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Luces de Bohemia Instituto Cervantes de Praga

Encuentros Literarios - Literární setkání


Escritores en Praga Spisovatelé v Praze

7 años

Praga 7.02.2011 Escritores invitados: Carlos Be Elena Buixaderas Ruy Guka David Llorente Ramón Machón Claudia Minuche Jorge Ramos Jorge Zúñiga

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Música a cargo de: Dragan Stojčevski (Scenická hudba - www.dragan-stojcevski.com)

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Carlos Be (Vilanova i la Geltrú, España, 1974) Autor y director de teatro. Entre otras obras, ha publicado El niño herido (2011), La caja Pilcik (Premio Serantes de Teatro 2008), Llueven vacas (2008), Achicorias (2008), Origami (Premio Born de Teatro 2006), La extraordinaria muerte de Ulrike M. (finalista del Premio Casa de América - Escena Contemporánea de Dramaturgia Innovadora 2005) y Noel Road 25: a genius like us (Premio Caja España de Teatro 2001). Como director de The Zombie Company ha llevado a escena My favorite things, Achicorias y Eloísa y el domador de mariposas. Así mismo, ha sido director invitado de Divadlo Ungelt de Praga con ocasión del estreno absoluto de Origami. Es colaborador mensual de la revista Artez. Vive entre Chequia y España. El jardín de las delicias Me retiré de la partida al descubrir las primeras canas alrededor de mis pezones. Acabé de abotonarme la camisa, le di la espalda al espejo y salí de la habitación. El amasijo de cuerpos desnudos tiritaba sobre la cama. Sólo una mano abierta me pidió, en silencio, volver con ellos, pero el gesto se fundió enseguida en aquel tumulto de carne. El conserje del hotel no medió palabra conmigo y, con la maleta bajo el brazo, abandoné Milán. En Nueva York la vida de las aceras se convierte en un atentado continuo a la intimidad. Nada se resiste al embate de la marabunta e incluso la razón de ser se extravía, sobre todo por las noches. Los hombres perdidos recorren laberintos oscuros y se acompañan entre sí hasta que la razón regresa a casa de madrugada, por su

propio pie, y les sorprende balanceándose entre las sábanas, grita y les separa. Como latino, el calor -y el sudor- aúlla por mi sangre. Con veinticinco años, ya sabía devastar esperanzas con un simple desprecio de ojos y no creía en la pareja tradicional, menos aún en la Polla Universal. Y quería entrar en DTdL. Se lo consulté a mi novio de entonces, Adam, y estuvo de acuerdo. ¿Por qué no?, me dijo. Se iniciaba la partida. Contacté con DTdL a través de un foro en Yahoo! Groups. DTdL es el acrónimo de la organización De Tuin der Lusten. Celebran cuatro convenciones al año, siempre en una ciudad europea distinta. Recuerdo parte del proceso de admisión, algunas de las pruebas. Te citan en una cafetería y el Funcionario - así se presenta- extiende sobre de la mesa una hoja con una silueta humana pintada y pide que la completes. Si comienzas por los ojos, eres un tipo listo. Si por el cabello, narcisista.


Si te entretienes en los dedos, falto de afecto... Recuerdo que en el antebrazo de la figura quise dibujar un viaje, no sé por qué, qué ocurrencia, pero no supe cómo trazar algo tan abstracto y me bloqueé. Y la salva de preguntas: cinco rasgos que te gusten en un hombre, y cinco ademanes. Mis respuestas: Los ojos claros, la frente franjada de arrugas, la mano en reposo entre los muslos abiertos... Adam hacía lo mismo en otra cafetería a trescientos kilómetros de allí. Los dos Funcionarios lo anotaron todo en sus cuadernos con tapas azul marino y antes de despedirse, dijeron que en breve nos informarían del resultado y así fue. La carta llegó un domingo de noviembre. En su interior, el sexport y un par de billetes para Luxemburgo. Ninguno de los dos estábamos preparados para aquella convención. Aún no lo sabíamos, pero DTdL superaría nuestras expectativas. Aún me estremezco cuando recuerdo la última vez que vi a Adam, su expresión, su intimidad convertida en carnaza de las hienas. Volamos juntos a Luxemburgo y allí le perdí. Regresé solo a Nueva York. Después de aquella convención, se sucedieron otras. Yo mismo hozaría en muchos costillares, sin saber que cualquier juego acota la búsqueda, es decir, la vida. DTdL se nutre del hambre por las emociones fuera de serie y explota la privacidad, desdeñando las aduanas de la comunicación. Ofrece el exceso al borde del precipicio y promete la doma de todos los deseos imaginables. Tardé en comprender que a nadie le interesa que sepas lo que quieres: te imponen lo que otros quieren... y es tanto. Se trata de ganar o perder y, mientras tanto, una DTdL sin fin te va robando. Y te roba mucho. Te roba incluso el tiempo. Las canas alrededor de mis pezones en Milán. Me sentí embaucado. Ahora, de vuelta a Nueva York, escribo a la velocidad del guepardo. Quiero expiar, olvidar. Mi único amigo se llama Roger y es heterosexual pasivo. Uno de los pocos hombres que ha sabido superar tanto prejuicio, tanto rol adquirido. Al principio le

costaba mucho encontrar novias activas, hasta que decidió abrir una tienda de consoladores cerca de mi calle y desde entonces, liga todo lo que quiere y más. Algún día el mundo entenderá que la mejor opción es el empate. He dicho que no creo en la pareja convencional, pero ello no me impide amar. Al menos desde hace cinco años. Se llama Charles. Le conocí un día que llovía torrencialmente. Yo esperaba bajo la marquesina de la tienda de Roger cuando un desconocido se refugió a mi lado. Su mirada cruzó la calle inundada. Me ofrecí a acompañarle con el paraguas hasta la otra acera y ya no pude separarme de él. Aquella noche sus ojos azules brillaron como los últimos ojos azules del mundo y descubrí que la bondad con la felicidad suman la belleza, sin más. Mis dedos se entretenían con la luna tatuada en su antebrazo. Nuestros sí bendecidos sonreían, aún húmedos. Fueron unas primeras horas muy intensas. Le confesé que, como latino, muchas veces me había sentido marginado. Lloré en sus brazos como no hacía desde Adam. No importa el color, sino su pureza, me susurró Charles y yo, que siempre me había creído el niño cojo de Hamelin, de repente brinqué y descubrí que todo lo que tenía que decir estaba dentro de mí, no afuera. Desde hace cinco años en mi jardín particular crece el hombre de mis amores. Es complicado contarlo con palabras, pero a veces veo a través de su mirada y me sobrecojo. Es el amor, dice Charles. No me gusta ese término: prefiero emocionarme al ver una mimosa en flor y descubrirme pensando en él. El amor es un jardín que hay que cuidar, dice. El empate. Y el jardín nos sobrevivirá, dice, es nuestra obra. Cuidémosla hasta el final. Nuevos tiempos Tras la revolución del odio, la muerte voluntaria se convirtió en un privilegio de pocos. Siete minutos, diez segundos. El tiempo de lectura de Nuevos tiempos de Carlos Be es el mismo que el de escucha de Danse macabre de Camille Saint-Saëns. Te estoy hablando a ti, sí, no me preguntes cómo lo hago, las preguntas


han pasado de moda, no me detendrás. Qué importan las respuestas cuando todos hemos de morir. Es lo único que importa. Cómo morir. * * * Hunde los pies en mis huellas cuando en realidad sigue los pasos de su predecesor. Me llama caronte etrusco. Estoy acostumbrado a girarme cuando oigo el miedo. Da igual el nombre, lo importante es el miedo. Se ha parado, está temblando. A la hora de la verdad, todos se acobardan. Es parte del instinto. Lo último que les queda en la mirada antes de perder el brillo. De acuerdo, será aquí. Clavo la pala en la tierra esponjosa y húmeda. «¿Qué haces?», me pregunta. Topo con la pala con un brazo enterrado. Debo cavar más allá. El viento mojado arremete contra su cuerpo tiritante y convulso. Los horizontes oscuros de las playas cantábricas siempre me han fascinado. Un ángel alado con los brazos en cruz cae en parábola desde el cielo al mar. Lleva toda la eternidad cayendo. Desde que me lo follé. Me coloco bien la hebilla plateada del cinturón. Mi acompañante, aterrado, contempla la magnitud de mi paisaje. Traga saliva. La pala se estrella contra su cráneo. El cuerpo cae en el agujero de una patada. Sus botas le siguen, son guapas pero dos números más pequeños. Cubro el agujero. * * * El noticiero informa de un nuevo frente de combate abierto. Algunos núcleos disidentes han quedado acorralados entre las lenguas de fuego. Participarán en la muerte como un bando más de la guerra. De ellos, sólo los que consigan acumular suficiente riqueza en poco tiempo podrán recurrir a mis servicios. La muerte por decisión propia. La humanidad se ha convertido en odio y ya no hay marcha atrás. Como vais a huir de vosotros mismos. El exterminio. * * * Espera en el arcén contrario. Cambio de sentido y la puerta del cadillac se detiene

