Issuu on Google+

El Gran Capitán y los Tercios de España ©

Dr. Luis Valero de Bernabé y Martín de Eugenio, Marqués de Casa Real Director del Colegio Heráldico de España y de las Indias

1


Hace ahora quinientos años que falleció en Loja (Granada), Don Gonzalo Fernández de Córdoba a quien sus coetáneos denominaron “El Gran Capitán”. Con esta conferencia deseo honrar su figura, mostrándoles algunos aspectos de su vida, tras lo que detenerme a esbozar sus grandes ideas militares que cambiaron la concepción de la guerra y convirtieron a España en la potencia hegemónica de Europa e invencible durante los dos siglos siguientes.


Su padre falleció prematuramente en 1.555, dejando viuda a Doña Elvira con tres hijos de corta edad. El mayor Don Alonso de Aguilar, de apenas ocho años y heredero del señorío paterno de Aguilar y Priego, como mayorazgo que era, llegando a merecer el apelativo ”El Grande”, por sus acciones en la guerra de Granada en la que fallecería. Mientras que el menor Don Gonzalo Fernández, de cuatro años, no heredaría otra cosa que el buen nombre de su padre y la sangre generosa de éste como hijodalgo que era. Su madre tras enviudar tuvo que hacerse cargo de la administración de la Casa de Aguilar y el hogar familiar en estas condiciones no parecía el más adecuado para la educación de sus hijos varones, por lo que éstos en cuanto alcanzaron la edad de diez años comenzaron su educación de futuros caballeros enviándolos a Córdoba, en donde estaba la casa de su hermana Doña Leonor, casada con Don Pedro Martínez de Carcamo, Señor del Castillo de Aguilarejo. Éste era un ilustre caballero que siguiendo las modas del Renacimiento se había dedicado al estudio de los clásicos y en su hogar reunía una biblioteca importante ya para la época.


Según sus cronistas, su ayo le enseño tanto las ciencias del espíritu que debía conocer un futuro sacerdote como las de la caballería, a fin que el muchacho pudiera decantarse por ingresar en religión o escoger el servicio de armas. Ya que estas eran las dos únicas salidas que en aquellos tiempos se habrían a un segundón de buena familia. Gonzalo prefirió claramente estas últimas, destacándose en equitación y esgrima. Aunque sin descuidar el estudio de la historia, el derecho, urbanidad….etc, todo lo que debía conocer un buen caballero. Le inspiró desde la infancia la generosidad, la grandeza de ánimo, el amor a la gloria y esa elegancia espiritual y física que según sus cronistas cautivaba a quien le trataba. En su biblioteca leería a Raimundo Lulio: Libro del Orden de Caballería, El Victorial de Gutiérre Diez de Gamez y el Doctrinal de los Caballeros, escrito en 1445 por Alonso de Cartagena. Profundizó en el arte de la guerra, a partir se sus lecturas sobre el Anábasis de Jenofonte, la Vida de Alejandro de… y las Guerras de Anibal. Cuando regresó a casa al cumplir los 13 años, una vez terminada su formación, el niño se había convertido en un perfecto caballero, por lo que sus paisanos le conocieron como “el de Córdoba” ciudad a la que debía su formación. Su hermano se había hecho cargo del patrimonio familiar por lo que decidió enviarlo a la Corte y le proveyó de las rentas necesarias para que pudiera vivir y vestir acorde a su condición familiar


La serie televisiva sobre la Reina Isabel, bastante bien documentada, tanto en lo que se refiere a los personajes históricos como a su forma de actuar. Pero en lo que se refiere a la persona de Gonzalo Fernández de Córdoba yerra totalmente en la presentación que hace de él. Lo presentan como un guerrero algo tosco y desaliñado, de una cierta edad, al que ponen al servicio del joven príncipe Alfonso. Llegado a la Corte en busca de fortuna pero desconociendo las costumbres de ésta, por lo que en los primeros momentos su ignorancia le hace cometer algunos errores que causaran la desconfianza de Isabel, aunque más adelante lograría recuperarla. Nada más lejos de la realidad, Gonzalo era entonces un adolescente de apenas catorce años, la misma edad del Príncipe. Pertenecía a una de las más ilustres familias del reino, entroncada con el linaje real de los Trastámara. Había recibido una esmerada educación y vestía siempre con una gran elegancia. Según sus cronistas: Era un hombre de amplia cultura, hablaba varios idiomas. Leía y se expresaba con toda corrección. De una elegancia innata, vestía lujosamente, incluso en las batallas. Al mismo tiempo modesto y de porte altivo. Magnífico jinete, gustaba de briosos caballos. De rasgos agradables y un gran magnetismo en la mirada. Gonzalo vivía como un príncipe, vestía las mejores ropas y tenía los mejores caballos. Su afabilidad y cortesía le hacían brillar en la Corte.


