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Encuentros Literarios - Literární setkání


Historias para no dormir Praga 3.11.2008 Lecturas a cargo de: Barbora Molnárová Blanca Fernández García Carmen Gloria Fernández Verdejo Lucia Majlátová Monserrat Barrera Denisa Kantnerová Mónica Márquez Sigfrido Vázquez Cienfuegos Ramón Machón Cipri López Alejandro Flores Fernández David Andrés Nad a Moucková Eva Kadleèková Invitado especial: Vicki Shock Música a cargo de: Markéta Svítinová Rubén Darío (Nicaragua, 1867 - 1916) La larva Yo nací en un país en donde, como en casi toda América, se practicaba la hechicería y los brujos se comunicaban con lo invisible. Lo misterioso autóctono no desapareció con la llegada de los conquistadores. Antes bien, en la colonia aumentó, con el catolicismo, el uso de evocar las fuerzas extrañas, el demonismo, el mal de ojo. En la ciudad en que pasé mis primeros años se hablaba, lo recuerdo bien, como de cosa usual, de apariciones diabólicas, de fantasmas y de duendes. En una familia pobre, que habitaba en la vecindad de mi casa, ocurrió, por ejemplo, que el espectro de un coronel peninsular se apareció a un joven y le reveló un tesoro enterrado en el patio. El joven murió de la visita extraordinaria, pero la familia quedó rica, como lo son hoy mismo los descendientes. Aparecióse un obispo a otro obispo, para indicarle un lugar en que se encontraba un documento perdido en los archivos de la catedral. El diablo se llevó a una mujer por una ventana, en cierta casa que tengo bien presente. Mi abuela me aseguró la existencia nocturna y pavorosa de un fraile sin cabeza y de una mano peluda y enorme que se aparecía sola, como una infernal araña. Todo

eso lo aprendí de oídas, de niño. Pero lo que yo vi, lo que yo palpé, fue a los quince años; lo que yo vi y palpé del mundo de las sombras y de los arcanos tenebrosos. […] He dicho que tenía quince años, era en el trópico, en mí despertaban imperiosas todas las ansias de la adolescencia... Y en la prisión de mi casa, donde no salía sino para ir al colegio, y con aquella vigilancia, y con aquellas costumbres primitivas... Ignoraba, pues, todos los misterios. Así, ¡cuál no sería mi gozo cuando, al pasar por la plaza de la Catedral, tras la serenata, vi, sentada en una acera, arropada en su rebozo, como entregada al sueño, a una mujer! Me detuve. ¿Joven? ¿Vieja? ¿Mendiga? ¿Loca? ¡Qué me importaba! Yo iba en busca de la soñada revelación, de la aventurera anhelada. Los de la serenata se alejaban. La claridad de los faroles de la plaza llegaba escasamente. Me acerqué. Hablé; no diré que con palabras dulces, mas con palabras ardientes y urgidas. Como no obtuviese respuesta, me incliné y toqué la espalda de aquella mujer que ni quería contestarme y hacía lo posible por que no viese su rostro. Fui insinuante y altivo. Y cuando ya creía lograda


la victoria, aquella figura se volvió hacia mí, descubrió su cara, y ¡oh espanto de los espantos! aquella cara estaba viscosa y deshecha; un ojo colgaba sobre la mejilla huesona y saniosa; llegó a mí como un relente de putrefacción. De la boca horrible salió como una risa ronca; y luego aquella «cosa», haciendo la más macabra de las muecas, produjo un ruido que se podría indicar así: -¡Kgggggg!... Con el cabello erizado, di un gran salto, lancé un gran grito. Llamé. Cuando llegaron algunos de la serenata, la «cosa» había desaparecido. Os doy mi palabra de honor, concluyó Isaac Codomano, que lo que os he contado es completamente cierto. Delmira Agustini (Montevideo, Uruguay 1886 - 1914) El Vampiro. En el regazo de la tarde triste Yo invoqué tu dolor...Sentirlo era ¡Sentirte el corazón! Palideciste Hasta la voz, tus párpados de cera Bajaron... y callaste... Pareciste Oír pasar la Muerte... Yo que abriera Tu herida mordí en ella —¿me sentiste?— ¡Como en el oro de un panal mordiera! Y exprimí más, traidora, dulcemente Tu corazón herido mortalmente, Por la cruel daga y exquisita De un mal sin nombre, ¡hasta sangrarlo [en llanto! Y las mil bocas de mi sed maldita Tendí a esa fente abierta en tu quebranto.

