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Cuento de Ana María Viera. / Del libro “El color de la memoria”

Esa tarde el mar ruge sin límites: parece desatar una furia de siglos. Azota las encajonadas rocas, como si quisiera quebrantar su pétrea inmovilidad. Aúlla, se ha vuelto loco, no soporta las turbulencias de sus entrañas. Helena está sentada sobre una roca. Contempla el mar desde la altura. Su cabello ondula con el viento y oculta por momentos su rostro. Lo acomoda con un gesto y vuelve a fijar la mirada en el blanco estallido de espumas, allá abajo. No sabe cuánto tiempo lleva en ese lugar. ¿Por qué lo hizo? Aún puede oír la pregunta que resuena en su cerebro y se multiplica en persistentes y agudas resonancias. ¿Por qué lo hiciste? Recuerda que logró balbucear una torpe disculpa -es que estaban gritando mucho- aunque sabía muy bien que ninguna explicación justificaría su acto. Es cierto que los niños no habían muerto. Por suerte María volvió antes de lo que pensaba. Helena recordó que había aceptado sin dudar cuando le pidieron que se quedara a cargo de esos pequeños todo el día. Pero, por Dios, no estaban nunca quietos. Y ella necesitaba tranquilidad. Gritaban tanto. Su energía parecía inagotable. Recordó el poema: "Otros niños no me tocan: son terribles/Tienen demasiados colores, demasiada vida." También ella necesitaba silencio, hundirse en un silencio como el que seguramente existe en el fondo del mar. ¿Por qué lo hizo? Ya no tiene respuestas. Desde hace algún tiempo no sabe por qué hace cosas extrañas. Cuando la semana pasada llevaron el acuario a casa, se sintió inquieta. Al comienzo se quedaba horas contemplando aquellos hipnóticos desplazamientos y el ondular de las algas en el fondo arenoso. Luego, tanto movimiento se le hizo insoportable. (“No se están quietos/quietos, como el pequeño vacío que


llevo") Al tercer día los peces agonizaron y el agua tenía un extraño color. Ella también llevaba un vacío, pero no era pequeño. ¿Qué tenía de raro entonces el querer un poco de tranquilidad? ¿Es que todo debía tener una explicación? Había oído decir que el jarabe para la tos producía sueño. Y el frasco estaba casi lleno, justo allí. Claro que cuando vio que ninguno de los tres niños podía despertar, se asustó un poco. Entonces decidió volver a su casa. Total, si estaban durmiendo, nada les pasaría, pensó. Más tarde, María llegó exaltada a increparla: la interrogó, la zamarreó. Todavía veía sus ojos desorbitados y el torrente de palabras que salían de su enorme boca. El rugido del agua la saca de sus cavilaciones. Durante mucho tiempo permanece en el mismo lugar. El mar, poco a poco, se ha calmado. También ella está más tranquila.Ya no hay olas. Entonces divisa el remolino en el fondo, un gran ojo que la observa fijamente. Helena vacila frente al abismo. Vuelve la cabeza con lentitud y da una última mirada a los techos de las casas, allá lejos. Luego, con un gesto resuelto, se lanza al vacío. El hombre que en ese momento pasaba por el camino, sólo alcanzó a ver el plateado destello en la cola de un gran pez que se hundía en el agua.


