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Rayuela 221 Sábado 13 de Julio de 2013. Año IV. Suplemento sabatino de arte, literatura y sociedad

Cuando los sueños pueden ser cuentos Felipe E. Flores Gálvez


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DIRECTORIO Noé Farrera Morales DIRECTOR GENERAL

Noé Juan Farrera Garzón DIRECTOR EDITORIAL PÉNDULO

Ángel Yuing Sánchez COORDINADOR Y EDITOR

Á. Gabriel P. Ruiz DISEÑO

Javier Ríos Jonapá PRODUCCIÓN E IMPRESIÓN

Misael Palma, César Trujillo, Ornán Gómez, Marcelino Champo, Pascual Yuing, Chary Gumeta, Karen Berenice Beltrán Ozuna CONSEJO EDITORIAL LEGALES Rayuela, suplemento de arte, literatura y sociedad del periódico Péndulo de Chiapas, No. 221 (Edición) Año IV, Sábado 13 de Julio de 2013. Impreso en 13 Poniente Norte Núm. 639, colonia Magueyito. Código Postal 29000, Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, México. Teléfono (961) 61 24529. Se prohíbe la reproducción total o parcial de los contenidos sin el consentimiento expreso de sus autores. La redacción no responde por originales no solicitados. Los contenidos, así como parte de los títulos y subtítulos son responsabilidad exclusiva de quien los firma y no representan necesariamente el punto de vista del periódico Péndulo de Chiapas. Correspondencia: angelyuing@hotmail.com

El mundo ilustrado de

Rébecca Dautremer Á. Gabriel Pozo Ruiz

M De nuestra portada 221:

Fotografía. Autor desconocido. Tomada del muro “Creartika”.

uchos ilustradores se hacen de un estilo dependiendo de su entorno y en la época en que se desarrollan en este fino arte. Muchas veces suelen ser minusvalorados por su sátira, su estilo grotesco, su innovación estética. Su desparpajo, su surrealismo o macabras historias, a las que dan vida con su estilo artístico único. Remontémonos al pasado, aunque no tanto. Ilustradora que ha inspirado tanto a ilustradores famosos como a dibujantes: Rébecca Dautremer. Nació en Gap (Francia) en 1972, diplomada de la

Ic Graficos de tuxtla

Escuela Nacional de Artes Decorativas de París, has sido dibujante para prensa, cartelista, diseñadora gráfica y de juguetes. Y que más nos queda quienes vivimos en un mundo donde los límites no existen, es así que esta talentosa ilustradora y sus obras se inmortalizan en las hojas de los libros para llenarlos de vida.

ic_tuxtla@hotmail.com


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Rayuela: Instrucciones para salir ileso “Todo lector de Rayuela percibe de inmediato el acaudalado bagaje de lecturas que forma el andamio intelectual con cuya ayuda Cortázar levanta su novela. Esas lecturas aparecen a lo largo del libro a veces como puntos de apoyo sobre los cuales hace palanca la obra, otras, simplemente como nervaduras invisibles o semivisibles que alimentan o sostienen sus páginas”. Jaime Alazraki (Prólogo a Rayuela, reedición Biblioteca Ayacucho)

Carlos Yusti

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n esa montaña rusa (que es la experiencia lectora/leída) con sus movimientos de serenidad y de vértigo hay libros (y autores) que te persiguen toda la vida aunque uno no se encuentre huyendo de manera abierta y declarada; libros que forman parte de tu arsenal espiritual, de tu trinchera para resguardarte de la artillería sostenida de la deshumanización y la estupidez que a diario te bombardea. Rayuela, esa novela que escribió Julio Cortázar como un exorcismo y un recorrido de iluminación zen (el título pensado por el escritor para la novela en principio fue Mandala), especie de viaje místico hacia ese abismo personal del ser. Dicho así la trama de una novela

que es dosenuna parece simple, pero zambullirse en sus páginas y personajes, más que en una trama especifica en sí, puede resultar resbaladizo para no utilizar la palabra peligroso. Su lectura te dejas marcas y moretones, nadie sale indemne de su lectura. En mi biblioteca hay varias versiones, desperdigadas aquí y allá como pétalos de una flor exótica y cambiante. La razones para esta obsesión rauyuelesca la ignoro, pero he logrado contabilizar alrededor de 15 ediciones en español de países distintos, y sin duda incluiré la última edición en homenaje a sus 50 años. Novela que no envejece y la cual en el momento de su publicación resultó experimental y un tanto vanguardista, pero hoy su propuesta de las dos novelas en una resulta una especie de fuego/juego

de artificio con esa subrayada petulancia tan argentinosa. Lo que importa de Rayuela no es tanto su estuche (o sus pretensiones de puzzle que buscar hacer participe al lector), sino esa forma especial con los cuales Cortázar amasó a sus personajes; personaje, que al igual que en esas grandes novelas etiquetas como clásica adquieren vida autónoma, relegando a su autor al papel de secretario de esas pasiones tan humanas que de alguna manera se traspapelan con las pasiones de los lectores. Personajes que son vitrinas, espejos y ventanos donde el lector se pierde de manera irremediable.

