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La Máquina Hamlet No creo en una historia que tenga pies y cabeza. Heiner Müller

Sábado 12 de Octubre de 2013. Año IV. Suplemento sabatino de arte, literatura y sociedad

Mutis y Eliot Ness

Hoy presentamos: El trono vacío Con Robert Stack, Barbara Nichols, Bruce Gordon, Con la actuación especial de Niamaya Phersof. Chicago, 5 de mayo de 1932.

Los intocables Marcelino Champo

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espués de 7 meses de demoras legales, Al Capone iba en camino a prisión a purgar una condena de once años por evasión de impuestos. Observándolo todo estaba Eliot Ness, jefe del grupo especial de la policía federal mejor conocido como: Los intocables. Un grupo que había trabajado durante 18 meses para presentar a Al Capone ante la justicia. Para estos hombres el fin de la carrera de Al Capone, sería el principio de otra era de Violencia. El rey del hampa había dejado el trono vacío, quien quisiera llenarlo pagaría ese privilegio con balas y sangre. ¡Ah cómo será la vida de veras, tan pequeño el mundo y tan amplias las coincidencias! Y es que cuando dos caminos o dos historias se cruzan, en algún punto del trayecto de la vida, se asimila algo que los viejos llaman: destino. Jamás conocí en persona a Álvaro Mutis, esa presencia avasallante de la que tanto habla García Márquez me es tan lejana como los anillos de Saturno. Sin embargo, con el paso de los años, los encuentros con el escritor colombiano fueron no sólo azarosos o simples accidentes, serían a la larga una hendidura en mi camino por la literatura. De mi niñez, para ser sincero, rescataría pocas cosas. Si a caso el ritual jugo de naranja que mi abuela me servía todas las mañanas en el desayuno, o los viajes en carretera, o el silencio debajo de la cama, o los chistes de mi

padre, o las noches viendo, desde el sillón de la sala, la serie Los intocables. Muchos años después, y no precisamente en un pelotón de fusilamiento, había de recordar aquella remota tarde en la que mi maestro de filosofía comentó que la voz del presentador de Los intocables era nada menos que el señor Álvaro Mutis. Eso fue lo primero que pensé el pasado 23 de septiembre, cuando tuve que publicar, a dos columnas, la triste noticia de su muerte en el periódico para el cual trabajo. Curiosamente también en el mes de septiembre pero del año 2006 cuando viajaba del DF a Chiapas, me encontré con uno de sus versos en una revista: “Y, de repente, llega la noche como un aceite de silencio y pena.” Álvaro Mutis. Ese mismo día enterraban a mi padre. Nada tan presente como la ausencia, con la muerte de Álvaro Mutis, la palabra pierde algo de sentido, o mejor aún se fisura y nos transgrede. ¿Qué nos queda? Sin duda su obra, pero también las preguntas a las que ésta nos ha llevado, la sensación de vacío que se prolonga como la noche. “Los amigos no mueren, sino van a un viaje muy largo a Nueva York”, comentó Gabo sobre el fallecimiento de su amigo. El mismo Márquez también escribió: Siempre pensé que la lentitud de su creación era causada por sus oficios tiránicos. Pensé además que estaba agravada por el desastre de su caligrafía, que parece hecha con pluma de ganso, y por

el ganso mismo, y cuyos trazos de vampiro harían aullar de pavor a los mastines en la niebla de Transilvania. Él me dijo cuando se lo dije, hace muchos años, que tan pronto como se jubilara de sus galeras iba a ponerse al día con sus libros. Que haya sido así, y que haya saltado sin paracaídas de sus aviones eternos a la tierra firme de una gloria abundante y merecida, es uno de los grandes milagros de nuestras letras: ocho libros en seis años. Basta leer una sola página de cualquiera de ellos para entenderlo todo: la obra completa de Álvaro Mutis, su vida misma, son las de un vidente que sabe a ciencia cierta que nunca volveremos a encontrar el paraíso perdido. Es decir: Maqroll no es sólo él, como con tanta facilidad se dice. Maqroll somos todos.

Marcelino Champo: @marcechampo & emarcelinochampo@gmail.com

La máscara de la muerte roja Recordamos el 164 aniversario de la muerte del escritor Edgar Allan Poe con el cuento “La máscara de la muerte roja”, publicado por primera vez en 1842