¿Por qué fui tu vapiro de amargura? ¿Soy flor o estirpe de una especie oscura Que come llagas y que bebe el llanto?

García Márquez Gabriel (Aracataca, Colombia 1928) Espantos de Agosto Llegamos a Arezzo un poco antes del medio día, y perdimos más de dos horas buscando el castillo renacentista que el escritor venezolano Miguel Otero Silva había comprado en aquel recodo idílico de la campiña Toscana. Era un domingo de principios de agosto, ardiente y bullicioso, y no era fácil encontrar a alguien que supiera algo en las calles abarrotadas de turistas. Al cabo de muchas tentativas inútiles volvimos al automóvil, abandonamos la ciudad por un sendero de cipreses sin indicaciones viales, y una vieja pastora de gansos nos indicó con precisión dónde estaba el castillo. Antes de despedirse nos preguntó si pensábamos dormir allí, y le contestamos, como lo teníamos previsto, que sólo íbamos a almorzar. – Menos mal – dijo ella – porque en esa casa espantan. Mi esposa y yo, que no creemos en aparecidos del medio día, nos burlamos de su credulidad. Pero nuestros dos hijos, de nueve y siete años, se pusieron dichosos con la idea de conocer un fantasma de cuerpo presente. Miguel Otero Silva, que además de buen escritor era un anfitrión espléndido y un comedor refinado, nos esperaba con un almuerzo de nunca olvidar. Como se nos había hecho tarde no tuvimos tiempo de conocer el interior del castillo antes de sentarnos a la mesa, pero su aspecto desde fuera no tenía nada de pavoroso, y cualquier inquietud se disipaba con la visión completa de la ciudad desde la terraza florida donde estábamos almorzando. Era difícil creer que en aquella colina de casas encaramadas, donde apenas cabían noventa mil personas, hubieran nacido tantos hombres de genio perdurable. Sin embargo, Miguel Otero Silva nos dijo con su humor caribe que ninguno de tantos era el más insigne de Arezzo. – El más grande – sentenció – fue Ludovico. Así, sin apellidos: Ludovico, el gran señor de


las artes y de la guerra, que había construido aquel castillo de su desgracia, y de quien Miguel nos habló durante todo el almuerzo. Nos habló de su poder inmenso, de su amor contrariado y de su muerte espantosa. Nos contó cómo fue que en un instante de locura del corazón había apuñalado a su dama en el lecho donde acababan de amarse, y luego azuzó contra sí mismo a sus feroces perros de guerra que lo despedazaron a dentelladas. Nos aseguró, muy en serio, que a partir de la media noche el espectro de Ludovico deambulaba por la casa en tinieblas tratando de conseguir el sosiego en su purgatorio de amor. El castillo, en realidad, era inmenso y sombrío. Pero a pleno día, con el estómago lleno y el corazón contento, el relato de Miguel no podía parecer sino una broma como tantas otras suyas para entretener a sus invitados. Los ochenta y dos cuartos que recorrimos sin asombro después de la siesta, habían padecido toda clase de mudanzas de sus dueños sucesivos. Miguel había restaurado por completo la planta baja y se había hecho construir un dormitorio moderno con suelos de mármol e instalaciones para sauna y cultura física, y la terraza de flores intensas donde habíamos almorzado. La segunda planta, que había sido la más usada en el curso de los siglos, era una sucesión de cuartos sin ningún carácter, con muebles de diferentes épocas abandonados a su suerte. Pero en la última se conservaba una habitación intacta por donde el tiempo se había olvidado de pasar. Era el dormitorio de Ludovico. Fue un instante mágico. Allí estaba la cama de cortinas bordadas con hilos de oro, y el sobrecama de prodigios de pasamanería todavía acartonado por la sangre seca de la amante sacrificada. Estaba la chimenea con las cenizas heladas y el último leño convertido en piedra, el armario con sus armas bien cebadas, y el retrato al óleo del caballero pensativo en un marco de oro, pintado por alguno de los maestros florentinos que no tuvieron la fortuna de sobrevivir a su tiempo.

