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Historia del Mundo Contemporáneo. Unidad 1. Tarea 1.2. Samuel Gracia Ceprián.

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The Leeds Mercury Leeds, West Yorkshir e, 3 d e m arz o d e 1 8 1 9 .

Me encuentro en Fairfield Manor, la magnífica mansión de Lord William Cartwright, quién muy amablemente ha tenido a bien conceder a este periódico el honor de una entrevista personal. Como bien saben muchos de nuestros distinguidos lectores, Lord Cartwright es un personaje principal en la industria de nuestra ciudad. Sobradamente conocido en los círculos más selectos de la alta sociedad, es miembro fundador del Country Club de Leeds, y propietario de cinco modernas fábricas de tejido de algodón. Su matrimonio con Lady Arabella Woodhope, viuda del laureado Lord Wilkinson (quien combatió mano a mano con el gran Duque de Wellington en la batalla de Waterloo), le situó en una posición predominante en las altas esferas de nuestra sociedad, además de aumentar considerablemente su ya abundante fortuna. Incluso ya se rumorea que en breve será un nuevo miembro de la Honorable Cámara de Los Comunes. Pero pasemos ya sin más dilación a la anunciada entrevista:

-Lord Cartwright, estoy seguro de que nuestros lectores estarían muy complacidos si quisiera Ud. hablarnos un poco de su origen, y de cómo ha llegado a su posición actual.

-Con mucho gusto, por su puesto. Creo que no es desconocido el hecho de que nunca he querido ocultar mi origen humilde, antes al contrario, siempre he proclamado con orgullo que soy hijo de un comerciante en telas de esta misma ciudad, y que no tuve más rentas ni herencias que la del pequeño negocio de mi padre, y la valiosa enseñanza del valor que tiene el esfuerzo y el trabajo personal. Me aventuré invirtiendo mis ganancias comerciando con las colonias, y no he dejado de crecer gracias a mi perseverancia y a mi espíritu emprendedor. Como el ilustre Adam Smith, pienso que el origen del progreso económico es el trabajo. Mi primera fábrica textil no era más que un taller con un puñado de hiladores y tejedores. Ahora mis fábricas cuentan con las más modernas máquinas a vapor para hilar y tejer, que pueden hacer el trabajo de cientos de trabajadores manuales en muy poco tiempo.

1 Periódico inglés de la ciudad de Leeds, que se publicaba en la época. Para más información, ver este enlace.


-Entonces, si me permite la indiscreción, ¿Qué opina Ud. de las clases nobles, que viven de las rentas heredadas? ¿Cree que su posición es menos digna que la suya?.

-¡Vaya!, me sorprende Ud. ¿Está seguro de que le van a dejar publicar esto?. Mire, le diré que me merecen el mayor respeto (de hecho yo mismo entré a formar parte de ese mundo al casarme con Lady Woodhope), pero creo que el mundo está cambiando, y sólo los que tengan visión de futuro, y el coraje de trabajar en nuevas formas de negocio, triunfarán finalmente. Creo que Inglaterra es una gran nación, y se va a imponer a todas las demás, no sólo porque tengamos más barcos y armas, sino porque tenemos un gobierno moderno, basado en el respecto a las leyes parlamentarias, y no en el capricho de un déspota, como ocurre en el resto de Europa. Ni siquiera los franceses, con su revolución, han conseguido otra 2 cosa que pasar de un tirano a otro , y de paso sublevar a las colonias, con lo malo que es eso para el negocio. ¡Están todos locos! Nosotros, sin embargo, promulgamos leyes basadas en la razón, para favorecer el libre comercio, facilitamos el transporte de mercancías con nuestra magnífica red de carreteras, y nuestros canales y puertos comerciales, e inventamos nuevas máquinas que nos permiten aumentar la producción como nunca antes habíamos soñado. Además tenemos un sistema bancario y financiero sin igual. Eso es el progreso.

-Una exposición muy acertada de la virtudes de nuestra nación, si me permite decirlo. Sin embargo, estos cambios que estamos viviendo parece que también traen nuevos problemas. La población aumenta cada año a un ritmo sorprendente, y vemos como hay un número creciente de personas que viven de forma miserable en las calles.

-Bueno, eso es ciertamente lamentable, pero es una consecuencia inevitable de los tiempos que vivimos. Como dice Thomas Malthus, la población aumenta de forma enormemente superior a los recursos alimenticios. Pero yo no comparto su idea catastrofista de que en el año 1880 nos vamos a extinguir. Eso es ridículo. Los que son más capaces y fuertes conseguirán sobrevivir, y los demás perecerán. Es triste pero es ley de vida. Hay gente que está dotada para pensar y hacer grandes cosas, y otros que lo único que saben hacer bien es el trabajo manual en una fábrica, por ejemplo. Si a estos les diéramos una fortuna, lo único que harían con ella sería malgastarla sin sacar nada productivo, hasta que se quedaran sin nada de nuevo. Les llevaríamos al vicio y a la mala vida, así que están mejor como están ahora, en su sitio. 2 Tampoco podemos esperar que Lord Cartwright sea tan clarividente, teniendo en cuenta la época en que vivía.


