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Luces de Bohemia Instituto Cervantes de Praga

Encuentros Literarios - Literární setkání


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Regálanos tus textos Texty pod stromeček Praga 13.12.2010 Lecturas a cargo de: Denisa Škodová Rolando Garduño Robert Ferrer Míša Poláková Katka Sýkorová Vanda Kořalková Bára Kvasnicová Eva Šašková

6 años

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10 2004-20atura liter con la añol en esp

z ia ia.cem hem de.cbomo/lu Jorge Ramos cesdeboh .lucceebosok wwww ww.fa Petra Vavroušová .2.2011 cita 7 Claudia Minuche Próxima Luis Badía Klára Hálková Alberto Ortiz Alejandro Flores Mónica Márquez

Invitados especiales: David Llorente Eva Kubátová Música a cargo de: Noel Nimaga (Percusión africana)

David Llorente (Madrid, 1973) Fragmento de su nueva novela

Tú te sientas en la última fila, por supuesto al lado de la ventana. Esperas a que el cuerpo se te atempere un poco y entonces te pones a hablar en alto. Dices: hay una chica que se llama Hadara, ¿sabes? Es muy joven. Solamente tiene tres o cuatro años más que tú. No me la puedo quitar de la cabeza. Es la hija de una mujer con la que estuve viviendo un par de meses. ¿Te das cuenta? Yo salía con la madre y me enamoré de la hija. Ahora la echo mucho de menos. Yo creo que si bebo tanto es porque no soporto no verla todos los días. Hadara. Es un nombre muy bonito, ¿verdad? David, ¿con quién coño estás hablando? La fila de atrás del autobús está vacía. No tienes a nadie sentado a tu lado. A ti se te llenan los ojos de lágrimas y me dices que una cosa es que no vea a nadie a tu lado y otra cosa muy diferente es que no haya nadie. Me dices que a tu lado sí hay una persona, lo que pasa es que yo no soy capaz de verla. Yo me callo. Por fin comprendo de qué estás hablando pero no

quiero que sigas. Tú me dices que no hablas solo, que hablas con tu hermano. David, mi querido David, ¿cuándo vas a asumir que tu hermano está muerto? Acuérdate. Amaneció muerto una mañana de primavera. Muerte súbita. Eso fue lo que dijeron los médicos. Muerte súbita. Para ti fue terrible. No tenías a nada ni a nadie a quien echarle la culpa. Acuérdate de que una noche agarraste un crucifijo y lo golpeaste contra el pico de la mesa hasta decapitarlo. Tu hermano falleció, David, lo que sucede es que jamás has dejado de sentirle a tu lado, como una muda presencia que te acompaña a todas partes. ¿Me oyes, David? Pero no puedes soportar mis palabras. Te levantas, caminas por el pasillo del autobús y te pones a gritar. Le dices al conductor que pare, joder, que pare, que te bajas. El conductor te mira por el espejo retrovisor y te dice que ahora no puede detenerse, que esperes a la próxima parada. Por supuesto tú no puedes esperar. Vas a la puerta de atrás, la fuerzas y saltas del autobús en marcha. Te golpeas los pies contra un


bordillo y el resto del cuerpo contra la nieve. Estás aturdido y miras al cielo. Los copos de nieve te caen sobre la cara. Echas de menos una botella de tequila. Alguien intenta levantarte. Le dices que se meta en sus putos asuntos y sigues tumbado. Te levantas al cabo de un par de minutos, cuando el frío ya empieza a ser doloroso. Estás mareado. Tienes que agarrarte a un árbol para no volver a caerte. Ahora, más que nunca, tienes ganas de vomitar por todas las esquinas de tu cuerpo. Poco a poco te van volviendo a entrar las ganas de matarte. Es un cosquilleo, como una nube de polillas revoloteando alrededor de tu corazón. David, tienes que encontrar una cafetería. Date prisa.

cien kilómetros de distancia. Lo que más le agradaba era agazaparse entre los juncos y sorprender, con un imponente rugido, a las mujeres Babalunga, que por las mañanas hacían la colada en la orilla del río. En consecuencia, todas huían despavoridas... [...] En efecto, Kembo nunca había herido a nadie, nunca había destruído una choza y nunca había comido a un niño crudo. Porque era un león vegetariano y se alimentaba de frutas y verduras; en especial de coles, zanahoras, plátanos y manzanas. Pero eso era algo que todo el mundo desconocía. Y, por lo tanto, la gente en general no entendía sus juegos: ni las mujeres Babalunga ni el jefe de la tribu de los Kamolongos.

-escribir tiene sentidoMe gustaría que me contestaras a una pregunta. ¿Qué vas a hacer con tu día? Esta pregunta te causa dolor, ¿verdad? La mera sensación del paso del tiempo te atormenta. Mira la hora que es. Mira qué pronto es. Haz algo. ¿O es que no tienes nada que hacer? Te buscas en los bolsillos. Sabes que debería estar por alguna parte. Eso es. Lo encuentras en el bolsillo interior del abrigo. Se trata del cuaderno y del bolígrafo. Ahora solamente necesitas entrar en una cafetería. En esta ciudad hay muchas. Te metes en la primera que encuentras. Te sientas en la mesa más apartada y te pones a escribir. Se acerca la camarera, le pides un café y sigues escribiendo. Escribir te calma. Escribir tiene sentido.

