaban alineados. En sus


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paredes no vi grabados gritos, pero las manchas de humedad que las cuarteaban eran bien elocuentes. Al mirar ahora la fachada de la covacha de donde él salió, creí descubrir la verdadera cara de dos, sin el revoque de la juventud que le daba tersura, dejando al descubierto la tosca obra de mampostería con la marca de origen obrero que explicaba muchos de sus gestos y algunas expresiones mal medidas. Sobre ese fondo, C., el amigo dilecto, impuso su pureza de casta y me reproché por haberme cegado con rasgos meramente corporales al establecer comparaciones. Mi paso se detuvo a un metro del portal y estuve a punto de volverme sin llegar a entrar. Sólo una vez, y de lejos, a través de los árboles, había entrevisto la residencia de los padres de C. Entonces aún no nos tratábamos, y simplemente le conocía de vista. Un compañero del colegio me contó algo acerca de él y su familia, las extravagancias de uno de sus tíos, la estela de un escándalo, mientras me señalaba, desde una ventana del pasillo que daba sobre el patio de juegos, su posición en la fila de externos llegados para examinarse desde un centro filial de la provincia. «Aquel rubio espigado, el del traje azul. ¿No ves cómo presume? ¡Qué petulante!». Sí, tenía razón: la barbilla altanera mantenía su cabeza por encima del grupo, despreciando lo que le rodeaba, incluso a la pareja de fisgones que cuchicheaban en aquella ventana y sabía que estaban hablando de él. Más tarde coincidimos cerca de la salida. Su misma afectación en ignorarme mientras emparejamos dentro de la corriente de colegiales, rozándonos los codos, descubría un secreto interés. ¿Para qué volver el cuello hacia otra parte y tropezar con quien le precedía si el que iba a su lado no le importaba nada? Y algo de mí tiraba de él, o al menos de sus ojos, pues a hurtadillas la pupila traslúcida me buscaba asomándose con felina cautela al ángulo donde su unen los párpados, aunque el color del iris era tan diluido que no podía asegurarse que aquel reflejo azul correspondiera al mismo. Meses después, de paso por la villa natal de C., estaba cerca de su casa sin saberlo. Mi estancia allí era circunstancial y no recuerdo cómo recalé en el solitario paseo a la hora de la siesta. Un


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tropel de jóvenes ciclistas vino a sorprender mi vagabundeo. Hicieron sonar por broma los timbres y, desplegándose a lo ancho de la amplia calzada, me obligaron a saltar al césped para acogerme a la protección de un tronco de árbol, mientras pasaban con risas contenidas los niños ricos luciendo sus ropas de verano, los pantalones cortos y las gorras deportivas ante aquel patán de traje oscuro en la tarde más cálida de agosto. Una muchacha, entre ellos, resumía la selección de la pandilla con la elegancia de sus movimientos y el oscilar del pelo sobre el rostro mientras pedaleaba; a su lado, una cabeza erguida atrajo mi atención: nuestras miradas chocaron entonces, reconociéndose inmediatamente. Los seguí con la vista, hasta que frenaron las bicicletas a la entrada de una hermosa quinta, donde se despidieron del camarada que quedaba allí; luego se fueron, gritando una última frase con alguna advertencia cariñosa. Apoyado en la cancela de hierro, C. no los escuchaba. Montado aún en el sillín, inmóvil junto al muro, vencía la resistencia de su exigente orgullo para girar el cuello y buscar con los ojos al forastero que, oculto a medias por el árbol, le miraba también, sorprendido ante aquella expresión de avidez angustiada del que descubre algo que le es imprescindible, por mucho que repugne a su paladar. Todavía creo estar viéndole sobre el fondo del ramaje verde, empapado de luz, mientras resiste con la mano aferrada a la verja a ese ser interior que se le está imponiendo y pretende arrancarle de la seguridad de su jardín, donde la pauta familiar de la que va a apartarse fluye de modo sosegado, igual que el chorro de agua en el estanque. Una voz femenina le llamó: «¿Por qué no entras?». «¿Por qué? ¿Quién fue?», preguntaba insistente aquella misma voz el día del entierro, mirándonos a los amigos uno a uno en busca del culpable. Las madres desconocen la forma en que sacude el terremoto de la adolescencia a alguno de sus hijos varones, y con frecuencia al más exquisito, no comprenden que un chico de dieciséis años se evada de la vida, de las humillaciones a que obliga la sed a quien creía encontrarse por encima de todos y ahora se doblega ante cualquiera, creen que ha sido otro el que lo ha matado.


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El timbre de una bicicleta chirrió con aspereza dentro del portal. La memoria rechazó aquel sonido por no corresponderse con la evocación: el grupo de ciclistas que avanza una vez más por el paseo, como una ola que cubre la luminosa pantalla del recuerdo. Pero la zafia lengua metálica se negaba a callar, pues cada ambiente habla a su manera. Me asomé a mirar dentro: un niño cabalgaba una montura demasiado alta para él, el medio de transporte de algún vecino de la casa que había dejado al herrumbroso cuadro apoyado junto a la escalera y unido a un barrote de la misma por una cadena que cerraba un candado. El chiquillo, asido al manillar y esforzándose por rozar el pedal con la punta del pie, agitaba los codos asomados a los rotos del jersey de lana en un remedo de carrera. La pálida carita de gorrión quiso esconderse, al verme, al abrigo del hombro y a poco si se cae del sillín. No pude menos de acercarme a él y acariciar la cabeza inclinada y el occipucio flaco, que desbordaba el cuello de la prenda heredada, sin duda, de un hermano mayor. «¿Adónde vas con tantas prisas?». Y pensé en otro niño que jugaría también en este portal unos años atrás, soñando escapar a golpe de pedal de su tesón de la barriada, y hacerse un nombre nuevo al colocar delante del que tiene la palabra «doctor». Sentí gotear una ternura que restablecía, escalón a escalón, según iba subiendo, la imagen del colega. Aquí estaba el vulgar apellido, desnudo, desprovisto del título profesional, en la plaquita de la puerta. ¿Qué podía esperarse de unas sílabas tan mal encajadas? Oí entrar a alguien en el portal y sus pasos luego en la escalera, lo que me obligó a pulsar el timbre. Abrió un anciano que no entendió lo que le dije y se fue arrastrando las pantuflas en busca de ayuda. Un hombre maduro, muy vigoroso, asomó entonces al mínimo vestíbulo, y al verme se detuvo y terminó por volverse también. Al fin vino del fondo de la casa la mujer, y al acercarse distinguí en sus facciones, como a través de un cristal empañado, la encubierta presencia del hijo muerto. El trío familiar terminó disponiéndose a mi alrededor en la modestísima salita. El padre se mantuvo siempre en la penumbra


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con la cabeza baja, fijos los ojos en sus manos enormes que volvía sin cesar, como si comprobara el estado de cuentas de su única fortuna, y en las que descubrí huellas de la dureza del trabajo. A su lado, el abuelo mantenía idéntica postura con mayor abandono, y cada poco se llevaba un dedo a los ojos. A partir de los dos vi a todos los varones de la estirpe, desde los indudables orígenes campesinos, irse desdoblando por los rincones de la habitación. Faltaba el descendiente más joven, que tuvo poco de ellos y debió de ser formado casi totalmente de una costilla de la madre. Frente a mí estaba el molde utilizado para la hermosa estatua. La mujer permanecía rígida en la silla, como si allí la hubiese dejado el escultor. El parecido me turbaba. Las facciones del hijo se insinuaban de continuo en las suyas, acentuándose ahora para desvanecerse en cuanto ella hacía un gesto personal. Me pregunté cómo habría conseguido el joven virilizar rasgos tan delicados que a veces parecían a punto de quebrarse. Tenía la mujer esa voz rota de los que han gritado su desesperación y noté que al referirse al hijo evitaba pronunciar su nombre, que aún quemaba demasiado. Sólo las poderosas manos del padre, acostumbradas al contacto del fuego, podrían modelar el ardiente lingote, pero el gigante no quiso intervenir. De manera imprevista, el abuelo citó al ausente con el diminutivo de la infancia y, durante un segundo, ellos buscaron con los ojos al niño que gateó por esta misma alfombra. Desde entonces ya nadie pudo continuar hablando. Dudaba si irme ya, cuando advertí que ella deseaba decir algo sin terminar de decidirse, mirándome con tal fijeza que casi leí su pensamiento. Inquieta, se revolvió en la silla, haciéndola crujir. El desasosiego se adueñó de su cuerpo, y el marido, absorto en observarla, olvidó las manos sobre las rodillas. Llegó desde la fábrica el ulular de una sirena. La luz exterior había descendido varios grados y en la habitación se infiltró una sombra. Pensábamos los cuatro tan intensamente en quien no estaba allí que creí revivir cierta antigua experiencia espiritista. La mujer, agotada, ya sin voluntad, resultaba una médium ideal, y su rostro adquirió tal transparencia que vi


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asomarse al hijo a las pupilas desmesuradamente dilatadas. Era él, pues, el que quería hablarme. —Guárdese usted, profesor, o acabe de una vez con él —oí decir a una voz desconocida. Me hubiera puesto en pie y buscado la puerta de ser dueño de mis movimientos, pero me sentí paralizado. —¡Acabe usted mejor con él! ¡Mátelo! ¡Mátelo! Fue el hombre quien reaccionó primero y con un ágil salto, inesperado para su corpulencia, corrió a dar la luz. Ella se cubrió el rostro, rompiendo en sollozos. Tuvo el marido que llevársela a otra habitación, y un espeso silencio cayó sobre la casa. Yo esperaba alguna explicación para poder ultimar la visita con un mínimo de dignidad. Aquellos minutos se me hicieron eternos. Traté de serenarme, dejando que los ojos repasasen las disparejas piezas del mobiliario y las fotografías familiares donde algunos espectros de otra época más dura, desde la altura de la pared y la pobreza, parecían tener también algo que decir. Entre las ampliaciones vi enmarcada la pequeña instantánea de un niño que ofrecía a la cámara una expresión abierta de confianza bien conocida por mí. Le hubiera contemplado más de cerca si sus antepasados no estuviesen allí, guardándole de extraños, mirándome con la penetración con que lo hacen los muertos, tan difíciles siempre de engañar. El abuelo, sentado junto al muro donde se alinean los retratos como los nichos de una batería, no ha comprendido nada, pero ellos me interrogan: «¿Qué has venido a buscar? ¿Por qué no dejas ya en paz al chico?». No se adónde mirar. Gracias que aquí está el padre, facilitándome la retirada. —Le ruego que nos disculpe, profesor —me sorprende esa voz, en la que la densa gravedad del tono llega amortiguada por un filtro de gasa y hace pensar en la mediación de un hombre interior muy distinto al coloso que tengo delante—. Agradecemos mucho su visita, y ella especialmente. Es un honor. Mostró la palma de las manos, en las que no cabía doblez, para dar fe de su palabra. —Siempre hablaba de usted como si ya le conociera, y es que el hijo le contaba cosas, orgulloso de poder trabajar a su lado...


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Ellos tenían sus apartes ahí, en el dormitorio, desde que comenzó a estudiar y a descubrir el mundo; yo, al llegar del trabajo les oía. Nunca guardó nada a la madre, se entendían muy bien. Conmigo jamás tuvo esa confianza, porque uno es torpe; la mujer sabe más y lo comprende todo. Si le confieso la verdad —aquí bajó la voz— yo me conformaba con mirarle. Cuando comíamos juntos, él sentado donde ahora está usted, parecía encogerse sin alzar los ojos, como si mi peso le agobiara, y así desde chico. La madre hacía el gasto de la conversación mientras nos servía. Pero aunque entre nosotros apenas si cruzábamos alguna frase imprescindible, de cuando en cuando él levantaba a medias la cabeza y me sonreía; eso bastaba. ¡Guapo muchacho! ¡Y qué despierta inteligencia, ya desde la escuela! La puerta de la habitación se había ido entreabriendo y la mujer volvió a dejarse ver. Estaba más serena, aunque en su rostro percibí esas huellas que dejan en la tierra los ciclones. Su presencia hizo enmudecer de inmediato al marido. A pesar del silencio, se notaba una menor tensión: no iba a tener otro momento mejor para irme. Antes debía cruzar una mirada con cada uno de los tres habitantes de la casa (el abuelo, dormido, no correspondió) y abandonar la silla sin precipitaciones. Todo se hizo de acuerdo con las normas. Ya de pie en el centro de la sala, permití que fijasen bien en la memoria una figura profesoral recitando frases de condolencia que extraje del sombrero, al que mis manos no daban reposo, y busqué la salida a paso lento para dar tiempo a alguna forma de respuesta por parte suya. Nadie mostró intención de acompañarme ni dijo nada; clavados en sus posiciones, con expresión distante, dejaron que interpretase mi papel e hiciera mutis sin apoyar ninguno de mis movimientos. Y es difícil irse de escena así, cuidando de no tropezar ni cometer errores. Al apartar la cortina que clausuraba el pequeño vestíbulo pensé si no me habrían comprendido, porque nunca puede estarse seguro de que el idioma que estudiamos para dominar un terreno científico tenga correcta aplicación en las conversaciones


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familiares. Sí, algo de eso pudo pasar aquí y a saber qué terminé diciéndoles, pero ya no cabían otras explicaciones. La cerradura de la puerta tampoco respondió a los intentos de mi mano. Me faltaba la clave de la casa y maldije el momento en que se me ocurrió venir. Una mano exangüe cayó sobre la mía; su frialdad penetraba la piel. A su presión, que le llegaba a través de mi pasividad, el resorte de la cerradura cedía suavemente. También en mi cerebro se abrió entonces un leve intersticio, iluminado a medias: quedaba algo importante por aclarar, pero en el angosto vestíbulo la luz escaseaba. Apenas distinguía del rostro femenino que tenía tan cerca más que su palidez. Las canas que se entremezclan con el pelo castaño absorbían con ansia aquella intensa albura. —¿De quién he de guardarme? —pregunté con un hilo de voz. —Usted lo sabe bien. Los muertos sobreviven a expensas de la sangre de quienes les rodean. —Los muertos... —repetí, lleno de confusión. ¿A quién se refería? —Ese cadáver centenario, devorador de jóvenes. —El Viejo —comprendí. Pero era ella y su estado mental lo que ahora me inspiraba temor, y traté de entreabrir la puerta que su cuerpo bloqueaba. —Cuando el otro médico murió supe que mi chico corría peligro. Tenía que habérselo advertido, y si no lo hice fue porque usted iba a llegar y le creí a salvo. Supuse que el gran sabio descubriría todo enseguida, aunque veo que me equivocaba: estoy hablando con un ciego. —El Viejo... —repetía yo aún—. Usted no entiende el caso: él dispone de sus propios recursos y mantiene la vida exclusivamente a partir de ellos. Nosotros no somos más que meros testigos y nuestra intervención suele causarle más daño que provecho. El peligro lo está corriendo él. Era inútil exponer razones a una mujer que no escuchaba. —Que cada hombre cargue con su muerte, y al que se niegue se le obliga, y en paz. Ahora está en sus manos, profesor. ¡Termine ya con él!


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No me dejaba abrir más la puerta y casi tuve que luchar para irlo logrando poco a poco. En aquel sordo forcejeo, que tenía algo de abrazo, se me cayó el sombrero al suelo y allí lo dejé, escabulléndome como pude fuera del vestíbulo. Afortunadamente no encontré a nadie en la escalera, por lo que me concedí un respiro al alcanzar el piso inferior para arreglar mis ropas y serenarme, a fin de bajar con más aplomo los últimos tramos. La bicicleta colgando del barrote me hizo pensar ahora en un ahorcado. La barriada, con escasos puntos de luz, ofrecía un aspecto fantasmal que obligaba al viandante a huir a paso vivo. Imposible encontrar un taxi en calles por las que no circulaba más que la niebla. Llegué al apeadero con el tiempo justo para el último tren, y mi ocupación durante el trayecto fue únicamente tiritar. Ya en la ciudad, un coñac me restableció. Cené en mi habitación. Tras llevarse el criado la bandeja, la señora hizo una sugerente llamada por medio del piano que dejé pasar. Deseaba que el sueño amortiguase las impresiones recibidas, hasta que el nuevo día permitiera repasarlas con una mayor calma. Había cuestiones preocupantes, como la existencia y el rápido final de aquel desconocido médico que me precedió y cuyo fugaz paso por la Casa ignoré hasta hoy. ¿Por qué nadie me habló nunca de él? «Mañana, mañana aclararemos todo», prometí a la almohada. La música facilitaba la evasión y era grato tenderse sobre las teclas móviles, aunque las negras me inquietasen un tanto. La conciencia cedió bajo la persistencia de un acorde. En el tobogán que se hundía en el sueño rodó a mi lado, a punto de arrollarme, una apretada pesadilla, pero el piano la aventó.


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Capítulo octavo

Me levanté con mal sabor de boca. La desagradable escena de la tarde anterior, mal digerida, empastaba mi lengua y tuve una náusea al inclinarme sobre el grifo abierto del lavabo. «¡Guárdese, profesor!», la advertencia agorera continuaba sonando en mis oídos mientras deglutía el último resto ácido. Desde el espejo, un rostro descompuesto que tenía poco de quien creo ser me miraba con severidad y descubría el desgaste sufrido en estos meses. He estado transformándome aceleradamente en el aparecido que tengo delante, y al perder peso propio llegaré a evaporarme igual que ese colega que pasó de puntillas por un puesto que yo cubro ahora. Alguno más vendrá después, porque aunque el paciente a nuestro cuidado no se dedique a acabar con nosotros como alguien ha llegado a creer, con resistirnos ya le basta para añadir más nombres a la lista. El espejo también registraba una pequeña mancha de humedad en el cielo raso que hasta entonces yo no había visto, lo que me hizo mirar alrededor como si acabase de ocupar el cuarto, advirtiendo en los muebles y hasta en el tono de color del viejo empapelado aspectos antes nunca percibidos. ¿Era ésta la que yo llamaba «mi habitación», con un exceso de confianza al que ella no correspondía? ¿Qué huella de mi paso puede quedar aquí si todo se despega de mi proximidad y anticipadamente ya me hace el vacío? La espuma del jabón de afeitar prestó a la cara una momentánea consistencia, reafirmándome sobre mis piernas y templando un poco el nerviosismo, hasta que el corte provocado en un pómulo por la maquinilla hizo saltar una sangre demasiado evidente, que interpreté como un último aviso.