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Sábado 12 de Octubre 2013

DIRECTORIO Noé Farrera Morales DIRECTOR GENERAL

Noé Juan Farrera Garzón DIRECTOR EDITORIAL PÉNDULO

Ángel Yuing Sánchez COORDINADOR Y EDITOR

Á. Gabriel P. Ruiz DISEÑO

Javier Ríos Jonapá PRODUCCIÓN E IMPRESIÓN

Misael Palma, César Trujillo, Ornán Gómez, Marcelino Champo, Pascual Yuing, Chary Gumeta, Karen Berenice Beltrán Ozuna CONSEJO EDITORIAL LEGALES Rayuela, suplemento de arte, literatura y sociedad del periódico Péndulo de Chiapas, No. 234 (Edición) Año IV, Sábado 12 de Octubre de 2013. Impreso en 13 Poniente Norte Núm. 639, colonia Magueyito. Código Postal 29000, Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, México. Teléfono (961) 61 24529. Se prohíbe la reproducción total o parcial de los contenidos sin el consentimiento expreso de sus autores. La redacción no responde por originales no solicitados. Los contenidos, así como parte de los títulos y subtítulos son responsabilidad exclusiva de quien los firma y no representan necesariamente el punto de vista del periódico Péndulo de Chiapas. Correspondencia: angelyuing@hotmail.com

Rayuela 234 Sábado 12 de Octubre de 2013. Año IV. Suplemento sabatino de arte, literatura y sociedad

Hoy presentamos: El trono vacío rt Stack, Barbara Nichols, Bruce Gordon, Con la actuación especial de Niamaya Phersof. Chicago, 5 de mayo de 1932.

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el ganso mismo, y cuyos trazos de vampiro harían aullar de pavor a los mastines en la niebla de Transilvania. Él me dijo cuando se lo dije, hace muchos años, que tan pronto como se jubilara de sus galeras iba a ponerse al día con sus libros. Que haya sido así, y que haya saltado sin paracaídas de sus aviones eternos a la tierra firme de una gloria abundante y merecida, es uno de los grandes milagros de nuestras letras: ocho libros en seis años. Basta leer una sola página de cualquiera de ellos para entenderlo todo: la obra completa de Álvaro Mutis, su vida misma, son las de un vidente que sabe a ciencia cierta que nunca volveremos a encontrar el paraíso perdido. Es decir: Maqroll no es sólo él, como con tanta facilidad se dice. Maqroll somos todos.

inochampo@gmail.com

La máscara de la muerte roja Recordamos el 164 aniversario de la muerte del escritor Edgar Allan Poe con el cuento “La máscara de la muerte roja”, publicado por primera vez en 1842

Edgar Allan Poe fue hallado en las calles de Baltimore en estado de delirio y demasiado angustiado el 3 de octubre de 1849, por lo que fue trasladado al Washington College Hospital, donde murió el 7 de octubre. Aquí una forma de reencuentro

Brasil: Un gigante con pies de barro en el cine Francho Barón

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res películas han colocado a Brasil en el mapa cinematografico internacional de las últimas dos décadas: Estación Central de Brasil (1998), Ciudad de Dios (2002) y Tropa de Élite (2007). Son tres buenos ejemplos de cine trascendente y bien narrado, de historias construidas para entretener indiferentemente a los públicos de Río de Janeiro, Tokio o Budapest. Brasil es un país que atrae, que interesa, que genera empatías a nivel regional y planetario, y su cine se ha revelado como una extraordinaria herramienta para llevar más allá de sus fronteras la cultura y los debates de la una sociedad en plena ebullición. Desde la época de Rio 40 graus (Nelson Pereira dos Santos, 1955), Orfeo negro (Marcel Camus, 1959) o el celebrado movimiento del Cinema Novo, abanderado por Glauber Rocha y Cacá Diegues, parecía que nada interesante sucedía en la industria cinematográfica verdeamarela. Sin embargo, desde 1995 se experimenta una suerte de Pereistroika liderada por nombres como Walter Salles, Fernando Meirelles, José Padilha, João Moreira Salles, Carlos Saldanha o Flavia Castro. Todos ellos desarrollan un cine impregnado de brasilidade, aunque también intensamente contaminado por los discursos narrativos y estéticos del mainstream internacional. De este magma creativo se han alimentado los que hoy podrían considerarse los nuevos valores del septimo arte brasileño, directores de solvencia contrastada como Karim Aïnouz, Kleber Mendoça Filho o Eryk Rocha. Incluso ya se habla del Novissimo Cinema Brasileiro (según algunos, una cuestionable denominación acuñada en la Muestra de Cine de Tiradentes, en Minas Gerais) que agrupa a un pequeño elenco de nóveles realizadores como Felipe Bragança, Guto Parente, los hermanos Luiz y Ricardo Pretti, Pedro Diógenes o Ivo Lopes Araujo. Todos ellos comparten la escasez medios técnicos y una inagotable creatividad que ha germinado en cintas aclamadas por la crítica nacional como Estrada para Ythaca o A Alegria. Un capítulo aparte merece el trabajo de Kleber Mendoça Filho (Recife, 1968), responsable del laureado largometraje O som ao redor, en palabras del propio director, “una crónica brasileña, una reflexión sobre historia, violencia y ruido”. La historia de Mendoça Filho transcurre en una calle de clase media de Recife, donde desembarca un grupo parapolicial decidido a imponer al vecindario un servicio de seguridad convenientemente

