Issuu on Google+

Cuando me enteré que el Gordo había muerto, no lo podía creer. Una recontranegación, pensé. De esas que surgen cuando algo nos resulta insoportable. Pero bueno, negación, desmentida o lo que fuere, la cuestión es que para mí seguía vivo. Para colmo, en las noches siguientes se me aparecía en los sueños o lo veía en las calles o en alguno de los cafés de Comodoro. Meses después, con motivo del 1er Congreso Binacional de Escritores Patagónicos que organizamos en la SADE local (siendo su fortuito presidente), vino el querido Osvaldo Bayer, con quien tuve la suerte de compartir momentos inolvidables. Como cuando fuimos a visitar, junto a Victor Redondo, una escuela primaria en el Barrio Stella Maris, y la primera pregunta que hizo uno de los alumnos fue: “¿Qué es la poesía?”, y los tres nos miramos a la espera de que alguno tomara la posta, dada la simpleza que entrañaba la respuesta. No estoy seguro si fue en nuestra sede o cuando Osvaldo ya se estaba por ir, en el aeropuerto, que surgieron algunas de las anécdotas que había vivido con el Gordo. El tema afloró porque yo estaba bastante preocupado por el resultado de un partido de River que no había podido ver, cosa que le comenté. Nos pusimos a hablar de fútbol y Osvaldo me dijo, entre otras cosas, que le solía impresionar el apasionamiento desmedido de algunos hinchas y fue ahí que se acordó del Gordo Soriano. Resulta que cuando el Gordo estaba exiliado en Europa, solían hablar por teléfono para intercambiar información de lo que iba aconteciendo. En una oportunidad en que Osvaldo (Bayer) le estaba contando lo jodido que estaba todo (desapariciones, asesinatos y demás), en un momento de la charla el Gordo, con una voz grave, solemne, le dijo: “Osvaldo, necesito que me confirmes una cosa”. Bayer, suponiendo que se trataba de algo muy serio dada la tensión que percibió, se puso en alerta. “Si Osvaldo, decime”, le contestó. Y entonces el Gordo, con gran angustia, le preguntó: “¿No sabés si la posición adelantada que le marcaron a San Lorenzo, estuvo bien cobrada?”. Osvaldo (Bayer) quedó estupefacto. Tuvo que tomar aire antes de contestarle, impactado porque Osvaldo (Soriano) le hubiera