David González (Asturias, 1964) Excusa

Carlos Pérez (Valencia, 1947) Fragmento de Kembo A comienzos de los años treinta del siglo XX, Kembo, un león joven y solitario, paseaba a su antojo por las selvas de Baba Kamo, un lugar remoto del Este de África. Como era y es, incluso ahora, normal entre los leones, Kembo no entendía ni de fronteras ni de pasaportes. Por eso se complacía en aterrorizar a la tribu de los Babalunga y, al día siguiente, a la de los Kamolongos, que habitaban en una aldea muy alejada de la de los primeros, a más de

no: no trabajo en los talleres de ninguna empresa armamentística ni como obrero ni en cualquier otro puesto de los distintos niveles del escalafón: encargado maestro perito ingeniero director general o dueño supremo de ninguna de esas empresas armamentísticas ni como es natural poseo tampoco acciones en bolsa de ninguna de esas compañías que se dedican a fabricar y vender ARMAS con las que después se asesina a seres humanos de todas las razas y colores y condiciones habidas y por haber: no: no trabajo en el ramo de la construcción de la construcción de muros de cemento o piedra o de alambradas ni como peón de albañil ni en cualquier otro de los innumerables puestos del escalafón: topógrafo albañil encargado maestro perito ingeniero director general de las obras o dueño supremo de cualquier empresa relacionada con el ramo de la construcción de muros de cemento armado o piedra o alambradas de espino y se da por hecho -mi palabra es el hecho- que no poseo acciones en bolsa de ninguna empresa del ramo de la construcción del ramo de la construcción de miedo y odio que enfrenta o separa familias


divide conciencias y le cierra el paso a las libertades individuales y: no: tampoco soy un uniforme que patrulla a pie en motocicleta coche todo terreno tanque tanqueta lancha rápida barco avión avioneta o torres de control por los alrededores de esos muros de cemento o piedra o de esas alambradas de espino electrificadas a la caza de inmigrantes ilegales espejo que nos devuelve nuestro propio y aún cercano pasado: no: no asesino a sangre fría focas o crías de foca con rifles o porras como tampoco arponeo o asesino a sangre fría asimismo a ballenas o a crías de ballena o a cualquier otro ser vivo de una especie ANIMAL inocente indefensa o en vías de extinción: no: yo no trabajo en ninguna de esas historias o en otras de parecidas o semejantes características: no: lo siento: yo no tengo vuestra EXCUSA: yo no tengo crías que alimentar. Salvador Elizondo (México, 1932-2006) [regalo de Jorge Ramos] El Grafógrafo Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba haberme

visto escribir que escribía y que escribía que escribo que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que ya había escrito que me imaginaría escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo. Jorge Enrique Adoum (Ecuador, 1926 - 2009) [regalo de Claudia Minuche]

No es nada, no temas, es solamente América Cuando supe (porque yo soy así, aquel que se levanta a golpes, se desentierra, se pone el cuerpo que dejó en la silla, la esperanza que ya no le servía sino como una mala dentadura, y sale, más bien se saca, para ver cómo han ido los días de allá afuera, cómo sigue la insolente estatua de los dictadores, casco arriba y casco abajo, animal de baraja, poniéndose mala madre por su cuenta, mala hostia en el verano enamorado, mala piedra en su rocío, su memoria, solo para que tropiece el desterrado, caiga apenas, a duras penas, crea que se equivoca, que no tiene razón en su raíz) me desperté asustado. En dónde estoy, grité, después de tanto esfuerzo, hasta cuándo es antes todavía, cómo me llamo entonces, para qué me llamo. (Porque todo olía a siempre, a sufrimiento viejo, muerte de ayer que no valió de nada, absurdo en que han quedado restos de la telarañada cena, y todavía, todavía hay que poner la mesa, camareros, perezosos profetas consuetudinarios, ponerle voluntad al pan, servir el desayuno de los pobres, sin tanto regresar a hoy, error de fecha, digo, y tantos siglos sin lavar la servilleta.) Y no pude seguir desaprendiendo a pura historia, y no pude apretarle el cinturón al corazón para que aguante. Mejor nos fuimos, prójimo y yo, a rehacer lo roto, los vestidos, a preparar las vísperas. Aún no he vuelto y no sé cuándo volveré a morir: no tengo tiempo


Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) Fragmento de Bartleby y compañía Nunca tuve suerte con las mujeres, soporto con resignación una penosa joroba, todos mis familiares más cercanos han muerto, soy un pobre solitario que trabaja en una oficina pavorosa. Por lo demás, soy feliz. Hoy más que nunca porque empiezo —8 de julio de 1999— este diario que va a ser al mismo tiempo un cuaderno de notas a pie de página que comentarán un texto invisible y que espero que demuestren mi solvencia como rastreador de bartlebys. Hace veinticinco años, cuando era muy joven, publiqué una novelita sobre la imposibilidad del amor. Desde entonces, a causa de un trauma que ya explicaré, no había vuelto a escribir, pues renuncié radicalmente a hacerlo, me volví un bartleby, y de ahí mi interés desde hace tiempo por ellos. Todos conocemos a los bartlebys, son esos seres en los que habita una profunda negación del mundo. Toman su nombre del escribiente Bartleby, ese oficinista de un relato de Herman Melville que jamás ha sido visto leyendo, ni siquiera un periódico; que, durante prolongados lapsos, se queda de pie mirando hacia fuera por la pálida ventana que hay tras un biombo, en dirección a un muro de ladrillo de Wall Street; que nunca bebe cerveza, ni té, ni café como los demás; que jamás ha ido a ninguna parte, pues vive en la oficina, incluso pasa en ella los domingos; que nunca ha dicho quién es, ni de dónde viene, ni si tiene parientes en este mundo; que, cuando se le pregunta dónde nació o se le encarga un trabajo o se le pide que cuente algo sobre él, responde siempre diciendo:—Preferiría no hacerlo. Hace tiempo ya que rastreo el amplio espectro del síndrome de Bartleby en la literatura, hace tiempo que estudio la enfermedad, el mal endémico de las letras contemporáneas, la pulsión negativa o la atracción por la nada que hace que ciertos creadores, aun teniendo una conciencia literaria muy exigente (o quizás precisamente por eso), no lleguen a escribir nunca; o bien escriban uno o dos libros y luego renuncien a la escritura; o bien, tras poner en marcha sin problemas una obra en progreso,