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Salía ya del cuarto cuando me volví hacia la luna del armario, atraído por la profundidad de la perspectiva reflejada en cuyo fondo mi cuerpo se encogía cautelosamente, evitando rozar a otros que en tiempos anteriores se movieron allí y ocupaban aún parte del espacio, al menos dentro del espejo. A uno en especial quise buscar en la desdoblada habitación que se abría ante mí. Un estremecimiento de mi brazo, que se alzó por su cuenta en un gesto a medio desarrollar, vino a ser la señal que me hiciera otra figura superpuesta a la mía, con la que mi persona tendía a confundirse. Desayuné de pie en el comedor, tan desapacible en la hora temprana. El café estaba amargo. Y al salir al jardín sufrí un mareo. Recuerdo con toda precisión el aura que lo precedió. Nunca la visión de la mañana me había provocado tales sensaciones de rechazo. Era aquél un día gris de aspecto sucio y triste, como si la naturaleza, cansada de luchar contra el invierno, se abandonase a la desesperanza, pero otras veces el color del aire no afectaba al hombre que abordaba el día para someterlo a su voluntad. ¡Si fuese uno a dejarse influir por la cara del mundo! Mas, en aquel momento, como en ninguno que yo recordase (no sé las percepciones de la primera edad, que quizá expliquen ese llanto continuo de los recién nacidos), la extrañeza de lo que me rodeaba se me hizo tan patente y sentí alrededor, desde la hierba al cielo, tal carga hostil que me detuve al pie de la terraza, dudando si seguir. Fue un instante de vacilación en que me hirió los ojos y vi sin atenuantes el horror que nos cerca, y frente a él la vaciedad absoluta de la vida. El fogonazo provocó un estallido dentro de mi cabeza perturbando también las leyes físicas, pues las ramas de arbusto que rozaban mis hombros volaron más arriba y el suelo, de un salto, vino a golpearme la mejilla. Cuando me recobré, estaba tendido en uno de los bancos de madera situados bajo la terraza. El criado luchaba con el botón del cuello de mi camisa y, a la vez, exhausto por algún esfuerzo reciente, lo utilizaba como punto de apoyo para no derrumbarse, con lo que su cuerpo temblón se me venía encima a riesgo de llegar a ahogarme, aunque sus intenciones fueran encomiables ya que resoplaba con tal fuerza que, indudablemente, quería renovar


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también por mí el aire en los pulmones. Que un ser tan acabado tuviera que auxiliarme daba la medida de mi desvalimiento. De poder mover siquiera una mano me hubiera librado de su agobiante ayuda; no siendo eso posible, al menos intercalé un espacio neutral entre los dos apretando los párpados. La conciencia aprovechó la ocasión para hacer lo mismo conmigo y dejó al cuerpo inerte sobre el banco, tan insensible como la madera. Abrí los ojos después de un intervalo difícil de medir. Ya no tenía a nadie encima. El Viejo, a cuatro patas en el césped, totalmente agotado, me contemplaba con expresión de pasmo, y a falta de palabras era su disnea la que hablaba por él. Dada la situación, ahora me correspondía decir algo a mí, pero aún estábamos muy cerca. Y mientras la individualidad, puntillosa siempre, a toda costa quería marcar distancias, nuestros organismos descompuestos, viéndose reflejados el uno en el otro se entendieron pronto por su cuenta, dejando a la persona fuera del concierto. A saber qué señales mortales veía el hombre en mí; yo estaba interesado, sobre todo, por las sacudidas de su corazón, caballo loco cuyos coletazos le estremecían con violencia. A cada sístole, las arterias del cuello se ingurgitaban espantosamente y la oleada de sangre ascendía de golpe hasta los ojos, que flotaban a saltos como corcho en el agua picada. Nos miramos con mutua aprensión durante unos minutos, sospechando estar condenados por igual sentencia, mientras la vida, representada por un rollizo gato, se deslizaba con la facilidad de siempre por los senderos del jardín. Su indiferencia me resultó insultante. También los árboles, desentendidos de nosotros, escrutaban el cielo haciéndose los distraídos. Se nos había arrumbado a un lado, igual que a un trasto inútil, como la regadera que veía volcada junto a la terraza con un agujero en el fondo herrumbroso. Sintiéndome ofendido conseguí enderezar la osamenta, que pesaba lo suyo, y cedí mi sitio en el banco al criado, a quien tuve que izar y obligué a sentarse, aunque se quejaba de mi brusquedad. Al asirle de un brazo, la manga de su raída chaqueta descubrió en la muñeca un magnífico reloj de oro que atrajo mi mirada sorprendida. Aquella joya cabalgando en el hueso, perdida entre


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la seca pelambrera, parecía denunciar la personalidad oculta del sujeto, una secreta identidad que me cuidé de volver a velar con el deshilachado puño de la camisa. Desde la puerta del jardín le eché un vistazo: se había movido un poco de la vertical, en una paulatina inclinación, manteniendo su rígida postura con las manos aplicadas al asiento y las piernas juntas, pero yo tenía prisa y lo dejé a merced de esa lenta deriva, confiando en que una racha favorable de viento le hiciera recobrar la posición correcta. Salí al camino con paso renqueante, ya que una pierna, en desacuerdo con mi voluntad, se negaba a seguir. Falto de humor para ponerme a discutir con ella me la llevé a remolque por la senda de grava. Dado el tiempo que venía residiendo allí era natural que conociese detalladamente un trayecto recorrido varias veces al día, incluso a pie en algunas ocasiones; esa mañana tuve la impresión de que el trazado había sufrido cambios, y rechacé la idea de un trastorno en las percepciones de mis sentidos, pues las alteraciones, aunque hábilmente camufladas, resultaban ciertas. Tenía que vérmelas, sin duda, con poderes contrarios. Ya de entrada, el camino, estirándose hacia la lejanía, se había alargado tanto que pronto comprendí que nunca llegaría por mis pies a su término, pero necesitando alcanzar la ciudad para aclarar ciertas cosas de vital importancia —por más que no supiera ya muy bien cuáles eran éstas—, no quise ni pensar en volver atrás para tomarme un descanso en la habitación y pedir luego un taxi; se imponía la huida hacia delante. Sí, tenía que avanzar de un modo u otro, me decía parado en aquella desierta inmensidad, y si fallasen las piernas probaría a valerme con los brazos, como hace el guerrillero en el terreno batido por el fuego enemigo. Quizá esa fuera la táctica adecuada para salvar campo tan peligroso, que otros días crucé con el mayor descuido mientras ahora advertía la amenaza latente en cada recodo, donde acechaba esa mirada aviesa de la naturaleza por la que descubrimos que se ha tornado adversa.


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Paso a paso, con la cautela necesaria, iba ganando metros bajo la garra gris de la mañana. La línea del canal comenzó a dibujarse con perfiles cambiantes que veía moverse a un lado y a otro, como si la corriente se hubiera transformado en un reptil que arrastrase en zigzag, para desorientarme, su cuerpo recubierto de brillantes escamas. Aparté de él los ojos porque los bandazos me mareaban y busqué alrededor alguna referencia más estable; al no hallarla, recurrí a la contemplación de mis zapatos, único objeto conocido del que podía fiarme y cuya mansa fidelidad, con su leve crujido que era ese carraspeo del que quiere hacer notar discretamente su presencia, casi me enternecía. Estas debilidades debieron de distraerme porque, de pronto, el canal dio un giro muy brusco y vino en derechura hacia mí; la serpiente asomó entonces al camino su horrible testa buscando mi talón. Tuve que lanzarme a la cuneta opuesta y cruzar de un salto a una vecina tierra de labor, junto a cuyo muro decidí atrincherarme. Por suerte, apareció una gabarra en el horizonte de juncos y con su peso fue planchando las gibas del reptil. El patrón, un hombre fornido tocado con una gorra azul, parecía saber con quien se la jugaba, pues iba armado de una pértiga y no dejó de vigilar los fondos asomado a la borda durante el tiempo que le tuve a la vista; por fin, al descubrir lo que buscaba, clavó violentamente el arma en la cerviz de la bestia fluvial, acabando con ella. Eso me permitió caminar más tranquilo, aunque la cabeza se mostrase insegura sobre el cuello, quizá desencajada por la acción del viento. Me acercaba ya a la hilera de olmos. Parecían excitados y me gritaron algo desde lejos; no una advertencia, como creí al principio, sino un insulto grave que tardé en descifrar en todo su alcance. Palidecí, y, sin embargo, me hice el desentendido por no estar en condiciones de enfrentar a nadie y haberse perdido entre los juncos la gabarra amiga; reuní los escasos restos de dignidad que encontré en los bolsillos, donde los dedos no habían dejado durante aquella hora de maltratar los forros, y ciñendo mis pasos a la margen opuesta del camino me dispuse a pasar junto a la amenazadora formación de árboles.


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Iba dejándolos atrás uno tras otro y respiraba ya, cuando el más alto y agresivo de ellos abandonó la alineación y se me vino encima. Traté de darle un quiebro, sin poder evitar que me golpease en mitad de la frente. Hubo un corte en el tiempo, que se escapaba de las manos incomprensiblemente, y me hallé recostado en la hierba a orillas de un canal donde vibraba ahora un reflejo del sol, semejante a un pez blanquecino que se deslizase entre dos aguas. Me encontraba mejor, si bien no supiera explicarme las razones de mi presencia allí. Era agradable acariciar la hierba húmeda, e incluso, de no hacer tanto frío, me hubiera gustado descalzarme y, sentado en el talud, introducir los pies en la corriente. Recordé haber visto algunos días atrás a dos muchachos tripulando una balsa en aquel paraje, dispuestos a pescar la anguila escurridiza de su juventud. También yo podría ensayar, quizás, cuando llegase la primavera... La conciencia de mi situación vino acompañada de una náusea, y el temor de volver a desmayarme me puso en pie. Sabía que a corta distancia, tras la revuelta del camino, había una casa y resultaba preciso llegar hasta ella. La cubierta de nubes se espesó en un momento y enseguida fue pulverizándose en una niebla de impalpables gotitas que volaban, ingrávidas. Alcé la cara para aspirar aquel vaho húmedo que parecía surgir de un mar entremezclado con el cielo bajo. Pero no puede caminarse sin otear la tierra; la bruma borró en el intervalo las flechas que señalaban los puntos cardinales y me encontré perdido. Pisaba una capa de algodón donde se confundían el cielo y el suelo. El impreciso mar me rodeaba ahora y sentía en las sienes su oleaje. Un automóvil venía del interior sobre la costa, tanteando el camino con el claxon. Busqué el resguardo de un árbol neutral que me ofreció la niebla en el instante en que el coche doblaba un recodo y barría la playa con sus faros; agazapado al cobijo del tronco lo dejé pasar porque no quería ser visto en ese estado de rara ebriedad. El coche me facilitó la vuelta al camino, que los neumáticos habían dejado dispuesto en el suelo en la adecuada dirección.


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Pude así llegar hasta la casa, donde la luz de una ventanita circular que se abría en el piso superior hacía las veces de un faro costero. Tres escalones llevaban al porche. La madera podrida de uno de ellos cedió bajo mi pie, haciéndome tambalear. Junto a la puerta, un banco ofrecía una apetecible posibilidad de descanso a cubierto que no deseché, procurando sentarme sin hacer ruido para que los dueños de la casa no descubrieran mi presencia, aunque de ser necesario podría pedir auxilio con sólo golpear la puerta que tenía al alcance de la mano, lo que resultaba muy tranquilizante. Cerré los ojos durante unos minutos. Bajo los párpados la niebla se deshizo, se evaporó el mar, y cuando volví a mirar ante mí vi extenderse el paisaje de todos los días, silencioso y en completa calma. Alguien se movía dentro con paso menudo y arrastrando un poco los pies. Me figuré una de esas personas de edad que ya no salen nunca y limitan su vida a vigilar la propiedad, en la que han reunido con los años multitud de objetos que están dispuestos por los estantes y en las mesitas, dándole a su poseedor una sensación de inmutabilidad que contrarresta la decadencia de su cuerpo. Pensé entonces que no había visto a nadie en tantas ocasiones como, al cruzar a su altura, dejaba irse la mirada hacia aquel porche que siempre me atrajo. Una voluta de humo sobre la chimenea o una luz desvaída en el interior constituían la única señal de que la casa estuviera habitada. Ahora se establecía entre el desconocido dueño y el paseante de otras veces una curiosa vecindad. Apoyé la espalda en la pared y sonreí confortado por esa relación humana que podía mantenerse a través del muro. Los pies dejaron de arrastrarse y me quedé más solo. Luego noté que se acercaban con mayor sigilo hacia la puerta, sobre las punteras de unas suelas blandas, como quien evita delatar su paso. Creí oír una respiración contenida, pero era la mía que se acompasaba automáticamente a la actitud de escucha de la otra persona. Transcurrió un largo minuto. Dentro hicieron acopio de valor valiéndose de una prolongada y silbante inspiración, y una voz


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débil de mujer preguntó con tono que quería ser firme, pero el miedo alteraba: —¿Quién está ahí? Tan representativa de la persona que la emitía resultaba la voz, que me quedé mirando fijamente la puerta, como si en ella se recortase la figura de la anciana que acogía al visitante de tan desconfiada manera. Vi a la superviviente de una familia, hoja seca del árbol genealógico que permanece unida a la rama a costa de guardarse del aire exterior y convertir su hogar en una tumba medianamente caldeada. Al sepultarse en vida, la rigidez va bloqueando sus articulaciones, mientras la tierra se muestra impaciente y le muerde los pies, con lo que la momia apenas puede desplazarse por la cripta, aunque acepta sus limitaciones y se acoraza en ellas por ser más ventajosas que la inmovilidad total en la que se encerraron ya todos los suyos. No espera a nadie, ni siquiera a la muerte porque ésta la viene acompañando desde hace muchos años y duermen en la misma cama: de ahí que las noches le resulten tan frías. La humanidad de la que formó parte se extinguió por completo y ahora la suplantan extraterrestres de costumbres extrañas. Los personajes de su vida se han alejado tanto que van muriendo por segunda vez, al destruirse el vínculo de la memoria. Los antepasados con los que dialogaba no le hablan ya y, aunque permanezcan asomados a la ventana de sus grandes retratos en las paredes del salón, perdieron el nombre y confunden sus identidades para diluirse en el mar familiar. A veces los devuelve una ola cuando la anciana consigue dormirse; sólo entonces puede volver ella a vivir también y, en tanto no despierte, se le permite nadar contra corriente, regresar a la playa de la infancia y desde allí, por un ribazo verde, subir al encuentro de su juventud. La claridad del día viene a borrarlo todo y por eso prefiere mantener cerrados los postigos. ¿Para qué ver lo que sucede afuera? La rueda de las estaciones y esa ilusión de la primavera que avanza por los campos no engañan a quien sabe en su carne que únicamente reina el invierno. «¿Quién está ahí?», había preguntado. No quise contestar. ¿Qué podía ser para ella yo, abominable ser viviente? Un maldito


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importuno, casi un enemigo y peor que un ladrón: un merodeador de sepulcros. A partir de entonces, cada minuto de silencio fue depositándose sobre la puerta que nos separaba hasta hacerla más impenetrable que la misma pared. Así nos aislamos unos de otros cuando llega esa edad en la que se prescinde de las palabras que utiliza la vida para sus relaciones. La situación me hizo recordar el impresionante silencio del Viejo durante las últimas semanas, al sentirse vejado por nuestra torpe manipulación. Desentendiéndome de la persona situada detrás de la puerta, a un metro de distancia pero más alejada que lo están los antípodas, creí tener delante a aquel otro ser mucho más próximo al que tampoco supe acercarme, cebo de unos parásitos que viven de su sangre y de los cuales se defiende, al modo de las criaturas más débiles, aovillando su menudo cuerpo mientras espera un golpe mortal. Me sentí conmovido —en realidad, estaba agotadísimo— y deseé verme a su lado para mostrar mis manos desarmadas y manifestarle, aunque fuera también en silencio, mi total comprensión. Ya no me interesaba el caso clínico sino el hombre mismo y la esencia que le habían otorgado los años, y que ahora me era necesaria. Por confuso que fuese mi estado mental, notaba que mi escala interna de valores se había trastocado. Algo sucedía en el cerebro, tal vez no más que un minúsculo trombo ido a anidar en un vaso de mínimo calibre estaba provocando el derrumbe de mis concepciones, y al convertir en secundarios los datos científicos —yo abandonaba la partida— mostraba en primer plano la humanidad del Viejo. ¡Y uno comprende la importancia de esto cuando no se dispone apenas ya de tiempo! Me levanté del banco en un impulso al que las piernas no correspondieron, con lo que anduve cerca de rodar por los escalones de madera, y trompicando llegué al camino donde el automóvil que antes evité estuvo a punto de atropellarme. El frenazo suena como un grito que me deja clavado ante el vehículo. Un hombre baja de él y saluda llevándose la mano a la gorra con un gesto que reconozco aún en mi aturdimiento.


