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Luces de Bohemia Instituto Cervantes de Praga

Encuentros Literarios - Literární setkání

Luces de Bohemia en Olomouc Luces de Bohemia v Olomouci Olomouc 27.04.2011 Lecturas a cargo de: Elena Buixaderas Mnica Marquez Claudia Minuche Jorge Ramos Denisa Škodová

7 años

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Ángela Figuera Aymerich (Bilbao 1902-1984) Éxodo Una mujer corría. Jadeaba y corría. Tropezaba y corría. Con un miedo macizo debajo de las cejas y un niño entre los brazos. Corría por la tierra que olía a recién muerto. Corría por el aire con sabor a trilita. Corría por los hombres erizados de encono. Miraba a todos lados. Quería detenerse. Sentarse en un ribazo y con su hijo menudo. Sentarse en un ribazo y amamantar en paz. Pero no hallaba sitio. No encontraba reposo. No lograba la pausa sosegada y segura que las madres precisan. Ese viento apacible que jamás se interpone entre el pecho y el labio. Buscaba cerca y lejos. Buscaba por las calles, por los jardines y bajo los tejados, en los atrios de las iglesias, por los caminos desnudos y carreteras arboladas. Buscaba un rincón sin espantos, un lugar aseado para colocar una cuna.

Y corría y corría. Dio la vuelta a la tierra. Buscando. Huyendo. Y no encontraba sitio. Y seguía corriendo. Y el niño sollozaba débilmente. Crecía débilmente colgado de su carne fatigada. Salvador Elizondo (Ciudad de México, 1932) De cómo dinamité el Colegio de Señoritas Ese fue el tiempo en que yo me solazaba con abominaciones sutilísimas y concebí la destrucción del Colegio de Señoritas. [...]Yo sé bien que una empresa de esta índole resultaría, de buenas a primeras, inexplicable, no por infame, sino por desmedida; no por criminal, sino por ambiciosa. Dejando a un lado estas consideraciones que no está en mi papel hacer, y menos en estos momentos, sólo puedo decir que decidí hacer saltar el colegio de Señoritas porque no bastándoles a las señoritas pupilas del Colegio de Señoritas la infamia de sus uniformes grises con los reveses sedientos de carne como almíbar de mujer, sus basquinas descosidas y lustrosas,

sus medias de popotillo, no bastándoles el lamentable espectáculo que ofrecían cuando realizaban sus ejercicios gimnásticos enfundadas en anafrodisiacos batones color de esperma, cuando se agachaban tratando de tocar las puntas de sus zapatos tennis descoloridos con las puntas de sus dedos carcomidos en el terror de enigmáticas hemorragias dejando ver las corvas ansiosas de ser recorridas por dedos trémulos. Eso pasaba una vez a la semana. Y así, con todo y el deseo que irradiaban las tensas comisuras de esas corvas, la visión general era la de una menagerie de monstruos humanos que me fascinaban horrorizándome y enalteciéndome en su horrible bajeza. No les basta a estas señoritas, como decía, la execración que su existencia visible impone a la realidad. Aspiran entonces a penetrar en un orden del conocimiento quizás un poco más emotivo: el de los sonidos. Con este fin deben haberse reunido en un conciliábulo inquietante para adoptar los medios más aptos de cobrar una existencia sensiblemente sonora: !Ha!, !la armónica!... Sí, señor; la armó-ni-ca. Estos monstruos, estas bestias, estas tenebrosas terribles tracaleras cucufatas recónditas, con sus caireles y sus escapularios sudorosos como colgajos de tripas de perro machucado y sus dientes de sarro verde y su acné católico y su mirada triste, lejana, interrumpida siempre de persignaciones epilépticas de adiós, de gimnasias quirúrgicas una vez a la semana, y sus bloomers abocardados de jersey color salmón, asistidos en la perdida capacidad de tenerse, por ceñimiento del elástico de fábrica, de caucho natural, en torno al muslo a una distancia constante del centro de la rótula y allí tenidos precariamente con la ayuda de una ancha banda de hule rojo. Estas señoritas, en fin, decidieron entonces formar una orquesta de armónicas de ochenta ejecutantes. [...] Desde el primer día jamás cejé en mi propósito de exterminar con la mayor celeridad posible toda presencia de un conglomerado humano que se deleitaba en la inmundicia de ese rechupamiento baboso, y en esa soledad surcada de lejanos aullidos

