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La Máquina Hamlet No creo en una historia que tenga pies y cabeza. Heiner Müller

El ogrito:

el nuevo teatro para niños De Marcelino Champo He llegado por fin a lo que quería ser de mayor: un niño. Joseph Heller

Algo hay en la inocencia que parece que no te abandona nunca, no importa la edad, la circunstancia, el espacio o la situación anímica, ésta siempre ha de estar al acecho, como una gárgola en el dintel de la puerta. Recuerdo la primera vez que fui a ver una obra de teatro dirigida, supuestamente, al público infantil. La atrocidad, una oda al aburrimiento y al mal gusto, no era para menos. En el escenario Winnie Pooh, con el aspecto de una enorme rata naranja, movía sus extremidades al ritmo de música de cumbia, a su lado un sequito de jóvenes vestidos con trajes luminosos danzaba y brincaba como una especie de tribu perdida entre los rincones de Tlatelolco. En las butacas la vida era más sencilla, menos estrafalaria: niños dormidos, algunos corriendo entre pasillos, otros en silencio bajo amenaza de la madre. Triste porvenir de un teatro. Si bien la idiosincrasia ha traído consigo una serie de complejos, arquetipos, malas voluntades y complacencias mezquinas, el teatro persiste, lucha como un guerrero espartano a punto de sucumbir en algún lodazal o en un paramo desconocido. Ahí, en medio de un supuesto abandono, está la voluntad, esa que parece estar siempre al lado de las causas perdidas. El teatro para niños si bien ha tenido momentos de oscurantismo, hoy en día es

reivindicado por distintos artistas, grupos y proyectos escénicos que parecen ver en el público infantil, al espectador adecuado a su discurso, a sus objetivos. Sin caer en formulas baratas o en modelos moralistas, la escena contemporánea aboga no por una educación implantada a través de montajes arcaicos o verdades supuestamente absolutas que denotan y moldean el comportamiento del individuo. No, la búsqueda del teatro actual y sobre todo para niños y jóvenes es (quiero pensar, y tengo fe en ello) la formulación de preguntas y por supuesto evidenciar los problemas que otros prefieren ocultar. El ogrito, de Suzanne Lebeau es ejemplo de confrontación con la realidad, con aquello que creímos un tabú pero que ahora se revela, sin importar escusas o mentiras. La herencia Recuerdo que, como todo niño, mi héroe inmediato era mi padre, quién más sino el viejo para evocar la figura fantástica, el mito tangible como una caricia. En mi padre reposaba toda idolatría, todo ideal. Con el tiempo eso se convirtió en un estigma, en una carga que intentaba soltar constantemente, olvidarla o aventarla por la ventanilla del tren. La herencia es quizá una huella indeleble en la vida, el pasajero en el asiento de atrás que no podemos despedirlo en la siguiente estación, ahí está, esto somos, a veces lo negamos. De repente de alguna reunión, en alguna cita, nos sorprendemos diciendo palabras que no

son propiamente nuestras, gestos que posiblemente permanecieron ocultos pero que salen a la luz, nos convertimos tarde o temprano en el recuerdo viviente de aquello que negamos. El ogrito es el conflicto de la herencia, la negación de lo que se es y se entierra en alguna parte de la memoria. Una obra que retrata la vida de un niño, de un ogrito que se tambalea entra la dulzura y la ferocidad de su naturaleza. En su inocencia, El ogrito, no relata su historia, no conduce por caminos que uno mismo recorrió en su infancia, un zarpazo a tiempos pretéritos que nos brinda una de las piezas teatrales más importantes de los últimos años. Lo mejor del teatro para niños y no tan niños, a mano de la destacada dramaturga Suzanne Lebeau.


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DIRECTORIO Noé Farrera Morales DIRECTOR GENERAL