salido con algo así, en medio de la tremenda tragedia sobre la que venían conversando. “No lo podía creer”. “Un tipo como el Gordo, tan lúcido, comprometido...preguntando algo asi....”. “Con el riesgo que implicaba hablar por teléfono...me parecía increíble...”, rememoraba en voz alta, todavía asombrado. “Además, yo no tenía la menor idea de que contestarle”, agregó. Yo, asombrado por su asombro, me acuerdo que le dije que como hincha entendía la inquietud del Gordo. Y Bayer me quedó mirando medio perplejo y dubitativo, a la vez que tomaba una casi imperceptible distancia. Con la misma cara que, me imagino, debía haber puesto cuando escuchó la pregunta del Gordo. Pero también noté que a pesar de eso, su charla denotaba un misterioso entusiasmo. Como quien se tienta por compartir algo y debe contenerse. Además, cada tanto miraba alrededor, como buscando a un conocido, de esos que uno anhela encontrar fortuitamente. Luego de despedirnos volví a casa muy contento, pero con una inquietud difusa, imprecisa. Esa noche, como me costaba dormir, me puse a ver “No habrá mas penas ni olvido” que la tenía (y la tengo) en video, sin imaginar ni por asomo los acontecimientos futuros. Transcurrieron unos días y empecé a tener la sospecha de que estaba delirando, porque otra vez lo volví a ver al Gordo. De un modo fugaz e impreciso, como ocurre con esas percepciones equívocas, pero con mayor frecuencia que al comienzo. Y me resultaba más familiar. Extrañamente familiar. Lo cierto es que un día, como aún suelo hacer, fui a dar una vuelta por Caleta Cordova (con v corta), un ex -campamento de YPF que queda muy cerca de Comodoro, y que es uno de los lugares mas bellos que existe, sin duda alguna. Porque Caleta parece hecho a propósito de un cuento o una película, tal su increíble encanto.(***) Claro que entonces todo estaba muy deteriorado, por efecto de la privatización y el abandono. Pero por suerte la naturaleza no terminaba de enterarse y yo iba a disfrutar de mis recuerdos (allí transcurrieron mis primeros años de vida) y del azul del mar y la ternura de los lobos marinos. Aún tengo presente que al llegar encontré la playa desierta, por lo que me recosté en el pedregullo cerca del muelle, dispuesto a aprovechar la tranquilidad que había. No sé cuanto tiempo pasó, porque me quedé dormido, cuando dí un vistazo alrededor. Fue entonces que vi a un tipo, también tirado en la playa, apoyado contra una de las barcazas, de esas que están encalladas hace añares abandonadas. Estaba de lo más absorto leyendo un libro y tomando mate. Al verme me saludó con la mano y yo sentí que un escalofrío me inundaba la médula cuando me di cuenta que no era otro que el Gordo Soriano. “Me tengo que medicar urgente” fue lo primero que se me ocurrió, tratando de calmarme. “Si es una alucinación está perfecta”, me dije casi contento y a modo de consuelo, porque al menos conservaba algo de conciencia de lo que me estaba pasando. Pero como al Gordo lo seguía viendo real y concreto, no me lo pensaba perder, fuera o no producto de un extravío. Y con las piernas temblando y el corazón a punto de estallar, como si estuviera en la final de una copa, me dirigí hacia donde él estaba. A medida que me iba acercando levantó la cabeza y comenzó a mirarme, con esa sonrisa entre faunesca y angelical, tan peculiar que tiene. A mí los ojos no me alcanzaban. Casi afiebrado, seguí caminando con miedo de desmayarme, mientras él seguía esperando lo mas campante. Cuando ya me encontraba a unos pasos, me dijo con una total naturalidad “Hola Miguel, como estás”. Y yo, que casi me caigo de culo, le respondí: “¿Sos vos Osvaldo, nomás?”. Y él, que ya no aguantó más, largó una carcajada tal que algunas gaviotas se espantaron. Aunque, la verdad, no solo las gaviotas estaban espantadas.


Yo no sabía que hacer: si abrazarlo, si putearlo, si ponerme a gritar, si llorar, si salir corriendo a pedir ayuda o bien si dejarme llevar por lo que estaba sintiendo, pasara lo que pasase. A la vez, una inmensa alegría se me entremezclaba con una profunda tristeza, porque sabía que en cualquier momento se esfumaría el maravilloso ensueño que estaba viviendo. Cosa que, por suerte, no ocurrió. Por el contrario. Esa tarde nos quedamos hablando horas y horas. Felices. Acariciados por el sol de Enero y casi sin viento. Hasta que el día se fue desvaneciendo y una luna generosa iluminó el mar para que prolongáramos sin apuro nuestro encuentro. Desde entonces nos juntamos cada vez que podemos. El a veces se ausenta por un tiempo, porque se va de viaje (le encanta hacerlo con mi Galaxy 93 porque lo usa como casilla rodante) o se encierra a escribir. Pero no pasa mucho tiempo sin que venga visitarnos, a mí y al gato, que me dejó para que se lo cuidara y que se hizo muy amigo de mi perro Boggie. También de tanto en tanto vamos a recorrer distintos lugares o a participar de lo que acontece. Estuvimos en la inauguración del Monumento a Facón Grande en Jaramillo (Bayer lo sabe porque también estuvo, lo mismo que Federico Luppi y Héctor Olivera con quienes pasamos todo el día juntos). Puteamos por lo que pasaba con Menem y después con la Alianza. Estuvimos en varias marchas de Plaza de Mayo y acompañamos en su lucha a los desocupados, a los piqueteros, a los petroleros y a los docentes, entre otros. Él mas que yo, porque anda por todos lados y además no tiene problema de horarios. Sufre por Irak, por la injusticia, por la corrupción, por la pobreza, por la desaparición de Lòpez, por todo. Pero también, es cierto, tratamos de no perdernos ningún partido importante en el Estadio Municipal. Aunque a él le encanta ir a la “heladera” de Ameghino, el club de mi barrio, que queda a dos cuadras de casa. En fin, se las arregla para estar presente - como siempre hizo - no solo en todo lugar de lucha, sino que cuando puede - tengo que decirlo - tampoco se pierde ningún partido del Ciclón. Y yo no dejo de gastarlo, aunque se embole, con Ramón Díaz y todos los “millo” que integran el equipo.