frente a ella. Una mujer ajada, anciana y diminuta. Me produce grima en la tapicería. Pregunta por su equipaje, dos maletas abandonadas a pie de carretera. «¿Algo de valor?», le pregunto sonriendo. Me acaricia el vello del antebrazo al volante, el pellejo de su brazo cuelga trémulo. La vieja me observa con candor, tengo la impresión que puede ver a través de mis ray-ban. Es lo único que no me gusta de estos tipos, que persigan tu mirada. Se creen que tras los cristales de las gafas aguarda la revelación de una nueva fe. Me quito las ray-ban y arraso con sus esperanzas. La vieja desfallece por las curvas de mi camiseta ajustada y se detiene a la altura del pantalón. Siempre antes que el brillo del instinto, hay que apagar el último deseo. La aparto con un gesto brusco, rotundo. «Yo no hago el amor con suicidas», le digo. Aparta la mirada. «Al menos, dime que será agradable», me ruega. El palazo le llega por la nuca, su silueta se graba en la arena. Aflojo la vejiga en la orilla y regreso al automóvil. * * * Lanzo un beso al ángel con los brazos en cruz que sigue cayendo y echo la persiana. Hoy me he ganado el jornal. En unos cuantos años, si no me intercepta ninguna guerra, podré pagar mi propia muerte. * * * La chica se mece en el balancín del porche. Me detengo en la escalera de madera. Da un sorbo a un vaso de agua y me pregunta: «¿Eres la Muerte?». Me seco las manos sudadas de conducir en la camiseta de tirantes y enciendo un cigarrillo. «¿Me pasas uno?», me dice. Vamos por el minuto seis, cincuenta segundos. Te quedan apenas veinte segundos. Una calada y empieza a llorar. Siempre me sorprende que lloren, me recuerda a los viejos tiempos. Hay tanto odio que las lágrimas han dejado de servir para algo. Escupo por la ventanilla y el gargajo se estrella a cien millas por hora contra el asfalto. * * * Aquí no hay belleza, sólo un solo de violín acompañado de orquesta y un pianissimo al final de la pieza.


Elena Buixaderas (Iberia, 1969) Nació en Iberia, durante el pasado milenio, donde aprendió paulatinamente a leer, escribir y hacerse preguntas. En 1996 llegó a Praga a terminar su doctorado en la Academia de Ciencias Checa, donde trabaja hasta el día de hoy. Tiene editados los poemarios A través de los senderos infinitos (Accésit del premio Ciudad de Miranda, 1995) y Desconcierto para peregrinos (Premio Gregorio Parra en 2005). Traduce al castellano poesía contemporánea checa. Desde 2004 organiza los encuentros literarios Luces de Bohemia.

Jocosidad

Malovanka

Subió al autobús con un gigantesco oso de peluche Durante unos minutos cambió la vida de todos los viajeros Sentado tras la criatura peluda tan sólo asomaba su pelo rubio las úrsidas zarpas se mecían al compás [del motor Él escondía su rostro teutón bajo [la descomunal cabeza Y las sonrisas se extendían por los asientos ondas en un estanque sobre ruedas Subió con nosotros al autobús Subió a la ternura en forma de plantígrado (¿para quién sería el oso?) Y yo no tuve tiempo de darle las gracias

En una parada de autobús bajo la marquesina resignado a la lluvia La cabeza inclinada bajo el pecho dormita como un pájaro envuelto en el turbio vapor del alcohol barato de los mendigos como en todas las grandes ciudades [del mundo La manta raída y amarilla cubre sus piernas inválidas y el milagro de la silla de ruedas. Desde allí puede observar el hotel piramidal de cuatro estrellas y las mandas de turistas Vigila las obras del cruce de Malovanka desde su estratégica atalaya: justo enfrente de la tienda de ultramarinos de donde una mano igual de roñosa que [la suya le trae botellas de cerveza y ron de patata con las que calentar eso que llevamos dentro que llaman alma. de Bohemia.


Intento de suicidio Y los médicos dijeron “En realidad no quería hacerlo Si no, no hubiera llamado para pedir ayuda” Los grandes charlatanes Qué saben ellos de ese impulso feroz que obliga a atiborrarse de pastillas o a abrirse las venas o a saltar al vacío Ese deseo de morir de dejar de existir de no pensar de no sufrir de no llorar cada día y cada noche Qué saben de la vida que duele en cada inspiración de la condena de despertarse cada mañana Duele el amanecer Duele la risa Duele el futuro Duele la vida ajena y esa mano vecina que no consuela Duele la soledad que aguijonea por qué te fuiste sin esperarme Duelen los cuadros y los muebles las fotografías sin cuerpo no puedo vivir sin ti La casa vacía La cama fría ...iré a buscarte

La rebelión de Lázaro Levántate y anda, escuchó Pero... ¿ya? Creía que la eternidad era para descansar. Esta oscuridad y el olor de los lienzos amortajados lo desconcierta Le duelen las articulaciones y está cansado. No quiere salir al desierto sentir el sol abrasador la sed y las grietas de los labios Para qué regresar y cometer los mismos errores Le tienta el silencio

la imagen de yacer inmóvil hasta el fin del universo Levántate y anda, escucha de nuevo “Pero...” no logra comprender. “Señor, era mi hora de dejar el mundo de que me lloraran y guardaran en la memoria Para qué asustar a todos hacerles olvidar mis virtudes recordarles mis defectos enfrentarme a mis ruindades Para qué otra oportunidad?” Quiere quedarse en la cueva y convertirse en arena y huesos. Formar parte del merecido olvido mecerse en la noche sin tiempo Levántate y anda, Lázaro la voz imperiosa “No quiero. Allá está el infierno.” La adúltera ¡Afeitadle la cabeza! ¡Lapidadla con regocijo! porque no se conforma con un hombre porque atesora un esperma que no le pertenece porque codició un marido ajeno En otros tiempos la pasearían encerrada en una jaula con un cencerro en el cuello Por lasciva por hechicera por encantadora de hombres por prostituta sin precio. Ahí pasa la adúltera Miradla Escupidla Insultadla Solo hizo lo que otros no se atreven porque está enamorada.


Cuando mete los pies en los charcos al hacer la compra por la tarde el niño le da patadas en el vientre J.M. Maulpoix Lleva el mundo en el vientre redondo y centrífugo quiere escaparse mientras camina sobre los charcos preguntándose de dónde vino quién lo puso allí dentro y cuándo Lleva tantas preguntas en el vientre como lágrimas por derramar recuerdos por inventar deseos por encontrar Ella se seca las mejillas y cuando se queja sólo el mundo se encoge y se mueve en su vientre

Pesadilla En aquel sueño tu mujer te había abandonado Se había quedado con tu casa con tu magnolio y tus rododendros Una de tus hijas no te hablaba, la pequeña, supongo Todo por mi culpa Por saltarme el décimo mandamiento (que fue dictado solo para hombres) Pero qué hacer si el tiempo está en nuestra contra y nunca se me dio bien elegir Desperté de la pesadilla y respiré aliviada por saberte durmiendo al lado de tu mujer Y sin embargo...

El ángel caído Por no adorar a los dioses te expulsaron del paraíso Pero qué importancia tiene eso

Aquí en la tierra sudamos parimos y matamos Abrimos los ojos cada mañana al espanto y a la hermosura y cada noche los cerramos de agotamiento Aquí no existe el aburrimiento Y además te damos la bienvenida

Sobre la inmortalidad El aire de Enero me roza la cara el aire este nuevo año más cálido que de costumbre Este año el mundo tiene dos dictadores menos, tal vez sea por eso. Me he arrojado desde un rascacielos (culpa de Rachmaninov y Kurt Kobain juntos) para alcanzar la velocidad de la luz y dilatar el tiempo. Cuando me estrelle contra el suelo ya no habrá mundo, pero tampoco estarás tú para leerme. Y ¿qué iba a hacer yo con tanta inmortalidad? La firma dicen los ángeles es el comienzo de una duda interminable (K. Murua) Para qué la esperanza Por quién el ruego El sacrificio silencioso y sin nombre de vientres hinchados y mudos La vida es el comienzo de una duda interminable hasta que de ella – con violencia o clemencia – nos libran los ángeles Habrá que creer que son sabios aunque hay serias dudas sobre su existencia