Noé Juan Farrera Garzón DIRECTOR EDITORIAL PÉNDULO

Ángel Yuing Sánchez COORDINADOR Y EDITOR

Luis Enrique Rios Aguilar Á. Gabriel P. Ruiz DISEÑO

Javier Ríos Jonapá PRODUCCIÓN E IMPRESIÓN

Misael Palma, César Trujillo, Ornán Gómez, Marcelino Champo, Pascual Yuing, Chary Gumeta, Gely Pacheco, Gamaliel Sánchez Salinas, Juan Carlos Recinos. Sandra Jiménez Gómez, Fabiola Alejandra Calderón A., Diego Aguilar Pérez, Iván Ocaña Castillo Diana Neyreli Pérez Aguilar, Dinora Palma, David Grajales , Rafael González, Hugo Montaño Ramón Martínez Mancilla, Luis Alberto Hernández López, Karen Berenice Beltrán Ozuna CONSEJO EDITORIAL LEGALES Rayuela, suplemento de arte, literatura y sociedad del periódico Péndulo de Chiapas, No. 210w (Edición) Año IV, Sábado 27 de Abril de 2013. Impreso en 13 Poniente Norte Núm. 639, colonia Magueyito. Código Postal 29000, Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, México. Teléfono (961) 61 24529. Se prohíbe la reproducción total o parcial de los contenidos sin el consentimiento expreso de sus autores. La redacción no responde por originales no solicitados. Los contenidos, así como parte de los títulos y subtítulos son responsabilidad exclusiva de quien los firma y no representan necesariamente el punto de vista del periódico Péndulo de Chiapas. Correspondencia: angelyuing@hotmail.com

El conejo travieso Desde la imaginación de Beatrix Potter

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maginemos un mundo en que todos somos iguales. Un mundo en el que desde un pequeño roedor hasta la más lejana estrella tuvieran espíritu y alma. Y es que para los niños el mundo es enorme y en cada esquina ven una nueva aventura: sueñan con ser astronautas, guerreros intergalácticos, bomberos, súper héroes. Sin embargo, cuando crecen, sienten que el mundo es más pequeño de lo que imaginaban. El trabajo se torna aburrido, monótono, y los viajes a las estrellas son parte de un simple pasado inmediato. Pero no todo está perdido. Hay muchos que crecen y no pierden esa brújula, como Beatrix Potter o Helen Beatrix Potter, una escritora, ilustradora, y naturalista británica, de literatura infantil. Su personaje más famoso es Peter Rabbit. Su padre, Rupert Potter, era abogado, aunque pasaba la mayor parte de su tiempo en clubes de caballeros, sin ejercer la profesión. Su madre se dedicaba a hacer y recibir visitas. Ambos progenitores vivían de las herencias de sus respectivas familias. Beatrix y su hermano Bertam fueron educados por niñeras e institutrices. Cuando creció, sus padres le encargaron el hogar, dificultando su desarrollo intelectual. Un tío intentó que ingresara como estudiante en los Reales Jardines Botánicos en Kew, pero fue rechazada por ser mujer, aquello fue un parte agua, que motivo a que Potter, iniciara una nueva carrera. Esto lo animó a publicar su relato, El cuento de Perico, el conejo travieso (The Tale of Peter Rabbit), pero tuvo que luchar para encontrar un editor hasta que por fin fue aceptado en 1902. El libro y las obras que lo siguieron fueron muy bien recibidos y ella comenzó a obtener unos ingresos propios de sus ventas. Beatrix se implicó sentimentalmente con su editor, Norman Warne, cosa que mantuvo en secreto, pues sus padres eran contrarios a que se casara con cualquiera que necesitara trabajar para vivir. Warne murió antes de que pudieran prometerse, lo que agrandó la brecha que separaba a Beatrix y sus padres. La base para sus proyectos e historias fueron los pequeños animales que introducía furtivamente en la casa o que veía durante las vacaciones familiares en Escocia. Potter escribió 23 libros. Fueron publicados en pequeño formato, fácil de manejar y leer por los niños. Dejó de escribir alrededor de 1920 debido a su mala visión, aunque su última obra, The Tale of Little Pig Robinson, se publicó en 1930. Ángel G. P. Ruiz


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El dinosaurio verde (Cuento infantil) Ana

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avid no encuentra a su di-¿Qué estás haciendo? nosaurio verde, lo busca -Me estoy bañando. Contesta el dipor aquí, lo busca por allí nosaurio verde. y no lo encuentra. -¿Y por qué? Pregunta David. -Porque me ensuciaste cuando jugabas conmigo en la tierra colorada. Ve un pajarito y le pregunta: -¡Ven aquí!…. ¡Vamos a casa!, le ordena David. -Pajarito, ¿vos te llevaste mi dinosau-No, no me voy ! Enojado el dinorio verde? saurio da la vuelta y se mete en la parte El pajarito lo mira y contesta: más profunda de la playa. -¡Yo no juego con dinosaurios verDavid se quita la remera y zambulle des!, yo juego con el sol, la lluvia, los ár- en las aguas. Se despierta más tarde lloboles y las flores. No juego con juguetes. rando, levanta su almohada, agarra a su Ve subir gente al catamarán y le pre- dinosaurio verde y le da un beso. gunta -¡Vamos a lavarnos la cara! ¡Soñé que -Catamarán, barquito del Paraná, te perdía! ¿vos llevaste a pasear a mi dinosaurio verde? Y el Catamarán con gracia le contesta: -¡Yo no llevo a pasear juguetes!, navego a misioneros y turistas. David se sienta en la costanera y se pone a llorar. Al verlo un caminante le pregunta: -¿Por qué estás llorando? ¿Qué te sucede? David le contesta: -Perdí mi dinosaurio verde, ¿vos no lo viste? Y el caminante responde: -¡Sí lo vi! ¡Lo vi bañándose en el Brete! Y hacía el Brete corre David. Al llegar a la playa lo encuentra y le pregunta:


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Las plantas gigantes Cuento infantil mundolatino.org

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onde caían las gotas, crecían unas plantas de hojas muy verdes y robustos troncos, tan robustos que subían hasta el cielo. ¡Eran plantas gigantes! Los habitantes de China, que estaban muy preocupados, por la verde invasión, subieron escalando las plantas para hablar con el Señor de la Lluvia. Tenían que explicarle que eso no podía seguir, de un momento a otro su bella tierra se había convertido en una selva imposible de transitar. Por cada trocito de tierra donde alguna gota cayera, ahí subía una planta: en una preciosa plaza en medio de la gran ciudad, no había más césped, en las aceras adornadas con árboles, cada árbol parecía una miniatura al lado de las gigantescas plantas, los campos se quedaron plagados y el sol casi no se podía ver. Todo esto creado por las olas que querían ver este lugar desde arriba y que un señor les hizo cosquillas… La ola, hecha nube, convertida en lluvia y luego en planta estaba triste, porque ella no quería hacer mal a nadie, y ahora se había quedado atada a la tierra para siempre. El Señor de la Lluvia les recomendó a los escaladores que a las cinco de la tarde todo el mundo tenía que estar en su casa; todos tomando té. Algunos sacaron su dedo por la ventana, para saber qué era

sus casas bajo la tierra! Y por eso, estaban trabajando con sus poderes mágicos, para eliminar las molestas plantas. Tardaron muchos días y muchas noches en cortar con sus tijeras especiales. Hasta que una madrugada, cuando todos dormían, menos los gnomos, cae un rocío brillante como las estrellas sobre las plantas dormidas, convirtiéndolas en florcitas de todos colores y una de entre muchas es brillante como el oro. Era la flor de la felicidad, cada cual que la mirase se pondría feliz y contento. Los gnomos, que son sabios conocedores de la naturaleza, sabían quiénes eran esas preciosas flores, así que, después que todos los chinos pudieron admirar, oler y disfrutar de esta fiesta de colores, llamaron al viento para que las soplara al mar y así devolverlas a su lugar. Cuando las flores dormían, el viento las sopló suavemente hacia el mar, a todas, menos a la flor de la felicidad, que se quedó para que borrar todas las penas que las plantas gigantes dieron. La ola volvió a ser agua salada y se despidió de sus amigas chinas, para marcharse en busca de nuevos mares. ahora esa lluvia. Sabía raro, no era ni dulce, ni salada, no tenía el gusto rico de la lluvia de siempre… Inmediatamente bebieron más té, para quitarse el sabor de la boca. Las plantas, bañadas por esta lluvia, se adormecen, bajando de las alturas y recos-

tándose unas sobre otras. Los mismos chinos que subieron en busca de ayuda, fueron a buscar a los gnomos que viven en los bosques; no tardaron mucho en encontrarlos porque las raíces también estaban molestando a estos pequeños seres: ¡Les estaban invadiendo


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s a u g n e l a b a s r o T ñ i n a r a p

Ilustración Albert Quiñones

Había una madre godable, pericotable y tantarantable que tenía un hijo godijo, pericotijo y tantarantijo. Un día la madre godable, pericotable y tantarantable le dijo a su hijo godijo, pericotijo y tantarantijo: - Hijo godijo, pericotijo y tantarantijo tráedme la liebre godiebre, pericotiebre y tantarantiebre del monte godonte, pericotonte y tantarantonte. Así, el hijo godijo, pericotijo y tantarantijo fue al monte godonte, pericotonte y tantarantonte a traer la liebre godiebre, pericotiebre y tantarantiebre.