“Lo que nuestra época necesita es misterio, lo que nuestra época necesita es magia.” Norman Brown.

El día, el insoportable nuevo día se había presentado totalmente estrepitoso y agotador. Aquella oficina realmente era un caos por más de catorce horas lineales, exceptuando la medía hora de colación que le permitía un mínimo descanso. Para el imprescindible y elegante señor responsable de las conexiones, el agotamiento era parte de la rutina diaria. Ahora, al término de la jornada, siempre y cuando la obtuviera, resultaba una bendición satelital. Sus compromisos consistían en hacer de enlace en las comunicaciones nacionales de corta y larga distancia, entre nuestro país y el resto del mundo, estar preparado para enviar o convertir los mensajes de textos a otros formatos (correo electrónico, fax, télex), compatible con su equipo. Tener permanentemente espacio de almacenado en la memoria, informes locales sobre el estado de las carreteras, números telefónicos de un taxi o de una amante caprichosa de tez aceitunada, ojos blanquecinos y dientes de marfil. Alternar entre llamados, rechazar o aceptar nombres, posición, cambiar de claves, editar, enviar, escribir, guardar, repetir mensajes, desbloquear, insertar o retirar tarjetas de créditos, saludo y usos del equipo, labores por decir lo menos, delicadas y de extrema utilidad e importancia en la nueva era de la globalización comunicacional. Evocaba que algunos días eran realmente inaguantables por la carga de trabajo acumulado. El viernes último del mes de junio, por ejemplo, muy bien lo recordaba, tuvo que interceder entre Chile y Mongolia, en tres ocasiones; El Cairo, Singapur, Uganda, cuatro; París, dos; Italia, seis; Estambul una y las acostumbradas conexiones con lugares


remotos, paradisíacos e históricos. París, Roma, México, Grecia eran unos de ellos, siempre y cuando estuvieran registrados como suscriptores de un operador de red, recibiendo naturalmente, un módulo de identificación, ya que esto de las relaciones intercontinentales no eran arreglos personales, él habría querido tener cobertura por ejemplo con diferentes ciudades de La Isla; Pinar del Río, La Habana, Camagüey, Cienfuegos, Santiago de Cuba, etc. eso sí era un deleite, disfrutar del acento cubano, lleno de sabrosón, calor y alegría aunque fuese sólo por negocios. Mister Ericson tenía demasiado claro que si otro explotado similar a él, se atreviese por un solo instante tomar su lugar y realizar su persistente labor, no lo dudaría dos veces en abandonar y abortar tal misión en tiempo récord. Porque el estrés cotidiano denunciaba constantemente en hacerlo trizas y convertirlo en mil pedazos. En algunas ocasiones tuvo que suscribirse al servicio de línea alternativa para el desvío de algunas llamadas, porque no daba abasto teniendo que llegar al extremo de configurar el “bloqueo del teclado” para protegerse y lograr una numeración fija en el grupo cerrado de amigos que poseía. Si, él denotaba un desgaste con el acontecer de los años y corría el riesgo de quedar obsoleto ¿quizás sería bueno morir de un momento a otro, por un corto circuito, recibir un golpe de corriente en forma directa y fundirse definitivamente ante la vida?... Todo ello lo pensó en una fracción de segundos. La esperada noche, nada más de trabajo. Fue conducido al agradable y dulce hogar, reponedor de las indispensables energías. Mientras viajaba creyó escuchar una voz que murmuraba ¡Está viejo, se le agota demasiado rápido la batería, debería darlo de baja, retirarlo y mandarlo a los cuarteles de invierno! Al ingresar a la fuente de alimentación, comenzó a recibir las calorías en forma dosificada, que consistía en hidruros metálicos de níquel (NIMH) proporcionándole la reanimación anhelada. Su visor comenzó a parpadear en forma persistente, todo lo veía más claro, interpretaba una lectura perfecta de todos sus mensajes, incluso registró cuatro llamadas consecutivas y editó dos nombres a su agenda particular. Su cronómetro dio las doce quince de la noche, era el punto exacto, el instante mismo para el descanso ante el silencio propio que otorga la oscuridad... Sobrevino el amanecer, las actividades necesarias que requieren un nuevo despertar con aires renovados y relucientes. Se sentía mucho mejor, pero un movimiento irregular de su amigo, lo pasó a llevar. Solamente quería despertarlo en forma suave, con la máxima delicadeza; Sin embargo, el nerviosismo propio de la partida madrugadora lo traicionó. Ericson cayó en forma estrepitosa a la tina de baño, sufriendo variadas lesiones corporales, golpeándose fuertemente hasta perder el conocimiento en la inmensidad de las aguas jabonosas. Aquel accidente traumático duró escasos segundos -una eternidad si se quiere- en las profundidades submarinas de aquel helado mundo acuático, frío y agobiante. Su querido colaborador ante la inesperada ineptitud quedó inmóvil, su reacción fue en demasía retrasada, pero lo rescató desde el fondo de aquel océano. Entonces, sus esfuerzos se centraron en la vivificación por lograr una señal, un destello, un sonido -por débil que fuera-, incluso dentro de sus inquietantes ajetreos, llegó casualmente al código PUK


