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TĂ­tulo original: Goosebumps #42: Egg Monsters from Mars R. L. Stine, 1997 TraducciĂłn: P ablo di Masso Retoque de portada: Tiver DigitalizaciĂłn del texto: javinintendero, Chuso101, mitrandir Editor digital: javinintendero eP ub base r1.0


M i hermana, Brandy, pidió de regalo para su décimo cumpleaños que mis padres organizaran una búsqueda de huevos. Y Brandy siempre obtiene lo que desea. Despliega una sonrisa encantadora; el tipo de sonrisa que hace que en sus mejillas se marquen unos hoyuelos irresistibles. Y pone su mejor expresión de niña pequeña, abriendo de par en par sus ojos verdes y estirando un mechón de su cabello rizado y pelirrojo. —¡Por favor! ¡Por favor! ¿Podré tener mi propia búsqueda de huevos el día de mi fiesta de cumpleaños? M amá y papá nunca pueden negarse. Si Brandy les hubiera pedido un avestruz rojo, blanco y azul para el día de su cumpleaños, papá estaría ahora mismo encerrado en el garaje pintando para ella el dichoso avestruz. Brandy es muy hábil cuando se trata de conseguir lo que se propone. Realmente hábil. Yo soy su hermano mayor, Dana Johnson, y debo admitir que incluso yo tengo problemas a la hora de negarle alguna cosa a Brandy. No soy pequeño y encantador como mi hermana. Tengo el cabello lacio y negro que me cae sobre la frente y llevo gafas. Y también soy algo regordete. —Dana, no pongas esa expresión tan seria —es lo que me dice mamá todo el tiempo. —Dana es un chico a la antigua —dice siempre la abuela Evelyn. No sé exactamente qué quiere decir con ello, supongo que se refiere a que a mis doce años soy más serio que la mayoría de los chicos de mi edad. Tal vez sea verdad. Aunque en realidad no soy siempre un chico serio. Lo que ocurre es que siento una gran curiosidad por infinidad de cosas y me interesa mucho la ciencia. M e gusta estudiar los insectos, las plantas y los animales. En mi habitación cuido de una colonia de hormigas. Y de dos tarántulas. También tengo mi propio microscopio. Anoche pasé mucho tiempo estudiando la uña de un dedo del pie en mi microscopio; y era más interesante de lo que muchos podrían suponer. Cuando sea mayor quiero ser científico, investigador científico. Tendré mi propio laboratorio y estudiaré todo lo que me apetezca. Papá es químico. Trabaja en una compañía que se dedica a la fabricación de perfumes. Su labor consiste en mezclar diferentes esencias para conseguir nuevos aromas. Él las llama… «fragancias». Antes de que papá conociera a mamá ella trabajaba en un laboratorio. Hacía experimentos con ratones blancos. De modo que mis padres están muy contentos con mi decisión de dedicarme a la ciencia y me animan mucho. Sin embargo, eso no significa que me den todo lo que les pido. Si le pidiera a mi padre un avestruz rojo, blanco y azul para el día de mi cumpleaños… ¿sabéis qué diría? Diría: —Ve a jugar con el avestruz de tu hermana. En fin, de todos modos el hecho es que Brandy les pidió que organizaran una búsqueda de huevos para el día de su cumpleaños. Su cumpleaños cae una semana antes de la Pascua de Resurrección, de modo que no era una ocurrencia tan disparatada. En nuestra casa tenemos un amplio espacio trasero, mitad patio y mitad jardín que se hace cada vez más estrecho hasta convertirse en una angosta quebrada donde corre un riachuelo. El jardín está cubierto de árboles, matorrales y parterres de flores. También hay una antigua caseta de perro muy grande, aunque nosotros no tenemos perro. En fin, que hay infinidad de sitios adecuados para esconder huevos. De modo que Brandy consiguió su búsqueda de huevos e invitó a su fiesta de cumpleaños a todos sus compañeros de clase. Tal vez vosotros no creáis que las búsquedas de huevos durante la fiesta de Pascua sean algo divertido. Pero creedme, la de Brandy sí que lo fue. El día del cumpleaños de Brandy amaneció caluroso y soleado. Sólo unas pocas nubes, cúmulos, colgaban muy altas en el cielo (también estudio las nubes). En cuanto terminamos de desayunar mamá corrió hacia el patio trasero arrastrando un gran cubo repleto de huevos. —Te ayudaré a esconderlos —le dije. —Eso no sería justo, Dana —repuso mi madre—. Tú también participarás en la búsqueda… ¿lo recuerdas? Casi lo había olvidado. Normalmente Brandy no quiere que yo esté cerca cuando sus amigos vienen a visitarla. Sin embargo se trataba de un día especial y ella misma dijo que yo podría participar en la gran búsqueda de los huevos. También invitamos a mi mejor amiga, Anne Gravel. Anne vive en la casa de al lado. M i madre es la mejor amiga de la madre de Anne y la señora Gravel estuvo de acuerdo en que mamá ocultara algunos huevos también en su patio trasero. De modo que era justo que Anne participara en la aventura. Anne es alta y delgada, tiene el cabello largo y de color castaño rojizo y me saca casi una cabeza de altura. Por esa razón todo el mundo cree que es mayor. Pero también tiene doce años. Anne es muy divertida y siempre está haciendo bromas a todo el mundo. A veces se burla de mí porque soy tan serio, pero a mí no me molesta. Sé que sólo está bromeando. Aquella tarde Anne y yo nos quedamos en la entrada de coches observando la llegada de los compañeros de clase de Brandy, que venían a disfrutar de su fiesta de cumpleaños. Brandy le entregó a cada uno de ellos una pequeña cesta. Todos se sintieron muy excitados cuando mi hermana les dijo que había organizado una búsqueda de huevos. Y las niñas todavía se sintieron más entusiasmadas cuando les anunció en qué consistía el gran premio…, una de esas caras muñecas Barbie. Como es natural, los chicos se quejaron. Brandy debió haber previsto algún premio que resultara apetecible también a los chicos. Varios de ellos comenzaron a utilizar sus cestas como si fueran porras y otros comenzaron a luchar, revolcándose por el suelo, sobre la hierba. —Yo era un niño mucho más sofisticado cuando tenía diez años —murmuré junto al oído de Anne. —Cuando tenías diez años te gustaban las Tortugas Ninja —repuso Anne, poniendo los ojos en blanco. —¡Eso no es verdad! —protesté. —Sí que lo es —insistió Anne—. Ibas cada día a la escuela con una camiseta de las Tortugas Ninja. Di una patada a la grava del camino de coches. —Sólo por el hecho de que llevara aquella camiseta no significa que me gustaran —repliqué. Ella se echó hacia atrás los largos cabellos y me dedicó una sonrisa despectiva. Odio esa expresión de Anne. —En la fiesta de tu décimo cumpleaños todas las tazas y los platos eran de las Tortugas Ninja. Y también había un mantel con las Tortugas Ninja. Incluso recuerdo


que jugamos una especie de juego que consistía en arrojarnos trozos de un pastel de… las Tortugas Ninja. —¡Pero eso no significa que me gustaran! —insistí, resentido por sus palabras. Tres niñas de la clase de Brandy llegaron corriendo a través del jardín. Las reconocí enseguida. Eran las niñas a las que había bautizado con el nombre de las Hermanas Peluca. No son hermanas, pero se pasan todo el tiempo en el cuarto de Brandy arreglándose el cabello unas a otras. Papá se dirigió lentamente hacia ellas a través del jardín, enfocándolas con su cámara de vídeo. Las tres Hermanas Peluca se volvieron hacia la cámara y exclamaron: —¡Feliz cumpleaños, Brandy! Papá grababa en vídeo todos nuestros cumpleaños, las vacaciones y los grandes acontecimientos familiares. Conservaba las cintas en un estante del estudio… aunque jamás las mirábamos. El sol lucía esplendoroso. La hierba tenía un aroma dulce y fresco. En los árboles, las hojas de la primavera apenas habían comenzado a desplegarse en toda su belleza. —¡M uy bien, que todo el mundo me siga al patio trasero! —ordenó Brandy. Los chicos se unieron en grupos de dos y de tres portando sus cestas. Anne y yo les seguimos. Papá cerraba la marcha muy ocupado registrándolo todo en su cámara de vídeo. Brandy iba en cabeza dirigiendo al grupo hacia el patio trasero donde nos aguardaba mi madre. —Los huevos están escondidos a lo largo y lo ancho del jardín —dijo mamá, haciendo un ademán que abarcaba toda la zona—. En cualquier sitio que seáis capaces de imaginar. —¡M uy bien! ¡Atención todo el mundo! —gritó Brandy—. Voy a contar hasta tres y comenzará la búsqueda de los huevos. ¿Listos? Uno… Anne se inclinó para decirme algo en el oído. —Te apuesto cinco dólares a que consigo recoger más huevos que tú. Sonreí. Anne siempre sabe hacer que las cosas resulten todavía más interesantes. —Dos… —¡Acepto la apuesta! —le dije. —¡Tres! —gritó Brandy. Todos los chicos se pusieron a chillar y a saltar… ¡y comenzó la búsqueda! Se lanzaron en todas direcciones, caminando agachados para recoger los huevos. Algunos de ellos avanzaban a gatas buscando entre los matorrales. Otros actuaban en grupo. Pero muchos iniciaron una exploración solitaria por todo el jardín. M e volví y observé que Anne se detenía y luego avanzaba rápidamente a lo largo de uno de los lados del garaje. Ya había encontrado tres huevos. «¡No puedo dejarla ganar!», me dije; y me puse manos a la obra. Pasé deprisa junto a un grupo de niñas que exploraban los alrededores de la vieja caseta de perro y continué mi camino. Quería encontrar mi propio territorio de búsqueda. Un lugar donde pudiera recoger un buen puñado de huevos sin tener que competir con los demás. Corrí a través de los matorrales más espesos y altos, hacia el fondo del jardín. Estaba solo, muy cerca del riachuelo, cuando comencé mi búsqueda. Descubrí un huevo oculto detrás de una pequeña piedra. Tenía que darme prisa. Quería ganar la apuesta. M e incliné, lo recogí y lo coloqué dentro de mi cesta. Luego me arrodillé, dejé la cesta en el suelo y continué buscando más huevos. El grito hizo que me pusiera en pie de un salto.


—¡Aaaaaayyyyyyyy! El grito atravesó el aire como un estilete. M e volví hacia la casa. Una de las Hermanas Peluca agitaba la mano ansiosamente llamando a las otras niñas. Recogí mi cesta y corrí hacia ella. —¡No están cocidos! —la oí gritar mientras me acercaba. Vi cómo una gran yema amarilla se escurría por la pechera de su camiseta blanca. —M amá no tuvo tiempo de cocerlos —explicó Brandy—. Y tampoco pudo pintarlos. Sé que parece extraño, pero simplemente no hubo tiempo de hacerlo. Levanté la mirada hacia la casa. M amá y papá habían desaparecido en su interior. —Tened cuidado —advirtió Brandy a sus invitados—, porque si los rompéis… No pudo acabar la frase porque en ese momento lodos escuchamos claramente otra especie de ¡splat! Y luego las risas. Un chico había tirado un huevo contra uno de los costados de la caseta de perro. —¡Fantástico! —exclamó una de las niñas. El gran perro pastor de Anne, Stubby, salió a la carrera de la caseta. No sé por qué razón le encanta echarse allí a dormir. Es casi tan grande como la propia caseta. Claro que no tuve demasiado tiempo para pensar en Stubby. ¡Splat! Otro huevo había estallado… esta vez contra la pared del garaje. Sonaron más risas. Los amigos de Brandy pensaban que se trataba de algo realmente divertido. —¡Pelea de huevos! ¡Pelea de huevos! —comenzaron a gritar dos chicos a dúo. M e agaché en el momento justo en que un huevo, convertido en proyectil, pasaba volando por encima de mi cabeza para aterrizar sobre el camino de coches de la entrada con un sonido semejante a un ¡craaaac! Ahora los huevos volaban en todas direcciones. Yo permanecí allí, estupefacto ante la escena que se desarrollaba a mi alrededor. Escuché un chillido y me volví con rapidez para ver que dos de las Hermanas Peluca habían recibido varios proyectiles en el cabello que ahora aparecía embadurnado de espesos goterones amarillos. Gritaban y se pasaban las manos por la cabeza tratando de quitarse aquella pringosa y desagradable suciedad. ¡Splat! Otro huevo reventó contra el garaje. ¡Craaac! M ás huevos aterrizaron sobre la entrada de coches. M e agaché y busqué a Anne con la mirada. Imaginé que probablemente ya se hallara en su casa. Anne disfruta como nadie de una buena diversión. Pero tiene doce años y ya es una chica demasiado sofisticada para participar en una batalla infantil con huevos como armas arrojadizas. Bueno, reconozco que cuando me equivoco… pues… me equivoco. —¡Piensa con rapidez, Dana! —gritó Anne emplazada justo a mis espaldas. M e arrojé de bruces a tierra. Justo a tiempo. M e arrojó dos huevos a la vez. Pasaron zumbando por encima de mi cabeza y cayeron sobre la hierba con un ¡craaac! más apagado. —¡Deteneos! ¡Deteneos! —oí que gritaba Brandy con desesperación—. ¡Es mi cumpleaños! ¡Deteneos! ¡Es mi cumpleaños! ¡Flash! Alguien le había acertado a Brandy con un huevo en el medio del pecho. Una risa salvaje brotó del grupo de niños. Grandes manchas amarillas cubrían el césped del patio trasero. Levanté la mirada buscando a Anne. Estaba detrás de mí con una sonrisilla en los labios, a punto de lanzarme más proyectiles. Había llegado el momento de actuar. Busqué dentro de mi cesta y saqué el único huevo que había recogido. Levanté el brazo por encima de mi cabeza y ya comenzaba a tomar impulso para arrojarlo cuando súbitamente me detuve. Se trataba del huevo. Bajé el brazo y lo miré con atención. Había algo extraño en aquel huevo. Algo espantosamente extraño.


El huevo era demasiado grande. M ás grande que un huevo normal. Del tamaño de una pelota de béisbol. Lo sostuve con mucho cuidado, estudiándolo con atención. El color tampoco era el acostumbrado. No tenía el color normal de los huevos. Ese tono blanco cremoso. Y tampoco era marrón. Era de un color verde pálido. Lo levanté para examinarlo bien a la luz del sol y asegurarme de lo que estaba viendo. Sí. Era verde. ¿Y qué eran todas aquellas grietas, como gruesas fracturas, a lo largo de la cáscara? Toqué con el dedo una de aquellas líneas oscuras y dentadas. No, no eran fisuras en la cáscara sino todo lo contrario; se trataba de una especie de… venas. Venas azules y rojas que se entrecruzaban sobre la cáscara verde de aquel huevo enorme. —¡Qué extraño! —murmuré en voz alta. Los amigos de Brandy reían, gritaban y chillaban mientras los huevos volaban a mi alrededor. Un huevo estalló contra mis zapatillas y la yema amarilla rezumó pegajosa entre los cordones. Pero no me importó. Hice girar el huevo una y otra vez entre mis manos, muy lentamente. Lo acerqué a mi rostro y examiné con detenimiento las venas azules y rojas. —¡Oooh! —exclamé cuando percibí el latido que estremecía al huevo. La venas vibraban y pude sentir con toda claridad un latido regular. Tud. Tud. Tud. —¡Oh, pero… si está vivo! —grité. ¿Qué había encontrado? Era algo realmente extraño. No veía el momento de llevarlo a mi mesa de trabajo para poder examinarlo con más precisión. Sin embargo, antes de hacerlo tenía que mostrárselo a Anne. —¡Anne! ¡Eh, Anne! —la llamé mientras comenzaba a correr en su dirección, sosteniendo el huevo verde con las dos manos. Avanzaba deprisa sin apartar la mirada del huevo, de modo que no vi a Stubby, su inmenso perro ovejero, que corría delante de mí. —¡Uoooooaaaaa! —grité mientras caía encima del perro. Y un momento después aterrizaba con un crujido desagradable encima del extraño huevo.


M e puse en pie deprisa. Stubby comenzó a lamerme la cara. Ese perro tenía el peor aliento del mundo. Lo aparté con firmeza y me incliné para examinar el huevo. —¡Eh! —exclamé sorprendido. El huevo no se había roto. Lo recogí con mucho cuidado y lo hice girar entre mis manos. Ni una sola fisura. «¡Qué cáscara más resistente!», pensé. M i pecho había aterrizado con fuerza sobre el huevo presionándolo violentamente contra el suelo. Y, sin embargo, la cáscara no se había roto. Acaricié el huevo como si deseara tranquilizarlo. Percibía con toda claridad el pulso que hacía latir rítmicamente las venas azules y rojas. «¿Acaso aquí dentro hay algo que pugna por salir?», me pregunté. ¿Qué clase de pájaro habría allí? Desde luego no podía tratarse de una gallina, eso estaba muy claro. Definitivamente, no se trataba de un huevo de gallina. ¡Splat! Otro huevo estalló contra un costado del garaje. Los niños estaban revolcándose en los charcos de yema de huevo que había sobre el césped. M e volví a tiempo de ver cómo un chico rompía un huevo en la cabeza de otro. —¡Deteneos! ¡Deteneos! Brandy gritaba con toda la fuerza de sus pulmones, procurando detener la batalla de huevos antes de que no quedara uno solo entero. M e volví y vi a mamá y papá que corrían a través del jardín. —¡Eh, Anne! —llamé. M e puse en pie sosteniendo con mucho cuidado aquel extraño huevo verde. Anne estaba lanzando furiosamente una serie de huevos a tres niñas que, a su vez, le arrojaban los que ellas habían hallado. Tres contra una, pero Anne no retrocedía. —¡Anne, mira esto! —le grité, corriendo a su lado—. ¡No vas a creer qué huevo más extraño he encontrado! M e detuve junto a ella y estiré el brazo para que echara un vistazo al huevo verde. —¡No, detente! ¡No lo hagas! —grité. Demasiado tarde. Anne cogió el huevo de mi mano y lo lanzó con fuerza hacia sus tres adversarias.


