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Aquí, donde usted me ve, bajo este sombrero cuyos adornos corresponden a las letras iniciales de mi nombre y apellido, he cometido cuatro asesinatos. El hombre hablaba en forma pausada. Sin otro gesto de su cuerpo que el de señalar con el índice hacia su sombrero cuando hizo alusión a él. La mujer sentada en el extremo del banco lo miró creyendo que él hablaba para sí mismo o para nadie. Sin embargo, advirtió, luego, que la tomaba como su interlocutora. -¿Y no siente arrepentimiento lento por sus delitos? -Formuló la pregunta sólo como un modo de mantener la distancia entre ella y el desconocido. Pensó que se trataba de alguien completamente loco escapado del manicomio o de algún humorista que pretendía hacerla blanco de sus bromas. No obstante, algo en el tono de su voz o en la seriedad de su cara le indicaba que el individuo decía la verdad. -No, porque de nada sirve arrepentirse. Los muertos no van a resucitar por ello. Es propio de hipócritas lamentarse después de los hechos. El único arrepentimiento útil es aquel que se experimenta antes de hacer alguna cosa, o el que deben hacer los que van a morir. El hombre hablaba sin ninguna emotividad, desde el comienzo. La mujer pensaba que no debió detenerse a descansar en esa plaza. Luego de una mañana de encuentros y desencuentros con diversas personas en distintos lugares, la necesidad de sentarse habíasele hecho imperiosa. A pesar de la prisa que tenía por llegar a su destino, la sombra del árbol y el escaño pintado de verde los sintió acogedores. El hombre posado allí antes que ella le pareció inofensivo. El sombrero le daba un aire de respetabilidad a esa hora y en ese entorno.


-¿Y qué motivos lo han llevado a cometer esos... esos asesinatos como usted los llama? -No he tenido ningún motivo en particular, aparte del sombrero. Cuando me lo pongo me sucede algo extraordinario. -El sombrero lo encuentro bastante sentador. Sólo me llaman la atención las letras. -Como le dije, corresponden a mis iniciales. Por eso me gustó, por la coincidencia. Era el último, según me dijo el vendedor. Claro que puede no haber sido cierto. Desde que lo compré en un mercado de Lima me lo he puesto sólo en cuatro ocasiones. Esta es la quinta vez que lo uso. Salí hoy de mi casa cuando ya el sol estaba alto y usted sabe, hay que cuidarse por esto del hoyo en la capa de ozono. -No veo relación entre lo que usted decía antes y el sombrero-argumentó la mujer. -Ya la verá usted -dijo el hombre, levantándose-, pero no se lo cuente a nadie. Aunque en verdad, está de más que se lo pida, no va a poder hacerlo. Hizo una extraña reverencia delante de la mujer y se alejó a pasos lentos, perdiéndose entre la multitud del medio día. Ella permaneció por mucho rato más sobre el banco. Ya no tenía prisa en marcharse. Era la número cinco de la serie.


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Cuento de Wilfredo Castro. / Del libro “Secreto Profesional”

El oscuro callejón termina en una suave pendiente. Lo flanquean destartalados tabiques forrados con latas oxidadas y tablas cubiertas de polvo. Dos o tres hileras de alambre de púas herrumbrado coronan los toscos paneles. Tras ellos se alzan aquí y allá unas rústicas construcciones levantadas con madera, láminas viejas y materiales diversos. Oculto entre unos matorrales, apenas iluminada por la luz biliosa de un farol, el hombre de la gruesa chaqueta de cuero, sumido en una actitud de acecho y amenaza lleva casi una hora esperando. Permanece inmóvil e invisible tras el ramaje áspero. Lo único que alcanza a notarse son unas botas de recia manufactura. Los focos de un vehículo virando en la esquina iluminan por unos segundos la callejuela. A la luz de las febles gavillas se puede, entonces, apreciar algún detalle del arrabal: un portón de goznes carcomidos, una ventana de hojas blancuzcas donde falta un vidrio, un lebrel tiñoso y raquítico cagando sobre un túmulo de arena, más allá volcados tarros con basura donde hurgan dos o tres gatos. En su escondite el hombre se mueve inquieto. Un ramalazo de brisa abofetea su rostro. El vaho de la veintena de pozos negros cavados en los patios se apodera del aire que respira. Un par de sujetos que asoman por una portezuela derrengada ponen al hombre en máxima tensión. Los dos tipos salen a la calle intercambiando palabras de despedida con voces guturales. Los dos individuos terminan de despedirse alejándose en direcciones opuestas. Uno de ellos, después de arrojar una botella vacía entra a trastabillones en una casucha ploma y chata. El otro, a quien se le aprecia un elegante abrigo, busca en sus bolsillos y saca algo que por el tintineo seguramente es un llavero, con paso vacilante camina hacia un automóvil último modelo, que desentona por completo con la miseria del entorno. Precisamente es allí donde permanece alerta el individuo de la chaqueta de cuero.