obteniendo como único resultado, ingresar 10 veces consecutivas incorrectas. El cifrado que era una de las características incorporadas, para "codificar" los mensajes escritos y de voz para mayor privacidad, ya no eran eficaces. Los vestigios de multifrecuencia de tono doble; su tarjeta PC (llamada también PCMCIA) no actuaba como MODEM y conectador. Las circunstancias no se lo permitían, no daba la mínima posibilidad de transmisión de datos que indicaran que sus signos vitales todavía funcionaban. El señor Ericson sucumbía, parecía que todos los denuedos eran en vano. Desde aquel minuto su unidad vibratoria ya no era la misma, sus pulsaciones se distanciaban más y más. Sus lumbreras comenzaron a parpadear hasta colocarse oscuras, tampoco se escuchó una de las 15 melodías de repique; Vivaldi, Brahms, Wagner, etc. todo resultaba un esfuerzo exagerado e inverosímil. El tiempo transcurría y el atribulado incondicional del señor Ericson decidió tomar la situación en sus propias manos, lo llevó al servicio de atención más cercano. Allí dos eruditos lo examinaron en forma minuciosa, utilizando variados instrumentos de la más avanzada tecnología, quedando en observación y sometido a exhaustivos controles por espacio de veinticuatro horas, las más delicadas y esperanzadoras ¡Vivir o morir de una buena vez, eso representaba la cuestión!; sólo así se podía colegir alguna respuesta exacta. Emprendió la retirada muy apesadumbrado; Los días le resultaron solitarios, e inconcebibles, le hacía falta, se había habituado a la compañía de su dilecto contertulio, para entablar mínimas conversaciones de amistad o negocio, salir por las noches y saber que siempre estaría a su lado. Era la primera vez que se separaban, desde aquel lejano momento en que lo encontró adornando una vitrina del concurrido comercio de la ciudad. Pasaron tres interminables días. Abatido acudió al servicio para recibir las buenas o malas noticias, todo lo aceptaría como un leal amigo, fueran cual fueran las repuestas de los catedráticos; La secretaria lo derivó a la UTI (Unidad Técnica Interactiva). Un académico lo saludó afectuosamente y le ofreció un café. Por desgracia, las noticias no eran las esperadas, el señor Ericson había entrado en un profundo estado de coma. Lo miró y luego reiteró enfáticamente que no descansaría en posibilitar la reivindicación; Que no se conformaba con las definiciones y los macros resultados, no podía concebir que no se obtuviera un mísero instante de esperanza. Todo ello no lo satisfacía y lo condujo a una clínica que quedaba en el centro mismo de la ciudad. Hombres vestidos pulcramente de blanco, conformaban el cuerpo técnico, asesorados por más de 120 científicos, ingenieros y físicos de las más variadas universidades, organismos de salud del Gobierno y de la industria, todos ellos revisaron las investigaciones para definir las normas a seguir, las cuales se basaron en estudios y evaluaciones periódicas pertinentes. El diagnóstico de la tarde era alentador, solo tenía que esperar veinticuatro horas más para saber en definitiva si se lograría la tan ansiada compostura, más conforme se fue a casa a descansar de los ajetreos sofocantes del día. Horas de inquietud con amigos, en largas conversaciones esperando el resultado.