—¡No, detente! —gemí. M ientras observaba horrorizado, una de las tres niñas cogió el huevo en el aire y lo devolvió arrojándolo con fuerza. M e lancé para atraparlo arrojándome sobre el césped y conseguí cogerlo con una mano antes de que se golpeara contra el suelo. ¿Se habría roto? No. ¡Esta cáscara debe de estar hecha de acero!, me dije. M e incorporé, sosteniendo el huevo con mucho cuidado. Y para mi sorpresa, descubrí que estaba caliente. M uy caliente. Hirviendo. —¡Auch! —grité, a punto de dejarle caer. Zumb. Zumb. Zumb. El latido en su interior era muy rápido. Podía sentir las pulsaciones de las venas contra mis dedos. Quería enseñarles mi hallazgo a mis padres. Pero los dos estaban muy ocupados tratando de detener la batalla. El rostro de papá había adquirido un color rojo intenso mientras le gritaba a Brandy y señalaba la suciedad que los huevos rotos habían dejado por todas partes…, en el césped, en el garaje, en la entrada de coches… M amá, por su parte, intentaba calmar a dos niñas que lloraban desconsoladamente. Estaban cubiertas de yema de huevó de pies a cabeza. No sólo en los cabellos y las ropas, sino hasta en las pestañas. Supongo que ésa era la razón por la que lloraban de aquel modo. Detrás de ellas Stubby estaba disfrutando de su verdadera fiesta. Corría velozmente en círculos, dando lengüetazos y sorbiendo uno a uno los huevos reventados sobre el césped mientras meneaba la cola enloquecido de gozo. ¡M enuda fiesta! Decidí llevar mi extraño huevo al interior de la casa. Lo examinaría más tarde. Tal vez consiguiera arrancar un pequeño trozo de cáscara y observarla al microscopio. Luego podría practicarle un pequeño orificio y a través de él echar un vistazo a su interior. Zumb. Zumb. Las venas latían con fuerza contra mis manos. El huevo todavía estaba caliente. M e dije que tal vez se tratara de un huevo de tortuga. M e dirigí caminando con cuidado hacia la casa, protegiendo mi hallazgo con las dos manos. Un día del pasado otoño, por la mañana, Anne encontró una gran tortuga junto al bordillo, frente a su casa. La llevó a su patio trasero y me llamó. Sabía que a mí me gustaría tener la oportunidad de examinarla. Era un preciosa tortuga gigante. Del tamaño de una caja de zapatos. Anne y yo nos preguntamos cómo había hecho para llegar hasta su bordillo. Arriba, en mi cuarto, yo tenía un libro sobre tortugas y sabía que las fotos y datos que contenía me ayudarían a identificarla. Corrí en su busca, pero mamá no me dejó volver a salir. Tuve que quedarme en casa porque ya era la hora de la comida. Cuando regresé al patio de Anne la tortuga se había esfumado. Supongo que se marchó a dar un paseo. Las tortugas pueden llegar a ser muy veloces cuando se lo proponen. M ientras transportaba mi tesoro al interior de la casa, pensé que podría tratarse de un huevo de tortuga. Pero… ¿por qué estaba tan caliente? ¿Y por qué tenía todas aquellas venas de colores que latían a través de la cáscara? Los huevos no tienen venas… ¿no es cierto? Escondí el huevo en el cajón de la cómoda de mi habitación y lo rodeé de calcetines para protegerlo. Luego cerré cuidadosamente el cajón y regresé al patio. Los invitados de Brandy se marchaban de la fiesta. Iban todos cubiertos de manchas de huevo. No parecían sentirse demasiado contentos. Tampoco Brandy parecía contenta. Papá estaba regañándola a gritos, agitando furioso los brazos, sin dejar de señalar las pegajosas manchas de huevo que había por todas partes. —¿Por qué has permitido que sucediera todo esto? —le gritaba mi padre—. ¿Por qué no los detuviste? —¡Lo intenté! —gimió Brandy—. ¡Intenté detenerlos! —Tendremos que hacer pintar el garaje otra vez —murmuró mamá, sacudiendo la cabeza con pesar—. ¿Cómo haremos para segar el césped? —¡Ésta ha sido la peor fiesta de mi vida! —gritó Brandy, inclinándose para quitar del lazo de sus zapatillas unos trozos de cáscara de huevo. Luego miró fijamente a mi madre—: ¡Todo esto es culpa tuya! —¿Cómo? —le preguntó mamá, estupefacta—. ¿M i culpa, has dicho? —Sí, porque no cociste los huevos —la acusó Brandy—. De modo que ha sido culpa tuya. M amá comenzó a protestar, pero cambió de idea y se mordió el labio con gesto pensativo. Brandy se incorporó, lanzó los trozos de cáscara de huevo al suelo, y miró a mamá con su mejor sonrisa, la de los grandes hoyuelos. —Dime, mamá, el año que viene, para mi cumpleaños, ¿podré organizar una fiesta de esas en las que cada uno hace su propio pastel de nata…? Esa noche yo quería dedicarla a estudiar mi extraño huevo verde. Pero tuvimos que ir a visitar a la abuela Evelyn y al abuelo Harry y salir con ellos a cenar. Los abuelos siempre daban mucha importancia al día del cumpleaños de Brandy. Primero, Brandy tenía que abrir sus regalos. La abuela Evelyn le había comprado un par de zapatillas de color rosa que mi hermana jamás se pondría y que probablemente le daría a Stubby para que las utilizara como uno de esos juguetes que le gustaba lamer y mordisquear. Brandy abrió a continuación la caja más grande y sacó de ella un pijama en tonos rosa y blanco. Se mostró muy contenta al verlo y dijo que realmente necesitaba pijamas. Su actuación fue perfecta. Sin embargo… ¿cómo puede alguien mostrarse tan encantado por un pijama? Su último regalo fue un bono para la tienda de CD de las galerías comerciales por valor de veinte dólares. Un bonito presente. —Iré contigo para asegurarme de que no compras tonterías —le dije. Brandy, sin embargo, fingió que no había oído mi comentario. Le dio a los abuelos dos grandes y fuertes abrazos. Es una gran adicta a los abrazos y lo hace muy bien. Y luego fuimos todos juntos a cenar al nuevo restaurante italiano de la esquina. ¿De qué hablamos durante la cena?


Naturalmente, de la salvaje fiesta de cumpleaños de Brandy. Cuando le explicamos a los abuelos la espectacular guerra de huevos no podían dejar de reír a carcajadas. Claro que aquella tarde no había resultado tan divertido. Sin embargo, unas pocas horas después, durante la cena, todos tuvimos que admitir que fue todo muy gracioso. Hasta papá se las arregló para sonreír una o dos veces… Yo continuaba pensando en el huevo verde que había ocultado en el cajón de la cómoda de mi cuarto. Cuando regresáramos a casa tal vez encontrara un bebé de tortuga entre mis calcetines… La cena se prolongó durante mucho tiempo. El abuelo Harry nos contó varias de sus divertidas anécdotas de golf. Lo hacía cada vez que lo visitábamos, pero siempre nos reíamos con ellas. Cuando finalmente regresamos a casa ya era muy tarde. Brandy se quedó dormida en el coche y yo apenas podía mantener los ojos abiertos. Subí a mi cuarto, me desvestí y me puse el pijama. Luego, con un profundo suspiro, apagué la luz. Sabía que me dormiría en el momento en que mi cabeza tocara la almohada. Ahuequé la almohada hasta que adquirió la forma que me apetece, me deslicé debajo de las sábanas y me tapé con el edredón hasta el cuello. Comenzaba a acomodar la cabeza en la almohada cuando escuché el sonido. Zumb. Zumb. Zumb. Un sonido tan regular como el latido de un corazón. Sólo que más alto, más sonoro. M ucho más fuerte. ZUMB. ZUMB. ZUMB.

Tan fuerte que podía escuchar cómo se estremecían los cajones de la cómoda. M e senté en la cama completamente despierto y traté de ver la cómoda a través de la oscuridad de mi cuarto. ZUMB. ZUMB. ZUMB.

M e volví, me senté en el borde de la cama y apoyé los pies en el suelo. ¿Debía abrir el cajón de la cómoda? Permanecí sentado en la oscuridad, temblando de excitación. Y de miedo. Escuchando aquel latido regular. ¿Debía abrir el cajón y ver qué sucedía? ¿O era mejor que saliera corriendo de allí y me alejara todo cuanto me fuera posible?


Zumb, zumb, ZUMB. Tenía que averiguar lo que sucedía en el cajón de la cómoda. ¿Habría salido algo del cascarón? ¿Era posible que la tortuga estuviera dando golpes contra el cajón, tratando de salir de allí? ¿Era en verdad una tortuga? ¿O podía tratarse de algo extraño? Repentinamente me asaltó una sensación de pánico ante lo que podía haber allí. Respiré profundamente y me incorporé. M ientras cruzaba la habitación sentía, las piernas muy débiles, como si fueran de goma. Tenía la boca tan seca como si estuviera llena de algodón. Zumb, ZUMB, zumb. Encendí la luz. Parpadeé varias veces, tratando de acostumbrar la vista a la luz. Los golpes de aquel latido increíble se hacían más y más fuertes a medida que me acercaba al cajón de la cómoda. «Latidos de corazón», me dije. Son los latidos del corazón de la criatura que está dentro del huevo. Así el tirador del cajón con las dos manos e hice una profunda inspiración. «Dana —me dije a mí mismo con tono de advertencia—, ésta es tu última oportunidad de huir de aquí. »Ésta es tu última oportunidad de mantener el cajón cerrado y permanecer a salvo de lo que haya dentro.» Zumb, zumb, zumb, zumb, zumb… Abrí el cajón y eché un vistazo a su interior. Lo que vi me dejó muy sorprendido ya que nada había cambiado. El huevo estaba exactamente en el mismo sitio en que lo dejara. Las venas azules y rojas que recorrían la cáscara persistían en aquel latido regular, al igual que antes. M e sentí algo más seguro y lo cogí entre las manos. —¡Ouuuu! —exclamé dolorido. Casi lo dejo caer. La cáscara estaba ardiendo. Lo sostuve entre las manos y soplé con fuerza para que se enfriara. —Esto es muy extraño —murmuré para mí mismo. Decidí entonces que mamá y papá tenían que verlo. Ahora mismo. Tal vez pudieran decirme de que se trataba. Todavía estaban despiertos. Los oía hablar en su dormitorio, un poco allá por el pasillo. Llevé el huevo con mucho cuidado, abrigándolo entre las dos manos como en un nido. Tuve que golpear a su puerta con el codo. —Soy yo —dije. —¿Qué ocurre, Dana? —preguntó papá de mal humor—. Ha sido un día muy duro y estamos cansados. Empujé intentando abrir un poco la puerta. —Tengo un huevo que quiero mostraros —empecé a explicarles. —¡Nada de huevos! —gritaron los dos a la vez. —¿No crees que ya hemos visto demasiados huevos para un solo día? —se quejó mamá. —Se trata de un huevo muy extraño —insistí—. No puedo identificarlo. Creo que… —Buenas noches, Dana —me interrumpió mi padre. —Por favor, no vuelvas a mencionar los huevos… jamás —añadió mamá—. ¿Lo prometes? —Bueno, yo… —dije, mirando el huevo que latía caliente entre mis manos—. Sólo os llevará un segundo. Si pudierais… —¡Dana! —gritó papá—. ¿Por qué no te vas de aquí, te sientas encima de tu dichoso huevo y lo empollas…? —¡Clark, no le hables a Dana de ese modo! —le reconvino mamá. —Ya tiene doce años. Puede soportar una broma —protestó mi padre. Y comenzaron a discutir acerca del modo en que papá debía hablarme. De modo que les di las buenas noches en voz muy baja y me dirigí nuevamente hacia mi habitación. Quiero decir que soy capaz de comprender una indirecta. Zumb. Zumb. El huevo continuaba latiendo en mi mano. Repentinamente tuve el impulso de romperlo y ver qué había en su interior. Claro que jamás haría nada parecido. M e detuve ante la puerta de la habitación de Brandy. Estaba desesperado por enseñar a alguien mi extraño tesoro. Di unos golpes a la puerta. No hubo respuesta. Volví a golpear, un poco más fuerte. Brandy tiene un sueño muy profundo. Tampoco hubo respuesta. Comenzaba a golpear por tercera vez cuando la puerta se abrió. Brandy me recibió con un bostezo. —¿Qué ocurre? ¿Por qué me has despertado? —Quiero que veas este huevo —le dije. Ella entrecerró los ojos con suspicacia. —¿Estás de guasa? ¿Después de lo que ha ocurrido en mi fiesta de cumpleaños? ¿Después de haber tenido la peor fiesta de cumpleaños en la historia de los Estados Unidos de América, realmente quieres enseñarme un huevo? Lo sostuve ante su rostro. —Sí, aquí está. M e cerró la puerta en la cara. —¿Eso significa que no quieres verlo? No hubo respuesta.


Una vez más fui perfectamente capaz de comprender la indirecta. De modo que llevé el huevo de regreso a mi cuarto y lo coloqué otra vez con mucho cuidado dentro del cajón de la cómoda. Luego cerré el cajón y me metí en la cama. Zumb. Zumb. Zumb. M e dormí al compás de aquel latido regular. A la mañana siguiente me desperté justo a tiempo de ver cómo se rompía el cascarón.


M e despertó el sonido de un fuerte crujido. M e incorporé sobre un codo, parpadeando, todavía medio dormido. Pensé que se trataba de Brandy haciendo crujir sus nudillos. Ése es uno de los talentos secretos de Brandy. Nunca lo hace cuando una persona mayor está cerca de nosotros, pero cuando nos encontramos solos puede componer auténticas sinfonías sólo con el crujido de sus nudillos. El sonido que me había despertado volvió a repetirse. La cómoda. Aquellos extraños ruidos procedían de mi cómoda. Entonces oí algo más, como un prolongado ¡riiiiiip!, ese sonido tan particular que se produce cuando se despega un velero. Y luego más crujidos. Como el que producen los huesos. Supe que tenía que ser el huevo. El corazón empezó a latirme con fuerza. M e incorporé de un salto. Cogí las gafas y me las coloqué con un rápido movimiento. M is piernas se enredaron entre las sábanas y estuve a punto de caer de bruces sobre el suelo de mi cuarto. Crucé la habitación como un rayo. El huevo se estaba rompiendo y algo iba a salir muy pronto de aquel extraño cascarón verde. Y yo tenía que verlo. Cogí la manija del cajón de la cómoda y hecho mi manojo de nervios tiré de ella hasta que conseguí abrirlo por completo. Estaba tan ansioso que casi lo arranqué de sus soportes. Recuperé el equilibrio, sujeté con fuerza el cajón y eché un vistazo al interior, al sitio donde había depositado el huevo. ¡Craaaaac! Las venas rojas y azules latían violentamente y una larga grieta se abría a lo largo de la cáscara verde. Unj, unj, unj. Escuché un suave gruñido procedente del interior del huevo. El gruñido de una criatura que luchaba denodadamente por salir fuera del cascarón. ¡Unnnnnnnj! ¡M enuda lucha! M e dije entonces que aquel extraño gruñido no sonaba como si fuera una tortuga. ¿Se trataría de alguna especie de ave exótica? ¿Como un loro, por ejemplo? ¿O tal vez un flamenco? ¿Cómo podía haber llegado un huevo de flamenco hasta el patio trasero de mi casa? ¿Cómo podría haber llegado hasta el patio trasero de mi casa un tipo de huevo tan extraño como aquél? ¡Unnnnnnnj! ¡Unnnnnnnj! ¡Craaaaac! Los sonidos eran ahora realmente fuertes. M e froté los ojos y volví a mirar el huevo, que ahora se movía y se balanceaba dentro del cajón. Cada gruñido hacía que se moviera un poco más. Las venas latían frenéticamente y otro crujido abrió una nueva fisura a lo largo del cascarón. Entonces un fluido espeso y amarillento salió del huevo y se derramó en el cajón, empapando mis calcetines. —¡Oh, no! —exclamé. El huevo se estremeció. Hubo un nuevo crujido. M ás líquido espeso se vertió sobre mis calcetines. El huevo se balanceó y escuché todavía más gruñidos. Unnnnj. Unnnnj. Y con cada uno de ellos el huevo se estremecía. Una especie de limo amarillo fue rezumando a medida que las fisuras se hacían más y más grandes. La venas latían. El huevo se estremecía. Luego se rompió un gran triángulo de cáscara y cayó en el cajón de la cómoda. M e incliné cuanto pude para echar un vistazo dentro de aquel agujero pero no pude ver lo que había en su interior. Sólo distinguía aquella sustancia amarilla y viscosa. Unnnnj. Unnnnj. Otro gruñido y entonces el cascarón se rompió en dos mitades. Un poco más de aquel espeso líquido amarillento se derramó en el cajón, siempre sobre mis calcetines. Contuve la respiración mientras una extraña criatura emergía fuera del cascarón. Un ser amarillo e informe. ¿Se trataba de un pollito? De ningún modo. No vi nada parecido a una cabeza, a unas alas o a unas patas. M e así al tablero de la cómoda y miré atentamente aquella criatura. El extraño animal se apresuró a buscar refugio en el fondo del cajón. ¡Era realmente asombroso! Se deslizaba dejando un rastro húmedo sobre mis calcetines. Era como un glóbulo. Un glóbulo pegajoso, brillante y amarillo. Se parecía a un montón de huevos revueltos. Excepto por el hecho de que tenía una red de venitas verdes que lo cruzaban en todas direcciones. Creí que el pecho me iba a estallar. Finalmente, recordé que debía respirar. Dejé escapar el aire con un prolongado silbido. El corazón me latía con fuerza. El ser informe palpitaba emitiendo unos sonidos repugnantes, como si succionara algún líquido. Se volvió lentamente. Y descubrí dos pequeños ojos negros en lo alto de su extraño cuerpo. No tenía cabeza. No tenía rostro. Sólo dos ojos oscuros en lo alto de su cuerpo informe. —Tú no eres un pollo —quise decir en voz alta, aunque sólo un susurro ahogado salió de mi garganta—. Desde luego, tú no eres un pollo, no señor. Pero… ¿qué era? —¡Eh, mamá, papá! —grité. M is padres tenían que ver aquella criatura. Tenían que ver el descubrimiento científico del siglo. —¡M amá, papá, daos prisa! No hubo respuesta. La criatura grumosa me miró directamente a los ojos sin dejar de estremecerse, mientras sus pequeñas venas verdes latían sobre su cuerpo parecido a una yema de huevo. —¡M amá! ¡Papá!


