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Sin dignarse a contestar y ante los atónitos ojos de Esme, él fue hasta el armario y empezó a rebuscar entre su ropa. –¿Qué demonios está haciendo? No pienso a ir a ninguna parte en mitad de la noche. Él se volvió con expresión amenazadora. –Será mejor que no use ese tono conmigo o mis hombres la arrestarán. –¿Sus hombres? –preguntó Esme alarmada. Él indicó la puerta con la cabeza. Esme miró en esa dirección y advirtió por primera vez la presencia de dos hombres flanqueando la puerta en actitud alerta, protegiendo a su señor. Impidiéndole escapar. –¿Por qué están aquí? Zaid dio un paso hacia ella y Esme vio que en la mano sostenía su vestido negro de algodón. –No tengo tiempo para explicaciones. Póngase esto. Tenemos que irnos ahora mismo, no creo que quiera salir con ese… trozo de tela –dijo él en un tono autoritario pero levemente alterado. Esme bajó la mirada hacia el camisón corto de encaje y seda que llevaba puesto, y sintió un súbito calor al seguir la mirada de Zaid recorriéndola de arriba abajo. Cuando se detuvo en sus muslos, una sensación pulsante se asentó entre ellos y desde allí viajó en una sucesión de explosiones que fueron estallando bajo su piel. Los ojos de Zaid ascendieron entonces hasta sus senos y en respuesta, sus pezones se endurecieron. Dándose cuenta de que la seda dejaba intuir cada reacción de su cuerpo, Esme se tapó el pecho con un brazo sin dejar de sostener la mirada de Zaid con gesto retador. Pero fue como si una hormiga se enfrentara a un elefante. Aunque los ojos que la observaban pudieran tener un velo de turbación, incluso de deseo, el hombre que se aproximó a ella y le dio el vestido bruscamente estaba en pleno dominio de sí mismo y decidido a ser obedecido. –Tiene dos minutos para vestirse o la vestiré yo. Esme se mantuvo firme. –Me vestiré, pero no pienso ir a ninguna parte si no me dice qué pasa. Él se limitó a hacer un gesto seco con la cabeza y ella fue al cuarto de baño. Cuando ya se iba a poner el vestido, se quedó paralizada al ver su reflejo en el espejo. Tenía el cabello alborotado y las mejillas encendidas, pero lo que más la desconcertó fue la forma en que brillaban sus ojos. Donde

Profile for Lucía Elisa Aguirre Ramírez

Maya Blake - El Sultán Y La Plebeya  

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