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Julio José Leite nació en Ushuaia, tierra del fuego (Argentina) en 1957, reside en Punta Arenas – Magallanes (Chile)

Juanito vivía en el campo, en una estancia cerca de Río Grande, en una casita de madera y chapa junto a sus padres y hermanas. Era muy feliz andando a caballo en verano y deslizándose en su trineo por las lagunas escarchadas del invierno. También Juanito tenía un problema: No hablaba. Cuando llegaban extraños a su casa, se escondía en su pieza y, si su padre lo llamaba para que saludara a las visitas; se ponía colorado como el cielo cuando cae el sol. Juanito no hablaba ni con las visitas, ni con los peones, ni con sus hermanas y otros niños ni con sus padres. Todos pensaban que Juanito era mudo. -Cómo te llamas- le preguntaban y él revoleaba los ojos, agachaba la cabeza y no emitía sonido alguno. Manuel, su padre, que ya había visto a todos los médicos del pueblo, fue a visitar a un curandero y éste le aconsejó que le hiciera escuchar el viento fueguino. Un día muy ventoso, Manuel lo abrigó bien y lo llevó hasta lo más alto de una lomada donde el viento silbaba jiuiuuuu, jiuiuuuu, jiuiuuuu... Juanito revoleaba los ojos, agachaba la cabeza y nada. El viento, ante la indiferencia del niño, sopló más y más fuerte, hasta que, muy cansado, se fue a molestar para el lado de Ushuaia.


Volvió Manuel ante el curandero y le explicó que el sonido del viento no había motivado a su hijo para hablar. Entonces, el anciano le recomendó que lo llevara a la costa del río, para ver si el ruidito que hacía el agua jugando cantarina con las piedras y pastos amarillos le sacaba algún sonido a Juanito, pero esto tampoco resultó. Luego lo pusieron en el corral de las ovejas, lo subieron al tractor de la estancia, le mostraron cómo crujía el pan en el horno de la panadería, le silbaron chamarritas, milongas, zambas, cuecas, chamamés, loncomeos, fados y canzonettas italianas. Nada resultó: Juanito revoleaba los ojitos, agachaba la cabeza y no hablaba. Era mediados de enero. Carola, la hija del capataz, que tenía la sonrisa más linda de la isla y unas trenzas color pan doradito, recogía frutillas silvestres en un bosquecito, cuando de pronto escuchó un relincho muy alegre, luego otro un poco más triste. Se acercó despacio hasta un claro del bosque y allí estaba Juanito mirando los negros espejos de los ojos de su caballo "Tostado" y ambos lagrimeaban y relinchaban secretos tiernos como pasto. ¡Juanito no le hablaba a la gente, hablaba con los caballos! Me contaron que de grande, Juanito se fue con un circo y aprendió el idioma de los cóndores, de las golondrinas, de los leones, de las jirafas, de los conejos, de los castores, de los elefantes, de las ardillas, de los hipopótamos de los rinocerontes, pero nunca el de los hombres, según contó en un reportaje que le hicieron un avestruz y un guanaco un día en París. Los hombres, dijo, nunca dicen la verdad y los animales sí. Ah, me olvidaba, Juanito y Carola se enamoraron en ese bosquecito y se casaron y tuvieron hijos que trinan, relinchan, maúllan y sueñan con un mundo sin mentiras. Lo están esperando para comenzar a hablar como los hombres de verdad. Los hombres de corazón de frutilla.


Víctima de un fuerte estado depresivo, ingresó Dios a una clínica siquiátrica. Canceló por anticipado el valor de la consulta y se sentó en la sala con su rostro congestionado y sombrío. Una hora después, escuchó la voz de una mujer que en forma mecánica comenzó a interrogarlo para hacer una ficha clínica, según dijo. - ¿Nombre? – Dios La mujer sonrió. - ¿Edad? -No tengo, para mí el tiempo no existe. La mujer lo miró con sospecha. -¿Dónde vive? En el cielo, en la tierra y en todo lugar. -¿Actividad? Poeta de actitud. Suicida potencial, murmuró la mujer. ¿De qué vive? Me nutro de mi condición espiritual. Místico - comentó la mujer y se fue. Nuevamente un lapso de espera y se encontró frente a un sujeto de gafas redondas y barba puntiaguda que lo observaba con un aire indagatorio. "¿Cómo te llamas?", le preguntó. "Dios". Sin darle importancia respondió: "Freud, Simón Freud para servirte". ¿Cuál es tu consulta? "Nadie cree que existo - contestó Dios -; cuando se lo comento a alguien piensa que estoy loco. He comenzado a dudar de mi propia identidad". "No es tan grave -respondió Freud, se trata de un síntoma común del mundo contemporáneo. La clave del asunto consiste en recuperar tu credibilidad. Para iniciar un nuevo ciclo dejarás de llamarte Dios. Serás Vicente y en vez de poeta, cantante de rock, un poco heavy metal. No realizarás milagros, es tiempo de marketing y no de