que den, un día, literalmente paralizados para siempre. La idea de rastrear la literatura del No, la de Bartleby y compañía, nació el pasado martes en la oficina cuando me pareció que la secretaria del jefe le decía a alguien por teléfono:— El señor Bartleby está reunido. Me reí a solas. Resulta difícil imaginar a Bartleby reunido con alguien, zambullido, por ejemplo, en la cargada atmósfera de un consejo de administración. Pero no resulta tan difícil — es lo que me propongo hacer en este diario o notas a pie de página— reunir a un buen puñado de bartlebys, es decir, a un buen puñado de escritores tocados por el Mal, por la pulsión negativa. Por supuesto oí «Bartleby» donde debería haber oído el apellido, muy parecido, de mi jefe. Pero lo cierto es que este equívoco no pudo resultar más oportuno, ya que hizo que de golpe me pusiera en marcha y, después de veinticinco años de silencio, me decidiera por fin a volver a escribir, a escribir sobre los diferentes secretos últimos de algunos de los más llamativos casos de creadores que renunciaron a la escritura. Me dispongo, pues, a pasear por el laberinto del No, por los senderos de la más perturbadora y atractiva tendencia de las literaturas contemporáneas: una tendencia en la que se encuentra el único camino que queda abierto a la auténtica creación literaria; una tendencia que se pregunta qué es la escritura y dónde está y que me rodea alrededor de la imposibilidad de la misma y que dice la verdad sobre el estado de pronóstico grave — pero sumamente estimulante —de la literatura de este fin de milenio. [...] »De entre los escritores del No, la que podríamos llamar sección de los escribientes es de las más extrañas y la que a mí tal vez más me afecta. Y eso porque, hace veinticinco años, experimenté personalmente la sensación de saber qué es ser un copista. Y lo pasé muy mal. Yo entonces era muy joven y me sentía muy orgulloso de haber publicado un libro sobre la imposibilidad del amor. Le regalé un ejemplar a mi padre sin prever las terribles consecuencias que eso iba a tener para mí. Y es que, a los pocos días, mi padre, al sentirse molesto por entender


que en mi libro había un memorial de agravios contra su primera esposa, me obligó a escribirle a ella, en el ejemplar regalado, una dedicatoria dictada por él. Me resistí como pude a semejante idea. La literatura era precisamente — como le ocurría a Kafka — lo único que yo tenía para tratar de independizarme de mi padre. Luché como un loco para no tener que copiar lo que quería dictarme. Pero finalmente acabé claudicando, fue espantoso sentirme un copista a las órdenes de un dictador de dedicatorias. Este incidente me dejó tan hundido que he estado veinticinco años sin escribir nada. María Forner (Sagunt-Valencia, 1982) [Regalo de Robert Ferrer]

Fragmento de El síndrome de Münchausen Perteneciente al poemario inédito "Un grito de Munch hacia adentro"

Padezco irreversiblemente el síndrome de Peter Pan -Men Who Have Never Grown Up-. ¡Qué vida dolorosamente irrealizada! ¡Cuánta terrible insumisión a las normas sociales! ¡ Si la gente viera más allá de mis gafas de pasta y mi ralla al lado...! Padezco también –Dios mío, ¿por qué yo?el síndrome de Asperger. No, no te ignoro: es que padezco de ceguera emocional, no sé interpretar tu sonrisa y no me gusta el teatro. También el síndrome del poeta melancólico ha penetrado en mi alma y el esplín sin ideal -¡Cuánto dolor! ¡Cuánto dolor inútil!Y uno de los más terribles: el de Cotard -le délire de négation. Cuando Mademoiselle X me habla de la no existencia de Dios y del Diablo y de mi propia muerte. De cuando su madre

se apropió de su espíritu para mostrarle el Infierno (que está en Sudáfrica). ¡Ay! Y el síndrome POEMS: hormigueo en la punta de los dedos, falta de fuerza (¡no poderme levantar de una silla o subir una escalera!) Levantarme a las tres de la mañana a escribir una mala estrofa, esos papiledemas... Y a pesar de todo, sigo en pie. No sé cómo, pero aquí estoy. Si no, ¿por qué iba a ser poeta? Es la única medicina, la única, para todos estos males, para vivir bajo tierra y no ahogarme. Luis Cernuda (Sevilla, 1902 – México, 1963) Ventana huérfana con cabellos habituales... Ventana huérfana con cabellos habituales, Gritos del viento, Atroz paisaje entre cristal de roca, Prostituyendo los espejos vivos, Flores clamando a gritos Su inocencia anterior a obesidades. Esas cuevas de luces venenosas Destrozan los deseos, los durmientes; Luces como lenguas hendidas Penetrando en los huesos hasta hallar la carne, Sin saber que en el fondo no hay fondo, No hay nada, sino un grito, Un grito, otro deseo Sobre una trampa de adormideras crueles. En un mundo de alambre Donde el olvido vuela por debajo del suelo, En un mundo de angustia, Alcohol amarillento, Plumas de fiebre, Ira subiendo a un cielo de vergüenza, Algún día nuevamente surgirá la flecha Que abandona el azar Cuando una estrella muere como otoño para [olvidar su sombra.