Ruy Guka (México) Ruy Guka nació en Ciudad de México. Estudió Creación literaria. Ha escrito Ojo deforme, un libro de cuentos que se puede leer en www.ojodeforme.blogspot.com Trolebús maravilla, un libro de cuentos que se puede leer en www.trolebusmaravilla.blogspot.com Beto Águila, una novela corta que se puede leer en www.betoaguila.blogspot.com Y ha publicado diversos cuentos en revistas y antologías en Ciudad de México. También ha publicado en revistas virtuales en Chile y en Canadá. Aclaración El texto siguiente, un cuento olvidado y descubierto recientemente, que leeremos es una pieza literaria muy pero muy difícilmente mejorable, palabras repetidas de las dichas por el licenciado en Lengua y literatura hispánica y doctor en Literatura moderna en la UNAM, Juan Carlos Rodríguez M., en una conferencia en la universidad de Princeton, Princeton, New Jersey, a principios del año en curso. El doctor Rodríguez nos contó en persona a Patricio y a mí sobre el asunto una tarde de otoño en el restaurante Las Adelitas donde trabajamos y donde el doctor fue a comer y se tomó unas chelas de más, y hasta nos mostró la conferencia guardada en su compu sólo para mostrarnos al amor de su vida, sentada en primera fila del auditorio universitario, una gringa preciosa. El texto lo encontró una sobrina de Efrén Hernández, escritor mexicano genial y extraño por todos nosotros conocido, en el fondo de uno de los cajones del legendaria y desvencijada mesa de trabajo del escritor. El fondo del cajón tenía un fondo falso y debajo de este fondo se encontraba el siguiente texto que está dedicado tanto a Efrén Hernández como a Josefina Vicens, otra escritora mexicana magnífica y extraña y también conocida por todos nosotros. La sobrina, anónima por convicción propia, le llevó el texto a su profesor de letras modernas en la primavera del 2002, o sea, al doctor Rodríguez. Bien, pues parece que el texto hallado era de alguien que no era ni Efrén ni Josefina ni tampoco de ninguno de los amigos escritores que rodeaban a estas dos grandes figuras. Según el doctor hay una suposición de que un completísimo desconocido, mil veces más de lo que eran Efrén y Josefina en México y en el mundo al estar vivos y coleando, le hizo llegar el texto a Efrén y éste por alguna razón inexplicable lo guardó o se le olvidó debajo del fondo falso de su escritorio viejo y a punto de desmoronarse. El texto, diagnosticado como cuento, se leerá a continuación.

Popotes P. estaba sentado en una banca del parque Hundido, miraba su pierna, el piso, seguía el rumbo de una hormiga. Insecto metálico. Negro. Muy negro. Brillante como el barro oaxaqueño. Un destino claro y directo el de la hormiga. Incambiable. Un pinche insecto. Los rayos del sol caían sobre P., la banca, sobre la hormiga, cuando llegó R. Se saludaron. Se dieron la mano. Se miraron. Se dejaron de saludar. Se pusieron a ver la hormiga. Se paseaban unos perros callejeros. Se olían. Se respetaban. Se guardaban la distancia. Se acercaron a P. y a R. -¿Cómo estás? -dijo R. -Ya no estoy enamorado de tu hermana, pero la recuerdo a diario a todas horas. -Una paloma cagó sobre la cola del perro y, mira, se encabronó. -No se encabronó por la cagada sino por el sol, qué raro. -A veces el sol me molesta. Parece que lo hace a propósito. -Yo creo que sí, por eso después se esconde. -El helado de mango con chile y limón me refresca. - A mí no, y tú qué, ya hace un rato que no te veo. -Me gusta tu vecina, la tetona. -¿Quién, la amiga de mi hermana? -Bueno, tu hermana también, la piernona. -Mejor platícame de ti, ¿no? -Hay un cuento que habla sobre mí en la casa voladora. -Pero en la casa voladora sólo hablan tamangarapi gurasani. -Tes, cantul, pak mol sio glero, peluná. - Lo sabía.


-Esa señora de allá se desmayó, no se levanta, creo que se murió. ¿Vamos por un tlacoyo de requesón? -Sí, yo creo que sí parece que nos dejó en el mundo, no hay de otra, vamos pues. -La playa se mudó a la montaña. Los chinos viven ahora en Europa y se llevaron sus árboles consigo. -Pero qué tristeza, aunque no me sorprende del todo, gracias por decírmelo, yo se lo diré a el otro, ya me voy. -Sí, de nada, adiós. Salúdame a tu tía, la nalgona.

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Fragmento de Beto Aguila En el auto A cuadra y media emergió de la brillantez naranja del atardecer la sombra de un cuerpo inclinado, cuya figura parecía una lata doblada de Coca cola que venía por la calle y no por la banqueta. Su espalda era cuadrada, de baja estatura y con la columna lastimada. Era Beto Águila, cargaba una bolsa de súper y se aproximaba a su auto, el gran Valiant Acapulco, de donde luego bajó a sus perros y los amarró al brazo de la portezuela. Sacó dos botes de la bolsa, uno lo llenó de croquetas y el otro lo llenó de agua con la llave que salía de su casa a la banqueta, dentro de un cuadrado en el muro, donde también estaba el medidor del consumo de agua, protegido por una reja chica de hierro pintada de negro. Colocó los botes junto a Duque y a Dolly, se recargó en el auto, sacó un Montana rojo de su cajetilla, lo prendió y jaló el humo con fuerza. Antes de llegar con la bolsa del súper, había salido de su casa cargando unos ganchos con camisas y pantalones, una mochilita de plástico despintada, donde se notaba que alguna vez decía Gillette, y con sus dos perros. Venía a su auto estacionado en frente, junto a un camellón que dividía dos calles. Siempre se peleaba con su esposa y parece que tuvo otro percance, le había gritado desde la banqueta que no volvería nunca más y que le dejara ver a las niñas una vez a la semana. Ella le afirmó con un movimiento de cabeza cerrando los párpados, parada bajo el marco de la puerta, y cuando los abrió parecía asombrada ante la

conducta de su marido. Beto daba pasos enojados cargando con todas sus cosas. Llegó al auto, metió la ropa y el estuche Gillette en la cajuela. Los perros subieron al asiento trasero, él se acomodó en el delantero, donde el cuero estaba desgastado, duro, y suspiró como si se sintiera en casa. Miró el radio con la aguja roja y grande, sus botones negros con bordes rizados de metal, la carátula opaca por el tiempo, y lo encendió. Sus ojos brillaron, pareció recordar algo, y bajó del auto, abrió la cajuela, alzó un tapete que alfombraba el fondo y sacó un par de fotografías grandes de sus hijas. Regresó al asiento y colocó las imágenes en el parabrisas, junto a unas calcomanías del América. Escuchó en el radio unas crónicas deportivas sobre la liguilla de fútbol. Su equipo tenía la mayor puntuación del grupo, se puso contento. Frente al retrovisor se acomodó su pelo corto, bien cuidado, encanecido prematuramente. Miró a sus hijas pegadas en el parabrisas y su sonrisa desapareció, dándole lugar a una lágrima que dejó resbalar entre la barba crecida y que enseguida se la quitó con el puño semicerrado. Los perros gimieron. Ah, qué, ya tienen hambre, cabrones, dijo. Buscó en el bolsillo de su camisa algún billete. Sacó uno de doscientos pesos. Salió del auto y caminó rumbo a la tienda. Desde la ventana, su esposa vio cómo se alejaba y no hizo gesto alguno que indicara tristeza. El sol se dejaba ver de color naranja frente al cofre del viejo auto marrón. La hija mayor de Beto venía de la esquina contraria por la que él se había ido, sonreía: había descubierto explicaciones asombrosas de la vida en un grupo religioso, y ahí había encontrado una fórmula para ser feliz; así le había dicho a un amigo dentro del Valiant, cobijados por la noche, hacía dos meses. Caminaba por la banqueta, pareció no fijarse en su padre que rebasaba la otra esquina y que se diluía entre la brillantez naranja, tampoco miró hacia el auto. Entró a su casa sin detenerse, como si fuera normal que nadie le brincara a su llegada.


A Beto le gustaba su casa y la tranquilidad de la ciudad. A veces se recargaba desde el auto a contemplar su fachada y luego volteaba a mirar por la calle cómo no había nadie y no se escuchaba nada. Le encantaba Celaya, una vez le había dicho hace muchos años a su amigo Felipe, quien vivía a tres horas de Celaya, en Ciudad de México, y que estaba de visita, que se viniera a vivir ahí, mientras le mostraba la belleza del Valiant Acapulco que tenía en su cochera. Luego el volumen de sus voces disminuyeron conforme caminaban al interior de la casa. Recargado en el auto le dio la última fumada al cigarro, aventó la colilla al pavimento, se metió al auto mientras escuchaba música guapachosa del radio y miraba hacia el sol que se ocultaba detrás de una casa. Los animales empujaban los botes vacíos con el hocico y luego los jalaban de regreso hacia ellos. A un lado del auto estaba el camellón con árboles altos, llenos de flores moradas. El tiempo avanzó rápido y se hizo de noche. La calle estaba iluminada solamente por la luz amarillenta de los faroles. Beto desamarró las correas y caminó con Duque y Dolly para que hicieran del baño. Él también aprovechó para orinar entre un arbusto y el auto.

Metió a los perros y prendió un Montana, se recostó a lo largo del asiento y recargó su cabeza en el brazo de la puerta, pero se movía mucho, trataba de acomodarse. Se quejó de la dureza del asiento que parecía lastimarle la espalda y fue a la cajuela por una sábana y una almohada que siempre tenía ahí, por si las flais, decía cada vez que alguien se las descubría. De nuevo en el asiento, aplastó la colilla en el cenicero del auto. Se acomodó para dormir. Miraba el parabrisas, hacia las copas de los árboles, cuyas ramas oscurecidas, arriba del farol, dibujaban formas. Beto movía las pupilas como si tratara de encontrar aquella que más le gustara. En la búsqueda, sus párpados se entrecerraron repentinamente, quizá por toparse con uno de los filos de la luz amarilla. Prendió otro cigarro. Dolly, una perra pequeña, saltó al asiento delantero y se acomodó junto a él. Duque, mucho más grande, también lo hizo, pero lastimándolo al caer con las patas delanteras sobre su panza redonda, como un balón de fútbol. Beto se inclinó hacia delante y le gritó a Duque que se fuera para atrás. No hizo caso. El perro le gruñó. Beto también le gruñó. Se quedaron callados. Tomó un trapo y le golpeó la cabeza.