Gonzalo formaría parte del grupo de jóvenes nobles que acompañaban el príncipe Alfonso de Trastámara, de su misma edad. Por lo que estaría presente en la Farsa de Ávila en la que resultó destronado Enrique IV y proclamado su hermano Alfonso como nuevo rey (XII), aunque no llegaría a reinar por resultar envenenado en el año 1468 por el Marqués de Villena.

Tras la prematura muerte del príncipe, Gonzalo entró al servicio de su hermana la princesa Isabel, heredera de los derechos al trono. quien le tomó un afecto que duraría toda su vida. Gonzalo estaría presente en el pacto de Toros de Guisando de 1468 en el que el Rey Enrique IV reconoció a Isabel la Católica como heredera en el trono de Castilla. También en la boda de los príncipes Isabel de Castilla y Fernando de Aragón llevada a cabo en Valladolid en 1469.


Desde el primer momento surgió una cierta competición entre Don Fernando y Don Gonzalo. Los dos eran primos carnales, con edades muy parecidas, y ambos jóvenes pretendían destacar en los ejercicios de equitación y esgrima de cañas a fin de lograr el favor de la princesa Isabel. Esta emulación juvenil con la edad se convirtió en un cierto recelo que en adelante el rey le tendría y que en el futuro complicaría sus relaciones.


En 1473 su hermano, harto de soportar sus cuantiosos gastos de mantenimiento, le hace regresar ´de la Corte y le concede la Alcaldía de Santaella, en plena campiña cordobesa dentro de las tierras del señorío de Aguilar. Al año siguiente, con 21 años de edad, se concierta su matrimonio con su prima Doña Isabel de Montemayor.

Al regresar los desposados, con todos sus bagajes, son sorprendidos en el camino por las tropas del Conde de Cabra, igualmente primo suyo pero enemistado con su hermano Don Alonso, conduciéndoles a prisión en el castillo de Baena. En ella fallecería su esposa, permaneciendo cuatro años en prisión hasta que en 1478 Doña Isabel, ya reina, impone una concordia para acabar con el litigio entre las Casas de Aguilar y de Córdoba. Tras lo que ordena su puesta en libertad y le llamó a la Corte para que les sirviera en la Guerra contra Portugal, iniciada tres años atrás. Gonzalo es investido caballero del hábito de Santiago y como tal ingresa en la hueste del Maestre Santiago de Cárdenas. Al frente de 120 lanzas de la mesnada de su hermano con los que luchó en la Batalla de la Albuera (1479), en la que definitivamente fueron derrotados los partidarios de la Beltraneja, siendo felicitado por el Maestre de Santiago, por su arrojo y dotes de mando.


Una vez lograda la paz regresará con su hermano pues la frontera con el moro de Granada cada vez está más inquieta y las posesiones de los Aguilar en Priego estaban muy cerca de ella. Afianzados en su trono los Reyes reclamaron al reino granadino los tributos, que desde Fernando III venía pagando y que durante los últimos años habían omitido por la debilidad de Castilla. Muley Hassan, el rey moro contesto con la conocida frase que “en las forjas de la capital ya no se labraba ni oro ni plata, sino lanzas y alfanjes para luchar contra los cristianos”, a continuación rompió la tregua existe saqueando Zahara.

De inmediato el fuerte castillo de Priego se convirtió en una pieza estratégica, base de las escaramuzas en las que desde el primer instante se distinguió Gonzalo, al frente de su mesnada. Se trataba de un tipo de guerra de ataques sorpresivos y contraataques, en un terreno muy montañoso y propicio a las emboscadas, cuya experiencia le sería de gran utilidad años más tarde en las guerras de Nápoles


