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Abascal dejó de sonreír al sentir la presión en el Zócalo Por: A. Velázquez y A. Cedillo

Domingo 17 de Septiembre de 2006 | Hora de publicación: 01:22

La presión de la calle también surtió efecto sobre el secretario de Gobernación, Carlos María Abascal Carranza, quien, colocado a la derecha del izquierdista jefe de Gobierno del Distrito Federal, Alejandro Encimas, soltó una carcajada contagiado por el entusiasmo de Encinas, que una y otra vez hacía tañer la campana desde el viejo balcón del Antiguo Ayuntamiento. La sonrisa de Abascal desapareció apenas empezaron los gritos de “¡Obrador!”, “¡Obrador!”. El repiquetear de las campanas enardeció a la gente y provocó el grito contenido desde las 8 de la noche... y que detonó en todo su esplendor luego de las once. En el balcón el cocktel político no aceptaba distingos... Esta vez la mesura y la camaradería fue la virtud principal en un Zócalo que durante 48 días ha sido objeto de disputas por el dominio de espacios, el auditorio para el grito, y que finalmente se redujo a una fiesta como cada año en un Zócalo pintado de verde, blanco y rojo... no de amarillo ni de azul. Mientras Rosario Ibarra sonreía gustosa, Encinas, con elegante traje negro y corbata dorada, sonreía con picardía mientras abajo, el pueblo que se mezcló con la resistencia, dejaba escapar gritos de “¡México, México!” y otros más de “¡Fuera Abascal!”, “¡Bajen a ese cabrón!”, y como un reclamo que ni la tenue llovizna borró quedó escrito sobre enormes


plásticos color blanco la leyenda demoledora: “¡Fox, traidor a la democracia!”. Encinas se daba un baño de pueblo —un griterío hasta el desquicio de una muchedumbre que se movía al mando de López Obrador— y Abascal perdía la mirada en un cielo iluminado por fuegos artificiales... y en ese momento quizá extrañando estar en Dolores Hidalgo, Guanajuato, protegido por Fox y arropado por un pueblo panista. El más conservador de los panistas estaba entre los izquierdistas. Uno de éstos, el jefe de Gobierno, que en la frontera de las 11 de la noche izó la bandera con la mano derecha y antes de hacer sonar la michoacana campana —que luego de tres horas de intentar colocarla se optó porque descansara del brazo de una grúa— gritó: “¡Mexicanos, vivan los héroes que nos dieron Patria y Libertad!, ¡Viva Hidalgo!, ¡Viva Morelos!, ¡Viva Allende!, ¡Viva Josefa Ortiz de Domínguez!, ¡Viva Guerrero!, ¡Viva Juárez! —ese gritó cimbró de lado a lado el Zócalo—, ¡Viva Nuestra Independencia!, ¡Viva la Soberanía Popular! “¡Viva México!, ¡Viva México!, ¡Viva México!”, fue el remate que quebró voces, dobló rodillas y generó que el Zócalo se convirtiera en una sucursal del manicomio. Encinas jaló 18 veces el cordón tricolor. Y Rosario Ibarra sonrió con satisfacción. Luego, una escolta se encargó de proteger a Abascal, quien se retiró entre mentadas de madre y se refugió presuroso, protegido por sus escoltas, en una camioneta blindada. Bajo las luces de los fuegos multicolores, los mosaicos de luces que representaban a los héroes nacionales y gritos en coro de “¡No a la imposición!”, Encinas, acompañado por su esposa, agitaba el puño en señal de triunfo... Y los gritos de la gente acentuaban la sonrisa del mandatario capitalino: “¡Obrador, Obrador!”. Luego, poco a poco la plaza fue despejándose para darle lugar al desfile militar en un Zócalo que el viernes guardó rencores, en el cual la violencia no tuvo cabida y en donde los colores


patrios soplaron en contra de los aires de una izquierda radical... Foto: Francisco Huerta


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