-Sin embargo, hay algunos que piensan que esta situación es injusta, y que la ideas de los pensadores ilustrados, que promulgan que el derecho a la igualdad, la libertad y la propiedad, deberían aplicarse a todas las personas, y no sólo a los más privilegiados.

-Oiga, ¿De verdad es Ud. un periodista?. Vamos a ver, esas ideas están muy bien, pero para aquellos que podemos entenderlas y aprovecharlas, y no me hable Ud. de que la situación es injusta. ¡El mundo es injusto!. Mi admirado Adam Smith dijo que el mercado se regula sólo con la oferta y la demanda, sin que el Estado deba intervenir en absoluto. Pues yo pienso que lo mismo se puede aplicar a la población. A mí no me han regalado nada, y he llegado a donde estoy por mi trabajo e ingenio. Como he dicho antes, los que no sean capaces de progresar, tendrán que sucumbir.

-¿Y qué me dice de los obreros que trabajan en sus fábricas? ¿No cree que aunque haya entre ellos gente con capacidad e ingenio, no pueden progresar porque están muy ocupados matándose a trabajar para Ud., por un salario que apenas se puede llamar de subsistencia?

-¡Definitivamente esto es insultante! ¡Cómo se atreve! A mis obreros les doy la oportunidad de ganarse la vida, en vez de estar vagabundeando por las calles, ¡Y el que no quiera es libre de irse, que mano de obra tengo de sobra!. ¡Y ahora tenga la amabilidad de salir de mi casa, antes de que me obligue Ud. a perder mis modales de caballero!


Londr es, 2 3 d e m a y o d e 1 8 1 9 . Queridos lectores, en mi afán por llevar a sus casas la más rigurosa información sobre la realidad de nuestros días, me encuentro en las calles de esta maravillosa ciudad de Londres, que sin duda es la capital del mundo civilizado. Estoy seguro de que aquí encontraré una mayor consideración y respeto del que pude hallar en mi anterior ocupación, en aquel periodicucho nefasto y retrógado de Leeds, donde no puede uno hacer una entrevista decente sin que lo despidan por subversivo. En fin, se me ha ocurrido una nueva técnica periodística, que creo puede tener mucho futuro, para pulsar la opinión de la calle. He visto a una mujer que cruzaba hacia aquí, y tras presentarme ha accedido amablemente a contestar unas preguntas. Se trata de la señora Virginia Baker, que tras vivir toda su vida como campesina en Shropshire, hace diez años vino a Londres con su marido y sus once hijos, en busca de una vida mejor. No he querido ser grosero y preguntarle su edad, pero yo diría que es una señora entrada en la madurez, y debe haber cumplido ya los 40 años3. Veamos cual es su visión de los tiempos actuales:

-Señora Baker, en primer lugar, me gustaría que nos contara por qué abandonó Ud. su vida campestre para venir a la gran ciudad.

-Oiga, ¿Dónde están mis 4 chelines? ¡No hablaré hasta que afloje la bolsa!. Ah, eso está mejor. Bien, pues mire Ud., yo no había conocido nunca otra vida que la del campo. Era una vida muy dura, y a veces cuando las cosechas eran malas pasábamos hambre. Pero eso siempre había sido así, y los días y los años pasaban como de costumbre, hasta que un día nos enteramos de que la tierra que siempre habíamos trabajado había sido comprada por un señor de la ciudad. Al principio, las cosas parecieron ir mejor, ya que el señor nos ofreció un trabajo de hilar algodón, que podíamos hacer en la casa cuando no trabajábamos el campo, lo que fue una ayuda en épocas de escasez. Pero pronto empezó todo a torcerse. Ahora venían a llevarse las cosechas para venderlas, y nos dijeron que éramos asalariados del señor. Lo que nos daban 3 Hoy en día estaríamos hablando de una mujer joven, pero entonces, a pesar de las mejoras en la medicina y alimentación, causantes del enorme crecimiento demográfico, 40 años era una edad bastante más avanzada con respecto a la esperanza de vida de la época.


apenas nos llegaba para sobrevivir. Además, cambiaron la forma de trabajar la tierra, ¿Puede Ud. creerlo? Llevábamos toda la vida de Dios haciendo las cosas como es debido, y ahora nos viene un señorito de ciudad y nos dice que en vez de dejar en barbecho un tercio de la tierra, que había que hacer una rotación de cultivos, y echar una porquería que llamaban fertilizante, para producir más. Yo creo que eso no es propio de buenos cristianos. Si Dios hubiera querido que la tierra diera más frutos, ¡ya lo habría hecho sin esperar a que un ricachón viniera a enmendarle la plana!. En fin, que no podíamos más con aquello, y nos enteramos de que aquí en la ciudad había trabajo, así que decidimos probar suerte ¡Maldita sea la hora! ¡Y que Dios me perdone por mis palabras!

-Pero acaba Ud. de decir que la vida en el campo se había vuelto insoportable. ¿Qué es lo que les ocurrió aquí para que se arrepienta de venir?