retribuido. Durante las más de dos horas de cinta quedan al desnudo las complejas interacciones entre algunos vecinos, el malestar latente que se expande por las grandes urbes contemporáneas y la ignominia que supone un cuerpo de policía regido por las leyes de la mafia. Trabajos como O som ao Redor o Estrada para Ythaca, ambas de bajísimo presupuesto y con elencos despojados de nombres conocidos, también han certificado un desplazamiento del eje Río de Janeiro - São Paulo (polos financieros donde tradicionalmente se ha concentrado el grueso de la producción cinematográfica nacional) hacia el menos desarrollado noreste brasileño, en particular hacia los Estados de Pernambuco y Ceará, que hoy aglutinan a varios de los realizadores más destacados. Brasil ha dado en la última década excelentes actores, como el bahiano Wagner Moura (recordémosle en el épico papel de capitán Nascimento en Tropa de Élite 1 y 2), que este año comparte elenco con Matt Damon, Jodie Foster y su coterránea Alice Braga (hija de la diva Sonia Braga) en Elysium, del director sudafricano Neill Blomkamp. Junto a Moura han despuntado en los últimos años el minero Selton Mello que, después de consolidar una prolífica trayectoria como intérprete, ahora emprende con éxito su carrera de

director (O Palhaço, dirigida, protagonizada y escrita por Mello arrasó en varios certámenes brasileños de 2011 y 2012), y Rodrigo Santoro, el intérprete que mejor ha sabido encauzar una plausible carrera internacional. Leandra Leão, Julio Andrade, Marcelo Adnet o Lázaro Ramos (que abandera la pujanza negra en el cine y la televisión) son otros nombres que conviene tener en el radar. Según el crítico de cine Rodrigo Fonseca, este año todos los focos se han puesto en dos películas protagonizadas por Wagner Moura: Serra Pelada, dirigida por Heitor Dhali, es una historia de amistad malograda en las minas de oro inmortalizadas por Sebastião Salgado. El otro título es Praia do Futuro, firmado por Karim Aïnouz. “El cine brasileño ha demostrado tener musculatura en el mercado internacional, pero tenemos dos elementos que tradicionalmente juegan en nuestra contra: falta apoyo público a la industria nacional y tenemos un serio problema de distribución. Con 2.200 cines en un país de dimensiones continentales es difícil que lleguemos al gran público”, se lamenta Fonseca.


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Fuiste algo as铆 como un fen贸meno gramatical:

mucho verbo sin acci贸n

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La dictadura brasileña tenía miedo de la samba Los militares de la dictadura brasileña tenían miedo de las letras de los sambistas y las censuraban. La noticia es importante porque siempre se ha considerado que la samba-enredo, es decir las letras de los guiones de las Escuelas de Samba de Río, famosas por los desfiles de sus carros alegóricos durante los carnavales, constituían uno de los estereotipos de Brasil.

Leer, sin más, a Murakami David Miklos La primera vez que leí a Haruki Murakami fue en inglés y un año antes de que su Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, su octava novela, se publicara en español en 2001 (original de 1997). La apuesta de Tusquets por retomar la obra de Murakami, cuya La caza del carnero salvaje, su tercera novela, había sido publicada en el Panorama de Narrativas de Anagrama en 1992 (la novela es original de 1982), fue acertada y, desde entonces, le ha granjeado un nutrido número de lectores en nuestra lengua. Pronto verá la luz Los años de peregrinación del chico sin color (2013), décimo tercera novela de Murakami, y pronto también, el 10 de octubre para ser más precisos, sabremos si el escritor japonés se llevará el premio Nobel (los únicos autores japoneses que han obtenido el premio son Yasunari Kawabata, en 1968, y Kenzaburo Oé, en 1994). Nacido en 1949, Murakami lleva 34 años como escritor: antes de dedicarse al oficio de las letras, fue dueño de un bar de jazz y era un personaje más de sus futuras novelas, un narrador en primera persona y cercano a los 30 años, ejecutor de alguna profesión inocua y habitante de un Japón popular y alejado de los lugares comunes que Occidente ha elegido para describir y retratar a la isla. Después de leer toda su obra (es decir: el grueso de su obra, traducida ya sea al inglés o al español), pue-

do decirme no un fan (me importa un pepino lo que Murakami haga o deje de hacer, los premios que le otorguen o le nieguen) sino un lector asiduo que, de vez en cuando, regresa a algunos de sus libros, muy en particular Sputnik mi amor, que es una suerte de reducción de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (y que no he sido capaz de leer de nueva cuenta: es demasiado largo y yo no tengo mucho tiempo en mis manos, hoy, a diferencia de todo el tiempo que sí tenía cuando lo leí a principios del año 2000) y un libro a la vez entrañable y aterrador, además de una grandiosa historia de no-amor. Es decir: una novela quintaesencial de Murakami, en la cual sus personajes parecen condenados a orbitarse los unos a los otros sin hacer contacto, o volver a tocarse más que a través del recuerdo y la evocación concentrada. Si nuestro autor se merece o no el Nobel, es algo que, como todo lo que tiene que ver con su vida, me tiene sin cuidado. Más importante me parece saber por qué en México tiene tantos “detractores”: ¿qué fibra toca Murakami en los lectores que “lo detestan”? No seré yo quien devele el misterio. En mi caso, esperaré con ansia la aparición de su más reciente novela. Y me abandonaré a su lectura.