Cuento de Carlos Toro Ponce. / Miembro SECh Regional

Arriba,

allá, casi en la cima misma del cerro, perdido en la oscuridad de la cueva, el indio rebelde, sudoroso aún por la larga carrera emprendida por senderos abruptos, senderos que sólo los pocos sobrevivientes de su raza conocían, pensaba cómo pudo él escapar a la furia sanguinaria del cruel encomendero hispano después de haber estado, prácticamente vencido y rodeado por aquella tropa de serviles individuos, sujetos todos de su misma raza. ¿Cómo pudo él, pensaba, abrirse paso entre tanta gente que estaba dispuesto, incluso, si la ocasión lo ameritaba, a ofrendar sus miserables vidas, para satisfacer los caprichos del amo blanco. Eso pensaba el indio sintiendo todavía el aliento fétido de la brava jauría de perros semi-salvajes al husmear entre los cañaverales y matorrales allá abajo en las orillas del río, buscando desesperadamente a él, su presa. A su vez, el joven rebelde pensaba en su madre y en su hermana menor, hembras inocentes que podrían ser pasto de la venganza de su amo, pero él, a pesar de saberlo, tenía que rebelarse ante tanta crueldad e injusticia padecida por su pueblo condenado, y no sabía el porqué, de servir como esclavo al hispano el resto de sus vidas. El tenía que rebelarse contra el designio derrotista de sus dioses que como él, fueron vencidos, por el dios extraño de aquellos hombres blancos, extraños y barbudos. Sí, tuvo que rebelarse por no poder soportar con resignación humillante el trato esclavista que aquel hombre blanco daba a los pocos sobrevivientes de su pueblo sometido. Sí, tuvo que rebelarse, aunque esta decisión le costara la vida. A lo lejos sentía los gritos y la fría voz del capataz, tan fría como el acero de su sable, al dar las órdenes en dónde buscar, en dónde husmear, en dónde disparar los trabucos y flechas si veían algo moverse entre las zarzas del monte. Su corazón, más que latir en su pecho, estaba a punto de estallar, esperando quizás, la bala o el golpe terrible de la espada enemiga que acabara con su vida... su vida pendía de un hilo, ese hilo invisible que separa la vida de la muerte y que se podía cortar en segundos, gracias a una delación, o a la traición del cobarde, de ese delator miserable vendido como rata a los que, gracias que tenían las armas y del dinero, detentaban el poder. El, dirigente de su sindicato, nunca podría caer vivo en manos de la tropa asesina.


Eso lo sabía, ya que de la tortura terrible nadie se escapaba de hablar, de entregar datos e información que podrían poner en peligro la valiosa estructura de lo poco o nada de lo que quedaba de su querida organización. ¡No!, eso nunca ocurriría, primero la muerte antes que la delación forzosa a través de la tortura. Tembloroso sentía cerca los pasos de la tropa, sentía el abrir y cerrar de puertas de las casas vecinas de la población proletaria en la cual se encontraba escondido... sentía como el enemigo estrechaba el cerco, ese cerco que acabaría con su rebeldía innata de la raza de bronce. Sentía cómo los guijarros resbalaban bajo las ojotas de sus perseguidores cada vez más cerca de la pequeña cueva que le servía de cobijo. El indio entonces se decidió a terminar lo más pronto con su tragedia, avanzó lentamente hacia la salida de la cueva, levantó sus brazos al cielo y miró directamente hacia su padre el Sol, elevando una silenciosa plegaria por el eterno descanso de su espíritu ya que su cuerpo sería entregado por él como el último sacrificio que su pueblo haría a sus dioses ya vencidos. Mejor será hacer mi sacrificio antes de poner en peligro la vida de mis seres amados, se dijo. Sí, es mejor morir de pie que antes vivir eternamente de rodillas. Ese fue el último pensamiento que cruzó su mente cuando ya las puntas de varias flechas, disparadas por sus mismos hermanos de raza al mando del temible encomendero, atravesaban su corazón... la sangre cubrió poco a poco el miserable piso de tierra de la casa proletaria, y ahí, aún aferrándose a la vida, que se le escapaba como agua entre los dedos, Juan, aquel hombre que sólo con sus ideas combatió hasta el final a la dictadura sanguinaria, miró con sus ojos claros y transparentes, antes de recibir en su cabeza aquel disparo que acabaría con su vida, a esos hombrecitos grises con caras pintarrajeadas como payasos de circo pobre..., y ahí tendido, casi moribundo, se dibujó en sus labios una tenue sonrisa al comprender que en un mañana no muy lejana aquellos no tan valientes soldados llorarían su cobardía moral al ser enjuiciados por la historia.


