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b. Colecciones Luis David Cรกceres


1. La Fachada (Intersticios)


… Sólo quedan los murmullos que arrastra el viento, la sutil rasgadura de unas voces que hablan entre sí una eterna conversación que se resiste a ser olvidaba. Como los fragmentos de un recuerdo lejano, la casa que es como un libro viejo desgastado por el tiempo, un libro que devela fragmentos imprecisos; memorias que se aferran como cicatrices; monumentales piedras que son barridas por el agua dejando sólo el cimiento; murmullos que las paredes consignan y que se repiten incesantemente; el recuerdo impreciso de un olor, un lugar conocido donde nunca se ha estado. El tiempo ataca, de maneras imprecisas, las paredes de cal, las puertas altas y viejas, los pisos ondulados de baldosas rotas, los techos altos de madera que rujen incesantemente. Las goteras tiñen las paredes de un color cobrizo; los espacios exteriores están gastados, viejos, abundan las telarañas y la maleza; los espacios interiores, en especial los cuartos, son lo único que se resiste al paso del tiempo, conservan la sensación del habitar, el olor a humedad en los cuerpos navegando por el aire. El polvo [26]


/ Colecciones y la maleza invaden la casa, se resisten a entrar en los cuartos, resienten un rumor, voces caminantes que lo inundan todo, ecos como paredes de aire. Las voces están ancladas a la casa como raíces de un viejo árbol, no permiten que nadie ocupe su lugar, se resisten, son propietarias. Dos voces gastadas, casi inteligibles, que en su esencia ocultan dos sonidos diferentes: uno oscuro devela la voz de un viejo y éste a su vez, responde a otra voz más dulce y melodiosa, la de un adolescente tal vez. Lo dicho por las voces resulta impreciso, abstracto, un recorte de recuerdos que navegan por el aire. Los cuartos como anticuario viejo son el objeto físico que atenúa la presencia de estos dos rumores, de sus memorias, un ancla que se resiste a ser olvidada, un espacio de enseres viejos de extrañas acumulaciones de objetos, libros, juguetes, vasijas, baúles, ropa e innumerables cosas gastadas por el tiempo, que resisten al igual que la casa, que se aferran, que persisten, que se mantienen.

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2. La Puerta

(Noche de lluvia)


La noche en que llegaron llovía a mares. Dos cuerpos pasaron la puerta como almas en pena, saltando a la casa con sus cosas al hombro, desgastados por el cansancio y la soledad, huyendo del mundo externo, refugiándose como quien es exiliado, con esa contradicción entre peso y levedad, una isla, un naufragio, una bifurcación de lo cotidiano. En el patio interior fueron colocando sus enseres, con movimientos rápidos arrastrando, empujando, gimiendo, frenéticos, escapando no de la lluvia sino del afuera. El agua lo cubría todo mojaba cada centímetro de la piel, metiéndose por cada rincón de los cuerpos, cada hilo de la ropa, cada pensamiento, cada acción; limpiándolo todo, borrando cualquier indicio del mundo fuera de la casa. Desde esa noche la puerta al exterior era una omisión, el sujeto tácito de la oración, esa cosa que al no ser nombrada se olvida fácilmente. El principio y fin del universo lo definían las paredes de la casa, las grandes maravillas, lo extraordinario o elemental solo existía dentro de esas paredes; el mundo exterior se convertía en un reflejo cada vez más deforme y abstracto. El universo-casa de techos altos, de cal en las paredes y tablas de madera, era un animal en descomposición que con sus últimos alientos se revelaba ante la muerte con el simple hecho de sostenerse. [30]


/ Colecciones La casa deshabitada por mucho tiempo fue cediendo lentamente a la presencia de estos dos nuevos cuerpos que llenaban todo el espacio con su presencia, pintando de cotidianidad el aire. Día tras día fueron arreglando, reparando, puliendo, llenando cada espacio, cada rincón, curando la monumental casa-animal enferma. Sembraron matas en el patio trasero y colgaron otras en el patio interior, repararon las puertas de los cuartos, limpiaron los pisos tanto de los corredores que conectaban toda la casa como de los cuartos, lavaron las paredes y resanaron todas las grietas, por último limpiaron las cañerías y acomodaron las cosas en los respectivos cuartos. La casa era una de esas casas viejas, cuyo centro es un patio principal descubierto rodeado por un corredor que conecta los cuartos, de altos techos, que a su vez están conectados unos con otros por puertas interiores. Frías y tenebrosas, las vigas de madera que conformaban la estructura principal de los techos solían crujir por las noches y las paredes de cal absorbían en gran medida la luz dando a la casa un aspecto lúgubre por las noches. A pesar de lo fuerte del trabajo y de lo fantasmagórica que resultaba la casa, Agustín, el mayor de los dos habitantes, se veía contento, trabajaba sin descanso y con un vigor sospechoso para sus 75 años. [31]


Paseaba su cuerpecillo pequeñísimo y enroscado por la vida por cada lugar de la casa, buscando labores para sus grandes y delgadas mano. Tenía unos ojos que deberían ser azules atrás de unas grandes y anchas gafas; una nariz pequeña le impedía sostener a cabalidad sus gigantescos lentes, por lo tanto estaba constantemente arrastrándolos a las cuencas de los ojos. Las cejas muy pobladas y la cabeza grande y brillante por la calvicie, estaba salteada de unos pocos pelos de un blanco inmaculado. El otro habitante de la casa se llamaba Pablo, un adolescente de tal vez unos 17 años, mal vividos. Su expresión era vieja y cansada; de pelo largo, nariz puntiaguda, piel muy blanca y con manchas, primeros indicios del acné. Los rasgos grandes y gruesos le daban la apariencia de un hombre madurado a la fuerza pero la expresión de sus grandísimos ojos azules menguaba una dulce expresión en su rostro. A esta contradictoria cara le acompañaba un cuerpo largo y delgado con marcas de maltrato, cicatrices, moretones; el caminar desconfiado del joven resonaba, prevenido avanzaba también por la casa siempre buscando alguna actividad. Agustín y Pablo tenían el aspecto de sobrevivientes de algún suceso postapocalíptico, siempre con ropa raída que a pesar de estar limpia se veía gastada por el polvo y por el paso del tiempo. [32]


