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Luces de Bohemia Instituto Cervantes de Praga

Encuentros Literarios - Literární setkání


¿Que qué? Incomunicación Praga 27.4.2009 Lecturas a cargo de: Mónica Márquez Ahmed Concha Dimas Tamara Chervets Iva Deylová Alberto Ortiz Cipri López Alex Flores Maria Sheretová Denisa Kantnerová Eva Kadleèková Petra Vavroušová Lucia Majlátová Giovanni Mina Ekaterina Gapchenko Elena Buixaderas Jana Mejdrová Tomáš Bursík Sigfrido Vázquez Cienfuegos Invitada especial: Bára Gregorová Música a cargo de: José Miguel Márquez (música indígena precolombina - indiánská pøedkolumbovská hudba)

Isabel Allende (Perú, 1942, escritora chilena) Fragmento de El retrato en sepia Diego era un fantasma. Trato de recordar ahora algún momento compartido, pero sólo puedo verlo como un mimo sobre un escenario, sin voz y separado de mí por un foso ancho. Tengo en mi mente - y en mi colección de fotografías de aquel invierno – muchas imágenes de él en las actividades del campo y dentro de la casa, siempre ocupado con otros, nunca conmigo, distante y ajeno. Fue imposible intimar con él, había un silencioso abismo entre ambos y mis intentos de intercambiar ideas o averiguar sobre sus sentimientos se estrellaban contra su obstinada vocación de ausente. Sostenía que ya todo estaba dicho entre nosotros, si nos habíamos casado era porque nos queríamos, qué necesidad había de ahondar en lo evidente. Al principio me ofendía su mutismo, pero luego comprendí que así se comportaba con todos menos con sus sobrinos; podía ser alegre y tierno con los niños, tal vez deseaba tener hijos tanto como yo, pero cada mes nos llevábamos un chasco. Tampoco de eso hablábamos, era otro de los

muchos temas relacionados con el cuerpo o el amor que no tocábamos por pudor. [...] Pronto su reticencia, mi vergüenza y el orgullo de ambos erigieron una muralla china entre los dos. Fabio Morábito (Egipto, 1955, poeta mejicano) No quiero, pese a todo, muros gruesos, tan gruesos que no oiga el silencio de los otros, hecho de algunas voces y ruidos que se filtran por los muros, avisos de la vida que transcurre al lado, abajo, arriba, en contra mía; quiero unos muros que me aíslen levemente, contar con el silencio que los otros tienen, saber que es frágil, que sin hacer ruido es como estamos juntos y estamos en contacto.


No quiero nada grueso que me impida oír que hay otros que desean de mí que no haga ruido y que a través de las paredes que nos unen y dividen escuchan mis silencio y lo agradecen. Javier Marías (Madrid, 1951) Fragmento de Mañana en la batalla piensa en mí Mi matrimonio no estuvo del todo mal para los tiempos impacientes que corren, mientras duró; y duró tres años [...] Ella tenía veintidós y yo treinta y tres cuando nos casamos por su insistencia [...] Yo tuve un acceso de debilidad o entusiasmo, y ambas cosas prevalecieron durante el primer año, me cuesta ya recordarlo; luego la joven pasó a hacerme gracia, que es lo principal que se pide a una joven y por ello más que suficiente; luego la toleré sin más, y al poco tiempo nos irritábamos el uno al otro, había que esperar a aplacarse en silencio para darse besos, la reconciliación afectiva y sexual es muy útil cuando puede haberla o incluso se impone a veces: prolonga lo concluido, pero no eternamente. Fui yo quien abandonó la casa común como es preceptivo, me vine a vivir donde aún vivo ahora, de esto hace ya tres años. Por ser tanto más joven que yo, sus irritaciones eran más pasajeras y no se le acumulaban, es decir, cada una se disipaba, para ella la siguiente y enésima no era más grave ni más onerosa que la primera, carecía de rencor y eran sin ánimo de ofender sus continuas ofensas, había que señalárselas y aun explicárselas para que se diera cuenta. Hacerle glosas. A mí sí se me acumulaban y fui impaciente como los tiempos que corren. Quiero decir con esto que ella no entendió y en consecuencia se desesperó y se opuso, por eso acabamos mal algo más tarde, después de haber puesto término a la convivencia. En una tregua de apaciguamiento decidimos o no quisimos ya vernos, al menos durante unos meses, esperar a ser un poco distintos el uno