Sin embargo, lo que más me impresionó fue el olor de fresas recientes que permanecía estancado sin explicación posible en el ámbito del dormitorio. Los días del verano son largos y parsimoniosos en la Toscana, y el horizonte se mantiene en su sitio hasta las nueve de la noche. Cuando terminamos de conocer el castillo eran más de las cinco, pero Miguel insistió en llevarnos a ver los frescos de Piero della Francesca en la Iglesia de San Francisco, luego nos tomamos un café bien conversado bajo las pérgolas de la plaza, y cuando regresamos para recoger las maletas encontramos la cena servida. De modo que nos quedamos a cenar. Mientras lo hacíamos, bajo un cielo malva con una sola estrella, los niños prendieron unas antorchas en la cocina, y se fueron a explorar las tinieblas en los pisos altos. Desde la mesa oíamos sus galopes de caballos cereros por las escaleras, los lamentos de las puertas, los gritos felices llamando a Ludovico en los cuartos tenebrosos. Fue a ellos a quienes se les ocurrió la mala idea de quedarnos a dormir. Miguel Otero Silva los apoyó encantado, y nosotros no tuvimos el valor civil de decirles que no. Al contrario de lo que yo temía, dormimos muy bien, mi esposa y yo en un dormitorio de la planta baja y mis hijos en el cuarto contiguo. Ambos habían sido modernizados y no tenían nada de tenebrosos. Mientras trataba de conseguir el sueño conté los doce toques insomnes del reloj de péndulo de la sala, y me acordé de la advertencia pavorosa de la pastora de gansos. Pero estábamos tan cansados que nos dormimos muy pronto, en un sueño denso y continuo, y desperté después de las siete con un sol espléndido entre las enredaderas de la ventana. A mi lado, mi esposa navegaba en el mas apacible de los inocentes. «Qué tontería – me dije –, que alguien siga creyendo en fantasmas por estos tiempos». Sólo entonces me estremeció el olor de fresas recién cortadas, y vi la chimenea con las cenizas frías y el último leño convertido en


piedra, y el retrato del caballero triste que nos miraba desde tres siglos antes en el marco de oro. Pues no estábamos en la alcoba de la planta baja donde nos habíamos acostado la noche anterior, sino en el dormitorio de Ludovico, bajo la cornisa y las cortinas polvorientas y las sábanas empapadas de sangre todavía caliente de su cama maldita. José Sanchis Sinisterra (Valencia, 1940) Al lado Han tenido ustedes muy mala suerte, porque lo realmente interesante va a ocurrir aquí al lado. Es lo malo de escenario a la italiana: es una caja mágica que abre en el espacio una nueva dimensión, sí. Puede ser un «pedazo» de la vida -una «tajada», como decía aquél— o un reino imaginario, de acuerdo. Pero puede suceder que el espacio abierto al desaparecer la «cuarta pared»... sea un espacio idiota. O sea, un espacio en el que no ocurre absolutamente nada que valga la pena ser visto. Como este, por ejemplo. No sé de quién ha sido el fallo, pero les aseguro que aquí no van a ver nada interesante. Lo interesante va a ocurrir aquí al lado. Se lo digo para que no se hagan ilusiones. A mí, al fin y al cabo, ni me va ni me viene. Estoy aquí de paso y no tengo ninguna obligación de entretenerlo» a ustedes, pero me he enterado de la cosa y se la digo. Y es una pena, porque parece que ahí se prepara algo sonado. En efecto: ahí llega ella, hecha una furia, con un enorme ramo de flores y una tarjeta. La que se va a armar... Qué barbaridad, parece como si... ¿O no? Sí, sí... Pobre mujer. Pero, ¿qué está haciendo? Ah, ahora el teléfono... ¿Lo han oído ustedes?