En la guerra contra el reino moro de Ganada, Gonzalo participó en la toma de Loja en 1486 llegando con sus hombres hasta la fortaleza en donde se refugiaba Boabdil, hijo y heredero del sultán nazarí al que se encuentra enfrentado. Al proponérsele la rendición, el moro dijo que solo parlamentaría con Gonzalo, cuya caballerosidad conoce bien, y quien además dominaba el árabe, lengua que había estudiado en su juventud. Éste le convence que se rinda y se confíe a la magnanimidad de los Reyes. Lo que demuestra el gran prestigio que Gonzalo había alcanzado ya en dicha época, incluso se había ganado el respeto de sus propios enemigos. Boabdil se rinde, siendo tratado regiamente por Gonzalo, y es libertado por los Reyes. En el asalto a la plaza de Montefrío en 1486 volvió a destacarse Gonzalo. Los defensores habían rechazado varios intentos de asalto previos, así que Gonzalo se puso al frente de sus soldados y se lanzó al asalto de la muralla, siendo el primero en escalarla matando a los defensores que se presentaron a rechazar el asalto.

El Rey Fernando decide atacar Illora, importante posición estratégica. Ordena la operación a Gonzalo y éste hace disparar la artillería que abre brechas en las murallas y logra su rendición. Fue un gran triunfo de Gonzalo por el que fue felicitado calurosamente por los Reyes. Gonzalo fue nombrado Alcaide de Illora y desde esta base de operaciones comenzaría a hostigar los alrededores de Granada, e impidiendo en todo lo posible la llegada de suministros a la ciudad.


En 1487 Gonzalo entra en el Albaicín llamado por Boabdil que trata de recuperar la Alhambra en poder de su tío el Zagal. Gonzalo con sus hombres le ayuda a recuperar la ciudad de Granada y proclamarse rey, con la obligación de ceder ésta a los Reyes de Castilla. Su actuación militar fue decisiva en la toma de Baza y en la rendición de El Zagal, huyó a Africa dejando Granada para Boabdil. Al que los Reyes reclaman les entregue la ciudad como había prometido. Ante su negativa proceden a sitiarla consu ejército


En 1492 Gonzalo intervino directamente en la rendición del rey Boabdil, tras ser designado por los Reyes para las negociaciones, al ser buen conocedor de la lengua árabe y admirado por el rey granadino. Las condiciones fueron suaves, tanto con Boabdil como con los granadinos. El 2 de enero de 1492 las tropas cristianas entraban en Granada y su Alhambra, terminaba así una Reconquista de casi ocho siglos. Por este hecho el papa Inocencio VIII les concedería el título de Reyes Católicos. Gonzalo, llevó las conversaciones con Boabdil para la rendición de Granada. En premio por sus servicios le fue concedido el Señorío de Orgiva.


La Guerra de Nápoles El reino de Nápoles había sido incorporado por Alfonso V a la Corona Aragonesa, tras recibirlo en herencia de su última reina quien creía que solo el aragonés podía defenderlo de la amenaza turca. Al carecer éste de hijos legítimos dejó la Corona Aragonesa a su hermano Juan II, padre del Rey Católico, pero su nuevo reino de Nápoles lo dejó a Ferrante, su hijo natural, quien gobernaría en constante enfrentamiento con los levantiscos barones angevinos o partidarios de Francia. En 1495 el recién coronado Carlos VIII de Francia, joven pero con grandes ansias de gloria, pretendió coronarse rey de Nápoles para desde allí arrebatar Constantinopla a los turcos y hacerse emperador. Pactó con el Rey Católico su no intervención, devolviéndole las plazas ocupadas en el Rosellón y la Cerdeña, pero se comprometió a respetar los derechos del Papa Alejandro VI, al que esperaba convencer le cediera la corona napolitana. Invadió Italia por el norte con un gran ejército y en Roma, ante las dilaciones del Pontífice, intentó apresarlo y este se refugió en el Castillo de Sant Angelo, mientras los franceses saqueaban la ciudad. Lo que dejó libre de intervenir al rey Católico.


Los franceses siguieron avanzando hasta llegar a Nápoles derrotando a su rey Ferrante, quien solicitó el apoyo de su tío el Rey Católico a cambio de seis fortalezas costeras que le permitían controlar así ambos lados de la costa. Fernando el Católico, estaba libre para intervenir, en ayuda de sus parientes napolitanos, a la vez que protegía su vecino Reino de Sicilia. Encargó a Gonzalo que reclutara hombres para marchar a Nápoles El depuesto rey Ferrante de Nápoles requirió ayuda a su primo el rey Fernando “el Católico”, ofreciéndole en cambio varias estratégicas fortalezas en el canal de Mesina.

