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muchas cosas de Ja’ahr, incluido el vestuario que, según le había hecho saber Zaid por medio de Nashwa, era parte de su paquete de bienvenida. Además, Esme sabía que esa ropa le había facilitado el contacto con la población local, proporcionándole una mayor seguridad en su nuevo puesto. Se recogió el cabello en un moño bajo y se calzó una par de babuchas a juego con la túnica. Unos aros de oro que había comprado en un mercadillo y un poco de brillo en los labios completaron el conjunto. Estaba poniéndose un pañuelo blanco en la cabeza cuando apareció Aisha. Sorprendida, Esme se volvió y la joven hizo una reverencia. –Disculpe la intromisión, pero Fawzi Suleiman desea verla. –Ah… que pase. Aisha desapareció y un instante después apareció Fawzi. –Su Alteza requiere su presencia, señorita Scott. Si me acompaña… –hizo un amable gesto indicando el exterior. Esme se enojó consigo misma por el vuelco que le dio el corazón al sentir una mezcla de excitación por ver a Zaid y de enfado, al asumir que querría volver a repasar su último informe. Siguió a Fawzi hasta la gran tienda negra, aislada de las demás y que, al contrario que la suya, tenía una doble capa de cuero recio, separada medio metro de la inferior, con dos entradas. Fawzi cruzó la de la derecha y Esme lo siguió. Bajo sus pies había unas exquisitas alfombras persas, entre las que dominaban los todos azules y dorados del sultanato. En el centro, mullidos cojines formaban círculo en torno al área para sentarse. Iluminada por un candelabro de techo que colgaba del punto más alto de la tienda, numerosos faroles de delicada orfebrería pendían de diversos postes y emitían una tenue luz. En medio, había una pequeña mesa con un cuenco con fruta variada. Esme observó todo aquello en unos segundos, antes de ver incorporarse a Zaid de uno de los divanes del suelo. Una vez más, se irritó consigo misma por sentir que se le cortaba el aliento. Tras inclinar la cabeza en señal de respeto, Fawzi los dejó solos. –¿Querías verme? –preguntó Esme, apretando las piernas para evitar que le temblaran. Zaid se aproximó. Llevaba una túnica granate, pantalones y toga. Su cabello negro brillaba como el azabache.

Profile for Lucía Elisa Aguirre Ramírez

Maya Blake - El Sultán Y La Plebeya  

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