Bartolomé Ponce Castillo, del Libro “Calle Arriba” La destartalada "volanda" no rodaba, volaba sobre los brillantes rieles empotrados en la primera corteza de la pampa; buscaba, con su vertiginoso traqueteo, alcanzar la vieja estación ferroviaria de Pueblo Hundido. -¡Frénale un poquito, gringo 'e moleera, mira que no son na animales los que llevai aquí arriba...! Alfredo Araya, un fornido arriero-campesino botado a trabajador pampino, le punzaba las costillas, con un revolver, a un rubio gigantesco quien conducía el pequeño vehículo ferroviario. -¡Tacatac, tacatac, tacatac...! El sonido monocorde de las ruedas al tocar las junturas de los rieles, estaba acunando el cansado letargo en que se había sumido doña Mati. El viento del desierto empujaba sus trenzas diaguitas hacia el norte y acariciándole el moreno rostro, le traía los recuerdos de aquella última jornada en la naciente estación de Altamira, ubicada en el mismísimo corazón de aquel reseco territorio. El rudo capataz, guardaespaldas del no menos violento mister Harry, la había sacado a empellones, de la miserable pieza que habitaba en la parte posterior de un inmenso barracón, sitio donde) funcionaba "la cantina". En aquel improvisado comedor ella alimentaba a una cincuentena de obreros quienes, trabajando para el desalmado gringo, colocaban durmientes y clavaban rieles dándole vida al naciente Ferrocarril del Norte. -¡Tacatac, tacatac, tacatac...! Los postes del telégrafo se desplazaban a gran velocidad, siguiendo el trazado de la acerada vía. Le parecía, a Matilde Castillo, verlos correr en perfecta fila india, frente a sus ojos y a la volanda detenida en el medio de la pampa, semejando chasquis quienes, con sus quipos parlantes, llevaban las noticias hacia el norte. -¡Te lo dije, tírale un poco más las riendas a este caballito..., ahora soy yo el que está mandando...!


Alfredo Araya tenía totalmente controlada la situación y se hacía obedecer apoyando el revolver, esta vez, sobre la nuca del improvisado maquinista. Doña Mati, ensimismada, perdía su mirada en el paisaje agreste y reseco de los cerros colorados. Después de permanecer largas e inquietantes horas sentada sobre una pila de durmientes, a todo sol, sin comer ni tomar agua, el viaje le parecía la culminación de un sueño casi imposible de realizar, en medio de la vorágine de acontecimientos ocurridos durante aquellas inacabables últimas horas. -Y..., ¿cómo te jue, Alfredo...? Araya se acercaba al sitio donde ella lo estaba esperando, a la vera de la vía ferroviaria; en su rostro se hacía carne la impotencia. -¡Harto mal me jue poh..., el gringo crestón no nos quiere pagar..., no hay como cobrarle..., tiene el revolver sobre la mesa y metido entre las tablas, ese tremendo cuchillo...; pa'más peor, ese carajo del Rufino no se despega de su lao...! -¡Tacatac, tacatac, tacatac...! Tres meses de salario les adeudaba el gringo Harry. Alfredo se había descrestado clavando rieles, a cuero pelado, desafiando los voraces rayos del inclemente sol pampino; ella las había oficiado de "cantinera"... Era un trabajo harto duro dar de comer a esos hambrientos trabajadores. -¿Qué vamos a hacer ahora, viejito...? Alfredo Araya la miró, desconsolado. El era un roto corajudo, jamás se había dejado pisotear por ningún desconsiderado patrón pero, a pesar de su valor a toda prueba, nada podía hacer frente a esos dos ladrones bien armados. Doña Mati tenía sangre aborigen. De su abuela Peta había heredado la altivez de sus ancestros, quizás por eso, después de un breve instante de silencio, se acercó a su hombre y le propuso un arriesgado e inteligente plan: -¡Mírame, Alfredo, escucha bien esto: ahora voy a entrar yo a ese barracón... Seguramente, por ser mujer, no me van a hacer mucho caso... Cuando me veai cerca de la mesa, entrai tú haciendo toda la alaraca que podai...! La pequeña Matilde Castillo, simulando un sometimiento totalmente ajeno a su sentir, abrió la gruesa puerta de la barraca-oficina y con los ojos fijos en el piso de tierra, avanzó hasta donde estaba su patrón; iba dispuesta a recuperar su dinero y el de su marido. -¡Con su permiso mister Harry…, discúlpeme...! . Mientras musitaba palabras inconexas, se acercó a la mesa donde los embrutecidos jefes estaban bebiéndose una chuica de vino. -¡Ahora tú..., ya le dije a tu hombre no haber mes money..., okey...! -el gringo movía los brazos como aspas de molino.