3. El Corredor (Habitando la casa)


En los primeros meses el silencio era el aire que se respiraba dentro de la casa, la mayoría de las acciones se realizaban por algún tipo de comando visual, gesto, seña o simplemente se sobreentendían. Agustín y Pablo siempre estaban en búsqueda de alguna tarea nunca estaban juntos por más de unos minutos, en esencia parecían un par de extraños, parecían estar a kilómetros de distancia el uno del otro pero su relación existía en términos de lo sutil, sus cuerpos siempre moviéndose no repelían al otro, sólo eran medios, emisor y receptor en movimiento perpetuo, sembrando signos, diálogos minúsculos, pequeños indicios que alimentados con miradas, gestos y señas, creaban una compleja forma de diálogo construido sin un mensaje lógico en donde la casa-materia se mezclaba con lo sutil de los símbolos para ser el emisor mientras ellos se volvían los receptores de un mensaje imposible, pero real. En los primeros días Agustín había hecho un trato con un viejo amigo de la infancia, que a cambio de la suma completa de su pensión, se encargaba de llevar provisiones una vez al mes, recoger la basura una vez por semana, pagar las cuentas y si se necesitaba alguna cosa extraordinaria dentro de la casa se le dejaba una nota en la ventana que servía de medio de transacción entre la casa y ese mundo cada vez más irreal. Para Pablo estas entregas resultaban ser un hecho insólito, un milagro. Miraba atónito como una [36]


/ Colecciones vez al mes el hombre viejo que lo acompañaba sacaba de la ventana alimentos, hojas, libros, entre infinidad de maravillas. Pablo estaba desconectado del mundo exterior, lo que para Agustín era un dibujo cada vez más impreciso, para Pablo resultaba una nada absoluta, su único universo conocido lo delimitaban las paredes de la casa. La casa contaba con cinco cuartos habitables, otros cuatro en muy mal estado, dos patios: interior y trasero, un baño, un corredor, una despensa y una cocina conformaban la totalidad de la casa. Los cuartos en mal estado fueron cerrados con seguro a excepción de uno cuyas ventanas daban al patio interior, en éste Agustín improvisó un pequeño jardín, instaló una manguera para el regado y lo cerró con llave. Lo hizo en secreto y escondió entre las matas algunos cuadernos de apuntes, hojas y un par de libros, los sembró junto con las semillas, entre la tierra. La repartición de los cuartos restantes de la casa no resultó muy complicada. Agustín escogió el cuarto más pequeño, un cuarto poco iluminado en donde guardó docenas de libros apenas si quedaba espacio para respirar. Pablo se apoderó de los tres cuartos principales, todos conectados por puertas. En uno instaló su habitación, otro lo dejó desierto esperando algo con que llenarlo, un espacio que intuía necesario, y el último lo cerró con llave, escondiendo tras la puerta secretas cosas. El cuarto restante fue [37]


un punto intermedio era a su vez comedor, sala y estudio, en él pasaban los tiempos libres. Después del primer año la casa estaba en muy buenas condiciones, las reparaciones fueron repercutiendo en las heridas de Pablo, fue mejorando su aspecto, sus cicatrices casi desaparecieron y su actitud corporal recuperaba los matices de su edad original, se le veía sonriente, jovial, su cuerpo y su alma florecían, el vivo reflejo de la casa, curada por el arduo trabajo que surgía como una forma de reposo. Durante esa temporada el tiempo resultaba concreto, repetitivo y exacto, los segundos se cortaban como a través de moldes idénticos; en las mañanas Agustín solía prepararse el desayuno, luego arreglaba metódicamente la casa y preparaba el almuerzo, por la tarde Pablo se levantaba y almorzaban juntos, él comía con afán y sin mucho interés en la comida mientras anotaba renglón tras renglón, objetos en un pequeño cuaderno; después del almuerzo se quedaban en el patio, por lo general Agustín se sentaba a leer un libro mientras Pablo entraba y salía de su habitación anotando cosas en su cuaderno, esto se repetía durante horas hasta muy entrada la noche, ya sin mucha luz se quedaban mirando al cielo durante largas horas, esperando al frío insoportable que los obligaba a entrar en los cuartos. [38]


