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–¿Quieres que te halague, Esmeralda? –Quiero entender por qué me acribillas a preguntas cada tarde como si no te parecieras satisfecho con mi trabajo. –Puede que no quiera que te duermas en los laureles… –adoptando un tono más grave y sensual, añadió–: O puede que sea la manera de sobrellevar la situación. Esme se quedó sin aliento. –¿Qué situación? –preguntó con un hilo de voz. –El hecho de que deseo tenerte en mi cama, debajo de mí, más de lo que quiero admitir –dijo él con voz cavernosa. El calor que Esme sentía se transformó en una hoguera. –¿Y por qué no has hecho nada… o dicho nada hasta ahora? –Se supone que por cortesía. Y no quería distraerte de tu trabajo. Pensaba esperar a volver a palacio antes de hacerte mía. –¿Pero…? –Pero he decidido que hay un límite a lo altruista que puedo ser antes de que el deseo que siento por ti me vuelva loco –musitó él. Y sin que Esme tuviera tiempo a reaccionar, se inclinó sobre ella le retiró el pañuelo y le soltó el cabello antes de abrazarla con su musculoso cuerpo y atrapar sus labios en un beso apasionado. Esme había creído que nada podría superar su primer beso, que el deseo que había sentido no podía intensificarse. Pero a la vez que Zaid hundía los dedos en su cabello con una urgencia desesperada, la elevó a un nivel de excitación que arrancó un gemido de su garganta por el temor a no verlo satisfecho. Quizá Zaid lo percibió, porque renovó el vigor con el que su lengua buscó la de ella en una danza erótica que catapultó sus sentidos en un remolino de embriagadoras sensaciones. Con su poderoso muslo, Zaid separó los de ella, acomodándose entre sus caderas como si tuviera derecho a ocupar ese lugar. Esme sabía que se lo había otorgado, que con el silencio que había mantenido aquellas tres semanas había aceptado que aquello iba a suceder. Iba a entregar su virginidad a Zaid Al-Ameen. Una sirena de alarma brotó en su interior, intentando atemperar el fuego que la consumía. Sabía que ser virgen a los veinticinco años era una rareza. Pero mientras que haber elegido no explorar su sexualidad había sido una decisión razonable para ella, pensó que quizá no lo era desde el punto de vista

Profile for Lucía Elisa Aguirre Ramírez

Maya Blake - El Sultán Y La Plebeya  

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