para el otro, excepto en nuestros nombres. Yo le pasaba dinero por medio de un cheque mensual que llevaba un mensajero (los dos veíamos este rostro y ninguno el del otro), no sólo porque fuera yo quien se había ido y hubiera dispuesto siempre de más ingresos, sino porque los más veteranos tienden a hacerse responsables de los más bisoños aunque estén lejos, temen por ellos en todo caso. [...] Mi teléfono sonaba a veces a cualquier hora y al descolgar nadie respondía, quería sólo saber si estaba en casa o quizá no era tan innoble el propósito: escuchar mi voz aunque fuera un momento, aunque sólo fuera una repetida palabra interrogativa lo que oiría. Yo también marqué una noche mi antiguo número antes de acostarme, mientras me desvestía sentado a los pies de la cama, no dije nada cuando contestó ella, se me ocurrió de repente que tal vez estuviera acompañada. Y una vez Celia me dejó tres mensajes seguidos en el contestador: dijo muchas cosas, febriles y grotescas y sarcásticas y amenazantes, pero antes de que se le acabara el tiempo del último llegó a implorarme, y dijo: 'Por favor... por favor... por favor', yo ya había oído eso antes, años atrás en mi propia cinta. No me atreví a devolverle el mensaje, era mejor que no hubiera nada. Julio Cortázar (Bruselas, 1914-París, 1984) Fragmento de Rayuela López – Yo he vivido un año entero en Madrid. Verá usted, era en 1925, y… Pérez – ¿En Madrid? Pues precisamente le decía yo ayer al doctor García… López – De 1925 a 1926, en que fui profesor de literatura en la Universidad. Pérez – Le decía yo: “ Hombre, todo el que ha vivido en Madrid sabe lo quo es eso.“ López – Una cátedra especialmente creada para mí para que pudiera dictar mis cursos de Literatura. Pérez – Exacto, facto. Pues ayer mismo le decía yo al doctor García, quo es muy amigo mío…


López – Y claro, cuando se ha vivido ahí más de un año, uno sabe muy bien que el nivel de los estudios deja mucho que desear. Pérez – Es un hijo de Paco García, que fue ministro de Comercio, y que criaba toros. López – Una vergüenza, créame usted, una verdadera vergüenza. Pérez – Sí hombre, ni qué hablar. Pues ese doctor García… Felipe García Quintero (1973, Colombia) La muerte, bis No digo aquí el día, allá la noche el sueño o la realidad no digo aquí el río dentro, allá el agua en [la piedra vacía ni en mi mano por mi boca el mundo digo la noche sueña el día en que despierta [la realidad es desvelo, cuando [el origen del río es la piedra [profunda sombra, viento detenido [la piedra así juntos por última vez en la herida del [comienzo que perdimos al tomar [las palabras y entregar más [palabras [sin mundo al mundo de palabras, [una seguida de otra como el [rosario [en la oración de mano en mano la [vida [hasta saltar al abismo de la duda [en la descosida realidad tejida por [una mano [ciega como una colcha de retazos [que nos cubre la desnudez y el [hambre [del corazón y para esto hizo el hombre al lenguaje humano para desatar los paisajes en la mirada del pensamiento para no andar solos. Más el hombre menos en [la suma del mundo que resta la realidad como el hilo roto de la escritura