Pau Miró (Barcelona, 1974) Fragmento de Llueve en Barcelona 5. El mar - Vuelve a ser de noche en la misma habitación. Oímos a la gaviota. En la habitación están LALI y CARLOS. Lali vuelve a llevar el vestido de terciopelo azul. Lleva las medias a la altura de las rodillas. Se está acabando de pintar los labios. Cuando termina, coge la peluca que hay encima de la cama y delante del espejo se la empieza a poner. Carlos se come un dónut de chocolate. LALI. Eran unos cuadros… feos y… muy tristes, pero no sé por qué. Me gustaban mucho y no sé… He empezado a mirar los cuadros y me ha pasado algo muy raro. He empezado a mirar un cuadro y… Nunca me había fijado tanto en un cuadro… Quiero decir… tanto rato seguido, y era tan triste. ¿Sabes el vacío aquel que te viene con el bajón? CARLOS. Sí. LALI. Pues el cuadro tenía eso, estaba como vacío pero era… no sé… era muy fuerte, muy triste y no sé qué me ha pasado que me he puesto a llorar. CARLOS. ¿Has llorado? LALI. Te lo juro, me he puesto a llorar allí en medio del CaixaForum. CARLOS. Pero… ¿te han hecho algo? LALI. ¿Quién? No. No me han hecho nada. CARLOS. ¿Has llorado por el cuadro? LALI. Sí. La gente ha empezado a mirarme; no miraban a los putos cuadros, no, me miraban a mí. Supongo que en un museo no es muy normal ponerse a llorar y me he agobiado mucho y he salido corriendo. CARLOS. ¿Te has hecho alguno? LALI. Que va, nada. CARLOS. Últimamente no entra mucha pasta, Lali. LALI. Ya lo sé, pero es que cada día me da más palo. CARLOS. ¿El qué? LALI. Esto. CARLOS. Ya, pero… LALI. ¿«Pero» qué? CARLOS. Nada. ¿Cuánto rato has estado en el…? Es muy tarde. LALI. No, es que después he bajado hasta la Barceloneta. He mirado el mar. Mucho rato.

LALI. ¿Y? CARLOS. Y lo he cogido. LALI. ¿Lo has cogido? CARLOS. Sí. Era él. LALI. ¿Por qué lo has cogido? CARLOS. ¿Por qué te tiene que llamar fuera del horario? LALI. ¿Has hablado con él? CARLOS. Sí. No ha pasado nada. Le he preguntado si tenía algún recado para ti y me ha dicho que no era nada importante y ha colgado. LALI. ¿Y ahora qué le digo? CARLOS. ¿De qué? LALI. ¿«De qué»? De ti. Si me pregunta por ti. CARLOS. Pues la verdad, no pasa nada. Es un cliente más, ¿no? Suena el teléfono. Se miran. LALI lo descuelga. LALI. ¿Sí? (…) Sí, sí. Ahora voy. LALI cuelga el teléfono. LALI. Me voy, que es tarde. CARLOS. ¿No me das un beso? Se quedan quietos. Mirándose. Oscuro. Federico García Lorca (1898-1936) [Regalo de Robert Ferrer] (Trece

Fragmento de Los mozos de Monléon canciones populares españolas)

-Permita Dios, si lo encuentras, que te traigan en un carro, las albarcas y el sombrero de los siniestros colgando. Se cogen los garrochones, se van las navas abajo, preguntando por el toro, y el toro ya está encerrado. A la mitad del camino, al mayoral se encontraron, - Muchachos que vais al toro: mirad que el toro es muy malo, que la leche que mamó se la di yo por mi mano. Gloria Fuertes (Madrid, 1918-1998) Geografía humana Mirad mi continente contenido brazos, piernas y tronco inmesurado, pequeños son mis pies, chicas mis manos,


hondos mis ojos, bastante bien mis senos. Tengo un lago debajo de la frente, a veces se desborda y por las cuencas, donde se bañan las niñas de mis ojos, cuando el llanto me llega hasta las piernas y mis volcanes tiemblan en la danza. Por el norte limito con la duda, por el este limito con el otro, por el oeste Corazón Abierto y por el sur con tierra castellana. Dentro del continente hay contenido, los estados unidos de mi cuerpo, el estado de pena por la noche, el estado de risa por el alma -estado de soltera todo el día-. Al mediodía tengo terremotos si el viento de una carta no me llega, el fuego se enfurece y va y me arrasa las cosechas de trigo de mi pecho. El bosque de mis pelos mal peinados se eriza cuando el río de la sangre recorre el continente, y por no haber pecado me perdona. El mar que me rodea es muy variable, se llama Mar Mayor o Mar de Gente a veces me sacude los costados, a veces me acaricia suavemente; depende de las brisas o del tiempo, del ciclo o del ciclón, tal vez depende, el caso es que mi caso es ser la isla llamada a sumergirse o sumergerse en las aguas del océano humano conocido por vulgo vulgarmente. Acabo mi lección de geografía. Mirad mi contenido continente. Juan Cavestany (Madrid, 1967) y Juan Mayorga (Madrid, 1965) [Regalo de Pedro J. Lendínez]

