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¿Me dejas quererte?

Toñi Membrives

Título: ¿Me dejas quererte? © Toñi Membrives Colorado

Primera edición: Diciembre, 2016 Corrección, maquetación y diseño de portada: María Elena Tijeras De Élite


Reservados todos los derechos. No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.


Para mi mana, mi marido y mi cuñado, que siempre me están criticando por no dedicarles una de mis historias. Pues esta es para ellos, que se la merecen por soportarme. Que ya es mucho. «No hay deber que descuidemos tanto como el deber de ser felices». Robert Louis Stevenson.


Prólogo

—Susana, ¿ya lo tienes todo? —Sí, lo tengo todo listo. —Bien, pues entonces, cuando puedas, pásale las cajas a los chicos de la mudanza para que las metan en la furgoneta. —¿Ya han acabado de desmontar todos los archivos? —Están terminando de bajar el último. Apenas queda ya nada aquí. Esa última frase me entristece. He pasado en estas cuatro paredes cerca de diez años y, ahora, las abandono. Bueno, es mi jefe quien ha decidido poner punto y final a esta relación. Y lo entiendo. El hombre con el que acabo de hablar es Josemi, el que me paga a fin de mes y me mete bronca cada vez que no le hago caso, que suele ser más a menudo de lo habitual, pues, muchas veces, no tiene razón. Pero, en el fondo, me quiere. Lo sé. Llevamos juntos muchos años, casi desde que acabé la carrera de pedagogía y, créeme, ha llovido mucho desde entonces. Soy asesora pedagógica en una empresa de formación y me encanta mi trabajo. A veces puede parecer monótono, ya que cada nuevo curso que se inicia, se siguen los mismos pasos, pero creo que no sabría hacer otra cosa. Y Josemi siempre me dice que soy muy buena desempeñando mi trabajo, que soy la mejor. Así que, ¿por qué no creerlo? De vez en cuando gusta que te digan esas cosas. Cierro la última caja que me queda por apilar junto al resto y dirijo mi mirada por las paredes blancas de mi despacho. De ellas, ya no cuelga ningún cuadro, todos están empaquetados, al igual que todo lo que había deambulando por aquí. Lo miro, apenada, pensando en que voy a echar mucho de menos este sitio. He pasado muy buenos momentos en él, otros no lo han sido tanto, pero todos forman parte de mi vida. —¿Ya te has despedido? —me dice Josemi al volver a mi despacho. —Voy a contarte una tontería, y es que me da un poquito de pena dejar este sitio. —A mí también, no lo creas, pero sé que en las nuevas oficinas vamos a estar igual o mejor que aquí. —Le sonrío con una pequeña mueca—. Piensa que vas a estar en una sala más grande que esta y podrás poner más archivadores. —Y eso, ¿qué significa? —le digo, alzando las cejas. —Que te voy a dar más trabajo —me dice, con una sonrisa, y me pasa el brazo por los hombros. —Ja, qué gracioso eres. —Te ayudo a bajar las cajas. —Josemi se agacha y coge una de ellas. Me mira—. Mañana será un día intenso.


—Sí, empezaremos una nueva etapa. Nunca me pude llegar a imaginar que esa frase que dije, llegaría a cobrar tanta vida en un futuro.


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Y llegó el mañana. Y creo que las siete de la mañana llega mucho antes de lo normal. Ayer, cuando salimos de nuestra antigua oficina, tuvimos que pasarnos por la que, desde hoy, será nuestro nuevo lugar de trabajo, y no salimos de allí hasta las nueve de la noche. Intentamos dejar lo más importante colocado en su sitio, pero todavía nos queda mucha cosa por hacer. Cuando llegué a casa y puse el culo en el sofá, mi cabeza descansó sobre los cojines y me dormí enseguida. A la una de la madrugada me desperté. Me fui a la ducha, me puse mi pijama y de nuevo estaba acurrucada en mi cama. La ducha me relajó mucho más. Qué sueño más facilón tengo últimamente. Y si anoche tenía sueño, ahora tengo mucho más. Me levanto por inercia, ya que todavía tengo los ojos cerrados y lo veo todo oscuro, pero me despierto enseguida cuando me meto un porrazo en la frente con la puerta de mi dormitorio. —¡Coño! —grito, al sentir el golpe—. ¿Por qué narices está la puerta cerrada? Voy por el pasillo hasta el cuarto de baño tocándome la frente. Vaya golpe más tonto que acabo de darme. Me siento en el inodoro para hacer pis y en un momento dado, en el que inclino la cabeza, me doy cuenta de que acaba de bajarme la regla. —¡Joder, qué mañana más estupenda! Después de asearme, voy a mi cuarto a vestirme. Me pongo un vestido azul marino y mis botas marrones. Me preparo en la cocina mi buen tazón de bebida de soja con café, bien cargadito, y espero a sacarlo del microondas para migarle unas galletas. Igual que las abuelas. Un café extracalentito, en una mañana fría de invierno, sienta de perlas. Antes de salir de casa, y como siempre hago, me doy un último vistazo en el espejo del recibidor. Observo que tengo el golpe marcado en la frente y al pasarme los dedos, noto una pequeña colina que espero que no se transforme en una gran montaña. O lo que es lo mismo, en un chichón de toda la vida. Qué bonita que voy a aparecer en las nuevas oficinas. —Buenos días, Susana —me saluda, mi vecina de al lado, una vez salgo de casa. —Hola, Cris.


—¡Hola, tita Sue! —grita, la pequeña Valen, que viene hacia mí a darme un beso. —Hola, princesa —le digo, y le doy un beso en la mejilla. Me fijo en que la niña me mira extrañada. —¿Qué te ha pasado ahí? —Y señala con su minúsculo dedo mi frente. —Me he dado con la puerta de la habitación. Estaba medio dormida y he chocado con ella. —Pero ¡qué torpe eres! —me dice, riéndose de mí. Miro a la madre de la criatura, que se encoge de hombros a la vez que intenta ocultar la sonrisa que asoma por sus labios. Si va a tener razón la renacuaja, soy un desastre. —¿Te estás riendo de mí? Ahora verás. Y me abalanzo sobre ella antes de que pueda ocultarse detrás de su madre y la maltrato con cosquillas. La niña, muerta de la risa, se tira en el suelo del rellano sin parar de reír. Me encanta su risa. —¡Vale, vale, chicas ya está bien! —dice Cris, y levanta a su hija del suelo. Dirige su mirada hacia mí—. Desde luego, eres peor que la cría. —¡Pero si ha empezado ella! —me defiendo. —Ay, tita Sue, me has dejado sin fuerzas —añade la niña, toda floja. —Eso te pasa por meterte conmigo. —Pero no he dicho ninguna mentira. —No, Valen, has dicho la verdad. —No la llames así —me regaña Cris, negando con la cabeza—. Vamos, hija, que llegaremos tarde a casa de la madrina. Adiós, Susana. —Adiós, Cris. Adiós, Valen. —Las despido mientras agito mi mano y bajo por las escaleras para dejarles a ellas el ascensor. —¡Me llamo Valentina! Me encanta enfadarla, y coge un cabreo monumental cada vez que la llamo Valen. Es un encanto de niña; rubia, con ojos azules y con siete añitos muy bien puestos. Es toda una señorita. La lástima es que no tiene una figura paterna a su lado. No sabe quién es su padre y, a veces, pienso que no le hace falta, que Cris se las apaña a las mil maravillas, aunque no siempre ha sido así. Suerte que nos tiene a nosotras para ayudarla en todo lo que necesite. Cris se quedó embarazada cuando trabajaba en el salón de belleza de un hotel de la Costa Dorada. Ella se encargaba de la peluquería cuando un alemán apareció por allí. Por supuesto, él era un huésped y, como el roce hace el cariño, se enrollaron ese verano. Luego, cuando el chico terminó sus vacaciones, volvió a su país y Cris siguió con su vida. Al poco tiempo supo de su estado de buena esperanza y, aunque nunca más volvió a saber de ese chico, puesto que en ningún caso intercambiaron mucho más que fluidos, ella no dudó en tener a su pequeña. El problema vino cuando tuvo que decírselo a sus padres, que


no se tomaron muy bien la noticia y la echaron de casa. Desde aquel momento, la relación padres e hija se convirtió en nula y no han vuelto a tener contacto en todos estos años. No conocen a su nieta. Recuerdo el momento en el que Cris vino a casa a pedirnos ayuda. Nos conocemos de toda la vida; mi hermano y ella fueron juntos al colegio y al instituto. Siempre he pensado que acabarían teniendo algo más que una amistad, pero, al parecer, me equivocaba. La vida los ha llevado por caminos muy distintos. Por aquel entonces, mi hermano y yo vivíamos juntos, en el apartamento en el que vivo ahora, y pudimos acogerla en casa hasta que tuvo a la niña y pudo valerse por sí misma. Fue ella, la propia Cris, la que decidió irse de casa para vivir en el piso de al lado. Cris sigue trabajando en lo que le gusta, pero esta vez en un centro de belleza que hay en unos grandes almacenes. Hace un poco de todo la pobre; te peina, te hace la manicura y la pedicura, te depila con cera… Eso sí, dejar que ella misma te haga la cera y según en qué partes de tu cuerpo, es un suicidio. Mira que llega a ser bestia. Pero como te digo una cosa, te digo la otra; te peina y te deja las manos que es una maravilla. Si es que tiene un arte. Pienso en lo injusta que a veces puede resultar la vida. Pero esas injusticias, te hacen fuerte. Lo malo, por decirlo de alguna manera, que tiene Cris, es que se ha dedicado tanto a su hija, que ha dejado su vida aparcada. Con los pensamientos puestos en mi amiga y su pequeña, llego a la parada del autobús. La nueva oficina está en el centro, así que es imposible que pueda ir con el coche y dejarlo aparcado sin que la grúa se lo lleve al depósito. El transporte público aparece a los cinco minutos y todas las personas que estamos esperando nos subimos en él, billete en mano. Cuando entro, no hay ningún asiento libre, así que me quedo de pie y me agarro a una barra que hay justo al lado de la puerta de salida. Cuando el vehículo se pone en marcha, observo a la gente que hay dentro. Hay personas de todas las edades y, cada cual, va a lo suyo. Una mujer mayor tiene la mirada perdida en el paisaje que se ve desde la ventanilla. Una chica joven va estudiando sus apuntes de la universidad. Otros leen, o bien en libro electrónico o en papel. Algunas chicas jóvenes parlotean de lo que les ha ocurrido el fin de semana, y otros, de los que más hay, aprovechan el trayecto para continuar con el sueño que ha interrumpido el despertador. Al llegar al edificio que alberga mi oficina, paso mi tarjeta de acceso por el torno y subo por las escaleras al primer piso. Solo encuentro a Josemi en su despacho. Lo saludo desde lejos y me pongo con el trabajo. —¿Te apetece un café? —me pregunta Eva, al cabo de unas horas. Es mi compañera y mujer de Josemi. —Quiero terminar de contestar a varios correos, pero baja tú, si quieres. —De acuerdo. ¿Te traigo algo? —Nada, gracias. —Le sonrío. Eva recoge su bolso y la veo que sale con su marido a desayunar. No es que no me


apetezca un café, lo necesito, pero casi siempre bajo con ellos y algunas veces creo que incomodo. Y no es que ellos me lo hayan dicho, sino que me siento así. A las once de la mañana, mi estómago me recuerda que está vacío y le hago caso. Ayer, cuando dejamos todas nuestras pertenencias en su sitio, hicimos una ruta turística por todas las dependencias del edificio y me fijé que en la planta baja hay un comedor. Así que bajo a esa planta a por mi desayuno. Me planto delante de las máquinas que hay de comida y bebida. Saco un sándwich de jamón dulce y queso y voy a por un cortado a la máquina contigua. Meto cincuenta céntimos en la máquina del café (sí, eso es lo que vale. Asombroso. Habrá que ver lo bueno que está por ese precio), y pulso el botón de mi bebida. Pero la máquina no hace caso. Vuelvo a pulsar el mismo botón, pero nada. Acciono otro, por si este no va, pero tampoco funciona. Ahora le doy a la devolución de la moneda… ¡y tampoco! —Venga, vamos, maquinita, dame mi café —le digo, amablemente. Empiezo a darle a todos los botones, pero ninguno funciona. Miro a mi alrededor, por si encuentro a alguien que pueda ayudarme, pero no hay ni dios en el comedor. —Joder, no me hagas esto —le susurro, bajito. No se me ocurre otra cosa que darle golpecitos a la dichosa maquinita. Por un lateral, por el otro, una patadita de frente… —¡Ay! Y la sangre empieza a hervirme. Golpeo todos los malditos botones con rabia, enfadada porque sé que me he quedado sin café y sin mis cincuenta céntimos. —¡Mierda de máquina! —La increpo sin que ella pueda contestarme—. ¡¿Quieres jorobarme la mañana?! ¡Pues te advierto que ya he venido jodida de casa! —Y vuelvo a zurrarle golpetazos para que haga algo, pero todo es inútil y yo me mosqueo más con ella. —¿Problemas? —Sí, esta desgraciada, que ha decidido por mí que esta mañana no debo tomar café. —Creo que la máquina tiene razón. Estás un poquito alterada. Cuando oigo esa frase, me percato de que he tenido un breve diálogo con alguien, con una persona y no un monólogo con la máquina. ¡Y encima me dice que estoy alterada! ¡Será idiota! Noto la presencia de ese alguien a mi lado y poco a poco, giro la cabeza para ver la cara de ese estúpido. Cuando mis ojos se topan con los suyos, me asusto y doy un paso hacia atrás, haciendo que mi sándwich caiga de mis manos al suelo. —Tranquila, no voy a hacerte daño —me dice el chico, que se ha agachado para recoger mi bocadillo—. Ten, esto es tuyo. —Gracias —le respondo, casi en silencio, y recojo mi bocadillo de sus manos. —Esa máquina, a la que estabas aporreando, no funciona —añade, al señalarla. Se acerca a ella y saca un papel que se ha quedado debajo—. ¿Lo ves? Leo el papel que extiende con sus manos, y dice «no funciona» muy clarito, y lo pega de nuevo en la máquina. Debió de haberse caído, y yo ni lo he visto.


Ahora sí que soy yo la estúpida. Me quedo mirando el papel y siento como el bochorno me recorre las mejillas. No soy capaz de mirar al chico a la cara, me muero de la vergüenza. Me he comportado como una terrorista con la máquina. Y todo por cincuenta céntimos. Por un café. Desde luego que estoy perdiendo el norte. —Espero que el chichón que tienes en la frente no sea porque te has liado a cabezazos con la pobre máquina. Me llevo la mano al chichón y mis dedos me confirman que ha crecido un poquito. Salgo corriendo del comedor. A mi paso, dejo al chico con el bocata en el suelo y con cara de no entender nada. Cuando llego al baño, me miro en el espejo y veo el señor chichote. ¡Parezco un dromedario! Me echo agua en la frente, como si con eso consiguiera bajar su tamaño. ¿Qué me pasa esta mañana? Me meto un porrazo con la puerta de mi habitación, me lío a hostia limpia con un cacharro que no puede defenderse y me topo con un pedazo de tío que me deja bloqueada. Porque sí, el chico de antes era un adonis, un dios griego, romano y egipcio, todo en uno. Un morenazo con los ojos marrones, barbita de varios días y unos brazos musculados que se dejaban entrever bajo sus mangas de camisa arremangada. Sí, ya sé que no tiene nada destacable, nada del otro mundo, un morenazo del montón, pero a mí me ha parecido un chico tremendamente atractivo. Y lo mejor de todo, es que me ha visto en la mejor versión de mí misma. Pensará que soy la copia española de la novia de Chucky. Así no encuentro novio en la vida. ¿De dónde habrá salido?

Llego a casa a las siete de la tarde, destrozada del día tan tonto que he tenido y de pasarme la media hora de viaje en el autobús de pie y aguantando a unas quinceañeras babear con unas fotos de Justin Bieber que tenían en el móvil. Tiro el bolso en el sofá y me siento. Reclino la cabeza hacia atrás y cierro los ojos para hacer desaparecer todo lo que me rodea. Y sí, todo desaparece, pero mi mente recrea el pequeño altercado que he tenido con la máquina. Y la aparición mística del guaperas, la vergüenza posterior, mi huida despavorida… Desde luego, qué mal me sientan los lunes. Me levanto del sofá para prepararme un baño, pero el timbre de la puerta me interrumpe a medio camino. —Hola, Cris —saludo a mi amiga que aparece detrás de la puerta. —Necesito sexo —me dice a bocajarro al entrar en mi casa. —Pues siento decirte que te has equivocado de puerta. Las lesbianas son las del segundo cuarta. —A mí las únicas tetas que me gustan son las mías, así que no flipes. Suelto una carcajada y cierro la puerta pensando en que a mí también me gustan sus


tetas. Y no es nada morboso, solo envidia cochina. A pesar de haber tenido una niña y amamantarla, tiene unos pechos preciosos, bien moldeados, firmes y no se le caen hasta el ombligo. Como entenderás, esa soy yo. Me acerco hasta ella, que se ha sentado en el sofá y tomo asiento a su lado. La miro con expresión interrogativa, esperando a que me explique qué le pasa. No es muy habitual encontrarte con Cris hablando de sus necesidades carnales. Con lo modosita que es. Es la más comedida de las cuatro, y la que piensa con la cabeza… aunque a veces demasiado. —¿Dónde está Valen? —Te tengo dicho que no la llames así. Está en el cumpleaños de una amiga de clase. — Resopla—. Necesito sexo —me vuelve a repetir. —¿Estás bien? ¿Tienes fiebre? Deja que lo compruebe. —Y le pongo una mano en la frente. —¡Quita! —me grita, dándome un manotazo—. ¿Estás tonta? —Anda ven aquí. —Me golpeo el hombro derecho—. Cuéntame qué te pasa. Conozco demasiado bien a Cris como para saber que detrás de esa afirmación hay algo más. Además, su cara la delata. Acomoda la cabeza en mi hombro y empieza a hablar. —No tengo vida, Susana, y la que tengo es un asco. Me he dedicado todos estos años a cuidar a Valentina, que me he descuidado a mí misma. No tengo vida social, solo me relaciono con las mamás del cole y con vosotras… que no digo que esté mal —añade al verme arquear las cejas—, pero entiéndeme, hace siglos que no salgo, por no decirte que desde la edad media no cato a macho alguno. Y necesito sexo, estar con un tío que me desee, aunque sea por un ratito, sentir que tengo un orgasmo pegada a otra piel y no sentirme vacía cuando lo hago con la mierda de vibrador ese que me regalasteis, que por cierto, necesito otro nuevo. —Me advierte. Suspira—. ¡Ale! Ya te lo he dicho. ¡Joder con Cris! Me quedo mirándola asombrada, sin dar crédito a lo que acabo de oír. Me aguanto la risa. Recuerdo el día que le regalamos el vibrador. En la vida se me olvidará la cara de susto que puso. Nos llamó viciosas, degeneradas, y estuvo a punto de lanzarlo por la ventana. Menos mal que la frenamos si no ya me veo a algún niño con eso en la mano pensando que es una nueva nave de la siguiente película de Stars Wars. Y mírala ahora, no puede vivir sin él… ¡y encima quiere otro! —Ni se te ocurra reírte de lo que te he dicho —me dice apuntándome, muy seria, con su dedo índice. Y no puedo soportarlo más. Estallo en una carcajada—. ¡Lo ves! No tenía que habértelo contado. Pensé que tú me entenderías. —Perdona, pero es que no sabes lo divertido que es verte hablando de sexo. —Me echo hacia atrás en el sofá y yo sigo a lo mío, con mis risas. Me duele el estómago de tanto reír. —Soy una mujer y tengo mis necesidades. —Y me pega con un cojín en la cara. —¡Ay, que eso duele! —le digo sonriendo y me incorporo abrazando el cojín—. Entonces, si lo he entendido bien, necesitas echar un polvo. —Jodía, qué lista eres. —Vamos, déjame pensar… ¿qué te parece si salimos el sábado por la noche y buscamos


a alguien que te sacie? —Mejor el viernes. Valentina tiene una fiesta de pijamas. Y quiero que me presentes a alguno de tus amigos —me dice, a la par que se retira un mechón de pelo de los ojos. —¿A mis amigos? ¿Quieres liarte con uno de mis amigos? ¿Por qué no se lo pides a Leo, que es la que tiene la pene-agenda? Leo es mi prima y es lesbiana, aunque eso no quita que tenga unos amigos de lo más apetecibles. Recuerdo que me enrollé con uno de ellos. Espera, déjame pensar cómo se llamaba… ¿Manuel? No, no era así. ¿Marcos? No, tampoco. ¡Ains!, no me acuerdo pero sé que empezaba por m… ¡Ah, Marcelino! ¡Virgen Santísima, cómo estaba Marcelino! Ese sí que me dio pan y vino… —Porque los tíos que pueda presentarme esa loca me dan miedo, deben de estar curtiditos en el sexo y yo no estoy preparada para que me empotren en una pared. Necesito algo más light. —Levanta las manos—. De momento. —¿Y qué te hace pensar que mis amigos son light? —Resalto esta última palabra. —Deduzco que tus amigos son más normalitos, así que si consigo engañar a uno de ellos y llevármelo a la cama, intuyo que no me romperá las bragas. Si tú supieras… —De acuerdo, está bien, echaré mano de teléfono para ver si encuentro a alguien disponible para el viernes. —¡Estupendo! —exclama, y se levanta del sofá, toda feliz—. ¡Nos vamos de fiesta! Me da un beso en la mejilla y se va contenta hacia la puerta. Pero cuando alcanza el pomo se para, deja de sonreír y se gira con cara de espanto. —No tengo nada que ponerme.


2

No consigo conciliar el sueño. Estoy tumbada en la cama, mirando el techo, e intento relajarme para quedarme dormida. Estoy cansada, pero no entiendo por qué no puedo dormir. Y después de quince minutos dando vueltas de un lado para otro del colchón, decido levantarme. Voy a la cocina y me preparo un vaso de leche. Con este en la mano, me dirijo hacia el comedor y me acerco al balcón. Por un momento, pierdo la vista en el cielo, en la luna que brilla allí arriba, y que se muestra tan espléndida como siempre. Más hermosa que nunca. La de cosas que habrá visto y la de secretos que debe guardar. De repente, escucho unas risas que provienen de la calle. ¿Quién pasea a las cuatro de la mañana de un día laborable y en pleno invierno? Pues unos jóvenes dándose el lote, apoyados en un coche. ¡Y vaya lote! ¡Se están poniendo morados! ¿No pueden subir al vehículo y esperar a llegar a un polígono? Al parecer, no. Y al parecer, tampoco les importa que estemos a una temperatura que ronda los cero grados. La chica tiene la espalda pegada a la puerta del copiloto y sus manos pasean por la amplitud de la espalda de él. Y lo que no es la espalda. Y él mete las manos por todos los rincones habidos y por haber del cuerpo femenino que lo rodea. Veo que una de esas manos se sumerge por debajo de la falda de la chica, tocándole un punto exacto que hace que ella dé un respingo y abra un poco los labios. Intuyo que ha dejado escapar un gemido. Recuesta su cabeza sobre el hombro de su compañero. Tiene los ojos cerrados, pero su expresión es de auténtico júbilo. El chico sigue a lo suyo, hasta que ella le tira del pelo y se relaja entre sus brazos. Él saca la mano y se lame los dedos. Vuelven a besarse con desesperación y suben al coche. Se alejan. Me quedo unos segundos con los ojos clavados en el sitio donde han estado. Me parece increíble lo que acabo de ver. Una pareja de jóvenes teniendo sexo en plena calle. Sexo manual, pero al fin de cuentas, sexo. Y más bien lo ha tenido ella porque él se ha quedado a verlas venir y seguro que tendrá toda la sangre concentrada en el mismo sitio. Espero que no tengan un accidente. Al recordar la escena siento un cosquilleo en mi bajo vientre; el gesto satisfactorio de ella, sus jadeos apresurados, el chico empleándose a fondo… me ha puesto tontorrona. Regreso a la cama y abro el cajón de mi mesita de noche. Allí está él. —Hace mucho tiempo que tú y yo estamos solos —le digo a mi vibrador. No me contesta, pero se dedica a hacer su trabajo.


****

—¿Has visto la mercancía que hay en la oficina de al lado? Estoy con todos mis sentidos clavados en la pantalla del ordenador y mis dedos vuelan sobre el teclado. Estoy introduciendo los datos de los alumnos de uno de los cursos en el nuevo programa que Josemi nos ha instalado. Dice que así es más efectivo, más fácil de llevar el control. ¡Y un huevo! Es más lento que una carrera de caracoles y a mí me supone doble trabajo, pero claro, como él no lo hace servir. —¿Me estás oyendo? —¡¿Qué?! ¡¿Qué dices?! —respondo como si hubiera salido de un trance. Miro a Eva. —Te estaba diciendo que si has visto a los vecinos que tenemos. —¿A quién? —Con tanto trabajo estás perdiendo facultades —me dice, negando con la cabeza—. Que si te has fijados en los chicos de la oficina contigua. —Ah, pues no —digo con una mueca de desinterés—. ¿Los conoces? —¡Ya me gustaría! —exclama, con demasiado ímpetu—. Hay dos morenos, uno con los ojos castaños y otro con los ojos azules, que están de un buen ver… —¡Muy bonito! De pronto, Eva se calla y se le desdibuja el rostro. Abre los ojos como platos al reconocer esa voz que ha aparecido a su espalda. Sabe de quien es, lleva muchos años conviviendo con ella. Y a mí no me ha dado tiempo de avisarla. ¿De dónde ha salido con tanto sigilo? —Para mi próximo cumpleaños puedes regalarme una fregona, así recojo tus babas. —No te pongas celosote —le dice su mujer, toda melosa ella. Se levanta de su silla y lo abraza por el cuello—, que lo decía por Susana, que la pobre lleva tiempo sin pareja y, a este paso, va a perder la práctica. —Sí, claro, tú siempre mirando por el prójimo. ¿Por eso tenías que añadir tu coletilla, «están de un buen ver»? —Josemi se separa de ella y viene hacia mí con la misma cara de enojo. Nada, que me va a tocar recibir—. Por cierto, hablando de parejas, Rafa se incorpora de nuevo con nosotros para dar el curso de crónicos. Julio no puede hacerlo, está de baja, así que será uno de los tutores. Solo lo digo para que lo sepas. Y se marcha después de haber soltado esa perla. Y Eva va detrás de él, cierra la puerta de su despacho y no quiero imaginarme qué puede pasar ahí dentro. Rafa. Mi Rafa. Mi ex-Rafa. Mi exnovio. ¡La madre que te parió, Josemi! ¿Cuándo


pensabas decírmelo? ¿Y cuándo pensaba decírmelo él? Él, como te puedes imaginar, es Rafa. Y hace algo más de un año que no nos vemos, aunque sí que hemos sabido del otro. Y es que, aunque seamos expareja, seguimos manteniendo el contacto. Por eso no me explico que no me dijera nada de que volvía a trabajar con nosotros. Nos conocimos hace años en el trabajo. Rafa es médico de familia y Josemi lo contrató para hacer de profesor de un curso online sobre la diabetes. El curso se impartía dos días a la semana en los que Rafa no pasaba consulta por la mañana. Y así fue como coincidimos. Enseguida congeniamos y pasamos ratos muy agradables. Primero quedábamos para tomar un café a la hora del desayuno, después comíamos juntos, luego llegaron las cenas… y lo que surgía después de esas veladas. Lo cierto es que es un tío estupendo, guapo, simpático, siempre me ha hecho reír, y lo tenía todo para ser el definitivo, pero no fue así. Fue un amor de esos locos, un amor dibujado por una pasión incontrolable, un amor al que un día tuvimos que poner fin por una suculenta oferta laboral que le ofrecieron en Seattle. Así que nuestra relación solo tenía un destino, el que marca la distancia: el fracaso. Nos procesamos un profundo y sincero cariño y me encanta que lo que vivimos se quede en nuestro recuerdo y que no nos reprochemos nada. Pero lo pasé muy mal cuando se marchó. Aunque teníamos una relación bastante sólida y preciosa, yo no era nadie para impedirle que se fuera, no tenía ningún derecho a retenerlo a mi lado y que me odiara por ello. Tenía en las manos una oportunidad excepcional, algo que solo pasa una vez en la vida, y tenía que aprovecharla. Y sí, me dolió que la escogiera a ella. He de decir que estoy bastante bien, que hago y deshago cómo, cuándo y dónde quiero, pero tengo mis momentos de bajón y me encantaría poder llegar a casa y tener unos brazos donde refugiarme. Creo que jamás encontraré a alguien que me haga vibrar como lo hacía Rafa. De repente, y sacándome de mis pensamientos, escucho abrirse la puerta del despacho de mi jefe. Tras ella, sale Eva, colocándose en orden el pelo y limpiándose la comisura de sus labios. No voy a preguntar. —¿Todo bien? —me dice, al tiempo que se sienta frente a mí. —Sí, ¿por qué lo dices? —Por Rafa. ¿No tenías ni idea de que volvía? —No, no lo sabía, pero no va a suponer ningún problema. Somos amigos. —¿Solo amigos? —pregunta, con las cejas arqueadas—. Mira que dicen que donde hubo fuego quedan brasas. —El refranero no siempre se cumple —añado, sin dejar de revisar unos papeles. —Oye, que a mí no me importaría si volvierais a estar juntos. Rafa es un buen partido, en el sentido más amplio de la palabra. —Me guiña un ojo. —¿Es que tú no has tenido bastante con el rapapolvo que te ha echado tu marido?


—¡Bah! No le hagas caso. Mi marido es un poquito cascarrabias, pero es fácil de contentar. —Pobre hombre, ¡qué paciencia tiene que tener contigo! Nos reímos. Desde luego que Josemi es un santo por aguantarla. Yo estoy con ella ocho horas al día y a veces me entran unas ganas de matarla… Mi móvil suena. Un Whatsapp. Enseguida lo abro y descubro que es de mi prima Leo. Sonrío. «¡Hola, pri! Ya hemos vuelto de nuestras maravillosas vacaciones. ¿El viernes cena en tu casa? ¡Ya ves lo que casca Cris! Nosotras llevamos el vino. Tenemos muchas ganas de verte. ».

Mis primas ya han vuelto de sus quince días de idílicas vacaciones. Se han ido a la República Dominicana. Si es que cada vez que lo pienso me dan una envidia. Pero lo importante es que ya han regresado y me muero por verlas. Seguro que han venido con un morenazo espectacular. Y cuando digo morenazo, me refiero al color de piel, aunque si han traído con ellas a un morenazo de cuerpo entero, no le vamos a hacer un feo, ¿no? Vuelve a sonarme el teléfono, una llamada, y esta vez es mi madre. Descuelgo con una amplia sonrisa. —¡Hola, mamá! —la saludo, eufórica. —¡Hola, hija! ¿Cómo estás? ¿Todo bien por ahí? ¿Comes en condiciones? Mi madre parece la metralleta de las preguntas, pero es así y a estas alturas no vamos a cambiarla. Me hace gracia que todavía se preocupe por si como bien, por muchos treinta y dos años que tenga, pero supongo que eso entra en el rol de madre. —Todo va genial, como siempre. ¿Y vosotros, por dónde andáis? —¡Ay, cariño! Acabamos de llegar a Cannes ¡y esto es precioso! Qué lástima que no estemos en la época del festival, que si no te traía yo a un famosito de esos… —Mamá, no empieces. —La interrumpo, porque como le dé pie a hablar de mi vida amorosa, me hace una revista del corazón en dos minutos—. ¿Cómo están papá y los tíos? —Que tajante eres cuando no te interesa hablar de un tema —añade con frustración—. Tu padre está encantado de la vida. ¡Y eso que no quería venir! Y tus tíos, pues igual. Estamos en nuestra segunda luna de miel. —Lo que daría por estar ahora ahí con vosotros. Pero lo digo por el viaje, no por la compañía. —Suelto una carcajada que contagia a mi madre. —Desde luego, qué poco nos quieres. Por cierto, ¿qué sabes de tu hermano? —Pues trabajando mucho y con ganas de volver a casa. A ver si pronto lo trasladan y lo tenemos aquí dando el coñazo. —No digas eso, que tu hermano es muy bueno —me amonesta mi madre, sonriendo—. Ojalá sea verdad. Le echo de menos.


—Yo también le echo de menos, mamá. Y a vosotros también —susurro pensando en lo cierto de mis palabras—. Bueno mamá, te dejo que nos va a costar un ojo de la cara la conversación. —¡Qué le den al dinero! Tu padre y yo hemos trabajado toda la vida para ahora poder disfrutarlo. ¡Y no me voy a privar de nada! —Lo sé, señora derrochadora, pero ten en cuenta que tienes dos hijos y tienes que dejarles herencia. —¡Ja, ja! Qué graciosa que es mi niña —opina, mi madre, con un deje sarcástico—. Susana te dejo que me está llamando tu padre. Cuídate mucho. Te quiero. —Yo también te quiero, mamá. Dale un beso a papá y a los tíos de mi parte. Y cuelgo mientras miro la pantalla del móvil. De mayor, quiero ser como ellos. ¿Y lo bien que se lo montan? Me encanta verlos disfrutar de la vida. Se lo merecen. Mis padres han trabajado siempre de carniceros. Tenían una pequeña parada en el mercado municipal del pueblo, hasta que hace poco, con sesenta y tres años a cuestas, mi padre decidió que había llegado la hora de dejarlo todo y gozar de los placeres de la vida. Y de mi madre. Y todos nos alegramos de esa decisión. Por fin, llego a casa, pero antes de entrar en ella, decido hacerles una visita a mis primas. Antoinette es quien me abre la puerta y se lanza a abrazarme como si hiciera un siglo que no me ve. Y encima lo hace con su habitual descaro, sin pudor ni tapujos; en bragas y sujetador. ¡Con el frío que hace! —¡Hola, Antoinette! Yo también me alegro de verte, pero podrías taparte un poquito. —Ay, tú siempre tan recatada —me dice cuando nos separamos—. Puedes tocarme el culo si quieres, que tu prima no va a ponerse celosa. Y va y planta mis manos en sus nalgas. Al final, no me queda más remedio que reírme. Menos mal que la conozco. —Tienes un buen culo —. Y le guiño un ojo. Ella suelta una carcajada. —¿Quién tiene un culo estupendo? Al fondo, aparece mi prima Leo, ataviada con el albornoz y el pelo enrollado en una toalla, al estilo turbante. Viene a mi encuentro con su preciosa sonrisa. —Cómo me alegro de verte. —Me escudriña de arriba abajo después de espachurrarme contra su cuerpo—. ¿Qué tal estás? —Pues al parecer no tan bien como vosotras —contesto, mirándolas a ambas—. Estas vacaciones os han sentado de muerte. ¡Estáis guapísimas! La parejita se echa una mirada cómplice y se sonríen con la misma implicación. Me gusta lo mucho que se dicen con solo mirarse. Tienen una conexión especial, esa atracción que solo eres capaz de sentir por una persona en la vida. Y no me refiero a una atracción física, que, por supuesto, la hay, sino a esa fuerza que te arrastra a querer a esa persona hasta límites que ni tan siquiera conoces. Sin importarte nada más que ella. Tiene que ser muy bonito que alguien te quiera de esa manera.


—La verdad es que nos han venido muy bien. Necesitábamos un descanso de todo y dedicarnos a nosotras —me explica mi prima. —Pues me alegro de que las hayáis disfrutado. Yo estoy deseando que llegue el verano para descansar, aunque me temo que no voy a poder irme a ningún sitio. —Abatida, me dejo caer en el sofá blanco de piel. Es tan cómodo. —¿Qué estás diciendo, que no te vas a ir de vacaciones? —Antoinette viene de la cocina con una botella de vino y tres copas. Las llena y me da una a mí. —Va a ser que no. —Doy un sorbo de mi bebida—. He tenido un montón de gastos, y entre la tele, el coche y el arreglo del baño, he gastado mis ahorros. No me va a quedar más remedio que ponerme morena bajo el sol de la ciudad. —No te quejes, que el sol del Mediterráneo es fantástico y, quién sabe, igual encuentras novio entre las olas. —Me anima Leo, sentándose en un brazo del sofá. —Por favor, no empieces tú también como mi madre —añado tapando mis ojos con el brazo. —Oye, que igual encuentras a un sireno con taparrabos. —Sí, a un Álex González saliendo del agua, no te digo. —Solo de pensarlo, me pongo mala. —Yo prefiero a la Halle Berry, ¡esa sí que es una sirena! Antoinette deja caer su comentario como quién no quiere la cosa y al que mi prima hace oídos sordos. —Bueno, yo he venido a que me contéis vuestras vacaciones, así que ¿quién empieza?


3

El viernes, cuando llego a la oficina, estoy muerta. Siempre me pasa lo mismo, los viernes voy arrastrándome a los sitios. La semana laboral se acaba y yo, casi, con ella. Me faltan horas al día para poder hacer todo lo que he de hacer. Y al final, acaba pasándome factura. Por suerte, los viernes hacemos jornada intensiva y a las dos de la tarde puedo marcharme a casa y pegarme una siesta de unas cuantas horas. Y hoy la necesito más que nunca, que, luego, por la noche, me toca jarana con tres mujeres increíbles. Eso es lo bueno que tiene los viernes, pero hoy, en particular, hay algo que me inquieta y en lo que no he dejado de pensar en toda la semana. Desde de que Josemi soltara el notición del mes, no he podido olvidarme de ello. No he hecho otra cosa que darle vueltas a la cabeza. Me lo he imaginado cientos de veces y en todas se me ha acelerado el pulso. Me veo clavada en sus ojos verdes, en su sonrisa de niño bueno, en su voz aguda y dulce a la vez. Sé que hemos pasado cierto tiempo separados, pero eso no quita que todo mi cuerpo se revolucione al saber que de nuevo vamos a vernos. Desde que lo dejamos, ninguno de los dos, en las interminables conversaciones que hemos tenido, ha hecho referencia a lo que nos unió y nos separó. Siempre hemos hablado de esto y de aquello, pero nunca de nuestra corta vida en común. Me da miedo la reacción que pueda tener él, aunque por Skype siempre se ha mostrado agradable, tal vez, en persona, cuando me vea, se convierta en un ser esquivo. Quizás por eso no me ha dicho que volvía a trabajar con nosotros, porque no quiere verme. ¿Y si ni siquiera me mira? ¿Y si no me dirige la palabra? ¿Es posible que nuestro encuentro se convierta en un desagradable tira y afloja lleno de resentimiento? ¿Cómo narices se comportan dos ex cuando sus vidas vuelven a cruzarse? —Vas a acabar rompiendo la mesa como sigas dándole esos golpes con el boli — comenta mi compañera, al otro lado del tablero. —Ay, Eva —digo, tirando el boli encima de unos papeles—. Estoy nerviosa. —No, si eso ya se nota, pero ¿por qué? ¿Es por Rafa? —Sí. No sé qué puede pasar cuando nos veamos. —Me inclino sobre mis brazos para acercarme un poco más a ella—. ¿Tú qué crees que pasará?


—Pues creo que cuando te vea, se abalanzará sobre ti, te tumbará en la mesa, te arrancará las bragas y te follará recordando los viejos tiempos. —Abro los ojos espantada ante tal comentario—. No me mires con esa cara—. Eva empieza a reírse—. ¡Pero mira que eres tonta! ¿Qué crees que va a pasar? —No lo sé, pero espero que lo que has dicho no. —¿No te apetece un revolcón con tu ex? Hombre… si lo pienso, no estaría del todo mal. Estoy falta de arrebatos pasionales y Rafa siempre ha sido muy pasional… Pero ¡¿te estás oyendo?! Es una idea estúpida, a la par que de locos. —Lo que va a pasar —prosigue mi compañera—, es que sois personas adultas y educadas, y os saludaréis como buenos amigos. ¿No es eso lo que me cuentas, que os lleváis la mar de bien? —Sí, o al menos esa es la impresión que tengo, pero me da miedo de que Rafa no lo vea igual. Me gusta tenerlo como amigo, y no me gustaría perderlo por lo que pasó. —Pues no te preocupes, que pronto lo averiguarás. Eva me hace una señal con las cejas, y me quedo de piedra al identificar el significado de ese gesto. Me pongo en alerta y todo se agita en mi interior. Mi frecuencia cardíaca aumenta, mi respiración se vuelve más intensa, las manos me sudan y los nervios me van a ayudar a que me comporte como una estúpida delante de él. Me conozco, y siempre que no estoy serena monto cada pollo (como dice mi hermano). Me giro en mi silla, muy poco a poco, con todo el cuerpo tembloroso, y me topo con la persona que ha estado vagando por mi mente todos estos días. Qué diferente es hablar con él mediante internet a tenerlo aquí. —Hola, Susana. Me saluda un impresionante hombre llamado Rafa. ¡Joder, pero qué guapo está! ¡Está mucho más bueno ahora qué cuando estaba conmigo! ¿Estará con alguna chica? No, me lo habría dicho. «Sí, claro, igual que te ha dicho que volvía a casa y a estar codo con codo contigo», me digo a mí misma. Su irresistible atractivo es lo peor que puede pasarle a mi pésima vida sexual. —No hace falta que me saludes con tanto entusiasmo —dice, bromista, cuando todavía no he sido capaz de despegar mi culo de la silla. —Perdona. —Consigo levantarme—. Hola, Rafa. Me acerco hasta él y lo beso en las mejillas. Me rodea la cintura con sus manos y me aprieta contra su cuerpo, abrazándome con cariño. Su olor me devuelve a esos momentos que pasamos juntos. ¿Por qué tiene que oler tan bien? —¿Qué tal estás? —pregunta al separarse. Tiene los ojos del mismo color de la hierba, preciosos—. Te veo guapísima. —Gracias —consigo articular, ruborizándome.


—Susana, coge las llaves del aula dos y ábrela para que Rafa pueda empezar la clase — me indica Josemi, que ha entrado en el despacho seguido de su mujer. —Claro. Doy la vuelta sobre mis pies y me dirijo a mi mesa, soltando el aire a su paso. En el cajón tengo las llaves de todas las aulas, y me entretengo buscando las que necesito. Estoy tan alterada que no atino a encontrarlas. —¿Te ayudo? Eva me mira divertida y veo por el rabillo del ojo que se está conteniendo para no soltar una buena risotada. Coge las llaves indicadas y me las da. —Gracias —le digo, enfurruñada. Ella levanta el pulgar. Pongo los ojos en blanco. Al menos hay alguien que lo pasa bien con mi ansiedad. Rafa me sigue hasta el aula, sonriendo y más fresco que una lechuga, y yo sigo como un flan hundido entre kilos y kilos de nata montada. Cuando llegamos a la puerta, no atino a meter la llave en la cerradura. Lo intento una, dos, tres veces, pero el puñetero cerrojo se mueve. —¿Me dejas a mí? —Rafa coge las llaves de mis manos y se percata de mi nerviosismo —. ¿Estás bien? —¿Por qué no me has dicho que volvías? —Suelto de golpe esa pregunta sin poder retenerla. —¿A casa o a trabajar contigo? —me dice con tranquilidad. —Ambas cosas. —Referente a volver a Barcelona, quería darte una sorpresa. Y creo que lo he conseguido. —Sus labios se ensanchan en una sonrisa—. Y el hecho de que haya vuelto a trabajar contigo, pues ni yo mismo lo sabía. Fue al día siguiente de llegar cuando Josemi me llamó para proponérmelo. —¿Él lo sabía? ¿Sabía que volvías a la ciudad? —pregunto, un tanto alucinada. Rafa afirma con la cabeza—. Cuando lo pille, se va a enterar. —No seas dura con él, yo le pedí que no te dijera nada —añade riendo—. Me ha gustado mucho volver. He tomado la decisión correcta. Rafa me acaricia el mentón con la palma de su mano y yo respondo a ese estímulo poniéndome más tontorrona de lo que estoy. Me mira con la ternura de siempre, es como si nada hubiese cambiado. —¿Tienes planes este fin de semana?

****

—¿Y tú que le contestaste?


Me interroga una voz femenina, a la vez que tres pares de ojos me miran expectantes. Bebo un sorbo del vino que mi prima ha traído para la cena. Se me ha secado la boca al contar a las correveidile de mis amigas mi encuentro con Rafa. No, si lo pienso, no ha sido por contarlo, sino por rememorar sus palabras, sus caricias. —Nada, llegó un grupo de alumnos y me marché. —Vaya con tu ex, ha venido lanzado. Te veo de nuevo en su cama. —Esa conclusión no puede venir de nadie más que de Antoinette. —Lo nuestro se acabó, así que no le busquéis los tres pies al gato. No va a pasar nada. —Suspiro—. Lo pasé muy mal cuando se marchó, así que no quiero pasar por lo mismo. —Fue un cabrón por escoger su carrera antes que a ti y al final, ¿para qué? Para volver con el rabo entre las piernas —sentencia mi prima. —No me ha explicado el motivo de su regreso —les aclaro—, pero sea cual sea, estoy segura de que no soy yo. —¿Y si no es así? ¿Y si realmente ha vuelto por ti? —¿Volver por mí? ¿Yo soy el motivo de su vuelta? Eso es algo estúpido. No se lo pensó mucho cuando le ofrecieron el trabajo, tenía claras sus prioridades. Por mucho que yo le hubiese suplicado que no se marchara, cosa que no hice, no habría cambiado nada. ¿Y ahora ha vuelto por mí? No encaja. Es absurdo. Doblo la servilleta que tengo en mis piernas y la dejo sobre la mesa. Me miro las manos, pensativa. Me encantaría creer que eso fuera cierto, que ha vuelto para estar conmigo. ¿Te imaginas que sea verdad? ¿Que me diga que me ha echado de menos y que no puede vivir sin mí? ¿Que todavía me quiere? Tengo que dejar de leer novelas románticas. —Quizás sus prioridades han cambiado. —Cris se mete un trozo de jamón de pata negra en la boca. El último trozo que han dejado—. ¿Y dices que está igual de guapo? —No, está mucho mejor. ¡Está tremendo! —Pues, tía, ataca, déjale ver lo que se ha perdido al irse. —Chicas, de verdad, entendedlo de una vez. Rafa y yo solo somos y vamos a seguir siendo amigos. —Pues si no lo quieres, me lo pasas, que ya me lo monto yo con él. —¡Cristina! —reprende Leo—. ¿Desde cuándo hablas así? ¿Y ese descaro? —¿Qué pasa? Si no lo necesita —dice, señalándome con el dedo—, que lo comparta con las demás, que ella ya lo ha catado. Es de buena amiga compartir las cosas. Las tres la miramos atónitas. Uno; porque Cris ha abierto la caja de Pandora y está sacando todo lo retenido durante años, y dos; ¿qué es eso de que quiere acostarse con mi ex? Eso es asqueroso, ¿no? —¿El jamón es afrodisiaco? —me susurra mi prima, en el oído.


—No, Cris ya viene calentita de casa. Me levanto y me dispongo a quitar la mesa. Leo me acompaña hasta la cocina, cargada con los platos y con dos de las botellas de vino vacías. Estas mujeres no han dejado ni las migas. Empiezo a creer que durante la semana no comen nada para ponerse las botas en mi casa. Antoinette y Cris se quedan charlando tan animadamente en el salón. Por lo poco que he oído, la primera está muy interesada en el apetito sexual recién proclamado de la segunda. Si es que cuando se junta el hambre con las ganas de comer… —¿Qué diablos le pasa a Cris? Nunca la había visto tan desinhibida. —Mi prima mete el último plato en el lavavajillas. —Pues que se ha dado cuenta de que necesita a alguien a su lado. —¡Menos mal, ya era hora! —Leo junta las manos, como si agradeciera a un ser superior que Cris haya visto la luz—. Pensaba que de esta no salía y que tendríamos que ir a visitarla al convento. —¡Qué burra eres! —Le atizo con el trapo de la cocina en el culo—. Cris se merece que alguien la quiera. Solo hay que encontrar a ese alguien. —¿Sabes una cosa? Yo siempre he pensado que entre tu hermano y ella había feeling. —Y yo —digo, mientras saco de la nevera la mousse de turrón que ha hecho la nueva pervertida—, pero ya ves cómo es la vida, sus caminos no han podido ser más diferentes. —Ya te digo; ella aquí trabajando más horas que un reloj y cuidando sola de su hija, y mi primo en Londres, currando en lo que le gusta, ganando un pastón y seguramente que pasándoselo en grande. —Creo que tiene una medio novieta allí. —¿En serio? ¿Te lo ha dicho? —No exactamente, pero cuando le pregunto, siempre se sale por la tangente. Y me da miedo de que le pase lo mismo que a mí. No quiero que sufra. —El amor siempre nos hace sufrir, primita. —La que habla —le digo enarcando las cejas—, que llevas toda la vida con Antoinette y ella está perdidamente enamorada de ti. —Eso es cierto, pero no ha sido fácil. —Todo eso ya pasó, Leo. Olvídalo. Le paso un brazo por los hombros y la beso en la mejilla. Cierto es que sus inicios no fueron sencillos. Mi prima siempre supo que los hombres no le iban, y cuando conoció a su pareja, ya lo tenía bastante claro. Por aquel entonces, la homosexualidad era algo tabú, algo de lo que no se podía hablar, una enfermedad contagiosa. Solo faltaba que las quemaran en la hoguera. Y estaba lo que más inquietaba a mi prima; la aceptación por parte de sus padres. Ellos nunca le dieron la espalda, «eres nuestra hija», le decían, «y te vamos a querer igual seas lesbiana, hetero o monja». (Esto último como que no lo veo). Así que el miedo infundado por la opinión de sus padres quedó en eso, en imaginaciones.


Volvemos al salón con el postre, los cubiertos y una botellita de licor de hierbas, para que baje bien la cena. Depositamos todo en la mesa y corto el pastel. Las dos tertulianas siguen a lo suyo y no me molesto en prestar atención a lo que dicen, miedo me dan. —Por cierto, Sue, ¿a cuál de tus amigos vas a presentarme esta noche? ¡¿Mis amigos?! ¡Mierda, se me ha olvidado! —¿Te puedes creer que no he localizado a ninguno de ellos? —respondo, con un deje de ironía y pongo las manos en mis caderas—. Estos treintañeros no sé qué hacen los viernes por la noche. —Vamos, que se te ha olvidado —refunfuña Cris. Afirmo con la cabeza y con un mohín lastimero—. Bueno, no pasa nada, a tu edad es normal que te olvides de las cosas. —¡Oye! —Le tiro una cereza que adorna la tarta. Reímos. —Está bien, señoras mayores —habla, sonriendo, mientras nos mira a las tres—, ¿a dónde me vais a llevar esta noche?


4

—¿A la sala Arabia? ¿Y eso qué es? —pregunto a Antoinette, que ha sido la partícipe de escoger el lugar donde divertirnos. —Es el harén de lo prohibido, la cueva del placer, el antro que hace realidad tus más calientes perversiones —responde, Cris, que está sentada a mi lado en el coche. —¿Eing? —Susanita, un club de sexo. —¡¿Un club de sexo?! ¡¿Vamos a ir a un club de sexo?! —La miro—. ¿Y tú cómo sabes eso? —Por las mamás del cole. —Cris se encoge de hombros. —¡Joder, con las mamás del cole! —Muchas son divorciadas, en algo tienen que ocupar el tiempo. —¿Y qué se hace allí? —Pues vamos a recitar poemas de Neruda, ¡no me jodas, Susana! —Mis primas y Cris empiezan a descojonarse de mí, delante de mis narices—. Vamos a tomarnos algo y a ver el espectáculo. Sexo en directo. —¡¿Sexo en directo?! —Estoy patidifusa. —Eso es —me aclara, mi prima Leo—, y si te apetece, puedes tomar apuntes y poner en práctica todo lo estudiado. —¿Poner en práctica? ¿Y con quién se supone que voy a practicar? —Con algún chico que te guste del club —aclara Antoinette, despreocupada. —¡¿Puedes acostarte con los hombres del club?! —Las tres afirman con la cabeza. Me quedo callada. Están locas, locas de remate. ¡Que me llevan a un club de sexo! Vale, soy una persona abierta al tema sexual, he leído libros eróticos y te ponen muy pero que muy cachonda cuando te explican detalles. Vale que también veo pelis porno y fantaseo con ambas cosas, pero ver sexo in situ, ver dos personas pasándoselo en grande delante de tus ojos… hummm. Creo que a medida que lo pienso, no me parece tan mala idea. Puede


que incluso me lo pase bien. Vamos, Sue, déjate llevar. Sin apenas darme cuenta, Leo está aparcando el coche en la calle. Salimos de él, y he de reconocer que las cuatro vamos guapísimas. Al final me ha tocado dejarle un vestido a Cris, y a la puñetera le queda mejor que a mí. Me paro frente a un local bastante moderno, al menos por fuera, con el nombre del mismo grabado en un letrero que me indica que es ahí dónde vamos a pasar la noche del viernes. Voy a entrar en ese lugar con la vagina entumecida, a ver cómo salgo. —¿Quieres hacer el favor de tirar? —Me agarra Antoinette por un brazo y me obliga a dar un paso delante del otro. —Oye, Antoinette, ¿y si no quiero acostarme con nadie? —Pues no lo haces y punto. Nadie va a obligarte a hacer algo que no quieras. Te sientas a tomarte una copa y a ver el espectáculo. Pero ya te digo que, una vez que veas lo que esos tíos son capaces de hacer, eres capaz de tirarte lo primero que encuentres. —Pero mira que llegas a ser borrica. —Sí, sí, borrica, pero ya me lo dirás, ya. —Estoy algo nerviosa. Nunca he estado en un lugar como este. —Cojo una bocanada de aire para calmarme—. ¿Cuántas veces habéis estado aquí? —Unas cuantas, y he de decirte que en todas ellas nos lo hemos pasado genial, ¿a que sí, mi amor? Mi prima Leo aparece junto con Cris a nuestro lado. Ella afirma con una sonrisa golfilla y me temo que las voy a perder de vista cuando entremos en la sala. Me da un beso en la mejilla para que me relaje. —Pues yo, si tengo oportunidad, voy a aprovecharla —sentencia, Cris, ladina—. Tengo ganas de avivarme. —Pero ¿tú no decías que no querías que te empotraran en la pared? Las cuatro nos reímos, creo que todas pensamos que Cris se ha drogado antes de venir. Pero ¿sabes qué te digo? Que me encanta que se dope. Entramos. Leo le ha dado a un chico de seguridad las cuatro invitaciones. ¡Y madre mía cómo está el de seguridad! Si todos son así, menuda noche me espera. Llegamos a un pequeño pasillo donde está el guardarropa, pero decidimos no dejar los bolsos. Los abrigos están en el coche. Subimos unos escalones y, allí, otro chico nos saluda cuando pasamos a su lado y nos abre una puerta. La del paraíso del sexo. Al entrar, mis ojos se tienen que acostumbrar a la tenue luz de la sala. La puerta se cierra a nuestras espaldas y me sobresalto. Cuando consigo enfocar lo que me rodea, me quedo alucinada. El lugar es enorme. La sala está dividida como en dos ambientes; en un extremo está lo que viene a ser el bar, con una barra detrás de la que hay camareros; chicos y chicas, que, por cierto, van ligeritos de ropa. Ellos, con el torso descubierto y unos minúsculos calzoncillos negros y ellas, con unos bikinis que no dejan mucho a la


imaginación. Hay mesas donde la gente está tomando sus copas y charlando con amigos o con personas que acaban de conocer, vete tú a saber, y taburetes cerca de una especie de barandilla que separa esa zona de la que intuyo que es la zona del espectáculo. Esa otra parte parece como un cine, con butacas alrededor para no perderse la función. Dichos asientos están a los laterales y frente al escenario, que está adornado como con una especie de cama redonda. —¿Qué te parece? ¿Ha sido mala idea venir aquí? —me susurra Antoinette, zalamera. —Solo con ver a los de seguridad y a los camareros, ha valido la pena. —Pues espera a ver a los de la cama redonda. —Me guiña un ojo la muy pícara—. Venga, vamos a tomar algo. Apalancamos nuestros traseros en los taburetes y pedimos cuatro cervezas. Como Cris va lanzada, empieza a entablar conversación con uno de los camareros, un rubito de tez blanquecina, media melena, con ojos azules y unos labios carnosos a juego con sus abdominales. Me recuerda a Brad Pitt en Leyendas de pasión. —¿Y tú no haces ningún espectáculo? —le pregunta una descarada Cris al camarero. Apura su cerveza. —Lo siento, preciosa, pero yo solo me dedico a servir copas. —Y le sonríe de una manera provocadora, cosa que me hace pensar que hace sus numeritos en privado. —¡Qué desperdicio! —exclamamos las cuatro. Aunque a mi prima y a su pareja, un cuerpo masculino las deja igual de frías que si estuvieran alicatando un iglú en tanga, saben reconocer cuando ven a un cañón de tío. Y este camarero lo es. Cuando nos terminamos nuestros botellines, el barman nos sirve una ronda de chupitos de tequila. Le hemos caído bien y corren de su cuenta. Nunca he sabido qué se chupa primero, si el limón, la sal o te metes de golpe el alcohol sin pensarlo mucho. Escruto a Leo, que es la que domina el tema de las bebidas alcohólicas, de las otras, como que pasa. Y nos indica los tres pasos a seguir. —A ver chicas, primero os ponéis un poquito de sal en la mano, entre el dedo pulgar e índice, pero no lo chupéis todavía. —Nos manchamos la mano con la sal—. Segundo, el tequila de un trago y por último saboreamos el limón. ¿Entendido? —Afirmamos con la cabeza—. Pues ¡allá va! Nada más meter el lengüetazo a la sal, se me ponen los pelos tiesos, el tequila me hierve en la garganta y para rematar, el limón sale escupido de mi boca. Por si no lo has intuido, es mi primera vez con la bebida mexicana. La primera y la última, por descontado. —Por favor, Susana, que no es para tanto —me dice mi prima, dándome golpecitos en la espalda para ayudarme con la tos. Las tres se ríen de mí, y a ellas se les une el camarero Pitt. —¡Zorras! ¡Casi muero atragantada y vosotras riéndoos de mí! —consigo articular con el cuerpo todavía inclinado sobre la barra. —Menos mal que soy yo la que está desentrenada —añade Cris, con sorna.


—Ay, pobre, mi niña. Ven aquí con mami. —Antoinette se acerca a mí con los brazos abiertos y me zafo de su intento. —Ni se te ocurra. —La miro de soslayo—. Me debéis cada una de vosotras una copa. Las señalo a todas con el índice y sé que se están aguantando la risa… hasta que estallan y yo las sigo. Si es que no se me puede sacar de casa. —Como yo también me he reído, a la primera copa invito yo —anuncia el barman. «Y si quieres invitarme a algo más, me apunto», pienso en mi fuero interno, que no es otro que el que hay entre mis piernas. Con mi Martini a cuestas, gentileza del chaval casi en bolas, nos vamos a ocupar unos asientos frente al escenario. En unos minutos, dará comienzo la función. Estoy deseando ver lo que se cuece en este sitio. Cris y yo nos sentamos en la segunda fila y mis primas en las butacas que hay justo detrás. —Creo que tienes a Piqué en el bote. Lo quería para mí, pero qué le vamos a hacer — me susurra Cris, con un mohín. —¿Piqué? —Sí, el rubito ligerito de ropa. El del Martini —dice señalando mi copa. —¡Ah, el Brad Pitt! Se me parece más a él, oye, con los ojos azules y los labios carnositos. —Seguro que con esa boca sabe hacer de cosas… —¡Cris! —La miro, conteniendo la risa. —¿Qué? ¡Joer! No puede fantasear una —refunfuña, mientras pone morritos. —Shhh, chicas, que ya empieza —nos anuncia Antoinette. Consumo mi bebida de golpe en el momento en que las luces bajan de intensidad y una especie de telón se abre ante nosotras para dejarnos ver la misma cama redonda de antes, pero ahora con una huésped recostada en ella. La luz se cierne en ese punto en concreto y observo que la chica lleva algo encima de su cuerpo. —¿De qué está cubierta? —musito a Cris. —Pues no estoy segura, pero parecen piezas de frutas. Cuando consigo enfocar bien, confirmo lo que me ha dicho Cris; la chica está vestida con trozos de frutas. Kiwis, plátanos, fresas, naranjas… vamos que parece la frutería del barrio. Solo lleva la fruta encima. Nada más. Nada de tela, de ropa. El postre es su vestido. Una música erótica-sensual suena por los altavoces del local justo cuando la chica, que está completamente estirada en la cama, ladea la cabeza y ensancha sus labios superiores. Un chico aparece en el acto, sonriéndole y contorneándose de una forma muy incitadora, con una única prenda de ropa: un bóxer negro. Se acerca a ella y se arrodilla tras su cabeza. La mira desde arriba y le planta un morreo


que ya lo quisiera yo. Baja sus manos por el cuello de ella hasta llegar a sus pechos. De allí, retira dos rodajas de plátanos y se las come cuando deja de invadir con su lengua la boca de la chica. Me da a mí que ese no va a ser el único que coma plátanos esta noche. Una vez descubiertos sus pezones, él se los agarra con maestría, haciendo que un gemido se escape de los labios de su compañera. De la mía, también. Ella, mientras que su boca vuelve a ser arrasada, tira los brazos hacia atrás para intentar alcanzar su objetivo, el pene del chico, pero él es más hábil y se retira a tiempo, provocando un sollozo en la chica. Como todavía le queda mucho que degustar, se da la vuelta y se planta entre sus piernas abiertas. Asciende por una de ellas, recogiendo lo que encuentra a su paso. Ella se retuerce provocadoramente y su boca, ahora libre, emite pequeños quejidos de placer. La escena que estoy viendo no me deja indiferente, ni a mis compañeras tampoco, que están con la boca abierta. Nunca había venido a un sitio como este, pero he de reconocer que es morbo en estado puro. El hombre se entretiene con la otra pierna, acariciándola y besándole la piel que no está cubierta, pero lo cierto es que no le dedica demasiadas atenciones, pues está impaciente por llegar a su cometido. Retira con brusquedad todo lo que le estorba y se lanza a por ello, va directo a devorarla, a succionarla. A lo que vulgarmente conocemos como cunnilingus. Ella dobla las rodillas cuando siente su aliento en el bajo vientre, y, por su cara de auténtico gozo, el chico lo debe de estar haciendo a las mil maravillas. Ella solo gimotea y eso hace que yo resople y que me sienta un tanto incómoda por la humedad que siento entre mis piernas. —Me estoy poniendo de un cachondo… —me dice Cris, en voz baja. —Pues anda que yo… —le reconozco. Cuando el macho introduce un dedo en la vagina, ella se arquea encantada y le tira del pelo. Él, muy suavemente y con la mano que no tiene ocupada en sus menesteres, la empuja para que se tumbe y se quede quieta, agarrándole de un pecho y volviendo a pellizcarle un pezón. Ella cae desplomada en la cama, moviéndose sin control sobre su boca, estremeciéndose, agitándose, esperando que el clímax le llegue de un momento a otro. Ver a la chica en esa situación, en el límite del placer, haciendo de sus quejidos los míos, disfrutando como una loca del sexo, me incita y me enciende hasta niveles insospechados. Al cabo de unos segundos, ella se corre. Grita, grita y grita. Se relaja abiertamente sobre el colchón, y ese momento de despiste lo aprovecha el hombre para bajarse los calzoncillos y ofrecernos unas magníficas vistas de su tremenda erección. —¡Joer! ¿Eso es de verdad? —me pregunta Cris, con la boca abierta y los ojos como platos. —Me temo que sí —contesto con las comisuras de mis labios llenas de babas. —Quiero uno de esos para mi cumpleaños. Seguimos observando el panorama. ¡Y qué vistas! ¡Dios, qué portento de hombre! Y el portento pronto desaparece de nuestro ángulo de visión para perderse en el interior de la chica. El suspiro de deleite de ella al sentirse penetrada retumba en toda la sala y es tan


sexualmente intenso que tengo que taparme la boca para no delatarme. Un sollozo invade mis oídos y esta vez, no proviene de la pareja que tengo delante. Me giro hacia atrás y me quedo ojiplática cuando veo a mis primas pegándose el lote, metiéndose mano descaradamente. Vaya, el rollo heterosexual las pone a tono… pero no son las únicas. Otra pareja que hay a su lado, se levanta de sus asientos y se marcha. Él, con un bulto un tanto sospechoso bajo sus pantalones. Me acurruco en mi silla y sigo disfrutando de la peli porno en directo. Dura poco más de un minuto cuando el chico se rompe dentro de ella y se baja el telón. Y el pene también. —¡Guau! Voy a venir más a menudo a este sitio. —Cris se abanica con las manos. —Comparto tu opinión y la apoyo. ¿Dónde nos hemos metido todo este tiempo? —Tú, entre el huevo derecho y el izquierdo de tu ex y yo, entre pañales llenos de mierda. Ambas nos reímos, aunque sabemos que tiene razón. Qué mal hemos aprovechado nuestras vidas. —Chicas, nosotras nos vamos un ratito. No os marchéis sin nosotras. La voz ronca de mi prima, por la tensión acumulada y el deseo de deshacerse en un orgasmo, es casi irreconocible. Las veo irse a las dos, cogidas de la mano y se pierden por un pasillo. Desde luego que me dan una envidia. —Creo que por ahí viene alguien con ganas de montar su propia diversión. —Cris arquea las cejas, me sonríe y me da un codazo en el costado. Todo a la vez. Cuando veo acercarse a Brad Piqué hacia nosotras, se me seca la garganta. El taparrabos que lleva juraría que es más pequeño que antes, cuando estaba cubierto por la barra del bar. ¡Dios santo! ¡Y dentro hay algo con vida propia! No vendrá a proponerme algo obsceno, ¿no? No, no puede ser, pero si viene a por mí, ¿qué le digo? ¿Me apetece pasar un rato agradable con un desconocido? Yo misma me respondo cuando lo veo pasar por mi lado e inclinarse sobre Cris para susurrarle algo al oído. Ella sonríe picarona y le coge la mano que le tiende para levantarse y marcharse con él sin pensárselo mucho. ¡Cris va a tener su noche! Saco la mustia aceituna de mi copa vacía y me la como pensando en lo tonta que he sido al imaginar que ese camarero venía a por mí. Ya he visto las miradas que le echaba a mi amiga. Sonrío lánguida. Me levanto para volver a la barra y pedir otra copa, ya que voy a estar un rato sola, mejor hacerlo en compañía de un poco de alcohol. Estoy sola, cachonda y sabedora de que voy a llegar a casa en este estado. ¡Qué triste! Ahora me queda esperar a que las tres magníficas salgan de donde sea que estén con cara de satisfacción y se burlen de mí. Y a mí se me va a quedar cara de aceituna rancia. —Me parece buena idea que le pidas una copa al camarero.


5

—¡¿Disculpa?! Formulo esa pregunta a la vez que me giro hacia la voz que me ha susurrado pegada a mi oreja. ¿Quién se cree que es este tío para hablarme con semejante desfachatez? Con el ceño fruncido, veo al dueño de esa voz masculina observándome con una sonrisa de medio lado. Es un chico moreno, con los ojos castaños, el pelo despeinado y una barba de varios días que le da ese toque malote que nos gusta a las chicas. Paseo los ojos desde su rostro hasta su cuerpo entero, vamos que le hago un escaneo corporal y me gusta lo que hay; unos tejanos oscuros desgastados y una camisa gris oscura. Lo cierto es que tengo la impresión de que lo he visto antes, pero no recuerdo dónde. Tengo una nula capacidad para recordar los rostros. —No te acuerdas de mí, ¿verdad? —me pregunta, todavía con esa medio sonrisa en sus labios. —¿Por qué debería acordarme de ti? —Ya, bueno, supongo que aquel día estabas tan enfadada aporreando la máquina que no te percataste de mi presencia. —¿La máquina? Pero ¿de qué estás…? —En ese momento caigo en la cuenta de qué lo conozco. Me ruborizo—. Tú eres el chico del comedor. —Buena memoria —me dice, y esta vez sonríe más abiertamente—. Creo que el otro día no tuve oportunidad de presentarme. Soy Hugo. El chico, el del día de mi pequeño desencuentro con la máquina del café de la oficina, está frente a mí, tendiéndome la mano y tiene nombre propio. Se la estrecho y un escalofrío me sube por la espalda. Se aproxima a mí y me planta dos besos, uno en cada mejilla, y no son de esos besos que das pegando mejilla con mejilla y el beso se pierde en el aire, no, qué va, es un beso literalmente plantado en mi carrillo. Contacto en toda regla. Piel con labios. Y eso me altera y me recuerda que sigo un pelín cachonda. Y con este hombre al lado… tan cerca… —Y tú, ¿tienes nombre? —me susurra en el oído.


—Su… Sus… Sue… Susana —tartamudeo como una tonta. —Encantado, Susana —dice, acariciando mi mentón—. ¿Has venido sola? —Sí… bueno… no. —¿En qué quedamos? —Ríe. —No, bueno, es que he venido con unas amigas —digo con una voz medianamente en condiciones. —¿Y dónde están? —Ocupadas. —Ah, entiendo. Entonces, ¿te has quedado sola? —Eso parece. —Las rodillas comienzan a flaquearme y me siento en el taburete. —¿Qué estás tomando? —pregunta, señalando mi copa vacía. —Tomaba —digo y pongo la copa del revés—, un Martini. —¿Puedo invitarte a otro? —¡Claro! Total, en vez de sangre tengo la destilería Bacardí pasándoselo pipa en las venas. Hugo se ríe y, con esa sonrisa que le hunde los ojillos y que le marca unos hoyuelos en las mejillas, me parece el tío más irresistible del mundo. Guapo. Atractivo. Sexy. ¿Tanto he bebido? Se sienta a mi lado y llama al camarero por su nombre. Este viene al poco rato y nos planta un Martini para mí y un Gin-tonic para mi compañero. ¿Cómo sabe su nombre? Debe ser un cliente habitual. Pongo un poco de distancia entre los dos, separando unos centímetros mi taburete del suyo, pero Hugo me mira con el ceño fruncido y se acerca más a mí, sin necesidad de asiento. Así no hay manera de que corra el aire. —Así que trabajas en el edificio donde nos conocimos… —Me mira y da un sorbo a su bebida. —Sí, estoy en la primera planta. —Vaya, qué casualidad, nosotros también estamos en esa misma planta. Mi tío y yo acabamos de mudarnos. —Así que vosotros sois los buenorros de los que hablaba Eva —me digo para mí misma. Qué ojo tiene mi compañera. —¿Cómo dices? —me interroga con una sonrisilla malvada. Me ha oído. Si es que cuando estoy contentilla se me suelta la lengua… —No, nada, nada. Bebo de un sorbo el líquido que queda en mi copa y prefiero que eso me arda en el cuerpo que sentir la calentura que me gorgotea entre las piernas. Para intentar


apaciguarme, cojo una pajita que hay en un recipiente y empiezo a mordisquearla, pero creo que el remedio es peor que la enfermedad, pues Hugo no me quita ojo de encima y me escruta de una manera muy poco pudorosa. Está desnudándome con la mirada y a cada rato que pasa, deseo que sean sus manos las que me despojen de mi ropa. Se acerca un poco más a mí y me acaricia el rostro. Otra vez está demasiado cerca. Ya no corre el aire. —Tienes una cara preciosa. —Gra…cias. —¿Es la primera vez que vienes a este sitio? —Sssí. —¿Te pongo nerviosa? Nerviosa, cachonda y yo que sé qué más. Asiento con la cabeza y necesito desviar mi mirada de sus labios, si no sé que me lanzo a por ellos. Miro de reojo mi copa vacía, con la tímida olivilla abandonada en el fondo y sin más, la cojo y me la meto en la boca. Así la tengo ocupada. Mientras mastico, Hugo sonríe malicioso y se separa de mí, colocándose en su asiento y agacha la cabeza. Empieza a pasear su índice por la boca de su vaso y mis pensamientos vuelan sulfurados, imaginando que me toca a mí de esa manera. Sin darme cuenta, hago lo mismo que él, pero yo, en este caso, me meto un dedo en la boca y lo muerdo. Hay que ver el cóctel explosivo que puede llegar a ser el alcohol, la falta de sexo y un chico guapísimo. Todo a la vez. Y luego decían que en Irak había armas de destrucción masiva. Hugo vuelve a mirarme y puedo seguir su mirada, que no la aparta de mi dedo juguetón entre mis labios. Se humedece los labios con su lengua y ese gesto me parece de lo más sexy que he visto nunca. Se levanta y me retira el dedo que me estoy mordiendo, lo mira y lo lame. Como dice Cris, ¡joer! —¿Te puedo proponer que vayamos a un sitio más íntimo? —murmura con su aliento en mi cuello. —¿Un sii…tio más ínn..ttimmo? —Ajá. —Y sin permiso, me besa despacio la garganta. Me deshago literalmente entre sus besos. Y dejo de pensar, de intentar averiguar qué es lo que hago con un tío al que no conozco de nada. ¿Qué me impide tener un ratito apasionado con él? ¿El pudor? ¡A la mierda! He venido para dejarme llevar y eso voy a hacer. Noto que sus manos me aprietan la cintura y me aproxima a él, bajándome del taburete, restregándome su entrepierna por mi vientre. Trago el nudo de mi garganta cuando siento tremenda erección… y es que hace tanto tiempo de eso que tengo que cerrar mis muslos para contenerme y no lanzarme a besar sus labios. Y los tiene tan apetecibles…


—¿Me dejas comprobar una cosa? —me plantea con la voz alterada. Yo asiento, sin saber qué quiere hacer. Me coge de la muñeca y me lleva a una puerta que abre con prisas y la cierra con mayor celeridad. Allí, de pie junto a ella, me acorrala con su cuerpo y me besa los labios. Primero los recorre tímidamente con su lengua, luego pasa a besarlos profundamente para terminar devorándome la boca con ansia. Llevo mis brazos a su cuello y me aferro a él, con los ojos cerrados y mis labios ocupados en degustar su sabor. Un gemido sale de ellos cuando noto que sus manos me recorren la espalda y la parte baja de la misma. Me sube el vestido rozándome los muslos con sus dedos y deja escapar mi boca para besar suavemente mi escote. —¿Todos en este club sois así de lanzados o es que me ha tocado el toro bravo de la ganadería? —digo entre jadeos. —Las dos orejas ya me las has visto, te queda el rabo. —Qué frase más manida. —Cállate y déjame besarte. Vuelve a su ardua tarea de besuquearme, de apretarme contra él, de tocarme en sitios que ya creía olvidados. Se recrea cuando encuentra mi lencería y mete la mano dentro, rozándome la piel con sus dedos, buscando mi excitación. —Esto es lo que quería comprobar. Estás lista para dejarme entrar.