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ecir que Brasil era el país de la samba y de los carnavales era como algo peyorativo. De ahí la muletilla: “Brasil no es sólo samba”. Sin embargo, el hecho de que los militares de la dictadura llegaran a censurar las letras de los sambistas es la mejor demostración de que la samba “no es sólo samba”. Es más. El mayor sociólogo vivo del país, Roberto DaMatta, ha sido el que mejor ha descrito en sus libros la importancia de los carnavales con todo lo que ello significa en la cultura y en la idiosincrasia de los brasileños. Nacidos en las favelas pobres de Rio, los enredos de los carnavales, que suelen abordar temas de densidad social y cultural, con fuerte contenido de crítica política han sido considerados como un ejemplo de lo que el país podría llegar a ser si en su administración se usasen los parámetros de la organización de las escuelas de samba. Tanto del punto de vista de gusto artístico, de creatividad, como de férrea organización de los desfiles, los carnavales suponen un verdadero éxito. Son impecables y las escuelas luchan cada año para superarse. A pesar de haber nacido en las favelas donde continúan organizándose, es ya clásica la fastuosidad de las fantasías creadas cada año para los desfiles al igual que los carros alegóricos, un esplendor de oro y luces que evocan la riqueza. Un famoso sambista decía “La pobreza gusta a los intelectuales. A los pobres les gusta la riqueza”. Y a los militares no les gustaban sobre todo las letras de los guiones de los enredos que llevaban toda la carga de elogio a la libertad en medio a las sombras de la represión Por ejemplo, en el carnaval de 1969, los compositores Silas de Oliveira, Mano Décio da Viola y Manuel Ferreira, de la escuela Imperio Serrano, fueron obligados por los censores a cambiar un verso de la samba Heróis da Libertade que cantaba así:

A lo lejos soldados y tambores, Alumnos y profesores, Acompañados de clarín, Cantaban así: Ya amaneció la libertad, La libertad ya amaneció, Esa brisa que la juventud acaricia, Esa llama que el odio no apaga, Es la revolución en su legítima razón”. Ese último verso fue cambiado por la censura por el de “Es la evolución en su legítima razón”. Los militares no se limitaban a censurar la letra de las sambas sino que vigilaban los ensayos de las diferentes escuelas de samba. En algunos casos, los militares obligaron a cambiar el tema de los desfiles para cantar, por ejemplo, las glorias de la gran autopista que atravesaba la selva de la Amazonia, construida por el régimen militar, una obra faraónica y antiambientalista que acabó devorada por la selva y arrinconada en el olvido. Hoy, aquel miedo de los militares a los poemas de la samba son el mayor orgullo para ese monumento nacional de la cultura brasileña y que es algo más que estereotipo. Hace parte del alma más africana y más viva de estas gentes.


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La máscara de la muerte roja Edgar Allan Poe

El gótico como tribu urbana La “Muerte Roja” había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía, y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora. Continúa Pág. 06


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a “Muerte Roja” había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía, y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora. Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron semidespoblados llamó a su lado a mil caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías fortificadas. Era ésta de amplia y magnífica construcción y había sido creada por el excéntrico aunque majestuoso gusto del príncipe. Una sólida y altísima muralla la circundaba. Las puertas de la muralla eran de hierro. Una vez adentro, los cortesanos trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos. Habían resuelto no dejar ninguna vía de ingreso o de salida a los súbitos impulsos de la desesperación o del frenesí. La abadía estaba ampliamente aprovisionada. Con precauciones semejantes, los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta;

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entretanto era una locura afligirse. El príncipe había reunido todo lo necesario para los placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la Muerte Roja. Al cumplirse el quinto o sexto mes de su reclusión, y cuando la peste hacía los más terribles estragos, el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile de máscaras de la más insólita magnificencia. Aquella mascarada era un cuadro voluptuoso, pero permitan que antes les describa los salones donde se celebraba. Eran siete -una serie imperial de estancias-. En la mayoría de los palacios, la sucesión de salones forma una larga galería en línea recta, pues las dobles puertas se abren hasta adosarse a las paredes, permitiendo que la vista alcance la totalidad de la galería. Pero aquí se trataba de algo muy distinto, como cabía esperar del amor del príncipe por lo extraño. Las estancias se hallaban dispuestas con tal irregularidad que la visión no podía abarcar más de una a la vez. Cada veinte o treinta metros había un brusco recodo, y en cada uno nacía un nuevo efecto. A derecha e izquierda, en mitad de la pared, una alta y estrecha ventana gótica daba a un corredor cerrado que seguía el contorno de la serie de salones. Las ventanas tenían vitrales cuya coloración variaba con el tono dominante de la decoración del aposento. Si, por ejemplo, la cámara de la extre-