[hace de la colcha remiendo de su [horror [yo no digo yo solo recojo mis pedazos del lenguaje para el [todo silencio al fin juntar Fernando Arrabal (Melilla, 1932) Fragmento de Fando y Lis Fando: Lis, estoy muy cansado. Voy a descansar un rato. Lis mira distraída. Te digo que estoy muy cansado y que me voy a sentar un rato. Lis mira cabeceante e inexpresiva. ¿Quieres algo? Dime si quieres algo. Lis no responde. Háblame Lis, no te calles, dime algo. Ya sé qué te pasa. Estás enfadada conmigo porque, después de tanto andar, no hemos avanzado nada y estamos en el mismo sitio que siempre. Se diría que Lis no oye nada. Lis, contéstame. Suplicante. ¿Quieres algo? Lis, háblame. Fando sigue hablando en un tono suplicante y lastimero. ¿Quieres que te cambie de posición ?¿Te molesta estar así? Lis no responde, Lis no hace ni el más mínimo caso a Fando. Ya sé: lo que quieres es que te cambie de posición. Fando, con mucho cuidado, la cambia de posición. Ella se deja hacer. Él la trata con mucho mimo. Así estarás mejor. Fando pone sus manos sobre las mejillas de Lis y la mira entusiasmado. Lis, ¡qué guapa eres! Fando la besa. Lis sigue inmóvil. Pero dime algo, Lis, háblame. ¿Te aburres? ¿Quieres que toque el tambor para ti? Fando mira a Lis esperando que ella responda; luego, muy contento, añade: Sí, bien veo que quieres que toque el tambor para ti. Fando, muy contento, va hacia el carrito, desata el tambor y se lo coloca a la altura del estómago. ¿Qué quieres que toque? Lis calla. Silencio. Bueno, tocaré lo de la pluma ¿Te parece bien? Silencio. ¿O prefieres que te toque lo de la pluma? Silencio. Lis no responde. ¡Como quieras! Va a comenzar a tocar el tambor pero se para. Me da vergüenza, Lis. Silencio. Bueno, haré un esfuerzo para ti y te tocaré la canción de la pluma, que tanto te gusta. Va a comenzar otra vez, pero no se decide. Avergonzado. Siento mucho no saber más canción que la de la


pluma. Pausa. Inmediatamente Fando se pone a tocar el tambor de una forma bastante torpe, mientras canta con una voz poco armónica la siguiente canción: La pluma estaba en la cama. Y la cama estaba en la pluma (Bis). Cuando termina, dice a Lis: ¿Te ha gustado, Lis? Lis no dice nada […] Más triste que nunca: Háblame Lis, háblame. Dime algo. ¿Cómo quieres que sigamos nuestro camino si no me hablas? Me canso. Me parece que estoy solo. Háblame, Lis, dime algo. Cuéntame cosas, aunque sean feas y tontas, pero cuéntame cosas. Tú sabes muy bien hablar cuando quieres, Lis, no te olvides de mí. Pausa. Yo te llevaré a Tar. Pausa. De vez en cuando te callas y yo no sé qué te pasa. No sé si tienes hambre, o si quieres flores, o si tienes ganas de orinar. Yo me equivocaré, bien sé que no tienes nada que agradecerme y que incluso puedes estar ofendida conmigo; pero eso no es motivo para que no me hables. […] Tú sabes decir cosas bonitas. Háblame. Lis se calla. Silencio largo. ¿Quieres que haga una exhibición para que te contentes? Voy a hacer acrobacias ¿eh? Lis se calla. Fando ejecuta una serie de ejercicios que son una mezcla de danza de ballet, de bufonada de clown y de movimientos de borracho. Al final, sosteniéndose con una pierna, une la rodilla de la otra con el codo, mientras con la mano del mismo brazo hace muecas, colocando el pulgar en la punta de la nariz, mientras grita entusiasmado. Mira qué difícil, Lis, mira qué difícil. Lis se calla. Fando, en silencio y abatido, termina su ejercicio, va hacia Lis y da una vuelta en torno de ella lleno de tristeza. Silencio. En un tono de queja, aunque sin gritar. ¡Háblame, Lis, háblame! Sigfrido Vázquez Cienfuegos (Sevilla,19taitantos) Ojos verdes Aquellos ojos verdes de mirada serena… Nilo Menéndez - Adolfo Utrera El tibio calor del sol de marzo ayuda a que me adormezca en el trayecto entre Divoká Šárka y Bílá Hora. He cogido el 179, trayecto largo desde el aeropuerto, porque quiero que pase el tiempo, porque me he despedido de esos ojos casi turquesa y no he sabido qué decirle...