****

—¡¿Te lo cepillaste?! —exclama, una emocionadísima Eva, con una expresión divertida en la cara. —¡Baja la voz que nos van a oír! —Josemi está en el despacho. No se entera de nada —añade quitándole importancia con un gesto de la mano—. Bien, entonces… ¿te lo hiciste con el vecino? —Sí. —Y agacho la cabeza, sonrojada. —Ven aquí, diosa de la lujuria y deja que te abrace. —Viene hacia mí con los brazos abiertos. —Desde luego que estás para que te encierren —le digo, entre risas, pero no puedo evitar que me achuche. —¿Y qué puedes contarme de esa noche? ¿Cómo te sentiste? —pregunta Eva soltándome de sus brazos. Coge su silla y la acerca a mi lado. Se cruza de piernas y espera impaciente mi relato. —Al principio, cuando supe dónde íbamos, me quedé blanca, pero una vez dentro de ese sitio, no me pareció tan malo. Y al final, como mis amigas me abandonaron, pues tuve


que buscarme con qué distraerme. —¿Con qué o con quién? —Con quién, tienes razón. Con Hugo. —Y en la cama, ¿qué tal? —En la cama, no lo sé. En el sofá, increíble. Me llevo las manos a la cara y apoyo los codos en mi mesa. Me muerdo el labio al recordar el momento del sofá de piel rojo. ¡Qué digo momento! ¡Momentazo! Cómo me cogió por las nalgas y lo rodeé con mis piernas hasta llegar a ese sofá. Cómo me fue despojando lentamente de mi ropa, admirando todo lo que veían sus ojos. Cómo se quitó la suya y dejó que viera ese cuerpo, ese pecho cubierto por un tímido camino de vello oscuro que le recorría hasta el estómago y se perdía un poco más abajo. Cómo después de enfundárselo en un preservativo, introdujo su pene, poco a poco, en mí hasta que las prisas nos pidieron paso y nos corrimos satisfechos. —Por la cara que tienes ahora mismo, yo diría que estarías dispuesta a repetir —me habla mi compañera sonriendo y guiñándome un ojo. —¡¿Y si me lo encuentro por los pasillos?! —le digo con cara asustada—. ¡Me muero de la vergüenza! Eso tendría que haberlo pensado antes de tirármelo, ¿no? —Tú recuérdalo desnudo. Eso siempre funciona. —Me palmea una rodilla y vuelve a su sitio, no sin antes cachondearse de mí. —Sí, claro, tú ríete, como eres tú la que se lo tiene que encontrar todos los días. —A él no, pero al otro no me importaría —añade, guasona—. ¿Y dices que es su tío? Eva se calla de golpe cuando la puerta del despacho de Josemi se abre y sale con cara de pocos amigos. Mira a su marido y le tira un beso, pero él, como si nada, sigue con su cara de perro. —¿Qué le pasa a tu marido? ¿Os habéis peleado? —No, qué va, pero lleva unos días raro. Le pregunto y dice que son imaginaciones mías. Llega a casa tarde, agotado. Se ducha, cena y se va a la cama. Apenas me toca. No sé qué le pasa, no quiere hablar conmigo. Y a esta —se da unos golpecitos en la sien con un dedo—, le da por pensar y no me gusta lo que piensa. —¿Qué estás insinuando? Eva se queda mirándome con tristeza en sus ojos. Se levanta y se marcha hacia el baño, cabizbaja. La sigo con la mirada y creo que es la primera vez que la veo en ese estado. Ella que siempre es tan alegre, tan extrovertida, ahora parece pequeña, vulnerable. Y me preocupa mucho lo que sea que le esté rondando por la cabeza… Josemi ¿infiel? No, no puede ser. Josemi quiere a su mujer con locura, se desvive por ella, siempre la ha antepuesto a cualquier cosa. Su vida es Eva. Tiene que ser otra cosa. A media mañana me acuerdo de que todavía no he desayunado, así que decido bajar al bar de enfrente a tomarme un café con el bocadillo del día. Como soy un poco vaga, me


inclino por utilizar el ascensor, cosa que no debería hacer, pues aparte de estar echando culo y barriguita, trabajo en un primer piso, y que yo sepa, hacer un poco de ejercicio todavía no ha matado a nadie. Claro está que no quiero ser la primera. Mientras espero el ascensor, termino de abotonarme el abrigo sin dejar de pensar en qué puede ser lo que le ocurre a mi jefe. Entro en el ascensor y cuando las puertas se están cerrando… —¡Espere, por favor! ¡Sujete la puerta! De pronto entiendo que esas palabras van dirigidas a mí, así que pulso el botón para mantener las puertas abiertas y veo entrar unas cajas de las que sobresalen dos brazos y dos piernas. —Gracias. Me dice una voz oculta tras ellas. Las apoya en el pasamanos y mira la botonera para ver si ambos vamos al mismo sitio. En ese momento le veo la cara. Doy un paso hacia atrás y me maldigo por no haber bajado por las escaleras. —Hola, Susana. —Hugo. Me sonríe—. Vaya, qué casualidad encontrarnos aquí. —Hola, Hugo —respondo, con la espalda pegada a la pared del ascensor. Me sudan las manos—. Trabajamos en el mismo edificio, la misma planta, así que es lógico que nos encontremos. —¿Qué tal todo? —Muy bien hasta que te he visto —susurro bajito, para mis adentros. —¿Cómo dices? Hugo se queda esperando una respuesta, respuesta que por supuesto no le doy porque estoy tan ruborizada que no me salen las palabras. Intento recordar lo que me ha dicho mi compañera: visualízalo desnudo. Y eso hago. Recorro su ahora cuerpo vestido, con la imagen que me ha quedado grabada en mis retinas de la noche que pasamos juntos. Su piel, sus manos deslizándose por todas mis curvas, su desnudez, su aroma… y esto no funciona, pues en vez de tranquilizarme, me hace jadear. ¿Ese es el fin de recordarlo en pelotas? El ascensor emite su particular ruidito, ese ring que anuncia que ha llegado a su destino. —Tú primero, por favor. —Me cede el paso Hugo. —Gracias. Que pases un buen día. Y me escabullo todo lo rápido que mis zapatos de tacón me permiten, hasta que freno en seco mi huida cuando escucho un golpe seco, un par de improperios y algo que rueda por el suelo y choca con mis pies. Me giro y me encuentro a Hugo tirado en el pavimento, con las cajas abiertas y su interior desperdigado por doquier. Me provoca la risa verlo allí, despatarrado, envuelto por todas esas cosas caídas a su alrededor. Hugo me mira arqueando las cejas, pero responde


con una sonrisa. —Ni se te ocurra hacerme una foto en este estado y colgarla en las redes sociales —dice todavía sonriendo. Y ahí están esos dos hoyuelos. —Lo siento —me disculpo—. No he debido reírme de ti. Me acerco hasta él con el objeto que ha llegado hasta mí, que no es más que un sillón de esos donde puedes dejar apoyado tu móvil. Cuando estoy a su lado, me arrodillo en el suelo y le ayudo a recoger todo lo que hay tirado a nuestro alrededor. La gente que pasa por el vestíbulo, se nos queda mirando con la sonrisa en los labios, pero ninguno se molesta en ayudarnos, a excepción de una chica, que le tiende a Hugo un calendario del año pasado y de paso, le guiña un ojo con mucho, mucho descaro. —Gracias —le dice él. —De nada, guapo —le contesta ella. Y se pierde en el ascensor sin dejar de mirar a Hugo, que tampoco es ciego. Pongo los ojos en blanco y niego con la cabeza. —Si te llega a ver mi sobrina, te dice que eres un patoso —añado, para hacer volver a Hugo al sitio en el que está. —Pues no va mal encaminada —dice al girarse y mirarme. Nos quedamos así, unos segundos mirándonos a los ojos, hasta que decido retirar la vista y seguir recogiendo los objetos. No sé qué tiene esa mirada de Hugo, pero me desconcierta. Me intimida. —Te agradezco que me hayas ayudado a recoger todo este desastre —comenta una vez hemos terminado. Nos ponemos de pie y él deja las cajas sobre el torno de entrada. —No hay de qué. ¿Dónde vas a dejar todo eso? —pregunto, señalando las cajas. —Me han dicho que aquí hay un pequeño almacén, así que voy a dejarlas ahí, por si alguien las necesita. —Ajá. —Miro mi reloj—. ¡Dios, es tardísimo! ¡Voy a tener que beber el café directamente de la máquina! ¡Adiós! Y sí, se me ha hecho tarde, pero es la excusa perfecta para poder salir de allí y tomar un poco el aire. Lo necesito. Y antes de que pueda salir por la puerta, Hugo dice mi nombre y me doy media vuelta. —Me gustó lo del otro día. No me da tiempo a reaccionar, a notar cómo me tiemblan las piernas, a sentir el rubor recorriendo todo mi rostro. ¿Y por qué no me da tiempo de reparar en esas sensaciones? Pues porque cuando doy media vuelta, me choco de frente con el pecho de alguien. Un pecho duro, muy duro. Doy unos pasos atrás y cuando estoy a punto de caer, unos brazos sujetan los míos con fuerza. —¡Susana! —me dice la voz—. Lo siento, no te he visto. ¿Estás bien? Rafa es quien me agarra para impedir que dé con el culo en el suelo. Me mira un poco


asustado y me retira un mechón de pelo que ha quedado atrapado en mi boca. Lo miro descolocada y con el corazón a mil por hora, por el susto y por tenerlo allí, con su boca tan pegada a la mía. —Estoy bien, no te preocupes. —Me zafo de sus manos y me arreglo un poco la ropa y el pelo. Cojo aire—. ¿Qué haces aquí? —Josemi me ha pedido que viniera. Quiere hablar conmigo, pero no sé de qué. Tú no tendrás ni idea, ¿no? —Niego con la cabeza. Ni siquiera Eva me ha comentado nada, así que ella tampoco debe saber mucho de esa reunión. Se hace el silencio entre nosotros durante unos segundos en los que me quedo perdida en los ojos y en todo lo que Rafa me recuerda. Recuerdos tan bonitos que todavía me duele que se hayan quedado en eso y que no se puedan volver a revivir. He estado tan enamorada de él. Y todavía sigo sintiendo algo que no se ha ido. —Entonces, te dejo, que seguro que tienes prisa. —Espera un segundo, Susana —me dice y me toma de la muñeca—. Me apetece muchísimo quedar contigo y salir a cenar. No me des largas, por favor. Estoy deseando tener una cita contigo. ¡¿Qué es eso último que ha dicho?! Una carraspera muy fea y algo sospechosa suena a mi espalda. ¡Vaya! Mi encontronazo con Rafa ha tenido público. Hugo. Pasa por nuestro lado con el ceño fruncido y cargando con las cajas. Me mira desconcertado. A Rafa, ni tan siquiera lo saluda, solo una mirada desafiante que ambos se lanzan. Tengo la sensación de que se han quedado con ganas de saber quién cojones es ese. Yo decido irme de allí, donde el aire se ha calentado más de la cuenta a mi alrededor, y voy a desayunar el poco ratito que me queda. Tomo una decisión importantísima en mi vida; jamás de los jamases vuelvo a bajar por el ascensor.


6

—Hola, Cris, ¿qué ocurre? —Llamada a mi móvil de mi amiga. —¿Por qué tiene que ocurrir algo? —No sueles llamarme a la oficina. —Me asusto—. ¿Le ha pasado algo a Valen? —No, ella está bien. Y deja de llamarla así. —Se ríe nerviosa—. Escucha, es que tengo que pedirte un favor. —Pues habla. —Verás, es que… necesitaría que fueras a recoger a Valentina de su clase de inglés. Sale a las siete. —Y tú no puedes recogerla porque… —Le lanzo el principio de la frase para que ella la termine. A ver qué me suelta. —He quedado —concluye—. Bueno, todavía no he quedado, porque si tú no puedes ir a buscarla, entonces yo… —¡¿Qué has quedado?! ¡¿Con un tío?! —Entonces yo ya quedaría otro día… —¡¿Con quién has quedado?! —vuelvo a repetir divertida. —¡Joer, Susana, eres peor que la Guardia Civil! —Me reprende—. Pues con Jon —dice muy bajito. —¡¿Con Jon?! ¿Y ese quién es? —El del club. —¡¿El Brad Piqué?! —exclamo eufórica. —Sí, el mismo —murmura. —Así que se llama Jon, ¿eh? Vaya, vaya, con las confianzas que os estáis dando. Y oye, ¿cómo es eso de que habéis quedado? —La otra noche me pidió el teléfono, yo se lo di, y hace un rato me ha llamado para que quedemos. —Me puedo imaginar a Cris al otro lado de la línea telefónica mordiéndose las


uñas. —¿Os conocéis una noche y ya te pide el teléfono? ¡Buf, Cristinita, lo tuviste que dejar pero que muy satisfecho! —Me río. Eva me mira y con un gesto le digo que luego le cuento. —No estoy para tus jaranas, Susana. Más bien de los nervios. —Suspira—. ¿Tú crees que hago bien en quedar con él? —Claro que sí. Eso de que te haya llamado es buena señal, está interesado en ti. —Hace tanto tiempo que no hago esto. —Cris, ve a esa cita y sé tú misma. Será una buena oportunidad para que os conozcáis. ¿Dónde habéis quedado? —En una cafetería que hay en el centro comercial. Entonces, ¿puedes ir a por Valentina? —Sí, no te preocupes, yo me encargo de ella. —¿Podrás darle de cenar? No sé a qué hora llegaré. —Vete tranquila, mamá. La supertita Sue está aquí —le digo para hacerla sonreír. Y algo de eso noto en su voz. —Gracias, Susana, te debo una. —Y antes de colgar, apunta—. Ni se te ocurra llevarla a cenar al Mr. Burguer, que eso solo es comida basura. —¿Y al Rey del Pollo? —no me contesta. Ha colgado. A las siete menos diez llego a la academia donde Valen está terminando su clase de inglés. Yo, al igual que los papás, tenemos que esperar a los niños en la calle, pues hasta que no es la hora de salida, no abren las puertas. Así que con la rasca que pega, tengo que esperarla unos minutos. Cuando llega la hora y me ve, una enorme sonrisa se dibuja en sus labios y se escabulle de sus compañeros. ¡Madre mía, pero qué guapísima que es! —¡Tita Sue! —¡Hola, princesa! —La abrazo y la beso en el moflete. —¿Por qué no ha venido mamá a buscarme? —me pregunta mirando alrededor en busca de Cris. Y claro, me toca mentirle. —Ha tenido que quedarse en el trabajo. —¿Por qué? —Porque hay mucha gente que se quiere poner guapa y va a que tu mamá les arregle el pelo y las uñas —omito el detalle de la depilación. Ya sabrá lo que es sufrir cuando sea más mayor. —¿Y por qué se quieren poner guapas? ¿Van a una fiesta? —Eso es —le digo abrochándole la cremallera del abrigo— ¿A dónde quiere ir a cenar la señorita?


—¡Al Mr. Burguer! —exclama contentísima. Cómo la conoce su madre—. ¿Podemos ir? —Tu mamá no te deja. —Ya lo sé, pero es que yo quiero ir. Mami nunca me lleva y las niñas de mi clase han ido un montón de veces. Por fi, tita Sue… Me mira con esa carita de ángel tan preciosa que tiene y me pone morritos a la espera de que yo le conteste un sí. ¿Y qué otra cosa puedo decirle? Cris me mata y con ella mi vida como tía se termina. —Vale, está bien, pero será nuestro secreto. Nada de decírselo a mamá, ¿estamos? —¡Guay! —Y se me engancha en el cuello como un mono. Sonrío al verla tan feliz y la cojo de la manita para perdernos en la boca de la línea roja del metro. No me ha dado tiempo de ir a casa a por el coche, así que tengo que utilizar el transporte público. Durante el trayecto, Valen me explica lo que está estudiando en el cole y también lo que está aprendiendo en las clases de inglés. Y lo hace emocionada. Le encanta ir al cole y es una sabionda de cuidado, pero es mi sabionda repelente a la que quiero con locura. Cuando llegamos al Mr. Burguer del centro, no hay mucha gente, a excepción de algunos turistas y papás con sus retoños. Cuando es nuestro turno, yo pido un menú de hamburguesa de pollo y Valen, un menú infantil. Y el show viene cuando la dependienta le da el juguete ese que viene con el menú de los niños. —Yo no quiero a DJ, quiero a Bright Arrow. —¡Dios mío, mi sobrina está poseída! ¿Qué es eso que ha dicho? —No me quedan, solo tengo este —le dice la dependienta, disculpándose. —Pues no me gusta. No lo quiero. —Valentina —la llamo por su nombre completo, por si acaso se enfurruña más. Le acaricio el pelo—, ese poni es muy bonito. —¡No es bonito! —Se pone las manos en las caderas—. ¡Lleva gafas! ¿Cuándo has visto tú un poni con gafas? La chica que nos ha servido la comida se aguanta la risa y yo tengo que hacer lo mismo. ¡Qué lista que es la jodía! Aunque si nos ponemos tiquismiquis, tampoco es de lo más normal ver a un poni azul, ya puestos. —Cariño, otro día que vengamos seguro que esta señorita tan amable, tendrá el que tú quieres y nos guardará uno. ¿A qué sí? —le pregunto a la dependienta haciendo un mohín para que me entienda. —Sí, claro que sí. Le doy las gracias a la chica y Valen y yo ocupamos una mesa que hay frente a los amplios ventanales. Saco su comida de la cajita en la que viene y se la dejo preparada para que la devore, pero me encuentro con que Valen está un poco ausente. La observo y veo que no para de mirar a su alrededor, y se queda con los ojos fijos en una familia que hay a


su izquierda. Coge la cañita con la boca, sorbe un poco de zumo y me pregunta muy seria: —Tita Sue, ¿por qué no tengo papá? Me quedo a medio camino de meterme una patata en la boca. La dejo sobre el papel y me percato de que ella está mirándome expectante, esperando contestación. —¿Qué te ha dicho tu mamá? —Que mi papá está en el cielo. Esa es una mentira que Cris lleva diciéndole desde siempre, pero lo cierto es que no tiene ni idea de qué ha sido del padre de Valen. Quién sabe, quizás esa mentira no lo sea tanto. —Sí, cariño, tu papá está en el cielo. —Pero yo no quiero que esté en el cielo. Quiero que esté aquí conmigo y con mamá. El susurro lleno de pena con el que lo dice hace que se me caiga el alma a los pies y unas tímidas lagrimillas hacen acto de presencia en mis ojos. Parpadeo varias veces para retenerlas, pero lo que no consigo deshacer es el nudo en el estómago. Claro, eso era lo que la tenía tan absorta; los niños que hay en el restaurante, niños pequeños, de su misma edad que vienen acompañados de sus padres. De sus mamás y de sus papás. ¿Cómo le explicas a una cría de siete años por qué ella no tiene papá y los demás niños sí? —Hola, chicas. Me yergo en mi silla al escuchar ese tono de voz tan característico, tan familiar, tan seductor, y me sorprende encontrarlo en un lugar como este. Me doy la vuelta y lo veo ahí plantado, delante de nosotras, con sus viejos tejanos claros y un jersey verde de cuello alto. Bebo un poco de agua, se me ha secado la boca. —Hola, Rafa. ¿Qué haces aquí? —intento averiguar cuando me recompongo. —Tenía hambre, y sabes que la cocina no es lo mío, así que he decidido coger algo para llevar. —Me enseña la bolsa en la que lleva su cena. Sonríe—. Y vosotras qué, ¿noche de chicas? —¿Y tú quién eres? —le pregunta Valen a Rafa, mirándolo sin perder detalle. —Yo soy Rafa, y tú eres Valentina, ¿a qué sí? —Sí —le contesta ella al ver a mi ex a su lado—. ¿De qué me conoces? —Yo soy un amigo de tu tita Susana, y te conozco desde que eras pequeñita, pero tengo que decirte que estás mucho más guapa ahora. Eres una niña preciosa. —Rafa le toca con cariño su naricilla. —Gracias. —Qué educada que es mi sobrina. ¡Se ha puesto colorada con el piropo! Si es que este hombre le saca los colores a cualquier fémina. —Bueno, os dejo cenar tranquilas. Me ha gustado veros.


—¿No te quedas a cenar con nosotras? —¡La mato! ¡¿A qué viene esa pregunta?! Rafa se sorprende por la cuestión planteada y, sobre todo, por quién la realiza. Yo me quedo fulminando con la mirada a la mocosa y ella ladea la cabeza y pone cara de perro tristón. La madre que la parió. —¿Quieres cenar con nosotras, Rafa? —le pregunto, resignada. —Sí, encantado. Y se sienta al lado de Valen, frente a mí. ¡Anda que el puñetero ha dicho que no! Con lo tranquilita que estaba yo, y esta chiquilla me mete en unos fregaos. Ella apenas se acuerda de él, y es que fueron escasas ocasiones en las que coincidieron cuando Rafa y yo estábamos juntos. Un par de veces no más, pero aún con eso, parece que están haciendo buenas migas. Valen le enseña el poni y él le dice algo que la hace reír, pero yo no consigo saber qué es, pues estoy atontada mirándolo. Se le ha oscurecido el pelo, ahora ya no es tan rubio como antes, ahora tiene una tonalidad más caramelo, como esos del abuelo. Lo que no ha cambiado es el color de sus ojos; verdes. Soy un poco pesada con sus ojos, lo sé, pero son los más preciosos que he visto en la vida. Mejorando los de mi niña, por supuesto. —¿Por qué no quieres cenar con él, tita? —¿Qué dices, cariño? —Pestañeo para volver a la realidad. —Rafa dice que no quieres cenar con él. —Eso no es verdad —me defiendo. —Sí, sí que lo es —me contradice, disgustado—. Te lo he pedido varias veces y siempre me sales con negativas. —¿Le vas a decir esta vez que sí, tita? —Esto que haces es rastrero —lo acuso, señalándolo con el índice y evitando sonreír—, utilizas a la niña para salirte con la tuya. —¿Y funciona? —Rafa eleva las cejas y me sonríe de manera arrogante, sabe que tiene la partida ganada. Pues se va a enterar. —Cenaré contigo, pero yo escojo el día, la hora y el lugar. Y, por descontado, invitas tú. Rafa se ríe abiertamente. Y me mata esa risa. —¡Lo hemos conseguido! —Choca los cinco con mi sobrina y se dan un beso en la mejilla, el de la victoria. Rafa nos acompaña en el metro hasta casa, aunque su dirección es la opuesta. Cuando llegamos al portal, se despide de nosotras con unos besos. —Espero impaciente la cita que me has prometido —susurra en mi oído—. No te arrepientas, por favor. Necesito que hablemos. Me mira por última vez esa noche y me regala un beso en el dorso de la mano. Lo veo


alejarse mientras que los dedos de Valen juguetean con los míos. ¿Necesito que hablemos? ¿Qué ha querido decir con eso? —No es feo del todo —añade Valen cuando entramos en el portal. Me río. —¿Cómo que no es feo del todo? Es muy guapo. —Si tú lo dices. —Se encoge de hombros—. Pero es muy simpático. Suelto una carcajada, pero pronto se desvanece cuando llegamos al segundo piso y lo primero que veo es a una enfadadísima Cris, que no es que tenga cara de pocos amigos, es que no tiene ninguno. Valen, en cuanto la ve, se esconde detrás de mí. Cobarde. —¿Te parece bonito llegar a estas horas con la niña? —me recrimina con los brazos en jarras. Miro mi reloj. Las nueve y cuarto de la noche. —Hola, Cris —añado en tono conciliador. —¿Hola, Cris? ¿Eso es todo lo que tienes que decirme? Me quedo mirándola. ¿Tan tarde es para que tenga ese cabreo monumental? ¿O es que algo ha ido mal en la cita? Voy a ver si le echo un poco de broma al asunto. —Con ese pijamita de gatitos me pones tontorrona. —¡La niña! —vuelve a regañarme. No le ha hecho gracia—. ¿De dónde ha salido ese poni? —Se acerca a nosotras y le quita el juguete a su hija—. ¡¿Habéis ido al Mr. Burguer?! —Sí. —Es inútil mentirle, tiene en sus manos la verdad. —Valentina, sal de detrás de tu tía. La niña, o lo que queda de ella, pobrecita mía, aparece acojonada delante de su madre, que en estos momentos se parece más a Jack, el Destripador que a una adorable mamá. —Sabes que no me gusta que comas en esos sitios. ¿Por qué no me haces caso? —Ha sido la tita. —¡¿Yo?! —Me señalo con el índice. ¡Será acusica! —No, si entre la tita y tú me tenéis contenta. Entra en casa, lávate las manos, los dientes, ponte el pijama y a la cama. —¡¿Ya a la cama?! —He dicho que ¡ya! —dice, en tono autoritario, la madre de la criatura. Valen me mira fastidiada y me da las buenas noches con un beso, igual que a su madre. Se mete en casa y deja encajada la puerta. Intento suavizar un poco el tenso ambiente que se ha quedado en el descansillo. Acaricio los brazos de la mamá histérica. —Cris, ¿qué te pasa? Si he llegado un poco tarde, lo siento, pero no te pongas así. No me he dado cuenta de la hora. —Te dije que no la llevaras a cenar a esos sitios, ¿y qué haces tú? ¡Lo que te da la gana! —me grita, revolviéndose entre mis brazos.


—A mí no me grites que no soy tu hija, y yo sí soy capaz de arrearte un sopapo. Ups, igual me he pasado. Con lo alterada que está, igual es ella la que me atiza. Pero no, nada de eso. Cris se recuesta en la pared y se pasa las manos por la cara y por el pelo. Me acerco, la abrazo y ella esconde su rostro en mi hombro y solloza. Me atrevo a preguntar. —Cris, ¿qué ha pasado? ¿Tan mal ha ido la cita con Jon? Y ella sigue aferrada a mí, sin decir ni una palabra. Ahí está, el temperamento anormal de mi amiga se debe a lo que ha ocurrido esta tarde. ¿Qué le habrá hecho ese idiota? —Cris, me estás asustando. Dime de una vez qué ha pasado. —Me ha dicho que le gusto y que quiere volver a verme. —Su voz queda amortiguada por mi ropa y creo que no he oído bien. —¡¿Cómo?! —La cojo de los hombros y la miro incrédula. —Pues eso, que quiere que quedemos otra vez. Quiere que nos veamos este fin de semana en el club. —¡¿Quiere quedar contigo?! ¡¿Otra vez?! —No salgo de mi asombro—. ¡¿Y por eso estás tan alterada?! ¡Pero si eso está genial! Ya te dije yo que lo dejaste entregaito. Le guiño un ojo y ella me mira no muy convencida de que volver a ver a Jon sea una buena idea. Y con esa incertidumbre, lo peor que puede pasar es que mi prima y su pareja aparezcan para unirse a la reunión. Son unas vecinas cotillas. —¿Así que el pollo del otro día quiere volver a follar contigo? —Bonita aclaración la de Antoinette. —Mamá, ¿qué es eso de foll…? —En ese momento, aparece la menos indicada. Todas nos quedamos a verlas venir. —¡Valentina! ¡¿No te he dicho que te vayas a la cama?! —¡Jolines! ¡No puedo nunca enterarme de nada! —Y marcando enfadada sus pasos en el parqué, Valen se marcha refunfuñando. —Tú siempre tan oportuna. —Se gira hacia Antoinette algo molesta—. ¿No sabes que mi hija es una esponja? Además, ¿qué haces escuchando conversaciones ajenas? —Estás hablando en el rellano, es un sitio público. —Claro, y tú con las pedazos de orejas que tienes, que oyes tronar desde Francia. —¡¿Me estás diciendo que tengo las orejas grandes?! —¡No! lo que tienes es la cabeza pequeña. Mi prima y yo no sabemos si meternos en casa y que se apañen entre las dos o intentar calmar el ambiente. Elegimos la segunda opción, aunque todo hay que decirlo, Cris tiene razón; la pobre Antoinette tiene unas orejas… menos mal que lleva el pelo largo y se las tapa. —Vale, chicas —dice Leo, interponiéndose entre las dos temperamentales—. Antoinette, Cris está nerviosa, no la alteres más, por favor.


—Está bien, perdona —le dice acariciándole los antebrazos. Cris la mira desconfiada. Y hace bien—. ¿Me dejas decirte una cosa? —Me la vas a decir de todas formas —añade, encogiéndose de hombros. —Deja de compadecerte de ti misma y haz algo para ser feliz. Sal con ese tío, métetelo hasta el fondo, disfruta de los orgasmos que te proporcione, pero no te enamores de él. Al menos, no todavía. Déjate guiar por él, por ti, y averigua qué queréis. Y si no sale bien, pues a por otro. Antoinette termina su discurso con una sonrisilla complaciente y nosotras tres la miramos como si hubiésemos visto a un extraterrestre. ¿Antoinette hablando con sutileza? No, si ya decía yo que mi prima no se podía haber enamorado solo de la fachada. —A ver, Cris, ¿tú quieres volver a verlo?


7

¿Si quiere volver a verlo? ¡Ya te digo! Lo que le pasó aquella noche es que estaba asustada. Lleva tanto tiempo sin saber que hay mundo detrás de los juguetes de su hija, que no se acuerda de cómo se gestiona ese otro universo. Esa tertulia duró cerca de dos horas en las que Cris se ablandó un poco y nos contó lo que pasó después del «momento», que no fue un aquí te pillo, aquí te mato como tal, sino que se quedaron un rato en la cama intercambiando palabras, conociéndose un poco más. Jon le contó que tenía veintiocho años, la misma edad de Cris, y hacía poco que vivía solo. Había estado tres años con una chica, y ella lo había abandonado por otro. Durante el día, trabaja en un gimnasio, como personal trainer y cuando el sol se oculta, acude al club, su segundo empleo, que le permite vivir un poco más holgado y disfrutar, de vez en cuando, de algún que otro placer. Comentario que, por cierto, se podía haber ahorrado. Y ella, ¿qué le contó? Pues lo primero que salió de su boca fue que tenía una hija. Sí, el cuadro del Grito de Munch da risa comparado con la cara que pusimos las tres. ¿Por qué le soltó eso? Pues pensó que esa sería una forma de espantarlo. No es por su experiencia, pero por lo que sabe gracias a nosotras y a las mamás del cole, echar un polvo es eso, un polvo, y si te he visto no me acuerdo. Pero claro, tener una descarga con un chico guapísimo y que después quiera saber más de ti, es de película de terror. Y allí estaba ella, cagada de miedo ante una nueva cita con el mismo chico. Es como cuando éramos adolescentes, que nos gustaba un compañero de clase y no sabíamos cómo delatarnos. Mira que éramos tontas. Cris está ahora en esa pubertad. ¿Y a qué no adivinas a quién le tocó acompañarla al club? Punto para ti. A una menda. Y aquí me tienes, un sábado por la noche vistiéndome en mi habitación para acompañar a mi amiga a que tenga un buen polvo con su churri. ¡¿Su churri?! Bueno, con Jon. Pero he de reconocer que no es la única que está intranquila esta noche, yo también lo estoy. Vamos a ir al club y no dejo de darle vueltas a lo que pasó en ese sitio con Hugo, como tampoco dejo de pensar en que pueda volver a suceder. Llegar al club y encontrármelo allí, tomar una copa con él, que me susurre que quiere llevarme a un sitio más íntimo… ¿Quiero estar rodeada por sus brazos, sentirlo dentro de mí, que me haga estremecer? He de ser realista y barajar la posibilidad de que esta noche no esté en el local. Llevo


casi toda la semana sin verlo, desde el pequeño incidente del ascensor no he vuelto a saber nada de él, ni me lo he encontrado por los pasillos, y la puerta de su oficina ha estado cerrada. Quizás no ha estado por el edificio estos días. Cuando ya estoy acicalada, con un pantalón negro ajustado, una camisa algo escotada y unos taconazos que van a provocarme esta noche sendos esguinces en los tobillos, paso a buscar a Cris a su casa. —¡Hola! Pasa, ya casi estoy, dame un minuto. Entro en el salón detrás de mi amiga y me encuentro a Valen sentada en el sofá con Leo, a la que le ha tocado hacer de niñera esta noche. Antoinette está trabajando. Por si no te había dicho, su compañera es farmacéutica y le toca guardia en la farmacia en la que desempeña sus funciones. Total, está a la vuelta de la esquina. —¡Mira, tita Sue! ¡Otra vez le he ganado a tita Leo! —grita, mi sobrina, eufórica. Ha vuelto a ganar a ese videojuego, que no tengo ni idea de cómo se llama. —¡Si es que mi niña es la mejor! —Leo me mira sonriendo por encima del respaldo del sofá y me guiña un ojo. Se ha dejado ganar. —Primita, estás espectacular. —Sí, tita, es verdad. Estás muy guapa. —Gracias, chicas —les digo girando sobre mí misma para que me vean. —¿Y a mí? ¿No me decís nada? Cris aparece en el salón con un vestido chulísimo, de color rojo que le llega hasta las rodillas y con un escote en forma de V del que ni tan siquiera yo soy capaz de apartar la vista. —¿De dónde ha salido ese vestido? —Me acerco a ella y la miro impresionada. —Es de mi tienda, ¿a qué es precioso? —Salta Leo. Creo que tampoco te lo he comentado, pero mi prima tiene una tienda de ropa femenina. Y ropa monísima, por cierto. —Cuando te vea Jon, se muere del gustazo, aunque creo que te va a durar poco puesto —le susurro en el oído. Cris sonríe, avergonzada. —Mami, cuando yo sea mayor, quiero ponerme ese vestido. —Valen viene hacia nosotras con un vaso de agua en las manos. —Cuando tú seas mayor, irás tapada con pasamontañas. La pequeña frunce el ceño y bebe un poco de agua, no muy contenta con lo que acaba de decirle su madre. Nosotras nos reímos. —Me ha contado un pajarito, que el otro día estuvisteis cenando con un chico… ay, espera, ¿cómo se llamaba? ¿Rafa? —me tira la pullita Cris, una vez estamos en mi coche dirección al club. —Y ese pajarito, ¿cómo se llama? ¿Valen? —Se la devuelvo. —No me puedo creer que no me lo contaras. Que me haya tenido que enterar por mi hija es muy fuerte.


—Es que tu hija casca que no veas. —Pues también me ha cascado que has quedado con él. —¡Toma! Otro dardo envenenado. —Todavía no hemos quedado. —Y eso, ¿por qué? —No le he llamado —digo bajito mientras giro el volante por la calle del club. —¿No le has llamado? ¿Por qué no? ¿No quieres quedar con él? Consigo aparcar el coche en un descampado que hay casi al final de la calle y nos quedamos unos segundos en silencio. Apoyo los brazos en el volante y cierro los ojos. Suspiro. —¿Qué te pasa, Susana? —pregunta Cris con cariño, y me pasa una mano por la espalda. —Me descoloca que Rafa haya vuelto —comento mirándola apenada—. Puso mi vida patas arriba cuando se fue y ahora ha hecho lo mismo. Desde que supe que volvía, no he dejado de pensar en nosotros, en lo que teníamos, en lo que pudo ser y en lo que puede suceder ahora. Insiste en que quiere hablar conmigo, pero no sé si quiero escuchar lo que tenga que decirme. Tengo miedo de que vuelva a herirme. —¿Todavía le quieres? Miro a Cris con desazón y lo que callo habla más que las palabras que se me quedan agarrotadas en el corazón. Ella lo entiende, quizás incluso mejor que yo, y me da un dulce beso en la mejilla. —No te atormentes, Sue. Queda con él y escúchalo. A partir de ahí, toca que escuches a tu corazón y hagas lo que creas que es mejor para ti. Si por un solo instante piensas que va a volver a hacerte daño, no se lo consientas. Me abrazo a mi amiga dándole las gracias por entenderme. Cris es una tía genial, con la que más confianza tengo de mis amigas, con la que puedo hablar tranquilamente de cualquier cosa y siempre tiene unas palabras sabias que dedicarme. Sabe escuchar, aunque supongo que eso le viene de deformación profesional. Tiene tela que sepa dar discursos a los demás en temas de amoríos y no sea capaz de razonarlos para ella misma. Pero bueno, es algo que nos pasa a todos, siempre somos más objetivos con lo que nos rodea que con nuestro interior. —Venga, vamos al club a divertirnos. Hasta puede que te encuentres con el moreno ese del otro día —añade divertida, a la vez que se separa de mí. —Hugo. Entramos en el local muertas de frío. Antes muerta que sencilla, ¿no? Pues así hemos ido nosotras, luciendo palmito mientras nuestros abrigos descansan felices en el maletero. Qué perra nos ha dado con esto de presumir. Dentro, hay bastante más ambiente que el otro día. Cris localiza enseguida a Jon tras la barra y me coge de la muñeca para que la siga. Cuando estamos frente a él, Jon le sonríe


abiertamente a mi amiga y tomamos asiento en unos taburetes. Nos sirve unos cócteles. El mío, sin alcohol. Pienso en lo mucho que me gustaría que alguien me mirara y me sonriera así. Como por arte de magia, mi mente ha apartado a Rafa y lo ha sustituido por Hugo. Observo la zona y lo busco con la mirada. Tengo la sensación que de un momento a otro va a aparecer a mi lado, susurrándome algo al oído, pero… Pero no aparece a mi lado, sino bajando por las escaleras, agarrado a la cintura de una rubia impresionante. Se paran al llegar a la sala y ella le entrega algo que coge entre sus manos y se lo guarda en el bolsillo trasero de su pantalón. Se despide de él con un beso larguísimo en la mejilla. Esa escena se recrea en mi mente e inmediatamente me imagino lo que ha habido antes de ese beso. Y me pongo tensa, me enfurezco y la rabia y la envidia me recorren la sangre. ¿Y a mí qué cojones me importa con quién se acueste este tío? Cuando la chica que acompaña a Hugo sale por la puerta, él mueve su cabeza hacia la barra dónde estamos y me pilla mirándolo. Una sonrisa maliciosa aparece en sus labios y me giro en mi taburete, muerta de la vergüenza y apuro mi cóctel. —Si bebes de esa manera, terminarás emborrachándote —me dice cuando está a mi lado y me quita la copa de las manos. —Pues como no coja una cogorza con los cubitos de hielo —ironizo. —¿Te has vuelto abstemia? —pregunta riendo. —No, responsable. Hoy vengo de taxista. —Le quito mi copa vacía de las manos—. Jon, ponme otro, por favor. —Claro. Jon y Hugo se saludan con un gesto de cabeza y Cris viene a saludar a este último. Al parecer, ha salido de su trance y se ha dado cuenta de que hay gente a su alrededor. —Hola, Hugo, ¿qué tal estás? —Desde que os he visto, mucho mejor. No esperaba veros por aquí. —Bueno… es que Jon me llamó y le pedí a Susana que viniera conmigo —aclara Cris, sonrojada. —Pues me alegra que hayas venido acompañada. —Y me mira de reojo. En ese instante aparece el susodicho con mi copa y la deja sobre la barra. Él y Cris desaparecen no solo de nuestro lado, sino de la zona del bar y cogidos de la mano, se pierden por el pasillo. Hugo se sienta donde antes estaba mi amiga y sigue con la mirada pegada en mi rostro. Como la vez anterior, se acerca más a mi cuerpo y yo, que empiezo a ponerme nerviosa, me llevo mi brebaje a los labios y de un solo sorbo, lo acabo introduciendo por mi garganta. —Te veo sedienta.


—Y yo a ti te he visto muy bien acompañado. —Rectifica, estoy muy bien acompañado —dice, y me retira un mechón de pelo de la cara—. Estás guapísima esta noche. —¿Quién era la rubia? —le lanzo sin pensarlo. —Mi prima. —Sí, claro, tu prima —me río con desgana. —¿Y el chico del otro día? Con el que chocaste en el vestíbulo de las oficinas. —Mi ex. —Sí, claro, tu ex —me imita. Me mira devorándome con los ojos y hace que me sienta indefensa ante esa mirada, ante sus labios, ante todo su cuerpo. Es tan extraño lo que siento cuando lo tengo cerca. Un escalofrío me recorre de la cabeza a los pies y se acrecienta entre mis piernas. La tentación de tirarme a sus brazos y dejar que me recorra entera con su lengua… ¡¡¿¿He pensado eso??!! Una compañera de barra de Jon, le toca el brazo a Hugo y deja de mirarme a la vez que gruñe. Se gira hacia la chica y ella le susurra algo en el oído. Pone cara de circunstancia y cuando ella acaba su narración, cierra los ojos y aprieta los labios. —Discúlpame, enseguida vuelvo —me comenta mientras se levanta y me acaricia el mentón—. No te vayas. Se aleja hacia la entrada del local y pierdo su presencia. ¿Qué le habrá dicho la chica? ¿Qué tiene que hacer? Pensativa, doy media vuelta en mi asiento y veo la zona de butacas, que empieza a llenarse de gente. Sonrío al recordar lo que vi la vez anterior. Y, de pronto, se apagan las luces y solo queda iluminado el escenario. Y en él, aparece una chica monísima, vestida con un smoking de hombre y se sujeta a una barra vertical que hay en el centro del círculo que acoge el espectáculo. La sugerente música empieza a sonar y con ella el striptease de la bailarina. Se mueve de forma sensual apoyada en la barra, y se va despojando de su ropa a la vez que mueve las caderas al ritmo de las notas musicales. La chaqueta de su traje es lanzada hacia la grada, aterrizando en el rostro de uno de los asistentes que sonríe abiertamente. Vuelve a balancearse otra vez de manera provocadora y suelta los corchetes de los pantalones, que también vuelan hacia un público que deja salir un silbido incitante. Se queda en tanga y con un pequeño top blanco de tirantes cubriendo su pecho. Se tira en el suelo y gatea como animal en celo para luego levantarse con una botella de agua. Con mucha maestría, se acerca hasta un grupo de chicos que están sentados en primera fila y se acomoda entre ellos. Le quita el tapón a la botella y deja que el agua se derrame por su torso. Su camiseta queda empapada, sin dejar vía libre a la imaginación. Los chicos babean y ella, sonriendo, vuelve a su puesto. Allí termina de desnudarse sin complejos y se queda en bolas. El sector masculino aplaude entusiasmado y seguramente algo calentito también. Se cierra el telón.


—¿Dónde está Hugo? Me sobresalto en mi asiento y veo a Cris a mi lado cogida de la mano de Jon, con una cara de satisfacción que jamás había visto. Tiene una sonrisa preciosa. —No lo sé. —Me encojo de hombros—. ¿Podemos irnos? —¿Ya quieres irte? ¿Te pasa algo? —Necesito salir de aquí. Mi amiga asiente y nos despedimos de Jon, una con más efusividad que la otra. Voy a echar mano de mi bolso para pagar nuestras bebidas, pero el muchacho niega con la cabeza. Estamos invitadas. El frío nos vuelve a golpear en el cuerpo sin compasión una vez ponemos un pie en la calle, y Cris se refugia en mí agarrándose a mi brazo. —Voy a hacerte una pregunta tonta, ¿qué tal con Jon? —Pregunta tonta porque con la cara de felicidad que trae… —Este chico me está devolviendo a la vida. —Suspira dulcemente. —O sea, que tienes más sexo ahora que lo conoces que en lo que llevas de vida. —Mismamente. —Y nos da la risa tonta. —¡Susana! Se nos corta de golpe la risa al oír gritar mi nombre. Miramos hacia atrás y vemos a Hugo corriendo hacia nosotras con algo entre manos. Cuando llega a nuestra altura, respira entrecortadamente por la carrera, y puedo ver con mayor claridad lo que porta consigo. —¡Mi bolso! —exclamo. —Te lo has dejado en el local —dice, jadeante. —Ni me había dado cuenta. Gracias. —Voy a coger el bolso de sus manos pero no lo suelta. Es más, tira de él y me arrastra hasta pegarme a su cuerpo. —¿Por qué te has ido así, sin decirme adiós? —murmura mirando mis labios. Me bloqueo. —Yo… Esa es la única palabra que sale de mis labios, y no solo por el bloqueo mental, sino porque Hugo me sujeta con una mano por la cintura y con la otra la nuca, y pega mi boca a la suya. Mi bolso queda sujeto por nuestros cuerpos mientras que nuestras lenguas, que se han encontrado, se enredan en un apasionante beso. Abrazo el cuello de Hugo para acercarlo más a mí y dejo que me destroce la boca con sus caricias. Y otra vez jadea, y yo con él y el beso se vuelve más largo, más caliente, más íntimo. —¿Dónde tienes el coche? —me pregunta con voz ronca. —En…en ese…des…descampado. —Señalo con un gesto de la cabeza. —Vamos, os acompaño.


¡¿Vamos, os acompaño?! Abro desmesuradamente los ojos al escuchar emplear el plural y claro, me había olvidado de mi amiga. Cris me mira con cara de payasa, aguantándose la risa, pero no dice nada y me tiende mi bolso. —Se os ha caído. —Y se troncha caminando hacia el coche. Cuando llego a casa, me meto directa en la ducha así tal como estoy, sin zapatos pero con ropa incluida. Me importa más bien poco que se moje o que me vaya a la cama con el pelo húmedo. Necesito sacarme la tensión que me ha producido ese beso y que no he podido descargar. Me toco los labios con mis dedos y sin querer, avivo el deseo que me ha provocado Hugo. Juego conmigo misma. El sonido de un Whatsapp se entremezcla con las gotas de agua que caen sobre mi cuerpo. Al salir de la ducha, dejo la ropa mojada en ella, y me protejo con el albornoz, cojo mi móvil y abro el mensaje.

«Ha sido una noche para olvidar, pero no lo hago porque en ella estás tú. No he podido disfrutar de ti, pero te prometo que te compensaré. Ojalá pudiera volver a besarte para darte las buenas noches. Hugo».

¿Cómo ha conseguido mi número? Claro, me ha chafardeado el bolso antes de salir a buscarme.


8

No he conseguido dormir nada esta noche. Mi mente ha estado más activa de la cuenta y yo le he hecho caso, me he dejado arrastrar por ella, por la rubia, por Hugo, por el beso. ¿Por qué me ha mentido? Sé de sobras que esa chica no es su prima. ¡Vamos, por favor! ¡Si se ve a la legua! ¿Qué gana con decirme eso? A mí me da igual a quién se la meta, pero lo que no me gusta es que se la haya beneficiado y luego me venga con carantoñas. ¿Qué pasa? ¿Qué no lo ha dejado satisfecho? Pues, nene, lo siento. Yo no soy la de repuesto. Sin embargo, me he dejado besar, he permitido que sus besos abrigaran mi boca y no he hecho nada por detenerlo. No he querido pararlo. He dejado que sucediera sin más. Y lo peor de todo es que me ha gustado que me sujetara con esa posesión y me robara el aliento. El despertador de mi mesita de noche me indica que son las ocho y media de la mañana, y así, mirando los dígitos, consigo adormecerme. —¡Cariño, somos nosotros! ¡Hemos vuelto! Abro los ojos con mucha pesadez al oír esa voz, que reconozco como si la hubiera parido. Mentira, ha sido ella la que me parió. Un día de estos le quito las llaves de mi casa. —Hija, ¿qué haces en la cama todavía? —Mi madre enciende la luz de la habitación y me tapo la cabeza con la almohada. —Susana, ¿te encuentras mal? —Mi padre se sienta a mi lado, en la cama. Noto como se hunde el colchón. —Felipe, apártate. —La cama vuelve a su postura inicial y de inmediato, se vuelve a derrumbar—. Hija, déjame verte. —Mamá, que estoy bien, solo tengo sueño —berreo con la voz acolchada por el cojín. Mi madre aparta el almohadón de mi cabeza y me obliga a mirarla. Me molesta muchísimo la luz, así que le pido a mi padre que la apague, pero, para no quedarnos a oscuras, sube la persiana. No sé si me molesta más esa claridad que proviene de la calle o la artificial de mi lámpara. Mi madre pone sus labios en mi frente para tomarme la temperatura, pero como si no tuviera suficiente con eso, también añade su mano. —Felipe, trae el termómetro que está en el baño.


—¡Mamá, que estoy bien! —¿Y qué haces a las doce metida en la cama? —Gloria, que así es como se llama mi madre, pone los brazos en jarras esperando una respuesta. —Salí anoche con Cris y llegamos a las tantas. Por eso estoy en la cama, tengo sueño. —¿Seguro? ¿No me engañas? —No, mamá, no te engaño. —Me siento en la cama—. Anda, venid aquí y dadme un abrazo. Os he echado de menos. —Y nosotros a ti, cariño. Me abrazan los dos a la vez y me doy cuenta de lo mucho que he necesitado ese abrazo cargado de ternura y de amor verdadero. —¿Cuándo habéis llegado? —les pregunto al separarnos. —Ahora mismo. Hemos dejado las maletas sin deshacer y hemos venido enseguida a verte. —Os podía haber ido a buscar. —Sí, con la cara de sueño que tienes nos hubiéramos matado con el coche. —Cómo eres mamá. —Yo voy a preparar un poco de café para despertarnos a todos —añade mi padre sonriendo. —¿Para eso habéis venido? ¿Para tomar café? —¿Para qué si no? —Y en el marco de la puerta me guiña un ojo. En la cocina, el olor a cafecito inunda el aire. Me explican las ciudades que han visitado en su viaje y me enseñan unas fotos preciosas, unos lugares idílicos para perderse y no regresar nunca a la realidad. Y todo ello, me lo cuentan con una expresión de jolgorio en el rostro que me encanta. Disfruto viéndolos sonreír. Y se lo han pasado tan bien que, tanto ellos como mis tíos, piensan repetir en cuanto puedan. Que sea más pronto que tarde. Esta vez, quieren cruzar el charco y que la costa oeste de EE.UU. los deje sin palabras. —¿Dónde están los tíos? —Han ido a comer con tus primas —me dice mi madre con un tono insinuante a la vez que mueve las pestañas del mismo modo. Quiere comida familiar. La conozco. —Pues me parece muy bien. —Es buena idea esa de que tu hija vaya a comer con sus padres, ¿a que sí, Felipe? Mi padre la mira con cara de circunstancia y luego, con esa misma mirada, me ruega que no le lleve la contraria. En casa, mi madre es la que lleva los pantalones y mi pobre padre es un calz… es mi padre. Qué paciencia tiene con esta mujer. —Vale, mamá, lo capto. Déjame darme una ducha y nos vamos. Llegamos al restaurante al que acostumbramos ir cuando nos reunimos la familia. Está en una zona cercana al mar, y allí ocupamos una mesa con un amplio ventanal desde


donde puede vislumbrarse la playa. El camarero nos entrega la carta y decidimos que vamos a comer una buena paella de marisco. Cuando se aleja, mi madre se levanta y va hacia el baño. —Esta mañana hemos hablado con tu hermano —narra mi padre—. Dice que está muy bien, pero no acabo de creérmelo. Lo he notado triste. —Papá, lleva mucho tiempo fuera, viviendo en un país que no es el suyo, sin sus amigos ni familiares. Es normal que tenga nostalgia. Y aunque se haya aclimatado muy bien allí, nunca es lo mismo. —No sé, hija. Es que yo también lo extraño mucho. —Tomo la mano de mi padre con las mías y le acaricio los nudillos—. Sé que ya sois mayorcitos y tenéis vuestra propia vida, pero qué quieres, sois mis hijos y siempre os voy a querer, siempre me voy a preocupar por vosotros. —Lo sé, lo sabemos papá. —Se me empañan los ojos de lágrimas—. ¿Te ha dicho si va a volver pronto? —Espera que sí. La sonrisa tristona de mi padre me hace pensar lo complicado que tiene que ser eso de ser padre, siempre pendiente de que tus hijos estén bien, que sean felices. Y estás en ese papel hasta el día en que mueres. —Gloria, cariño, ¿qué te pasa? —Mi madre ha vuelto del baño con la cara desencajada. —¡Dios mío! —exclama, sentándose de golpe en la silla—. He visto a Rafa en una mesa del fondo. —¡¿Rafa?! Te habrás confundido cielo. Él está en Seattle. —Sé lo que he visto —lo increpa mi madre—. Además, estaba con una chica. Yo no digo nada y bajo la cabeza, pero siento cómo los ojos de mis padres se clavan en mi cogote. ¿Qué hace Rafa aquí? ¿Y con una chica? ¿Quién debe ser? —¿Tienes algo que contarnos, Susana? —pregunta, mi padre, intrigado. —Rafa ha vuelto y está trabajando conmigo —digo sin derrapar, pero con la vista fija en mis manos. No me atrevo ni a mirarlos. —¿Y cuándo pensabas decírnoslo? —Habéis estado de viaje y tampoco es algo importante. —¡¿Qué no es importante?! —Ahora la que exclama alucinada es mi madre—. ¿El asqueroso de tu ex regresa de su aventura americana, y tú nos dices que no tiene importancia? —Gloria, no hables así de él. —Pues es lo más suave que se me ocurre llamarle. —Mi madre, enfadada, deja la servilleta sobre la mesa—. ¿Qué le ha pasado? ¿Le han echado del país por estúpido? ¿Por qué ha vuelto? —No lo sé. —Me encojo de hombros.


—Y la chica con la que está, ¿quién es? —¡Joder, qué agobio con tanta pregunta! —No lo sé, mamá, ni siquiera la he visto. —Pues espero que sea su nueva novia y que a ti te deje en paz. Bastante daño te ha hecho ya. Ahora, que se ría de otra. Como has podido comprobar, a mi madre no le cae nada bien Rafa. Lo cierto es que cuando estábamos juntos, a ella se le caía la baba con él, pero cuando se fue, a mi madre no le sentó bien que antepusiera su carrera a su pareja. Tenía un buen trabajo aquí, pero quiso más, quiso prosperar. No me propuso que me fuera con él, ya que yo ni siquiera le permití que me lo insinuara. Yo misma fui la que lo animó a que se fuera, a que no perdiera esa oportunidad y todo eso a mi madre le dolió. Le expliqué mil veces que era lo mejor para Rafa y que sería egoísta negarle que se marchase, que prefería perderlo de ese modo a tener que escuchar que me echase en cara que por mi culpa perdió un tren muy valioso. Pero mi madre no lo entendió en su día y sigue sin hacerlo. Dice que si me hubiera querido de verdad, no se habría alejado de mí. A veces pienso que tiene razón. Antes de irnos del restaurante, me dirijo al baño, tengo pis y una curiosidad más grande que las ganas de mear por ver a la chica que acompaña a Rafa. Están sentados en una mesa que hay junto al pasillo, y paso por su lado sin que ninguno de los dos se percate de mi presencia. Puedo verlos a ambos. Y me quedo más tiesa que la mojama al descubrir que esa mujer es rubia. Es la rubia. La del club. La que acompañaba a Hugo. Su prima.

****

Esta semana, Eva no ha venido a trabajar. Y me preocupa. El lunes, cuando llegué a la oficina y no la vi, no le di importancia, pero a medida que avanzaba la mañana y ella seguía sin aparecer, le pregunté a Josemi. Me dijo que estaba resfriada, con fiebre y que se había quedado en la cama. Me quedé algo más tranquila y seguí con mi faena. El martes tampoco vino. Ni el miércoles ni el jueves. Esos días tampoco apareció mi jefe, así que pensé en que le había pegado el constipado. La llamé todos los días y en ninguna ocasión me cogió el teléfono. Ni Whatsapp ni nada. Mi alerta se acrecentó cuando el viernes Josemi entró en su despacho más fresco que una lechuga, así que con ese aspecto, descarté que hubiese enfermado. Volví a preguntarle por su mujer, y me dijo que seguía pachucha. Y hoy, sábado noche, sigo sin tener noticias de Eva. —Como sigas batiendo así los huevos, en vez de servir para tortilla lo utilizaremos para merengue —me dice mi prima, sonriendo. —¡Oh! Lo siento, estaba despistada. Dejo el cuenco de los huevos en la mesa de la cocina y me limpio las manos en el paño. La intranquilidad se refleja en mi rostro, y no pasa desapercibida por los tres pares de ojos que me escrutan en silencio.


—¿Qué pasa por esa cabecita loca tuya? —pregunta Antoinette mordisqueando una fresa en plan provocador —. ¿Todavía no sabes si el pene de tu ex sabe igual que antes? —¡Por Dios, Antoinette, siempre estás con lo mismo! —Nos reímos—. No, no es eso. Me preocupa Eva. No es normal que lleve tantos días enferma por un simple resfriado. Aquí hay algo más. —¿Cómo qué? —Esta vez es Cris la que muestra interés por saber algo más. —Creo que Josemi no quiere decirme lo que realmente pasa. Y eso no me huele nada bien. —¿Piensas que igual la ha matado, la ha descuartizado y enterrado en bolsas de basura que ha depositado por el bosque? —¡Joder, Antoinette, no digas eso ni en broma! —La regaño enfadada. A veces tiene unas cosas. —Vale, perdona, me he pasado —me dice, abrazándome por los hombros—. No te preocupes más de la cuenta, primita. Seguro que no es para tanto. —Me parece todo muy raro. —Puedes pasarte por su casa y preguntarle a ella misma qué le ocurre. —Quizás lo haga. —Me quedo pensativa en esa opción. —Bueno, dejemos de hacer de detectives y vamos al grano. ¿Qué nos teníais que contar? —interroga Cris a mis primas. —Durante la cena os lo contamos. —Leo mira a su pareja con complicidad—. Cielo, deja de comer fresas que son para la ensalada. Antoinette chasquea la lengua contra el paladar y tira el rabillo de lo que había sido un fresón al cubo de la basura. Luego, le da un profundo beso a su novia, beso que seguro que sabe a fruta, delante de nosotras. Cris y yo hacemos una mueca de asco y les tiramos unos gajos de patatas que han cortado para hacer una tortilla española. —¡Eh! ¡Que nos hemos pasado media hora pelando las patatas! Nos ponemos manos a la obra para preparar la cena; una ensalada de frutas y frutos secos y una tortilla typical spanish. Nos sentamos alrededor de la mesa rectangular que viste la cocina de mis primas. —Cris, esta tortilla te ha quedado de muerte. —Alabo la buena mano de mi amiga con la boca llena de su exquisito plato. —¡Está riquísima! —afirma Leo. —A Valentina le encanta, pero como ha querido quedarse en casa de tus padres —me dice a mí—, pues ella se lo pierde. —Seguro que ellos la estarán malcriando, con lo que les gusta estar con ella. Es como la nieta que no tienen —digo, metiéndome un trozo de tortilla en la boca. —Pues ya podrías darles algún nieto, que con los pretendientes que tienes, seguro que te salen guapísimos.


—¡¿Pretendientes?! —pregunta Antoinette, casi atragantándose con la cena. Mi prima le da unos golpecitos en la espalda. —Sí, tiene a Rafa y a Hugo esperando en la puerta. —Lo de Rafa lo sabíamos, pero ¿Hugo? —Leo me mira con las cejas enarcadas—. ¿Qué no nos has contado? —El chaval, que pierde el culo por ella cada vez que va al club. —Se anticipa mi amiga. —Eso no es cierto Cris, y lo sabes. —Claro, como tampoco es cierto que te pusiste de mal humor con lo de la rubia y casi tuvimos que salir corriendo de allí. —¡¿La rubia?! —Mis primas se miran incrédulas—. Haz el favor de explicarnos con pelos y señales que es eso de la rubia. Pongo los ojos en blanco y sacudo la cabeza negando el comentario. Me levanto, dejo mi plato vacío en el fregadero y narro mis encuentros fortuitos con semejante mujer. —Así que esa es la breve historia de esa chica; la he visto con ambos y en actitud un tanto cariñosa. —Si es la prima de Hugo, es normal que se muestre en esa pose —añade Leo. Cris también comparte su opinión, no así Antoinette, que sonríe con malicia. —Pero ¿es que estáis tontas? Esa chica no es su prima. Estoy segura de que es una clienta del club a la que se cepilló esa noche. Y no sería la primera vez. —A medida que voy hablando, me doy cuenta de que lo hago con un tono de reproche que no pasa desapercibido para ninguna de nosotras. —Si eso es así, tal y como lo cuentas, ¿qué es lo que te molesta? ¿Qué se haya acostado con ella o que no lo hiciera contigo? —Antoinette, irónica como siempre. —Explícanos una cosa —interviene ahora Cris—. Tenemos a una chica que, según tú, se ha acostado con ellos, con Hugo y con Rafa. —Asiento con la cabeza a la vez que Cris muestra dos dedos para enumerarlos—. ¿Qué es peor? ¿Qué te da mayor dolor de cabeza; que esa chica se haya beneficiado a tu ex o a Hugo? —Me da igual con quien se acuesten. Lo digo con el mismo tono de reproche de antes, pero ahora siento que también hay enfado y algo más que no acierto a adivinar. Los tres pares de ojos me escrutan con la intención de adivinar el motivo de mi enojo. Ni yo misma lo sé. Ambos son libres de hacer lo que quieran, no necesitan darme explicaciones, pero ¿por qué me siento así? ¿Me da rabia que mi ex, después de dejarme, haya rehecho su vida con otra persona? ¿Y Hugo? Con él apenas he tenido un buen revolcón y unos besos de escándalo. ¿Y me gustaría algo más? Debo de haber consumido demasiada vitamina G. De gilipollas. Así es como estoy. En ese preciso instante recibo un mensaje. El susodicho. O sea, Hugo. —¿Ese ruido es de un mensaje? —pregunta Cris. Asiento con la cabeza—. ¿No será de


tus padres? —No, tranquila, es de Hugo. —Ups, he hablado más de la cuenta. —¡¿Qué dice, qué dice?! —hablan todas a coro y se arremolinan a mi alrededor para ver la pantalla de mi móvil. «¿Hoy no te pasas por el local? Me encantaría poder pasar la noche entera besándote. Como siempre».

¡¿Como siempre?! ¡Uf! Ya me habría gustado a mí y más después de probar sus besos. Se me pone una sonrisa tontorrona en los labios. ¿Por qué besará tan bien? Irremediablemente, pienso en la caricia del otro día, la que me robó en la calle, después de salir del club… Ves, me acabo de olvidar de Rafa y de la rubia. Ahora solo Hugo. —¡¡¡Uuuaaauuu!!! ¡¡Ese pierde más que el culo por tus huesos!! —Chicas, no seáis exageradas. —¡¿Exageradas! ¡¿Has leído bien el mensaje?! «Pasarme toda la noche besándote…» —argumenta Cris con un gesto teatral. —Además —interviene Leo—, si un tío ya se ha acostado contigo y no quiere saber más de ti, no te envía mensajitos, ¿no? No sé, vosotras sabréis, que sois las entendidas en hombres. —Eso suele ser así Leo, pero me temo que no es el caso. —Cris me guiña un ojo—. Creo que este ladrón quiere volver a entrar en la cueva de Alí Babá. Bonita metáfora que ha hecho Cris de mi aparato reproductor femenino. —Os voy a decir una cosa, alcahuetas una, dos y tres —digo señalándolas con el índice —, dejad de estresarme con el temita de los hombres. Mi historia con Rafa terminó hace tiempo y con Hugo solo he tenido sexo, así que la cosa termina aquí. ¿Os queda claro? ¿Y a mí? —Está bien, si quieres que pensemos que no te apetece tener nada con ninguno de ellos, por nosotras perfecto —dice Antoinette, abrazándose a uno de mis brazos—, pero podrías montártelo con los dos ¡Hacer un trío! Antoinette sonríe cómo la pícara que es y yo resoplo antes de coger mi copa y beberme el culillo de vino que ha quedado en ella. Leo y Cris ríen. No voy a entrar a comentar lo que me parece la ocurrencia de mi prima… Mejor cambio de tema. —Bueno, parejita, ¿qué es eso que nos queríais comentar?


9

—¡¡¿¿Qué os casáis??!! Cris y yo nos miramos con los ojos como platos y sonreímos abiertamente. Comenzamos a dar saltitos como dos tontas y nos acercamos a mis primas y las abrazamos efusivamente. Ellas se dejan hacer y pegan brincos con nosotras. Qué alegría, en un momento. Me están entrando hasta ganas de llorar, y de hecho, una lagrimilla se me escapa, pero me apresuro a retirarla. Me alegro tanto por ellas. Que hayan decidido dar este paso es algo fantástico, y ya iba siendo hora de que se decidieran y de que pudieran hacerlo. Y me juego el cuello a que quien ha convencido a quien ha sido mi prima Leo a su pareja. —¿Y para cuándo el gran día? —pregunto emocionada. —Pues lo cierto es que todavía no tenemos fecha. De momento, solo hemos decidido a hacerlo. —Vaya, yo pensaba que teníamos bodorrio a la vista. —Y yo ya me había hecho a la idea de desmelenarme en la despedida de soltera — lloriquea Cris. —Chicas, os prometo que habrá despedida de soltera. Cris y yo nos abrazamos contentas, pero de pronto, nos separamos y nos miramos con expresión dubitativa. Tenemos que hacer la pregunta. —¿Y qué traemos? ¿A un boy o a una stripper? Pregunta importantísima. Extremadamente vital. Absolutamente crucial. Y jodidamente cara, pues mis primas nos han dado rienda suelta a que contratemos a un chico y a una chica. Despedida para heteros y lesbianas. El kit completo. Pero bueno, un día es un día y vamos a pasárnoslo bien. Una no se casa todos los días, ¿o sí? La cuestión es que del tema despedida nos vamos a encargar Cris y yo. Vamos, que nos hemos propuesto voluntarias unánimes para tan ardua tarea… calentita tarea, más bien. ¡Qué bien que nos lo vamos a pasar! Así que con esa alegría en el cuerpo, damos por finalizada nuestra cena. Cena que hemos empezado hablando de mi compañera Eva y la hemos acabado hablando de hombres.


Si es que todos los caminos conducen a los penes. Cuando abro la puerta de casa de mis primas, después de haberme despedido de ellas, y enfoco mi visión en el descansillo, doy un paso hacia atrás y me tropiezo con ellas, cerrando la puerta de un portazo. —¡Susana, que me has pisado! —se queja, Leo, tocándose el pie, dolorida. —¡¿Qué cojones haces?! —Ahí fuera… ahí fuera… —digo señalando con el dedo la puerta. —Ahí fuera, ¿qué? —pregunta, Cris, desconcertada. Las tres me miran esperando a que me explique, pero no me salen las palabras. En ese punto, la más lanzada de las tres, que es Antoinette, se adelanta unos pasos y abre la puerta. Y cuando lo hace, se vuelve a mirarme con una sonrisa contenida. Señala con la cabeza hacia el exterior. —Vaya, creo que alguien te espera. —Pero ¿qué hace aquí? —Si no sales, no lo sabrás. —Me guiña un ojo—. Pero imagínatelo. —¿Quién hay ahí afuera? —preguntan, impacientes, Cris y Leo. —Rafa. —¡¿Rafa?! —Las tres se miran, me miran y se carcajean. —No tiene ni puta gracia —añado nerviosa, pero a ellas les hace más gracia. —Anda, mojigata, sal ahí y demuéstrale quién eres. Y me empujan hasta que quedo frente a mi ex. Escucho el ruido de la puerta al cerrarse a mi espalda y con un nudo en la garganta, me giro de nuevo y lo miro a los ojos. Sus preciosos ojos verdes. Joder, joder y joder. —Hola, Rafa, ¿qué haces aquí? —Hola, Susana —me dice acercándose a mí. Yo me quedo parada y dejo que me bese en la mejilla. —¿Qué haces aquí? —le vuelvo a preguntar. —Quería verte, y como no hay manera de que me llames para que cenemos juntos… —Yo ya he cenado —lo corto. —Yo también. —Me sonríe—. Así que nos saltamos esa parte y hablamos. ¿Me invitas a tu casa? Asiento con la cabeza como una tonta e introduzco la mano en el bolsillo para sacar las llaves. Es increíble, pero atino a la primera cuando meto la llave en la cerradura. Entramos y Rafa se queda mirando a su alrededor. —Está todo tal y como lo recordaba. No has cambiado nada. —No tengo por qué cambiar nada. Me gusta como está. —Me acaricio el pelo nerviosa


—. ¿Quieres tomar algo? Voy a la cocina a por una cerveza para Rafa y una tinaja de valeriana para mí. Apoyo la frente en la nevera y cierro los ojos. Tengo que tranquilizarme y pensar. Voy a serenarme, no puedo dejar que me vea alterada. Me digo a mí misma que solo ha venido a hablar pero, a hablar, ¿de qué? Eso es lo que me preocupa, no saber, y tanta insistencia por su parte me da qué pensar. ¿Viene a decirme que está saliendo con esa chica rubia? Somos amigos, lo nuestro pasó y ya no queda nada de nosotros. ¡Ja! No le quedará a él porque lo que es a mí… No puedo engañarme. Todavía siento algo. Sigo enamorada de él. Y si me dice que está enamorado de esa chica, pues fingiré alegrarme. —¿Estás bien? Doy un gritito al ver a Rafa recostado en el marco de la puerta, con las manos metidas en los bolsillos y los tobillos cruzados. Cojo su cerveza y la pongo sobre la mesa, frente a él. Me siento en una de las sillas y entrelazo mis dedos. Rafa se sienta al otro lado de la mesa y no deja de observarme. —Supongo que tienes muchas preguntas que hacerme. —Unas cuantas. —Y una de ellas es el motivo de mi regreso, ¿me equivoco? —Por ejemplo. —Vaya, estás parca en palabras. —Vuelve a sonreír—. Supongo que te debo una explicación. —No me debes nada, Rafa, pero me gustaría saber qué haces aquí. Suspira. Tira de la anilla de la lata. Bebe un poco y veo como el líquido baja por su garganta. Vuelve a dejar la lata encima de la mesa. Todo eso lo hace sin apartar la vista de mi rostro. Me pone de los nervios su mirada y su silencio. Lo conozco bien y sé que lo que va a ocurrir no va a ser bueno. No para mí. —No sé por dónde empezar. —Rafa se revuelve el pelo rubio, intranquilo. Me mira con pesar—. No quiero que me odies por lo que voy a decirte. Pongo cara de espanto, pero no digo nada. Dejo que continúe. —¿Recuerdas cuando te dije que el jefe de la unidad de medicina me propuso para el puesto de Seattle? —Asiento con la cabeza—. Pues no fue así. Yo me ofrecí para ese puesto. —¡¿Cómo?! —pregunto, quedándome con la boca abierta. —Escuché rumores sobre esa vacante y hablé con Nicolás. Le dije que me encantaría trabajar con el equipo del doctor Williams, que era una oportunidad extraordinaria poder estar con el mejor en su campo. —Otra vez me mira con esa culpa en sus ojos—. Pero no quise irme solo por eso. —¿Qué más hay? —Necesitaba salir de aquí. Necesitaba un cambio en mi vida.


—¿Un cambio en tu vida? —Me dejo caer muerta en la silla cuando entiendo lo que significa—. Ese cambio también me incluía a mí, ¿verdad? —Sí. Me levanto de mala gana y sujeto el borde de la encimera con fuerza hasta que los nudillos se me quedan blancos de la presión. He estado todo este tiempo engañada pensando que se había ido para mejorar en su carrera y lo que quería era alejarse de mí. ¡Maldito hijo de puta! Escucho como las patas de una silla se arrastran por el suelo y unos pasos que se detienen a mi espalda. Sus manos me acarician los brazos. —No me toques. —Susana… —¡A la mierda Susana! —le grito encolerizada y con los ojos húmedos—. ¿No era eso lo que querías? ¡Pues ya lo has conseguido! Todo este año pensando que te ibas porque era algo bueno para ti, para tu carrera, y lo único que querías era deshacerte de mí, como si fuese algo que te molestara, algo con lo que ya no sabes qué hacer y lo dejas tirado en la cuneta. —Eso no es así, Susana, déjame… —¡Ahora lo entiendo! —lo corto—, ahora sé por qué hablábamos casi a diario. Te sentías culpable, culpable por ser un bicho miserable que no tiene los cojones suficientes para dejarme y se inventa cualquier excusa antes que ser un hombre de verdad. Rafa sigue parado delante de mí, refregándose las manos por el rostro, nervioso, asustado y sin saber qué hacer. Yo agacho la cabeza para no mirarle y para que no se dé cuenta de que las lágrimas empiezan a vencer. Pero un sollozo escapa de mi garganta sin que lo pueda controlar. —No, no llores, por favor. —¿Por qué no me lo dijiste? —Levanto la cara y pongo mi mano en su pecho para impedir que se acerque más. Noto como su corazón late deprisa—. ¿Qué fue lo que hice para que quisieras alejarte de mí? Rafa atrapa mi mano con la suya y besa mis dedos. La deja caer a mi lado y recoge las lágrimas con sus índices. Intenta abrazarme y no sé por qué le dejo hacerlo. Me cobijo en su pecho, esperando a que el llanto cese mientras que él me besa en el pelo una y otra vez y me susurra que deje de llorar. Mis extremidades le rodean el torso como antaño. Y allí regreso, a nuestros días juntos, a nuestra vida en común. A mi mentira. El enfado que he sentido antes se ha convertido en desazón. En dolor. —Me enamoré de ti en el mismo momento en que te vi entrar en el restaurante con aquel vestido rojo, ¿te acuerdas? Nuestra primera cita —narra con sus labios pegados a mi frente. Me deja en ella un beso—. Desde ese día, no pude dejar de pensar en ti, en que quería estar contigo, en que lo quería todo contigo. —¿Qué pasó para que dejaras de quererlo? —La voz me sale trémula. Lo miro a los ojos, quiero que sea sincero. Lo necesito. —Lo que pasó fue —suspira—, que fui un cobarde, como tú has dicho. Me vi en una


relación maravillosa contigo que me asustó. Me asustó lo que sentía, lo intenso que era todo entre nosotros, lo vulnerable que era estando contigo. ¡¿Intenso?! ¡¿Que era vulnerable?! Sí, es cierto que nuestra relación era, cómo decirlo… fuerte, pero era así porque ambos lo éramos, los dos la hicimos así, pero parece que aquellos sentimientos pudieron con nosotros. ¿El amor se puede volver en su propia contra? Me separo de Rafa y me paseo por la cocina. Vuelvo a estar furiosa y me rasco la cabellera con rabia. Veo su lata de cerveza, y sin importarme si está llena o no, la tiro contra el fregadero, salpicando todo a su paso, incluida nuestra ropa. Me importa un pimiento todo, aunque luego me va a tocar limpiar. Me planto delante de él y lo miro conteniendo las ganas que tengo de abofetearlo. —Podrías habérmelo contado, haberme explicado cómo te sentías. ¡Joder, Rafa, éramos una pareja! Las parejas hablan, intentan solucionar sus problemas. ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué no hablaste conmigo en vez de huir? Rafa apoya su culo en la mesa y cierra los ojos. Coge aire y clava su mirada en mí. —Los últimos meses que estuvimos juntos me sobrepasaron, y lo de Seattle me vino de perlas para poder respirar. Cogí el camino fácil y, al final, resultó ser mucho más difícil de lo que imaginé. —¿Difícil para ti? No me hagas reír, Rafa, por favor —le digo irónica—. Fui yo la que me quedé aquí, destrozada, hecha una mierda mientras que tú te librabas de mí. Menudo peso te quitaste de encima. —No digas eso, Susana —dice como cansado—. Cuando subí al avión, supe que mi destino no era ese, sino estar contigo. Enseguida me di cuenta de que la había cagado, pero no podía deshacer mis pasos. No sabes cuánto te he echado de menos. —Se incorpora y me acorrala contra la nevera. Me aparta unos mechones del rostro—. Sé que te he hecho daño y jamás voy a poder perdonármelo. Pero he vuelto. Y lo he hecho por ti. —Rafa no… Y ese no es lo último que digo antes de que me bese. Entreabro los labios y dejo que los suyos me rocen suavemente mientras que los recuerdos vuelven a avasallarme. Rafa me acerca a él, rodeándome con sus brazos, y yo paso los míos alrededor de su cuello. Me aferro a él con fuerza a la vez que el beso va dejándonos sin aire. Cuando nos separamos, llenamos nuestros pulmones de oxígeno, pero Rafa no despega los labios de mi cuerpo; ahora los desliza por mi garganta, por mi escote, y cuando me quita el jersey, los hunde entre mis pechos, provocando que ambos jadeemos. Se deshace del sujetador y me mordisquea los pezones con pasión. Gimo descontrolada. —Rafa… Vuelve a taparme la boca con un beso desenfrenado, desesperado y me coge en volandas por las nalgas y me lleva a mi habitación. Me tumba en la cama con cuidado mientras se despoja de su ropa, dejando a la vista una tremenda erección. Me muerdo el labio inferior con deseo. Rafa gatea por encima de mi cuerpo y se coloca a mi altura, para


bañar mi piel con sus caricias hasta que llega a la cintura de mi pantalón. Los baja junto con mi braguitas y los tira al suelo. Se abalanza entre mis piernas y juguetea con mi sexo. Gimo al notar como su lengua roza mi clítoris sin piedad, como uno y otro más de sus dedos se introducen dentro de mí provocándome oleadas de placer. Le tiro del pelo para contener mis sacudidas preorgásmicas, pero esto está tomando una única dirección y él no está dispuesto a parar. Y yo, mucho menos. Así que cuando un calor sofocante se apodera de mí, me dejo arrastrar por las llamas. Con los labios empapados por mi deseo, Rafa viene a devorarme la boca con posesión. Alarga su brazo hasta alcanzar su pantalón, y de uno de los bolsillos saca un preservativo, que se coloca con urgencia. Me quedo mirando ese gesto desconcertada. Y ¿por qué? te preguntarás. Pues porque en todo el tiempo que estuvimos juntos, nunca lo hicimos así. Pero ahora, ese preservativo me ha descolocado. Rafa me penetra de una sola vez, jadea en mi oreja y dejo que entre y salga de mí a su antojo, pero yo no siento nada. Ahora lo sé. Ahora lo entiendo. Ese condón me demuestra que ha tenido a alguien en Seattle, que se ha acostado con la rubia del restaurante. Que aunque haya vuelto, nada va a ser igual que antes. Que todo se acabó. Que nunca habrá un Rafa y una Susana. Cierro los ojos y consigo evitar derramar más lágrimas. ¿Qué narices estoy haciendo? Al cabo de unos minutos, mi compañero de cama emite un grito ronco cuando se corre. Se tumba a mi lado para recuperar la respiración y yo aprovecho para girarme en la cama, dándole la espalda. No puedo retener más el agua de mis ojos. —Susana, ¿estás bien? —Me acaricia el hombro. —Márchate, por favor. —¿Por qué? ¿Qué ocurre? —Me da la vuelta y me mira alarmado al verme llorar—. Cariño, que… —Vete. —No, no me voy a ir hasta que me digas qué ocurre. ¿Te he hecho daño? —Quiero estar sola, Rafa. Por favor, márchate. —Me levanto de la cama dejando a un Rafa confundido en ella. Pero me sigue. —Háblame, Susana —me pide agarrándome de un brazo. Lo aparto de un empujón. —¡¿Igual que lo hiciste tú?! —lo reprendo enfurecida, con lágrimas en mis mejillas—. ¿Por qué me haces esto? Yo te quería ¡maldita sea! ¡Todavía te quiero! ¡Y vienes aquí, diciéndome que soy una puta carga para ti y luego me follas! ¡¿Quién coño te has creído que soy?! —Susana, cálmate y… —¡No quiero calmarme! ¡Lo que quiero es que salgas de mi casa! —digo con tono autoritario mientras me seco el rostro. Veo como Rafa me mira compungido y a medida que recoge su ropa del suelo, se la pone y en silencio, se marcha.


Me dejo caer en la cama, bañada por un mar de lágrimas.

****

El fin de semana ha sido un desastre. El peor de mi vida. Una puta mierda. Y me lo he pasado llorando, arrastrándome por mi piso, de la cama al sofá y del sofá a la cama. ¿Cómo se puede estropear tanto la vida en cuestión de segundos? Bueno, la mía no es que fuera un jardín sin espinas, pero estaba recuperándome, superándolo. Intentándolo. Y ahora, ha vuelto a hundirme. Jamás me había sentido tan humillada, tan insignificante. ¿Quién ha hecho que me sienta así? El único hombre al que he querido con locura. Y como suele ocurrir en estos casos, la persona a la que dejan es la última en enterarse de los verdaderos motivos de la ruptura. Creí que me quería, y nunca me pude imaginar que fuese algo con lo que tuviera que acarrear. Un lastre, un estorbo. ¿Querer a alguien es un esfuerzo? Al parecer, para él sí. Me ahogo solo de pensarlo y así he estado todos estos días, pensando, comiéndome la cabeza, montándome historias que no sé si son reales o no, si hice algo o si no hacerlo fue el error. Me siento vacía. Rota. Ojalá pudiera quedarme encerrada en casa el resto de mi vida, no me apetece saber nada del mundo, pero no puedo hacerlo; tengo que comer y pagar facturas, así que no me queda más remedio que ir a trabajar. Además, ya he llorado demasiado por un tipejo que no se merece nada de mí. Abro el armario, y como dicen que el color de la ropa que llevas refleja cómo te sientes, saco del cajón un jersey oscuro y descuelgo unos pantalones tejanos negros. Cuando me visto y me miro en el espejo del baño, me viene a la mente la canción de Juanes… «tengo la camisa negra y debajo tengo al difunto». Me tapo el rostro y me niego a llorar más. —Hola, tita Sue —me saluda una vocecilla cantarina, en el rellano. —Buenos días, princesa. —Me vuelvo hacia ella y me inclino para darle un beso. —Susana, ¿estás bien? —Cris me mira preocupada cuando ve mi rostro cansado. —Tienes cara de sueño. —No he dormido muy bien esta noche —aclaro, sin mucho convencimiento. —Si quieres, te dejo mi oso Tomy para que puedas dormir. Le sonrío dulcemente y esa es la primera sonrisa que aparece en mis labios desde hace días. Y tenía que ser ella la que me la arrancara. Cómo la quiero. —No, Valentina, que luego no podrás soñar. Le pellizco el moflete para después darle un beso en esa carita blanca y tan preciosa que tiene. Cuando me despido de Cris, ella me pone una mano en el hombro y me detiene. —¿Qué te pasa? Y no me digas que nada.