Fragmento de Alejandro y Ana. Lo que España no pudo ver del banquete de la hija del presidente. El chófer de José Mari. Banquete de boda de la hija del presidente. En la cocina. Mientras vacía platos. Mari conversa con Juan Ramón, quizá el chofer más importante de España. Es mucha carretera juntos, Mari. Muchos kilómetros, muchas curva peligrosa, algún

pinchazo. Ya casi no necesitamos hablar para entendernos. El otro día, viniendo de Barcelona, me sentí mal y él lo notó. Sin que yo le dijera nada, el notó que me estaba sintiendo mal. Y va y me dice: “Venga, deje que conduzca yo”. De usted, porque el me habla de usted. Paré el coche, intercambiamos posiciones y así llegamos a Madrid, él al volante y yo de copiloto, él al volante y yo de copiloto, ¡él al volante y yo de copiloto! explicándole cómo resolvería yo el tema de Cataluña. Pero al principio no era así. Al principio, conmigo era como con todo el mundo. Frío. Distante. Al principio, ni me miraba. Ahora no toma ninguna decisión importante sin consultarme. Dicen que no consulta las cosas con nadie, que no escucha a nadie. Ja. Yo sé con quién las consulta. A menudo me dice: “Yo tengo sentido de Estado, pero usted tiene sentido de calle”. Sentido de calle. Fue él quien dio un volantazo a la relación. De pronto me dijo: “Usted, ¿cuál cree que es el problema que más preocupa en la calle?. Siempre me hace la misma pregunta: “Usted, ¿cuál cree que es el problema que más preocupa en la calle?. Yo le digo lo que pienso, y a los pocos días oigo en la radio o en la tele lo que él ha dicho aquí o allá y me doy cuenta de que le influyo. Pero no voy a darme toda la importancia, porque yo sé que en política también tiene mucha importancia el cómo se dicen las cosas, y eso, el estilo, esto tengo que reconocerlo, el estilo es todo suyo. Yo lo que hago es que le doy una idea y él la expresa mucho mejor que yo. Y luego la pone en práctica, que eso es lo más complicado de todo, poner una idea en práctica. Como cuando le dije: “La gente no entiende que un tío que lo pillan robando un coche a los dos días esté en la calle”. Al poco tiempo, Reforma del Código Penal. Eso me hace sentirme responsable. No es como hablar en el bar, es hablar sabiendo que lo que digas acaba haciéndose. Claro, hay absoluta sintonía entre él y yo. Cada día compartimos más cosas: que si esta lectura, que si esta idea, que si este librito que me deja, esta conversación... Ni su mujer, fíjate lo que te digo, ni su mujer lo conoce como lo conozco yo. Cuando lo noto tristón, sé como hacerle sonreír. Y conmigo sonríe como no sonríe con nadie. Ha cambiado mucho con los años... yo también... yo también he cambiado, me ha enseñado a ver las cosas con más calma, con más serenidad, ¿ves?. Bueno, con el americano, con ese también está a gusto. Y eso que al principio a él le pasaba con el americano lo que a mí con él. Al principio, el otro ni lo miraba. Pero ahora, el


americano no toma ninguna decisión sin consultarle. Y así es como se va imponiendo mi modo de ver el mundo. O sea, yo le digo un concepto a él, él se lo dice al americano y al poco tiempo la cosa está hecha. “Usted, ¿cuál cree que es el problema que más preocupa en la calle?”. Yo reflexiono y le digo: “Señor, el otro día un negro casi mata a una vieja en un portal, en el bar del juanito han entrado los moros catorce veces en lo que va de año, en mi barrio a casi todo el mundo le han robado alguna vez y siempre son la misma gentuza. El problema se resolvía dando un par de hostias bien dadas, dejar claro quién manda. Anticiparse. Pegar antes de que te peguen. Yo le llamo hostia preventiva. Es un concepto mío”. El me escucha atento y me dice: “Si por mí fuera resolvía el problema en un santiamén, pero usted sabe que en este país hay gente que no se aclara. Por un lado, piden calles bien limpias, pero por otro lado me piden fronteras abiertas, viviendas, pasaportes, votos para todos, me reclaman parques para que los niños jueguen y para que los abuelos paseen... pero eso sí, si tocas un pelo a un inmigrante ilegal, a un chaval que lo más seguro es que se va a meter en problemas, se te cae el mundo encima, “te arman la de Dios”. Entonces yo reflexiono Mari y le digo: “Señor, mire usted, adopte a un negrito”. Y él enseguida capta la idea. Enseguida entiende que se trata de enviar un mensaje a la gente. El mensaje dice: “No vamos a consentir que nuestros ancianos, nuestros niños, la gente honrada de este país, salga con miedo a la calle, pero tampoco vamos a consentir que nadie nos llame racistas, porque no somos racistas, mire usted”. Hay una absoluta sintonía entre él y yo. Por eso, cuando oigo en la radio si el sustituto debería ser éste, éste o el éste, yo me meo de la risa Mari, yo me descojono, porque el sustituto natural soy yo. Y no lo digo con resentimiento, no lo digo con resentimiento, porque yo no aspiro a nada en política, lo que tenía que haber hecho en política ya lo he hecho, yo he cubierto un ciclo y ahora que vengan otros y que tiren del carro. Yo nunca he hecho política ni para salir en la historia, ni

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para que me pongan en una calle, ni para que me pongan en un libro, ni para que la gente me dé las gracias, yo no necesito que la gente me dé las gracias, lo que yo he hecho por este país es un secreto entre el presidente y yo. Ray Loriga (Madrid, 1967) Fragmento de Ya solo habla de amor SUIZO —Una chica estupenda. SEBASTIAN —¿Qué? SUIZO—Su novia, una chica estupenda. SEBASTIAN—No es mi novia SUIZO—Eso me ha dicho. SEBASTIAN—Se lo ha dicho. SUIZO —Sí..., he querido preguntarle antes por usted, porque no me gusta entrometerme, ni molestar a nadie. Me ha dicho que usted no era su novio, así que me he ofrecido. SEBASTIAN —¿Se ha ofrecido? SUIZO —Efectivamente. Pero no le daré detalles. No es elegante. SEBASTIAN —¿Seguro que hablamos de la misma mujer? SUIZO—Claro, Mónica. Me ha explicado que a usted no le gusta bailar y que además no es su novio. Me ha dicho que es usted un tío bastante raro. SEBASTIAN —Llevo una mala racha. SUIZO —¡Y quién no! No me meto en lo que no me importa, pero sabrá usted que una chica tan guapa no baila mucho tiempo sola. SEBASTIAN —Supongo que no... SUIZO —Todo el mundo tiene derecho a ser feliz, ¿no? SEBASTIAN —Supongo que sí... SUIZO —Y usted, perdone que se lo diga, no parece una persona particularmente alegre. SEBASTIAN —Pero lo he sido... y también he sido capaz de hacer feliz a alguien brevemente... SUIZO —¿A una mujer? SEBASTIAN —Sí, a una mujer también... SUIZO —Me alegro... ¿y qué pasó? SEBASTIAN —¿Qué pasó?... No lo sé, y en cualquier caso no es asunto suyo. SUIZO —Eso es tan cierto como que esta fiesta es un coñazo, o lo era hasta hace un rato.