I Batalla de Seminara 1495 Gonzalo ocupó la fortalezas cedidas y desde ellas inició una serie de escaramuzas y ataques sorpresas contra los franceses que ocupaban el reino. Este tipo de guerra desmoralizaba al enemigo, pero pareció insuficiente al destronado rey que deseaba una batalla definitiva en la que pudiera salva su honor y recuperar su reino. Desoyendo los consejos de Gonzalo así lo hizo y en Seminara, la presión de la caballería gala desbarató las filas napolitanas que buscaron la salvación en la huida, solo resistió el pequeño núcleo hispano que pudo retirarse ordenadamente a la fortaleza de Barletta.


Los franceses eran los dueños de gran parte de Italia, pues tenían ocupado Milán, Génova y Nápoles, por lo que el nuevo Papa Julia II organizó contra ellos la Liga Santa en 1503 aliándose con el rey Fernando “El católico”, el emperador Maximiliano II y Venecia, lo que hizo que el rey francés regresara a Francia, temiendo verse cercado. Pero dejó en Nápoles una potente artillería, caballería acorazada con 5.000 caballeros y 20.000 infantes, destacando los arqueros gascones y los piqueros suizos. Frente a los que Gonzalo solo podía contar con 500 caballeros y 1.800 infantes, ante la inoperatividad de las tropas napolitanas.


Tras lograda la paz con la expulsión de los franceses, antes de regresar a España. La Republica de Venecia le pidió ayuda para expulsar a los turcos que se habían apoderado de Corfú y Cefalonia así lo logró, derrotándolos, siendo honrado por ellos como Patricio de Venecia. El rey Católico, molesto por tantos honores que recibía su Capitán, le mandó regresar a España, pero antes


Meses más tarde falleció el impulsivo rey francés y su sucesor Luis XII, firmó el Tratado de Granada con Fernando El Católico, por el que se repartían el reino de Nápoles a fin de asegurar así la paz entre ambos soberanos. El rey Ferrante fue acusado de querer pactar con los turcos, destronado y su reino repartido. Aunque no quedaba clara la separación de ambas zonas, lo que generaría en desavenencias entre los aliados.

El Gran Capitán es enviado a Nápoles, con 600 caballos y 5.000 infantes, y el encargo de destronar a quien antes había entronizado y que le había premiado con tantas mercedes. Pronto comenzaron las desavenencias entre los aliados, pues los franceses consideraban que les habían tocado las partes más pobres e invadieron la zona que correspondía a Aragón. Éstas se convirtieron en enfrentamientos armados entre franceses y españoles.


El Gran Capitán, ante su inferioridad numérica, era consciente que para combatir a los franceses había que hacerlo con nuevas tácticas, a fin de no volver a incurrir en los errores que durante la guerra anterior habían conducido a la derrota de Seminara. No tenía que combatir cuando el enemigo quisiera, ni en el campo que este propusiera. Tenía que modernizar su ejército para vencer a la poderosa caballería y artillería francesas y a los piqueros suizos al servicio del rey de Francia. Los grandes cañones de la artillería francesa, eran muy útiles para asaltar fortalezas, pero poco prácticos ante un enemigo que se movía ágilmente. El tiempo de los arqueros había quedado obsoleto, siendo sustituidos por las nuevas armas de fuego: cañones ligeros y arcabuces. El poder de la caballería acorazada francesa, estaba limitado por el peso de las armaduras que impedía largas galopadas. Y aunque su empuje era irresistible, una vez frenada y roto el orden perdía gran efectividad y quedaba casi inmovilizada. Entonces se la podía combatir con caballería ligera que tomaba la iniciativa y envolvía sus filas.


Los piqueros suizos que servían como mercenarios en el ejército francés, tenían fama de invencibles por sus largas y fuertes picas que formaban un acerico imposible de traspasar. Pero Gonzalo en sus lecturas de joven en la biblioteca de Carcamo, había leído a Tácito sobre la batalla de Pidna, el año 168 aC., en que las legiones romanas derrotaron a la falange macedónica, armada de largas sarisas. Al aproximarse a corta distancia los romanos arrojaron su pilum contra las filas enemigas. Inmediatamente la legión se descompuso en múltiples filas de a uno, que se introdujeron entre los huecos que protegiéndose con su escudo, apartaban las sarisas, y con sus espadas masacraron a los piqueros macedonios que no podían hacer nada con las manos ocupadas en sostener la enorme lanza y el escudo

Luego, si tuviéramos infantes, armados solo con una espada y protegidos por un escudo o rodela con el que apartaran las picas y se introdujeran entre sus filas, hasta llegar al cuerpo a cuerpo.


