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Luces de Bohemia Instituto Cervantes de Praga

Encuentros Literarios - Literární setkání


Luces de Bohemia en Brno Luces de Bohemia v Brně Brno 23.04.2012

8 años

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Lecturas a cargo de: Katarina Gazdiková Mária Hrabovská Tereza Medlová Olga Martínez

Elena Buixaderas Petra Vavrousová Carme Laguarda Eufrasio Lucena Muñoz

Música: Predrag Duronjic Alfonsina Storni (Argentina, 1892-1938 ) La caricia perdida Se me va de los dedos la caricia sin causa, se me va de los dedos... En el viento, al rodar, la caricia que vaga sin destino ni objeto, la caricia perdida, ¿quién la recogerá? Pude amar esta noche con piedad infinita, pude amar al primero que acertara a llegar. Nadie llega. Están solos los floridos senderos. La caricia perdida, rodará... rodará... Si en el viento te llaman esta noche, viajero, si estremece las ramas un dulce suspirar, si te oprime los dedos una mano pequeña que te toma y te deja, que te logra y se va. Si no ves esa mano, ni la boca que besa, si es el aire quien teje la ilusión de llamar, oh, viajero, que tienes como el cielo los ojos, en el viento fundida, ¿me reconocerás? Cristina Peri Rossi (Uruguay, 1941) Fragmento de El museo de los esfuerzos inútiles El espacio que queda entre la espada y la pared es exiguo. Si huyendo de la espada, retrocedo hasta la pared, el frío del muro me congela, si huyendo de la pared, trato de avanzar en sentido contrario, la espada se clava en mi garganta. Cualquier alternativa, pues que pretenda establecerse entre ellas, es

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falsa y como tal, la denuncio. Tanto el muro como la espada sólo pretenden mi aniquilación, mi muerte, por lo cual me resisto a elegir. Si la espada fuera más benigna que el muro, o la pared, menos lacerante que el filo de aquella, cabría la posibilidad de decidirse, pero cualquiera que las observe, comprenderá enseguida que sus diferencias son sólo superficiales. Sé que tampoco es posible dilatar mi muerte tratando de vivir en el corto espacio que media entre la pared y la espada. No sólo el aire se ha enrarecido, está lleno de gases y de partículas venenosas: además, la espada me produce pequeños cortes 'que yo disimulo por pudor' y el frío de la pared congestiona mis pulmones.... Si consiguiera escurrirme, la espada y el muro quedarían enfrentados, pero su poder, faltando yo entre ambos, habría disminuido tanto que posiblemente el muro se derrumbara y la espada enmoheciera. Pero no existe ningún resquicio por el cual pueda huir, y cuando consigo engañar a la espada, la pared se agiganta, y si me separo de la pared, la espada avanza. He procurado distraer la atención de la espada proponiéndole juegos, pero es muy astuta, y cuando deja de apuntar a mi garganta, es porque dirige su filo hacia mi corazón. En cuanto al muro, es verdad que a veces olvido que se trata de una pared de hielo y cansado, busco apoyo en él: no bien lo


hago, un escalofrío mortal me recuerda su naturaleza. He vivido así los últimos meses. No sé por cuánto tiempo aún podré evitar el muro, la espada. El espacio es cada vez más estrecho y mis fuerzas se agotan. Me es indiferente mi destino: si moriré de una congestión o me desangraré a causa de una herida, esto no me preocupa. Pero denuncio definitivamente que entre la espada y la pared no existe lugar donde vivir. Rosa Fabregat (España, 1933) ¿S'escriuen poemes... ¿S'escriuen poemes com a solució anodina per defugir malvestats llunyanes? ¿Quin és el concepte de distància, quan el món l'està superant? Pobres humans! Xops de Dolor i compadits pel Dolor dels altres. Fam del cos i de la ment, angoixa existencial, malaltia, marginació, por a la diferència... Guerres, aiguats, terratrèmols i tifons, i atrocitats de tota mena... Signem uns drets humans que no acomplim Ana Prieto Nadal (España, 1976) Fragmento de La matriz y la sombra Me duele ahí, más arriba, más abajo, donde no alcanzas a tocarme. Imposible localizar el foco del dolor, ahora que mi cuerpo es una masa informe, gelatinosa, indesignable. Mi cuerpo es susceptible de ser todo. Comprende un mundo de angustia y resentimiento. Precisarías de la habilidad del espeleólogo experimentado para trepar por mis concavidades extremas, por mis internas convexidades, porosas, ganglionares, para determinar con sabio discernimiento cuáles de las recias estalactitas, solidificaciones de