magia. Punto final a la contemplación, un poco más de hedonismo y sensualidad", fue su sentencia. Después de algunas sesiones de terapia, Dios fue apropiándose de su otro yo. En el in-tertanto, pudo departir con Marx, el rey Pelé, Mijail Gorvachov y Madonna, entre otros. Finalmente se despidió del personal y partió de la tierra rumbo a su lugar de origen. Ya podía considerarse parte del mundo concreto. Su llegada al paraíso sorprendió a un coro de ángeles que ensayaban una serie de cantos litúrgicos. "¿Dios?", preguntó un santo. "Vicente, contestó con una sonrisa Dios, me llamo Vicente y soy heavy". Al poco tiempo Vicente modificó las costumbres del paraíso, y un gran movimiento evasivo y lúdico se fue gestando, la música adquirió formas de la nueva atmósfera. El carácter de la reflexión varió de lo sagrado a lo cotidiano. La autoridad divina develó su naturaleza imperfecta. Los espacios eternos se fueron haciendo creíbles y cada vez menos aburridos. Transcurrido un cierto tiempo, el movimiento comenzó a trizarse, y surgieron otras formas y expresiones culturales. "¡Basta de hegemonía heavy!", dijo el Arcángel San Gabriel, y basándose en las orientaciones de una revista pop latinoamericana, fundó el movimiento Punk. Un cartel gigante fue desplegado por sus adeptos que rezaba: "El poder de Vicente ha muerto, 500 milenios han sido suficientes". Se inició un enfrentamiento de juicios y actitudes. Penetró la moda y la publicidad. Ahora Vicente bebía Coca - Cola y fumaba Viceroy. Por su parte, el Arcángel se mostró partidario del Pisco y los habanos, acusando, de paso, a Vicente y a sus seguidores de "cartuchos". Hubo riñas, contusos y heridos en ambos bandos. En medio de esa confusión, hicieron su aparición "LosTecnos" y otras variables del post modernismo. La crisis era vital. Entonces, Vicente cayó en un nuevo estado depresivo y decidió regresar a la tierra para conversar con Freud. En su recorrido hacia la clínica pudo apreciar la fuerte religiosidad y misticismo del pueblo, y los contrastes experimentados entre la tierra y el paraíso. Le pareció por un instante que éste era su reino y que Vicente no existía, simplemente, había sido un producto ideado por Freud para mejorar un momento anímico de su existencia. Al ingresar a la clínica, cansado y deprimido, se encontró con Nietzche, quien al verlo en ese estado sonrió con ironía y gritó hacia el interior del recinto: ¡Dios necesita un siquiatra!; pero Freud había dejado de existir hace millones de años.


Luis E. Aguilera: Cuento del Libro “El Dueño de la hora y los Duendes Transparentes”

¡Qué amargura es mirar la felicidad a través de los ojos de otros! William Shakespeare

A: La muchachita de los ojos almendrados ¿Mamá, qué es más fácil hacer, correr o volar?. La mujer que sostenía a la niña en sus brazos, se quedó pensando y mirando la infinidad de la tarde, cuando ya se pone el sol, a la hora de la amargura, del hambre y el frío que son como esas quemaduras profundas, de esas tristezas que vienen desencantadas desde los límites del alma a mostrarnos la verdadera desolación de una madre y su hija. Una grave e íntima soledad le atrapó. Los recuerdos regresaban una y otra vez a su memoria; La imagen de su madre desvalida y abandonada en aquella madrugada triste y solitaria, donde no pudo hacer nada por retenerla un minuto más en sus brazos y se fue de su lado para siempre. Sin duda, era el abandono que muchas veces nos desgarra y nos hace pendular entre los "para" y los "por qué" de este suceder llamado vida. Si es que a eso se le pudiere llamar vida. Se quedó pensando. La voz de la niña fina y leve, más que escucharla, la presintió a la distancia.