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David Llorente (Madrid, 1973) Termina sus estudios de Filología Hispánica, mientras escribe Kira y El Bufón, dos novelas que le suponen los premios Francisco Umbral y Ramón J. Sender. Reside en Praga donde imparte clases de literatura española, simultaneándolas con la traducción. Ha escrito y dirigido diversas obras de teatro (publicadas en Praga bajo el título Los árboles dormidos) representándose en diferentes ciudades europeas. Entre sus novelas publicadas se encuentra: Ofrezco morir en Praga y De la mano del niño muerto (en los próximos días saldrá a la venta) Blog personal: www.elmedicodelapeste.blogspot.com Fragmento de la novela De la mano del hermano muerto Levantas la mano y paras un taxi. ¿Pero qué haces? ¡Estás más loco de lo que pensaba! ¿A ti no te han dicho que en esta ciudad no se pueden parar taxis así, a pelo? ¿No te han dicho que lo más seguro es llamar por teléfono a la compañía y que te manden uno? No me vengas ahora con que no lo sabías. A ti mismo te encantan las truculentas historias de taxistas.

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-a la gente obesa no se le pone duraTe metes dentro del taxi. Ni siquiera pactas antes el precio de la carrera. El taxista es un tipo obeso que apesta a ajo y que además está borracho. Tiene el taxi forrado de fotografías de tías en pelotas y de publicidad de burdeles y todo el suelo está lleno de paquetes de tabaco y de botellas vacías. Te quitas el abrigo y le dices que te lleve al centro de la ciudad. El taxista enseguida reconoce que eres extranjero y se apresura a llevarte por el camino más largo. A los dos minutos de estar dentro del taxi, decides que no le vas a pagar. Tú también quieres vivir una de esas historias de taxistas de las que tanto has oído por ahí. Tú mismo le indicarás una calle retirada del centro de la ciudad y allí le dirás que te ha traído por el camino más largo, que el precio es excesivo y que no piensas pagarle. El taxista, entonces, hará el truco de sacar el móvil y de llamar a la policía, pero tú sabes que no estará llamando a la policía, sino a sus amigos, para que vengan y entre todos te peguen una paliza. Tú no dirás nada. Les esperarás. A ver si son capaces de darte a ti una paliza esos hijos de puta. Habéis salido a la autopista. El taxista no es

que haya elegido el camino más largo, sino que directamente va a dar un absurdo rodeo por el aeropuerto. Tú no te quejas. Al cabo de un rato le preguntas si es verdad que a la gente tan obesa no se le pone dura. El taxista te mira por el espejo retrovisor. La pregunta le ha pillado por sorpresa y no sabe qué responder. Tú le explicas que precisamente llevas contigo una bolsita con varias pastillas para la erección. Le aclaras que son las mejores que nadie puede conseguir en el mercado negro y que le darás un par de ellas como pago por la ruta turística que te está dando por las autopistas de la ciudad. El taxista te responde que no te está engañando. Dice que ésa es la ruta más corta. Tú te encoges de hombros. Le dices que no estás de acuerdo y que en cuanto os crucéis con un camión que venga de frente, le taparás los ojos y luego saltarás encima del volante para provocar un accidente. Le explicas que estás loco y que llevas muchos años intentando suicidarte. El taxista ya no sabe qué decir. Y yo tampoco. De verdad has perdido el juicio. ¡Te dije que no pararas un taxi por la calle! El taxista, de repente, reduce la velocidad. Le preguntas si acaso está cagado de miedo por eso que le has dicho de que harás todo lo posible para que os estrelléis contra un camión. Él te sigue vigilando desde el espejo retrovisor. Intenta poner cara de duro, pero notas que le tiembla la mano cada vez que tiene que cambiar de marcha. A lo lejos, delante de vosotros, aparecen las luces de un camión. Tú sueltas una risita y le dices que el accidente se aproxima. El taxista tiene la cara empapada de sudor. No sabe si estás hablando en serio. Tenéis el camión a unos veinte metros. Circuláis a una velocidad


de noventa kilómetros por hora. Antes ibais a ciento treinta, pero se conoce que el taxista se lo ha pensado mejor y ha reducido. ¿Aceptas que te pague la ruta turística con un par de pastillas para la erección? El taxista no contesta. Entonces cumples tu amenaza. Le tapas los ojos al taxista. Éste se pone como un animal y no para de revolverse y de chillar. Luego saltas al asiento de delante y giras el volante hacia el camión. El taxista, que también tiene agarrado el volante, hace fuerza hacia el otro lado para enderezar el coche. El camión pita. Es demasiado tarde. El camión impacta contra un lateral del coche. Es un ruido ensordecedor y un sacudimiento que te pone del revés todas las vísceras del cuerpo. El taxi sale despedido, gira sobre sí mismo, da tres vueltas de campana y cae fuera de la carretera. Se produce entonces un silencio muy profundo. -un pequeño bosqueIntentas moverte. Puedes moverte. Te concentras en ti mismo a ver si te duele algo. No te duele nada. Estás ileso. Sin un solo rasguño. Miras ahora al conductor. Está inconsciente y tiene el volante clavado en la barriga. Eso te pasa por estar tan gordo, piensas. A lo lejos oyes sirenas de policía y sirenas de ambulancias. No. Lo que menos quieres ahora es que te lleven a un hospital y que encima te hagan preguntas. Sales por una de las ventanas del vehículo y echas a correr. Las luces de la carretera quedan a tus espaldas y allí, a lo lejos, al otro lado del descampado, te esperan las luces de la ciudad. Después de noventa pasos te detienes y miras atrás. El servicio médico de emergencia en carretera ya ha rodeado el taxi y están intentando sacar al taxista obeso. Nadie te ha visto salir del coche. Pero te has dejado dentro el abrigo, y dentro del abrigo están las pastillas para la erección. Eso te cabrea. Al final se las ha quedado el puto taxista. Ojalá no haya sobrevivido al golpe. Con estas temperaturas y en medio de un descampado te vas a morir. ¿Nunca habías pensado en suicidarte de frío? A lo mejor ésta

es una buena ocasión para empezar a planteártelo. Te abrazas los hombros e intentas caminar deprisa. Todo el cuerpo te duele de frío. Enseguida empiezas a sollozar. El frío te hace sentir muy enfermo y muy desgraciado. ¿A cuánta distancia está la ciudad? La ves delante de ti. Ves unas luces blancas, amarillas y rojas. El frío también te afecta a la vista. Cada punto de luz se multiplica por cuatro, como si se convirtieran en estrellas. Pero no. Las estrellas están en el cielo. La noche está rasa y la luna preside todo el firmamento. Es una luna que parece un plato, lenta y llenísima. Ella alumbra tu camino. Ella te dice dónde pisar y por dónde es mejor que no te metas. Caminas media hora por un descampado y ahora te encuentras con un pequeño bosque que deberás atravesar antes de llegar por fin a la ciudad. Los árboles son muy altos y sus copas apenas permiten que penetre la luz de la luna. Oyes la respiración de los extraños animales que habitan en el bosque. ¿O es el viento entre las ramas? No. Espera. Son voces. En serio. Hay alguien por aquí. No sigas, David, por favor. Date la vuelta y busca otro camino. ¿Qué tipo de gente estaría a estas horas en un sitio como éste? Tú te ríes. Sin duda piensas que a estas horas en un sitio como éste hay gente como tú. La quieres conocer. Fragmentos de la obra Gregor Samsa 6.¿cómo se titula? la metamorfosis. joder, qué título. ¿no te gusta el título? no. ¿quién es el autor? no sé. se llama… franz. ¿y te gusta lo que escribe ese tío que se llama franz? sí… es un nombre estúpido. eso da igual. no da igual. los nombres estúpidos los llevan las personas estúpidas. ¿ah, sí? ¿y tú cómo te llamas? yo no tengo nombre.

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vamos. algún nombre te pondría tu madre. mi madre me tiró a un contenedor de basura nada más nacer. ¿por qué? pensaba que había parido a un lagarto. je, je. tú no eres un lagarto. ya… léeme ese libro. eres una persona… normal. léeme ese libro. y además eres muy guapa. ¡¡léeme ese puto libro!! nada más despertar, gregorio samsa se dio cuenta de que se había convertido en un asqueroso insecto. ¿cómo? ¿qué dices? ¿el qué? ¿te estás riendo de mí? ¿yo? no. ¿por qué? ¿me vas a leer un libro en el que un tío se convierte en un monstruo? es una metáfora. me cago en las putas metáforas. ¡me vas a contar la puta historia de un puto monstruo! ¡de un puto tío que se despierta convertido en un puto monstruo! además, los monstruos no nos despertamos monstruos. los monstruos nacemos monstruos. ese puto gilipollas de franz no tiene ni puta idea de lo que está diciendo. y tú eres una puta imbécil. ese puto libro es una puta mierda. dámelo. dame ese libro.