maldecía yo a la puta madre que había parido al Sr. Hohner. Imaginaba holocaustos wagnerianos y veía con los ojos de mi imaginación las interminables colas de señoritas previamente puestas en cueros, desfilar lentamente hacia las cámaras de gas, a los compases de la obertura de Tanhauser interpretada a la armónica. Luego imaginaba yo el interior de ese Bayreuth sombrío y resonante de maullidos desfallecientes. Un enorme hacinamiento de cuerpos flatulantes, de sibilantes emanaciones de gas que producían una sinfonía tenebrosa, al azar, en las armónicas crispadas entre los labios amoratados, produciendo escalas agónicas. Poco a poco fui estableciendo el proyecto sin omitir detalle alguno. Ya sólo faltaba fijar la fecha. La clave me la dio la radio. El noticiero de la Cultura que pasa todos los días a las 17:49 transmitió la noticia: "El próximo sábado tendrá lugar, dentro de la serie de Sábados Sociales organizada por el Colegio de Señoritas, un concierto que estará a cargo de la orquesta de armónicas de dicha institución, que está integrada por ochenta señoritas..." [...] No voy a abrumar a nadie con todos los tecnicismos relacionados con esta notable empresa [...]. Mi voluntad de hacer saltar por los aires a los virtuosos del Colegio de Señoritas y del Instituto Sobriedad y Patria no flaqueó jamás. [...] Antes de regodearme con la desolación libertaria que habré producido en las ceñidas filas de los amantes de la música masiva de armónica, invoco [...] lo que dentro de algunos minutos, durante los primeros compases de la tercera selección de nuestra más bella música nacional —ahora comienza la ejecución del primer número del programa—, ya habrá sido su memoria, surcando los espacios infinitos en compañía de las almas sopladoras de las pupilas del Colegio de Señoritas y de los colegiales del Sobriedad y Patria; espíritus dispersos en un efluvio salivoso de notas gangosas; compases deslavados de una agrupación sideral de adolescentes tributarios de Herr Hohner, maulladores que se alejan hacia la más cursi y hacia la más triste de todas las estrellas.

José Hierro (Madrid, 1922-2002) Réquiem [fragmento] Manuel del Río, natural de España, ha fallecido el sábado 11 de mayo, a consecuencia de un accidente. Su cadáver está tendido en D'Agostino Funeral Home. Haskell. New Jersey. Se dirá una misa cantada a las 9.30, en St. Francis. Es una historia que comienza con sol y piedra, y que termina sobre una mesa, en D'Agostino, con flores y cirios eléctricos. Es una historia que comienza en una orilla del Atlántico. Continúa en un camarote de tercera, sobre las olas -sobre las nubes- de las tierras sumergidas ante Platón. Halla en América su término con una grúa y una clínica, con una esquela y una misa cantada, en la iglesia de St. Francis. Al fin y al cabo, cualquier sitio da lo mismo para morir: el que se aroma de romero, el tallado en piedra o en nieve, el empapado de petróleo. Da lo mismo que un cuerpo se haga piedra, petróleo, nieve, aroma. Lo doloroso no es morir acá o allá... [...] Requiem aeternam. Definitivamente todo ha terminado. Su cadáver está tendido en D' Agostino Funeral Home. Haskell. New Jersey. Se dirá una misa cantada por su alma.

Me he limitado a reflejar aquí una esquela de un periódico de New York. Objetivamente. Sin vuelo en el verso. Objetivamente. Un español como millones de españoles. No he dicho a nadie que estuve a punto de llorar. Miguel de Unamuno (Bilbao, 1864 – Salamanca, 1936 ) Fragmento de Niebla —Bueno, y qué voy a hacer yo ahora? —¡Hacer... hacer... hacer..! ¡Bah, ya te estás sintiendo personaje de drama o de novela! ¡Contentémonos con serlo de... nivola! ¡Hacer... hacer... hacer...! ¿Te parece que hacemos poco con estar así hablando? Es la manía de la acción, es decir, de la pantomima. Dicen que pasan muchas cosas en un drama cuando los actores pueden hacer muchos gestos y dar grandes pasos y fingir duelos y saltar y... ¡pantomima!, ¡pantomima! ¡Hablan demasiado!, dicen otras veces. Como si el hablar no fuese hacer. En el principio fue la Palabra y por la Palabra se hizo todo. Si ahora, por ejemplo, algún... nivolista oculto ahí, tras ese armario, tomase nota taquigráfica de cuanto esta mos aquí diciendo y lo reprodujese, es fácil que dijeran los lectores que no pasa nada, y sin embargo... —¡Oh, si pudiesen verme por dentro, Víctor, te aseguro que no dirían tal cosa! —¿Por dentro?, ¿por dentro de quién?, ¿de ti?, ¿de mí? Nosotros no tenemos dentro. Cuando no dirían que aquí no pasa nada es cuando pudiesen verse por dentro de sí mismos, de ellos, de los que leen. El alma de un personaje de drama, de novela o de nivola no tiene más interior que el que le da... —Sí, su autor. —No, el lector. —Pues yo te aseguro, Víctor... —No asegures nada y devórate. Es lo seguro. —Y me devoro, me devoro. Empecé, Víctor, como una sombra, como una ficción; durante años he vagado como un fantasma, como un muñeco de niebla, sin creer en mi propia