Silencio. M iré nuevamente dentro del cajón. ¿Qué debía hacer?


Tenía que enseñarles aquella extraña criatura a mis padres. Cerré cuidadosamente el cajón de modo que no pudiera saltar fuera de él y luego corrí escaleras abajo, gritando con toda la fuerza de que era capaz. Las perneras del pantalón del pijama se habían enrollado de tal modo que estuve a punto de rodar por las escaleras. —¡M amá! ¡Papá! ¿Dónde estáis? La casa estaba en silencio. El aspirador se hallaba fuera del armario pero no se veía a nadie dispuesto a utilizarlo. —¿M amá? ¿Papá? ¿Brandy? No había nadie. Los rayos de sol se colaban dentro de la cocina a través de la ventana. Los platos del desayuno, tres cuencos de cereales y dos tazas de café, estaban apilados junto al fregadero. «¿Adonde habrán ido?», me pregunté con el corazón galopando desbocado en mi pecho. ¿Era posible que se hubieran marchado cuando me disponía a enseñarles la criatura más sorprendente de la historia del universo conocido? M e volvía para salir de la cocina cuando descubrí la nota pegada con un imán a la puerta de la nevera. Estaba escrita en tinta azul con la letra de mamá. La quité y la leí. «Papá y yo hemos ido a llevar a Brandy a su lección de piano. Toma un tazón de cereales. Besos, mamá.» ¿Cereales? ¡Cereales! ¿Cómo podía pensar alguien en cereales en un momento trascendente como aquél? ¿Qué iba hacer ahora? Recliné la frente contra la puerta de la nevera y traté de pensar con claridad. No podía dejar a aquella criatura palpitante y ovoide encerrada dentro del cajón de mi cómoda durante toda la mañana. Tal vez necesitara tomar aire fresco. Tal vez necesitara hacer ejercicio. Tal vez necesitara algo de comida. ¿Comida? Tragué con dificultad. ¿De qué se alimentaría? ¿Qué podía comer aquella cosa extraña? Se trataba sólo de una especie de globo con ojos y con la consistencia de los huevos revueltos. «Tengo que sacarlo de aquí», decidí con firmeza. Tengo que mostrarle a alguien mi descubrimiento. E instantáneamente pensé en Anne. —¡Sí! —exclamé complacido. «Lo llevaré hasta la casa de Anne y le mostraré la criatura que ha salido del huevo verde —pensé—. Ella tiene un perro. Y sabe cómo ocuparse de animales domésticos. Tal vez se le ocurra qué hacer con esa cosa.» Corrí escaleras arriba, me puse unos tejanos, la camiseta que había arrojado al suelo la noche anterior y luego me encaminé hacia el cajón de la cómoda y lo abrí con cautela. —¡Glup! La criatura con forma de huevo estaba sentada en su propio limo amarillento. Todo su cuerpo latía con fuerza. Sus ojos diminutos y redondos se clavaron en los míos. —Voy a llevarte a que te vea Anne —le dije—. Tal vez entre los dos descubramos qué es lo que eres realmente. Sólo había un problema. ¿Cómo iba a llevarlo hasta la casa de Anne? M e rasqué pensativamente la barbilla, mirando atentamente a la criatura. ¿Debía llevarla en un plato? No. Podía caerse. ¿En un bol? No. ¿En una jarra? No, tal vez no pudiera respirar. Una caja. Sí, eso es. Decidí ponerlo en una caja. Abrí el armario, me puse a gatas y rebusqué entre el montón de cosas apiladas en la parte inferior. Así es como limpio mi cuarto: arrojo todo cuanto no utilizo dentro del armario y cierro la puerta. Tengo la habitación más limpia de toda la casa. Y sin el menor problema. Bueno, sí, hay un problema, que es encontrar alguna cosa dentro del dichoso armario. Si busco algo de ropa para ponerme… suele llevarme varios días dar con la prenda en cuestión. Pero tuve suerte. Encontré lo que buscaba enseguida. Se trataba de una caja de zapatos. La caja de mis zapatillas nuevas. Recogí la caja de entre aquel revoltijo, me incorporé y luego empujé con el pie las cosas que se habían esparcido fuera del armario para poder cerrar nuevamente la puerta. —¡Perfecto! —grité alegremente. Regresé hacia el cajón donde aguardaba la criatura—. Voy a llevarte hasta la casa de Anne dentro de esta caja. ¿De acuerdo? No esperaba que me contestara y, obviamente, no lo hizo. Quité la tapa de la caja y la dejé sobre la cómoda. Luego me acerqué con la caja al cajón donde aguardaba el ser ovoide. —¿Y ahora qué? —me pregunté en voz alta. ¿Cómo lo pongo dentro de la caja? ¿Cogiéndolo directamente? ¿Cogiéndolo con la mano? Sostuve la caja en la mano izquierda y comencé a acercar muy lentamente la derecha a la criatura Pero entonces la aparté con rapidez. ¿M ordería?, me pregunté. ¿Cómo iba a hacerlo? Ni siquiera tenía boca. ¿M e clavaría un aguijón? ¿Podría hacerme daño? Sentí la garganta seca y mi mano comenzó a Temblar. Era tan grueso, tan húmedo y viscoso… «Cógelo, Dana —me dije—. Deja de comportarte como un tonto. Tú eres un científico ¿recuerdas? Debes ser audaz. Debes mostrarte más atrevido.»


Es cierto, lo sé. Los científicos no retroceden sólo porque se enfrenten a una criatura gorda, húmeda y pegajosa… Respiré profundamente. Conté hasta tres. Y estiré la mano para cogerla.


M ientras acercaba la mano hacia ella, la criatura comenzó a temblar. Se estremecía como un trozo de gelatina. De modo que retrocedí una vez más. No puedo hacerlo, decidí, no puedo coger a esa criatura extraña con las manos desnudas. Podría resultar peligroso. La observé durante unos momentos. Continuaba latiendo y temblando. En su piel resbaladiza color de yema se formaban burbujas húmedas. «¿M e tendrá miedo? —me pregunté—. ¿O intenta advertirme para que me mantenga alejado?» Tenía que encontrar algo adecuado para cogerla. M e volví y eché un vistazo a mi alrededor. M i mirada se posó entonces en mi guante de béisbol que siempre estaba en el estante superior de mi librería. Tal vez pudiera recoger a la criatura con el guante y luego depositarla dentro de la caja de zapatos. Estaba a medio camino en dirección a la librería cuando decidí que no me gustaba la idea de manchar mi guante con aquella criatura viscosa y húmeda. «Necesito algo que me sirva para transportarla hasta la caja», pensé, buscando otra salida al problema. Una pala pequeña resolvería la cuestión. Regresé al sitio donde se hallaba la cómoda. La criatura continuaba estremeciéndose frenéticamente. Cerré el cajón. Pensé que tal vez la oscuridad conseguiría calmarla. Bajé hasta el sótano. M amá y papá guardan allí todas sus herramientas de jardinería. Encontré una pequeña paleta de metal y subí con ella nuevamente a mi cuarto. Cuando abrí el cajón el ser gelatinoso continuaba temblando. —No te preocupes, compañero —le dije—. Soy un científico y seré muy amable contigo. No creo que comprendiera mi lengua. M ientras bajaba la pequeña paleta metálica hacia el interior del cajón, las venas verdes de la criatura latieron con mayor intensidad. Comenzó a balancearse hacia uno y otro lado mientras sus oscuros ojillos no me perdían de vista. Tuve la sensación de que aquel ser pequeñajo estaba a punto de explotar o algo parecido. —Tranquilo. Tranquilo —dije en voz baja, procurando transmitirle algo de serenidad. Coloqué la paleta a su lado, con mucha suavidad, y luego, muy lentamente, la deslicé debajo de la criatura palpitante. —Ya está, ya te tengo… —dije suavemente. La criatura ovoide se retorció y bamboleó sobre la paleta. Comencé a trasladarla con mucha precaución desde el cajón de la cómoda hasta la caja de zapatos que había dejado encima de la cómoda. Sosteniendo la paleta con la mano derecha cogí la caja de zapatos con la izquierda. Arriba… arriba… muy lentamente, transporté a la criatura viscosa con forma de huevo hacia la caja. Arriba, así, un poco más, arriba… Ya casi había llegado hasta la caja. Y entonces… ¡me gruñó! Un gruñido contenido y ronco, como el de un perro furioso. —¡Ohhhh! —exclamé, asustado. Y dejé caer la paleta. —¡Ayyyy! —grité. La paleta rebotó en el suelo con un sonido metálico y la criatura blanda y húmeda cayó sobre una de mis zapatillas. —¡No! Sin pensarlo, me agaché y la cogí. «¡La tengo en la mano!», me dije, con el corazón desbocado. La tengo agarrada. ¿Qué va a ocurrirme ahora?


No ocurrió nada. Ninguna descarga sacudió mi cuerpo. Ninguna terrible erupción me cubrió la piel. La mano no se me desprendió del brazo. La criatura era suave y cálida, como un montón de huevos revueltos. M e di cuenta de que la estaba sujetando con fuerza. ¿Con demasiada fuerza? Aflojé la presión. Un momento después la deposité dentro de la caja de zapatos y la cubrí con la tapa. Dejé la caja encima de la cómoda y me examiné la mano. La sentía húmeda y pegajosa. Sin embargo, la piel no se había teñido de amarillo ni se había irritado… Nada de nada. Oía a la criatura latiendo dentro de la caja. —No vuelvas a gruñir de ese modo —le advertí—. M e has dado un susto de muerte. Cogí unos cuantos pañuelos de papel y me froté la mano sin apartar los ojos de la caja. Dentro de su habitáculo, el animalejo daba saltitos. «¿Qué clase de animal será éste?», me pregunté una vez más. Deseaba que mamá y papá estuvieran en casa. Quería mostrarles aquel ser gelatinoso y desconocido. Eché un vistazo al reloj de mi aparato de radio, sobre la mesilla de noche. Eran sólo las nueve de la mañana. Anne seguramente continuaría durmiendo. Los sábados suele dormir hasta el mediodía. No estoy muy seguro de por qué lo hace; ella afirma que de ese modo el día pasa más rápido. En algunos aspectos Anne es una chica algo rara. Cogí la caja con las dos manos. La criatura parecía sorprendentemente pesada. M e aseguré de que la tapa estuviera en su sitio y luego bajé las escaleras y salí por la puerta de atrás. Era un día soleado y caluroso. Una brisa suave hacía que las hojas nuevas de la primavera se agitaran en los árboles. Dos casas más abajo el señor Simpson segaba el césped de su jardín. Junto al garaje, dos petirrojos estaban peleando por hacerse con un gordo gusano de tierra. Llevé la caja hasta la parte de atrás de la casa de Anne. La puerta de servicio estaba abierta. Espié a través de la puerta mosquitera que protegía la casa de los insectos. —Hola, Dana. Pasa —me invitó la madre de Anne que se hallaba junto al fregadero. Sosteniendo la caja contra el pecho abrí la puerta mosquitera y entré en la cocina. Anne estaba sentada ante la mesa del desayuno. Vestía una enorme camiseta azul sobre unos pantalones cortos de ciclista de color negro. Se había recogido el cabello cobrizo en una cola de caballo. ¿A que no adivináis qué estaba comiendo en aquel momento? ¡Exacto! ¡Huevos revueltos! —Hola, Dana. ¿Qué hay? —me saludó. —Bueno… La señora Gravel fue hasta la cocina. —Dime Dana, ¿ya has desayunado? ¿Quieres que te prepare unos huevos revueltos? Se me revolvió el estómago. Tragué con dificultad. —No, creo que no. Gracias. —Unos huevos recién hechos, ¿qué me dices? Puedo preparártelos fritos si no te apetecen revueltos, Dana. —No, gracias —repuse débilmente. Sentí que la criatura se movía dentro de la caja. —Yo comería un poco más —dijo Anne a su madre, cogiendo con el tenedor un gran bocado—. Estos huevos son fantásticos, mamá. La señora Gravel rompió un huevo contra el borde de la sartén. —Sí, quizá me prepare uno para mí —dijo la madre. Aquella conversación acerca de los huevos comenzaba a marearme. Anne acabó su zumo de naranja. —¡Eh!, ¿qué tienes dentro de la caja? ¿Te has comprado unas zapatillas nuevas? —Uh… no —repuse—. M ira esto, Anne. No vas a creer lo que he encontrado. Tenía unas ganas enormes de enseñarle mi descubrimiento. Sosteniendo la caja con los brazos estirados avancé hacia ella a través de la cocina. Y tropecé con Stubby. ¡Una vez más! Ese enorme y tonto perro ovejero siempre andaba enredándose en los pies de todo el mundo. —¡Uoaaaaa! —grité mientras caía encima del perro. La caja voló por los aires. Caí sobre Stubby y la boca se me llenó de pelos de pastor. M e puse trabajosamente en pie. Entonces vi a la viscosa criatura caer fuera de la caja y aterrizar con gran precisión… justo en el plato del desayuno de Anne. Anne abrió estupefacta la boca, con una mueca de asco. —¡Oh, puaj! —gimió con repugnancia—. ¡Huevos podridos, son huevos podridos! —No… ¡está vivo! —protesté. Pero no creo que nadie me oyera. M ientras trataba de explicarlo, Stubby saltó sobre mí y estuvo a punto de hacerme caer nuevamente al suelo. —¡Quieto, Stubby, quieto! —le regañó la señora Gravel—. Tú sabes comportarte mejor. —¡Quita esto de mi vista! —ordenó Anne, empujando su plato sobre la mesa. Su madre examinó el plato y luego me miró con severidad. —Dana, ¿qué ocurre contigo? Esto no es gracioso. Has desperdiciado unos estupendos huevos revueltos. —¡Has echado a perder mi desayuno! —gritó Anne muy enfadada. —No, espera… —protesté.


Pero no fui lo suficientemente rápido. La señora Gravel cogió el plato, lo llevó al fregadero, puso en marcha el eliminador de desperdicios y comenzó a empujar a la criatura dentro del sumidero.