A veces ocurre que quedo confuso y torpe, sin poder explicarme y toda mi verborrea estúpida es inútil para expresar lo que siento, no soy capaz y luego me arrepiento profundamente. Apoyado en la ventanilla miro los bloques uniformes, observo a la gente en las paradas, veo como suben al autobús los niños de ojos verde-agua que viene de clase y rompen la tranquilidad alterados por el inicio de su primavera. Sin avisar, me llega el recuerdo de cuando tenía esos años y mi mejor amigo era Ramón, un tipo de ojos pardo-verdosos, ágil y rápido con las mujeres y que fue maestro para mis futuros lances amorosos. Asalta mi memoria el día que murió su madre, Esperanza, que poseía una profunda mirada color verde-mar, siempre condescendiente con nuestras correrías salvajes. El día que me dieron la noticia no encontré palabras para Ramón y no volví a verle, no como amigo y todavía le echo de menos. Me arrepiento ahora, pasados tantos años, como no lo hice entonces. Vuelvo a la realidad como consuelo. Los adolescentes se marchan con su algarabía sobrehormonada y, sin casi darme cuenta, me quedo observando unos ojos color aceituna: los de una viejecita. Por un instante tengo la sobrecogedora impresión de que esos son los de mi abuela. Al cruzar las miradas, la señora me sonríe como hacía ella. Tampoco supe muy bien qué decirle en sus últimos años. Nunca me mostró que le importase, aunque yo sabía que me necesitaba. A pesar de todo, siempre me ofreció una sonrisa como esa en la que parece volver a estar viva. También me arrepiento ahora, mucho más de lo que lo hice entonces, de no haber tenido palabras que alegrasen más aquellos ojos verdes… María Sanz (Sevilla, 1956) Una palabra De nada sirve abrir una palabra y vaciar en ella lo más duro, lo más incomprensible, si no tienes fuerzas para encerrarla cuando llega la hora sin minutos del silencio, cuando todo es espejo de tu solo


suspiro helado, voz que nadie toma entre sus labios para convertirla de nuevo en tu palabra y en la suya. Miguel de Cervantes Saavedra (Madrid, 1547-1616) Fragmento de El vizcaíno fingido QUIÑONES: Vizcaíno, manos bésame vuesa merced, que mándeme. SOLÓRZANO: Dice el señor vizcaíno que besa las manos de vuesa merced y que le mande. BRÍGIDA: ¡Ay, qué linda lengua! Yo no la entiendo a lo menos, pero paréceme muy linda. CRISTINA: Yo beso las del mi señor vizcaíno, y más adelante. VIZCAÍNO: Pareces buena, hermosa; también noche esta cenamos; cadena que das, duermas nunca, basta que doyla. SOLÓRZANO: Dice mi compañero que vuesa merced le parece buena y hermosa; que se apareje la cena; que él da la cadena, aunque no duerma acá, que basta que una vez la haya dado. BRÍGIDA: ¿Hay tal Alejandro en el mundo? ¡Venturón, venturón, y cien mil veces venturón! SOLÓRZANO: Si hay algún poco de conserva, y algún traguito del devoto para el señor vizcaíno, yo sé que nos valdrá por uno ciento. CRISTINA: ¡Y cómo si lo hay! Y yo entraré por ello, y se lo daré mejor que al Preste Juan de las Indias. Éntrase CRISTINA. VIZCAÍNO: Dama que quedaste, tan buena como entraste. BRÍGIDA: ¿Qué ha dicho, señor Solórzano? SOLÓRZANO: Que la dama que se queda, que es vuesa merced, es tan buena como la que se ha entrado. BRÍGIDA: ¡Y cómo que está en lo cierto el señor vizcaíno! A fe que en este parecer que no es nada burro. VIZCAÍNO: Burro el diablo; vizcaíno ingenio queréis cuando tenerlo.