¿Por qué se pone así? ¿Y qué dice? Habla en un susurro, no se le entiende nada... Qué lástima. ¿Alejandro? ¿Y quién es Alejandro? Que nerviosa está. Mira a todos lados como si... Ha colgado bruscamente... ¿Por qué? ¿Alguien llega, tal vez? ¿Ha escuchado pasos? Este lugar, además de idiota, es sordo: no se oye nada. Y Las flores... Ah, claro: esconderlas. Y ahora...Mira qué bien-.. ¿Se desnuda? Se está desnudando, sí... Es una obra muy atrevida, Dios mío, qué mujer... Qué cuerpo... Me da no sé qué, estar aquí, mirando... Lástima que ustedes no puedan... Pero, ¿qué tiene en el vientre? Parece... si: una flor... Una flor pintada en el vientre. Una flor de loto, creo. Qué extraño, ¿no les parece? Una flor de loto pintada justamente en el vientre. Y esas carreras de aquí para allá... ¿Estará buscando algo? Pero, ¿por qué no se viste? ¿Por qué no se echa algo encima? Va a coger frío... ¿Qué busca en esos cajones? Y qué manera de tirarlo todo por el suelo... Tan ordenada que estaba la sala... ¿No les he dicho cómo es la sala? Algo digno de verse, se lo aseguro: realmente suntuosa. No han escatimado recursos ahí al lado. En cambio aquí... Qué poca cosa, ¿no?, qué desaliño... Bien está la sobriedad, de acuerdo, pero esto... esto raya en la penuria. Se lo digo en serio: yo, de ustedes, protestaría. Traerlos aquí para ver esto... No digo que igualaran la fastuosidad de esa sala, con sus columnas, sus vidrieras, sus cortinajes, sus lámparas, sus muebles nacarados, sus tapices... pero, no sé, al menos... ¡Dios mío! ¡Un hombre! ¡Ha entrado un hombre! Menos mal que ella está ya cubierta con una elegante bata de seda negra. Ha debido de ponérsela mientras yo... Pero qué aspecto tan inquietante, el de ese hombre.


¿Qué dice?... Nada. Es ella la que habla sin parar, y sonríe, parece insinuársele... Pero está fingiendo, sin duda. ¿Ven cómo su mano se crispa, nerviosa, sobre el respaldo de...? No... ¿Qué van a ver ustedes, ahí sentados, delante de esta caja... de esta estúpida caja de zapatos? ¡Qué gran escena se están perdiendo! Ella está magnífica en su disimulo, y él... él es un puro enigma. Esa mirada fría, ese gesto sardónico, el porte altivo, la mano en el bolsillo... y ese silencio indescifrable... Algo así... para que ustedes se hagan una idea... Pero, claro: sin comparación con él. Seguro que es el tal Alejandro. ¿Qué hace esa mujer? ¿Se ha vuelto loca? No puedo creerlo. ¿De dónde ha sacado ese revólver? Ahora es él quien sonríe, pero... ¡qué sonrisa, señores! Le dice algo, creo... casi sin mover los labios. Ese hombre es de hielo: ella le está encañonando, excitadísima, y él parece una estatua. Avanza hacia ella, la mujer retrocede con el arma apuntando a su pecho; ambos describen una amplia vuelta... ¡Qué bien montada está la escena! La luz los va contorneando en sus desplazamientos... Lástima no poder escuchar el diálogo: debe de ser espléndido. Claro, que ustedes... No, no me burlo... Pero no me explico qué se supone que han venido a ver aquí. Es ahí al lado donde... (Suena un disparo. Se lleva las manos al pecho, tambaleándose. Mira con gesto de asombro al lado, luego al público y, por fin, el desnudo escenario. Vuelve a mirar al público y murmura, con expresión atónita:) ¿Era... esto? (Se desploma y queda inmóvil en el suelo.)

Horacio Quiroga (Salto, Uruguay, 1878 Buenos Aires, Argentina, 1937) Fragmento de La gallina degollada Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más. Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo. — ¡Soltadme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída. — ¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintiose arrancada y cayó. —Mamá, ¡ay! Ma. . . —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo. Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija. —Me parece que te llama—le dijo a Berta. Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio. — ¡Bertita! Nadie respondió. — ¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.


Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento. — ¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror. Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola: — ¡No entres! ¡No entres! Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro. Canción de terror: Sara Poseída Sara era una chica aburrida, sosa, triste y normal, pero una noche fue poseída por el mismísimo Satán. Y desde aquel preciso instante su vida se hizo alucinante. Levitaba con soltura por encima de su cama mientras desgarraba las costuras del pijama. Hablaba en lenguas muertas, en latín y [en arameo, a sus compañeras y amigas del recreo. Si en alguna ocasión encontraba un crucifijo de inmediato entre sus piernas le daba [cobijo, y a su madre le decía con voz de lija: “mira lo que hace la perra de tu hija.” En la misa profería groseras herejías que ponían en duda la virginidad de María. Un cura intentó practicarle un exorcismo y Sara vomitó sobre su catecismo. Quemó las barbies y compró una tabla ouija, que ella ya no era ninguna niña pija.

En clase de filosofía se desnudó: “dios está muerto, ¿y usted, profesor?” Y a los chicos de su clase, Sara les decía: “¡quietos todos, la cerda es mía!” Las yagas purulentas y los verdes esputos se pusieron de moda en el instituto, y ahora todas las chicas de secundaria quieren que el Diablo las tome de becarias. “Mamá, de mayor no seré bailarina; yo, como Sara, quiero ser poseída.” Fernando de Rojas (Talavera de la Reina, Toledo, 1541) Fragmento de La Celestina Celestina: Conjúrote, triste Plutón, señor de la profundidad infernal, emperador de la corte dañada, capitán sobervio de los condenados ángeles, señor de los súlfuros fuegos que los hervientes étnicos montes manan, governador y veedor de los tormentos y atormentadores de las pecadoras ánimas, regidor de las tres furias, […] administrador de todas las cosas negras […] con todas sus lagunas y sombras infernales y litigioso caos, mantenedor de las bolantes harpías, con toda la otra compañía de espantables y pavorosas ydras. Yo, Celestina, tu más conoscida cliéntula, te conjuro por la virtud y fuerça destas bermejas letras, por la sangre de aquella nocturna ave con que están scritas, por la gravedad de aquestos nombres y signos que en este papel se contienen, por la áspera ponçoña de las bívoras de que este azeyte fue hecho, con el cual unto este hilado; vengas sin tardança a obedeçer mi voluntad y en ello te embolvas, y con ello estés sin un momento te partir, hasta que Melibea con aparejada opotunidad que haya lo compre, y con ello de tal manera quede enredada que quanto más lo mirare, tanto más su coraçón se ablande a conceder mi petición. […] Si no lo hazes con presto movimiento, ternásme por capital enemiga; heriré con luz tus cárceres tristes y escuras; acusaré cruelmente tus continuas mentiras; apremiaré con mis


ásperas palabras tu horrible nombre, y otra y otra vez te conjuro y, assí confiando en mi mucho poder, me parto para allá con mi hilado, donde creo te llevo ya embuelto. Julio Cortázar (Bruselas, 1914 - París,1984) Continuidad de los parques Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas

como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.


Vicente Huidobro (Chile, 1893-1948) Poemas póstumos 19 La muerte que alguien espera La muerte que alguien aleja La muerte que va por el camino La muerte que viene taciturna La muerte que enciende las bujías La muerte que se sienta en la montaña La muerte que abre la ventana La muerte que apaga los faroles La muerte que aprieta la garganta La muerte que cierra los riñones La muerte que rompe la cabeza La muerte que muerde las entrañas La muerte que no sabe si debe cantar La muerte que alguien entreabre La muerte alguien hace sonreír La muerte que alguien hace llorar La muerte que no puede vivir sin nosotros La muerte que viene al galope del caballo La muerte que llueve en grandes estampidos Ramón María del Valle-Inclán (Villanueva de Arosa, 1866 - Santiago de Compostela, 1936) Fragmento de Ligazón […]Lenta se oscurecía la luna con errantes lutos. La sombra ahuyentada de un perro blanco, cruzó el campillo. Quedaba, todo de la noche, el cantar, abolida la figura de LA MOZUELA, en la nocturna tiniebla. Los pasos del mozo afilador eran sobre el lindero del campillo abismado de ecos. CANTA LA MOZUELA ¡Sobre un pie la vuelta de los mundos doy! ¡Cuando paso, quedo, cuando quedo, voy! EL AFILADOR ¡Me acoges con buen ensalmo! LA MOZUELA ¿Ya hiciste la rueda del mundo? EL AFILADOR De cabo a cabo. LA MOZUELA ¿Por el aire sería? EL AFILADOR ¡Claramente que por el aire!