Doña Mati, encorvándose un poco para poder capear la avalancha de palabras que se le venía encima, siguió acercándose hasta rozar el tosco mesón donde se acodaban aquellos dos bandidos. -¡Yo no lo quiero molestar, mister, pero...! Ahí estaba el revolver, al alcance de su mano, pero éste era acariciado por los velludos dedos del malvado gringo, mientras el Rufino jugueteaba con el pesado cuchillo carnicero. -Si a todos les pagó..., ¿por qué no a nosotros...? -¡Ya dije..., no haber más plata..., oyiste India...! Mister Harry, en un exceso de confianza ante la insignificante presencia de aquella mujercita, dejó de acariciar el acerado pistolón; en ese mismo instante, en una acción perfectamente calculada, abriendo la puerta de un violento puntapié, entró Alfredo Araya quien, agitando un descomunal garrote, hizo el amago de abalanzarse sobre ellos. Ante la inesperada entrada de su enfurecido trabajador, el gringo terminó por perder de vista su revólver, esa era la fracción de segundo anhelada por doña Mati para culminar, con éxito, su arriesgado plan; de un manotón, mejor dicho, de un felino zarpazo agarró el revólver por el cañón y se lo arrojó a su marido... -¡ Ahora yo mando, ño Harry...! -Araya había peloteado el arma, en el aire, y la apuntaba al corazón del estupefacto gringo. En aquella solitaria escena de la vida, los dominadores habían pasado a ser los dominados. Doña Mati, en el último movimiento de su genial actuación, se abalanzó sobre el cuchillo y empujándolo contra las tablas en donde se encontraba envainado, le quebró la hoja mientras exigía a viva voz: -¡Ahora mismo nos vai a pagar re'too lo que nos debí...! Estaba feliz de haber logrado su objetivo pues, desde ese mismo instante, se comenzaba a hacer justicia. -¡Y tenis que ir a dejarnos a Pueblo...! -agregó, Alfredo Araya-. Vaciando sus bolsillos, sacando algunos billetes de un cajón y quitándole todo el dinero al amurrado capataz, mister Harry logró juntar el total requerido para pagarle los tres meses de sueldo a aquel indomable matrimonio. -¡Tacatac, tacatac, tacatac...! El pequeño vehículo ferroviario estaba entrando a Pueblo Hundido. Cuando Araya terminó de bajar el equipaje, doña Mati, quien se había quedado vigilando al gringo, saltó a tierra y afirmando el revólver sobre uno de los rieles, lo golpeó con un freno del ferrocarril, reiteradamente, hasta dejarlo totalmente Inservible; después, con gesto desafiante, se acercó a la volanda y tirándole los inútiles trozos de metal al derrotado gringo, le gritó al momento de darle la espalda para ir a reunirse con su Alfredo: -¡Mejor te compra! uno nuevo y..., nunca más lo usí pa'robarle la plata a tus trabajaores…!


Cuento de Diego Muñoz Valenzuela. / Del libro “Lugares Secretos”