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Leí Rayuela en el bachillerato a instancias de mi profesor Humberto Gonzáles (hoy gran amigo de ruta) y no entendí nada. En primer lugar debido a que novela era culta e inteligente. Yo estaba acostumbrado a la novelitas vaqueras y las policiales, sin mencionar que mi pedigrí era más bien barriobajero. En consecuencia mis ignorancias veleidosas eran muchas. Lo segundo su lenguaje era luminoso, cuidado, poético y con la cotidianidad metida en las uñas lo que le proporcionaba a cada frase, a cada párrafo una música, un ritmo vivo permitiendo que los personajes no fueran muñecos con hilos y que las circunstancias que atravesaban tuvieran ese tufo portentoso de la vida. Lo tercero era esa magia de juego cósmico que se respiraba a cada página y para completar el cuadro la novela es también una indagación del devenir novelesco, de la novela como género e incluso el autor a veces aparece en sus páginas como personaje circunstancial desmoronando esos sutiles límites entre la realidad y la ficción. Leer Rayuela después que la vida te ha enseñado/propinado algunas lecciones y que los libros han ido cayendo en tu alma como una tenue lluvia mientras caminas en la intemperie hacia ti mismo, en una experiencia más vital que existencial. Desde esta perspectiva la novela de Cortázar se vuelve un tributo a la vida soñada desde el arte y esa liber-

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tad apremiante de contravenir todas las convenciones sociales para darle un chance a lo humano. No recordar pasajes de novela es inevitable. No amar a La Maga es imposible y no detestar a Horacio Oliveira por cabrón y lúcido es improbable. Hay pedazos del libro que siguen a todas partes como los diálogos entre la Maga y Horacio cuando la ruptura es inminente. O aquel fragmento erótico escrito con todo el amor y el impudor posible en glíglico, ese lenguaje inventado por la Maga que uno entiende a la perfección cuando de sexo se trata. También está la carta que le escribe La Maga a su hijito muerto y que te hace llorar por dentro. O ese personaje de una ternura infantil increíble como es la pianista Berthe Trépat. Y no digamos todos los extrañísimos personajes que conforman El club de la serpiente. Luego esta la música (y sobre todo el jazz) que se cuela a lo largo del libro como telón de fondo y ese París de reverberaciones ficticias y pulsaciones metafísicas o poéticas que es como ese otro personaje tan de encantamiento, tan de invento sobrenatural. Si algún lector quiere salir ileso de Rayuela, la mejor manera es que no la lea, pero si hace semejante estupidez se perderá una historia que rompe todas las premisas, escrita con girones de vida entre lo poético y un fluir a contracorriente que busca redefinir la novela como género y

la literatura como materia fecal para alimentar ocios bien administrados. La lucidez de Rayuela radica en su planteamiento de fondo: el hombre y sus inventos intelectuales para domesticar su sentido de lo humano. La vida es un reinventarse a cada tanto, no dejarse morir antes de tiempo por esos hábitos mecánicos de convivencias, por esas fachadas de intelectualidad que se elevan por encima de todo y todos. Horacio crítica a La Maga su irresponsabilidad sin seso, su ignorancia luminosa, mientras él que es la inteligencia se oscurece en sus meditaciones metafísicas y existenciales. La Maga vive y Horacio está allí analizando la vida mientras pasa. No por casualidad Horacio en la novela piensa: “Hay ríos metafísicos, ella los nada como esa golondrina está nadando en el aire, (…) Yo describo y defino y deseo esos ríos, ella los nada. Yo los busco, los encuentro, los miro desde el puente, ella los nada. Y no lo sabe…” Y de eso se trata. Más que pensar en el río (o verlo fluir) es necesario nadar aunque uno no se de por enterado. El río como la vida pasa una sola vez o viceversa. *Escritor y pintor venezolano.


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Cuando los sueños pueden ser cuentos: (a) la memoria de Felisberto Hernández Felipe E. Flores Gálvez Ahora yo también recuerdo aquel día cuando tuvimos la primera clase del escritor uruguayo: hablábamos sobre el primer tomo de sus cuentos y también empezábamos a conocerlo Continúa Pág. 06