existencia, imaginándome ser un personaje fantástico que un oculto genio inventó para solazarse o desahogarse; pero ahora, después de lo que me han hecho, después de lo que me han hecho, después de esta burla, de esta ferocidad de burla, ¡ahora sí!, ¡ahora me siento, ahora me palpo, ahora no dudo de mi existencia real! —¡Comedia!, ¡comedia!, ¡comedia! —¡,Cómo? —Sí, en la comedia entra el que se crea rey el que lo representa. —Pero ¿qué te propones con todo esto? —Distraerte. Y además, que si, como te decía, un nivolista oculto que nos esté oyendo toma nota de nuestras palabras para reproducirlas un día, el lector de la nivola llegue a dudar, siquiera fuese un fugitivo momento, de su propia realidad de bulto y se crea a su vez no más que un personaje nivolesco, como nosotros. —Y eso ¿para qué? —Para redimirle. —Sí, ya he oído decir que lo más liberador del arte es que le hace a uno olvidar que exista. Hay quien se hunde en la lectura de novelas para distraerse de sí mismo, para olvidar sus penas... —No, lo más liberador del arte es que le hace a uno dudar de que exista. —Y ¿qué es existir? —¿Ves? Ya te vas curando; ya empiezas a devorarte. Lo prueba esa pregunta. ¡Ser o no ser, que dijo Hamlet, uno de los que inventaron a Shakespeare. —Pues a mí, Víctor, eso de ser o no ser me ha parecido siempre una solemne vaciedad. Nicanor Parra (Chile, 1914) Padre nuestro Padre nuestro que estas en el cielo Lleno de toda clase de problemas Con el ceño fruncido Como si fueras un hombre vulgar y corriente No pienses más en nosotros

Comprendemos que sufres Porque no puedes arreglar las cosas. Sabemos que el demonio no te ha dejado [ tranquilo Desconstruyendo lo que tú construyes El se ríe de ti Pero nosotros lloramos contigo: No te preocupes de sus risas diabólicas Padre nuestro que estás donde estás Rodeado de ángeles desleales Sinceramente: no sufras más por nosotros Tienes que darte cuenta De que los dioses no son infalibles Y que nosotros perdonamos todo. Ana María Moix (Barcelona, 1947) Fragmento de Antes del almuerzo Me senté en la terraza del hotel y, en espera de la hora de la comida, abrí el libro y empecé a leer. Así empezaba el libro que me dispuse a leer sentado en la terraza del hotel esperando la hora del almuerzo. Apenas había leído unas diez páginas cuando el chico uniformado de gris me alargó un sobre que acababan de entregarle para mí. Fue entonces cuando, al levantar la vista del libro, me fijé en la rubia de verde que daba vueltas a mi alrededor. Traté de no fijarme demasiado en ella y abrí de nuevo el libro. Emprendí la lectura justo en el momento que la rubia vestida de verde daba vueltas alrededor del sillón. La rubia se me acercó por detrás y, con poco disimulo, trató de leer en mi libro. No se impaciente -dijo al ver que iba a hablarle-, yo no salgo hasta la página veintiuno. Dese prisa, antes aún han de salir la sirvienta y el banquero. Atónito leí. Dese prisa -decía- debemos hablar. Debí dejar de leer mucho antes. Ya era demasiado tarde. La puerta giratoria empezó a dar vueltas y apareció el banquero. Ya había empezado. Era preciso terminar pronto, que saliera la sirvienta, el banquero y ver qué significaba la comedia de la mujer de verde. Tal vez

después de terminar el libro... Estaba leyendo estas líneas cuando sentí el roce de la mano del botones en el brazo alargándome un sobre. Ante la rubia de verde, ante sus palabras, me sentí irreal, leído. Intenté decirle que me dejara en paz, que ya sabía que iba a salir en la página veintiuno. Por lo visto no me tocaba decirlo. Tuve que esperar que saliera el banquero y la sirvienta. Estoy leyendo, sentado en la terraza del hotel, mientras espero la hora de la comida. Ya he empezado el libro. Es inútil intentar dejarlo. Por el espejo, ya veo al chico uniformado que se acerca con un sobre en la mano, una rubia vestida de verde sale del interior del hotel. Sólo falta esperar al banquero y la sirvienta, y si el que lee no cierra el libro sabremos en qué termina todo esto. Gloria Fuertes (Madrid, 1917-1998) Nací para poeta o para muerto... Nací para poeta o para muerto, escogí lo difícil -supervivo de todos los naufragios-, y sigo con mis versos, vivita y coleando. Nací para puta o payaso, escogí lo difícil -hacer reír a los clientes desahuciados-, y sigo con mis trucos, sacando una paloma del refajo. Nací para nada o soldado, y escogí lo difícil -no ser apenas nada en el tablado-, y sigo entre fusiles y pistolas sin mancharme las manos. Federico García Lorca (Granada, 1898-1936) Fragmento de El Público CRIADO. Señor. DIRECTOR. ¿Qué? CRIADO. ¡El público! DIRECTOR. Que pase.