/ Colecciones Una de muchas tardes Pablo no llegó a la hora del almuerzo, el sueño lo había atrapado algunas horas más de lo habitual. Cuando se asomó al patio Agustín gimoteaba palabras, ante la mirada atónita de Pablo tartamudeaba torpemente mirando para todas partes, escupía pedacitos de palabras, como las tuberías viejas que antes de dejar escapar un torrente de agua botan gotas con fuerza: - Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos, -decía mirando fijamente a Pablo - Y no te necesito. Tampoco tú tienes necesidad de mí. No soy para tí más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para tí único en el mundo. Pablo estaba aterrado, cada palabra era como una gota de agua sobre una placa de hielo, el piso amenazaba con caerse, la cotidianidad se rompía, Agustín lo miraba con tristeza en una mezcla de frustración, vergüenza y rabia. Abrió la boca y de ella salieron otras palabras que para Pablo resultaban absurdas: –Del, del libro e e e e el Principito de Antoine de Saint-Exupéry, –lo dijo tartamudeando, perdiendo el impulso del primer momento, rápidamente se tapó la boca con ambas manos y de nuevo la casa quedo sumida en el silencio. Ambos buscaban el momento anterior a la ruptura pero la acción ya estaba hecha y los segundos monótonos que se repetían uno después de [39]


otro se fueron quebrando, el tiempo perdía forma y rigidez. Agustín y Pablo sólo se miraron preguntándose con los ojos, encontrando en su interior cada vez más preguntas. Eran un par de niños que acaban de descubrir un secreto inmenso y que por temor sólo lo rodean sin saber muy bien como acercarse. Después de un instante, que pareció eterno, Agustín arremetió con la misma frase: -Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos… Pablo atónito miro dentro de su alma para hallar la manera y fue contestando lentamente, con palabras torpes, con el lenguaje casi de un niño; paraba constantemente intentando pescar las palabras en su mente, el ejercicio era difícil y lo suspendió a la mitad de un balbuceo. Entró a su cuarto, sacó la libreta roja en donde día tras día anotaba listas interminables y retomó la respuesta, esta vez mirando el cuaderno mientras entraba y salía del cuarto gritando palabras inconexas: –La casa, las tardes, la vida, el olor dulce de las praderas, ceniza en el suelo, un par de carritos de juguete, el moño de una niñita, un tarro de pintura seca, un pez de plástico, un dado con letras. Al final de una larga acción se dirigió a Agustín preguntándole si hablaba con él o sólo decía incoherencias, Agustín asintió con la cabeza. Y fue diciendo lentamente: [40]


/ Colecciones No soy quien escucha ese trote llovido que atraviesa mis venas. No soy quien se pasa la lengua entre los labios, al sentir que la boca se me llena de arena. No soy quien espera, enredado en mis nervios, que las horas me acerquen el alivio del sueño, ni el que está con mis manos, de yeso enloquecido, mirando, entre mis huesos, las áridas paredes. No soy yo quien escribe estas palabras huérfanas. Al final, al igual que la vez anterior tartamudeó un nombre y un título: -Oliverio Girondo, no soy quien escucha. Pablo seguía confundido, repitió el ritual de correr al cuarto, de gritar palabras, de mirar en el cuaderno rojo. – Creo entender, dijo, usted usa palabras de otros, los nombres que finalizan la oración son las personas que dicen las cosas. Agustín sonrió y se encogió de hombros, miró a Pablo con un gesto cariñoso y le dijo: - Para ver una cosa hay que comprenderla. [...] Si viéramos realmente el universo, tal vez lo comprenderíamos. Como antes, al terminar la frase tartamudeo un nombre y un título. -Jorge Luis Borges, El libro [41]


de arena. Hay más cosas. Pablo también sonreía, ambos se relajaron, se sentaron en la mesa y lentamente empezaron a conversar. Pablo lo miró con ternura, Agustín sonrió y le dijo: -Son tiempos difíciles para los soñadores, AMELIE, Le fabuleux destind'AméliePoulain. Pablo asintió con la cabeza. Los primeros días la charla era torpe y lenta, el sentido era como un paisaje que cubre la neblina, Agustín navegaba entre fragmentos de otras muchas voces tratando de enlazar un sentido, compartir un mensaje oculto entre las líneas, un significado armado con los límites de cada intervención, Pablo comentaba torpemente, entrando y saliendo del cuarto, su ritual divertía a Agustín. Ese evento fue el principio de una nueva estación temporal dentro de la casa, un nuevo orden cósmico en casa-universo, la percepción del tiempo y espacio mutaban lentamente como si las palabras que ahora llenaban la casa tuviesen su propia ley de gravedad, así los segundos se volvieron una masa informe. Esta estación existía en la palabra y al igual que antes cuando el mundo exterior se desdibujaba, la casa perdía claridad y las palabras se volvían el universo. A Pablo esto le preocupaba mucho pero Agustín sonreía y a cualquier indicio de preocupación le decía: -¿Crees que la física cuántica es la respuesta? Porque... no sé, en el fondo, ¿de qué me sirve a mí que el tiempo y el espacio sean exactamente lo [42]


/ Colecciones lo mismo? En fin, si le pregunto a un tío qué hora es y me dice "6 kilómetros", ¿qué coño es eso?, Woody Allen. Todo lo demás, Pablo reía incómodo pero tranquilo y el eterno ritual-conversación seguía adelante. Dentro de casa-palabra sólo se advertía movimiento en ciertos momentos del día Las actividades viejas se volvieron irrelevantes, los dos cuerpos solo se movían del cuarto central para cocinar, dormir, recoger los víveres o defecar. La palabra como aire fue impregnando la casa y los rumores se volvieron ecos. Era una conversación eterna llena de problemas, de miradas pérdidas, la palabra reemplazaba todo sentido y eran un abrazo.