Piraguamonte, Piragua (Lope de Vega)

Piraguamonte, piragua, piragua, jevizarizagua. Bío, Bío, mi tambo le tengo en el río. Yo me era niña pequeña, y enviáronme un domingo a mariscar por la playa del río del Bío Bío; cestillo al brazo llevaba de plata y oro tejido. Bío, Bío, que mi tambo le tengo en el río. Piraguamonte, piragua piragua, jevizarizagua. Bío, Bío, que mi tambo le tengo en el río.


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t s í o g e e t n El giga Oscar Wilde C

ada tarde, a la salida de la escuela, los niños se iban a jugar al jardín del Gigante. Era un jardín amplio y hermoso, con arbustos de flores y cubierto de césped verde y suave. Por aquí y por allá, entre la hierba, se abrían flores luminosas como estrellas, y había doce albaricoqueros que durante la primavera se cubrían con delicadas flores color rosa y nácar, y al llegar el otoño se cargaban de ricos frutos aterciopelados. Los pájaros se demoraban en el ramaje de los árboles, y cantaban con tanta dulzura que los niños dejaban de jugar para escuchar sus trinos. -¡Qué felices somos aquí! -se decían unos a otros. Pero un día el Gigante regresó. Había ido de visita donde su amigo el Ogro de Cornish, y se había quedado con él durante los últimos siete años. Durante ese tiempo ya se habían dicho todo lo que se tenían que decir, pues su conversación era limitada, y el Gigante sintió el deseo de volver a su mansión. Al llegar, lo primero que vio fue a los niños jugando en el jardín. -¿Qué hacen aquí? -surgió con su voz retumbante. Los niños escaparon corriendo en desbandada. -Este jardín es mío. Es mi jardín propio -dijo el Gigante-; todo el mundo debe entender eso y no dejaré que nadie se meta a jugar aquí. Y, de inmediato, alzó una pared muy alta, y en la puerta puso un cartel que decía:

ENTRADA ESTRICTAMENTE PROHIBIDA BAJO LAS PENAS CONSIGUIENTES Era un Gigante egoísta... Los pobres niños se quedaron sin tener dónde jugar. Hicieron la prueba de ir a jugar en la carretera, pero estaba llena de polvo, estaba plagada de pedruscos, y no les gustó. A menudo rondaban alrededor del muro que ocultaba el jardín del Gigante y recordaban nostálgicamente lo que había detrás. -¡Qué dichosos éramos allí! -se decían unos a otros. Cuando la primavera volvió, toda la comarca se pobló de pájaros y flores. Sin embargo, en el jardín del Gigante Egoísta permanecía el invierno todavía. Como no había niños, los pájaros no cantaban y los árboles se olvidaron de florecer. Solo una vez una lindísima flor se asomó entre la hierba, pero apenas vio el cartel, se sintió tan triste por los niños que volvió a meterse bajo tierra y volvió a quedarse dormida. Los únicos que ahí se sentían a gusto eran la Nieve y la Escarcha.

del Norte. Venía envuelto en pieles y anduvo rugiendo por el jardín durante todo el día, desganchando las plantas y derribando las chimeneas. -¡Qué lugar más agradable! -dijo-. Tenemos que decirle al Granizo que venga a estar con nosotros también. Y vino el Granizo también. Todos los días se pasaba tres horas tamborileando en los tejados de la mansión, hasta que rompió la mayor parte de las tejas. Después se ponía a dar vueltas alrededor, corriendo lo más rápido que podía. Se vestía de gris y su aliento era como el hielo. -No entiendo por qué la primavera se demora tanto en llegar aquí -decía el Gigante Egoísta cuando se asomaba a la ventana y veía su jardín cubierto de gris y blanco-, espero que pronto cambie el tiempo. Pero la primavera no llegó nunca, ni tampoco el verano. El otoño dio frutos dorados en todos los jardines, pero al jardín del Gigante no le dio ninguno. -Es un gigante demasiado egoísta -decían los frutales.

-La primavera se olvidó de este jardín -se dijeron-, así que nos quedaremos aquí todo el resto del año.

De esta manera, el jardín del Gigante quedó para siempre sumido en el invierno, y el Viento del Norte y el Granizo y la Escarcha y la Nieve bailoteaban lúgubremente entre los árboles.