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hora yo también recuerdo aquel día cuando tuvimos la primera clase del escritor uruguayo: hablábamos sobre el primer tomo de sus cuentos y también empezábamos a conocerlo. A conocerlo más, más de cerca. El momento en que hablamos (o hablaron, porque no recuerdo haber hablado la primera vez sino después, cuando casi todos callaban) sobre la ironía –punto focal en la obra felisbertiana-, lo primero en que pensé fue en Rainer María Rilke. Digamos que fue una alusión casi inconsciente y por eso nada más pasó como una ráfaga de viento lluvioso. Pero ahora que releo o escarbo entre mis rayones de Cartas a un joven poeta, me pregunto si don Felisberto no bebió de aquí muchos de los sabios consejos del autor de La canción de amor y de muerte del alférez Christoph Rilke. Sobre todo con algunos de sus consejos que ahora comparto: Rilke le escribe a un tal Kappus y le dice lo siguiente “Investigue la causa que le empuja a escribir, examine si sus raíces se extienden hasta lo más profundo de su corazón. Reconozca si no preferiría morir en el caso de no poder escribir. Y sobre todo, en la hora más serena de la noche pregúntese: ¿siento imperiosamente la necesidad de escribir? Ahonde en sí mismo en busca de una profunda respuesta, y si ésta resulta afirmativa, si puede responder a tan grave pregunta con un fuerte y simple “Sí”, entonces construya su vida de acuerdo con dicha necesidad”. Creo que después que respondió a dicha pregunta, don Felisberto no pudo más que escribir y escribir a mano suelta. ¿Por qué mano a suelta? Casi me da la impresión de que Felisberto Hernández no tenía el problema común de muchos de los escritores consagrados o incluso amateurs: el problema de ya no poder escribir porque la idea se nos ha ido a causa de la lentitud manual en la transcripción de ésta, es decir no tener una mano al estilo de Chéjov: una mano veloz. (O lo que es lo mismo: Felisberto escribía, no pensaba; nosotros pensamos, no escribimos: de ahí la naturaleza fantástica de sus cuentos: el correr o fluir impreciso pero continuo del torrente de los sueños que, en su caso, se convierten en cuentos…) Pero sigamos con Rilke, quien agrega “Evite sobre todo las formas más corrientes y usuales, son las más difíciles, pues es necesaria una gran fuerza y madurez para poder dar algo propio en un campo donde existe una gran cantidad de buenas y en parte, brillantes tradiciones (pienso de pronto en la cuestión de la otredad: Borges, por poner un ejemplo, es famoso por sus versos o cuentos que tratan “del otro”; ¿no será que Las hortensias, en sus múltiples formas de ser abordado es una muestra precisamente de esa madurez que ya se anuncia en un cuento y/o piecita teatral titulada Drama o comedia en un acto y varios cuadros?) Por ello, evite los grandes temas y vaya hacia los que la cotidianeidad le ofrece; describa sus tristezas y sus deseos, los pensamientos que le vienen a la mente y su fe en alguna forma de belleza”. Al pie de la letra; Felisberto Hernández en esa su manera tan peculiar de discurrir y describir en sus cuentos no hace otra cosa más que “evitar los grandes temas” –salvo las excepciones anotadas arriba y aún practicadas de modo muy singular-, y dejar constancia tanto de tristezas (La mujer parecida a mí),

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como de sus deseos (La pelota) y todos los pensamientos que le venían a la mente (los ejemplo abundan incluso a razón de títulos: Nadie encendía las lámparas, El balcón, La casa inundada, Lucrecia, El cocodrilo, etcétera, etcétera…) Digo que a razón de títulos porque si el lector de Felisberto quiere saber de qué van a tratar sus cuentos, debe tener por seguro que es casi siempre lo que el título indica; para nada hay títulos rebuscados o “interesantes” para crear o llamar la atención del lector. No: lo verdaderamente interesante está en la manera en cómo va a hablar sobre un balcón suicida y un sitio donde conforme va pasando el tiempo y la gente y el sol se va ocultando, simplemente, nadie enciende las lámparas. Y luego continúa Rilke “Descríbalo todo con sinceridad humilde y serena, y utilice para expresarse las cosas que lo rodean, las imágenes de sus sueños y los objetos de sus recuerdos. Si su vida cotidiana le parece pobre, no la culpe, cúl-

pese usted mismo de no ser lo bastante poeta como para encontrar sus riquezas”. Respecto a esta última parte, la de culparse, no dudo en que Felisberto tenía una noción fiel de su entorno, del ambiente de su tierra y de la vida de sus cosas. Sí, la vida de sus cosas. Don Felisberto parece ponerle más atención a todo lo estático o no humano para entonces transmutarlo en algo diferente, incluso misterioso, y darle un soplo de vida (ahora recuerdo La piedra filosofal). Ciertos muebles, misteriosos muñecos, partes del cuerpo que parecen ser la persona o el mismo cuerpo animado cobran la autonomía de algo independiente y una cualidad protagónica en cada cuento. Y ésta es pues la riqueza del autor uruguayo que por fortuna, no ha pasado desapercibido para sus lectores atentos y minuciosos, como María Nengroni, quien puntualmente indica que “El mundo se abre siempre en estos cuentos como una caja de sorpresas, un espacio imantado por la fantasía (…) El

tema, indómito, está siempre ligado a la conciencia y sus endebles espejismo. Este movimiento se complementa con otro, paradójico, de cosificación de los seres (las personas como “muebles que cambiaran de posición”) y animación de las cosas (“los objetos tenían más vida que nosotros”). Y por su parte David Huerta, en el prólogo a Primera invenciones, menciona que en la traducción hecha al italiano, Italo Calvino dijo lo siguiente en su presentación a los italianos “Felisberto Hernández es un escritor que no se parece a ninguno; a ninguno de los europeos y a ninguno de los latinoamericanos; es un ‘irregular’ que escapa a toda clasificación y encasillamiento pero a cada página se nos presenta como inconfundible”.