—Cuando tenga fuerzas te lo explico —le digo, con tristeza en mi mirada. Ella arquea las cejas, pero me deja ir sin preguntar nada más. —Mami, la tita me ha llamado Valentina. Al llegar a la oficina, me encuentro con que está desierta, no se oye nada, y eso me mosquea, pues significa que Eva todavía no se ha reincorporado al trabajo. Miro a mi alrededor y veo que la puerta del despacho de Josemi está cerrada, cosa que me hace entender que está dentro. Y me da igual con quién esté ahí encerrado, pienso ir a preguntarle dónde narices está su mujer. Y con la mala hostia que llevo, te aseguro que va a decírmelo. Pero, de pronto, me paro. Vuelvo a hacer un recorrido visual por la oficina. He visto algo que me ha sorprendido, algo que no es más que el ordenador de mi compañera encendido. Y como no la veo por ningún lado, corro hacia el despacho de mi jefe, segurísima de que están los dos allí. Pero, cuando voy a girar el pomo, me detengo. ¿Estarán desfogándose encima de la mesa? Lo cierto es que como de sitios peores he salido, me aventuro a lo desconocido. Y lo que veo al abrir la puerta no es precisamente lo que me esperaba. No hay calor, ni prendas de ropa desperdigadas por el suelo. No hay sexo. Lo que capto es un ambiente hostil, tenso. Y me da un mal rollo… —¡Eva! —digo, y me voy hacia ella para besarla cariñosamente. —Hola, Susana —saluda, escueta. —¿Qué pasa aquí? —pregunto, preocupada, mirando a ambos. —Susana, ¿te importaría dejarnos a solas? No hemos terminado. La voz firme de mi jefe me alerta de que hay algo que no anda bien y mirando con ansia a Eva, que me hace un mohín, salgo del despacho. Me vuelvo a mi silla con la mosca detrás de la oreja y espero impaciente, ordenando una y otra vez los papeles que tengo en las bandejas de plástico, a que alguien me explique lo que está pasando. Al cabo de unos minutos, oigo los tacones de mi amiga repiquetear en el suelo. —Susana. —Se acerca a mí con melancolía. —Eva, ¿qué está ocurriendo? Te he llamado mil veces. Estaba preocupada por ti. —Luego tomamos un café y te pongo al día —me dice y me da un beso en el carrillo—. Y a ti, ¿qué te pasa? ¿Por qué tienes esa cara? ¿Y por qué vas vestida de negro? —Susana, ¿puedes venir un momento a mi despacho? Tenemos que hablar.


10

Tenemos que hablar. Esa frase, ya te la diga tu novio, marido, amante, amigo, madre o jefe, no augura nada bueno. El contexto siempre es el mismo; y es que vas a salir perjudicada. A ver, piensa, Susana, ¿en qué la has cagado? Solo tienes cinco segundos para pensar antes de entrar en el despacho de tu jefe y ganarte la bronca del siglo. ¡Joder, joder y joder! ¡No lo sé! —No has hecho nada malo, Susana, solo quiero ponerte al día de algunos cambios en la empresa. ¡Uf, menos mal! Ya me veía pidiendo cita por internet para tramitar el paro. Espera… ¿ha dicho cambios? ¿Nos mudamos otra vez? —¿Más cambios en la empresa? —digo, interesándome por el tema. —Sí, ven, siéntate. —Me indica la silla en la que antes ha estado sentada su mujer—. Quiero contarte algo. Lo miro de reojo y me pone nerviosa su actitud. Con los codos apoyados en sus muslos, oculta su rostro entre sus manos y se toca el pelo con preocupación. Levanta la cara y me mira apesadumbrado. —Josemi, sea lo que sea puedes contármelo. Eres más que mi jefe, somos amigos y siempre hemos estado para el otro. —Por eso se me hace tan difícil decirte esto. —Me acaricia el mentón con una minúscula sonrisa en los labios—. ¿Sin paños calientes? —¡Por Dios, Josemi! ¡Claro! Sin paños calientes. —Está bien. —Suspira—. He vendido la empresa. ¡¡¿¿He oído bien??!! —¿Cómo que has vendido la empresa? —pregunto, a la vez que enarco las cejas—. ¿Qué va a pasar conmigo? ¿Con Eva? ¿Con todos? —No te preocupes por eso. He vendido con la condición de que todos vosotros sigáis en plantilla y con las mismas condiciones laborales, siempre que estéis dispuestos, claro.


—Por supuesto que quiero seguir, pero ¿qué es lo que ha pasado? ¿Por qué has vendido? —Todo ha cambiado mucho en estos últimos meses, han sucedido cosas que se me han ido de las manos. Cosas que han hecho replantearme mi vida, saber qué quiero, qué necesito y qué no. —¿Y qué son esas cosas? —vuelvo a preguntar, pero esta vez lo hago con mimo, pues la desesperación en la voz de Josemi me entristece. —Hace tiempo que las cosas entre Eva y yo no marchan bien. No había noche en la que no llegáramos a casa sin discutir. En alguna ocasión, he tenido que irme a casa de mi hermano para dormir allí. Por la mañana, parecía que todo sería diferente, mejor, pero qué va, volvíamos a las andadas. —Se pasa una mano por la cara—. En una de las veces en las que fui a Madrid para las ponencias, conocí a una chica. Hablamos, nos caímos bien e intercambiamos nuestros teléfonos. Solíamos hablar mucho por temas de trabajo, pero a medida que coincidíamos en la capital, cada vez que nos veíamos, las conversaciones derivaban en temas algo más personales… hasta que se hicieron más íntimos y… —Y te acostaste con ella —afirmo. —Sí —dice, con una sonrisa triste. —¡Joder, Josemi! —Me levanto de mi asiento y lo miro malhumorada— ¿Cómo has podido hacer algo así? ¿Es que los tíos no tenéis otra cabeza que la del pene? —No lo he planeado, Susana. Tú sabes que yo he amado a Eva como un loco, pero no sé qué nos ha pasado. Quizás somos demasiado diferentes, nos hemos cansado el uno del otro, no sé. Yo no podía soportar que discutiéramos día sí, día también. Me agotó, me dejó sin fuerzas y creo que ninguno de los dos puso de su parte para que la cosa funcionase. La cuestión es que se ha acabado. Vamos a divorciarnos. Los ojos se le empañan de lágrimas y la desdicha que me provoca verlo así, hace que me acerque hasta él y lo abrace. Bufo, y me arrepiento enseguida del tono que he utilizado antes, pero es que es para matarlo, para arrearle de hostias y no parar. Aunque claro, no es el único. Rafa también entra en el lote. ¡Malditos cabrones! —Josemi —le digo, y lo miro a sus ojos enrojecidos—, Eva es mi amiga al igual que tú, pero que le hayas puesto los cuernos con otra es de ser un grandísimo hijo de puta. —Me mira atónito. Sí, le he dicho lo que pienso—. Yo no voy a juzgarte, quién soy yo para eso, pero te digo que le has hecho mucho daño. A pesar de que tiene la boca más grande que la del metro, te quiere. Y entiendo, por lo que me has dicho, que tú a ella ya no. —Yo siempre querré a Eva. —Pero no del modo en que un hombre debe amar a una mujer —sentencio. Mi jefe se va hacia la ventana y se mete las manos en los bolsillos. Se queda en silencio unos segundos. —Eva me odia. —Es lo mínimo que te mereces, ¿no crees? —Ups, quizás ha sonado un poco rudo mi tono.


—Me merezco eso y mucho más, pero, a pesar de todo, me ha dicho que quiere que nuestra separación sea amistosa, ¿te lo puedes creer? Es una mujer extraordinaria. —Un poco tarde para darte cuenta. En ese momento, unos golpes en la puerta cerrada del despacho nos interrumpen. Yo me quedo mirándola mientras que Josemi va a abrir. —Disculpa, Josemi, es que Eva me ha dicho que estabas aquí y quería comentarte… —No pasa nada. Entra, te estaba esperando. Un hombre bastante guapo, moreno, con los ojos claros y vestido con un traje de chaqueta, sin corbata y los primeros botones de la camisa desabotonados, entra en el despacho. Y juraría que su cara me suena, pero no acierto a saber de qué. Qué pena que me haga mayor y no recuerde dónde lo he visto antes, con lo bueno que está. Y eso que yo diría que está por la cuarentena, pero, oye, si el hombre está de buen ver hay que reconocerlo. —Pasa, Manuel. —le invita Josemi. Este cierra la puerta y me mira—. Manuel, te presento a Susana Fernández, la persona que lleva todo el tema de formación. Susana — ahora se dirige a mí—, te presento a Manuel Casanova, tu nuevo jefe. —Hola, Susana, encantado de conocerte —dice él tendiéndome la mano. Yo me he quedado en shock—. Mi sobrino me ha hablado de ti. —¿Tu sobrino? ¿Quién es tu sobrino? —articulo ahora, volviendo en mí. —Hugo. Somos los de la oficina de aquí al lado. ¡Claro, de eso me suena este hombretón! Los vecinos de la oficina de al lado. Y qué dice, ¿qué Hugo le ha hablado de mí? ¿A santo de qué? ¿Y qué le ha contado? ¡Ay, Dios! ¿Habrá sido muy explícito? ¿Qué clase de confianza tiene con su tío? —Tranquila, que no me ha contado nada de vuestros encuentros en el club. Y me guiña un ojo. Y yo me pongo como un tomate. Madre mía, qué calor hace aquí dentro. Y espera, porque se me está ocurriendo otra cosa… si su tío es mi nuevo jefe, ¿eso significa que Hugo también lo es? Han estado los dos montando la oficina… Cuando coja a Hugo lo mato. —Susana, si te parece hablamos en unos minutos. Antes tengo que ultimar uno detalles con Manuel —dice mi antiguo jefe. Salgo del despacho todavía con los colores en la cara y me encuentro a mi compañera que me tiende mi bolso para que vayamos a tomar ese merecidísimo café. Quiero que me explique su versión de los hechos. —¿Qué te ha contado el capullo de mi ex? —pregunta cuando estamos sentadas con nuestras bebidas. —¡Joder, Eva, menos mal! ¡Creí que nunca ibas a despotricar de Josemi! Parecías tan serena. —Serena, dices. No, señorita, me he descargado a base de bien. Se merecía todo lo que le he dicho y si algo se me ha quedado dentro, te aseguro que se lo estampo en la cara. Por


cabrón —añade, enfadada, y da un golpe en la mesa. Me quedo callada mientras ella me explica la cara b de la historia finalizada de su matrimonio. Como siempre, hay dos versiones y nunca sabes cuál es la cierta, aunque me imagino que habrá un poco de verdad en cada una de ellas. Nunca he llegado a pensar que sería él quien rompiera la relación. Y menos por una infidelidad. Apostaba más por lo contrario. Cuando más conoces a alguien, más te sorprende. Para bien o para mal. —Estoy que no me lo creo. ¿Cómo ha pasado algo así? —hablo bajito. —¿Estás insinuando que es culpa mía? —me pregunta con los ojos encendidos. —¡No, claro que no! —Voy a tener que medir mis palabras—. Lo que quiero decir es que nunca hubiera pensado que Josemi podría serte infiel. —¡¿Y yo sí?! —¡Joder, Eva, no tergiverses todo lo que digo! —Es verdad, lo siento. Perdóname, estoy muy nerviosa y de una mala leche que ni te cuento. —Entierra su rostro entre las manos. —Eva, escucha —le hablo con delicadeza mientras aparto sus manos y las mantenemos unidas—, yo estoy contigo y me tienes aquí para lo que necesites. —Gracias, cariño, lo sé. Nos mantenemos unos segundos en silencio, Eva con su mirada perdida y yo esperando a que mi amiga quiera desahogarse un poco más. —Es un desgraciado. —Ha abierto la boca con un taco, vamos bien—. ¿No te ha dicho la edad que tiene esa zorra? —No. —Veintiséis. Catorce menos que yo. ¿No te ha dicho que lleva pegándomela con esa quitamaridos un año? —No, tampoco. —¿No te ha dicho que se va a Valencia a vivir con ella? —No. —¿Y supongo que tampoco te ha dicho que la ha dejado embarazada? —¡No! —exclamo, realmente sorprendida—. ¡¿Qué va a tener un hijo con ella?! ¡Pero si nunca quiso tener hijos contigo! —¡¿Ves como es un hijo de puta?! Me llevo las manos a la cara, pero antes me recojo la boca, que se me ha caído encima de la mesa ante el estupor de las palabras de Eva. Y lo mismo hago con mis ojos, que parecen los faros de un coche de lo escandalosamente abiertos que se me han quedado. ¡Es un mamón! ¡Y un listo! Mira como a mí no me ha contado esas cosas. Quería que me pusiera de su parte. ¡El muy gilipollas!


—Eva, cariño, lo siento. No tenía ni idea. —Le acaricio la mano—. ¿Qué vas a hacer ahora? —Asimilarlo. Vivir mi nueva vida. —Se encoge de hombros—. Toda esta semana he estado pensando, llorando, haciendo limpieza de las cosas que no quiero tener de él en casa. Y he llegado a la conclusión de que no se merece ni un pensamiento más, ni una lágrima más. Ya no tiene ningún derecho sobre mí. Me levanto y me siento a su lado para poder abrazarla. Eva deja que la consuele, pero no llora, solo necesita sentir el contacto de alguien que la quiere. Y yo la quiero un montón. —Gracias, Susana —me dice con una sonrisa milimétrica. —No tienes que darlas. Sabes que todo lo que necesites, estoy aquí para ayudarte —le respondo con una sonrisa algo más pronunciada. Y cambio de tema—. ¿Te ha presentado al nuevo jefe? —Sííí. —Y alarga esa vocal de una forma que me hace reír—. Te dije que estaba bueno, aunque supongo que a ti te pone más el sobrino. —Como Hugo sea también nuestro jefe, me muero. ¡Me he acostado con él! —No serás la primera ni la última que se beneficia a su jefazo. —¿Y por qué no me lo ha dicho? —No sé, quizás no sea tu jefe, solo el sobrino de tu jefe. Perdón, de nuestro jefe. Tuerzo los labios hacia un lado y me quedo pensando en eso. Tal vez Eva tiene razón, sería mucho mejor así. De todas formas, como no pienso quedarme con la duda, le preguntaré cuando lo vea. —Bueno, yo ya te he puesto al día de mi apasionante vida y ahora, ¿me vas a decir qué es lo que te pasa a ti? ¿Por qué vas vestida de viuda del siglo pasado?

****

Voy camino de la ferretería para comprar un candado. Y te preguntarás, ¿para qué? Pues no, no voy a dejar encerrada a ninguna de mis vecinas en casa, aunque ganas no me faltan de dejar, por ejemplo, a Antoinette en esa situación. Lo que ha ocurrido es que se ha emocionado cuando ha hablado con Cris, y esta le ha dicho que hoy en el club celebran las 500 noches de Arabia, y quien lleve algún objeto que haga referencia al club, tiene copa gratis. Y claro, a una que todo lo gratis le pirra, y la otra que está deseando verse con su novio, nos han puesto cara de niñas buenas a Leo y a mí y no hemos sabido decir que no. Y qué narices, yo también tengo ganas de ver a alguien en particular. Alguien que hace días que no veo y del que no sé nada. Antes de vestirme para la ocasión, me paso por casa de Cris para ayudarle con la cena.


Una preciosa princesa rubia me abre la puerta. —¡Tita Sue! —grita, y se lanza a mis brazos. —Hola, princesa, ¿cómo estás? —La beso en los mofletuchos. —Estoy haciendo un puzle. ¿Quieres hacerlo conmigo? —Hola, Susana —me saluda Cris—. ¿Qué haces aquí tan pronto? —He venido a ayudarte con la cena. —¡¿En serio?! ¡Gracias! —me dice aliviada. Me da un beso—. En la cocina te espera la lechuga. —¡Sí, señor! —Le hago el saludo militar y madre e hija se ríen. Dejo mis cosas sobre el sofá y me voy a la cocina. Veo como Valen se vuelve a sus manualidades y mi amiga se pone a recoger un poco el salón y a preparar la mesa. En ese momento suena el timbre de la puerta y aparecen unas radiantes Antoinette y Leo. Llevan consigo sus copas gratis. —Chicas, ¿adónde vais con eso? —Nos carcajeamos Cris y yo. —¡Hola, titas! —Valen se levanta del suelo —. ¿Qué es eso que lleváis en la mano? Mis primas nos miran con el ceño fruncido mientras nosotras no paramos de reír. Hasta tenemos que doblarnos y agarrarnos el estómago para aguantar las risas. Antoinette, que no va a dejar que sigamos cachondeándonos de ellas, con la fusta que ha traído nos gira y nos da con ella en el culo. Con suavidad. Eso hace que riamos más. La pequeña de la casa nos mira sin entender el espectáculo. —¿De dónde has sacado la pluma? ¿Has ido al zoo y te has peleado con el pavo real? —le digo entre risas a Leo, que la sostiene entre sus dedos. —Muy graciosa, prima. Pues que sepas, que las habitaciones están decoradas con este tipo de plumas. Es un símbolo fetiche del club. —Y me saca la lengua. Valen la imita. —¿Qué es fechefiche? —pregunta, la reina de la casa, mirándonos a las cuatro. La risa se nos corta. —Anda, hija, ve a lavarte las manos que enseguida cenamos. Cuando Valen vuelve, estamos todas en la cocina. —¡Mami, ya te has vuelto a equivocar! ¡Esta no es mi pasta de dientes! —Nos volvemos y la vemos con un bote de lubricante de sabor—. ¡Además, a mí me gusta de fresa y este es azul! No te enteras de nada, mami. Ahora, por supuesto, la que no ríe es Cris. —¡Cerdo! —¡Cabrón! —¡Mamarracho! —¡Desgraciado!


—¡Hijo de mala madre! —¡Gilipollas! Estos son los adjetivos que mis primas y Cris dedican con cariño a Rafa una vez explicada mi última cita con él. Y después a Josemi, pues las pongo en antecedentes. Se quedan ojipláticas al oír ambas historias. —No me puedo creer que Rafa te haya dicho eso, que se cansara de ti, ¡pero si estaba loco por ti! —¿Y la pobre Eva? Debe de estar destrozada. —Yo los cogía a los dos, a Rafa y a Josemi, y los colgaba de los cojones en un árbol — finaliza Antoinette—. Y después les arreaba con la fusta. Sonreímos y así, entre penas y risas llegamos, al local. El chico de seguridad, uno al que siempre vemos y del cual desconocemos el nombre, nos mira y nos dice que le enseñemos nuestros juguetitos. Antoinette le muestra la fusta; mi prima, la pluma del pobre pavo; Cris, el lubricante convertido en pasta de dientes y yo, mi candado. El chico nos mira divertido y nos deja pasar. Cuando entramos, paseo mi vista por el local que está adornado de forma diferente a la última vez que estuve aquí. Ahora las paredes están revestidas de rojo y de ellas cuelgan cuadros con imágenes sugerentes, muy sugerentes, y algún que otro objeto dispuesto a ser utilizado. Este sitio me da mucho morbo. Es erótico. —¡Cris! Nos giramos todas al oír la voz y vemos a Jon que viene derechito a estrellar sus labios contra los de mi amiga. Y ya nos ves a las tres mirando, empanadas, la escena y suspirando por un beso como ese. Pero lo mejor de todo es que Jon ¡va vestido! No va enseñando sus musculitos. Hoy va vestido con un traje de chaqueta gris, camisa blanca y corbata. Y está de un guapo… —Este chico está pero que muy tonto con Cris —murmura Leo —Tonto, no. Enamorado —le aclaro. —Pues eso, atontado. —Perdón, chicas —dice el atontando, digo Jon, cuando deja respirar a Cris, que sonríe picarona—. Me alegro de veros por aquí y cargaditas con vuestra artillería. Se refiere, claro está a lo que hemos traído para la fiesta. —Hola, Jon —lo saludamos con dos besos—. El club os ha quedado muy picantón, decorado con estos artilugios, aunque impresionan un poco. —Sí, es verdad, pero la idea ha sido del jefe. —Se encoge de hombros—. Hugo tiene buen ojo. —¡¿Hugo?! —digo sorprendida—. ¡¿Hugo es tu jefe, el dueño de esto?! —Hago un círculo con mi índice para indicar el local. —Sí, ¿no lo sabías?


Pues no, no lo sabía. Me parecía que no era un simple camarero, pero creí que sería alguna especie de encargado o algo así, nunca me imaginé que fuera propietario del club. ¡Madre mía, es el dueño de un local de sexo! Y me he acostado con él, al igual que otras tantas mujeres habrán hecho. Teniendo un sitio como este, sabes a lo que vienes. Hugo, un tío atractivo por todos los poros de su piel y encima, con un club de esta índole a sus espaldas, es una presa muy fácil. Ya estás otra vez, Susana, pensando estas tonterías. ¿Por qué te importa? —¿Y dónde está tu jefe? —lo interroga Antoinette, mirando alrededor. —Lo he visto esta tarde en su despacho y no ha salido de allí. No me ha parecido que estuviera muy bien. —¿Qué quieres decir? —Cris se acerca más a su chico y le acaricia el brazo. —Pues no sé, estaba apagado, nunca lo había visto así. Le he preguntado qué le pasaba y me ha dicho que nada, que todo estaba bien. —Ahora Jon me mira a mí—. Estoy pensando que sé qué puede alegrarle. Me agarra de la muñeca y tira de mí escaleras arriba. El candado viene conmigo. —¡Joder, Jon, qué vas a conseguir que me escalabre! Pero Jon no me hace caso y yo, con los tacones, no me mato porque hoy no debe de ser mi día. Sigue arrastrándome hasta que llegamos al primer piso y se para ante una puerta. La única que veo en esa planta. Golpea con los nudillos en la madera. —Pilar, te he dicho que quiero estar solo. —La voz cansada de Hugo llega desde el otro lado. ¿Quién es Pilar? —Hugo, soy Jon, ¿puedo pasar? —Pasa —dice, con un resoplido. Abre la puerta despacio, y a medida que avanza y deja ver el interior del despacho, yo solo me fijo en lo que hay delante de mis ojos, que no es más que un enorme escritorio y detrás, sentado, está Hugo. No nos mira, está con la cabeza agachada y sus manos a ambos lados de ella, sujetándola. —Hay alguien que quiere verte. —No quiero ver a nadie, Jon —habla Hugo con pesar. —Hola, Hugo. Me aventuro a decir, y ahora parece que reacciona. Ha reconocido mi voz. Alza la cabeza y deja caer sus manos sobre la mesa. Nuestras miradas se encuentran y lo que veo en la suya, es el mismo reflejo de su voz; tristeza, melancolía. Tiene los ojos enrojecidos y tiene pinta de llevar días sin dormir. Va vestido igual que Jon, pero él tiene la corbata desanudada y los botones del cuello de su camisa desabrochados. Se rompe algo en mi interior al verlo tan sombrío. Esbozo una sonrisa y él, a pesar de que intuyo que le cuesta, me regala la suya. Una muy pequeñita. —Os dejo solos —me susurra Jon en el oído.


—Puedo irme, si quieres —le digo a Hugo cuando escucho la puerta cerrarse. —No, por favor, quédate. La súplica en su tono me provoca un nudo en la garganta. ¿Qué es lo que le pasa? Se levanta y viene a mi encuentro para rodearme en un abrazo desesperado, en el que busca un poco de consuelo. Lo abrazo, soltando el candado de golpe. —No sabes cómo me alegro de que estés aquí. Te echaba de menos —musita, mirándome fijamente a los ojos. ¿Me echaba de menos? —¿Qué te pasa, Hugo? ¿Por qué estás tan apenado? —pregunto a la vez que le paso mis dedos por su pelo y lo despeino un poquito. No me contesta, solo se acerca hasta mis labios para besarme con veneración. Me sujeto a su cuello para acercarlo más a mi boca y cuando se da cuenta de que yo también lo he echado de menos, me dirige hasta la mesa y me sienta en ella. ¿Lo he echado de menos? —No vas a decirme qué te pasa, ¿verdad? —No quiero hablar de eso —habla, bajito—. Solo déjame estar contigo.


11

Y nos quedamos unos minutos así, abrazados, en silencio, sin que ninguno de nosotros pronuncie palabra. Solo escuchando nuestras respiraciones. Unos minutos que no se me hacen incómodos, sino todo lo contrario, son dulces, tiernos y llenos de complicidad. No sé qué es lo que tiene Hugo, pero hace que me sienta cómoda, protegida, aunque en este instante sea él el que necesite un poco de serenidad. Hace días estaba destrozada por el imbécil de Rafa y a sabiendas que todavía siento algo por él, no puedo controlar lo que Hugo provoca en mi cuerpo. No es solo atracción física, no es solo deseo, es algo más, algo que vive en mi estómago y que aletea cada vez que estoy cerca de él. Le rodeo la cintura con mis piernas y así, al tenerlo más pegado a mi piel, solo consigo perderme en su olor, ese olor a limpio que me recuerda a la pureza, a la inocencia de un niño. Huele a jabón infantil. Nuestra unión se rompe cuando Hugo posa sus manos alrededor de mi rostro y con los ojos cerrados, apoya su frente contra la mía. Coge aire y lo suelta despacio. Me mira con una media sonrisa que me indica que está algo más calmado. Y con esa calma, me inclino para besar sus labios con suavidad. —¿Estás bien? Asiente con la cabeza y busca de nuevo mi boca para atacarla con una lentitud que me cautiva y que se instala en mi sexo. Poco a poco, voy dejándome llevar por las caricias de mi compañero, por el dulce tacto de sus manos en mis muslos, que me los levanta con ellas y me sube el vestido hasta quedar arremolinado en mi cintura. Gimo en su boca cuando siento que sus dedos van en busca de la tira de mi tanga y juguetea un poco con ella, hasta que le dejo que introduzca su mano al completo entre la fina tela y mi piel. —Hugo, espera…—jadeo contra sus labios. Él me mira desilusionado. —Lo siento, Susana, yo… —Deja de tocarme y se pasa nervioso las manos por el pelo —… no he debido hacerlo. Perdona. Se separa de mí y rodea la mesa para colocarse al otro extremo de ella, dándome la espalda. Me levanto y me bajo el vestido para caminar y ponerme frente a él. Le acaricio


los brazos, que están tensos, al igual que el resto del cuerpo. —Mírame, por favor. —Hugo levanta los ojos y los clava en los míos. Están tan tristes —. No sé qué es lo que te pasa esta noche, pero déjame ayudarte. —Susana, yo… —Shhh, tranquilo —le digo con un pequeño beso. —Reconozco que hoy no es mi mejor día, pero últimamente ninguno es bueno. —Me acaricia las mejillas—. Lo único que me hace sonreír y olvidarme de todo eres tú. Quiero estar contigo —musita, dibujando mis labios con sus dedos. —¿Puedo pedirte algo? —Asiente con la cabeza—. ¿Puedes cerrar la puerta con llave? Me da vergüenza que pueda entrar alguien y nos vea… bueno, pues eso… ya sabes. Alza las cejas y me mira divertido. ¡Cómo me gusta esa expresión en su rostro! Parece que estoy consiguiendo que se relaje. —La puerta de mi despacho no tiene cerradura —habla junto a mi oreja, donde su aliento me pone la piel de gallina. —¡¿No?! Y entonces, cuando quieres estar solo o con alguna chica… —Nadie entra aquí sin mi permiso. Además, no traigo a chicas aquí. Tú eres la primera. —¡Sí, claro, venga ya! —le digo golpeándole cariñosamente el hombro—. Me voy a acostar igualmente contigo, no tienes que mentirme. Le rodeo el cuello con mis brazos y pierdo mis dedos entre sus mechones. Hugo me aprieta la cintura con sus manos y nos acercamos más el uno al otro. Me restriego contra su entrepierna. Jadea, y me gusta. Me siento lanzada. —No tengo por qué mentirte —dice, con la voz entrecortada—. ¿Quieres que siga? ¿Vas a concentrarte y no vas a estar pendiente de si aparece alguien por la puerta? —Haré un esfuerzo, pero te lo tendrás que currar, machote —añado, guiñándole un ojo con picardía. —No vas a tener ninguna queja, se me han acabado las hojas de reclamaciones. La mirada felina que me lanza me recorre el cuerpo como una llamarada. No quiero perder más el tiempo, y menos ahora que parece que ha dejado de lado su pena y ha entrado en el juego conmigo. El Hugo juguetón me pone. Así que con mis manos en sus hombros, le deslizo la chaqueta por los brazos hasta que él se la aparta cuando llega a las muñecas y la deja caer en el suelo. Le quito la tela que antes era una corbata y también la lanzo por la habitación. Empiezo a desabrocharle los botones que le quedan de la camisa. Cuando la abro, vuelvo a ver su atractivo torso, con ese minúsculo camino de vello que se pierde por la cintura de su pantalón. Hugo se quita la camisa y me coge de la nuca para besarme apasionadamente, recorriendo cada centímetro de mi boca con su lengua. Mientras que su sinhueso está ocupada, busca con las manos mi vestido para


quitármelo. Levanto los brazos y se deshace de él en un santiamén, al igual que del sujetador, que lo desata sin apenas mirar los corchetes. ¡Qué habilidad! Deja de torturarme la boca para pasar a la acción con mis pechos, lamiéndolos y mordisqueando mis hinchados pezones. Le agarro fuertemente la cabeza mientras se me escapa el aire de los pulmones entre jadeos, haciendo que me excite unos grados más. Me tumba con delicadeza sobre la mesa, apartando de un manotazo todos los documentos que hay encima. Levanto el trasero para que pueda quitarme el tanga y él lo hace encantado, con esa media sonrisilla de travieso que lo hace tan irresistible. Se muerde los labios al verme completamente desnuda y yo, cuando lo veo desnudo, después de quitarse los pantalones y la ropa interior, observo su pene erguido y siento que mi sexo está descontrolado, empapado, deseoso de sentirlo dentro de mí. Saca un preservativo de uno de los cajones del escritorio. —Vaya, para no tener sexo en tu oficina, vas bien preparado —digo. —Desde que te conozco, tengo todo un arsenal —dice rasgando el envoltorio con los dientes. —Y claro, como nosotros siempre acabamos igual. —No te equivoques, esto es solo el principio. Como la sangre no me llega al cerebro, paso de intentar analizar esa última frase. Solo quiero dejarme llevar. Con su arma bien enfundada, gatea por la mesa y me invade así, a lo loco, de una sola estacada. Y es una sensación tan plena que busco más, necesito más. Arqueo mis caderas en busca de más, de más fricción, de que me penetre más fuerte, más intenso. Hugo gruñe con cada movimiento y se vuelve más feroz en su vaivén y eso me vuelve loca. —Oh… joder… Hugo encuentra mi boca desesperado y me besa con violencia, como si fuese el último beso que compartiéramos. Aprieta con desesperación mis pezones, provocándome ese punto entre el dolor y el placer que se clava en nuestra unión y me hace jadear con la misma impaciencia que sé que ambos sentimos. —Eso es nena… —No pares, Hugo, sigue así, te necesito… —El deseo habla por mí. Su aliento en mi cuello me calienta más. Le sujeto las nalgas con fuerza, clavándole las uñas para que acelere sus acometidas y me llene por completo, necesito sentirlo todo entero, hasta que no quede nada de nosotros. Cuando noto que los espasmos se van apoderando de mí y que el orgasmo está llamando a mi puerta, Hugo busca con sus dedos mi clítoris para hacerme estallar en una oleada de placer increíble. Estoy tocada y hundida. Rendida bajo el cuerpo de Hugo. —Susana… No termina la frase. Se corre dentro de mí con una penetración brutal, una última envestida que lo deja exhausto y cae sobre mí con la respiración alterada. Yo también


estoy desfallecida sobre la mesa, con la banda sonora de nuestros jadeos como colofón final a una noche que no había empezado muy bien que digamos. Aprovecho esta cercanía para abrazarlo, para sentir su ardiente piel entre las yemas de mis dedos. Cierro los ojos y me dejo llevar por esta reconfortante sensación… me gusta abrazarlo, pero me está dejando sin respiración. —Hugo, me estás chafando. —Perdona, peso demasiado. —Se pone en pie rápidamente y con ese movimiento sale de mi interior. Me deja… vacía. —Digamos que no eres un peso pluma. Estira sus manos hacia mí y me ayuda a levantarme. Ahora, sentada sobre el escritorio, vuelve a rodearme con sus brazos a la vez que me besa el pelo de forma cariñosa. Vuelve el silencio entre nosotros y es igual que antes, pero sé que este que nos envuelve es más intenso, y habla más que el anterior. —Voy a deshacerme de esto —dice, señalando el preservativo. Lo observo hacerle un nudo a la goma y tirarla a la papelera. Recoge su ropa y se viste. A todo esto, yo sigo desnuda, sentada en el escritorio y con cara de tonta mirando al hombre que me ha llevado al mejor orgasmo de mi vida. ¿Qué tiene Hugo que hace que cada vez quiera más? —¿Esto es tuyo? —me dice con una sonrisa abierta, balanceando el candado. —Sí —argumento, un poco avergonzada—. No sabía qué traer. —Si te hubieses puesto un conjunto de lencería sexy, ahora mismo irías desnuda, así que mejor que hayas traído eso. —¿Me estás diciendo que mi conjunto de esta noche no es sexy? —pregunto con el ceño fruncido. —Ni siquiera me he fijado en el que llevas hoy. —Ronronea en mi oreja. Después me muerde el lóbulo, lo lame y finalmente me besa en el cuello con besitos lentos. Todos los besos de Hugo me chiflan—. Será mejor que te vistas, o no respondo. Se agacha a por mi ropa y mira mi sujetador y mi tanga a juego, de color negro y encaje, que sostiene entre sus manos. Sonríe de esa manera pícara que esconde la oscuridad de su mirada y más vale que lo pare o me veo en otro combate. Que no es mala idea, no, pero necesito una copa. Le quito mi ropa y la pongo a mi lado. Le acaricio el rostro. —¿Estás bien? —Ahora sí. —Sonríe y me da un beso en la punta de la nariz—. Ya te he dicho que eres mi medicina. Y he de advertirte que suelo ponerme malito muy a menudo. Suelto una carcajada y Hugo se ríe conmigo. Por fin lo veo sonreír esta noche. Y está tan guapo…De repente, me acuerdo de que tengo que preguntarle algo. —Hoy he conocido a mi nuevo jefe.


—Ajá. —Es tu tío, pero creo que tú ya lo sabías ¿no? —Se encoge de hombros—. ¿Por qué no me dijiste nada? —Pues porque ese tema es entre Josemi y mi tío. Yo no tengo nada que ver. —Y tú, ¿también eres mi jefe? ¿Tu tío y tú habéis comprado la empresa? —No, la ha comprado Manuel. Yo tengo bastante con el club y con mis empleados. No necesito más. ¡Uf, menos mal! Ya me había imaginado que me estaba acostando con mi jefe. ¿Te imaginas? Verlo cada día, trabajar codo con codo con él, encontrártelo sentado detrás de su escritorio… —Hummm, vaya —ronroneo mientras me acerco a él y lo sujeto por la corbata—, y yo que pensaba que me lo estaba montando con mi nuevo jefe. —¿Eso te pone? —Alza una ceja, travieso. —Mucho. Muerdo sus labios hasta que mi compañero, no mi jefe, los abre para dejarme que asalte su boca, pero ninguno de los dos anhela un beso de los de antes, ni salvaje ni tórrido. Ahora, ambos necesitamos algo diferente. Un beso cargado de cariño. Un beso tierno. Una caricia sincera. Un roce eterno. —Eres preciosa, Susana.

****

No dejo de darle vueltas a lo ocurrido esa noche. A lo que pasó en su despacho y a lo que vino después, en mi casa. Cuando nos reunimos con mis amigas, Hugo nos invitó a todas a una copa. Algunas tuvimos un poco de decencia y dejamos que nos pagara solo una bebida, pero otras, por no decir Antoinette, que esa noche había cogido confianza con él, le sacó más de uno, de dos y de tres cubatas. Hugo me miraba sorprendido por la falta de vergüenza de mi prima, y yo, que me encogía de hombros, le sonreía encantada. Volvía a ser el chico que conocí en este mismo lugar. Después de ver el espectáculo que ofrecieron dos chicas y un chico, que era muy, pero que muy subidito de tono, Hugo se ofreció a acompañarme a casa. ¡Y yo encantada! Necesitaba que me diera el aire en la cara y que me bajara el sofoco que me había producido la escenita. Pero ni con esas, ni aire ni agua ni nada, y encima con Hugo a mi lado…. Y así, con el tanga empapado, nos metimos en el coche. Yo aproveché para meterle mano por todas las partes que estaban a mi alcance y Hugo me reñía, diciendo que nos íbamos a matar, pero


segundos más tarde, ya no me amonestaba, solo jadeaba y me enloquecía todavía más. Cuando aparcó el coche, nos quitamos el cinturón de seguridad y me abalancé sobre él como una perra en celo. Le tiré del pelo y me apoderé de sus labios con rudeza. Sus manos fueron directas a mi culo, que lo masajeó y lo movió para que me frotara contra su entrepierna. Jadeamos deseosos de volver a tenernos y, en un momento de lucidez, decidimos que era mejor terminar en mi casa lo que habíamos empezado en el coche. —Susana. Y así fue, follamos como locos nada más entrar en el salón. Y repetimos en el dormitorio. —Susana. Y ha sido el mejor fin de semana que he tenido en mucho tiempo. —¡Susana! —¡¿Qué?! —pregunto a nadie, pues acabo de salir de mi sueño húmedo. —¿Te ocurre algo? Cuando veo y oigo la voz de mi jefe, de Manuel, quiero que me trague la tierra. Yo pensando en los polvos de este fin de semana con su sobrino y él aquí, preguntándome no sé qué. Se me suben los colores. —Perdona, Manuel, estaba despistada. ¿Qué me decías? —¡Ja, ja! Ya me imagino con quién te despistas tú —añade Eva, muy risueña ella. La riño con la mirada. —¿Podrías decirme el número de acreditación del curso de las comadronas? —pregunta mi jefe. —Sí, claro, lo tengo aquí. —Cojo el expediente y lo anoto en un post-it—. Aquí lo tienes. —Manuel lo mira y frunce el ceño. —No, Susana. Me has dado el código del curso. Necesito el de acreditación. —¡Me encanta que Hugo te despiste! —De verdad que tener compañeras como la mía, es de haber sido mala persona en otra vida. Y ahí la tienes, descojonándose de mi metedura de pata, provocada por un hombre que últimamente, y muy despacito, se está colando en mi cabeza. Y me hace hacer cosas como ésta. ¡Y encima con su tío! Pero lo mejor de todo es que Manuel le sigue el juego a Eva. Qué compenetrados que están estos dos. Vuelvo a coger otro papel y ahora sí, escribo el código correcto. —Perdona, Manuel —me disculpo—. Ten este sí que es. —Menos mal —dice, y me parece notar un tono guasón en su voz—. Creo que voy a tener una conversación muy seria con mi sobrino y pedirle que no te agote tanto —añade, divertido.


Parpadeo varias veces seguidas para cerciorarme que esas palabras provienen de mi jefe, de mi nuevo jefe. ¡Joder con las confianzas! Lo que no me pasa desapercibido es la mirada que Manu (ya que estamos en familia…) le dedica a Eva, que se ríe con él. —Venga, chicas, tenemos que acabar con la mudanza. —Manuel se vuelve a su despacho. Mudanza. Otra vez. Otra puñetera vez de traslado. Apenas llevamos en esta oficina un par de meses y nos toca mudarnos. Menos mal que esta vez lo hacemos aquí al lado, a la oficina que estaban arreglando tío y sobrino. Pero, igualmente, es un coñazo. —Estoy hasta los cojones de tanto cambio, entre oficinas y pisos, he cubierto el cupo de toda mi vida —dice Eva, entre dientes. —¿Cómo estás? —le pregunto acariciando su antebrazo. —Bien, supongo. —Se encoge de hombros—. Ayer Josemi ya se fue de casa. Se ha ido con su hermano hasta que firmemos el divorcio. Luego se irá con esa ramera. —Siento mucho todo lo que está pasando. —Casi quince años de matrimonio tirados a la basura por culpa de una mujer mucho más joven que yo. —Mete unos expedientes en una caja y la cierra. Me mira apesadumbrada—. ¿Crees que soy vieja? ¿Que ya no soy atractiva para ningún hombre? —Pero ¿qué dices? ¿Estás tonta o que te pasa? —No me puedo creer que mi amiga piense eso con lo coqueta que es—. Estás estupenda, Eva. Mucho más guapa ahora que cuando te conocí. —Se me están cayendo las tetas. Tengo los brazos flácidos. Me está saliendo papada, por no mencionar la barriga que estoy echando. Se sienta abatida en la silla y comienza a llorar, derramando lagrimones a diestro y siniestro. Pongo los ojos en blanco y voy enseguida a consolarla, arropándola entre mis brazos. En el fondo, entiendo cómo se siente. Cuando la persona a la que amamos nos abandona, nos dejamos de querer a nosotras mismas, pensando en todo lo malo que tenemos. Y realmente no tenemos nada malo, solo es que no sabemos ver lo extraordinarias que somos. Los hombres son capaces de hacernos tocar el cielo y llevarnos al mismísimo infierno en cuestión de segundos. —Hola. Ambas nos sobresaltamos y miramos hacia la voz. Es Hugo. Y nos mira como asustado al ver el cuadro que pintamos Eva y yo. No puedo apartar los ojos de él mientras se acerca a nosotras. ¡Está guapísimo! Lleva unos tejanos que le marcan todo lo que le tienen que marcar y un jersey marino que le queda de vicio… mejor quedaría sin él. —¿Va todo bien?


Mi amiga se levanta y se retira las lágrimas de las mejillas. —Eres Hugo, ¿verdad? —Él asiente. Mi compañera se acerca a él—. Soy Eva. ¿Puedo preguntarte una cosa? —Vuelve a asentir. Me temo lo peor—. ¿Te parezco atractiva? —Ehhh… —Me mira sin saber qué decir. Se encoge de hombros—. ¿Sí? —¿Te gusta mi cuerpo? —¡¿Cómo dices?! —Qué apuro está pasando el pobre. —Mis pechos, ¿te parecen sexis? —dice ella resaltando los mismos con sus manos. Me tapo la boca con una mano a la vez que observo la cara de Hugo. Es todo un poema. Y me hace mucha gracia. Me mira como si fuese un corderito y Eva el lobo. Me están dando ganas de abrazarlo. —No estás nada mal para tu edad. ¡La hemos liado parda! Pero ¡¿qué ha dicho este loco?! —¿Lo ves? —Eva se gira hacia mí con lágrimas en los ojos—. Soy una vieja chocha… —No, cariño, no eres vieja ni chocha. —Vuelvo a consolarla. Reprendo a Hugo con la mirada—. Desde luego, que tú también vaya tacto. —¿Qué pasa? ¿Qué he dicho? —pregunta, alzando las palmas de las manos. No entiende nada. Es un hombre. Cuando aparece Manuel, él y Hugo se marchan cargando con las cajas en un carro para llevarlas al otro ala que va a hacer de archivo, mientras que Eva y yo nos quedamos allí, recopilando los documentos que van a ir a parar a ese otro lado. En un momento dado, en el que estoy de espaldas, Hugo viene por detrás y, desprevenida, me besa el cuello, y me deja con una sonrisa tontorrona en los labios. Luego, minutos más tarde, cuando estamos solos, me coge de la cintura y me lleva hacia una esquina de la oficina. Con una mano en mi nuca, me acerca a sus labios para regalarme una preciosa caricia. —Me estaba muriendo sin poder besarte. —Tenía ganas de verte —le confieso, rozando su nariz con la mía—. Gracias por ayudarnos. —Para lo que quieras, nena. —Vuelve a besarme despacio los labios—. Ha sido una estupenda excusa para verte. —No necesitas ninguna excusa para verme. Puedes hacerlo siempre que quieras. —Entonces, no me separaría de ti en la vida. Hugo vuelve a unir su boca con la mía, y baña mis labios con su sabor. Me deleito con su lengua, que busca la mía desesperada para enredarse en el círculo vicioso en el que se han convertido nuestras bocas. Hugo pasea las manos por mi espalda y yo me cierno a él, abrazándolo por el cuello. —Ejem, ejem.


Las toses para nada disimuladas de Manu y Eva hacen que separemos nuestras bocas, no así nuestros cuerpos, que necesitan el contacto del otro. El brillo en los ojos color miel de mi compañero y esa sonrisa tan traviesa que pone, no evita que me estremezca y me ruborice al darme cuenta de lo que hemos hecho. Nos hemos pegado el lote en mi puesto de trabajo y encima, con espectadores. Pero ¿sabes que te digo? Que me da igual. Ese beso ha merecido la pena. —Yo ya me voy —dice Hugo, sin dejar de mirarme—. ¿Te apetece que cenemos juntos mañana? —Me encantaría —respondo enseguida con una sonrisa. —Te paso a buscar a las nueve por casa. —Toma mi cara entre sus manos y sus labios regresan a los míos con ternura. —Tío, nos vemos —le dice y le da una palmadita en el hombro. Ahora se acerca a Eva, que la besa en la mejilla—. Ha sido un placer conocerte, Eva, y que sepas que eres una mujer muy atractiva. Se marcha, no sin antes volver a mirarme y dedicarme una sonrisa que me deja fulminada. Me acaricio los labios con los dedos para retener el intenso sabor de Hugo. No quiero que se escape. Mi amiga se acerca a mi oído cuando Manu desaparece. —Me gusta ese chico. —Y a mí —le confieso dejando escapar un suspiro.

****

Cuando llego a casa, solo me apetece darme un baño relajante, calentito y lleno de sales y espuma. Me quito la ropa de camino al lavabo y la voy dejando desperdigada por el suelo del salón. De lo que no puedo desprenderme es de Hugo, lo tengo todo el día metido en la cabeza y me cuesta muchísimo concentrarme en cualquier tarea. Por las mañanas, cuando llega Manu y nos da los buenos días, ojeo durante unos segundos la puerta para ver si Hugo viene detrás. Es de locos. Es de locos todo lo que me provoca, todo lo que siento cuando estoy con él y sobre todo, la sensación tan extraña que me invade cuando no estoy a su lado. Pero esta noche va a ser mío, me ha prometido una cena y no se va a escapar ni de la cena ni de lo que tengo en mente hacerle después. Abro el grifo de la bañera y gradúo la temperatura, pero vuelvo a cerrarlo cuando el timbre de la puerta suena. Me ato el albornoz y voy a abrir. —¡Hola, tita Sue! —La alegre y cantarina Valen viene a darme un enorme abrazo. —Hola, princesa —le digo con un beso en su rubio pelo—. Hola, Cris. —Hola, Susana —añade la madre de la criatura con cara de pena. Las invito a pasar. —Tita Sue, ¿puedo poner la tele? Es que ahora dan el programa de veterinarios ¡y tienen que salvar a un conejo!


—Sí, claro, cariño, ya sabes cómo funciona la tele. —¡Guay! Valen se apodera del sofá y del mando a distancia y, como por arte de magia, no hay niña. Me llevo a mi amiga hasta la cocina, donde ella se sienta y yo me pongo a preparar un café. —¿No tienes algo más fuerte? Una copita de vino, un vodka, o algo por el estilo. Apago la cafetera y saco de la nevera una botella de vino blanco, que sirvo en dos copas. Le tiendo una a Cris y con los codos apoyados en la mesa y con el culo en pompa, le pregunto. —A ver, dime qué te pasa. —He dejado a Jon.


12

—¡¡¿¿Que has hecho qué??!! Bramo con los ojos abiertos de par en par a la vez que derramo el vino de mi copa sobre la mesa. ¡Mierda! Cojo una bayeta y limpio el estropicio que he hecho. Mi amiga, que se muerde una uña desesperada, me mira, hace un puchero y rompe a llorar. —Hay que joderse. —Rodeo la mesa y la abrazo. Al final se me va a poner cara de consolador con tanto lloriqueo—. Venga, guapa, dime en qué la has cagado esta vez con Jon. —¿Por qué tengo que ser yo quien la cague? —pregunta, ofendida. —Porque la otra vez, cuando te dijo que quería seguir viéndote, te acojonaste. —Pero esta vez es distinto. —Cris se sorbe los mocos. —¿Y puede saberse por qué es diferente esta vez? —Me ha dicho que está enamorado de mí. —Mi amiga se bebe el líquido de la copa de un trago. —¡¡¿Que te ha dicho qué?!! —exclamo sin poder creérmelo, pero más contenta que unas castañuelas—. ¡Por supuesto que es distinto! ¡Es mejor! ¡Qué digo mejor, es fantástico! ¡Oh, Dios, Cris! ¿Te das cuenta? ¡Está enamorado de ti! —Sí, hurra —dice desganada. Coge la botella de vino y bebe directamente de ella. Eso es estilo, sí señor. —Vamos a ver, Cris. ¿No es lo que querías? ¿No querías tener a alguien a tu lado, alguien que se enamorara perdidamente de ti? ¿No estabas harta de estar sola? Pues bien, ahí tienes a Jon, un tío guapísimo, con un cuerpo increíble, simpático, buena persona, y que encima está loco por ti. —Si es que algún fallo tenía que tener —remata mi amiga. Bufo. —¿Qué tiene de malo que Jon te quiera? —La miro confundida—. ¿Tú no le quieres? ¿Por eso le has dejado? —Es que hay más. —Vuelve a morderse las uñas.


—¿Más? ¿A qué te refieres? —Quiere conocer a Valentina. ¡Joder con Jon! Está visto que va a por todas con mi amiga, ¡y qué narices, eso es genial! La tomo de las manos y se las acaricio con cariño. —Cris, de verdad, ¿cuál es el problema? —¿Que cuál es el problema? El problemón es que no puedo presentarle a mi hija, no puedo permitir que ella se encariñe con alguien que el día de mañana me dejará por otra que no tenga la responsabilidad de un hijo, y que, encima, es de otro. Me quedo alucinada. Si me pinchan no sangro. —No me puedo creer que pienses eso. Jon no es así y creo que te lo ha demostrado. —Jon es joven y guapo y se cansará de mí, se buscará a otra con la que tener hijos propios. Y cuando eso ocurra, me quedaré destrozada, pero Valentina se morirá de la pena. Tiene tantas ganas de tener un papá, de ser igual que las niñas de su cole, que no soportará perder a otro, a uno que sí ha conocido. —¿Te estás oyendo, Cris? —Me llevo las manos a la cabeza—. Si Jon quiere tener hijos, será contigo, de vosotros dos, no va a buscarse a otra. Y estoy segura de que cuando conozca a Valen, se le caerá la baba. Y ella tendrá a su papi. No me imagino mejor papá que Jon. —Tú no tienes hijos, no lo entiendes. —Lo que entiendo es que pones a Valen como excusa para no darte cuenta de lo bueno que tienes a tu lado. Estás cagada de miedo. —¡¿Miedo yo?! —habla, chulita, y se pone las manos en la cintura—. ¿De qué se supone que tengo miedo, señorita listilla? —De ser feliz —le respondo con firmeza, imitando su pose—. Por eso has cortado con él, porque Jon quiere algo más contigo, y tú te cagas patas abajo a la primera de cambio. Jon quiere estar contigo, formar parte de tu vida y de la de Valen, quiere arriesgarse a pasar la vida a tu lado porque eso es el amor Cris, es darlo todo por la persona que quieres, aunque el final no siempre sea de comer perdices. Mi amiga se queda callada, cabizbaja. He dado en el clavo y ella lo sabe. Claro que el amor no es fácil y si no arriesgas, no ganas, pero en el fondo entiendo el pavor que siente de enamorarse. Y más si llevas un regalo de la mano. —Cris —le digo ahora, con algo más de dulzura—, habla con Jon, dile cómo te sientes. Él te quiere y lo entenderá. —No va a entenderme, ni tan siquiera va a querer escucharme —solloza con lágrimas en los ojos—. No le he dado ninguna explicación, simplemente le he dicho que no podía continuar con él y claro, no ha entendido nada y se ha enfadado. —Está dolido y es normal, por eso tienes que arreglar las cosas con él. —Me acerco hasta mi amiga y le retiro un mechón de pelo—. Cris, ¿tú le quieres? Asiente con la cabeza y las lágrimas retenidas ya se deshacen en ríos de agua salada por


sus mejillas. La abrazo y siento que tiembla. Pero hoy, al parecer es el día mundial de los lagrimones porque… —¡Mami! —Valen entra en la cocina, llorando desconsolada, estirando los brazos para que su mami la coja—. El conejito se ha muerto, no le ha podido salvar la pataaaaa… —Ven aquí, cariño. —Cris la arropa entre sus brazos y yo me quedo mirando a madre e hija, que se consuelan mutuamente. Al final, voy a acabar llorando hasta yo. —¿Por qué lloras, mami? —Nada, mi pequeña, cosas de mayores. —Le limpia los mofletes con la manga de su jersey—. Valentina, vas a quedarte esta noche con la tita Sue, ¿vale? ¡¿Cómo?! —¡Vale! —dice la niña contentísima. ¿Ya no se acuerda de lo triste que estaba por el conejo?—. ¿Tú adónde vas? —Tengo que ir a hacer un recado. —Deja a la niña en el suelo y se levanta de su asiento para ir al baño. La sigo. —Oye, Cris, no puedo quedarme con ella, he quedado para cenar con Hugo. —¡Oh! —Se tapa la boca con ambas manos—. Lo siento, no lo sabía. —Mira su reloj de pulsera—. Antoinette y Leo todavía no han llegado… bueno, es igual, de todas formas era mala idea ir a hablar con Jon. Está enfadado conmigo y será mejor que vaya mañana, u otro día, a saber, porque igual no quiere volver a verme en la vida y entonces no habrá nada que hacer, ya lo habré perdido y será para siempre. Y será cuando encontrará a otra… —¡Está bien! —claudico, mirándola con cara de fastidio a través del espejo—, me quedo con Valen. —¡Gracias! Eres la mejor. Te debo una. Me besa, me abraza y me roba las pinturas de guerra para arreglarse los manchurrones de rímel que le han quedado en la cara. A ver cómo le explico a Hugo que lo que en principio iba a ser una cena romántica con revolcón final como postre, se ha convertido en una cena informal en casa con una visita inesperada. Y sin revolcón final, por supuesto. Cabe la posibilidad de que Jon la perdone y vuelvan juntos, y la probabilidad que Hugo no vuelva a invitarme nunca más a cenar. Con mejor cara, se despide de nosotras y al abrir la puerta, se topa con el pecho de Hugo. —¡Hola, Hugo! —Le da un beso en la mejilla—. ¡Adiós, Hugo! Y sale escopeteada escaleras abajo, dejando al pobre en el umbral, mirando hacia ella y hacia nosotras, que nos ve a Valen y a mí cogidas de la mano. Ella, con una sonrisa enorme y yo, con ganas de estrangular a alguien. Creo que está dudando en si entrar o salir corriendo. —Hola, soy Valentina y ella es mi tita Sue. ¿Tú quién eres?


—Hola, soy Hugo, un amigo de tu tita. —¡Anda, igual que Rafa! —La mato—. Tita Sue, ¿cuántos amigos tienes? —Valen, guapetona, ve a ver la tele —le digo entre dientes y le pego un cachete en el culo. Ella se va con la mosca detrás de la oreja. Me acerco a Hugo, pero no me atrevo a tocarlo, no sé si está enfadado—. Lo siento, pero no puedo salir contigo esta noche. Tendría que haberte avisado, lo sé, pero es que Cris se ha presentado en casa, ha roto con Jon y le he dicho que vaya a hablar con él y no tenía con quién dejar a la cría y… Me callo. En menos de medio minuto le he explicado lo que ha ocurrido esta noche y él sigue sin abrir la boca. La he jodido bien. No aparta sus ojos de los míos y no sé qué descifrar en su rostro. Se va a dar media vuelta y a salir por donde ha venido, lo sé. Pero, para mi sorpresa, no hace eso, sino justo todo lo contrario. Da un paso hacia mí, el único que nos separa, y saca las manos de los bolsillos para ponerlas en mi cintura. Su aliento en mi cuello me eriza la piel. —¿Me invitas a cenar en tu casa, tita Sue? Cuando veo la enorme sonrisa de Hugo en sus labios, me relajo y no me reprimo en besárselos. Le vuelvo a pedir perdón por lo ocurrido, por estropearnos la noche, pero él, que sigue con esa sonrisa, me dice que no importa, que nos esperan más cenas, eso sí, solo los dos juntos. Le agradezco que entienda la situación, y la entiende y la sabe, puesto que Jon se lo había contado y el pobre estaba hecho una mierda. Espero que valga la pena habernos quedado sin cena. Más vale que Cris se lo curre con Jon y deje ya de cagarla. Dejo a Hugo en el salón con la princesa y ahí están los dos, sentados en el sofá uno al lado del otro. Me da un poco de miedo dejarlos solos, más por Hugo que por la pequeña, así que espero que se porten bien. Mi estupendísimo baño relajante con espuma y sales se va al traste y se convierte en una ducha rápida en la que apenas me seco el cuerpo. Salgo vestida con unos cómodos pantalones y un jersey. Cuando me acerco al comedor no veo a los ocupas. ¿Dónde se han metido? Escucho unos susurros que vienen de la cocina. Y ahí me los encuentro a los dos, hurgando en mi congelador. Los observo con atención y los brazos cruzados. —La tita tiene las pizzas en el segundo cajón —oigo que le dice Valen a Hugo. —Aquí están. ¿Cuál quieres? Hay de barbacoa, carbonara, cuatro quesos, jamón… ¿Tu tía no come otra cosa más que pizzas? —¡Barbacoa! —exclama la princesa lianta—. ¡Y después comemos helado de chocolate y unas palomitas! Cuando ambos se giran y me ven, la cena se le cae a Hugo de las manos y Valen, como suele hacer cuando sabe que se ha pasado de la raya porque su madre no la deja comer porquerías, se esconde detrás de él. Y como ya me conozco el numerito, tengo que aguantarme la risa ante semejante situación. Le va a echar la culpa a Hugo. —Vaya, os apañáis muy bien sin mí. —Ha sido él. —Lo señala la niña —. Me ha dicho que quería pizza para cenar.


¿Lo ves? La conozco como si la hubiera parido. —Bueno, realmente ha sido ella la que quería, y no me ha parecido mala idea —añade Hugo, encogiéndose de hombros. —Tita, ¿me dejas cenar pizza? Y claro, me lo dice con esa vocecilla de niña buena, y esa carita de pena que pone para llevarme al huerto, que al final la tita Sue acaba consintiéndola. —Vale, cenamos pizza, pero de postre, helado o palomitas. —¡Helado! Una vez lista la cena, la compartimos en el comedor, sentados sobre cojines en el suelo y viendo la tele. Lo cierto es que no sé muy bien qué estamos viendo, pues no puedo apartar mis ojos de Hugo. Apenas nos hemos rozado en el rato que llevamos juntos y añoro, solo un poquito, su contacto. Sí que ha habido miradas, guiños de ojos y sonrisas preciosas, pero nada de magreo. Y, aunque estoy deseando que Valen se quede dormida para meterle mano, en estas horas me he dado cuenta de que es un chico extraordinario, encantador. No le ha dado mucha importancia a que hayamos tenido que aplazar nuestra cena, se ha quedado en mi casa conmigo y con Valen, me ha ayudado a preparar nuestra comida a domicilio y encima, se lleva estupendamente con la pequeña. Estoy empezando a creer que Hugo merece mucho la pena. —Hugo, ¿tú tienes papás? —suelta, así de golpe, la niña, desviando la mirada de la tele. —Sí, papá y mamá —contesta mientras se limpia las manos en una servilleta. —¿Y hermanos? —Una hermana. —Hugo se acerca a ella y le susurra al oído—. ¿Quieres que te cuente un secreto? —¡Sí! A buena le ha ido a decir lo del secreto. Y yo, que estoy a su lado, lo miro frunciendo el ceño y esperando a que nos cuente ese secretito. ¡Qué le vamos a hacer, yo también quiero saberlo! —Mis papás, no son realmente mis papás. —¡¿Cómo?! —exclamamos las dos. —Cuando tenía más o menos tu edad —dice retirando un mechón de la frente de Valen —, mis papas vinieron a buscarme a un sitio donde viven muchos niños y me llevaron con ellos. —¿Vivías en un ofrelinato? —Se dice orfanato y sí, vivía allí. Y mi hermana también. —¿Los dos sois adoptados? —pregunto yo, alucinada e intrigada. Él asiente con la cabeza. —¿Y tus papás te quieren? —le pregunta la niña.


—Nos quieren mucho a los dos. —¿Y entonces por qué mami no deja que Jon me quiera? ¡Hay que joderse con la niña! ¿De dónde ha sacado eso? Hugo y yo nos quedamos desencajados, a cuadros, mirándola con temor y con amargura. A ver cómo salimos de esta. —¿De dónde has sacado eso? —Tita, soy pequeña, pero no tonta —me dice como ofendida—. Sé que Jon es el novio de mami y ella no quiere que sea mi papá. —Valentina —interviene Hugo, que la coge y la coloca en sus piernas—, tu mamá te quiere mucho y quiere al mejor papá para ti, y aunque sabe que Jon es el mejor, tiene miedo de que cuando te conozca, te quiera más a ti que a ella. —Jon nos querrá a las dos, además son novios y seguro que él le da besos en la boca, ¡Puag, qué asco! —Hace un mohín sacando la lengua—. Yo quiero que me los dé aquí — dice y se señala la mejilla. —¿Quieres un beso de estos? —pregunta Hugo y se acerca a su carrillo para besárselo. —Sí, pero tengo otro moflete. Hugo le besa el otro moflete y ella le pide más y más besos. Y con las confianzas que se ha tomado la pequeñaja, los besos se convierten en cosquillas por todo su cuerpo y se ríe a carcajadas. Me quedo mirándolos atontada, veo lo bien que se lo están pasando, la complicidad que han cogido en un momento del que ni tan siquiera he sido consciente. Sonrío y pienso en que estoy segura de que Jon va a quedar encantado con la princesa, al igual que Hugo. —Venga, chicos, hora de ir a dormir. —Jo, tita Sue, un ratito más —dice Valen, con esa risa contagiosa y espatarrada entre los cojines. —Va, tita Sue —la imita Hugo, sin dejar de atacar a la niña. —No, se acabó —sentencio y le tiendo las manos a Valen para que se levante—. Es tarde y luego tu madre me echa unas broncas que tiembla la tierra. —Las cosquillas me han dejado floja. —Me coge de las manos y se pone de pie—. Buenas noches, Hugo. —Buenas noches, preciosa. —Valen se agarra a su cuello y le da un beso en la punta de la nariz. Él hace lo mismo. —Oye, tita, ¿y Jon es guapo? —me pregunta cuando vamos hacia mi habitación. —¡Es guapísimo! La meto en mi cama, no sin antes darle un besito de buenas noches y de que ella me diga que si Hugo es mi novio, que deje a Rafa, que el primero es más bueno y que aunque no tenga los ojos verdes del segundo, de cara es más guapo. Manda narices la niña.


Cuando vuelvo al salón, me encuentro con que Hugo sigue en la misma posición en la que lo he dejado, sentado en el suelo, con las piernas cruzadas y con los brazos estirados a lo largo del sofá. Qué ganas tenía de estar a solas con él. Me mira con una ceja enarcada. —Así que Jon es guapísimo. —Sí, es muy guapo —le susurro sentándome a horcajadas sobre él y acaricio su nuca —. No sabía que eras adoptado. —No te lo había dicho, no podías saberlo. —¿Así que vivías en un orfanato? —Sí, en uno que hay en Zúrich. —¿Y tus padres adoptivos son suizos? —pregunto pasando mis dedos por su mandíbula. —No, son españoles. Mi padre es ingeniero civil y por tema de trabajo, lo trasladaron a Zúrich. Cuando se fueron, ya sabían que no podían tener hijos y tenían claro el tema de la adopción, así que decidieron hacerlo allí. —¿Sabes algo de tus padres biológicos? ¿Quiénes son? —Sé que mi madre era una mujer española que trabajaba como sirvienta en la casa de un alto mandatario y mi padre, el hijo del señor de esa casa —dice entrelazando sus manos con las mías. —¿Por qué te dio tu madre en adopción? —Mi padre era un gilipollas con dinero, casado y no quería responsabilidades extramatrimoniales. Y mi madre no podía mantenerme. —Se encoge de hombros—. Es lo que me contaron mis padres. —Lo siento mucho, Hugo —le digo y lo abrazo. No me imagino a un niño pequeño abandonado por sus padres. Me da mucha pena escuchar algo así, aun sabiendo que no ha sido el primero, ni será el último. —¿Por qué? —Me alza la barbilla y mira mis tristes ojos —. No quiero verte triste por algo que no tiene que ver contigo y que pasó hace mucho tiempo. Además, tengo los mejores padres del mundo. Me besa con ternura, seduciéndome con cada caricia que reciben mis labios. —Y volviendo al tema de antes… —añade, al romper nuestro contacto—, que sepas que Jon está locamente enamorado de tu amiga, no tienes nada que hacer —me dice apretando mi cintura con sus manos—. ¿Crees que les irá bien? —Estoy segura. Cris solo tiene miedo, algo que Jon sabrá curar con sus besos. —¿Y si me curas tú a mí un poquito? —me dice meloso, acercando sus labios a los míos. Y lo curo, me curo, nos curamos. Ladeo la cabeza para encontrarme con sus labios y besarnos despacio. Hugo me abraza fuerte contra él, acariciándome la espalda por debajo


del jersey, lamiendo mi boca con frenesí. Cada beso de Hugo me roba un trocito de mi alma, de mi corazón y estoy empezando a sentir el mismo miedo que Cris. —Hugo —musito jadeando—, me estás empezando a gustar demasiado. —Tita Sue —me dice con un dulce beso—, tú a mí me estás volviendo loco.

****

He cambiado de medio de transporte para ir a la oficina, ahora me voy en metro, aunque tengo que hacer transbordo de la línea roja a la amarilla, voy mucho más cómoda, no hay tanta gente empotrándote contra las paredes. Lo que sí que hay es mucho guiri, algunos que se les ve a la legua que vienen de vacaciones, otros que parecen que vengan a un congreso y otros, simplemente, están. En Barceloneta, se suben unos papás con su hija y puedo apreciar que los padres son españoles y la niña es china. Y sé que son padres e hija porque la niña los llama así. Y entonces, recreo en ese cuerpo pequeñito la imagen de un Hugo de apenas siete años, que ha aprendido a llamar papás a unos señores que le han dado significado a la palabra hijo. Cuando llego a la puerta de la oficina, me encuentro con Rafa, que llega a la misma vez que yo. Y está guapísimo, con esos pantalones color café y su camisa azul, con americana del mismo color. Y la luz del sol iluminando sus ojos verdes… —Buenos días, Susana —me saluda y educadamente, abre la puerta para que pase yo primero. —Buenos días, Rafa. Gracias. Me voy hacia el torno de las escaleras e introduzco mi tarjeta de entrada. Tengo terminantemente prohibido hacer uso del ascensor. Y mientras subo los peldaños que separan la planta baja del primer piso, puedo deshacerme de la perspectiva tan gratificante que me ha ofrecido Rafa de buena mañana. Pero va a ser que no, puesto que me sigue los pasos. —Espera, Susana —me dice cuando llegamos al descansillo. —Tengo prisa. —Espera, por favor —añade y me retiene por el brazo. Me doy la vuelta. —No me apetece hablar contigo, Rafa. —Me suelto de su amarre. —Solo quiero pedirte perdón por lo del otro día. —Agacha la cabeza y se toca el pelo —. Sé que te hice daño y lo lamento, pero necesitaba decirte la verdad. —Ya nada de eso importa. Pongo una mano en el pomo de la puerta para abrirla, pero Rafa, que es más rápido que yo, me detiene y me pega a la pared. Me sujeta por los brazos.


Siento como mi cuerpo está tenso, mi corazón acelerado y me falta la respiración. Estoy rodeada por el cuerpo de mi ex y su mirada es tan intensa que me seca la boca. —Sí, sí que importa, Susana. —Suéltame, Rafa. —No me arrepiento de haberme acostado contigo, eso jamás, pero sí de haber sido un cobarde y perderte. —Me acaricia el pelo, las mejillas, los labios y yo me quedo como un pasmarote, dejándole hacer, dejando que me seduzca y me lleve a su terreno—. Dame otra oportunidad, Susana, intentémoslo de nuevo. Déjame demostrarte que he cambiado y que puedo hacerte feliz. Esto no puede estar pasando. Me he debido de caer por las escaleras y me he dado tal golpe en la cabeza que estoy flipando. ¡¿Me está pidiendo otra oportunidad?! ¡¿Ahora?! Rafa no tiene ni idea de la de veces que he soñado con esto, que volvería de Seattle y me diría que irse había sido un error, que lo que quería era estar conmigo. Pero no, me lo dice ahora, ahora que estoy intentando olvidarlo y que su cercanía lo hace un poco difícil. Ahora que he conocido a Hugo y que empiezo a sentir algo por él. Ahora que todo me parece tan confuso, ahora que mis sentimientos van y vienen como una veleta… ahora que Rafa está acercando sus labios a los míos… —Buenos días.


13

—¿Así que Manu y Eva os pillaron in fraganti? —pregunta, Cris. —No nos pillaron in fraganti, pero sí en una situación un tanto incómoda. —Pues eso, que te pillaron en bragas —sentencia Antoinette. —¿Qué te dijeron? —pregunta, ahora, mi prima Leo, con curiosidad. —Manu, nada, pero la mirada que me lanzó fue la de asesinarme si hubiese tenido poderes. Y Eva, pues me cogió por banda, me llevó a una sala y me exigió que le explicase qué diablos era eso que acababa de ver. —¿Y nos lo explicas a nosotras? Porque tampoco lo entendemos. Estamos en casa de Cris, acabamos de cenar y Valen se ha metido en la cama hace unos minutos. Tras esa pregunta, me siento abatida en la silla, cierro los ojos y me froto la frente con un gesto cansado. Cuando despego los párpados, me encuentro a Antoinette mirándome mientras se come un yogurt. Leo me observa con su café entre las manos y Cris, deja de meter los platos en el lavavajillas y se sienta a mi lado. Me coge de las manos y me habla con cariño. —Susana, ¿qué te pasa? —No lo sé, chicas, estoy hecha un lío —mascullo ahogando mi voz en un sollozo. —¿De verdad querías que Rafa te besara? ¿Por qué no le pegaste una patada en las pelotas en vez de esperar como una estúpida a que te besara? Porque eso era lo que hubiese pasado si no hubieran aparecido tu jefe y tu compañera —aclara Antoinette, como si yo no lo supiera. Las miro sin saber qué contestar. La futura mujer de mi prima tiene razón. Me quedé como una idiota esperando que un beso de mi ex me llenara los labios. Me levanto de mi asiento y voy a prepararme un cortado. Caliento la leche en el microondas y luego vierto el café en la taza. Doy un sorbo a mi bebida a la vez que paso mi mirada por los ojos de mis ángeles. —Vosotras mejor que nadie sabéis lo mal que lo pasé cuando Rafa se marchó. — Asienten con la cabeza—. He tardado mucho en darme cuenta de que cada uno tenía un camino distinto, pero no he conseguido olvidarlo del todo. Creo que al volver a verlo, se me han revuelto las tripas y eso me ha hecho regresar a lo bonito que teníamos, y me he


dejado llevar. Cuando me acosté con él, le dije que todavía le seguía queriendo, pero no es verdad, no le quiero como antes. Quizás esté confundiendo el amor con el cariño. Quizás, el hecho de que me siga atrayendo físicamente, complica un poco mis sentimientos. —En eso tienes razón, Rafa está muy bueno —deja caer Cris, como si nada. La miramos con el ceño fruncido. Eso no ayuda—. ¡¿Qué?! Es verdad. —Prima, ¿me dejas que te diga una cosa? —Afirmo con la cabeza pesarosa—. Te conozco, y si todavía sintieras algo por él, no habrías permitido que Hugo entrara en tu vida. Creo que, como bien has dicho, el regreso de Rafa ha hecho que todo lo que sentías por él, saliera a la superficie, pero ya no lo quieres, ni siquiera estás enamorada de él. —A no ser que quiera comprobar el dicho ese de «un clavo saca a otro clavo». —Miro a Antoinette, que sigue de pie, apoyada en la encimera y me guiña un ojo. —Eso no funciona —le dice Cris. —Bueno, depende del martillo, ¿no? Ese comentario me hace sonreír y todas nos reímos. Ese pequeño momento de risas me relaja. ¿Martillo dice? Uf, menuda herramienta que tienen estos dos. —Susana, sé sincera —habla Cris después de dejar de reír—, ¿qué sientes por Hugo? Solo con escuchar su nombre, mis labios se curvan en una sonrisa bobalicona. —¡Ay, Hugo! —Suspiro tontorrona y dejo caer mi espalda en el respaldo—. Me gusta muchísimo y estoy empezando a sentir algo más por él. Cuando estoy a su lado, me olvido del resto del mundo y solo quiero que ese momento no acabe jamás, que se repita todos los días. Las tres me observan con una sonrisa dulce y de complicidad en los labios. Creo que tienen más claro que yo mis propios sentimientos. —¿Te has dado cuenta de cómo has hablado de Rafa y de la manera en la que lo has hecho de Hugo? —Antoinette pone sus manos en mis hombros—. Tú estás colgada de Hugo y, ¿sabes qué te digo? Que me parece el tío perfecto para ti. Es guapo, encantador y seguro que en la cama es mucho mejor que el gilipollas de tu ex. —Mmmm, si yo te contara… —Vuelvo a suspirar. —Entonces —añade mi prima Leo—, si tan claro tienes lo que sientes por Hugo, olvídate de una vez por todas de Rafa, por muy bueno que esté, no es bueno para ti, ya no. Aléjalo de ti, de Hugo y de vuestra relación. Si dejas que se entrometa, perderás a Hugo. Cuando me meto en la cama, la conversación en casa de Cris me ronda la cabeza. Rafa y Hugo. Hugo y Rafa. Tengo que ir por partes. Rafa; mi ex, el hombre que he querido como a nadie y que me abandonó porque le dio la gana. Me engañó y creo que no podré olvidarlo jamás. Y ahora que ha vuelto más atractivo que antes, quiere volver a mi vida como si no hubiera pasado nada. Y no debo dejarlo entrar. No puedo. Ya no, ya no le quiero y, por alguna extraña razón, me he dado cuenta esta noche mientras hablaba con mis amigas. Y Hugo; un chico magnífico que he conocido hace poco y que no puedo dejar de pensar


en él. Es guapo, encantador, cariñoso, pendiente de mí, creo que se sabe mejor que yo todas las curvas de mi cuerpo, me roba besos, me hace el amor como si cada vez fuese la primera, la última, especial. Y estoy sintiendo algo… Y me temo que esto puede ir a más. Y no me importa. Solo necesito que Hugo esté a mi lado. Espero que él sienta lo mismo que yo. La noche ha dado para algo más que para hablar de mi vida amorosa. También para cascar sobre los quebraderos de cabeza que tiene Cris con Jon. Quebraderos porque ella solita se los monta. Nos ha contado que después de hablar conmigo, fue a su casa a disculparse y cuando este le abrió la puerta, se lo encontró destrozado y borracho. Llevaba una botella de whisky medio vacía en la mano. Cris consiguió quitársela y dejarla en la mesa del comedor, que estaba todo patas arriba. Lo acomodó en el sofá y lo arropó con la manta. Jon se quedó dormido enseguida. A la mañana siguiente, después de vomitar y tomar un par de aspirinas con un café bien cargado, le preguntó qué hacía allí. Cris le dijo todo lo que tenía dentro, le pidió perdón, le rogó que volviera con ella, se sinceró con él y un te quiero salió de sus labios. Le prometió que conocería a Valen, pero que le diera tiempo. El pobre Jon, que más enamorado de Cris no puede estar, la perdonó sin pensárselo y se lanzó a por ella, a amarla como se merece. Como sigan así, Cris va a acabar matando a Jon de un disgusto. Con lo majo que es. Y cómo no, también salió el tema de la boda de mis primas. ¡Por fin tenemos fecha! Dentro de seis meses. ¡Dios mío, seis meses! ¡No hay tiempo para nada! Vestidos, restaurante, confirmación de los asistentes, padrinos, despedida… ¡despedida! De ese tema nos encargamos Cris y yo, y ahora la tenemos aquí encima. Tenemos que ponernos manos a la obra y encontrar una fecha, un sitio para cenar, un boy y una stripper… Un momento; todo eso lo tenemos. Es posible que no pinte tan mal la cosa, pero primero tengo que hablar con alguien.

****

Cuando aparco el coche, me retoco el maquillaje mirándome en el retrovisor interior. Dejo bien marcados mis labios con un tono coral, y doy un poco más de colorete a mis mejillas. Me atuso el pelo con los dedos y cuando salgo a la calle, me desabrocho un botón más de la blusa que me compré en la tienda de Leo. Acabo mi atuendo con unos tejanos ajustados que no me quedan del todo mal. Llego a la puerta del club y, aunque sé que a estas horas está cerrado al público, llamo al timbre. Me recibe el chico de seguridad de siempre y me percato de que está con Jon. Este último, cuando me ve, sonríe y me abraza. —Susana, qué alegría verte —me dice dándome dos besos. —Hola, Jon. —Le devuelvo los dos besos—. ¿Sabes si Hugo está aquí?


—Sí, está arriba en su despacho. —¿Puedo pasar a verle? —Claro, eres la única persona que no necesita cita previa para verlo. —Me guiña un ojo y me da paso con la mano para que entre—. ¿Recuerdas dónde está o quieres que te acompañe? —No hace falta, lo recuerdo perfectamente —digo sonriéndole. Cómo para olvidarlo. —Espera un momento, Susana. —Jon me para antes de que pueda dar un paso—. Gracias por hablar con Cris. —No hay de qué, Jon, pero no sé cómo la aguantas, te tiene que estar volviendo loco. —Ya lo estoy. Subo las escaleras que dan acceso al primer piso, que es donde Hugo tiene su despacho. Cuando llego a la puerta, observo que está abierta, que hay luz en su interior y que hay dos personas ahí, pues escucho sus voces. Una de ellas la reconozco, es la de Hugo, la otra no la había escuchado nunca, pero sé que es de mujer. Me quedo parada en la pared, donde puedo oírlos, pero no verlos. —Y este es el último documento —dice, la voz femenina. —Pues ya está todo. ¿Hay algo más? —No, nada más. —Perfecto, entonces voy a hacer una llamada. —¿Vas a llamar a esa chica? —Sí, y espero que no tenga planes para cenar. Me muero de hambre y quiero invitarla. ¿Te puedes creer que todavía no la he llevado a cenar? —Escucho que le dice con un aire divertido. ¿Se estará refiriendo a mí? —Te mereces ser feliz Hugo, y si esa chica lo consigue, ve a por todas. Se hace unos segundos de silencio en los cuales se oye el arrastre de una silla. La voz de la compañera de Hugo parece melancólica. —¿Qué te pasa, Pilar? —le habla con dulzura—. ¿Es por ese chico con el que sales? —Creo que solo está conmigo por estar con alguien. Estoy segura de que está enamorado de otra. —Dime su nombre que voy a pegarle una paliza por ser tan estúpido de no quererte. —¿Ves? Por eso no te lo digo. —Oigo cómo ríen—. Si no quiere estar conmigo, lo mejor será que lo deje. —Ven aquí, primita. ¿Primita? ¿La chica con la que está en su despacho es su primita? ¿Y quién es su primita?