(El Director cambia su peluca rubia por una morena. Entran tres Hombres vestidos de frac exactamente iguales. Llevan barbas oscuras.) HOMBRE I ° ¿El señor Director del teatro al aire libre? DIRECTOR. Servidor de usted. HOMBRE I.° Venimos a felicitarle por su última obra. DIRECTOR. Gracias. HOMBRE 3.° Originalísima. HOMBRE I.° ¡Y qué bonito título! Romeo y Julieta. DIRECTOR. Un hombre y una mujer que se enamoran. HOMBRE I.° Romeo puede ser una ave y Julieta puede ser una piedra. Romeo puede ser un grano de sal y Julieta puede ser un mapa. DIRECTOR. Pero nunca dejarán de ser Romeo y Julieta. HOMBRE I.° Y enamorados. ¿Usted cree que estaban enamorados? DIRECTOR. Hombre... yo no estoy dentro... HOMBRE I.° ¡Basta! ¡Basta! Usted mismo se denuncia. HOMBRE 2.° (Al Hombre I.°) Ve con prudencia. Tú tienes la culpa. ¿Para qué vienes a la puerta de los teatros? Puedes llamar a un bosque y es fácil que éste abra el ruido de su savia para tus oídos. ¡Pero un teatro! HOMBRE I.° Es a los teatros donde hay que llamar; es a los teatros, para... HOMBRE 3.° Para que se sepa la verdad de las sepulturas. HOMBRE 2.° Sepulturas con focos de gas, y anuncios, y largas filas de butacas. DIRECTOR. Caballeros... HOMBRE I.° Sí, sí. Director del teatro al aire libre, autor de Romeo y Julieta. HOMBRE 2.° ¿Cómo orinaba Romeo, señor Director? ¿Es que no es bonito ver orinar a Romeo? ¿Cuántas veces fingió tirarse de la torre para ser apresado en la comedia de su sufrimiento? ¿Qué pasaba, señor Director, cuando no pasaba? ¿Y el sepulcro? ¿Por qué, en el final, no bajó usted las escaleras del sepulcro? Pudo usted haber visto un ángel

que se llevaba el sexo de Romeo, mientras dejaba el otro, el suyo, el que le correspondía. Y si yo le digo que el personaje principal de todo fue una flor venenosa, ¿qué pensaría usted? Conteste. DIRECTOR. Señores, no es ése el problema. HOMBRE I.° (Interrumpiendo.) No hay otro. Tendremos necesidad de enterrar el teatro por la cobardía de todos, y tendré que darme un tiro. HOMBRE 2.° ¡Gonzalo! HOMBRE I.° (Lentamente.) Tendré que darme un tiro para inaugurar el verdadero teatro, el teatro bajo la arena. DIRECTOR. Gonzalo... HOMBRE I.° ¿Cómo?... (Pausa.) DIRECTOR. (Reaccionando.) Pero no puedo. Se hundiría todo. Sería dejar ciegos a mis hijos y luego, ¿qué hago con el público? ¿Qué hago con el público si quito las barandas al puente? Vendría la máscara a devorarme. Yo vi una vez a un hombre devorado por la máscara. Los jóvenes más fuertes de la ciudad, con picas ensangrentadas, le hundían por el trasero grandes bolas de periódicos abandonados, y en América hubo una vez un muchacho a quien la máscara ahorcó colgado de sus propios intestinos. HOMBRE I.° ¡Magnífico! HOMBRE 2.° ¿Por qué no lo dice usted en el teatro? HOMBRE 3.° ¿Eso es el principio de un argumento? DIRECTOR. En todo caso un final. Reinaldo Arenas (Holguín, Cuba, 1943 – Nueva York, 1990) Voces Nosotros vinimos por el aire Nosotros vinimos por el mar Nosotros llegamos amarrados a la cámara [de un auto Nosotros llegamos sujetos a la rueda [de un avión Nosotros salimos conjurando tiburones y [guardacostas