Hállase en la oscuridad sin haber tenido jamás conciencia de ella, pues desconoce la luz desde siempre. La oscuridad no existe para él porque es el medio donde ha nacido y crecido. Tampoco la soledad es una noción que pudiese establecer, ya que ignora la posibilidad de la compañía. Talvez mitigan su abandono aquellas confusas ideas que se agolpan revoloteando en su mente sin más sometimiento que el de hostigarse y contradecirse entre sí en un combate perenne, infinito. Es una suerte de diálogo y, por ende, de compañía. Daña quizás su espíritu aquella permanente batalla interior, pero al mismo tiempo cura su alma de la subliminal conciencia de la unicidad y el aislamiento. De hecho carece de ideas precisas respecto de cualquier aspecto o fracción de su universo que se le pudiese cuestionar. Sus conceptos están formados por muchas nociones difusas, incluso contrapuestas. Uti1izarlos es como liberar una bandada de aves ciegas y desesperadas. Pero la precisión no es parte de su mundo, al menos como nosotros solemos concebirla. Ese coro de voces que domina su ser no lo lleva a la destrucción ni a la zozobra sino que -al revés-es la clave de su subsistencia. A veces juega a denominar aquellas voces diversas dándoles cierta existencia, dotándolas de objetivos, de ciertas convicciones coherentes. Naturalmente esas existencias pronto alcanzan su destrucción, cuando el juego las pone frente a alguna condición donde es imposible su desenvolvimiento. Ni siquiera una alteración de su sistema constitutivo de ideas puede salvarlas: en general no perciben el momento ni la causa de su final, se extinguen con la inocencia y fragilidad de una llama soplada. Algunas de ellas, muy pocas, sirven como base de juegos posteriores, pero esto no aminora las consecuencias del exterminio indoloro que podría ser es el sentido del juego. La desaparición de aquellas existencias posibilita la aparición de otras nuevas, distintas. Y su serse nutre de aquella recreación constante, de la futilidad de aquellos sistemas, más allá de los éxitos o fracasos que pudieran atribuírseles a lo largo de sus vidas que sólo poseen sentido dentro del juego. En repetidas oportunidades ha procurado dotar a las existencias de sistemas de creencias más amplios - a su semejanza - sin lograr más que mesianismo o intrascendencia total.


Siempre hay millones de ideas que permanecen fuera de sus invenciones, y ésta es la razón de su extinción inevitable. La amplitud de sus creaturas puede ser sistemática, dotada de claros objetivos y nítidas convicciones. Esto conduce a sistemas voluntariosos, intransigentes, incapaces de adaptarse a cambios fundamentales o de aceptar conceptos que no forman parte de sus propias estructuras. En otros casos, las existencias contienen ideas casi al borde de la oposición excluyente; esto disminuye su solidez y su capacidad de accionar para transformar su entorno. Aumentan, eso sí, sus posibilidades de supervivencia al acomodarse a las condiciones cambiantes. Sin embargo, suele ocurrir, en virtud de las leyes del juego, que una situación involucra dos principios opuestos, de modo que el sistema debe definirse por uno de ellos. Si la existencia contiene a ambos, se extingue en la niebla de la indefinición. Si simplemente desconoce uno de los polos, puede perecer al escoger el conocido, sin alcanzara comprender su error, más aún, sin siquiera llegara inferir que había hecho una elección. También pueden apagarse por la obra de otro sistema mesiánico. De este modo su mente puede ser descrita en términos de una galaxia en forma de espiral vertiginosa, donde los astros resplandecen para morir al instante siguiente en una dimensión de tiempo próxima a la eternidad. Sólo que aquella galaxia debe considerarse como un único ser solitario y ajeno a la noción de luz, etéreo, incomprensible, lejano a las más sofisticadas concepciones, más allá de las posibilidades del lenguaje. La oscuridad, la carencia de cuerpos cercanos que poder tactar, la falta de necesidad de actividad física, aquella extraña forma de alimentarse a partir de sus juegos, lo lleva a una especie de incorporeidad que es más bien ausencia total del concepto de espacio y de materia. Podría definirse a sí mismo como una nube de dimensiones inconmensurables, un plasma ocupando todo el volumen existente. Sin embargo, ese retrato requeriría que aceptase no sólo la noción de nube, sino también la de espacio. Y ya sabemos que el espacio es un concepto de escaso valor para él. Pudiera acaso definirse también como un punto infinitamente pequeño, carente de dimensiones, donde estuviese concentrado ese ilimitado poder de imaginar, enfrentar, destruir, crear. Ambas imágenes, las de punto y universo, son absurdas para concebirlo, puesto que él las desconoce, así como a la luz. Si algo es ajeno a la luz, no se le puede definir en función de ella; tampoco se le puede definir en función de la oscuridad. Ni siquiera puede decirse que viva o conozca una u otra experiencia; incluso puede contener a ambas sin saberlo, sin darle importancia, porque en realidad para él carecen de sentido. Es decir, la noción no es exterior, sino solamente ajena, carente de importancia, porque forma parte elemental y tautológica de sí mismo. Quizás valga la pena aclarar que, talvez, entonces no estaba solo ni hundido en la oscuridad, sino inundado de luz y pleno de contacto con miríadas de seres finitos productos de su juego. Pero esta imagen sería tan incorrecta como la primera visión de oscura soledad. Tan difusa y tan errónea como la aproximación de su anatomía a un reducido punto casi desprovisto de existencia o a una nube concebida como totalidad desmesurada e inconcebible. La solución tampoco parece ubicarse en un punto intermedio que compatibilice los dos polos, puesto que ese eclecticismo no define nada, se aproxima más bien a la idea de esas amorfas fichas de su juego sometidas a la duda y condenadas de manera inexorable a la nulidad. Es posible que nos hagan falta otros polos que posibiliten una explicación cierta; una tercera alternativa a la disyunción puntouniverso, luz- oscuridad, soledad-compañía. ¿Pero qué pudiera ser ajeno a la