midad oriental tenía tapicerías azules, vívidamente azules eran sus ventanas. La segunda estancia ostentaba tapicerías y ornamentos purpúreos, y aquí los vitrales eran púrpura. La tercera era enteramente verde, y lo mismo los cristales. La cuarta había sido decorada e iluminada con tono naranja; la quinta, con blanco; la sexta, con violeta. El séptimo aposento aparecía completamente cubierto de colgaduras de terciopelo negro, que abarcaban el techo y las paredes, cayendo en pliegues sobre una alfombra del mismo material y tonalidad. Pero en esta cámara el color de las ventanas no correspondía a la decoración. Los cristales eran escarlata, tenían un color de sangre. A pesar de la profusión de ornamentos de oro que aparecían aquí y allá o colgaban de los techos, en aquellas siete estancias no había lámparas ni candelabros. Las cámaras no estaban iluminadas con bujías o arañas. Pero en los corredores paralelos a la galería, y opuestos a cada ventana, se alzaban pesados trípodes que sostenían un ígneo brasero cuyos rayos se proyectaban a través de los cristales teñidos e iluminaban brillantemente cada estancia. Producían en esa forma multitud de resplandores tan vivos como fantásticos. Pero en la cámara del poniente, la cámara negra, el fuego que a través de los cristales de color de sangre se derramaba sobre las sombrías colgaduras, producía un efecto terriblemente siniestro, y daba una coloración tan extraña a

los rostros de quienes penetraban en ella, que pocos eran lo bastante audaces para poner allí los pies. En este aposento, contra la pared del poniente, se apoyaba un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se balanceaba con un resonar sordo, pesado, monótono; y cuando el minutero había completado su circuito y la hora iba a sonar, de las entrañas de bronce del mecanismo nacía un tañido claro y resonante, lleno de música; mas su tono y su énfasis eran tales que, a cada hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir momentáneamente su ejecución para escuchar el sonido, y las parejas danzantes cesaban por fuerza sus evoluciones; durante un momento, en aquella alegre sociedad reinaba el desconcierto; y, mientras aún resonaban los tañidos del reloj, era posible observar que los más atolondrados palidecían y los de más edad y reflexión se pasaban la mano por la frente, como si se entregaran a una confusa meditación o a un ensueño.


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Pero apenas los ecos cesaban del todo, livianas risas nacían en la asamblea; los músicos se miraban entre sí, como sonriendo de su insensata nerviosidad, mientras se prometían en voz baja que el siguiente tañido del reloj no provocaría en ellos una emoción semejante. Mas, al cabo de sesenta y tres mil seiscientos segundos del Tiempo que huye, el reloj daba otra vez la hora, y otra vez nacían el desconcierto, el temblor y la meditación. Pese a ello, la fiesta era alegre y magnífica. El príncipe tenía gustos singulares. Sus ojos se mostraban especialmente sensibles a los colores y sus efectos. Desdeñaba los caprichos de la mera moda. Sus planes eran audaces y ardientes, sus concepciones brillaban con bárbaro esplendor. Algunos podrían haber creído que estaba loco. Sus cortesanos sentían que no era así. Era necesario oírlo, verlo y tocarlo para tener la seguridad de que no lo estaba. El príncipe se había ocupado personalmente de gran parte de la decoración de las siete salas destinadas a la gran fiesta, su gusto había guiado la elección de los disfraces. Grotescos eran éstos, a no dudarlo. Reinaba en ellos el brillo, el esplendor, lo picante y lo fantasmagórico. Veíanse figuras de arabesco, con siluetas y atuendos incongruentes, veíanse fantasías delirantes, como las que aman los locos. En verdad, en aquellas siete cámaras se movía, de un lado a otro, una multitud de sueños. Y aquellos sueños se contorsionaban

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en todas partes, cambiando de color al pasar por los aposentos, y haciendo que la extraña música de la orquesta pareciera el eco de sus pasos. Mas otra vez tañe el reloj que se alza en el aposento de terciopelo. Por un momento todo queda inmóvil; todo es silencio, salvo la voz del reloj. Los sueños están helados, rígidos en sus posturas. Pero los ecos del tañido se pierden -apenas han durado un instante- y una risa ligera, a medias sofocada, flota tras ellos en su fuga. Otra vez crece la música, viven los sueños, contorsionándose al pasar por las ventanas, por las cuales irrumpen los rayos de los trípodes. Mas en la cámara que da al oeste ninguna máscara se aventura, pues la noche avanza y una luz más roja se filtra por los cristales de color de sangre; aterradora es la tiniebla de las colgaduras negras; y, para aquél cuyo pie se pose en la sombría alfombra, brota del reloj de ébano un ahogado resonar mucho más solemne que los que alcanzan a oír las máscaras entregadas a la lejana alegría de las otras estancias. Congregábase densa multitud en estas últimas, donde afiebradamente latía el corazón de la vida. Continuaba la fiesta en su torbellino hasta el momento en que comenzaron a oírse los tañidos del reloj anunciando la medianoche. Calló entonces la música, como ya he dicho, y las evoluciones de los que bailaban se interrumpieron; y como antes, se produjo en todo una cesacion angustiosa. Mas esta vez