Las palabras de los especialistas fueron prometedoras, el señor Ericson había recuperado el pulso, sus ojos centelleaban en forma continua, se le habían reparado por medio de cirugías muy delicadas parte de su cerebro motor, lo que permitía leer en buena forma; sus audífonos ya no representaban el silencio propio de los moribundos, el daño cerebral a raíz del golpe en los bordes de la tina del baño habían dejado secuelas, existían aún problemas en su lectura, el circuito óptico era el más dañado. Si era posible recuperar los valores predeterminados en algunos ajustes ya resultaba demasiado asombroso. Se habló también de la posibilidad de nuevas intervenciones para restablecer definitivamente su accionar. Por ahora, podía mostrar sus avances respondiendo en forma eficiente, claro está que no deberían abusar de su estado. Un año sin más problemas que los necesarios consumos de energías. No obstante, el día menos pensado comenzó a perder la capacidad de sociabilizacion y búsqueda, sus audífonos erraban constantemente, en definitiva, su accionar fenecía. Nuevamente la peregrinación por clínicas abarrotadas de elementos como él; diagnósticos; operaciones y convalecencias. Al escuchar las alegóricas palabras del eximio Séneca, que le manifestó “sin más ni menos, sin pitos y cornetas” con la frialdad propia y particular de los nuevos tecnócratas, que no valoran en absoluto el apego que uno va adquiriendo con ciertos componentes que le son familiares y comunes en nuestras cibernéticas vidas, porque además uno le agrega ese valor intrínseco imposible de medir con palabra alguna. Señor, su celular Ericson PCS ha sido enviado por valija a la capital, para ver si se puede obtener alguna solución -cosa que yo no creo- ¡Ahora le ruego que pase a la oficina Nº 13, firme un contrato y se le entregará en comodato un nuevo celular! ¡Muchas gracias!


Cuento de Amelia Arellano, Escritora Argentina (Córdoba). / Del libro “Cincuenta caras de la moneda”

El hombre sentado en un sillón tan viejo y desteñido como él, bajo una enorme higuera miró con recelo el perro buldog que lo contemplaba con ojos interrogantes. Un bastón descansando en el apoyabrazos herrumbroso del sillón y el zapato ortopédico en su pié derecho denunciaban su renguera. Intentando evitar la mirada del perro levantó hacia el cielo su rostro cuadrangular con mofletes caídos y grandes pliegues en sus mejillas. Su mandíbula inferior sobresaliente y las comisuras hacia abajo le daban un aspecto nada agradable, mas bien hosco. El sol ya se había puesto y el horizonte era una mancha violácea. Las primeras estrellas comenzaban a brillar como farolitos suspendidos en el aire. El hombre buscaba la cruz del sur .pero no podía sustraerse a la presencia del perro. Cambió a propósito la postura su cuerpo y lo volteó hacia la derecha intentando evitar esa mirada que lo incomodaba. Volviese de repente y los ojos del animal seguían fijos en él. Tomó su bastón e hizo un ademán amenazante con ambos brazos. El perro en un movimiento súbito se paró y se alejó del lugar rápidamente pese a faltarle la pata derecha trasera. El silencio del anochecer fue quebrado por el golpeteo de manos de la mujer que anunciaba la hora de la cena .El hombre se levantó presto. Los ruidos, de su abdomen, urgentes, denunciaban su estomago vacío. En su apuro, pese a su estatura mediana, unas ramas de la higuera casi rozan su rostro. Se trasladó con trancos rápidos no esperables dado su cuerpo fornido, torso ancho y la única pierna corta, recta y robusta. Un sendero de piedra laja llevaba hasta la casa.