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—Perdón, profesor; espero no haberle hecho daño. Han tratado de telefonearle, pero usted había salido ya. Se trata de algo muy urgente. —¿Qué ha sucedido? Dígame —pregunto con dificultad, pues la pronunciación ahora me falla. Él se evade; no tiene atribuciones para contarme lo que sabe. —Ya le dirán. —Está asustado. De sus frases a medias deduzco, mientras el coche devora el camino, que el Viejo intentó quitarse la vida. Iba tan trastornado, sin conseguir centrarme en el asiento y mucho menos controlar mis ideas, que tardé en advertir que la urgencia alegada por el chófer no se correspondía con el itinerario escogido para atravesar la población. Las rectilíneas calles que marcaban el trayecto más corto hacia nuestro destino eran sustituidas por angostas vías secundarias, interrumpidas además a trechos por algunos atascos. Fue al cruzar el espacio más amplio de una plazoleta irregular que no conocía, y cuyas carcomidas fachadas, residuo de una época sombría, hacían pensar que habíamos penetrado por error en el trasfondo de una ciudad muerta, cuando vi que eran los guardias de tráfico los que impedían con braceo contundente el acceso al sistema de avenidas del centro y en una bocacalle distinguí una barrera. Alertado ya por estos signos valoré otros en que no reparaba, como el escaso número de peatones y las prisas con que se movían; luego me di cuenta que todos llevaban nuestra dirección, como si huyesen de algo que sucediera en la zona vedada. Hacia ésta, en cambio, se dirigía un grupo de muchachos que, al cruzarse con los asustadizos ciudadanos, les reprocharon su cobardía con expresivos gestos. El coche se detuvo en un control y, entonces, al bajar el chófer el cristal de su lado, se hizo audible el lejano clamor de una muchedumbre. ¿Qué sucedía hoy en una ciudad cuya existencia siempre siguió las pautas convenientes, estando tan exactamente regulada como el engranaje del carillón municipal? Una vez más me sorprendían acontecimientos exteriores de causa ignorada. El


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vivir hacia dentro supone la exclusión del resto de los seres y de sus problemas; y ellos están ahí, forman la sociedad y a veces, cuando se desata su furia, llegan a arrollarnos. Y a consecuencia del mismo egocentrismo, al tratar uno de explicarse lo que ocurre fuera del propio estrecho territorio no se encuentra a mano más respuesta que la relacionada con las preocupaciones personales. De manera que lo primero que pensé fue que el Viejo había muerto y la noticia provocaba esta agitación, conjetura que rechacé pronto puesto que la ciudad no vivía tan pendiente de él como para lanzar aquel grito explosivo. Recordé luego el incidente provocado por los belicosos familiares y la arenga del manco, que revelaba un revanchismo dispuesto a aprovechar cualquier motivo para dar salida a sus consignas (la última guerra, con correcciones de fronteras y particiones impuestas por los vencedores, dejó muchos puntos sangrantes explotados por los radicales). Por otro lado, en un frente distinto, estaban las pintadas en los muros del suburbio industrial llamando a la revolución. Yo no disponía de más antecedentes; el chófer, hombre del país, parecía que sí, pues le oí renegar por lo bajo contra seres concretos. Dijo un nombre o, mejor, lo escupió, nombre desconocido para mí, y a la vez pisó el acelerador como si quisiera embestir a alguien, con la consecuencia de hacerme caer de lado sobre el asiento. Y entonces, la brusca oscilación de la cabeza me puso ante los ojos durante un segundo la pesadez de un carro blindado moviéndose por el fondo lejano de una avenida que venía del centro. Al no fiarme ya de mis sentidos quise confirmar la visión, pero la calle había quedado atrás cuando me volví. Di al olvido el asunto porque nos acercábamos rápidamente al lugar donde me reclamaban. En contraste con todo lo anterior el área de la Casa estaba tranquila, incluso demasiado para mi suspicacia: se me antojó barrida. Pero si allí mediaba el orden policial lo hacía sin delatarse. Antes de bajarme del coche busqué por la fachada signos que traslucieran lo que ocurría dentro. Detrás de los cristales de una ventana del piso más alto, el Comandante, con la vista perdida


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y sin prestarnos ninguna atención, me hizo temer lo peor. Llegábamos tarde. Una explosión, de súbito, destrozó el día, catapultándolo hacia los noticiarios, y la ventana entonces se abrió y el vigía adelantó su cuerpo para leer en la misma ciudad el titular que explicaría mañana el suceso al mundo. Una vez informado, sonriente, se dispuso a cerrar la hoja, y al verme salir del automóvil congeló la sonrisa y me concedió un escueto saludo, sin dignarse bajar a mi encuentro cuando crucé el vestíbulo un minuto después. El espacio desierto, donde el mármol mostraba su impasibilidad entreteniéndose en combinar reflejos, acentuó mis recelos. ¿Quién pretendía aparentar una normalidad tan extremada que resultaba de por sí sospechosa? ¿Es que un hombre, de cuya vida excepcional dependíamos todos, podía intentar quitarse de en medio sin que la estructura montada a su culto y servicio se tambaleara ostensiblemente? La agitación acompaña siempre a estas situaciones, y si no en el vestíbulo ni en la inmensa escalera por la que subí buscando una imposible huella de sangre, tendría que derramarse hacia la galería desde los aposentos donde se gestó el drama. Pero al embocar el largo corredor cubierto de cristal, era tal el sosiego que flotaba en la luz que detuve mis pasos para no perturbar su transparencia. La punzante ansiedad que me había sostenido hasta entonces en pie, al no corresponderse con lo que iba encontrando aflojó sus resortes y abandonó el cuerpo a su cansancio. Comprendí que me derrumbaba y tuve que apoyarme en una de las finas columnas vertebradoras de la cristalera. Con gusto me hubiera dejado resbalar hasta el suelo; en aquel cauce luminoso eché de menos el talud de hierba del canal. La longitud de la galería me pareció desmesurada. ¿Cómo pude cruzarla otros días con tanta ligereza? Ahora me tomé tiempo para medirla bien con los ojos de un extremo a otro y estudiar su disposición, descubriendo lo que tenía de marco teatral, al igual que el resto de la casa. Todo estaba montado con el fin de impresionar al visitante y sugerirle una determinada idea. No andaba mi cabeza


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en condiciones para concretar mucho, pero allí se apuntaba la promesa de superar las leyes naturales y sus limitaciones y alcanzar lo imposible con sólo que uno se dejase llevar de la mano. Seguramente hasta nosotros —por no decir el Viejo, cuerpo y razón del espectáculo, bien exprimido siempre— éramos utilizados con la misma intención. Se necesitaba un profesor ciego para exhibirle como aval, y el hombre se prestaba encantado a ello, suscribiendo la farsa con su firma académica. Nadie esperaba más del tipo; ya se sabía que en la cartera empuñada con tanta arrogancia no guardaba otra cosa que proyectos carentes de sentido. ¿Qué podía el figurón extraer de ella en un trance apurado, por ejemplo en éste, cuando el protagonista de la obra decidía darle fin por su cuenta? Aun así, me hubiera gustado que el profesor aquel apareciese una vez más en escena —y hasta estiré el cuello hacia la escalera por si le oía subir— para integrarme en él, aprovechar su firme paso y ayudarle en la que sería su última actuación. Con esa voluntad me encontré entonces dispuesto a seguir. Supe que era mi hora, aunque al tener parado el reloj en un ángulo irreal tuve que buscar el rastro del sol a través de los cristales de la bóveda para anotar en qué fase del día iba a entrar mi destino. Por la puerta mal cerrada de la biblioteca oí filtrarse una voz desconocida, que en un tono excitado y, a la vez, en sordina, como quien grita bajo una mordaza, hablaba apasionadamente. Una frase suelta, «el giro de la historia», o algo parecido, que pronunció con el énfasis propio de un político o de un periodista, y cierta resonancia metálica de fondo, indicaron que se trataba de una emisión de radio. Aquella transgresión de las normas instauradas en el espacio clínico para evitar interferencias que distrajesen nuestro trabajo no podía tolerarse, y empujé la puerta con la brusquedad exigida por la misma falta para encontrarme con la espalda de uno que, volcándose sobre la mesa, escuchaba pegado al transistor. Tardó bastante en advertir mi ceñuda presencia en el marco, y cuando se volvió la exaltación le hizo olvidar la fórmula habitual de saludo. Creí que ni siquiera iba a ponerse en pie. Ya situado


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ante mí, sus manos pugnaban deseosas de comentar lo que la radio difundía, «Tenemos hoy una nación completa y dueña de su futuro...», hasta que yo la silencié. Entonces él también se calmó, reportándose con una sacudida, ordenó el pelo suelto por la frente y quiso sonreír. Esperé sin moverme, con el gesto más duro que pude mantener, aunque me temblasen un poco las piernas; costaba sostenerse sobre ellas después de una mañana comenzada entre perplejidades hacía tanto tiempo que casi no guardaba memoria de lo que me llevó a rastras por el camino. Siempre sagaz, uno pasó a observarme descubriendo enseguida mi debilidad. «¿No se encuentra usted bien?», preguntó. Nada podía contra él; era más fuerte. Allí estaba el joven contrincante que me desplazaría de mi puesto. Aunque necesitase angustiosamente tenderme en algún sitio, hice un esfuerzo, le aparté a un lado y di unos pasos hacia la puerta de la enfermería, pero él se apresuró a retener el pomo sin dejarme entrar. —Ahora está descansando. Su estado ya no ofrece peligro. Cruzar aquella puerta y conservar así la iniciativa era lo único que me interesaba. Mi expresión debía de contener tanta violencia que el muchacho cedió y le noté asustado. Volvió a alcanzarme antes de que llegase al dormitorio. —El pobre Viejo no consiguió lo que quería; eso parece estar fuera del alcance de su voluntad, y acaso también de la nuestra —y me miró significativamente—. Resulta invulnerable y, por lo que se ve, la carga le pesa. Tuve que detenerme a escucharle como si me importara su criterio y no fuese otra cuestión la que se debatía entre nosotros, pero con los ojos fijos en la puerta que comenzaba a abrirse por sí sola. La gruesa hoja aislante de la habitación giraba con suave lentitud en sus goznes, y antes de permitir vislumbrar nada, a no ser la sombra de la monja franqueando el acceso, dejó escapar a chorros un aliento potente que, más que proceder de una garganta humana y, por supuesto, no de la de un viejo vencido en una lucha inútil contra sí mismo, sugería la irrupción de un nuevo personaje de dotes prodigiosas, un titán llamado a desempeñar el papel esencial en la resolución de aquella historia.


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En el dormitorio no entraba más luz que la permitida por la puerta entreabierta, pero la oscuridad favorecía la concreción de un ser formidable cuya existencia seguramente iba a negar la vista. Era uno de esos casos en que los ojos se ciegan con las evidencias, y si se descorrieran las cortinas me engañaría como de costumbre con la contemplación de un hombre acabado, por quedarme en el aspecto exterior del individuo, la fachada atacada por los elementos, sin descubrir las reservas frescas acantonadas en las profundidades —el resistente cuya actividad se manifestaba en los tonos cardíacos—, fuerzas que ahora, cuando el jefe quiso rendir la plaza, decidieron tomar por su cuenta el mando aprovechando la obnubilación de la conciencia rectora. El jinete que galopaba sin descanso había llegado a tiempo de salvar lo imposible y estaba allí haciendo alarde de su vigor y respirando a pleno pulmón. Cualquier testigo juraría encontrarse ante un hombre roncando, descripción que no me valía porque antes nunca pasó el anciano de un alentar muy débil y jamás sospechamos poseyese tal capacidad respiratoria. Considerar aquello un vulgar ronquido era conformarse con bien poco, pues yo escuchaba bastante más que eso, algo así como el grito del triunfo del árbol pulmonar, subrayado por una musical trompetería. Lo que se revelaba era la potencia del cuerpo, muy superior al Yo que se aprovecha de un soporte al que no considera, tratando a golpes al sirviente leal que lo pone todo, desde el hueso hasta el músculo, desde la sangre hasta el fluido nervioso, el que mantiene despejado el cerebro y limpia las alcantarillas, quien regula nuestra circulación, nos proporciona el sueño necesario y hasta quien respira. ¡Y qué modo admirable de respirar aquél! ¡No había más que pedir! Comprendí que el secreto de vivir consiste en el entendimiento entre el hombre y su cuerpo. Necesitaba participar a alguien estos descubrimientos y me volví hacia uno. «No sabemos dejar que nuestro cuerpo viva», le solté. Me miró con tal gesto de estupor que preferí atenerme a un mudo soliloquio, porque tenía que desarrollar bien esa idea y reconocer que no permitimos a nuestro


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organismo vivir de acuerdo con su naturaleza, e interferimos sin cesar sus funciones con los caprichos más inconvenientes, sobrecargando la estructura de tóxicos y envenenándole con premeditación, avergonzados de su animalidad y de muchas de las sucias tareas que resuelve a diario y cuya huella nos apresuramos a borrar de los rincones del cuarto de baño, humillándonos la manera directa que tiene de manifestarse y la sinceridad con que se muestra siempre. Pero allí podía verse el feliz resultado de una armoniosa convivencia. Nuestro hombre tuvo que entenderse bien desde el principio con su siervo, ya que si no nunca hubieran llegado juntos tan lejos. Se confió a su instinto concediéndole carta de libertad y el cuerpo no le abandonó, y al comenzar el amo con los años a arrastrar las piernas lo cargó a sus espaldas, dispuesto a conducirle a través de los siglos. Si hace unas horas, y quién sabía por qué, el Viejo quiso deshacerse del leal compañero dejándose embaucar por la cabeza, el cuerpo, en cuanto se rehízo, perdonó la traición, y aprovechaba esta tregua del sueño, sumiso y eficiente una vez más, para poner a su señor a salvo. Vivir era una cuestión de perseverancia, y nadie más constante que este esforzado cuerpo. Bastaba verlo respirar con aquella avidez incontenible, decidido a movilizar todo el aire del mundo, para saber que siempre viviría. ¡Qué bien se distendía el pecho y cómo se aplicaba a su función mediante el concertado movimiento de la jaula torácica! La orquesta iba pautando el rítmico despliegue con la especial apoyatura de la sección de viento. Y siendo un tema repetido, ¡qué amenidad lograba introducir en él mediante una graciosa serie de variaciones! Así, cada cierto número de segundos —pues, por algo la música es el arte que modula la progresión del tiempo— cortaba el curso de la melodía, dejándola en suspenso al borde de la apnea en ese filo del ronquido en que la suerte del durmiente pende de un hilo sobre la garganta que espera abierta. La úvula, con su alelada vibración, no conseguía emitir una llamada de socorro. ¡Pero qué astuto se mostraba el pecho al volver a inspirar! Recobraba el impulso en el instante justo, cuando el espectador, presa de la


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ansiedad, olvidaba hasta hacerlo para sí, soltando entonces aquel gran clarinazo, canto de gloria que atronaba la pieza. No me cansaba de escuchar, aunque el oído se resintiera un poco. El concierto seguía su desarrollo sobre una clave rigurosamente matemática. Quien respiraba (no el Viejo, desde luego, que continuaba inerte y al que, más bien, le aireaban la casa mientras estaba fuera) era un virtuoso de la ventilación. Nunca perdía el compás ni se atragantaba, y en su firme determinación de seguir respirando se le veía defender ese ejercicio como un derecho inalienable. ¡Y tanto que lo era! ¡La más sagrada de todas las cosas que conciernen al hombre: vivir, conservar la existencia en cualquier circunstancia! Respirar —por centrarnos en la actividad corporal más ostensible en aquel momento, pero cuya estridencia servía de cobertura a innumerables y sigilosas funciones internas no menos importantes—, inhalar y espirar, eso que parece tan simple no es algo baladí, un secundario menester, un trabajo doméstico que nuestra mente prefiere ignorar mientras se entrega a lo que llama «sus especulaciones», consideradas «propias de su rango» puesto que ella es muy creída. ¡He ahí los embelecos que nos pierden! ¿Existo acaso porque pienso? ¡Vivo porque respiro y sin eso no hay posibilidad de nada! Ahí está la verdad, en las humildes funciones orgánicas y no en los espejismos que nos hacen vagar como almas en pena: tal era la enseñanza que se impartía allí a los cuatro vientos, entre continuos toques de trompeta, y yo escuchaba boquiabierto. Por dejar de atender la primordial lección, descuidando la base de la vida, sin aprender siquiera a respirar en forma mientras andamos desalados buscándole un sentido a la existencia, el resto de los hombres nos ponemos en manos del asesino que nos sigue los pasos, y así al final todos acabamos siendo estrangulados. Maltratamos al perro que nos guarda la casa, y no cabe esperar que se deje la piel a la hora de enfrentarse a los malhechores. El Viejo, en cambio, disponía de un tigre a su servicio y nadie se atrevía a acercarse demasiado a él. Unos pasos por delante del médico y la monja, yo mantenía distancias con la fiera y, al tratar de aproximarme un poco, debí de irritarla, porque abrió las fauces y


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me paró los pies con un rugido. Retrocedía ya cuando comprendí que lo que pasaba era que el Viejo se había despertado. El navío que avanzaba boyante con el velamen hinchado por el viento se replegó, redujo sus ínfulas y quedó al pairo. Y la ballena dejó de hacer burla del mar, al que tomaba como objeto de juego para lanzarlo por su surtidor, pasando a transformarse más pronto que se cuenta en un asustado pececillo que guiñaba los ojos fuera del agua, dispuesto a entregarse al primer anzuelo que apareciera por las cercanías. Sentándome en el borde de la cama busqué el contacto que antes le negaba. Al ver mi mano junto a su rostro cerró los párpados y se encogió como el niño que teme ser abofeteado. La imprevista caricia en la mejilla, que la inexperiencia hizo muy torpe, logró que el pez recordase un momento la ballena que fue y, a falta de poder lanzar el chorro, drenara dos gotitas de agua de mar por los lagrimales. Eso alivió seguramente el exceso de carga que llevaba porque se le notó que flotaba mejor. Nuestras miradas se encontraron y consiguieron retenerse entre sí, venciendo titubeos ocasionados por la falta de práctica; pero mi repertorio en ese campo era muy limitado, por preferir la observación sesgada que descubre siempre mucho más y no nos compromete, y como el Viejo parecía cansado de haber perdido media vida buscando comprensión en los ojos ajenos, pronto comenzamos a parpadear y rehuir el centro pupilar desde el que mira el otro, esa boca de pozo a la que sube a asomarse el pensamiento de modo titubeante, porque se sabe demasiado desnudo para estar presentable. En ese instante el Viejo rompió su largo silencio, dejándonos a todos sorprendidos. La débil voz apenas resultaba audible, por empeñarse en hablar él mismo; de haber permitido que lo hiciera el que antes roncaba yo le entendería sin esfuerzo, mientras que así tuve que agacharme y acercar el oído a su boca para recoger el mínimo hálito que a duras penas conseguía salir de la garganta y al que la lengua no acertaba a dar paso. —¡Clovis! —logró soltar, por fin—. Clovis, Clovis... —y repetía en tono cada vez más apagado el nombre singular, lejano,


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arcaico, inencontrable ya en el mundo, un nombre sepultado en los siglos remotos y que difícilmente atraería a su dueño a la extraña cita, a no ser que alguien, por ejemplo yo, que estaba allí, se prestase a sustituirle. —¿Me oyes, Clovis? —dijo el hilo de voz, antes de cortarse y de que el Viejo rindiera la cabeza. —Aquí me tienes —contesté en un susurro, para que solo él pudiera oírme. La mirada somnolienta buscó en el espacio a algún ser invisible. —¡Cuánto has tardado! —exclamó, manifestando un leve reproche—. Creí que no ibas a venir nunca a buscarme y esto se hacía ya demasiado largo. «Esto»: la vida, creí entender. ¿Entonces era al ángel de la muerte a quien él invocaba? Posé con suavidad la mano en su frente y la hice descender sobre los párpados hasta que conseguí cerrárselos, ya que quería cumplir mi momentáneo cometido. Él me dejaba hacer con expresión de confiada entrega. «Después de todo, morir resulta más sencillo de lo que pensaba», supongo se decía antes de dormirse. —¿Y por qué tantas prisas? —me dio por preguntarle, reteniendo despierta su conciencia durante unos segundos—. ¿Qué esperas encontrar al otro lado? Sin recelar de quien le hablaba así, contestó enseguida: —Nada. Todo eso espero: nada. «¡Qué bien te sabías la respuesta!», pensé yo, pues aquello sonaba a frase lapidaria, elaborada de antemano, y que se brinda a la posteridad. «¿Y tal seguridad a qué se debe?», estuve a punto de argüir. «¿Crees que simplemente por acumular años puedes dártelas de conocer lo incognoscible para hacer juegos de palabras, presumiendo de ver más allá de lo poco que alcanzan tus ojos?». Pero volví a prestar atención porque él parecía querer añadir algo. —Anda, vamos; estoy impaciente por alcanzar esa nada enseguida —fue lo que dijo.