Como mi instinto de cotilla se apodera de mí, me acerco hasta la puerta y con mucho cuidado y disimulo, asomo la cabeza y vislumbro a las dos personas que hay en el interior. Y están abrazadas. Hugo está abrazando a esa chica, una chica a la que no veo la cara, pero sí su cabello… y es rubio. ¿Es la rubia del otro día, la que vi besando a Hugo? ¿La misma que estaba con Rafa en aquel restaurante? —Mi padre me ha dicho que acaba de conocer a una mujer —declara ella al separarse del abrazo. —Supongo que se refiere a Eva —comenta Hugo—. Es una compañera de trabajo y acaba de divorciarse. Parece muy maja. —Al parecer le va bien a todo el mundo en temas del corazón excepto a mí. —Se encoge de hombros—. Será mejor que me vaya y te deje para que tengas tu cita. ¡Madre del amor hermoso! Creo que me estoy mareando. La chica rubia se ha girado a recoger los papeles… y sí, es la rubia antes mencionada. Hugo me dijo la verdad, es su prima… ¿Y su padre? Ha conocido a una chica… ¿A Eva, una compañera de trabajo? ¡¿El padre de su prima es Manu?! Me llevo las manos a la cara, completamente sorprendida. Y espera, que todavía queda lo mejor… su novio. Rafa. ¿Habla de él? Por cómo los vi de acaramelados el otro día cenando, juraría que entre ellos había algo más que amistad. Pero ¿qué es eso que ha dicho de que está enamorado de otra? En ese momento suena mi móvil. Doy un pequeño salto hacia atrás y se me cae el bolso al suelo. Me agacho a recogerlo y trasteo dentro de él con prisas. ¡Joder! Mira que es pequeño, pero no atino a encontrar mi móvil. Cuando veo la pantalla, me quiero morir. Hugo. Levanto la cabeza y con los ojos abiertos de par en par, observo que Hugo mira con el entrecejo arrugado hacia donde estoy yo y lleva su teléfono pegado en la oreja. A su lado está la chica, que me mira divertida. —Susana, ¿qué haces ahí? —Hola, Hugo —logro decir aún en cuclillas—. Venía a hablar contigo y te he visto ocupado. No quería molestar. —Anda, levanta —me dice tendiéndome una mano. Con la otra se guarda el teléfono en el bolsillo. Tiene un gesto gracioso en el rostro. Y me besa en los labios sin importarle que la chica esté ahí—. Susana, te presento a Pilar, mi prima. —Hola, Susana, me alegro de conocerte. —Se aproxima hasta mí y me besa en las mejillas—. Yo ya me marcho. Que disfrutéis de la cena. Y se pierde escaleras abajo, dejándonos a los dos solos. He podido ver bien el semblante de Pilar y he de reconocer que es una chica guapa, con el mismo color claro de los ojos de Manu y su pelo rubio y liso. Tiene pinta de ser buena persona. No creo que se merezca a un tipo como Rafa. Hugo, que no ha despegado su mano de la mía, me mete en su despacho, cierra la puerta tras él y me envuelve el cuerpo en un abrazo posesivo y mis labios caen rendidos ante la


pasión con la que los devora. Me besa tan intensamente… —¿Por qué será que me gusta tanto besarte? —murmura, sin aliento. —Debe ser que soy irresistible —añado, en tono guasón. —Eres más que eso. —Vuelve a besarme, pero esta vez con delicadeza—. ¿Has cenado? —No. —¿Te apetece que te invite a cenar? —Por supuesto, estoy hambrienta. Hugo se separa de mí y me mira de arriba abajo. Como si no lo hubiera hecho ya. Sonríe con picardía. —Buena elección ponerte pantalones hoy. —¿Le pasa algo a mis pantalones? —pregunto y me miro la prenda de ropa girando el cuello de un lado a otro. Abre un armario y saca dos cascos. ¡De moto! —¿Qué piensas hacer con eso? —digo señalando lo que lleva en la mano. —Había pensado robar un banco, con los cascos no se nos ve la cara —habla, y suelta una carcajada. Me parto—. ¿Para qué crees que son? Vamos a dar un paseo en moto hasta el restaurante. Me ofrece uno de los cascos, que yo cojo no muy convencida, y salimos del local cogidos de la mano. La mía suda horrores, estoy nerviosa y no me gusta nada ir en moto. Me da un acojone… —Tengo mi coche aquí aparcado, podemos ir en él, si quieres. —Mi moto está aquí mismo. Y está tan aquí mismo que casi me la como. Está aparcada frente al local, en el parking de motos. Yo no entiendo mucho, pero la que veo no es precisamente un ciclomotor. Es demasiado grande. Esta noche muero. —¿Has montado alguna vez en moto? —me pregunta. Qué cachondo es. —¡Uf, la tira de veces! —Pues venga, ponte el casco y sube, nena. —Me guiña un ojo y su cabeza se pierde dentro del casco. Yo, como no tengo mucha idea de cómo se pone eso, agarro los amarres e intento atinar a enganchar una parte con la otra. Pero no hay manera. Me estoy agobiando con el cacharro este puesto y estoy empezando a sudar como un pavo en navidad. —Deja que te ayude. —Hugo me ajusta el casco en un plis—. ¿Estás bien? —Asiento con la cabeza, o con el casco mejor dicho.


Hugo sube primero a la moto y luego subo yo igual que un pato mareado. ¡Y eso que se me da mejor que ponerme el casco! Apoyo los pies en el hierro que hay para esa finalidad, pero el problema son mis manos. ¿Dónde narices me sujeto? En cuanto se pone la moto en marcha, me agarro al cuerpo de Hugo con fuerza. No tengo ni idea de cuánto dura el trayecto, pero deben de haber sido años. Y esos años los he pasado sin respirar. —Susana, ya hemos llegado. —¿Eh? —Que ya me puedes soltar —dice tocando mis manos, que no se han soltado de su cintura—. Las tienes heladas y sudorosas. ¿Te encuentras bien? Lo único que puedo hacer es un gesto negativo con la cabeza, y como tengo el casco pegado a la espalda de Hugo, se percata de mi movimiento y bajo rauda de la moto, aunque me tambaleo al poner los pies en el suelo. Hugo se quita su casco y me ayuda a desprenderme del mío. —¿Qué te pasa? Estás pálida —comenta, mirándome asustado. —Solo necesito un poco de aire. Me voy aturdida hacia un banco mientras Hugo me sujeta para que no me caiga. Cuando me siento, noto que mi corazón va desbocado y respiro agitada. Hugo me aparta el pelo de la cara, que está pegado por la humedad y me besa la frente. —¿He ido demasiado rápido? Por las Rondas no se puede ir a más de ochenta. —¡¿Has ido a ochenta?! ¡Dios mío, pa habernos matao! —Es la primera vez que vas en moto ¿a que sí? —dictamina con una ceja arqueada. —¿Tanto se me nota? —Te has agarrado tan fuerte a mí que he pensado en parar en un hospital y coger una botella de oxígeno. —Me mira a los ojos—. ¿Por qué no me lo has dicho? —No sé. —Me encojo de hombros—. Tú querías venir en ese cacharro. —Yo solo quería dar un paseo contigo. —Lo siento. Y dejo descansar mi cabeza sobre su hombro a fin de recuperarme del jamacuco que me ha dado. Hugo me abraza y me besa el pelo, me consuela. Después de unos minutos en silencio, en los que me he normalizado, levanto la cabeza y miro a los ojos al chico que tengo al lado. Él también me mira con una dulzura que me emociona. Pasea sus manos por mis mechones, mis mejillas, mis labios. Junta su frente con la mía. —No vuelvas a hacer esto nunca más. Nunca vuelvas a mentirme. —Lo siento —vuelvo a repetir, bajando la mirada. —Tengo que decirte algo —susurra al alzarme la barbilla—. Nos queda la vuelta. —Y se aguanta la risa.


La noche está siendo fantástica. La cena es exquisita y no te cuento nada sobre la compañía… es lo mejor de todo. Empezamos hablando de muchas cosas y entre confesión y confesión, Hugo siempre encuentra un momento para llevarse mis manos a sus labios y besarlas con adoración. A sus besos, acompaña frases como; «¿estás bien?». «¿Se te ha pasado el susto de ir en moto?». Y claro, entre bocado y bocado, yo me derrito un poquito más. Me cuenta cómo fue su infancia en el orfanato y cómo se adaptó a la nueva vida con sus padres y su hermana, aunque necesitó ayuda para ello. Tenía miedo de ser rechazado. Si ya lo había sido una vez, ¿por qué esa vez iba a ser diferente? Pero lo fue. También me narra que estudió empresariales y que, para pagarse la carrera, trabajó como stripper en el club del que ahora es el dueño. Cuando me ha contado esto, me he quedado un poco en shock. ¡Estoy saliendo con un boy! Bueno, con un exboy. Y, como mujer que soy, empieza a hervirme la sangre al pensar en lo que eso significa. —¿Y cómo entraste en ese mundo? —le pregunto, mientras lo observo por encima de la carta de postres. —En el gimnasio, uno de los monitores me habló de que su hermano tenía un club y buscaba a chicos para sus espectáculos. —¿Te refieres al club que ahora es tuyo? —Sí, ahí empecé y ahora es mío. —La camarera se acerca a tomar nota de nuestros postres. —¿Y has hecho muchos stripteases? —continúo con el interrogatorio. —Algunos, sí —dice, sin importancia. —¿Cuántos son algunos? —Estoy empezando a notar que los celos están subiendo de intensidad en la escala de Richter. —No lo sé, Susana. —Se encoge de hombros—. ¿Cientos? —¡¿Cientos?! —exclamo, incrédula—. ¡¿Cientos de mujeres te han manoseado el cuerpo y te han visto el pene?! —No digas tonterías. —Ríe al escuchar lo que acabo de decir—. He hecho bailes eróticos, stripteases en despedida de solteras, pero en ningún caso, me he dejado tocar más de la cuenta —me susurra mirándome con profundidad a los ojos—, ese privilegio te lo concedo solo a ti. Ni escala de Richter ni hostias; un volcán de celos despierta en erupción y se apodera de mí. Pero ¿qué esperabas? Es un chico guapo, joven, con un cuerpo capaz de borrar la depresión del diccionario de enfermedades. Ha bailado desnudo delante de cientos, miles de mujeres, que ¡ay lo lagartas que nos volvemos cuando vemos a un tío en bolas y si encima está bueno! Sabemos cómo suelen acabar muchas de esas veladas, y en las que Hugo trabajaba no serían una excepción. Se habrá acostado con muchas de esas chicas. Y eso me corroe. Pero todo eso pertenece a su pasado. Ahora está conmigo y no debería molestarme. Pero, joder, ¡mosquea! —No me gustan nada esas arruguitas que tienes en la frente. ¿Pensando tonterías?


—Solo pensando. —¡Ni loca le digo que estoy muerta de celos! —A ver, nena. —Hugo coge aire y se sienta a mi lado. Roza con suavidad sus dedos por mi cara—. Ese trabajo me permitió ganar dinero para poder pagarme los estudios, no quería que mis padres hicieran más sacrificios por mí. Y sí, es un trabajo como cualquier otro y no me arrepiento. —Se acerca más a mí, hasta que nuestros labios quedan casi pegados—. Ahora, solo estoy dispuesto a enseñarte a ti mi meneo de caderas. —Entonces, si te pido que me hagas un bailecito, ¿me dejarás tocarte donde yo quiera? —le insinúo con sensualidad. —Puedes hacer conmigo lo que quieras. Soy completamente tuyo. Me desintegro en la silla cuando me dice eso, y porque estamos en un sitio público que si no, se iba a enterar este de si es mío o no. Beso despacio sus labios y saboreo la mousse de naranja que hay impregnada en ellos. Así que antes de salir del restaurante, llegamos al acuerdo de que me debe un desnudo, y, con ironía, me dice que me lo hará en la despedida de mis primas, que será en su local. Lo miro no muy convencida de que me agrade esa idea. Cuando salimos del restaurante, lo hacemos con nuestras manos entrelazadas. Apenas siento el frío con el que nos recibe la calle, el contacto de Hugo me calienta el cuerpo. Miro nuestras manos unidas y sonrío al ver que él se siente igual que yo. Al llegar donde está la moto, los nervios vuelven a hacer acto de presencia. Hugo, al percatarse de que estoy más tiesa que un palo, me abraza con cariño y me besa con suavidad los labios. Solo espero que la vuelta sea algo más relajada. Y lo es. Volvemos al local por las calles que cruzan la ciudad, donde la velocidad es más reducida y los semáforos en rojo me permiten respirar. Cuando paramos en uno de ellos, Hugo acaricia mis manos y me pregunta qué tal estoy. Ese gesto me tranquiliza. Nada más bajar de la moto, mi chico se quita el casco, me ayuda con el mío e inspecciona mi rostro con curiosidad y nerviosismo. Me sujeta entre la moto y su cuerpo por la cintura. —¿Cómo estás? ¿He ido demasiado rápido? —Estoy bien —digo con una sonrisa que destensa sus facciones. Paso mis brazos por sus hombros—. Creo que hasta voy a cogerle el gustillo a esto de ir en moto. —Cuando quieras, te llevo donde quieras. Nos besamos de forma dulce, haciendo partícipes a nuestras lenguas, que se encuentran sin ninguna dificultad. Los roces de nuestros labios se intensifican y se vuelven más frenéticos a la vez que nuestros cuerpos se rozan más, y noto como la humedad aparece entre mis piernas. —¿Te apetece venir a mi casa? —musito refregándome por su abultada entrepierna—, pero vamos en mi coche. —¿Crees que si sigues así vamos a llegar?


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Pues sí, llegamos, pero ¡cómo llegamos! En el coche nos comportamos, pero no cuando entramos en mi casa, que empezamos a desnudarnos con un desenfreno inmoral. Le quito la camisa con desesperación a la vez que él arranca la mía, haciendo que los botones salten por cualquier parte del comedor. Los besos con los que me devora son cada vez más intensos, mis labios están doloridos y mi cuerpo me pide sentirlo. Empujo a Hugo con mis manos rozando su torso y lo dirijo hacia el sofá, donde cae de culo. Me sonríe malicioso, impaciente por lo que sabe que va a suceder y yo también estoy deseando que pase. Me deshago de mis pantalones con prisas y dejo caer mis braguitas, con sensualidad, hasta los tobillos. Le tiro a la cara mi sujetador y él lo coge e inhala mi aroma. Levanto los pies para salir de la prenda que me ha quedado arremolinada en las extremidades inferiores y me acerco a Hugo, obligándole a que levante las nalgas para desprenderlo de la ropa que le queda. Y se queda como su madre lo trajo al mundo. Lo que tengo delante de mis ojos es lo más morboso y sensual que he visto en la vida. El cuerpo de Hugo te incita a practicar los siete pecados capitales hasta morir quemada en la hoguera por pecadora. Se me hace la boca agua, y mi sexo se impacienta por tenerlo en su interior. Su pene, erecto y brillante, me pide con urgencia que lo sacie, que lo lleve al último rincón del mundo. Me siento a horcajadas sobre él y, sin ayuda de nuestras manos, su miembro resbala por mi sexo hasta que penetra por completo. —Oh, nena, me vuelves loco —gime, agarrándome fuerte por la cintura. —Me encanta volverte loco. Y él a mí me vuelve loca. Logra que pierda el sentido y que nada me importe más que nosotros. Me acaricia la espalda con la suavidad de sus manos y yo me muevo con prisas, arriba y abajo, arrancándonos bocanadas de placer que nos tragamos con nuestros besos ahogados. Nos rompemos los labios con agresividad, nos humedecemos con desesperación a la vez que nuestras respiraciones agitadas nos anuncian la inminencia de algo que va a llenarnos y llevarnos al mismísimo cielo.


—Nena —susurra entre dientes—, córrete, no puedo aguantar más… me estás matando. Con una última estocada, exploto en un orgasmo colosal, dejando que el nombre de Hugo se escape de mis labios como una perfecta melodía. Hugo jadea sin pausa y antes de que pueda darme cuenta, saca su pene de mí y con una de sus manos, se lo acaricia hasta que un gruñido varonil baña el comedor. Se derrama sobre su estómago y echa la cabeza hacia atrás, agotado. Su pecho sube y baja alterado, sus ojos cerrados. Me lo quedo mirando embelesada y ya no hay marcha atrás. Hugo se está grabando a fuego lento en mi corazón. Y cada vez me quemo más. Me pilla mirándolo cuando abre un ojo, y me sonríe con satisfacción y cariño. Intenta acercarme a él, pero lo evito. —Quieto, que me pones perdida con eso. —Señalo su vientre—. Ahora vuelvo. Regreso al salón con un buen puñado de papel de baño. —Ya estoy limpio. Anda, ven aquí. Y cómo no, me rindo a ese ruego y vuelvo a ponerme sobre él. Nos abrazamos y nos quedamos así un ratito. —Esto es lo mejor del día, que estés a mi lado y pueda abrazarte. —Su voz suena suave en mi oído y me pone la piel de gallina. Coge mi cara entre sus manos y retirándome el pelo, me mira con intensidad—. Quiero que sepas que, pase lo que pase, siempre que me necesites, voy a estar a tu lado. La sinceridad en su mirada y en esas palabras me inunda de una sensación plena y me llena el alma. Beso sus labios con amor. Sonrío. —Tú también eres lo mejor de mis días. —Me gusta saber eso. Me gusta saber que te importo. —Claro que me importas, Hugo —le digo con dulzura mientras rozo mis dedos por su rostro perfecto—. ¿Por eso has dicho pase lo que pase? ¿Piensas que no me importas? Se encoge de hombros y su mirada se clava en la mía con un pesar que me pone en alerta. ¡Ay, Dios! Pase lo que pase. Y lo que pasa es que mi cabeza empieza a funcionar a todo trapo… ¿Su tío le ha contado mi encuentro con Rafa en el descansillo de la oficina? —No sé cómo ha pasado esto, pero significas mucho para mí, más de lo que te imaginas —le digo con toda la sinceridad que siento. —Solo quiero que me necesites de la misma forma en la que te necesito yo a ti. — Agacha la cabeza y me abraza con una ternura infinita, pero aun así, noto el temblor en su cuerpo y en su voz—. Quiero ser bueno para ti. —Y lo eres —le aclaro, levanto su mentón y lo miro con cariño—. Lo eres Hugo y eres lo mejor que tengo y que me ha pasado en mucho tiempo. Ahora sonríe con el cuerpo relajado, y aprovecho para volver a besar sus labios y hacer que mis palabras se queden grabadas en su boca.


—¿Sería mucho pedir que me hicieras el amor? —Cómo me gustan tus órdenes.

****

La melodía de mi móvil me obliga a abrir los ojos. Y lo primero que veo es el pecho de Hugo, que se mueve a un ritmo acompasado. Tengo la cara pegada a él, e inhalo su olor, que tan bien conozco y que es capaz de excitarme. Mi mano izquierda viaja sin pudor por su cuerpo, acaricia sus anchos hombros, baja por sus pectorales, juguetea con la fina línea del pelo que sigue su camino hasta su sexo. Dejo quieta la mano y levanto la cabeza para observarlo. Duerme, y está tan guapo así que me pasaría la vida entera a su lado, admirando sus rasgos, descifrando sus miedos, amándolo como solo él se merece. El timbre de mi móvil vuelve a sonar. —¿Qué es eso? —pregunta Hugo, medio adormilado. —Nada, mi teléfono. —Me reincorporo un poco en la cama—. Buenos días. —Buenos días. —Y antes que pueda besarme, suena otra vez el puñetero móvil. —¡Joder! ¡Mecagoenlaputa! —No digas tacos —me regaña—. Ve a ver quién es, igual es importante. Hugo me da una palmada en el culo y me levanto a regañadientes para ir al salón. Con lo a gustito que estaba en la camita, con el calor de su cuerpo… —¡Hija! ¿Dónde te metes? —¡¿Mamá?! —Escuchar la voz de mi madre, un domingo a las diez de la mañana, no me hace gracia—. ¿Estáis bien? ¿Ha pasado algo? —¿Cómo que si ha pasado algo? ¡Tienes que llevarnos al aeropuerto! —¡¿Al aeropuerto…?! —¡Ay mi madre, que me he olvidado! —. ¡¿Era hoy?! ¡¿Hoy os ibais de viaje?! ¡¿A Londres?! —Sí, cariño, es hoy —añade mi madre con voz apenada—. ¿Nos habías olvidado? Va a ser que sí. ¡Ay, pobres papis! —Mamá, perdóname, se me ha ido el santo al cielo. —Y en ese momento, aparece mi «santo» por el salón. Desnudo. Me va a dar algo—. ¿A qué hora sale el avión? —A la una y media, hija. —Mamá, dame diez minutos y paso a buscaros. —Hugo se acerca a mí para darme besitos en el cuello. Casi se me cae el teléfono de las manos. —Hemos salido de casa y vamos camino de la tuya. Enseguida llegamos.


Y cuelga. ¡¿Cómo que enseguida llegamos?! ¡Ay, ay, ay! No puedo pensar con Hugo sobándome todo lo que pilla con su boca. —Nena —ronronea—, no me digas que tienes que irte. —¿Irme? ¿A dónde? —jadeo tirándole del pelo. —He escuchado algo de tus padres y un avión. —¡Mis padres! ¡Tengo que irme! ¡Y tú también! —grito acelerada, por el calentón y por la situación en la que me encuentro. Agarro del brazo a Hugo y tiro de él hasta la habitación. —¿Quieres que vaya contigo? —¡No! —digo, mientras saco unos tejanos del armario—. No puedes venir conmigo. Tienes que vestirte y marcharte. —¿Me estás echando? —pregunta, guasón. —¿Te levantas todas las mañanas así de intuitivo? —señalo con sarcasmo. Hugo se sienta en la cama sonriendo mientras observa cómo, con una gran torpeza, me visto. Él sigue desnudo—. ¿A qué esperas para vestirte? —Me has traído a la fuerza a tu habitación y mi ropa está en el comedor. De nuevo, lo cojo de la muñeca y lo arrastro hasta el salón. Lo dejo plantado delante del sofá, donde permanece parte de su ropa. Lo miro desesperada. —Entonces, ¿no quieres que conozca a tus padres? —No —respondo—, sí, bueno, creo que sí, pero no así. —Así ¿cómo?, ¿desnudo? —vuelve a preguntar con ese aire divertido que me vuelve tonta, pero que ahora me desquicia. —Hugo, en cuanto mis padres te vean aquí, van a empezar a preguntarme qué hace un chico en mi casa a estas horas. Y es cuando se imaginarán que has pasado la noche conmigo y… —¿Y no es eso lo que ha pasado? —Y él sigue con su deje travieso. —Sí, es lo que ha pasado —afirmo resignada—, pero aunque mis padres intuyan que su hija tiene vida sexual, no hace falta que se lo restriegue por la cara. —Suelta una carcajada. —Está bien, perdona. Solo te estaba tomando el pelo. No creo que sea buen momento para conocerlos, así que ya me voy. Pero no se va. El timbre de la puerta suena y ambos nos quedamos petrificados. Esto es una pesadilla. ¡¿Y ahora qué hago?! Mis padres están fuera. Hugo dentro. No tengo escapatoria. Que sea lo que los señores Fernández quieran. Me apresuro a abrir la puerta antes de que mis padres la echen abajo. —¿Por qué has tardado tanto en abrir? ¡Íbamos a llamar a los bomberos! —exclama mi madre.


—¡Uf, los bomberos! Lo que me faltaba —resoplo, y le doy un beso a mis progenitores. —¿Qué estabas haciendo? —me interroga mi padre, con la frente arrugada. —¿Y tú quién eres? ¡Ay, mi madre! Y sí, ella misma es la que ha abierto la boca para curiosear. La observo de reojo y no me gusta cómo mira a Hugo. Y no es que lo haga con desconfianza, ¡no, qué va! Lo hace con verdadero interés, repasándolo de arriba abajo, sin perder detalle. —Soy Hugo, un amigo de su hija —se presenta a mis padres y detecto un pequeño temblor en su voz. ¿Un amigo? —¿Solo un amigo o un amigo con derecho a roce? —¡¡¡Mamá!!! —¿Qué pasa? Me interesa saber a quién metes en tu cama —se excusa, toda chula ella. Me llevo las manos a la cabeza, escandalizada por la poca vergüenza de mi madre. ¿Cuándo se ha vuelto tan descarada? Mi pobre Hugo se ha quedado boquiabierto, y creo que está a punto de desmayarse. Será mejor que lo saque de aquí antes de que mi madre vuelva a abrir la boca. —Hugo ya se va —digo tirando de su brazo, pero pesa una tonelada. Se ha muerto de pie—. Vamos cari… digo… Hugo. —Sí, yo me iba ya —contesta apuradísimo, volviendo a la vida—. Que tengan buen viaje. Se despide de mi madre con dos besos en las mejillas, que de verdad que está atontada mirándolo con demasiado atrevimiento, y con un apretón de manos a mi padre, que no le quita los ojos de encima. Nosotros nos despedimos con un casto beso en la mejilla. Mierda de beso. —¡Me voy al baño! No veas los calores que me han entrado —dice mi madre cuando Hugo desaparece por la puerta. Se va abanicando con las manos por el pasillo. —Será la menopausia. —Deja caer mi padre con el ceño fruncido todavía. Me mira a mí—. ¿Crees que ese chico va a querer volver a verte sabiendo la madre que tienes? Mi padre se pasa todo el trayecto en coche riéndose de mí y mi madre preguntándome que de dónde saco a mis amigos, a lo que mi padre le ha contestado con una mirada fulminadora. Así que me ha tocado explicarles, sin entrar en muchos detalles, quién es el chico con el que se han topado esta mañana. Ambos han llegado a la misma conclusión; que no me precipite y que solo quieren que sea feliz. Cuando los veo alejarse por la puerta de embarque, me invade la misma tristeza de siempre, la que se queda conmigo hasta que regresan de su viaje. Da igual si se van a cien kilómetros o cruzan el charco; todas las veces me quedo vacía. Pero en este caso, sé que el viaje acaba en Londres y pasarán unos días con mi hermano y eso me alegra. A ver cuántos días los aguanta Jordi. Al llegar al coche, saco mi móvil del bolso y llamo a Hugo. Le echo de menos y tengo que disculparme por el numerito de mi madre. Me apetece comer con él, así que espero


que no tenga planes. Su teléfono suena tres, cuatro, hasta seis veces antes de que salte el contestador. Cuelgo y vuelvo a hacer la misma operación, pero obtengo el mismo fin. Antes de subir a casa, en la calle, vuelvo a intentar localizarlo. Lo hago dos veces más, pero consigo la misma respuesta; la voz del buzón de voz de su número. ¿Dónde estará? ¿A que mi padre tenía razón? Resignada, subo a casa, donde en el rellano me encuentro con mis vecinas cuchicheando. Cuando se percatan de mi presencia, todas cierran la boca, pero sus labios se ensanchan. O lo que es lo mismo; estaban hablando de mí. —¡Tita Sue! Mami y las titas estaban hablando de ti —grita Valen al verme, que viene corriendo a darme un abrazo. Si eso ya lo sabía yo. —Hola, princesa. —La beso—. Hola, chicas. ¿Qué, criticándome? —¡Nooooooo! —exclaman, divertidas. —Pobre Hugo, te lo follas y luego lo echas de tu casa. No tienes corazón —dramatiza, Antoinette, con un gesto teatral. —¡Antoinette, la niña! —la regañamos todas. Esta mujer no aprende. —Vale, mami, ya me voy a ver la tele. —Y la peque se mete en casa. La pobre, ya sabe cuándo hay conversaciones de mayores. —¿Hugo? ¿Habéis visto a Hugo? —les pregunto, a la espera de que puedan darme alguna respuesta. —Lo he visto cuando estaba en el parque con Valentina. Salía del bloque y lo he invitado a que se sentara un ratito con nosotras. Por cierto —baja un poco la voz—, las mamás que había en el parque son todas unas lagartas. No veas cómo se han puesto cuando lo han visto. Todas revoloteando a su alrededor, a ver si pillaban cacho. Menos mal que mi Valentina ha sacado las garras y les ha dejado bien clarito que es su tito Hugo. —¿Y él qué hacía? —la interrogo con un tono de voz subidito por la pelusilla. —Estaba apuradísimo, incluso te diría que se ha puesto nervioso. Pero entonces, ha recibido una llamada y se ha marchado. —¿Una llamada? ¿De quién? —Pues no sé —dice y se encoge de hombros—. Solo ha dicho que tenía que irse y eso ha hecho. —Ahora, sonríe maliciosa—. ¿No quieres saber qué me ha contado de vuestra noche apasionada? —Me lo vas a contar de todas formas. —Pues que nos lo cuente a todas mientras comemos —interviene mi prima Leo—. He hecho una fideuá para chuparse los dedos. Y por supuesto que acepto la invitación de mi prima. Yo no me pierdo nunca ninguna comida hecha por ella. Y de paso, así me ponen al día de sus vidas y dejo de pensar un poco en Hugo y en las guarronas del parque. Pero Cris no me cuenta nada de su cita en el parque. Empieza a hablar de otra cosa.


—Le he dicho a Valen que el fin de semana que viene conocerá a Jon —comenta Cris. ¡Joder, no se puede soltar una bomba así cuando tengo la boca llena de fideos! —Ya era hora que te decidieras —dice Leo. —¿Y por qué el fin de semana que viene? 1

—Nos ha invitado a una casita que tiene en La Vall de Boí . Y he aceptado —dice mi amiga, mordiéndose el labio inferior. —Me parece estupendo, Cris —le digo, acariciando su brazo—. Sabes que Jon te quiere y debe de estar impaciente por conocer a Valen. —¡Titas, titas! ¿Cómo es Jon? ¿Es guapo? —Esta niña es un poco pesada. —Para ser hombre, está muy bien. —La niña mira a Leo con las cejas levantadas—. Si cariño, es muy guapo. —¡Bien! ¡Voy a tener un papi guapo! —grita, entusiasmada, levantando los brazos. ¿Todos los papás no son guapos? Seguimos comiendo mientras Cris termina de contarnos la noticia, noticia que me alegra por ella, porque al parecer ha entrado en razón y va avanzando en línea recta, a pasos pequeños, pero segura en lo que hace con respecto a Jon. Y qué narices, ¡se quieren! Y la niña pues encantada de la vida, con las ganas que tiene de tener un papi. —¿Y qué me contáis de los preparativos de la boda del año? —curioseo mirando a mis primas. —Pues ya está todo encauzado —comenta mi prima con alegría, y acaricia la espalda de Antoinette, sonriendo—. Tenemos la fecha, los invitados, el restaurante, los anillos, los vestidos… —¿Ya tenéis los vestidos? —Sí, los dos vestidos de novia. —¿Vais a ir las dos de blanco? Ellas asienten con la cabeza y sonríen con la felicidad de una pareja que va a pasar por el altar… bueno, ellas por el Registro Civil. Pero la emoción es la misma. —Así que si quieres, puedes venir la semana que viene conmigo a la prueba del vestido —dice Leo, dejándome un café sobre la mesa. —Y conmigo —añade Antoinette. —¿Vais las dos a la vez? —Mantenemos la tradición de no ver el vestido de la otra hasta el día de la boda — aclara mi prima. —Entonces, me apunto —digo emocionada. Qué hartón de llorar me voy a pegar cuando las vea. —Yo también estoy aquí, chicas —grita Cris, haciendo aspavientos con los brazos. —Yo también quiero ir. —La que faltaba por hablar.


—Tú —indica Antoinette señalando a Cris con el índice—, no puedes venir porque estás trabajando y tú, princesa —apunta ahora a la pequeña—, estás en inglés. —¿Ves, mami, cómo el inglés es un rollo? —exclama la niña con un puchero y se cruza de brazos. —Tú sí que eres un rollo —resopla la madre—. Anda, tira para casa que tienes que acabar los deberes. —Jo, mami, quiero quedarme un ratito más. —¿Qué no has entendido de que tienes que hacer deberes? —La madre de la criatura alza un poquito la voz con los brazos en jarras. Nosotras la hemos entendido a la primera. —Jolines. Valen se levanta refunfuñando y la madre, que le ruega a un ser divino que le otorgue paciencia, la coge de la mano y ambas se marchan. Yo me quedo un poco más en casa de mis primas y así me termino el café. Justo en ese momento, me llaman mis padres para decirme que ya han llegado a casa de mi hermano y consigo hablar con él. Lleva tanto tiempo fuera de casa, que escuchar su voz me hace sonreír, pero también me recuerda lo mucho que lo añoro. Después de esa conversación con Jordi y de varios cafés con mis primas, es hora de volver a casa. Me apetece darme un baño. Ya en casa, un olor cautivador me recibe y es un aroma que se está volviendo imprescindible en mi vida. El olor a Hugo lo inunda todo y me encanta, me reconforta, aunque lo cambiaría por su presencia sin dudarlo, por sus manos tocándome el cuerpo, sus besos aspirando mi último aliento antes de volverme loca, porque eso es lo que me está ocurriendo; me estoy volviendo adicta a él, y me asusta necesitarlo tanto. Me fascina esa necesidad. Mientras lleno la bañera, me voy desnudando por la casa. Voy a la cocina y lleno una copa de vino blanco. Con ella en mi mano y con el móvil, del que no me he separado, me meto en la bañera. El agua está calentita y me sumerjo en ella. Busco en la aplicación de música del teléfono a Michael Bublé para perderme entre sus notas y su voz. Escojo la canción Everything y me dejo llevar. Al cabo de una hora, cuando creo que mis huesos se han convertido en escamas y mi piel está más arrugada que una pasa, salgo del agua y me enrollo en el albornoz. Diría que me he quedado dormida. Hugo sigue sin responder. En la pantalla del móvil no aparece ningún icono de que haya intentado ponerse en contacto conmigo. Vuelo a llamarlo. Ahora ya no suena la voz de su buzón, ahora directamente está apagado o fuera de cobertura. Si esta noche no da señales de vida, mañana le preguntaré a su tío. ¿Me habré hecho pesada con tanta llamada y por eso lo ha desconectado? ¿Tengo que preocuparme por algo?


****

A la mañana siguiente, me levanto con los auriculares pegados a mis orejas, pero sin emitir sonido alguno. ¡Me he quedado sin batería en el móvil! Me apresuro a buscar el cable en el cajón y lo conecto enseguida a la corriente. Cómo me haya llamado Hugo, me da algo. Y me da. Un mensaje. A las tres de la madrugada. Mi corazón se para.

«Hola, nena. He visto tus llamadas y te pido perdón por no haber hablado contigo antes. Estoy con mi hermana en el hospital, ha sufrido un pequeño accidente, pero está bien. Mañana por la mañana le dan el alta y me la llevaré a casa. Me hace falta un abrazo de los tuyos y uno de esos besos que sabe tan bien a ti. Me faltas a cada minuto».


15

En el metro, estoy tentada de llamar a Hugo, pero no lo hago. Motivo uno; quizás todavía esté en el hospital. Motivo dos; tal vez haya regresado a casa y esté descansando y no quiero molestar. Motivo tres; la cobertura brilla por su ausencia. Por lo menos sé que está bien, y aunque no conozco a su hermana, espero que no le haya pasado nada grave. Y así, con unas ganas horribles de hablar con él y unas más inmensas de verlo, llego a la oficina. Subo por las escaleras con mi café en las manos y al llegar al primer piso casi se me cae al suelo cuando las puertas del ascensor se abren a mi paso. Me quedo parada al ver en el fondo de la caja a Eva y a Manu en una actitud… ¿cariñosa? Parpadeo perpleja, sin apartar mis ojos de la pareja. ¿Qué me he perdido? —Buenos días, Susana —me saluda Eva al verme, que deja de acariciar los labios de Manu sin inmutarse por mi presencia. —Buenos días —digo dirigiendo mis palabras a ambos. Ahora miro a Manu—. ¿Has visto a Hugo? —No. ¿Había quedado con él? —No, pero cómo ha estado en el hospi… —me callo cuando veo la cara que pone Manu, que arruga la nariz. He metido la pata. —¿En el hospi…? ¿Quieres decir hospital? ¿Qué ha pasado? —me pregunta alterado. —Perdona, Manu, pensé que sabías algo. —Pues ya ves que no, así que cuéntame qué sabes. —La verdad es que no mucho, solo que tu sobrina ha sufrido un accidente, pero que está bien —añado para que se tranquilice. —¡¿Gemma ha tenido un accidente?! —brama con verdadero terror. Ahora sé cómo se llama la hermana de Hugo. Eva y yo lo vemos desaparecer en su despacho, donde saca su teléfono y cierra la puerta. Me imagino que estará llamando a mi chico, y este me llamará luego a mí para pegarme la bronca por irme de la lengua.


¿Cómo iba a saber que su tío no sabía nada? —No te preocupes, no creo que hayas metido la pata… mucho —me susurra Eva, y me pasa el brazo por los hombros—. Oye, ¿qué ha pasado? —No lo sé. —Me encojo de hombros—. Hugo me ha mandado un mensaje de madrugada, donde decía que su hermana estaba en el hospital. No sé nada más. En ese momento, mi jefe sale de su despacho y viene directo a nosotras. —Me voy a ver a mi sobrina. Si me necesitáis, me llamáis al móvil. Veo como se acerca a Eva y le da un beso en la comisura de los labios. De mí se despide con un escueto adiós. Cabe decir que con eso me vale. A escasos pasos de la puerta, se para en su camino y me mira. Viene hacia mí. —Susana, a la hora de comer puedes marcharte. Sé que a Hugo le gustará verte. —Se mete la mano en el bolsillo del pantalón y saca un papel que deja sobre mi mesa—. Aquí te dejo la dirección de su casa. Sé que desde el día en que me encontró con Rafa en el rellano, no se fía de mí, no le gusto y me lo demuestra con la mirada que me lanza cuando recojo el papel escrito. Me pide que no le haga daño a su sobrino, que lo quiera. ¿Y no estoy ya metida en vereda? —Diría que ha debido pasar algo muy gordo para que Manu se marche con tanta prisa —dice Eva, cuando nuestro jefe se va. —Es su sobrina, normal que esté preocupado. —Y tú, ¿qué tal con Hugo? —me pregunta mi amiga cuando suena la característica musiquita del office que me indica que mi ordenador se está abriendo. —Ha conocido a mis padres. —¡¿Cómo?! ¡¿Ya?! —exclama sin disimulo. —Lo que oyes. —¡Oh, my God! —Eva se pone las manos en el pecho y me mira asombrada. Se está aguantando la risa. —No te rías, cabrona. —Ahora nos reímos las dos. Si es que en el fondo tiene su gracia. —Veo que vais dando pasitos en vuestra relación. —Me guiña un ojo y coge un bolígrafo de su lapicero—. A Manu se le llena la boca cuando habla de Hugo. Lo quiere muchísimo y me ha contado maravillas de él. Tiene pinta de ser un chico estupendo, aunque no me hizo mucha gracia que me llamara vejestorio…. —Mordisquea ahora el tapón del bolígrafo—. ¿Sabes que tanto él como su hermana son adoptados? —Sí, me lo ha contado —le contesto y voy directa al tema importante—. Por cierto, ¿qué te traes entre manos con el tío de mi chico? ¡Dios mío! ¡¿He dicho mi chico?! Ummm… Qué bien suena. Me voy a tener que acostumbrar.


—¿He oído la palabra novio salir de tus labios? —pregunta irónica. —He dicho mi chico, pero bueno, supongo que sí —digo encogiéndome de hombros, pero con una sonrisa—. Creo que es lo que somos, pero no te desvíes del tema y habla por esa boquita. —Pues digamos que algo semejante a lo que tienes tú con el sobrino de mi chico. —Y después de lo de Josemi, ¿te han quedado ganas de hombres? —Yo siempre tengo ganas de hombres —añade con voz insinuante. Vale, desisto. No puedo con esta mujer. —Quiero detalles —la incito a que hable. Apoyo los codos sobre la mesa y me sujeto la cara con las manos—. Soy toda oídos. —No se te escapa ni una, ¿eh? —Se inclina sobre su mesa y me mira con atención—. Como sabes, todas las mañanas Manu y yo desayunamos juntos. —Asiento con la cabeza —. Pues bien, a medida que han ido avanzando los cafés, hemos cogido confianza e intimado un poco. —Define intimado un poco. —Desde luego, cómo eres —dice riéndose. Se inclina un poco más hacia mí y cuchichea—. Manu me dijo que le gustaría tener algo más serio conmigo, que no se conformaba con ser jefe y empleada. —¡Vaya! —exclamo—. Por lo que he visto esta mañana, tú estás de acuerdo en ser algo más… ¿no? —Bueno, al principio fui un poco reacia, no me gustaba mucho la idea de que otro hombre entrara en mi vida. Todavía tengo el puñal de Josemi clavado aquí. —Se señala el lado izquierdo del pecho. —Pero entonces, ¿lo que he visto en el ascensor? —Sí, bueno, estamos «conociéndonos» —dice con el gesto de las comillas con los dedos—. Un día, Manu me pidió que lo acompañara a una comida que tenía con un amigo y acepté. El tipo era un viejo amigo, canosillo y bastante atractivo. Y se pasó toda la comida tirándome los trastos. —¿Te tiraba los trastos en la comida? ¿Delante de Manu? —pregunto con los ojos más abiertos de lo habitual. —¡Uf! No desaprovechaba oportunidad, el tío —argumenta, resoplando. —Y tú, ¿qué hacías? —Pues le seguí un poco el juego al hombre y la verdad no sé por qué lo hice, supongo que tenía ganas de sentirme halagada por el género masculino. Pero creo que me pasé, no debí hacerlo —dice, con tono de culpabilidad. —¿Qué pasó? —¡Dios mío, esto es como un culebrón! —Manu se dio cuenta del tonteo de ambos y se puso furioso. Terminó la comida con su amigo, alegando que lo estaban esperando en una reunión y nos fuimos corriendo de allí.


—¿Por qué actuó así? —Aunque la pregunta es absurda, la respuesta es más que obvia. —Cuando montamos en el coche, estaba tan cabreado que se lio a golpes con el volante. Me asusté, y a punto estuve de salir del coche. Pero no lo hice. Manu me agarró del brazo y me besó desesperado. —Se tira hacia atrás en la silla y ensancha sus labios, feliz—. Fue un beso escandalosamente perfecto. Necesitaba un beso de esos. Creo que quemé la tapicería con la calentura que me entró. ¡Cómo besa este hombre! Me carcajeo, y Eva conmigo. Hacía tiempo que no nos reíamos así y echaba de menos estos momentos, además, que a ambas nos sienta de maravilla. Estoy empezando a pensar que la familia Casanova nos hace bien a las dos. Tío y sobrino son tremendos y me parece que han heredado la misma habilidad al besar, aunque no corre la misma sangre por sus venas, con los años que llevan juntos, se les habrá pegado algo. Y algo demasiado bueno. —Bien, y ahora explícame cómo Hugo ha conocido a tus padres.

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A las dos menos diez empiezo a recoger mis cosas cuando Eva recibe un Whatsapp. —Manu está esperándome en el bar de abajo. —¿Vais a comer juntos? —pregunto, al percatarme de que no me había dado cuenta de que no había regresado. —Tengo que aprovechar estos momentos. —Se levanta de su asiento y me besa en la mejilla—. Dale un beso a Hugo de mi parte. Cojo la línea amarilla del metro, la que me tiene que llevar a casa de Hugo. Es curioso que en todo este tiempo que hace que nos conocemos, no haya estado en su casa. Las veces que hemos tenido nuestros encuentros, hemos acabado en su local o en mi piso. Tal vez el hecho de que acabe de mudarse sea el culpable de no haber pisado su hogar. Sé que la calle está por la zona marítima, pero no sé ubicarla. Así que cuando llego a mi parada, salgo al exterior y ojeo el callejero en Google Maps. Al parecer, está dos calles más abajo… ¿o es hacia arriba? Me decido por preguntarle a un señor que, muy amable, me indica que voy en dirección contraria. Está claro que no sé interpretar un mapa. Subo al piso de mi chico y espero a que me abra la puerta. Y lo hace un Hugo que apenas conozco. Si el que vi en su despacho me pareció de lo más apenado, el que tengo delante me asusta. Es un Hugo apagado, ojeroso, cansado, un Hugo débil. Me sonríe al verme, pero su sonrisa no llega a sus ojos. No soporto verlo así. —Hugo. —Abro los brazos y él, sin pensárselo dos veces, me abraza con ternura y con una necesidad que me duele—. Estaba preocupada por ti. —Lo siento —se disculpa con un hilo de voz y oculta su cabeza en el hueco de mi


cuello. Nos quedamos así, abrazados, de pie en el umbral de la puerta. Le acaricio el cabello, la espalda mientras le susurro que se calme. Está tembloroso. —¿Cómo está tu hermana? —Mejor. Está en casa de mi prima Pilar. No ha querido quedarse aquí —me dice mirándome a los ojos. —Y tú, ¿cómo estás? —pregunto sin dejar de acariciarlo. No responde, al menos no lo hace con palabras, pero sí con un beso que inunda mis labios de su preocupación y de algo más que no sé descifrar. Con los ojos todavía cerrados, apoya su frente junto a la mía y respira profundamente. —¿Has comido algo? —Él niega con la cabeza. Lo obligo a que me mire—. ¿Cuánto hace que no comes? —Desde el sábado, desde nuestra cena. —¿Llevas casi dos días sin comer? —le regaño. —Solo he tomado café, ¿eso sirve? —No, no sirve, Hugo. —Suavizo mi tono de voz, no creo que sea buen momento para gritarle—. Vamos a la cocina, prepararé algo. Entrelazo sus dedos con los míos y le dejo que me guie por su casa. Vive en una especie de loft. Por lo que puedo observar, todas las estancias están en la primera planta, a excepción de lo que se encuentra en la planta de arriba, que deduzco que habrá una habitación. Veo como una escalera de madera llega hasta ella desde el comedor. Una vez en la cocina, Hugo deja que trastee por entre sus muebles y encuentro un paquete de macarrones sin abrir, que me servirá para preparar la comida. Hugo llena de agua una cazuela y la pone al fuego. A la espera de que el agua llegue a su punto de ebullición, me rodea la cintura con sus manos, las mías van hacia su cuello y sus ojos me miran con devoción. —Gracias por venir. Gracias por estar conmigo. —No tienes que dármelas, te lo vuelvo a repetir; me importas mucho y deberías hacer un esfuerzo por metértelo en esa cabezota. Hugo sonríe algo más complacido y mis labios son acariciados por los suyos de manera lenta y cadenciosa. Una caricia que me dice mucho del momento por el que está pasando. Mientras preparamos la comida, varias veces estoy tentada de preguntarle a mi chico por el incidente con su hermana, pero me muerdo la lengua y me callo. Me gustaría que saliera de él y me contara lo sucedido, pero de lo único que hablamos es del fin de semana que les espera a Jon, Cris y Valen. —Te han quedado buenísimos —me dice señalando el plato de macarrones. —Solo son unos macarrones —indico antes de llevarme unos cuantos a la boca.


—Pues son los mejores que he probado nunca. —¿Has visto lo que pasa por no comer? Dices tonterías. Hugo se ríe y yo, como una tonta enamorada, me lo quedo mirando embobada. Me pasaría la vida entera así. Después de comer, nos vamos al salón. Nos sentamos en el sofá y Hugo se acurruca en mi regazo. Durante unos minutos, ninguno dice nada. Empleo ese tiempo en rozar con mis dedos los oscuros mechones de mi compañero. Me empiezan a gustar estos silencios que se hacen entre nosotros, empiezo a entenderlos. Con su cabeza sobre mis rodillas, me mira fijamente desde abajo. Le sonrío con ternura a la vez que pongo mi mano sobre su pecho y él me la rodea con fuerza con sus dedos. —Me gusta estar así contigo —murmuro inclinándome sobre sus labios. —A mí, simplemente me gusta estar contigo. —Nos besamos. Vuelve a descansar su cabeza en mis piernas. Deja caer un largo suspiro por entre sus labios—. Cuando estaba en la universidad, conocí a una chica, Érika, se llamaba. Salimos juntos durante un tiempo. A los pocos meses, en una fiesta, la vi esnifando una raya. Hugo se queda callado y con el semblante serio. No deja de observarme y yo lo miro extrañada. Espero a que prosiga, pues de momento, no estoy entendiendo nada. —Era la primera vez que la veía inclinada sobre la mesa y metiéndose ese polvo blanco por la nariz. Me dijo que necesitaba hacerlo, que era la única manera para permanecer despierta durante los exámenes y poder olvidar los malos rollos que tenía en casa. —Coge aire para continuar—. Esa noche me invitó a probarla. Yo me negué al principio y me enfadé muchísimo con ella, pero… —Pero al final la probaste —lo corto con la voz temblorosa. Asiente con la cabeza. —Esa fue la primera de muchas —me confiesa. Lo miro horrorizada. El corazón me va acelerado y sin darme cuenta, separo mi mano de la suya. Hugo me mira con tristeza. No me lo puedo creer. ¿Hugo adicto a la coca? —¿Por qué lo hiciste? —Porque fui un imbécil, porque estaba enamorado de Érika y quería que me aceptara. Porque todo el mundo en aquella fiesta iba colocado y pensé: «y yo, ¿qué? Por una rayita no va a pasarme nada. Yo controlo». —Eso no es así, Hugo, no controlas. Solo quieres más, necesitas más. —Ahora lo sé. Créeme que ahora lo sé —comenta abatido. —¿Sigues consumiendo? —pregunto con pánico de escuchar la respuesta. —No, hace mucho que no me meto nada. —¿Cuánto tiempo estuviste…? —Demasiado —responde sin dejarme terminar la frase. Vuelvo a posar mi mano en su cabello, se lo masajeo y de nuevo se queda callado. Pasa


una eternidad cuando me mira con el rostro lleno de arrepentimiento y deja escapar el aire retenido en sus pulmones. Entiendo que le está costando sudor y lágrimas contarme esto. —Hugo, ¿por qué me cuentas esto? ¿Tiene algo que ver con el incidente de tu hermana? —Sí. Ella también consumía. ¡¿Cómo?! Me quedo muerta, con los ojos abiertos como platos a la vez que Hugo cierra los suyos. ¿Su hermana consume? ¿Eso es lo que le ha pasado? Ahora abre los ojos y los tiene lacrimosos. Su mirada está perdida en algún momento de su pasado, en un momento que no es nada alentador. Una pena enorme me agarrota el pecho y no me deja respirar. —Un día, Gemma me vio por la calle con el camello que me suministraba la droga. Ella no se dio cuenta de nada, es más, pensó que era un amigo de la facultad. Y se encaprichó de él. Al poco, me enteré de que estaban tonteando. Le dije a mi hermana, un millón de veces, que se alejara de él, que no era buena persona, que no se merecía a alguien como él, pero no me hizo caso —dice con tristeza—. Imagínate, tu hermano enganchado a las drogas y tu novio, el camello. El cóctel perfecto para arruinarte la vida. —Hugo —murmuro, acariciando su rostro—, tú no tienes la culpa. —Claro que la tengo. Si no me hubiese metido en esto, nada de lo que pasó, nada de lo que ha ocurrido, hubiese pasado. Se incorpora en el sofá y se frota la cara con ambas manos. La deja oculta entre ellas. Yo me acerco a él y lo abrazo con mimo, dejando que se calme y respetando que quiera continuar hasta el final. Nunca me había encontrado en una situación así, y lo cierto es que no sé cómo debo actuar. —¿Cómo conseguisteis salir de vuestra adicción? —Por mis padres —añade con melancolía al mirarme a los ojos—. Le robábamos dinero a mi madre para costearnos la coca y claro, cada vez necesitábamos más. Mi madre encontró una bolsita en uno de mis cajones. Nunca podré olvidar la desolación, el dolor reflejado en la cara de mis padres, las lágrimas que mi madre llegó a derramar por mí, por nosotros. No dejaba de repetirle a mi padre qué era lo que había hecho mal, qué era lo que no nos habían dado para que lo buscásemos en la droga. Hugo derrama una pequeña lágrima que limpio con un beso. Puedo imaginarme la desazón que debieron sentir sus padres al pensar que les habían fallado. —Aquel día, se me vino el mundo encima y fue entonces cuando me di cuenta, cuando abrí los ojos y pensé en el daño que les estaba haciendo. No se merecían aquello, no después de todo lo que habían hecho por nosotros. —¿Qué pasó entonces? —pregunto con delicadeza mientras paseo mis dedos por su espalda. —Mi padre, que durante aquella charla se mostró firme, aunque supongo que por dentro estaría destrozado, nos mandó derechitos a un centro de desintoxicación. Estuvimos en el centro seis meses, y luego seguimos en terapia durante años. Perdí los estudios y no volví hasta que me sentí realmente con fuerzas para enfrentarme a algo que solo dependía de mí. En aquel sitio fue donde empezó todo y sentí un pánico atroz el primer día que regresé.


Me acompañaron mis padres, igual que hicieron en mi primer día de colegio. —Sonríe ante ese recuerdo—. A día de hoy sé que gracias a los psicoterapeutas del centro, pero, sobre todo, al cariño de mis padres, a todo lo que arriesgaron por nosotros, estamos vivos. —Tus padres hicieron bien. Os quieren y os ayudaron estando a vuestro lado. No os dejaron solos. —También fue muy duro para ellos —dice con nostalgia y pesar—, creo que hasta más que para nosotros mismos. Sí, estaban a nuestro lado, pero el papel tan agotador, tan frustrante que tenían para con nosotros, era tan doloroso que me prometí a mí mismo que no volvería a pasar por aquello. Quería recuperarme, se lo debía a ellos. —Todo ese esfuerzo ha merecido la pena porque, estáis recuperados, ¿verdad? —Sé que ha dicho que ya no consume, pero necesito que me lo vuelva a repetir. —Sí —responde. Me coge la mano y me besa los dedos—, o al menos eso creía. —¿Eso creías? ¿Qué significa eso? —Mi tono suena alterado. Suelto mi mano. —Hace una década que no consumo, créeme, nena, por favor. —Ahora, con mi cara entre sus manos, me mira asustado. —Te creo, Hugo —le digo besando sus labios para que vea que mis palabras son sinceras—. ¿Y tu hermana? —¿Recuerdas el primer día que viniste a mi despacho? —Asiento con la cabeza—. Ella vino antes que tú. Me contó que, en un ataque de sinceridad, le explicó a su novio que era exdrogadicta. El muy cabrón la dejó esa misma noche. Estaba destrozada, hundida, se lamentaba por habérselo contado. No dejaba de decirse que si no le hubiese dicho nada, él seguiría con ella. —Ese tío es un gilipollas. Estoy segura de que tu hermana estará mejor sin él. —Es muy complicado, Susana —dice mordiéndose los labios y frotando sus manos con énfasis en sus muslos—. Cuando sales de algo así e intentas recuperar tu vida, te topas con otro muro; la sociedad. Si no saben que eres un exadicto, no pasa nada, pero cuando lo saben, se apartan de ti, te miran como si fueses lo peor, como si por estar a su lado les fueses a contagiar todas las enfermedades del mundo. —Ahora me mira—. No todas las personas son así, hay gente maravillosa que te ayuda, que realmente te mira como si fueses un ser humano, que te tiende una mano para que vuelvas a sonreír. Y eso último es lo que yo hago. Le ofrezco mi mano y lo miro con cariño, esperando a que me la coja. La observa, me mira con una sonrisa efímera y entrelaza sus dedos con los míos. Se me empañan los ojos al entender las palabras de Hugo y yo no quiero ser así. No soy así. —El sábado volvió a consumir. Me ha confesado que era la primera vez desde que salimos de terapia. —Veo como su mirada se vuelve oscura—. Cuando tu cuerpo está limpio y te metes la misma cantidad que cuando consumías, padeces una sobredosis. Eso fue lo que le pasó a mi hermana. Y todo porque la arrastré conmigo, no supe mantenerla al margen. Hugo se levanta del sofá y camina nervioso por el comedor, sin dejar las manos quietas


y con el rostro mostrando enfado. Está furioso. Con ese chico, con su hermana y con él con el que más. —Hugo, tranquilízate, por favor, y deja de pensar en que esto es culpa tuya —le digo al levantarme y plantarme delante de él. Me abrazo a su pecho. —Es que lo es, Susana, ¿no te das cuenta? —dice irritado. Me sujeta por los hombros y me mira como si no entendiera lo que me está diciendo. —Es culpa tuya haberte metido en la droga, pero no que tu hermana haya seguido tus pasos. Ahora su mirada es fría. Y solo faltaba que se cabreara conmigo. Y lo consigo. Se marcha a la cocina refunfuñando, dejándome con mal cuerpo. Me muerdo el labio inferior con rabia. Me va a resultar imposible hacerle entrar en razón y que vea que lo que ha ocurrido, no tiene nada que ver con él. Pero tengo que intentarlo. Lo veo reclinado en la encimera, con una mano sujetando un vaso de agua y la otra apoyada en el mármol. Con sus piernas cruzadas por los tobillos, y su cabeza inclinada hacia ellos. —Hugo, no te enfades conmigo —murmuro, acercándome a él—. Solo quiero que entiendas que no debes culparte por lo sucedido. —Pero es que yo soy… —Shhh. —Lo corto con un tierno beso—. Por eso, aquel día me dijiste que querías ser bueno para mí, ¿verdad? —Tuerce los labios en una mueca lastimera—. Lo eres Hugo, por supuesto que eres bueno, y no solo para mí, también para Gemma. —Asusta lo que te he contado ¿a que sí? —Hombre, no me has contado precisamente que estás organizando unas vacaciones para llevarme a una playa paradisiaca —le digo sonriendo—, pero sí, no te voy a engañar, acojona. —Suspiro. Ya que él ha sido sincero conmigo, quiero serlo también con él—. Lo que más miedo me da es que vuelvas a engancharte, que pase cualquier cosa y recaigas. —Lo siento, Susana, siento que te sientas así, pero no puedo cambiar lo que soy y soy un exdrogadicto y lo seré siempre. —Su voz suena triste, arrepentida—. Así que entenderé que quieras salir de mi vida y no volver a saber más de mí. Deja el vaso sobre el mármol y sus brazos caen a ambos lados de su cuerpo. Se dirige arrastrando sus pasos de nuevo al comedor. El agua que antes ha bebido debía contener algún ingrediente extra de estupidez, porque desde luego que mi chico está peor de lo que pensaba. ¿Qué salga de su vida? ¿Por lo que me ha contado? ¿Se piensa que soy igual que el palurdo ese que salía con su hermana? Sí, vale que den ganas de salir corriendo, pero si piensa que voy a hacerlo, es que este chico no ha entendido nada. Lo veo sentado en el sofá, con la cabeza echada en el respaldo y los ojos cerrados. Se va a enterar este hombretón de quién es la tita Sue. Me siento a horcajadas sobre él y pega un brinco que me hace reír. No me esperaba. —Una vez me dijiste que pase lo que pase podía contar contigo, pues bien, ahora soy yo la que te lo digo; pase lo que pase, voy a estar a tu lado. No pienso dejarte por lo que


hiciste, eso sería de cobardes y yo no lo soy. —Muchas veces pienso en lo que hice y en el por qué lo hice. Y no le encuentro sentido. ¿Qué necesidad tenía yo de hacerlo? ¿Una chica? ¿Ser cómo el resto de mis amigos? —pregunta, con el arrepentimiento bailando en su rostro—. Cuando empiezas, no sabes parar y cada vez necesitas más, te metes más y se vuelve contra ti. Dejas de ser una persona, de hacer las cosas que hacías antes, te anulas y solo vives para meterte otra raya más, para tener el subidón del momento y luego volver a caer más bajo. Lo peor de todo es que estuve a punto de cavar mi propia tumba y de arrastrar a mi familia conmigo. ¿Lo ves? Aquí el único cobarde soy yo. Los ojos se me humedecen y la barbilla empieza a temblar. Me abrazo a él y dejo que las gotas inunden mi rostro. Llevo todo el rato con un nudo en el pecho y ya no puedo soportarlo más. Toda la tarde escuchando de sus labios lo que le pasó, algo muy duro, sin duda, algo que nos podría pasar a cualquiera, pero le ha pasado a él. Mi chico, mi Hugo, ese hombre atractivo, sexy que me encandiló la primera vez que lo vi. Ese hombre vulnerable y fuerte a la vez. Ese hombre débil, pero decidido. Ese hombre herido que ha sabido seguir adelante. Un Hugo que para mí, lo es todo. Me acaricia las mejillas, secándomelas con sus dulces y eternos besos. —No llores, nena. —No eres ningún cobarde, Hugo —le aclaro, mirándolo a los ojos con sinceridad. Me limpio la moquera con el dorso de la mano—. Solo cometiste un error y has conseguido enmendarlo. Eres increíble, y te admiro por haberte dejado ayudar en tu adicción y haber sabido salir de ese pozo. No todo el mundo lo consigue, pero tú sí y eso demuestra la enorme fuerza de voluntad que tienes. Querías vivir y aquí estás, recuperado. Y conmigo. —Te mereces algo mejor que yo —añade mientras acaricia mi rostro. —Define «algo mejor que yo». —Pues alguien normal, que no tenga un pasado como el mío —susurra con la mirada agachada. —¿Qué estás tratando de hacer, Hugo? —pregunto levantándole el mentón y con un tono de reproche. —No puedes conformarte solo con esto —dice señalándose y me aparta de su regazo. Me quedo sentada en el sofá mientras veo como se pasea cabizbajo por el comedor. Ni siquiera se digna a mirarme cuando sube un peldaño de la escalera para alejarse de mí. —Y si quiero conformarme solo contigo, ¿qué vas a hacer? ¿Decirme qué debo sentir y por quién? —Lo freno agarrando su muñeca. —No quiero hacerte daño. —¿Por qué eres tan cabezota? —le digo y me mira desde arriba del escalón con las cejas enarcadas—. No voy a alejarme de tu lado. —Susana, tú no entiendes… —Claro que lo entiendo —le corto la frase y lo arrincono contra la barandilla—.


Entiendo que te sientas frustrado por lo que ha ocurrido con tu hermana, entiendo que tu pasado ha vuelto a golpearte, pero no me pidas que entienda que estar sin ti es lo mejor para mí, porque no lo es. Y volvemos a quedarnos en ese silencio que hemos aprendido a respetar escuchándolo. Entrelazo mis dedos con los suyos para acompañarlo hasta su habitación. Cuando llegamos arriba, solo veo una amplia sala con una enorme cama, un armario, escritorio y una puerta que quizás sea un baño. Lo despojo de su ropa y hago lo mismo con la mía. Vuelvo a tomarlo de las manos y me tumbo a su lado, abrazándolo. —Gracias, gracias por contármelo, por confiar en mí —le susurro, pegada a sus labios. —¿Vas a quedarte conmigo? —Me mira cansado, con los ojos tristes, todavía con ese vacío. Asiento con la cabeza—. Todavía puedes echarte atrás. Puedes salir de mi vida, no voy a reprocharte nada. —Estás agotado, llevas días sin descansar y sin dormir en condiciones, así que no voy darle importancia a tu emperramiento. Y por si no te ha quedado claro, no voy a salir de tu vida —le digo cariñosamente—. Y tampoco voy a permitir que tú te alejes de la mía. Ahora me abraza mucho más relajado.


16

Estoy en el salón de Cris, mirando una de las revistas que roba del centro de belleza, revistas, por supuesto, culturales, porque sale cada tío… Una de las noticias que logro ver es la de la ruptura de Cristiano Ronaldo e Irina Shayk. ¡Por Dios! ¿De cuándo es esta revista? Lo cierto es que es el único recorte que leo, pues voy pasando las hojas sin apenas ojearlas. Llevo toda la semana pensando en lo que me contó Hugo sobre su vida, su pasado. Aquella tarde hablamos mucho sobre eso, conversación que tuvimos posterior a un buen polvo y una siesta. En ese orden. Me contó sobre los meses que estuvo ingresado en el centro, de cómo los médicos y los otros compañeros con su mismo problema eran allí como una familia con un mismo fin; salir de aquel sitio con la cabeza bien alta. Me volvió a recordar la importancia que tuvo para él el apoyo de sus padres. Me ha hablado tanto de ellos que tengo unas ganas inmensas de conocerlos y poder abrazarlos para darles las gracias por estar junto a su hijo. Estoy muy orgullosa de Hugo. Pero es un cabezón de mucho cuidado. No he conseguido sacarlo de sus trece sobre su sentimiento de culpabilidad para con su hermana. No ha cedido ni un ápice. El tema de su hermana es algo más complicado. Su prima Pilar fue la que dio la voz de alarma. Ese domingo por la mañana había quedado con Gemma para ir a desayunar. Al ver que esta no se presentaba y pasaban los minutos la llamó, pero ella no respondía, así que Pilar llamó a Hugo, que tuvo un mal presentimiento. Y acertó. Sé por mi chico que su hermana está dispuesta a volver a terapia, a curarse otra vez. Le ha prometido que esa iba a ser la última vez que entraría en una comunidad terapéutica, porque no iba a volver a las andadas. Y menos por un tío que la deja a las primeras de cambio. Eso demuestra lo mucho que la quería. Espero que así sea. Por ella, por sus padres, por Hugo. Y es este último el que me quita el sueño. Desde que me explicó lo ocurrido, no dejo de darle vueltas. Y no a lo que pasó, sino a lo que pueda pasar. Recaer. Sé que es absurdo que me obsesione con algo que sé que no va a pasar, Hugo me ha jurado que todo eso quedó atrás hace años y me ha prometido que jamás va a regresar a ese agujero negro. Y le creo, ¡claro que le creo! Pero tengo miedo. No quiero perderlo. No, no debo pensar eso. Todo debe ser igual que antes de que me lo contara.


—¡Te he dicho que no! ¡No puedes llevarte el puzle! —¿Por qué no? —Porque luego tienes que desmontarlo. Llévate la Tablet. —¡Mamá, en la montaña no hay internet! —Pero ¡¿adónde te crees que vamos?! ¡Claro que hay internet! Conversación a grito pelado entre madre e hija. Cris y Valen. La primera llega al comedor arrastrando una maleta enorme y maldiciendo por lo bajo. Se lleva por delante una de las sillas que hay alrededor de la mesa con el maletón y me da por sonreír, pero se me evapora la sonrisa al ver la cara de rancia de mi amiga. Está nerviosa. Se le nota. Hoy es el gran fin de semana. Hoy es el día J, hora V. Y aquí me ves a mí, de espectadora número uno. Vamos, que por nada del mundo me pierdo yo la cara que va a poner Valen cuando vea a Jon. Cris se sienta a mi lado y apoya su cabeza en mi hombro. —Creo que un flan tiene más consistencia corporal que yo. —Ya lo veo, pero no te preocupes, todo va a salir bien —le digo dándole unas palmadas en la pierna. —Eso espero. —Suspira y levanta la cabeza aterrada—. ¿Y si no sale bien? ¿Y si Valentina y Jon no se soportan? No, esto ha sido una locura. Lo mejor será que vaya a deshacer la maleta y nos quedemos en casa. Se levanta, pero yo soy más rápida que ella y, sujetándola por la muñeca, le apalanco el culo en el asiento. —No vas a ir a deshacer nada ¡Y deja de hacer eso! —¿El qué? —pregunta, como si no lo supiera. —Deja de cagarte en las bragas y asume de una vez que tu vida está avanzando. —Sue, todo esto va muy rápido, es como si se me escapara de las manos. —La pobre está acojonaita. —En eso llevas razón, pero es algo bueno. Has conocido a Jon, os queréis y estoy segura de que tu hija y él se van a llevar a las mil maravillas. —O eso creo. —Si esto no sale bien, ¿me prestas a Hugo? Con Valentina se lleva bien. —¡Ni hablar! El tito Hugo se queda con la tita Sue —digo categóricamente. —Desde luego, no se te puede pedir nada. Las dos nos reímos y las risas relajan la tensión palpable en el ambiente, pero nos ponernos en guardia cuando el timbre de la puerta suena. Las cinco y media. Jon ha llegado puntual. —Abre tú, Susana, por favor —dice Cris, frotándose las manos con tanta fuerza que al final conseguirá hacer fuego. Voy hacia el interfono y la voz del futuro papi suena al otro lado. Parece relajado.


Espero que venga con espada y armadura. Por si acaso. —¡Jon está subiendo! —¿Jon ya ha llegado? —dice, atropelladamente, la pequeña cuando entra en el salón. —¿Has acabado con tu mochila? —la interroga la madre. —¡Jolin, mami, no sé qué llevarme! En la Tablet no podré descargarme ningún juego. —¡¿Todavía con eso?! ¡Que no vamos al Lejano Oeste! —brama Cris apuntando con el dedo índice hacia la habitación de la niña—. Haz el favor de coger el cacharro ese y meterlo en tu mochila a la voz de ¡¡ya!! —¿Qué son esos gritos? La cabeza de Jon asoma por entre la puerta y las tres nos quedamos mirándolo de manera distinta; Cris lo hace con la cara descompuesta; Valen, igual que si hubiese visto a los Tres Reyes Magos por primera vez, se esconde detrás de mí, agarrándome de la camiseta. Y yo soy la única que sonrío. —Hola, Jon, pasa —le digo acercándome a él con la pequeña enganchada a mi espalda. —Hola, Susana —me besa en la mejilla. Me guiña un ojo y señala a la niña—. ¿Qué llevas ahí, un duendecillo? —Un duendecillo vergonzoso —añado alegre—. Vamos, Valen, ven a saludar a Jon. Pero la renacuaja niega con vehemencia con la cabeza y se engancha a mi jersey con más fuerza. Intento separarla de mí, pero la puñetera parece que se ha pegado con pegamento. Esta niña ¿qué ha comido, espinacas? ¡Joder, que no sale! —Valen, haz el favor de comportarte. —Ella vuelve a negar con la cabeza. —Bueno, pues mientras voy a saludar a la mamá duende —dice Jon, que sonríe. Mientras que Jon va a hablar con Cris, que se ha quedado más atontada de lo normal, un pequeño tirón del bajo de mi camiseta hace que me gire hacia atrás y veo a Valen con los ojos achinados y sin perder de vista a su madre y a su chico. —¡Vaya, ahora sales! ¿Te parece bonito comportarte como una niña maleducada? —le regaño—. ¿Tantas ganas que tenías de conocer a tu papi y ahora te escondes? —¿Ese es Jon? —¡Noooo! Ese es uno de los Gemeliers. El otro os está esperando en el coche. ¡Pues claro que es Jon! —No me gusta —dice la pequeña. ¡¿Perdón?! —No te gusta ¿qué, Jon? —Ella niega con la cabeza. Mira que está negativa la jodía—. ¿Por qué no? —Tiene mucha boca. —¡¿Que tiene mucha boca?!


—Sí, tiene los labios muy grandes. ¿Para que los quiere tan grandes? —¡Ay, princesa, si eso es lo mejor de todo! ¡Es Brad Piqué! —exclamo bajito, pero al ver la mirada incomprensible de Valen, le aclaro—. Tú solo tienes que conocerlo. Él quiere mucho a tu mamá y también te va a querer a ti. —¿A mí me va a querer? —pregunta entusiasmada. —Claro que sí, preciosa —le digo acariciando esa piel infantil de su carita. Me acerco a su oído, como para contarle un secreto—. Por eso tiene los labios tan grandes, porque en ellos tiene un montón de besos para darte. —Valentina, ven a saludar a Jon. —¡Por fin la madre de la criatura reacciona! Mi sobrina va con pasos pequeños hacia Jon. Se gira para mirarme y yo la empujo, metafóricamente, alzando mis cejas para que se acerque a él. Ella se vuelve y mira ahora a su madre, que le sonríe con ternura y hasta creo que tiene los ojos brillantes. Jon sabe que tecla tocar para calmarla. —Hola, Jon. Yo soy Valentina, aunque la tita Sue me llama Valen. —¿Tita Sue? —Me mira divertido. Me encojo de hombros sonriendo. Se agacha para quedar a la altura de la pequeña—. ¿Y cómo quieres que te llame? —Mejor Valentina, porque a mami no le gusta que me llamen Valen. ¡No veas cómo se enfada cuando la tita me llama así! —Muy bien, Valentina —saluda a la niña mientras mira a Cris riendo—, ¿puedo darte un beso? Ella asiente y se acerca un poco más a él, pero antes de que Jon pueda darle ese beso, ella se adelanta y se lo planta en la mejilla. Y, por si eso no fuera poco y para sorpresa de todos, lo abraza con sus bracitos por el cuello y Jon, sin pensárselo dos veces, la rodea con los suyos. Es una imagen tan tierna que se me empañan los ojos, al igual que los de Cris. —La tita me ha dicho que quieres a mi mamá. —Escucho que le susurra en el oído. —Muchísimo. —¿Y te vas a quedar con nosotras para siempre? —Esa es la idea. —Jon le sonríe de una forma tan sincera y natural, que hasta a mí me están entrando ganas de abrazarlo. —Chicos, se está haciendo tarde —interviene Cris al lado de las dos personas más importantes de su vida. —Mami tiene razón, así que ¡en marcha! Jon la coge en brazos y con el otro, tira del asa del maletón de Cris a la vez que ella recoge la mochila de Valen de su habitación. Me despido de ellos y espero a que mi amiga salga. —Creo que no vas a necesitar a Hugo. —La rodeo por los hombros y ella sonríe abiertamente. Cuando llego a casa, sonrío al recodar lo sucedido en el piso contiguo. Creo que la cosa


ha salido mejor de lo que esperábamos y eso que Valen, al principio, ha sido un poco reticente a acercarse a Jon, pero al parecer, la sangre no ha llegado al río. O a la montaña, donde sí que hay internet. ¡Que tiene la boca muy grande, dice! Me parto. Si Hugo tuviese esa boca… No, no la necesita. Sus labios son perfectos, pequeños, bien definidos, unos labios que me besan como nadie, que recorren mi cuerpo con pasión, que me hacen unas virguerías… Contra antes entre en la ducha y me acicale, antes podré irme al club y poner en práctica todo lo que esa deliciosa boca sabe hacerme. Delante del espejo observo a la mujer que me devuelve. Voy vestida con unos pantalones grises y con mi blusa blanca favorita. Y delante del cristal me veo bien, te diría que casi perfecta y me agobia sentirme así. Parezco una pija engreída, una niña tonta y mimada; una chula, vamos, pero es que llevo meses sintiéndome así; guapa, optimista, a gusto conmigo misma, queriéndome un poquito más…. Y sé que Hugo es el culpable de todo ello. Ya en la calle, pido un taxi. No voy a coger el coche, quiero pasar la noche entera con mi chico, que me lleve en moto a su casa o a la mía… ¡¿en moto?! Sí, has leído bien, en moto. Le tengo que coger el gustillo al cacharro ese, ya que a su dueño ya se lo he pillado. Cuando llego, el local ya está abierto. El portero 4x4 me saluda. Sergey se llama y es ruso, pero ¡joder, qué ruso! Yo le saludo, con un tipo como ese mejor llevarse bien, y le pregunto por Hugo. Me indica que está dentro, que le ha dado órdenes explícitas de que suba cuando llegue. Hoy tiene que quedarse toda la noche, hasta el cierre, pues le ha dado a Jon el fin de semana libre y no puede delegar en nadie más. Entro en el local, todavía es pronto y solo veo unas cuantas mesas ocupadas por gente que habla animadamente de sus cosas. Miro hacia el otro lado y me encuentro con Pilar detrás de una de las barras. Voy hasta ella. —Hola, Pilar. —Ah, hola, Susana. No te había visto —dice poniendo unas mezclas de alcohol y refresco. Nos damos dos besos—. ¿Quieres que te ponga algo? —No, gracias. Voy a ver a tu primo. ¿Sabes dónde está? —La última vez que lo vi estaba en su despacho, pero ten cuidado —Se acerca a mí—, se estaba peleando con un cajón. —¿Con un cajón? —Le he dicho miles de veces que tiene que deshacerse de ese viejo escritorio, pero ya ves, dice que le da pena. Es un sensiblón. Sale de detrás de la barra con la bandeja en las manos y las copas sobre ella. Se pierde entre las mesas. Subo las escaleras que dan al piso superior, y a medida que me acerco al despacho de Hugo, oigo una voz blasfemar. —¡Maldito cabrón, como coja un martillo te vas a enterar! ¡Ábrete de una puta vez! Las bonitas palabras no salen de otra garganta más que de la de Hugo, y es cuando


escucho un fuerte golpe que acelero mis pasos hacia su despacho. Espero que no haya hecho ninguna trastada. Abro la puerta de golpe. —¡Hugo!—exclamo, sorprendida, cuando lo veo con un pie apoyado en el escritorio y tirando de la maneta del cajón superior. Se ha vuelto loco. —Hola, nena, enseguida estoy contigo. Y es ahí cuando tira de la maneta del cajón con tanta fuerza que sale despedido. El cajón y él. Hugo aterriza en el suelo de culo y cae hacia atrás, mientras que el cajón se para en su pecho. —¡Ayyyyyyyyyyyyyy! —Eso mismo digo yo. Qué guantazo más tonto se acaba de meter. Cierro la puerta con prisa y con la misma velocidad, me acerco hasta él. Está estirado en el suelo, con los ojos cerrados y el cajón encima. —Hugo, ¿estás bien? —le pregunto aguantándome la risa y quitándole el cajón. Abre un ojo y me mira con una mueca molesta. —¿Te vas a reír de mí? Y me río, me salen las carcajadas a sus anchas y Hugo, que falsifica su malestar, me coge y me sienta a horcajadas un poco más abajo de su estómago. —Al menos he conseguido abrirlo —dice indicando con la cabeza al susodicho. —¿Estás bien? ¿Te has hecho daño? —Consigo preguntar cuando dejo de reír. —Me he hecho pupa —alega, con un deje infantil. —¿Dónde te duele? —Aquí. —Me señala la frente. Se la beso. —¿Algún sitio más? —Aquí también. —Me indica una de sus mejillas. Le doy otro beso—. Aquí me he hecho mucho daño —dice, señalándose el corazón. —¿En el corazón te has hecho daño? —lo interrogo, con una ceja enarcada. Hace un mohín. —Mi ego está dañado. Casi me ganan la batalla cuatro trozos asquerosos de madera. Ahora nos reímos los dos y el pobre se encoge un poco y se pone una mano en el pecho. Creo que ahí si se ha lastimado. Le saco de la cintura del pantalón el bajo del polo negro que lleva puesto y se lo voy arremolinando de abajo arriba, a medida que mis labios besan su piel desnuda. Recorro su torso, centímetro a centímetro, curándolo con mis besos, atormentándome con el sabor de su piel, de su aroma. —¿Pretendes aprovecharte de un pobre hombre desvalido? —dice con la respiración entrecortada, con sus dedos perdidos entre mi pelo. —Aquí no veo a ningún pobre hombre. Lo único que veo es al hombre que necesito


sentir dentro de mí —añado mirándolo a los ojos, mientras lamo su cuerpo de manera provocadora. —¡Joder, tita Sue! Con una mano apoyada en el suelo y la otra rodeándome la cintura, se sienta sobre su trasero y me muerde los labios, desesperado. Mi boca necesita de la suya con urgencia y nos fundimos en un beso que habla el mismo lenguaje que el resto de nuestro cuerpo. Nos necesitamos, nos deseamos. Obligo a Hugo a que levante los brazos para quitarle el jersey. Sus manos van deseosas a mi camisa, donde desabrocha unos cuantos botones y me la saca por la cabeza. Desliza con delicadeza los tirantes de mi sujetador por mis brazos y comienza a martirizarme con su boca sobre mi piel. Primero mis labios, mi cuello, mis hombros… Mis pechos quedan atrapados entre su lengua y sus labios y siento que tan solo con ese roce, voy a morir. Me levanto y lanzo los zapatos de cualquier manera por el suelo, para luego dejar que mis dedos jugueteen un poco con los botones de mi pantalón. La mirada de Hugo es de un auténtico león hambriento cuando observa mi intento de bailecito erótico, que todo hay que decirlo, se me da de pena. Pero a él parece que le gusta y de un salto, se levanta y se planta delante de mí, comiéndome la oreja y con una excitación tremenda. —¿Quieres hacer el favor de quitarte eso o te los arranco yo con los dientes? —¿Serías capaz? —le digo con un tono perverso y juguetón. Y sí, es capaz, pero no con los dientes, sino con sus ávidas manos me despoja de toda la ropa que me queda puesta y me sienta en su escritorio. Después, se quita la suya y me muestra una magnífica imagen de su cuerpo. ¿Me acostumbraré alguna vez a esto? ¿A verlo desnudo sin sonrojarme? Introduce sus manos por entre mis muslos y me los separa lentamente. Los acaricia con delicadeza, haciendo su recorrido ascendente hasta que logra llegar a su fin. Pierde algunos de sus dedos entre mi humedad y mi clítoris, y no puedo reprimir cerrar los ojos cuando un jadeo estalla de mi garganta. Me sujeto con fuerza a sus hombros para no caer hacia atrás y Hugo se pega más a mí, hasta que nuestros sexos se rozan. Todavía con los ojos cerrados, siento sus labios invadir los míos, pero no lo hace con un deseo desbocado, lo hace con suavidad, como si mis labios fuesen lo más delicado del mundo. —¿Dónde tienes los condones? —pregunto cuando deja de besarme. —Desparramados por el suelo. Estaban en el cajón. —Ya entiendo las prisas que tenías por abrirlo —le digo con una sonrisa. Bajo mi mano por su pecho hasta llegar a su desesperado pene. Lo cojo con decisión y le doy lo que necesita. Hugo apoya la frente contra la mía sin dejar de jadear contra mi boca. —De lo único que tengo prisa es de hacerte el amor. Se agacha para coger un preservativo y se lo coloca con premura. Posa su mano en mi nuca para acercarme a sus labios y besarme, marcando con su lengua cada rincón de mi boca. Vuelve a colocarse entre mis piernas y en esa posición, guío su erección hacia mi


interior. Gemimos al notarnos, al sentir que nuestra piel arde en deseo, y empieza a moverse a un ritmo lento, dulce. —Susana… —jadea, casi sin aire—… nunca nadie… solo tú… Miro a Hugo a los ojos y veo tantas emociones, tanto deseo en ellos que los cierra para que no descifre lo que intenta decirme. Sé que en los míos se refleja exactamente lo mismo. Me aprieta con sus dedos mi cintura, se muerde el labio inferior y arquea la espalda para intensificar el placer que está sintiendo, para notarme más profundo. Yo también cierro los ojos y me dejo caer hacia atrás sobre la mesa, pero antes de que mi espalda choque contra la madera, Hugo, de un manotazo, tira todo lo que hay en la superficie y me coge de los muslos para acercarme más a él y empieza a moverse más rápido, casi con desesperación. Ambos ansiamos llegar al clímax que solo el otro sabe entregarnos. Y este no tarda en devastarnos. ¡Dios! Los orgasmos con Hugo son sublimes. Se tumba completamente derrotado sobre mi pecho, escondiendo su cara en mi cuello. Tenemos la piel sudorosa, y sé que he dejado marcada la mesa con la figura de mi cuerpo, al igual que en los dibujos animados, pero no me importa, ha merecido la pena. Hugo me levanta y me abraza, me besa el pelo con ese cariño poscoital que lo caracteriza. Yo me aferro a él con mis brazos por su espalda y rodeándolo con mis piernas. Y sé que daría toda mi vida por estar siempre así, con él. Porque no existe nada más que él. Porque en este momento, lo único que me importa es estar con él. Porque acabo de darme cuenta de que…. —Al final voy a tener que poner una cama en el despacho. —Nos reímos. Y dejo de pensar en lo que estaba pensando. Hugo coge mi cara entre sus manos y me aparta unos mechones. Me observa con atención—. ¿Estás bien? —Perfectamente —le contesto con esa sonrisa de tonta que se te queda después de hacer el amor con el hombre más maravilloso del mundo. ¡Por favor, estoy de un cursi…! Un ruido en la puerta hace que nos sobresaltemos. Me abrazo a Hugo, muerta de vergüenza por mi desnudez. Me arropa con su cuerpo. —Hugo, ¿estás ahí? —Sí, ¿qué pasa, Pilar? —Te necesito abajo. —De acuerdo, ahora voy. Vaya, tenía razón cuando me dijo que no entraba nadie a su despacho sin su permiso, ya que Pilar permanece al otro lado de la puerta. Supongo que sabe que estamos juntos. Salimos del despacho, no sin antes vestirnos y recoger un poco todo el desastre que hemos montado. Lo hacemos cogidos de la mano y no intento averiguar qué es lo que antes ha querido decirme Hugo con eso de «nunca nadie… solo tú…». —¿Quieres tomar algo? —me pregunta cuando me siento en un taburete y él se pone


detrás de una de las barras. —Dame algo un poco fuerte. Mi novio acaba de echarme un polvazo histórico y necesito recuperarme —le digo con un guiño de ojo. ¿Le he llamado mi novio? Pues dicho queda, aunque a él no parece sorprenderle, ya que con todo el descaro del mundo, se inclina sobre la barra para besarme. —Tu novio últimamente solo sabe hacerte el amor, pero si quieres un buen polvazo, solo tienes que decírmelo. Le cojo el rostro con mis manos y ahora soy yo la que lo besa profundamente pero con suavidad. Nos miramos y sonreímos cómplices al mismo tiempo. Me quedo allí sentada mientras bebo el brebaje asqueroso que Hugo me ha preparado. De verdad que está para vomitar. Me giro hacia el escenario, está a punto de comenzar un nuevo numerito. Dos chicos, una chica y una camilla de masajes… ¡Uf!