BRÍGIDA: Ya le entiendo: que dice que el diablo es el burro, y que los vizcaínos, cuando quieren tener ingenio, le tienen. SOLÓRZANO: Así es, sin faltar un punto. Vuelve a salir CRISTINA con un criado o criada, que traen una caja de conserva, una garrafa con vino, su cuchillo y servilleta. CRISTINA: Bien puede comer el señor vizcaíno, y sin asco; que todo cuanto hay en esta casa es la quintaesencia de la limpieza. QUIÑONES: Dulce conmigo, vino y agua llamas bueno; santo le muestras, ésta le bebo y otra también. BRÍGIDA: ¡Ay, Dios, y con qué donaire lo dice el buen señor, aunque no le entiendo! SOLÓRZANO: Dice que, con lo dulce, también bebe vino como agua; y que este vino es de San Martín, y que beberá otra vez. CRISTINA: Y aun otras ciento: su boca puede ser medida. SOLÓRZANO: No le den más, que le hace mal, y ya se le va echando de ver; que le he yo dicho al señor Azcaray que no beba vino en ningún modo, y no aprovecha. QUIÑONES: Vamos, que vino que subes y bajas, lengua es grillos y corma es pies; tarde vuelvo, señora, Dios que te guárdate. SOLÓRZANO: ¡Miren lo que dice, y verán si tengo yo razón! CRISTINA: ¿Qué es lo que ha dicho, señor Solórzano? SOLÓRZANO: Que el vino es grillo de su lengua y corma de sus pies; que vendrá esta tarde, y que vuesas mercedes se queden con Dios. BRÍGIDA: ¡Ay, pecadora de mí, y cómo que se le turban los ojos y se trastraba la lengua! ¡Jesús, que ya va dando traspiés! ¡Pues monta que ha bebido mucho! La mayor lástima es ésta que he visto en mi vida; ¡miren qué mocedad y qué borrachera! SOLÓRZANO: Ya venía él refrendado de casa. Vuesa merced, señora Cristina, haga aderezar la cena, que yo le quiero llevar a dormir el vino, y seremos temprano esta tarde.


Ernesto Sábato (Argentina, 1911) Fragmento de El túnel [...] era como si los dos hubiéramos estado viviendo en pasadizos o túneles paralelos, sin saber que íbamos el uno al lado del otro, como almas semejantes en tiempos semejantes, para encontrarnos al fin de esos pasadizos, delante de una escena pintada por mí, como clave destinada a ella sola, como un secreto anuncio de que ya estaba yo allí y que los pasadizos se habían por fin unido y que la hora del encuentro había llegado. ¡La hora del encuentro había llegado! Pero ¿realmente los pasadizos se habían unido y nuestras almas se habían comunicado? ¡Qué estúpida ilusión mía había sido todo esto! No, los pasadizos seguían paralelos como antes, aunque ahora el muro que los separaba fuera como un muro de vidrio y yo pudiese verla a María como una figura silenciosa e intocable... No, ni siquiera ese muro era siempre así: a veces volvía a ser de piedra negra y entonces yo no sabía qué pasaba del otro lado, qué era de ella en esos intervalos anónimos, qué extraños sucesos acontecían;[...] y que en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida. Y en uno de esos trozos transparentes del muro de piedra yo había visto a esta muchacha y había creído ingenuamente que venía por otro túnel paralelo al mío, cuando en realidad pertenecía al ancho mundo, al mundo sin límites de los que no viven en túneles; y quizá se había acercado por curiosidad a una de mis extrañas ventanas y había entrevisto el espectáculo de mi insalvable soledad, o le había intrigado el lenguaje mudo, la clave de mi cuadro. Y entonces, mientras yo avanzaba siempre por mi pasadizo, ella vivía afuera su vida normal, la vida agitada que llevan esas gentes que viven afuera, esa vida curiosa y absurda en que hay bailes y fiestas y alegría y frivolidad. Y a veces sucedía que cuando yo pasaba frente a una de mis ventanas ella estaba esperándome muda y ansiosa (¿por qué esperándome? ¿y por qué muda y ansiosa?); pero a veces sucedía que ella no llegaba a