el reloj debía tañer doce campanadas, y quizá por eso ocurrió que los pensamientos invadieron en mayor número las meditaciones de aquellos que reflexionaban entre la multitud entregada a la fiesta. Y quizá también por eso ocurrió que, antes de que los últimos ecos del carrillón se hubieran hundido en el silencio, muchos de los concurrentes tuvieron tiempo para advertir la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Y, habiendo corrido en un susurro la noticia de aquella nueva presencia, alzóse al final un rumor que expresaba desaprobación, sorpresa y, finalmente, espanto, horror y repugnancia. En una asamblea de fantasmas como la que acabo de describir es de imaginar que una aparición ordinaria no hubiera provocado semejante conmoción. El desenfreno de aquella mascarada no tenía límites, pero la figura en cuestión lo ultrapasaba e iba incluso más allá de lo que el liberal criterio del príncipe toleraba. En el corazón de los más temerarios hay cuerdas que no pueden tocarse sin emoción. Aún el más relajado de los seres, para quien la vida y la muerte son igualmente un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede jugar. Los concurrentes parecían sentir en lo más hondo que el traje y la apariencia del desconocido no revelaban ni ingenio ni decoro. Su figura, alta y flaca, estaba envuelta de la cabeza a los pies en una mortaja. La máscara que ocul-

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taba el rostro se parecía de tal manera al semblante de un cadáver ya rígido, que el escrutinio más detallado se habría visto en dificultades para descubrir el engaño. Cierto, aquella frenética concurrencia podía tolerar, si no aprobar, semejante disfraz. Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente, así como el rostro, aparecían manchados por el horror escarlata.

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Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre la espectral imagen (que ahora, con un movimiento lento y solemne como para dar relieve a su papel, se paseaba entre los bailarines), convulsionóse en el primer momento con un estremecimiento de terror o de disgusto; pero inmediatamente su frente enrojeció de rabia. -¿Quién se atreve -preguntó, con voz ronca, a los cortesanos que lo rodeaban-, quién se atreve a insultarnos con esta burla blasfematoria? ¡Apodérense de él y desenmascárenlo, para que sepamos a quién vamos a ahorcar al alba en las almenas! Al pronunciar estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el aposento del este, el aposento azul. Sus acentos resonaron alta y claramente en las siete estancias, pues el príncipe era hombre temerario y robusto, y la música acababa de cesar a una señal de su mano. Con un grupo de pálidos cortesanos a su lado hallábase el príncipe en el aposento azul. Apenas hubo hablado, los presentes hicieron un movimiento en dirección al intruso, quien, en ese instante, se hallaba a su alcance y se acercaba al príncipe con paso sereno y cuidadoso. Mas la indecible aprensión que la insana apariencia de

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enmascarado había producido en los cortesanos impidió que nadie alzara la mano para detenerlo; y así, sin impedimentos, pasó éste a un metro del príncipe, y, mientras la vasta concurrencia retrocedía en un solo impulso hasta pegarse a las paredes, siguió andando ininterrumpidamente pero con el mismo y solemne paso que desde el principio lo había distinguido. Y de la cámara azul pasó la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la anaranjada, desde ésta a la blanca y de allí, a la violeta antes de que nadie se hubiera decidido a detenerlo. Mas entonces el príncipe Próspero, enloquecido por la ira y la vergüenza de su momentánea cobardía, se lanzó a la

carrera a través de los seis aposentos, sin que nadie lo siguiera por el mortal terror que a todos paralizaba. Puñal en mano, acercóse impetuosamente hasta llegar a tres o cuatro pasos de la figura, que seguía alejándose, cuando ésta, al alcanzar el extremo del aposento de terciopelo, se volvió de golpe y enfrentó a su perseguidor. Oyóse un agudo grito, mientras el puñal caía resplandeciente sobre la negra alfombra, y el príncipe Próspero se desplomaba muerto. Poseídos por el terrible coraje de la desesperación, numerosas máscaras se lanzaron al aposento negro; pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura permanecía erecta e inmóvil a la sombra del reloj

de ébano, retrocedieron con inexpresable horror al descubrir que el sudario y la máscara cadavérica que con tanta rudeza habían aferrado no contenían ninguna figura tangible. Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la desesperada actitud de su caída. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.

* Boston, Estados Unidos, 19 de enero de 1809 – Baltimore, Estados Unidos, 7 de octubre de 1849.