17

Estoy sentada en un cómodo sofá de la tienda de novias y no dejo de sonreír y de morderme las uñas. Y no sonrío porque sea yo la que esté probándose vestidos para mi futura boda, ¡ya me gustaría!, pero no, ahora es el turno de mis primas. Sonrío por el fin de semana tan fantástico que he tenido. Y sí, piensas bien, hay un responsable llamado Hugo. Si es que tengo un chico a mi lado que es un Dios, es simplemente perfecto. ¡Si es que lo tiene todo! Vale, ya sé que no soy objetiva y que estoy en esa fase del enamoramiento en que todo es de color de rosa, pero déjame disfrutar de ello antes de que empiece a fijarme en sus defectos y no pueda devolverlo porque ha caducado la garantía. Esta semana anda un poco liado. Está con el tema de su hermana y no ha querido dejarla sola hasta que ha vuelto a ingresar en el mismo centro que lo hizo años atrás. Ese ha sido un tema resuelto pero, por otro lado, queda contárselo a sus padres. Y para ello se ha encaminado hacia San Sebastián, donde viven, para ponerles en antecedentes, asegurándose antes de que su hermana esté bien y que va a estar bien. Quiere decirle a sus padres, con total firmeza, que Gemma va a volver a estar limpia, a ser la de antes. Tiene que ser espantoso todo lo que está viviendo. Remover su pasado. Que el sentimiento de culpa lo atenace con mayor intensidad. Y no quiere que lo ayude, dice que no quiere meterme en esto. A mí no. —¡Ya sale! ¡Está guapísima!—grita la dependienta de la tienda, que aparece tras el vestidor y se coloca a mi lado. Cuando mi prima Leo sale y la veo, tapo mi boca abierta con las manos. Ella sonríe y me mira expectativa. Se atusa el vestido. La vuelvo a repasar de arriba abajo; la prenda que lleva es de color blanco, como no, con el cuello en v y las mangas terminadas en volantes. En la parte inferior, lo que viene a ser la falda, va recargada también con volantes. Aunque sé que ese vestido no es para mi prima, no es su estilo, no puedo evitar que los ojos se me llenen de lágrimas al verla vestida de novia. Está guapísima. —¿Qué te parece? —me pregunta Leo, con verdadero interés, a través del espejo. —Estás preciosa, prima —le contesto limpiándome los lagrimones—, pero parece que vayas a la feria de abril con tanto volante. —Es un vestido de inspiración flamenca —me aclara la dependienta, como si no me hubiera dado cuenta—. Y le queda como un guante. Está hecho para ella. Mira cómo le


realza las curvas de su cuerpo. —Este vestido no te pega, prima. No refleja cómo eres realmente. —Hago caso omiso a las palabras de la chica. —¿Demasiado recargado? —Asiento con la cabeza. Me levanto y me acerco a ella por la espalda. Le acaricio los hombros—. Creo que tienes razón, no va conmigo. ¡Pero me quedan más! Se da media vuelta, cogiéndose la cola flamenca del vestido y se pierde de nuevo dentro del probador. La dependienta va detrás de ella, deja caer un suspiro de resignación cuando me mira y niega con la cabeza. Debe de estar pensando que no tengo ni idea sobre vestidos de novias. Claro, como no me he casado…. Me quedo de piedra. Acaba de aparecer delante de mí una verdadera novia. Una princesa de las de verdad, porque ahora mismo eso es lo que mi prima refleja ante mis ojos; una preciosa princesa de cuento. Lleva un sencillo vestido del mismo color que el anterior, con un único tirante cubriendo su hombro derecho y la cintura decorada de pedrería y la espalda cerrada tipo corsé. ¡Divino! Y claro, como todavía me quedan lágrimas almacenadas en los ojos, pues eso, ¡a derramar se ha dicho! —Susana. —Mi prima viene a mi lado y me abraza. —¡Ten cuidado, estropearás el vestido! —grita la dependienta. Las dos la miramos con cara de asesinas. —¡Jooo, prima! Es que… —Cojo un pañuelo de papel y me sueno la nariz escandalosamente—. Estás perfecta. Preciosa. —¿En serio? ¿Este te gusta? —Y empieza a girar sobre sí misma. —Sí —consigo articular—. Vas a matar a Antoinette cuando te vea vestida así. —Estoy deseando que llegue la noche de bodas y me lo destroce —añade con una sonrisa traviesa. —¡Por Dios, Leo, que vale una pasta! —En eso tienes razón, pero solo sirve para un día. —Se encoge de hombros—. ¡Decidido! Me quedo con este. Me da un beso y se va acompañada de la chica de la tienda, que parece que ahora va más sonriente. A este vestido no le he sacado ninguna falta. Me encanta ver a mi prima con esa alegría que desprende. Está feliz, encantada de la vida y enamoradísima de su pareja. Y está tan ilusionada, tan contenta con todo lo que está viviendo, que yo también me siento como ella. Llego a la otra tienda de novias, Ramblas abajo, donde me espera una impaciente Antoinette.


¡Qué estrés que llevo! —Antoinette, perdona si llego tarde —me disculpo. —No importa, no iba a empezar sin ti —me dice, pero noto algo en su tono de voz. —¿Estás bien? Asiente con la cabeza y con una sonrisa nerviosa. Debe de ser eso, está atacada. Los típicos nervios preboda. Pobrecita mía. —¿Qué tal ha ido con Leo? —¡Dios mío, Antoinette! Cuando la veas, se te van a caer los ovarios al suelo. No he dejado de llorar en todo el rato. En ese momento, aparece la dependienta, se presenta y se marcha con Antoinette para ayudarla a vestirse. Llevamos cinco vestidos de novia y a cual le queda peor. No es que los trajes sean feos, no, no es eso, hay algunos que son una verdadera obra de arte. Creo que el verdadero motivo es mi prima, la cara de aflicción que tiene. No sé qué es lo que le pasa, pero desde luego que no está igual de acelerada que Leo. —Antoinette, ¿qué te pasa? ¿Estás bien? —le pregunto al levantarme del sofá. La sujeto de los hombros y la miro con cariño. —Me queda un vestido más y acabamos. Elude mi pregunta y esto ya empieza a olerme mal. No creo que se haya enfadado con su prometida, ella estaba a las mil maravillas. Pero bueno, no va a salir de esta tienda hasta que me lo cuente. Cuando la veo aparecer, con ese vestido color marfil, sin mangas, por encima de las rodillas, con escote irregular y con adorno de lentejuelas… Sencillamente preciosa. —¡Oh, Antoinette! —Me viene otra llorera y me muerdo los labios para que no se me vuelva a escapar ningún gritito—. Estás fantástica, guapísima. —A mí también me gusta —dice con una sonrisa algo más relajada—. Creo que me lo quedo. —Querida, estás espectacular. Coincido con vosotras, es el que mejor te define — interviene la dependienta. Dicho y hecho, se lo queda, y no se lo lleva porque todavía le quedan más pruebas por hacer. Realmente está bellísima con ese vestido. ¡Vaya dos novias más guapas para una boda! Y vaya prima más llorica. Una mala tarde la tiene cualquiera. Me suena el móvil. Un mensaje. Y sonrío como una completa idiota al ver el remitente.

«Hola, nena. Ya he llegado a casa de mis padres. Me he acomodado en mi vieja habitación, me trae tantos recuerdos… Bueno, ahora queda lo más difícil. No sé cómo hacerlo. Me gustaría que estuvieses conmigo. Vale, no me regañes, ya sé que


fui yo quien te dijo que no vinieras, pero te echo tanto de menos. Luego te llamo y te cuento, si no es muy tarde. Un beso, princesa».

Me muerdo el labio inferior con rabia. Si no fuese tan cabezón, podría haber ido con él y estar a su lado cuando le explique a sus padres lo ocurrido con su hermana.

«Hola, cariño. Mira que te dije de ir contigo, pero eres tan cabezota que me vuelves loca. Llámame cuando quieras, no me importa la hora. Te estaré esperando. Te echo mucho de menos. Un beso». Ya en la calle, dirijo mis pasos para volver a casa, pero cuando me doy cuenta, me percato de que Antoinette no me sigue. La veo parada casi junto a la tienda, con la mirada perdida. Me acerco a ella y le acaricio el rostro. —Antoinette, llevas toda la tarde triste. ¿Qué es lo que te pasa? ¿Son los nervios de la boda? —No quiero ir a casa. —Niega con la cabeza— ¿Vienes conmigo a tomar un café? —Sí, claro. La tomo del brazo y nos metemos en la primera cafetería que encontramos. Tomamos asiento en una mesa libre y hacemos nuestro pedido. Cuando la camarera nos deja nuestras consumiciones, ambas seguimos en silencio. Antoinette no ha abierto la boca desde que estábamos en la calle y yo prefiero no interferir en sus pensamientos con palabras inútiles. Espero a que sea ella la que entable conversación conmigo. —Necesito hablar con alguien —dice, por fin, cuando ha dejado de marear su café con la cucharilla. —Yo estoy aquí para escucharte, para ayudarte en lo que necesites —le hablo con cariño cuando le cojo las manos con suavidad. —Tengo miedo, Susana —me confiesa con la voz temblorosa por el llanto que contiene —. No sé si esto es una buena idea. —¿Qué no es una buena idea? ¿La boda? —la interrogo, incrédula. —Sí. Y entonces es cuando ya no reprime el llanto y, separando sus manos de las mías, se cubre el rostro con ellas. Me cuesta tragar mi propia saliva. Nunca había visto a Antoinette así, tan rota, tan deshecha. Ella, que siempre le quita hierro a los problemas, que siempre ve la cara menos dolorosa de las cosas y me temo que esto, lo que le pasa, no tiene buena pinta. Me siento en la silla que hay a su lado y la abrazo. Ella no deja de derramar lágrimas. —Antoinette, ¿qué te sucede? Si es por la boda, no te preocupes. Es normal que estés nerviosa. —Ay, Susana, no sé qué hacer. —Primero me vas a explicar por qué estás así y luego encontraremos una solución. —


Cojo una servilleta y le limpio la cara. Ella resopla. —Tu prima ha tenido una amante. Se me cae la servilleta de las manos. ¡¿Ha dicho que mi prima ha tenido una amante?! —¿Cómo has dicho? —Que tu prima ha tenido una aventura, que me ha sido infiel, que me ha puesto los cuernos. Llámalo cómo quieras, el fin es el mismo. —¡¿Que mi prima se ha follado a otra?! No, no puede ser, no me lo creo. ¿Tú estás segura de eso? —No insultes mi inteligencia, Susana —me dice un poco molesta—. Además, tu prima me lo ha confirmado. —No me jodas, Antoinette. —Me llevo las manos a la cabeza—. Pero ¿por qué? Yo creía que estabais bien. ¡Si sois la pareja perfecta! —Nada es perfecto, primita. Nada. —Se echa hacia atrás en la silla y vuelve a perder su mirada en la nada—. Leo estuvo revolcándose con esa chica un par de meses. La conoció una noche que se fue de fiesta con el chico del estanco, el que hay al lado de la tienda. Yo tenía guardia esa noche en la farmacia, así que no pude ir. El chico y ella se fueron a un garito del puerto. Allí se conocieron y esa misma noche se liaron. Un día en el que tu prima no estaba en casa, sonó un móvil. Cuando lo encontré, me lo quedé mirando. No era ni de tu prima ni mío, no lo había visto en la vida. En la pantalla apareció un nombre, Tania. Respondí a la llamada pensando que, tal vez, tu prima se lo había encontrado en la calle y el dueño, o la dueña, lo estaba buscando. —¿Y no fue así? —pregunto con temor de escuchar la respuesta. —No —dice negando con la cabeza. Apoya los codos en la mesa y con la cara cubierta por sus manos, vuelve a llorar. —Antoinette —le digo con pesar. La rodeo por los hombros y la beso en el pelo—. No me cuentes más si no quieres, pero, por favor, no llores más. —Necesito contártelo, necesito sacármelo de dentro. No puedo más. Atrapo con mis manos el bonito rostro desencajado de la pareja de mi prima y le seco las lágrimas con mis dedos. Está destrozada, y no me extraña. Que la persona que tienes a tu lado, a la que quieres y que, supuestamente, también te quiere a ti, te haga algo como esto, es muy humillante y doloroso. Le doy un beso en la mejilla y espero a que se calme un poco y hagamos lo que ella desee; continuar o no con la historia. —Cuando la voz que había al otro lado me preguntó por Leo, pensé que se estaba equivocando de persona, pero al cabo de unos segundos comprendí que no —continúa Antoinette con la voz rota—. Entendí que esa tal Tania era una amiga de mi pareja, alguien a quien yo no conocía y la llamaba a un número que no era el suyo. Entonces, en aquel preciso momento, me di cuenta de lo que estaba pasando. —¿Esa chica, esa tal Tania es…?


—Sí. —Se muerde el labio con saña—. Empecé a mirar ese móvil y encontré mensajes. Mensajes que no dirías a una amiga. Mensajes en los que se decían lo bien que lo pasaban. Mensajes subiditos de tono. —¿Qué pasó entonces? —La miro preocupada y le aparto unos mechones de la frente. —Ese mismo día hablé con Leo y me lo contó todo. Me sentí morir Susana. Sentí cómo la persona que más amo en el mundo me ahogaba sin ningún tipo de escrúpulos, como si fuera un papel viejo en el que las palabras ya no significan nada. —¿Por eso desapareciste aquel tiempo? —inquiero, con el alma rota. Recuerdo aquel momento. Fue el año pasado. Nos dijo que tenía que arreglar un asunto familiar. Y se fue. —Necesitaba salir de aquí, alejarme de tu prima y de lo que me había hecho, aunque claro, eso último vino conmigo. —¿Qué te hizo regresar? —Leo. —Sonríe de medio lado—. Hablamos mucho y tu prima me pidió perdón una y mil veces. Me repitió una y otra vez que me quería, que lo que tuvo con esa chica solo fue sexo, que estaba enamorada de mí y que no quería perderme. Que quería estar conmigo. Antoinette hace una pequeña pausa para coger aire y continuar con el episodio que ha marcado su relación. Para mal. —Ella dice que fue puramente atracción sexual y que todo acabó unos días antes de que yo lo descubriera. Por eso la llamó, para que volvieran a verse. Pero no siente nada por ella. O al menos, eso dice. —Pero la has perdonado. Habéis decidido casaros —le susurro, cuando Antoinette se lleva la taza de café a los labios. —Tu prima es lo que más quiero en el mundo y me falta el aire si no está conmigo — contesta—. Así que supongo que sí, que la he perdonado, pero no he olvidado lo ocurrido. Cuando me propuso lo de la boda, se disiparon todas mis dudas. Me dije que era verdad, que me quería, pero ahora que lo veo todo más cerca, no sé qué pensar. A mi cabeza vuelve lo sucedido y si te soy sincera, nada es igual. Ya no confío en ella como antes, me cuesta mucho hacerlo. Tengo miedo de perderla, de que conozca a otra y, sí, se enamore de ella y me abandone. —Noto como la barbilla le empieza a temblar—. No vivo desde aquel día. Me ronda por la cabeza anular la boda y alejarme de Leo. Y se rompe de nuevo, pero esta vez sus lágrimas son más contenidas y enseguida recupera la compostura. Coge otra servilleta para limpiarse la cara y una más para sonarse. Como nos vea la camarera, nos cobra un suplemento por gastar tanto papel. Me quedo callada, sin saber muy bien qué decirle. ¿Qué se dice en estos casos? Me encanta la pareja que hacen mi prima y Antoinette, pero aunque Leo sea mi prima de sangre y la quiera un montón, lo que ha hecho no está bien. Nunca lo hubiera dicho. Jamás se me hubiera pasado por la cabeza que Leo hiciese una cosa así, pero ya ves, qué poco conocemos a las personas. ¿Yo perdonaría algo así? —Antoinette, —le digo cogiéndola de las manos—, haz lo que tengas que hacer, lo que


tú consideres que es mejor para ti. Pienso estar a tu lado decidas lo que decidas. —Gracias, Susana. —Su sonrisa es de verdadera gratitud—. Gracias por escucharme. Una vez hemos llegado al portal, nos topamos con Cris, que viene de recoger a Valen de inglés, y vienen acompañadas de Leo. Recuerdo que Antoinette me ha pedido que no diga nada de lo que me ha contado a nadie. Y yo soy una tumba. —¡Tita Sue, tita Anto! —grita la niña, que nos acorta el nombre a todas—. Mamá dice que vengáis a cenar a casa, así os cuenta lo bien que me porté el fin de semana con Jon. —¡Joder, Valen, lo cascas todo! —digo, y nos reímos. —Hola, amor. —Se acerca mi prima a su pareja y le da un beso en los labios—. ¿Qué tal ha ido con la prueba del vestido? —Bien —responde ella, escuetamente—. Cris, te agradezco la invitación, pero estoy cansada y prefiero irme a casa. —Como quieras —añade Cris abriendo la puerta de su casa. —Antoinette, ¿estás bien? Mi prima la mira preocupada y ella solo hace un ligero movimiento con los labios. Entra en su casa y deja la puerta abierta. Mi prima me mira con preocupación, y me dan unas ganas de soltarle un par de hostias y decirle todo lo que pienso… Pero no, no lo hago. Soy civilizada y alguien en quien confiar un secreto. Leo nos pide que la disculpemos y entra en casa. Valen me coge de la mano y me mete en la suya. —Cenas con nosotras. —Y es una orden. —Oye, Susana, ¿qué le pasaba a Antoinette? Me ha parecido verla un poco triste —me pregunta Cris mientras la ayudo a fregar los platos. Valen ya se ha ido a la cama, agotada de tanto hablar de su fin de semana con su papi. Está encantada. —Nada, los nervios de la boda —le miento. Voy a cambiar de tema—. Cuéntame tú ahora qué tal el fin de semana. —Jamás me imaginé que pasaría así. Fue todo mejor que bien. —Te lo dije. Te dije que se llevarían bien. —¡¿Bien?! ¡Pero si hasta iban a dejarme sola en casa mientras ellos iban al pueblo! — Nos reímos flojito para no despertar a la pequeña—. En serio, Susana, Jon es un encanto, se ha portado con la niña espectacular, me la ha mimado hasta límites insospechados ¡Y eso que solo hemos estado un fin de semana! Es como si realmente fuese su hija. —¿Y cómo has visto a Valen? —Pues imagínate, le iba diciendo a todo el mundo que era su papi. —Sonríe—. Incluso le ha dicho Jon que siempre que pueda, la irá a llevar y a traer del cole. Y ella feliz como nunca. —Cris pone los brazos en jarras—. ¿Te puedes creer que le ha contado que le gusta un niño de su clase y yo sin enterarme? —Han hecho muy buenas migas y, prepárate, mami, que esto es solo el principio. —Me


río. —Sí, claro, tú ríete —me dice a la vez que dobla el trapo de cocina—, pero como sigan así, voy a tener que rellenar una instancia para tener sexo con mi novio. —¡¡¿¿Cómo??!! ¡¿Me estás diciendo que no has tenido sexo en todo el fin de semana?! —Nada de nada. —Hace una mueca de penita—. Como Valentina dormía en la habitación de al lado, pues el señorito decía que podíamos despertarla. Ni siquiera me ha dejado enseñarle mi original depilación de pubis. —¿De pubis? ¿Qué te has hecho? —Mira. —Se baja los pantalones y se retira un poco las braguitas—. Es un trueno, ¿qué te parece? —¡Está genial! —La mano se me va para tocarlo, pero Cris me arrea un manotazo. Ver, pero no tocar—. ¿Tú me podrías hacer uno? —Claro, cuando quieras. Eso sí, espero que Hugo te lo vea. —Me aseguraré de ello —le digo y le guiño un ojo. —¿Has hablado con él? —Sí, ha llegado a casa de sus padres esta tarde. Y ya necesito que regrese. —Ay, Susana —me dice y me abraza. Me da un beso en el carrillo—. ¿Qué nos han hecho estos hombres? En ese momento suena mi móvil. Me abalanzo como una loca a por él. Y en la pantalla aparece el nombre del hombre que me derrite con solo mirarme. Sonrío bobalicona. —Hola, cariño. —Hola, nena, ¿te pillo en mal momento? —No, para nada. Acabo de cenar en casa de Cris. Me despido de ella diciéndole adiós con la mano y me meto en casa. Me espachurro en el sofá para hablar con mi chico. Cómo lo añoro. —Ya soy toda tuya. —Hummm, cómo me gusta eso —lo oigo ronronear a través del teléfono—. ¿Qué tal el día? —¡Uf! Pues de llorera en llorera. Primero con mi prima y luego con Antoinette. Si las hubieras visto vestidas de novia… —¿Me lo dices en serio? —Se ríe—. ¿Has llorado al ver a tus primas vestidas de novia? Desde luego que este hombre tiene menos sensibilidad que una almeja. —Pues sí, me he pegado un hartón de llorar… van a ser unas novias preciosas. —¿Y no lo son todas? —Bueno sí, supongo, pero como ellas son de mi familia, las veo como las más guapas de todas.


—Te equivocas. —Intuyo que sonríe—. Algún día tú serás la novia más preciosa del mundo. Me quedo en blanco, sin decir ni pío. Mi garganta se colapsa. ¿Me ha insinuado algo o son imaginaciones mías? En todo caso, voy a hacerme la tonta, que se me da de maravilla. —¿Ya has hablado con tus padres? —le pregunto preocupada. —Sí —dice, y suspira cansado—. Ojalá estuvieras a mi lado. —Dame unas horas y me planto allí —digo para hacerlo sonreír. Y lo logro—. ¿Cómo ha ido? —Aquí también ha habido el diluvio universal.


18

Observo por el ventanal del comedor de la planta baja del edificio donde trabajo, cómo caen las gotas de lluvia sin descanso y se rompen contra los adoquines de la acera. Los transeúntes corren cobijados bajo sus paraguas, los más pequeños saltan sobre los charcos, llevándose así un tirón de oreja de parte de sus abuelos, y las más cool, han de hacer malabarismos sobre sus tacones de aguja de diez centímetros para no dejarse la nariz en el suelo. O terminar con sendos esguinces. O ambas cosas. Yo estoy igual que el día; triste, apagada. Las lágrimas que ahora caen de las nubes grises, son las mismas que se derramaron anoche de mis ojos. Cuando llegué a casa, escuché discutir a mi prima y a su pareja. Desde hace días que presiento que las cosas no funcionan muy bien entre ellas, y el tema de la infidelidad ha alcanzado su máximo. No sé cómo acabará. Y luego está el tema de Hugo. Llevo diez días sin verlo, los mismos que hace que se marchó a casa de sus padres y lo echo terriblemente de menos. Cada noche hablamos, menos mal que tengo tarifa plana en el móvil, pero estamos tan lejos el uno del otro que cada vez que nuestra conversación finaliza, me derrumbo en la cama y empiezo a llorar. Después de lo de Rafa, no se me pasó por la cabeza volver a enamorarme y Hugo ha conseguido que vuelva a creer. Y no solo ha hecho que me enamore de él, sino también ha despertado en mí ese sentimiento llamado amor. Porque me he dado cuenta de que le quiero. —Un céntimo por tus pensamientos. Esa frase hace que gire la cabeza y vuelva al presente. A quien veo es a un hombre rubio, con ojos verdes y una sonrisa en los labios. —Tú siempre tan tacaño —le digo a Rafa negando con la cabeza. —¿Puedo sentarme contigo? —Puedes sentarte, yo ya me marcho. —Hago el amago de levantarme de la silla, pero él me sujeta por la muñeca, impidiéndomelo. —Por favor, no te vayas. Necesito hablar contigo. Afloja la fuerza con la que amarra mi brazo y separa su mano de mi cuerpo. Nuestros


ojos se encuentran y reconozco la mirada que hay en ellos. Es la misma mirada que cuando me dijo que se marchaba a tierras americanas. Tensión, preocupación. Culpabilidad. —Mira, Rafa, será mejor que dejemos las cosas tal y como están. —No pienso dejarlas así —dice y ahora sí se sienta frente a mí—. Quiero que seamos amigos, y, ahora mismo, creo que no lo somos. —Rafa, escucha… —No, escúchame tú a mí. Por una vez en tu vida, ¡escúchame! —me dice en un tono recriminatorio. Pero ¿de qué coño cree que va? —¡Oye, a mí no me hables así! —comento con el ceño fruncido, molesta por su tono—. No tienes ningún derecho a echarme en cara que nunca te he escuchado. Creo recordar que ese eras tú. —Tienes razón, perdona —se disculpa algo más calmado. Acaricia mis manos en un gesto que me pone la piel de gallina. Las retiro enseguida y las pongo sobre mis rodillas —. Solo quiero pedirte perdón por lo del otro día. —¿De qué día hablas? Hay unos cuantos y no sé a cuál te refieres. —Cuando te acorralé aquí, en el descansillo. Estuve a punto de besarte, ignorando que tú no quisieras hacerlo. Si no llegan a aparecer los compañeros, ten por seguro que lo habría hecho. —Tú y yo ya no somos pareja, así que no tienes porqué besarme. Es más, no quiero que lo hagas. —Me inclino hacia adelante—. He rehecho mi vida con otra persona. Lo que pasó entre tú y yo forma parte de nuestro pasado. —Lo sé, pero si tú quisieras… —Párate ahí, Rafa. —Lo freno con mi mano izquierda alzada—. No sigas por ese camino, no pienso volver contigo. —Doy un golpe en la mesa con esa misma mano. Me está poniendo furiosa—. ¿Para esto querías hablar conmigo? ¿Qué narices te pasa? ¿Todavía no has entendido que estoy enamorada de Hugo? Aprieto la mandíbula de la rabia que siento ahora mismo. Está con Pilar y es capaz de dejarla si yo vuelvo con él. ¿Pero es que se ha dado un golpe en la cabeza? ¿Cómo puede ser tan ruin? ¿Y yo he estado enamorada de semejante ser? —No estoy aquí para escuchar tus tonterías, así que vuelvo a la oficina. Tengo trabajo. —No, no, no…. Por favor… —casi me suplica extendiendo sus manos hacia mí. Lo miro extrañada—. Lo estoy estropeando todo. —Tienes una habilidad asombrosa para eso —reafirmo su última frase. Se pasa nervioso los dedos por el pelo y me mira con esa intensidad que me hace temblar. No me gusta lo que reflejan sus ojos, y me pongo en alerta. —Susana, yo sigo enamorado de ti. No he dejado de quererte en todo este tiempo, pero por lo visto, he regresado tarde. —En sus labios aparece una sonrisa triste—. Aunque no te lo creas, me he fijado en cómo miras a ese chico y lo haces de la misma forma en la que


me mirabas a mí cuando era yo el afortunado, cuando era yo el que te tenía entre mis brazos. Si pudiera volver atrás, ten por seguro que lo haría, que no te dejaría ni un solo segundo, que no antepondría mi trabajo a ti. Siempre debiste ser lo primero, lo único importante en mi vida. —Se restriega las manos por el rostro. Vuelve a mirarme—. Te quiero. Solo quería que lo supieras. Sus palabras me dejan bloqueada y he parpadear veinte veces seguidas para entender que estoy aquí y que lo que he oído es cierto. Lo miro desconcertada y él sigue con ese gesto de pesadumbre en su rostro. ¿Desde cuándo los hombres se fijan en cómo miramos a otros hombres? A favor de Rafa, he de decir que entiendo que no debe de ser fácil para alguien como él, un poquito egocéntrico, declarar esas palabras, bajarse los pantalones para anunciar que está enamorado de mí. Es algo bastante inusual en él, más que nada porque cuando estuvimos juntos me lo dijo las mismas veces que dedos tiene un pez. Ninguna. En contra, y muy, muy, pero que muy en contra, está que por una extrañísima razón, me ha conmovido su declaración. Que mi ex me haya dicho que me quiere, ahora que justamente es mi ex y que me muero por Hugo, no está bien. Que mi ex me haya dicho que me quiere, cuando él está con otra, no está bien. No, nada de esto tiene ni pies ni cabeza. ¿Por qué cojones tiene que pasarme esto a mí ahora? Todo está fuera de lugar. —Que me querías, debiste decírmelo hace tiempo. Ahora ya no me vale —alego con un tono contenido. —Lo sé. —Baja su mirada, avergonzado. —¿Y Pilar? ¿Qué sientes por ella? —¡¿Pilar?! —exclama y me mira sorprendido—. ¿Cómo sabes que ella y yo…? —Os he visto juntos, así que no niegues que estáis saliendo. —Pilar. —Suspira—. Pilar es una mujer increíble; inteligente, preciosa, me hace reír, cariñosa… —Es una buena chica, no se merece que le hagas daño. —Voy a esforzarme por quererla, aunque sé que no la querré ni la mitad de lo que te quiero a ti. —¡¿Qué vas a esforzarte por quererla?! No, Rafa, esto no funciona así, no puedes obligarte a querer a alguien. —Pero ella me quiere y tú no. Me conformaré con eso. —¿De verdad has dicho eso? —Me llevo las manos a la cabeza—. ¿Crees que Pilar se merece tener a su lado a alguien que no la quiera? Rafa se recuesta sobre el respaldo de su silla y cruza los brazos sobre su pecho. Clava su mirada fría en la mía. Adopta una postura de malicia. —¿Y tú? ¿Crees que te mereces tener a tu lado a ese drogadicto? Si te apetece follarte a un enfermo, tú misma, pero cuando te lo encuentres tirado en un callejón, no vengas a buscarme.


¡Plaff! La hostia que le arreo en la cara, con la mala leche que llevo encima, resuena en todo el comedor, menos mal que no hay nadie, pero no he podido evitarlo. Se me ha descompuesto el cuerpo y me tiemblan todos los músculos. Siento tanta rabia que si no fuera una persona civilizada, le pateaba las pelotas sin ningún tipo de miramientos. Tengo que contener las lágrimas que purgan por salir de mis ojos. Rafa, a quien le he girado la cara, se toca la mejilla colorada y me mira con auténtica sorpresa, puesto que no se lo esperaba. —Eres el mayor hijo de puta de todos —digo con voz firme, sujetándome en el borde de la mesa para parar el temblor de mis piernas—. No vuelvas a acercarte a mí y mucho menos nombres a Hugo, porque si me entero de que lo haces, te reviento la boca. —Me acerco hasta él y da un respingo hacia atrás, arrastrando la silla hasta chocar con la cristalera—. Si de verdad aprecias a Pilar, déjala. No me obligues a que hable con ella y le cuente lo cabrón que eres. Y sabes que soy capaz de hacerlo. Y lo dejo allí, postrado en la silla, con su color de mejilla más vistoso que antes y con la cara de incredulidad que creo que no se va a quitar en años. ¡Dios mío! ¡¿Qué es lo que vi en ese desgraciado?! De verdad, que no dejo de preguntármelo. Llego al ascensor con un tembleque que temo caerme al suelo de un momento a otro. Ahora mismo no estoy para coger las escaleras. Las puertas se abren y, por suerte, está vacío. Entro como alma que lleva el diablo y me coloco en la pared del fondo, sujetándome fuertemente a los reposamanos. El corazón me va acelerado, mi respiración va a su compás y al ver mi reflejo en el espejo, las lágrimas rompen la poca compostura que me queda. ¿Cómo se ha enterado de lo de Hugo? Cuando el pitido del ascensor anuncia que he llegado a mi planta, me limpio la cara con mis dedos y decido que tengo que ir corriendo a encerrarme en el baño. Tengo que refrescarme y recomponerme un poco. Cuando las puertas me dejan ver el exterior, lo único que acapara mi visión es el cuerpo de mi chico. Toda la rabia y la ira que he sentido hace escasos segundos, desaparece por completo al ver el perfecto y precioso rostro que tengo delante. Es un auténtico bálsamo para cualquier adversidad. —¡Hugo! —exclamo con una alegría enorme y me abalanzo sobre su pecho. Lo abrazo con desesperación— ¿Cuándo has llegado? —Hace cinco minutos —me dice. Se separa de mí y me levanta la barbilla con el índice y el pulgar. Me mira preocupado—. Nena, ¿qué te pasa? —Nada, nada importante —le miento. —Susana, aunque sea un hombre, no me tomes por tonto. —Me rodea la cara con sus manos—. Te conozco, y no eres de las que lloran por minucias, así que dime qué te pasa. —Nada, es solo que estaba tomando un café y… que te he echado mucho de menos. Hago un mohín lastimero, a lo que Hugo sonríe complacido por mis palabras. Me


perfila, muy suave, los labios con su pulgar y cierro los ojos para sentir esa caricia que he anhelado todos estos días. Entreabro los labios para acoger los suyos en un beso que he esperado impaciente y, por fin, obtengo mi recompensa. Me sujeto fuertemente a su cuello, y él me abraza por la cintura con la misma intensidad. Me besa con vehemencia, pero con la dulzura de siempre. Enredo mis dedos en su pelo castaño cuando su lengua entra en contacto con la mía y un débil gemido se me escapa sin que pueda evitarlo. Me encanta perderme en su boca. De mala gana separa sus labios de los míos y busca mi frente en la que deja descansar la suya y podamos recuperar los dos el aliento. —Te he añorado a cada minuto —jadea con los ojos cerrados, inundándome con su aliento—. Se me ha hecho imposible estar sin ti. —Lo que importa es que ya has regresado —susurro enmarcando su rostro entre mis manos y vuelvo a unir nuestros labios con suavidad. —Ejem, ejem. Una tosecilla más falsa que Judas me asusta y, a su vez, me hace aterrizar al presente para avisarme de que estoy morreándome con mi novio en una zona pública de mi recinto laboral. ¡Dios mío, menuda exhibición hormonal! —Si no habéis desayunado, podéis bajar con nosotros —anuncia Eva, burlona, que va acompañada de su inseparable Manu. Ambos nos miramos y sonreímos. Hugo me da un beso en la frente, pero sin dejar de abrazarme. —Os esperamos en el bar de siempre —añade Manu—. Susana, te he dejado un par de anotaciones para modificar en el informe. Cuando lo tengas, me lo vuelves a pasar. —Yo no puedo bajar, ya has oído a mi jefe, tengo trabajo —le digo a Hugo cuando la pareja del momento desaparece en el ascensor sin dejar de vigilarnos con sonrisas malintencionadas. —Creo que tu jefe te explota —dice, con la boca torcida y el ceño fruncido. Suelto una carcajada—, aunque me parece que eso viene de familia. He tenido al pobre Jon todos estos días como un esclavo en el club. —Mira su reloj de pulsera—. Por cierto, he quedado con él en media hora. —Pobre Jon, ¿qué harías sin él? —Lo que más me preocuparía sería qué haría yo sin ti. —Me estrecha otra vez contra su cuerpo—. ¿Te pasas esta tarde por mi casa y me mimas un poquito? Estoy muy falto de cariño. —¿Pretendes que te lleve al huerto? —pregunto alzando una ceja. Se encoge de hombros inocentemente—. Vale, pero primero duerme un poco, tienes cara de cansado. —He dormido poco esta noche y me he puesto en marcha a las cinco de la mañana. Tenía ganas de verte. Beso despacio sus labios y nos despedimos hasta la tarde. Me guiña un ojo con descaro


y lo veo alejarse por las escaleras. Suspiro feliz a la vez que mantengo durante todo el día una sonrisa soñadora y enamorada en mis labios. Volver a verlo ha sido lo mejor del día. Y después de más de una semana sin sexo… no veo el momento de salir de la oficina. Estoy tan concentrada en mis tareas de inscripciones de alumnos, que apenas me doy cuenta de que unos brazos me rodean el cuello desde atrás. Son unas manos femeninas, con varios anillos decorando sus dedos, y unas uñas pintadas de un rojo sangre delatan a mi compañera Eva. —Así que mi niña está contenta porque su churri ha vuelto —susurra en mi oído, picantona. —Estoy deseando salir de aquí para ir a su casa y f… Me giro en ese momento en mi silla y me encuentro, de frente, con la cara de perplejidad de Manu. Me callo. Me muerdo la lengua y siento cómo los colores me inundan las mejillas. Tenía que haberme imaginado que al lado de Daisy, siempre está el pato Donald. —Te acabo de pasar el informe. —Dirijo mis palabras a mi jefe, muerta de vergüenza. —Muchas gracias. Voy a echarle un vistazo. —Se encamina hacia su despacho, pero de pronto, sus pasos retroceden hasta llegar a mí—. Susana, déjame pedirte una cosa; no le hagas daño a mi sobrino. Bastante ha sufrido ya. Da media vuelta sobre sus zapatos y nos deja a las dos mujeres allí; Eva, con la baba cayendo por la comisura de sus labios y yo, asombrada por el tono tan conciliador que ha utilizado al dirigirse a mí. Parece que le caigo algo mejor. Puede estar tranquilo el tío de la criatura, herir a Hugo es lo único que no tengo en mente hacerle. —Susana —me habla mi amiga sentándose de lado sobre mi escritorio—, ¿puedo pedirte un favor? —Mientras no sea económico ni sexual, lo que quieras —le digo sonriendo, pero al verla tan seria, me pongo yo también en esa tesitura—. ¿Qué ocurre? —Quiero que me acompañes al baño a hacerme una prueba de embarazo. —¡¡¿¿Quééé??!! —Mis ojos y mi boca se abren de par en par—. ¡¡¿¿Estás embarazada??!! —grito. Eva se pone en pie de un salto y me agarra con fuerza de la muñeca. Recoge su bolso con la otra mano y nos mete a ambas en el lavabo. —¡Ay, pero qué bruta eres! —¡Pero no grites! ¡Joder! —Perdona. —Me tapo la boca con ambas manos—. Es que no me lo esperaba. —¡Pues anda que yo! Si supieras la puta gracia que me hace hacerme este test —dice blandiendo el cacharro ese que ha sacado de su bolso. La abrazo—. Siempre he querido ser madre, tener un hijo con Josemi, pero el cabrón ha preferido tenerlo con otra. Ahora


todo es distinto. —Tu vida ha cambiado —le digo—, pero eso no significa que el cambio haya sido malo. Fíjate, en poco tiempo has pasado por un divorcio, te has embarcado en una relación con un hombre encantador, atractivo y encima tiene pasta. ¡Y vas a ser mamá! —Tal y como lo explicas parece estupendo, pero no lo es. Es complicado. Se mete en una de las cabinas y se sienta en la taza del váter. La sigo y me apoyo en la puerta abierta. ¡Ay, Dios! ¿Complicado? Me llevo las manos al rostro, descompuesta. —¡No me digas que no sabes quién es el padre! —¡Pues claro que sé quién es el padre! —exclama, molesta. —Y el agraciado es… —Manu —añade, poniendo los ojos en blanco. —¿Y cuál es el problema? —El problema es que todo es una mierda. Hace dos días que me divorcié de Josemi y uno que conozco a Manu. —La sinceridad de mi amiga es abrumadora—. ¿Qué crees que va a pensar cuando lo sepa? —¿Quién? ¿Josemi o Manu? —¡Santa paciencia la que tengo que tener contigo! —Alza las manos al cielo—. ¿Es que el morreo con tu novio te ha churruscado las neuronas? Mira que estás de un empanamiento que no es normal. —Suspira cansada—. Manu, me refiero a Manu. Lo que piense el hijo de puta de mi ex, me la repamfinfla. —Creo que tienes razón; Hugo me ha debido dejar noqueada porque no me estoy enterando de nada. ¿Qué crees que va a pensar Manu por haberte quedado embarazada? —Pues que soy una… guarra. Que me ha faltado tiempo para divorciarme y liarme con el primero que se me ha puesto a tiro. ¡Y encima lo engatuso con un hijo! ¡Es de locos! —A ver, por lo que yo sé, que básicamente es lo que me cuentas, fue Manu el que te buscó. —Mi amiga asiente pesarosa con la cabeza—. Y lo del hijo, pues es responsabilidad de ambos. —Me pongo de cuclillas y acaricio sus rodillas—. Será mejor que te hagas esa prueba. Quizás estamos hablando demasiado. —Tienes razón. Me levanto y voy hacia el lavabo, donde mi amiga ha dejado el test. Se lo ofrezco y ella lo coge soltando un bufido. Cierro la puerta y la dejo hacer. Pasan unos cuantos… muchos minutos, cuando abre la puerta. Su cara no me dice nada. Es la inexpresividad en persona. Intuyo que, en este caso, puede hacer dos cosas; reír o llorar. Pero ¿por qué motivo haría una cosa u otra? —Ha dado positivo. Estoy embarazada. Empieza a reírse a carcajadas, incluso tira el test al suelo para agarrarse el estómago de la risa que le ha provocado la noticia. Pero me asusta esa risa, da miedo. Es de las que en pocos segundos se va a convertir en un mar de lágrimas.


Dicho y hecho. Antes de que se rompa por completo, vuelvo a abrazarla y ella deja caer sobre mí todo su peso y su pesar. Llora con un enorme desconsuelo y lo único que puedo hacer es estar a su lado e intentar calmarla, hacerle ver que, quizás, no todo sea tan malo. —Tranquila, Eva —le digo, en tono dulce, acariciando su pelo. Ella se separa de mí y entra en una cabina para coger metros y metros de papel higiénico y sonarse con sonoridad la nariz. Con lo que le sobra, se limpia las lágrimas. —¿Cómo voy a contarle esto a Manu? —Contarme, ¿qué? El hecho de que Manu apareciera en el baño esta mañana, solo me deja entrever que se huele algo. No sé qué, pero sabe que Eva le está ocultando alguna cosa, que algo le ocurre. Así que los he dejado solos en el aseo de mujeres. Solo los he vuelto a ver cuando han aparecido por la oficina y mi jefe me ha dicho que iba a acompañar a Eva a su casa. A mi amiga, no la he vuelto a ver. Espero que los malos presagios de Eva no sean reales, que sean provocados simplemente por el miedo a que Manu la rechace, aunque en el fondo, entiendo la preocupación de ella. Lo ha pasado tan mal con el engaño de Josemi, que le cuesta volver a confiar. Si a la desconfianza que tiene en el género masculino, le unimos que no es capaz de ver lo fantástica que es, el cúmulo depresivo es aún mayor. Eva se merece ser feliz y ojalá sea Manu el que consiga ese fin. Y, a ser posible, con hijo incluido. Toco al timbre del interfono de Hugo, y este me abre la puerta del portal sin preguntar quién es. Voy a tener que regañarle y enseñarle a que responda cuando llaman al timbre. Podría ser una asesina en serie o la cobradora del frac. O, lo que seguro que ha pensado, su novia, que busca sexo desesperada. Cuando llego a su piso, previa subida por las escaleras, y lo veo esperándome en la puerta, el corazón se me para. Me quedo sin aire. La boca se me hace agua. Mi sexo aplaude, húmedo y no grita «esta noche promete», porque a pesar de que tiene labios, no sabe hablar. Antes de que este hombre me nuble el poco raciocinio que me queda, tengo que contarte que me ha recibido con un delantal como única prenda, transparente, del cual cuelga una hoja de parra que hace el intento de tapar su pene. No lo ha conseguido. —¡Joder! —Es lo único que consigo decir. —Ven aquí, nena. —Su tono autoritario me pone. Me arrastra de la muñeca al interior de su casa, dejando caer mi bolso al suelo. Me acorrala contra la pared, apretándome los glúteos para acercarme más a su cuerpo y notar su tremenda excitación. Muerde mis labios, hambriento y los besa sin ningún tipo de delicadeza, me los devora con ardor, con una pasión desgarradora. —Nena, perdóname, pero no puedo ser cariñoso contigo. Ahora no. Necesito estar dentro de ti, y lo necesito ya —me aclara con voz ronca. —Hazlo —susurro, provocándolo con el deseo desbordante en mi cuerpo. ¡Vaya si lo hace! Se quita el molesto y morboso delantal y veo que no ha perdido el


tiempo. Ya viene bien preparado con el preservativo bien colocadito en su sitio. Me invita a que con mis piernas rodee su cintura y lo ato a mí con las manos enredadas en su pelo. Me sube la falda tejana hasta la mitad de mi estómago y hace a un lado las braguitas. Me penetra sin contemplaciones, y gemimos a la vez al sentirnos después de días sin haberlo hecho. Es una sensación tan placentera, que creo que voy a perder el sentido. Bombea dentro de mí con fuerza, con la respiración entrecortada y jadeando en mi oreja como nunca antes lo había oído. Le tiro del pelo cuando separa sus labios de mi boca y pasea su lengua por mi cuello, mis hombros, para subir de nuevo y mordisquear mis lóbulos con énfasis. Me encanta sentirlo así de perdido. Desde mi espalda, se sujeta en mis hombros para hacer más fuerza y que las penetraciones sean más duras, más intensas. Y lo consigue de un modo tan agresivo y tan excitante, que acaba matándome. De placer, se entiende. Hugo se corre unos segundos después, dejando caer su cabeza en el espacio que hay entre mi cuello y mi hombro. Su respiración acelerada me pone la piel de gallina y nos abrazamos temblorosos, pero satisfechos. Camina conmigo enganchada a su cuerpo, igual que un mono, hasta que se deja caer laxo sobre el sofá. Aquí seguimos abrazados, con mi cabeza recostada sobre su pecho, oliendo su aroma, que ahora está mezclado con el sexo salvaje que hemos tenido. Hugo pasea sus dedos por mi espalda, por debajo de mi jersey, pues durante el asalto, ha sido la única prenda que ha permanecido en su sitio. Vamos, que mis pechos no han entrado en el juego. —No vayas a quedarte dormida ahora —murmura en mi oreja, pues sabe lo que me encanta que me acaricie la espalda. —Mmmmm… —le respondo. Sonríe. —Me quedaría así toda la vida, abrazándote, sabiendo que siempre vas a estar a mi lado. Levanto la cabeza y lo miro a los ojos. Hay tanta sinceridad en ellos y su mirada es tan cálida, que no puedo reprimir el deseo de besar sus labios. Y lo hago despacio, en un beso suave, relajado, cargado de un mismo sentimiento. Apoyo mi frente contra la suya y rodeo su rostro con mis manos. Él me aprieta la cintura, aferrándose a mí con fuerza y con los ojos cerrados. Lo observo durante unos segundos en los que permanecemos en silencio y me digo a mi misma que es imposible estar más enamorada de él de lo que ya lo estoy. Y este mutismo, me incita a que me confiese. —Te quiero, Hugo. Noto como tras mis palabras, mi chico me clava los dedos en la piel y aprieta con fuerza los ojos. Deja caer suavemente su cabeza en mi pecho. Vuelve a abrazarme con ternura, pero posesivo. Yo le acaricio el pelo, perdiendo mis dedos por su suavidad, a la espera de una respuesta… una respuesta que no llega.


Solo hay silencio. ¿Qué significa este silencio? ¿Por qué no me dice nada? ¿Acabo de cagarla? Seguramente, porque tengo un nudo en la garganta que me bloquea el aire y deja mis ojos llorosos. —¿Lo dices en serio? —Escucho su voz amortiguada por mis pechos—. ¿De verdad me quieres? Me trago el nudo y parpadeo asombrada. Primero se queda callado y ahora… ¿Qué clase de preguntas son esas? Normalmente, cuando alguien te dice que te quiere, sueles contestar; «y yo a ti» o «yo también», pero no… —¿De verdad me quieres? Me vuelve a preguntar, pero esta vez, me mira directamente a los ojos. Su mirada brilla por las lágrimas que bailan en ella y sus pupilas tienen un halo de súplica y esperanza. Los sentimientos que reflejan sus ojos me enseñan que nunca antes le han dicho esas palabras. O al menos, no de una manera sincera. Rodeo su rostro con mis manos y voy dejando un pequeño camino de besos por su frente, sus párpados, la punta de su nariz, sus mejillas y perfilo con mis pulgares las líneas que dibujan sus labios. Hugo cierra de nuevo los ojos y suspira profundamente. —Mírame —musito pegada a su boca. Me hace caso—. Te quiero, Hugo. Nunca lo dudes. Así que no vuelvas a preguntarme si de verdad te quiero, porque me obligarás a demostrártelo cada día y… Y me calla con un beso apasionantemente cargado de ternura. Rebosante de amor. Nuestros labios se quedan pegados lo que a mí me parece una hermosa eternidad. —Yo también te quiero, tanto que me asusta. Y me lo dice con una lágrima resbalando por sus ojos.


19

Abro los ojos pesarosa y lo primero que veo es la figura masculina que hay durmiendo a mi lado. Tiene el rostro relajado y es el más hermoso que he visto nunca. Sonrío al verlo dormido boca abajo, con un brazo bajo el cojín y el otro por encima de él. Estoy tentada de tocarlo, de acariciarlo, pero me contengo por si se despierta. Mejor que descanse. La que no ha descansado muy bien he sido yo. Me ha costado mucho coger el sueño, y es que no he dejado de pensar en su silencio y en sus preguntas. ¿Por qué me las hizo? Solo se me ocurre una respuesta; alguien le hizo daño. O eso o que después de lo que le pasó a él y a su hermana, se piensa que no merece que le quieran. Me ha encantado la noche que he pasado con Hugo. Me subió en brazos hasta su habitación y me hizo el amor con mucho cariño, con una dulzura que era insoportable. Nadie me ha tocado con tanta pasión como lo hizo él anoche, se me rompía el alma cada vez que sus caricias rozaban mi cuerpo y lo único que yo podía hacer era corresponderle de la misma manera. Le quiero y él me quiere a mí. No necesito nada más. La melodía Treasure, de Bruno Mars inunda la habitación y consigue sacarme de mis pensamientos. Es la alarma. Alcanzo el teléfono para apagarlo. Me estiro en la cama. —Grrr… —gruñe el hombretón que tengo a mi lado. Sonrío—. No te vayas —dice somnoliento, con los ojos medio cerrados. —Tengo que irme a trabajar. —No. —Su monosílabo es tajante. Se aferra a mi cuerpo con las piernas y brazos—. Quédate en mi cama, todo el día, conmigo. —No me tientes. —Acaricio la punta de su nariz con la mía. Dejo un beso en sus labios —. He de irme. Ya sabes que tengo un jefe que me explota. —Voy a tener que ir a hablar con ese jefe tuyo. Me está cayendo gordo. —Suelto una carcajada y me voy escaleras abajo, hacia el comedor, a recoger mi ropa. —¿A dónde vas? —pregunto cuando lo veo bajar vestido. Se acerca a mí y dejo caer la falda de mis manos cuando me acorrala con sus brazos y besa mi cuello. —Voy a acompañarte a la oficina. No voy a desaprovechar cualquier rato que pueda pasar contigo.


Sus besos ascienden por mi mandíbula, mi barbilla y encuentran la meta; mis labios. Los entreabro para dejarle hacer a su antojo, para que su lengua deshaga mi boca. Me abandono a su beso. —Hugo, como sigas así no voy a llegar al trabajo —le digo jadeante, acariciando el pelo de su nuca. —Eso es lo que pretendo —me contesta con su característica sonrisilla de travieso. Me guiña un ojo—. Anda, vamos, que todavía tendré que pelearme con mi tío. Me tiende uno de los cascos de la moto y él carga con el otro. ¡Guau, va a llevarme al trabajo en moto! Si al final me ha encantado ese cacharro. Si es que todo lo de Hugo, me pone. Bajamos al parking con nuestras manos entrelazadas y ninguno de los dos puede quitarse la sonrisa de los labios. —Susana, ¿tú has notado rara a Eva estos días? —me pregunta cuando llegamos donde está el vehículo. —¿Rara? Ese es su hábitat natural —digo graciosa. —Mi tío dice que le pasa algo, que no es la misma y cree que ha hecho algo por lo que Eva está enfadada, pero no sabe qué. —No, si algo ha hecho —murmuro bajito para que no me escuche. No puedo decirle nada—. Pues no sé cariño, yo la veo igual. —¿Quizás piensa volver con Josemi? —pregunta, intrigado. —Te puedo asegurar que no van por ahí los tiros. —¡Ajá! ¡Entonces sabes algo! ¿Y no me lo cuentas? —Me señala con el dedo acusador y mirándome con el ceño fruncido. Puñetero. —No sabía yo que tenías esa vena tan chismosa. De aquí a nada te veo en las tertulias del corazón. —Me acerco a mi novio y le doy un beso en los labios—. Deja que solucionen sus cosas. Te acabarás enterando tarde o temprano. —¿Por qué tienes que estar tú enterada y yo no? —dice, con la típica rabieta de un niño pequeño. Me río. —Porque las mujeres somos más listas que los hombres —respondo, y bajo la visera de mi casco. Hugo aparca la moto en el parking que hay justo en la esquina de mi oficina y cuando nos quitamos los cascos, nos cogemos de la mano para que me acompañe a mi puesto de trabajo. Pero mi alegría se va desvaneciendo poco a poco cuando por el rabillo del ojo izquierdo, veo a una figura asquerosamente familiar. Y algo me dice que esa figura me va a traer problemas. Trago saliva y aprieto la mano de Hugo con fuerza. Hugo, Rafa y yo. Mal trío. —Pero mira a quién tenemos aquí, si es la parejita perfecta —nos saluda en un tono que no augura nada bueno.


—Cada vez entiendo menos qué narices le viste a este tipo —me susurra Hugo con los dientes apretados. Luego, añade a mi ex—. Perdona, pero tenemos prisa. —Y tira de mi mano. —¿Qué pasa? ¿Estás esperando a tu camello? Palidezco. ¡Ay, Dios la que se va a liar! Pero ¡¿este tío es tonto o qué le pasa?! ¿A santo de qué viene que haya soltado eso? ¿Qué pretende haciéndole saber a Hugo que conoce una parte de su pasado? Le clavo las uñas a Hugo en la mano, que noto tenso como un palo de hierro. Al parecer, Rafa se ha levantado guerrero y le apetece organizar una batalla. Me va a tocar poner paz entre ambos. —Vámonos, Hugo, no le hagas caso. —No, espera —me dice con la voz aguda y se separa de mí con brusquedad. Va en busca de Rafa—. Repite eso que has dicho. —¿Te molestan las verdades, machote? —¿De qué verdades hablas, payaso? —Hugo se acerca más a él y Rafa sonríe con malicia. —Hugo, por favor, déjalo. —Me acerco a mi chico y vuelvo a agarrarlo del brazo para separarlos. Miro con rabia a Rafa —. ¡Y tú, cállate la puta boca! —Me da tanta pena ver cómo defiendes a este drogata que… Y de pronto, me veo desplazada hacia a un lado por la fuerza bruta de mi novio, que ha avanzado hacia Rafa, lo ha cogido del cuello de la camisa y lo ha estampado contra la pared del edificio. A Rafa parece que eso no le hace tanta gracia, pues la sonrisa que antes tenía, se ha evaporado por completo. Veo la escena aterrada. Me da miedo lo que pueda pasar a partir de este momento. A la reacción de Hugo. Sé que Rafa, en el fondo, es un cobarde, ladra mucho, pero no muerde, pero Hugo… Rafa ha tocado un asunto bastante peliagudo y se ha pasado de la raya. —Escúchame bien, pedazo de mierda, no vuelvas a meterte en mi vida si no quieres que te parta la cara —lo increpa Hugo, malhumorado por las palabras hirientes de Rafa. —Cariño, suéltalo, por favor, no merece la pena —le ruego con voz temblorosa. Estos dos son capaces de matarse. Hugo lo suelta de golpe y me mira. Y no sé sí me gusta esa mirada, me provoca escalofríos. Rafa se recompone la camisa y su cara se relaja al verse otra vez libre, pero antes de dar la vuelta y marcharse, decide dar el colofón final. —Antes de que se me olvide, Susana, no pienso dejar a Pilar para volver contigo. Por mucho que me pidas que la deje, no voy a hacerlo. Y se marcha guiñándome un ojo y con esa sonrisa de hijoputa que lo caracteriza. Nos hemos quedado solos Hugo y yo, y este no deja de mirarme con la cara descompuesta y me temo que voy a tener que luchar con uñas y dientes para salir airosa de lo que se me avecina. ¡Maldito Rafa! ¿A santo de qué ha venido que dijera lo de Pilar? ¡Y


encima que yo quiero volver con él! —Te ha faltado tiempo para contárselo a tu ex —dice con un tono contenido. ¡¿Qué?! ¡¿Se piensa que yo se lo he dicho a Rafa?! —Hugo, yo no le he dicho nada. —No me mientas, Susana —farfulla, apretando la mandíbula. —Hugo, no te estoy mintiendo. No sé cómo lo sabe. —Intento acercarme a él, pero da un paso atrás. —¿Y quién es esa Pilar de la que habla? —Su gesto se oscurece a la vez que lo entiende —. ¡¿Mi prima?! ¡¿Ese cabrón es del que está enamorada?! —Sí, están saliendo juntos. Bufa soltando improperios a diestro y siniestro, paseando sin rumbo, dando vueltas sobre el mismo sitio, tirándose de los pelos y añadiendo a mi cuerpo un temor que sé que me va a costar un buen cabreo. El suyo, ya es palpable a veinte quilómetros. —Ahora lo entiendo todo —señala con un tono irónico que me indica que aquí empieza la trifulca—. Mi prima me dijo que creía que el chico con el que salía estaba enamorado de otra… ¡Claro, de ti! —me espeta furioso—. ¡Por eso le dijiste que dejara a mi prima! ¡Porque quieres volver con él! —¡Joder, Hugo, no! ¡No quiero volver con él! Por favor, cariño, créeme. —¡¿Te crees que soy idiota?! ¡¿Por qué entonces le vas a pedir que deje a mi prima?! —¡Porque no la quiere! —Exclamo alzando los brazos, desesperada. —Claro, porque te quiere a ti, ¡¿no es así?! ¡Y tú a él! Lo intento coger de la mano, pero él la aparta y se dirige hacia su vehículo de dos ruedas. Lo sigo, tengo que intentar arreglar esto como sea. Con lo especial que ha sido nuestra noche juntos y esta mañana parece que todo se ha olvidado. ¿Cómo puede pensar esas cosas de mí después de lo de anoche? Me pongo delante de la moto a la vez que la pone en marcha. —Hugo, yo te quiero y jamás haría algo para perjudicarte. —Si no se lo has dicho tú, ¿cómo narices lo sabe? —¡No tengo ni idea! —Me llevo las manos a la cabeza, desesperada. —No te creo —dice con la voz cargada de odio—. Te cuento mi pasado un día y al día siguiente tu ex está al tanto de todo. ¡Qué casualidad!, ¿no te parece? —¿Por qué no me crees cuando te digo que no me he ido de la lengua con Rafa? ¿Por qué no me crees cuando te digo que no quiero volver con él? ¡Te quiero a ti! —Apártate, Susana, no quiero hablar contigo. —Sigue mirándome con esa frialdad de antes. Se acomoda el casco. —Hugo, por favor…


—¡¿Quieres apartarte de una puñetera vez?! —me grita sin reparos. Y ya no puedo con tanto grito. —¡A mí no me grites! —Estoy perdiendo los papeles. Respira Susana—. ¿Quieres hacer el favor de bajar de la moto y escucharme? —Y tú, ¿quieres hacer el puto favor de dejarme en paz? Me hierve la sangre. —¿Sabes qué te digo? —añado con las manos sobre el manillar— Si no quieres creerme, tú mismo. No pienso estar con una persona que desconfía de mí a la primera oportunidad. ¡Qué te den! Y soy yo la que lo deja subido en la moto mientras me marcho a mi oficina.

Por la tarde, cuando llego a casa, estoy destrozada. Hundida por la absurda discusión con Hugo, irritada por el tira y afloja de Manu y Eva, «yo quiero un niño», «yo quiero que sea una niña», alucinada por la llamada de mis padres, porque se van a pasar unos días a Edimburgo. ¡Esto es un no parar! Seguro que mi hermano les ha dado un ultimátum antes de que hubiese un asesinato en la familia. Así que me voy directa a la ducha con la cabeza bullendo como una olla a presión. Pero lo que más me descoloca es lo ocurrido con Hugo. No dejo de preguntarme el motivo de su desconfianza, por qué no me cree. ¿Qué es lo que he hecho para que sospeche de mí? Quizás me he pasado un poco al gritarle… ¡pero qué narices, él lo ha hecho primero! ¡A tomar por saco! No voy a darle más vueltas. Si quiere disculparse conmigo, ya sabe dónde encontrarme. —¡Tita Sue! ¿Estás en casa? —Es el típico saludo de Valen; comunicación a través del patio de luces. —¡Hola, princesa! —Me recuesto en el poyete de la ventana. —Mami dice que vengas a casa, que la ayudes con los cojines del sofá. —¿Los cojines del sofá? —Sí, se está peleando con ellos. Corro enseguida a casa de mi amiga, pijama rojo de caramelos incluido, pues me estoy imaginando el percal. Cada vez que Cris lava la funda del sofá, se desquicia cuando la tiene que volver a poner. Una nueva Guerra Civil está en marcha. —¡Pero esta funda antes iba aquí! ¡¿Por qué no encajas ahora?! ¡¿Estás decidida a llevarme la contraria?! —le pregunta a la funda. —Deja que te ayude, Cris. La pobre Valen se ha escondido en su habitación y mi amiga está colorada, con el pelo revuelto y respirando con prisas. Me aguanto la risa. Le quito la tela con la que tiene la discusión. —A ver, Cristinita, ¿no ves que esta funda es del cojín izquierdo? —La levanto con mis


manos para que la vea bien. Ella la mira y tarda un rato en darse cuenta. —¡Anda, pues es verdad! —Cuando hagas estas cosas, tómate primero un Valium, que dejas a tu hija acojonada —le digo sonriendo—. Deja que ya lo hago yo. —¡Eres mi salvadora! —aclama y me da un abrazo. Total, que me acabo cargando yo toda la faena del sofá, pero a cambio, me invita a cenar. Es viernes y toca bocata de salchichas. Valen ya ha salido de su escondite y nos ayuda a poner la mesa mientras nosotras nos liamos con los bocadillos. —Mami, esta mañana, cuando Jon ha venido a buscarme al cole, le he dicho que se puede venir a vivir con nosotras. La cena se queda a medio camino de mi boca. Miro primero a la hija, luego a la madre, que tiene los ojos abiertos desmesuradamente y se le ha caído el bocadillo en las rodillas. Me muerdo los labios para no sonreír. Si es que la pequeña tiene unas cosas…. Veo a Valen metida en un internado. —¡¡¿¿Que has hecho qué??!! —le grita su madre fuera de sí. —¿Por qué tiene que vivir en su casa si se pasa más tiempo en la nuestra que en la suya? Ahí le doy la razón a la niña. Cris me mira pidiendo ayuda. Y yo, como amiga suya que soy, se la ofrezco. —Y Jon, ¿qué te contestó? —pregunto con sumo interés a la niña. —Susana, no me estás ayudando mucho que digamos. —¿Qué? Me interesa saber la opinión de tu novio. —Me encojo de hombros. —Papi me dijo que estaba esperando a que mami se lo pidiese —nos informa—. ¿Cuándo se lo vas a pedir, mami? Cris sigue descompuesta y yo sigo observando la escena. La niña, como en una ocasión me dijo ella misma, es pequeña, pero no tonta, y se da cuenta de las cosas, pero claro, las respuestas que mi amiga ha de dar a su hija no son fáciles. Por la amistad que tenemos de hace tantos años, voy a ayudarla. Esta vez sí. —Mira, Valen —le digo acercándome a ella con mi silla. Le acaricio el carrillo—, cuando mamá y Jon decidan vivir juntos, lo harán. Es una decisión que han de tomar ellos. —Pero es que los papás que no se quieren son los que no viven juntos. —Mira a su madre con tristeza—. ¿Ya no quieres a papi? ¿Por eso no vivís juntos? —Mi pequeña. —Cris coge a su hija y se la pone en el regazo—. Claro que quiero a Jon y él me quiere a mí, pero lo que ha dicho la tita es verdad; lo haremos en el momento oportuno. —Y eso, ¿cuándo será? —sigue preguntando Valen.


—Muy pronto, te lo prometo —le confirma su madre. —¡Vale! —exclama contenta y se baja de la falda de su madre. Viene a mi lado y se sienta donde estaba antes—. Tita, tú y tito Hugo, ¿cuándo viviréis juntos? Ahora me ha tocado a mí y la pregunta no podía haber venido en mejor momento. Le sonrío con pesar y me levanto para quitar los platos de la mesa y tirar los restos a la basura. Suspiro a la vez que mis ojos se humedecen. Cris, que advierte mi desazón, se coloca a mi lado y me abraza los hombros. —Susana, ¿qué ocurre? —Hugo y yo hemos discutido. —¿Por qué? —me interroga Valen. Las dos mujeres me observan expectantes. —Cosas de mayores, princesita. —Vale, ya lo entiendo. Me voy a mi habitación para que se lo puedas contar a mamá — claudica, la pobre—. Buenas noches. Nos da un beso a cada una en la mejilla y se marcha a su cuarto. Cuando nos quedamos a solas, me echo a llorar sobre la mesa. —Susana, vamos, cálmate —me dice Cris acariciando mi espalda—. Seguro que ha sido la típica discusión de enamorados. Yo sigo llorando, y la verdad es que es algo liberador. Creo que lo necesitaba, después de todo lo ocurrido, tenía que sacarlo de dentro, aunque sea en forma de lágrimas. —Perdóname, Cris, yo no quería… —No te preocupes, no pasa nada. —Me tranquiliza y, como si fuese mi madre, me seca las mejillas con el trapo de la cocina—. ¿Quieres contármelo? En ese preciso instante, suena el timbre de la puerta y me levanto para ir a abrir. Cuando abro el portón, me encuentro con una Leo echa un paño de lágrimas. —Prima —balbucea entre lloro y lloro, y se tira a mis brazos. —¡Leo! ¿Qué te pasa? —La abrazo. —Antoinette ha anulado la boda y me ha dejado. —¡¿Que Antoinette ha hecho qué?! —grita Cris a mi espalda. —¿Qué ha pasado con tita Anto? —La niña ha salido de su cuarto y viene con nosotras. —Valentina, vuelve a tu habitación —le ordena la madre. —Pero yo quiero saber qué le ha pasado. ¿Por qué lloran las titas? —No ha pasado nada, cielo. Vuelve a tu habitación. —Jolines, siempre igual. —Y así, molesta y con los brazos cruzados, se da media vuelta. Acompañamos a Leo hasta el comedor y allí nos sentamos en el sofá. Cris le trae un vaso de agua para tranquilizarla. Ni que fuera agua del Carmen. Quizás necesitaría mejor


una botella de ginebra. O mejor dos; una para ella y otra para mí. Mi prima recupera el ritmo normal de su respiración y con un pañuelo de papel, se suena la nariz y se limpia el rostro. En ese orden. —A ver, Leo, explícanos qué ha pasado —le pide Cris. —Tú si lo sabes —me dice mirándome. Yo asiento con la cabeza. Y es entonces cuando mi prima nos explica a ambas su lío amoroso con esa tal Tania. Cuando hay dos versiones, estas distan mucho de ser semejantes, pero en este caso, lo son. Mi prima corrobora las palabras de su «expareja», que se dejó llevar por el momento con esa chica, pero que está locamente enamorada de Antoinette. Y que perderla es lo peor que le ha pasado en la vida. Se muere sin ella. —¡No me lo puedo creer, Leo! —Cris se lleva las manos a la cabeza—. ¿Cómo fuiste capaz de engañarla? —No lo sé —contesta, con pesadumbre, después de beber un poco de agua—, pero pasó y no puedo hacer nada para borrarlo. —Y si no se llega a enterar, ¿se lo habrías dicho? ¿O habrías seguido con el engaño? —Todo acabó mucho antes de que Antoinette lo supiera. —¿Se lo habrías contado de todos modos? —Vuelve a preguntar mi amiga. —No, ¿para qué? ¿Para esto? ¿Para que me dejara? —Gesticula mi prima, nerviosa. —¡¿Para qué te dejara dices?! ¿Cómo te piensas que la has dejado tú a ella? ¡Eres una insensible y una egoísta! El enfrentamiento verbal entre mi prima y Cris hace que la primera vuelva a derramar lágrimas a borbotones y esconde su cara en mi cuerpo. La abrazo acariciándole la espalda mientras que Cris no hace más que negar con la cabeza. No acaba de creerse lo sucedido. Y aunque es cierto lo que ha dicho, no hace falta ser tan clara. No en este momento. —¿Dónde está Antoinette ahora? —Se ha ido. Estará cogiendo un avión rumbo a Francia, a casa de su hermana —añade Leo rota por lo ocurrido. —Creo que es bastante lógico que haya anulado la boda y te haya dejado. —Las pullitas de Cris van que vuelan. —Cris, por favor. —Intento poner paz. —No, déjalo Susana, si tiene razón. Me merezco todo lo que me está pasando. Voy a tener que asumir que he perdido a Antoinette para siempre. —¿Por qué no vas a buscarla? —Porque sería inútil. Me ha dicho que no quiere verme. —Me sonríe con tristeza—. He roto la confianza que había entre nosotras de la peor manera posible. Quizás me perdone algún día, pero jamás olvidará lo que le he hecho. Cris, que se da cuenta de lo dura que ha sido, se arrodilla a su lado y la abraza para


llorar juntas. Y ya que somos tres, pues ella también se une a la llorera. Una mala noche la tiene cualquiera. —Siento mucho lo que te he dicho, pero es que te daba de hostias —articula, Cris, con un tono de voz más suave. Leo sonríe. —No sé qué voy a hacer ahora, pero espero que estéis a mi lado para ayudarme todas las veces que me derrumbe. —Siempre, primita —sentencio. Nos abrazamos. Llegada la hora de marcharnos, Leo y yo salimos al descansillo y cuando mi prima se mete en casa, Cris viene corriendo detrás de mí y me coge del brazo. Se me caen las llaves de las manos. —¿Quieres contarme qué ha pasado con Hugo? —Hoy no, Cris, estoy cansada. —Pero me muero por contárselo, aunque sé que no puedo. —Está bien, como quieras. —Gracias por la cena y por dejarme llorar. —Somos amigas, siempre tendrás mi hombro para lo que necesites. Me lanzo al sofá para ocultar la cara entre los cojines y llorar con más fuerza que antes. Todavía me queda algo dentro. Y yo tampoco sé qué es lo que voy a hacer con mi chico. Voy a la cocina a coger un analgésico, me duele una barbaridad la cabeza. Veo mi móvil sobre la mesa y estoy tentada de llamar a Hugo. Pero no lo hago. Tampoco él ha intentado ponerse en contacto conmigo. Mejor lo dejo estar. Tal vez mañana pueda verlo desde otra perspectiva.

Me despierto sobresaltada y casi caigo al suelo. El timbre de la puerta. Me restriego los ojos. Miro el reloj y marca las siete de la mañana. ¿Habrá pasado algo? Descalza voy hasta la puerta y detrás de ella aparece Hugo. Cansado. Desmarañado. Y triste.


20

—¿Qué haces aquí? —pregunto con un tono hosco, cruzada de brazos. —No has venido al club esta noche. Este hombre no está bien de la cabeza. —¡¿Me lo estás diciendo en serio?! —le escupo a la cara—. ¡¿Después de llamarme mentirosa y gritarme en plena calle, crees que iba a arrastrarme hasta ti?! Si pensabas eso, es que no me conoces. —Intento cerrarle la puerta en las narices, pero él pone el pie en el hueco que ha quedado entre la puerta y el marco. —¡¡Auuuuu!! —chilla. —Pero ¡¿es que eres tonto o qué te pasa?! ¡¿Para qué coño pones el pie ahí?! ¡Y deja de gritar que despertarás a los vecinos! —Solo he venido a hablar contigo. —Hugo se toca el pie dañado. —¡Vaya! El señorito quiere hablar ahora ¡Pues ahora soy yo la que no quiere! Hugo pone la mano en la puerta y la empuja con fuerza hasta que queda abierta de par en par y entra en mi casa. De un portazo, la cierra. Me asusta ese arranque y siento mi respiración acelerada. Pasea sus manos por su rostro y por su cabello. Me mira con los ojos apagados y realmente parece extenuado. Y se me encoge el alma al verlo así. —Perdóname, nena. Perdóname por ser un imbécil y comportarme como un capullo. Perdóname por haber desconfiado de ti. Lo siento. Se acerca a mí y toma mis manos con mucho cuidado de que yo no acepte su contacto. Pero sí lo acepto. Lo estaba deseando. Un escalofrío me recorre la espina dorsal. —¿Por qué te comportaste así conmigo? ¿Por qué me gritaste? ¿Por qué no me creíste? —le pregunto mirándole a los ojos con calidez. Ya no hay gritos ni enfados. —Sí te creo nena, sí te creo —me dice casi suplicando. Me estrecha entre sus brazos y me besa el pelo. Inhalo su aroma. Huele como siempre—. No quiero perderte por las estupideces que hago. —¿Por qué ahora me crees? ¿Qué ha cambiado?