Nosotros salimos taladrando un túnel en [el aire Nosotros salimos agarrados a la cola de [un cometa Nosotros llegamos a nado, vomitando la bilis, soltando el bofe, los huesos al sol, deshidratados, descarnado el corazón. Sí, sin duda somos los más dichosos, los afortunados. Los demás yacen sin tiempo bajo el mar o condenan nuestra fuga mientras secreta y desesperadamente [desean partir. Cristina Peri Rossi (Uruguay, 1941) Fragmento de El museo de los esfuerzos inútiles El espacio que queda entre la espada y la pared es exiguo. Si huyendo de la espada, retrocedo hasta la pared, el frío del muro me congela, si huyendo de la pared, trato de avanzar en sentido contrario, la espada se clava en mi garganta. Cualquier alternativa, pues que pretenda establecerse entre ellas, es falsa y como tal, la denuncio. Tanto el muro como la espada sólo pretenden mi aniquilación, mi muerte, por lo cual me resisto a elegir. Si la espada fuera más benigna que el muro, o la pared, menos lacerante que el filo de aquella, cabría la posibilidad de decidirse, pero cualquiera que las observe, comprenderá enseguida que sus diferencias son sólo superficiales. Sé que tampoco es posible dilatar mi muerte tratando de vivir en el corto espacio que media entre la pared y la espada. No sólo el aire se ha enrarecido, está lleno de gases y de partículas venenosas: además, la espada me produce pequeños cortes 'que yo disimulo por pudor' y el frío de la pared congestiona mis pulmones.... Si consiguiera escurrirme, la espada y el muro quedarían enfrentados, pero su poder, faltando yo entre ambos, habría disminuido tanto que posiblemente el muro se derrumbara y la espada enmoheciera. Pero no existe ningún resquicio por el cual pueda

huir, y cuando consigo engañar a la espada, la pared se agiganta, y si me separo de la pared, la espada avanza. He procurado distraer la atención de la espada proponiéndole juegos, pero es muy astuta, y cuando deja de apuntar a mi garganta, es porque dirige su filo hacia mi corazón. En cuanto al muro, es verdad que a veces olvido que se trata de una pared de hielo y cansado, busco apoyo en él: no bien lo hago, un escalofrío mortal me recuerda su naturaleza. He vivido así los últimos meses. No sé por cuánto tiempo aún podré evitar el muro, la espada. El espacio es cada vez más estrecho y mis fuerzas se agotan. Me es indiferente mi destino: si moriré de una congestión o me desangraré a causa de una herida, esto no me preocupa. Pero denuncio definitivamente que entre la espada y la pared no existe lugar donde vivir. Angel González (Oviedo, 1925 – Madrid, 2008) Eso era amor Le comenté: - Me entusiasman tus ojos. Y ella dijo: -¿Te gustan solos o con rímel? - Grandes, respondí sin dudar. Y también sin dudar me los dejó en un plato y se fue a tientas. Julio Cortázar (Bruselas, 1914 - París, 1984) Continuidad de los parques Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos

capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del

porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela. Alejandra Pizarnik (Buenos Aires, 1936 1972) Fragmento de El despertar Señor La jaula se ha vuelto pájaro y se ha volado y mi corazón está loco porque aúlla a la muerte y sonríe detrás del viento a mis delirios Qué haré con el miedo Qué haré con el miedo Ya no baila la luz en mi sonrisa ni las estaciones queman palomas en mis ideas Mis manos se han desnudado y se han ido donde la muerte enseña a vivir a los muertos Señor Tengo veinte años También mis ojos tienen veinte años y sin embargo no dicen nada Señor He consumado mi vida en un instante La última inocencia estalló Ahora es nunca o jamás o simplemente fue ¿Cómo no me suicido frente a un espejo y desaparezco para reaparecer en el mar donde un gran barco me esperaría con las luces encendidas?

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¿Cómo no me extraigo las venas y hago con ellas una escala para huir al otro lado de la noche? Recuerdo mi niñez cuando yo era una anciana Las flores morían en mis manos porque la danza salvaje de la alegría les destruía el corazón Recuerdo las negras mañanas de sol cuando era niña es decir ayer es decir hace siglos Señor La jaula se ha vuelto pájaro y ha devorado mis esperanzas Señor La jaula se ha vuelto pájaro Qué haré con el miedo Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953 – Barcelona, 2003 ) Fragmento de 2666 A esa misma hora los policías que acababan el servicio se juntaban a desayunar en la cafetería Trejo's, un local oblongo y con pocas ventanas, parecido a un ataúd. Allí bebían café y comían huevos a la ranchera o huevos a la mexicana o huevos con tocino o huevos estrellados. Y se contaban chistes. A veces eran monográficos. Los chistes. Y abundaban aquellos que iban sobre mujeres. Por ejemplo, un policía decía: ¿cómo es la mujer perfecta? Pues de medio metro, orejona, con la cabeza plana, sin dientes y muy fea. ¿Por qué? Pues de medio metro para que te llegue exactamente a la cintura, buey, orejona para manejarla con facilidad, con la cabeza plana para tener un lugar donde poner tu cerveza, sin dientes para que no te haga daño en la verga y muy fea para que ningún hijo de puta te la robe. Algunos se reían. Otros seguían comiendo sus huevos y bebiendo su café. Y el que había contado el primero, seguía. Decía: ¿por qué las mujeres no saben esquiar? Silencio. Pues porque en la cocina no nieva