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4. El Patio (Malformidades del tiempo)


La conversación con el tiempo se hizo más fluida, el viejo hablaba lento con pausas constantes. Comentaba sobre temas diversos, en tonos de voz diferentes para cada tema, navegaba entre voces de otros, citas de libros, pedazos de películas, calles que alguien le había contado. Su charla era la silueta de un rompecabezas, armado con los trozos de miles de historias, un bricolaje de citas que terminaban configurando algún pasaje: una experiencia, un comentario. Y la vida se les fue yendo en palabras a veces Agustín repetía libros completos o hablaba los diálogos de alguna película. En el pasar de los días surgieron preguntas en ambos, como un parásito que en principio es una minúscula existencia pero que va creciendo apoderándose de todo. A pesar de la duda, la forma de la conversación no le permitía a ninguno de los dos articular pregunta alguna. Pablo se preguntaba sobre el por qué estaban allí, pensaba en la forma de hablar de Agustín, en el universo-casa-palabra, en los libros, en las matas sembradas en el cuarto junto al patio. El viejo por su parte, observaba el ritual que envolvía las conversaciones del pequeño, las entradas y salidas eran divertidas y el humor calmado y paciente de Agustín le permitía no impacientarse, pero la curiosidad resultaba insoportable. ¿Qué había en el cuaderno? ¿Qué escondía en el cuarto? [46]


/ Colecciones Una noche Agustín espera despierto, en puntas de pie entra al cuarto de Pablo cuando cree que la noche ya lo ha atrapado en un sueño profundo. Sobre una mesita está el libro rojo, él se alumbra con una linternita y se acerca al libro, lo abre frenético y apenado, mira constantemente a Pablo que duerme tranquilo, revisa el cuaderno, mira cada hoja. En su totalidad el libro mide unos 35 por 25 centímetros, la tapa roja tenía un dibujo de una máscara, el contenido del cuaderno estaba dividido en tres partes: la primera parte era un grupo de hojas en blanco, la segunda un largo inventario de objetos: -Pescado de juguete/ 10 días / sensación fría / azul con manchas rojas/ encontrado / mañana en el Jardín de una casa en el centro. -Lápiz de color/ 60 días/ alegría / rojo / encontrado / noche en un parque en el suroeste de la ciudad. - Cartón de papel con elefante pintado/ 75 días / sensación de amistad / papel blanco con tinta roja / regalo de una mujer de ojos azules / patio de una universidad.

La tercera era una larga lista con muchos objetos sueltos, algunos de ellos estaban tachados. [47]


Las listas y los objetos enumerados son cosas que para Agustín resultan banales, la clasificación de los objetos esta referenciada por, días a partir de la llegada a la casa, Agustín se entretiene imaginándose un calendario gigantesco cuyas repartición no está delimitada por números sino por pequeños juguetes que enmarcan la división del tiempo. Esta imagen lo entretiene y sigue sonriendo satisfecho hasta que una revisión más detallada del inventario genera una ruptura en su tranquilidad, las dos últimas formas de clasificación resultaban tan incoherentes como inverosímiles, dadas las condiciones del encierro en la casa, en ellas se mencionan lugares y personas ajenas al universo-casa. Agustín se quedó sumido en sus pensamientos mirando fijamente a Pablo, quien dormía plácidamente, lo miró mover los labios largo tiempo, parecía que Pablo hablaba con alguien en sus sueños. El hombre miraba fijamente, tratando de organizar sus ideas pero no conseguía entender el suceso, sin previo aviso la intranquilidad se volvió pánico: Pablo abrió los ojos, Agustín temblaba, se sentía miserable, quería salir corriendo pero Pablo lo calmó con la mirada. El joven se paró de la cama, le quito tiernamente el cuaderno a Agustín de las manos y tachó de la lista del final un renglón que decía: “ una semilla de eucalipto”, luego paso las hojas en sentido inverso y se ubicó en el último objeto inventariado, y justo después de este escribió : [48]


/ Colecciones -semilla de eucalipto / 225 días / sensación de ser observado / grisácea con punta blancuzca /regalo, tesoro de un leñador / en un cuartico pequeñito debajo de una plaza / Agustín estaba pálido, atónito, miraba la semilla de eucalipto que Pablo tenía entre las manos, sentía desmayarse. Pablo le devolvió el cuaderno, le acarició el hombro y lo invitó a sentarse en la cama. Se fue unos segundos al cuarto contiguo y al volver prendió la luz. Miraba al viejo con ternura y sentándose al lado suyo le señaló los estantes, gabinetes y armarios, repletos de pequeños objetos – encontré el primero tres noches después de que llegamos a la casa – le dijo - no entendía muy bien nada, el cuaderno lo traía conmigo. Agustín se sorprendía de ver lo fluido que hablaba Pablo, sin el ritual de siempre. - Después de recoger los primeros cinco objetos me los encontré en la larga lista que esta al final, en el medio ya estaban unas cosas escritas, las cosas que yo traía. Pensé que eras tú el que las había escrito, pero cuando empecé a escribir, me di cuenta que la letra era mía. Lo que sucedió después fue mágico, al terminar de escribir en el cuaderno un fragmento [49]


grande de un recuerdo se me fue viniendo a la cabeza traía muchas imágenes y palabras consigo: un hombre me cogía de la mano, yo era pequeño, caminábamos por un parque en un día soleado, hasta ese momento no me había percatado que mi cabeza estaba vacía, desterrada de recuerdos y pensamientos. Anote el resto de los objetos pero solo tenía lo del primer recuerdo, fue cuando cogí el resto de las cosas que todos los recuerdos se me vinieron a la cabeza, los solté, que miedo me dio. Sabe, desde ese momento empecé a buscar dormido las cosas que están anotadas en el cuaderno, no se imagina las muchas cosas que he encontrado, siempre caminándome los sueños por lugares que desconozco, lo malo es que sólo me vienen a la cabeza recuerdos cuando tocó las cosas que ya están escritas en el cuadernito rojo. Así que simplemente las guardo por ahí y sigo con la búsqueda. Agustín buscaba entre su cabeza alguna voz que le permitiera decir algo al respecto pero solo silencio tenía en la cabeza. Después de un largo monólogo en el que Pablo contó todos los pormenores de sus aventuras nocturnas, Agustín regresó a la cama. Era casi el amanecer y Agustín no pudo conciliar el sueño. Pablo en sueños vaga por ahí coleccionando objetos. Busca, recoge y clasifica minuciosamente cada cosa, y luego la tacha. Camina entre el sueño y la realidad saltando [50]