—Las horas que he pasado sin ti, me han hecho darme cuenta de que no quiero esto, no quiero estar lejos de ti —pronuncia con dulzura. Me da un último beso en la frente y sujeta mi cara con sus manos—. Sé que me quieres y que no me harías daño, pero también sé que soy un hombre difícil, me irrito enseguida, tengo un carácter insufrible…. Sus labios hacen una mueca de absoluta tristeza. Acaricio su rostro, que raspa las palmas de mis manos con su barba de pocos días. Aparta mis manos de su piel y se sienta en el sofá. Deja sus brazos apoyados en sus piernas y pierde la mirada en algún punto indeterminado del suelo. Me aposento a su lado y entrelazo los dedos de su mano derecha con los de mi mano izquierda. Dejo caer la cabeza sobre su hombro a la vez que tomo aire. —No tenía ninguna intención de enamorarme. Llegué a pensar que lo mejor que podía hacer era estar solo, y así lo creí durante mucho tiempo. Cuando conocía a una chica, me limitaba solo a pasar un rato con ella, nunca iba más allá por miedo a que fuese ella la que me abandonase, así que siempre me adelantaba yo —dice y me levanta la barbilla—. Pero apareciste tú, furiosa porque la máquina de café no te daba tu bebida. —Sonreímos—. Y luego, cuando te vi en mi local y pasamos la noche juntos, me volví un ambicioso y quise más. Y sigo queriendo más, pero no estoy a la altura. No te mereces a alguien como yo. —¿Otra vez estamos con eso de que no eres bueno para mí? —lo interrogo arqueando una ceja. Me provoca zarandearlo para quitarle esa estúpida idea de la cabeza, pero no lo hago. Sonríe con amargura. —Tengo miedo de perderte, y sé que tu ex o cualquier otro es mucho mejor que yo para ti. —Pero ¿qué estás diciendo? —Susana, tú tienes tu historia con tu ex. Es un tío guapo, médico y encima no ha estado metido en líos de drogas. Si te enamoraste de él una vez, puedes hacerlo de nuevo. ¡Ay, Dios! Definitivamente este hombre es de material de laboratorio para un psiquiátrico. De un salto, me siento a horcajadas sobre mi chico y acaricio muy lentamente los mechones de su pelo. Él deja las manos rodeando mi cintura. —A ver si te he entendido; ¿piensas que mi ex es más guapo que tú y que voy a dejarte por él? ¿Que es mejor que tú porque es médico? Y por si no lo recuerdas, está con tu prima. —Cualquiera es mejor que yo, así que si no es Rafa, será otro. —Hugo, Hugo, ¿qué voy a hacer contigo? —le digo con una suavidad exasperante. Pego mi frente a la suya y cierro los ojos. Cuando los abro, los clavo en los suyos—. Cariño, me importa una mierda si el resto del mundo es mejor que tú o si tú eres mejor que el resto. Eso no me interesa. Yo te quiero a ti así como eres; encantador, guapo, dulce, cabezón, inseguro, que se cree lo peor de sí mismo… —Susana, soy un saco lleno de taras y no quiero arrastrarte con ellas —me corta con la voz tomada—. Las traigo conmigo desde pequeño, y si a ello le unes el problema con las drogas, los traumas se magnifican. —Suspira. Lo miro con interés para que continúe—. Tengo un miedo atroz al rechazo, a que las personas que quiero me abandonen. Si lo


hicieron mis padres biológicos, ¿por qué no ibas a hacerlo tú sabiendo mi pasado? —Porque yo te quiero de verdad. —¡Uy! ¿Ha sonado un poco bruto?—. Tienes gente a tu alrededor que te adora y no va a alejarse de ti por mucho que te empeñes en pensar lo contrario. —Me asusta hacer algo que os pueda alejar de mí. No quiero perderos. —Cariño, no vas a perdernos. Le hablo casi en un susurro que quiero que entienda que es sincero y cariñoso a partes iguales. Acaricia mis brazos con sus manos temblorosas y yo se las cojo y las beso con ternura. Sus labios apenas dibujan una sonrisa. Sus pupilas reflejan exactamente lo que sus palabras han pronunciado; un temor desmesurado a ser abandonado de nuevo. Paseo mis dedos por sus labios carnosos y, poco a poco, me inclino para rozarlos con los míos. Hugo tiembla por el contacto, pero deja que lo bese. Sus manos recorren mi espalda con lentitud, a la misma melodía que nuestro beso. Necesitaba besarlo, volver a tocar su cuerpo, saber que sigue siendo mío. Hugo gime, disgustado, cuando pongo fin a nuestro beso. —¿Por qué no me has contado todo esto antes? —susurro, pegada a su boca. —Si te hubiese contado lo de las drogas, y que estas me han churruscado el cerebro, en el mismo momento habrías salido corriendo despavorida —aclara con un atisbo de sonrisa. —Dan ganas de correr, sí, ya te lo dije, pero también te dije que yo no soy de las que huye. Me aterroriza todo lo que te ha pasado, me asusta todo lo que te sucede ahora y me acojona que todo eso pueda volver de nuevo y volverse en nuestra contra. Pero estoy dispuesta a luchar contigo para que eso no pase, y por eso necesito entenderte, que me cuentes cómo te sientes, qué pasa por esa cabeza churruscada tuya. —Me sonríe cuando empleo sus mismas palabras—. Quiero conocerte. —Le he hablado a Mireia de ti. —¿Quién es Mireia? —Mi psicóloga. Dice que estás siendo mejor terapeuta que ella —añade riendo—. Estamos trabajando en un tratamiento para que pueda construir una relación sentimental sana contigo. —¿Desde cuándo la ves? —¡Uf! —Resopla—. Desde hace años, aunque cuando estuve con las drogas, dejé de ir a consulta. —Me alegro de que tengas esa actitud y te dejes ayudar. Eso dice mucho de ti y aunque no lo creas, ahí radica tu espíritu de superación —murmuro y jugueteo con el pelo de su nuca. Hugo me rodea la cintura con sus brazos y me acerca a él—. ¿Harás el esfuerzo de hablar conmigo antes de gritarme y de sacar conclusiones precipitadas y equivocadas, y que me contarás todo aquello que te preocupa? —Qué pregunta más larga —dice sonriendo—, pero te lo prometo. Haré cualquier cosa


antes que perderte. Levanta un poco la cabeza para besarme los labios y abrazarme con fuerza. Después de unos segundos, solo nos quedamos abrazados, sin hacer ni decir nada más. Solo nosotros dos y nuestro silencio. —¿Puedo dormir contigo? —me pregunta con el rostro en mi pecho. —¿Cuándo? ¿Ahora? —Asiente. ¡¿Dormir ahora?! ¡Jooo! yo estaba pensando en otra cosa…—. Está bien. Me resigno cuando se levanta del sofá conmigo a cuestas y camina hacia mi habitación. Allí nos tumbamos en la cama, él con la ropa de la calle puesta y yo con mi pijama supererótico. Eso sí, sin zapatos. Vuelve a acurrucarse contra mi cuerpo y me abraza como si yo fuera el osito que un niño pequeño necesita para dormir y desprenderse de las pesadillas. —Cuando me conociste, no pensaste que iba a ser así. Te he salido rana, ¿eh? — comenta, con la voz adormilada. —Toda princesa necesita su sapo —susurro, y beso su cabello—. Te quiero. —Y yo a ti. —Me abraza más fuerte—. Entonces, ¿me perdonas? —Estás perdonado. Y se duerme. Y yo con él, aunque sean más de las ocho de la mañana. El ruido de una sirena me despierta, pero me cuesta muchísimo abrir los ojos. Parpadeo con lentitud para adecuar mi visión a la semioscuridad de la habitación. Parece una película en blanco y negro, pues solo entran unos tímidos rayos de sol a través de los agujeros de la persiana. El sonido de otra sirena, o de la misma, vuelve a inundar la calle. Nunca he sabido distinguirlos. No sé si lo que acaba de pasar ha sido un coche de policía, de bomberos o una ambulancia. Me estiro en la cama y con mi mano toco el cuerpo desnudo de Hugo. ¿Desnudo? ¿Pero cuándo se ha desnudado? Bah, qué más da, está mucho mejor sin ropa. Así que yo también hago lo mismo y me quito el pijama. Lo miro horrorizada. ¿Cuándo decidí comprarme semejante prenda? Desde luego que tenía que estar depresiva o borracha, porque para comprarme esto… Y lo peor de todo es que todavía lo conservo. Sonrío al ver a mi chico dormir plácidamente en su habitual postura; boca abajo y con los brazos medio enterrados por la almohada. Me acerco un poco más a él y acaricio su pelo. Suelta un leve quejido, pero no se despierta. Hugo es un buen chico, el mejor que he conocido en mi vida. Pienso en todo lo que ha sufrido y en lo que le queda por superar, y no es justo. La baja autoestima, la irritabilidad, el miedo a que lo abandonen… Ha de ser muy duro luchar día a día para que esos sentimientos no te dominen y conviertan tu vida en un espejo donde solo se refleja la soledad. No me ha contado mucho sobre sus relaciones anteriores, pero entiendo lo que me dijo cuando hizo referencia a que no duraba mucho con ninguna chica. Sería algo así como «te


dejo antes de que tú me dejes a mí». Y supongo que eso le habrá pasado muchas veces, y no solo con chicas, también con amigos. Pero tiene su local, y ahí, por un motivo o por otro, no ha mostrado debilidad. Lleva con él dos años y funciona a las mil maravillas. Supongo que aquí entran en juego Jon y Pilar, que están a su lado. Aunque yo también lo estoy. Ya no sé concebir mi vida sin él y estoy dispuesta a luchar por nosotros, por nuestra relación. Quizá sea difícil y, como dijo anoche, arrastre sus taras toda la vida, pero voy a estar con él pase lo que pase. Siempre. Necesito que entienda eso y que no intente alejarme de él. Solo necesito que me deje ayudarlo. Con mucho cuidado, me subo a su cuerpo y apalanco el culo justo donde la espalda pierde su digno nombre y me inclino para besársela. Gruñe y se revuelve un poco en la cama. Estira un brazo hacia atrás para tocarme una pierna y arquea la cabeza para mirarme con las lagañas pegadas a sus ojos. —Hummm, nena, ¿qué haces? —pregunta con voz pastosa por el sueño. —Buenos días —le digo sonriendo. —¿Qué hora es? —La una del mediodía. Y no tengo sueño. —Pues yo sí. —Deja caer la cabeza sobre la almohada y cierra los párpados. —Me apeteces —ronroneo mordiendo el lóbulo de su oreja. Observo con disimulo cómo abre los ojos de pronto y, no sé cómo lo hace pero, en unos pocos segundos, me veo tumbada en el colchón, con él encima y besándome apasionadamente. Y no solo besa mis labios, también me regala sus caricias por mi cuello, mis hombros, mis pechos… mmmm, por mis pezones que se han puesto duros. —Hugo —gimo a la vez que meto mis dedos entre su pelo. Él sigue a lo suyo, entreteniéndose con mi cuerpo, jugando conmigo a sus anchas. Y me encanta, me pone… Sus labios ahora buscan la piel de mi torso, de mi estómago, y siguen bajando hasta que no encuentran un mejor lugar para perderse que mi monte de Venus. Gimo, gustosa, cuando su boca atormenta mis labios, lame y juega con todo lo que encuentra en su camino. Muerde mi clítoris para después dedicarle unos dulces y húmedos mimos con su lengua. Y eso me excita muchísimo. Muevo las caderas para que el roce sea más intenso, pero eso es imposible. Me va a acabar matando de un lengüetazo. —Estate quieta —me regaña. —No puedo… Mi exclamación responde a la invasión de mi vagina por parte de uno, dos de sus dedos. Y claro, cuando hace eso pierdo el norte y todos los puntos cardinales y la explosión orgásmica que me recorre el cuerpo es relajante y placentera. Sobre todo, lo último. Sin apenas poder recuperar el aliento, Hugo escala por mi cuerpo, me besa, voraz, y


noto mi sabor en sus labios brillantes. —A mí también me apeteces muchísimo. Y me penetra suavemente sujetando su miembro, dejando escapar pequeños gemidos entre sus dientes apretados. Me rodea la cara con las manos y observa mis facciones, como si fuese la primera vez que me mira y vuelve a besarme con ardor. —Vamos —me dice y me toma de las manos para levantarme de la cama. —¡¿Vamos?! ¡¿Cómo que vamos?! Se pone de pie conmigo y me sujeto a él por la cintura y el cuello. Me rodea el culo con sus manos, masajeándolo a cada paso a la vez que mi vagina se vuelve más descarada y desea más movimiento. Nos lleva hasta la ducha, nos mete dentro y abre el grifo. ¡Auuuu! Las primeras gotas están heladas, pero pronto el ambiente se caldea, ya sea porque el agua ha llegado a su temperatura o porque nosotros hemos llegado a la nuestra. Hugo me pega a la pared donde el agua salpica su espalda y empieza a moverse dentro de mí. Las estocadas son cada vez más fuertes y me obligo a cerrar los ojos para no dejar escapar ninguna de las sensaciones que me provoca. Él gime descontrolado, con sus manos haciéndome de protección para no golpearme la cabeza con el revestimiento del baño. Le tiro del pelo, él tira del mío y ambos nos movemos con desesperación, nuestras respiraciones se mezclan aceleradas, y nos bebemos los ruidosos jadeos del otro con nuestras bocas insaciables. Y ya no puedo soportarlo más. —Me encanta oírte gemir, saber que soy yo quien te provoca, quien te enloquece… —Y sacando su pene de mí, emite su último gruñido deleitoso en la ducha. Me abraza y siento como nuestros cuerpos tiemblan. Hugo me gira y se sienta en el suelo, conmigo en su regazo. Ahora es a mí a quien las gotas empapan el pelo. Mi chico me peina con sus dedos y clava sus ojos melosos en los míos. Nos levantamos para, ahora sí, ducharnos como es debido, pero, claro, como mi novio tiene tentáculos en vez de manos, me soba por doquier y me enjabona todo el cuerpo, partes íntimas incluidas, con un cuidado exquisito. Y con lo floja que soy con él, que parezco un interruptor de la luz de esos modernos que se enciende en cuanto percibe algún movimiento… Yo también unto la esponja con jabón y lo lavo, pene incluido, que se anima. —Como no apartes tus manos de mi cuerpo, vas a pagar caras las consecuencias —el gruñido exigente de Hugo me hace sonreír. —¿Y cuáles son esas consecuencias, señor Casanova? —pregunto, juguetona, al pasear mi lengua por su cuello. —¡La madre que me adoptó! ¡Te vas a enterar! Me río al escuchar su exclamación y se me corta la risa cuando me coge como un saco de patatas y cargando conmigo, me lleva de nuevo a la cama. Dejamos el suelo perdido de agua.


—¡Dios! Qué actividad sexual nada más despertarnos —digo, derrotada, sobre el colchón, al cabo de un buen rato. Escucho como Hugo ríe—. Creo que he hecho ejercicio físico para el resto de mis días. Hugo sigue descojonándose, con las manos sobre su estómago, tumbado en mi cama, esa en la que hemos compartido sueño y polvo ¡Qué polvo! He tenido tres orgasmos con el mismo chico, en una misma mañana y en…—Miro mi reloj—… dos horas y algo más. Ufff, me ha dejado para el arrastre. Continúa con la risa pegada a sus labios, y me encanta. Me quedo hipnotizada viéndolo reír, feliz, relajado. Está tan atractivo cuando en su cara aparecen esos hoyuelos marcando sus mejillas, cuando estas se sonrojan por el esfuerzo, cuando aparecen esas arruguitas en el contorno de sus ojos… ¡Por favor, si me gustan hasta sus arruguitas! —Nena —susurra pasándome su pierna por encima de mi cadera y así, atraparme con su cuerpo. Ha dejado de reír, pero sigue sonriendo—, has sido tú la que has querido tener la mañana movidita. Yo solo me he limitado a cumplir tus deseos. —Pues que sepas que soy muy caprichosa. —Beso sus labios y lo empujo hacia atrás para subirme a su cuerpo—. ¿Te he dicho alguna vez que tienes una sonrisa preciosa? —Me dejas impresionado. Anoche me llamaste sapo y hoy me dices que te gusta mi sonrisa. Creo que voy mejorando. Suelto una carcajada. —Eso te ha llegado, ¿eh? —Bueno, es que nunca me habían llamado anfibio —dice entre risas. Se yergue en la cama para quedar sentado contra el cabecero y apartarme los mechones de pelo de mi frente—, así que me lo tomaré como un cumplido, pero la próxima vez dime algo más cariñoso como que soy un tío guapo, que tengo un polvazo, no sé, algo así. Continúo con mi sesión de risa, a la que Hugo se une abrazándose a mi cuerpo y ambos nos movemos al ritmo de nuestras sonrisas. —Tienes más de un polvazo —susurro, pegada a su boca. —¿Ves como sabes decirme cosas bonitas? —Y me pega un cachete cariñoso en el culo. Me quejo y le doy un manotazo ¡qué manos más largas tiene! Voy al baño, dejando a mi chico desnudo y estirado en la cama, con uno de sus brazos bajo la almohada y el otro sobre su estómago. No me quita los ojos de encima y me sigue con la mirada traviesa. Me miro en el espejo y vuelvo a sonreír. Estoy contenta porque veo a Hugo con su carácter amable y despreocupado. Me encanta cuando está así, sin que vuelen por su cabeza las inseguridades. Pero sé que están ahí y no van a desaparecer porque yo lo desee con toda mi alma. Vuelvo con él y me acomodo sobre su pecho, donde acaricio el escaso vello que lo cubre. —¿Cómo está tu hermana? —pregunto con cuidado. —Mejor. Va mejorando, aunque sigue sin querer ver a nadie —me contesta mientras acaricia mi pelo—. Sé que está siendo muy duro para ella el haber recaído, el tratamiento


y el estar alejada de todos, pero quiere hacerlo así y no nos queda más remedio que respetarlo. —Me gustaría conocerla —le digo sincera, mirándolo a los ojos. —¿Quieres conocer a mi hermana? —Sí, ¿por qué te sorprende? —No sé. —Se encoge de hombros. Pone unos mechones detrás de mis orejas—. Te prometo que la conocerás cuando salga del centro. Seguro que te cae fenomenal. —Si se parece a su hermano, seguro que es una chica estupenda. —Fíjate si se parece a su hermano que siguió sus pasos en… —Hugo, no lo digas, por favor —lo regaño con un tono dulce, posando mi índice sobre sus labios y los ojos brillantes—. Deja de pensar y de decir eso. No te hagas daño con esas palabras, no nos lo hagas a ninguno de los dos. —Tienes razón, perdona. —Agacha la cabeza, avergonzado. Se muerde el labio inferior con fuerza. —Perdóname, nena, soy un completo idiota y, a veces, olvido que con mi comportamiento consigo herirte. —Lo que no quiero es que te hieras a ti —le digo y le doy un beso en la punta de la nariz. —¿Te he dicho alguna vez que eres la mujer más bonita, increíble y sexy que he tenido entre mis brazos? —Y espero ser la última —contesto pasando mis manos por su pecho—. Deberíamos comer algo ¿no crees? Me dejas hambrienta. Empezamos a vestirnos. Hugo recoge su ropa desparramada por toda la habitación y yo voy al armario a por una camisa y unos pantalones. Mi chico se pone primero su tejano y solo me deja abrocharme el primer botón de mi blusa. Del resto de los ojales, se encarga él. —No te acostumbres a que te ayude a vestirte, que a mí me gusta justo lo contrario. Me guiña un ojo y sonríe picarón mientras sigue con su trabajo. También le sonrío y lo observo con atención. Qué guapo es. Cada día que paso a su lado, se me antoja que es esto lo que quiero para el resto de mi vida. No voy a decir que no me importe su pasado, pero me intereso más por su futuro y porque lo compartamos juntos. Porque él se ha convertido en eso, en mi presente y en mi mañana, en todo lo que necesito cuando abro los ojos, es el hogar al que quiero regresar todas las noches. —Pues esto ya está. Has quedado preciosa, aunque sin ropa lo eres aún más —sentencia con un beso en mis labios y sigue vistiéndose. El timbre de la puerta suena con estridencia. Me sobresalto al escuchar tal insistencia y voy a abrir y mientras me subo los pantalones, corro por el pasillo. —¡Menos mal que estás aquí! ¡¿Para qué coño quieres un móvil si luego lo tienes apagado?! ¡Anda que eres para una urgencia!


Frunzo el ceño cuando una Cris, alterada como una mula, se presenta en casa gritándome, seguida de Valen y Jon con cara de preocupación. —¡Oye, a mí no me grites! —Me acerco a la mesa donde descansa el teléfono y compruebo que está muerto. —¿Qué ocurre, Cris? —pregunta, Hugo, serio. —Tu prima —dice, señalándome con el índice—. Leo ha tenido un accidente.


21

Vamos camino del hospital en el coche de Jon. Él y Cris van delante y nosotros en los asientos traseros. Valen nos acompaña. Su madre no tiene con quién dejarla, así que sentada sobre su elevador, permanece en silencio mirando a los adultos que la rodean. Yo estoy en medio de ella y Hugo, que me abraza por los hombros y no deja de besarme el pelo a la vez que me susurra que no me preocupe, que todo va a salir bien. Pero no puedo dejar de llorar. Y de pensar en lo inútil que soy con la tecnología. En el peor momento, voy y me quedo sin batería. Mis tíos, los padres de Leo, son los que han avisado a Cris del accidente, pues no había manera de que me localizaran. La policía les ha informado sobre lo ocurrido. Un camión ha tenido un pinchazo y al conductor le ha sido imposible controlar su vehículo, por lo que ha ido dando bandazos y chocando con otros coches, entre ellos, el de mi prima. Espero que Hugo tenga razón y no sea nada grave. Pobrecita mía. Mis tíos tienen que estar angustiados. —Tus tíos deben de estar a punto de llegar si no lo han hecho ya —dice Cris cuando llegamos al aparcamiento del centro hospitalario. —Y Antoinette también debe de estar con ella —comenta Hugo. Pobre, no sabe nada. —Tita Anto se ha ido de casa. Se ha enfadado con tita Leo. —¡Pues ala! Ya lo sabe. —¿Cómo que se ha ido? —pregunta Jon mirándonos por el retrovisor interior. Otro que tampoco está enterado. —Luego os lo contamos. Ahora vayamos a verla, necesito saber cómo está. Entramos por la puerta de urgencias y en la sala de espera veo a mis tíos, Juan y Nuria, hablando con la policía. Mi tía es la primera que se percata de mi presencia y enseguida viene a mi encuentro, con los brazos abiertos y la cara surcada de lágrimas. —Susana. —Me abraza y noto el temblor de su cuerpo. El mío no está mucho mejor. —¿Cómo está Leo? —Hola, Susi. —Ahora es mi tío el que viene a que le dé un achuchón de consuelo, y aunque él parece algo más entero que mi tía, sé que la preocupación lo consume—. Los médicos están con ella, así que tenemos que esperar.


—¡Ay, mi niña! —solloza mi tía tapándose el rostro. Mi tío, a su lado, intenta que se calme. Tarea algo complicada. —Nuria, no llores más mi vida, ya verás como todo sale bien. —El tío tiene razón, todo va a estar bien. Mi tía se separa de su marido y se limpia la cara con un pañuelo de papel. Se suena la nariz y lanza el pañuelo a una papelera cercana. Me mira con cariño y desvía sus ojos hacia mis compañeros. Cris se abraza a mis tíos y Valen hace lo mismo con sus iaios, como ella los llama. Mi tío, que está completamente enamorado de la pequeña, la coge en brazos. —¿Quiénes son estos chicos? Y Antoinette, ¿no ha venido con vosotras? ¿Dónde está? La he llamado varias veces, pero no me ha cogido el teléfono. El policía que estaba hablando con mis tíos se despide y se marcha, deseándonos que todo vaya bien. Cuando este desaparece, mi tío nos mira a Cris y a mí a la espera de una respuesta a la pregunta que nos ha hecho su mujer. —¿Dónde está Antoinette? —Las titas se han enfadado y ya no van a casarse. Me entusiasma la habilidad que tiene mi niña para resumir las desgracias ajenas. ¡Esa es mi Valen! Pero claro, al soltar esa perlita, cuatro pares de ojos se pasean entre la madre de la bocazas y yo. Es como un partido de tenis, pero de dobles. A ver, vamos a tranquilizarnos, que le explique con pelos y señales a Hugo y a Jon lo que ha pasado, pues no repercute problema alguno, pero ¿cómo les explico a mis tíos que su hija tiene un chirri que va por libre y que esa misma libertad la ha hecho prisionera de su propio castigo? Cris me observa mordiéndose los labios y sé que está pensando lo mismo que yo. —¿Qué es lo que ha dicho la niña? —pregunta Nuria, que cada vez se le refleja más la desazón en el rostro. —Ven, tía, vamos a sentarnos. —Alargo la mano hasta ella para que me acompañe. Los siete ocupamos los asientos que hay en la sala; cada hombre al lado de su pareja y Valen sobre el regazo de su papi. Mis tíos, que continúan expectantes, primero y para suavizar un poco el terreno, les presento a Hugo y a Jon. —¿Así que tú eres Hugo? Mi hermana me ha hablado muchísimo de ti. —Sonríe Nuria, descarada. Es la misma sonrisa de mi madre. No quiero saber qué le habrá contado. Ya tengo una tarea pendiente cuando vengan mis padres; asesinar a mi progenitora. —Vaya, espero que Gloria me haya dejado en buena posición. 2

—¡Has hecho la pole position ! Y se ríe con ganas. Lo hace para descargar la tensión que tiene acumulada. Nos la quedamos mirando entre sorprendidos y asustados, pues unos segundos después, rompe a llorar desconsolada. Se refugia entre los brazos de mi tío, que parece algo más entero, pero


no me creo para nada esa fachada. Su cara lo delata. A mis ojos vuelven las lágrimas y es que me da tanta pena ver a mi tía así de triste, sabiendo que su hija está ahí dentro, magullada y que ella no puede hacer nada. Hugo toma mi mano y me la besa con dulzura para retirarme con los dedos de la otra el agua que moja mis mejillas. —¡Ay, mi niña! Está ahí sola, asustada. —Familiares de Leonora Delgado —grita un hombre vestido con una bata blanca. Todos nos levantamos de nuestros asientos y seguimos a mis tíos, que se han apresurado a llegar hasta el médico. —¿Cómo está mi niña? —lo interroga mi tía, echa un manojo de nervios. —Soy el doctor Nicolás Hernández. —se presenta—. No se preocupe señora, su hija se va a recuperar —dice el doctor—. Leonora padece una leve fractura craneal así como una pierna fracturada de la cual necesitará hacer rehabilitación. El accidente también le ha producido un esguince cervical y unos rasguños sin importancia en el rostro. Lo importante es que no ha sufrido ninguna lesión torácica. —¡Dios mío! —exclama mi tía llevándose las manos a la cabeza—. Entonces, ¿mi niña está bien? ¿No me engaña doctor? —Claro que no la engaño, señora —añade el señor de blanco con una sonrisa sincera. El hombre tiene que estar acostumbrado a todo—. Si quieren, cuando la trasladen a planta podrán entrar a verla. —¿Podemos verla? —pregunta ahora mi tío. —Les avisarán cuando esté en su habitación. El doctor, que tiene cara de buena persona, con sus palabras ha logrado tranquilizarnos a todos y respiramos con algo más de calma. Mi prima está bien y eso es lo que importa. Ahora nos queda esperar a que podamos verla. Y esperamos casi cerca de una hora, que se nos hace eterna, sobre todo a mis tíos, que ansían poder estar con su hija y comprobar por ellos mismos que está sana y salva… bueno, más salva que sana diría yo. ¡Pobrecita mi prima! Por fin, una enfermera nos indica que está en la tercera planta y que podemos entrar a verla. Por supuesto que primero suben mis tíos. —Susana, nosotros mejor nos vamos, no me gusta que Valentina esté mucho rato en este sitio —me dice Cris, en tono de disculpa. —No te preocupes, Cris. Marchaos y si hay algo nuevo, os aviso. —Llámame, por favor, con lo que sea y a la hora que sea. Cris me abraza seguida de Jon y de la pequeña, que ha estado bastante callada desde hace rato. Creo que está asustada al vernos a todos hechos unas piltrafas. —Susana y yo vamos a la cafetería a comer algo —dice Hugo pasándome un brazo por encima del hombro.


—No tengo hambre, cariño, quiero quedarme aquí. —Aquí no haces nada, Susana, y llevas todo el día sin comer, así que sí, vas a venir conmigo a la cafetería. Nos despedimos y me resigno a la opción que me dicta mi chico. Caminamos por el pasillo hasta llegar al otro extremo de la planta baja, donde está el bar. Por las horas que son, solo podemos pedirnos unos bocadillos acompañados de dos refrescos. Tomamos asiento en una de las mesas. —¿Puedo saber qué es lo que ha pasado con Antoinette y tu prima? —pregunta Hugo limpiándose las manos con una servilleta. —Pues que Antoinette ha dejado a mi prima y se ha marchado. —Eso ya lo sé, pero desconozco el motivo. Trago el bocado de pan y jamón que hay en mi boca y me lo paso con un poco de mi bebida antes de poner en antecedentes al chico que tengo enfrente. Un chico increíblemente atractivo, que todo hay que decirlo. Mientras le explico lo que realmente ha pasado entre ellas, las muecas en su rostro van cambiando, sus expresiones son de atención, asombro, tristeza… en ese orden. Termina su merienda-cena cuando finalizo el relato. Apenas me ha interrumpido, se ha limitado a escuchar. —¿Y no van a volver? —Quién sabe —hablo, y aparto la bandeja de comida. Hugo coge su bebida y se la lleva a los labios—. Antoinette está muy dolida y ella es la que ha de decidir qué quiere hacer, aunque a mí me sería muy difícil perdonar algo así. ¿Cómo vuelves a confiar en esa persona? —Para tu prima tampoco debe de ser fácil. Si realmente quiere a Antoinette y quiere volver con ella, ha de lograr que su relación sea igual que antes, que la perdone, que la confianza sea la misma. Que si vuelven, no se cuestionen nada. —¿La estás defendiendo? —pregunto, alzando las cejas—. Leo es mi prima y la quiero muchísimo, pero lo que ha hecho no está bien, nada bien. —No, no la defiendo, pero creo que las personas merecemos una segunda oportunidad —dice y toma mis manos por encima de la mesa. Me mira a los ojos con intensidad—. Tú me la has dado a mí. Me sonríe con calidez y a mí se me hace un nudo en el estómago. —Cariño, no es lo mismo. Leo la ha engañado de la peor manera posible. —Ninguna forma de engañar, de mentir a tu pareja, es mejor que otra. Todas duelen. — Me besa el dorso de mi mano derecha—. ¿No crees que Antoinette debería saber lo ocurrido? —Mi tía la ha llamado varias veces, pero no ha conseguido hablar con ella —digo torciendo un poco mi boca.


—Prueba a llamarla tú, déjale un mensaje en el contestador. —¿En serio crees que es buena idea? —Explícale lo que ha pasado y que sea ella la que decida si le importa o no, pero, haga lo que haga, no se lo echéis en cara. Cuando entramos en la habitación, veo a mis tíos alrededor de la cama que hay en el centro, y en ella está postrada mi prima Leo, con los ojos cerrados, una pierna en alto, escayolada, con un collarín en el cuello y una aguja clavada en el brazo, donde el gotero del suero pende de su soporte y el líquido cae gota a gota hasta perderse en su cuerpo. Me produce una pena enorme verla en ese estado, tan frágil e indefensa y se me cae el alma a los pies. Es entonces cuando vuelven a mi cabeza las palabras de Hugo. Por un momento, me imagino que es él el que está tumbado en esa cama, solo, con varias partes de su cuerpo lesionadas, golpeado, enchufado a máquinas, inconsciente a todo lo que sucede a su alrededor… y decido que he de decírselo a Antoinette. Me quedo sola en la habitación con mi prima. Mis tíos han ido a cenar algo a un bar cercano al hospital, aunque ya es algo tarde, y Hugo se ha tenido que ir al club, así que me quedo sentada en el sillón que hay al lado de la cama. Cuando le he contado a Antoinette lo que ha pasado, he deseado que me tragase la tierra. En cuanto ha escuchado mi voz, ha sabido que algo había ocurrido. He tenido que cerrar los ojos para controlar mis lágrimas, los lloros al otro lado de la línea telefónica eran desgarradores. Me ha prometido que iba a coger el primer vuelo de regreso para estar con Leo. —Ay, primita, qué suerte has tenido con Antoinette, pero eso sí, te va a costar la vida entera que vuelva contigo, pues estoy segura de que, aunque se presente aquí, no va a significar que te perdona. Recibo un whatsapp de Hugo, que me dice que en un rato viene a buscarme para llevarme a casa, dormir y lo que se tercie juntos. Al igual que mi prima, yo también he tenido suerte al encontrarme a un chico con ojos melosos que acompañan a un rostro precioso y un cuerpo hecho para volverme loca. Tiene un corazón capaz de darlo todo, pero es tan vulnerable y tiene tanto miedo de que le hagan daño y de hacerlo él a la gente que quiere. Es lo mejor de mi vida. También me ha llamado mi madre, la que faltaba, y a qué mala hora lo ha hecho. Resulta que mi tía la ha llamado para contarle el accidente y se ha puesto como un miura a punto de saltar al ruedo, (mi madre me refiero), porque no he sido yo quien la ha llamado. ¡Lo que tiene que aguantar una hija! ¿Qué más da quién se lo haya contado? La que me espera cuando regrese a casa, que será en unas horas. Así que para relajarme, me pongo a jugar al Candy Crush. En modo silencio. —Susana. —¡Oh, Leo! —Dejo tirado el móvil de cualquier manera en el sofá y me apresuro a estar al lado de mi prima—. ¿Cómo te encuentras?


—¿Dónde estoy? ¿Por qué apenas puedo moverme? —me pregunta preocupada. —¿No recuerdas nada? Vuelve a dar un repaso visual a la habitación en la que se encuentra y se inspecciona de nuevo el cuerpo enyesado, con collarín. Me mira con los ojos más abiertos cuando su mente reacciona y se inunda de las imágenes de lo ocurrido. Empiezan a resbalarle lágrimas por la cara. —No llores prima, todo está bien. Tú estás bien y pronto volverás a casa. —La abrazo como puedo y beso su frente. —El camión… no pude esquivarlo… choqué con un coche, con otro… y con otro. —Shhh, tranquilízate, no pienses en eso ahora. Lo importante es que no te ha pasado nada y tienes que recuperarte. —¿Sabes algo del conductor del camión? ¿De las personas de los otros vehículos? —No, nada. —¿Y mis padres? ¿Están aquí? —Sí, han ido a cenar. —¡Dios mío! Me han visto en este estado… Como si no tuviera bastante con lo de Antoinette, ahora me pasa esto. Balbucea mientras el llanto se expande, escuchándose como único sonido en la habitación. Yo sigo abrazándola, intentando que se relaje, pues las lágrimas solo le van a producir un terrible dolor de cabeza. Pero entiendo que se sienta hundida. Y quizás, si le cuento que Antoinette va a venir, quizás se alegre un poco, aunque también puede hacerse ilusiones y deprimirse más. —¿Sabes a dónde iba cuando tuve el accidente? —me pregunta, de pronto, sorprendiéndome. Muevo la cabeza de izquierda a derecha—. Iba al aeropuerto. Iba a buscar a Antoinette. Quiero que vuelva conmigo, no sé vivir sin ella y ahora no voy a poder pedirle perdón todas las veces que hagan falta para que regrese a mi lado. Se olvidará de mí para siempre. Y yo estaré muerta en vida. Unos sonidos en la puerta hacen que mi prima deje de hablar y ambas nos giramos hacia ella. —¡Mi niña está despierta! Mis tíos entran corriendo y se lanzan, con cuidado, sobre su hija, llenándola de besos, caricias y más lagrimones. Como veo que sobro, recojo mis cosas del sillón y me alejo de ellos para que puedan hablar y tengan su intimidad. No me despido de ellos, apenas se dan cuenta de mi huida. Vago por el pasillo y me siento en una especie de puf que hay de color marrón junto a los amplios ventanales. Yo también tengo ganas de llorar y no las reprimo, aunque sí que tapo mi rostro con las manos. Estoy destrozada por pasarme casi todo el día en el hospital, derrotada por ver a mi prima postrada en esa cama, deshecha por las palabras que acaba de decir.


—¿Nena? Destapo mi cara y veo a mi chico arrodillado delante de mí, mirándome asustado. Me da una alegría enorme verlo a mi lado y me lanzo a sus brazos. Él me acoge encantado y me estrecha con cariño. —Gracias por venir a buscarme, te necesitaba. —¿Por qué lloras? ¿Le ha pasado algo a tu prima? —pregunta preocupado. —No, ella está bien. —Me restriego los ojos con mis dedos—. ¿Me llevas a casa?

****

Me doy una ducha y dejo que el agua se lleve algo más que mis lágrimas. Consigo relajarme un poco y, ya en mi habitación, me visto con un tejano y una camiseta. Por el pasillo, el olor proveniente de la cocina inunda mis sentidos y voy hacia allí sin pensarlo. Hugo está preparando el desayuno, trajinando entre platos, tazas y demás enseres y esa visión me seduce. Es irresistible. Apoyo el peso de mi cuerpo en el marco de la puerta y cruzo los brazos sobre mi pecho. Me relamo los labios. ¿Y si cada día pudiera ser así? ¿Y si Hugo pasara todas las noches conmigo? ¿Y si la idea de Valen no fuese tan descabellada? ¿Y si mejor dejo de pensar en asustar a mi novio? Porque sí, estoy segura de que si le propongo lo que me ronda por la cabeza, se me acojona vivo. —Sé que me estás mirando —dice, sin girarse, con un deje divertido en su voz. —Estás muy sexy, míster chef. —Me acerco hasta él y lo abrazo por la espalda. Le beso el cuello. —¿Necesitas ayuda? —Lo tengo todo listo; café y tostadas —me aclara como si hubiese cocinado el mejor manjar del mundo. Se vuelve y me acorrala la cintura—. ¿Estás mejor? Asiento con la cabeza y aunque es verdad que me encuentro con mejor ánimo, estoy hecha polvo. Solo pienso en volver a la cama. Acompañada, eso sí. —No sé si he hecho bien en avisar a Antoinette —le digo una vez sentados a la mesa, sorbiendo mi sopa. —¿Por qué? —A lo mejor mi prima se hace ilusiones al verla y piensa que ha vuelto para retomar la relación. Y quizás no sea así y cuando Antoinette se vuelva a marchar, se quedará destrozada. Y todo por mi culpa. —Sabes que has hecho lo correcto, así que no le des más vueltas. Lo que tenga que pasar, solo es cosa de ellas —me dice con cariño—. Jon me ha contado que Valentina le ha dicho que puede vivir en su casa. —Y se echa a reír.


—Esta pequeña, que tiene unas cosas —añado con una sonrisa. —Pues me consta que Jon está deseando que Cris se lo pida. —Son una pareja, lo normal es que quieran ir un poco más allá, ¿no crees? —¿Pillará la indirecta? Arquea una ceja y la mueca de su rostro no me define exactamente qué piensa. Doy un bocado a mi pan tostado, más que nada para no tensar más mi maltrecha mandíbula. —No sé. ¡¿No sé?! Vale, la que ha pillado la indirecta a doscientos por hora, he sido yo.

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Cuando salgo del metro, en la calle me recibe la lluvia y no me queda otra que aligerar el paso para no mojarme mucho y llegar a la oficina empapada. Tengo la manía de no llevar un paraguas en la bolsa que viene conmigo todas las mañanas al trabajo. Al girar la esquina, estoy a punto de chocar con una chica un tanto misteriosa, pues lleva una gorra tapando su cabeza y gafas de sol. Me disculpo con ella por no haberla visto y sigo mi camino. Ella no dice nada, apenas sé si me mira. Al subir al primer piso, voy directa al baño. Me seco con papel la cara y sacudo mi pelo para quitar el cúmulo de agua que cae de él y se pasea por mi cuello. —Buenos días, sobrina. —Escucho ese curioso saludo a mi espalda con la música de fondo de la cisterna del inodoro. —Buenos días, ¿tía? —contrarresto sonriendo—. Te veo muy animada. —Debí divorciarme de Josemi mucho antes. —Me río y tiro el papel a la papelera. —¿Por qué dices eso? —Me gusta más mi vida con Manu que con mi ex —confiesa, lavándose las manos—. Le faltan horas al día para cuidarme y mimarme. Miro a mi amiga y es la felicidad personificada. Ella lo sabe y sus labios se expanden hacia arriba en una sonrisa plena, iluminando su cara como hacía tiempo que no la veía. Pasea sus manos por su vientre, aún plano, con orgullo. —Estás guapísima, Eva. El embarazo te sienta fenomenal. —La verdad es que sí y es que me encuentro muy bien, no tengo náuseas, mareos ni antojos. Eso sí, estoy de un calentorro… —¿Y cuándo no has tenido tú ganas de sexo? —Suelto una carcajada. —¡Qué bien me conoces! Llegamos a nuestro puesto de trabajo con las risas escandalosas y allí nos recibe Manu


con la misma expresión de alegría que su pareja. La saluda con un beso en los labios y planta otro donde ahora mismo está creciendo su retoño. Nos dice que ha de irse a una reunión. Mi jefe está pletórico y Eva encantada de la vida. Para mí también hay beso, en la mejilla. —¿Tomamos un café y me cuentas que tal está tu prima? —pregunta Eva al cabo de un rato. Bajamos al comedor y saco de la máquina un café para mí y un descafeinado para mi compañera. Entre trago y trago la pongo al día de lo acontecido con mis primas y ella no puede más que asombrarse ante lo que escucha. —Nunca imaginé a tu prima engañando a Antoinette, ni a ella tampoco ¡Son la pareja perfecta! ¿Y dices que Antoinette ha vuelto? —Pues no lo sé si habrá llegado ya, no hablo con ella desde que la avisé de lo sucedido. —Soplando mi café me doy cuenta de lo que acabo de decir—. Debería llamarla para saber si ha llegado. —Y tú, ¿qué tal con Hugo? —me pregunta antes de que pueda coger mi móvil y hacer la llamada. —Pues igual que tú, encantada de haberme topado con él. —Sonrío como una tonta. —Susana —Eva susurra mi nombre y se acerca a mí—, Manu llamó al padre de Hugo para contarle lo del embarazo y hablaron de Gemma. —La hermana de Hugo. ¿Qué pasa con ella? —Pues verás —sigue hablando bajito y parece nerviosa—, le pregunté a Manu qué era lo que pasaba con su sobrina y… y me explicó que ella y Hugo, que ellos… —Te dijo lo de las drogas —sentencio. Ella asiente, temerosa—. Hugo me lo contó, pero no vayas contándolo por ahí. —No, claro que no —dice apurada—. Pero, él está bien ¿verdad? Quiero decir, que no consume ni nada. Doy el último sorbo a mi café y miro los posos que han quedado en el fondo del vaso. Pienso en que me gustaría contarle a alguien cómo es mi día a día con Hugo. Me gustaría contarle cómo me siento. —Hace muchos años que lo dejó, pero claro, esa adicción le ha dejado secuelas. Y que fuese un niño adoptado, también. Intento ayudarle en todo lo que puedo, quiero que entienda que estoy con él, a su lado para todo lo que necesite. Y a veces es complicado, sobre todo porque es muy inseguro. Tiene tantos miedos que a veces, se deja llevar por ellos. —Lo quieres mucho. —Sí. Yo también debí conocerlo mucho antes —declaro sin reparos, utilizando sus mismas palabras. —Pues sigue con él. Manu me ha dicho que desde que está contigo es otro, que se pasa los días con la sonrisa pegada en los labios. —Eva me da unos golpecitos en la mano y me


mira con admiración—. Si hay alguien en este mundo capaz de ayudarle, esa eres tú. Espero en el descansillo a que Eva salga del baño para ir a comer juntas y mientras la espero, veo aparecer al fondo al hombre que hasta hace un tiempo ocupaba mi corazón y que ahora no quiero ver ni en pintura. —Vaya, pero si tenemos aquí a la defensora de las causas perdidas. Me muerdo la lengua para intentar mantener una conversación de adultos. Rafa y yo, como pareja, pasamos a la historia, pero trabajamos juntos y debemos llevarnos, y no digo llevarnos bien, solo llevarnos. —¿Es que no puedes saludarme con un simple hola? Rafa me escruta de arriba abajo y chasquea la lengua. Pulsa el botón del ascensor y con las manos en los bolsillos se queda esperando a que llegue. —Hola. —Vaya, eres todo un gentleman. —¿Pretendes tocarme las pelotas? —gruñe, y ahora sí que me mira. —¿Qué te pasa? ¿Pilar se ha dado cuenta de que no necesita a alguien como tú? Lo sé, he dicho que iba a ser pacífica, pero no puedo. Además, ha empezado él. —¡Esa sí que es buena! —Se cachondea. Tuerzo el gesto—. Tú preocúpate de lo que hace tu novio cuando no está contigo y no te metas en mi vida. —Perdona, pero eres tú el que te metes en la mía —le digo enfadada, acusándolo con el índice—. Además, ¿qué has querido decir con eso? El ascensor viene en ese momento, pero las personas que lo ocupan van hacia pisos superiores y no hacia el inferior, así que Rafa tiene que esperar al siguiente. Me mira y niega con la cabeza, pero lo que menos me gusta es su sonrisa perniciosa. —¿Así que no lo sabes? ¿No sabes a qué se dedica tu querido novio en el club? —Se dedica a dirigir su negocio —le aclaro, visiblemente cabreada por su arrogancia. —¡Ay, querida Susana, qué ilusa eres! Y porque me das pena, te lo voy a decir; tu estimado novio utiliza su decente club para hacer trapicheos con drogas —me dice con impertinencia. —¡Eso es mentira! —le grito exasperada—. Te lo estás inventado, eres un maldito envidioso. —¿Envidia yo de ese drogata? ¡Ja! —Se acerca algo más a mí y me coge de los brazos —. ¿Cómo crees que supe lo de las drogas? Yo mismo lo vi. —No te creo, solo lo dices para hacerme daño. Además, tú eres médico, has podido ver su historial. —Me revuelvo de su amarre. —Estás tan ciega con ese chico… —Me suelta y ahora me mira con lástima—. Si no quieres creerme, no lo hagas. Yo ya te he avisado. Ahora sí que viene el ascensor vacío y Rafa puede entrar en él y desaparecer de mi


vista. Pero como ya es habitual en él, y para acabar de dejarme hecha un flan, da su última puntada. —¡Ah! Y otra cosa. —Sujeta las puertas para que no se cierren—. Te está engañando y no solo con la droga. Se está follando a otra morena que no eres tú.


22

La conversación con Rafa me ha dejado un poco tocada. Apenas he comido nada y claro, Eva se ha dado cuenta y no ha dejado de preguntarme. Me ha visto con mi ex, así que ha atado cabos. Pero, por suerte, he podido desviar el tema a su embarazo y es cuando ella se ha dejado llevar. En el trabajo tampoco he conseguido concentrarme en nada de lo que hacía. La cabeza no dejaba de vagar por lo ocurrido. No le creo, me niego a creer toda la suciedad que ha salido de su boca. Hugo me ha jurado que ya no consume nada y no voy a poner en entredicho su sinceridad. Le quiero y le creo. ¿Y lo de la morena? Menos todavía voy a tragarme esa patraña. Él está conmigo, me quiere, me lo ha dicho, y sé que es verdad. Lo siento cuando me mira, cuando me acaricia, cuando me hace el amor. No, no existe esa otra morena. Solo existe una. Pero ¿por qué se ha inventado todo eso? ¿Por qué disfruta haciéndome daño? ¿Qué ha sido del Rafa del que me enamoré? Si me pongo a analizarlo, cosa que no debería hacer, me asaltan las dudas. Mi subconsciente es un cabrón. ¿Cómo iba a saber Rafa lo de las drogas? ¿De verdad lo ha visto? Y lo de la morena, ¿quién es? ¿Con quién lo ha visto? ¿Alguna chica del club? Sacudo mi cabeza para alejar esos malos presagios y arrancarme la incertidumbre que me agarrota las entrañas. Llego al hospital para visitar a mi prima. He conseguido hablar esta mañana con mi tía y me ha dicho que no ha pasado buena noche. Los dolores, sobre todo de la pierna, la están destrozando. Y también que Antoinette había regresado. Mis padres son los primeros en recibirme en el pasillo que da acceso a las habitaciones. —¡Hola, hija! —Mi padre viene a mi encuentro para abrazarme y me besa en la frente —. ¿Cómo estás? —Bien, ¿y vosotros? —Mira que enterarnos por tu tía de lo que le ha pasado a tu prima. ¿Tan difícil era que cogieras el teléfono y nos avisaras? —Este es el saludo entrañable de mi madre. —Hola, mamá, yo también me alegro de verte. —Gloria, deja en paz a tu hija.


—¿Cómo está Jordi? —pregunto para desviar el tema. —Tu hermano nos ha dicho que lo del proyecto se va a retrasar unos meses más así que de momento, no puede volver a casa —informa mi madre que, ahora sí, viene a darme un achuchón. Me apena mucho escuchar esa noticia. Echo mucho de menos a mi hermano y le necesito muchísimo más. —Y yo que ya me había hecho a la idea de tenerlo aquí para siempre. —Pues no nos queda más remedio que esperar. —Suspira mamá—. Se me ocurre una cosa, ¿podríamos ir a verlo en vacaciones los tres juntos? ¡Sí, hija! Cuando tengas las vacaciones en agosto, nos vamos todos para Londres. Miro a mi padre con terror y mi madre, toda ilusionada con la idea de unas estupendas vacaciones en familia, empieza a hablarnos de los planes que se le van pasando por la cabeza. Mi padre. Mi madre. Jordi y yo. Todos juntos. Un suicido vacacional. Menos mal que mi padre se da cuenta de la palidez de mi rostro y actúa en consecuencia. —Gloria, tu hija ya es mayorcita y por si no lo recuerdas tiene pareja. Seguro que ya han planeado su viajecito. —¡Claro! ¡Podemos estar los cinco juntos! —grita flojito, ya que estamos en el hospital, pero lo hace con la misma ilusión que una niña pequeña. —Creo que voy a llevarme a tu madre a cenar algo. Si no tiene hidratos de carbono en el cuerpo, el cerebro no le riega —sentencia mi padre, llevándosela por los hombros. Me guiña un ojo y yo le tiro un beso. Y ella sigue hablando. Pobre padre mío, se ha ganado el cielo con ella. Toco en la puerta de la habitación de mi prima con suavidad y la abro de la misma manera. Dentro puedo ver a Leo tumbada en la cama, dormida y a Antoinette sentada en la butaca, a su lado, tomándola de la mano y besándosela. Sonrío con ternura cuando mis ojos se topan con los de ella. Se levanta enseguida y viene a darme un abrazo. —Cómo me alegro de verte —le susurro con sinceridad. —Gracias, Susana, muchas gracias por avisarme —dice con ojos llorosos. —No sabía si debía decírtelo o no —le confieso—. ¿Cómo está mi prima? —Bastante dolorida. —Antoinette se gira hacia Leo y la mira con tanto cariño que ahora sí que estoy convencida de haber hecho bien en llamarla—. Hace un momento le han dado otro calmante y se ha quedado dormida. —Y tú, ¿cómo estás? —¿Tomamos un café? Asiento y salimos sin hacer mucho ruido. Ya en la cafetería invito a los cortados.


—¿Qué tal estás? —vuelvo a preguntar. —Desconcertada. Ver a tu prima así… si no me hubiese marchado… —Se tapa la cara y su cuerpo se convulsiona por los sollozos. —No es culpa tuya. —Le separo las manos. Tiene los ojos cansados de tanto llorar—. Pronto saldrá de aquí y se recuperará. —Voy a quedarme con ella todo el tiempo que sea necesario hasta que se recupere. —¿Y después? ¿Volverás a marcharte? Antoinette toma un sorbo de su bebida y se queda callada, con la mirada perdida en las gotas de lluvia que mojan la calle. —No sé qué hacer con mi vida, Susana. Quiero mucho a tu prima y sé que es el amor de mi vida, pero me da mucho miedo que vuelva a hacerme lo mismo. Y si eso llega a pasar, sé que jamás podré perdonarla. Y la odiaré, y no quiero eso. —No creo que mi prima vuelva a engañarte, ha aprendido muy bien la lección. — Desplazo mi cortado a un lado y le acaricio las manos—. Daros una nueva oportunidad Antoinette, os la merecéis. —Si pudiera borrar lo que pasó —dice con melancolía—. Cuando iba en el avión, solo pensaba en Leo y en todo lo que dejaba con ella. Tenía claro que iba a tardar mucho tiempo en volver a verla, y mírame, otra vez estoy a su lado. Siempre corro a su lado. —Quieres a mi prima y ella te quiere a ti. Seguro que encontráis la manera de solucionar todo este tema —declaro con sinceridad—. Por cierto, ¿dónde te quedas a dormir? —De momento, aquí. —Pero no puedes quedarte todo el tiempo en el hospital, tienes que descansar, ducharte. Puedes venir a casa si quieres. —Te lo agradezco, pero tu prima me ha devuelto la llave de su… de nuestra… de casa. —Sonríe—. Le ha gustado mucho verme. Son casi las diez de la noche cuando llego a casa, pero ha merecido la pena llegar a esas horas y pasar un rato con Antoinette. Qué decisión más difícil que tiene la pobre sobre sus hombros. Claro que nadie te garantiza que tu pareja te sea fiel toda la vida o que tú misma lo seas con ella, pero si ya tienes la experiencia de una primera vez, el miedo prevalece sobre cualquier atisbo de duda. Apenas me da tiempo de meter la llave en la cerradura cuando la vecina de al lado me recibe impaciente. —¿Dónde has estado? Hugo te ha llamado un millón de veces. —¿Hugo? —Saco el móvil del bolso y me encuentro con tres llamadas perdidas y varios Whatsapp de él. Puse el teléfono en silencio al entrar en el hospital. Está claro que la tecnología es de este siglo y yo del Paleolítico—. ¿Hugo está en tu casa? —Sí, y te advierto, no te asustes cuando lo veas.


—¿Por qué? ¿Qué ha pasado? ¿Está enfadado? —Entra y compruébalo tú misma. Cris me deja entrar en su casa y con el corazón acelerado voy directa al salón. Allí no veo a nadie, pero escucho la voz de Valen, que reprende entre risas a su tito Hugo. Miro por detrás del sofá y me encuentro con los dos; mi chico sentado en el suelo, de espaldas a mí y la pequeña subida a sus rodillas. Y hay un montón de pinturas desparramadas por el pavimento. Algunas de ellas, se han quedado marcada en las manos y la carita de la niña. —¡Tita Sue! —grita Valen y viene corriendo a abrazarme con los dedos llenos de colores. —Hola, princesa mía, ¿qué haces con el tito? —Beso sus mejillas de colores indefinidos. —Es un Minion. —¡¿Es un qué?! Y claro, cuando Hugo se pone en pie y me mira, entiendo lo que me ha dicho la princesita. Y tengo que reírme. Las carcajadas me vencen y es que tiene una pinta… Valen y Cris también ríen con ganas y él, ofendido, se acerca a nosotras con los brazos en jarras. Lleva toda la cara pintada de amarillo, con las gafas de la piscina de mi amiga puestas y una especie de moño en el centro de la cabeza, recogido con una goma de pelo. Con el poco pelo que tiene, no sé cómo ha conseguido hacerle eso. —¿Eso se lo has hecho tú al tito? —consigo articular, muerta de risa. —Sí —responde ella, toda orgullosa de su obra de arte. —¿A que estoy guapo? La pregunta de Hugo nos envuelve de nuevo en un episodio de risas, a las que mi novio se une finalmente. Si es que está de un gracioso… No deja de sorprenderme. Solo espero que la pintura se quite sin tener que destrozarle la cara. —Anda, vamos a casa. Y devuélvele las gafas a mi amiga. Cojo a mi Minion particular de la mano y nos despedimos de madre e hija. Vamos derechitos al baño, tengo que ayudarlo a desquitarse de ese color que nada le favorece y de la gomina que lleva en el pelo puesta para que le quedara tieso el moño. Cojo una toalla algo vieja y empiezo a limpiarle los mofletes. ¡Dios, no puedo dejar de reír! —Desde luego que eres peor que la niña. ¿Por qué te dejas hacer estas cosas? — pregunto divertida. —Estoy enamorado de esa rubita y soy incapaz de negarle nada —añade, encantado. —Hace contigo lo que quiere. —Igualita que su tía. —Me coge de la cintura y me sienta encima del lavabo. Me rodea con sus brazos y yo hago lo mismo con mis piernas—. ¿Has ido a ver a tu prima? —Sí, aunque estaba dormida. Tiene bastantes dolores. A la que sí he visto ha sido a


Antoinette. —¿Ha vuelto? ¿Se va a quedar con ella? —Como mínimo hasta que se recupere, luego ya veremos, aunque yo creo que se quedará para siempre. —Termino la limpieza de cutis—. ¿Qué hacías en casa de Cris? —Venir a verte. No me has cogido el teléfono, así que vine hasta tu casa y al ver que no estabas, Cris me dijo que podía esperarte en la suya. Su tono no suena a reproche. Tiro la toalla al suelo y acaricio sus mejillas limpias y morenitas. —Puse el teléfono sin volumen y luego estuve hablando con Antoinette y se me echó la hora encima. Debí haberte avisado. —La próxima vez, hazlo —dice apoyando su frente en la mía. —Deberías darte una ducha y lavarte el pelo. —Deja el pelo y ocúpate de otra cosa. Y la otra cosa son sus labios. Y encantada me dedico a mimarlos. Paseo la lengua por ellos antes de metérsela en la boca y devorarlo. Hugo gime y me responde de la misma manera apasionada, aprisionándome más contra su cuerpo y su excitación. Rozo su cabello con mis dedos y lo noto pegajoso. Soy incapaz de besarlo en condiciones cuando los recuerdos de un hombrecillo amarillo me vienen a la mente. —¿Qué? —gruñe con el ceño fruncido. —Nada —digo apretando los labios para intentar dejar de sonreír. —Esto va a traer cola, ¿verdad? —Me temo que sí —Y oculto mis risas en su pecho. —Cuando la señorita termine de reír, ¿podremos continuar con lo que estábamos haciendo? —su tono suena burlón. Me concentro en reprimir mis carcajadas, pues a mí también me apetece muchísimo continuar con lo que viene detrás del beso de antes. Meto las manos por debajo de su jersey y acaricio muy lentamente su espalda a la vez que mi boca se apodera de la piel de su cuello. —Eso está mejor, mucho mejor —pronuncia, dejándose llevar por lo que le provoca. Consigo quitarle la parte de arriba y dejo su pecho desnudo. Lo observo, admirada y excitada a partes iguales, y lo recorro con los dedos para luego dibujar con la lengua el camino que lleva hasta sus labios. Nos besamos de nuevo con intensidad. Hugo sujeta mi cara entre sus manos para profundizar más en el beso, para adentrarse con su lengua por todos los rincones de mi boca. Me vuelvo de gelatina cada vez que me besa con esa desesperación, con esa pasión que hace que el mundo desaparezca. Aprovecho para entretenerme, no mucho, claro está, con el botón de su pantalón y en lo que oculta su interior. Un gemido es lo que emite cuando mi mano atrapa su duro pene y


empiezo a darle las caricias que me reclama, extendiendo su humedad por toda su longitud. —Me encantan las manualidades —susurro, en su oreja, deshecha por sus besos. —Vas a conseguir que me encierren… me vuelves completamente loco —jadea, y atrapa mi boca con urgencia. Despega sus labios de los míos y le agradezco que me deje respirar. Me bajo del mármol y, con ambas manos, le bajo los pantalones y la ropa interior hasta los tobillos y, así, lo dejo todo al descubierto. Clavo las rodillas en el suelo del baño y acerco mi boca a su excitación, introduciendo su piel lentamente en ella. El gruñido ronco que emite mi compañero retumba en las paredes del lavabo y yo me humedezco con ese simple sonido. Nuestras miradas se encuentran y están llenas de lujuria y de amor, aunque no sé de qué es de lo que más hay. Hugo me levanta y me separa de su cuerpo, quitándose los zapatos y la ropa para llevarme en brazos hasta mi cama. Me tumba con suavidad sobre el colchón, donde están las sábanas arremolinadas a sus pies. No me ha dado tiempo de hacer la cama esta mañana. Vuelve a abalanzarse sobre mí como un león hambriento, sujetando mis manos por encima de la cabeza, moviéndose, contorneándose de manera sexy y, aun así, con la ropa puesta, puedo sentir su dureza y consigue ponerme de un cachondo… —Desnúdame —le exijo, acelerada. —Eres una impaciente —dice con esa sonrisilla traviesa que me enamora. —Juegas con ventaja. —¿Con ventaja? Te recuerdo que has sido tú la que se ha aprovechado de mí en el baño. Ahora me toca a mí —dice en tono sugerente. Me despoja de mi camiseta y en un santiamén, me desabrocha el sujetador. ¡Qué habilidad! Si me lo llega a quitar con una mano, pienso que en otra vida fue una mujer. Su boca atrapa primero uno de mis sensibles pezones para hacer todo lo que se le antoja. Después tortura el otro. Dejo escapar un grito cuando libera mis pechos y desciende por mi torso hasta encontrar lo que anda buscando. Levanto el culo para que pueda deshacerse de mis pantalones y de mi ropa interior. Me separa las piernas y se queda embelesado mirando lo que tiene delante. Con sus hábiles dedos, separa los pliegues que le impiden ver lo que realmente desea y cuando lo ve, va a por ello de cabeza. O de boca, mejor dicho, pues es con ella con la que me tortura. Contengo la respiración al notar que no solo su lengua juguetea con mi clítoris, sino que también sus dedos participan en la seducción. Me muevo al compás de ellos, introduciéndolos más en mi interior, mojándome más con cada sacudida. No voy a soportarlo. —Hugo, para, por favor… Y por increíble que parezca, me hace caso, pero solo para coger un preservativo del cajón, colocárselo con habilidad y penetrarme despacio, con delicadeza, rozando cada centímetro de mí casi con admiración. Cuando llega al final, ambos gemimos. Se mueve despacio, perdiendo sus dedos entre mi pelo y acerca su boca a la mía. Araño toda la amplitud de su espalda hasta que aprieto sus nalgas con mis manos y lo empujo a


que acelere más el ritmo. Necesito algo más fuerte, más duro. Y me lo da, nos lo da hasta que en pocos minutos un arrollador orgasmo nos deja sin fuerzas. Hugo enseguida se pone a mi lado para no chafarme y eso hace que me deje sin poder disfrutar de él unos segundos más. Me abraza con cariño y acaricia mi cuello con su nariz. Besa mis labios con suavidad. —Voy a darme una ducha y vuelvo enseguida. Vuelve a besar mis labios y se escabulle hacia el baño. Me quedo sola, tumbada en la cama, e inconscientemente, paso mis dedos por las sábanas donde ha estado mi compañero. Y sonrío tontamente. Y pienso. Pienso con bastante detenimiento en sacar el tema de la convivencia. ¿No sería genial que viviéramos juntos? ¿Qué pudiera levantarme todas las mañanas con él a mi lado? Quizás no sea algo tan malo, tal y como dice Valen, pasa muchas noches conmigo. ¿Y si pudiera pasarlas todas? Sería la repanocha. El otro día no tuve el valor suficiente para hacerlo caer, pero hoy, tal vez… Aparece en mi cuarto secándose con la toalla que antes he utilizado para lavarlo y, como un gato hambriento, gatea por la cama para acorralarme con su cuerpo. Le toco el pelo para asegurarme de que se lo ha lavado bien y que no queda nada pringoso, sujeto su cara con mis manos, acaricio sus labios con suavidad y me envalentono. —Hugo, me gustaría decirte algo. —Dime —dice sentándose en la cama, con nuestros dedos entrelazados. —Es que… no sé cómo… decírtelo —balbuceo nerviosa. —¿No has tenido suficiente y quieres más? —pregunta, todo pillo. —Contigo siempre quiero más —dejo caer como si nada—. Pero no, no es eso a lo que me refiero. —Vaya, voy a tener que esmerarme más la próxima vez —sigue con su buen humor—. ¿Qué te preocupa? Puedes contarme lo que sea, lo sabes. —Sí, lo sé. Se queda expectante, con las cejas levantadas, animándome a que le hable. ¿Por qué me resulta tan difícil? Me pongo de rodillas en el colchón y vuelvo a acariciar su rostro. Lo miro a los ojos. —Quiero… me gustaría… pero solo si tú quieres… —Uno, dos y ¡tres!—. Que vivas conmigo. Que vivamos juntos. Me mira ojiplático, se descompone, se queda blanco y su cara no transmite sentimiento alguno excepto el de que mi idea no le ha gustado ni una pizca. No le ha hecho ninguna ilusión. Y eso a mí, me desilusiona. Mi corazón se rompe un poquito. Durante unos instantes, el silencio se adueña de nuestros pensamientos y de nuestras palabras. Y no es ese silencio que he aprendido a entender, es otro, es uno mucho más sombrío, incluso doloroso.


Solo nos miramos. Él, con cara de susto y yo, de desesperanza. —¡¡Fuego!! ¡¡Fuego!! Los gritos vienen del exterior, de la calle y, dejando pendiente nuestra conversación, nos asomamos a la ventana de mi habitación. Algo está ardiendo y es algo que está aparcado en la zona de… —¡¡¡Mi moto!!! —exclama, Hugo, alterado. —¡¡¿Qué?!! Lo veo meterse en el baño para recoger y vestirse apresuradamente. Yo hago lo mismo, poniéndome la ropa que hay tirada por el suelo. No me da tiempo a alcanzarlo cuando baja los escalones de cinco en cinco, yo apenas he salido de casa. Los gritos hacen salir a Cris y a Jon. —¿Qué ocurre? —preguntan a la vez. —La moto de Hugo está ardiendo. No me paro a hablar mucho más con ellos, pero sí que lo hago para descolgar uno de los extintores que hay en el bloque y salgo a la calle con él. Hugo está parado en mitad de la acera, con las manos en la cabeza y con una pareja a su lado, supongo que serán las personas que han dado la voz de alarma. El chico, al verme, me quita el extintor de las manos y va corriendo a apagar el fuego. Acaricio la espalda de mi chico y lo rodeo con un abrazo. Él baja los brazos y los coloca en mi cintura, sin ganas, sin ganas de abrazarme. Por encima de su hombro, veo pasear a una chica, y es la misma chica de antes, la de la gorra y las gafas de sol. Va vestida igual que esta mañana, con sus dos complementos incluidos. Me da un mal rollito… —Esto ya está —dice el chico dejando el extintor en la acera—. Deberías llamar a la policía. —Y se marchan. —¡Hugo! ¿Qué narices ha pasado? —Jon llega jadeando, y al ver el esqueleto de la moto, se lleva también las manos a la cabeza. —Jon, llévame a comisaría, por favor —le pide, apartándome de él sin miramientos. —Claro, vamos. —Yo voy con vosotros —le aclaro a los dos. —No. —Respuesta tajante de mi chico, que ahora me mira con desaprobación. —¿Por qué no puedo ir? —Porque no quiero que vengas. —Eres mi novio y si quiero ir contigo a comisaría, voy y punto. No voy a dejarte solo. —Te he dicho que no vienes.


—Me da igual si quieres o no, pienso ir —declaro toda chula. Lo cojo de la mano. —¿Por qué no dejas de agobiarme? —me reprende, apartándose de mi contacto de un manotazo. —Bueno, yo te espero, u os espero en el coche, me da igual. Jon, al ver la escenita, se marcha por si le salpica algo. Cuando nos quedamos Hugo y yo a solas, me enfrento a él, a su mirada, a su enfado. Pongo los brazos en jarras para señalar más mi malestar. —¿Qué has querido decir con eso de que te agobio? —¡¿No puedes dejarme tranquilo ni un puñetero segundo?! Si te digo que no vienes, ¡no vienes! —me escupe, irritado. —¿Cuántas veces tengo que decirte que no me grites? —Mi tono es bastante alterado. No estoy entendiendo nada—. Explícame eso de que te agobio. —Déjame en paz, Susana, no tengo ganas de discutir contigo. Y pega la vuelta dirección al coche de Jon, pero yo, que soy más rápida que él porque la sangre me está hirviendo, lo alcanzo y lo agarro con fuerza del brazo. Me mira con recelo. La mía no es mucho más amistosa que digamos. Si se piensa que después de soltarme que lo agobio, va a irse de rositas, es que está tonto perdido. —Haz el favor de decirme por qué te agobio. —¿Desde cuándo llevas pensando en esa patética idea de vivir juntos? —me pregunta enfadado. —¡¿Patética idea?! ¿Piensas que es un disparate que quiera compartir mi vida con mi chico? —Me froto la sien nerviosa—. ¿Por eso crees que te agobio? ¿Por qué quiero dar un paso más en nuestra relación? —No estoy preparado. —No, si ya me he dado cuenta —murmuro entre dientes. Intento tranquilizarme—. Hugo, si no quieres vivir conmigo, no pasa nada, podemos seguir viéndonos como hasta ahora, no me importa, de verdad, pero no quiero que me digas que te agobio, porque no creo que lo esté haciendo. —Pues lo haces, así que déjame respirar, déjame espacio. Necesito tiempo. Me dice con peor humor. ¡Esto mejora por momentos! Y mi mala leche también sube, como los precios. Voy sin tope. —Aclárame una cosa, señor no sé lo que quiero, ¿no estás preparado para vivir en pareja o es que necesitas tiempo para saber si quieres vivir conmigo? —¿Ves cómo me agobias? —vuelve a gritar elevando los brazos—. ¡Por Dios, Susana, déjame en paz! Y ahora sí que se va. Y yo lo dejo ir, porque como vuelva a retarlo, es posible que la moto no sea lo único que arda. ¿Pero qué cojones le pasa ahora?


23

—Susana, ¿qué ocurre? —Cris sale al rellano cuando me escucha llegar. —No pasa nada, Cris, vuelve a la cama. —La moto de tu novio está ahí abajo churruscada y tú subes con una cara de cabreo monumental. Hasta me atrevería a decir que estás a punto de llorar. Sí, tengo ganas de llorar, pero de la impotencia que siento con este hombre. ¿Cuándo coño va a madurar y dejar de lado todos sus miedos? —Cris, no te comportes como si fueras mi madre —le digo, malhumorada, a la vez que entro en casa. Ella viene detrás. —No, no soy tu madre, pero soy tu amiga y te quiero, así que dime que es lo que te ha pasado ahí abajo. Dejo a mi amiga en el comedor y me marcho a mi habitación. Al entrar, el aroma a mi jabón y la cama deshecha me recuerdan los momentos vividos con Hugo y me consume la rabia. Con ella, me acerco a la cama y arranco las sábanas con furia, como si ellas fuesen las culpables de mi «supuesto agobio a mi novio». Hago con ellas una bola y las lanzo por la ventana. —¡¿Te has vuelto loca?! —Cris me sujeta por las muñecas—Tranquilízate, por favor. La ternura que hay en las palabras, en la mirada de mi amiga, me acaba por romper del todo y en ese momento toda la ira, la irritación que siento, se desvanecen y comienzo a sollozar. Cris me abraza con un cariño inmenso y yo me refugio en su caricia. La necesito, necesito que alguien me ofrezca ese calor que tanta falta me hace. Necesito sentir que alguien me quiere. —Valentina está sola en casa. Anda, vamos y te preparo una tila. Me dejo arrastrar por ella hasta su casa. Me da un beso en el pelo y me deja sentada en el sofá mientras comprueba que la pequeña sigue durmiendo. Echo la cabeza hacia atrás y cierro los ojos. Estoy agotada, destrozada, confundida. Me trago las lágrimas y dejo paso a que un cabreo de mil demonios vuelva a dominarme. No entiendo nada de lo que acaba de pasar con Hugo. —Toma, te vendrá bien.


Escucho a mi amiga sentarse a mi lado y el ruido que produce la taza al dejarla sobre la mesa. Le cuento lo ocurrido. —¡¡Que dice que lo agobio!! ¿Te lo puedes creer? ¡Que yo lo agobio! —exclamo, levantándome del sofá enojada y haciendo aspavientos con los brazos. —No chilles que despertarás a Valentina. Me pongo la mano en la boca para callarme un rato y me siento. Cojo la taza con la bebida caliente y observo que me ha metido tres sobrecitos de tila. ¡Pues sí que me ve alterada! Me llevo a los labios el líquido y me lo trago con repelús. —¡Mierda, Cris!, podías haberle puesto azúcar a esto. Está asqueroso. —Perdona, se me ha olvidado. Y deja de gritar. Mi amiga se marcha a la cocina y vuelve enseguida con el azucarero y una cucharilla de postre. Me pongo las mismas cucharadas que sobres hay en el vaso. Doy un trago. ¡Esto ya es otra cosa! —A ver, ¿por qué se supone que agobias a tu novio? —pregunta desconcertada. —Le he dicho, bueno, solo le he insinuado que podríamos vivir juntos. ¡Y me salta con que lo atosigo! Dejo la taza sobre la mesa con tanto ímpetu que estoy a punto de romperla. —¿Quieres bajar el volumen y no tener tan mal genio? Al final despertarás a la niña — me regaña bajito. —Perdona, lo siento, es que este hombre me puede —me justifico susurrando—. ¿Qué voy a hacer con él? —Pues sí que se ha tomado mal que le dijeras lo de ir a vivir juntos. Ni que lo llevaras a la guillotina —dice, irónica. —Sí, hija, debe de ser una tortura vivir conmigo —contesto, con sarcasmo. Me inclino hacia atrás, dejando mi espalda descansar en el sofá. —¿Y por qué no te ha dicho simplemente que ahora mismo no está preparado y que vayáis más poco a poco? —No lo sé —añado y me encojo de hombros—. A lo mejor, lo que no quiere es vivir conmigo. —¿Y por qué no iba a querer algo así? Pero si está loco por ti. —Es que no solo me ha dicho eso, también me ha dicho que lo deje en paz, que necesita tiempo. —¿Tiempo? ¿Tiempo para qué? —me interroga entornando los ojos. Se sienta en el sofá en plan indio. —Cuando tu pareja te pide tiempo, ¿qué significa? Las dos nos miramos con la misma respuesta en los ojos, pero ninguna la pronuncia. Es la excusa perfecta para decirte que te deja, pero dicho de una manera muy finolis. Pues no,


no pienso dejar que se aleje de mí sin que me explique los motivos. Y van a tener que ser de peso porque no pienso consentirle tonterías. Intentaré hablar con él y que razone, pero tengo una tarea difícil. Me da igual. Lo necesito, aunque sea un cazurro que me saca de quicio, es mi cazurro. Y lo quiero con toda mi alma. —¡Tita Sue! ¿Qué haces aquí? ¿Te quedas a dormir conmigo?

****

Le dejo espacio. Le doy tiempo. ¿Me ha pedido tiempo? ¡Pues toma tiempo! Pero solo tres días. Ni uno más. Llevo tres días asquerosos en los que no he sabido nada de él y estoy que me subo por las paredes. Desde nuestra absurda discusión (que eso si es absurdo y no mi propuesta), no hemos hablado y mucho menos vernos. No me ha llamado, ni enviado mensaje, Whatsapp, ni nada parecido para disculparse conmigo. Sí, señor, tiene que pedirme perdón. Entiendo que se pusiera nervioso por lo de su moto, pero ¿tengo yo la culpa? ¿Tiene que pagarlo conmigo? Me ha dejado con una mala leche que ni te cuento. ¿Qué habrá hecho estos días sin mí? ¿Me habrá echado de menos? Yo a él sí, muchísimo, no he dejado de pensar en mi chico. Y creo que estos tres días son más que suficientes para que podamos tener una charla como adultos y que me aclare el término «necesito tiempo». Pero me da miedo saberlo. Lo único bueno que ha pasado en estos días ha sido que a mi prima le han dado el alta y ha salido del hospital. Y Antoinette nos ha invitado a Cris, Valen y a mí a cenar en su casa para celebrarlo. Sí, he dicho bien, su casa. Aunque no sé si es buena idea, pues mi prima Leo está de un humor que no la aguanta ni su madre. Literalmente. Mi tía le ha dicho que si sigue con esa actitud derrotista, que no piensa cuidarla, y a mi prima le ha entrado por una oreja y le ha salido por la otra. Y es que eso de estar en una silla de ruedas, con la pierna tiesa y enyesada, un brazo en cabestrillo, y que necesita ayuda hasta para hacer pis, pues no lo lleva muy bien. La consume. Y claro, ¿con quién descarga toda su rabia? Con la persona que tiene al lado. Antoinette. Y la pobre, que tiene un aguante… Tiene que quererla por encima de todo y de todos, porque soy yo, y ya le hubiera estampado algo en la cabeza. Me preparo para la cena familiar y la posterior salida nocturna al club de Hugo. Y me visto para la ocasión: unos pantalones negros ajustadísimos, que como me coma una aceituna, reviento, y un corpiño oscuro, de lentejuelas con un escote digno de admirar. Unos zapatos de tacón del mismo color completan el conjunto. —Como te sientes a mi lado en la mesa te juro que te meto mano. ¡Me vas a poner cardíaca! —exclama, Antoinette, echándome un vistazo de arriba abajo y sonríe, pero cambia el gesto al ver como Leo nos mira enfurruñada. —Hola, Antoinette —la saludo, con un beso en sus mejillas—. ¿Cómo está el ogro? —¡Te he oído, Susana!