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Entrevista al poeta Víctor Sosa El mundo es de condición metafórica: Premio de Poesía Jaime Sabines 2012 “Lo que más me maravilla es la metamorfosis de las cosas, la constatación que nada es lo que es, que todo es Otro, que nombrar al mundo -ay, terrible paradoja del lenguajees imposible, porque escapa a toda fijeza, a toda permanencia, por tanto, a toda clasificación

[ENRIQUE HIDALGO MELLANES]

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íctor Sosa (Uruguay, 1956) es poeta, ensayista y traductor de la lengua portuguesa. Desde 1983 vive en la Ciudad de México y en 1998 adquiere la nacionalidad mexicana. Recibió el Premio Nacional Luis Cardoza y Aragón para Crítica de Arte (1998), el Premio Nacional de Poesía Pancho Nácar (2000), el Premio Nacional de Poesía Gilberto Owen (2012), el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines (2013) así como Mención de Honor del Ministerio de Cultura del Uruguay y de la Intendencia de Montevideo por su libro Los animales furiosos. Obtuvo el apoyo del FONCA en Proyectos y

Coinversiones, 2006 y Residencias Artísticas en Canadá, 2008 y Francia, 2011. Tiene publicados 15 libros de poesía, ensayo y crítica, entre los que se destacan Sunyata (1992), La flecha y el bumerang (1996), El Oriente en la poética de Octavio Paz (2000), Decir es Abisinia (2001), El Impulso (2001), Los animales furiosos (2003), Mansión Mabuse (2003), La saga del Sordo (2006), El principio de eternidad (2009), Nagasakipanema (2011), el video-poema La palabra (2011) y lodos / lotos (2012). Colaboró regularmente con la revista Vuelta en la década de los 90s. Ejerció la crítica de arte, de cine y de literatura en unomásuno, La Jornada Semanal, Milenio y Reforma, entre otros periódicos de México. Es profesor de Literatura, Arte y Apreciación cinematográfica en diversas instituciones. Dirige el Laboratorio de Escri-

tura Autobiográfica y es fundador de ZONaUNO, Seminario Permanente de Apreciación Poética. Lo siguiente es una breve charla a unas horas de enterarse que es el ganador del Premio Internacional de Poesía 2012 por el poemario Gladis monogatari. El galardón, que en el 2013 cumple 25 años, fue convocado por Coneculta Chiapas

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Sábado 12 de Octubre 2013

El poeta Pienso que el poeta tiene su destino trazado y en la vida se reconfigura esa posibilidad de vivir. ¿Qué lo hace ser sensible ante la vida? ¿Qué le maravilla y hace pensar en la poesía? No creo que ni el poeta ni nadie tenga el destino trazado; soy de la idea que el hombre, más que un ser es un deber-ser, como decía Sartre. Nos vamos haciendo a nosotros mismos como un poema que se escribe, se corrige, se vuelve a reescribir constantemente. La persona y la obra son borradores perpetuos escritos al fragor de los acontecimientos. Aunque podemos proyectar, transformar y corregir nuestra vida, como un poema, sabemos que siempre será un intento y un experimento que hay que experimentarlo con alegría, o al menos, de la manera más ecuánime posible. Sin embargo, las pasiones están ahí, nos conforman y le confieren a nuestra presencia en el mundo un impulso irrefrenable, un goce que es el gozne de la muerte y que es de donde salta la poesía, la creación en general, ese estar hechizado, como decía Quevedo, ante todo, incluyendo a la muerte. Lo que más me maravilla es la metamorfosis de las cosas, la constatación que nada es lo que es, que todo es Otro, que nombrar al mundo -ay, terrible paradoja del lenguaje- es imposible, porque escapa a toda fijeza, a toda permanencia, por tanto, a toda clasificación empobrecedora. El mundo es de condición metafórica. De sus lecturas. ¿Qué poetas y libros lo han acompañado en estos años?

Siempre me acompañan Dante, Pessoa, Basho, Whitman, Lautréamont, y tantos. Ahora leo, maravillado, a Ted Hughes, su poesía brutal y a la vez delicada, atravesada por una sensibilidad finísima y un invisible, terrible entendimiento de los acontecimientos y las cosas. Amo la poesía fuerte, musculosa, imaginativa, y profundamente delicada; una especie de box y butoh juntos, si eso fuera posible (y en poesía no cabe duda que lo es). ¿Qué opina usted sobre la poética de Jaime Sabines? Sabines salvó a la poesía mexicana del exceso de “poeticidad” en la que estaba. La dignificó con las palabras comunes, con los giros corrientes, con un coloquialismo vibrante, vivencial, experiencial. Introdujo el humor sin el artificio del ingenio e hizo posible que la poesía fuera leída por todos, y fuera escuchada con arrobo por gente no atraída por los libros; su voz, la voz de Sabines, sigue resonando y resonante en el imaginario poético de México.

