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hubiera esperado encontrar temor, vio otra cosa, algo que le provocaba un hormigueo bajo la piel; y sus pezones seguían endurecidos como una prueba palpable de excitación Con una creciente agitación, se puso el vestido sobre el camisón como si le proporcionara una segunda piel. Podía oír a Zaid moverse con impaciencia al otro lado de la puerta. Se recogió el cabello en una coleta y salió a enfrentarse con él. –Muy bien, merezco saber qué está pasando –repitió. –El jefe de policía viene de camino a arrestarla. Si no viene conmigo, dentro de una hora estará en la cárcel. No sería una experiencia agradable. Esme enmudeció y dirigió la mirada hacia los guardas. Aunque no se habían movido, pudo percibir en ellos una tensión creciente. Zaid había encendido una lámpara y Esme se puso unas sandalias apresuradamente, Luego tomó su maleta, pero Zaid se la quitó de la mano. –¿Qué está haciendo? –preguntó con aspereza. –Recoger mis cosas. –No hay tiempo. Ordenaré que se las lleven. La mirada implacable con la que Zaid la miró hizo que Esme se limitara a asentir. Tomó su bolso, en el que tenía el pasaporte, la tarjeta de crédito y el teléfono, y Zaid la condujo hacia la puerta. Ocho guardaespaldas formaron al instante un cordón de protección en torno a ellos; fueron hasta el ascensor, que los esperaba con la puerta abierta, y bajaron. En el vestíbulo vacío había un conserje adormecido que se irguió al oírlos e hizo una reverencia a su paso. Zaid apenas lo miró porque estaba concentrado en los hombres armados que entraban por la puerta giratoria. Esme sintió que el corazón se le subía a la garganta a pesar de que él no cambió el paso. –Permanezca a mi lado y no hable –musitó con una firme serenidad. Ella asintió al tiempo que los hombres se aproximaban. Por su actitud y sus uniformes, supo quiénes eran incluso antes de ver la insignia que llevaban en el pecho. El líder, un hombre bajo y rotundo se aproximó y todos se inclinaron al unísono, pero Esme percibió que el jefe de policía presentaba sus respetos al sultán con reticencia. –Alteza, me sorprende que esté aquí a esta hora de la noche –dijo, mirando con suspicacia a los guardaespaldas.

Profile for Lucía Elisa Aguirre Ramírez

Maya Blake - El Sultán Y La Plebeya  

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