La luna comienza a salir tras las montañas. Se oyen los ladridos furiosos de un perro y, en un tejado vecino, las amenaza de dos gatos a punto de sacarse los ojos. El ebrio farfulla un par de maldiciones al tropezar con unas piedras. El hombre que permanece oculto sale decidido. Con el primer paso saca las manos desde los bolsillos de la casaca. Se ve el relámpago acerado de un cuchillo cazador de amplia sangría. El corazón acelera su ritmo. Una gota de sudor o adrenalina le escurre por la espalda. Un tropel de gatos en celo pasa como una estampida haciendo retumbar las techumbres. Ese es el momento preciso para embestirlo. Le acierta un certero puñetazo en el estómago. Antes que caiga, con un movimiento brutal le agarra de los cabellos obligándolo a echar la cabeza hacia atrás. El cuchillo brilla una vez más para luego cortar de lado a lado la garganta. ¡¿Te gusta violar niñas, no?! ¡¡ Púdrete, desgraciado!! Luego, una silueta se escurre en la oscuridad. Al cabo de unos minutos un perro receloso y hambriento se acerca a lamer la sangre que brilla sobre los pedruscos. En la callejuela nadie ha visto nada.


Cuento de Bernardo Tapia Rojo. / Del Libro “Cabeza de Fuego” La voz urgencial pero al mismo tiempo contenida, cruzaba el corto espacio que separaba las camas en el único dormitorio de la casa. Gerardo dormía con dos de sus hermanos en una estrecha cama. La voz llamó de nuevo haciéndose mas urgente, había adquirido un extraño temblor; Gerardo, Gerardo. Saliendo pesadamente de entre los espesos vapores del sueño, el niño contestó con voz soñolienta. ¿Qué pasa mamá? Ven, pásate a mi cama, con cuidado, sin despertar a tus hermanos; con un gesto automático, bajó de la cama, el contacto con el piso de tierra húmeda terminó por despejarlo, en un par de saltos cubrió el corto espacio entre las camas, su madre entreabrió las tapas, y el niño se hundió con placer en la calidez del regazo materno, ella lo abrazó como para protegerlo de algún peligro, pero el abrazo tenía un ligero temblor, como si ese seno que acogía , a su vez, buscara protección. El niño intuyó que algo perturbaba a su madre y se despertó de golpe, sintiéndose el hombre de la casa, abrazó a su madre como queriendo protegerla. ¿Qué pasa mama, tienes miedo? No, no, duérmete; pero la orden queriendo ser imperativa, no pudo ocultar una velada inflexión de temor, que puso en guardia a Gerardo. En ese preciso instante sintió el llanto; lastimero, profundo, desgarrador. Nunca en su corta vida había sentido un llanto tan desesperadamente triste. Su madre lo abrazó con fuerza intentando cubrirle la cabeza con la ropa de cama, pero el niño se deshizo con fuerza del abrazo y en un gesto instintivo, saltó de la cama para pegar su cara a la ventana, la curiosidad venció al miedo y ahí estaba agusando el oído y mirando a la calle con los ojos desmesuradamente abiertos como tratando de penetrar las tinieblas para descubrir a la autora de ese llanto de