Sobre el poemario ganador Su poemario Gladis monogatari. Platíqueme, por favor, ¿este libro es ruptura o continuidad con sus anteriores libros o bien, con su sensibilidad poética? Ruptura y continuidad, las dos caras de un mismo recorrido. Toda escritura tiende sus raíces en una escritura anterior y proyecta su sombra en aquella que vendrá. Como un ritornelo -mi

último libro se llama justamente Ritornelo- se trata de un tema con variaciones, el mismo y otro a la vez. La metamorfosis de lo mismo, para retomar el tema del cambio, de la transformación permanente de todo lo creado. Quien se tome el trabajo de leer todos mis libros, al menos desde Sunyata (1990) hasta Gladis monogatari (2013) vera que hay constantes temáticas y variantes formales, variantes constantes, para jugar con los términos. La repetición es desertización, es muerte por falta de asombro, y sólo el asombro nos puede mantener vivos en la escritura y en el mundo. Sólo el asombro salva. ¿Cuál es su opinión sobre el dictamen sobre su poemario? ¿En qué acertaron los lectores? Mi opinión no creo que tenga importancia ya que no puede ser más que parcial. Confío en que el jurado haya acertado en su elección y espero merecer ese acierto ya que los tres miembros del mismo merecen todo mi respeto y aprecio. Finalmente, se premia una escritura, una poética, el nombre propio viene después como un agregado circunstancial, como un vehículo que hizo posible la efímera inmortalidad de esas imágenes. Vendrá usted a Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. ¿A quienes encontrará por estas tierras? ¿Qué pensará su sensibilidad poética? Sí fuera invitado, claro que iré. Amo el Estado de Chiapas con sus riquezas naturales incomparables y con sus grandes poetas. ¡Por allá nos veremos!


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Anaqueles Novela

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Ilustración urbana

Jesús Beníez en la mascara de “Dhear”

Las muertas De Jorge Ibargüengoitia Si esta historia la hubiese soñado alguno de los grandes maestros de la literatura macabra, el resultado hubiese sido una historia espeluznante. Las muertas, sin embargo, está construido de de tal manera que nunca se cae en el reino del terror sino en el de la sonrisa plena o la carcajada abierta. Los seres que pueblan las páginas de esta novela encajan en las grandes corrientes de la picaresca y de la comedia de errores dibujados siempre con gran sutileza y dominio de un lenguaje cada vez más preciso, más directo, más elaborado en su aparente simplicidad. De un hecho real, con repercusiones inmediatas en las crónicas rojas de todo el mundo, Ibargüengoitia ha creado un libro que deja a un lado todo sensacionalismo para llegar al escueto e hilarante desarrollo de los hechos.

Novela Cosa Facil De Paco Ignacio Taibo II ¿Quién mató al ingeniero cuando la fábrica estaba a punto de ir a huelga? ¿Qué esconde la hija adolescente de una vedette de segunda, que puede costarle la vida? ¿Está vivo Emiliano Zapata? Héctor Belascoarán Shayne trata de resolver estas tres preguntas en días terribles y noches sin sueño, mientras siente que a su alrededor todo se desmorona. Segunda novela de la serie del detective Belascoarán Shayne que la crítica internacional ha calificado como una de las mejores obras de Paco Ignacio Taibo II.

Novela

Á. Gabriel Pozo Ruiz

M

ás conocido en el medio como “Dhear”, este artista e ilustrador mexicano se ha colocado, entre los mejores de américa latina, no solo por su técnica ni composición, si no por cómo ve el presente su futuro y su pasado, este último es la vértebra de sus trabajos y huella dactilar de lo que representa una cultura prehispánica en ocasiones olvidada. Nacido en la ciudad de México en 1985, su estilo, es una mezcla de ilustración, pintura y graffiti, disciplinas que domina, practica y fusiona. Sus obras suelen representar organismos animales y vegetales que curiosean con la abstracción, sin llegar a perder su esencia fantástica.

Herejes

De Leonardo Padura

En 1939, el S.S. Saint Louis, en el que viajaban novecientos judios que habian logrado huir de Alemania, paso varios días fondeado frente a la habana en espera de que se autorizara el desembarco de los refugiados. El niño Daniel Kaminsky y su tío aguardaron en el muelle a que descendieran sus familiares, confiados en que estos utilizarían ante los funcionarios el tesoro que portaban a escondidas: un pequeño lienzo de Rembrandt que pertenecía a los Kaminsky desde el siglo XVII. Pero el plan fracaso y el barco regreso a Alemania, llevándose consigo toda esperanza de reencuentro. Muchos años después, en 2007, cuando ese lienzo sale a subasta en Londres, el hijo de Daniel, Elías, viaja desde estados unidos a la habana para aclarar que sucedio con el cuadro y con su familia. Sólo alguien como el investigador Mario conde podrá ayudarlo. Elías averigua que a Daniel lo atormentaba un crimen. Y que ese cuadro, una imagen de Cristo, tuvo como modelo a otro judio, que quiso trabajaren el taller de Rembrandt y aprender a pintar con el maestro.

Ic Graficos de tuxtla

ic_tuxtla@hotmail.com


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