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Parece hasta exagerada la afirmación, sin embargo, basta soñar unos dos cuentos del uruguayo para caer en la cuenta, quiero decir en el precipicio, despertar. Pero volvamos ahora a la primera parte de lo último de Rilke: describir con sinceridad humilde y serena. Describir las imágenes de los sueños. Esta parte es la que me encanta de la obra felisbertiana porque hay una naturalidad, una espontaneidad casi inigualable a la hora de dar muestra tanto de lo que le rodea como de aquello con lo cual lo compara, le busca la analogía y por ende presenta la imagen siempre en movimiento del protagonista que “para que los recuerdos (le) anduvieran, tenía que darles cuerda caminando”. He aquí unos ejemplos formidables de tantos: 1.- “Había una mancha en la pared, que un día cuando era la siesta y estaba por dormirme, la sombra de la semioscuridad hacía que me pareciera una mujer con un hijo suplicando…” (Mi cuarto en el hotel) 2.- “La cara redonda y buena, venía muy bien para la palabra “abuela”, fue ella la que me hizo pensar en la redondez de esa palabra” (El caballo perdido) 3.- “Había levantado una mano con los dedos hacia arriba –como el esqueleto de un paraguas que el viento hubiera doblado-…” (Nadie encen-

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día las lámparas) 4.- “La noche era de luna y de lejos vi brillar las piedras del arroyo como si fueran escamas” (La mujer parecida a mí) 5.- “Al final se levantó, fue hacia la mujer y se empezó a inclinar lentamente, hasta que sus labios tocaron la mejilla de ella; parecía que el beso hubiera descendido en paracaídas sobre una planicie donde todavía existía la felicidad” (Las Hortencias) 6.- “En la noche anterior, la oscuridad me había parecido casi toda hecha de árboles; y ahora, al abrir la ventana, pensé que ellos se habrían ido al amanecer” (La casa inundada) Tan cierto como que lo fui conociendo desde hace más o menos cinco meses puedo afirmar también que la materia onírica de Felisberto no se parece a otra a nivel textual. Porque si algo nos adentra sin problemas en la misma es el sentimiento que todos tenemos de haber soñado y seguir soñando regularmente (de paso puedo dejar constancia de mi experiencia con Felisberto: así como los sueños pocas veces suelen recordarse y así como imprevistamente pueden sucederse o terminar, los sueños felisbertianos suelo no tenerlos muy presentes a menos que tengan algo muy punzante que los clave en la memoria : cómo no recordar –a pesar de los años- esa caída inevitable de la mate-

ria oscura de un universo indescifrable, cuando era niño y soñaba, y sólo hasta llegar casi al golpe fatal de la interminable caída despertar y decir: ¡órale, qué alivio: no es cierto¡)

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Por eso no sorprende que el niño viejo que es don Felisberto, anclado en la infancia y suspendido en los recuerdos –“En cambio yo me quedaría menor toda la vida” (Tierras de la memoria)-, no sufra esa “distorsión” perenne a lo largo y ancho de su obra “es angustiosa y confusa la historia que se hizo en mi vida, desde que fui el niño de Celina hasta que llegué a ser el hombre de ‘cola de paja’”. Y cuando digo distorsión me refiero a lo imprevisto de los sueños, es decir al estilo musical de Felisberto Hernández, los camino varios en los cuales incurre al tomar cada sueño con la obsesión de la memoria y el recurso del ensayo. En otras palabras, y mejor escuchémoslo de don Felisberto “Por caminos muy distintos he tenido siempre los mismos recuerdos. De día y de noche ellos corren por mi memoria como los ríos de un país. Algunas veces yo los contemplo; y otra veces ellos se

desbordan”. Creo que ese desbordamiento tiene que ver con los huecos que la imaginación suple cuando el recuerdo si bien concreto también es vago. Es el artilugio de los cuentos oníricos de don Felisberto: caigamos de una buena vez en la cuenta: Si no hay historia que contar –parece decir el uruguayo-, si no hay cuento que escribir, pues entonces te lo sueño, y es más fácil. Desbordamiento imaginativo pero, como lo dije, de igual forma un desbordamiento estilístico: los cuentos felisbertianos en sus finales no encauzados, en su argumento despreocupado y en sus infinitas historias entrelazadas como en Tierras de la memoria o Las Hortensias y con sus distintas minificciones, tienen en su continuo “irse por otro lado” las argucias del estilo ensayístico, las digresiones, todo como para dar cuenta casi total del viaje, para revitalizar –junto con las descrip-

ciones y sus imágenes dinámicas y movibles a la manera de un film- y finalmente caracterizar el modo de soñar cuentos de don Felisberto Hernández. “La memoria como motor de búsqueda” han dicho sobre los motivos de Felisberto al escribir. Pero yo agregaría con certeza que como motor de encuentro y partida; por eso con seguridad empieza, en ese cuento curiosamente titulado Tierras de la memoria diciendo “Tengo ganas de creer que empecé a conocer la vida a las nueve de la mañana en un vagón de ferrocarril”…