Esa Mónica suya es una chica estupenda. SEBASTIAN —Ya... SUIZO—Verá usted, yo soy bastante alegre y bastante rico. Mi padre es español y mi madre suiza. La verdad es que no está bien que yo lo diga pero a las mujeres les gusta mucho estar conmigo, y yo a cambio las trato bien, no se vaya a pensar... No soy ningún capullo. Yo es que soy muy feliz. ¿A qué se dedica? SEBASTIAN —Soy escritor. SUIZO —Qué bueno, menuda imaginación debe de tener. Yo me he leído un libro pero no creo que sea el suyo. SEBASTIAN —No lo creo. SUIZO —Se llama El zen y arte de reparar motocicletas. Muy bueno, muy... profundo. Lo he leído unas cien veces. Me gustan mucho las motos. También me gustaría leer más, al menos otros dos libros más, pero no tengo mucho tiempo. Tal vez si me regala uno suyo... SEBASTIAN —No llevo encima ninguno. SUIZO —Ya me imagino... Joder, escritor, qué bonito, eso que escriben es todo inventado, ¿no? SEBASTIAN —Casi todo. SUIZO —Debe de ser la hostia, inventarse cosas, yo es que no tengo imaginación. Veo lo que tengo delante... ¿sabe cómo le digo? Lo que tengo delante me interesa y lo que no tengo delante ni lo veo. Eso dice mi madre. Hijo, es que lo que no tienes delante ni lo ves... Creo que es verdad. Por eso me va bien con las mujeres. Cuando las tengo delante es que no pienso en otra cosa y eso ellas lo agradecen. SEBASTIAN —Lo entiendo..., es muy de agradecer. SUIZO —Y tanto... Hay muchas mujeres ahí fuera que sólo quieren que las vean, que las toquen, que las agarren de verdad. Yo cuando estoy, estoy, y cuando me voy, me voy. Y si estoy jugando al tenis estoy jugando al tenis, ¿sabe cómo le digo? SEBASTIAN —Lo sé muy bien. SUIZO —Y eso de escribir, ¿cómo es? Algún día me gustaría a mí escribir algo, pero no sé muy bien cómo se hace. SEBASTIAN —Yo tampoco. SUIZO —Venga, hombre, si es escritor algo sabrá. Se lo inventa uno, o va contando las

cosas que le pasan. Porque yo podría contar un montón de cosas. Pero no tengo tiempo. Yo es que cada día me lío haciendo mil cosas. SEBASTIAN —Todo el mundo piensa que su vida podría ser una novela. SUIZO —¿Y no es verdad? SEBASTIAN —No. Una novela es una novela. No tiene nada que ver con la vida. Usted no podría escribir nunca un libro. SUIZO —¿Sabe lo que es hacer un recto? SEBASTIAN —¿Un qué? SUIZO —Un recto, yo es que he corrido un poco en moto. Un recto es cuando por una cosa o por otra te comes la curva y, en vez de trazar, te vas derecho hasta el otro lado. SEBASTIAN —Y eso qué tiene que ver... SUIZO —¿Con lo que hablábamos? Nada... Es que a mí esto de la literatura me aburre un poco mortalmente, pero usted me cae muy bien. En esta fiesta hay mucho gilipollas y créame que los conozco a casi todos. Además, nunca había hablado con un escritor... y es más divertido que hablar con un banquero. ¿Sabe lo que se me da mal a mí? SEBASTIAN—No SUIZO —La chapa. SEBASTIAN —¿La chapa? SUIZO —Sí, la chapa... Los mensajitos..., lo que hay que decir para volverlas locas... Lo bonito. Para mí lo bueno son las mujeres y antes y después tengo poco que decir. Si fuera mejor con la chapa follaría incluso más. Seguro que usted, siendo escritor y eso, es súper bueno con la chapa. SEBASTIAN —Súper bueno [con una sonrisa] de hecho soy el rey de la chapa. SUIZO —¿Y cómo se hace eso? SEBASTIAN —Bueno, lo fundamental es creérselo. SUIZO —¿Creérselo? SEBASTIAN —Eso es. Lo que usted llama la chapa es toda mi vida. SUIZO —Jo, qué tío, yo con la chapa soy fatal. Me imagino que usted y yo juntos..., usted con su chapa y yo con lo mío..., seríamos la hostia. SEBASTIAN —Seríamos la hostia, sí, pero yo necesitaría una nariz más grande y además ya está escrito, y nos demandarían por plagio. También podrías ser un niño de madera y yo