—¡Nooooo! —chillé frenético, precipitándome hacia el fregadero. En el último instante conseguí sacar a la criatura del eliminador de residuos. No. En realidad, lo que conseguí rescatar fue un puñado de huevos revueltos. La criatura gelatinosa rodaba sobre sí misma en el fregadero y comenzaba a deslizarse hacia el desagüe. Dejé caer los huevos revueltos y cogí a la criatura cuando ya estaba a punto de ser triturada por las paletas del eliminador de basura. Aquel cuajarón amarillento estaba caliente. Noté cómo latían sus venas. Toda la criatura palpitaba como un corazón tras una rápida carrera. La alcé a la altura de mi rostro y la examiné con atención. Todavía continuaba de una pieza. —¡Te he salvado la vida! —le dije—. ¡Uauuu, esta vez sí que te ha faltado poco para morir! La sostuve suavemente en la palma de la mano. Temblaba y latía. Pequeñas burbujas húmedas se deslizaban por su superficie. Sus ojos negros me miraban fijamente. —¿Qué es esa cosa? —quiso saber Anne, levantándose de la mesa del desayuno y ajustándose la larga cola de caballo—. ¿Es un títere? ¿Lo has fabricado tú con algún calcetín viejo o algo por el estilo? Antes de que pudiera responderle, la señora Gravel me empujó suavemente hacia la puerta de la cocina. —Sácalo de aquí, Dana —me ordenó—. Es repugnante. —Y luego, señalando hacia abajo, añadió—: M ira, estás ensuciando el suelo de la cocina, con ese jugo pegajoso que suelta. —Yo… yo lo encontré ahí fuera —comencé a explicar—, y no sé qué es, pero… —¡Fuera! —insistió la madre de Anne, y sostuvo abierta la puerta mosquitera para que saliera de su cocina—. ¡Fuera! ¡Estoy hablando en serio! No quiero tener que fregar el suelo de la cocina, ¿me has comprendido? No tenía elección. M e llevé a la criatura gelatinosa al patio trasero de la casa. Parecía haberse calmado. Al menos ya no se estremecía ni latía de aquel modo tan violento. Anne me siguió hasta la entrada de coches. El brillo del sol hacía que la criatura lanzara destellos. Sentía las manos húmedas y pegajosas. No quería sujetarla con demasiada fuerza, pero tampoco deseaba que se cayera al suelo. —¿Es un títere? —me preguntó Anne, inclinándose para ver mejor a la criatura—. ¡Oh, pero si está vivo! Asentí con un movimiento de cabeza. —No sé lo que es. Pero desde luego está vivo. Lo encontré ayer durante la fiesta de cumpleaños de Brandy. Anne continuó examinando al ser viscoso y amarillento. —¿Lo encontraste tú? ¿Dónde? —Encontré un huevo cerca del riachuelo —le expliqué—. Un huevo de aspecto muy extraño. Lo llevé a mi casa y esta mañana se rompió el cascarón y esto es lo que salió. —Pero… ¿qué es? —preguntó Anne, tocando ligeramente a la criatura con la punta de un dedo—. Oh, es húmedo y blando. —No es un pollo —le aseguré. —Vaya —exclamó Anne, poniendo los ojos en blanco—. ¿Todo eso lo has deducido tú solo? —Pensé que tal vez se tratara de un huevo de tortuga —dije, sin hacer caso de su sarcasmo. M iró detenidamente a la criatura. —¿Crees que puede tratarse de una tortuga sin el caparazón? ¿Sabes si las tortugas nacen sin el caparazón? —No lo creo —repuse. —Tal vez se trate de algún tipo de error —sugirió Anne—. Un monstruo de la naturaleza, ya sabes… ¡como tú! Y se rió de buena gana de su propio chiste. Anne tiene un gran sentido del humor. Volvió a tocar a la criatura con el dedo, que dejó escapar un suave resuello. —Tal vez has descubierto una nueva especie —sugirió ella entonces—. Un nuevo tipo de animal que nadie había visto nunca hasta este momento… —Tal vez —dije. Era una idea muy excitante. —Y le darán un nombre —bromeó Anne—. Lo llamarán Dodo, ya sabes, como a esa ave extinta de la isla M auricio, ja, ja… —No puedo decir que seas de gran ayuda —le espeté. Y entonces se me ocurrió una idea. —¿Sabes lo que voy a hacer con él? —dije, abrigándolo cuidadosamente entre mis manos—. Voy a llevarlo a ese pequeño laboratorio científico… Ella entrecerró los ojos y me miró con suspicacia. —¿A qué laboratorio científico te refieres? —Ya lo conoces —repliqué con impaciencia—. El que está en la calle Denver. Apenas a tres manzanas de aquí. —No soy muy aficionada a los extraños laboratorios científicos —dijo Anne. —En realidad, yo tampoco —reconocí—. Pero he pasado delante de ese laboratorio un millón de veces al ir y volver del colegio en bici. Voy a llevar esta cosa allí. Alguien sabrá decirme de qué se trata. —Pues yo no te acompañaré —declaró Anne con resolución, cruzando sus delgados brazos sobre el pecho—. Tengo mejores cosas que hacer. —No te he invitado a acompañarme —le repliqué con una sonrisa despectiva. Ella me devolvió una sonrisa igualmente despectiva. Creo que estaba celosa de que fuera yo y no ella quien hubiese hallado a la misteriosa criatura. —Por favor, tráeme la caja de zapatos —le pedí—. La dejé en la cocina de tu casa. Ahora mismo llevaré en bici a esta criatura al laboratorio. Anne entró en su casa y salió un minuto después con la caja de zapatos. —Está toda pegajosa del lado de dentro —dijo haciendo una mueca de repugnancia—. Sea lo que sea esa cosa, lo que es seguro es que suda como un demonio. —¡Tal vez tu cara le aterrorice! —dije. M e tocaba a mí reír… aunque normalmente soy el serio de los dos. No suelo gastar bromas, pero aquélla me pareció muy buena.


Anne la pasó por alto. Observó cómo yo depositaba a la criatura dentro de la caja. Luego me miró directamente a los ojos. —¿Estás seguro de que no se trata de una especie de juguete mecánico? Todo esto no es más que una broma… ¿verdad, Dana? Sacudí la cabeza. —De ninguna manera. No es una broma. Cuando regrese del laboratorio pasaré por tu casa para explicarte lo que los científicos me hayan dicho acerca de la criatura. Ajusté la tapa sobre la caja y corrí hacia el garaje de mi casa en busca de la bici. No veía el momento de llegar al laboratorio y enseñarles mi descubrimiento. Ahora sé que debí haber permanecido tan alejado de ese lugar como me hubiese sido posible. Sin embargo, ¿cómo podía imaginar entonces lo que me aguardaba allí?


—¡Cuidado! El estúpido perro ovejero de Anne se cruzó por delante de mi bicicleta justo cuando yo salía por el camino de coches. Clavé los frenos. M i bici derrapó y se detuvo bruscamente. La caja de zapatos que contenía a la extraña criatura estuvo a punto de caer del manillar. —¡Stubby, maldito perro! —chillé furioso. El perro se alejó al trote en dirección al patio trasero; probablemente se reía de mí por lo bajo. Creo que Stubby se divierte haciéndome tropezar allí donde me encuentra. Esperé unos segundos hasta que mi corazón volvió a latir con normalidad. En cuanto me hube serenado volví a asentar la caja de zapatos en el manillar. Comencé a pedalear a lo largo de la calle, conduciendo con una sola mano mientras con la otra sostenía la caja para que no se cayera de la bici. M e dije a mí mismo que los científicos del laboratorio sabrían qué era aquella cosa. Normalmente recorro mi calle a gran velocidad cuando voy en bici; sin embargo, esa mañana pedaleaba con lentitud. Antes de cruzar las bocacalles me detenía en cada esquina para asegurarme de que no venían coches. Procuraba evitar los baches, pero mi calle está llena de socavones, de modo que cada vez que topaba con un hoyo notaba que la criatura brincaba en el interior de la caja. «Ojalá no salte fuera de la caja», pensé con preocupación. M e imaginé al ser extraño cayendo en medio de la calle para ser atropellado por un coche. M e detuve un instante para volver a ajustar la caja sobre el manillar. Luego proseguí mi camino, pedaleando con lentitud. Varios chicos de la escuela estaban jugando un partido de softball, una variedad del béisbol que se juega con una pelota más blanda. Se habían reunido en el patio del bloque vecino. Al verme pasar me llamaron. Creo que deseaban que me uniera al juego. Sin embargo, hice ver que no les oía. No tenía tiempo para juegos. Estaba cumpliendo una misión científica, así que continué pedaleando sin mirar atrás. Cuando doblé la esquina de la calle Denver un autobús pasó rugiendo a mi lado. Desplazó una oleada de aire tan fuerte que casi me hizo perder el equilibrio. M ientras recuperaba el control de la bici observé que la tapa de la caja comenzaba a levantarse. ¡La criatura gelatinosa estaba tratando de escapar! Sujeté la caja y presioné con fuerza la tapa, al tiempo que pedaleaba más deprisa. El laboratorio se encontraba a sólo una manzana de distancia. La criatura trataba de levantar la tapa. Y yo la mantenía cerrada. No quería aplastar a aquel ser extravagante, pero tampoco deseaba que se escapara. Notaba cómo brincaba dentro de la caja y empujaba hacia arriba la tapa. Seguí sujetando la tapa con la mano para evitar que se abriera. Una camioneta cargada de chicos pasó junto a mí. Uno de ellos me gritó algo pero no lo oí con claridad. Estaba concentrado en mantener a la criatura encerrada dentro de la caja. M e salté una señal de stop. Ni siquiera la vi. Afortunadamente en aquel momento no pasaban coches. Cuando llegué a la siguiente esquina distinguí el edificio del laboratorio. Era una construcción blanca y alargada, de una sola planta y con una fila de ventanitas cuadradas a lo largo de toda la fachada. Parecía un vagón de tren exageradamente largo. Sin bajar de la bici me subí al bordillo y atravesé el césped. Luego, cogiendo la caja con ambas manos, desmonté de un salto. La bici cayó de costado al suelo con las ruedas todavía girando. Con la caja siempre bien agarrada corrí a través del césped en dirección a las blancas puertas del laboratorio. Vi un timbre en la pared, a la derecha de las puertas. Llamé una y otra vez hasta que al final dejé el dedo presionando el botón. Cuando comprobé que nadie abría, intenté llamar con la aldaba; luego tiré de ella y la empujé con todas mis fuerzas. Nada. La puerta estaba cerrada con llave. Esta vez golpeé con los nudillos y luego lo hice con el puño y con toda la energía de que fui capaz. Luego volví a presionar el timbre. ¿Dónde estaba todo el mundo? Estaba a punto de comenzar a golpear otra vez cuando vi el letrero en lo alto de la puerta. Un cartel pequeño, escrito a mano en blanco y negro, que terminó de hundirme. Leí: «CERRADO SÁBADOS Y DOMINGOS.»


Dejé escapar un largo suspiro y me coloqué la caja debajo del brazo. M e sentía frustrado. ¿Qué iba a hacer ahora con aquella extraña criatura nacida de un huevo verde? Sacudiendo la cabeza con amargura me volví para encaminarme hacia el lugar donde había dejado mi bicicleta. Llevaba recorrida la mitad del camino cuando oí que se abría la puerta principal del edificio. M e giré para ver a un hombre mayor, vestido con una bata blanca. Llevaba el cabello blanco y brillante, peinado con raya en medio y alisado por los costados. Tenía un bigote entrecano y sus ojos, de un azul muy claro, me observaban con atención desde su rostro pálido y arrugado. Cuando me sonrió, en los extremos de sus ojos se formó una red de pequeñas arrugas. —¿Puedo ayudarte? —preguntó. —Eh… sí, creo que sí —tartamudeé. Levanté la caja de zapatos con ambas manos y volví a cruzar el jardincillo. Notaba cómo la criatura saltaba de un lado al otro en su prisión. —¿Qué traes ahí? ¿Un pájaro enfermo? —preguntó el hombre, señalando la caja—. M ucho me temo que si es así no podré ayudarte. Esto es un laboratorio científico. Y yo no soy un veterinario. —No, no se trata de un pájaro —le respondí. Llevé la caja hasta la entrada. M i corazón latía con violencia. Sin saber por qué me sentía muy nervioso. Supongo que me emocionaba el hecho de hablar con un verdadero científico. Admiro y respeto mucho a los científicos. Asimismo, me sentía excitado por la perspectiva de descubrir finalmente qué era lo que había salido del cascarón del extraño huevo verde. Y saber qué debía hacer con él. El hombre volvió a sonreír. Tenía una sonrisa cálida y amistosa que consiguió que me serenara. —Bueno, si no se trata de un pájaro… ¿qué es? —me preguntó con gentileza. —Pues, yo tenía la esperanza de que usted me lo dijera —repuse, tendiéndole la caja de zapatos. Pero él no la cogió. —Se trata de algo que he encontrado —proseguí—. Quiero decir que encontré un huevo. En el jardín de atrás de mi casa. —¿Un huevo? ¿Qué clase de huevo, hijo? —No lo sé —le dije—: Era muy grande y tenía muchas venas que recorrían su cáscara. Y respiraba. M e miró con atención. —¿Un huevo que respiraba? Asentí con un gesto. —Lo puse dentro de uno de los cajones de mi cómoda. Y esta mañana salió del cascarón. Y entonces… —Ven, hijo, pasa… —dijo el hombre—. Ven dentro. Su expresión cambió. Sus ojos lanzaron destellos y de repente pareció muy interesado en lo que yo le decía. Colocó una mano sobre mi hombro y me guió hasta el laboratorio. Tuve que parpadear varias veces y aguardar a que mis ojos se adaptaran a la penumbra que reinaba en el interior del recinto. Las paredes eran completamente blancas. Vi una mesa y varias sillas. Otra mesa baja con varias revistas científicas. Decidí que nos encontrábamos en una sala de espera. Todo tenía un aspecto muy limpio y moderno. M ucho cromo, cristal y cuero blanco. El hombre había clavado los ojos en la caja que yo sostenía entre las manos. Se frotó el bigote. —Soy el doctor Gray —dijo—. Soy el director científico de este laboratorio. M e pasé la caja a la mano izquierda para poder estrecharle la diestra. —Cuando sea mayor quiero llegar a ser científico —dije impulsivamente, y sentí que me ruborizaba. —¿Cómo te llamas, hijo? —me preguntó el doctor Gray. —Ah, sí, claro, Dana Johnson. Vivo a unas manzanas de distancia de aquí. En M elrose. —Encantado de conocerte, Dana —dijo el doctor Gray, alisándose la bata blanca. Luego fue hasta la puerta de entrada, la cerró con llave y echó el cerrojo. «Es extraño», pensé, sintiendo un escalofrío de temor. ¿Por qué habría hecho eso? Entonces recordé que el laboratorio permanecía cerrado durante los fines de semana. Probablemente el doctor echara el cerrojo a todas las puertas cuando no se trabajaba. —Sígueme —dijo el doctor Gray. Abrió la marcha a través de un estrecho pasillo blanco. Le seguí hasta un pequeño laboratorio. Vi una larga mesa repleta de tubos, pipetas y recipientes de cristal junto a un sofisticado equipo electrónico. —Deja la caja ahí —me dijo el científico, señalando un sitio vacío sobre la mesa. Deposité la caja y él se inclinó para destaparla. —¿Has encontrado esto en el jardín de detrás de tu casa? Y con mucho cuidado quitó la tapa. —¡Oh, Dios mío! —exclamó.


La criatura gelatinosa nos miró fijamente. Se estremecía y burbujeaba contra las paredes de la caja. El fondo estaba cubierto de una sustancia pegajosa y amarillenta. —De modo que has encontrado uno —murmuró el doctor Gray, mientras inclinaba la caja. La criatura se deslizó hacia el otro extremo. —¿Que he encontrado uno…? —inquirí yo—. ¿Quiere eso decir que sabe lo que es? —Pensé que los había recogido a todos —replicó el doctor Gray, frotándose el bigote. Luego volvió el rostro hacia mí y me miró fijamente con sus pálidos ojos azules—. Pero supongo que perdí uno de ellos. —¿Qué es? —le pregunté con ansiedad—. ¿Qué clase de animal he encontrado? El científico se encogió de hombros. Inclinó la caja en el sentido contrario haciendo que la criatura se deslizara hacia el otro extremo. Luego tocó suavemente la espalda de aquel ser. O lo que se suponía que era la espalda. —Éste es uno pequeño —me dijo suavemente. —Un pequeño ¿qué? —pregunté con impaciencia. —Los huevos cayeron sobre toda la ciudad —dijo el doctor Gray, acariciando a la criatura—. Como si se tratara de una lluvia de meteoritos. Cayeron sólo sobre esta ciudad. —Discúlpeme, doctor, pero… ¿qué quiere decir? —exclamé—. ¿Que han caído del cielo? Deseaba con toda el alma comprender lo que me había explicado el científico. Sin embargo, hasta el momento nada parecía tener sentido. El doctor Gray se volvió hacia mí y me puso una mano sobre el hombro. —Creemos que estos huevos han caído a la Tierra, a esta ciudad… desde M arte, Dana. Hubo una gran tormenta en M arte. Hace ya dos años. Y debido a ello se desprendió algo parecido a una lluvia de meteoritos. La tormenta lanzó estos huevos a través del espacio sideral. M e quedé boquiabierto. M iré la caja, a aquella extraña criatura temblorosa y amarillenta. —¿Esto-esto es un… marciano? —pregunté tartamudeando. El doctor Gray sonrió. —Creemos que viene de M arte. Creemos que estos huevos han volado durante dos años a través del espacio. —Pero… pero… —comencé a decir. El corazón me latía frenéticamente y sentía las manos tan frías como el hielo. ¿Realmente estaba mirando a una criatura de M arte? ¿Había tocado verdaderamente a un… marciano? Entonces se me ocurrió una idea todavía más extraña: «Yo lo encontré —me dije—. Lo recogí del patio trasero de mi casa.» ¿Significaba eso que me pertenecía? ¿Era el propietario de un marciano? El doctor Gray hizo saltar a la criatura, a mi criatura, dentro de la caja. Sus venas latían. Sus ojos negros nos miraban. —No sabemos de qué modo los huevos consiguieron atravesar la atmósfera terrestre —prosiguió el científico. —¿Quiere decir que debieron incendiarse por efecto de la fricción? —pregunté. El doctor asintió. —Prácticamente todo cuanto entra en nuestra atmósfera arde de inmediato. Sin embargo, estos huevos parecen ser muy resistentes. Tan resistentes que no se destruyeron. La criatura hizo un sonido extraño, como un gorgoteo, y se precipitó blanda y húmeda contra una de las paredes de la caja. El doctor Gray chasqueó la lengua. —Éste es verdaderamente encantador. —¿Tiene muchos más? —pregunté. —Quiero enseñarte algo, Dana —dijo entonces. Cogió la caja y me condujo a través de una gran puerta de metal, que se cerró pesadamente a nuestras espaldas. Un pasillo largo y estrecho, con las paredes pintadas de blanco, conducía a una serie de habitaciones. La bata almidonada del doctor Gray crujía mientras avanzábamos por el pasillo. Al final nos detuvimos ante un amplio ventanal. —Ahí dentro —dijo el doctor Gray suavemente. M iré a través del ventanal. Luego agucé la vista. ¿Acaso el doctor estaba loco? ¿Estaba haciéndome una broma de mal gusto? —¡No… no se ve nada! —dije casi a gritos.