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En busca de un Oscar más joven y diverso La Academia de Hollywood se renueva en un esfuerzo sin precedentes para acabar con la imagen monolítica del miembro medio: un hombre blanco por encima de los 60 años

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iversidad. Esa es la idea escrita a fuego con la que la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood ha seleccionado este año a sus 276 miembros. Hombres y mujeres dispuestos a votar a los próximos candidatos al Oscar. Sobre todo mujeres. Porque por primera vez en su historia la Academia ha abierto sus puertas a la diversidad, sexual, étnica y cultural. Y, además, ha rejuvenecido sus filas. Un esfuerzo sin precedentes que quiere acabar con el retrato monolítico del académico medio: hombre, blanco y por encima de los 60; que domina esta organización desde su creación hace 85 años. Las actrices Jennifer López y Lucy Liu, los directores Steve McQueen y Pablo Larrain, el actor Danny Trejo o la guionista Lena Dunham son algunos ejemplos de esta diversidad en edad, sexo, raza o nacionalidad. También se suman a la lista el español Paco Delgado, candidato al Oscar en esta última edición por su trabajo en el diseño de vestuario de Los Miserables, o el catalán Eduard Grau, director de fotografía de Buried. Además del compositor japonés Joe Hisaishi, autor de gran parte de las bandas sonoras del cine animado de Hayao Miyazaki, o la actriz francesa Emmanuelle Riva, a sus 86 años la más veterana de las invitadas a formar parte de la Academia y candidata en esta última edición de los Oscar por Amour. El proceso de selección impuesto hasta el momento, aumentó las filas de la Academia en unos 30 nuevos miembros -como mucho-, perpetuando el perfil viejuno que desde hace años proyecta esta organización. Según un estudio que el diario Los Angeles Times publicó el pasado año, el 94% de los académicos son blancos y el 77%, hombres. Los negros no son más del 2%, y los hispanos no llegan ni a esa escasa cifra. Además, la edad media de los académicos está en los 62 años Tan sólo un 14% de los miembros están por debajo de los 50. Igual que ocurre en la Academia española de cine, en Hollywood la pertenencia a ese selecto grupo es solo por invitación. Una vez al año, aquellos que han sido nominados reciben la propuesta, sin que esto conlleve el ingreso inmediato. Gustavo Santaolalla tuvo que ganar dos veces el Oscar a la mejor banda sonora para ser finalmente aceptado Y Fernando Trueba todavía no es miembro a pesar del Oscar por Belle Epoque, la nominación de Chico y Rita y la carta de recomendación de Billy Wilder.

El que desea ser invitado necesita dos patrocinadores dentro de la Academia que le avalen, contar en su filmografía con dos o tres créditos en una posición creativa de importancia o ser considerada una persona de excepcional valía. Aún así, y desde 2004 hasta ahora, eran muchos más los candidatos considerados a ser miembros que los que conseguían entrar, dada la cerrazón que dominaba en la organización a la hora de aumentar sus filas. Con 5.800 miembros con derecho a voto, la Academia se limitaba a reemplazar las vacantes de miembros fallecidos o de aquellos que habían renunciado a una membresía que anualmente cuesta cerca de 200 euros (precio que no incluye las codiciadas entradas para asistir a la ceremonia de entrega de los Oscar). Los 276 nuevos miembros suponen un récord de nuevas admisiones en la Academia. En esta ocasión, a instancias del presidente, Hawk Koch, también han premiado la diversidad. Una directriz no escrita pero confirmada por los miembros de la Academia que, como el director español Raúl García, toman parte en este proceso de selección, miembro del comité ejecutivo de la rama de animación. “Sí es cierto que existe un deseo de abrir las puertas de la Academia pero uno no entra por ser negro, hispano o chino.