progresión entre punto y universo? ¿Qué ser podría ser ajeno a la noción de tamaño? El. Tan ajeno como el punto. O el universo. Quizás ambos polos signifiquen lo mismo, a fin de cuentas. Una noción no existe sin la definición de su contrario; hay una íntima ligazón entre lo que algo y lo que no es. No ser es ser, y viceversa. Para describirlo a él, sirve tanto la idea de oscuridad como la de luz, siempre que se entienda que ambas nociones le son ajenas (no exteriores) y que la simultaneidad es lo que más se aproxima a su definición, a falta de un tercer polo que para nosotros no existe, pero cuya existencia podemos llegar a establecer por la vía de la intuición. El es la soledad y la compañía a la vez, pero no lo sabe, ni le interesa saberlo, ni tiene sentido siquiera pensar que pudiera saberlo alguna vez, porque todo forma parte de él. El no necesita saber: él es, él lo contiene a todo. Su sabiduría y su pensamiento son actos que residen en una dimensión diferente a la nuestra, fuera del alcance de nuestra imaginación. Y los polos no son más que una sola noción presentada engañosamente como una dicotomía descriptora del mundo, un pobre remedo de su forma de conciencia que todo lo incluye y todo lo contiene. Una falsa dicotomía que deja fuera opciones y oculta la unidimensionalidad, así como las empleadas por las precarias piezas de su juego interminable. Y la posibilidad de comprenderlo en base al hipotético tercer polo desaparece en cuanto la mencionamos, porque deja fuera miles, millones de opciones que jamás conoceremos. Porque él vive el luminoso abandono de su sueño incorpóreo, la oscura compañía de su juego interior, la infinitud de sus existencias condenadas a la destrucción y a la vida, el diálogo con la eternidad carente de dimensiones. Porque él siempre será aquella noción que escapa al entendimiento, la opción irreductible a palabras, la difusa existencia que escapa como agua o arena o tiempo entre los dedos de nadie.


Cuento de Sonia González. / Del Libro “Tejer Historias” El niño no sabía por qué lo habían levantado temprano, vestido como si fuera domingo y conducido hasta aquellas oficinas oscuras a través de calles repletas de gente y sucias de voces y bocinazos. El no sabía. Sentado en la banca de madera miraba sus zapatos bien lustrados gracias al betún que su madre pusiera al cuero, y al trapo que los frotó fuerte hasta hacerlos brillar. Junto a él, la madre conversaba con otra mujer que tejía y daba de gritos a una niña empeñada en pasar la mano por los sucios respaldos de las sillas. Se levantó y fue hasta donde estaba la niña. - ¿Por qué haces eso? —le preguntó.