Atravesó una puerta de madera descascarada entró a una habitación alumbrada por una débil luz que provenía de un foco que pendía del techo. Una anciana pequeña lo esperaba al lado de una mesa recubierta por una tela de hule. Su aspecto frágil era desmentido por una mirada enérgica y decidida que escondía detrás de unos anteojos con marcos de carey que pareciera tenían una función ornamental dado que no se observaba aumento alguno. El viejo se sentó en una ruidosa silla de madera destartalada .La mujer sacó de una plomiza olla de aluminio un cucharón con alimento y llenó el plato enlozado. Con brusquedad lo deslizó sobre la mesa .El movimiento hizo que el plato se corriera hacia el otro extremo de la mesa, pero el viejo frenó el movimiento y lo tomó con avidez. Se dedicaron a ingerir en silencio lo que el magro salario de jubilado, les permitía. El hombre devoraba la comida en grandes y ruidosos sorbos. Estaba tan concentrado en el acto de comer que no parecía advertir la cara de asco de su mujer ni las gotas del líquido espeso que caían sobre su raída camiseta celeste que con la humedad se convertían en lunares azules. Terminó y miró a la mujer con ojos expectantes. Ella señalo la abollada olla con el mentón y preguntó sin palabras si deseaba más. El, emitió un gruñido que se interpretó como un si y la anciana volvió a llenar el plato, esta vez el gesto con el que sirvió la comida salpicó el repasador que hacía las veces de mantel individual. La mujer, que había terminado su pequeña porción miraba a un punto indefinido, con las manos a los costados de su cuerpo. El viejo terminó de comer y limpió el plato con un gran trozo de pan, hasta dejarlo brillante; engulló el pan de un bocado, lo que distendió los pliegues de las mejillas. Se limpió la boca primero con la palma, luego con el dorso. La vieja miró en silencio los restos de comida en la nariz pequeña y aplastada del viejo. Levantó los platos y a espaldas del hombre, destapó la cacerola y evitando que la viera, sacó un gran trozo de carne que había en ella. Se dirigió al patio a darle la comida al perro. El animal la recibió alborozado, lamiendo sus pies, con la mano sacó el pedazo de carne de un impecable tazón, se lo ofreció y el perro lo tomó con sus dientes delicadamente. La mujer se sentó en la reposera, mientras el perro, a su lado, comía despaciosamente, casi sin hacer ruido. Los pensamientos se enredaron en las ondas levemente insinuadas de su cabello cano, corto y prolijamente peinado. Pensaba que lo único que la unía al viejo, era el perro. Además la mutua conveniencia, claro, ella necesitaba comer, medicamentos; él ropa y casa limpias y sobre todo comida. Se le ocurría que su felicidad estaba puesta en la comida. Por ello no se esmeraba mucho en cocinar pero él devoraba todo como si fuera el mejor manjar del mundo. Pero había algo que los unía mucho más importante. El odio. Un odio sutil, insidioso, que como el barro oscurecía todo, las paredes de la casa, los vidrios, las arrugas de sus rostros. Que se adhería a su cuerpo recorría sus piernas .se introducía en su vientre, retorcía sus vísceras, estrujaba su pecho, finalmente como un nido de víboras quedaba enroscado en su corazón. Un odio que se había enquistado y que cada metástasis era percibida por el viejo _ estaba segura _aunque no lo verbalizara.


Un odio que comenzó hace siglos… ¿O fue ayer?.....Fue la noche que él tuvo el accidente a la salida del motel. Rezó tanto para que muriera, hizo tantas promesas pero parece que no alcanzaron porque lo único que se le murió fue el pié derecho. Ella quedó sin auto y sin amiga, él, sin auto y sin pié. Intentaron una y mil veces separarse, pero siempre surgía el mismo escollo: Ninguno de los dos quería ceder el perro. Presentía que el viejo quería quedarse con el animal, no por afecto, sino por llevarle la contra .También pensaba que el viejo sentía celos del buldog, por ello, a propósito le hablaba, lo acariciaba le daba los mejores pedazos de carne. Paradójicamente a medida que crecía su afecto por el perro también aumentaba la semejanza del viejo, con la cara de cara de pocos amigos de la noble bestia. Jamás hablaban. No se separaron pero el castigo mayor fue el silencio. Su monólogo interior fue interrumpido por los pasos irregulares del viejo. Se levantó ágilmente, tomó el tazón del perro, vacío y con el se dirigió al interior de la casa. El perro cuando vio que el hombre se acercaba hizo un movimiento de retroceso. El viejo se dejó caer en el sillón y un eructo sonoro quebró el silencio de la noche. La única luz era la de las estrellas, ya que había renunciado a encender la luz del patio porque la mujer, desde adentro, sistemáticamente la apagaba. Una luna grandota acentuaba los claroscuros de la noche. Se insinuaban nítidamente las formas irregulares de la higuera. Con su estomago repleto aspiró con fruición los olores de la noche. La suave brisa que venía del norte, traía ráfagas de fragancias, azahares, glicinas, jazmines. Dejó que su cuerpo se relajara. Extendió ambas piernas. Estaba cansado, con el peor de los cansancios, el de no hacer nada. El perro como siempre lo observaba pero su silueta se fue desdibujando a medida que cerraba los ojos. De repente, lo sobresaltó una presencia, mas que verla, la presintió. Se dio vuelta y vio a su mujer con el cuerpo rígido por el odio que había tomado la barreta que servia para asegurar la puerta y se dirigía hacia él. No dudó de sus intenciones. Se levantó raudamente pese a su discapacidad, giró el cuerpo pero se encontró con el cuerpo amenazante del perro que le gruñía ferozmente. Sus ojos rojos, relampagueantes. Entendió la conspiración. Solo lo movió su instinto de conservación. Tomó el bastón y golpeó y golpeó. Percibió la presencia de la mujer defendiendo el perro, pero no podía parar. Y golpeó y golpeó. Los golpes sonaban secos en la noche serena. Los pelos grises de la vieja se entremezclaron con los pelos del perro y cuando lo salpicó la masa encefálica, no supo si era de ella o del animal .El corazón le golpeaba en el pecho y la transpiración, le impedía la visión. En la noche estrellada el grillo interrumpió su serenata al escuchar los pasos de la vieja que acudía a darle al perro el tazón de leche habitual. Este la recibió moviendo su rabo, casi inexistente.