—Lo sé, por eso lo he dicho. —Le saco la lengua a mi prima y la beso divertida—. ¿Qué tal te encuentras, gruñona mía? —¿Cómo coño te crees que estoy? —¿Ves?, es una gruñona. Su compañera resopla y pone los ojos en blanco. —Anda, Susana, ven y ayúdame con la cena. —¡Eso, vosotras dejadme aquí sola! Antoinette vuelve a coger aire y a soltarlo lentamente. Se agacha y observa la cena que tiene preparándose dentro del horno. Berenjenas gratinadas. —¿Cómo estás? Si quieres te puedo dejar un poco de cinta americana para que le tapes la boca a la refunfuñona que tienes en el comedor. —No sé si cortarme las venas o dejármelas largas. Esto es muy difícil Susana y tu prima no ayuda. —Me confiesa abatida. Tira la manopla sobre el mármol y se sujeta a él. Pongo mi mano sobre la de ella. Entiendo lo duro que debe de ser. Con lo poco que he visto, ya me hago una idea. —Te lo está poniendo difícil, ¿verdad? —Difícil, dices. Esta tarde la hemos tenido. Y de las buenas. ¿Sabes qué me ha dicho? Que si he vuelto para reírme de ella. —¿Reírte de ella? —Sí, que como me engañó, pues que se merece lo que le ha pasado. Pero, espera, que eso no es todo. —Se sienta en una de las sillas y la acompaño. Se restriega la cara con las manos—. Que si estoy aquí con ella por lástima que me puedo ir por donde he venido. Derrotada, deja caer su cabeza sobre la mesa. Y empieza a llorar. Le acaricio la espalda y la abrazo, besando su pelo, que huele a vainilla. Dejo que se desahogue todo el rato que necesite. Se me encoje el corazón al pensar por todo por lo que está pasando. —Vamos, Antoinette, no llores más. Mi prima está alterada porque ve que no puede valerse mucho por ella misma, pero ya verás, cuando se recupere volverá a ser la Leo de siempre. —Y mientras tanto, ¿tengo que aguantar sus desplantes? —Me mira con una pena inmensa en sus ojos y agua cayendo de ellos—. Los días que estuvo en el hospital, me dejaron tiempo para pensar, y a la única conclusión a la que llegué fue que tenía que volver con ella. Pero ya no lo tengo tan claro. —Las dos necesitáis tiempo para asumir todo lo ocurrido, pero tenéis que hablar. —Ya has visto cómo está tu prima, a ver quién es la guapa que habla con ella. —Cojo una servilleta y le limpio el rostro—. Y todavía queda la rehabilitación, que será larga. Si sigue así, no sé si aguantaré. El timbre de la puerta suena y me levanto para ir a abrir y al hacerlo, descubro que mi prima ha estado escuchando la conversación que se ha producido en la cocina. Por su


expresión facial, deduzco que le ha dolido lo que ha oído. Creo que se ha dado cuenta de que con esos modales que se gasta está dañando a Antoinette. —¡Hola, princesa! —¡Ala, tita Sue, qué guapa! —La pequeña, como siempre, salta a mis brazos con su característica alegría. —¡Dios mío, Susana! ¡Estás buenísima! —Tú tampoco estás nada mal, Cris. Mi amiga lleva un vestido ceñido, también de color negro, sin mangas y que le queda como un guante. Se ha maquillado muy poquito, sin sobrecargar su piel, y está preciosa. Jon muere esta noche de un ataque al corazón. Y espero que a Hugo también le dé un jamacuco. —¿Qué llevas ahí? —le pregunto a Valen, que sostiene un folio con sus manitas. —Shhh, es un dibujo para tita Leo. Miro la hoja con los ojos abiertos de par en par. Claro que el dibujo es de una niña de siete años, pero se pueden apreciar los trazos demasiado bien. No sé si le hará mucha gracia a la tita Leo… —¡Tita Leo! Mira qué dibujo te he hecho. Valen va corriendo a derrapar sobre las rodillas de mi prima, eso sí, con cuidado de no dañarle ni una pierna ni la otra. Toda entusiasmada le enseña el dibujito. La pintura, no es más que Leo sentada en la silla de ruedas con Antoinette a su lado, cogidas de la mano. Nos quedamos todas expectantes a ver la reacción de la susodicha. Me dan ganas de esconderme en casa, por si acaso. Mi prima mira el dibujo, hace un puchero, la barbilla le tiembla y se abraza a Valen para tener un sitio donde resguardarse mientras llora. —Lo siento, lo siento mucho. Las tres nos quedamos perplejas observando la escena. Por unos segundos, ninguna dice ni hace nada. Nos quedamos quietas. Por suerte, la primera en reaccionar es Cris, que me echa una miradita que capto enseguida. —Tita, ¿por qué lloras? ¿No te gusta mi dibujo? —pregunta, la niña, apenada—. Si quieres, te hago otro de lo que quieras. —Vamos, pequeña, dejemos a las titas a solas —dice mi amiga y nos vamos las tres a escondernos en el pasillo. Dejamos encajada la puerta del comedor lo suficiente para que podamos oír lo que hablan. Qué cotillas que somos. —Mami, que… —Shhh, calla. —¿Por qué tengo que call…? —La madre le tapa la boca con la mano.


—Te he dicho que estés calladita. ¿Podrás hacerme caso? Mientras madre e hija están con sus continuas disputas, yo me acerco más a la puerta entreabierta y veo como mi prima sigue llorando y Antoinette, arrodillada junto a ella. —Leo, ¿qué te pasa? Es solo un dibujo. —No es un dibujo… —Lagrimones recorren su piel—. Es el dibujo en sí. —¿Qué le pasa? —Esa misma pregunta nos hacemos también nosotras dos. Mi prima se limpia la cara con un pañuelo de papel que saca de su bolsillo y le tiende las manos a Antoinette. Ella se las coge extrañada. —En el dibujo estás tú —confiesa Leo mirándola a los ojos con amor—. Siempre estás a mi lado. Te engañé y ahora, a pesar de que nos hemos separado, has venido enseguida a cuidar de mí. Y yo, ¿cómo te lo pago? Con gritos, malos modales, malas caras… No me merezco nada de ti. Antoinette se incorpora del suelo y se sienta sobre sus rodillas. Se asegura de no hacerle daño. Le rodea el cuello con los brazos y puedo ver como esconde un atisbo de sonrisa. Leo, por su parte, contiene la respiración a la vez que la envuelve por la cintura. —No, no me mereces y a pesar de todo lo que me has hecho, no has conseguido que deje de quererte. —Le coge la cara entre sus manos y le susurra—: Te quiero, Leo, siempre voy a quererte, pero no puedo olvidar lo que me hiciste. Pero quiero volver a intentarlo, quiero que volvamos a ser una pareja. Quiero estar contigo. Ambas se abrazan y Leo vuelve a llorar. Antoinette la calma con su abrazo, con besos tiernos en el cabello y con palabras confortables. Parece bastante entera. —Yo también te quiero —dice, Leo, entre sollozos—. Nunca podrás hacerte una idea de lo mucho que me arrepiento de haberte herido. No tendré vida suficiente para pedirte perdón. —A mí me sirve con que en esta estés conmigo. Y se besan. ¡Por fin el tan esperado beso de reconciliación! Cris le tapa los ojos a Valen para que no vea las guarradas que hacemos los mayores y ella y yo notamos como se nos empañan los ojos. —Tus besos saben igual de bien que siempre —susurra la pareja de Leo. ¡Otra vez es su pareja!—. Esta conversación no ha terminado. Tenemos que hablar de muchas cosas. —Sí, pero las tratamos luego, en la cama. —Hecho. ¡Chicas, salid de detrás de la puerta! —nos grita Antoinette. No se le escapa ni una. Abrimos la puerta con cuidado y es Valen la que llega corriendo al encuentro de sus titas y recoge el folio del suelo. Se lo entrega a Leo. —Lo tienes que colgar en la nevera con los imanes y quitar los que tienes. ¡Qué esos te los hice cuando era muy pequeña! —Claro, como ahora eres tan mayor.


Todas reímos, a excepción de la pequeña que se cree muy mayor. Nos alegramos muchísimo de que hayan vuelto y así se lo hacemos saber entre besos y abrazos. Durante la cena, hablamos un poco de todo, pero las sonrisas de mis primas eclipsan cualquier conversación. Cuando Leo me pregunta por Hugo, no sé muy bien que contarle, tampoco sé muy bien en qué situación nos encontramos. Solo les cuento que hemos tenido una pelea sin importancia a causa del incendio de su moto. —¿Y sabéis si fue intencionado? —Pues no lo sé, no he vuelto a hablar con él —respondo. —¿Lleváis días sin hablar? —Antoinette se levanta a recoger la mesa. La ayudo. Me encojo de hombros. Llegamos a la cocina y mi amiga deja las cosas de cualquier manera en el fregadero. Me coge de la muñeca y me aparta un mechón de pelo. —¿Pasa algo más, Susana? —Nada, solo que me ha pedido tiempo. —¿Te ha pedido tiempo? ¿Por qué? —No te preocupes, Antoinette, no quiero cansarte con mis problemas con Hugo —digo, en un intento de restarle importancia. —Sabes que puedes contarme lo que sea. —Se aproxima al congelador y saca el helado. —Lo sé, pero esta noche voy a solucionarlo. —Sonrío y le guiño un ojo cómplice. Me contoneo en plan seductora delante de ella—. ¿Crees que se podrá resistir a mis encantos? —Sería un idiota si no cayera rendido a tus pies. Y si no, ya sabes que aquí me tienes para lo que quieras. —Reímos. Volvemos al salón con el helado, platos y cucharillas. Antoinette empieza a repartirlo y cuando le va a poner a la niña, la madre le dice que con una bola tiene suficiente. Valen la mira arrugando el hocico. ¡Está de un mono! Me la comía a besos. —Voy a buscar un boli para firmarte la escayola —dice la niña a Leo, contenta, cuando termina su helado de una bola. —¡Valentina! No hemos acabado de cenar, así que siéntate —ordena su madre. —¡Jolín! ¿Por qué eres tan lenta? Las titas han acabado y tú todavía sigues con el helado. —Me encanta cuanto se enfurruña la princesita. Cris la mira con su famosa mirada perdonavidas. —¿Quieres que devuelva las entradas del concierto del sábado que viene? —Ya están compradas, no las puedes devolver —alega, con retintín. —¡Ja, que no! —Suelta Cris, con una sonrisa ladina—. Anda ve a buscar el boli antes de que… La pequeña ha saltado de la silla sin dejar que su madre acabara la frase. Tampoco hace


falta. Las titas de la criatura, como es ya costumbre, nos hemos quedado sin abrir boca, disfrutando del ring dialéctico de madre e hija. Me lo paso pipa con ellas. —Me sabe mal haberle dejado a Valentina a tus primas ahora que están en plan conciliación conyugal —añade Cris, cuando vamos en el coche, camino del club. —No te preocupes, si no hubiesen querido quedarse con ella, te lo habrían dicho. —Debería haberles dejado el bozal, mi hija muerde. —Solo te muerde a ti —aclaro, cuando paramos en su semáforo en rojo. —Eso es porque vosotras la consentís. —Y tú siempre imponiéndole reglas y normas. Pareces una dictadora. —¡¿Dictadora yo?! —pregunta señalándose con el índice y me mira con las cejas enarcadas— ¿Pero tú la has visto? ¡No hace más que llevarme la contraria! —Solo es una niña, Cris, déjale un poco de aire. No puedes ser tan estricta con ella. — Arranco el coche—. Además, Valen tenía razón, ¡lo que te ha costado comerte el helado! —Es que el de frutas del bosque no me gusta —dice ella con los mismos morros que su hija. Giro por la calle del club y, como siempre, no encuentro aparcamiento y he de dejarlo en el descampado que hay en la calle de atrás. Cuando nos bajamos del coche, nos topamos con un grupo de chicos que nos piropean e incluso vienen detrás de nosotras. Me da la impresión de que van un poco bebidos y miedo me da pensar que en ese estado hayan venido en coche. Sergey nos saluda con un gesto de la cabeza al vernos y entramos en el local. El ambiente que nos recibe es muy animado. Y es que, por lo que puedo observar, hay un grupo de mujeres bastante adultas sentadas en una mesa, e intuyo que también con bastante dinero, pues van todas emperifolladas de pies a cabeza y tienen pinta de ser un poquito lobas. Aclaro el significado de «lobas»: dícese de toda aquella mujer que mete mano a los culos ajenos, principalmente masculinos. Como, por ejemplo, el de Jon. —¡Oiga, señora, que es mi pareja! —exclama, alucinada, Cris, con los brazos en jarras. Me río. —¡Ay, mujer, compártelo un poquito! —le dice la señora con picardía. No le quita ojo a Jon. —¡¿Cómo que lo comparta?! ¿Es que no tiene marido? —Esta mañana lo he enterrado. ¡Menos mal! —Eleva los brazos al cielo en señal de agradecimiento—. No sabes la de cuernos que he tenido que soportar solo para que a mis hijos no les faltara de nada. Y ahora que son grandes y que no tengo que aguantar al baboso de mi marido, voy a hacer lo que me plazca. ¡Soy libre! —¡Un hurra por la Paqui! ¡Hip, hip, hurraaaaaa! —vitorean las cuatro mujeres que la


acompañan. Unen sus copas de cava y brindan un poco achispadas. —¿Ustedes también son viudas? —les pregunto. —Sí, la única que quedaba era ella —añade una de las amigas, rubia platino, señalando a Paqui—. Deberías haber envenenado antes a tu marido, querida. ¡¿Envenenado?! ¡¿Se ha cargado a su marido?! —Chicas, no quiero acordarme más de ese malnacido. Hemos venido ¿a qué…? —¡A que la noche nos confunda! —gritan eufóricas y vuelven a llenar sus copas. —Yo me dejaba confundir por el morenito ese que ha venido antes, el que nos ha servido la bebida. Lástima que se ha marchado con esa morena tan rara —declara una pelirroja con los labios recauchutados. —¡Oh, sí! Ese sí que es un buen partido, no es un simple camarero, es el dueño de este club. Cuando oigo la última frase, pierdo el equilibrio, se me acelera el pulso y me quedo desencajada. Estas señoras han hablado con Hugo y lo han visto marcharse con una chica. Morena. Cris me sujeta al verme palidecer y nos despide de las señoras. Me sienta en un taburete que hay en la barra donde su chico sirve las copas. —Susana, ¿qué pasa? Estas con esa arruguita que no me gusta nada. Sé que estás pensando algo… raro. —¿No lo ves? Ha dicho que Hugo se ha ido con una morena. Morena. —Aquí hay camareras morenas, se habrá ido a hablar con alguna de ellas. —Cris me mira sin acabar de entender. —Rafa me dijo que me está engañando con una chica morena —le confieso. Tiemblo solo de pensar que pueda ser verdad. —¡Hola, chicas! —nos saluda Jon, que besa encantado a Cris—. Por fin puedo besarte. —Nos mira extrañado—. ¿Qué ocurre? —¿Has visto a Hugo? —No, Susana, hace rato que no le veo. —Voy a buscarlo. Me bajo del taburete y voy corriendo escaleras arriba a su despacho. —¡Espera, voy contigo! Escucho los pasos de mi amiga que viene detrás de mí y me coge por la muñeca para que aminore la marcha. —Susana, no me hagas correr que con este vestido apenas puedo respirar. La puerta del despacho está cerrada, así que pico con los nudillos. No quiero entrar así como así y que Hugo se moleste más conmigo. No, gracias, ya tengo bastante. Como no obtengo respuesta del otro lado, la abro.


En el interior no hay nadie. Hugo no está en su despacho, pero cuando fijo mis ojos en el escritorio, no me creo lo que veo. Una gorra. Unas gafas de sol. Doy unos pasos hacia atrás hasta que mi espalda choca contra mi amiga. Me sujeto en el marco de la puerta para intentar entender qué significan esos objetos, qué está pasando. —Susana, me estás asustando, ¿qué es eso de que Hugo te está engañando? —Cris me habla con voz temblorosa. —Tengo que encontrar a Hugo. Pero el que me encuentra es él. Me falta un único peldaño para bajar por completo las escaleras cuando lo veo salir de una de las habitaciones. Y no sale solo. Va acompañado de una chica morena. Y para mi gusto, se toman demasiadas confianzas. La chica morena. La chica de la gorra y las gafas de sol. La misma chica. Es mi último día con vida.


24

Sigo hierática en ese último peldaño, sin poder apartar la vista de la pareja que hay unos pasos más allá y que no repara en mi presencia. «Yo también te quiero, tanto, que me asusta». Esa frase, que Hugo me dijo un día, pierde todo significado en estos momentos. Lo cierto es que todos los momentos vividos con Hugo pasan fugaces por mi mente y sé que ya ninguno de ellos se volverá a repetir. Porque han sido mentira. Todo ha sido una farsa; sus besos, sus abrazos, sus palabras, incluso nuestros silencios… todo. Ahora mismo no siento nada, o quizás lo siento todo. Es como si solo quedara esto, una fachada vacía, oscura y sin alma. Qué cierta es la frase esa que dice que del amor al odio hay un paso, pero que muy pequeño. Es increíble como tu mundo se tambalea cuando la persona a la que quieres te engaña y encima lo ves con tus propios ojos. —Pero ¡¿¿quién es esa??!! La pregunta que hace Cris llega a mis oídos como si estuviese a kilómetros de mí. Yo no me hago esa pregunta. Ya sé lo suficiente. Hugo ladea la cabeza y se topa con mis ojos vidriosos por el llanto contenido. No voy a dejar que caiga una sola lágrima delante de él. No pienso darle el gusto de que me vea rota, aunque esté destrozada. Nos quedamos fijos el uno en el otro, como si nos estuviésemos retando con la mirada. Sus facciones se descomponen al verme, pero su mirada es fría, distante, como la de la última noche en la que nos vimos. No hay nada. No queda nada. Ya no existimos. —Me marcho. ¿Puedes irte con Jon a casa? —pregunto a Cris, sin dejar de mirar al hombre que más he querido en mi vida. —No, señorita, me voy contigo. —Quiero estar sola, Cris. —Pues yo no voy a dejarte sola, así que tenemos un problema —dice, y se me engancha de un brazo.


Bajamos ese último escalón y al hacerlo, nos aproximamos más a la parejita. En todos estos segundos interminables, Hugo y yo nos hemos dicho adiós para siempre. —¡¿Cómo puedes hacerle esto?! —Escucho lo que mi amiga, irritada, le dice a Hugo—. ¡Eres un hijo de puta! Más te vale no acercarte a ninguna de nosotras, porque tengo un cuchillo bien afilado que todavía no he probado con unas pelotas. No querrás ser el primero. ¿O sí? —Nene, ¿quiénes son estas dos poligoneras? —¡¡¿¿Poligoneras??!! —exclama, Cris, rabiosa—. ¡¡Serás zorra!! Ya he tenido bastante, así que antes de que mi amiga monte un espectáculo, tiro de ella para dar media vuelta y salimos de allí. No puedo soportarlo más, no estoy preparada para ver como esa… zorra, vale la llamaremos así, se pega a su cuerpo y lo soba. ¿Y él qué hace? Nada, absolutamente nada. —¡Suéltame! —me grita y se separa de mí. Me mira furiosa—. ¡¿Se puede saber qué coño te pasa?! ¡¿Por qué no le has pateado las pelotas a ese gilipollas?! ¡¿Por qué no te has liado a hostia limpia con él y le has roto la cara?! —No me grites, Cris —digo, cansada, sin apenas voz. Me recuesto en el capó de mi coche. —Vale, perdona, no es el mejor momento para gritarte —habla con un tono más sosegado. Me coge de las muñecas y me obliga a mirarla—. Lo siento, Susana, siento mucho lo que Hugo te ha hecho. Me encojo de hombros y mi barbilla empieza a temblar sin control. Cris me abraza y dejo que me mime mientras lloro sobre su hombro. —Eso es, Susana, llora, sácalo todo. El calor, el cariño de mi amiga es lo que necesito en este momento, tener a alguien que me quiera de verdad y que sé que nunca va a lastimarme. Es como mi segunda madre. No sé el tiempo que pasa en el que permanecemos abrazadas, yo llorando y ella acariciándome la espalda y sin decir palabra, solo dejando que me libere. —¿Mejor? —pregunta con una dosis extra de ternura en su voz. Levanto la cabeza. —No. —Me enjuago las lágrimas con las manos—. ¿Por qué, Cris? ¿Por qué me ha hecho algo así? —No lo sé, cariño, no lo sé. Voy sentada en el asiento del copiloto mientras Cris conduce. Yo no veo la carretera, ni lo que me rodea, solo tengo la vista clavada en un punto indefinido donde las imágenes de Hugo y esa chica saliendo de la habitación están presentes. Y si me pongo a hurgar más en la herida, puedo visualizar lo que ha pasado en el interior de esa habitación. —¿Te cuento una estupidez? —le digo, y ella asiente—. Por un momento he pensado que Hugo saldría detrás de mí, que me diría que no es lo que parece, que esa chica no es importante para él, que me quiere a mí. En las películas siempre sale bien. Cris me mira apenada y aprieta mi mano con cariño, pero no dice nada. Y le agradezco


que no me diga lo idiota que soy por pensar algo así. Al llegar a casa, mientras abro la puerta, otra se abre, y no es más que la de mis primas, donde una sorprendida Antoinette sale al descansillo. —¿Ya estáis aquí? —Antoinette, tenemos gabinete de crisis en casa de Susana —aclara Cris—. Cabrón ha caído. —¡¿Cabrón ha caído?! ¿Qué ha pasado? Yo entro en casa y caigo a plomo, derrotada sobre el sofá y dejo a las marujas poniéndose al día. Cierro los ojos. Solo quiero que todo desaparezca y que cuando despierte por la mañana, tenga a Hugo a mi lado y que todo haya sido un mal sueño. Oigo a las cuatro entrar en casa, y al abrir los ojos, las veo apalancadas delante de mí, con los brazos cruzados, observándome con cautela, como si fuese una especie en extinción. Valen arruga su carita. —¿Qué le pasa a la tita? Parece atontada. —Sí, cariño, está un poco ida. —¿Cuánto rato lleva así? —pregunta Leo. —Pues desde que hemos visto al ca… al cerdo. —¿Habéis visto un cerdo, mami? ¿Lo habéis atropellado con el coche? ¿Por eso la tita está así? —Ojalá lo hubiésemos atropellado. —Su hija la mira extrañada. —¿Ha dicho o hecho algo? ¿Ha llorado? —vuelve a interesarse mi prima. —Ha llorado, pero no lo suficiente. Ni siquiera ha soltado un taco. Se ha quedado parada y hemos salido del club. —Cris se pone de espaldas a mí y cuchichea a mis primas —. Me preocupa que no exteriorice lo que siente. —Eso es malo, lo sé por experiencia —escucho que dice Antoinette y mira a su pareja —. Debe de estar en shock. Ver, delante de tus narices, que tu pareja te la está pegando con otra, no es fácil de asimilar y por eso tenemos que dejar que se tome su tiempo para aceptarlo.

****

Si algún fin de semana anterior creí que era de lo peor, este pasado los ha superado a todos con creces. No tengo ni idea de qué voy a hacer ahora con mi vida, cómo voy a poder superar el engaño de Hugo. Cómo voy a seguir viviendo sin él. No termino de creerme lo que vi, lo que me ha hecho, y me he pasado estos días y sus noches pensando en el porqué de su


traición. Por qué se ha enamorado de otra y no me lo ha dicho. Qué es lo que he hecho mal para perderlo, en qué me he equivocado, qué tiene ella que no haya sabido darle yo. Por qué estaba conmigo si no sentía nada por mí. Nunca me ha querido, nunca lo ha hecho, y yo me he creído todas y cada una de sus palabras cargadas de falsedad. ¿Tan fácil resulta engañarme? ¿Cómo ha sido capaz de hacerme el amor como nunca nadie me lo ha hecho y no sentir absolutamente nada? ¿Por qué ha pasado todo esto? La cabeza va a estallarme de un momento a otro y necesito algo que mitigue el dolor. Los recuerdos me están matando. Mis primas y Cris no me han dejado sola ni un solo momento, incluso se han quedado a dormir conmigo, haciendo guardia. La pobre princesa se metió en mi cama y se dedicaba a abrazarme. Me decía que no llorara más, que si su ya-no-tito-Hugo no me quería, ella sí me quería muchísimo. Y claro, luego está su mamá. Dejó una nota en su casa para Jon, diciendo que se quedaban a pasar la noche en la mía. Cuando el pobre llegó casi al amanecer, Cris lo sometió a un primer, segundo y tercer grado. Lo avasalló a preguntas sobre Hugo y la zorrona, y le echó en cara que lo supiera y no dijera nada. Pero Jon no tenía ni idea del doble juego de su amigo. Igual que nosotras. Me juró que no sabía nada, que no conocía a esa chica, que no sabía qué era lo que le había pasado a Hugo para hacer algo así. Manu dijo que desde que me conocía, Hugo no dejaba de sonreír, que se le veía feliz conmigo. ¿Irónico? Mucho. Me levanto de la cama arrastrando mi cuerpo hasta el baño. Tengo que ir a trabajar, tengo que volver a mi vida, pero lo cierto es que no quiero hacerlo, no me quedan fuerzas para enfrentarme a nada y menos cuando veo mi reflejo en el espejo. Llevo unas ojeras que parecen bolsas de la compra, estoy triste, demacrada. No hay nada en mis ojos que no sea este dolor inmenso y palpable que parece que no vaya a desaparecer nunca. Y en mi corazón, trozos rotos de Hugo. —¿Cómo estás? —pregunta, Antoinette, con dulzura, que se ha quedado a dormir conmigo. Me acaricia los hombros y la miro a través del cristal. —¿Cómo se hace para seguir adelante? ¿Cómo se sobrevive? —Cuesta mucho, prima, pero no te queda más remedio. —Me gira para mirarme a la cara—. Sé que ahora lo ves todo negro y que nada merece la pena, pero tienes que ser fuerte. Sabes que nosotras te queremos y no vamos a dejar que te lastimes más de lo necesario. Necesitas llorar, compadecerte de ti misma, gritar, estar furiosa y vamos a estar a tu lado para todo lo que te haga falta. —Y si lo que me hace falta es él, ¿qué hago? Pensaba que ya no me quedaban más lágrimas, pero, al parecer, tengo más reservas de las que creía cuando mi prima me abraza y deja que el primer llanto del día haga su aparición. Me visto sin ganas con un tejano y un jersey oscuro. Antoinette y Leo se marchan para la sesión de rehabilitación de la última. Ahora también empieza lo duro para ellas.


En el vagón del metro, una pareja de adolescentes no deja de comerse a besos y de hacerse carantoñas. Me pregunto cuánto les durará el amor, o el calentón, da lo mismo, si será para toda la vida o dentro de dos días cada uno irá por su lado. Todo es una puta mierda. Voy tan sumida en mis pensamientos negativos, que no me fijo cuando voy a cruzar la calle de que el semáforo está en rojo para los peatones. Solo logro dar dos pasos en la calzada cuando veo aparecer un coche delante de mí, pitando con insistencia y que pega un frenazo brusco antes de atropellarme. O casi. Caigo al suelo de culo, arañándome los brazos con el asfalto. Mi bolsa sale despedida por los aires y la piel de mis manos queda rasgada. Me asusto al verme tendida en el asfalto y sin remedio, mis ojos se cubren de lágrimas. Escucho como las puertas del vehículo se abren. —¡¡Dios mío, Susana!! ¡¡¿Estás bien?!! Levanto la cabeza, entrecerrando los ojos, pues el sol de la mañana me ciega y las gotas de agua no me dejan ver a las personas que han hablado a la vez. Pero sé a quienes pertenecen esas voces; Manu y Eva. Comienzo bien el día, y espera, que empeora cuando la silueta de una tercera persona se acerca a mí y se agacha a mi lado. Es la última persona que me apetece ver. Y empiezo a respirar agitadamente, estoy llorando y no quiero que me vea así. Y eso me pone de muy mal humor. Y si encima, puedo oler su aroma y su rostro perfecto me recuerda que es extremadamente guapo y que lo quiero con toda mi alma… Todo está en mi contra. —Susana, ¿estás bien? ¿Te has hecho daño? —No me toques —le digo, apartándome de él. —Susana, déjame ayudarte —añade Hugo, que me tiende sus manos. —¡Te he dicho que no quiero que me toques! —le escupo furiosa, pero él sigue aquí, sin apenas moverse. —Deja que te vea las heridas, tienes sangre en las manos. —¡¿Heridas?! ¡¿Quieres ver mis heridas?! ¡¿Quieres que te enseñe la que más me duele?! —le grito, con rabia, desde el suelo. Hugo se queda callado. Manu y Eva miran la escena perplejos, saben que algo se han perdido y no saben qué. Al final, me levanto, ayudada por Manu, dolorida, con un daño espantoso en la rabadilla y en los brazos. Como si no tuviese ya bastante dolor. Y encima, con sangre de regalo. Y Hugo tocándome las narices. ¿Qué pretende ofreciéndome su ayuda? ¿Que lo perdone, que olvide lo que me ha hecho? ¿Se habrá hecho un lavado de cerebro y no recuerda nada? Opto por una segunda opción: los tíos te meten los cuernos y como si no hubiera pasado nada. —¿Estás bien? ¿Quieres que te lleve al hospital? —pregunta Manu, realmente preocupado. —Estoy bien, no os preocupéis —digo mirando a mi jefe y a Eva—. Voy a la oficina a


curarme. —Te acompaño. —Será lo último que hagas en tu asquerosa vida —mascullo, entre dientes, a la vez que una tímida lagrimilla se me escapa. Me la aparto con prisas. Detesto que me vea llorar y más cuando es por él, aunque el golpe también influye. —Vamos, yo voy contigo —dice Eva que me sujeta por la cintura. —Susana… —¡Susana, ¿qué?! —vuelvo a gritarle a pleno pulmón cuando me giro y me encaro a él —. ¡¿Quién coño te crees que eres para tratarme como a una mierda?! ¡¿Qué pretendes, que finja que no vi lo que vi?! ¡¿Que todo siga como si nada?! ¡Vete a tomar por culo! No quiero volver a verte en mi vida. —Déjame que… —¡¿Que te deje qué?! ¡¿Humillarme de nuevo?! ¡No, gracias, ya he tenido suficiente! Me toma de la muñeca y tira de mí. Me resisto y consigo soltarme para arrearle un bofetón en la mejilla. Sollozo, no sé muy bien si por el odio que siento o porque me he lastimado algo más la mano. Hugo me mira apesadumbrado. —¡No vuelvas a tocarme en tu puta vida! ¡Nunca! La otra noche me quedó muy claro lo que he significado para ti. —Chicos, ¿qué os pasa? —nos pregunta, alarmado, el tío del cabronazo. —Que tu sobrino te dé los detalles, yo no lo soporto más. Me marcho con el cuerpo tembloroso, lleno de arañazos y una rabia que no sé si voy a saber controlar. Eso sí, no vuelvo a mirar hacia atrás. —¿Quieres hacer el favor de esperarme? Que la barriga me empieza a pesar —jadea, Eva, cuando entra en el baño unos segundos más tarde que yo—. ¿Qué os ha pasado a Hugo y a ti? Abro el grifo y meto debajo del agua uno de mis brazos para limpiar los restos de sangre. Hago la misma operación con el otro. Mi amiga va en busca del botiquín y saca un antiséptico y una gasa para desinfectarme las heridas. —¡¡Ay, escuece!! —me lamento. —Lo sé. —Sopla las heridas con cuidado, igual que hacía mi madre cuando era pequeña—. ¿Qué te ha hecho Hugo? —Se ha acostado con otra —pronuncio bajito. No soy capaz de mirarla a la cara. —¡¿Qué se ha follado a otra?! —grita, alucinada. Eva deja las cosas sobre el lavabo y me abraza. Dejo que toda mi pena caiga sobre sus brazos. Esto de llorar tanto es agotador. —Creí que estábamos bien, que me quería —añado entre hipidos—. Soy una estúpida.


¿Qué hago mal para que ni Rafa ni Hugo quieran estar conmigo? —No haces nada mal, cariño, no pienses eso —me dice. Me levanta la cabeza y me aparta el pelo de la cara—. Un hombre que te hace sufrir, no te merece. Ninguno de ellos es digno de ti. —No dejo de darle vueltas a lo sucedido, siempre me pregunto lo mismo. ¿En qué me he equivocado? —sollozo de nuevo. —Deja de pensar en que tú eres la culpable, no voy a dejar que creas eso de ti. Aquí el único gilipollas que hay es Hugo. ¡Pedazo hijo de puta! —exclama con rabia. —No sé qué voy a hacer ahora. Estoy tan cansada. Recuesto la espalda sobre la fría pared del baño y cierro los ojos. Si ahora mismo pudiera desaparecer del mundo, si pudiera borrar todos los recuerdos que tengo de Hugo, si pudiera tener fuerzas para mirar hacia el futuro sin sentirme derrotada, si alguien me quisiera de verdad. —¿Puedo pasar? Manu aparece por la puerta del baño, con mi bolsa en las manos. Me había olvidado de ella. Se acerca hasta nosotras, me limpia las mejillas y me da un beso en la frente. Mira mis heridas horrorizado. —Sigo insistiendo en que debería llevarte al hospital. —Que no Manu, estoy bien. Ha sido el susto. —Pues entonces te llevo a casa. Necesitas descansar, te vendrá bien. Esa propuesta me parece estupenda, así que encantada asiento con la cabeza y dejo que me guie hacia los ascensores. Eva me da un abrazo y se mete en la oficina. —Hugo no me ha contado nada de lo que os ha pasado, así que no voy a preguntarte. — Pulsa el botón de la planta baja—. Pero quiero que sepas que haya lo que haya hecho mi sobrino, se ha equivocado con dejarte. Nunca encontrará a alguien que le haga sonreír como lo hacías tú. —Creo que ya la ha encontrado. Con esa afirmación, le hago entender a Manu lo que no le ha contado Hugo. Y se queda con la cara descompuesta. Durante el viaje a mi casa, mi jefe no abre la boca, se concentra en conducir. —Susana, descansa todo el tiempo que necesites y no te preocupes por nada. —Me acaricia el rostro con dulzura. —Gracias, Manu. Una vez en casa, me desnudo y me meto en la ducha, sin esperar a que el agua salga templada, solo me apetece que las gotas limpien mi cuerpo y arrastren con ellas todo el dolor que siento. Me pongo un pantalón cómodo y una camiseta, dispuesta a dormir días, semanas, meses, si me apuras, pues no tengo ánimos de tener los ojos abiertos. Pero no me dejan. El


timbre de la puerta suena y, tonta de mí, voy a abrir. —Rafa, ¿qué haces aquí? Hoy debe ser el día en que dejan a los cabrones sueltos. —He ido a la oficina y Eva me ha contado lo que te ha ocurrido… —¿Y a qué vienes, a regodearte? ¿A decirme te lo advertí? ¿A ver la cara de idiota que tengo por estar tan ciega? —gruño con los brazos cruzados sobre mi pecho. —Un poco ciega sí que has estado para no ver el semáforo y el coche que se te echaba encima —aclara con gesto confundido—. ¿Estás bien? No tiene ni idea de que mi historia con Hugo ha terminado. Eva solo le ha contado lo del accidente. Agacho la cabeza. —Estoy bien, solo tengo unos rasguños. —A ver, déjame verlos. Nos sentamos en el sofá y dejo que Rafa me haga un reconocimiento médico. Mira mis pupilas, mueve mi cuello con cuidado por si me lo he lastimado, observa mis brazos, mis piernas algo magulladas. —Tenías razón —murmuro, mirando al suelo. —¿Sobre qué? —Sobre… —Cuesta decir esto—… lo que me dijiste de Hugo y la morena. Mi ex me toma de las manos con cuidado de no lastimarlas más. Sé que me está mirando, pero no soy capaz de levantar la vista y encontrarme con sus ojos. No necesito que nadie me abochorne más. —Lo siento. —¿Qué hacías en la oficina? Hoy no tienes clase —digo, para cambiar de tema. —Quería hablar con Manuel y contigo. Me marcho. Vuelvo a Seattle. —¿Que vuelves a Seattle? ¿Por qué? —El doctor Williams me llamó hace unos días y me dijo que mi puesto sigue vacante. Quiere que vuelva a formar parte de su equipo —aclara y se levanta para pasear por el comedor, nervioso—. Aquí no tengo nada. Pilar me ha dejado. Yo también me levanto y me pongo a su lado. Le sujeto las manos para que deje de despeinarse con ellas. Lo miro a los ojos y veo que el hecho de que Pilar lo haya dejado, le duele más de lo que quiere hacerme entender. —¿Qué os ha pasado? —Al parecer, ni tú ni yo estamos hechos para los primos Casanova. —Reímos, y me sienta bien después de días sin saber qué es esa sensación. —¿Te estás dando cuenta de que no nos estamos gritando? —pregunto aún con la sonrisa en mis labios.


Rafa asiente y rodea mi cara con sus manos. Sin darnos cuenta, nos estamos besando. Sin darnos cuenta, me tumba en el sofĂĄ y se coloca sobre mĂ­. Sin darnos cuenta, ambos estamos desnudos. Sin darnos cuenta, lo tengo dentro de mĂ­.


25

—¡¿Que te has acostado con Rafa?! Me gritan mis tres amigas del alma, que se giran para mirarme descompuestas. Estamos en la peluquería de Cris y, aprovechando que estamos juntas, suelto la bomba de golpe. Así es más fácil, aunque, claro, la regañina es más devastadora. Tres en uno. Incluso las dos señoras que hay en el fondo, con esos secadores gigantes que parecen que te comen la cabeza entera, me observan con gestos interrogantes, pero me sonríen picantonas. ¿Cómo es posible que nos hayan oído con esos artilugios sobre la cabeza? A decir verdad, la única mirada que me importa es la que me lanza Cris a través del espejo. Y no es muy alentadora cuando la tengo a mi espalda y con unas tijeras en la mano. Sí, me estoy cortando el pelo. Necesito un cambio urgentísimo de look. ¿No es lo primero que hacemos las mujeres cuando estamos deprimidas, ir a la pelu? Pues eso. —No me puedo creer que te hayas follado a Rafa. ¿En qué coño pensabas? —me habla bajito, pegada a mi oreja. —Coño, ninguno. —Sonrío y las miro—. Estoy soltera chicas, puedo acostarme con quien quiera. —Pero no lo has hecho con cualquiera, sino con tu ex–ex y además, sigues enamorada de tu ex. —No tenía intención de acostarme con él, simplemente pasó. Y la verdad, es que necesitaba un buen polvo. Ya sabéis cómo se lo monta… —¡Susana! — me amonesta, mi prima, con el tinte de pelo puesto—. No puedes hacer estas cosas. —¿Y qué cosas hago, según tú? —le digo con las manos apoyadas en el reposabrazos y giro la silla para mirarla a la cara. —Pues meterte la chorra del primero que se te pone a tiro por rencor, para vengarte de Hugo. —¡La que habla! —Me levanto de la silla y me encaro a ella—. La que se foll…


Cris, con una delicadeza que brilla por su ausencia, me coge por los hombros y hace que mi culo regrese a su sitio correspondiente. Y claro, me callo. La miro enfadada, pero ella sujeta mi cabeza con fuerza para que la deje recta y quieta y, tijeras en mano, pueda ella seguir con sus quehaceres. —Cris, ¿no te estás pasando con el corte? Te he dicho las puntas, no la raíz. —Cállate o te corto hasta las cejas. —Susana, tienen razón —añade, Antoinette, que hasta ese momento no había dicho nada. Lleva papel de aluminio en el pelo, tapando sus mechas—. Tú no eres así. Sabemos lo mal que lo estás pasando, e incluso que quisieras quitarte las telarañas, pero ¿con Rafa? ¿Sigues enamorada de Hugo y te acuestas con él? ¿No te das cuenta de que lo has hecho, como dice tu prima, por rencor? —¿Rencor? —pronuncio, irónica—. Hugo me ha dejado, así que le importa una mierda con quien me acueste. —Pues a ti debería importarte a quién metes en tu cama —concluye mi prima—. Debes pasar página e intentar seguir con tu vida. Si sigues acostándote con tu ex–ex, y sigues lamentándote por tu ex, lo único que conseguirás es amargarte. Tienes que poner punto y final a esas historias, dejarlas en tu pasado y enfrentarte al presente. Como me fastidia que tengan razón, pero es que la tienen. Y encima, para más inri, las señoras de los secadores han dejado de leer sus revistas del corazón y están agudizando sus orejas para pillar mejor cobertura de la conversación ajena. No, si al final mi vida amorosa va a ser más interesante que la de los famosos. Respiro profundamente y fijo la mirada en la imagen que tengo delante. Soy yo, pero no me reconozco, y no solo físicamente ya que en esta semana he perdido algo de peso, sino porque me comporto de una manera extraña. ¿Qué justifica que me metiera en la cama con Rafa? ¿Rencor? ¿Venganza? ¿Dolor? ¿O que soy idiota? La chulería con la que he empezado la mañana, se ha esfumado. —¿Cómo continúo con mi vida? —les pregunto con los ojos vidriosos—. No dejo de pensar en Hugo y él ya no me quiere. ¿Para qué tengo que levantarme por las mañanas? ¿Para hacer cosas sin sentido? —Acostarte con tu ex ha sido la mayor estupidez que has hecho en tu vida. —Gracias a mi amiga, me siento más humillada—. No nos gusta verte así y si Hugo no te quiere, que le jodan, tú eres mucho mejor que él. Y como vuelvas a derramar una sola lágrima más por ese capullo —dice y coge de nuevo las tijeras y me amenaza con ellas—, te dejo calva, ¿me has oído? —¿Y no es lo que estás haciendo? —Las cuatro miramos al suelo y reímos—. Gracias, chicas —digo, ahora, mirándolas con el inmenso cariño que les tengo—, gracias por estar conmigo y por aguantarme. —No digas tonterías, Susana —dice, Antoinette, que se pone delante de mí y toma mis manos—. Aquí todas hemos tenido nuestros bajones y tú siempre has estado a nuestro lado. Somos amigas, y eso es lo que hacemos.


—¿Sabéis? Esto es tan distinto a lo que sentí cuando Rafa se fue. Esto duele mucho, muchísimo más, y no sé qué hacer para que este dolor desaparezca. Me estoy ahogando y no sé cómo salir a flote. Cada día que pasa es peor que el anterior, no puedo dejar de hacerme preguntas, no puedo… —Eh, eh, venga, vamos, no llores —añade, Cris, que se acerca para limpiarme las lágrimas que mojan mis mejillas—. ¿No hemos quedado que ni una lágrima más por ese cabrón? No nos gusta verte triste. —Lo sé, a mí tampoco, pero necesito tiempo para asimilar que Hugo ya no está conmigo, que esto se acabó y ya no volverá. Necesito que estéis a mi lado para que no cometa más locuras. —Vamos a estar contigo siempre —interviene mi prima—. Y ahora, ¿nos regalas una sonrisa? Al principio me sale un poco forzada, pero luego, al ver las muecas raras de mis amigas, se me suelta y volvemos a sonreír las cuatro. Me abrazan como meramente pueden, pues una con el tinte, la otra con el papel de aluminio y Cris que parece que ha nacido con las tijeras pegadas a las manos, podemos correr serio peligro. De verdad, que no sé qué haría sin ellas. Son las mejores. —Chicas, ¿os apetece que vayamos a comer de tapeo? —¡¡Sí!! —exclamamos ante la pregunta de Antoinette. —¿Dónde piensas llevarnos? —Podemos ir al bar ese nuevo que han abierto justo en la calle que hay detrás del club —agrega con un tono de precaución. Las tres me miran con esa misma cautela, pero es Cris la que no parece muy convencida. —No creo que sea buena idea. —¿Por qué no? —pregunta Leo. —Jon ha quedado con Hugo para ir a ese sitio a comer —explica mi amiga, y otra vez vuelven a mirarme con cierto pudor. Y a mí se me revuelve el estómago al volver a escuchar el nombre de Hugo. ¿Verlo? No sé si puedo. Su olor, su risa, sus abrazos… ¿cómo voy a poder soportar estar delante de él y que nada de eso me pertenezca? Pues vas a tener que hacerlo, Susana, no puedes dejar que esto te domine. Así que coge aire, trágate de una vez por todas las últimas lágrimas que vas a derramar por él y no dejes que te vea derrotada, no dejes que vea que te ha ganado. Muéstrale lo que ha perdido. Además, está el aliciente de que Jon y él son amigos, trabajan juntos y Cris es mi amiga… —Si os apetece ir a ese bar, pues vamos. Por mí no os preocupéis. —Mejor lo dejamos para otro día, si lo decía por decir, mujer—se excusa Antoinette con un gesto despreocupado de su mano. —Chicas, no va a pasarme nada. Vosotras me habéis dicho que tengo que pasar página,


así que eso es lo que voy a hacer. —Pero te vas a sentir incómoda. —Bueno, pues para eso os tengo a vosotras, para que me hagáis la velada agradable. Además, tarde o temprano tendré que enfrentarme a él, no voy a poder evitarlo siempre. Ellas se miran no muy conformes con mis palabras y sé que en cuanto me dé la vuelta, van a mirar en sus móviles si tienen el teléfono de la policía para llamarla por si se comete un asesinato. Yo, de asesina, claro está, e imagina la víctima. Pasadas una o dos horas más, salimos estupendísimas de la peluquería. Mi prima Leo con su color recién renovado, Antoinette con unas mechas que le quedan espectaculares y yo con un corte de pelo a la altura de la nuca al que voy a tener que acostumbrarme. No me llega ni para hacerme una coleta. Cuando me vea mi madre, me mata. Llegamos al bar, es un espacio bastante amplio y al ser la novedad, está muy concurrido. Esperamos en la barra a que nos atiendan y mientras esperamos, empiezo a ponerme nerviosa. —Susana, podemos irnos. No tienes que pasar por esto —susurra, Cris. No sé cómo lo hace pero siempre sabe cómo me siento. —Ya estamos aquí, no voy a dar marcha atrás. Y dicho eso, me pongo a ojear la carta con las tapas que ofrece el local aunque me muero por investigar, mesa por mesa, dónde está Hugo. —Las cuatro mujeres más bonitas del mediterráneo están aquí —nos saluda Jon al vernos, que se acerca a nosotras y planta un beso a su chica. —Que no se te olvide Valentina —añado, para intentar tranquilizarme y parecer de lo más normal. —¡Por supuesto! —Jon nos besa a las demás—. ¿Os apetece comer con nosotros? Señala la mesa con la mano y justo en ese momento le veo. Todo se para a mi alrededor y lo único que siento es mi corazón bombear frenético y las piernas me flaquean. Se me hace un nudo en la garganta cuando él levanta la vista de su teléfono y me sorprende mirándolo como la tonta que soy, echándolo terriblemente de menos. Está igual de guapo que siempre y con ese jersey claro que le sienta tan bien, y su pelo, algo más largo, despeinado… Qué fácil ha sido pensar que podía con esto. —¿Vamos, Susana? —me pregunta con prudencia mi prima. Yo asiento con la cabeza. Leo me abraza por los hombros y me da un beso para infundirme ánimos, pero yo estoy desconcertada y tengo ganas de que me engulla la tierra. Es más complicado de lo que pensaba. Inspiro muy profundo y suelto el aire despacio a la vez que caminamos hacia la mesa. Hugo se levanta y se guarda el móvil en su bolsillo trasero del pantalón al ver que nos aproximamos. Parece que se quiere marchar. Cuando llegamos a su lado, nos mira a todos


para luego dejar sus ojos clavados en los míos. Y así, en la proximidad, puedo ver que, dejando de lado la confirmación de que sigue siendo atractivo hasta aborrecerlo, parece triste. El día que su tío casi me atropella con el coche, no me fijé en si tenía esa tristeza en el rostro, pues estaba bastante alterada por tenerlo tan cerca de mí, pero hoy sí soy consciente de que su semblante es sombrío. Y más delgado, con ojeras incluso. Agotado. Esa nueva chica que tiene no debe de estar tratándolo muy bien. —Bueno, yo me marcho. Que lo paséis bien. —Espera, Hugo, ¿a dónde vas? —Lo detiene Jon, por el brazo—. Quédate a comer, todavía no hemos pedido. —No, mejor que no —dice y me mira a mí—. He recordado que tengo algo que hacer. —Hugo, por favor, no tienes nada que hacer, sino no habrías quedado conmigo. — Pobre Jon, qué ingenuo. Todo lo que tiene de guapo lo tiene de tonto. ¿No se da cuenta de que el problema soy yo? —Lo siento —se disculpa, y parece apurado—. Pasadlo bien. Sale del bar con prisas y todos giramos el cuello para ver como escapa. Inexplicablemente, el tembleque que he sentido antes se convierte en un mosqueo tremendo, pues sé que se ha ido por mi culpa y eso me hace pensar que, aparte de que se comporta como un crío, me odia más de lo que me imaginaba. Pero esto no va a quedarse así. —Este tío es gilipollas perdido. —Y dicho esto, salgo en su busca. —¡Susana! ¿Qué vas a hacer? La pregunta de Antoinette se queda con la respuesta en el aire, aunque si salen a la calle, la encontraran. Y a quien encuentro yo es a Hugo girando la esquina. —¡Hugo! —le grito mientras corro tras él, que no se ha parado. Y sé que me ha oído, lo ha hecho toda la calle. Corro un poco más deprisa para alcanzarlo y cuando lo logro, lo tengo que agarrar por el brazo. Hugo se para y da media vuelta para quedar frente a mí. —¿Tanto me aborreces para que ni siquiera puedas compartir mesa con tus amigos? — le grito cuando recupero el aliento. —No pongas palabras en mi boca que no he dicho —se defiende y se suelta de mi contacto. —Ahora vas a decirme que no me desprecias, aunque todavía no sé el por qué. Podrías iluminarme. —No sabes lo que dices. —Ah ¿no? —Pongo los brazos en jarras y me encaro a él—. Pues presta atención; eres un grandísimo hijo de puta y un cabrón que no tiene las pelotas necesarias para decirme que se ha reído de mí y me ha utilizado haciéndome creer que me quería…


—Susana, no… —¡Que no me interrumpas, joder! —espeto furiosa—. Podrías haber sido sincero conmigo y decirme que te habías enamorado de otra, pero no, dejaste que siguiera ilusionándome contigo. Y yo, tonta de mí —digo y sonrío con amargura—, haciendo planes para compartir mi vida contigo mientras que tú se la metías a otra. ¿Te parece que sé lo que digo? Hugo se queda callado y baja la cabeza. Mete las manos en los bolsillos y de nuevo nos invade el silencio. Noto que los ojos se me empañan y sé que si no me voy pronto de aquí, voy a seguir diciendo cosas que nos van a lastimar a ambos, aunque no tengo muy claro si a él le entra por un oído y le sale por otro. A mí, desde luego que me duele una barbaridad, pero necesitaba decírselo, sacarlo todo para dejar de envenenarme más el alma. Desde luego que esto de ser fuerte delante de tu ex, del que sigues enamorada, no va conmigo. —Tienes dos opciones; comportarte como un crío y salir corriendo o hacerlo como un adulto y venir conmigo al bar y comer con nuestros amigos. Ellos no tienen la culpa de lo que nos ha pasado. —Lo sé, pero no puedo —habla cabizbajo. —Mírame, Hugo —le ordeno con voz firme y él, por asombroso que parezca, me mira —. Me has dejado muy clarito que no quieres estar conmigo, pero no te estoy pidiendo eso, solo que comas en compañía de tus amigos. ¿Tan difícil te resulta eso? —No puedo estar contigo —repite negando con la cabeza. —Y luego me dices que no te doy asco—Dejo caer la primera gota de mis ojos y no me importa. Doy un paso hacia atrás y doy media vuelta, pero antes de dar el segundo, vuelvo la cabeza—. No sabes cómo me arrepiento de haberte conocido, de quererte y de lo mucho que me va a costar dejar de hacerlo. No tienes ni puta idea de lo que me duele todo esto. —¿Y tú? —me pregunta dando dos zancadas y me acorrala contra la pared. Sujeta mi rostro entre sus manos y me habla casi pegado a mis labios. Me tenso—. ¿Tú sabes lo mucho que me duele a mí? ¿Las ganas que tengo de abalanzarme sobre tus labios, de abrazarte? Y un segundo después, se inclina y toma mi boca con una pasión y una urgencia desesperadas. Entreabro mis labios y devoro los suyos de una forma posesiva. Dejo que nuestras lenguas impacientes se unan a la vez que un gemido ronco y perturbador sale de nuestras gargantas. Rodeo el cuello de Hugo con mis brazos y él hace lo mismo con mi cintura, aferrándose a mi cuerpo con intensidad, como si quisiera recuperar el tiempo perdido en brazos de otra. Pero a mí eso ahora no me importa, solo necesito sentirlo, derretirme en su abrazo, sentir que todo vuelve a ser como antes. Hugo rompe nuestro beso para que ambos volvamos a respirar. Apoya la frente sobre la mía y murmura con los ojos cerrados. —No puedo estar contigo.


—¿Por qué no, Hugo? —pregunto casi al borde del llanto. Le levanto el rostro y lo acaricio con cariño—. ¿Qué es lo que pasa? ¿Qué es lo que he hecho para que quieras alejarte de mí? —Tú no has hecho nada. Es lo que yo puedo hacerte a ti. Y se marcha, dejándome contra la pared, derramando lágrimas, con el cuerpo tembloroso y todavía más desconcertada por lo ocurrido y por sus palabras. ¿Qué significa ese beso? Me siento en el bordillo del bloque que hay al lado, dejando caer todo el peso de mi cuerpo en él, e inclino la cabeza entre mis piernas, abrazándolas con mis manos para esconder el llanto. —Susana. Oigo la voz de Jon a escasos centímetros de mí y sin pensarlo, me cobijo en su cuerpo, me abrazo como una niña pequeña buscando consuelo. —Shhh, guapísima, no llores más —escucho que me dice Cris, agachada a mi lado, acariciándome la espalda con ternura. —Oh, perdón, lo siento —digo separándome de pronto de Jon. Me tapo la boca y miro a mi amiga, que espero que no le importe que haya sobado un poco a su chico. —No me mires así, que ya sé que te has aprovechado de mi novio —me regaña sin un ápice de despecho. Sonrío y me limpia la cara con un pañuelo de papel—. Venga, vamos a comer un poco y a olvidarnos de ese cabrón. —Cris, no te pases —ahora quien regaña es Jon a mi amiga. —Mi amor, sé que Hugo es tu amigo, pero eso no quita que sea Míster Cabrón del siglo XXI —alude con una sonrisita inocente. —Jon, ¿tú sabes qué es lo que le pasa? —le pregunto al levantarme del escalón con su ayuda. Se encoge de hombros y por unos segundos, creo que me está mintiendo. Cris me mira con cariño y me arrastra hasta el bar donde nos esperan mis primas, que pobres, se han quedado guardando la mesa, aparte de que Leo no puede andar mucho ni muy rápido con las muletas. Nos sentamos y pedimos nuestros platos de tapas. Lo cierto es que no me apetece nada estar aquí, ni comer, no quiero estar rodeada de gente, tengo ganas de estar sola en mi casa y hundirme en mi sofá. Al cabo de unas horas, nos marchamos. Antoinette, Leo y yo nos vamos en coche y Cris y Jon van a buscar a Valen, que se ha quedado a comer en casa de una amiga del cole y luego iban al cine. —¿Quieres venir a casa y dormir con nosotras? —inquiere mi prima mientras subimos en el ascensor. —Prima, sabes que no me gustan los tríos. —Sonreímos, pero yo lo hago cansada—. Me voy a casa, quiero estar sola.


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Estoy en la cocina preparándome un bocadillo de pan de molde untado con crema de cacao y un café con leche. Sí, ya sé que un café por la noche es lo peor para conciliar el sueño, pero es que, lo beba o no, el sueño no me vence. Ayer, Hugo se marchó con su rutinaria frase «no puedo estar contigo», y yo no dejo de pensar en esa maldita frase, en él y en todo lo que me pasa por su culpa. En vez de ir a mejor, de ir superándolo poco a poco, hago exactamente lo contrario; le doy vueltas y más vueltas a un tema que solo me lleva a un sitio; a mi vida sin él. Ya no sé qué pensar de todo lo ocurrido, no sé si está con esa chica, si me quiere, si no siente nada por mí, si se ha vuelto completamente loco… Me agoto. Y es que, para rematar la semana, mi compañera Eva está de baja. El médico le aconsejó reposo total debido a su embarazo de riesgo, así que hasta pasada una temporada, no volverá a la oficina. Y Manu, preocupado en exceso, a veces, está de un insoportable que me dan ganas de tirarle algo a la cabeza. Pero lo cierto es que la cuida y la mima como nadie. Joder, qué envidia. El colofón final lo ponen mis maravillosos padres, que junto con los de Leo, se han ido de vacaciones al Cabo de Gata, a conocer la comarca de Níjar, donde se rodaron películas del famoso Spaghetti Western. A mi padre y a mi tío les fascinan este tipo de películas y se mueren por ver la Era en la que se rodó el duelo final de «El bueno, el feo y el malo». Limpio el cuchillo con el que he embadurnado mi sándwich y pongo la cápsula en la cafetera para que salga mi café. Y así, con mi cena lista, me preparo para dar el primer bocado, pero me quedo con la boca abierta y a medio camino. El timbre de la puerta me interrumpe. Miro la hora y son casi las nueve. No espero a nadie, pero lo más seguro es que sea alguna de mis vecinas para saber cómo me encuentro. Están de un pesadito. Pero me quedo parada cuando abro la puerta. —Hola, Susana. —Hola, Rafa. ¿Qué haces aquí? —Solo venía a despedirme. Mi vuelo sale mañana a primera hora. —¿Despedirte? ¿No nos despedimos el otro día? El otro día fue cuando nos acostamos. Pensé que ese sería nuestro punto y final pero al parecer estaba equivocada. Así que si viene a despedirse de la misma manera, va listo, no tengo el chirri para romerías. —Quería decirte adiós —argumenta, susurrante, apoyado en mi puerta. —Adiós, Rafa, que tengas suerte —le digo un poco borde, he de reconocerlo. —¿Solo me dices adiós? ¿Ni un beso, ni un abrazo? —Y sonríe sin maldad, abriendo


los brazos. —Venga, vale. Arrastro los pies hasta que llego a su cuerpo y nos rodeamos mutuamente. Escucho su corazón como late acelerado. Me besa en el pelo y cierro los ojos. Me permito desaparecer unos segundos de mi vida y no pensar en nada. —Pídeme que no me vaya, que me quede aquí contigo —me susurra junto a mi oreja. Levanto la cabeza para separarme de él y arqueo las cejas. —¡¿Cómo?! —Dime que quieres que volvamos a intentarlo, que podemos volver a empezar. Que quieres que estemos juntos. —Rafa, sabes que no voy a pedirte eso —contesto con un nudo en el estómago. —¿Por qué no? Tú ya no estás con Hugo y yo tampoco estoy con nadie. Nos conocemos desde hace mucho y sabes lo que siento por ti. —Me mira suplicante—. Danos una oportunidad, Susana. —Rafa, suéltame —le pido, y aparta sus manos, que las mete en los bolsillos—. Siento mucho que lo que ocurrió el otro día te hiciera pensar que entre tú y yo las cosas podían arreglarse. Estoy cansada de que todos los hombres que pasáis por mi vida acabéis abandonándome porque quiero algo que vosotros no sabéis o no queréis ofrecerme. —Yo sí quiero, Susana, ahora lo sé —dice casi rogando. —Pero ahora no me vale —le aclaro con la voz temblorosa y me obliga a ser desagradable—. Rafa, yo ya no te quiero y aunque Hugo ya no esté conmigo, todavía sigo enamorada de él. Lo único que quiero ahora mismo es estar sola. Rafa me mira con tristeza y me siento como una bruja por ser tan sincera con él. Lo siento si le hago daño, pero es lo que hay. Es como un triángulo amoroso hecho pedazos. Se vuelve a aproximar a mí y me deja un beso en la mejilla. —Si algún día te das cuenta de que realmente me necesitas, ven a buscarme. —Y me da otro beso en la frente. —Encontrarás a una chica que valga la pena y que te quiera como te mereces. Adiós, Rafa, cuídate. —Y dejo de ver su silueta cuando cierro la puerta. Lo único que me faltaba era la visita de él. ¡Qué asco de vida amorosa tengo! Si volviera a nacer, no me echaba novio hasta los treinta, eso sí, de polvetes, todos los que se me antojaran. ¡¡Mierda de hombres, que os den!! Dejo los restos de mi cena en el mármol de la cocina y me tumbo en el sofá, mirando el techo.

Ring, ring, ring. Estoy a punto de caerme al suelo del sobresalto que me llevo al escuchar el timbre de la


puerta. Son las cuatro de la madrugada. No puede ser nada bueno. Me levanto intentando hacer el menor ruido posible y miro primero por la mirilla, a ver quién es. No soy capaz de creer el batallón que hay delante de mi puerta. Y me invade el miedo. —¿Qué hacéis todos aquí? ¿Qué ocurre? —Susana, tienes que venir conmigo a comisaría.


26

—¿Cómo que tengo que ir a comisaría? —Agarro a Jon por el cuello del jersey—. ¿Qué ha pasado? ¿Son mis padres? ¿Han tenido un accidente? Estoy a punto de sufrir un infarto solo de pensar que a mis padres les haya podido suceder algo. Y claro, con toda la caballería alrededor, la cosa se pone más fea. ¿Que quiénes forman la caballería? Pues mi prima Leo, acompañada de las muletas y de Antoinette; Cris, que sostiene a la pequeña Valen en brazos mientras duerme, y lo más desconcertante: Pilar y Sergey. ¿Qué pintan estos dos aquí? No sé qué es lo que ha pasado, pero desde luego que la cara de Pilar no augura nada bueno. —No, no les ha pasado nada a tus padres —me dice retirando mis manos amenazadoras —. Te lo contaré todo cuando lleguemos a comisaría. —Nos lo explicarás a todas —exclama Cris, que parece enfadada. —¿Vosotras no sabéis nada? —No, prima, nada de nada, solo que Jon ha venido a casa a despertarnos como un energúmeno ¡Ni que hubiese fuego en el edificio! Jon se frota nervioso la cara y se pasa las manos por el pelo. —Susana —me habla ahora Pilar y pasea sus ojos por nosotras—, tenéis que venir con nosotros. Os prometo que os lo contaremos todo, pero, por favor, acompañadnos. Sergey es el único que sigue sin hablar, pero no le hace falta, con su sola presencia y el cuerpo que tiene, no te queda más remedio que no llevarle la contraria. Aunque no haya dicho ni pío. —¿Puedo vestirme? —pregunto. —Sí, pero rápido. Dejo la puerta abierta mientras entro en mi habitación a toda prisa y me cambio el pijama por un tejano y una camiseta. Toda esta escena me produce un malestar insoportable, y tengo un nudo en el estómago que me está matando. Y la cara de Pilar… ¡¡Joder!!


—¡¿Es Hugo?! ¡¿Le ha pasado algo a Hugo?! Les grito cuando salgo de nuevo al rellano. Y me quedo helada al ver que mis amigas abren los ojos desmesuradamente y los otros tres se miran con una complicidad aterradora. Se me cubren los ojos de agua. —¿Qué le ha pasado? ¿Dónde está? —Vamos, Susana —me dice Jon, cariñosamente, y me rodea los hombros. En el coche, Cris y yo vamos en silencio y Jon no deja de mirarnos por el retrovisor interior. Pilar va a su lado, de copiloto, pero tampoco dice nada y Valen sigue durmiendo como si nada. ¿Cómo puede tener el sueño tan profundo? Dichosa infancia. El mutismo que reina en el interior me da más minutos para pensar y no dejo de tener a Hugo en mente. Algo le ha pasado y si ninguno de los que tengo delante quiere decirme qué es lo que le ha ocurrido, debe ser algo grave. Giro la cara hacia la ventana para que mi amiga no me vea derramar ninguna lágrima, pero no lo consigo, ya que los sollozos me delatan. Ella me toma de la mano con su ternura incondicional y siento que no voy a poder con la noticia que Jon tenga que darme. Nuestro vehículo y el que conduce Sergey, donde van mis primas junto con otro hombretón, se detienen a las puertas de la comisaría. Ya dentro, solo hay un policía que saluda a Jon con un gesto de cabeza y sigue con su tarea de papeleo. ¿Qué significa ese saludo? —Quedaros aquí, enseguida vengo y hablamos. —Jon —le digo con voz temblorosa. Él se gira y me mira—, ¿qué está pasando? —Ahora os lo cuento todo, pero, por favor, esperad aquí. Nos deja en una habitación con una mesa en el centro, unas sillas y un pequeño sofá donde Cris deja con cuidado a su hija. —Chicas, ¿qué es todo esto? —pregunta Leo. Aunque ha utilizado el plural, fija sus ojos en Cris. —No lo sé, pero te aseguro que mi novio nos lo va a explicar todo con pelos y señales. —Y tú, ¿cómo estás? —Ahora el interrogatorio es para mí. —Igual que vosotras, no entiendo nada de lo que está pasando. Lo único que he sacado en claro es que estamos aquí por Hugo. Me siento nerviosa en una de las sillas y entrelazo las manos, retorciéndome los dedos a la vez que no dejo de mover las piernas, intranquila. —Tranquila, prima, ya verás como todo tiene una explicación lógica. —Antoinette se sienta en la mesa y me acaricia los brazos. —¿Tú encuentras lógico que estemos las cinco aquí? Nos miramos entre asustadas y desconcertadas, ninguna dice nada y a la vez lo decimos todo. La explicación que nos dé Jon es algo que lo tiene a él y a Hugo como protagonistas.


Lo que no sabemos es el argumento. —Mami. Valen habla con la voz pastosa por el sueño y se tira a los brazos de su madre. Arquea una ceja cuando nos ve a todas allí. —¿Qué hacen las titas con nosotras? ¿Dónde estamos? —Hola, princesa —le digo y la beso en el carrillo. Mis primas hacen lo mismo y es que está para comérsela con esa carita de dormida que tiene. —¿Dónde estamos, mami? —vuelve a preguntar. —Estamos esperando a que venga papi y nos cuente una historia. —¿Una historia? ¿De princesas? —Me da a mí que va a ser más bien de terror. —Pega la puntilla, Leo. —¡Bah! A mí esas no me gustan, que luego sueño con monstruos. —Se baja de los brazos de su madre y mira alrededor—. ¿Dónde está la tele? Las cuatro nos reímos, más presas del nerviosismo que nos corre por el cuerpo que por el hecho de que nos haga gracia el comentario. Aunque la tiene, no hay que negarlo. Se nos corta la risa cuando vemos entrar a Jon con un par más de sillas que deja alrededor de la mesa y al lado de las otras. —¡Papi! —exclama alegre Valen, que se acerca corriendo al susodicho. —Mi bella durmiente ya se ha despertado —dice contento a la vez que la besa en el moflete—. Ahora necesito hablar con mamá y con las titas, así que ve a sentarte en ese sofá y estate quietecita. ¿De acuerdo? —¿Y con qué me divierto si no hay tele? —inquiere ella, con la nariz arrugada. —Toma. —Jon saca de su bolsillo un móvil. —¡Guay! Y así, sonriente con su nuevo juguetito, se sienta donde le ha dicho Jon y dejamos de interesarle. —Jon, dime de una vez dónde está Hugo —le digo perdiendo un poco los papeles. —Sentaos, por favor. Nos sentamos las cuatro, una al lado de la otra, dejándolo a él frente a nosotras y con mirada indecisa, retraído, como si no supiera como abrir la boca. —No sé por dónde empezar. —Jon, nos has levantado a las cuatro de la mañana, así que empieza a soltar por esa boquita todo lo que tengas que decirnos o te juro que yo misma te meto un tiro por el culo —narra Cris, un pelín fuera de sí. Él se levanta de la silla, temeroso de que Cris cumpla su promesa. Sabe que es capaz. Se toca el pelo alterado, paseando de un lado a otro de la habitación, incluso asusta a


Valen. —Mami, ¿qué le pasa a papi? —Nada, cariño —le dice con dulzura y la sienta sobre sus rodillas. Jon vuelve a sentarse en su sitio y se saca algo del bolsillo. Lo deja sobre la mesa. —¡Anda, mami, es como la que me compraste el año pasado en los chinos para mi disfraz! El regocijo de la niña no es el mismo que el de las personas adultas, a las cuales la estupefacción nos detiene la sangre entre las venas. No nos riega el cuerpo. —Pero esta no es de los chinos, ¿verdad? —lo interrogo con un hilo de voz. Miro su placa. Estoy empezando a pensar que esto es peor de lo que creía. —Es de verdad. Soy inspector de la Brigada Central de Estupefacientes. —¿Eso qué es? —le pregunta Valen a su madre, que no contesta a su hija. Lo que hace es darme a la niña para que la sujete mientras que ella se levanta, altanera, y golpea la mesa con la mano. Nos sobresaltamos todos, y la pequeña vuelve a refugiarse en el sofá, lo más alejada posible de su madre. Niña lista. —¡¿Inspector?! ¡¿Me estás diciendo que eres policía?! ¡¿Que me has estado engañando todo este tiempo?! —Cris, siéntate y no me hables en ese tono —le recrimina—. Si no os he dicho nada es por una razón de peso. —¿Estás trabajado infiltrado en algún caso? —comenta Antoinette, aficionada a los libros y películas de género negro. —¿Hugo también es policía? —Dejo de mirar su placa y fijo mis ojos en los suyos. —No exactamente. —¿No exactamente? —grita Cris, que se apoya en la mesa con los brazos—. ¿Qué clase de respuesta es esa? O es poli o no lo es, pero deja ya de marearnos y explícanos de una puñetera vez qué pasa. Su chico la mira con ganas de estrangularla y se está conteniendo. Espero que dejen ya de tocar las narices con sus trifulcas conyugales y Jon me diga dónde está Hugo, que es lo que verdaderamente me importa. Ahora solo me mira a mí —Hugo colabora conmigo y con mi equipo. Trabaja con la brigada. —¿Cómo que trabaja contigo? ¿No acabas de decir que no es policía? —No, no lo es —dice y se frota la cara, cansado—. Llevamos tiempo detrás de una organización que se dedica a distribuir drogas de diseño y para ello, necesitan tener laboratorios clandestinos que les facilitan sus contactos. Nos llevaba algún tiempo dar con el lugar exacto, pero cuando lo teníamos y estábamos preparados para desmantelarlo, al llegar, ya se había esfumado. Lo habían limpiado todo. No quedaba nada, ni rastro.


—Espera un momento, Jon —le digo un tanto aturdida—. ¿Qué pinta Hugo en todo esto? —Le pedí ayuda. —¿Qué le pediste ayuda para atrapar a esa gente? —Me tiemblan las piernas. No me lo puedo creer. —Así es. Hugo y yo nos conocemos desde que éramos adolescentes y hacía años que había salido del centro de desintoxicación, tenía el club, así que… —Perdona que te corte, Jon —lo interrumpe mi prima—, pero ni Antoinette ni yo estamos entendiendo nada. —Ni yo tampoco —añade Cris—. ¿Centro de desintoxicación? —Hugo es exdrogadicto —les aclaro. Las tres se quedan con la boca abierta y los ojos puestos en mí, desencajados. Veo cómo mi prima va a hacer el intento de sermonearme, pero la obligo a que se trague sus palabras posando el índice sobre mis labios. —Ahora no, Leo, por favor —le pido—. Continúa Jon. —Él asiente agradecido. —Así que le propuse que me ayudase. Somos amigos, su club era el lugar perfecto para llevar a cabo esa detención… pero, claro, solo pensé en el caso, en mi trabajo y no pensé en el daño que podía causarle. Está limpio de toda esa mierda y a mí, lo único que se me ocurrió fue volver a meterlo en ella. —Coge aire para continuar—. Como os podéis imaginar, Hugo se negó en rotundo y no lo culpé por ello, así que no insistí mucho más. Pero un día vino a verme y me dijo que había cambiado de opinión, que quería ayudarnos. Así es como me introduje en el club. Un mes más tarde, apareciste tú —añade, mirándome con cariño—, y se replanteó seguir con esto. Quería olvidarse de todo y comenzar una nueva vida contigo. —¿Que quería comenzar una nueva vida conmigo? —digo, irónica—. Pero si cuando le propuse vivir juntos por poco no se muere del susto. —Créeme, Susana, cuando te digo que eso no es así, lo que pasa es que no podía dar ese paso en ese momento. —Se vuelve a levantar de la silla y pasea por la sala—. Cuando hablamos, lo convencí para que continuara ayudándonos, que estábamos muy cerca de atrapar a esa gente y fue entonces cuando su hermana Gemma tuvo la recaída, fue cuando Hugo se volvió loco y, paralelamente, comenzó su propia cruzada para dar con las personas que estaban detrás de lo sucedido. Y dio con una de ellas. La persona que movía todos los hilos. Érika. —¿Érika? ¿Su ex? —La misma. La chica con la que lo viste salir de la habitación del club. Me lo dijo él mismo el otro día, en el bar. —Otra confirmación que hace que me maree—. Érika no solo fue la persona que le facilitó la droga a Gemma, sino que también era la persona que estábamos buscando. Dos en uno. —Menuda pieza, la tal Érika esa —responde, Cris, resoplando—. Vaya ojo que tiene Hugo con las mujeres. —Miro a mi amiga con el ceño fruncido y ella me sonríe—.


Contigo ha mejorado un montón. —¿Cómo dio con ella? —pregunto a Jon. —No lo sé, no me lo quiso decir, solo me comentó que se había puesto en contacto con la persona que buscábamos, pero que esta le había puesto sus propias condiciones. —¿Qué condiciones? —Pues que hiciera todo lo que ella le dijera y no fuera a la policía. O iría a por ti. Me quedo pasmada mirándolo, asimilando lo que está intentado decirme y un dolor inmenso me recorre el cuerpo. Ahora entiendo el porqué de su actitud, de sus miedos para estar conmigo. Me estaba protegiendo. —Y no contenta con amenazarlo con sus palabras —sigue narrando Jon— le quemó la moto y estoy seguro de que ha sido ella la que le destrozó el local ayer de madrugada. —¡¿Qué?! —gritamos todas. —El club ha salido ardiendo. Me llevo las manos a la cabeza. ¿El local quemado? ¿El trabajo de Hugo reducido a cenizas? ¿Todo es culpa de esa mujer? Pero ahora mismo, todo eso deja de tener sentido… —¿Y Hugo? ¿Dónde está? —pregunto, alarmada. Me levanto de la silla y me quedo frente a Jon—. Dime dónde está, dime que está bien. Cierra los ojos, agacha la cabeza y niega. Caigo a plomo en la silla, aterrada, y me llevo las manos a la cara para tapar todo el miedo que en ella se refleja. Dejo caer millones de lágrimas para que me empapen entera y puedan llevarse la pena. No me gusta lo que se me está pasando por la cabeza, no puede ser verdad. No puede ser, no puede ser… Mis primas y Cris vienen enseguida a abrazarme y consolarme. —Jon, por favor, dinos que Hugo está bien, que no le ha pasado nada —escucho que Cris le dice a su pareja, con voz quebrada. Noto como él se acerca a mí y me enjuaga las lágrimas con sus dedos. Lo observo con mis ojos enrojecidos y me toma de las manos. Me mira apesadumbrado. —Susana, no sé dónde está Hugo. Lo último que sé es que esta noche pasada iban a utilizar el local para pasar quilos de coca a nuestro país. Al parecer, Érika no solo se encargaba de distribuir pastillas, iba mucho más allá. Hugo nos informó de la hora a la que se produciría el contrabando, pero cuando nos presentamos allí para desmantelarlo, lo único que vimos fue el humo, el fuego que brotaba del local. —No…—jadeo entre lamentos—…no, no me digas que Hugo… —No puedo seguir hablando, solo sigo llorando y llorando. Jon me abraza con fuerza y me aferro a su cuerpo desconsolada. Hugo no puede haber muerto, así no. No puede hacerlo, no puede dejarme. —Susana, los bomberos han encontrado varios cuerpos, pero no han podido identificarlos todavía. Solo saben que uno es una mujer y espero que sea Érika. Los otros


tres… —¡Vale! ¡Ya está bien, Jon! —le brama Antoinette, que se acerca a mí y me cubre por los hombros. —¡¿Pero es que pensáis que yo disfruto con esto?! —chilla, Jon, con violencia, tanta, que tira la silla al suelo. Se encara a nosotras—. Hugo era mi amigo, ¡es mi amigo! Y me niego a pensar que lo he perdido por mi culpa, que lo he perdido de esta manera. ¡No! No voy a dejar que su pasado me lo arrebate, no puedo vivir sabiendo que yo he sido el culpable de su muerte… si no le hubiese pedido ayuda… Y ahora es él el que se rompe entre lloros, cayendo al suelo de rodillas como un niño pequeño. Y es que ver a nuestro Brad Piqué derrotado, me rompe más el alma, me hiere todavía más. Cris va a su lado y lo abraza mientras que Jon esconde la cara en su cuello y se deja vencer, deja al exterior todos sus sentimientos. —No os vayáis, por favor, no me dejéis aquí solo. Si uno de esos cuerpos es de… Todos nos ponemos a llorar. Todos guardamos silencio. Todos esperamos a que el desenlace de este día no sea el que tememos. Llevamos horas metidas en esa sala. Estoy segura de que las agujas ya han dado la vuelta al reloj. Valen está rendida y se ha vuelto a dormir. Jon no deja de entrar y salir, pero nunca trae noticias. Mis primas se han quedado dormidas sobre la mesa y Cris no deja de dar vueltas de un lado a otro, ahora se sienta en una silla, ahora se levanta. Y yo estoy tirada en el suelo, con la espalda apoyada en una pared y los ojos perdidos en la nada. O quizás los tengo perdidos entre todos los recuerdos que atesoro junto a Hugo. Unos recuerdos maravillosos en los que nos hemos amado incondicionalmente. Lo que más me duele es que la última vez que nos vimos, discutimos. Lo único que hice fue gritarle, insultarle, pues estaba enfadada con él por haberme engañado con esa zorra. Pero no, la última que nos vimos, nos besamos. ¿Un beso de despedida? No, me niego a pensar que eso ha sido así. Lo sucedido parece un pésimo argumento de una película espantosa. No acabo de asimilar todo lo que Jon nos ha contado. Es como si estuviese viviendo un momento que no es mío, que no me pertenece. Es un mal sueño del que necesito despertar. —¿Cómo estás? —me pregunta Cris, que se sienta a mi lado y me acaricia el pelo—. Deberías dormir un poco. —No puedo dormir, Cris, estoy muy nerviosa. Solo quiero que tu novio entre por esa puerta y me diga que Hugo no es ninguno de esos cuerpos. Esta incertidumbre me está matando. —Lo sé, preciosa, lo sé. Lo que ha pasado es horrible y ninguna de nosotras queremos que a Hugo le haya pasado nada. —¿Y si no es así? ¿Y si es uno de esos cuerpos? Apoyo la cabeza en su hombro y regreso al mundo del llanto. A este paso, voy a quedarme seca.


