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–Me alegro de que te guste –musitó Zaid. Y, dejándola en el suelo, posó las manos en sus caderas y la besó. Para cuando separaron sus bocas, jadeaban y cada milímetro de sus cuerpos buscaba el máximo contacto. Zaid llevó las manos al trasero de Esme y la apretó contra sí para hacerle sentir su poderosa erección. Luego la separó levemente y dijo: –Quítame los pantalones, habiba. Estremeciéndose, Esme deslizó las manos lentamente por su pecho, deteniéndose momentáneamente en sus pezones, dudando si tomarlos en su boca, tal y como deseaba hacer. Alzó la mirada y vio que él la observaba en suspenso, conteniendo el aliento. Su expresión le dio seguridad en sí misma, inclinó la cabeza y le mordisqueó los pezones. El silbido ahogado que escapó de los labios de Zaid hizo que se detuviera. Iba a alzar la cabeza cuando él se la sujetó para que continuara, y percibir el estremecimiento que lo recorría le hizo sentirse poderosa. Zaid se entregó a la exploración de sus dedos y de sus labios, y su respiración se fue agitando a medida que bajaba en su recorrido. Cuando alcanzó el elástico de sus pantalones, Esme respiró profundamente y deslizó la mano por debajo de la tela. Tomar el acero envuelto en terciopelo le elevó la temperatura. Era majestuoso, potente, embriagador. Esme estaba tan decidida a familiarizarse con aquella parte del cuerpo de Zaid que no se dio cuenta de que emitía un gemido agónico hasta que él le sujetó la mano y se la retiró. –Qué pronto te has dado cuenta de la magnitud de tu poder, jamila –dijo él con voz ronca. Y tomándole la mano, le besó la palma antes de devolverla a su cintura. Recordando lo que le había pedido, Esme le bajó los pantalones y lo observó en toda su magnificencia. Era tan hermoso que la dejaba sin aliento. La magia del momento se prolongó. Zaid la guio hacia los peldaños de roca que bajaban hacia la poza. Fresca y sedosa, el agua les llegaba al pecho. Zaid enredó sus dedos en el cabello de Esme y la besó. Luego tomó una esponja que había en el borde y se la pasó por el cuerpo con lentitud y delicadeza. Esme leyó en sus ojos sus intenciones aun antes de que él la empujara suavemente hacia el borde.

Profile for Lucía Elisa Aguirre Ramírez

Maya Blake - El Sultán Y La Plebeya  

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