La variedad étnica tiene que venir refrendada por los méritos artísticos de cada uno”, confirma este académico desde 1993 y parte de la docena larga de españoles que tienen derecho a voto cuando llega la hora del Oscar. Como recuerda el codirector de El lince perdido, el deseo de renovación no es nuevo aunque quizá más marcado. Un deseo de innovación que le permitió hace dos años avalar y conseguir la entrada de otro español y candidato al Oscar, Javier Recio, que con 30 años recién cumplidos está entre los más jóvenes de la organización. Este año hay más de su quinta. Dunham, 27 años; Joseph Gordon Levitt, 32, y Jack Huston, 30. Un cambio de edad que también cambia los comportamientos, como demuestran los mensajes que puso en Twitter la protagonista y creadora de la serie Girls cuando conoció la noticia: “Escalofriante. Esto compensa los malos ratos del colegio”. Jason Bateman, Rosario Dawson, Patricio Guzmán, Michael Peña, Catherine Hardwicke, Paula Patton, Alma Martínez, Chris Tucker, Sandra Oh, Miriam Colon, John Lee Hancock o Sarah Poley son otros muchos integrantes de esta lista de invitados donde, por regla general, todos pasan a ser miembros de pleno derecho. Aunque existen notables excep-

ciones como la del director y guionista Woody Allen, el actor Viggo Mortensen o el maestro de la animación japonesa, Hayao Miyazaki, que ha rechazado la invitación no una, sino dos veces. Dentro de la Academia todavía resuenan las protestas que acusaron a la organización de racista por dejar a la actriz hispana Lupe Ontiveros fuera del homenaje anual en el que se recuerda a los fallecidos durante el último año durante la gala de los Oscar. La intérprete de Real women have curves, Selena o The Goonies intentó formar parte de la Academia sin ningún éxito a pesar de contar con el aval de otros dos prestigiosos hispanos dentro de la organización, Edward James Olmos y Miguel Sandoval. De ahí las dudas de que los nuevos cambios dentro de la Academia se vayan a dejar sentir de manera rotunda en la próxima entrega de estatuillas. El número de nuevos miembros es un 57% superior al de otras ediciones. Pero el porcentaje de mujeres invitadas a formar parte de esta organización es escasamente superior al de otros años. En 2012, un 31% de los nuevos miembros fueron mujeres. Este año, un 32%.


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Isaak Babel, un gran escritor asesinado por Stalin Staff

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al día como hoy, en 1939, dos funcionarios de la NKVD (policía política de Stalin) se llevaron a Bábel de madrugada. Fueron a buscarlo al apartamento de Moscú. No estaba. Lo encontraron en la casita de Peredelkino, la aldea de los escritores. No le gustaba mucho ir por allí (rehuía a los colegas y aun ponerse a hablar de literatura con ellos); Nadiezhda Mandelstam lo recuerda (en Contra toda esperanza) viviendo siempre en sitios inesperados -a Bábel le encantaba sorprendernos-, pero nunca en las casas destinadas a los escritores. Quizá se había encerrado en Peredelkino a escribir; sin duda presagiaba que tenía los días contados y no podía perder un minuto. Cuando lo detienen, sólo atina a decir: No me dejaron terminar. Le confiscaron nueve carpetas allí mismo y otras quince en el apartamento de Moscú. Por las

mismas fechas se llevaron también, entre tantos, a Meyerhold (uno de los grandes innovadores del teatro del siglo XX) y a Koltsov (corresponsal de Pravda en la guerra civil española y autor de Diario de la guerra de España); los fusilaron unos días después después de Bábel. (Cuesta contar estas cosas, dicho sea entre paréntesis. Y el caso de Bábel tiene un aquél de muerte merodeada que incomoda especialmente.) Antes de cabalgar con el regimiento de los cosacos como corresponsal de guerra en el frente de Galitzia y verter la experiencia en el Diario de 1920 y en Caballería roja, había trabajado en la Cheka (años después y con otras siglas quedaría integrada en la NKVD, el departamento de seguridad de la URSS). Se veía con Yezhov, el jefe de la NKVD, y era (o había sido) amante de su mujer, que celebraba reuniones con escritores y artistas; cuando Osip Mandelstam le reprochó esas amista-