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7.- habla el monstruo. los demás hacen el coro gregor samsa se despertó y se dio cuenta de que se había convertido en un escarabajo. un escarabajo. o sea, en un horrible monstruo. un escarabajo. un horrible monstruo. tenía en la espalda algo duro y repugnante. un escarabajo. un horrible monstruo. repugnante. y sus manos, en realidad, eran inútiles. un escarabajo. un horrible monstruo. repugnante. inútiles. vivía encerrado. no podía salir de su… habitación. no era como los demás. a la gente le daba miedo, risa, asco.

un escarabajo. un horrible monstruo. repugnante. inútiles. miedo, risa, asco. repito. vivía encerrado. no había salida. permanecería encerrado toda la vida. un escarabajo. un horrible monstruo. repugnante. inútiles. miedo, risa, asco. encerrado toda la vida. no había salida. encerrado. no había salida. toda la vida. un escarabajo. un horrible monstruo. repugnante. inútiles. miedo, risa, asco. encerrado toda la vida. toda la vida. 8.¿qué te pasa? ¿por qué lloras? porque es un monstruo. por nada… no llores. no soporto ver que lloras. soy yo, ¿verdad? sí. ¿quién? gregor samsa. el monstruo ese del libro. sí, eres tú. no. tú eres…, tú eres…, ¿ves?, no sé cómo te llamas. gregor samsa me llamo gregor samsa. tú no te llamas gregor samsa. sí, te llamas gregor samsa seguro que sí. yo soy ese monstruo. ese insecto asqueroso y sin esperanza. exacto no te tortures. ese puto libro al final tenía razón. la verdad está en los libros no. es sólo literatura. franz era un autor enfermo al que le gustaba escribir ese tipo de cosas horribles. eres gregor samsa ¿sabes? yo soy gregor samsa, y a lo mejor dios se llama franz. a lo mejor está haciendo literatura conmigo. y le gusta crear cosas horribles como yo. no hay nada más horrible que tú. ¡cuántas veces voy a tener que decirte que tú no eres horrible! yo no te veo horrible. yo sí.


eso es porque no me sabes mirar. sí te sé mirar. te miro y te veo. por fuera y por dentro. está ciega. estás ciega. jamás he visto tan claro. déjame estar contigo toda la vida. ¡no! no digas eso ni en broma. ¿por qué? ¿ya hay alguien en tu vida? ¡no! ¿podría ser yo? ¿aceptarías? sí, aceptaría todo lo que tú me pidieras. estoy tan sola… mi madre ha muerto y yo… a veces me imagino a una mujer. ¿soy yo? ¡calla! le ato los brazos y las piernas y la azoto hasta que todo su cuerpo está lleno de sangre. ¿eso es amor? sí. ¿seguro? ¿prefieres acaso que nos casemos? no. pero no sé si quiero que me pegues. lo siento. ésas son mis condiciones. ¿me pegarías muy fuerte? te pegaría hasta matarte. no sé si muy fuerte o muy flojo. hasta matarte. ¿cómo? bueno. a lo mejor así eres feliz. ¿qué quieres decir con eso? ¿quieres decir que yo no soy feliz? ¿te estás compadeciendo de mí?

yo no he dicho eso. sí lo ha dicho. ¡soy el hombre más feliz de la tierra! sólo he querido ser amable. y una mierda. ¡pues métete tu amabilidad por el culo! ¿me oyes? yo ya no sé qué hacer… yo tampoco sé qué hacer. (murmullos) ¡callaos! ¡callaos! ¿cómo se dicen palabras bonitas? si supiera decirlas, te las diría. pero no sé. te estás riendo de mí. no. ¿qué me dirías? te diría que me gustaría que vinieras a mi rincón esta noche. y yo aceptaría. me gustaría tener tu cuerpo, tan blanco, entre mis brazos. sí… y mañana por la mañana… qué… el sol iluminaría tu cadáver. ¿quieres que me muera? ya te lo he dicho. quiero matarte. ¿al menos me besarás antes de matarme? te haré el amor antes de matarte. entonces me quieres… puede ser. ¿cómo se dice eso? ¿cómo puedo decirte que te quiero? es muy fácil. di: te quiero, misa, te quiero. di eso.

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Ramón Machón Pascual (Pragajoz) Se ha dicho de él: “[...] le encontré al otro lado de cinco puertas blindadas y más allá de tres detectores de metales. Se secaba el sudor de los sobacos con una bandera rojigualda y hacía versos cuando nadie le veía. [...] Sabemos que cuando Praga sea invadida por los vendedores de nada, nos quedarán sus versos.”(D.L.) Entre sus obras se encuentra: A golpe de gozo, El amor, ese animal dormido, Hombre triste, La destrucción o el amor en las negras arenas y Poemas urgentes... Parte de su obra poética se publicó en España gracias a un premio concedido por la Fundación Cabana. Blog personal: www.machon.blogspot.com Bebía ciegamente Bebía ciegamente, una vez alcanzado el vacío que sigue a la más honda música. Bebía ciegamente, como quien rememora y lucha por habitar el fondo de unos ojos desorbitados, idos de toda transparencia. Bebía ciegamente, juntando montoncitos de huecos y de abismos como motas de polvo dentro, resucitándole.

El muerto Un muerto desterrado, destetado abruptamente, lejos de los muros de la patria, camina por aceras de asfalto, se dirige hacia el horror por venir, hacia las disoluciones donde reina el insulto de la nada. Camina el muerto, con un gran futuro por delante, con infinitos megas clavados en la espalda de la memoria; arrastra un saco amniótico de fetos interrogantes, y avanza por dunas donde anidan las huellas de otros muertos.

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El muerto ignora que su propia sangre cabría en tres sobres de sopa en polvo, que su carne es puro aliento dormido para siempre, allá donde nunca llegan ni el grito ni la luz ni la mirada: A lo lejos vemos un pueblo...blanco...

Mirada La rubia iluminada chupa del signo de admiración del cigarro. Esdrújula sin acento. Se abre un hueco de sinmemoria allá donde se clavan sus ojos de vidrio limpio. Un haz de luz barre el horizonte borrando barcos a la deriva.


Claudia Minuche (Ecuador, 1986) “Arte es creación, pero el proceso de creación, es otro tipo de arte.” El escritor Abdón Ubidia ha dicho de la poeta: “le brotan los versos como las hojas de hierba fresca brotan de la tierra profunda” Entre su obra poética publicada se encuentra La Huida a Estalofón.

Quise saber lo que había obviado querer: El reino de la fuerza, que agiganta los instantes cuando la ebriedad pretende asustar a los espectros de la cordura. El vacío orgásmico de los héroes; vacío de ensueño, de lucidez y de vida, que allá lejos en la esperanza de otros se regodea de puentes ya cruzados. Uno quiere un escenario y se pierde porque no existe. Y se muere porque se aísla con bromas, que si no amenazan, ya cansan, ya no son. Suspira el cuerpo de seguir sentado. Y entre miles de gotas de miles de vasos vacíos, comienza el diluvio cuando uno duerme y se despierta temblando: El momento no se ha dado cuenta de su color. Ñamapunchisufa Y así, no existiendo también existo, y mañana tal vez nos encontremos de nuevo. Y seré yo Verdad 1 alguien que pueda sonreír sobre tus huesos Se revuelven las piezas que deambulan por curiosos. ¿Quién sabe si seré capaz? encajar en tu crucigrama de letras sin acento. ¿Y mi acento? Claro que ya no lo tengo. A Verdad 3 veces, veo tu rostro como a una ciencia Reconozco que divago mientras pienso, y hermética, cuando en verdad, no es más que pienso divagando mientras vivo, que te espero una contraseña descifrada: tu identidad, tu cuando digo que salgo a buscar a otro y nunca fuerza que despierta el olfato adormecido por encuentro, más que el reflejo de lo que odio en la polución en entornos que no pintan, pero el rubor de mi huida. Ayer me enviaron un arrancan lo que ha sido armado con manos verso elaborado e intrigante. Sonreí por lo callosas y calladas por tanto tiempo. perfecto, me dolió que no fuera tuyo. Necesito lo indeseable para amarte. Contarte no puedo. Verdad 2 Podría amarrarte a mis pasos nómadas para Vine pensando que el cero en mi idioma no se que me mires, pero mirarte yo… llama nulo, y así me recupero de los quejidos y Mejor espérame mientras creo que duermo. Es jadeos que siento por el ajetreo de la muy cansado pensar, y al mismo tiempo concurrencia. hacerse un espacio para contemplarse a uno, ¿Sabías que atender a los fantasmas cansa más haciéndolo. que preparar a una quinceañera caprichosa? Te juro, que si el niño con tirantes cerca de mi Verdad 4 casa viviera en esta época, ya no cantaría sobre Todas las verdades anteriores han sido las latas que usaba para las sopas y bolillos. Te juzgadas culpables. juro también que te quiero. ¿Me crees? Tanto, que he llegado a extrañarte, luego de ansiar Verdad 5 tus restos exhumados de mi memoria La interdicción ha decidido transformarse en juguetona. fianza. Y anhelo mientras me siento, que en estos precisos segundos, pensaras en mí. Que tus neuronas dijeran mi nombre en tus entrañas, que tu corazón balbuceara un poco la escasa existencia que vive y muere en tus recuerdos. Y quizás yo ya no exista, y hasta mis cenizas las hayas soplado sobre el terreno baldío de mi 15 propia soledad.