mucosa recamadas de sal, desafían el cielo y cuáles gotean hacia adentro, regresadas en la caren, alfileteándome las entrañas. De un tiempo a esta parte el rencor con sus hediondos humores me domina y soy ahora una entraña viva, lustrosa de vísceras rosadas. Volteada, así como tu me dejaste, los únicos conductos que pueden llevarte al anverso de mi fisonomía más reconocible son la boca del ano y la vagina abismada. Así quedé desde que me diste vuelta como un guante, cuando tú lo hacías para acariciarme las vísceras, lamerme y rebajar asperezas. Así quedé, descubierta y doliente al aire que con sus filos helados corta implacable mis tegumentos. Clara Obligado (Argentina, 1950) Cuando un hombre que está vivo te hace llorar, hay que dejarlo. Sólo se llora por los amantes muertos. Elena Poniatowska (México, 1932) Fragmento de El recado Y dejo este lápiz, Martín, y dejo la hoja rayada y dejo que mis brazos cuelguen inútilmente a lo largo de mi cuerpo y te espero. Pienso que te hubiera querido abrazar. A veces quisiera ser más vieja porque la juventud lleva en sí, la imperiosa, la implacable necesidad de relacionarlo todo con el amor. Ladra un perro; ladra agresivamente. Creo que es hora de irme. Dentro de poco vendrá la vecina a prender la luz de tu casa; ella tiene llave y encenderá el foco de la recámara que da hacia afuera porque en esta colonia asaltan mucho, roban mucho. A los pobres les roban mucho; los pobres se roban entre sí... Sabes, desde mi infancia me he sentado así a esperar, siempre fui dócil, porque te esperaba. Sé que todas las mujeres aguardan. Aguardan la vida futura, todas esas imágenes forjadas en la soledad, todo ese bosque que camina hacia ellas; toda esa inmensa promesa que es el hombre; una granada que de pronto se abre y muestra sus granos rojos, lustrosos; una granada como una boca pulposa de mil gajos. Más tarde esas horas vividas en la imaginación, hechas horas


reales, tendrán que cobrar peso y tamaño y crudeza. Todos estamos --oh mi amor-- tan llenos de retratos interiores, tan llenos de paisajes no vividos. Luisa Etxenike (Donostia, 1956) Fragmento de El mal más grave Voy hacia el centro. Tony Frame dice que la pasión es lo contrario de la nostalgia. Yo digo que la pasión es querer sólo una cosa. Y pensar y pensar y pensar sólo en ella. Y un día ir hacia allí, Caiga quien caiga. No necesito a nadie para saber lo que deseo apasionadamente. Porque la fealdad también es un aviso. De que te esperan más desgracias. Deseo apasionadamente vivir en un lugar hermoso. Quién va a ser tan gilipollas para creerse que la alegría puede producirse en cualquier parte. Quiero vivir en un lugar sin espacios huecos donde debería haber un banco o un parque infantil o una hilera de plantas. Sin nombres de mentira para las calles y los locales mierdosos. Sin sucesivas capas de despintado de colores chillones. Sin chándales raídos de niño colgados a secar. Todavía con manchas. Me deprime la ropa idéntica y gastada. Los sostenes grandes. Los calzoncillos rojos. Pienso en mi padre; me echa la bronca y tal, con voz de trueno, pero debajo de su tripa gorda lleva una mierda de esas, roja y minúscula. Sin pintadas: “A. que te follen; B. que te follen; C. que te follen; y a tu puta madre; hija, hermana, etc.; y por el culo; y a ti más”. Y así hasta que todo el mundo se haya follado a todo el mundo. Y entonces ¿qué? Otra vuelta. Y una mierda. Pero yo ni siquiera tengo quince años. Y tener catorce años y meses significa no tener instrumentos útiles. Ninguno. Para largarse del barrio no hace falta nada. Pero para instalarse en otra parte hacen falta