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No le iba a ser fácil llegar hasta allí: la vida no estaba dispuesta a soltarlo, permitiendo tan sólo este sopor que ahora le concedía como anticipo a cuenta de una más esquiva eternidad. La monja se acercó a ocupar su lugar al pie del lecho y yo dejé la habitación. uno había desaparecido de la escena, y antes de volver a encontrarme con él necesitaba estar a solas para cerrar también los ojos durante unos instantes y aliviar la pesadez de mi cabeza. La silenciosa penumbra de la enfermería se ofreció tan acogedora que fui a sentarme a un lado de la puerta que comunicaba con la biblioteca, de forma que aunque alguien la entreabriese no alcanzara a verme de inmediato. El leve descanso me entonó, y al espabilar supe que entraba en uno de esos raros momentos de lucidez en los que descubrimos el doble fondo de lo que nos rodea y vemos cerca la salida del túnel por el que andábamos perdidos, desconociendo incluso habernos internado en él. Pero ahora confiaba en alcanzar la luz que desvelase la suma de impresiones recibidas en las últimas horas hasta lograr fundirlas en una idea clarificadora; y es que, como confirmación de la creciente actividad cerebral, sentía zumbar por las curvas cerradas de las circunvoluciones un motor puesto en marcha por sí solo, del modo en que acostumbran a inducirse las percepciones que llamamos geniales, y dada su trepidación cada vez más audible y próxima a la conciencia, aguardé el fogonazo que iba a facilitarme la reveladora visión de conjunto que tanta falta me estaba haciendo. Durante un intervalo, sin embargo, el motor se perdió por allá dentro y la mente pareció vaciarse. Pero pronto el cerebro volvió a hervir y, para permitirle a la presión una salida fácil, apliqué los pulgares a las sienes, dejando al resto de mi cuerpo suspendido en la espera. Entonces me llegó desde la biblioteca un apagado cuchicheo que, de no mediar tal estado de alerta, nunca hubiera captado. Aunque ello supusiese distraerme, no pude menos de prestar oídos a un diálogo curioso cuyo último sentido no supe penetrar. —Es un momento único éste que vivimos, la ocasión de los siglos... —¿Otra vez la radio con sus frases hechas? No, yo conocía


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esa voz, aunque nunca la oyera anteriormente cargada de aquel acento pasional, y ahora hablase tan bajo que la emoción superaba al sonido. Quien tenía la palabra era el Comandante. Su mudo oyente, que no podía ser otro que uno, respiraba hondo, para ponerse a tono sin comprometerse. Hubo un silencio, jadearon los dos como si forcejeasen, y yo me aparté un poco de la puerta. Luego el Comandante soltó atropelladamente una andanada de frases cortadas: —Vamos, no te niegues —y arrastraba la silla—, hasta ahora siempre estuviste conmigo, nos unen demasiadas cosas, tú sabes bien hasta qué punto, no vas hoy a decir que no... —Las palabras llegaron tan confusas que no podría asegurar si las oí o, en parte, me las inventé al tratar de darle a la retahíla algún significado. —Pero... —opuso el otro, y eso poco bastó para confirmar que se trataba de uno y se calmase el ardor del Comandante, el cual enseguida cambió de discurso: —Se nos convoca a todos y es menester que nos movilicemos. Hay que aprovechar esta gran ocasión. —Pero cuando se tiene un compromiso previo... —dijo uno de corrido, decidiendo por fin completar su respuesta, aunque sin lograrlo todavía. —¿Un compromiso? Pues sencillamente se rompe con él para aceptar otro de mayor alcance. —¿No era tan importante todo esto? El viejo tronco nacional, la resistencia de la raza encarnada en un ser indestructible... Así se trataba de dar a entender, e incluso usted decía... El Comandante no estaba dispuesto a que le repitieran falaces argumentos por él utilizados, y cortó: —Cada situación exige una táctica distinta. —¿Y cuál es la razón de que cambien las cosas? —En los tiempos difíciles, cuando se nos miraba con recelo desde el exterior y los vencedores pretendían dirigir nuestros movimientos, hubo que aprovechar lo poco que encontramos a mano, explotarlo como bien se pudo al servicio de la causa y, a su sombra, comenzar a organizarnos. —¿Y ahora?


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—¿Es que no te das cuenta? Ahora eso queda superado por completo y hasta se convierte en una rémora, en pasado caduco, porque el futuro ya está aquí. Un corte en la conversación, un hueco de silencio y allá, al fondo, un zumbido. Creí al principio que el motor cerebral volvía a dispararse, haciéndolo tan bruscamente que temí el estallido del cráneo por la violencia que el ruido adquirió, pero era fuera tanto antes como ahora, comprendí, donde rugía. —¿Qué te dije? —soltó el Comandante, sin cuidarse ya de velar la voz—. ¡Ahí tienes el futuro! Un huracán vino sobre la casa, la aplastó al paso de su vuelo e inmediatamente se alejó, dejando como estela tras de sí a todos los cristales vibrando a la vez. En la ventana próxima a mi posición uno de ellos terminó por saltar, y por el hueco abierto pude ver al gigantesco insecto, un brillante helicóptero color verde langosta, rasar las ramas más altas de los árboles y lanzarse luego sobre la ciudad. —¡Mira! —gritaba el Comandante, enardecido—. ¿Lo ves? ¡Es él! ¡El Niño! Conseguí distinguir una cabeza rubia y un brazo que se proyectaba fuera de la cabina, como si señalase un camino en el cielo. «El Niño», repetía entretanto forzando la memoria, hasta que recordé una fotografía vista en algún diario, la estampa de un muchacho de ojos fulgurantes, el líder jovencísimo de unos iluminados a los que no creí que nadie tomaría en serio, el crío atiborrado de leche y utopía, ángel caído de las nubes para ensayar un nuevo apocalipsis planteado como un juego de conceptos hermoso y tentador. De la ciudad llegaban mucho más que palabras. Salvas de disparos atronaban el aire, y algo semejante a un inmenso alarido acogía el descenso del gran moscardón.


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Capítulo noveno

En los días que siguieron, la convulsión de la ciudad, prólogo de un seísmo extendido enseguida a gran parte del país, vino a corresponderse con el daño que sufrió mi cabeza. La crisis vascular tuvo un comienzo tan animado como los sucesos exteriores, con un centelleo de puntos brillantes muy parecido a una lluvia de estrellas, pero no tardó en recrudecerse hasta bloquear la función cerebral. Según mis deducciones posteriores, el estado de coma en que me sumergí por una eternidad duró apenas dos días, si nos atenemos al discutible cómputo del tiempo exterior. «El reinado del Cíclope» podía llamarse ese período, puesto que al irme recobrando arrastraba la borrosa memoria de un ojo inmenso, un solitario globo ocular todo él estriado de arteriolas pulsátiles, luciendo como un sol sobre el yermo donde mi cadáver estaba tendido. Pero a medida que los sentidos fueron despertando y volví a percibir las dimensiones del espacio real, el gran poder que dominaba el caos descendió a la tierra para ocupar la posición propia de cualquier ojo, tan sólo reforzada en este caso por un grueso monóculo, situándose debajo de la frente y cerca de la nariz de un rostro menudo que, según iba viendo, correspondía a un atildado anciano clavado en una silla junto a la cabecera de mi cama. ¿Quién podía ser y qué es lo que hacía allí? Sentado muy tieso, estirando su delgado cuello a fin de mantener en alto la barbilla para que no cayera al suelo el pequeño pompón de pelo blanco adherido a ésta, el pulcro caballero dotado de un único ojo — puesto que el aledaño al del monóculo permanecía clausurado en su cuenca para sostener el contrapeso de la lente mediante un forzado


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ejercicio muscular— no se cuidaba para nada de mí, atento a contemplar la línea en que se unían la franja superior de la pared y el cielo raso de la habitación, allí donde la mancha de humedad debía de indicarle algo importante. «Chist, chist», quise decir para atestiguar que ya había despertado, pero la voz no respondió. Mi cuerpo, maniatado, me acompañaba como un fardo a un viajero y, lo que era peor, tiraba de mí hacia las sombras de donde salíamos. Algún día después, ya que se sucedieron varios intervalos de luz y oscuridad, otra figura vino a sumarse al cuadro, una negra silueta, una mancha en la que fue cuajando poco a poco el cuerpo de la dueña de la Casa. Cuando acabó la encarnación pude escuchar su voz, dirigida al anciano: —¿Cómo le encuentra hoy, doctor? ¿Le parece consciente? Y en un tono más bajo: —¿Cree usted que nos oye, que podrá alguna vez darse cuenta de...? No hizo más que enforcarla y el monóculo logró que se callase. Ella buscó más comprensión en su colgante de ágata y yo, prudentemente, me retiré también, dejando en manos de la autoridad el delicado asunto. En la ocasión siguiente, la señora se me apareció sola. Cuando me disponía a decirle algo, labor muy complicada debido al enmohecimiento de las cuerdas vocales, ella se esfumó en un abrir y cerrar de ojos; así que, en cuanto tuve otra oportunidad, al recobrar el control de mi cuerpo, o al menos de una de las dos mitades en que parecía haberse escindido, viéndola sentada cerca de la cama extendí un brazo y cogí su mano. Palideció la dama, echándose hacia atrás, y asustada la mano se escapó y con ella su dueña, en un remolino de la negra falda. Pero el fugaz contacto dio sus frutos, porque poco más tarde surgieron ante mi nariz aquellos mismos largos dedos, fino trabajo en porcelana, sosteniendo una taza del mismo material que contenía algo caliente. Levantó con mucha suavidad mi pesada cabeza —era admirable, desde mi acorchamiento, comprobar el partido que una persona podía sacar a sus dos manos— y me


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hizo beber. Todo me lo tragué: infusión, taza, mano, envuelto con la esencia de la mujer en un antropofágico acto amoroso. Indudablemente yo estaba muy débil, porque cuando, una hora después, entablamos un diálogo, pude verla tal como ella era y no tenía gran cosa comestible. Pero me reconfortaba oír su voz y, sobre todo, seguir los movimientos de sus manos modelando las frases: la derecha giraba dando varias vueltas a la idea que trataba de desarrollar, con los dedos dispuestos a hilar el concepto, y antes de conseguir concretarlo un poco venía desde lejos la otra mano al extremo del brazo exigiendo su turno, desechaba el incompleto tema, y abría paso a otro distinto que iba a correr la misma suerte. Nuestras relaciones habían sido hasta entonces estrictamente protocolarias; ahora, dada la situación, se imponía una mayor confianza, e incluso cierta intimidad porque la mujer se sentía protectora. Además, y de eso no tardé en enterarme, nos unía la circunstancia de estar aislados totalmente del mundo. —Ni siquiera pude valerme del teléfono cuando nos puso sobre aviso su alarmante forma de respirar, que traspasaba las paredes. El sirviente estaba impresionado, pero se portó muy bien. Tuvimos que poner en marcha el automóvil —una curiosa pieza de museo inmovilizada en el garaje—, aunque le fue imposible entrar en la ciudad a causa de las barricadas. Imaginándome la escena nocturna del criado al volante de un coche tan viejo como él, y con disparos por las cercanías, sentí que mi cuerpo, por impracticable que estuviese, era recorrido por un escalofrío. —Yo me desesperaba viéndole inconsciente y sin poder hacer otra cosa que mojar sus labios. Había también que cambiarle la ropa... El sirviente se encargó de lavarle —puntualizó en seguida. Cuando se hizo evidente que no cabía esperar ningún auxilio desde la ciudad, estudiando otras posibilidades se acordó de un amigo del Comendador, «médico de carrera», que vivía en el campo y quizá no muy lejos, en una propiedad perdida en algún punto entre los bosques. Y, de nuevo, el criado tuvo que reanimar el motor del coche y encarar la aventura.


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—Le llevó mucho tiempo encontrar la pista, de manera que yo casi le daba a él por perdido, viéndome sola y con la ciudad, ahí al fondo, ardiendo... ¡Terrible día aquél! —Pero había que oírselo decir a sus trágicas manos. Y entonces, «cuando la angustia me estrangulaba», llegaron los dos viejos de excelente humor y con las mejillas demasiado encendidas, dando tumbos en el carruaje de época que traía un neumático sin aire. —El doctor se ha portado muy bien. En cuanto entró en la Casa, y apenas me besó la mano, ya se instaló aquí, a su cabecera, y aunque tengo entendido que ejerció la profesión durante pocos meses, allá en su juventud —lo suyo fueron luego los textos, los documentos, la historia, creo, y la investigación por los archivos: así se conocieron mi marido y él—, le aseguro que posee un extraordinario ojo clínico. No había más que fijarse en cómo le miraba. Sentarse en esta silla con esa prestancia natural en él, tomarle el pulso y respirar usted mejor, fue uno. Le exploró muy a fondo; al menos, eso creo, porque yo, claro está, me retiré entonces. Y lo mismo hizo ahora, cuando él volvió a la habitación. —¡Vaya, vaya! —dijo enseguida para sí, satisfecho de lo que veía y ajustando el monóculo—. Las funciones regresan. Por razones de seguridad examiné sus mejillas, que mostraban una tranquilizante palidez natural, si bien su nariz estaba algo roja. Sin darme tiempo a defenderme, la lente me cegó, clavando un destello en el fondo del ojo, mientras sus dedos impedían que cerrase los párpados. Nuestras pupilas se enzarzaron en una dura lucha, pero la suya, al estar reforzada de tal modo, jugaba con ventaja y me obligó pronto a ceder. Dada la forma de imponerse al paciente, el deslumbrante disco tenía que aniquilar cualquier punto enfermo que le fuera accesible a su rayo de la misma manera. Al menos otra terapéutica no había intervenido en este caso, como confesó cuando tuvo a bien concederme clemencia. —¿Y qué podía hacer, si no tenía a mano nada? Y aunque lo tuviera... ¿Sabe que ha sido usted mi primer enfermo desde que recuerde? Pero uno es médico a su propio pesar, ¿qué voy a


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decirle?, y sus reflejos pupilares garantizaban que se recobraría sin tardar demasiado. Por lo tanto me bastaba con saber esperar. En un alarde de valor tuve el atrevimiento de llamar su atención sobre el desacuerdo que escindía mi cuerpo. —Secundarismos, simples secundarismos —fue su comentario, con lo que daba el caso por cerrado. Sin poder detenerlo, le vi ponerse en pie y rubricar su brillante actuación con la gentileza de un saludo casi versallesco que valió como despedida. El Cíclope se reintegraba a su gruta en los bosques. Es tal el poder de la palabra que aquella misma tarde tiré a rastras de los «secundarismos», y echándome un abrigo encima del batín bajé al salón. La señora estaba sentada junto al ventanal, abstraída en sus pensamientos y con una labor olvidada en las manos. Aunque pareciese mirar afuera, a las primeras sombras del jardín, comprendí que más bien vigilaba los pasos de fantasmas que le eran familiares. Me detuve cohibido en la puerta, con la conciencia de ser un extraño que irrumpe intempestivamente y, para colmo, se presenta a medio vestir. La penumbra de la habitación, sin un punto de luz, aparte del rescoldo de la chimenea, protegía a la mujer, hacía inviolable su retiro y la alejaba tanto que, cuando se volvió percibiendo que alguien la observaba, no supe disculparme más que con unas palabras en mi propio idioma, que a mí mismo me sonaron raras. Adiviné su sobresalto, aunque no se movía, quizá paralizada por el miedo. Pronunció un nombre a medias, como si no le fuera posible completarlo, y con una voz falsa soltó luego una frase en una lengua desconocida. Para acabar con aquel despropósito busqué el conmutador de la luz, y enseguida la lámpara de brazos dejó la escena reducida a su marco habitual. —¡Dios mío! —exclamó sin poder contenerse— ¡Pero si es usted y yo le había tomado por el otro!