/ Colecciones sin dificultad alguna, trae consigo los objetos que recoge en sueños como un pescador que navega en territorios del sueño pescando cosas para traerlas al mundo real. La actividad siempre es la misma, selecciona un objeto de la larga lista, se acuesta, sueña, camina por amplias calles, oscuros subterráneos, iluminados jardines; los paisajes son diferentes, es la gigantesca ciudad del sueño que esconde un reflejo con el mundo fuera de la casa. En estos paisajes busca el objeto seleccionado, habla con extraños, entra a tiendas y bibliotecas, busca incansablemente hasta encontrar el tesoro. Cuando recoge la fichita de ajedrez o el pedacito de una hoja del diccionario real de la lengua española, despierta, mágicamente trae el objeto en sus manos, lo clasifica en su libreta y lo guarda en el cuarto de los objetos que está al lado del suyo, o en un closet, debajo de la cama, encima de las mesas. Regresa a la cama y selecciona un nuevo objeto, arremete el sueño como un buzo que entra al agua. En una buena noche de pesca puede lograr uno o dos objetos.

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5. Las Habitaciones (Sue単os e inventarios)


El descubrimiento de los inventarios de Pablo fue un nuevo factor que altero radicalmente las maneras de la casa. Una nueva estación lo pobló todo: un nuevo eje de gravedad donde los días, y las noches se mezclaban. Lentamente una enfermedad extraña empezó a habitar la casa. Pablo dormía más que antes, se la pasaba recorriendo las amplias calles de las ciudades del sueño. Por su parte Agustín no dormía, vagaba por la casa repitiendo: – No se les permitía comer ni beber nada durante su estancia, pues estaba claro que la enfermedad sólo se transmitía por la boca… Así estuvo seguro de no olvidarlo en el futuro. No se le ocurrió que fuera aquella la primera manifestación del olvido, porque el objeto tenía un nombre difícil de recordar. Pero pocos días después descubrió que tenía dificultades para recordar casi todas las cosas del laboratorio. Entonces las marcó con el nombre respectivo de modo que le bastaba con leer la inscripción para identificarlas. Cuando su padre le comunicó su alarma por haber olvidado hasta los hechos más impresionantes de su niñez, Aureliano le explicó su método, y José Arcadio Buendía lo puso en práctica en toda la casa y más tarde la impuso a todo el pueblo. Con un hisopo entintado marcó cada cosa con su nombre: mesa, silla, reloj, puerta, pared, cama, cacerola. Fue al corral y marcó los animales y las plantas: vaca, chivo, puerca, gallina, yuca, malanga, guineo… cuando concibió el [54]


/ Colecciones artificio de leer el pasado en las barajas como antes había leído el futuro. Mediante ese recurso, los insomnes empezaron a vivir en un mundo construido por las alternativas inciertas de los naipes, donde el padre se recordaba apenas como el hombre moreno que había llegada a principios de abril y la madre se recordaba apenas como la mujer trigueña que usaba un anillo de oro en la mano izquierda, y donde una fecha de nacimiento quedaba reducida al último martes en que cantó la alondra en el laurel. García Márquez, Cien Años de Soledad. Así pasaron muchos días, cuando Pablo se percató del embelese del sueño, extraño a Agustín y buscándolo por toda la casa al fin lo encontró en una esquinita del cuarto donde había sembrado las hojas y las matas. Parecía loco, lo rodeaban los fragmentos de las matas, pedazos de tierra, le sangraban los nudillos, el sudor de la fiebre le empapaba el cuerpo, ese cuerpo frágil que exhalaba un olor extraño. No era un olor desagradable ni siquiera llegaba a ser un olor corpóreo, era tristeza a lo que olía, tristeza invadiendo el aire de la casa. Pablo sacó el viejo cuerpo del jardín, le ayudó a quitarse la ropa y le dio un baño en el patio trasero. Lo acompañó hasta su cuarto, le pasó ropa limpia y lo acostó sobre la cama. Acariciaba su frente con el fervor con que un hijo acaricia a su padre enfermo y reflexionaba sobre la certeza de no saber que condición de seres humanos lo unían con este anciano. No sabía si era su [55]


mentor, su padre, su abuelo o su hijo. Era más bien una cosmogonía de iguales, un subvenir de intenciones. Veía en su piel el mismo tono de la suya, sus rasgos reflejaban el porvenir del viejo y la sensación de desvanecerse le hizo perder el sentido. Un rumor de miedo le prohibía ir más adelante, después se quedó mirándolo evitando cualquier pensamiento. Lo acompañó largas horas mientras el sueño lentamente se iba regulando. Pablo tenía en los bolsillos algunas fichitas viejas, un barquito de juguete y un papel de cuaderno, mientras vigilaba el cuerpo del viejo tocaba alguno de los objetos y cantaba canciones en voz baja; los cuidados resultaron un exorcismo de la enfermedad del sueño y lentamente Agustín se quedó dormido. Los cuidados duraron varias noches. Agustín se le veía recuperado, jovial y sonriente. Por las noches Pablo cuidaba el sueño del viejo, se dormida justo después de él, intentando tener la mente en blanco, pero el día después de la tercera noche le trajo una sensación extraña, empezaba a percatarse de que sus sueños tenían un matiz nuevo, una sensación diferente. En sueños aparecía en una inmensa biblioteca, ojeaba uno que otro libro con la esperanzadora certeza del que tiene tiempo. Pero el miedo se metió en el sueño y lo desmoronó todo. Esto se repetía durante toda la noche, una pesadilla hecha en el [56]