Verdad 6 Paupérrima pago sólo con lágrimas y me revientan a la salida tras las rejas. Las rosas ya no caen del techo como solían, ahora sólo pañuelos, servilletas mal arrancadas que me mandan, para que siga con el goce lastimero de postrarme a ver cómo cae la noche en el invierno. Verdad 7 Un día tuve compañeros de barra que me decían que necesito un par de lentes elegantes. Ahora los de la barra, olvidan siempre los pompones y me dan consejos sobre cómo lamer la estampilla en el sobre del correo. Verdad 8 Hay muchos lugares en los que se ha vedado mi entrada. Me escupen con la retina de sus grandes claraboyas colgadas en sus cuerpos sin batuque. Verdad 9 Un día me dije que no puede ser que haya dos, si he visto salir a una. Había olvidado que no sólo se erguía un espejo en frente mío, sino que otro a mi lado, lo fotografiaba cada cinco segundos mientras me limpiaba las lagañas por exceso de sueños que nunca soñaban, pues sólo se palmoteaban las mejillas entre circuitos de carreras con banderas de ajedrez sin reina. Verdad 10 A veces parecía Henry Miller, pero con algunos francos en el bolsillo. A veces parecía Lord Byron, indigente de coñac a medianoche y sin tribu a sus espaldas. Ahora, sólo es un Nietzsche afeitado que tiene ganas de rocanrol.

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Verdad 11 Me gusta que la música no deje de serlo cuando los sonidos se fusionan. No me gusta la impersonalidad de una manada de comensales sin paladar para sabores. Me gusta una mezcla de ebriedad alerta, para descubrir la sutil diferencia entre perfumes.

No me gusta hablar inglés cuando los demás mienten que lo hablan, para subirse la capucha hasta las cejas. Verdad 12 Dicen que todo muere para volver a nacer. Que el mundo da vueltas. Que todo depende de la actitud. Que la vida es una bicicleta. Hasta he escuchado que las acciones son guiguiringongos del bien y del mal. ¡Bah! Un día robé un pan y no me cortaron la mano. Un día robé un corazón y me dieron tres años de garantía. Un día robé diez centavos, y me fui de vacaciones con el corazón robado. Un día engañé a mi esposo, y él se enamoró de mí. Un día fui a la civilización y encendí fuego con piedras. Un día trasnoché en las cavernas, y vi diez películas en tercera dimensión. Verdad 13 Tuve piezas. Tuve acento. Tuve un reflejo de piyama de rayas. Tuve la sentencia del viento que no perdona cierres descosidos. Tuve pobreza viviendo en el castillo . Tuve goteras en mi cuarto con cama de tres plazas y media. Tuve amigos con panderetas y silbatos. Tuve un espejo embarazado. Tuve una cámara sin disparador. Tuve las pestañas pegadas hasta el cuello. Tuve competencias de carros con motor de maquiladora. Tuve a tres hombres metidos en mis sesos. Tuve música de guitarra y de laúd. Tuve cenas con velas, y otras congeladas. Tuve cócteles que eran aspirinas. Tuve amor de labios anchos, y otros mudos. Tuve países que eran valles, y valles que creían ser todo un continente. Verdad 14 Mañana compro un rompecabezas vacío.


estoy esquilando ovejas una que se aleja mientras compara las astucias de las artimañas recogidas. Quisiera sólo cantar y soñar. Pero… ¡Espere un momento!: ya estoy soñando señor, no quiero dormir. Por favor no quiero soñar, no quiero soñar. (¿si crees que eres la muerte, por qué no me matas de una vez por todas? No lo haces por miedo. Porque sabes que yo soy más fuerte que tú, maldita araña envenenada. Te resbalas fácil, pareces un pulpo plebeyo) me declaro hombre con senos y madre de los hombres me declaro mujer jubilada que ya no quiere prostituirse me declaro animal que deambula entre las presas débiles, cíclopes sin bicicleta ni a dónde llegar me declaro cosa de nadie que al final de la cadena llega a ser el mismo polvo, la misma tierra de hormigas me declaro sin declaración ubérrima que atestigüe que he nacido para matar declaro que estoy demasiado llena como para dejar de hablar que soy demasiado hablantina como para cortarme la lengua que beso demasiado como para ir al dentista que si me quitan muelas y caninos, no me haré vegetariana del año diez del siglo de mi vida que este siglo tiene más vida, que los años que no paro de contar allá atrás en la Paz me falta todo y por eso, rezumo de nada en las andanzas de mis ánimos: atrás, acá y de mil patas me caigo cuando en verdad tengo que alzar los taburetes enclenques de la última fiesta de zapatos locos y cucarachas y erizos de orejas puntiagudas todo cuanto pasa: sólo es la nada que deviene amanecer retorcido de recuerdos (se revienta un camarada mal llevado, por ponerle los cachos a quien no permite que lo vean desnudo mientras camina por la calle solitario. Le hace un guiño al feriante de gorro colorido, y revisa si no ha olvidado traer consigo las llaves de su casa. Bebe Agua sentado en una banca mientras llueve.)

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Las cenizas del agujero El dolor se acaba Como el chiste Como la noche Antes de que se haya pensado en él P. Möller

Había una oración que retumbaba en su cabeza Había un corazón que todavía ardía en monólogos cacofónicos Había aún el agua de piedra que no apagaba los escombros que crepitaban con lujuria Había todavía la película de tres prostitutas en el cajón Había todavía un armario promiscuo sin manijas Había las manos que temblaban cuando querían agarrar el destornillador Había los tornillos que rodaban en la madera empolvada de vagancia Había el camino a la ferretería de lágrimas Había el mensaje tartamudo que no ofreció un pañuelo al corazón que se escocía cuando: El día que la oración tamborileando jugueteaba (Y tus miembros lampiños se congelaban con el crujir del invierno)

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Jorge Ramos Villalobos (México) Oriundo de Apocalipsis City (México DF), aficionado a la cultura y literatura antiguas durante los 10 años que duró su paso por la Universidad Nacional de México (Licenciado en Filología Antigua), y después dedicado de lleno a la literatura contemporánea.... Blog personal: elobservadorpraguense.blogspot.com Confusión Resulta insuficiente describirse con términos aislados que poco o nada dicen. Acaso para dejar más en claro la ambigüedad de los atributos de cada quien, sea mejor echar mano de la viñeta. Y bueno, uno siempre busca la manera de justificar los propios descarríos. En mi minúsculo empleo de docente de lengua dentro de una compañía transnacional destiladora de hidrocarburos hay otro docente que inexplicablemente me llama Carlos cada vez que nos encontramos y yo no soy quién para impedirle quejarse de disimulo, de duplicidad, realizar asociaciones libres o disipar dudas. Por fortuna esto no sucede con mucha frecuencia. No sé exactamente cuándo comenzó a llamarme así. Lo que ahora considero la primera vez no oí bien pues estábamos algo lejos el uno del otro, de modo que sólo lo sospeché. Nada de consideración. La segunda y la tercera lo escuché con claridad, hola, Carlos, ¿Qué tal, Carlos? dijo con amabilidad en ambas ocasiones, y en ambas ocasiones apenas y saludé con un gesto, una leve sonrisa y un levantamiento moderado de cejas, intentando con ello sobre todo que nadie lo escuchara y no se expandiera el apelativo de forma irreparable; se trataba de dar rápido trámite, simular que pasaba muy por encima de donde realmente estaba pasando. Lo que recuerdo como la cuarta vez sin estar ya del todo seguro fue, digamos, frente a frente. Se trató de una escena entrelazada con otra que también da cuenta fehacientemente de mi personalidad, insisto, mucho mejor y más allá de definiciones ridículas. Había dejado mis pertenencias dentro del salón de clases como es costumbre y salí acompañado de Renata, alumna de uno ochenta y cinco, de trasero y senos en extremo atléticos, con dirección a la cocina a fin de tomar uno de los insípidos cafés que la empresa proporciona a sus empleados. En el

camino me vino de súbito a la mente el pendiente que tenía de sacar unas copias antes de la sesión del día. Regresé al salón y lo primero que no vi fue mi vieja computadora. No lo podía creer. Me habían robado en cuestión de segundos. Me precipité a la cocina y le comuniqué el suceso a mi alumna jirafa de la manera más tranquila que pude, tratando de eliminar la excitación de que realmente estaba siendo presa. Ella no me entendió, no me creyó o no lo consideró de relevancia. Su asombro fue más el de alguien que escucha al chismoso que le cuenta cómo Jarmila de Almacén ha comenzado una relación con el jefe del departamento de Procurement. En esas estábamos cuando irrumpió por uno de los accesos un grupo de docentes y alumnos que se dirigía en tropel a su aula correspondiente, pero que había decidido hacer una escala. –¡Oye tío, que no saludas! –me aborda Julio, navegante malagueño convertido en docente praguense, con su ya acostumbrada estridencia y exasperante vitalidad. Sospecho que él tampoco sabe mi nombre, aunque no aventuramos ni preguntas ni aclaraciones. Al principio del semestre se decantó por Santiago pero al ver quizá el exiguo o nulo fervor de mis reacciones decidió no insistir más. Sin saber por qué le comunico como puedo la noticia también a él y a su grupo, ante todo, pero eso lo pensé después, para que me deje en paz, aunque lo único que consigo es que muestre mayor interés del deseado y pele sus exorbitantes ojos techados por unas cejas–azotadores aún mayores y salpicados por unas abundantísimas pestañas: –¡Coño, no me jodas! ¿Cómo ha pasado? De repente una multitud de hispanohablantes congregada en la cocina ya estaba enterada del siniestro. Instantes después el docente en cuestión hizo su aparición por la retaguardia. Con un hilo de voz vuelvo a notificar sobre el imprevisto, ahora mirando en dirección suya, y pido consejo sobre las acciones a realizar en un