nunca. Algunos no lo entendían. La mayoría de los polis no había esquiado en su vida. ¿En dónde esquiar en medio del desierto? Pero algunos se reían. Y el contador de chistes decía: a ver, valedores, defínanme una mujer. Silencio. Y la respuesta:pues un conjunto de células medianamente organizadas que rodean a una vagina. Y entonces alguien se reía, un judicial, muy bueno ése, González, un conjunto de células, sí, señor. Y otro más, éste internacional: ¿por qué la Estatua de la Libertad es mujer? Porque necesitaban a alguien con la cabeza hueca para poner el mirador. Y otro: ¿en cuántas partes se divide el cerebro de una mujer? ¡Pues depende, valedores! ¿Depende de qué, González? Depende de lo duro que le pegues. Y ya caliente: ¿por qué las mujeres no pueden contar hasta setenta? Porque al llegar al sesentainueve ya tienen la boca llena. Y más caliente: ¿qué es más tonto que un hombre tonto? (Ése era fácil.) Pues una mujer inteligente. Y aún más caliente: ¿por qué los hombres no les prestan el coche a sus mujeres?

Pues porque de la habitación a la cocina no hay carretera. [...] Y: ¿cuánto tarda una mujer en morirse de un disparo en la cabeza? Pues unas siete u ocho horas, depende de lo que tarde la bala en encontrar el cerebro. Cerebro, sí, señor, rumiaba el judicial. Y si alguien le reprochaba a González que contara tantos chistes machistas, González respondía que más machista era Dios, que nos hizo superiores. [...] Hasta que González se cansaba y se tomaba una cerveza y se dejaba caer en una silla y los demás policías volvían a dedicarse a sus huevos. Entonces el judicial, exhausto de una noche de trabajo, rumiaba cuánta verdad de Dios se hallaba escondida tras los chistes populares. Y se rascaba las verijas y ponía sobre la mesa de plástico su revólver Smith & Wesson modelo 686, de un kilo y casi doscientos gramos de peso[...]. Verdad de Dios, decía el judicial. ¿Quién chingados inventará los chistes?, decía el judicial. ¿Y los refranes? ¿De dónde chingados salen? ¿Quién es el primero en pensarlos? ¿Quién el primero en decirlos?

Jorge Fondebrider (Buenos Aires, 1956) Noche de Julio Primero el asteroide, una explosión nuclear, las huellas del iridio, la desaparición masiva y misteriosa de los dinosaurios. Alguien decía «todo vibra sobre el mundo, incluso el mundo vibra, la luz...». Pero cambiaste. Se vio una flor de aliso, dos ácaros pastando como ovejas. Se vio el final de Hamlet, montañas y glaciares, y cebras y leopardos y sombras fantasmales sobre el polo, políticos y pausas, catástrofes y puentes. Después, curiosamente, las frases de Estragón en boca de un payaso. Y apagamos. Nos fuimos a la cama. A eso de la una, nos fuimos a la cama. Pero antes de dormir recuerdo que te vi reflejada en el espejo. Leías a mi lado un libro que hablaba de las piedras. Pensé en aquellas piedras frente al mar, que vi una vez al borde de un estrecho, dos piedras que hubieran sido dignas de un Hornero y resistían, como ahora, vos y yo a la merced del tiempo.

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José Francisco Ortuño (Sevilla, 1978) Comunicando Él está hablando por el teléfono en su despacho. En su mesa hay también un móvil, un ordenador, carpetas y papeles. También hay un aparato de fax. Él.- No... Sí, bueno... no... escucha, yo no, esc... escúchame... sí, sí... pero... ajá... ya, ya lo... Juan, escucha, Juan… Entra Ella, Él le hace gesto para que se siente. Ella se queda de pie. ...sí, yo también, pero deja que te expliq... vale... vale... Él la mira y le hace un gesto que ella no sabe descodificar. ... no, no, no, no, no, perdona, perdona, PERDONA, Juan, yo mismo lo dejé en tu mesa nada más... nada más... y te lo dije, te lo dije, te lo dejé bien explicado en tu contestad… Suena el móvil. ...perdona, tengo una llamada, ahora te... ahora... ahora te llamo... sí, ahora, ahora... El móvil suena. ...tengo que colgar... tengo que... luego... mira, hablamos ahora que tengo... luego me lo cuentas… tengo una... una llamada, te juro que nada más que acabe te llamo… te llamo… cinco minutos… ¡joder! Con enojo, suelta el teléfono y contesta al móvil. ¡Sí! Han colgado. Suelta el móvil. Será gilipollas. Siéntate. Ella.- No, yo... Él.- Siéntate, siéntate. Ella.- ¿Qué quieres? Él.- ¿Yo? Ella.- ¿Qué quieres? Él.- ¿No has recibido mi e-mail? Ella.- ¿Qué? Él.- Mi e-mail. Ella ¿Qué e-mail? Él.- El que te mande, ¿no lo has... Ella.- No. Él.- ¿No te ha llegado? Ella.- No se, no he mirado el e-mail, no... Él.- Pues te he mandado un e-mail Ella.- Vale, me has mandado un e-mail. Él.- ¿No lo has recibido? Ella.- No lo sé. Qué pasa.