La Nieve cubrió la tierra con su gran manto blanco y la Escarcha cubrió de plata los árboles. Y en seguida invitaron a su triste amigo el Viento del Norte para que pasara con ellos el resto de la temporada. Y llegó el Viento

Una mañana, el Gigante estaba en la cama todavía cuando oyó que una música muy hermosa llegaba desde afuera. Sonaba tan dulce en sus oídos, que pensó que tenía que ser el rey de los elfos que pasaba por allí. En rea-

lidad, era solo un jilguerito que estaba cantando frente a su ventana, pero hacía tanto tiempo que el Gigante no escuchaba cantar ni un pájaro en su jardín, que le pareció escuchar la música más bella del mundo. Entonces el Granizo detuvo su danza, y el Viento del Norte dejó de rugir y un perfume delicioso penetró por entre las persianas abiertas.

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Sábado 27 de Abril 2013 -¡Qué bueno! Parece que al fin llegó la primavera -dijo el Gigante, y saltó de la cama para correr a la ventana. ¿Y qué es lo que vio? Ante sus ojos había un espectáculo maravilloso. A través de una brecha del muro habían entrado los niños, y se habían trepado a los árboles. En cada árbol había un niño, y los árboles estaban tan felices de tenerlos nuevamente con ellos, que se habían cubierto de flores y balanceaban suavemente sus ramas sobre sus cabecitas infantiles. Los pájaros revoloteaban cantando alrededor de ellos, y los pequeños reían. Era realmente un espectáculo muy bello. Solo en un rincón el invierno reinaba. Era el rincón más apartado del jardín y en él se encontraba un niñito. Pero era tan pequeñín que no lograba alcanzar a las ramas del árbol, y el niño daba vueltas alrededor del viejo tronco llorando amargamente. El pobre árbol estaba todavía completamente cubierto de escarcha y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía sobre él, sacudiéndole las ramas que parecían a punto de quebrarse. -¡Sube a mí, niñito! -decía el árbol, inclinando sus ramas todo lo que podía. Pero el niño era demasiado pequeño. El Gigante sintió que el corazón se le derretía. -¡Cuán egoísta he sido! -exclamó-. Ahora sé por qué la primavera no quería venir hasta aquí. Subiré a ese pobre niñito al árbol y después voy a botar el muro. Desde hoy mi jardín será para siempre un lugar de juegos para los niños. Estaba de veras arrepentido por lo que había hecho. Bajó entonces la escalera, abrió cautelosamente la puerta de la casa y entró en el jardín. Pero en cuanto lo vieron los niños se aterrorizaron, salieron a escape y el jardín quedó en invierno otra vez. Solo aquel pequeñín del rincón más alejado no escapó, porque tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vio venir al Gigante. Entonces el Gigante se le acercó por detrás, lo tomó gentilmente entre sus manos y lo subió al árbol. Y el árbol floreció de repente, y los pájaros vinieron a cantar en sus ramas, y el niño abrazó el cuello del Gigante y lo besó. Y los otros niños, cuando vieron que el Gigante ya no era malo, volvieron corriendo alegremente. Con ellos la primavera regresó al jardín.

Rayuela 210 -Desde ahora el jardín será para ustedes, hijos míos -dijo el Gigante, y tomando un hacha enorme, echó abajo el muro. Al mediodía, cuando la gente se dirigía al mercado, todos pudieron ver al Gigante jugando con los niños en el jardín más hermoso que habían visto jamás. Estuvieron allí jugando todo el día, y al llegar la noche los niños fueron a despedirse del Gigante. -Pero, ¿dónde está el más pequeñito? -preguntó el Gigante-, ¿ese niño que subí al árbol del rincón? El Gigante lo quería más que a los otros, porque el pequeño le había dado un beso. -No lo sabemos -respondieron los niños-, se marchó solito. -Díganle que vuelva mañana -dijo el Gigante. Pero los niños contestaron que no sabían dónde vivía y que nunca lo habían visto antes. Y el Gigante se quedó muy triste. Todas las tardes al salir de la escuela los niños iban a jugar con el Gigante. Pero al más chiquito, a ese que el Gigante más quería, no lo volvieron a ver nunca más. El Gigante era muy bueno con todos los niños pero echaba de menos a su primer amiguito y muy a menudo se acordaba de él. -¡Cómo me gustaría volverlo a ver! -repetía.

estaba parado el pequeñito a quien tanto había echado de menos. Lleno de alegría el Gigante bajó corriendo las escaleras y entró en el jardín. Pero cuando llegó junto al niño su rostro enrojeció de ira y dijo:

Fueron pasando los años, y el Gigante se puso viejo y sus fuerzas se debilitaron. Ya no podía jugar; pero, sentado en un enorme sillón, miraba jugar a los niños y admiraba su jardín.

-¿Quién se ha atrevido a hacerte daño?

-Tengo muchas flores hermosas -se decía-, pero los niños son las flores más hermosas de todas.