CANTA LA MOZUELA ¡Cuando paso, quedo, cuando quedo, voy! EL AFILADOR ¿Niña, te has revestido de sirena y cantas de noche para atraer a los caminantes? LA MOZUELA ¿Te parece a ti eso? EL AFILADOR ¡Acaso! LA MOZUELA ¿Y lamentarías que sirena fuese? EL AFILADOR Lo lamentaría, que has de tener muy ricas piernas, y las sirenas por los bajos no usan calcetas. LA MOZUELA ¿Estás cerciorado? EL AFILADOR Tal cuentan. LA MOZUELA Pues entonces no debo ser sirena. EL AFILADOR Eso se gana el que te lleve. LA MOZUELA No soy sirena, pero, sin serlo, en estas aguas del dornil, desde que te fuiste, he visto todos tus pasos reflejados. EL AFILADOR ¿Sin faltar uno solo de sus tropiezos? LA MOZUELA ¡Ni uno solo! EL AFILADOR ¿Y también me lees en la idea? LA MOZUELA Ahí me detengo. EL AFILADOR ¿Dónde, recordándote, me senté a fumar un cigarro? ¿Dónde ha sido? ¡Niña, si me lo aciertas, bruja te proclamo! LA MOZUELA En la primera de las puentes estuviste recordándome. EL AFILADOR ¡ C i e r t o ! A l l í e s t u v e recordándote, apoyado en el pretil, tan desconocido en la corriente con la lumbre del cigarro en la boca. LA MOZUELA Y te digo más: Un susto pasaste. EL AFILADOR ¡Cierto! LA MOZUELA Te salió un can y en el hombro te clavó los colmillos. Mírate en el hombro la ropa rasgada. EL AFILADOR ¡Eso te dio luces! LA MOZUELA ¡Lo que son destinos! ¡Ya no esperaba volver a verte! Tenlo, mozo, por concierto de las estrellas. EL AFILADOR ¡Y del rabioso que me salió al camino!


Volaba un nublo sobre la luna, y en el morado tenebrario de la parra, a canto del tapial, borraban su bulto, los bultos del AFILADOR y LA MOZUELA. Las voces abrían círculos alternos en el vaho de tinieblas. LA MOZUELA Todo dimana de aquello. EL AFILADOR ¿ A d ó n d e t e h a l l a s ? ¿Adónde estás, que no te veo? LA MOZUELA A tu vera estoy. EL AFILADOR Ni verte ni palparte. LA MOZUELA M e p u s e u n a n i l l o encantado. Cuando de primeras pasaste, un abrazo me pediste. Ven a tomarlo. ¿Qué dudas? ¿Por qué te reniegas? EL AFILADOR ¡Niña, se ha revestido en ti la serpiente! LA MOZUELA ¡Antes sirena!... ¡Ahora, serpiente! ¿Qué seré luego? EL AFILADOR Mi perdición, si lo deseas. El Diablo ha maquinado este enredo para contárselo a la otra gachí, que me aguarda vestida y compuesta. LA MOZUELA Recomiéndale el secreto a Patillas. EL AFILADOR Tío Mengue, te llamo a capítulo. De lo que entre esta niña y un servidor se pase, boca callada, o te rompo un cuerno. […] LA MOZUELA ¿Has oído a la vieja? EL AFILADOR Alguna palabra me ha sonado. LA MOZUELA ¿Y qué conjetura sacaste? EL AFILADOR Que busca dinero. LA MOZUELA ¿Quieres tornarme para ti? EL AFILADOR ¡No me pongas el agua a la boca si no he de catarla! LA MOZUELA ¡Responde! EL AFILADOR ¡No me encandiles, que desvanezco! LA MOZUELA ¡Tú serás el primero que me tenga! EL AFILADOR ¿A qué me ciegas? LA MOZUELA ¿Ciegas por tan poco? EL AFILADOR ¡Canela eres! LA MOZUELA Descúbrete el hombro, y muéstrame la sangre que te mana. EL AFILADOR Mírala