montones de cosas. No sólo dinero. Conseguir dinero es fácil. Basta con fulminar el miedo. Y el asco. Y ponerse entre el Paseo X. y el Paseo Y. a pasar mierdas o a que te pasen por encima tipos repugnantes. ES difícil vivir en un lugar cuando eres extranjero. Te hacen falta pistas. No necesito a Tony Frame para estar segura de que hay palabras como señales de tráfico. Como nombres de calles. Y que si no las sabes, te pierdes, y acabas en el asqueroso lugar de donde habías conseguido por fin salir. Quim Monzó (Barcelona, 1952) La sensatez Soy una mujer juiciosa y cada vez que me acuesto con alguien le cuento a mi marido que lo he hecho no por un ataque circunstancial de lubricidad, sino porque me he enamorado. No es que tenga que sentirme culpable, al respecto mi marido y yo tenemos un pacto de lo más claro y elástico, pero si cuando me acuesto con alguien remarco que lo hago enamorada, no sé, es como si me sintiese más limpia. En cambio, cada vez que mi marido se enrolla con alguien, considero que lo hace por pura lubricidad, y eso me irrita. No es que me ponga celosa. No. No soy celosa en absoluto. Simplemente me molesta que mi marido sea tan vulgar, tan carnal. Mi marido sí que se pone celoso cuando sabe que me acuesto con otro. Pero son celos comprensibles porque yo me enamoro. Y si la persona con la cual, más o menos elástico, tienes un pacto de convivencia se enamora de otro, es lógico tener celos. ¿Qué que escala aplico para decidir que mis asuntos de cama son producto del amor y los de mi marido de la lujuria? Mi marido dice que una escala muy sencilla: que yo soy yo misma y por lo tanto me lo justifico todo y que él no sólo no es yo, sino que además es hombre, con la carga histórica que eso comporta. Yo lo niego. Aunque los años me han enseñado que, en general, hombres y mujeres nos comportamos de manera diferente, no lo digo. Es una creencia sobre la cual tengo cada vez menos dudas, la verdad, pero es generalizadora. Y siempre hay


excepciones… Aunque, tenéis que reconocer que la frase hecha que asegura que todos los hombres sois iguales, aun siendo tópica y por lo tanto repugnante es, cuando menos, parcialmente cierta. Quizá no todos, pero la inmensa mayoría de los hombres sí que sois iguales. Soy una mujer juiciosa y sé de qué hablo. Me he enamorado de muchos, y todos, indefectiblemente y por mucho que lo adornéis, en el fondo, ligáis conmigo llevados por la lubricidad. Lubricidad a la cual, tengo que reconocerlo, cedo a menudo…, muy a menudo… Desde muy pequeña he sido terriblemente enamoradiza y el amor me embriaga de tal manera que en cuanto un hombre me pasa el brazo por los hombros, me besa el lóbulo de la oreja y me pone la mano entre las piernas, por más que abra la boca para decir que no, nunca me sale el no y siempre…. (Da a entender que sucumbe. A su marido que durante todo el monólogo ha estado al lado intentando hablar y resignándose a hacerlo.) No le dejas a una ni hablar tranquila y date prisa que vas a perder el avión. Ernestina de Champourcín (España, 19051999) Primavera ¡Toda la primavera dormía entre tus manos! Iniciaste en un gesto la fiesta de las rosas y erguiste, enajenada, esa flecha de luz que impregna los caminos. ¡Toda la primavera! Fervores del instante transido de capullos, gracia tímida y leve del perfume sin rastro, caricias que despiertan el sexo de las horas. Brotaron de tus palmas en éxtasis gozoso los trinos y las brisas. Y tu ademán secreto despertó en rubores la pubertad del mundo. ¡Todo vino por ti! Porque tus manos lentas ciñeron brevemente mi carne estremecida, porque al rozar mi cuerpo despertaste una flor que trae la primavera.

