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sala de estar, donde había un conjunto de sofás a cuyos pies había una espléndida alfombra persa. En medio, sobre una mesa lacada en negro con incrustaciones de nácar, había un florero con el ramo de flores más grande que Esme había visto en toda su vida. –El dormitorio está por aquí, señora –indicó Nashwa. Esme apartó la vista del piano de media cola que decoraba la sala y la siguió por una puerta. Una vez más, apenas pudo contener una exclamación al encontrarse con una gran cama con dosel cuyos postes estaban delicadamente tallados y con cortinajes de muselina que caían en suave cascada. A ambos lados había unas enormes lámparas marroquíes sobre dos mesillas, donde reposaban dos pequeños buqués con una deliciosa fragancia. –Nos hemos tomado la libertad de deshacer su equipaje, señora. Aisha la ayudará con sus objetos de noche; a no ser que prefiera que le proporcionemos otra ropa. Siguiendo la mirada de Nashwa, Esme vio un conjunto de lencería doblado sobre la cama. Se acercó y acarició la delicada seda y encaje. Era un camisón corto a juego con una bata, parecido al suyo, pero mucho más exquisito. Todo lo que la rodeaba era hermoso y decadente, digno de ser admirado, pero ella sabía bien que nada era gratis. Esme lo había aprendido cuando su padre le había hecho elegir al cumplir catorce años entre ser entregada a los servicios sociales o ir interna a un colegio para pasar las vacaciones con él. Ella todavía no había superado el trauma del reciente abandono de su madre, así que poder pasar con su padre un par de meses al año, aun sabiendo que él estaba dispuesto a abandonarla, había representado para Esme la única opción. Hasta que también esa vida se había hecho añicos. –¿Prefiere ese conjunto la señora? –preguntó Nashwa. Esme retiró la mano bruscamente. –No, gracias –carraspeó y se obligó a sonreír–. ¿Puede indicarme dónde están mis cosas? –Por supuesto –Nashwa la acompañó a un vestidor y al cuarto de baño adyacente, que era más grande que el piso de Esme en Londres. En medio del amplio espacio y de las numerosas repisas, sus objetos resultaban empequeñecidos. Al no ver su camisón, se acordó de que lo llevaba puesto, y al instante, recordando la forma en que Zaid la había mirado en su hotel, sintió un intenso calor interior.

Profile for Lucía Elisa Aguirre Ramírez

Maya Blake - El Sultán Y La Plebeya  

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