LA MOZUELA ¡Llega! EL AFILADOR ¿Qué quieres? LA MOZUELA ¡Bebértela quiero! EL AFILADOR ¡Por Cristo, que bruja aparentas! LA MOZUELA ¡Y lo soy! Beberé tu sangre y tú beberás la mía. EL AFILADOR ¡Vaya un sacramento! Perdona, niña, si me relajo, pero ya estoy con soguilla. LA MOZUELA ¿Casado eres? EL AFILADOR Los Dichos tengo tomados en Santa María de Todo el Mundo. LA MOZUELA ¿No te hallas capaz para beber mi sangre y darme a beber la tuya? EL AFILADOR La cabeza, niña, me has mareado. LA MOZUELA ¿Sabes lo que es una ligazón? EL AFILADOR Algo se me alcanza. LA MOZUELA ¿Y estás propicio? EL AFILADOR Para cuanto ordenes. LA MOZUELA, con gesto cruel, que le crispa los labios y la aguza los ojos, se clava las tijeras en la mano y oprime la boca del mozo con la palma ensangrentada. LA MOZUELA ¡Besa! ¡Muerde! ¡Ligazón te hago! EL AFILADOR ¡Vaya un arte de enamorar el tuyo! LA MOZUELA Descúbrete el hombro: ¡Me cumple beberte la sangre! EL AFILADOR ¿Profesas de bruja? LA MOZUELA ¡De bruja con Paulina! EL AFILADOR ¡Pues no me arredro! LA MOZUELA Pues entra a deshacerme la cama. El errante se descuelga la rueda, y mete la zanca por el ventano. Apaga la luz en la alcoba LA MOZUELA. Un bulto jaque, de manta y retaco, cruza el campillo y pulsa en la puerta. Rechina el cerrojo. Se entorna la hoja, y el bulto se cuela furtivo por el hueco. Agorina un blanco mastín sobre el campillo de céspedes. Cruza LA MOZUELA por el claro del ventano. Levanta el


brazo. Quiebra el rayo de luna con el brillo de las tijeras. Tumulto de sombras. Un grito, y el golpe de un cuerpo en tierra. Tenso silencio. Por el hueco del ventano, cuatro brazos descuelgan el pelele de un hombre con las tijeras clavadas en el pecho. Ladran los perros de la aldea. Autor: Yamas El Tatuaje Lily tenía por norma no tatuar a nadie que llegara borracho a su tienda. No es que le sobrara el dinero como para andar rechazando clientes, pero normalmente eran personas que al día siguiente se arrepentirían de lo que habían hecho y tratarían de quitárselo, y eso, por encima de todo, iba contra la filosofía del tatuaje. Algo que Lily, a sus 24 años, aún respetaba. Quizás porque todavía estaba en esa etapa de su vida en que la joven artista que llevaba dentro no se había aburguesado, o simplemente porque le jodía pasarse dos horas pintando una nalga para que un medicucho con pulso de octogenario lo eliminara al día siguiente en diez minutos de sesión de láser. En cualquier caso, cuando veía a una persona con la mirada perdida, la ropa arrugada y un claro aliento a whisky o ron mirando las fotografías de tatuajes que cubrían las paredes de su local, le decía que estaban a punto de cerrar. Y con aquel hombre, a pesar de que cumplía el perfil, había hecho una excepción. “Vamos a cerrar”, le había mentido al principio, dispuesta a echarlo. El extraño tenía todo el aspecto de acabar de salir de un concurso de beber 'chupitos' o de un anuncio del ministerio del interior contra la alcoholemia. No sólo tenía los párpados bajados hasta la mitad, como las persianas de un bar a punto de cerrar que tratara de ahuyentar nuevos clientes; sino que además tenía restos de vómito en la comisura de sus labios. “Me voy a morir”, dijo el hombre sin más, y para Lily aquello suponía una gran diferencia. No hablaron mucho, porque como el tipo le había dicho desde el principio, tenía poco