Espido Freire (España, 1974) Fragmento de Primer amor Cuando el príncipe azul apareció, era ya demasiado tarde. Le había esperado desde hacía muchos años, desde los lazos rosas de mis faldones y el vuelo de mis vestidos bordados, desde los juegos de saltar a la comba en los que los brincos determinaban el número de novios que tendríamos. Formulé deseos a la luna y tramé hechizos en la noche de San Juan, pero el amor no llegaba. Tardé mucho en descubrir que el amor nos estaba vedado a las niñas, que habíamos de crecer para experimentarlo. Y mientras tanto, perdí la ingenuidad, y me harté de esperar caballeros de plateadas armaduras. Cuando llegó la adolescencia era demasiado tarde. Gloria Fuertes (España, 1917-1998) Presentimientos Presiento la rosa en el tallo dormido, presagio la caricia y presiento la pena. Y el beso que han de darme, y el llanto no nacido humedece mis dedos y entristece mis venas. Presiento que me quiere quien no puede quererme. Presiento mis insomnios y el llorar de una estrella. Yo presiento su risa -y en mis versos su huella-. Y la risa que pasa, y la duda que seca. Todo presiento, todo, lo que pasa en la tierra: la caricia y el llanto, el beso y el poema. Que aunque puedo ser madre, yo soy como un poeta.


Pilar Mañas (España, 1952) Fragmento de La piel de frío

Blanca Varela (Perú, 1926) Strip-tease

Solamente había habido una vez en que el sudor y los temblores se habían escapado del control de su madre. Fue cuando era un adolescente robusto pero tierno, y su prima Marta entró en la cocina del cortijo a donde venía a pasar con ellos el verano. Pablo estaba desayunando y ella, adormilada, con una combinación de color carne que dejaba aquellos dos pechos redondos y excitantes, dijo que estaban solos porque había oído a la madre y al tío Gerardo marcharse al mercado. Supo, mientras se comía las uvas dulces, ahora paradas en su garganta como bolas de cristal, que habían llegado al momento de la verdad y que ella venía a reclamar lo que sus ojos le llevaban pidiendo desde que vino de la ciudad. Se acercó a él, insinuante y acaracolada, curvando las caderas y se bajó las dos hombreras de la combinación de carne ofreciéndole sus senos rematados en dos pezones oscuros como bombones de chocolate. Pablo alargó las manos contra el aire y con un sudor de vidrio que sintió cuando cerró los ojos, creyó, ingenuo, que ya la tenía entre las manos pero ella saltó hacia atrás y le incitó a perseguirla. Solo pudo darle alcance al principio de la huerta o no le dio alcance sino que ella había decidido dejarse alcanzar en aquel lugar, al llegar bajo el nogal, y en aquel instante de temprana mañana de verano. Allí se paró en seco y Pablo se lanzó contra ella con el único deseo de prolongar en su boca el dulzor de las uvas con el dulzor de aquellos dos bombones oscuros. Entonces Marta rozó su frente y se dio cuenta del sudor y el temblor de sus labios. Ella lamió las sienes saladas de Pablo y con los ojos abiertos hacia la luz que traspasaba las espesas hojas de nogal, cobijó entre los senos la cabeza del joven que se agitaba sin encontrar su rumbo. Se dieron cuenta del tiempo que había pasado cuando oyeron la verja de la huerta chirriar y se vieron desnudos, las manos de ella posadas en el vientre de él que la asía como si hubiese apresado un sueño.