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caso como el presente. Él, visiblemente desconcertado, tampoco daba crédito. –No, Carlos, es imposible. ¿Está usted seguro que entró a su salón? Esas cosas aquí no pasan Carlos –concluye, instruyéndome de un plumazo sobre las bondades del primer mundo y las abismales diferencias con el tercero. –Sí, a lo mejor ¿verdad? Me voy a fijar otra vez. Aún con la sonrisa fingida en el rostro, me dirijo al salón no sé bien para qué, dejándolos a todos reunidos y dándoles de qué hablar. Una búsqueda más minuciosa consistente en dar dos pasos más en dirección a la silla donde había dejado las cosas me revela que he cimbrado la confusión y la alarma precipitadamente. Como en la primera visita en ésta tampoco doy crédito y al mismo tiempo no me atrevo a volver a la cocina para aclarar todo el malentendido. Por fin vuelvo y esgrimo muy rápidamente cualquier cosa. –¿Está? –Sí –respondo, seguramente con una cara de idiota–, seguro alguien la movió y la puso en otro lado. Finjo demencia y por fortuna todos deben irse a sus respectivos salones. –Sí, alguien debió moverla –dice una voz ya desde el corredor. –Sí, sí, ya ves que cualquiera entra a los salones –le respondo a mi interlocutor invisible dirigiendo la mirada hacia cualquier parte. Me quedo solo en la habitación y por fin me dispongo a sacar las copias. Para mi desgracia aparece nuevamente en escena el docente que me llama Carlos. –Esas cosas no pasan, Carlos –me confirma. Para hacerle olvidar mi resbalón y de paso que ya no me llame Carlos, intento cambiar el tema, hacerle la plática. –Y usted ¿Cuánto lleva aquí? –Ya son seis años, Carlos. –De Colombia ¿verdad? Asiente. –¿Y nunca le ha pasado nada? –No, Carlos, a mí nunca. Un intervalo incómodo se mete en la conversación. –¿Y cómo va todo con Lizbeth? –inquiere por

fin–, buena alumna ¿no? Estoy a una ráfaga de segundo de responderle con toda la tranquilidad del mundo que, en efecto, muy buena alumna, que todo va bien con ella, que tiene uno que otro problemilla con el subjuntivo, que en general bien, pero al mismo tiempo me reprendo por considerar la intención de apoyar la falsa, aunque en absoluto despreciable identidad que se me ha implantado. Elijo la verdad, digamos, sesgada, aunque no sin titubear y sin que esté ausente una cierta dosis de azar, porque conlleva la invaluable ventaja de interponer abismos, de obstruir la construcción de puentes, el estrechamiento de lazos y de trastrocar el orden. –No, a mí no me dieron a Lizbeth. Me la iban a dar pero al final me quedé con Monika y con Barbora –contesto, menguando seguramente el placer que tendría en el momento de esclarecer la duda que le estaría carcomiendo desde semanas atrás. –Pero sí te dieron la clase de Anděl ¿no? –persiste. –¡Ah no! Esa no –respondo con una sonrisa nerviosa y cordial, e intento aferrarme de la primera negativa prorrumpida, aunque sin llegar al extremo de usar la expresión: “Usted me confunde”. –Pero tú eres Carlos ¿no? –pregunta con una decisión inusitada. No lo esperaba pero está claro que es mi momento. Es un destello de lo que dispongo. Tengo ante mí uno de esos instantes que me permite rozar lo proteico y proclamar como Odiseo ¡Me llamo Nadie!, con la única y exclusiva finalidad de no entregar el nombre y con él, indefectiblemente, la persona; no revelar la –¿verdadera?– personalidad y siempre proclamar ¡yo soy el que no soy!; invitar a los otros a la suposición, al prejuicio, al calificativo fácil. Así lo uso. –Bueno, Joaquín, Joaquín Carlos, aunque me conocen más como Joaquín, pero no, sobre la clase de Anděl sí no. Al colega se le nota una confusión igual a la del principio. –Bueno –liquida–, pues me voy a clase, que estés muy bien, Carlos.


Jorge Zúñiga Pavlov Se declara apátrida. Blog personal: www.jorgezunigapavlov.blogspot.com

Fragmento de La locura de Břevnov I Pacheco escuchó una vez decir que todos los lugares tenían algo. Que habían lugares velados, lugares que ocultaban sus secretos y que sólo una vez allí –y con el tiemporevelaban por fin sus historias. Su primera visita al que sería su futuro departamento en calle Bělohorská, databa de hacía ya unos diez años, más o menos. Fue escueta y por un motivo puntual. Pacheco llevaba esa mañana el diario con avisos clasificados y buscaba a la familia Červenka. Los Červenka le aseguraron que habían pagado un aviso para arrendar rápido su vivienda y así moverse a las afueras de Praga. Por lo mismo, el monto que pedían era un muy buen precio. Tras un breve tour por las habitaciones, la cocina y la sala de baño, acordaron el trato. Dedicado más a preguntar acerca de los menesteres prácticos del edificio, de las mañas propias de cada vivienda, de los servicios del barrio, ni siquiera miró con esmerada atención desde las ventanas de la sala, que daban a la calle desde un cuarto piso. Pacheco tenía la latinoamericana manía de enamorarse de las cosas. De lo tangible, como de lo intangible. De ese modo era un coleccionista de objetos inservibles, servilletas de hotel, boletos de metro, salvamanteles, entradas a museos, cerámicas, etc. Le costaba cambiar de número de teléfono, como le desagradaba la idea de renovar su abrigo, o de visitar otra cafetería que no fuera aquella a la que solía ir. Mucho menos le agradaba la idea de cambiar de domicilio, o de barrio, menos aun la ruta de sus paseos a pie. Pero no sólo eso. Coleccionaba historias, mentiras, sueños, sensaciones que eran como fantasmas. Así, inmediatamente después de su mudanza a Břevnov, sintió la presencia de algo cuya

invisibilidad era palpable; como si se tratara efectivamente de un fantasma, o de varios a la vez. Algo que lo invitaba a la intrusa idea de recopilar y de apropiarse, no sabía de qué. Lo pensaba, y lo que sentía era aquello que llamaba amor a primera vista. Y que –tiempo después- lo llevaba a preguntarse si acaso podía existir lo inverso: el odio a primera vista. En todo caso, era una seductora cuestión, soterrada, razón suficiente para acostumbrarse a la idea de instaurar –lo antes posible- nuevas rutinas en aquel barrio de Praga, conductas que incrementaran su vocación de coleccionista. Una noche, unas semanas más tarde, ya instalado, y sorprendido por el excesivo ruido que hacían los tranvías a los pie del inmueble, se acercó a revisar el aislamiento de la ventana de la sala, y sin querer, por fin lo vio. Es decir que por fin tomó conciencia de que estaba allí. Impecable, silente, de una belleza detenida y noble. Allí estaba, albo como una novia. Era todo suyo. Su ventana le regalaba una panorámica incomparable del viejo claustro benedictino. El primer claustro masculino de Bohemia era suyo. Bueno, suyo y de sus vecinos. Allí, solitario habitante de ese apartamento, Pacheco se sintió -de prontomonje de una religión privada. Miró los detalles de la iglesia. Esa majestuosa blancura inauguraba la idea de patio que él –presumidamente- se propuso cultivar entre sus posteriores huéspedes. Días después, buscó información sobre el lugar. Lo había fundado en el 993, un afanado evangelista de nombre Adalberto, un santificado obispo checo. Un fundamentalista de la época, acribillado a flechas –cuatro años más tardepor una tribu pagana de Prusia, sin el más mínimo sentido del humor ante la tala de sus quercos sagrados. Así, esa fue la primera