des (o le comentó su perplejidad), Bábel confesó que quería estar cerca del olor de la muerte. Quería verlo todo. Y tomar buena nota en sus cuadernos. Recorrió la geografía soviética. Lo vio todo (colectivizaciones incluidas). No podía llamarse a engaño. Sabía cómo se las gastaban. Sabía lo que pasaba. Lo que estaba pasando. La gran purga de Stalin. Y lo que es más importante: sabía que él nunca iba escribir cómo -o lo que (que viene siendo lo mismo)- querían que escribiera. De hecho, cuando muere Gorki en 1936, que siempre lo había protegido, es consciente de que vienen tiempos duros. Sabe que en adelante cada día será un día de prórroga. Y aun así llega a comentar: No me importa que me arresten, si me dejan seguir escribiendo. ¿¡Pero dónde tenía la cabeza este Bábel?! En algún cuaderno de notas, claro. Nunca traicionó su mirada: Hay que penetrar en el alma del soldado, penetro en ella, todo esto es horrible, son fieras con principios, escribe en el Diario de 1920. Su (única) causa era la literatura y su única ideología el estilo: No hay hierro que se clave tan hondo en el corazón humano como un punto en el sitio justo, escribe en ese cuento titulado como su maestro, Guy de Maupassant. Y para ganarse la vida -y mantener a Eugenia, su primera mujer, en París (desde 1925) donde nacerá su hija Natalie, y a su madre y hermana en Bruselas (desde 1926)- escribe guiones. Sabemos de su colaboración en algunas películas -Evreyskoe Schaste (1925) de Alexis Granowsky, Benya Krik (1926) de Vladimir Vilner (un guión en el que había trabajado con Eisenstein, que iba a dirigirlo hasta que se cruzó el Potemkin),Dzhimmi khiggins (1928) de Georgi Tasin, El circo (1936) de Grigori Aleksandrov y El prado de Bezhin (1937) de Eisenstein-; tras la purga, su nombre fue borrado de los créditos de las películas, así que su filmografía como guionista figura incompleta. Durante todos esos años, a pesar de viajar con frecuencia a París para estar con su familia, rechazó siempre la posibilidad de exiliarse, aunque su mujer, madre y hermana le insistían en que abandonara la URSS; es más, trata de convencer a Eugenia para que vuelva con la niña a Moscú. (Es que hay cosas que son verdad pero resultan inverosímiles.) Sólo entonces, cuando ella se niega, empieza a vivir con Antonina Pirozhkova. Resulta revelador a propósito de la voracidad visual -o de lacuriosidad voraz, que decía Nadiezhda Mandelstam-, de Bábel, cómo se conocieron. Lo contó la propia Antonina en sus memorias. Fue presentarlos y quiso ver lo que llevaba en el bolso, y cuando se lo permitió, fue poniendo sobre la mesa, una a una, todas las cosas, las examinó minuciosamente y luego volvió a guardarlas... menos una carta, y le pidió si podía leerla... No sólo eso, le propuso un trato: por cada carta que recibiera y le dejara leer, le daría un rublo. Y como ella no puso inconveniente a que la leyera, le pagó el primer rublo. Es de imaginar que después apuntaría todo en su cuaderno de notas. Así empezó su historia. Cuenta también que a Bábel, a la hora de escribir, le gustaba usar hojas más largas y anchas de lo normal, y

las cortaba él mismo. Iba y venía por la habitación con un cordel que enrollaba y desenrollaba en los dedos. Cada tanto se sentaba y escribía. Y volvía a recorrer el cuarto. Y salía y entraba en la habitación de Antonina, sin enterarse de su presencia. Y de vuelta en su habitación, se sentaba, escribía. Y se levantaba y enrollaba y desenrollaba el cordel. Escribía. Tras 72 horas de interrogatorios (o sea, de torturas), acusado de conspiración y terrorismo, firmó una confesión: en 1927 había sido reclutado por Iliá Ehrenburg para una red de espionaje y durante años filtró secretos de la aviación soviética a André Malraux (por lo visto, para la confesión de esta trama, se inspiró en su propio guión para la película Plaza Stáraia, 4 estrenada en 1939). A principios de 1940, Bábel escribe una carta al fiscal general de la URSS donde señala que todo eso era falso y que las acusaciones era fruto de mi conducta pusilánime durante la instrucción. El juicio se celebra en los aposentos de Beria -el sucesor de Yezhov (yapurgado entonces y ejecutado unos días después del escritor)-; la sesión dura veinte minutos. En la transcripción consta que Bábel declara: Soy inocente. Nunca fui espía. Me inculpé en falso. Me obligaron a realizar acusaciones infundadas contra mi persona y contra otros. Sólo pido una cosa: déjenme terminar mi trabajo. Lo fusilaron en el sótano de la Lubianka a la una y media de la madrugada del 27 de enero de 1940 y lo enterraron en una fosa común. Cuenta Elif Batuman en Los poseídos que en el inventario de los bienes confiscados por la NKVD en el apartamento de Bábel en Moscú figuran: binoculares (2 pares), manuscritos (15 carpetas), borradores (43 unidades), esquema de la red de transporte motorizado (1 unidad), periódicos extranjeros (4), revistas extranjeras (9), cuadernos de notas (7 unidades), varias cartas (400), cartas extranjeras y tarjetas postales (87), telegramas diversos (35 unidades), pasta de dientes (1 unidad), crema de afeitar, tirantes (1 par), viejas sandalias, jabonera (1), pato para el baño. Escuece pensarlo, pero parece una página de un cuaderno de notas de Bábel.


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Anaqueles Poesía La universidad desconocida

De Roberto Bolaño

“Creo que en la formación de todo escritor –afirmó bolaño– hay una universidad desconocida que guía sus pasos, la cual, evidentemente, no tiene sede fija, es una universidad móvil, pero común a todos”. Así, proyectó reunir, hacia mediados de los años ochenta, buena parte de la poesía que había escrito desde su llegada a España, en 1977. El tiempo pasó, el proyecto fue creciendo y, en 1993, temeroso de su salud, Bolaño ordenó y fijó el material acumulado, dando lugar a un grueso volumen mecanoscrito –el que sigue esta edición, con algunos agregados– que desde entonces quedó listo para ser publicado. Bolaño, sin embargo, lo retuvo consigo hasta su muerte, refiriéndose a él, en más de una ocasión, como una suerte de testamento literario, auténtica summa de su poesía durante los años decisivos de su formación literaria, cosa que sin duda viene a ser, por mucho que en los años sucesivos se dieran a conocer algunas de sus partes. En él se forja su voz tanto de narrador como de poeta, en el bien entendido de que fue siempre como poeta como se vio a sí mismo Bolaño, que –como se hace aquí patente– transita indiferente del verso a la prosa poética, y de ésta al poema narrativo.