-¿Qué es lo que nos ocurrió? Acabaríamos antes si le digo lo que no nos ocurrió... En primer lugar, eso de que aquí había trabajo para todos era una cochina mentira. Aquí vienen a cientos de todas partes para lo mismo. Tardamos meses en encontrar colocación, ¡Y para entonces ya había perdido a tres de mis hijos!. Dos de ellos enfermaron, los pobrecitos, ¡Porque no podíamos alimentarlos!, otro se lo llevaron para trabajar en las minas (allí siempre necesitan niños), ¡Y yo tuve que permitirlo porque no podía mantenerlo!. Después entré a trabajar en una fábrica de algodón, junto con dos de mis hijas, las mayores, que entonces tenían 10 y 11 años, y allí seguimos, ellas ahora con las máquinas de hilar, y yo manejando una tejedora, lanzadora volante la llaman. Mi esposo empezó a trabajar en una siderurgia, donde producen hierro.

-Está claro que es muy duro lo de la muerte de sus hijos, y lo siento mucho, pero eso ocurre también en el campo, cuando hay malas cosechas o los niños enferman. ¿No es mejor la vida aquí en la gran ciudad que la miseria del campo?.

-¿Me toma Ud. el pelo? Allí la vida era dura, sí, pero una se levantaba por las mañanas, y veía el Sol, y sentía en el cuerpo el transcurrir de las estaciones, y nos alimentábamos del fruto que sacábamos de la tierra con nuestro trabajo, tal como es natural y como Dios quiso desde el principio de los tiempos. Cuando iban mal las cosas, rezábamos y nos consolábamos con el Paraíso que nos espera después de esta vida. Pero aquí..., aquí no nos consuela nada porque ya estamos en el maldito infierno. Un infierno de máquinas humeantes, de trabajo repetitivo e incesante durante 14 horas diarias, un trabajo que nos parece inútil, sin sentido alguno, porque lo que producimos no nos pertenece, y lo que comemos (pan negro, copos de avena, y mucho té para no dormirnos) no sabemos siquiera de dónde viene. El Sol ya no existe en nuestro mundo, sino es en la forma de una pálida claridad que a veces se intuye en el cielo, entre las nieblas y los humos, en los breves momentos del amanecer, cuando nos dirigimos a la fábrica. Y cuando no estamos en la fábrica, intentamos descansar en un lúgubre rincón en lo que llaman casas obreras, donde decenas de familias se amontonan miserablemente entre basuras rodeadas de calles sin pavimentar, y donde todo se cubre de barro cuando llueve.


-¡Eso es en verdad deprimente! ¿Y qué me dice de su marido, le va mejor a él quizá en la siderúrgica?.

-¡No me hable de mi marido!. Después de un año de trabajar allí, hubo un accidente a causa de la avería de una de esas máquinas infernales que usan para fundir hierro. Murieron dos obreros, que mientras intentaban poner en marcha la máquina cayeron a un caldero de hierro fundido y quedaron calcinados. Pero eso no fue lo que preocupó al capataz, ya que es algo habitual que mueran de vez en cuando unos cuantos desgraciados, y tienen muchos más que están esperando para sustituirlos. Resulta que al tipo se le metió en la cabeza que la máquina había sido saboteada, y como mi marido era el que estaba más cerca, pues él fue el que pagó el pato. Le acusó de ser un ludista ¡Que me cuelguen si sé lo que es eso!. El caso es que lo echaron de la fábrica y además se convirtió en un proscrito, ya que con esas sospechas nadie quería contratarlo. Se amargó tanto que acabó abandonándonos, y se convirtió en un vagabundo más de tantos que van por ahí arrastrándose.

-¡Estoy consternado señora! No quiero importunarla más con mis preguntas. Sólo le pediré su opinión sobre un último asunto. Dicen que el mundo se está transformando, que en los tiempos antiguos había tres estamentos bien diferenciados: los nobles, el clero y el pueblo, y que después las cosas empezaron a cambiar, y ahora todo está revuelto, los ciudadanos ricos se mezclan con los nobles, y además en las ciudades está surgiendo lo que llaman clase obrera. ¿Qué piensa Ud. de eso?

-Vaya chorrada de pregunta, todo ese rollo es lo que se les ocurre a los que no tienen que preocuparse por sobrevivir cada día, y se ponen a pensar en estamentos y sandeces. Vamos a ver, aquí lo que hay es lo que siempre ha habido: los que tienen la fuerza y el dinero, y los que no tenemos nada. Esa son las únicas clases que hay, ¡Y déjeme Ud. en paz de una vez!

Tras escuchar a esta mujer, intento buscar palabras de consuelo, decirle que quizá pueda volver al campo, y volver a sentir el contacto con la tierra, pero sé que es inútil. Todo ha cambiado y ya no hay vuelta atrás. Sólo espero que el futuro nos depare a todos algo mejor, y si no es así, será que no nos lo merecemos, lo cual no me extraña, viendo cómo somos capaces de tratarnos a nosotros mismos. En fin, amables y pacientes lectores, me despido de Uds. ¡Hasta la próxima!

Periodico siglo XIX  

Periodico creado por un alumno en el que entrevista a un burgues y a una proletaria del siglo XIX