/ Colecciones conjunto de los momentos. Durante los tres días siguientes fue lo mismo. Para la cuarta noche se preparó bien, empaco un par de juguetes en sus bolsillos y el cuaderno de inventarios; decidió buscar la biblioteca y después que el viejo se hubo dormido se encontró de repente en uno de los pabellones. Sintió una nostalgia por las tardes en que charlaba con Agustín. Veces anteriores, entre discusiones, había visitado estos pasillos, flotando en el aire ahora eran reales. Los pabellones amplísimos conformados por dos filas de estanterías estaban divididos por filas horizontales y verticales, las estanterías tocaban el techo de los pabellones, las filas de libros se perdían en el horizonte, cada uno de los pabellones estaba conectado por pasadizos a modo de laberinto. La biblioteca no poseía una fuente de luz específica parecía que todo estaba iluminado por los mismos libros que llenaban el recinto de una luz tenue. Caminó por los pasillos infinitos mirando ejemplares y ejemplares de libros; el miedo se acercaba como humo que invade una habitación, pero una sospecha le permitía sostenerse en el sueño, una sensación familiar abrazaba los pasillos. Caminaba guiado por una fuerza desconocida a algún punto dentro del gran laberinto-biblioteca; sutilmente una voz que lo llamaba fue cobrando fuerza, era una voz [57]


familiar construida por murmullos, palabras que rebotaban en las estanterías. El rumor lo fue guiando, después de horas de caminar los murmullos se hicieron palabras y mientras las estanterías se iban despejando, la luz se hacía cada vez más escasa. Camino unos minutos más a ciegas, guiado por la voz, de repente se encontró ante una puerta que tenía la apariencia de la del cuarto de Agustín; la puerta resplandecía la luz salía de todos los bordes de ella. Pablo la abrió y sus ojos se encontraron en un cuarto idéntico al cuarto de Agustín, la única diferencia era que los libros estaban ordenados sistemáticamente. Los grupos de libros que estaban alrededor de las paredes eran opacos y no llamaron mucho la atención de Pablo mas en el fondo de la habitación una pequeña biblioteca era la que le daba luz al cuarto, sus libros de muchos tamaños y formas resplandecían, los libros estaban vivos, pegaban pequeños saltitos como intentando escapar de las estanterías. Con terror tomó uno de los más grandes, las hojas del libro se movían, era un recuerdo el que le daba vida al libro. Pablo empezó a leer. Un joven muy parecido a él acariciaba las páginas de un libro, pasó la hoja y se encontró al mismo joven espiando entre los pasillos de una biblioteca a alguien que se le hacía remotamente familiar, otra hoja la seguía, otra hoja la seguía, se le confundían los ojos con los del personaje del [58]


/ Colecciones libro. Se mezclaban los ojos, las palabras desaparecían, un destellar de imágenes, cada vez más cerca de ella, la perseguía, sintiendo su olor a madera, a piel joven. Los ojos evasivos de ella apuntaron, la perseguía, ella respondía, disparaba miradas como cuchillos afilados, la piel se desgarraba, cada vez más cerca la mirada mezclada de personajes y lector. La mirada de ella se enterró en los pares de ojos, el susto fue insoportable, el furor del nervio, la confirmación de existir dentro del libro reflejados en los paisajes de la joven hicieron que Pablo soltara el libro. El sonido del libro cayendo al suelo clavo en su espalda una sensación familiar, una caricia materna que se ocultaba tras el sudor, el furor de la esperanza apareció intoxicarle los párpados. Se sentía enamorado, en un clímax de emociones que la distancia con el libro mermaba. La angustia se apoderó de él y con violencia se sentó en el suelo a observar de nuevo las páginas, de nuevo la joven caminando por ahí, con sus ojos azules celeste que alumbraban todo; de nuevo las páginas de aquel libro parecían nombrarla, escuchó su voz cantándole al oído una canción triste, una canción que Agustín silbaba en las tardes de los primeros días. Reconoció entonces los ojos que miraban desde el libro, las ideas de Agustín, la lentitud de su andar y su olor a tristeza, sentía como un mundo de imágenes se presentaban ante él, imágenes sin conexión, recortes de una [59]


realidad lejana pero no desconocida. Buscó entre sus bolsillos los juguetes que había traído, intentaba escapar a través de un recuerdo familiar pero no reconoció ni sus desgastados pantalones ni encontró en sus bolsillos juguete alguno. Se miró el cuerpo atentamente: tenía puesto una chaqueta y pantalones de paño café muy nuevos, unos zapatos de punta, chaleco y camisa blanca, los grandísimos lentes le apretaban la pequeñísima nariz teniendo constantemente que empujarlos hacia las cuencas de sus ojos. Entendió que el libro era un recuerdo de Agustín, un recuerdo perteneciente a la inmensa biblioteca que era su mente, en ese momento él era Agustín.