-¿Pero, quién se atrevió a herirte? -gritó el Gigante-. Dímelo, para tomar la espada y matarlo.

Una mañana de invierno, miró por la ventana mientras se vestía. Ya no odiaba el invierno pues sabía que el invierno era simplemente la primavera dormida, y que las flores estaban descansando.

-¡No! -respondió el niño. Estas son las heridas del Amor.

Sin embargo, de pronto se restregó los ojos, maravillado, y miró, miró… Era realmente maravilloso lo que estaba viendo. En el rincón más lejano del jardín había un árbol cubierto por completo de flores blancas. Todas sus ramas eran doradas, y de ellas colgaban frutos de plata. Debajo del árbol

Porque en la palma de las manos del niño había huellas de clavos, y también había huellas de clavos en sus pies.

-¿Quién eres tú, mi pequeño niñito? -preguntó el Gigante, y un extraño temor lo invadió, y cayó de rodillas ante el pequeño. Entonces el niño sonrió al Gigante, y le dijo: -Una vez tú me dejaste jugar en tu jardín; hoy jugarás conmigo en el jardín mío, que es el Paraíso. Y cuando los niños llegaron esa tarde encontraron al

Gigante muerto debajo del árbol. Parecía dormir, y estaba entero cubierto de flores blancas. *Oscar Fingal O'Flahertie Wills Wilde3 (Dublín, Irlanda, entonces perteneciente al Reino Unido, 16 de octubre de 1854 - París, Francia, 30 de noviembre de 1900) fue un escritor, poeta y dramaturgo irlandés. Wilde es considerado uno de los dramaturgos más destacados del Londres victoriano tardío; además, fue una celebridad de la época debido a su gran y aguzado ingenio. Hoy en día, es recordado por sus epigramas, obras de teatro y la tragedia de su encarcelamiento, seguida de su temprana muerte.

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La casita de chocolate Los Hermanos Grimm

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os hermanitos salieron de su casa y fueron al bosque a coger leña. Pero cuando llegó el momento de regresar no encontraron el camino de vuelta. Se asustaron mucho y se pusieron a llorar al verse solos en el bosque. Sin embargo, allá a lo lejos vieron brillar la luz de una casita y hacia ella se dirigieron. Era una casita extraordinaria. Tenía las paredes de caramelo y chocolate. Y como los dos hermanos tenían hambre se pusieron a chupar en tan sabrosa golosina. Entonces se abrió la puerta y apareció la viejecita que vivía allí, diciendo: Hermosos niños, ya veo que tenéis mucho apetito. Entrad, entrad y comed cuanto queráis. Los dos hermanitos obedecieron confiados. Pero en cuanto estuvieron dentro, la anciana cerró la puerta con llave y la guardó en el bolsillo, echándose luego a reír. Era una perversa bruja que se servía de su casita de chocolate para atraer a los niños que andaban solos por el bosque. Los infelices niños se pusieron a llorar, pero la bruja encerró al niño en una jaula y le dijo: - No te voy a comer hasta que engordes, porque estas muy delgado- Primero te cebaré bien. Y todos los días le preparaba platos de sabrosa comida. Mientras tanto a la niña la obligaba a trabajar sin descanso. Y cada mañana iba la bruja a comprobar si engor-

daba su hermanito, mandándole que le enseñara un dedo. Pero como tenía muy mala vista, el niño, que era muy astuto, le enseñaba un huesecillo de pollo que había guardado de una de las comidas. Y así la bruja quedaba engañada, pues creía que el niño no engordaba. - Sigues muy delgado decía -. Te daré mejor comida. Y preparaba nuevos y abundantes platos y era la niña la que se encargaba de llevarlos a la jaula llorando amargamente porque sabía lo que la bruja quería hacer con su hermano. Escapar de la casa era imposible, porque la vieja nunca sacaba la llave del bolsillo y no se podía abrir la puerta. ¿Cómo harían para escapar? Un día llamó la bruja a la niña y le dijo: - Mira, ya me he cansado de esperar porque tu hermano no engorda a pesar de que come mejor que un rey. Le preparo las mejores cosas y tiene los dedos tan flacos que parecen huesos de pollo. Así que vas a encender el fuego enseguida. La niña se acercó a su querido hermanito y le contó los propósitos de la malvada bruja. Había llegado el momento tan temido. La bruja andaba de un lado para otro haciendo sus preparativos. Como veía que pasaba el tiempo y la niña no había cumplido lo que le había mandado, gritó: ¿A qué esperas para encender el fuego? La hermana tuvo entonces una buena idea: - Señora bruja – dijo -, yo no sé encenderlo. - Pareces tonta – contestó