—Aguarda un segundo. He olvidado algo —dijo el doctor Gray. Se dirigió hacia la pared y pulsó un interruptor. Una luz se encendió en el pasillo, por encima de nuestras cabezas. Ahora podía ver perfectamente a través de la ventana. —¡Oh! ¡Uauuu! —exclamé mientras recorría con los ojos la enorme estancia situada al otro lado de la ventana. Allí había una multitud de aquellas criaturas gelatinosas y con forma de huevo. Había decenas de ellas. Seres informes, húmedos y amarillentos, que latían y se estremecían. Con sus venas verdosas palpitando a intervalos regulares. Las criaturas se apretujaban sobre el suelo de baldosas blancas. Parecían grandes montones de masa amarilla para hacer galletas dispuestos sobre una bandeja de hornear. Decenas de ojos oscuros, pequeños y redondos nos miraban fijamente. ¡Increíble! M ientras los observaba estupefacto, me dije que parecían animales disecados. Pero no lo eran. Estaban vivos. Respiraban. Se sacudían, estremecían y burbujeaban. —¿Te gustaría entrar ahí? —me preguntó el doctor Gray. Sin esperar mi respuesta, se sacó del bolsillo un pequeño mando a distancia y presionó un botón. La puerta se entreabrió. Él la abrió de par en par y me precedió al interior de aquella gran habitación. —¡Uauuu! —exclamé cuando me envolvió un aire helado—. Aquí dentro hace un frío de mil demonios —dije temblando. El doctor Gray sonrió comprensivo. —M antenemos la atmósfera muy fría. Al parecer eso les mantiene más espabilados. Sostuvo la caja de zapatos con una mano y señaló con la otra las criaturas de M arte. —Cuando salen del cascarón, no les apetece el calor. Si la temperatura sube demasiado… se derriten —me explicó. Bajó la caja hasta depositarla sobre el suelo. —Y no queremos que se derritan, ¿no es así? —dijo el científico—, porque si se derriten no podemos estudiarlos. Inclinándose sobre la caja sacó cuidadosamente a mi criatura y la colocó junto a un grupo de tres o cuatro de sus congéneres. Todos comenzaron a balancearse, presos de una gran excitación. El doctor Gray recogió la caja y volvió a incorporarse. Sonrió al recién llegado. —No queremos que te derritas, ¿no es cierto, amiguito? —le dijo—. Queremos que crezcas sano y espabilado. De modo que mantendremos la atmósfera de esta habitación tan fría como nos sea posible. M e estremecí y me froté los brazos para darme calor. Tenía carne de gallina en todo el cuerpo. ¿Sería a causa de la excitación? ¿O debido sólo al frío? Deseé haberme vestido con algo más abrigado que una simple camiseta. Las criaturas se balanceaban y burbujeaban. Yo no podía apartar mis ojos de ellas. ¡Se trataba de verdaderos seres procedentes de M arte! Observé cómo empezaban a avanzar en nuestra dirección. Se movían con una rapidez sorprendente, a medias rodando, a medias dando saltitos. Dejaban tras de sí un rastro húmedo y amarillo. Deseaba hacerle un millón de preguntas al doctor Gray. —¿Tienen cerebro? —pregunté—. ¿Son listos? ¿Pueden comunicarse? ¿Ha tratado de hablar con ellos? ¿Se comunican entre sí? ¿Cómo es que pueden respirar nuestro aire? El científico se rió entre dientes. —Tienes una mente muy científica, Dana —me dijo—. Ocupémonos de las preguntas de una en una. ¿Qué deseas saber en primer lugar? —Bueno… —comencé a decir, pero me interrumpí cuando observé lo que las criaturas acababan de hacer. M ientras el doctor Gray y yo hablábamos, se habían apresurado a formar un círculo. Y ahora nos tenían rodeados. Giré sobre mis talones para mirar a mi alrededor. Las criaturas se habían puesto detrás de nosotros. Bloqueaban la puerta. Y ahora se nos acercaban, burbujeando y latiendo, dejando un rastro de limo mientras se deslizaban hacia delante. ¿Qué planeaban hacer?


Preso del pánico, me volví hacia el doctor Gray. Sin embargo, para mi asombro, el científico sonreía. —Nos-nos-nos han atrapado —tartamudeé. Él sacudió la cabeza. —Algunas veces se mueven de ese modo. Pero no temas, Dana. Son inofensivos. —¿Inofensivos? —repetí con un chillido agudo—. Pero… pero… ; —¿Qué pueden hacer? —preguntó el doctor Gray, apoyando una vez más su mano reconfortante sobre mi hombro tembloroso—. Sólo son coágulos de huevo. No pueden morderte, ¿verdad? Y no parece que tengan bocas. No pueden cogerte, ni golpearte, ni darte un puntapié, no tienen brazos ni piernas. Las criaturas estrecharon aún más el círculo. Las observé con la garganta reseca y las piernas temblorosas. Naturalmente, sabía que todo cuanto el doctor Gray había dicho era cierto. Sin embargo, ¿por qué estaban haciendo aquello? ¿Por qué diseñaban un círculo? ¿Por qué se acercaban cada vez más a nosotros? —A veces forman triángulos —me dijo el doctor Gray, como si adivinara mis pensamientos—. Otras veces forman rectángulos o cuadrados. Es como si estuvieran imitando distintas formas que han visto. »Tal vez sea el modo que emplean para tratar de comunicarse con nosotros. —Tal vez —asentí suavemente. M e hubiera gustado que aquellas criaturas retrocedieran. Sólo se trataba de masas informes y húmedas. Pero realmente conseguían aterrorizarme. M e estremecí otra vez. M i aliento se transformaba en vapor en cuanto salía de mi boca. Hacía tanto frío que mis gafas comenzaron a empañarse. M iré hacia el suelo y busqué a la pequeña criatura que había encontrado en el jardín de mi casa. Se había unido a las demás y formaba parte del círculo, balanceándose, latiendo y burbujeando con todos sus congéneres. El doctor Gray se volvió y comenzó a caminar en dirección a la puerta. Yo le seguí. M i único deseo era salir de aquel congelador lo antes posible. —Gracias por haberme traído esa criatura, Dana —dijo el doctor Gray. Luego sacudió la cabeza y añadió—: Pensé que los había recogido a todos. Fue una gran sorpresa descubrir que se me había perdido uno. —Se rascó entonces la cabeza, antes de proseguir—: ¿Has dicho que lo encontraste en el patio trasero de tu casa? Asentí con un movimiento de la cabeza. —Era un huevo, pero luego rompió el cascarón dentro del cajón de la cómoda de mi cuarto —repuse con los dientes en pleno castañeteo. Estaba helado—. ¿Significa eso que la criatura es mía? —le pregunté al doctor Gray—. Quiero decir… ¿me pertenece? La sonrisa se borró de su rostro. —No estoy muy seguro. No sé qué dicen las leyes acerca de las criaturas alienígenas del espacio exterior. —Reflexionó, y luego, frunciendo el entrecejo, añadió—: Tal vez no existan leyes respecto a estas cuestiones. M iré una vez más a la pequeña masa amarilla. Las venas verdes de sus costados latían con fuerza. Todo su cuerpo se estremecía frenéticamente. ¿Se apenaba al verme marchar? No, de ningún modo. «Eso es una tontería», me dije. —Supongo que querrá conservarlo aquí durante algún tiempo para poder estudiarlo —le dije al doctor Gray. Asintió. —Sí, estoy sometiendo a estas criaturas a todas las pruebas que puedo imaginar. —Pero ¿podré volver a visitarlo? —pregunté. El doctor Gray me miró fijamente con los ojos entrecerrados. —¿Volver a visitarlo? Dana… ¿qué quieres decir con eso de que regresarás a visitarlo? Tú no te vas de aquí.


—¿Cómo ha dicho? —pregunté, casi atragantándome. Seguramente no le había oído bien. Todo mi cuerpo se estremeció recorrido por un escalofrío. M e froté los antebrazos tratando de darles un poco de calor. —¿Ha dicho que no puedo irme de aquí? —conseguí preguntarle. El doctor Gray clavó en los míos sus pálidos ojos azules. —M ucho me temo que no podrás marcharte, Dana. Debes quedarte aquí. Un grito aterrorizado escapó de mi garganta. ¡No podía estar hablando en serio! «No es posible, no puede retenerme aquí», me dije, procurando recuperar la calma. «No puede retenerme en este lugar en contra de mi voluntad. Eso va en contra de la ley.» —Pero… ¿por qué? —le pregunté con voz muy débil—. ¿Por qué no puedo regresar a mi casa? —Es sencillo. Seguro que puedes comprenderlo… —repuso el doctor Gray con serenidad—. No queremos que nadie sepa que nos han invadido los marcianos. Lanzó un suspiro antes de proseguir. —No querrás que el mundo entero sufra una psicosis de pánico, ¿no es verdad, Dana? —Yo… yo… yo… —procuré responder, pero estaba demasiado aterrorizado, demasiado alarmado, demasiado helado. M iré colérico al doctor Gray. —Tiene que dejarme marchar —insistí con voz temblorosa. Su expresión se suavizó. —Por favor, Dana, no me mires de ese modo —dijo—. No soy una mala persona. No quiero asustarte. Y tampoco deseo retenerte en este laboratorio en contra de tu voluntad. Sin embargo, dime, Dana… ¿qué otra cosa puedo hacer? Soy un científico y he de ejecutar mi trabajo. Yo seguía mirándole. Todo mi cuerpo temblaba y no sabía qué decirle. Dirigí la vista hacia la puerta metálica. Estaba cerrada, pero no le había echado el cerrojo. M e pregunté si podría alcanzar la puerta antes de que lo hiciera el doctor Gray. —También tengo que estudiarte a ti, Dana —prosiguió el doctor Gray, que se metió las manos dentro de los bolsillos de la bata—. Es mi trabajo, Dana. —¿Estudiarme a mí? —chillé—. ¿Por qué? Señaló a la criatura que yo había encontrado. —Tú la tocaste, ¿no? La tuviste entre las manos, la recogiste, ¿verdad? M e encogí de hombros. —Bueno… sí, lo hice. La recogí y la sostuve entre las manos… ¿y qué? —Verás… El problema es que no sabemos si te ha transmitido algún germen peligroso —repuso—. No sabemos qué clase de microbios o de bacterias o de extrañas enfermedades pueden haber traído estas criaturas desde el planeta M arte. Tragué con dificultad. —Umm. ¿Enfermedades? Se rascó el bigote. —No quiero asustarte. Es probable que estés muy sano. Te sientes bien, ¿no es así? M is dientes castañetearon. —Sí, supongo que sí, sólo estoy helado. —Bueno, tengo que retenerte aquí y someterte a un examen. Ya sabes. Observarte cuidadosamente. Asegurarme de que el hecho de haber tocado a esa criatura marciana no te ha producido ningún trastorno o alteración… «¡Qué va!», pensé para mis adentros. «No me importan los extraños gérmenes de M arte. No me interesan las posibles enfermedades de esas criaturas. No me importa la ciencia. »Todo lo que me interesa en este momento es salir de aquí. Regresar a mi casa y reunirme con mi familia. »Usted no va a retenerme en este lugar, doctor Gray. No va a someterme a una observación rigurosa. »Porque… ¡yo me largo de aquí!» El doctor Gray estaba diciéndome algo. Supongo que continuaba explicándome las razones por las que planeaba mantenerme prisionero en su helado laboratorio. Pero yo no le escuchaba. Decidí escapar. Corrí hacia la gran puerta de metal. El círculo de criaturas marcianas me bloqueó el paso. Pero salté con facilidad por encima de ellas y continué corriendo. Jadeando y temblando, llegué hasta la puerta. Así la manija y miré hacia atrás. ¿Acaso el doctor Gray corría detrás de mí? No. No se había movido. «¡Estupendo! —pensé—. Le he pillado por sorpresa. »¡M e largo!» Giré la manija y tiré con fuerza. La puerta no se abrió. Tiré de ella con más energía. Pero no se movió. Intenté empujarla. Sin resultado. La voz del doctor Gray llegó nítida a mis oídos. —La puerta se controla electrónicamente —dijo con calma—. Está cerrada con llave. No puede abrirse a menos que tengas la unidad de control. No le creí, de modo que volví a intentarlo. Empujé y tiré de ella con todas mis fuerzas. Pero el científico me había dicho la verdad. La puerta metálica estaba sellada electrónicamente. Abandoné mi empeño con un grito de protesta y me volví para enfrentarme a él.


—¿Cuánto tiempo debo quedarme aquí? —le pregunté. M e contestó en voz baja y con un tono helado. —Probablemente durante mucho tiempo.


—Dana, apártate de la puerta —ordenó el doctor Gray—. Y procura calmarte. ¿Que me calme? —Estarás estupendamente —dijo el científico—. Yo cuido muy bien de todos mis especímenes. ¿Especímenes? No quería calmarme. Y tampoco quería ser un espécimen. —Soy un chico, no un espécimen —le espeté furioso. No creo que me escuchara. M e apartó de su camino y luego accionó la unidad de control remoto que llevaba en la mano. La puerta se abrió lo justo para que él pudiera pasar. Y se cerró enseguida a sus espaldas con un sonoro ¡clic! Estaba prisionero. Encerrado en aquel congelador con tres docenas de marcianos. El corazón me palpitaba con fuerza. En los oídos notaba un agudo silbido y en las sienes un latido molesto. Tenía la sensación de que la cabeza me iba a estallar. Jamás me había sentido tan enfadado en toda mi vida. Lancé un grito de rabia. Las criaturas informes comenzaron a parlotear. M e volví hacia ellas, sorprendido. Su cháchara sonaba como la de unos pequeños chimpancés. Una habitación llena de chimpancés parloteando entre sí. Sólo que no se trataba de chimpancés. Eran monstruos llegados de M arte. Y yo estaba encerrado con ellos en aquel laboratorio. Un espécimen. —¡Noooooo! —grité enloquecido y corrí hacia la ventana. »¡No puede dejarme aquí! —chillé mientras golpeaba el cristal de la ventana con los puños. Tenía ganas de llorar. Quería gritar hasta que se me secara la garganta. Nunca me había sentido tan furioso y, a la vez, tan aterrorizado. —¡Déjeme salir! ¡Doctor Gray, déjeme salir de aquí! ¡No puede retenerme! —le grité, sin dejar de golpear contra el cristal de la ventana con todas mis fuerzas. «Golpearé hasta que consiga romper el cristal», me propuse. «Lo romperé, saltaré a través de la ventana y escaparé de este maldito sitio.» Aporreé frenéticamente el cristal. —¡Déjeme salir de aquí! ¡No puede hacer esto! El cristal era grueso y muy duro. No había la menor posibilidad de que pudiera romperlo. —¡Déjeme salir! —proferí en un último grito de súplica. Cuando me volví hacia la sala, las criaturas dejaron de parlotear y me miraron con sus ojos negros, semejantes a botones. Ya no latían ni se balanceaban. Permanecían completamente inmóviles. Como si se hubieran helado. «¡Voy a congelarme!», pensé entonces. M e froté con fuerza los antebrazos, pero no conseguí infundirles calor. Tenía las manos tan frías como el hielo. «M e llenaré de carámbanos —pensé—. M e congelaré hasta morir aquí dentro. Voy a convertirme en el hombre de hielo.» Las criaturas continuaban inmóviles con sus ojos clavados en mí, como si estuvieran estudiándome, como si estuvieran decidiendo qué hacer conmigo. Repentinamente, mi criatura, la que yo había llevado hasta allí, rompió el silencio. La reconocí por las venas azules que latían en la parte delantera de su cuerpo gelatinoso. Comenzó a parlotear produciendo un sonido muy fuerte. Las otras criaturas se volvieron como para oír lo que les decía. ¿Acaso estaba hablándoles? ¿Estaba comunicándose con las demás en algún parloteo marciano? —¡Espero que estés explicándoles que te salvé la vida! —le dije—. ¡Espero que les digas que soy un buen chico! ¡Estuviste a punto de escurrirte por el desagüe del fregadero… ¿lo recuerdas?! Claro que aquella extraña criatura no podía comprender lo que le decía. No sé por qué razón le había gritado. Supongo que estaba perdiendo el control. Estaba completamente colgado. M ientras la criatura continuaba parloteando, observé a las demás. Todas escuchaban en silencio. Empecé a contarlas. Ellas eran tantas… y yo… ¡uno solo! ¿Serían amistosas? ¿Les gustarían los extraños? ¿Les caerían bien los seres humanos? ¿Cómo se sentirían al haber sido encerradas en aquella habitación congelada? ¿Podían sentir algo? Eran interrogantes cuyas respuestas en realidad yo no deseaba conocer. Sólo quería largarme de allí. Decidí volver a intentar salir por la ventana. Sin embargo, antes de que yo echara a andar, mi criatura dejó de parlotear. Y las demás comenzaron a desplazarse. Silenciosamente, se congregaron, muy arrimadas unas a otras, hasta formar una compacta cuña amarillenta. Y luego, deslizándose a una velocidad mayor de la que pudiera yo imaginar, se lanzaron al ataque.