tiempo o se olvidaba de este pobre ser encajonado, y entonces yo, con la cara apretada contra el muro de vidrio, la veía a lo lejos sonreír o bailar despreocupadamente o, lo que era peor, no la veía en absoluto y la imaginaba en lugares inaccesibles o torpes. Y entonces sentía que mi destino era infinitamente más solitario que lo que había imaginado. Anónimo (alias Ningo) A la carta - Hola. - Hola ¿Qué va a tomar? - No estoy decidido. - ¿Quiere comer algo? - No sé. - Le traigo la carta. - ¿Documento? - ¿Cómo? - ¿Una carta documento? - No, la carta de comidas y bebidas. - ¿Las comidas y bebidas vienen en carta? - Figuran en una carta. - ¿Y qué dice la carta? - Las comidas y bebidas que puede pedir. - ¿Y de cuándo es la carta? - De hoy. - Y si es de hoy, ¿para qué mandan una carta? - No la mandamos, la tenemos. - Y si la tienen ¿para qué la van a mandar? - ¿Qué vamos a mandar? - La carta. - No señor, las comidas y bebidas con sus precios se anotan en una carta. - ¿Para qué las anotan si las tienen? - Para que el cliente sepa. - ¿Sepa qué? - El precio de las comidas y bebidas. -¿De dónde? - De aquí, señor. - ¿Y ustedes no saben los precios? - Sí los sabemos, señor. -¿Y si los saben, para qué los anotan? - Para que los sepa el cliente. - ¿Y si el cliente pregunta? - Se los decimos. - Y si me dicen ¿para qué anotan?


- Para facilitar nuestro trabajo. - ¿Y de qué trabajan? - Vendemos comidas y bebidas. -¿A qué precio? - Al que indica la carta. - ¿Y cuándo la mandan? - ¿Qué cosa? - La carta. - No la mandamos, la tenemos. - O sea que ya llegó. ¿Y qué dice? - Que te vayas al carajo. Eso dice, que te vayas al recontracarajo. Vicente Huidobro (Chile, 1893-1948) Teléfono HILOS TELEFÓNICOS CAMINO DE LAS PALABRAS Y de noche Violín de la luna UNA VOZ Una montaña ha surgido ante mí Lo que espera detrás busca su camino DOS LUGARES DOS OREJAS Una larga ruta por recorrer Palabras a lo largo de tu cabello Una ha caído al agua ALO ALO Eduardo Galeano (Uruguay, 1940) Fragmento de El libro de los abrazos Teología Fe de erratas: donde el antiguo testamento dice lo que dice, debe decir lo que quizá me ha confesado su principal protagonista: Lástima que Adán fuera tan bruto. Lástima que Eva fuera tan sorda. Y lástima que yo no supe hacerme entender. Adán y Eva eran los primeros seres humanos que de mi mano nacían, y reconozco que tenían ciertos defectos de estructura, armado y terminación. Ellos no estaban preparados

para escuchar, ni para pensar. Y yo, bueno, quizá yo no estaba preparado para hablar. Antes de Adán y Eva, nunca había hablado con nadie. Yo había pronunciado bellas frases, como “Hágase la luz”, pero siempre en soledad. Así que aquella tarde, cuando me encontré con Adán y Eva a la hora de la brisa, no fui muy elocuente. Me faltaba práctica. Lo primero que sentí fue asombro. Ellos acababan de robar la fruta del árbol prohibido, en el centro del paraíso. Adán había puesto cara de general que viene de entregar la espada y Eva miraba al suelo, como contando hormigas. Pero los dos estaban increíblemente jóvenes y bellos y radiantes. Me sorprendieron. Yo los había hecho: pero no sabía que el barro podía ser luminoso. Después, lo reconozco, sentí envidia. Como nadie puede darme órdenes, ignoro la dignidad de la desobediencia. Tampoco puedo conocer la osadía del amor, que exige dos. En homenaje al principio de autoridad, me aguanté las ganas de felicitarlos por haberse hecho súbitamente sabios en pasiones humanas. Entonces, vinieron los equívocos. Ellos entendieron caída donde yo hablé de vuelo. Creyeron que un pecado merece castigo si es original. Dije que peca quien desama: entendieron que peca quien ama. Donde anuncié pradera de fiesta, ellos entendieron valle de lágrimas. Dije que el dolor era la sal que daba gustito a la aventura humana: entendieron que los estaba condenando al otorgarle la gloria de ser mortales y loquitos. Entendieron todo al revés. Y se lo creyeron. Laura Ruiz (Cuba, 1966) El deseo mayor Yo necesito a un desconocido alguien que hable un idioma extraño que yo no logre entender. Necesito encerrarme en una habitación vacía con un desconocido, cerca del mar y la tarde y que yo no entienda y que él no entienda.