Más de poco servía contar con el armamento más moderno y efectivo si el que lo empuñaba no estaba a su altura. La Edad Media había sido la época dorada de los Caballeros, mientras que la infantería se convertía en meros auxiliares cuando no en carnaza que solo servía para distraer a la caballería, mientras eran masacrados por ellos. De ahí que solían ser reclutados mediante levas forzosas mediante levas forzosas de campesinos y menestrales sin apenas adiestramiento militar, ni saber bien porqué combatían. Se había intentado solucionar el problema mediante ejércitos de mercenarios profesionales, como los piqueros suizos y los lansquenetes alemanes. Pero su fidelidad era dudosa si no recibían a tiempo sus soldadas y sus privilegios obstaculizaban la disciplina. En las tropas del Gran Capitán el reclutamiento se hacía entre voluntarios, sobre todo jóvenes hidalgos segundones, que debían buscarse el porvenir en el ejercicio de la carrera militar, en la que podían alcanzar rango y fortuna. Eran popularmente conocidos como Los Guzmanes. Esto daba al soldado de los Tercios una calidad humana extraordinaria, por su procedencia noble, su educación y su sentido del honor y fidelidad al rey, cosa que no podía conseguirse en otros ejércitos extranjeros, formados por mercenarios o por levas forzosas de campesinos y menestrales sin amor a la vida militar.


El 28 de abril de 1503, en apenas una hora, las tropas del Gran Capitán derrotaron en Ceriñola (Apulia) a las francesas, mandadas por el Duque de Nemours que falleció en la contienda, junto con gran número de franceses. Por primera vez en la historia una fuerza de infantería lograba derrotar en campo abierto a la caballería acorazada. Marca el inicio de la era de la infantería, que se mantendría como la fuerza preponderante en cualquier ejército durante más de 4 siglos, hasta bien entrada la I Guerra Mundial.

El Gran Capitán ante el cuerpo del Duque de Nemours, que mandaba el ejército derrotado


Estrategia seguida por el Gran Capitán El Gran Capitán formó un cuadro colocando e por delante de cada lado las picas, que impiden acercarse al enemigo, protegiendo a los arcabuceros que disparaban por filas diezmando a la caballería francesa, y permiten la salida oportuna de los rodeleros.


Batalla de Ceriñola Así que situó a los arcabuceros para recibirlos, protegidos por los piqueros. Disparaban a quemarropa, ordenados por filas a fin de causar todas las bajas posibles, mientras que su estruendo, humareda y fogonazo atemorizaban a sus caballos, desbaratando su empuje y desordenando sus filas, mientras que la caballería ligera española la envolvía y atacaba con furia.


Tras rechazar a la caballerĂ­a, avanzaron los piqueros espaĂąoles buscando el cuerpo a cuerpo con los suizos. Una vez enfrentados, los rodeleros se abrĂ­an paso entre las filas de picas, que apartaban con su escudo, hasta llegar a tenerlos al alcance de sus espadas para acuchillarlos.


Meses más tarde en la batalla de Garellano, 25.000 franceses son vencidos por 15.000 españoles, sufriendo 4.000 muertos y 5.000 prisioneros y heridos, contra solo 900 bajas entre los españoles. Los supervivientes se rinden y Nápoles queda para Aragón.l Gran capitán es nombrado Virrey


En 1503 el archiduque Felipe “El Hermoso”, esposo de la Infanta Doña Juana, heredera del trono, a espaldas de sus suegros, firmó un tratado en Lyon con Luis XII de Francia, por el que se pactaba que el Infante Don Carlos de apenas 3 años de edad, heredero de Castilla, se casaría con la princesa Claudia de 4 años, hija de Luis XII, cuando ambos tuvieran edad para ello. Los desposados recibirían como regalo de bodas el Reino de Nápoles. Mientras el rey de Francia gobernaría el norte y el Archiduque el sur de Nápoles, en contra de los derechos del Rey Católico. Al año siguiente fallece la Reina Católica y los Archiduques Doña Juana y Don Felipe son entronizados como Reyes de Castilla. Felipe con la inconstancia que le caracterizaba se dirigió al Gran Capitán ordenándole que como castellano que era le reconociera como su rey y se pusiera a su servicio abandonando a su antiguo señor.