¡

-Porque es suave la maderita —respondió ella, y le agarró la mano invitándolo a probar. —Pero está sucio. Se llamaba Irene. Así la había nombrado la mujer que debía ser su madre. — ¡Bah!. . .— fue su respuesta. Se encogió de hombros y regresó a su silla, luego se limpió las manos en la falda roja con verde a cuadros, gesto que enfureció a la mujer. —Te dije, niña, que no te ensuciaras la ropa. Entonces abrió su carterita roja, redonda, y extrajo una manzana que era del mismo tamaño del bolso que la contenía. La limpió con el puño de su blusa blanca y la mordió. Sus afilados dientes hicieron un pequeño piquete a la fruta. Al niño la boca se le llenó de saliva. — ¿Está buena? —preguntó.


— No está mal —respondió Irene, y se la alargó para que probara— Siempre como una cuando me traen a este lugar. ¿Tú no? —Yo no ¿qué? — ¿No traes una manzana, o algo. . ., cualquier cosa de comer? —No. ¿Por qué? —Porque es muy aburrido esperar. ¿No crees? —No sé. Es la primera vez que vengo. —Ah. . . Lo miró con curiosidad, adoptando un aire doctoral para enfrentarlo ahora, como si los términos del diálogo necesariamente debieran cambiar entre ellos puesto que, estaba claro, ella sabía ciertas cosas que él ignoraba. — ¿Dijiste tu primera vez? —Sí. Carraspeó entonces para hablar, como hacía a veces el profesor de historia cuando iba a cambiar de materia, luego de instruirlos a cerrar los cuadernos por un momento y escuchar solamente. Quería que la oyera. —Mira. . ., yo he contado las sillas. A veces quitan una o ponen otra, pero casi siempre es igual: siete sillas y dos bancas. Y esa mujer de la esquina, sentada, tirándose los cabellos de las puntas, dicen que está loca. Esta manzana me entretiene; la muerdo de a poco, a veces cuento las mascadas que le doy, pero siempre es lo mismo, siempre. . . Recorrió con la mirada el ambiente descrito. Del otro lado de las ventanillas, hombres y mujeres estaban atareados en acarrear legajos y timbrar papeles que les presentaban los tipos que entraban y salían de las oficinas con sus maletines negros. —Mira —le indicó— ahora entrará mi mamá, pero antes me dirá que no me mueva de aquí. La mujer se volvió hacia la niña y con una tácita mirada le ordenó permanecer donde estaba. La niña no respondió, dio otra mordida a la manzana y dijo, en voz alta: —Siete. Y su boca salpicó gotas de saliva dulce. —Ahora —agregó echándose la comida de un lado de la cara—, va a salir con un cheque y después iremos al banco. — ¿Así es? —Así, siempre. Ocho. Pero. . . ¿dijiste que era tu primera vez? El asintió con la cabeza, y apoyó las manos junto a su cuerpo. —Mmm…, entonces va a ser distinto. La mujer de lentes te llamará para preguntarte si es verdad que él te pega, y si no le contestas los hará salir a los dos. Y entonces otra vez la misma pregunta, y si quieres mucho a tu papá, y que si quieres una manzana, a lo mejor te regala una si está de buen genio, porque casi siempre está enojada la mujer de lentes. — ¿O sea que él vendrá? —Sí, creo que él siempre viene la primera vez. — — ¿Y él y la mamá. . .? — —No. Eso si que no. Casi nunca pasa. Ella te agarra del cuello y te da muchos besos, y te dice mi amor y otras cosas aburridas, y luego te pide, como si fueras más chico de lo que eres, que le des un beso, y tienes que dárselo porque por debajo del brazo viene el pellizco, y. . . ¡Bah!, es muy aburrido todo eso. Nueve.


La madre de Irene salió de una de las oficinas llevando en la mano un trocito de papel con el que se ventilaba la cara. Antes de despedirse de la madre del niño le dijo algo al oído, y la otra se sonrió con un gesto que el, niño interpretó ajeno a toda malignidad. —Irene —llamó. —Diez. Chao. Se puso de pie de un salto, y ya iba a salir tras la mujer cuando se devolvió a entregarle la manzana, disminuida ya, aún era útil para contar la espera.


CUENTOS PUBLICADOS SEMANARIO TIEMPO ABRIL 2008