Alfonso Vallejo (Santander, 1943) Fragmento de Fly-by RECAREDO.- (Hojeando el periódico.) ¿Se ha fijado, Baltasar?... Llevamos más de veinte años en este ministerio, los dos solos en este despacho, frente a frente... y todavía no hemos cruzado una palabra. (Bebe y fuma, lee alguna noticia, bosteza.) La vida pasa... los años suceden a los años... caen las dictaduras, ruedan las cabezas de los dictadores por el suelo, se va acabando la energía, y usted y yo seguimos aquí... así, día tras día, en el más completo de los silencios... como si nada. (Nuevo bostezo. Saca del cajón una mano de madera para rascarse la espalda. Vierte un spray, saca un bolígrafo con el que se rasca el interior del oído.) Y esto que le estoy diciendo, se lo digo todos los días, así que si no ha nacido una amistad entre nosotros, no se debe a mi falta de insistencia... A veces levanta usted los ojos, me mira... y me digo: ¡ahora va a ser! ¡Tiene ganas de decirme algo! ¡Ha entreabierto la boca...! ... ¡Creo advertir en sus ojos un deseo de comunicarse conmigo..., algo en su pestañeo, en su gesticulación, que me hace concebir esperanzas de que algún día lleguemos a entendernos! (Silencio.) Como es lógico alguna vez me he preguntado si sería usted mudo... Debe comprender que es natural. No lo tome a mal... Pero, no. Creo que debe tratarse de una extremada timidez o de un prudente comedimiento verbal, porque si fuera usted mudo, me diría usted siquiera... (Remedando a un mudo intentando expresarse.) ¡Uju, uju! ¡Aju, aju!... Pero ni eso... ¡Nada! No despega usted los labios ni para beber agua... (Queda parado como quien acaba de descubrir una

gran idea.) ¿Los tiene cosidos?... ¿Es eso?... ¡Oh! ¡Dígame ahora mismo quién ha sido capaz de hacer una cosa así, Baltasar, que le parto en dos! (BALTASAR levanta la cabeza de las cuartillas y mira a RECAREDO. Es un tipo esquelético, huesudo, pequeño, con el pelo casi cortado al cero, lleno de costurones. Destaca lo penetrante de su mirada acerada, como de iluminado, lo nervudo de sus brazos y el color moreno de su piel. Silencio.) ¡Me ha mirado! ¡No lo puede negar! ¡Quiere usted decirme algo! ¡Vamos, adelante! ¡No lo piense más, abra la boca, mueva la lengua! (RECAREDO abre la boca, mueve la lengua, como iniciando una palabra trabajosa en un niño subnormal, con algunos sonidos guturales. BALTASAR baja la cabeza y sigue trabajando. RECAREDO de pronto, como si hubiera comprendido algo, se tapa la boca.) ¡Le falta la lengua! ¡Lo acabo de descubrir! ¡No tiene lengua!... ¡Usted ha sido torturado salvajemente! ¡Ahora estoy seguro! Usted... (De pronto deja su aspecto aterrorizado, da un puñetazo en la mesa, lívido.) ¡Pero, coño!, ¿me quiere usted decir algo de una puñetera vez? ¡Aunque sólo sea una palabra, hombre! ¡Un monosílabo siquiera! No tenga miedo, no voy a interpretarlo mal, se lo juro... ¡Pero debe usted comprender que yo soy un ser humano y que como tal necesito comunicarme! ¡Tengo inquietudes, preguntas, angustias que quiero exponer, dilemas que deseo discutir!... ¡Llevo veinte años enfrente de un tipo que no para de trabajar, encerrado en un mutismo de momia, de estatua! ¡Ni eso, de poste!... ¿Pero me quiere decir de una vez qué demonios hace usted ahí? ¿Qué calcula? ¡Este ministerio es el de Trabajo, pero aquí no se trabaja! ¡Ni el ministro! [...]

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Sólo que ponga su mano en mi cabeza, en silencio y yo cierre los ojos feliz de no saber.


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Luces de Bohemia 27/04/2009: "Incomunicación"  

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