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Estaba pálida, tenía una mano apoyada en el pecho y, en el minuto que tardó en recobrarse, su aturdimiento vino a descubrir lo que hasta entonces ella se guardó. —No sé por qué, ahora mismo andaba aquel pobre doctor por mi memoria y revivía la tarde que llegó buscando habitación, igual que lo hizo usted algún tiempo después. Fueron dos momentos parecidos, casi intercambiables, y así se ha repetido luego también todo; por eso aquella tarde, ¿no lo recuerda usted?, quedé sin habla como ahora y apenas pude contestarle al principio. Incluso les encuentro un mismo aire, aparte, claro, de la diferencia de edad. Él era también un señor reservado, vuelto hacia dentro. Tasaba las palabras. Muy correcto, eso sí: se estaba ya muriendo en nuestros brazos —¡qué rápidamente sucedieron las cosas!— y sólo se ocupaba en pedirnos disculpas. Y qué pugna final con el reloj, empeñado en dárselo al criado, como quien ajustó un precio para el trance y no quiere marcharse sin pagar... Tal fue su confidencia, soltada compulsivamente. Luego se rehízo, mordiéndose los labios, ciñó bien al cuerpo el chal de punto y, tras encender la pantallita que tenía más cerca, se levantó para anular la lámpara del techo, culpable de su deslumbramiento; pero al incorporarse, un diminuto ovillo que reposaba en su regazo rodó hasta deshacerse, dejando el cabo suelto para trabarle el pie. En ese instante, el teléfono, mudo hasta entonces, rompió a sonar, devolviéndonos al tiempo presente. La señora, ya muy dueña de sí, fuera del hilo que arrastraba, descolgó al vuelo el receptor y se puso al habla con el mundo. —¡Allô! ¡Sí, sí! ¿Cómo? Aquí está, sí... ¿Diga? ¡Oiga! —La comunicación se había cortado. La llamada procedía de la Casa del Viejo, donde alguien —no conocí la voz; parecía un hombre joven, un muchacho— trataba de saber de mí. Resultaron inútiles mis posteriores tentativas, ya que el teléfono (y lo mismo hizo la señora) se negó en redondo a colaborar después de aquel conato de apertura. El aire del salón, enrarecido por el hosco silencio, amenazaba volverse irrespirable y, para no extremar las tensiones, regresé al


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dormitorio por una escalera mucho más pendiente que me obligó a contar los peldaños, sospechando habían añadido alguno. El criado me sirvió una cena ligera. Necesitó de entrada despertarme con un discreto acceso de tos fingida, por haber quedado adormilado vestido como estaba sobre la misma cama. El silencio del hombre era más consecuente, y su tosecilla suponía un deseo de comunicación digno de agradecer con una sonrisa, pero los músculos faciales no me respondieron. Mejor así, porque seguramente eso le desconcertaría al no disponer de tal registro en su estricto código de señales. Ni un gesto, ni siquiera el resbalar de una mirada dejaban traslucir sus impresiones, estando tan reciente su intervención durante los pasados críticos días, reserva que obligaba a comportarse igual y me hacía seguir sus movimientos con un respeto temeroso, como si mi suerte dependiera de él. A la vez no podía dejar de observarle, aunque esto quizás le molestara, para tratar de resolver la incógnita que su presencia venía siempre a plantear; pues algunos ancianos acumulan tantos rasgos de decrepitud que parecen estar exagerando, excediéndose en la caracterización de un personaje que quisiera incorporar un símbolo, y no sabemos qué nos intriga más, si conseguir desvelar éste o ver lo que recatan bajo el maquillaje. Al recoger la bandeja rozó mis dedos con su mano y nuestras miradas se encontraron. Nunca tendría mejor ocasión para haberle dicho algo y ajustar la tarifa, el precio del billete para el momento decisivo que veía acercarse, o tantear un soborno para librar mi vida, pero la vaciedad de unos ojos desvaídos me dejaron mudo: bajo aquella máscara de yeso no había nada. El sol ya estaba alto cuando desperté al día siguiente, con un cuerpo tan torpe que comprendí que sólo a costa de un continuado esfuerzo podría vencer su peso muerto, y a esa tarea tenía que dedicarme sin demora. Se trataba de ir ensayando un método y a ello me puse, comenzando a pulsar uno a uno los variados registros de mis miembros. Al tiempo recorría con mirada aprensiva todos los ángulos de la habitación, el cuarto —pues tuvo que ser éste— donde


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mi antecesor se dejó atrapar; si quería evitar un final parecido, que se anunciaba casi inminente, habría que apresurarse. Y fui buscando con la vista puntos de apoyo donde asirme y huecos factibles de ser utilizados para ocultarse en caso de apuro; es así como el temor a unas circunstancias que pueden resultarnos cada vez más desfavorables hace desvariar a los enfermos que se encuentran solos. Después de asearme sin mirarme al espejo, para no ver allí la mueca fija que se había enclavado en una comisura de mi boca y era la causa de que las palabras, incluso las que por lo bajo me decía a mí mismo para estimularme, saliesen torcidas, lo primero que hice fue husmear el rastro de aquél a quien me limitaba a llamar «el otro», por ignorar su nombre a pesar de sentirle muy cercano. Seguramente yo mismo había borrado sin darme cuenta las huellas que su paso dejó, pero eso no me desanimaba. Mi interés tenía mucho de morboso, y además el recelo me impedía estar tranquilo en una pieza compartida con un ser invisible. Comencé por explorar los fondos del armario de luna y del empotrado en la pared, cuya puerta siempre se resistía, como si desde dentro se opusieran a dejarla abrir. Revisé luego algunos departamentos de la cómoda, de manera especial los inferiores que no utilizaba, midiendo con la yema de los dedos el espesor de la finísima capa de polvo depositada en ellos. Mientras estaba así, agachado y expuesto muy imprudentemente a cualquier ataque por la espalda, tuve la impresión de que alguien se inclinaba a mirar por encima de mi hombro y ni siquiera me atreví a volverme. El sobresalto me obligó a descansar un rato echado encima de la cama. Ya repuesto, decidí que para completar la investigación, y por poco que me apeteciera, debía entrar al reducido cuarto —«el despacho», según la señora— que se comunicaba con el dormitorio dentro de mis dominios y hasta entonces nunca pisé, aparte del vistazo que le concedí desde la puerta el primer día, cuando ella me mostró las dependencias. El olor a clausura y algo indefinible que flotaba en el aire me hicieron entonces apartarme de allí con desagrado, y en lo sucesivo preferí ignorar hasta la cercanía de la puerta.


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Ahora vencí esa prevención y me acerqué a la anticuada mesa escritorio que, desde el centro de la pieza, observaba recelosamente los pasos del extraño, y que con un sillón de gutapercha y un par de sillas descabaladas constituía todo el mobiliario. A fuerza de tirones conseguí que se abriera su cajón central, donde encontré un llaverito de plata desprovisto de llaves, con el conocido signo de Esculapio de la serpiente enroscada al bastón, que apareció como lo hace un reptil cuando levantamos una piedra, en este caso un libro de mohosa cubierta allí olvidado. Evitando tocar lo que casi tomaba por restos de un cadáver, utilicé lo primero que me vino a mano, un abrecartas de hueso que reposaba en la escribanía, para darle la vuelta al pequeño objeto y ver si tenía al dorso algo grabado, un nombre, por ejemplo, o unas iniciales; pero la superficie estaba intacta, por lo que, cuidadosamente, lo devolví a su posición cubriéndolo enseguida con el libro, antes de que el reptil pudiera escapar. El asmático motor del automóvil propiedad de la casa, con sus estampidos y paradas bruscas me atrajo a la ventana y, a través del visillo, pude ver al criado en pugna con la manivela que accionaba aquel trasto. Embutido en un anacrónico uniforme de chófer que no era de su talla y que, seguramente, entró en un lote con el coche, se inclinaba sobre la palanca apoyando su peso para hacerla girar, y en éstas las larguísimas mangas cubrían sus manos y se las trababan, y en lucha con ellas y con el engranaje conseguía al fin que éste cediera. El hombre tenía entonces que incorporarse y, a falta de otra manivela, iba elevando el cuerpo en varios tiempos, entre jadeos superponibles a los del motor. Una vez que se había enderezado, tras tentarse la región lumbar lograba introducirse en la carrocería, pero al sentarse ante el volante, mientras se arremangaba, sufría un parón el corazón del coche y con el suyo aún al galope tenía que volver a comenzar. La sucesión de escenas se desarrollaba con los movimientos espasmódicos de las viejas películas, y parecía que la misma secuencia se repitiera una y otra vez si un detalle de la indumentaria de la víctima no marcase el avance del tiempo; y es que la embocadura de una de las mangas se iba descosiendo alrededor


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del hombro a cada tentativa, y prometía darle pronto a la trama un nuevo sesgo. Estaba claro que el carruaje exigía algo más que un simple golpe de manubrio para prestar su colaboración al proyecto de marcha, pues en cuanto apareció en la terraza la señora calzándose los guantes y ataviada con sus galas de viaje —un traje sastre cuya falda llegaba a rozar los quebradizos tobillos y un sombrero con discreto velo sobre la cara—, la mecánica se puso a su servicio y la pareja de principios de siglo emprendió la batida por el camino del canal, que pude seguir hasta bastante después de perderlos de vista gracias al subrayado de los estornudos del motor. Las grandes conmociones de los pueblos alcanzan todos sus rincones, sin que ni siquiera se libren de sufrir la violencia las momias sepultadas en casas solitarias, más allá de las barreras de olmos, con sus colgantes de ágata y sus viejos sirvientes, o los artefactos que dormían el último sueño en garajes llenos de telarañas. Esos cadáveres se inquietan en la tumba cuando llega hasta allí el olor de la pólvora, salen al exterior precipitadamente para oponerse al cambio histórico, chocan contra las furias que dominan el mundo y su regreso es lamentable. No había transcurrido una hora cuando sentí volver el coche. Yo continuaba sentado junto a la ventana, paralizado por la misma urgencia que me consumía. Tenía que hacer demasiadas cosas: en primer lugar superar mi adinamia, luego intentar ponerme al habla con la Casa del Viejo y conseguir entrar en la ciudad por algún medio... Pero el tiempo se me iba buscando entre las ramas de los árboles una salida fácil a la situación, con interrogaciones a las nubes y, por encima de ellas, al distanciado cielo. El automóvil apareció botando en el camino. Se acercaba a la mansión muy veloz, y temí fuese a pasar de largo por el propio impulso que traía, cuando, obligado a ejecutar un ceñido giro para encarar la pista de gravilla que llevaba al garaje, se detuvo quizá para siempre. Un estremecimiento agónico agitó sus tripas, una pieza suelta se le fue rodando, y el motor soltó una interjección tan gruesa que el devaluado chófer, ya desprovisto de la manga y casi de la vida, pues venía herido, no se atrevió


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a intervenir, optando muy prudentemente por abandonar su posición y abrir la portezuela posterior, junto a la que quedó en abatida espera. La señora estaba tan asustada que ni pensó en dejar el asiento, y tardó en comprender que aquella era su casa y ya podía bajarse sin peligro. Entonces hizo un gesto desolado y compuso una estatua funeraria en medio del jardín. Eso exigía pedir cuentas al cielo y hacia él miró, como yo poco antes, levantando el velito que cubría su rostro; pero el cielo no daba a nadie razón alguna de sus motivaciones, y tuve que ser yo, a quien ella, entre tanto, ya había visto, quien se interesase por lo sucedido. —¡Ah, profesor! —exclamó con voz entrecortada, como si declamara un drama clásico en aquel escenario natural—. ¡Si usted supiera! No quiero contarle... Como se moría por hacerlo tuve que bajar. Era necesario, además, curar al herido y yo no disponía allí de ayudantes. Mientras le limpiaba las brechas de la cara, extendiendo sobre ellas abundantes apósitos para que ama y criado vieran algo tangible y tranquilizador, la gran diva siguió su recitado: —Está suelto de nuevo el mal por el mundo... Ya me lo temía yo. ¡Ha sido una experiencia terrible! —Y cuando agotó su repertorio de exclamaciones probó un registro de voz más grave para la confidencia—. Fue una corazonada... Se preguntará usted qué me llevó a salir en estas circunstancias. Pues que se me ocurrió que podría encontrar a mi marido. Sí, de acuerdo, él desapareció hace mucho tiempo, pero cuando la historia se repite los muertos vuelven, y así como se vio arrastrado por aquella locura que se ensañó con nuestra raza, ahora que los asesinos repiten su turno puede verse obligado a regresar para que se cumpla todo otra vez. «El eterno retorno», bien lo sabe usted... Y sólo yo acertaría a librarle gracias a la experiencia, mientras ellos, los muertos, como perdieron la memoria y él ni siquiera me reconocería, van derechos al tajo... Su papel debía de indicar: «retuérzase el pañuelo con desesperación», tal como hizo, pero el delirio que ardía en sus ojos excedía en mucho cualquier norma.


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Se tomó un respiro y pasó luego a describir los hechos reales, el desarrollo de su incursión en los infiernos. —Atravesamos los primeros controles sin sufrir más que algunas bromas. Ellos se reían al dejarnos pasar; estaban de buen humor aquellos chiquillos, con la inconsciencia de la corta edad, y al cantar agitaban las armas que venían a ser sus juguetes: ya sabemos que al principio estas revueltas comienzan como una alegre juerga. Más adelante topamos con otros más agriados. No eran mucho mayores, pero sí muy groseros y crueles, y barrunté que en la siguiente esquina —para ella las distintas fases de la revolución habían de sucederse fatalmente de una calle a otra— íbamos a encontrar a los que yo buscaba: a los carniceros. Como no terminaban de darnos paso y obligaron a bajar al sirviente, al tenerlo delante se volvieron feroces. ¡Con qué odio le miraban! Comenzaron a darle empellones sin respeto a su edad, y más bien parecía que era eso, verle viejo y sumiso lo que les indignaba, poniéndolos fuera de sí y despertando al lobo que llevaban dentro. Le mostraban los dientes, babeaban... Comprendí que no nos hacía falta llegar más allá. ¡Los asesinos estaban ya aquí, habían resucitado! De milagro pudo conseguir encerrarse en el coche, mientras yo miraba a un lado y a otro esperando ver aparecer a mi marido. No me dejaron tiempo para ello, al comenzar a dar culatazos con sus armas en los cristales y la carrocería, y hasta trataron de hacernos volcar... Al revivir el trance, saltó de la silla y accionó exaltadísima moviéndose a nuestro alrededor. —Fue entonces, ¿sabe usted?, cuando el auto arrancó; pregúntele a este hombre si intervino en algo. ¡Cómo podía, el pobre, si sólo tenía brazos para proteger su cabeza! Y es que el coche también se transformó, se hizo agresivo, rugiendo igual que un condenado y atropellando todo lo que veía. ¡Qué sorprendidos se quedaron! Ni siquiera atinaban a disparar en forma... Terminada la cura, el paciente se puso en pie para asumir su papel habitual, pero ella no se serenaba; ahora bufaban sus motores, llevándola en volandas entre los muebles del salón. En una de las vueltas hizo cara al retrato del esposo:


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—Esta vez yo me largo, Comendador. No vamos a quedarnos cruzados de brazos como entonces. Bien te insté a la huida mientras tú recomendabas calma. ¿Acaso te sirvió de algo recibirlos vestido de esa forma, con tus galas y aquellas maneras tan corteses? «Pasen, señores y, por favor, tomen asiento ustedes. ¿Qué se les ofrece? ¿Es mi cabeza lo que buscan, si no entiendo mal? ¿No es posible resolver el asunto de un modo menos cruento? En fin, estoy a su disposición. ¿Dónde quieren ustedes que apoye mi cuello? Permítanme antes, si son tan amables, quitar este gran collar de la Orden...». Casi no te faltó más que soltar un parlamento así. Yo no me entrego nunca. Ya te digo: me voy. Y, efectivamente, se marchó. Aquella noche quedé solo en la casa. La inquietud apenas me dejó dormir. Verme aislado allí en las condiciones en que me encontraba, y expuesto a cualquier complicación sin poder esperar ningún auxilio, suponía vivir la peor pesadilla. Dejé el lecho con las primeras luces para lanzarme a recorrer los pasillos al trote claudicante con que ahora me movía, buscando apoyo en cualquier elemento que surgiera al paso. Necesitaba explorar los recovecos de un refugio que era, a la vez, prisión —hasta entonces sólo conocía un sector del amplio palacete— y estudiar las posibilidades que ofrecía para la resistencia. Piso por piso abrí las puertas de estancias ajenas, con un respeto que me obligaba a llamar con los nudillos antes: las del ala habitada por la dueña, con huellas de la precipitación con que hizo su equipaje, la biblioteca del Comendador, un espacio entregado a la polilla, y su inmenso despacho-mausoleo (el reducto de Drácula), procurando no cruzar los umbrales para no hollar las áreas privadas, pero midiendo con detalle las peculiaridades de las habitaciones y, especialmente, las comunicaciones que existían entre ellas. Subí luego al desván, ese lugar tan estratégico en las casas sitiadas, y me asomé a una claraboya abierta al tejado, donde la vista descubrió perspectivas insólitas que cambiaban el mundo. Daba


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aquella vertiente hacia el lado del campo, mientras la ciudad era invisible desde mi posición, y el canal, fuera del tramo conocido por mí, ampliaba su dominio para desarrollar un importante plan, al disponer todos los elementos del paisaje en torno a un molino de viento que se levantaba muy al fondo y no había visto nunca. La extensión del camino que yo consideraba tan significativa, quedaba reducida a un pequeño rincón donde los olmos se agrupaban con docilidad de acuerdo a un estricto diseño geométrico. Nada en aquella zona tenía la vida propia, por no decir la autonomía, que uno, desde los limitados alcances del paseante, creyó entrever alguna vez, y mi misma figura de otros días, situada allí, se empequeñecía hasta dejar de distinguirse, en tanto que el molino, haciendo girar pausadamente sus grandes aspas, señalaba la razón del conjunto y lo explicaba todo. No necesité buscar ahora, desde la otra vertiente del tejado, la agrupación de la ciudad para comprender cómo designios superiores que nuestra vista pocas veces alcanza, hacen del hombre y de la tierra piezas de una partida que alguien está jugando con nosotros. Respiré hondo aquel aire que se movía, al parecer —y sólo al parecer— con plena libertad sobre la dilatada superficie del campo, mientras dejaba que la idea fatalista me calase bien. Volví a mi cuarto y me recosté un rato; creo que incluso me dormí, y es que el rendirse tranquiliza. Luego bajé al salón, y aunque mi mano alcanzaba sin esfuerzo el teléfono tardé en utilizarlo, y si al fin lo hice fue, más que nada, para cumplir escrupulosamente los trámites inútiles que tenía asignados. Podía quedar tranquilo: bastó con descolgar para oír el soplo del vacío que indicaba la incomunicación. Desde el sofá veía moverse diligentes las manecillas del reloj de pared, obstinadas en seguir adelante como si aquello importase mucho. Sonó una hora carente de significación, una hora gratuita; más tarde se descolgó la señal de la media. El sol vino a asomarse a los cristales del ventanal vecino para irradiar pronto su suave acción sedante, y eso sí importaba. Mi inquietud comenzó a evaporarse; aunque se abriera el suelo a mis pies (¿y qué otra cosa estaba ocurriendo?) por no cambiar de posición


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yo no escaparía. Era dulce morirse. ¿Cómo había dicho el Viejo, mezclando «todo» y «nada» en una frase de efecto para la ocasión? Lástima de no disponer de algún oyente a quien soltarle una sentencia parecida. Pero, bien lejos de acabar conmigo, sucedía que la debilidad me dejaba más sensible y vibrátil que una cuerda musical. Notaba aguzarse mis sentidos y sentía el despliegue de mi aura hasta superponerse a la línea de sol en una perfecta identificación. El tiempo se llenó de contenido y era gustosamente lento, tanto que, a veces, la aguja larga del reloj se detenía. Perdí conciencia durante unos momentos, hasta que el roce de unos pasos me hizo mirar hacia la puerta, en cuyo marco se recortó a poco una cabecita femenina explorando la sala. Primero apareció su media cara, casi oculta por la mata de pelo de un rubio muy claro que la inclinación de la cabeza obligaba a danzar sobre el semblante; luego, al descubrirme, se retiró instintivamente para darse a ver pronto de cuerpo entero, aunque evitando traspasar el umbral. Traía al brazo una cesta cubierta por un paño y, para justificar su presencia allí, apartó éste y extrajo un huevo que me mostró al elevar los dedos que sustentaban aquella forma primordial y nutricia. Yo contemplaba embelesado la figurita juvenil que se inmovilizó en su posición, hasta hacer finalmente un gracioso gesto de ofrecimiento. Apenas asentí con la cabeza, ella avanzó; al llegar al centro de la sala, cascó el huevo diestramente en el aire y con gentileza me lo dio a sorber, adelantando lo que pudo el cuerpo para no acercarse demasiado en muestra de respeto, más que por temor. Abrí la boca para recibirlo, con los ojos cerrados para mayor deleite, y al recobrarme la muchacha ya no estaba a la vista. Recordé que un día oí una voz que pudo ser la suya tratar con la señora, y cantar cuando se iba por el jardín. Pero me complacía menos creer en una campesina que nos abasteciera con los productos de su granja, que en la alegoría misma de la vida surgida por milagro ante mí. La aparición mejoró mi talante y no volví a dormirme. Una sonrisa permanente alivió la tensión de mis mejillas y, con los párpados entornados, me permití soñar despierto.