Cuento del Escritor Cubano (Pinar del Río): Fidel Guillermo

Después que Rafael terminó de cenar, Odalis retiró el plato de la mesa con la dedicación habitual de todos los días, luego extendió la mano con cierta muestra de cariño, para darle un pañuelo rozando intencionalmente sus dedos. La cocina esa noche no le parecía tan agreste como la mayoría de los días de la semana, hoy es mi día, pensó, después de todo tengo derecho a sentirme una mujer plena. Desde allí veía a Rafael desnudarse, hasta quedar en calzoncillos, sus ojos se detuvieron en el bulto que marcaba la entrepierna. Muchas veces deleitó su imaginación creyendo tener un falo así entre sus manos, o tener diecinueve años, con un cuerpo estupendo. Miraba con cierta lascivia al joven, cuyos sentidos no se percataban de que era observado. La noche del día de los enamorados no se borraba de su memoria, la cena estaba servida, Rafael demoraba en sentarse a la mesa con ella y Roberto, su esposo. Creyendo que podía demorar un poco más, tomó rumbo al baño para lavarse las manos antes de ingerir alimentos, casi interrumpe la labor de Rafa que de forma autocomplaciente, se masturbaba. Sus ojos quedaron atónitos al ver el tamaño del pene del joven. El corazón le palpitó de forma tal que sintió miedo, cierta humedad le afloro entre las piernas. Ver al joven en semejante faena le causó excitación. Después dejó al tiempo la misión de que borrara ese día de su cabeza. Terminó el fregado con el último plato, lo escurrió y suavemente lo colocó en el platero. Cerró la llave del agua con dos giros de la manigueta y a paso acelerado fue directo al cuarto donde ella y Roberto duermen, donde muchas veces el mundo le cae encima cuando debe complacer a Roberto cada noche que la desea, sin saber lo que ella añora y de nuevo acepta dejarlo terminar, entre los gritos que emanan de sus eyaculaciones precoces. Pero hoy será diferente, así lo siente al mirarse frente al espejo, sus nalgas aun están duras, la piel es suave, aunque hace tiempo dejó de experimentar la sensación de sentir aquellos orgasmos que le causaba Alain, su primer novio en el preuniversitario, aquel que tomó su virginidad, aquel que la obligó a compartir su cuerpo con los socios del piquete del aula y cobrarle a la cola el sabor de los gemidos de Odalis. Buscó entre los frascos encima de la cómoda el de crema para la piel, con la mano izquierda apretó el pomo y vertió sobre la derecha una pequeña cantidad del líquido, para


