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el caso conmigo, Alteza? –contraatacó ella. Zaid sonrió con sorna ante sus evasivas. –No le he dicho nada que contravenga el proceso judicial. Y esté segura de que no lo haré. Esme supo que tenía que ser cauta para no cometer ningún error. –¿Me ha llamado para reprenderme antes de meterme también en la cárcel? –Le he hecho venir para advertirle de que evite hacer comentarios irreflexivos en público, al menos hasta que vuelva a Inglaterra. Esme se indignó. –Eso suena a amenaza, Alteza. –Si es la manera de que se entere, lo es. Está pisando un terreno resbaladizo. No toleraré que vuelva a calumniarme a mí o mi gente sin pruebas. ¿Entendido? A pesar de que se sentía ofendida, Esme era consciente de la parte de razón que tenía. Él se tomó su silencio por aquiescencia y se puso de pie. Su poderosa y alta figura hizo que Esme se sintiera diminuta. Se puso en pie precipitadamente pero perdió el equilibrio. Antes de que cayera de bruces, un par de fuertes manos la sujetaron por los antebrazos y las manos de Esme aterrizaron en el pecho de Zaid. Al tiempo que el calor de su cuerpo electrizaba sus manos, él contuvo el aliento. Ella alzó la mirada y los ojos de Zaid se clavaron en los de ella. A aquella distancia, ella vio motas de oro doradas sobre el fondo bronce de sus ojos y la combinación fue tan hipnótica que no pudo moverse a pesar de la voz interior que le ordenaba alejarse del hombre que estaba decidido a ejercer la autoridad máxima sobre ella, y a mantener a su padre en prisión. Empezó a cerrar una mano, pero, atrapada por sus ojos y embriagada por la fragancia que emanaba, permaneció inmóvil. Las aletas de la nariz de Zaid se dilataron levemente cuando bajó la mirada a los labios de Esme. Y como si se los hubiera tocado, ella los sintió palpitar anhelantes. No… era posible que quisiera que la besara. Él la soltó tan súbitamente que Esme temió haber pensado en alto. Retrocedió. Tenía que marcharse. Ya. Como si hubiera pensado lo mismo, Zaid se volvió bruscamente y se dirigió con paso firme al escritorio. Liberada de su hipnótica proximidad, Esme tomó una bocanada de aire que sus pulmones necesitaban con urgencia. Y se cuadró al oír a Zaid decir algo en el telefonillo. Unos segundos más

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Maya Blake - El Sultán Y La Plebeya  

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