ultratumba; éste se hacia cada vez mas nítido y distintivo, la llorona parecía venir avanzando desde el norte, por la calle de tierra que enfrentaba la ventana, la mujer llamó de nuevo al niño, intentando apartarlo y traerlo de nuevo a la cama; pero éste parecía hipnotizado y a pesar del terror que experimentaba, como un frió extraño recorriéndole la espalda, era incapaz de moverse. Todos sus sentidos estaban extraordinariamente alertas y enfocados hacia la oscura calle por la cual se acercaba el escalofriante llanto, después del primer instante de observación, pudo distinguir con claridad la ominosa sombra de los cipreses que enfrente de la casa formaban el cierre vivo de la escuela de señoritas Nº 25, agitados por el fuerte viento otoñal, que soplaba desde el norte presagiando lluvias. La madre percibiendo la imposibilidad de convencer al niño de que volviese a la cama, se levantó aproximándose a su hijo cubriéndolo con un chal. Afuera viento y llanto se volvían cada vez mas fuertes. La llorona parecía estar a unos pocos pasos de la ventana, el viento ululaba con fuerte rumor de mar embravecido, de pronto destacándose nítidamente contra el fondo oscuro de los cipreses, una figura blanca, etérea, fantasmal les arrancó un grito ahogado de terror y sorpresa, la mujer lucía un vestido blanco, fosforescente que flotaba agitado violentamente por el fuerte viento, la cabellera larga y ondulada le caía libremente sobre los hombros, en su rostro, de lividez extrema destacaban los grandes ojos que reflejaban una pena profunda y el mas absoluto desconsuelo, esos ojos les miraban suplicantes, como en busca de ayuda. A pesar del miedo que les mantenía rígidos junto a la ventana, no podían apartar los ojos de esa visión de ultratumba, ésta redobló su lastimero llanto y comenzó a moverse hacia ellos desde el otro extremo de la calzada, cuando la doliente mujer estaba en medio de la calle a solo algunos pasos de los despavoridos observadores, un rayo azul fulgurante que iluminó el entorno con su luz deslumbrante, cayó sobre la aparición. El violento destello azul consumió en una corta fracción de tiempo, la etérea figura, acallando instantáneamente el lastimero llanto, luego sobrevino un silencio profundo que fue roto instantes después por el bramido de un formidable trueno, precursor de la copiosa lluvia que comenzó a caer con ruido apagado de tambores húmedos sobre as tejuelas de la casa. Solo entonces mujer y niño recobraron la calma, se volvieron a la cama y fundiéndose en un estrecho abrazo se durmieron acompasados por el canto monocorde del agua.


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Al escritor Luis Magaña y Luisa

Siempre que Gregorio Monteverde cruzaba en la noche el Parque Forestal rumbo a casa, veía a un hombre parado junto a la estatua de Rubén Darío. El individuo permanecía ahí en actitud vigilante, soportando con resignación las inclemencias del tiempo. Era alto, delgado y siempre vestía de negro, quizá para adecuarse a la noche. Aunque Gregorio intentaba verle el rostro a la distancia, el extraño parecía ocultarlo.

Quién sabe si aguardaba a alguien, acaso podía ser un creyente orando frente a la escultura. Se comenta que el poeta es milagroso y muchos afirman haber recibido favores de él. ¿O era un malhechor a la espera de la víctima ocasional? En más de una oportunidad habían sido atacadas mujeres en el sector, y aún no se resolvía el crimen de un conocido anticuario, arrojado sin cabeza y extremidades, a las cercanas aguas del río Mapocho. Cuando llovía, la figura del extraño se desdibujaba haciéndose borrosa, pero continuaba impertérrito en el lugar de siempre. Esa actitud movía a sospecha, a suponer que cumplía una obligación misteriosa, acaso vinculada a algo imposible de explicar. Gregorio Monteverde, dominado por una fuerza irresistible, decidió un día desentrañar el enigma.


La presencia del hombre le empezaba a fastidiar, a molestar, a ser un estorbo en su vida. Un viernes, cerca de la medianoche llegó al Parque Forestal, cuando el cielo se cubría de nubes amenazantes y soplaba un aire tibio de tormenta. El extraño, permanecía en su sitio predilecto. Gregorio Monteverde lo observó largo rato, desde distintos ángulos. No podía seguir tolerando ni un día más, aquella presencia que incluso le restaba horas de sueño. Se empezó a acercar sin lograr vencer el temblor creciente en las piernas y cierta inestabilidad de borracho. ¿Y si le preguntaba alguna intrascendencia, así como la hora, o dónde se hallaba una calle del sector? Parecía ser lo sensato, si iba a enfrentar a un desconocido. Como a esa hora no había nadie en el Parque Forestal, sintió miedo. Nunca se sabe — pensó— cual puede ser la reacción de un desconocido, a quien se perturba sin razón. Comenzaba a llover. El viento y el agua hacían vibrar las hojas y ramas de los árboles centenarios, produciendo una melodía tétrica. Igual, Gregorio continuó su marcha, sin importar las gotas que golpeaban su rostro y se colaban por entre su ropa. Cuando estuvo cerca del enigmático fulano y pensaba con qué palabras iniciar la conversación, descubrió sorprendido, que era la sombra del personaje de la propia escultura, que se proyectaba sobre el muro blanco del edificio colindante. A punto de reír a carcajadas se alejó desencantado. Tantas aprensiones por nada, no tenían justificación. Al voltear la cabeza para enfrentar de nuevo a la sombra, ésta lo seguía.


CUENTOS PUBLICADOS SEMANARIO TIEMPO MARZO 2008