El Gran Capitán era Virrey de Nápoles, reino de la Corona de Aragón pero era castellano y por lo tanto su señor natural era el Archiduque Felipe, rey de Castilla. Quien conspiraba abiertamente contra su suegro, tratando de repartirse el reino con Luis XII. Le ofrecía grandes premios si le entregaba el reino de Nápoles y le prometió que su hija Doña Elvira podría casar con el Duque de Calabria, hijo del anterior monarca Don Fadrique, y que ambos gobernarían el sur de Nápoles, como feudatarios de Castilla. Los espías que el Rey Católico mantenía en Castilla le informaron del inicuo tratado y le envió un despacho al Gran Capitán para que no obedeciera ninguna orden del Archiduque. El genio político de Don Fernando le hizo acompañar la orden con una encomiástica misiva en la que se reconocían los grandes servicios prestado por Don Gonzalo a los Reyes Católicos y le premiaba concediéndole el Ducado de Terranova, ciudad situada en la Calabria napolitana. Más Gonzalo, tras unos días de retraso, para hacer sufrir al Rey Católico, le contestó que él siempre no había tenido a otro señor natural que al Rey Católico, por lo que no reconocería a ningún otro, pero que si dudaba de su lealtad voluntariamente renunciaba al virreinato.

Lo que preocupa aún más al Rey Católico, pues no tiene a nadie con sus cualidades y popularidad para substituirle en el mando. Además sus tropas le idolatran y pueden rebelarse y ofrecerle la corona napolitana.


Viaje a Nápoles de los Reyes

El Rey Fernando, no queda por completo satisfecho, pues no olvida que Gonzalo es castellano y súbdito de los Reyes de Castilla. Que sus tropas y capitanes son también mayoritariamente castellanos y ante todo fieles al Gran Capitán, por lo que le envió los tan reclamados refuerzos, pero esta vez solo aragoneses, 2.000 hombres fieles a su rey La gran Jugada política del acorralado Rey Católico, fue su casamiento con Doña Germana de Foix, sobrina de Luis XII, a quien éste cede sus derechos sobre Nápoles y que ella aporta a su matrimonio y cuya corona heredaría el hijo que tuvieran. El rey D. Fernando viajó a Nápoles en 1505 con su nueva esposa, a fin de entrevistarse con el Gran Capitán y comprobar su situación, ante las críticas que de su actuación recibía de sus muchos enemigos. A su llegada a Nápoles recibe la noticia de la muerte del Archiduque, lo que llena de satisfacción..


Una vez reconciliados, Don Fernando le concedió el Ducado de Andria y le confirmó los títulos ducales napolitanos que tenía, convirtiéndoles en títulos de Aragón, ratificando así su pertenencia. Pero el rey impulsado por los maledicentes de su corte le exigió cuentas, ya que censuraba su prodigalidad, diciéndole que poco importaba que le hubiese ganado un reino si antes que llegara sus manos ya lo estaba repartiendo.

Tras lo cual el rey avergonzado, logrando vencer su ira inicial, ordenó que con eso bastara y no se hablase más del asunto, dando muestras de grandeza y genio político. Sin embargo, el Gran Capitán procedió a detallarlas y éstas se conservan en el Archivo de Simancas. Mostrando, que todos los ingresos obtenidos del Reino de Nápoles durante el gobierno del Gran Capitán, ninguno de los años llegaron a cubrir el total de gastos de guerra, por lo que Gonzalo debió cubrirlos de su propio peculio. Ya que el Rey no le mandaba fondos para la guerra.


Antes de regresar a España se entrevistaron en Génova con Luis XII de Francia que trató a Gonzalo como a un igual, como si fuera el rey de Nápoles, y le ofreció que si alguna vez se cansara de D. Fernando, no dudara en entrar a su servicio que el sabría como recompensarle. Lo que hirió y preocupó al Rey Católico que decidió que Gonzalo nunca más regresaría a Nápoles, por lo que se lo trajo consigo a España, ordenándole residiera en Loja, cuya alcaldía le entregaba, en tanto preparaba la cesión del Maestrazgo de Santiago, de cuyas rentas disfrutaba por el testamento de la Reina Católica.


FINE


Gran capitan blog