/ Colecciones Se arregló el chaleco y miró a su alrededor se encontraba en una biblioteca, tal vez un vendedor en alguna esquina del mundo, vendiendo libros. La canción volvía a sonar en sus oídos: “en el árbol del olvido me acosté una nochecita vidalita” rebote, conciencia, el estallido de muchos mundos en su cabeza, una burbuja dentro de otra, dentro de otra, la mezcla de conciencia le trajo recuerdos que no parecían suyos, cosas que creía reconocer. Su razón se fue yendo con la canción y cada vez perdía más la noción de sí mismo, cada vez era más un bibliotecario perdido en un país insignificante vendiendo ejemplares de libros que nadie conocía. De nuevo el olor de la piel. Como un relámpago la imagen de la joven pasando entre las estanterías, sudor frío, la perseguía, un fantasma, una leve sensación de vacío, el pasar de una hoja en la distancia, leyendo, las palabras de los libros se acomodaban. Sonaba la voz desconocida, la misma canción, las palabras pintan nuevos paisajes, conjuntos dentro de conjuntos, dentro de conjuntos, ((((((un paréntesis)))))) de nuevo el vacío, el cuerpo de ahora está tan distante, el pasar de una hoja en la distancia y de pronto se ve en un parque con su incómodo traje más gastado. Habla tímidamente de muchos temas, mientras los carros pasan, una promesa enlaza su aliento, la mujer en frente con su tenue voz, su piel canela, su cuerpo como un lugar imposible, el pelo castaño corto, los mismos ojos azules. Las pieles echan chispas con el contacto, una [61]


felicidad inmensa se apodera de los dos, del lector y del que es leído. El lector llora, el leído sonríe. Una nueva página, una leve sospecha pinta las letras que viajan por el aire pero la felicidad no deja tiempo de análisis. El amor se amontona y las palabras se iluminan como juegos pirotécnicos. La canción sigue sonando pero ninguno de los tres le presta atención; la joven sonríe, el leído sigue sacando chispas deslumbrado ante el contacto, se pierden los límites y en un segundo que dura años los tres se mezclan en un mismo amor, el lector, el leído y la mujer. Pasan años, capítulos enteros del libro donde la felicidad destila de las cosas con un gusto dulzón que niega cualquier otro sabor. Las revelaciones se le presentan a Pablo como chispas de luz en la oscuridad, eran alejamientos del libro en donde reconocía vagamente su esencia; comprendía fragmentos del conjunto de la historia, ataba cabos de la historia leída y reconocía cada vez más su participación en la misma. Saborea cada palabra cada imagen, reconoce en sí un amor infantil por la mujer, un destello de esperanza, él la mira a través del amor del viejo reflejando su propio amor. De repente las páginas pasan rápido, su sonido retumba por todo lado, se dibujan tenuemente una casa, un puñado de días desabridos, llenos de tristeza y cotidianidad; [62]


/ Colecciones el leído llora, el lector sonríe, casi se burla, ambos se distancian, del texto y las páginas, pasan sin ninguna ojeada relevante. El rostro de la mujer empieza a desdibujarse, a perder sentido, el lector estira el brazo coge la mano de la mujer que termina de borrarse y en sus manos sólo queda un anillo; la canción se atenúa y se queda en una frase: “en el árbol del olvido me acosté una nochecita”. La mujer llora, el llanto los mezcla a todos, el libro empieza a llorar, la mujer se desvanece, el libro se acaba. Pablo se despierta, sostiene un anillo entre sus manos y un pedacito de una hoja mojada, se levanta de la cama, busca el cuaderno rojo; en las grandes listas encuentra el anillo y la hoja mojada, los tacha, escribe en el inventario: -Anillo de bodas / 280 días / indicios de claridad/ dorado /directamente del dedo de mi madre / en Agustín / -Papel mojado / 280 días /fragmento de recuerdo / blanco amarillento con tinta negra / directamente de la cabeza de mi padre / en Agustín Cuando guarda las cosas en el armario de su cuarto, se percata de que ya es de día, cocina algo y lo lleva donde Agustín que sigue acostado. Este sonríe, se miran, no dicen nada.

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6. Las Ventanas (Esfumรกndose)


Durante un tiempo la casa retomo el ritmo original, el silencio se volvió a apoderar del aire. La casa demandaba muchísimos arreglos así que Agustín y Pablo tuvieron trabajo durante un largo tiempo. Por las noches seguía Pablo pescando elementos para su inventario, y Agustín se embarcó en una nueva labor de reparación. Días antes mientras Pablo visitaba la biblioteca de su mente entendió la ruta de entrada y se dedicó a organizar el cuarto, a seleccionar, clasificar y limpiar una serie de archivos, recuerdos específicos de ciertos momentos en su vida. La reparación duró algunas noches. Cuando el trabajo estuvo terminado Agustín se sentó en el patio de la casa, esperando la aparición de Pablo. Él apareció por la tarde, lo miró con ternura y lo saludo con su mirada; la historia se repitió, el hombre viejo volvió a quebrar el tiempo con su voz, abrió la boca y ante los ojos atónitos de Pablo la voz hablaba fluidamente, era la voz de siempre pero con un tono nuevo. Le pidió que se sentara junto a él, Pablo obedeció. El largo discurso empezó por una confesión ya sabida por Pablo: la noche de la biblioteca. Agustín era su padre y le contó la historia de sus vidas, empezando por los años felices de la casa, historia de su enfermedad y de cómo lentamente las palabras leídas se volvieron su voz y cárcel. Le explicó que su madre se había ido cansando y la casa se había vuelto un infierno, que una tarde regresó de la [66]