Novela El ruido y la furia De William Faulkner

El ruido y la furia es una obra maestra de la literatura. Relata la degeneración progresiva de la familia Compson, sus secretos y las relaciones de amor y odio que la sostienen y la destruyen. Por primera vez, William Faulkner introduce el monólogo interior y revela los diferentes puntos de vista de sus personajes: Benjy, deficiente mental, castrado por sus propios parientes; Quentin, poseído por un amor incestuoso e incapaz de controlar los celos, y Jason, monstruo de maldad y sadismo. El libro se cierra con un apéndice que descubrirá al lector los entresijos de esta saga familiar de Jefferson, Mississippi, conectándola con otros personajes de Yoknapatawpha, territorio creado por faulkner como marco de muchas de sus novelas.

Ensayo Las uvas de la ira De John Steinbeck

Forzados por la sequía y el acoso de los bancos, los Joad, una familia de granjeros de la Oklahoma rural y empobrecida de los años treinta, emprenden un atribulado éxodo a lo largo de la carretera 66 con la intención de buscar trabajo y una vida digna en california. Si atrás dejan campos asolados por las tormentas de polvo, en el camino sólo encuentran penuria, hambre, hostilidad en los pueblos por los que pasan... Pero ni las advertencias de quienes regresan, pobres y desengañados, ni la muerte y la progresiva desintegración de la familia, bastan para que cejen en su empeño. Y, en su afán de supervivencia, conservan la entereza y la dignidad frente a la miseria moral de quienes se aprovechan de la miseria real. Posiblemente haya que huir del infierno para descubrir que no existe la tierra prometida.

¿Hasta cuándo vamos a seguir creyendo que la felicidad no es más que uno de los juegos de la ilusión? Julio Cortázar 1914-1984


La Máquina Hamlet No creo en una historia que tenga pies y cabeza. Heiner Müller

Marcelino Champo Un novelista es alguien que oye voces a través de las voces Sergio Pitol

E

xiste en la trayectoria de los peces una traducción del mundo, ese azar contenido en sus movimientos podría describir el apocalipsis. De aquí para allá, peces de todos colores se entrecruzan, dibujan en el agua figuras amorfas, descripciones de caminos oblicuos, siniestros, silenciosos. La pecera es tan grande que podría albergar pirañas o cualquier espécimen de gran calibre, sin embargo la intención es más sencilla, menos pomposa, y en su interior sólo tiene peces diminutos, pequeños habitantes de un espacio infinito. Él los ve, observa ese frenesí a través del

Bellatin: los peces están muertos cristal, sabe que ese instante podría acarrear la desgracia, su apuesta es entonces callar y desde sus pensamientos descifrar lo que viene. La enfermedad es inmanente en la humanidad, está ahí como una sombra buscando el momento oportuno para asomar su rostro. A veces llega de manera intempestiva, en otras es sutil, paciente, esa quizá sea su versión más cruel. Se muere entonces en la soledad, en el anonimato, solos en una habitación donde las peceras son contenedores de aguas oscuras, donde los peces se devoran unos a otros, donde el dolor es la única compañía. Mario Bellatin (Ciudad de México, 23 de julio de 1960) escribe “Salón de belleza”, una oda a la catástrofe, una incisión entre las sombras. Pocos han logrado hacer de la enfermedad y la decadencia el pretexto para generar una prosa certera, honesta, devastadora, Bellatin lo logra en la que es,

quizá hasta la fecha, la mejor de sus novelas. La historia transcurre en un lugar sin nombre, azotado por una enfermedad extraña, los cuerpos corrompidos por la desgracia llegan a pasar sus últimos días en un moridero. Él los atiende, los baña, limpia sus secreciones, cambia las sabanas cubiertas de escamas, pus y excremento, les da de comer, los prepara para la muerte. Alrededor están las peceras, algunas ya están vacías, otras están cubiertas por el musgo, y sólo unas pocas contienen peces. Se es consciente de la tragedia, se sabe el destino. Bellatin logra con un lenguaje sencillo, ágil y sintético un libro catalogado entre la lista de los mejores de la narrativa de los últimos veinte años. “Salón de belleza” es pues un acercamiento a la debacle del ser humano, que no por ser una caída se hace menos entrañable.

Bellatin, Mario, Salón de belleza, España, Tusquets Editores.


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