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De tarde en tarde, un pájaro de paso dejaba caer en el jardín unas notas precisas, algo como una contraseña que hacía pensar en planes que se desarrollasen en otra esfera por encima del hombre, y uno se sentía excluido de ese gran concierto. Ya no era tiempo de rectificaciones, pero me reprochaba no haber orientado bien mi vida; tenía que haberla abierto más y hacerla más permeable. De comenzar ahora... Sin duda, la afección vascular favorecía estos desvaríos porque durante un largo rato me mantuve a la escucha, con el ánima en vilo, por si llegaba otra señal. Fue algo bien distinto lo que oí, y resultaba tan desacorde que lo consideré una figuración, hasta que enseguida volvió a repetirse. No cabía duda: alguien silbaba afuera, e incluso pude reconocer el vulgar son que pretendía seguir, y que por no saberse bien interrumpía al llegar a un cierto giro. Me acerqué al ventanal y eché un vistazo al exterior, sin apartar casi el visillo para que el extraño no me viera. Era un hombre que estaba agachado al pie de un arbusto, dándome la espalda, y que se entretenía con unas piedrecillas; luego cortó una pequeña rama para deshojarla lentamente, como quien cubre un tiempo de espera en mínimas acciones sin sentido. ¿Qué le traía aquí? No se trataba de ningún vagabundo, aunque vistiera con bastante descuido. ¿Le habrían encomendado vigilar la casa o impedir que alguien saliese de ella? Lo que más me intrigaba era que, a pesar de no verle la cara, me parecía encontrarle un aire conocido. «¡Pues claro!», solté cuando, al incorporarse, se volvió. ¡Como que era mi chófer! Entonces desplacé el visillo y con los dedos golpeé el cristal. Me vio al punto, pero no se dio prisa en acercarse, quizás para reafirmar la incorrecta forma en que se presentaba con la desenvoltura de maneras propia de una persona independiente, y al llegar junto al ventanal se llevó la mano a la ausente gorra, riendo para sí lo estúpido del gesto. Abrí la hoja sólo unos centímetros porque la situación no me agradaba. Él movía la cabeza siguiendo con la broma, pero enseguida descubrió alguna alteración en mi semblante que le alarmó más que el enfado, pues se quedó muy serio.


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—Bueno, aquí estamos —fue todo su saludo. Y para justificar su comportamiento: —Nos quedamos sin coche, y yo, por lo pronto, sin empleo. Pero el chico quiso que viniera a saber de usted. «¿Qué será de aquel hombre?», no hacía más que decir, así que, en cuanto pude, crucé las líneas, aunque al ver la casa cerrada no quise molestar. Bastaron sus palabras y el confianzudo tono para informarme mejor que cualquier crónica de cómo iban las cosas en la ciudad, y de qué manera la revuelta había trastocado todas las relaciones. —Si quiere usted que le lleve hasta allá, tengo la furgoneta de un cuñado detrás de aquellos árboles —y señalaba un bosquecillo próximo—. Creo que podremos llegar sin peligro dando un rodeo. No contesté, pero con un movimiento de la mano le indiqué que esperase y subí a mi cuarto para cambiarme. A poco, rodábamos en un vehículo que exhibía un rótulo comercial por un camino opuesto al conocido, para alcanzar el suburbio donde se levantaba la Casa del Viejo a través de los campos, sin rozar la ciudad que se había hecho hostil. En una curva del trayecto, un automóvil volcado sobre la cuneta dejaba ver un cuerpo aprisionado en la maltrecha carrocería, con un brazo exangüe que emergía por la ventanilla. El chófer ni siquiera miró: ya no era novedad la visión de la muerte.


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Capítulo décimo

La Casa, cerrada como una fortaleza, mostraba en uno de los bajos un manchón de pintura que supuse cubriría algún reciente graffiti, aunque viniera a resaltarlo más. La furgoneta no se detuvo ante el pórtico, sino que buscó la fachada trasera sin respetar el césped hasta alcanzar la puerta de servicio. Una batería de recipientes colmados de basura protegían el acceso, y al principio tomé por otro brazo humano un guante de quirófano que asomaba desmayado al borde de uno de los contenedores. Nos abrió enseguida alguien que estaba a nuestra espera, el médico más joven, que hacía el tres de mi lista y a quien el chófer, cuando fue a buscarme, había llamado «el chico». Sólo él, aparte de la monja, quedaba allí. uno desertó pronto, promovido por el Comandante a más altos designios, dejando que se las arreglase como pudiera un adjunto con escasa experiencia, que hasta entonces no cumplía otro papel que completar los turnos de guardia. Fue precisamente en el peor momento, ya que un nuevo sumando alteró la cuenta: en la meticulosa exploración a que sometió «el chico» a un paciente ahora todo suyo, vino a encontrarse entre las manos una bomba de relojería, un tumor de crecimiento rápido. —Era una masa consistente del tamaño de una nuez, muy escondida en el abdomen, cerca del área hepática, algo que cuando uno lo descubre ni siquiera se atreve a valorar, dejándolo allí para el día siguiente con la esperanza de que desaparezca, pero crece con tal rapidez que ya no hay que buscarlo, está bien a la vista, más vivo que el paciente, transformándose casi a cada hora. Hoy superaba el volumen de un puño y se nos viene encima como un balonazo imparable —tres tenía demasiado cerca sus experiencias deportivas por los estadios universitarios.


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No hacía falta acercarse ni llegar a tocar: «aquello», por delante, se olía. Avanzábamos por el corredor y ya la nariz percibió un cambio que me hizo mirar alrededor preguntándome qué factor convertía el palacio en vertedero. En la rotonda me detuve, incapaz de seguir; la puerta del dormitorio, bien cerrada, resultaba totalmente permeable a lo que se cocía dentro. El Viejo estaba enroscado en el lecho en una extraña postura, incubando muy quieto el huevo de la muerte. Era ya, al menos a mis ojos, un hombre distinto por haber perdido su inmunidad. Hasta entonces la capacidad para sobrevivir hacía de él un prototipo, un símbolo casi sagrado; ahora el gran proyecto se frustraba y al venirse abajo la figura alegórica dejaba, incluso, de ser respetable. Todo ser humano mientras se mueve entre los autómatas que pueblan el mundo promete durar siempre, y así lo cree en su fuero interno, enorgulleciéndose del privilegio. La herida mortal que recibe en su día lo rebaja de golpe, revelando la inconsistencia de sus esperanzas y el fracaso de la naturaleza. Al dejarse invadir por el tumor, el Viejo venía a ser uno más, un intento inconcluso, otro vergonzoso fracaso. Su asombrosa edad sostenida en difícil equilibrio no significaba ya gran cosa, era una cifra devaluada, una apuesta perdida. Le miré fríamente: nos había engañado. Eso lo comprendía en cierto modo él, pues se ocultaba bajo las ropas, resistiéndose a nuestra exploración, y hubo de intervenir la monja para sosegarlo, después de hablarle un ratito al oído como se hace a un niño temeroso. Apretaba los párpados para evadirse de nuestra presencia, pero al sentir mi mano cerca se animó la suya asiéndome del puño de la bata, y entonces abrió un ojo asustado. —No consienta usted esto, profesor —dijo muy bajo, aunque poniendo mucha ansia en la voz—. Es lamentable verse acabar de manera tan burda. Creo tener derecho a un final más digno. —¿Por qué no acudes ahora a Clovis? —me dieron ganas de soltarle. Pero no estaba bien recordar aquel trance. Mientras la muerte es una vaga hipótesis se presta a juegos de palabras, permite pronunciar frases sibilinas y el sujeto se encuentra autorizado para


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ensayar una serie de posturas como preparación de esa última que le perpetuará. Morir resulta algo muy aceptable, incluso hasta decorativo, a condición de que uno no se muera; porque cuando la muerte se presenta al desnudo, en su monda ruindad, plantándose ante nuestra puerta, o según su costumbre, tan acorde con su falta de formas, entra sin llamar organismo adelante arrasando todo lo que encuentra, es imposible hacer tratos con ella o nombrarla mediante un eufemismo. Sucia y sangrienta, nos corta el paso dentro del cuerpo que habitamos y hasta se empeña en expulsarnos fuera y quedarse con todo, y ya no hay medio de morir como se proyectó, esa manera digna de irse que el Viejo, a fuerza de vivir, creía merecer, pero que al ser un acto siempre mejorable venía el hombre dejando de un siglo para otro. Ahora ya no había tiempo; ella estaba aquí sin el disfraz que vela de ordinario la iniciación de un proceso maligno, esas leves molestias que nunca valoramos y pronto se acentúan, aunque lo hagan a rachas, entreabriendo engañosos períodos de calma durante los cuales quien creía estar enfermo olvida su anterior preocupación. Pero, más tarde, vuelven a clavarle los dientes hasta hacerse insufribles y el desgraciado llega a pedir a gritos que le lleve la muerte, fácil tarea que ésta, solícita, dulce madre final presta a satisfacer cualquier requerimiento, se apresura a cumplir. Apartadas las ropas tuve ante mí, y de forma evidente, la masa tumoral y a esa fruta podrida apliqué las manos, siguiendo con los dedos el lomo de la bestia para estudiar su insidioso progreso por los planos vecinos y ver dónde alcanzaba su zarpa abierta. Eludiendo el contacto optó por retraerse y esconder la cabeza metiéndose en la madriguera, mientras dejaba que su portador gruñese por ella. Pasé la tarde junto al lecho, sin perder de vista el relieve carnoso que entretenía su voracidad hozando aquí o allá por el hundido abdomen. En una ocasión en que tuvimos que sentar al enfermo, la postura desplazó al tumor, proyectándolo fuera hasta casi eventrarlo, y me impresionó su aspecto suculento, bien alimentado, en contraste con el cuerpo que le daba cobijo. El Viejo estaba consumido y quedaba a un lado, simple soporte


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de una planta carnívora, en tanto ésta se dejaba admirar en su prosperidad de nueva rica. «¡Tomad ejemplo de mí!», parecía decirles a los demás tejidos. «Yo soy vuestro futuro y os ofrezco un nuevo proyecto vital. Si os unís bajo mi bandera, todos juntos podremos alcanzar...», de ahí no pasaba. Un discurso muy utilizado en situaciones similares, análogo al que en la ciudad movilizaba a una suicida generación de jóvenes, prestos a inmolarse a una voz de mando bien timbrada. Ya que esos exaltados estaban lejos de mi alcance, habría que encararse con el cáncer y llamarle al orden para hacerle ver la insensata aventura a la que se entregaba. No pueden saltarse a la ligera las reglas que pautan el concierto entre los componentes de cualquier organismo, vendría bien decirle si atendiera a razones. Cuando un piquete de células asalta un cuerpo para implantar su ley particular, podrá embriagarse en un primer momento con su masturbación, ejecutada con violencia de espaldas a la vida, pero inmediatamente se hundirá con ésta. Un par de veces que intenté apartarme de su lado, el quejido del Viejo —una manera de decir: «aquí lo tengo, no os olvidéis de mí, auxiliadme…»— me retuvo enseguida. No eran necesarias tales advertencias; ninguno de nosotros se olvidaba del caso. ¡Imposible zafarse! Del cáncer éramos presa todos, y algunos más que él por jugarse en el lance algo más que la vida: el prestigio, el nombre, la cara. Por eso, con gusto me pondría yo también a reclamar auxilio, y en la Casa bloqueada, fuera de una ciudad convertida a su vez en un islote (ni siquiera funcionaba la línea telefónica que nos unía en directo con el pabellón del Consejo) gritaba mentalmente a la lejanísima Organización de Salud que mandase evacuar por cualquier medio aquel enfermo terminal cuyo seguro fin iba a implicar el nuestro. El ojo del Viejo que yo podía ver, la única parte de su cuerpo que escapaba al control del mortífero huésped, vigilaba entre tanto mis menores gestos. Se hizo de noche, y dando la jornada por perdida me acerqué más a su cabecera y accedí a recitar esa melopea médica que los pacientes tragan sin entender, como si se tratase de un potente fármaco, y que les tranquiliza tanto. El


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hombre escuchaba con gran atención y, por lo menos en esos minutos, logró zafarse de la mordedura. Pero el cansancio y el desánimo agotaron pronto el flujo de palabras, y para mantener el contacto con él posé una mano sobre la misma almohada y le ofrecí el mejor semblante. La luz de la mesita acentuaba sus rasgos, ahondando los surcos que cercaban el pómulo y consumían la boca. El ojo, en cambio, chispeaba. ¿Por cuánto tiempo se mantendría así aquel glóbulo móvil ceñido por los rugosos párpados, que era, con el tumor, lo único turgente en un cuerpo seco? Eso me preguntaba yo, dejando que la compasión aliviase mi propio hundimiento, cuando tuve casi la certeza de que el enfermo estaba rehaciéndose de la misma manera a mis expensas. Su ojo, por ahora, continuaba viendo y bien que lo hacía, pues no se apartaba del ángulo débil de mi boca, agarrándose a él para extraer de aquel estigma, que también anunciaba deterioro mortal, un bocado de vida. Tuve intención de tapar con la mano la marca que me rebajaba, pero enseguida rechacé la idea. Mejor dejarle que chupase a placer, que se saciara, si ello le suponía algún consuelo. No duró mucho su regusto. Seguro que pensó: «Si éste desaparece, ¿qué va a ser de mí?». El espectáculo de la destrucción que nos ofrecen nuestros semejantes puede resultarnos muy nutricio, a no ser que suponga un desastre conjunto. Por eso el ojo se le fue apagando y no tardó en cerrarse. Apenas si se abrió poco después por escasos segundos para decirme algo con fulgurar tan débil que comprendí que asumía la condena. Hice que no vi nada y llamé a la monja para que se encargase de su turno. Ella me había dejado preparada una cama en mi despachito. Cuando me tendí en el pequeño lecho, tan ajustado como un ataúd, no daba un ochavo por mi vida. Pero, al amanecer, la voluntad de resolver el caso volvió a activar el claudicante mecanismo. Muy temprano oí abajo, en el jardín, los pasos de alguien que buscaba la entrada posterior de la casa. Éste, el que fuera, no silbaba; le oía, en cambio, patear la gravilla para ahuyentar el frío y acercarse


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cada poco a la puerta, tratando de ablandarla con algunas palabras. A fuerza de insistir, el cerrojo cedió y siguió un amistoso cuchicheo; luego las voces continuaron en el interior. Pronto se me anunció la novedad: teníamos refuerzos, uno había regresado. La vocación ataba corto al buen colega, en detrimento de su estrella política. Cuando me levanté, se presentó enseguida. En su semblante persistían las huellas de una lucha interna ya resuelta, puesto que la mirada era directa y leal. Fue bien acogido por mi parte, sin alusiones a su comportamiento. Dado que el tiempo urgía, celebramos los tres sin más dilaciones un cónclave clínico en la biblioteca, y la puerta abierta del despacho, al fondo, dejaba ver la cama de campaña con las ropas revueltas subrayando la emergencia de la situación. Luego él se adelantó a explorar al enfermo, que reposaba bajo la acción de un analgésico, deslizándose sigilosamente en el cuarto en penumbra como el escucha entre las líneas, y se mostró tan hábil que no le hizo falta despertarlo para recoger con sus manos la información que necesitaba. —Se ve y todavía cuesta admitirlo —dijo a su vuelta—. Tal parece que algún saboteador acabase de hacer de las suyas, puesto que no más allá de diez o doce días —y ajustó las fechas con un rápido cálculo— no existía la menor señal, bien puedo asegurarlo. Nadie conseguiría entonces detectar... —y su voz se cortó. Casi a la vez se nos ocurrió a todos lo mismo: nadie, a no ser el propio afectado, que notó la irrupción de una presencia extraña que llegaba dispuesta a destrozarlo, siendo ésa la causa de que intentase entonces precipitadamente quitarse de en medio. El pragmatismo de uno dejaba pronto a un lado las especulaciones: —El hecho cierto es que tenemos ante nosotros un cáncer muy activo y lo obligado es intentar una inmediata intervención. Y citó un cirujano al que podría acudirse. Consultó su reloj: —Dentro de un par de horas sé dónde encontrarle. Sus buenas relaciones con los nuevos dirigentes políticos le daban libertad de movimientos, y eso no sólo en la ciudad sino


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también dentro de la Casa, donde su iniciativa comenzaba a resultar molesta. Al cuajar la luz de la mañana sobre la galería e irse infiltrando desde la rotonda a las habitaciones por los menores intersticios, el paciente salió de aquel sopor en el que conseguía convivir con su bestia y establecer pactos con ella en las alegorías de los sueños. Se reanudaron entonces las hostilidades y no tardamos en oírle quejarse. Llegaba también hasta la biblioteca el ruido de los pasos de la monja, que se movía por el dormitorio con el fin de que el Viejo no se sintiera solo, y asimismo para hacerle ver que ella, representante de la medicina en el área del cuarto, lo era por algo más que por delegación, pues para eso se había despojado aquella mañana de su hábito para vestir la blanca indumentaria clínica, lo que supuso un gran sacrificio, y a pesar de la temprana hora exhibía la suma de detalles requeridos por tan alta función, y toda esa grandeza y dignidad la ponía gentilmente a su servicio, con lo que bien podía darse por satisfecho. La misma acción de fármaco que tienen tantas veces las palabras del médico era buscada ahora por una serie de actos menudos y rituales que la mujer, para estar a la altura de la simbología, se avenía a ejecutar, aunque no fuese más que limpiar el sudor del rostro del enfermo, arreglarle las ropas de la cama o comprobar su pulso consultando el relojito de oro que colgaba del cuello por una larga cinta sobre la bata bien planchada, para testificar que la existencia seguía su curso segundo a segundo sin que el dolor la detuviera, y decirle al dolor —y que el Viejo lo oyese— que por más que apretara no iba a conseguir de ningún modo hacer mella en la vida, pues ésta se apoyaba en la precisión de su cronómetro, cuyo tictac venía a corresponderse exactamente con los latidos del corazón. A la vez, ella hablaba. Tampoco las palabras aportaban gran cosa, fiando más su poder terapéutico al tono cariñoso y correctivo y a las repeticiones, recubriendo al dolor con muchas frases para embotar su filo y amansarlo. Y cuando él arreciaba, sabía la voz hacerse exasperante y atraer hacia sí el rechazo y la rabia del hombre que sufría, como eficaz derivativo.