Quítate el sombrero si lo tienes quítate el pelo que te abandona quítate la piel las tripas los ojos y ponte un alma si la encuentras Carmen Martín Gaite (España, 1925-2000) Fragmento de De su ventana a la mía Estaba mucho más allá, en ese más allá ilocalizable adonde precisamente ponen proa los ojos de todas las mujeres del mundo cuando miran por una ventana y la convierten en punto de embarque, en andén, en alfombra mágica desde donde se hacen invisibles para fugarse. Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos. En todos los claustros, cocinas, estrados y gabinetes de la literatura universal donde viven mujeres existe una ventana fundamental para la narración, de la misma manera que la suele haber también en los cuartos inhóspitos de hotel que pintó Edward Hopper y en las estancias embaldosadas de blanco y negro de los cuadros flamencos. Basta con eso para que se produzca a veces el prodigio: la mujer que leía una carta o que estaba guisando o hablando con una amiga mira de soslayo hacia los cristales, levanta una persiana o un visillo, y de sus ojos entumecidos empiezan a salir enloquecidos, rumbo al horizonte, pájaros en bandada que ningún ornitólogo podrá clasificar, cazar ningún arquero ni acariciar ningún enamorado y que levantan vuelo hacia el reino inconcreto del que sólo se sabe que está lejos.


Maria Mercè Marçal (España, 1952-1998 ) Drap de la pols, escombra, espolsadors Drap de la pols, escombra, espolsadors, plomall, raspall, fregall d'espart, camussa, sabó de tall, baieta, lleixiu, sorra, i sabó en pols, blauet, netol, galleda. Cossi, cubell, i picamatalassos, esponja, pala de plegar escombraries, gibrell i cendra, salfumant, capçanes. Surt el guerrer vers al camp de batalla. Carmen Laforet (España, 1921-2004) Fragmento de Nada De todas maneras, yo misma, Andrea, estaba viviendo entre las sombras y las pasiones que me rodeaban. A veces llegaba a dudarlo. Aquella misma tarde había sido la fiesta de Pons. Durante cinco días había yo intentado almacenar ilusiones para esa escapatoria de mi vida corriente. Hasta entonces me había sido fácil dar la espalda a lo que quedaba atrás, pensar en emprender una vida nueva a cada instante. Y aquel día yo había sentido como un presentimiento de otros horizontes. Mi amigo me había telefoneado por la mañana y su voz me llenó de ternura por él. El sentimiento de ser esperada y querida me hacía despertar mil instintos de mujer; una emoción como de triunfo, un deseo de ser alabada, admirada, de sentirme como la Cenicienta del cuento, princesa por unas horas, después de un largo incógnito. Me acordaba de un sueño que se había repetido muchas veces en mi infancia, cuando yo era una niña cetrina y delgaducha, de esas a quienes las visitas nunca alaban por lindas y para cuyos padres hay consuelos reticentes. Esas palabras que los niños, jugando al parecer absortos y ajenos a la conversación, recogen ávidamente: «Cuando crezca, seguramente tendrá un tipo bonito», «Los niños dan muchas sorpresas al crecer»... Dormida, yo me veía corriendo, tropezando, y al golpe sentía que algo se desprendía de mí, como un vestido o una crisálida que se rompe y cae arrugada a los pies. Veía los ojos asombrados de las gentes. Al correr al espejo, contemplaba, temblorosa de emoción, mi

transformación asombrosa en una rubia princesa precisamente rubia, como describían los cuentos, inmediatamente dotada, por gracia de la belleza, con los atributos de dulzura, encanto y bondad, y el maravilloso de esparcir generosamente mis sonrisas… Esta fábula, tan repetida en mis noches infantiles, me hacía sonreír, cuando con las manos un poco temblorosas trataba de peinarme con esmero y de que apareciera bonito mi traje menos viejo, cuidadosamente planchado para la fiesta. «Tal vez pensaba yo un poco ruborizada ha llegado hoy ese día.» José Fº Ortuño (Sevilla, 1977) La cita En un Restaurante. A, una mujer. B, un hombre. A: Ten. B: ¿Y esto? A: Ábrelo. B abre el pequeno paquete y encuentra dentro un reloj de oro en su funda de terciopelo. A: ¿Mmm? B: Es precioso. A: ¿Te gusta? B: Muchísimo. A: ¿Sí? B: En serio. Me encanta. Te quiero, cariño. Es una preciosidad. Debe de haberte costado un dineral... A: Bueno. B: Un dineral. Déjame adivinar. Diez mil. A: No te lo voy a decir. B: ¿Y si lo adivino? A: Tampoco. B: Es precioso. Me queda muy bien, ¿no te parece? A: Sí. B: Pero muy bien, muy bien. Me voy a librar del viejo ahora mismo. Gracias, cariño. Te quiero. A: Me alegro de que te guste. B: Muchísimo. Pausa.