¡Volar!; dijo y se quedó callada y divagante. Sí, volar... volar... pensó. Esto lo descubrió aquella tarde al dejar a sus padres, hermanos y lo más querido de su juventud e iniciar el vuelo. Si, volar era más fácil. Desde el norte hacia el sur. Como la golondrina que va en busca del sol; Su vientre abultado cobijando a la niña que hoy le preguntaba si era más fácil "correr o volar". Ese mismísimo día descubrió el origen de sus penas, eran sus propios recuerdos y allí entonces decidió desprenderse de ellos y... volar. Su vida no había sido buena - pensó - y el futuro, nada grato auguraba. Cuando llegó a esta ciudad, la sintió ajena y la desconfianza se apoderó de ella, presintiendo algo inexplicable; hambre, frío y abandono fueron alimentos diarios. No la acogió bien esta ciudad, trabajó en cuanto oficio se presentaba y de esta manera lograr el sustento diario de ella y su hija. La misma que hoy insistía si era más fácil "correr o volar". Comenzaba a encontrarle explicación y sentido a sus cambios permanentes; Ese deambular de un sitio a otro. Desde pequeña no se quedaba demasiado tiempo en el mismo lugar, de hecho, en la escuela vivía cambiándose de banco y no fueron pocas las llamadas de atención de sus profesores; recuerdos, recuerdos. "No importa en qué ubicación del planeta uno se encuentre, lo importante es volar... siempre volar", se dijo así misma. Con dificultad comenzó a subir los peldaños de la escalera más grande del mundo, la más desesperanzadora, llevando consigo lo más querido e íntimo, arropada y cubierta con un manto que la protegía del crudo invierno, sus ojitos azules transparentes como el cielo la miraban. Ella había preguntado si era más fácil "correr o volar". La gente entraba y salía precipitadamente, rozándole al pasar. Sin embargo, ¡qué soledad le hería por dentro!. No tenía a nadie que le tomara en cuenta, que le prestara una mínima atención. El edificio, sobrepasaba con creces la torre de la Catedral, que a esa hora sus campanadas anunciaban las doce de la noche, entre el ruido de los tranvías y las bocinas de los automóviles, llegaban a sus oídos, vagos y tiernos como un recuerdo de su niñez, henchidos de paz pueblerina y crepuscular. Poco a poco se fue perdiendo en el negro ajetreo de la calle, el diálogo con el cemento, el ambiente impuro de ciudad, focos parpadeantes, ruidos estridentes, roncos cláxones, explosiones que venían de la quebrada de los jardines, voces, llantos, gritos de mujeres pintarrajeadas que sonreían provocativamente...


Hombres minúsculos, agobiados de preocupación, graznido de pájaros azules, cobijados en los árboles del parque.

El quinto piso le costó varias lágrimas, nada le faltaba "volar es más fácil" pensó nuevamente. La memoria era contra cuerdas del reloj, como una llave milagrosa que suele abrir las puertas del pasado y sólo el cielo color aurora le evocaba la suave melodía del crepúsculo. Recuerdos de una infancia junto a sus padres y hermanos llegó, haciéndola detenerse en esa ascensión plena de sentimientos y emociones encontradas... pero todo llegaría a su fin, sin tardanzas. Nuevamente la casa de adobe blanqueada con cal y tierra de color, vino a su memoria. "Que días aquellos". Retornaba el patio lleno de sol, flores, plantas, cuando aún era una muchachita delgada, fresca, morena, como un cántaro de greda, regando las malvas y los helechos y cantando a voz en cuello libremente. Nostalgias y penas exigían recordar el aroma a pan amasado que salía desde la cocina de su madre. Además siempre pensó que allí, en esa casa, en ese jardín nacían las formas y los colores, por ello amó, tanto las exposiciones de pinturas que encontraba en las calles donde permanecía largo rato mirando cada uno de los paisajes y flores “pintadas por los pintores”. El último piso. Cansada, agotada, la niña comenzó a llorar, no de hambre, sino presintiendo el último vuelo de su vida. La contempló largo rato, acarició y dio un beso tiernamente. La niña sonrió y preguntó: ¿mamá, qué es más fácil hacer, correr o volar?. Ella no contestó. Sólo la apretó contra su pecho. Tal vez media hora, una hora duró esa conversación sin palabras, sólo de gestos y besos imperceptibles como pidiendo una tregua. Hasta que habló a la pequeña esa noche, antes de iniciar el último vuelo hacia la eternidad



CUENTOS PUBLICADOS SEMANARIO TIEMPO FEBRERO 2008