—¿Por qué no nos contaste nada del pasado de Hugo? —Es su pasado Cris, y yo no soy nadie para airearlo así como así. Lo pasó muy mal, pero salió de todo eso. Y es lo único que me importa. —Levanto la cara y me limpio las lágrimas—. ¿Y qué me dices de ti? ¿Vas a perdonar a Jon? ¡Joder! ¡Cómo nos ha engañado a todas! —¡La madre que lo parió! —dice, y por primera vez, en ese sitio, nos reímos—. Si me pinchan, no sangro. Estoy enamorada de un policía y no de un camarero. —Inspector de la Brigada de Estupefacientes, habla con propiedad —la pincho. —Bueno, vale, de Jon. Y sí, lo perdono, ¡qué remedio me queda! Lo quiero muchísimo y pienso pasar el resto de mi vida con él. Pero eso sí, creo que para enmendar su mentira piadosa, voy a pedirle que nos vayamos de viaje. Valen y yo con todo pagado, por supuesto. —Si me quedo sola, ¿podré acompañaros? —No, no digas eso. —Cris se pone de rodillas y me aparta los mechones de pelo de la cara—. Susana, no vas a quedarte sola. Ya verás como dentro de nada, Jon aparece por esa puerta con las mejores noticias. Y parece que su pareja la ha oído. Jon entra por la puerta con una sonrisa relajada y de oreja a oreja. Mis primas se levantan raudas de sus sillas y Cris y yo nos incorporamos del suelo a la velocidad del rayo. Jon viene hacia mí para abrazarme aliviado. —Susana, Hugo no estaba en el club. Ninguno de los cuerpos encontrados es el suyo. Una alegría inmensa e infinita me inunda. Todos nos abrazamos contentas, felices por la noticia que Jon nos ha dado. Es la mejor de todas. Pero, si es la mejor de todas… —Si ninguno de esos hombres es Hugo —le digo separándome de él y con el ceño fruncido—, ¿dónde está?


27

—¿Dónde está Hugo, Jon? —repito con el mismo miedo de antes. —No lo sé —responde afligido. —¿Cómo que no lo sabes? —pregunta, mi prima Leo. —Pues eso, que no sé dónde está Hugo. —Suspira cansado a pesar de la buena noticia —. Como os dije, se han encontrado cuatro cuerpos; uno de mujer y tres de varones. El de mujer es el de Érika, no hay duda. —¿Y los otros tres? —Eran tres de sus camellos, los que luego se encargarían de distribuir la droga por todo el territorio. Estamos buscando al resto del grupo. —¿Al resto del grupo? ¡A la mierda el resto del grupo! ¿Y a Hugo? ¿Lo estáis buscando? —le espeto, furiosa, a la cara—. No hacéis más que perder el tiempo buscando a unos camellos que seguro que se han largado en cuanto han visto el percal, pero preferís colgaros medallitas diciendo que habéis atrapado a un grupo de traficantes antes que salvar la vida de una persona. Todos me miran asombrados por mi reacción, pero es que ya no aguanto más. ¡A tomar por culo! ¡Ya está bien! ¡¿Cómo es posible que les importe más ese clan de drogadictos que Hugo?! —Susana, cálmate —me pide Antoinette, con delicadeza. —¡No puedo calmarme! —alzo la voz y me separo de ellos. Paseo angustiada por entre las cuatro paredes que me asfixian—. Nadie sabe dónde está Hugo. Al principio, que estaba en el local, después que no está y ahora ha desaparecido. —Susana, entiendo cómo te sientes, pero te juro que estamos haciendo todo lo posible para dar con él —añade, Jon, con tono tranquilo, que se acerca a mí—. Yo, al igual que tú, quiero que aparezca, que esté bien. —¿Es posible que Hugo estuviese en el local y escapase de allí antes de que el incendio lo arrasara? —pregunta ahora Cris, a su chico—. Tú conoces bien ese sitio, igual había una puerta trasera o alguna otra vía por la que Hugo haya podido escapar. —Sí, esa es una posibilidad.


—Pues yo voy a darte otra —le gruño—, ¿y si había otro camello ahí dentro y se ha llevado a Hugo? ¿Y si lo ha matado y lo ha dejado tirado? Necesito sentarme. Las piernas no me sostienen. Respiro con dificultad y palidezco. Vale que no sea uno de los cuerpos calcinados, pero puede haber corrido semejante suerte. Me estoy dejado llevar por el momento de histerismo por el que estoy pasando, pero a estas alturas, estoy empezando a imaginar que esto no va a tener un buen desenlace. Si Hugo está en manos de alguno de esos hombres y sabe que los ha traicionado… —Susana, el hecho de que Hugo no esté en el local, es una buena noticia, significa que está vivo. Y no voy a parar hasta encontrarlo. —Yo solo quiero que Hugo esté bien, que vuelva conmigo. Y la que vuelve, pero a romper a llorar, soy yo. Con los brazos sobre la mesa, oculto mis lágrimas entre ellos. Y es que estoy al límite de mis fuerzas, siento que ya no puedo más. —Susana, escúchame. —Jon me habla con dulzura a la vez que me acaricia el pelo. Levanto el rostro y él lo coge entre sus manos—. No voy a permitir que a Hugo le pase nada malo, ¿entendido? Nada. Y te prometo que te lo devolveré sano y salvo. —¿Me lo prometes? —Te lo prometo. —Y besa mi frente—. Ahora será mejor que os lleve a casa. —¡¿A casa?! No, yo no me muevo de aquí —digo tajantemente. —Sue, es buena idea —interviene Cris—. Llevamos aquí muchas horas y todas estamos cansadas, sobre todo tú. —Yo no estoy cansada. —Mírate, llevas desde ayer sin comer nada, sin dormir en condiciones y al final vas a acabar deshidratada de tanto llorar. —Cris tiene razón. —Ahora es Leo la que intenta convencerme—. Aquí no puedes hacer nada. Vamos a casa, prima. —No, marcharos vosotras, yo me quedo aquí. —Y cruzo los brazos, niego con la cabeza y no me muevo. —¿Pero qué crees que vas a hacer aquí? ¿Crees que por quedarte aquí Hugo va a aparecer antes? —me regaña Cris, y se va a coger a la pequeña, que está hecha un ovillo en el sillón—. Nosotras nos vamos, tú haz lo que quieras. —Nosotras también nos vamos. Cuatro pares de ojos me estudian expectantes a que cambie de opinión y les diga que los acompaño a casa, pero me mantengo firme en mi decisión. —Yo me quedo. —¡Oh, por dios! ¡Eres una estúpida cabezota!


Y sale con Valen en los brazos, mosqueada y si fuera un dibujo animado, le saldría humo de las orejas. Mis primas me besan cada una en una mejilla y se marchan con mi amiga. —Si necesitas cualquier cosa, nos lo dices —susurra Leo. Sé que ellas entienden que me quede en este sitio. Jon es el último es desaparecer de la habitación, no sin antes resignarse a mi tozudez. —Las acerco a casa y vengo enseguida. Asiento con la cabeza y de pronto me veo envuelta en la soledad de ese lugar. De repente me entra un escalofrío y me abrazo a mí misma. Así es como me siento, como voy a sentirme si Hugo no aparece. Salgo de la habitación y voy en busca del baño. Lo encuentro al final de un pasillo, a la derecha, como siempre. Cuando entro, me asusto al ver mis rasgos en el espejo. Ojos hinchados y enrojecidos, con una palidez en el rostro que roza lo enfermizo, despeinada, cansada. El hecho de lavarme la cara no ayuda en nada a que mi aspecto y mi ánimo mejoren, así que después de hacer un pis, regreso al sitio que desde hace muchas horas se ha convertido en el cobijo de mi pena. Me acomodo en el sillón en el que antes ha estado Valen y me acurruco en él. Dejo descansar mi cabeza en el respaldo y cierro los ojos. Todos los recuerdos vividos con Hugo pasan por mi mente y sonrío al recordarlos. Los veo todos. Los siento todos. No quiero pensar que mi historia con él va a quedar solo en eso, en los recuerdos de los momentos que pasamos juntos. No quiero pensar que lo último que sentí fue aquel beso doloroso que me dio contra la pared del bar. No quiero pensar que todo por lo que ha pasado, al final, se lo ha llevado consigo. No quiero pensar que ambos hemos perdido. No quiero pensar que todo ha dejado de existir. —Susana, despierta. Gruño fastidiada, pero no me molesto en abrir los ojos. Lo que sí hago es dar media vuelta y al hacerlo, me caigo de culo al suelo. Claro, no me acordaba de que estoy en un sillón y no en mi cómoda y ancha cama. Cuando mi cuerpo topa contra la superficie dura, en ese momento es cuando me despierto del todo. —Jon —digo y miro alrededor—. ¿Qué pasa? —Nada —dice sonriendo—, te has quedado dormida. —¿Habéis encontrado a Hugo? —pregunto levantándome con su ayuda. —De momento, no. —¿Y cuándo vais a hacerlo? Lleva mucho tiempo desaparecido, eso es mala señal ¿no? —Venga, te llevo a casa. Y no acepto que me discutas. Jon me toma de la cintura y me empuja hacia la salida. Yo voy con él sin rechistar. Montamos en el coche en silencio.


—Estoy seguro de que Hugo está bien —dice cuando aparca el coche al llegar a casa y apaga el motor. —¿Cómo lo sabes? —Porque ahora que te ha encontrado, no va a permitir que nada lo separe de ti. —Se quita el cinturón de seguridad y se mueve en su asiento para mirarme—. Hugo siempre ha tenido mucho miedo de que su pasado no le dejara tener un futuro y tú eres la única mujer que puede dárselo, con quien quiere compartirlo. Te quiere más que a su propia vida. —Yo también le quiero mucho, pero podría haberme contado todo por lo que estaba pasando —añado, con tono lastimero. —No quería preocuparte —habla, defendiéndole—. Me hizo prometerle que yo no diría nada, que si me iba de la lengua, me cortaba mis partes a cachitos y yo, necesito mis partes bien intactas. Ambos sonreímos. —¿Tú habrías hecho lo mismo por Cris? ¿La habrías mantenido al margen? —Por supuesto. —Sus palabras son rotundas—. Jamás permitiría que le pasara nada y mucho menos por mi culpa. —Ese es el problema de Hugo, que siempre cree que todo es culpa suya. Me suelto el cinturón y restriego la cara con las manos. Jon me las coge de nuevo y me las aprieta con muchísimo cariño. —Tú eres lo mejor que le ha pasado, de eso que no te quepa ninguna duda. Subo a casa en el ascensor, no tengo ánimos para subir ni un solo tramo de escalera. Cuando entro en mi piso, lo primero que hago es ir derecha al lavabo a prepararme un baño. Y de lo único que consigo desprenderme es de las zapatillas cuando escucho que tocan a la puerta. —¡Hola, tita Sue! —Hola, princesa —la saludo sin ganas, pobrecita mía. Miro a Cris—. ¿Qué hacéis aquí? —Íbamos a cenar y hemos escuchado que llegabas a casa y hemos decidido… —¡Cenar juntas! —grita, entusiasmada, la pequeña, que acaba la frase por su madre. Las observo a las dos, que lucen sendas sonrisas complacientes. No me había fijado, pero Cris lleva en las manos una fuente tapada con papel de aluminio. ¿Qué habrá traído? —Os lo agradezco chicas, pero no tengo hambre. —Me da igual si tienes hambre o no, vas a cenar con nosotras y punto. Vaya, ya ha salido la madre que lleva dentro. Y así, con ese tono que no admite discusión, se meten en mi casa. Yo las dejo hacer en la cocina mientras que voy a cerrar el grifo de la bañera. Me meto


en el agua y le pongo jabón para formar un montón de espuma. Cierro los ojos y me sumerjo por completo. —¡Tita que te vas a ahogar! —Escucho una vocecilla de duende. Y enseguida, unas manos pequeñas me cogen por el cuello. No, si al final me ahogo—. Pero ¿qué haces? ¿Estás tonta? Que aquí no puedes bucear. Me quita la espuma de la cara con sus manitas, esas que antes atacaban mi cuello y se las limpia en el pijama. —Mami dice que vengas a cenar. —Dile a tu madre que me estoy bañando. Empezad vosotras. —No, tita, yo quiero que vengas —dice, enfurruñada, y se pone de rodillas en el suelo y con los brazos cruzados sobre el borde de la bañera. —Vale, déjame diez minutos y salgo. —Esos son muchos minutos y tengo hambre. ¡Venga, tita Sue, espabila! —¿Que espabile? Ahora te vas a enterar. Y la cojo de los brazos, la levanto y la meto en la bañera, ropa incluida. La niña empieza a reírse y nos salpicamos con el agua. Yo también me río y he de reconocer que, después de los días que llevo, es bastante relajante. Las risas, que se oyen desde toda la casa, despiertan a la fiera que viene dispuesta, con las garras, a arrancarnos la piel de cuajo. —Pero ¿qué estáis haciendo? —brama con los brazos en jarra. —Uy, mami se ha enfadado. —Mami siempre está enfadada —murmuro bajito y la cría se tapa la boca. —Te he oído, Susana, y ahora vais a saber lo que es bueno. Nos amenaza cuando viene hacia nosotras y Valen y yo, que nos miramos con los ojos abiertos de par en par, pues nos olemos lo que va a hacer, comenzamos a salpicarla con el agua. Saca a su hija de la bañera igual que si fuese un saco y se la coloca sobre los hombros, a lo que la niña responde con sonoras carcajadas. Me fascina escuchar su risa inocente. —Ve quitándote esa ropa que voy a casa a traerte otro pijama —comenta a Valen cuando la deja en el suelo. Nos mira antes de irse—. No sé quién de las dos es más infantil. Cris viste con ropa seca a Valen y yo también me pongo cómoda. Recojo el agua que hay derramada por todo el lavabo. Parece que haya pasado un tsunami por mi casa. El baño y las risas han despejado mi mente por unos instantes, pero mi rostro me recuerda que todavía siguen aquí, en mi interior y que van a permanecer hasta que Hugo aparezca. —¡Tita, se enfría la cena!


He de ser coherente y aceptar que cuando Cris vino a mi casa y le dije que no tenía ganas de comer nada, no había olido el delicioso aroma de su lasaña casera de carne y verduras. Tengo que tragarme mis palabras. Y la lasaña también. Cuando llevamos una hora sentadas en el sofá viendo la tele, a Valen le vence el sueño y se queda dormida. Cris la lleva a mi cama a que descanse y ella regresa a mi lado. Me acomodo sobre su hombro. —Tú también deberías acostarte y dormir un poco. —No quiero dormirme. Si Hugo aparece, quiero estar despierta. —Me incorporo un poco—. Me siento inútil sin poder hacer nada. —Entiendo que te sientas así, pero tienes que descansar. Voy a prepararte una infusión para que te relajes. Me da un beso antes de levantarse camino a la cocina. Me quedo sola en el salón y un estremecimiento me recorre de pies a cabeza. Me voy en busca de mi amiga. La encuentro con un cazo lleno de agua en el fuego e introduce en él un par de cucharadas de tila. Sí, tengo bolsitas de infusiones a granel. —Tengo miedo, Cris —empiezo a decir, con la voz entrecortada—. Tengo miedo de que no vuelva a abrazarme. —Cariño, no digas eso —me consuela dándome ese abrazo que tanto necesito—. Jon encontrará a Hugo y volveréis a estar juntos. Te lo ha prometido, ¿no? —Ya no sé qué pensar. Han pasado muchas horas y… —¡Eh! —me calla de golpe y me asusto. Peina con sus dedos mis mechones mojados —. No quiero que pienses eso, quítatelo de la cabeza. Hugo va a volver. —¿Y por qué no lo hace ya? —Y otra vez me da la llorera floja—. Cris, ¿puedo preguntarte algo? Y quiero que me digas la verdad. —Claro. —Después de todo lo que nos ha contado Jon, ¿tú crees que Hugo se ha acostado con su ex? —¡Uf, vaya preguntita! —responde, y se va a colar la infusión. Pone la taza sobre la mesa y se sienta a mi lado—. Ya que me pides que sea sincera, lo seré; todos los indicios apuntan a que sí, pero… —¡Ay, joder! —Pero —continúa ella—, creo que si lo ha hecho ha sido bajo coacción. —¿Bajo coacción? ¿Estás defendiendo que se haya acostado con otra? —le pregunto un poco malhumorada—. No creo que le haya puesto una pistola en la cabeza y lo amenazara. —Quién sabe, quizás no lo intimidó con un arma, pero Hugo la conocía muy bien y estaba un poco grillada. —Me toca las mejillas cariñosamente. Sabe que estoy molesta por sus palabras—. Si se acostó con ella para evitar que te hiciera daño, o incluso a él, bien hecho está.


—¡Mierda, Cris! —vocifero. Me levanto y tiro por la fregadera la maldita tila—. Vale, quizás tengas razón y lo hiciera obligado, pero es mi chico, le quiero, y se me revuelve el estómago cada vez que pienso que ha podido estar con otra. —Tú también te has acostado con Rafa, y no por obligación sino por gusto —me debate —. Creo que lo tuyo es peor, mucho peor. —Cuando pasó, no estábamos juntos —justifico. —Bueno, entonces si él es capaz de perdonarte eso, tú también puedes perdonarlo, ¿no? Es que cuando Cris tiene razón, la tiene, no puedo discutirle nada. ¡Qué rabia! —Por supuesto que soy capaz de perdonarlo, pero la imagen que tengo grabada de él, saliendo de la habitación… —Respira, Susana, respira. Unos nudillos golpean la madera de la puerta de casa y voy enseguida a abrir. Detrás de ella aparece Jon, con el rostro igual de inexpresivo que una sepia. Y se blanquecina aún más cuando ve a Cris a mi espalda. —¿Puedo pasar? Cris y yo nos hacemos a un lado para dejarlo entrar. Jon se deja caer en el sofá como si llevara el peso del mundo sobre sus hombros. Mi amiga y yo nos miramos y a mí se me pasa por la mente lo peor de lo peor. Me dejo caer a su lado con el cuerpo tembloroso. —¿Dónde está Valentina? —Durmiendo, en el cuarto de Susana. —Bien. Siéntate cielo, tengo que contaros algo —dice Jon y golpea el cojín libre que hay a su lado para que mi amiga tome asiento—. Hemos detenido a los otros miembros del grupo de la organización. Ahora mismo les están tomando declaración en comisaría, pasarán mucho tiempo en prisión. —¡Gracias a Dios! —exclama mi amiga. —¿Y Hugo? —pregunto, ahora muerta de miedo por la respuesta—. ¿Lo habéis encontrado? —Sí. Al escuchar esa afirmación, el cúmulo de cargas negativas abandona mi cuerpo. ¡Han encontrado a Hugo! Mi corazón se acelera y mis ojos se cubren por un brillo producido por las lágrimas. Y si han encontrado a Hugo, ¿por qué trae esa cara? —¿Y está bien? ¿Dónde está? —vuelvo a preguntar con la voz entrecortada y una mano en el pecho, intentando calmarme. —Hugo está en mi casa. Cris y yo lo miramos con el ceño fruncido, señal de que ninguna de las dos entiende el significado de esa frase.


—¿En tu casa? ¿Cómo que en tu casa? —digo. —¿En qué casa, Jon? —En Boí —añade en un susurro. —¿Y qué coño hace Hugo en Boí? —La señora Montserrat me llamó esta tarde. —¿Quién es la señora Montserrat? —intervengo, con curiosidad. —Es la vecina de Boí. Es la señora que se encarga de vigilar y limpiar la casa cuando no hay nadie —me aclara Jon—. Cuando ha ido a la casa y se ha encontrado con Hugo, por poco no se muere del susto. —¡Ay, pobre mujer! —Cris se lleva las manos a la cabeza. —Hugo vino hace días a verme, antes de que pasara todo esto. Me pidió que le dejara las llaves de la casa, que tenía pensado llevarte un fin de semana —dice mirándome—. Así que la pobre mujer me ha llamado echa una furia por no haberle dicho que un amigo mío iba a estar allí. —¿Tú sabías que él estaba allí? —¡Claro que no! —se levanta exasperado ante mi pregunta. Me mira muy serio—. ¿Crees que si lo hubiera sabido no lo habría dicho? ¿Crees que me ha gustado pensar que mi mejor amigo había muerto en el incendio? ¿Qué he disfrutado viéndote llorar? Agacho la cabeza, avergonzada por lo que acabo de decir. Soy idiota. ¿Cómo puedo pensar algo así? Jon no se merece mi desconfianza. —Hay algo que no acabo de entender —habla Cris, que me pasa el brazo por la espalda —. Esa señora no conoce a Hugo, ¿cómo sabes que es él el que está en la casa? —Porque aparte de que le ha dicho su nombre, yo acabo de estar allí. Cris y yo nos levantamos a la vez del sofá, con los ojos como platos. Me acerco a Jon y lo cojo de los brazos. —¿Y cómo está? —pregunto, nerviosa—. Dime que está bien, por favor, que no le ha pasado nada, que… —Sí, está bien, no te preocupes. —Intenta tranquilizarme. Dejo caer mis brazos—. Hugo está bien, no le ha pasado nada. Suspiro. Saber que Hugo está bien me reconforta. Derramo lágrimas de alegría por la noticia, me abrazo feliz a mi amiga. ¡Hugo está vivo y está bien! No veo el momento de besarlo de nuevo. Pero espera, que hay una pieza que no me encaja. —Si has visto a Hugo, le habrás dicho que toda esa gente está detenida, que ya no hay ningún peligro, ¿no? —Asiente con la cabeza—. Entonces, ¿por qué no ha venido contigo? Me dirige una mirada cariñosa llena de tristeza y se muerde el labio inferior. Me está


ocultando algo, algo que no va a gustarme escuchar. Acaricia mis mejillas y ahora me sonríe apenado. —Cuando he visto a Hugo y le he explicado todo lo que ha pasado, ha respirado aliviado, pero cuando le he propuesto que regresara a casa conmigo, se ha negado en rotundo. No he conseguido convencerlo, lo siento. —Pero ¿por qué? —interviene Cris, abriendo las manos—. Ya no tiene nada que temer, Susana está aquí y pueden volver a estar juntos. ¿Dónde está el problema? Mi amiga gira la cabeza de un lado a otro, observándonos a los dos sin tener muy claro por qué su chico y yo nos entendemos con la mirada. —¡Es el puto problema de siempre! —estallo dolida, y me paseo por el comedor, agarrándome del pelo con rabia—. Estoy segura de que el hecho de que su ex apareciera, no ha hecho más que alimentar el miedo que tiene de ser un hombre que no se merece nada. Por eso se esconde de mí. —Vuelvo a sentarme—. Siempre me ha dicho que me merezco a alguien mejor que él, que él solo puede arrastrarme a sus miserias. —Susana, Hugo está hecho una mierda y no solo por todo lo que ha pasado, sino también por algo que me ha dicho. —¿Qué? —lo interrogo intrigada. Cris también presta atención. —Me ha dicho que te has acostado con tu ex. ¿Es eso cierto? —¡Ay, joder, joder, joder! —me lamento, tapando mi rostro con las manos. —O sea, que es cierto —dice con tristeza—. Pues si ya pensaba que era un desgraciado, le has puesto la guinda. —¿Y él cómo lo sabe? —Se lo dijo Rafa. —Desde luego que este ex tuyo es gilipollas perdido —me dice Cris frotándose la frente—. De todas formas, no estaban juntos cuando pasó. Además, Hugo también se acostó con su ex, ¿o me vas a decir que eso no ha pasado? —No lo sé. —¿Cómo que no lo sabes? —Pues eso, que no lo sé —se defiende Jon, encogiendo los hombros—. Hugo no me ha dicho nada. —¡Venga ya! —contrarresta Cris, con ironía—. ¿Me vas a decir que los tíos no vaciláis de las tías que os cepilláis? —¡Cris, por favor! ¡A ver si piensas que yo voy contando por ahí cuando me acuesto contigo! —grita, un poco enfurruñado—. No sé con la clase de tíos que te has acostado, pero te aseguro que ni Hugo ni yo somos vacilones. Jon se ha enfadado por el comentario de su chica, salta a la vista. Siempre están igual. Y yo en medio de una discusión que ni me va ni me viene y que nos distrae del verdadero problema.


—Yo, lo único que sé es lo que me contasteis vosotras —dice Jon, mirándome—. No sé qué habrá pasado entre ellos, créeme Susana. —No importa, Jon. Le preguntaré cuando lo vea —le digo y le pido algo con urgencia al levantarme del sillón—. Dame la dirección de tu casa. —¿Cómo? —Que me des la dirección de tu casa de Boí. —¿Para qué la quieres? —¿Tu qué crees? A Jon le aparece una sonrisa de oreja a oreja y en mis labios aparece otra, no tan enorme, pero con el mismo fin; traer a Hugo a casa. Y si he de arrastrarlo de los pelos, lo haré. Mi amiga coge un bloc de notas, un bolígrafo y se lo tiende a su chico. —Yo es que no la sé —se excusa ella. —Vale, te la doy —me dice mientras apunta la dirección en una de las hojas—, pero tienes que prometerme que vas a dejar de acostarte con tu ex. —Por eso no te preocupes, amor, Rafa ha vuelto a Seattle. Cris sonríe como una niña buena, como si con su afirmación dejase ese tema zanjado. Y lo cierto es que lo está, aunque Rafa no se hubiera marchado, jamás volvería a repetirse un encuentro entre las sábanas. Jon arranca la hoja y me la da. Yo la sujeto con fuerza entre mis dedos. Lo anotado en ese papel tiene que ayudarme a recuperar a Hugo. Ahora, mete su mano en uno de los bolsillos de su pantalón y saca unas llaves. Me las deposita en la palma de la mano. —No vuelvas sin él.


28

Mis padres siempre nos han dicho a mi hermano y a mí que si queremos algo, debemos ir a por ello, agotar todas las posibilidades, intentarlo hasta el final, hasta las últimas consecuencias, eso sí, sin pisotear a nadie por el camino. Que persigamos nuestros sueños, sean cuales sean. Que la vida está formada de sueños y tenemos que hacerlos reales. Y mi sueño es Hugo. Quiero que se haga realidad, que nuestra realidad sea nuestra vida juntos, pero a ver cómo me las apaño, pues es cabezón como él solo y sus temores no ayudan a que vea que la vida no está hecha de culpabilidad. Y mi desliz con Rafa, pues tampoco es que sea de ayuda. ¡Pedazo de cabrón mi ex! Todavía no sé el por qué hice algo así. La voz de la Mari Pepi (dícese de la señora que vive dentro de mi GPS), me anuncia que he llegado a mi destino. Al salir del coche, llaves en mano, enseguida encuentro el número de la casa de Jon. Hay cinco casas pareadas, pero yo solo necesito entrar en una, la número tres. Inspiro y espiro nerviosa, con el corazón a la velocidad de la luz. No quiero encontrarme con un Hugo obcecado, rencoroso y cerrado a cualquier vía diplomática de entendimiento. Vamos, que no quiera ni escucharme. Pero me va a oír. Aunque estoy un poco acojonada por cómo puede desencadenarse nuestro encuentro, tengo el valor suficiente para amedrentarlo y que vuelva conmigo. Hoy tiene todas las de perder. Me tiembla la mano cuando meto la llave en la cerradura. Solo da una vuelta cuando la puerta se abre. Todo está oscuro, a excepción de la poca luz de una lámpara de pie que alumbra la estancia y las llamas que salen de una chimenea encendida. Cierro la puerta despacio y entro sin hacer ruido a lo que parece el salón de la casa. Miro a mi alrededor e intento que mis pupilas se adecuen a la semioscuridad para no tropezarme con nada. Cuando llego al sofá… veo a Hugo. La chimenea está frente al tresillo y en el suelo, sentado, está él. Doy la vuelta para mirarlo y observo que está dormido, con el cuerpo en tierra y la cabeza apoyada en los cojines del sofá. Pero hay algo que no me gusta y es que a su lado, hay una botella de ginebra y un vaso. Al coger la botella, me percato de que está sin abrir y el vaso limpio, sin una gota. Suelto el aire aliviada y fijo mis ojos en el amor de mi vida. Me agacho y me siento a horcajadas sobre él. Sonrío tontamente y le paso una mano por el pelo, pero


parece dormir profundamente, apenas se mueve. Le he añorado tanto. Inclino mis labios sobre su cara y deposito suaves y dulces besos por todo su rostro. No dejo de besar sus rasgos hasta que hace una mueca y abre los ojos. Y es cuando me ve. Y su reacción, no me la esperaba. O quizás sí. ¿Muy precipitado mi atrevimiento? —¿Qué haces aquí? —pregunta, entre sorprendido y enfadado. Se levanta atropelladamente del suelo y ese movimiento me hace caer de culo. Se queda de pie mirándome, con el rostro desfigurado. —Yo también me alegro de verte —contraataco al levantarme. Esto no ha empezado nada bien. Y pinta peor… —Te he preguntado qué haces aquí. ¿Cómo has entrado? —Por la puerta —digo con un poco de ironía, pero mejor me callo—. Hugo, tenemos que hablar. —¡Ah, claro! —brama recorriendo la sala con los brazos en jarras—. ¡Jon! ¡Maldito hijo de…! —¡Eh, no te pases! —le grito y me acerco a él—. Jon se ha vuelto loco buscándote y estaba preocupado, igual que yo. Intento cogerle de un brazo, acariciarlo, pero da un paso hacia atrás. —¡¿Tú preocupada por mí?! —dice lleno de sarcasmo. Se da unos golpecitos en la barbilla con su índice y me mira de malas formas—. A ver, déjame adivinar… ¿estabas preocupada por si seguía vivo y me enteraba de que habías vuelto con tu ex? ¡Zas! Jarro de agua fría. —Hugo no… —Puedes volver con él, hacer lo que te dé la gana, pero déjame en paz —me escupe lleno de odio—. Lárgate de aquí, no quiero volver a verte en mi vida. Se encamina hacia la escalera y sube los peldaños de dos en dos mientras que a mí se me ha quedado cara de idiota. No me ha dejado ni replicarle. Nunca lo había visto tan enfadado, ni siquiera cuando me dejó. Me ha dejado fuera de juego, pero eso no significa que él haya dicho la última palabra. Subo las mismas escaleras que mi chico y me adentro por el pasillo donde hay varias puertas abiertas. Miro una por una su interior y todas, excepto una, son habitaciones. Pero en ninguna está Hugo. Al final del mismo hay otra escalera, que también subo y que va a parar a una buhardilla. Y allí está el hombre más impresionantemente testarudo y bello a la vez, mirando por la ventana del tejado, con los brazos cruzados sobre su pecho. Y está tenso. Señor, dame fuerzas.


Sé que me oye cuando entro, pero no se digna ni a mirarme. Cuando cierro la puerta, siento que la suerte está de mi lado, pues veo que en la cerradura interior está puesta la llave. Un leve clic hace que Hugo se gire y clave sus ojos llenos de enojo en los míos. —¿No te he dicho que te vayas? —Sí, me lo has dicho, pero, como ves, no te he hecho caso —digo toda chula. Me guardo la llave dentro del sujetador—. No he conducido varias horas para irme de aquí sin ti, así que te guste o no, vamos a hablar. Arquea una ceja antes de darse la vuelta y darme de nuevo la espalda. Yo permanezco agarrada al pomo de la puerta. No quiero acercarme a él hasta derretir un poco su furia. —No tengo nada que decirte. —Yo creo que sí, y a menos que quieras meterme mano para recuperar la llave, vas a quedarte aquí encerrado hasta que hablemos y aclaremos todo este embrollo de una vez por todas. Decido aproximarme a él, con pasos pequeños, pero decididos. Cuando me faltan escasamente un par, me gruñe desafiante. —Ni se te ocurra tocarme. —Y me duelen sus palabras. Levanto las manos, obediente. —No quieres hablar conmigo, no quieres que te toque… —¡¿Y por qué no te vas de una puta vez?! —grita al darse la vuelta. En su mirada aparece un atisbo de locura. Me asusto. —Y tú, ¡¿por qué no dejas de gritarme?! Ahora soy yo la que lo amenaza con la mirada. Y así, con nuestros ojos llenos de rabia, nos quedamos en silencio, sin tocarnos, a pesar de la cercanía de nuestros cuerpos. Tengo el corazón acelerado y la cabeza bullendo de la sarta de improperios que le dedicaba de buena gana. ¿Será gruñón, cabezota y guapo hasta quedarte bizca? Relajo mi respiración y a la vez retuerzo mis dedos entre sí. —¿Por qué nunca quieres hablar conmigo? ¿Por qué me mantienes al margen de tu vida? —¡Oh, basta ya, Susana! —dice y se aleja. —¡Basta ya, no! —Pierdo un poco los modales cuando lo cojo del brazo y él no tiene más remedio que mirarme—. ¿Por qué no me contaste lo que estaba sucediendo en vez de dejarme y tratarme como si fuera lo peor que te había pasado en la vida? Cierra los ojos y agacha la cabeza. Aparta mi mano de su cuerpo y va a sentarse en la cama que hay pegada a una de las paredes. Cuando llega a ella, sigue cabizbajo, tapando su rostro entre sus manos. Voy a sentarme a su lado. Le acaricio la espalda, y responde con un respingo, pero no me mira. —Jon me lo ha contado todo, pero me hubiese gustado que confiaras en mí y hubieses sido tú quién me lo explicara.


—¿Igual que tú me has explicado que te habías acostado con tu ex? —me lanza con rencor—. No te molestes en negarlo, él mismo me lo dijo. —¡¿Cómo coño iba a explicártelo si no querías ni verme?! —exploto y me levanto de la cama—. Me he acostado con Rafa, al igual que tú con Érika. Y no hizo falta que a mí me lo dijera nadie, lo vi con mis propios ojos. —Niego con la cabeza, triste—. No te puedes hacer una idea del daño que me hizo verte salir de esa habitación con ella. Recordar esa noche no me hace ningún bien y menos con lo que me espera esta. Hugo está reacio a todo contacto, ya no solo físico, sino también a aclarar todo lo sucedido. No voy a conseguir nada si sigo gritando. Soy la única adulta en esta habitación y me toca poner orden. —¡Oh, vaya! A la señorita le hizo daño —expone de manera hiriente. Se levanta alterado y me mira atormentado—. ¿Crees que para mí fue fácil escuchar como tu ex se recreaba con vuestro encuentro? ¿Cómo me restregó por la cara los gemidos que te provocaba? ¿Que fue el mejor polvo de tu vida? Lo miro horrorizada. ¡Eso no es verdad! ¿Que el mejor polvo de mi vida ha sido con ese impresentable? ¿Me lo está diciendo en serio? Sé que las palabras de mi ex le han herido, igual que a mí, pero el daño ya está hecho. Lo único que podemos hacer ahora es intentar arreglar lo nuestro y que ambos nos perdonemos. Necesito que me perdone. Necesito volver con él. —Hugo, será mejor que nos tranquilicemos y hablemos de todo lo que ha pasado. —Le tiendo mi mano, pero vuelve a sentarse sin rozarme—. Vamos abajo. —Hazme un favor y márchate. Olvídate de mí, olvida que un día me conociste. Sigue con tu vida junto a Rafa… —Mi vida no está con él, sino contigo —le susurro, a la vez que mis dedos se atreven a recorrerle su mandíbula—. Vuelve a casa conmigo, cariño. Olvidemos todo lo que ha pasado estos días y déjame cuidarte. Déjame quererte. —No vuelvas a llamarme cariño, ya no soy nada tuyo. Me aparta la mano con brusquedad después de lanzarme esa negativa tan cortante y con un tono que no deja paso a replicarle. Se acerca a la puerta y mueve el pomo, y al ver que no se abre, lo agarra con ambas manos y comienza a tirar, maldiciendo y perdiendo la poca paciencia que le queda. —Sigues siendo algo mío, eres mi vida y voy a seguir diciéndote cariño siempre que me apetezca. —¡¿Es que no quieres enterarte de nada?! —vuelve a bramar encolerizado, alzando las manos a ambos lados de su cabeza. Yo me tiro hacia atrás en la cama—. No voy a volver contigo. Si me acosté con Érika fue porque quise, porque me apetecía volver a estar con ella. —Eso no es cierto —añado, con voz serena—. Mírame a los ojos y dime que no lo estás diciendo en serio, que con la única mujer con la que quieres estar es conmigo, que me quieres a mí, que este tiempo juntos no ha sido mentira. Solo lo dices para que me aleje de


ti, y no pienso hacerlo. Se queda parado mirándome con una frialdad que me hiela el corazón. Mueve los labios para hablar, para volver a dañarme con sus palabras. —No te quiero, nunca te he querido, ni siquiera sé por qué estaba contigo. No te necesito y quiero que desaparezcas de mi vida para siempre. Después de decirme eso sigue igual de distante y no hay ni un rasgo de arrepentimiento en sus facciones ni en sus palabras. Y mi alma se resquebraja hasta quedar hecha añicos. Me he desinflando por completo y empiezo a flaquear. Un leve mareo me recorre el cuerpo. Clavo mi mirada dolida en su rostro. La barbilla vuelve a su temblor habitual y antes de hacer más el imbécil en esa habitación y delante de alguien que me desprecia y que ha jugado conmigo, decido irme de allí. Cojo la llave que me había guardado dentro de mi ropa interior y abro la puerta. La dejo caer al suelo al bajar las escaleras y salgo de la casa. El aire que me recibe es frío, pero no me importa, ya nada importa. Ya no puedo más. Todo se ha roto. Todo ha servido para nada. Y nada es lo que me queda. Cuando llego a mi coche, me permito llorar a moco tendido con la cara aplastada sobre el techo del vehículo. Ni siquiera noto que está helado. Estoy tan hundida en mi llanto que apenas escucho unos pasos que se acercan a mí, que unas manos se posan en mi cintura, que un cálido aliento me habla pegado a mi oreja. —Nena… —¡No me toques, maldito cabrón! —le chillo al revolverme entre sus brazos, pero no me suelta—. ¡Suéltame, hijo de…! Lo que hace es darme la vuelta y apresar mis labios contra los suyos en un beso que ambos necesitamos con desesperación. No opongo ninguna resistencia cuando su contacto me hace estremecer y me dejo llevar por su caricia. Rodeo su cuello de una forma posesiva, igual que él lo hace con mi torso. Al separarnos, noto como mis lágrimas se han mezclado con las suyas. —Perdóname, Susana. Perdóname por todo lo que acabo de decirte, por hacerte daño, por mentirte… por todo. —Se abraza a mí y esconde su rostro en mi cuello. Solloza—. Me estoy volviendo loco, todo esto me está destrozando. No te rindas conmigo, por favor, no lo hagas, no te rindas… Rodeo su cuerpo con mis brazos y dejo que se desahogue todo cuanto necesite. Yo no digo nada, no sé qué decir. Ahora ya no lloro. Ahora me limito a consolarlo, a dejar que sea él el que llore y se libere. En silencio. Al cabo de unos minutos, en los que parece tranquilizarse, se despega de mí y me mira con los ojos enrojecidos. Me gustan los sentimientos que se reflejan en ellos, pero hay una tristeza infinita. Limpio sus mejillas con mis pulgares. —No sé cómo gestionar todo lo que ha sucedido. Mi pasado ha vuelto para encargarse de mí, para destruirme de nuevo. —Ese pasado ya no existe, Hugo. Se acabó.


—Me siento perdido. Tengo miedo. He hecho tantas cosas mal… —Shhh. No has hecho nada mal y no debes de temer nada. Ya no. Volvamos dentro, tenemos que hablar. Asiente cansado con la cabeza mientras tomo su mano y deja que lo guie hacia el interior de la casa. Una vez dentro, le indico que se siente en el sofá y yo lo hago a su lado. La chimenea continúa encendida. Me observa algo más relajado, aunque sus ojos todavía están bastante afectados. Una timidilla sonrisa aparece curvando sus labios. Pasea sus dedos por mis cortos mechones. —Te has cortado el pelo. Me fijé el otro día, en el bar, pero no te dije nada. Te queda muy bien. Estás preciosa. Siempre lo estás. —A Cris se le fue un poco la mano —digo, también sonriendo, aunque pronto se me corta el gesto y me pongo seria. Los ojos se me empañan—. No sabes el miedo que he pasado. Pensé que nunca más volvería a verte, que no volvería a estar entre tus brazos, que te había perdido para siempre… No puedo retener las lágrimas y caen sin control mientras que, en un vano intento, las oculto en su cuello. Hugo me abraza cariñosamente, pero detecto que también hay un poco de miedo en esa caricia. —Yo también estaba muy asustado. Te he echado tanto de menos —susurra en mi oído. —Yo también te he extrañado —le confieso. Nunca sabrá cuánto—. Cuéntame qué pasó con Érika. Suspira. Me da un beso en la frente. —Necesitaba saber quién le había suministrado la droga a mi hermana, así que me encontré con mi antiguo camello, aquel del que se encaprichó. No me resultó muy difícil dar con él, es un animal de costumbres. Estaba algo colocado, así que cantó como un pajarito y me dijo que fue Érika, que las había visto juntas en una fiesta pasándole un sobrecito un tanto sospechoso. —¡Oh, Dios mío! —exclamo, con las manos tapando mi boca—. ¿Y dónde encontraste a tu ex? —El camello no largó mucho más y me quedé con ganas de saber dónde estaba. La gente como ella no se queda mucho tiempo en un mismo sitio y por mucho que preguntes, nadie te dice nada. —¿Y entonces? —Me encontró ella a mí —añade, arrugando los labios—. Esa misma noche vino a verme al club y me quedé de piedra cuando me propuso que se lo dejara para sus negocios. No podía creer que fuese ella la persona que estaba detrás de todo lo que había pasado, así que como no podía ponerme en evidencia y fastidiar la operación de Jon, le dije que la buscaba porque me había enterado de lo que hacía y quería que utilizara el club. —¿Y llegasteis a un acuerdo así, sin más?


—Bueno, no exactamente. —Me mira directamente a los ojos—. Me enseñó unas fotos donde aparecías tú. —¡¿Yo?! —exclamo entre sorprendida y aterrada—. ¿Me ha estado vigilando? —Sí —afirma con pesar. Acaricia mis mejillas—. Me dijo que si iba a la policía o me rajaba con el acuerdo, te mataría. Abro los ojos desmesuradamente, asustada ante sus palabras y el cuerpo empieza a temblarme. Esa loca me ha estado vigilando, vete tú a saber durante cuánto tiempo. Ha sabido todo de mi vida; cuando entro, cuando salgo, adónde voy, con quién… El corazón me late desbocado. Podía haberme matado en cualquier momento y no solo a mí, sino también a Hugo. —Te pusiste en peligro. —¿Y qué otra cosa podía hacer? —argumenta, encogiéndose de hombros—. Jon me prometió que te protegería, que no te pasaría nada. —¡Pero podría haberte pasado a ti! —Tranquila, Susana, ya no puede hacernos daño —murmura suavemente. Me abraza a su cuerpo. —¿Tú estás bien? —pregunto, al alzar la cabeza y lo miro con detenimiento—. Dime que esa loca no te ha hecho daño. —Me importa que no te lo haya hecho a ti. No me lo habría perdonado en la vida. Entrelaza sus dedos con los míos y se queda observándolos. Me gusta ver que de nuevo están unidos, pero sé que todavía queda mucho que aclarar y, sobre todo, perdonar. Le alzo la barbilla con el índice y el pulgar y me quedo embobada en sus labios. —¿Qué pasó la noche del incendio? —Aquella noche era la del reparto, todo estaba listo y todo fue bien, pero uno de los camellos se puso a discutir con Érika. Ella perdió los nervios y sacó una pistola. Se fue directamente hacia el tipo y yo me puse en medio. —¡¿Qué?! —Lo miro espantada—. ¡¿Estás herido?! —Estoy bien —me dice tranquilo, pero no le hago caso e inspecciono su cuerpo—. ¿Sabes que me encanta que me metas mano? —No tiene gracia, Hugo —lo regaño enfadada—. ¡Ah, aquí está! Al subirle la manga derecha del jersey veo un vendaje en el brazo. A simple vista no parece muy aparatoso, pero la sensación de impotencia es la misma. ¡Joder! —¿Lo ves? No es nada, solo un rasguño. —¿De verdad que solo es un rasguño? —Arrugo el entrecejo no muy convencida. —De verdad —prosigue con su relato de terror—. Como te iba diciendo, Érika se volvió loca e hirió a todos los que estábamos allí. Se formó tal alboroto que no sé cómo se inició el fuego. Solo recuerdo las llamas y que pensé en que tenía que salir de allí.


—¿Cómo lo hiciste? —En el sótano, hay una puerta trasera que solo conozco yo. Todos los recuerdos son algo borrosos por el humo, pero conseguí salir del club. Me quedé tirado en la acera unos minutos, intentando respirar. Esa noche cogí el coche de mi hermana para ir al club, así que cuando me recuperé, me puse tras el volante y escapé. —¿Por qué no nos llamaste para decirnos dónde estabas? Estábamos muy preocupados. —No podía poneros en peligro sin saber qué había pasado con toda esa gente. No podía arriesgarme. —¿Y luego? —Mi voz suena con un tono de frialdad—. ¿Por qué cuando Jon fue a buscarte no volviste con él? Hugo sacude la cabeza y cierra los ojos con fuerza. Se abraza a mi cuerpo con cobardía, igual que un crío cuando no quiere que lo castiguen. Sabe que sé el motivo por el cual no vino a casa, pero no me apetece pegarle una regañina por mantener sus miedos en primera línea. Aunque se la merece. —Hugo, estoy aquí para ayudarte. —Se aferra más a mí—. Cariño, mírame, por favor. Me obedece a regañadientes, pero cuando abre sus ojos, los sentimientos que expresan son de culpa y más culpa. Todo es culpa suya. —No me he acostado con Érika —declara con rotundidad— La noche que nos viste, solo estuvimos hablando. No pasó nada entre ella y yo. Dejé que creyeras lo que no era porque necesitaba alejarte de mí. Necesitaba ponerte a salvo de toda mi mierda, pero te juro que entre ella y yo no ha habido nada. Me quedo con la boca abierta y mi rostro debe de reflejar todas las expresiones contradictorias habidas y por haber. Siento una inmensa alegría al saber que no se ha acostado con ella, pero por otro lado, me siento el ser más miserable y más gilipollas de la humanidad. Yo sí que me acosté con Rafa y todavía no sé el motivo, quizás porque me encontraba sola, me sentí dolida cuando vi a Hugo en compañía de Érika… no lo sé. Lo cierto es que he hecho daño al hombre que amo por una cuestión de rencor o porque soy una estúpida sin remedio y no voy a ser capaz de perdonármelo jamás. Y Hugo, menos. ¿Habría sido más fácil que Hugo y ella hubiesen compartido cama? ¿Me sentiría mejor? Escondo mi cara en su pecho, abochornada, avergonzada y con un remordimiento aterrador y por el cual iré derechita al infierno. Cierro los ojos y trago todos los nudos que se me han aferrado a la garganta. Hugo sumerge sus dedos entre mi nuevo corte de pelo y los desliza con lentitud por mi nuca. Mis ojos vuelven a su estado de lagrimeo. —Yo sí he estado con Rafa —confieso. Vaya novedad. —No me lo recuerdes —añade con rabia—. Ojalá le hubiese partido la boca cuando me lo dijo. Cada vez que pienso en que te ha tocado, que ha estado dentro de ti… —Lo siento mucho, Hugo… —me disculpo entre sollozos—, lo siento mucho. No quería hacerte daño. Intento levantarme de su regazo, necesito salir de allí. Puede que me haya contado todo lo sucedido, pero eso no cambia que me vaya a perdonar mi desliz. Así que es mejor


dejarlo todo ahora, tal y como está. —¿Qué haces? —pregunta serio, aferrando sus manos a mi cintura. —Suéltame, me marcho —contesto con las mejillas empapadas. Hugo sigue sin soltarme. —No vas a ir a ningún sitio. —Me limpia el rostro con las mangas de su camiseta—. Me has hecho daño, Susana, pero yo también te lo he hecho a ti. Todo lo que ha pasado se nos ha ido de las manos y nos hemos herido sin tener en cuenta las consecuencias, así que si tú me perdonas, yo también te perdono. —Claro que te perdono —contesto, enseguida. —Prométeme que no vas a volver a ver al doctor macizo nunca más. Sonrío al escuchar como nombra a Rafa. Hugo ladea la cabeza y me mira enarcando las cejas. —Te lo prometo. —Asiento dejando de reír. Rodeo su cara con mis manos—. Entonces, ¿volvemos al punto donde lo dejamos? ¿Dónde solo existimos tú y yo? —No es tan fácil, Susana —replica apartando mis manos. —¿Por qué no? —pregunto asustada—. ¿No me has dicho que me perdonas? Ahora es Hugo el que se aparta de mi lado, dejándome sentada en el sofá, sola, desconcertada. Camina por el pequeño comedor y se arrodilla frente a la chimenea. Se queda unos segundos en silencio, admirando las llamas. —Estás perdonada y quiero zanjar ese tema —habla de nuevo con ese tono de rudeza —, pero tienes que entender que esa mujer me hizo daño en el pasado y me lo ha vuelto a hacer ahora. Me lo ha quitado todo, ya no me queda nada. Me levanto y camino hacia él, hasta que llego a su espalda. Pongo las manos sobre sus hombros tensos y lo acompaño en su posición. Le rodeo la cintura con mis brazos y beso su nuca. Noto como se le eriza la piel. Doy la vuelta y me quedo frente a él. Lo miro a los ojos. —No digas eso. Me tienes a mí. Nos tienes a nosotros. —No puedo ofrecerte nada, Susana. —Niega con la cabeza—. Todo lo que tenía se lo llevó el incendio y no sé cómo voy a hacer para poder abrir de nuevo el local. El seguro no pagará ni la mitad de lo que valga levantarlo de nuevo, y lo que tengo ahorrado no llegará ni para una bombilla. —Sonríe con tristeza—. Te quiero muchísimo, Susana, pero no puedo darte la vida que te mereces. Bueno, ya estamos con lo mismo de siempre. Me hierve la sangre cada vez que sale con esa cantinela. Es tan cansino, que voy a tener que ponerlo en su sitio de una vez por todas. Me pongo de pie y me quedo mirándolo desde mi postura, con los brazos en jarra. Hugo me mira desde abajo e imita mi movimiento. —Escúchame, Hugo, y escúchame bien porque no te lo voy a volver a repetir. —Alza las cejas impresionado ante mi petición—. Te quiero y ni tu pasado ni nada de lo que digas va a hacerme cambiar de opinión con respecto a mis sentimientos. —Tomo su rostro entre


mis manos. Lo miro con determinación—. No se trata de lo que tú no puedes, sino de lo que podemos hacer nosotros. Así que ese es el plan y no vas a estropearlo. Mañana volveremos a casa y vas a dejarte ayudar para volver a abrir tu local. Vas a empezar de nuevo, pero esta vez conmigo. —Yo no quiero esto para ti. —Se señala a él mismo—. Ya no. —¡Eres un puto cabezón, Hugo! —lo increpo, a lo que él se sorprende. Da un paso atrás —. ¿Por qué siempre estás con lo mismo? ¿Es que no puedes disfrutar de lo que tenemos? ¡No, claro que no! —grito, gesticulando con los brazos en el aire—. El señorito siempre tiene que ser el malo de la película. ¿Te gusta ese rol, Hugo? —pregunto, enfadada—, porque a mí no y me canso de luchar sola para que lo que tenemos funcione. Pero tú prefieres ser un tozudo, un cobarde, un puñetero… —¡¿Te quieres callar de una maldita vez?! Estalla fuera de sí y ese grito me acojona. Me hago pequeñita. Él parece un león enjaulado, paseando furioso por la sala, despeinándose con muy mala leche y maldiciendo bajito, pero lo oigo y no voy a reproducir esas palabras soeces. Cuando se gira, me mira echando humo por los ojos y se aproxima a mí de una sola zancada, pero no me toca. —¿Has terminado ya de gritar? ¿De insultarme? ¿De ser una insolente? —masculla con la mandíbula apretada. —Sí. —¿Qué más puedo decir? —Bien. Y con esa furia que emana todo su cuerpo, me empotra contra la pared y toma mi boca con rudeza, dañando mis labios con una sensualidad que me vuelve loca. Gimo descarada al acercarme más a su piel y es cuando él rompe nuestro beso. Deja apoyada su frente contra la mía. —¿Por qué, Susana? ¿Por qué quieres esto? —Hugo —pronuncio, cansada. Separo su rostro del mío y miro sus ojos atormentados —, ¿todavía no entiendes que te quiero? ¿Que eres lo único importante en mi vida? ¿Que haría cualquier cosa por ti? ¿Que quiero estar toda mi vida a tu lado? —Yo solo quiero mantenerte a salvo. Solo quiero que seas feliz —susurra. —Solo soy feliz si tú estás conmigo —le confieso pegada a sus labios—. Prométeme que siempre va a ser así, que vas a estar siempre. Se queda mirándome embelesado y empieza a besarme la cara para recrearse, segundos después, en mi boca. Ahora me besa con lentitud, como si el beso de antes no hubiese existido, como si hubiese olvidado la forma, el sabor de mi boca y quisiera recordarlo, grabárselo a fuego en el corazón. —Prometido —responde y sonreímos—. Te quiero, Susana, siempre voy a quererte. Pase lo que pase. —Se muerde el labio inferior—. No quiero perderte. —No vas a perderme. —¿Tendré suficientes años para quererte como te mereces? ¿Para que me perdones?


—Humm. —Tuerzo los labios—. Solo necesito que estés a mi lado todos esos años y que me hagas el amor cada día. —¿Una vez al día? Eso está chupado. —Me encanta el Hugo chulito y travieso. Ahora sonreímos mucho más relajados. Me alegro tanto de que todo haya pasado, de que vuelva a estar junto a mí. Me maravilla volver a verlo sonreír. —¿Puedo hacerte una pregunta? —me interroga un poco serio cuando me arrastra hasta el sofá y me sienta sobre sus rodillas. Yo asiento—. ¿De verdad fue el mejor polvo de tu vida? Porque estoy dispuesto a desbancarlo. —Me gusta cuando te pones gallito. —Suelto una carcajada—. Creo que el mejor polvo de mi vida está por llegar, así que empléate a fondo, machote, que yo también te voy a dar el tuyo. Y vuelvo a acercarlo a mis labios. A mi cuerpo. A mi alma. A mi vida.

****

Por la mañana soy la primera en despertarme. Y lo primero que ven mis ojos es la silueta de mi adonis, que duerme relajado. No puedo mantener las manos quietas, así que empiezo a acariciar su pelo y su rostro con sumo cuidado de no despertarlo. Sonrío como una tonta, pero feliz de saber que está vivo, de que ha vuelto conmigo y de que ojalá la charla de anoche sirva para dejar todo esto atrás. Lo necesita. Lo necesitamos. Después de besarnos, de acariciarnos, de amarnos en el sofá, subimos a la habitación abuhardillada. En la cama, Hugo me abrazó y con sus besos, con su cuerpo desnudo, con él dentro de mí, se me borró todo lo malo que había pasado y no pude más que disfrutar de aquello. Me levanto de la cama después de dejar un beso en la punta de su nariz. Bajo despacio los escalones de madera, algunos crujen estrepitosamente y temo que Hugo se despierte. Necesita descansar. Cuando llego al salón recojo su camiseta y me la pongo. Me encanta su olor. Voy a la cocina a preparar el desayuno. A la una del mediodía. Estoy haciendo unas tostadas de pan de molde cuando oigo gritos. —¡Susana! ¡Susana! —¡Estoy en la cocina! Veo aparecer a Hugo, que baja los escalones de cinco en cinco y tiene el rostro descompuesto. Cuando llega a mi altura, se aferra a mi cuerpo con fuerza. A mí solo me da tiempo de encender la cafetera cuando paro el arrebato de mi chico. Por cierto, va completamente en bolas. Calor, calor y más calor. —Creí que lo había soñado —me dice, y después me besa—. No estabas en la cama y


pensé que te habías ido. —¿A dónde voy a ir sin ti? —Sonrío, revolviendo más su pelo—. Y tú tampoco te vas a volver a separar de mí. —Ni loco —añade, acercándome más a su cuerpo para besarme el cuello. —Así me gusta, que seas obediente —digo con una sonrisa burlona—. Anda, ve a ponerte algo de ropa. —Llevas mi camiseta —dice, picarón. —¿Quieres que me la quite? —le insinúo. —No seré yo quien te diga que no. Sabes que me vuelve loco verte sin ropa. Me besa con una ternura que me desarma y tengo que darle un cachete en el culo para que se aleje y se vista. Me mira con recochineo y recoge sus tejanos del suelo. Pero joder, no ayuda que se haya dejado el botón de arriba desabrochado, así como que también lleve el pecho descubierto. Termino de colocar las cosas sobre la mesa. Dejo las tazas de café y saco las rebanadas de pan del tostador. —¿De dónde ha sacado Jon esta casa? Es muy bonita. —Se crio aquí, con sus tíos. —¿Con sus tíos? —Sí. Los padres de Jon murieron en un accidente de tráfico y él se quedó a cargo de la hermana de su madre y su marido. Creo que apenas tenía dos añitos. —¿Así que Jon también es adoptado? —Asiente mientras sopla el café. Me quedo sorprendida—. No tenía ni idea. —Fue feliz en esta casa con su familia. Si te contara la de fiestas que organizábamos cuando sus tíos se iban. —Y se pone a reír recordando viejos tiempos. —¿Fiestecitas? ¿Con chicas? —Hugo asiente con esa sonrisa seductora—. Pues espero que no te acostaras con ninguna en la cama de la buhardilla. Se queda callado. Me mira fijamente y se muerde los labios, conteniendo una risa que tiene como premio un guantazo con el paño de la cocina. —¡Auu! —Y de pronto me doy cuenta de que le he pegado justo en la herida. —¡Perdona, cariño! —Voy a su lado y le miro la venda atemorizada— ¿Te he hecho daño? No quería lastimarte. ¡Joder! Si es que soy una bruta. —No, no me has hecho daño —ronronea al meter sus manos por debajo de su camiseta, que llevo puesta—. ¿Tan pervertido me crees como para acostarme con una chica en la casa de los padres de un amigo? —Te has acostado conmigo, así que sí, eres un pervertido. Reímos y consigo separarme de su contacto para poder continuar con nuestro desayuno. Aunque de buena gana me desayunaba yo a mi chico. ¡Mi chico!


—Nena, ¿puedo preguntarte algo? —Claro —digo mientras unto una tostada con mantequilla. —Verás, es que… —empieza susurrando, pero sin mirarme. —Cariño, ¿qué pasa? —Le alzo la barbilla y lo miro con el ceño fruncido. —No sé cómo decirte esto. —Hugo, sea lo que sea lo que te preocupa, lo arreglaremos. —Eso espero —comenta. Se frota la cara con las manos algo temblorosas—. Vale, allá voy. —Carraspea—. ¿Sigue en pie lo de irme a vivir contigo? Abro los ojos como platos, y como la ley de la gravedad y la de Murphy se alinean estratégicamente para hacer de las suyas, o lo que es lo mismo, que son unas cabronas, la tostada se escurre de mis manos y cae al suelo… ¡del lado de la mantequilla! Pero ahí se queda, ya la recogeré más tarde. Ahora tengo algo mucho más importante entre manos. Me abalanzo sobre él para colmarlo de besos suaves, dulces, apasionados, descarados. Tengo que decirle a mi chico que sí, que sigue en pie. Y que cuando lleguemos a casa, será nuestra casa. Decirle a mi chico que lo quiero más que a cualquier cosa en el mundo. Y que él me lo diga también. Decirle a mi chico que vuelva a meterme en la cama. Ya cenaremos.


29

Unos meses más tarde…

—¡Tita, tita! El tito dice que bajes a ayudarlo con el carro. —¿Con el carro? Pero si solo tiene que meterlo en el maletero. —Pues no puede —añade, y se encoge de hombros. —Anda, ve y ayúdalo antes de que lo detengan por escándalo público —dice Cris riendo. —Ya bajo. Me despido de madre e hija, pero antes de que pueda darle un beso a mi amiga, me susurra en el oído. —Todo va a salir bien esta noche. —Y me guiña un ojo todavía sonriendo. A ver si es verdad. Cuando llego a la calle, la escena que presencio es dantesca. —¡Maldito cacharro! ¡No vas a poder conmigo! —Hugo lucha contra el carrito de bebé, que le habla y lo zarandea como si así lo fuese a entender. Tengo que reconocer que la paciencia no es una virtud de mi chico. —¿Se puede saber qué estás haciendo? Lo acabarás rompiendo —digo al acercarme y le quito el cacharro de las manos—. ¿Por qué lo has abierto? —¡¿Yo?! —exclama, señalándose a sí mismo—. He ido a meterlo en el coche y no cabe en el maletero. Cuando lo he sacado, se ha abierto. —No has tocado esta palanquita de aquí, ¿verdad? —le pregunto indicándola con el dedo. —No —niega categóricamente, pero la ha tocado, estoy segurísima—. Con lo que valen estas cosas, ya podrían tener un cierre fácil, no sé, un mando a distancia como los coches. —Deberías ir entrenando para cuando tengamos un hijo.


Acabo por cerrar el cochecito y sí, cabe en el maletero. Hombres… —¿Quieres tener hijos? ¿Conmigo? —¡No, por Dios, contigo no! —exclamo irónica. Cierro el maletero y lo miro divertida —. Creo que se lo pediré a Jon, con lo bueno que está, seguro que hace unos hijos guapísimos. Me muerdo los labios para no desternillarme de la cara de perplejidad que se le ha quedado a mi chico, pero es inútil y me río a pierna suelta. —Eres mala, ¿lo sabías? —me dice cogiéndome de la cintura y aproximándome a su cuerpo. Rodeo su cuello con mis manos, encantada. —Pues claro que quiero tener hijos contigo. —¿Crees que llegaré a ser un buen padre? —Serás un buen padre y tu hijo estará orgulloso de ti. —Me pongo de puntillas para besar sus labios—. Será mejor que nos vayamos, se hace tarde y tenemos muchas cosas que hacer. Nos metemos en el coche y vamos dirección al hospital. Vamos a ver a nuestra primita nueva, la hija de Manu y Eva. Sí, al final han tenido una niña. Otra para Manu. Pero está feliz, pletórico, y mi compañera también. No fue un parto fácil, se pasó horas antes de dar a luz, pero finalmente Julia nació por cesárea. Cuando entramos en la habitación, la radiante pareja nos sonríe encantada. —Mira, Julia, quién ha venido a verte. —El alegre padre viene a recibirnos con la pequeña en brazos. —¡Ay, Dios, si es preciosa! —digo a la vez que se la quito a Manu de los brazos. —¿Qué tal está la mamá? —Escucho que pregunta Hugo y se acerca a Eva. —Mucho mejor ahora que ha nacido. —Le da un beso a mi chico—. La nochecita que me ha dado la puñetera. —Eva, no hables así —la regaña el orgulloso papá—. ¿Quieres cogerla un rato, Hugo? El susodicho se pone firme y me mira nervioso, negando con la cabeza. Palidece por momentos cuando me ve aproximarme a él. —Espera, mejor me siento, no vaya a ser que se me caiga. Todos nos reímos, a excepción de Hugo. Le pongo la niña en el regazo y la coge con sumo cuidado. Empieza a sonreír. Y a mí también me hace curvar mis labios hacia arriba y sin querer, se me empañan los ojos. —¿Y ese carrito? —señala Eva. —¡Qué despiste! —Me llevo las manos a la cabeza—. Es nuestro regalo. —¿Os habéis vuelto locos? Susana, te dije que me lo compraban mis hermanos. —Lo sé, pero hablé con ellos y aceptaron el cambio.


—¡Serán tacaños! Estos, con tal de ahorrarse unos eurillos, son capaces de cualquier cosa —murmura entre dientes—. Os habéis pasado, estas cosas valen un pastón. —Eso no es lo peor —dice Hugo mirando a la niña embelesado—. Vais a tener que hacer un cursillo acelerado de cómo cerrar esa cosa. Yo creo que las arma el diablo. —Sobrino, te olvidas de que yo ya tengo otra hija y sé cómo funcionan estas cosas. — Le recuerda Manu, empujando el carrito—. Te queda muy bien el bebé.

****

Abro la puerta del baño y veo a mi chico bajo los chorros de agua, que no destensan sus músculos. Lleva todo el día tenso, inquieto y no es para menos. Esta noche es la inauguración del local, del nuevo local de Hugo. Y es que se ha desvivido por volver a levantarlo después del incendio. Por suerte, no quedó muy maltrecho y el seguro pagó una parte, pero con eso no se cubrían ni la mitad de los daños. Contando el dinero del seguro, el que Hugo tenía ahorrado y lo poco que pude ayudarlo yo, con todo y con eso, faltaban casi treinta mil euros. Pero los consiguió, aunque nos costó una buena bronca. Los padres de Hugo vendieron un caserío que era de su abuelo y repartieron el dinero entre sus hijos. Cuando mi chico vio el talón, casi le da un ataque. Se puso como una moto cuando se enteró de que hablé con sus padres. Solo les dije que teníamos dificultades para abrir de nuevo el local. Y enviaron un cheque por ese importe. Me supo muy mal que se tuvieran que deshacer de algo tan sentimentalmente valioso, pero me dijeron que era una idea que llevaban rondando un tiempo. No sé si lo dijeron de verdad. La cuestión es que ese hecho me costó que Hugo estuviera tres días sin hablarme. Pero entró en razón. Han sido meses muy duros, en los que Hugo ha trabajado mucho. Y hoy, es la recompensa por tanto esfuerzo. Me desnudo y tiro la ropa. —Hola, nena. —Hola —susurro y beso su espalda—. ¿Estás bien? —Sí —dice dándose la vuelta y queda frente a mí—. Solo un poco nervioso. Espero que todo salga bien. —Todo va a salir bien. Has hecho un buen trabajo. —No lo habría conseguido sin ti. —Retira el pelo mojado de mi cara. Me mira fascinado—. Me has ayudado mucho y no solo con el local. Estos meses han sido los mejores de mi vida, y te lo debo a ti. Has hecho que vuelva a confiar en mí, que vuelva a creer que soy capaz de conseguir lo que me proponga. —Todo eso lo has hecho tú solo, yo simplemente he permanecido a tu lado. —Con mis manos en su nuca, le beso los labios—. No sabes lo orgullosa que estoy de ti. Apresa mi cintura para acercarme a su cuerpo y vuelve a besarme. Me encanta cuando


me besa de esa forma posesiva, pero a la vez llena de cariño y del amor que ambos sentimos por el otro. Inclina sus labios para deslizarlos por mi cuello empapado, muerde el lóbulo de mi oreja despacio y regresa a mi boca para acariciarla con la suavidad de su lengua. Me abrazo a él mientras me empuja contra la pared y mete sus manos por entre mis nalgas para subirme a su cuerpo y penetrarme de una sola estocada.

****

—¿Ya se lo has contado? —pregunta mi amiga con un codazo. —¡Ay! —me quejo y me acaricio el costado dañado—. No, todavía no le he dicho nada. —¿Y a qué estás esperando? —dice, ahora, Antoinette. —Joder, chicas, no he tenido tiempo. —Pues de esta noche no puede pasar, prima —me regaña Leo. —Esta noche se lo digo, os lo prometo. Estamos las cuatro sentadas en una mesa del club, esperando a que nos sirvan algo de beber. El local ha abierto sus puertas hace unos minutos, en los que Hugo ha aprovechado para agradecernos a todos el soporte que ha recibido. Unas palabras muy sentidas y valoradas por todos los asistentes. Jon y Hugo están detrás de la barra, sirviendo copas sin parar y las personas que ya tienen la suya, se dedican a picotear del catering que hemos encargado. Pilar está con ellos. Mis padres se han quedado en casa con Valen, y no sé quién está más encantado, si la niña o sus iaios. Hace un par de semanas conocí a los padres de Hugo, así como también a su hermana. Gemma salió del centro y sus padres quisieron estar con ella. Alonso y Maitane son unas personas increíbles, buenas, con un corazón enorme y que quieren y se desviven por sus hijos. Ha debido de ser muy difícil para ellos manejar todo lo ocurrido con Gemma y Hugo. Pero todos lo están superando. Ahora solo queda seguir adelante. Por su parte, la hermana de Hugo, mi cuñada, es algo introvertida. Vino a casa a cenar y parecía asustada, supongo que por todo por lo que ha tenido que pasar. Aunque tenía unas ojeras un tanto pronunciadas y algo baja de peso, Gemma es una chica muy atractiva. Es rubia, con el pelo rizado, y unos ojos verdes preciosos, pero tristes. Muy tristes. Esa noche también vino Jordi, mi hermano, que conoció a mi novio. Enseguida congeniaron, pero, claro, hablando de fútbol no necesitan nada más. Jordi ha venido para quedarse, ¡por fin! Su empresa ha abierto una delegación en Barcelona y él ha venido para gestionarla. Vamos, de presidente. Y está de un guapo subido… por supuesto, no soy objetiva. Aunque tengo que hacer una puntualización a favor de mi hermano, y es que hizo reír a Gemma por primera vez en toda la noche. Creo que han hecho buenas migas e incluso han venido juntos al club. —¡Hola, hermanita! —dice mi hermano mientras se acerca a nuestra mesa. Nos saluda


a todas. —¡Hola, manito! —Lo abrazo y beso en las mejillas a mi cuñada—. Chicas, os presento a Gemma, la hermana de Hugo. Todas se levantan y la saludan, encantadas de conocerla después de escucharnos hablar tanto de ella. —Deja que te vea bien —habla Antoinette, que la mira arqueando las cejas—. La verdad es que no te pareces a tu hermano. ¡Ups! —¿A que no? Ella es mucho más guapa —señala mi hermano, que le guiña un ojo a Gemma. Ella sonríe con timidez. Jordi sabe esa parte del pasado de Gemma y Hugo, pero no todo. —¡Ya estoy aquí! Grita entusiasmado Hugo, que viene hacia nosotros y nos besa a todos, a excepción de mi hermano, que le choca la mano y a mí que me besa con descaro. Lo siguen Jon y Pilar, que aparecen con un par de botellas de cava y unas copas. Cuando Hugo va a llenar la mía… —Yo prefiero un zumo —murmuro, intencionadamente, pegada a su oreja. —¿Un zumo? No puedes brindar con zumo. —Hugo, no quiero beber cava, no me apetece. —Venga, nena, solo un culillo. —Que te he dicho que no. Me sostiene la mirada y arruga la nariz. No está entendiendo nada. —¿Qué te pasa? ¿Estás bien? —Ven, cariño, tengo que contarte algo. Lo llevo de la mano hacia su despacho, que está en el mismo sitio que antes, la planta de arriba. Cuando llegamos saco de mi bolso un sobre y se lo paso. —Toma, es para ti. —¿Qué es? —pregunta mirando el sobre. —Un regalo. —¿Un regalo? ¿Para mí? ¿Por qué? ¿No será otro cheque de mis padres? —Tú ábrelo y no hagas tantas preguntas. Frunce el ceño y lo coge entre sus manos. Lo abre y saca la hoja que hay en su interior. La lee en voz alta. Se invita a Hugo Casanova a asistir a las clases de preparación al parto… Deja de leer y levanta el rostro. Me contempla con los ojos abiertos de par en par.


Luego vuelve la mirada al papel, otra vez a mí, y así durante unos segundos. —¿Preparación al parto? ¡Preparación al parto! Deja caer el papel sobre la mesa y me sonríe como nunca antes lo había visto. Menos mal que lo ha entendido.


Epílogo

Dos años después…

—Si me llegan a decir hace un tiempo, que iba a encontrarme en esta situación, me hubiese reído. —Las personas tenemos la habilidad de cambiar las vidas de otras personas, para bien o para mal, aunque en tu caso, ha sido para mejor. —He tenido mucha suerte. —Sonrío—. Pero sigo sin entender qué es lo que he hecho bien para merecer todo esto. —Te mereces todo lo bueno que pueda pasarte. Y lo que tienes entre las piernas es lo mejor de todo. Miro hacia abajo. Sí, tiene razón. Nunca lo habría imaginado. —Tú también, dentro de poco, tendrás a tu hija. Otra mujer en casa. —Tres mujeres en casa. No sé si podré soportarlo. Reímos. Cris está embarazada de cinco meses. Me levanto un momento para coger el bote de protector solar. —¡Tito, Jan se está comiendo la arena! Abro los ojos exageradamente y dejo caer el tubo sobre la toalla. Me planto delante de mi hijo y le abro la boca para limpiársela. —Pero ¡¿te has vuelto loco?! ¿Qué quieres, que tu madre me corte los cataplines cuando te vea llegar a casa sin dientes? Jan se ríe. O más bien, se carcajea. Tiene la misma sonrisa que su madre. —Sí, claro, tú ríete, como los tuyos no corren peligro. Busco en la bolsa el biberón de agua y se lo doy a Jan, que lo coge con sus manitas y bebe. Debe ser que la arena da sed. Y debe ser que le gusta más la arena que la fruta, porque esa sí que la escupe, sí. —Será mejor que nos vayamos. Jon se levanta y toma de la mano a Valentina mientras recogen sus cosas y yo hago lo propio con lo mío. Hemos pasado los cuatro la mañana en la playa mientras que nuestras chicas han llevado al aeropuerto a Antoinette y Leo, que marchan a Argentina de vacaciones. —Nena, ya estamos aquí —grito al llegar a casa. —Hola, chicos —dice y viene a saludarnos. Me quita a Jan de los brazos y él patalea,


feliz—. ¿Cómo se lo ha pasado mi hombrecillo en la playa? El hombrecillo balbucea y menos mal que no sabe hablar y contarle que se ha comido la mitad de la arena de la playa. —Y mi hombretón, ¿qué tal ha ido la mañana? ¿Jan se ha portado bien? Me abraza por la cintura y me besa los labios. El pequeño nos pega manotazos en la cara para que nos separemos. Es un celoso de cuidado.

Después de acostarlo para dormir, me acurruco junto a mi chica en el sofá, pero poco puedo aprovechar el momento, pues el timbre de la puerta nos lo estropea. —¿Qué hacéis vosotros aquí? —pregunto con el ceño fruncido. No me gusta lo que veo. Sé que aquí está pasando algo. —Hola, tío —me dice Jordi. Qué rabia me da que me llame así. —Hola, hermanito. —Gemma me da un beso en la mejilla—. ¿Dónde está el sobrino ese guapo que tengo? —Está durmiendo. —Perfecto, entonces ya podéis iros. Nosotros nos quedamos con él. —¡¿Irnos?! —Miro a Susana—. ¿A dónde? —Ven conmigo. Atrapa mi mano y tira de mí hacia la calle. Cuando llegamos al rellano, me tapa los ojos con un pañuelo. —¿Qué haces? —Shhh, confía en mí. Es lo único que me dice y noto que vuelve a tirar de mí. Me toca confiar en ella, no veo nada. Subimos en el ascensor y siento como desciende. Vamos a la planta baja. Cuando llevamos unos cuantos pasos dados, nos paramos. La siento a mi espalda y oigo como abre la puerta del edificio. Ya en la calle, noto como sus manos desatan el nudo de la prenda que tengo en los ojos. Pero no me la quita. —Es una sorpresa. Espero que te guste. Deja caer el pañuelo y abro los ojos. No puede ser verdad. Me giro para mirar a mi chica asombrado. —Esa es… esa es… ¿la moto de mi padre? —Susana asiente con una sonrisa espectacular—. Pero ¿cómo has conseguido que la saque del garaje? ¿Cómo has hecho para traerla hasta aquí? —¿Te gusta? Pues es tuya —dice y me da una llave. La llave. —¿Cómo que mía? Pero ¿qué…?


Me empuja con prisas hasta la moto. Me quedo parado mirándola, observándola como cuando era pequeño y mi padre me llevaba de paquete y paseábamos por toda la costa norte del país. —Estás completamente loca, ¿lo sabías? —le digo con cariño, acariciando su rostro. —Fue idea de tu padre. Él se ha encargado de arreglarla y mi hermano y tu hermana la han traído hasta aquí. —¡¿Cómo?! —Que mi hermano y tu hermana… —Sí, eso ya lo he oído —gruñe—. ¿Desde cuándo son tan amigos? —¡Ay, Hugo! No les va a pasar nada por ser amigos. —Sí, claro, amigos con muchos roces, demasiados. No me gusta el cariz que está tomando esto. —A ver, cariño, son nuestros hermanos, los tíos de Jan, amigos y concuñados. —¿Conqué? —Concuñados —me dice riendo—. Qué, ¿me llevas a dar una vuelta en la moto? La miro arrugando la nariz y sé que sabe algo que yo no sé. O igual es que no me entero de nada. —¿A dónde quieres que te lleve? —A esta dirección. —¿Qué hay ahí? —le pregunto leyendo el papel que me ha dado. —Ya lo verás. —Y me guiña un ojo antes de ponerse el casco y subir a la moto. Conduzco durante diez minutos con los brazos de mi chica alrededor de mi cintura y con el rugir de la moto acompañándonos en el viaje. Mi chica y mi moto. Y Jan en casa. Es la noche perfecta. Paro justo en la calle y en el número que me ha indicado. —Esto es un hotel —le digo, sin entender qué hacemos aquí. Ella no dice nada, solo guarda los cascos y me coge de la mano para llevarme al interior del hotel. Cuando llegamos, en recepción pide la habitación que tiene reservada a su nombre. Subimos en el ascensor. Y se abalanza sobre mis labios. Desesperada. Ansiosa. —Tenemos una habitación para nosotros solos —me aclara jadeando. Creo que de eso me había dado cuenta—. Quiero que me quieras, que me hagas el amor, quiero gritar de placer sin miedo por despertar a Jan. Te quiero para mí sola. —Voy a quererte siempre —susurro mientras meto una de mis manos por sus pantalones. Entramos en la habitación con prisas, desnudándonos como locos, tirando la ropa por los aires sin importarnos donde cae. No suelto a mi chica ni siquiera en esa acción y


vuelvo a tomar sus labios con una necesidad feroz, acelerando mi lengua contra la suya, tragándonos los gemidos del otro de una manera apasionada. Ardiente. La tumbo en la cama con delicadeza y me bajo la única prenda que me queda. Estoy preparado, a punto para entrar a matar y hacer que mi chica se vuelva loca, pero se queda en la cama tumbada, sin quitarse las bragas. —Quítamelas tú —me pide con un ronroneo. Y claro, cuando lo hago… —¡Hostias! —exclamo mirando su monte de Venus—. ¿Qué te has hecho? —¿Te gusta? —pregunta, sonriente—. Me lo ha hecho Cris esta tarde. Es una cosa nueva que se llama Vatooing. El tatuaje se quita en una semana. Miro el tatuaje asombrado y mi chica sigue mirándome con una sonrisa y unos ojillos que me están insinuando algo. El dibujo que tiene en su piel viene a ser como el de dos anillos entrelazados… —¿Qué me dices? ¿Quieres casarte conmigo? Me subo a la cama y la abrazo con fuerza. Lleno su rostro de besos, sus mejillas, sus ojos, su nariz, sus labios. ¿Es cierto todo lo que me está pasando? Primero ella, luego Jan y ahora esto… —Te quiero, te quiero, te quiero… —Yo también te quiero —me dice con una sonrisa plena—, pero no me has contestado. Dejo que mi mirada se llene de lágrimas de felicidad y beso sus labios con intensidad, con ternura y mucho, mucho amor. No puedo querer más a esta mujer. —¿De verdad necesitas que te conteste? Déjame demostrarte mi respuesta.

Fin


Notas [←1] El valle de Boí. En catalán.


[�2] TÊrmino que se utiliza en ciertas modalidades de automovilismo y motociclismo en circuito para designar el primer lugar en la grilla de salida de una carrera.


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me dejas quererte  
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