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Agrupados en la biblioteca, tratando de escudarnos unos en otros y de disminuir nuestro volumen corporal, los médicos seguíamos a distancia las distintas fases de esa estrategia mientras evitábamos mirarnos a la cara; en cambio, cada uno de nosotros ponía gran atención en comprobar el corte de sus uñas y en medir la lisura y sensibilidad de la piel que recubre la yema de los dedos, especialmente aquellos de la mano derecha que en los trances extremos establecen contacto con el instrumental quirúrgico (si a eso había de llegarse, la inspección previa ya quedaba hecha y más bien por exceso, aunque de poco iba a servir dada la escasa pericia de los tres). Sólo respecto a una cuestión estábamos despreocupados: ni el enfermo ni ningún familiar —no aparecía, felizmente, ni uno a la vista— iba a exigirnos que llegásemos un paso más allá de lo que la ciencia había conseguido en su avance de siglos, y que, en casos como éste, era en verdad bien poco, pero no por ello dejaba de pesar sobre la nuca la propia impotencia, obligando a mantener baja la cabeza. Incapaz de resistir tanta tensión, uno se puso en pie y salió a la rotonda. Dio tres o cuatro vueltas sin rumbo fijo para desfogarse, y luego oímos sus pasos alejarse vivos por el corredor. Cuando regresó, cerca del mediodía, se le veía más dueño de sí. —Mañana a primera hora— nos dijo. El día siguió un curso subterráneo a partir de ese instante. Con el pensamiento puesto en lo que se acercaba, el presente perdía significado y no suponía más que un intermedio, por mucho que el enfermo se quejase de dolores concretos que se intensificaban justamente ahora, en el minuto que nosotros eludíamos, y eran señalados con una precisión que sólo le importaba a él. Cuando la medicina se dispone a dirimir un duelo decisivo con la enfermedad, el enfermo, momentáneamente, cuenta menos que ésta, pasa a segundo plano mientras llega su turno y puede convertirse hasta en un estorbo. Tras un indeciso amanecer en el que la luz parecía volverse hacia otra parte y dudar si mereciera la pena fijar los ojos en un


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mundo que no le complacía, las formas exteriores fueron apuntando. Desde la ventana de mi cuarto, aquel despacho que había pasado a ser mi última celda, vi condensarse lentamente en la niebla una ciudad cada vez más incomprensible, entregada a sus atavismos y a rituales sangrientos, lo que iba a llevarla sin remedio a sufrir también una intervención a vida o muerte. El cirujano llegó con la puntualidad que acordaba con su escueto perfil de hombre hecho a decidir con prontitud y tino en las situaciones más difíciles. Consultaba yo la hora en mi reloj, y corrían los últimos segundos, cuando al volverme le vi parado en el quicio de la puerta de la biblioteca, como caído del cielo. Él también miraba su cronómetro, y una seca sonrisa bastó para la mutua aceptación. Ya venía uno por la galería dispuesto a hacer las presentaciones, mientras nosotros nos habíamos entendido a la primera ojeada, infundiéndonos suficiente confianza uno a otro para encarar la inmediata prueba. Pasamos a la enfermería, que completaba su transformación en quirófano. Un ayudante del cirujano, otro profesional eficiente y discreto, atendía los detalles finales, comprobando el funcionamiento de una gran lámpara cenital recién instalada sobre la mesa de operaciones, y cuya luz sin sombras hacía de la estancia una pieza distinta. Las ropas esterilizadas, y en especial las mascarillas, unificaron los rasgos de todos los que allí estábamos presentes. Cuando los brazos se extendieron a lo largo del cuerpo dando por concluida esta preparación, y el cirujano dejó de ejercitar los dedos oprimidos por los guantes, oímos desplazarse la camilla de ruedas por el dormitorio vecino; la puerta de comunicación se abrió suavemente y un pequeño bulto cubierto por un paño vino a poner lo que faltaba para que el sacrificio diese comienzo. tres, que empujaba la camilla y fue quien trasladó la levísima carga de ella a la mesa, se retiró luego a una segunda fila, lo más cerca que pudo de mí, y en un momento dado, mientras dosificaban la anestesia, me dijo al oído, sin que yo siquiera me volviese: —Esto cambia con gran rapidez. En las últimas horas el curso se acelera tanto que no va a hacer falta llegar muy allá.


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No supe interpretar su premonición y me puse a dar vueltas al pronóstico hasta quedarme con su lado peor. Porque, vamos a ver, ¿qué podía esperarse de aquel mísero cuerpo que ahora manipulaban en la mesa haciendo de él lo que querían, pues ya no era nada, y bastaban apenas cuatro dedos para darle vuelta y colocarlo en la postura que les venía bien para la intubación? El organismo quemó en la lucha con el cáncer las últimas reservas hasta convertirse en una pavesa; pero el desgaste venía de atrás: había pagado tanto por vivir que estaba totalmente arruinado. El ayudante llevó a cabo la última fase de la anestesia. El cuerpo reposaba desnudo, para que nuestros ojos comprobaran lo que queda de un hombre cuando llega al final de su andadura. Nos preguntábamos: ¿tanto esfuerzo para acabar en esto? ¿Y qué otra cosa hacíamos todos sino avanzar por ese camino en un día a día que nos va despojando hasta dejarnos en los huesos? Yo mismo había entrado en el último tramo, me costaba un triunfo sostenerme aquella mañana sobre mis piernas, y aún intentaba dar otro paso. Alguien nos empuja siempre por detrás, uno no puede detenerse y los que vemos desplomarse a nuestro lado suponen un motivo para darnos más prisa. «Ellos estaban peor, eran más viejos, tuvieron menos suerte», nos complace pensar. Yo, afortunadamente, espero conseguir alcanzar todavía ese punto lejano de luz del horizonte que me ha atraído siempre y desde donde podré ver al fin, quizás... Un gran estrépito llegó del exterior. En principio creí que eran disparos, pero pronto clasifiqué los estampidos entre los que producen los tubos de escape de las motocicletas. Cuando cesaron, un motor de automóvil siguió vibrando un rato a su placer. Ya no se respetaba la zona de silencio establecida en torno a la Casa. Indignado por el atropello, cambié una mirada de disgusto con tres, a tiempo de ver que uno salía de puntillas de la enfermería. Ahora cubrían el cuerpo con una serie de paños asépticos hasta hacerlo desaparecer de nuestra vista por arte de magia, a excepción de un brazo del ausente que colgaba de un borde de la mesa unido a un frasco de infusión por una larga goma, como evocado por el ilusionista para enlazar dos planos distintos de la realidad.


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El cirujano me buscó con los ojos; yo hice un somero gesto afirmativo y procedieron a doblar hacia fuera el paño que protegía el sector del abdomen que iba a ser abordado. Emergió entonces a sus anchas la giba del tumor en primer plano, con la luz cenital derramándose sobre ella, y al mostrarse aislada del resto del tronco cobraba una curiosa autonomía, sugiriendo formas corporales completamente nuevas, de una monstruosa plasticidad, que ensayaban proyectos que sorprendíamos en plena gestación. Gestación: esa era la palabra, gestación y parto, porque la masa incubada en el vientre pugnaba por salirse de él y asomar la cabeza al mundo de afuera, dispuesta a conquistarlo. La vimos revolverse, afianzar los pies sobre la base visceral donde había arraigado y buscar a ciegas una vía de escape, arañando con furia los planos cutáneos. El cirujano, muy perplejo, no acababa nunca de tomar en la mano el bisturí que su ayudante le ofrecía, al comprobar que la naturaleza ya se le adelantaba haciéndose su propia operación. —Me parece que esto va a resolverse por sí solo —dijo, y aflojó con un dedo la presión de la mascarilla, como con ganas de quitársela y abandonar el campo—. No cabe duda que estamos ante un tumor maligno. Estas granulaciones, las numerosas adherencias, la rápida invasividad... —hablaba para sí, con la mirada fija en lo que sus dedos comprobaban a través de la piel abdominal—. Pero el sesgo que toma es sorprendente, inesperado, y creo que debemos dejarle hacer. Entonces levantó la cabeza, miró hacia nosotros y se sobresaltó. Algo había a mis espaldas que le cortó la voz y me obligó a volverme, para encontrar la cara del Comandante a un palmo de la mía, aunque, naturalmente, siempre por encima, y ahora descompuesta por un gesto de rabia. ¿Cómo había entrado sin que lo advirtiéramos? Tan absortos estábamos ante lo que teníamos delante que se nos escapó el movimiento táctico desarrollado en nuestra retaguardia. Enlace, puede que a su pesar, entre los dos sectores, uno se apoyaba en el marco de la puerta incapaz de levantar la frente.


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Por la abertura, el ojo vigilante de un muchacho que parecía portar un arma nos lanzó su muda advertencia, y mi imaginación añadió los pasos de un piquete por el fondo de la galería hiriendo el mármol con sus botas. Pero al jefe del destacamento lo teníamos de cuerpo entero dentro, con su planta que hacía por contraste más pequeña la habitación. El uniforme de campaña, la postura llena de desafío —las manos a la espalda y piernas muy abiertas— imponían por la brava una autoridad que automáticamente vomitó una orden: —¡Cumpla su cometido y acabemos! No sé si el cirujano, en su larga práctica profesional, había tenido que actuar alguna vez conminado de tan grosera forma, pero obedeció también de manera automática. El bisturí trazó una elipse a todo lo largo de la base del recrecido montículo carnoso y procedió enseguida a levantar el colgajo de piel, que fue fijado en sus bordes vueltos con unos cuantos separadores. El tumor quedó al descubierto, apenas velado por una transparente lámina peritoneal. Vimos que la masa tensa y pulsátil estaba unida al hígado por un pedúnculo que se ahilaba cerca de su inserción y del que la víscera se despegaba tan limpia y rapidísimamente que bastó una mínima ayuda del casi innecesario bisturí para hacer rodar la gran bola de carne hasta el borde de la mesa, donde el ayudante la recogió al vuelo. El cirujano tomó en sus manos aquel trofeo, que era una verdadera bomba odorífera, y quiso que lo viésemos de cerca. —¡Admirable! ¡Admirable! —ponderaba con sincero entusiasmo—. Un espléndido ejemplo de cómo el organismo experimentado sabe librarse de sus agresores. ¡Ni siquiera este cáncer ha podido con él! —¡Esto es intolerable! —barbotó el Comandante mientras salía airado de la enfermería, y no supimos si rechazaba las consideraciones del cirujano o la propia capacidad del cuerpo del Viejo para zafarse siempre de la muerte. Temblé ante la posibilidad de que él ahora decidiera oponerse a aquella maravillosa voluntad vital, y creo que los demás también sentían un vago temor pues se cruzaban miradas inquietas,


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cuando oímos acercarse unos pasos a la carrera. Era el muchacho armado, que entró como una tromba. «Aquí tenemos al ejecutor de la sentencia, el que viene a dar el tiro de gracia», pensé inmediatamente. Pero la sorpresa me impedía reaccionar y su actuación fue tan rápida que ninguno de nosotros se movió. Contra lo esperado, no usó su pistola; lo que hizo fue apoderarse de la batea donde había ido a parar la pieza quirúrgica y escapar con ella, aprovechando nuestro estupor. Quise oponerme demasiado tarde y salí a la rotonda. —¡Eh! —le grité—. ¡Eso nos pertenece! No acerté a decir más. La misma deslumbrante evidencia de que en aquella masa había volcado el organismo todas sus defensas específicas, dándonos hecho el triunfo sobre el cáncer que la humanidad estaba esperando, me dejó sin palabras. Desde lejos volvió la cabeza e hizo por reírse. —¿Para qué quieren esta porquería? ¿Es que van a comérsela? Sus compañeros aguardaban ante un pequeño hoyo excavado en un ángulo del jardín y, al momento, rociada la pieza con un líquido inflamable se consumió en una llamarada. Quedé abrumado por la conciencia de mi responsabilidad ante una pérdida de la que alguien me pediría seguramente cuentas, cuando todo se normalizase y la organización que nos controlaba con tanto rigor reconstruyera los últimos hechos. De nada valió que me dijese que tal tesoro inmunológico no era asequible a nuestros limitados medios. Esa investigación no me concernía; mi obligación consistía en conservarlo en las mejores condiciones posibles hasta poder hacerlo llegar a sus laboratorios y propiciar así que el mundo de la ciencia se lo repartiera para desentrañar tan inmensa riqueza. En cuanto las fronteras volvieran a abrirse vendrían a buscar entre la tierra del jardín sus últimos vestigios, y estas desesperadas tentativas irían acompañadas de reproches hacia quien permitió la destrucción de aquella muestra orgánica irrepetible. Sentí deseos de huir muy lejos. Iba a hacerlo bien pronto, obligado por circunstancias adversas mucho más apremiantes que se precipitaron sobre nosotros.


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Habían transcurrido dos días desde la operación, y el sentenciado renovaba su derecho adquirido a la vida mostrándose de buen talante y abierto a los contactos, a pesar del natural debilitamiento que combatían a su modo tenaz y persistente las infusiones gota a gota, cuando se nos comunicó que en el plazo de setenta y dos horas debíamos desalojar la Casa. La orden escrita llegó con los sellos y firmas de rigor, y no admitía objeciones. La autoridad hizo valer sus fueros y uno, encargado de una última gestión, regresó de vacío. Al parecer, nos dijo, las milicias instalaban aquí el puesto de mando (el relevo de las generaciones: el Niño contra el Viejo). —La situación no tiene futuro. El gobierno central podría aplastar la revolución en pocas horas, pero evita emplear medios violentos que no serían bien vistos por las otras naciones, y prefiere enfocarlo como un conflicto local que se resolverá con el simple aislamiento. Ellos no muestran prisa; nuestro caso, en cambio, urge y, por lo pronto, hay que irse de aquí, aunque no tardaremos en poder regresar. Irse, sí, pero ¿adónde? Había que sacar de la ciudad al convaleciente y llevarlo a un lugar seguro, bien acondicionado y que estuviera cerca para evitarle molestias de traslado, aunque, por otra parte, debíamos alejarnos suficientemente del área de una eventual contingencia bélica. En la comarca, fuera de los de su capital, no existía ningún centro sanitario al que acogernos, y desconocíamos además hasta dónde alcanzaba la revuelta. Aquel primer día fue el del desconcierto. Al cerrar la noche llegó el bombardero, lento y pesado, dueño absoluto del espacio. Volaba muy bajo, para lanzarnos sobre la cabeza el ultimátum sin palabras que difundían sus potentes motores. «No pueden tolerarse las banderías en un país ya unificado, que cuenta con el necesario fuerte poder ejecutivo y las instituciones representativas de la voluntad nacional en cuyo nombre estoy aquí». Cualquier hombre consciente pudo entender este mensaje implícito en el trepidar sordo que nos caía encima, y para los obtusos, como colofón de su ronco discurso, después de muchas vueltas, de alejarse y volver, soltó una bomba


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a cierta distancia de la zona habitada antes de tomar rumbo hacia la base de la que procedía. —El télex del Pabellón —se me ocurrió cuando íbamos a retirarnos, cansados de dar también mil vueltas, en nuestro caso inútiles, sobre el camino que debíamos seguir. Junto con la llave de la puerta trasera de aquel reducto protegido, el prodigioso huevo blanco que disponía de una línea directa de contacto con la Organización Europea de Salud, di instrucciones a uno sobre el breve texto a remitirles. Ellos podrían orientar nuestros pasos y prestarnos alguna cobertura. tres mostró de pronto gran animación («van a solucionarlo, estoy seguro») quizás impresionado por el nombre de la lejana sede, que supuse oía completo por primera vez. Pero la expedición nocturna resultó infructuosa: la línea de enlace estaba cortada. Toda iniciativa dependía de nosotros. Desalentados, dejamos para el día siguiente cualquier decisión. Tardé en dormirme. La estrecha y eventual cama de campaña se me antojaba el lecho más apetecible, ante la perspectiva de situaciones peores. Había descendido paulatinamente en aquella escala desde que tuve que dejar mi fortín universitario y cada vez me cubrían techos más livianos, hasta ver acercarse, a medida que me derrumbaba también físicamente, la posibilidad de la intemperie. Pero mi estado no contaba, yo no contaba ya por haberme quedado sin futuro, convertido en piedra improductiva, estrella muerta. La ambición que mantuvo mi impulso durante tantos años de trabajo, el estudio continuo, el sostenido esfuerzo no rindieron lo que prometían. Todos mis supuestos habían fallado: era el momento de reconocerlo y ponerse al margen. Mi obra quedaba como un simple paso en la carrera hacia la gran conquista que alguna vez alguien conseguiría, y mi nombre iba a ser uno más en la letra pequeña de una lista sin fin. En realidad, cuando buscamos la consagración personal a través de un descubrimiento decisivo estamos siendo manejados como piezas de un proyecto vastísimo por un designio superior que es el que hace avanzar la lenta rueda del progreso científico. Ahora lo veía desde arriba, como aquel que, situado en la cima de un alto picacho para


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ganar el cual gastó sus energías y sabe que allí perecerá en cuanto se eche encima la noche, contempla alrededor, desde el suelo donde se ha tendido y a favor de las últimas luces de la tarde, el significativo despliegue de la cordillera. Lo que importaba en el momento actual era poner a salvo a nuestro Viejo, pues mientras su cuerpo se mantuviera vivo (y si lo estuvo durante algunos siglos podía esperarse que, llegado a ello, un final prolongado cerrara la existencia consumiendo sin prisas suficientes decenios) sería aprovechable para mentes más lúcidas, que la Organización seguiría renovando a su cabecera según la práctica que estrenaron sin éxito conmigo. Y tras determinar acompañarle a donde fuera mientras pudiese sostenerme en pie conseguí dormirme. Levantarse fue más dificultoso, y el hecho de vestirme supuso una desconcertante lucha con las prendas desde la resistencia que opuso la camisa: la vi colgada donde la dejé y enseguida en mis manos, pero sin saber qué hacer con ella para ponérmela como cualquier mañana, al fallar esos actos mecánicos que uno ejecuta sin pensar gracias a la función autónoma de ciertas estructuras nerviosas. Al fin pasé a la biblioteca, y en cuanto hube encontrado un poco de estabilidad en un sillón alguien me hizo saber que la monja, conociendo nuestros titubeos, quería hablar conmigo. Fuera de mi costumbre la recibí allí mismo, mientras, habitualmente, era a la misma puerta del cuarto del Viejo donde me daba su rutinario parte que yo ni escuchaba. No consintió en sentarse, y de pie ante mí comenzó a hablar con un hilo de voz, el suficiente para hacerse oír en el silencio de la biblioteca. Yo atendía atentamente por el tono especial que ella empleaba, muy distinto al de otras ocasiones, mucho más personal y, a la vez, doblado de respeto, aunque con cierto matiz compasivo. Contenido el pelo en un lienzo blanco bien ceñido al cráneo y sin alas que enmarcasen éste parecía otra mujer, a quien se hubiera despertado a deshora por la urgencia de una situación, y eso me obligaba a levantar la vista para relacionar la voz con la presencia, hasta que la cabeza pesó tanto que tuve que dejarla reposar en la


