Page 6

6 Leyenda urbana

Incendio en la Escuela Secundaria La leyenda urbana es un relato perteneciente al folklore contemporáneo; se trata de un tipo de leyenda o tradición popular, a veces emparentable con un tipo de superstición, que, pese a contener elementos sobrenaturales o inverosímiles, se presenta como crónica de hechos reales sucedidos en la actualidad. Algunas parten de hechos reales, pero éstos son exagerados, distorsionados o mezclados con datos ficticios. Hace dos meses, mientras realizaba una de las entrevistas por los cincuenta años de la Escuela Secundaria me encontré con un ex alumno muy especial. Promoción sesenta y seis, Héctor Brisuela, accedió encantado a la entrevista, aunque, a diferencia de otras personas que habían acudido al colegio para someterse a las preguntas y a la cámara, Héctor con una voz gastada y ronca, pidió no hacerla en ese lugar. Me pareció extraño, aunque creí que como actualmente vive en Vedia, el traslado le resultaría engorroso. Dispuesto a agotar todos los medios con tal de no trasladarme yo, le ofrecí varias posibilidades, aduciendo que era uno de los pocos integrantes de las primeras promociones que quedaba con vida y que sería importante que la entrevista se realizase en la escuela. Héctor rechazó toda opción. Incluso aventuró con que si se trasladaba a Alem, quería que la entrevista se realizara en el bar del Club Alem o, en última instancia, en mi casa. Cuando le pregunté por qué no quería visitar el colegio, su respuesta fue rotunda, “Hace años juré que jamás pisaría ese colegio”, e inmediatamente me apuró diciendo que la entrevista se haría con sus condiciones o que me olvidara de ella. Por las características del caso, decidí no informarle nada a nadie, controlé la batería de la cámara de filmar y un domingo, más precisamente el domingo del clásico entre Alem e Irigoyen me trasladé a Vedia, de incógnito. Como no soy del pago di varias vueltas por las calles de la ciudad, preguntando a diferentes personas, hasta dar con la dirección de la casa, que quedaba situada frente a un conocido Boulevard. Toqué timbre y, desde el interior, la misma voz agrietada del teléfono me indicó que ingresara, que la puerta estaba abierta. Me sumergí en una habitación oscura que me provocó desconfianza, no había ni una luz encendida, sólo la insipiente claridad de la tarde daba forma a las cosas. En un acto reflejo retrocedí hasta el umbral, trastabillando con una alfombra que paradójicamente me devolvía un “Bienvenidos”. -No se asuste, joven, soy Héctor, ahí al lado de la puerta le dejé una silla para que se acomode.- la voz parecía lejana, como si estuviese en el otro extremo de la habitación. Entré con paso firme, queriendo demostrar una seguridad de la que carecía, cerré la puerta y el crepúsculo se convirtió en noche. Tardé en acostumbrarme a esa oscuridad tan absoluta y cuando lo logré, poco a poco, comencé a estudiar los detalles. No había muchos muebles, una mesa ratona en el centro, un par de sillones, una mesa de televisión. En un rincón estaba Héctor, acurrucado, como queriendo fusionarse con

el sillón en el que se sentaba. Me estremeció ver que estaba vestido con un sobretodo, una gorra de lana en la cabeza, y lo más desconcertante era su piel, que parecía barnizada y de tono azabache, como chamuscada. Además, sus ojos eran un trazo de lápiz en unas cuencas profundas y sin párpados. Después de ver eso me incomodé mucho más, comencé a disponer el trípode y la cámara mientras me preguntaba qué estaba haciendo ahí, por qué había entrado y cuánto me arrepentía de haberlo hecho. Pero como ya estaba en el baile, me pareció que lo bueno era conseguir una entrevista curiosa y atractiva. Héctor habló de su paso por la escuela y la voz se le quebró en varios momentos de nostalgia. Cuando se refirió al incendio lo hizo sinteticamente y con pausas cada vez más amplias que llenaban la habitación de silencio. Al parecer Héctor había subido al primer piso de la Secundaria N° 1 con una compañera de curso, de la cual estaba perdidamente enamorado, contó que tenía intenciones de declarársele porque ya hacía varios meses que le “arrastraba el ala”. Pero nada salió como esperaba y un incendio en ese salón, en el que hoy se encuentra la cocina, la mató a ella y lo dejó entre la vida y la muerte a él. Héctor tardó meses en recuperarse, y pasaron muchos meses más hasta que sus padres le revelaron que su compañera había muerto. Las amenazas de la familia de la joven no tardaron en llegar, lo culpaban a Héctor del incendio y alegaban que ante el rechazo de ella, él había querido asesinarla. El joven y su familia tuvieron que irse de Alem, primero a San Luis y ya de grande regresó y se instaló en Vedia. Finalizado el relato, Héctor no dejó de repetir que era inocente, que el incencio había sido producto de un accidente. Salí de esa casa con la impresión de haber entrevistado a un loco y no le creí una palabra de lo que me había contado. Pero quería cerciorarme de la historia. En Alem los recuerdos eran confusos y muy pocas personas aventuraron algo. Entonces llamé a un viejo compañero del diario “La Verdad” y le pedí que se fijara en el archivo si en el año sesenta y seis se había publicado una noticia sobre un incendio o asesinato. A los pocos días me llamó. Efectivamente en el mes de noviembre del sesenta y seis una noticia breve contaba que en la localidad de Alem había ocurrido un incendio en el edificio de la Escuela Secundaria, se decía que las víctimas eran dos, pero que no se ofrecían más detalles. Desde Fuego Fatuo, inaugurando esta sección, solicitamos que el que pueda aportar datos sobre este mito se acerque a la Escuela Secundaria con el fin de completar y esclarecer el caso. ● Luciano Molina

Fuego Fatuo # 1  

Periódico Estudiantil de la Secundaria N° 1.

Fuego Fatuo # 1  

Periódico Estudiantil de la Secundaria N° 1.