A: ¿Y? B: ¿Eh? A: ¿Tú? B: ¿Yo? A: Sí, tú. B: ¿Yo? A: Bueno, no importa, déjalo. No tenías por qué traerme nada. Yo lo he hecho porque he querido. B: No te entiendo. A: Que no tenías por qué. (Pausa.) ¿Has traído algo? B: Pues... no. Lo siento. A: No importa. Ha sido iniciativa mía. Tú no tenías motivos. B: ¿Motivos? A: Sí. Pero no importa. No es momento de echar cosas en cara, porque tú serías el primero supongo. B: ¿Qué... A: ¿Te gusta? B: Me encanta. ¿Por qué me lo has comprado? A: Porque no quería dejar un mal sabor de boca al asunto. B: Al asunto. A: Era mejor dejar las cosas lo mejor posible. Aunque desde el principio ha sido fácil, sin discusiones, sin problemas... B: ¿Qué problemas? A: Ninguno. A eso me refiero. Normalmente no es así. Tenemos suerte en el fondo. Tú has tenido la suficiente madurez como para tomarte las cosas con calma y no hacer una montana de esto. B: ¿Cómo que suerte? A: No es habitual que las relaciones se rompan de esta manera. Con una cena y regalos de por medio... B: ¿¡Eh!? A: Normalmente las rupturas son fruto de una rina o de una

pelea. Nosotros lo hemos hecho de la mejor manera. De la más inteligente. Y por tu parte eso dice mucho. B: Un momento... A: Me alegro de que te guste el reloj. B: Un momento, espera, espera, espera. El reloj es por nuestra... ¿Qué me estás diciendo? A: Que es para tí. Un regalo. No tienes que preocuparte si tú no me has traído nada. B: Un regalo de despedida. A: Eso es. B: ¿Me vas a dejar? A: Oye, eso no es justo. No te hagas ahora la víctima. B: ¿Por qué? A: No me digas ahora eso porque la noche iba muy bien. No la quieras estropear en el último momento. B: ¿Yo? ¿Estropearla yo? Me estás... A: Venga, lo olvidamos todo y punto. Ya está hablado. B: ¿Ya está qué? Al menos me darás una explicación. A: Además, perdona que te lo diga, no quería sacarlo, pero esto fué iniciativa tuya. B: Yo... A: Pero vamos, ya te digo que no me importa. Lo pasado pasado está. Si te soy sincera, hacía tiempo que quería dejar lo nuestro. No podía soportar llevar tres relaciones al mismo tiempo... Y lo nuestro ha llegado a un punto muerto que... B: No... A ver... Espera porque empiezo a tener calor... A: No te irás a echar atrás. B: ¿Atrás? ¿Atrás? ¿Atrás? A: Esto ha sido idea tuya. Ahora ya es tarde. B: ¿Idea mía? ¿Cuándo he

decidido yo que rompamos nuestra relación? A: ¿Ah, no? ¿No me llamaste ayer diciéndome que lo mejor era dejar las cosas como están y bla, bla, bla y que lo mejor sería cortar por lo sano porque te habías enterado de lo mío y tal y tal y tal? B: No. Pausa. A: ¿Ah, no? B: No. A: Ah. B: ¿De qué me estás hablando? ¿Quién te llamó ayer? Tú me llamaste a mí esta manana, ¿no te acuerdas? A: Porque tú me habías llamado anoche. B: ¿Quién? ¿Qué? ¿Anoche? ¿Cómo te iba a llamar anoche si anoche estabas en el Hospital con tu madre? A: Eeeeeehh... B: ¿Qué me estás diciendo?¿Y qué es lo tuyo? A: ¿Lo mío? B : ¿ Q u é t r e s relaciones?¿Qué punto muerto? A: No, a ver... B: Vamos a calmarnos. Vamos a calmarnos. Vamos a calmarnos. Vamos a... A: No, espera. Ya. Era una confusión. B: Una confusión. A: Sí. B: Una confusión. A: Sí, eso. Una confusión. B: Una confusión. A: Claro, te estaba tomando el pelo. B: ?Me estabas... A: Claro. Estaba de broma. ?Qué te habías creído?