la bruja -; tendré que enseñarte. Fíjate, se echa mucha leña, así. Ahora enciendes y soplas para que salgan muchas llamas. ¿Lo ves? Como estaba la bruja en la boca del horno, la niña le arrancó de un tirón las llaves que llevaba atadas a la cintura y, dando a la bruja un tremendo empujón, la hizo caer dentro del horno. Libre ya de la bruja, y usando las laves, abrió con gran alegría la puerta de la jaula y salieron los dos corriendo hacia el bosque. Se alejaron a todo correr de la casita de chocolate y cuando encontraron el camino de regreso a su casa lo siguieron y llegaron muy felices.

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Un cuento de amor y amistad

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Luis pescetti ablo, el que hacía caca en un establo, le dijo a Inés, la de la caca al revés, si quería jugar con él y con Rubén, que hacía caca en un tren. Inés estaba con Sofía, la que hacía caca todo el día, y le contestó que no. Pablo, el de la caca para el diablo, se enojó. Justo pasaba por ahí, la maestra Teresa que hacía caca con frambuesa, y le dijo: Pablo, el que hace caca cuando le hablo, no le digas así a Inés, la de la caca de pez. Mejor vete a jugar con Luis, el de la caca y el pis, o con Gustavo, el de la caca por centavo. Pablo le contestó: Señorita Teresa, que hace caca con destreza, lo que pasa es que ellas, las que hacen caca tan bella, nunca quieren jugar con nosotros, que hacemos caca con otros. Las invitamos y no quieren y a nuestra caca la hieren. La maestra Teresa, que hacía caca en una mesa, miró con mucho cariño a Pablo, el que hacía caca en un vocablo, y le preguntó: ¡Ay tesoro, el que hace caca de loro! ¿No será que estás enamorado de ellas, que hacen caca con estrellas? Justo llegaba Tomás, al que la cada das, y cuando oyó eso le dijo a la señorita, que hacia caca tan finita: Es verdad maestra, la que la caca le cuesta, él está muy enamorado de Sofía, la de la caca en las vías… Y Pablo, que no estaba enamorado sino muy enamoradísimo, se puso colorado de enojo y les contestó: ¡No es cierto! ¡Y tú, Tomás tomalosa, que hace la caca en Formosa, tú gustas de Inés, que hace una caca por vez!

¡Mentiroso! ¡Mira, Pablo pableta, que hace caca en bicicleta, mejor te callas! La señorita Teresa, que tenía caca en la cabeza, los miró y les dijo: Pablo Pablito, caca de pajarito, y Tomás Tomasito, caca de perrito, ustedes son amigos y no tienen que pelearse ni por la caca enojarse. Por ahora vayan a jugar entre ustedes, que ya va a llegar el día en que esas niñas, con la caca en trensiñas, los buscarán para jugar. Pablo y Tomás, salieron corriendo abrazados, haciendo caca de parados, y se olvidaron de preguntar si trensiñas quiere decir algo o nada más lo inventó la señorita haciendo caca con palabritas. *Pescetti es autor de una serie de libros infantiles de humor ligeramente ácido y provocador, una actividad a la que llegó desde su carrera como músicoterapeuta y pedagogo. Trabajó en el Departamento de Innovaciones Educativas de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires y en un centro cultural de la misma antes de afincarse en México en 1990, donde comenzó a presentar espectáculos infantiles. Ese año aparecería su primer libro en Argentina, El pulpo está crudo.


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colorear Feliz día del niño

Filosofía

Rubén Darío

Saluda al sol, araña, no rencorosa mares. Da tus gracias a Dios, oh sapo, Pues Que Eres. El peludo cangrejo Tiene espinas de rosa y los moluscos reminiscencias de Mujeres. Sabed Ser Lo Que sois, enigmas, siendo Formas; dejad la Responsabilidad de las Normas, Que un su Vez la enviarán al Todopoderoso... (Toca, grillo, a la luz de la luna, y la danza el oso.)

*Félix Rubén García Sarmiento, conocido como Rubén Darío (Metapa, hoy Ciudad Darío, Matagalpa, 18 de enero de 1867 - León, 6 de febrero de 1916), fue un poeta nicaragüense, máximo representante del modernismo literario en lengua española. Es posiblemente el poeta que ha tenido una mayor y más duradera influencia en la poesía del siglo XX en el ámbito hispánico. Es llamado príncipe de las letras castellanas.