—¡Eh! —exclamé asustado mientras retrocedía ante aquella embestida inesperada. La masa compacta de criaturas ovoides siguió adelante. Sus cuerpos húmedos chasqueaban en el suelo mientras brincaban hacia mí. Retrocedí hasta que mi espalda se pegó contra el cristal de la ventana. No tenía escapatoria. —¿Qué es lo que queréis? —grité, aunque a causa del pánico me salió un hilillo de voz aguda—. ¿Qué vais a hacer? M e volví y golpeé el cristal de la ventana con las palmas, preso de la desesperación. —¡Doctor Gray, doctor Gray, ayúdeme! ¿Acaso pensaban arrollarme con su masa gelatinosa? ¿Tragarme así… sin más? Sin embargo, para mi sorpresa, las criaturas se detuvieron a unos pocos centímetros de mí. A continuación comenzaron a deslizarse y a balancearse hasta formar de nuevo un círculo. Luego, moviéndose con precisión y muy lentamente, diseñaron con sus cuerpos… ¡un triángulo! Las observé anonadado, temblando de frío, con los dientes castañeteando. Asumí entonces que no se disponían a atacarme. «Pero… ¿qué están haciendo? »¿Por qué diseñan esas formas geométricas? ¿Están tratando de hablar conmigo?» Respiré profundamente, tratando de calmar el pánico que me atenazaba. «Eres un científico, Dana —me recordé—. Actúa como tal y no como un niño asustado. Procura hablar con ellos, trata de comunicarte.» Durante unos segundos pensé frenéticamente. Luego alcé las manos ante mí y formé un círculo con los dedos índices y los pulgares. Levanté los brazos para que todas las criaturas pudieran observar el círculo. Y luego permanecí inmóvil, aguardando a ver lo que hacían. Los glóbulos amarillos habían formado un gran triángulo que prácticamente cubría toda la habitación. Vi que sus redondos ojos negros se clavaban en el círculo que yo había hecho con mis dedos. Entonces se desplazaron todas del modo habitual, balanceándose, rodando, palpitando… ¡hasta conformar un círculo perfecto! ¿Estaban imitando lo que yo hacía? Tenía que comprobarlo. Cambié la posición de los dedos hasta formar un triángulo y, una vez más, alcé los brazos para que pudieran ver con claridad la nueva figura. Las criaturas formaron un triángulo. ¡Sí! «¡Nos estamos comunicando! —me dije, feliz de haberlo comprobado—. ¡Estamos hablando!» De súbito me sentí muy excitado. M e parecía ser un pionero del mundo científico. «¡Soy la primera persona de la Tierra que se ha comunicado con los marcianos!», me dije. «Estas criaturas son amistosas —decidí—. No entrañan el menor peligro.» En realidad no lo sabía con seguridad, pero me sentía tan entusiasmado por haber podido comunicarme con aquellos seres que no deseaba pensar nada malo acerca de ellos. El doctor Gray no tenía derecho a retenerlos prisioneros allí dentro, pensé. Y desde luego no tenía derecho a encerrarme a mí con ellos en aquella habitación. No creí ni por un momento su excusa del porqué debía retenerme en el laboratorio. ¿Sólo porque había tocado a uno de ellos? ¿Porque había sostenido al pequeño ser ovoide? ¿Realmente esperaba que creyera que el mero hecho de tocarlo podría producirme algún daño? ¿Realmente pensaba que podía caérseme la piel a jirones o algo por el estilo? ¿Acaso pensaba de verdad que tocar a una de aquellas criaturas iba a provocarme una extraña enfermedad o modificarme de algún modo? Era una idea estúpida. Yo había sostenido aquel glóbulo amarillento entre las manos y me sentía perfectamente bien. «Estas criaturas son mis amigas —me dije—. Y tocarlas no va a producirme el menor daño. »Sin embargo, soy un científico. Al menos, quiero llegar a serlo. De modo que debo comportarme como tal, razonar científicamente», pensé. Decidí examinarme con cuidado, centímetro a centímetro, sólo para asegurarme. Alcé las manos y las inspeccioné minuciosamente, primero una y luego la otra. No me pareció ver nada extraño en ellas. No encontré indicios de erupciones cutáneas; la piel no se me descamaba. Y todavía tenía cuatro dedos y un pulgar en cada mano. M e froté los brazos. Estaban perfectamente bien, sin la menor señal alarmante. Tal vez debería examinarme todo el cuerpo, me dije entonces. M e incliné y cogí mi pierna izquierda. ¡La sentí blanda y fofa! —¡Oh, no! —chillé aterrorizado. Examiné nuevamente mi pierna. No cabía duda, estaba blanda y gelatinosa. No tuve que mirar para saber lo que me estaba ocurriendo. M e estaba convirtiendo en una de aquellas criaturas. M uy lentamente, estaba transformándome ¡en una masa semejante a la de los huevos revueltos!


—¡No, por favor, no! Apreté con fuerza mi blando tobillo. No me atrevía a mirar hacia abajo. No quería verificar lo que estaba sucediéndome. Pero tenía que mirar. Lentamente, muy lentamente… bajé la mirada. Y entonces comprobé… que estaba apretando una de aquellas criaturas de forma de huevo. Y no mi pierna. Aparté la mano y solté una risa de alivio. —¡Oh, uauuu! ¿Cómo pude haber pensado que aquella cosa blanda y gelatinosa era mi pierna? Vi cómo el pequeño marciano se alejaba de mí para reunirse a toda prisa con sus camaradas. Sacudí la cabeza. Aunque no había nadie que me observara… me sentí como un completo idiota. «Cálmate, Dana, cálmate», me dije. Pero… ¿cómo podía calmarme? Dentro de aquella sala de laboratorio el aire parecía enfriarse por momentos. No podía dejar de temblar. Apreté con fuerza las mandíbulas. Aun así no pude evitar que mis dientes se entrechocaran. M e apreté la nariz. Helada y entumecida. M e froté las orejas. También estaban entumecidas. «Esto no es una broma —pensé, con un nudo en la garganta—. Voy a congelarme. Voy a morir helado.» Traté de pensar en algo cálido. M e imaginé en una playa durante el verano. M e imaginé un buen fuego en la chimenea del estudio de mi casa. Pero no sirvió de nada. Un fuerte escalofrío hizo que todo mi cuerpo se estremeciera. «Tengo que hacer algo para no pensar en el frío», decidí con firmeza. Las criaturas gelatinosas se habían dispersado por toda la habitación. Levanté nuevamente las manos y formé un triángulo con los dedos. Todas ellas me miraron, pero no se movieron. A continuación formé un círculo. Tampoco me hicieron caso. —Supongo que ya estáis hartos, ¿no? —les pregunté. Traté de utilizar los índices y los pulgares para dar forma a un rectángulo. Pero resultaba demasiado complicado. Los dedos no pueden doblarse hasta el punto de formar un rectángulo. Además, las criaturas gelatinosas no me prestaban la menor atención. «Voy a morir congelado —me dije una vez más—. Congelado. Congelado. Congelado.» La palabra se repetía en mi cabeza hasta convertirse en una amarga letanía. M e senté en el suelo y me acurruqué en un rincón. Hecho un ovillo traté de conservar el poco calor que todavía tenía en el cuerpo. Un sonido procedente del otro lado de la ventana hizo que me pusiera en pie de un salto. Alguien se acercaba. ¿Sería el doctor Gray? ¿M e dejaría salir de allí? M e volví ansioso en dirección a la puerta. Escuché con toda claridad el sonido de unos pasos en el pasillo. Y luego un ¡clinc! metálico. Una ranura se abrió justo sobre la línea del suelo, a la izquierda de la puerta. Y alguien deslizó dentro una bandeja con alimentos. M e abalancé sobre ella. M acarrones con queso y un bote pequeño de leche. —¡Pero si yo odio los macarrones con queso! —grité furioso. No hubo respuesta. —¡Los odio! ¡Los odio! ¡Los odio! —chillé una y otra vez. Estaba perdiendo nuevamente el control. Pero no me importó. M e incliné sobre la bandeja y sostuve las manos encima del plato de macarrones. El vapor que brotaba de la comida me entibió las manos. «Al menos está caliente», pensé. M e senté en el suelo y coloqué la bandeja sobre mis rodillas. Luego me tragué los macarrones… sólo porque estaban calientes y necesitaba ese calor. El sabor era horrible. Odio ese sabor, húmedo y pegajoso del queso. Pero al menos me reconfortó. No abrí el bote de leche. Estaba demasiado frío. Sintiéndome un poco mejor, dejé la bandeja a un lado y me puse en pie. M e acerqué a la ventana y comencé a golpear el grueso cristal con toda la fuerza de que eran capaces mis puños. —¡Doctor Gray, déjeme salir de aquí! —grité—. ¡Doctor Gray, sé que me oye! ¡Déjeme salir! ¡No puede retenerme aquí dentro y obligarme a comer macarrones con queso! ¡Déjeme salir! Grité hasta quedarme afónico. Pero no obtuve respuesta ni oí ningún sonido procedente del otro lado del cristal. M e aparté furioso de la ventana. —Tengo que encontrar el modo de salir de aquí —dije en voz alta—. ¡Tengo que conseguirlo! Y entonces se me ocurrió una idea.


Lamento decirlo, pero no era una buena idea. Era el tipo de idea que a uno se le ocurre cuando está aterrorizado y a punto de morir congelado. ¿Cuál era ese plan? Llamar por teléfono a casa y pedirles a mis padres que vinieran a buscarme. Lo único malo de esa ocurrencia era que no había teléfono en la habitación. Busqué cuidadosamente. En la pared del fondo había estanterías metálicas que llegaban hasta el techo, pero sólo contenían libros y expedientes científicos. En un rincón había una mesa, pero estaba vacía. Y nada más. Nada más en toda la habitación. Excepto aquellas decenas de criaturas y yo mismo. Necesitaba una nueva idea, una idea que no precisara de un teléfono. Pero no se me ocurría nada. M e dirigí hacia la puerta y de nuevo traté de abrirla. Pensé que tal vez el doctor Gray se hubiera despistado y no la habría cerrado con llave. Pero no tuve esa suerte. Examiné la rendija por la que habían deslizado la bandeja con los alimentos. Sólo tenía unos pocos centímetros de altura. Demasiado estrecha para que pudiera deslizarme por ella… Estaba atrapado. Era un prisionero. Un espécimen. M e dejé caer abatido al suelo y apoyé la espalda contra la pared. Encogí las piernas y me las abracé con fuerza, convirtiéndome otra vez en una especie de ovillo, procurando conservar algo de calor corporal. ¿Cuánto tiempo pensaba tenerme allí dentro el doctor Gray? ¿Para siempre? Dejé escapar un suspiro de desánimo. Pero entonces se me ocurrió una idea que me devolvió el optimismo. Y sentí que había una pequeña esperanza. Recordé algo que había olvidado: le había dicho a Anne adonde me dirigía. Esa misma mañana, en su patio trasero, le había explicado a Anne que pensaba llevar a la extraña criatura al laboratorio científico. «¡Van a rescatarme!», me dije con entusiasmo. M e puse en pie y agité los puños en el aire. Abrí la boca y lancé un grito de victoria. —¡Sííííííí! Sabía con toda exactitud lo que iba a suceder. Cuando no apareciese a la hora de comer, mamá o papá llamarían a Anne porque siempre es en su casa donde estoy a la hora de comer… cuando debería estar en la mía. Anne les explicaría que yo había ido al laboratorio científico de la calle Denver. M amá diría entonces: «Ya debería estar de regreso.» Y papá añadiría: «Será mejor que vaya a buscarlo.» Entonces papá vendría y me rescataría. Era sólo una cuestión de tiempo, lo sabía. Sólo cuestión de unas pocas horas más y mi padre llegaría para sacarme del maldito congelador. ¡Qué alivio! M e dejé caer nuevamente al suelo y me recliné contra la pared dispuesto a esperar. Las criaturas gelatinosas me miraban fijamente. En silencio. Supongo que trataban de averiguar qué estaba cavilando. No me di cuenta de que me estaba quedando dormido. M e imagino que estaba agotado a causa de la tensión y el terror. No estoy muy seguro de cuánto tiempo permanecí dormido. M e despertó el sonido de unas voces. Voces que llegaban desde el corredor. M e senté, completamente despierto y alerta. Y escuché con atención. Entonces oí la voz de mi padre. ¡Sí! Ya estaba aquí. Estaba a punto de rescatarme. ¡SÍ! M e puse en pie. Estiré los músculos entumecidos y me dispuse a dar la bienvenida a mi padre. Y entonces oí con toda claridad la voz del doctor Gray. —Lo siento, señor Johnson, pero su hijo no ha estado aquí.


—¿Está seguro? —oí que preguntaba mi padre. —Completamente seguro —repuso el doctor Gray—. Soy el único miembro del personal que está hoy aquí, señor Johnson. El laboratorio cierra los fines de semana y no hemos tenido visitas. —Es más o menos de esta altura —escuché que le explicaba papá—. Tiene los cabellos negros y lleva gafas. —No. Lo siento —insistió el doctor Gray. —Sin embargo mi hijo le dijo a su amiga que venía hacia aquí. Tenía algo que deseaba mostrarle a un científico. Su bicicleta tampoco está en nuestro garaje. —Bueno, puede echar un vistazo por los alrededores del edificio y comprobar si la bicicleta de su hijo aparece en algún sitio —le dijo el doctor Gray a papá—. Aunque no creo que la encuentre. «¡La ha ocultado! —me dije—. El doctor Gray ha ocultado mi bicicleta para que nadie pueda hallarla.» Lancé un grito de rabia y me precipité contra el cristal de la ventana. —¡Papá, estoy aquí! —chillé. Hice una bocina ahuecando las manos y volví a gritar con todas mis fuerzas—: ¡Papá! ¿M e oyes? ¡Estoy aquí! ¡Papá! Hice una profunda inspiración y escuché con atención. El corazón me latía con tanta violencia que apenas oía las voces que ahora llegaban desde el frente del edificio. Papá y el doctor Gray continuaban hablando tranquilamente y sin levantar la voz. —¡Papá! ¿M e oyes? —grité otra vez—. ¡Soy yo, Dana! ¡Vuelve, papá, no te marches! ¡Estoy aquí! ¡Ayúdame a salir! M i voz se quebró. M e dolía la garganta de tanto chillar. —¡Papá, por favor…! Con el pecho a punto de estallar presioné la oreja contra el cristal y volví a escuchar con atención. —Bueno, esto es muy extraño, señor Johnson —estaba diciendo el doctor Gray—. El chico no ha estado aquí. ¿Le gustaría echar un vistazo al laboratorio? «¡Sí, papá, por favor, di que sí! —rogué en silencio—. ¡Di que sí! »¡Dile que quieres echar un vistazo en el laboratorio, papá! ¡Por favor, díselo!» —No, gracias —oí que respondía mi padre—. Será mejor que continúe buscándole. M uchas gracias, doctor Gray. Oí cómo papá se despedía. Oí el sonido que hacía la puerta de entrada al cerrarse. Entonces supe que estaba condenado.


—No puedo creer que esto me esté ocurriendo a mí —murmuré en voz alta—. Papá ha estado tan cerca… ¡tan cerca! Volví a caer sentado en el suelo, completamente abatido. M e sentía descorazonado. Quería hundirme en el suelo, seguir cayendo hasta enterrarme bajo tierra, hasta desaparecer para siempre. M e dolía la garganta de tanto gritar. ¿Por qué papá no me había oído? Yo bien le oía a él… ¿Y por qué razón había creído las mentiras del doctor Gray? ¿Por qué no había entrado para examinar el laboratorio? M e habría visto a través del cristal de la ventana, me habría rescatado. «El doctor Gray es cruel, un hombre malvado —comprendí—. Simula interesarse sólo por la ciencia. Simula estar preocupado por mi salud, por mi seguridad. Dijo que si me retenía aquí dentro, era para asegurarse de que yo estaba a salvo de cualquier tipo de contaminación.» Pero le había mentido a mi padre. Y me había mentido a mí. Acurrucado en el suelo, me estremecía mientras el aire helado parecía colarse a través de mi piel. Cerré los ojos e incliné la cabeza. Quería conservar la calma. Sabía que debía mantenerme sereno a fin de pensar con claridad. Pero no podía. Los escalofríos que me recorrían la espalda no se debían sólo al frío, sino también al terror. Unas voces atrajeron mi atención. Contuve el aliento y aguardé en silencio. ¿Era mi padre? ¿O estaba comenzando a imaginar cosas? —Tal vez debería echar un vistazo —fue lo que pensé que mi padre decía. ¿Lo estaba soñando? No. Oí que el doctor Gray murmuraba una respuesta. Luego oí a mi padre otra vez. —M ire, doctor Gray, a veces Dana se mete en unos sitios en los que no debería meterse. Le interesa tanto la ciencia que tal vez se haya colado en el laboratorio por alguna puerta trasera… —¡Sí! —grité con infinita alegría. Cada vez que perdía la esperanza se me ofrecía una nueva oportunidad de salvarme. M e puse en pie de un salto y corrí otra vez hacia la ventana. Crucé los dedos y rogué para que mi padre recorriera el pasillo hasta el final y me encontrara. Al cabo de unos segundos vi a papá y al doctor Gray en el extremo más alejado del largo pasillo pintado de color blanco. El doctor Gray le precedía lentamente abriendo las puertas que hallaban a su paso. Echaban un vistazo a cada laboratorio y luego continuaban la marcha. —¡Papá! —grité—. ¿M e oyes? ¡Estoy aquí atrás! Sin embargo, aunque yo apoyaba la cara en el cristal de la ventana, mi padre no me oía. Golpeé con fuerza el cristal. Papá continuó andando junto al doctor Gray. Ni siquiera levantó la mirada. Aguardé a que se encontraran más cerca. El corazón me latía tan deprisa que parecía que fuera a estallar dentro de mi pecho. Tenía la boca seca. Apreté el rostro cuanto pude contra el cristal de la ventana. Al cabo de unos segundos seguro que papá echaría un vistazo a través de la ventana y me vería. Entonces yo saldría de aquel lugar y el doctor Gray tendría que dar explicaciones por su comportamiento. Con las manos y la nariz presionadas contra el cristal les vi acercarse por el pasillo, que en el extremo donde yo estaba se hallaba a oscuras. Sin embargo yo alcanzaba a ver cómo se iban asomando a las puertas de todos los laboratorios. —¡Papá! —grité—. ¡Papá, por aquí! Sabía que no podía oírme, pero de todos modos tenía que continuar gritando. Los dos hombres desaparecieron durante un momento dentro de uno de los laboratorios. Luego continuaron avanzando por el pasillo directamente hacia mí. Hablaban en voz baja. No pude oír lo que decían. Papá miraba fijamente al doctor Gray. «¡Vuélvete hacia aquí, papá…! —rogué en silencio—. ¡Por favor, mira hacia este extremo del pasillo! ¡M ira a través de la ventana…!» Charlando tranquilamente desaparecieron por otra puerta. «¿De qué demonios estarán hablando?», me pregunté. Al cabo de unos segundos salieron de nuevo al pasillo. Y caminaron en mi dirección. «¡Papá, por favor! ¡Estoy aquí!», supliqué apoyando el rostro y las manos contra el cristal. Aporreé el vidrio. Papá levantó la vista y miró derecho hacia la ventana. M e miró a mí. «¡Estoy salvado!», me dije. «¡Voy a largarme de aquí!» Papá siguió mirándome durante varios segundos. Luego se volvió hacia el doctor Gray. —Gracias por enseñarme todo esto —dijo—. En efecto, Dana no está aquí. Siento haberle hecho perder el tiempo.