B: ¿De broma? A: Pues claro. ¿Te gusta el reloj? B: ¿Estabas de broma? A: Claro que sí, Carlos. ¿Qué te habías creído? B: Repite eso. A: Que estaba de broma. B: No, después. A: Que si te gusta el reloj. B: Me has llamado Carlos. A: ?Qué? B: Me has llamado Carlos. A: Ah. B: ¿Por qué me has llamado Carlos? A: Haz el favor de no... B: ?Por qué me has llamado Carlos? A: Porque, no sé, no me he dado cuenta. B: ?Y por qué no me llamas por mi nombre? A: Vale, perdona, ha sido un, no sé, no sé qué me ha pasado. No sé por qué te he llamado así. B: Pues llámame por mi nombre. A: Vale, lo siento. No volveré a llamarte Carlos. B: Claro que no. Yo no me llamo Carlos. A: Ya sé que no te llamas Carlos. B: Claro que no. Y tú sabes cómo me llamo. A: ¡Claro que sé como te llamas, carino! Déjalo ya, ¿quieres? B: Me llamo... A: ¿Te gusta el reloj? B: Yo me llamo... A: Adivina cuánto me ha costado. B: ¿Cómo me llamo?

A: No me estarás preguntando eso en serio. B: ¿Cómo me llamo? A: Estarás de cona. B: Estoy de cona. ¿Cómo me llamo? A: Me estoy enfadando. B: ¿¡Cómo Cono Me Llamo, Hostia!? Pausa. A: Esto no te lo voy a perdonar. B: Lo siento. A: Eso ha sido, de verdad... B: Perdona. A: Te has pasado. B: Ya lo sé. Y te pido perdón. A: Ha estado muy mal... B: Ya. Pero todavía no me has contestado. A: ¿Insistes? B: Insisto. Insisto en saber dónde estabas anoche, qué son esas tres relaciones, de qué punto muerto me hablas, con quién has roto, qué hace este reloj en mi muneca y, por encima de todo, antes que cualquier otra cosa, insisto en que pronuncies, aunque sólo sea una vez, muy deprisa y en voz baja, mi nombre. Mi nombre. Y no me llamo Carlos. A: Sé que no te llamas Carlos. B: Yo también lo sé. Pausa. A: Está bien. Voy a decir tu nombre. Lo voy a decir una sola vez y después me voy a largar. Has conseguido estropear la noche. Has conseguido mandarlo todo al carajo. Pero si quieres seguir con el juego, adelante, es cosa tuya. Voy a decir tu nombre, pero como lo tenga que decir voy a salir por esa puerta muy disgustada. Tremendamente disgustada.

Pausa. B: Me llamo... Pausa. A: ... Rubén. Pausa. B: Sí. (Pausa.) Claro que sí. Me llamo Rubén. No me llamo Carlos, me llamo Rubén. Claro. A: ¿Qué te creías? B: Perdona. A: Claro que sé cómo te llamas. B: Estaba nervioso. Perdona. A: Vale. B: Perdóname. A: Te perdono. B: Han sido los nervios. A: Lo sé, lo sé. B: No sé qué es lo que me ha pasado. A: Es normal. B: Te pido perdón. A: Olvídalo ya. B: Sí. Pausa. A: Adivina cuánto me ha costado el reloj. B: No sé. A: Adivina. B: Ni idea. A: Di algo. B: No, perdona, Rocío, ahora mismo no estoy de humor. Estoy todavía un poco alterado. Perdona, no es por tí. Es por la subida de azúcar que me acaba de dar. No es normal. Me he puesto demasiado nervioso. Lo mejor es que pida un poco de agua a ver si me calmo. Perdona. Pausa. A: ¿Cómo me has llamado?


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