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un grillo muy listo pero tampoco llegaríamos muy lejos. SUIZO —Como Pinocho. SEBASTIAN —Como Pinocho. SUIZO —Ésa la he visto, es triste de cojones. No me gustó nada... SEBASTIAN —A mí tampoco. SUIZO —Es que yo no soporto estar triste. No sirve de nada. Cuando era niño me ponía triste muchas veces, no podía evitarlo. Supongo que los niños no pueden evitarlo. SEBASTIAN —Creo que no, que no pueden. SUIZO —Ya, el caso es que a mí lo de estar triste no me gustaba nada, ni los días tristes, ni las pelis tristes, ni las chicas tristes. SEBASTIAN —A mí en cambio me encantan las chicas tristes. SUIZO —Claro, porque usted es triste. Nada más verle arriba pensé, qué tío más triste. Bueno, de hecho no me fijé en usted al principio, me fijé sólo en ella, y al verla a ella pensé, qué chica más guapa y luego pensé, qué tío más triste ese que la acompaña y enseguida vi sitio. SEBASTIAN —¿Sitio? SUIZO —Sitio, para adelantar. A veces el tío que va delante te cierra las puertas pero a poco que no ande espabilado, ves sitio, y si ves sitio adelantas. Espero que no le joda mucho, pero si no cierras las puertas te adelantan..., y si no soy yo es otro..., y si va a ser otro prefiero ser yo. SEBASTIAN —Tiene todo el sentido del mundo. SUIZO —Verá usted, nunca he entendido a la gente que se ríe en un entierro ni a la gente que llora en una fiesta. Cada cosa tiene su lugar y su momento, ¿no? Y estaba usted tan triste en la sala de baile, al lado de una chica tan preciosa, que pensé, este tío está tonto, y luego pensé, no se la merece, y al acercarme a ella me di cuenta de que tenía más razón que un santo. ¿Y por qué está usted tan triste? ¡Si la vida es cojonuda! Claro que a lo mejor mi vida es cojonuda y la suya no...

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Augusto Monterroso (Honduras, 1921) [regalo de Jorge Ramos]

La oveja negra En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada. Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque. Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura. Juan Gelman (Buenos Aires, 1930) [regalo de Claudia Minuche]

Está negra la madera de tu casa Está negra la madera de tu casa y el verde de tus plantas brilla como lustrado [a mano te debe haber llovido mucha ausencia debe haberte apagado los fuegos que [encendías para leer tus pechos para saber quién anda por ahí en el verano de tu rigidez empujada ¿qué sería la muerte sin la lluvia su ciencia de humo y claridad? temblabas como un cafetín pasaban tangos de Gardel y toros ya [suavísimos tus piernas ardían al lado de los ángeles y volaban cenizas del secreto cremado ¿cómo es posible el horror de saber? ¡dale viento! ¡raspá la música que hace diamantes en cada esquina de la sonreidora! ¡la música que separa los nacimientos de [los espantapájaros! ¡los espantapájaros verdaderos! ¡que me conocen y no son yo! vos que sabés hacer cuchillos con un instante del amor cantá sentada en los panes que horneo y [nunca comeré ¡cantá para que corra la mañana y se subleven los canarios que lloran ocultamente!


Ernesto Santana (Cuba, 1959) Advertencia lunar (aventura) Al principio no lo creía, pero resulta que tengo cosas que contarte que a nadie le he dicho. Si me hubieras dado la oportunidad (¡o si sencillamente todo hubiera sucedido de otra manera!) tal vez te las hubiera contado antes. Ya nada ocurre igual que cuando te conocí, ni como ocurrió luego durante un tiempo, en aquella época de azares. Ahora ya no hay casualidad posible. ¿O sí? Bueno, te digo: no acostumbro a regresar tarde a mi casa y, sin embargo, en los últimos días lo hago a menudo. Salgo del restaurante (el trabajo que mi padre me consiguió) a medianoche y me demoro en regresar, como si no quisiera morir en mi casa. O como si allí todo estuviera muerto desde hace mucho tiempo. ¡En realidad no voy a trabajar desde hace una semana! Me pagaban bien porque es un negocio particular, muy cerca de aquí (una buena zona), pero ya me cansaba mucho y no se me quita la fiebre. Azotada por Dios y pateada por demonios, así me siento. Una vieja historia: cuando Rita y yo teníamos trece años (todavía no la odiaba bastante), escribí muchas cartas anónimas y logré enredos y peleas enormes: padres, amigos, parientes, todos en un mismo saco y todos acusando a Rita porque se suponía que ella sabía escribir a máquina y mentía muy bien. ¡Y yo no! Cuando aquello dejó de ser divertido me dediqué a algo menos complicado: echaba pomos de tinta en los buzones. Nada de eso me enorgullece ahora y, en definitiva, tampoco es lo peor que he hecho. Te decía que últimamente regreso tarde a mi casa aunque ya no trabaje en el restaurante (además de la fiebre y del cansancio, me pidieron un chequeo médico y no tengo la menor duda de cuál será el resultado del análisis de sangre: ya no hay casualidad). Me voy a caminar por ahí, como por otros mundos. Hace una semana me paré a coger aire en una esquina y vi la luna. Nunca la había