—¡Papá, estoy aquí! —chillé desesperado—. ¡M e estás mirando, papá! ¿M e habría vuelto invisible? ¿Por qué no podía verme? —Lamento haberle hecho perder el tiempo, doctor Gray —le oí decir una vez más. —Buena suerte, espero que encuentre a Dana —replicó el doctor Gray—. Estoy seguro de que muy pronto aparecerá en su casa, señor Johnson. Probablemente estará en casa de algún amigo y se le habrá olvidado la hora que es. »Ya sabe cómo son los chicos, pierden la noción del tiempo. —¡Noooooo! —lancé un largo gemido—. ¡Vuelve, papá, vuelve aquí! ¡Papá! Y mientras yo le miraba anonadado, vi cómo mi padre daba media vuelta y se alejaba por el largo y blanco pasillo. Lancé otro grito y volví a aporrear violentamente el cristal. —¡Papá! ¡Papá! ¡Papá! —chillé acompañando cada llamada con un golpe contra la ventana. —¡Papá! ¡Papá! ¡Papá! Entonces mi padre se volvió. —¿Qué es ese ruido? —le preguntó al doctor Gray. El doctor Gray también se volvió. Aporreé el cristal aún con mayor furia. Lo golpeé hasta que tuve los nudillos despellejados y doloridos. —¡Papá! ¡Papá! ¡Papá! —continué chillando. —¿Qué ruido es ése? Parece como si estuvieran golpeando… —comentó mi padre, que estaba ya a medio camino de la salida. —Son las cañerías —le dijo el doctor Gray—. He tenido un sinfín de problemas con las malditas cañerías. El fontanero me ha prometido que vendrá el lunes. Papá asintió con la cabeza y reemprendió la marcha. Le escuché despedirse del científico y luego oí el sonido de la puerta al cerrarse tras él. Sabía que esta vez no regresaría. No me moví de la ventana. M iré a través del cristal el largo pasillo blanco. Unos segundos más tarde vi al doctor Gray que venía hacia mí. Tenía una expresión colérica en el rostro. «Ahora soy su prisionero», pensé amargamente. «¿Qué es lo que planea hacer conmigo?»


Se detuvo junto a la ventana y luego encendió la luz del pasillo. A la brillante claridad distinguí las gotas de sudor que le cubrían la frente. Frunció el ceño y me miró fijamente con sus helados ojos azules. —Buen intento, Dana —dijo con tono ácido. —¿Qué? ¿A qué se refiere? —le pregunté con voz ahogada. Las piernas me temblaban, pero no debido al frío, sino porque estaba aterrorizado. —Has estado a punto de atraer la atención de tu padre —repuso el doctor Gray—. Y eso no hubiera estado nada bien. Hubiera echado a perder mis planes. Presioné las palmas contra el cristal e intenté dejar de temblar. —¿Por qué mi padre no ha podido verme? —le pregunté. El doctor Gray frotó su lado del cristal con la palma de la mano. —Es un vidrio que sólo es transparente en una dirección —me explicó—. Desde el pasillo no se puede ver el interior de la habitación, a menos que encienda la luz del corredor. Dejé escapar un profundo suspiro. —¿Quiere decir que…? —Tu padre sólo ha visto oscuridad —dijo el científico con una sonrisilla satisfecha—. Creía estar viendo una habitación vacía. Lo mismo que te pareció a ti cuando llegaste… hasta que encendí la luz. —Pero… ¿por qué no me ha oído? —pregunté—. He gritado con todas mis fuerzas. El doctor Gray sacudió la cabeza. —Una verdadera pérdida de tiempo. La habitación en la que te encuentras ha sido insonoriza-da. Desde el pasillo no se oye absolutamente nada. —¡Sin embargo yo le oigo a usted! —exclamé—. He oído cada una de las palabras que decían usted y mi padre. Y ahora usted puede oírme a mí. —Hay un sistema de altavoces en la pared —me dijo entonces—. Puedo activarlo y desactivarlo con el mismo mando a distancia que utilizo para abrir la puerta. —De modo que yo le oigo, pero desde fuera no se oye nada —murmuré. —Eres un chico muy listo —repuso y sus ojos destellaron—. Sé que eres lo suficientemente listo como para no intentar más trucos mientras estés aquí. —¡Tiene que dejarme salir! —chillé—. ¡No puede retenerme aquí! —Sí que puedo —me replicó con suavidad—. Puedo retenerte aquí tanto tiempo como quiera, Dana. —Pero-pero… —tartamudeé. Estaba tan aterrorizado que ni siquiera podía articular una palabra. —Es mi deber retenerte aquí —dijo el doctor Gray con toda calma. No le importaba que yo me sintiera aterrado. Comprendí que yo no le importaba en absoluto. «Debe de estar loco», decidí. Un loco malvado. —Es mi deber retenerte aquí —repitió—. Debo asegurarme de que las criaturas que han llegado de M arte no te han hecho el menor daño. Debo asegurarme de que esos seres no te hayan transmitido algún germen nocivo y extraño que tú puedas contagiar a otras personas. —¡Déjeme salir de aquí! —chillé una vez más. En aquel momento estaba demasiado aterrorizado como para discutir con él o pensar con claridad—. ¡Déjeme salir! ¡Déjeme salir! —exigí, golpeando el cristal de la ventana con los puños doloridos. —Descansa un poco, Dana —me aconsejó—. No te fatigues, hijo mío. M añana por la mañana quiero empezar a examinarte. Tengo muchos, muchos análisis que hacerte. —¡P-pero me estoy congelando! —tartamudeé—. Déjeme salir de este lugar. Al menos trasládeme a un sitio más cálido, por favor. No me hizo ni caso. Apagó la luz del pasillo, dio media vuelta y se marchó de allí. Le observé mientras se alejaba por el corredor hasta que desapareció a través de la puerta del frente. Y la cerró a sus espaldas. Yo me quedé allí, temblando, con el corazón desbocado. Estaba helado… y aterrorizado. No tenía modo de saber que la situación empeoraría aún mucho más.


Estaba tan desesperado por atraer la atención de mi padre que prácticamente había olvidado a las criaturas viscosas. Ahora me volví hacia aquellos seres y observé que se hallaban esparcidos por toda la habitación. Inmóviles como estatuas. No se balanceaban ni palpitaban. Y parecían mirarme con una gran atención. El doctor Gray había apagado todas las luces excepto una pequeña bombilla que pendía del techo. Bajo aquella luz mortecina las criaturas marcianas tenían un aspecto pálido y sombrío. Un escalofrío me recorrió la nuca. ¿Corría peligro si me quedaba dormido junto a aquellos seres del espacio? De pronto me sentí exhausto. Estaba tan cansado que me dolían todos los músculos y la cabeza me daba vueltas. Necesitaba dormir. Sabía que tenía que descansar si deseaba estar en forma a la mañana siguiente, en condiciones de encontrar una forma de escapar de allí. Sin embargo… ¿qué harían las criaturas si me quedaba dormido? ¿M e dejarían tranquilo? ¿Se dormirían también ellas? ¿O, por el contrario, intentarían hacerme algún daño? ¿Eran buenas? ¿Eran malvadas? ¿Eran inteligentes? No había modo de averiguarlo. Sólo sabía que no podría permanecer despierto durante mucho más tiempo. M e eché en el suelo y me encogí en un rincón para conservar algo de calor. Pero no sirvió de nada. El frío me atravesaba sin piedad. Tenía la nariz congelada y las orejas entumecidas. Las gafas se habían helado sobre mi rostro. Aunque me frotaba el cuerpo con fuerza, no podía dejar de temblar. Comprendí que iba a morir congelado. Cuando el doctor Gray apareciera por allí a la mañana siguiente, me encontraría echado sobre el suelo, convertido en un bloque de hielo. Eché una mirada a aquellas extrañas criaturas con apariencia de huevos revueltos y, a la escasa luz de la estancia, me devolvieron la mirada. Silencio. Tanto silencio que me entraron ganas de gritar. —¡¿No tenéis frío?! —les solté furioso, pero mi voz brotó sofocada y débil. Ya estaba medio afónico de tanto gritar—. ¿Acaso vosotros no os moriréis de frío igual que yo? —les pregunté—. ¿Cómo podéis soportarlo? Naturalmente, no me respondieron. —Dana, estás perdiendo completamente el control —me dije en voz alta. ¡Estaba tratando de entablar una conversación con una pandilla de huevos viscosos procedentes de otro planeta! ¿Acaso esperaba realmente que me respondieran? Se limitaban a mirarme en silencio. Ni uno solo de ellos temblaba a causa del frío. Ninguno se movía. Sus ojillos negros brillaban a la escasa luz del techo. «Tal vez se hayan dormido», pensé. Eso me tranquilizó un tanto. M e acurruqué abrazado a mis piernas e intenté conciliar el sueño. «Ojalá pudiera dejar de temblar», me dije apretando con fuerza los dientes. Cerré los ojos y repetí silenciosamente la palabra mágica: «Duerme, duerme, duerme…» Pero eso no sirvió de gran cosa. Cuando abrí los ojos observé que las criaturas comenzaban a moverse. Estaba equivocado: no se habían dormido. Estaban bien despiertos y se movían todos al mismo tiempo. Y venían a por mí.


—¡Ohhh! —gemí débilmente. Aún estaba temblando como una hoja debido al frío, pero en ese instante todo mi cuerpo se estremeció debido al terror que experimentaba. Las criaturas marcianas se movieron con sorprendente rapidez. Se estaban reuniendo en el centro de la estancia. Apretándose enérgicamente unas contra otras y emitiendo unos burbujeantes sonidos húmedos. Intenté ponerme en pie, pero las piernas se negaron a obedecer. Las rodillas se me doblaron como si fuesen de goma y volví a caer al suelo. Apoyé la espalda contra el rincón y observé cómo se movían. Se golpeaban unos a otros y cada movimiento producía un sonido potente y húmedo. Y mientras se acoplaban entre sí, también se pusieron en marcha… Venían rodando hacia mí. —¿Qué estáis haciendo? —grité con una voz desesperada y chillona—. ¿Qué vais a hacer conmigo? No me contestaron. Los golpes húmedos resonaban en la estancia mientras los seres viscosos se lanzaban unos contra otros. —¡Dejadme en paz! —chillé y una vez más intenté ponerme en pie. Conseguí arrodillarme, pero temblaba tanto que me resultó imposible ponerme en pie y conservar el equilibrio. —¡Por favor, dejadme en paz! ¡También os ayudaré a escapar a vosotros, amigos! —les prometí—. De verdad, os lo prometo. M añana os ayudaré a escapar. Sólo os pido que esta noche me dejéis en paz… ¿de acuerdo? No parecían comprender mis palabras. ¡Ni siquiera parecían oírme! «¿Qué están haciendo?», me pregunté angustiado mientras les observaba deslizarse hacia mí. ¿Por qué lo hacen? Comprendí entonces que habían aguardado a que yo estuviera a punto de quedarme dormido para cogerme desprevenido: querían sorprenderme. Y la razón era que se disponían a hacer algo que a mí no iba a gustarme en absoluto. Apreté la espalda contra la pared. Ahora las criaturas se movían con gran rapidez, muy pálidas bajo aquella escasa luz. M iré de soslayo cómo se aproximaban y observé aterrorizado que finalmente se habían unido todas. Ya no eran decenas de pequeñas criaturas viscosas. ¡Ahora que estaban unidas se habían convertido en una gigantesca criatura viscosa! Permanecí paralizado mirando aquel muro de huevos revueltos, un muro tan enorme que prácticamente cubría por completo el suelo de la habitación. Un muro que se deslizaba, que rodaba incontenible… ¡en mi dirección! —¡Ohh, por favor, ohh! —grité desesperado. Sabía que debía tratar de ponerme en pie. Sabía que debía echar a correr. Pero ¿hacia dónde? ¿Cómo iba a escapar de aquel muro sólido y enorme de huevos revueltos? Imposible. De modo que permanecí muy quieto en mi sitio observando cómo se acercaban. Demasiado helado. Demasiado congelado para poder moverme. —¡Ohhh! —gemí cuando el muro de huevos comenzó a cubrirme los zapatos. Ahora avanzaban muy deprisa, arrastrándose de algún modo. Arrastrándose encima de mí. El muro de huevo comenzó a cubrir mis zapatos, mis piernas, mi cintura… Y permanecí allí, impotente, mientras me cubrían por entero. Demasiado frío. Demasiado frío. Impotente mientras se derramaban sobre mí. Atrapándome debajo de su masa viscosa. Asfixiándome.


Debí haberme movido. Debí haber luchado. Demasiado tarde. Ya era demasiado tarde. Las criaturas con aspecto de huevos revueltos, pegajosas y cálidas, acopladas formando una unidad, se deslizaron sobre mí como si fuesen una pesada alfombra. Levanté los brazos, encogí las rodillas y traté de librarme de aquello. Demasiado tarde. Se me enroscó en la cintura y luego, rápidamente, sobre el pecho. ¿Acaso pensaban cubrirme también la cabeza? ¿Se proponían asfixiarme? Golpeé con fuerza aquella masa con los dos puños. Pero ya era demasiado tarde para apartarlas de mí. Demasiado tarde para hacerles algún daño. Demasiado tarde para detenerlas mientras avanzaban hasta alcanzar mi cuello. Tan cálidas y pesadas. M oví la cabeza a derecha e izquierda. Traté de rodar y escapar de ellas, pero fue en vano. Demasiado tarde. Demasiado tarde para luchar. Y ahora yacía allí, atrapado. Sentí cómo se deslizaban hasta rozarme la barbilla. Las sentí latir encima de mí. Decenas de monstruos grumosos juntos, apelmazados, mezclados entre sí. Vivos. Una sábana viviente de criaturas, con la consistencia de los huevos revueltos… Cubriéndome. Cubriéndome. Respiré profundamente y contuve el aliento mientras la pesada y cálida alfombra me presionaba la barbilla. Tenía los brazos y las piernas como clavados al suelo. No podía zafarme de su contacto. No podía moverme. Para mi sorpresa, la alfombra viva de huevos revueltos detuvo su avance cuando llegó a mi barbilla. Dejé escapar el aire que había en los pulmones. Y esperé. ¿Realmente se había detenido? Sí. No me cubrió la cabeza. Permaneció encima de mí, pesada y caliente, latiendo regularmente como si aquella masa tuviera decenas de corazones. M uy cálida. M e sentí caliente y casi… cómodo. Dejé escapar un suspiro. Por primera vez desde que me habían encerrado en aquella habitación helada… ¡había dejado de temblar! Ya no tenía las manos y los pies tan helados. Los escalofríos ya no me recorrían la espalda. Caliente. M e sentía abrigado y caliente. Una sonrisa asomó a mi rostro y me di cuenta de que mi terror desaparecía al mismo tiempo que el frío. Comprendí entonces que aquellas extrañas criaturas no pretendían hacerme daño: querían ayudarme. Se habían unido entre sí hasta formar una manta. Una manta abrigada y cómoda. Habían trabajado en equipo para evitar que me congelara. ¡M e estaban salvando la vida! Con el calor de aquella manta viva que latía encima de mí, me sentí más tranquilo. Y somnoliento. Lentamente me sumí en un sueño tranquilo, profundo y sin pesadillas. Un sueño maravilloso que aliviaba mis pesares. Sin embargo, no me ayudó a prepararme para los horrores que me aguardaban a la mañana siguiente.