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Anaqueles Novela

La jornada de la mona y el paciente De Mario Bellatin En la jornada de la mona y el paciente, Bellatin consigue uno de sus libros más vertiginosos hasta ahora. Luego de saltar al vacío, el escritor regresa para ofrecernos un triple regalo. Uno de los más arriesgados ejercicios de autocrítica, una explosión de lucidez que sondea las profundidades, un informe genial y lleno de humor sobre las posibilidades reales de la escritura. No en balde es uno de los pocos autores que con un par de materiales, en apariencia inconciliables, ofrece a sus lectores una experiencia esencial.

Novela

La muerte de Artemio Cruz De Carlos Fuentes Los últimos momentos de la vida de un hombre poderoso, un soldado revolucionario, un amante sin amor, un padre sin familia, un hombre que traicionó a sus compañeros, pero que no pudo soportar las heridas que le infligió el destino. Carlos fuentes nos revela los procesos mentales de un viejo que ya no es capaz de valerse por sí mismo y que se halla postrado ante la muerte inminente e indigna, pero su voluntad, que le ha otorgado una posición sobresaliente en la sociedad, se resiste a dejarse vencer. Usando una brillante técnica narrativa, que reúne en un solo texto el consciente, el subconsciente y la narración objetiva, el pasado, el presente y el futuro, fuentes nos conduce por las entrañas de la revolución, el sistema político mexicano y la idiosincrasia de las clases dirigentes.

Novela Crónica del pájaro que da cuerda al mundo

De Haruki Murakami El joven Tooru Okada, que acaba de dejar su trabajo en un bufete de abogados, recibe un día la llamada anónima de una mujer. A partir de ese momento, la existencia de Tooru sufre una extraña transformación. Su esposa desaparece, comienzan a surgir a su alrededor misteriosos personajes, y lo real se degrada hasta cobrar tintes fantasmagóricos. Mientras los sueños invaden cada vez más la realidad, Tooru Okada deberá resolver conflictos que ha arrastrado a lo largo de toda su vida.

Discurso del Oso

S

oy el oso de las cañerías de la casa, subo por los caños en las horas de silencio, los tubos de agua caliente, de la calefacción, del aire fresco, voy por los tubos de departamento en departamento y soy el oso que va por las cañerías. Creo que me estiman porque mi pelo mantiene limpios los conductos, incesantemente corro por los tubos y nada me gusta más que pasar de piso en piso resbalando por los caños. A veces saco una pata por la canilla y la muchacha del tercero grita que se ha quemado, o gruño a la altura del horno del segundo y la cocinera Guillermina se queja de que el aire tira mal. De noche ando callado y es cuando más ligero ando, me asomo al techo por la chimenea para ver si la luna baila arriba, y me dejo resbalar como el viento hasta las calderas del sótano. Y en verano nado de noche en la cisterna picoteada de estrellas, me lavo la cara primero con una mano, después con la otra, después con las dos juntas, y eso me produce una grandísima alegría. Entonces resbalo por todos los caños de la casa, gruñendo contento, y los matrimonios se agitan en sus camas y deploran la instalación de las tuberías. Algunos encienden la luz y escriben un papelito para acordarse

Julio Cortázar

de protestar cuando vean al portero. Yo busco la canilla que siempre queda abierta en algún piso; por allí saco la nariz y miro la oscuridad de las habitaciones donde viven esos seres que no pueden andar por los caños, y les tengo algo de lástima al verlos tan torpes y grandes, al oír cómo roncan y sueñan en voz alta, y están tan solos. Cuando de mañana se lavan la cara, les acaricio las mejillas, les lamo la nariz y me voy, vagamente seguro de haber hecho bien.

Historias de Cronopios y de Famas (1962) *Julio Cortázar es hijo de padres argentinos, nació en Bruselas en 1914 y residió en Buenos Aires desde los cuatro años. Trabajó como maestro en varios pueblos argentinos y posteriormente se graduó en Letras. Bajo el seudónimo de Julio Denis publicó su primer libro de poemas, «Presencia», en 1938. Gracias a una beca del gobierno francés, se instaló en Paris en 1951 donde además se dedicó a las traducciones para mejorar su situación económica. Posteriormente se vinculó a la Unesco trabajando allí hasta su jubilación. Además de numerosas novelas y escritos, sobresale su poema dramático «Los Reyes» en 1949. Murió en Paris en 1984.

sabadode21deabrilde2013copenchiapas  

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