/ Colecciones biblioteca y los dos habían desaparecido, le explico que durante diez años había recorrido, infinidad de lugares siguiéndoles la pista y que por fin casi un año atrás se lo había encontrado en un centro de reposo. Pablo lo miraba atónito, ni siquiera parpadeaba. Al final de la explicación Agustín abraza a su hijo, los dos lloran y sonríen al mismo tiempo. Pablo no dice palabra pero se enfría con la pregunta por los años en que estuvieron separados. Se agita y grita, entra corriendo al cuarto con la libreta roja en las manos, muestra a su padre las páginas blancas del cuaderno y sale a correr. Una nueva enfermedad se apodera de la casa. Pablo corre como loco, su cuerpo está transformado, enérgico. Con la agilidad de un animal, recorre la casa, salta entre los tejados mientras Agustín lo persigue gritando. Casa-universo toma un matiz de laberinto en el que padre e hijo se persiguen. Agustín grita, llama a Pablo con fervoroso dolor, el tiempo vuelve a deformarse borrando las palabras en el aire. Agustín también empieza a correr. De repente ninguno recuerda si busca o se esconde, sólo corren pasando de cuarto en cuarto, corren largamente y sin saber cómo están en un cuarto de otra casa. La sensación de desconcierto no los abandona, reconocen en el cuarto a un hombre y un niño, el hombre besa la cabeza del niño se despide, el niño llora. Mientras el hombre sale del cuarto una [67]


mano femenina arrastra al niño y desaparecen en las sombras. A Pablo la imagen lo hace llorar. Cuando Agustín se acerca a secarle las lágrimas Pablo sale corriendo, llora sin entender muy bien por qué y antes de salir del cuarto toma del piso un carrito de juguete. El viejo lo persigue, pasa por la puerta de la habitación y parece haber salido a la calle pero una revisión más detallada del espacio sorprende a Agustín, están en la calle, sí, pero también está dentro de la casa. Reconoce vagamente el patio pero este está mezclado con la calle, la sorpresa no le permite ver a un niño que camina por ahí recogiendo piedritas que guarda en un gran morral. Pablo está a su lado ayudándole a recoger, él niño recoge las piedras y anota en su cuaderno rojo. Pablo se mete una piedra en el bolsillo, le sonríe al niño, sigue seleccionando.

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/ Colecciones Agustín se queda mirando los dos cuerpos que se mueven en la casa-calle, ellos no se percatan de su presencia. Pasan horas, tal vez días, las dos siluetas caminan en las interminables calles que habitan la casa. El viejo en su esquina los mira, la casa se desconfigura y se transforma en nuevas cuadras mientras el niño y el joven caminan pero no se mueven. Con cada paso el niño va creciendo y al acercarse a la edad de Pablo desaparece. Agustín grita, teme que su hijo también se desvanezca. El eco del grito trae nuevas voces, voces que amenazan, que los persiguen; corren por las calles-casa atemorizados, las voces cada vez se acercan más, les pisan los talones. Entran en un cuarto, adentro todo se parece a un hospital, la gente vaga libremente, abstraída, triste, islas naufragantes, no se comunican. Hombres grandes coordinan todo el pabellón, son guardias y enfermeros a la vez. A lo lejos se ve al joven gritando desesperado, perdido con los ojos desorbitados; pide una maleta, ruega, suplica; pide un cuaderno, del que nadie le da razón. Las palabras con que grita son difíciles, casi las pesca entre su confundida memoria. Agustín recuerda los primeros días en la casa, el enfermero más grande le pregunta el nombre al joven, él no contesta. Entonces lo estruja, levanta la voz, le aprieta fuertemente el brazo, el joven vuelve a pedir su cuaderno rojo, su maleta con piedras, rechaza al enfermero con una fuerza [69]


inesperada. Aparecen de la nada tres enfermeros más, entre los tres lo inmovilizan; uno saca una jeringa y le aplica el contenido en el brazo. Los gritos se hacen más pausados, más lentos, más tenues, hasta que cae desplomado. Se lo llevan a otro lugar, Agustín y Pablo siguen el tumulto de enfermeros y el cuerpo inerte del joven. Los dos entran en una habitación oscura y pequeña, en el centro, el cuerpo amarrado del enfermo, mira al vacío. Los se sientan junto a la cama, ambos consuelan al muchacho. Pablo recoge un pedazo de baldosa que está rota en el suelo y lo guarda en su bolsillo, vuelve a sentarse al lado de Agustín, le acaricia la calva cabeza y mientras lo mira asiente con la cabeza. El hospital empieza a desaparecer, los dos cuerpos están en el patio central de la casa mirándose fijamente. Cuando el hospital está totalmente desvanecido Pablo empieza a perder su voz; cuando ya le es imposible comunicarse saca una serie de objetos de sus bolsillos, se dirije al cuarto y busca en el libro rojo los últimos elementos de la lista, los tacha y escribe en las hojas en blanco del principio: -Carrito de juguete / 302 días /pasajes de mi memoria (infancia) / azul y rojo / tomado/ de laberinto casa

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/ Colecciones -Piedra / 302 días /pasajes de mi memoria (casa-calle) / blancuzca / tomado / de laberinto casa -Baldosa rota / 302 días /pasajes de mi memoria (hospital) / blancuzca y roja / tomado / de laberinto casa

Al terminar se dirige al cuarto del padre, coloca el cuaderno rojo entre los libros del cuarto y regresa al patio, se queda mirando fijamente el rostro de Agustín; los dos se quedan mirándose, reconociéndose, el tiempo recupera lentamente su forma y los ojos perdidos de los dos se miran. Con la llegada del tiempo los dos cuerpos se miran cada vez más extrañados. El primero en desvanecerse es el joven, primero la cara, lentamente el cuerpo, los pies, lo último en borrarse son las manos. Agustín intenta decir algo pero al abrir la boca está hueco, se ha ido desvaneciendo por dentro desde el momento en que salieron del hospital. La cáscara hueca empieza a desmoronarse y los trozos desaparecen antes de tocar el suelo, el aire pesado mueve el vacío de la casa y los fragmentos de palabra recorren los espacios muertos, sosteniendo el cadáver de madera y cal…

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COLECCIONES