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Él.- Te lo explicaba en el e-mail. Ella.- ¿Qué pasa? Él.- Un lío, bueno, tampoco es... Ella.- ¿Un lío? Él.- Sí, bueno, tampoco es para tanto, te lo explicaba todo en el mail... Ella.- ¿Qué lío? Él.- Pues... eh... a ver, por donde empiezo... Ella.- ¿Qué lío? ¿Ha pasado algo? Ella se sienta. Él.- No, no, tranquila, ya te digo, no es nada, tampoco, además, ya estará solucionado, se lo dije a, bueno, a todo el mundo, le mandé un email a todo el mundo así que imagino que ya lo habrán solucionado, te llegará un fax y ya... Ella.- ¿Has mandado un e-mail? ¿A quién? Él.- A todo el mundo, bueno a todos, a quien... así que nada, no te preocupes, era solo por si, te llamaba solo por si estabas preocupada decirte que como mandé el e-mail a todo el mundo, a todos, pues ya estará el lío solucionado, vamos, falta el fax pero en cuanto... Ella.- ¿Pero qué lío? Él.- Sí, mira, te lo ponía en el e-mail, ¿te acuerdas de las... Suena el móvil. Perdona. Contesta. Él.- ¿Qué pasa? …ahora no puedo... no, no puedo... me lo explicas luego, ahora estoy liado, con... sí, sí, sí... te mandé un e-mail, ¿no lo recibiste?... Claro... sí, te mandé... pues ahí te lo explicaba todo, ahora no puedo... no, ahora no, mira el... el correo... ahora no... ahora no puedo hablar... ¿para qué si ya te lo mandé por... por... eso, ya te lo he dicho... no, no llames a nadie, no compliques las cosas… no, déjalo en paz… me vas a buscar un… Ella.- ¿Es Raúl? Él.-... no, lo llames, mira en tu correo y ya... Ella.- ¿Es Raúl? Él.- ... no lo compliques, es muy... Ella.- Dile, ¿es Raúl? Él.- ... eso, eso, mira, adiós. Cuelga. Suelta el móvil. Ella.- ¿Era Raúl? Él.- ¿Eh? Ella.- ¿Era Raúl?

Él.- Sí. Ella.- ¿Le dijiste eso? Él.- ¿Eh? No, se me olvidó. Ella.- Pues llámalo. Él.- Luego. Ella.- Pero llámalo. Él.- Luego. Es que, me pone, me ataca los nervios, es, es, es... Ella.- Pero tendrá que saberlo, preparar los, es el viernes cuando... Él.- Sí, sí, ya, ya. Ella.- Es el viernes. Él.- Ya. ¿Y tú? Ella.- ¿Yo qué? Él.- ¿Tú? Has hablado con... Ella.- Sí, he hablado con todo el mundo. Yo sí. Él.- No. Tú no. Ella.- ¿Qué? Él.- Tú no. Ella.- ¿Pero qué hablas? Yo. Él.- Esta mañana, ¿sabes? Esta mañana, vamos, hace un, ahora mismo, he hablado con Sara, la de... Ella.- ¿Has hablado con Sara? Él.- Sí, por lo de, y bueno, le he sacado, vamos, ha salido el tema. Ella.- ¿Qué tema? Él.- El tema. Lo del viernes. Ella.- ¿Y qué? Él.- Que no sabía nada. Ella.- ¿Que no sabía... Él.- No, no. Nada. No sabía nada. Así que... Ella.- Yo he hablado, a Sara le mandé un mensaje. Al móvil. Él.- No sabía nada. Ella.- Pues no es por mí. Él.- ¿No? Ella.- No, no, no. Yo. Él.- Ella no sabía nada. Tú me has dicho que... Ella.- Yo le, he hablado con todos, he, con todos, ella no, ella no, ella no lo cogía, ni en su móvil ni, y le puse un mensaje, le mandé un mensaje, con quien no he hablado le he mandado un mensaje al móvil, así que... Él.- Yo sólo digo... Ella.- Y tú no has, ¿has llamado tú a todo el mundo? Él.- Yo no. Ella.- Ajá.