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información invisible que cobraba –tras el paso de las semanas- una nitidez –diríasetestimonial, histórica. Pasaron los meses y durante el primer invierno, tras la primera nevazón de noviembre, se percató que la nieve se derretía rápida en los barrios bajos y cercanos al río, y -por el contrario-, allá arriba, parecía permanecer intacta. En Břevnov, cada vez que nevaba, la nieve se quedaba pegada, como si fuera la cabeza cana de un anciano que dormía y apoyaba su melena cenicienta sobre esa parte de Praga, como si todo ese distrito fuera una gigantesca almohada. Pasaba el tiempo y sus caminatas por rincones, por bocacalles infrecuentes y por los prados del claustro le armaban de a poco un puzzle de detalles. El verdor de sus amplios jardines y de los huertos; la basura que se traslucía desde el fondo de la laguna donde los niños patinaban o hacían hockey en invierno, y la infinita diversidad del parque, repleto de tilos, sauces, pinos, robles y abedules. Esos abedules de graciosa corteza blanca, que cuando nevaba se tornaban invisibles, como si se tratase de delatores camuflados, a la espera de algo o alguien. Todos esos árboles -cubiertos de escarcha y hielo- semejaban ciclópeas y raquíticas coliflores, que decoraban la panorámica perspectiva de su ventana, en donde la obra de los Dientzenhofer hacía las veces de una pintura exclusiva en la pared de su sala, como si allí colgara un cuadro de Peter Brandl. Cada año, en rigor, cada invierno, Břevnov se le desnudaba un poco más. Hasta que una noche fue Gabriela quien se desnudó. Esa noche nevaba. Descubriéndose con lentitud, Břevnov se despojaba de sus ropajes de invierno, como si nada, como si fuese una curtiembre, como si se entregase al más tierno y natural de los destapes. Un tul de silencio y luz blanqueaba la noche. Como si le adobara y arrastrara a una pasión, que era la remembranza de una primera noche, ya lejana y juvenil, la del primer desnudo parsimonioso, ante esos ojos incrédulos, ante aquella mirada –su mirada- que temblaba, como las sombras de una candela. Pacheco nunca había sentido mayor

conmoción por la nieve. Es más, le cargaba. Los primeros copos solían –año tras añocausar la alegría de algunos, sobretodos de quienes se veían ya esquiando o haciendo randonné. Otros se veían haciendo muñecos de nieve, carrerillas en trineo. Era siempre en invierno, puntualmente, con las primeras nieves, que Břevnov volvía a confiarle algún secreto. Fue Gabriela quien se lo explicó, a comienzos de noviembre, aquel invierno en que por fin se emparejaron. El refrán checo era clarísimo: San Martín llegaba en su caballo blanco. -Quizá por el caballo blanco de la famosa pintura de Dominicos Theotokopoulos (a.k.a. El Greco), -le sugirió Pacheco. O quizá simplemente porque -la mayoría de las veceslos 11 de noviembre nevaba en Praga y una cosa repetida solía crear inercia, constataba Gabriela. La inercia, esa prima hermana de la desidia y madrastra de la rutina. ¿Si conocía la historia de San Martín?, le preguntaba Gabriela. -San Martín, de Tours, -repitió él. No, no la conocía. Sólo aquel cuadro del Greco. Martín de Tours era el primer beato en ser santo sin pasar por el martirio, le decía Gabriela. Sin persecuciones, sin mazmorras, sin fisgones, ni flagelos. Un santo mainstream. Un santo de carrera. Que mirara, le decía. Y él miraba y ella contaba y abría un libro con láminas y vidas de santos. -Primero, Martín iba llegando una tarde de invierno del 337 (si es que se podía garantizar esa fecha con algo de confianza) a la ciudad de Amiens y se topaba con un mendigo semidesnudo al borde del camino; segundo, Martín desenfundaba su espada… -Seguro que el mendigo lo miraba con unos ojos inflamados de miedo, -interrumpió Pacheco. -Sí.... -Pero que escuchara, rezongaba Gabriela y proseguía-. Con la hoja de la espada Martín dividía con destreza su manto para de inmediato ofrecer la exacta mitad al pordiosero; tercero, Martín se echaba a dormir esa noche como un lirón, con la merecida borrachera de un buen soldado romano…


-Hay un cuadro de Brandl, no ese –y Pacheco le indicaba desde la ventana de la sala el claustro iluminado-, que se llama El mendigo…- y la volvía a interrumpir. -…cuarto, Martín soñaba sueños intranquilos. Soñaba con el señor Jesucristo –el profeta de una religión de moda- que lo visitaba en su cubículo devolviéndole el pedazo de capa; y quinto, decía ella, el soldado romano despertaba de ese sueño profundo y veía su manto, el mismo manto, entero, a los pies del camastro, -le escuchaba decir a Gabriela. Le bastaba imaginar los charcos de barro, al más mínimo asenso de temperatura, ese acuoso puré mugriento que atascaba los zapatos. Bastaba que regresaran nuevamente unos días bajo cero y la nieve traicioneramente- se transformaba de nuevo en hielo y en tobillos dislocados, en piernas rotas, en rodillas machucadas. Abuelas refunfuñando por las calles. Le bastaba eso como para no sentir mayor simpatía por esa colcha blanca de los inviernos checos. Qué Martín ni que diablos. Se imaginaba al santo, mientras paseaban del brazo por Břevnov recién nevado haciendo la ruta hacia el castillo a pie. -Así que Martín, -silabeaba-, me lo imagino absolutamente fuera de sí, -le decía a Gabriela-. Imagínate, primero Martín recién despierto rascándose los huevos, luego la cabeza, luego dudando. No vuelvo a tomar más, jurando, y de inmediato se preguntándose, si no había sido todo aquello un simple puto sueño. Pero no. Nada de sueños. El resultado para el militar devenía sin remedio y sin dilación. Así, perdía totalmente sus cabales, a continuación, abandonaba su vida castrense, luego sucedía todo lo demás, bautismo, ermitañismo, migas con Hilario de Poitiers, carrera de obispo, y finalmente santidad. -A fin de cuentas, negocio redondo, concluyó Pacheco.

Como el desnudarse de una muchacha, él descubría su barrio. La larga castañeda a los pies de su ventana era la línea media de una blusa perfumada y desabotonada por donde transitaban el tranvía 25 y el 22. Una referencia exacta –como el horario del correo de Pod Marjánkou, por ejemplo-, era como la visión de un seno; una información cualquiera, una rodilla; las anécdotas barriales eran la tersa piel urbana que se secaba o rejuvenecía según el ánimo de la gente; así, los horarios puntuales de la locomoción pública podían representar los bermejos pezones, la placentera exactitud de subir a esos tranvías en dirección a la ciudad vieja. Todos los lugares tenían algo, constataba durante sus paseos. Gabriela asentía. Ese algo saltaba a su presentimiento, como un gato ágil sobre un murete. Ese algo se velaba a la vista, como la supuesta cavilación oculta detrás de los ojos del mismo felino. Quizás no era más que una lógica y férrea inasibilidad temprana, fundada en una mezcla de ignorancia, de ceguera y de una inefabilidad obstinada que, coronada con los años, los regresaba a la inestable voluptuosidad del tacto. Porque nunca bastaba con mirar. Paseaban tomados del brazo por el huerto benedictino, cada vez que podían. Bajo un idilio de perales y guindos conducía a Gabriela hacia el fondo del jardín, hasta una capilla barroca, que bien podía ser la ermita abandonada de algún mendigo. Sobre las paredes había escritos, fechas, iniciales, insultos, obscenidades y plegarias. En el aire flotaba un tufillo a amoniaco. Sobre el huerto se extendía una foresta decadente, venida a menos. Jugaban a imaginarse la historia. El encuentro de Adalberto y Boleslao, el rey inversionista. Bosques frondosos con una fauna peligrosa. Ese Boleslao, que cargaba la culpa de su padre y que aupado una mañana o una tarde cetrera -tras tropezarse en los bosques aledaños con el fanático pastor, quizás contemplativo, quizás en medio de necesidades más mundanas, ¿sabía él?-, se sumaba irrestricto al afán catequizador de un santo con pinta de mendicante.

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-Así, el éxtasis divino fue, -sumaba Gabriela. Pacheco le resumía a Gabriela el castillo de Praga. El de entonces, en una intención histórica. Esa empalizada que fuera un mínimo asentamiento, un simple palenque donde otrora residía el piadoso Boleslao. A una hora a paso de mula –un milenio atrás-; a siete minutos, tras dejar las cinco paradas de tranvía, mil años después. Y las enumeraba: -U Kaštanu, Marjánka, Drinopol, Malovánka, Pohořelec.

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-¿Te imaginas esas miradas?, -le proponía a Gabriela. Sospechaba las miradas mutuas de ambos misericordiosos en el medio del bosquecillo, como señalándose sorprendidos: sí, sí, soy yo. Imaginaban al pastor desnudo en el arroyuelo. A Boleslao mirándolo. -Boleslao ya viejo…, -decía Gabriela. -…asustado, confundido al ver al santo minutos antes desnudarse, ver caer el hábito –más bien pobre y de un material burdo- junto a la orilla, con una mirada ardiente. La misma mirada con que miraba –hacía ya años- las camisas de las doncellas moravas derramarse por hombros níveos y sumisos.

Créditos fotográficos: © Isaac Sibecas (www.isaacsibecas.com), a excepción del retrato de Carlos Be © Jan Písařík (www.janpisarik.blogspot.com), el retrato de Ruy Guka aportado por el autor y el retrato de Jorge Zúñiga del blog del autor (www.jorgezunigapavlov.blogspot.com)


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