luego frotarse ambas manos y deslizar cada una sobre sus blancas piernas. Abrió el closet y agarró un vestido que quedaba encima de sus rodillas. Su cuerpo, a pesar de sus treinta y nueve años se encontraba en forma. Antes de vestirse miró por ultima vez la imagen de su esbeltez frente al espejo, no sin antes acomodar entre la línea divisoria de sus nalgas el hilo dental. Camino a la sala se encontró con Rafael que le celebró el ajustado vestido al cuerpo y lo hermosa que lucía cuando se soltaba el pelo, también notó el hilo dental como una desgarradura en su propia piel. Odalis sentía su estómago saltar, pronto comprendió que los nervios la habían atacado no esperaba la reacción de Rafael que no había perdido de vista los arreglos que hizo en su cuerpo para esa noche. Imaginaba que llevaría ella las cosas a su antojo, por eso simplemente debía dejar las cosas fluir como las aguas de un río. Ensimismada en mirar la ropa que Rafael llevaba puesta no se percató cuando este fue al teléfono y realizó una llamada, para después sentarse en el sofá, convidándola a sentarse junto a él. Sin decir nada el joven recostó su cuerpo en el mueble y apoyó la cabeza sobre los muslos de Odalis quien sintió nuevamente el salto en la boca del estómago. Como en una especie de ritual empezó a acariciar la cabeza de Rafael, dejó correr los dedos entre el pelo lacio y suave, luego le preguntó si deseaba le hiciesen cosquillas en la espalda y los hombros, a lo que este asintió y desde la misma posición desabrochó lentamente la camisa color azul. Las caricias llegaron al cuerpo de Rafael para transportarlo a un sitio de paz, lejos del bullicio de la ciudad y la monotonía de la universidad; cuando iba a los campismos con sus compañeros de aula, cosas como estas eran las que más extrañaba. Odalis pensaba en cómo sería ser penetrada por alguien mucho más joven; aún llena de deseo y morbo seguía atada a los convencionalismos de una familia conservadora atada a prejuicios que le frustraron el alma, la misma familia que le convenió el matrimonio con Roberto, el futuro ingeniero e hijo del cirujano Dagoberto Villalba. Muchas veces se fustigó a sí misma por no haber tenido el suficiente valor para marcharse a Cienfuegos con David, alguien que la apasionó, pero el color de su piel hizo que sus padres la amenazaran con desterrarla de la familia si se casaba con un negro, y prefirió complacerlos para luego ser una excelente esposa y madre. En este vaivén de ideas el llavín sonó tras varias vueltas, al abrirse la puerta se dejó ver la figura de Roberto que regresó con el pretexto de unos documentos olvidados para el balance de su empresa, comería algo ligero para salir nuevamente, el carro estaba afuera con el chofer a la espera. La presencia de este no hizo que Odalis dejara su labor. "Esperaré a que salga para dejar las cosas claras con Rafael de una vez por todas", pensó, sin dejar de acariciar la espalda del joven, cuya acción la había excitado mucho antes de entrar su esposo. Roberto casi iba de salida, cuando el timbre sonó, este abrió la puerta y saludó a la joven que apareció ante sus ojos: Delgada, piel trigueña, apenas parecía llegar a los veinte años. Después la invitó a pasar y se justificó con su empresa, el informe a entregar dentro de dos días...


Rafael se levanto del sofá, alcanzó la camisa que se encontraba en el sillón y antes de ponérsela extendió un cálido abrazo para la recién llegada que lo premió con un beso en la boca. -Mira mamá, ella es Ivonne, mi novia, la muchacha de la que te hablé- Odalis trato de sonreír a la advenediza, aunque las palabras que salieron de su boca lo hicieron con poca fuerza. -Mucho gusto, mi nombre es Odalis, soy la mamá de Rafael, estás en tu casa- y extendió la mano que fue a estrecharse con la de su futura nuera. Hechas las presentaciones formales la pareja tomó rumbo a la puerta con el propósito de salir a la calle, el joven le dijo que no se preocupara, iba a llegar tarde. Odalis lanzó al aire la frase típica de madre preocupada: -"Cuídate mucho". Caminó hasta la cocina, se detuvo frente al refrigerador, lo abrió y extrajo una botella de vino que Roberto le había regalado por su cumpleaños, tomó un vaso de la meseta de la cocina y lo llenó. Volvió rumbo a la sala, sentó su cuerpo nuevamente sobre el sofá, esta vez sin la compañía de Rafael, recostó la espalda después de un largo sorbo de vino y decidió esperar el regreso del añorado hijo, para ella, aún la noche no terminaba.


CUENTOS PUBLICADOS SEMANARIO TIEMPO JUNIO 2008