mirado durante más de un segundo. Era un puñal curvo y luminoso cortando las nubes que caían hacia el sur. Seguí caminando y me olvidé de ella, pero de pronto vi un brillo a mi izquierda, junto al contén y allí estaba, reflejándose en un charco. Había llovido por la tarde (¡que era entonces una época muy remota!). Me sorprendió otro centelleo en el ventanal de una casa. Se supone que la luna no puede cambiar de posición tan fácilmente. Yo quería irme a dormir ya, o acostarme al menos, pero no reconocía las calles ni los edificios, como si hubiera perdido el rumbo caminando dormida. Y el reflejo de la luna estaba ahora delante de mí, en medio de la calle. Fue como un jarro de agua fría. Ya no existe el azar, recuerda. El mundo había muerto sin que yo lo supiera y la luna me lo gritaba. Si daba algunos pasos más, tendría que pasar por encima de aquel reflejo, y sentí miedo, porque ya bastante que había pisado y pisoteado la tierra, que es mejor que yo. Torcí a la derecha y, andando por el puente de una acera infinita, salí a una avenida desconocida pero acogedora. Yo no era la misma, sin embargo. Te digo: estaba sintiendo lo que otra persona sin relación alguna conmigo estaba simplemente viviendo. Y la luna había palidecido como si el charco la hubiese desangrado, y colgaba del tendido eléctrico, inmóvil, a un metro de la farola parpadeante. Luis García-Araus, Susana Sánchez y Javier García Yagüe Fragmento de Siempre fiesta Escena 1 [Final] NARRADOR. A las veintitrés cincuenta y siete pasa un ángel. Un ángel de cañones recortados. Pretende acabar con el espíritu navideño. Las veintitrés cincuenta y siete. Las veintitrés cincuenta y siete. ¡Lo que da de sí un minuto! Por escenas como ésta sabemos que presenciamos un auténtico ritual. El tiempo se encanalla. Las veintitrés cincuenta y siete. El espíritu y el ángel libran dura batalla. Ellos beben. Dos puntitos parpadean en la pantalla del vídeo. Parpadean. Parpadean. Ellos beben. La victoria se decanta del lado del espíritu navideño. (Entona. Despacio.) Beben y beben y vuelven a beber los peces en el río por ver a Dios nacer. Es lo normal.

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Y forma parte del rito. Para purgar emociones. Las veintitrés cincuenta y ocho. (JOSÉ entrega los sobres a cada uno de los hermanos.) JOSÉ. ¿No los abrís? (Los abren, ven el fajo de billetes y ¡sorpresa!) EVA. ¡Es más que el año pasado! JOSÉ. No lo esperabais, ¿a que no? MARÍA. Yo esperaba menos. MATEO. ¿No sabías nada? MARÍA. Qué va. JOSÉ. No he querido decir nada. MARÍA. Pero ¿cómo has hecho este milagro? Si no hay trabajo. JOSÉ. Nosotros, de puertas, sabemos mucho. Sabemos hacerlas, y yo sé a cuáles llamar. Que a veces es más importante. Saber a qué puertas llamar. (MARÍA anuncia:) MARÍA. El café. NARRADOR. La medianoche. El café, el licor, el cava. Los turrones, duro y blando. El de yema, los de sabores. Los polvorones, los mazapanes, las peladillas, las frutas escarchadas, las glorias, las supremas; las nueces, las avellanas… EVA. Se me va a atragantar el turroncito. JOSÉ. Imposible. Cuando es bueno de verdad, no se atraganta. (MATEO coge la botella de cava. Le cuesta abrirla. Cuando lo consigue, el cava sale volando, como un sistema de aspersión. Todos protestan.) NARRADOR. La torpeza ha salvado infinidad de situaciones en la historia de la humanidad. Los focos del enfado se desplazan, la culpa se diluye. Es el viejo principio de pellizcarse una mano para que dejen de doler las muelas. Pasan tres minutos de la medianoche. (Con cierta resignación y ánimo de superar el mal trago que han pasado, elevan sus copas y emiten sus brindis. Las copas hacen chin-chin. Desganadas, eso sí.) MARÍA. Por la familia. (Chinchín.) MATEO. Porque no nos goleen. (Chinchín.) EVA. Porque haya algo que celebrar. (Chinchín.) DANIELA. Que haya salud para todos. (Chinchín.) JOSÉ. Porque no nos falte nunca nada. (Chinchín.)

MARÍA. ¡El último, el último! Que el año que viene, por favor, lo celebremos juntos. EVA. El año que viene no sé si podré venir. JOSÉ. Podrás. NARRADOR. Después de todo, la Navidad consiste en esto: enseñar quién eres. Uno más. Un ser humano. No más. Y dejar paso al olvido, dejar paso al perdón, quererse: son la familia. No tienes a nadie más. Lo que importa es lo que importa. Y eso… No sé. ¿Es lo fundamental o no es lo fundamental? La medianoche y un cuarto. MARÍA. Vamos a terminar bien. (A DANIELA.) ¿Tú sabes villancicos? DANIELA. ¿Yo? Sí. (Cantan un alegre villancico. Cuando el NARRADOR empieza a hablar, siguen con la acción, pero en silencio, simulando que cantan.) NARRADOR. Ésta es la foto que permanecerá en el recuerdo. Por esto tiene sentido todo el esfuerzo que se ha hecho. Lo importante no es la canción. Ni la letra. Lo importante es que se produzca esto. Ni siquiera que canten. Lo importante es que canten lo mismo. (Retoman el final del villancico. Risas, besos, abrazos.) NARRADOR. Las cero cero treinta y siete. Hora de despedirse. MARÍA. (A JOSÉ y MATEO.) Despedíos bien, que sois familia. Daos un abrazo. (Se dan un abrazo.) EVA. ¡Menos mal que es una vez al año! NARRADOR. Las cero cero cuarenta y seis. José y María disponen de asistenta. No hace falta recoger. Comienza la ceremonia de los adioses, los besos, los abrigos, las bufandas, los regalos abiertos y los «abrigaos bien». Se acaba. Se acaba el rito. (MARÍA y JOSÉ despiden en la entrada a los demás. Cuando se quedan solos, JOSÉ la besa, se abrazan. MARÍA recuesta la cabeza en el hombro de JOSÉ.) NARRADOR. Cero cero cincuenta y dos. (Él la abraza por los hombros, y ella lo abraza por la cintura. Se van a dormir. Las luces se van apagando. Salen.) NARRADOR. Cero cero cincuenta y tres. (Oscuro en el escenario. Sólo quedan las luces que se apagan y se encienden en el árbol.) NARRADOR. Cero cero cincuenta y cuatro. (Oscuro total.)


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