M e desperté un par de veces durante la noche. Al principio me sentí alarmado y temeroso cuando comprendía que no me encontraba en mi casa y en mi propia cama. Sin embargo, aquella manta viva, que latía sobre mí, cálida y amistosa, me relajaba. Entonces, cerré los ojos y volví a dormirme enseguida. En algún momento, a la mañana siguiente, una voz furiosa me arrancó de mi profundo sueño. Sentí que unas manos me aferraban bruscamente por los hombros. Alguien me sacudió con violencia para despertarme. Abrí los ojos y me encontré cara a cara con el doctor Gray, que estaba inclinado sobre mí ataviado con su blanca bata de laboratorio. Su rostro mostraba una mueca de rabia. M e sacudió enérgicamente y gritó enfurecido. —Dana, ¿qué has hecho? ¿Qué les has hecho a los monstruos de M arte? —¿Qué? —pregunté adormilado, mientras mis ojos se adaptaban a la luz. La cabeza me caía a un lado y otro mientras el doctor Gray me sacudía los hombros con violencia. —¡Suélteme! —conseguí gritar finalmente. —¿Qué les has hecho a las criaturas? —preguntó el científico—. ¿Cómo has hecho para convertirlas en una manta? —Yo-yo… no he hecho nada —repliqué tartamudeando. Cuando habló lo hizo con un rugido furibundo. —¡Lo has echado todo a perder! —chilló. —Por favor… —empecé, luchando por despertarme. M e dejó para aferrar aquella cálida manta con las dos manos. —¿Qué has hecho, Dana? —me repitió—. ¿Por qué has hecho esto? Con otro rugido furioso, arrancó la manta de encima de mi cuerpo y la arrojó contra una de las paredes de la habitación. Las criaturas viscosas chocaron contra el muro del laboratorio y produjeron un ruido sordo. Oí que todas ellas lanzaban débiles gemidos de dolor. Luego, la manta se deslizó flácidamente hasta el suelo. —¡No debería haber hecho eso, doctor Gray! —grité, recuperando por fin la voz. M e puse en pie de un salto. Todavía sentía el agradable calor de aquella especie de edredón que me había salvado la vida. —¡Les ha hecho daño! —le chillé furioso. M iré aquella manta amarillenta, que burbujeaba sin hacer ruido en el mismo lugar donde había caído. No se movía. —¿Has dejado que te toquen? —me preguntó el doctor Gray, con una mueca de disgusto—. ¿Les has permitido que te cubrieran? —¡M e han salvado la vida! —repliqué indignado—. Se unieron para formar entre todos una manta muy cálida… ¡y me han salvado la vida! —repetí furioso. M iré otra vez hacia aquellos seres inmóviles, que todavía permanecían adheridos unos a otros, sólo que ahora parecían hervir. Temblaban violentamente, como si estuvieran excitadas… o furiosas. —¿Estás loco? —gritó el doctor Gray con el rostro súbitamente enrojecido por la ira—. ¿Estás loco? ¿Has permitido que estos monstruos descansaran sobre tu cuerpo? ¿Los has tocado? ¿Acaso tratas de destruir mi descubrimiento? ¿Pretendes arruinar mi trabajo? «Aquí el único loco eres tú —pensé—. Todo esto no tiene el menor sentido.» Todo lo que hacía o decía el doctor Gray era de lo más absurdo. El científico se movió con rapidez y volvió a cogerme con fuerza. M e aferraba tan estrechamente que no podía escapar de él. Luego me empujó en dirección a la puerta. —¡Suélteme, le digo que me suelte! ¿Adonde me lleva? —le pregunté revolviéndome entre sus brazos. —Pensaba que podía confiar en ti —replicó el doctor Gray con un amenazador rugido de furia—. Pero me equivocaba. Lo lamento mucho, Dana. De verdad que lo siento. Tenía la esperanza de conservar tu vida. Pero ahora comprendo que eso no será posible…


M e arrastró hasta la puerta. Se detuvo un instante, rebuscó en uno de los bolsillos de su bata blanca y sacó el mando a distancia que utilizaba para abrir la puerta. Fue entonces cuando vi mi oportunidad: él me sujetaba con una sola mano y yo lo empujé con un movimiento repentino y brusco. Aquel chiflado lanzó un grito y tendió las dos manos para volver a cogerme, pero no le sirvió de nada. Corrí hacia el otro extremo del laboratorio y cuando llegué a la pared me volví para enfrentarlo. Lucía una extraña sonrisa en el rostro. —Dana, no hay sitio alguno al que puedas escapar —dijo con deliberada suavidad. M is ojos recorrieron la habitación con ansiedad. No sabía con exactitud qué era lo que estaba buscando. Ya había examinado la estancia una y otra vez desde que me encerrara allí, y sabía que lo que decía el científico era la pura verdad: no tenía escapatoria. El doctor Gray se quedó delante de la puerta del laboratorio, bloqueándola. La gran ventana había demostrado tener un cristal demasiado fuerte y grueso como para romperlo. Además, era una ventana fija. No se abría. No había más ventanas. Ni otras puertas. Ninguna vía de escape. —¿Qué piensas hacer ahora, Dana? —preguntó el doctor Gray con una voz tan inquietante como serena, mientras la extraña sonrisa se ampliaba aún más en su rostro. Sus ojos claros y gélidos se clavaron en los míos—. ¿Adonde piensas ir, Dana? Abrí la boca para responderle… pero descubrí que no tenía nada que decir. —Pues ya te diré yo lo que va a ocurrir ahora, Dana —prosiguió el doctor Gray con absoluta calma—. Te quedarás aquí, en esta habitación fría, muy fría. Yo me marcharé, pero no sin asegurarme de que te quedas bien encerrado. Su sonrisa se hizo todavía más amplia. —Y luego ya sabes lo que voy a hacer, ¿no es verdad, Dana? Lo sabes, ¿no es cierto? —¿Qué? —pregunté. —Voy a enfriar aún más esta habitación. Voy a bajar tanto la temperatura que será peor que un congelador. —¡No! —protesté. Su sonrisa se desvaneció. —Confiaba en ti, Dana. Confiaba en ti. Pero tú has defraudado mi confianza. Dejaste que los seres te tocaran. Les permitiste que se transformaran en esta… en esta especie de… manta. Los has arruinado, Dana. Has arruinado a mis monstruos viscosos. —P-pero… Yo… si yo no he hecho nada —tartamudeé, cerrando con fuerza los puños. Sin embargo me sentía terriblemente indefenso, impotente… y aterrorizado. —¡No puede congelarme aquí adentro! —chillé—. ¡Yo no he hecho nada! ¡No puede dejarme en este lugar para que muera congelado! —Por supuesto que puedo hacerlo —replicó el doctor Gray gélidamente—. Éste es mi laboratorio. M i pequeño universo privado. Y en él puedo hacer lo que me venga en gana. Sacó entonces del bolsillo de la bata el pequeño mando a distancia, apuntó a la puerta del laboratorio y presionó el botón. La puerta se abrió. Y se encaminó hacia ella. —Adiós, Dana…


—¡No, espere! —grité. El doctor Gray se detuvo en la entrada del laboratorio. M ientras se volvía en mi dirección, la manta formada por aquellas viscosas criaturas se irguió y permaneció así unos instantes, antes de arrojarse sobre el científico. Cayó encima del doctor Gray con un sonido sordo. —¡Eh! —gritó furioso el investigador. Sin embargo, su exclamación quedó sofocada bajo aquella poderosa alfombra de criaturas viscosas. La manta viva lo cubrió por completo. Observé durante un momento cómo se debatía y oí sus gritos ahogados. Vi que se contorsionaba y retorcía, pero no pudo quitársela de encima ni deslizarse fuera de ella. Le vi contraerse sobre el suelo y observé atónito cómo la manta marciana también se contraía al compás de sus movimientos. La manta burbujeaba y se estremecía sobre su víctima. Fue entonces cuando decidí no perder un solo segundo más. Respiré hondo y corrí a través de la habitación. Pasé como un rayo junto a la manta de criaturas vivas. Debajo de ella, el doctor Gray se retorcía desesperadamente. Salí por la puerta abierta. Recorrí el pasillo de paredes blancas hacia la parte delantera del edificio. ¡Perfecto! Unos pocos segundos más tarde conseguí abrir la puerta de entrada y salir fuera del laboratorio. Respiré con ansia el aire puro, dulce y fresco. Era una hermosa mañana. La bola roja del sol aún ascendía sobre los árboles verdes y rejuvenecidos por la primavera. El cielo era límpido y azul. Eché una mirada a mi alrededor. Vi a un chico que repartía periódicos en su bicicleta a media manzana de distancia. Por lo demás, la calle estaba desierta. Di media vuelta y corrí a lo largo de uno de los lados del edificio. ¡Qué agradable era el olor del césped! El aire de la mañana me pareció cálido y estimulante. ¡Por fin había conseguido salir del edificio! Tenía que volver a mi casa. Tenía un presentimiento… y resultó cierto. Encontré mi bicicleta escondida detrás de un cubo de basura, en la parte trasera del edificio del laboratorio. Salté sobre el asiento y comencé a pedalear con fuerza. Nunca me había alegrado tanto de lanzar mi bici a toda velocidad… ¡era tan emocionante! Estaba alejándome, alejándome del horror del enloquecido doctor Gray y su helado laboratorio. Aumenté la velocidad y continué a toda marcha sin detenerme. ¡Sin volver la vista atrás! El mundo era sólo un borrón verde. Seguramente batí un récord de velocidad al llegar a mi casa tan rápido. Entré gritando por el camino y las llantas arrojaron grava a derecha e izquierda al derrapar. Luego salté de la bicicleta y dejé que cayera sobre el césped del jardín. Corrí hacia la casa y entré como un torbellino en la cocina. —¡M amá! —grité. M i madre estaba sentada a la mesa del desayuno y se puso en pie de un salto. Vi su expresión preocupada, que se esfumó en cuanto me vio aparecer sano y salvo. —¡Dana! —exclamó—. ¿Dónde te habías metido? Hemos pasado un miedo espantoso. La policía está buscándote y… y… —¡Estoy bien, mamá! —le dije, dándole un rápido abrazo. M i padre llegó corriendo por el pasillo. —¡Dana! ¿Te encuentras bien? ¿Dónde has estado toda la noche? Tu madre y yo… —¡Los monstruos viscosos! —grité—. ¡M onstruos con aspecto de huevos revueltos que vienen de M arte! ¡Deprisa! —continué chillando. Cogí a mi padre de la mano y empecé a tirar de él—. ¡Vamos! —¿Qué? —me preguntó mi padre dándose la vuelta. Entornó los ojos y me examinó con atención—. ¿Qué es lo que has dicho? —¡No hay tiempo para explicaciones! —gemí—. Han atrapado al doctor Gray. Es un científico malvado, papá. Un hombre muy cruel. —¿Qué estás diciendo…? —preguntó mi madre. —¡Las criaturas viscosas que han llegado de M arte! ¡Deprisa! ¡No hay tiempo que perder! Pero mis padres no se movieron, sino que intercambiaron una mirada. M amá avanzó hacia mí y me puso una mano sobre la frente. —Dana, ¿tienes fiebre? ¿Estás enfermo? —¡No! —estallé—. ¡Escuchadme! ¡Son criaturas con aspecto de huevos revueltos que han llegado de M arte! ¡Venid! Soy consciente de que no me explicaba demasiado bien, pero estaba realmente frenético. —Dana, tranquilízate, por favor —dijo mi madre—. Voy a llamar al doctor M artin. —¡No, por favor! ¡No necesito un médico! —protesté—. ¡Sólo os pido que vengáis conmigo! ¿Vale? ¡Tenéis que verlas! Tenéis que ver esas criaturas viscosas. ¡Deprisa! De nuevo mis padres intercambiaron una mirada de preocupación. —¡No estoy loco! —chillé—. ¡Sólo quiero que vengáis conmigo al laboratorio! —¡Está bien! ¡Está bien! —acabó cediendo mi padre—. ¿Has pasado la noche en ese laboratorio? —Sí —le dije, arrastrándolo hacia la puerta de la cocina—. Te llamé, grité y grité, pero tú no me oías. —¡Oh, vaya! —murmuró papá, sacudiendo la cabeza—. ¡Caray! M is padres y yo subimos al coche. Sólo tardamos tres minutos en llegar al laboratorio. Papá aparcó delante del edificio. Yo salté del coche incluso antes de que el vehículo se detuviera. La puerta delantera continuaba abierta, tal y como yo la había dejado al salir. Entré corriendo en el edificio y mis padres me siguieron pisándome los talones. —Son criaturas de huevo —les expliqué sin aliento—. Proceden de M arte y han capturado al doctor Gray. Recorrimos el largo pasillo blanco. Empujé la puerta, todavía abierta, que comunicaba con la habitación congelada. M amá y papá entraron detrás de mí. Eché un vistazo a la habitación… y solté un gemido de estupefacción…


Observé que papá y mamá me dirigían una mirada de preocupación. —¿Dónde están esas criaturas de huevo? —preguntó mamá con suavidad. Papá colocó afectuosamente una mano sobre mi hombro. —¿Dónde están, Dana? —preguntó en un susurro. —Eh… se han ido… —repuse, conmocionado, con un hilo de voz. El laboratorio estaba vacío. El doctor Gray había desaparecido. Y tampoco estaban las extrañas criaturas viscosas. Ni una sola de ellas. Las paredes estaban blancas y limpias. No había nada sobre el suelo de la habitación. Nada. —Tal vez han regresado a M arte —murmuré, sacudiendo la cabeza. —¿Y el doctor Gray? ¿Qué ha ocurrido con el doctor Gray? —quiso saber papá. —Tal vez las criaturas se lo hayan llevado con ellas —apunté. —Será mejor que regresemos a casa —suspiró mamá—. Y creo que tú deberías ir directamente a la cama, hijo. Papá me guió fuera de la habitación apoyándome las manos sobre los hombros. —Llamaré al doctor M artin —dijo suavemente—. A ver si puede visitar a Dana esta misma mañana. —Yo… yo tengo una sensación un poco rara —admití. De modo que me llevaron a casa y me acosté. El médico apareció un poco más tarde, esa misma mañana, y me examinó, pero no encontró nada extraño. De todas formas, aconsejó que me quedara en cama durante algún tiempo. Sabía que mis padres no me creían y eso me hacía sentir muy mal. Sin embargo, no imaginaba cómo podía convencerles de que estaba diciendo la verdad. M e sentía algo raro. Un poco cansado, supongo. M e dormía, me despertaba y volvía a dormirme. Esa tarde me desperté y oí que mi hermana Brandy hablaba con unos amigos fuera de mi habitación. —Dana se ha vuelto completamente loco —escuché que les explicaba a los chicos. »Dice que fue raptado por un grupo de monstruos con forma de huevos revueltos procedentes del planeta M arte. Oí que sus amigos se reían. «¡Oh, sí, perfecto! —pensé yo amargamente—. Ahora todo el mundo piensa que soy un caso perdido.» Deseaba llamar a Brandy para que entrara en mi cuarto y así poder explicarle lo que había sucedido realmente. Quería que me creyera. Quería que al menos alguien creyera en mí. Pero la pregunta era: ¿cómo lo conseguiría? Enseguida volví a dormirme. M e despertó una voz que pronunciaba mi nombre. M e senté en la cama. La voz flotaba fuera de la ventana abierta de mi habitación. Salí de la cama y crucé el cuarto hasta la ventana. Anne me llamaba desde el camino de la entrada. —Dana, ¿cómo te encuentras? ¿Quieres que suba a verte? Tengo algo que te gustará, un juego de ordenador, la versión nueva en CD-ROM de Battle Chess. —¡Estupendo! —respondí desde la ventana—. Ahora mismo bajo. M e puse una camiseta y unos tejanos. M e encontraba bastante bien. Descansado. En fin, me sentía tal y como era antes de sufrir aquella misteriosa aventura… Era feliz porque al final todo había vuelto a la normalidad. Canturreé una canción mientras cepillaba mi cabello. M e miré en el espejo. «Dana —me dije—, has vivido una aventura sorprendente. Imagínate… ¡has pasado la noche con una pandilla de monstruos con aspecto de huevos revueltos que cayeron de M arte! »Sin embargo ahora estás perfectamente y tu vida ha regresado a la normalidad.» M e sentía tan feliz que le di un gran abrazo a Brandy cuando pasé por su lado. Ella me miró boquiabierta, como si realmente me hubiese vuelto loco. Pasé por la cocina tarareando en voz alta y comencé a cruzar el patio en dirección a la casa de Anne. Todo a mi alrededor me parecía maravilloso: la hierba, los árboles, las flores de la primavera, el sol brillando detrás de los árboles. ¡Qué magnífico día! ¡Qué día tan hermoso, tan perfecto, tan normal! De pronto, cuando ya había recorrido la mitad del camino, en el jardín de la casa de Anne, repentinamente me detuve. M e acuclillé sobre el césped… ¡y puse el huevo más grande que se haya visto jamás!


R. L. STINE. Nadie diría que este pacífico ciudadano que vive en Nueva York pudiera dar tanto miedo a tanta gente. Y, al mismo tiempo, que sus escalofriantes historias resulten ser tan fascinantes. R. L. Stine ha logrado que ocho de los diez libros para jóvenes más leídos en Estados Unidos den muchas pesadillas y miles de lectores le cuenten las suyas. Cuando no escribe relatos de terror, trabaja como jefe de redacción de un programa infantil de televisión.

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