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mano con los ojos cerrados. Entonces ella se agachó casi hasta el suelo para seguir hablando en la forma de una confidencia, igual que haría en las confesiones de su vida anterior, incluso ya en la juventud, antes de someterse a una regla que apartaba de un mundo que no le complacía. Me vino a la memoria una impresión lejana, la incursión en la catedral de la capital de provincia donde había llevado un examen final de curso al muchacho curioso que yo era, y en cuyas naves frescas penetré con paso leve y raudo cierta agobiante tarde de verano, hasta llegar a descubrir al resguardo del altar mayor, en la girola tenebrosa, un confuso bulto femenino arrodillado ante la celosía de una garita de madera donde otra voz velada, pero más grave que la suya, hacía de cuando en cuando alguna observación al doliente susurro. —Bien sabe usted que es el sufrimiento lo que nos hermana a los humanos, y no las prácticas de la religión o de cualquier quehacer profesional —pude escuchar cuando volví al presente—. Yo encontré la verdadera vocación en plena crisis de una enfermedad, entre los ancianos de un pequeño asilo. Esperé, interesado, que se explicase más y no tardó en hacerlo: —Fue a poco de tomar los hábitos, cuando comenzaba a sentir el rigor del convento y tuve que guardar reposo al extremarse los ayunos. Diagnosticada una lesión pulmonar, la superiora me envió a pasar una temporada en el cielo. La comunidad que me acogió se había asentado unos años antes cerca de las costas del norte, en la cumbre de un montecito, entre árboles gigantescos plantados por un ermitaño dos siglos atrás, como si quisiera marcarnos el sitio. El poder sugestivo de aquella evocación a media voz me hizo ver el lugar antes de que siguiera: —Esos fueron los meses más dulces de mi vida, y hasta la fiebre por las tardes venía a apurar el gusto de una existencia corta, en la que cada noche acercaba a la tumba y cada amanecer era un renacimiento. Todo me complacía en el lugar: la construcción sencilla, a medio terminar, sin lobreguez alguna y abierta al campo, en la que penetraba por las ventanas libres de celosías un aire


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purísimo que traía, a veces, el soplo del mar. Las hermanas tenían a su cargo, por mandato de la fundadora, el cuidado de un grupo de ancianos abandonados por sus familiares, seres puros cuya hosquedad escondía el deseo de cariño. En la comarca, me contaban, no eran raros los hombres centenarios, de la edad de los árboles. Quién sabe si quedará rastro de unos y otros después del paso de la guerra. Pero el convento se mantiene; yo crucé algunas cartas con la Madre, y supe de ella hasta no hace mucho, por lo que tiene que seguir allí, y nos ofrecería el mejor refugio. La posiblidad me animó tanto que, de un impulso, dejé el asiento y medí por dos veces la longitud de la habitación. Ya más sereno tuve que plantear alguna pregunta: ¿cómo llegar allá? Una cuestión difícil, que hizo dudar a la mujer hasta que recordó un par de poblaciones situadas de camino, aunque a partir de la última de ellas —un nombre que sonaba— sólo acertó a dibujar con la mano un sistema de curvas correspondiente a las sendas rurales. Bueno, había también una estación de ferrocarril de la red secundaria en la que tomó el tren de regreso; apenas poco más que un cobertizo, pero a esa referencia dirigió sus cartas. El pequeño coche del cartero, tirado por un viejo caballo, enlazaba la estación con el convento. —No era mal hombre, a pesar de su terrible ceño. Todavía recuerdo la historia familiar que me contó aquella mañana durante el trayecto. ¡Qué dura resulta la pobreza cuando no se sabe interpretarla como un don! Eso, pienso yo, le hacía blasfemar al atascarse el tiro en el barro. En tantos años no supo aprender nada de la sobriedad del caballo. Cuando ella salió la oí hablar con uno en la enfermería, y pronto asomó él para conocer mi decisión. Un simple movimiento de la cabeza bastó para confirmar nuestra partida, y minutos después, al abandonar la biblioteca, le vi junto al chófer con un mapa en las manos y así, de pie los dos, pues el tiempo apremiaba, trazaba por encima del papel un impreciso itinerario hacia un punto sin nombre situado «lejos, en el norte, ya cerca del mar», mientras el otro asentía poco convencido y sin mirar


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siquiera el mapa de carreteras desplegado por el médico, que hablaba, como siempre, muy seguro de sí. Antes del mediodía llegó una ambulancia facilitada por el cirujano para salir de la ciudad. El conductor quiso ayudar a trasladar al Viejo, el cual, tendido en la camilla, una vez que pudo asegurarse de que la monja y yo le acompañábamos optó por cerrar los ojos y dejarse llevar. uno ocupó el asiento delantero a fin de facilitar el paso de controles. —Hasta pronto —dije a tres en un alarde de optimismo: la inhalación de aire fresco tiene esos efectos estimulantes en los organismos agotados. El chico, en cambio, se mostraba nervioso, desarmado por su juventud para el papel que le correspondía de rendir la plaza y entregar las llaves, y al contestarme su voz se quebró. Cuando me volví a mirar la Casa que dejábamos no distinguí otra cosa que las copas de los árboles, y di por ultimado algo más que un período de mi vida. La ciudad ofrecía un desolado aspecto. Nada se movía en la ancha avenida, a no ser esos falsos pájaros que moviliza el viento que sopla en secas ráfagas al final del invierno y van desde un papel, octavillas perdidas, la hoja suelta de un diario de vigencia muy corta en los trances convulsos y que ahora era una cometa, hasta carteles desgarrados que rozaban la carrocería al elevar el vuelo, y así cruzó ante nuestra vista aquella cara de un muchacho rubio estampada en un roto cartelón que se asomó por un segundo a lanzarnos su mirada fanática desde el cristal del parabrisas y gritar la consigna que manchaba la ilustración. ¿Dónde estaban las agresivas patrullas de jóvenes de las que alguien me habló? El juego de la guerra, agriada ya la euforia de los primeros días, derivaba hacia el abatimiento, la resaca de la borrachera. Un control y un mozalbete armado, con más sueño que voluntad de vigilancia. El vehículo apenas se detuvo y, casi sin transición, entramos en un suburbio gris en el que abundaban los espacios baldíos. Ni una figura humana se dejó ver por las callejas que


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afluían a la carretera y las ventanas permanecían cerradas. Dos perros se apareaban con tristeza y prisas junto a un estercolero, como obligados a ello por alguna ordenanza, antes de irse cada cual por su lado. Un giro brusco nos mostró en primer término un edificio singular, cuyo chaflán cubierto de molduras sostenía en alto una cupulilla de pizarra, desentonando por sus pretensiones en aquel arrabal, en el que sólo le integraba la suciedad que lo cubría. Nuestra marcha había aminorado y tuve tiempo de contemplarlo bien y establecer comparaciones con la escenografía de mis pesadillas. En el mirador del primer piso, una polvorienta jaula metálica, se incorporó de pronto un busto de mujer con la cabeza cana y vacilante, quizás amodorrada hasta poco antes en su silla junto a los cristales, y con ojos ausentes registró nuestro paso para, inmediatamente, volver a cabecear. «Estás tú ahí...», pensé, como si la reconociese, y creí recordarla personaje de un sueño, vigía rezagada de un pueblo extinguido. Nos desviamos para alcanzar un parque a orillas de un río. En el paseo ribereño, entre los grandes troncos decapitados de manera implacable, un hombre solitario, otro superviviente, daba de comer a las palomas; éste, desentendido de cualquier novedad, no se volvió a mirar a la ambulancia que frenó a pocos metros, para estacionarse cerca de la furgoneta que estaba esperándonos. El chófer, con aire preocupado y sin ganas de hablar, abrió enseguida las puertas del vehículo. El Viejo tuvo que ceder la camilla para amoldarse a un estrecho asiento al lado de la monja, y yo pasé adelante tras despedirme de uno que regresaba a la ciudad y se mantuvo junto a la barandilla del paseo mientras la furgoneta se ponía en marcha. Ya íbamos lejos y él seguía sin moverse, mientras la ambulancia le aguardaba respetando su sentido de servicio a un puesto. A estas piezas dispersas había quedado reducido lo que fue un equipo asistencial. Salimos al campo. Las praderas, algunas tierras de cultivo y, al fondo, las colinas boscosas se sucedían armoniosamente y, con esa visión, el ánimo se tranquilizaba. Allí estaba la naturaleza, el hermoso escenario desaprovechado siempre por los hombres,


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que se obstinan en montar en él irrepresentables dramones sociales, toscamente ideados y rematados de mala manera. El chófer creyó oportuno decir alguna cosa y farfulló un par de frases hechas. A nuestras espaldas, en el compartimento posterior, el de la carga, donde se acomodaron, el Viejo y la mujer cuchicheaban. Ellos se entendían bien. Noté que a él le excitaba el hecho del traslado, sin plantearse, no obstante, ni su motivación ni el destino final. Quiso abrir la ventanilla «para respirar el aire del campo», y al oírle me di cuenta de que nos faltaba algo y era su hedor particular. Librado el tumor parecía otro hombre, y también ella hoy se mostraba distinta, al superar su identidad oscilante entre la religiosa y la enfermera, y vestir unas modestas ropas femeninas un tanto anacrónicas, como pedidas de prestado a la moza sencilla que fue un día. En una ocasión en que el Viejo pidió de beber, la presteza con que le sirvió mostraba a la aguadora que llega a los campos donde sabe que los segadores la están esperando. Y había otros cambios que yo no podía ver a no ser en la mirada de ella que, desde atrás, no dejaba un momento de observarme por el retrovisor y, cuando me volvía, escrutaba mi rostro con tanta discreción como ansiedad, hasta parecer más preocupada por mí que por el paciente que tenía a su cargo. —¿Por qué no trata usted de descansar? —se decidió por fin a decirme. Acabábamos de dejar atrás, a una cierta distancia de la carretera secundaria que, por razones de seguridad, seguíamos, una población grande tendida sobre un cerro, cuyo nombre no coincidía con ninguno de los esperados. La incertidumbre comenzó a pesar en nuestro silencio. Cerré lo ojos para evadirme de las evidencias y, al volver a abrirlos minutos después, ya sólo vi ante mí, en la llanura interminable, el cielo. No se descubría más alrededor, sobre la superficie rasa del planeta por la que andábamos perdidos, que el resplandor solar y la extensión azul del día despejado de nubes por el viento. Lucía ese sol de invierno que atrae a los viejos, una llamarada fría y lejana, mientras la cortina que llamamos cielo («cielo», «celestial»..., vocablos procedentes de siglos remotos y de alucinados por las


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falsas visiones registradas por la retina humana) casi podía tocarse con la mano. Yo sabía bien de qué modo contribuye la atmósfera a crear espacios ilusorios, pero ello no atenuaba la emoción del instante. Algo indefinible, alentado por mi debilidad, llamaba desde allí, desde lo azul, e inducía a rechazar que en nuestro paso por la tierra sólo nos muevan espejismos. Más que el cansancio, la tristeza acabó venciéndome. Al principio mantenía los párpados entreabiertos, como el soldado soñoliento que quiere sostener su turno de guardia, y la claridad me bañaba por dentro, vaciando mi cerebro de cualquier ideación. Exploré lo senderos interiores sin perder contacto con el transcurso de la tarde, hasta llegar a inviscerarla, y cuando vi aletear algo a mediana altura supuse era el sueño que venía hacia mí. El chófer señalaba con la mano: «Una gaviota». Pero, por entonces, yo estaba más atento al desplazamiento de mi cuerpo que resbalaba lentamente al suelo, sin acabar nunca de asentarse en él. Luego caí de golpe a una sima profunda y dejé de sentir. Tuvieron que pasar unas cuantas horas. El planeta rodaba con los ojos igualmente cerrados, fiando su suerte a leyes que le aseguraban el cotidiano encuentro con el sol de quien dependía su supervivencia. ¿Y si se produjese una desviación en esa trayectoria? Yo, al menos, me sentía derivar y unos brazos más fuertes que los míos vencían mi resistencia a apartarme de la órbita obligada. Pero nunca se pierde del todo la esperanza y, aún alejado de ella, náufrago en el espacio, confiaba en un último roce, por tangencial que fuera, con la estela de luz de aquel faro errático. Un salto del vehículo, cuyo eje crujió a punto de quebrarse, aclaró la conciencia y comprobé que me habían instalado atrás, a los pies de la monja, con la cabeza apoyada en sus piernas y cubierto a medias por una manta, mientras el Viejo, tendido en el asiento, encajaba su nuca de niño en el regazo casi maternal que ella le ofrecía. Unidos de esa forma, las sacudidas sobre el mal camino se transmitían en circuito cerrado por nuestros tres cuerpos. Es el final, me dije, he tocado fondo y agoto ya mis últimas horas. Y al alzar la mirada hacia el exterior vi acercarse la noche


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apurando la fugacidad de las vidas humanas. Se extendían por el firmamento algunas franjas rojas que pintaban costas de coral en mares irreales, pero la oscuridad comenzaba a apagar el fuego y reducirlo a gris ceniza. Yo miraba todo desde lejos, como el que abandona en un tren rapidísimo su lugar de origen y trata inútilmente de llevarse consigo algo de lo que ya no ha de volver a ver. Entonces, gracias a aquel esfuerzo de aprehensión, el campo abierto, los árboles, las nubes residuales (sobre todo los árboles; sí, ellos especialmente) entreabrieron a unos ojos que se iban vidriando lo mucho que nos velan cuando creemos ver. Yo contemplaba al paso, entendía por fin, y luego, impresionado, dejaba los párpados caer por su peso (y pesaban mucho, cerrándose solos). En mi interior, de alguna forma, los elementos naturales resurgían enseguida, y un árbol elevó en la mente su espléndida planta. Las ramas, muy arriba, se movían en el aire; puede que fuesen brazos e indicaran algo. Sí, me decían: «ven». ¿Qué era aquel árbol? Sin duda un ideal, la concreción de mi sueño científico de conseguir lo inalcanzable: en cierto modo el árbol era yo. Y ser un árbol es cosa tan insólita y a la vez reconforta de una manera tal que, ya tranquilo, casi feliz, me dejé dormir. Alguien me sacudía por los hombros. Sus palabras llegaban muy confusas, mientras yo delegaba en otro el atenderlas. —¡Profesor, tenemos que bajarnos! Por lo que pude comprender, se había producido un pinchazo que nos obligaba a salir del vehículo para que el chófer cambiara el neumático. Bajarse... ¡No me pedían nada! ¿Quién movilizaba el plomo del cuerpo? El chófer, demasiado expeditivo, cargó en principio con el Viejo y luego quiso hacer lo mismo conmigo. Apremiado por él, urgido como niño remolón, tuve que ponerme de rodillas y ejecutar un complicado giro sobre un codo hasta trepar hacia el asiento. Entonces me apercibí de mis ropas mojadas. La débil luz interior de la furgoneta bastó para descubrirle a la monja el pequeño charco que dejé en el suelo. —¡Dios mío! —la oí exclamar. «¿A quién invoca ésta?», me pregunté, mientras adelantaba un pie al exterior (me lo pregunté a mí, puesto que no podía hacerlo


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a nadie más por haber perdido la palabra). El nombre despertaba pensamientos y recuerdos dormidos, igual que cuando aluden a alguien hace ya tiempo muerto y cuya huella casi se ha borrado de nuestra memoria. Pero Él estaba allí, en la oscuridad, llenando todo con su sola presencia, y ahora llegaba con mayor nitidez, viniendo de lo lejos, el poderoso rumor de su respiración. Di unos pasos ciegos para acercarme más, hasta que me alcanzó el vaho salobre. «¡El mar! ¡Lo tenemos muy cerca! Eso significa que hemos llegado...». Y creí comprender: el mar era su representación, una de las múltiples figuras adoptadas ante los torpes ojos de los hombres. El chófer encendió una linterna para realizar mejor su trabajo y ya no pude ver más que lo perceptible, como la espesa hierba que cubría el suelo creciendo en el círculo de luz. Estábamos parados en el claro de un bosque, entre altísimos pinos, al borde de una estrecha pista por donde quien llevaba el volante se había adentrado fiando en su instinto más que en una inexistente señalización. En tales situaciones, ¿de qué signos valerse? Arriba, las estrellas iluminaban el cielo nocturno. ¿Ardían inútilmente, lo mismo que se queman nuestras vidas, o jalonaban un camino? El apunte incesante del oleaje trazaba alrededor los límites del mundo, amortiguando cualquier otro sonido, como el dudoso tañido de campana que la monja se obstinaba en oír y le hacía mantenerse alerta, inmovilizada en estatua de sal a unos metros del Viejo, desplomado en el suelo con los brazos en cruz y la cara hundida entre la hierba. Me agaché junto a él hasta sentir la frialdad de la tierra, cercana tumba, en la yema de los dedos, y giró entonces la cabeza para mirarme y sonreír. ¡Sorprendente expresión, avivada por la rasante luz de la linterna! Era, ¿cómo diré?, más que dichosa, beatífica, propia de quien acaba de encontrar lo que, por serle indispensable, ha deseado siempre. Luego volvió a aplicar con avidez la boca a la tierra, de la que su cuerpo parecía extraer una inagotable savia nutricia.


Esta ediciรณn de Las estrellas muertas se imprimiรณ el mes de marzo de 2016 y consta de 34 ejemplares


Eugenio Torrecilla Las estrellas muertas

io n e g u E la l i c e r r To

s a l l e r t Las es tas muer

luna de

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Eugenio Torrecilla. Las estrellas muertas  

https://lektu.com/l/luna-de-abajo/las-estrellas-muertas/62 Las estrellas muertas, el libro que aparece ahora a los cuatro años de fallecimie...

Eugenio Torrecilla. Las estrellas muertas  

https://lektu.com/l/luna-de-abajo/las-estrellas-muertas/62 Las estrellas muertas, el libro que aparece ahora a los cuatro años de fallecimie...

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