Él.- Pero... Ella.- Pues es el viernes. Él.- Ya. Ella.- Es el viernes y no, pienso, escúchame, no pienso llamar... Él.- Yo no te he dicho eso. Ella.- Yo no pienso llamar. Él.- ¿He dicho eso? ¿He dicho eso yo? ¿Eh? ¿He dicho eso? Joder, es siempre la misma historia. Ella.- Eh, eh. Él.- No, no, no. Es que me jode. ES QUE ME JODE PERO MUCHO. ¿Yo te he dicho que... Voy a llamar yo. Voy-a-llamar-yo. Pero. Pausa. Ella.- Pero. Él.- Pero. Pausa. Ella.- Pero. Él.- Raúl. Se me ha pasado. Se me pasó. He llamado a... y a Raúl. Se me pasó. Ella.- Antes dijiste que es que te ataca los nervios. Él.- ¿Yo? Ella.- Antes dijiste eso. Él.- ¿Él qué? Ella.- Que te ataca los nervios. Que te pone... Él.- ¿Qué me ataca los nervios? Ella.- Raúl. Por eso. Por eso no lo has llamado. Él.- No, no es por eso. Ella.- Ajá. Él.- No es eso. Ella.- ¿Entonces? Él.- Se me pasó. Ella.- Ahora mismo estabas hablando con él. Él.- Sí. Pero de otra cosa. Pausa. Ella.- ¿Y por qué no lo llamas ahora? Él.- ¿Has llamado tú a Sara? Ella.- Ya te lo he dicho. Él.- No, no. No me lo has dicho. Ella.- Te lo he dicho. Él.- No, porque hablé con ella y no sabía nada. Ella.- ¿Y con los demás? Él.- Los demás qué. Ella.- ¿Has llamado a todo el mundo? Él.- Sí, yo, le mandé. Sí, sí, sí. Ella.- ¿Has hablado con todos? Él.- Ya están todos al corriente.

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diciéndome que estuviera a las ocho y media en, arriba, en, pero no tenía el número en la agenda así que no sé quién me lo mandaría, no, no decía nada de eso, sólo que a las ocho y media en, arriba y, y el número era desconocido así que, bueno, subí y... pero era, llegué a las nueve menos, y no había nadie, estuve un rato pero, lo que he hecho ha sido responder al mensaje diciendo que, eso, que llegué tarde y que como no sé quién es pues eso. Y, claro, entre que, al final no, ya cuando llegué me dijeron que habías llamado y, ya no... pero, ¿qué lío? ¿Qué lío? Él.- Espera, estoy mandando un mensaje. Ahora no puedo. Pausa. Ella.- Bueno, me voy, miro el e-mail y ahora vuelvo. Pausa. Ella.- ¿Vale? Pausa. Ella.- ¿Vale? Pausa. Él.- ¿Vale qué? Ella.- Que me voy. Miro el e-mail. Él.- Sí, eso. Ahí te lo explicaba todo. Ella.- Pues me voy, lo miro y ya... Él.- Sí, sí... Ella.- Vale. Ella se va. Él sigue escribiendo el mensaje. Suena el móvil. Él.- ¡Coño!

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Ella.- Menos Raúl. Él.- Sí. Pausa. Ella.- Es miércoles. Él.- ¿Eh? Ella.- Vale, tú sabrás. Él.- Déjame a mí, ¿vale? Yo sé. Déjame. Ella.- Al final verás. Otra vez. Otra vez va a… y esas cosas, al final… Él.- Déjame a mí. Ella.- Al final... ¿y qué coño de lío? Él.- ¿Eh? Ella.- ¿Qué lío? ¿Qué lío? Él.- ¿Qué? Ella.- Has dicho que había un lío. Él.- No, he dicho que yo lo arreglo, que yo... Ella.- No, no, no, no, no. Me has llamado. Me has llamado. Me han dicho que me habías llamado. Él.- ¿Yo? Ella.- Para que viniera. Él.- Pero eso ya... Ella.- Por un lío, ¿no? Él.- Sí, sí, sí, sí. Pero eso ya... Ella.- ¿Qué lío? Él.- Mira, antes de que se me pase, le mando un mensaje a Raúl y ya... Ella.- ¿Un mensaje? Él.- Sí. Por eso. Empieza a escribir un mensaje con su móvil. Ella.- Ajá. Pausa. Ella.- ¿Y... y... No leí tu e-mail. No... no lo he mirado hoy, no. Estaba en... Me dejó un mensaje, bueno, recibí un mensaje al móvil

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