tiempo. Quería un tatuaje que le cubriera toda la espalda. Era algo costoso y sobre todo muy doloroso, aunque en su estado actual esto último era lo de menos. Aparentemente estaba tan ebrio que podría haberle tatuado las pupilas sin que el hombre sintiera nada. “Sólo quiero tatuar mi cuerpo antes de morir”, le dijo. “Y no me queda mucho tiempo”. Lily no insistió. Tampoco hacía falta. Pensó que si el hombre mentía estaba realmente desesperado, y nadie necesita tanto un tatuaje. Sobre todo cuando se trataba de un tatuaje de aquel tamaño.“¿Has pensado en lo que quieres?”, le preguntó. El extraño ni siquiera dudó un segundo. “Un cementerio. Quiero que me dibujes las lápidas y quiero que pongas…”, rebuscó en sus bolsillos como, bueno, como un borracho buscaría las llaves frente a la puerta de su casa. “Quiero estos nombres”, dijo, y le pasó la lista. Lily era una tatuadota rápida, pero había empezado su trabajo cuando el sol se ocultaba entre la silueta de dentadura de los rascacielos, y ahora, a punto de terminar, el sol parecía empezar a asomar por el otro lado. Su trabajo había sido minucioso y paciente, y el resultado le estaba gustando. Al principio había sido difícil porque el hombre no dejaba de moverse, pero después, como les pasa a casi todos los borrachos, el hombre se había quedado dormido. Su trabajo había comenzado por dar forma al cementerio con sus lápidas. A la verja que lo rodeaba. Al ciprés muerto y arrugado en una orilla, cuyas ramas retorcidas cubrían el hombro de su extraño cliente. Después, con los detalles terminados, había cogido la lista y había empezado a rellenar con sus nombres las tumbas. Había siete nombres en la lista, y como el tipo le había pedido, ella había dibujado ocho tumbas. “La última tiene que estar en medio”, habían sido sus indicaciones. “Y quiero que en ella pongas mi nombre”. “¿Cómo te llamas?”, le había preguntado Lily con la máxima cortesía. Él sonrió y se llevó un dedo a los labios como en los carteles que piden silencio en los hospitales. “Cuando termines te lo digo”, habían sido sus


enigmáticas palabras. A Lily no le pareció ni bien ni mal, pero se puso manos a la obra. Ahora ya sólo faltaba ese último detalle, para el que necesitaba despertar al hombre. Le agarró un brazo con su mano enguantada en látex. “Disculpa”, le llamó, pero el hombre no se movía. Lily le sacudió de forma un poco más suave al principio, y le zarandeó con brusquedad al final. El hombre no despertaba. Sospechando lo que ocurría, la mujer se quitó los guantes y le tomó el pulso. Su piel estaba fría, sus labios morados, y los ojos abiertos e hinchados como huevos de serpiente. El desconocido había muerto durante la noche, mientras ella lo tatuaba. “¡Dios mío!”, fue su único pensamiento. Tardó varios minutos en reaccionar, hasta que al final llamó a emergencias. Pidió una ambulancia, pero antes de colgar avisó a los sanitarios: “No… no hay prisa”, y se sentó a esperarles. Entonces la vio. La cámara Polaroid con la que sacaba las fotografías de sus clientes para colgarlas en la pared. Lo había hecho siempre, y aquel trabajo había sido tan bueno como cualquier otro. “Además, no vas a cobrarlo, ¿verdad?”, se dijo ella. Recogió la cámara, apuntó a la espalda del hombre y disparó. No esperó a que se revelara. La depositó junto a su caja registradora y buscó una manta con la que tapar el cadáver. Era lo menos que podía hacer por aquel extraño. Poco después llegó la ambulancia. También un coche de la policía y más tarde un juez para levantar el cadáver. Los agentes le advirtieron de que tendría que declarar. Lily sabía que su historia sonaría tan confusa en comisaría como lo había hecho en su tienda, pero imaginó que tampoco tenía alternativa. “De acuerdo”, contestó. “Iré con ustedes”. Antes de cerrar la tienda y entrar en el coche patrulla recordó la fotografía y volvió para recuperarla. Quería colgarla de la pared antes de irse.

Lily apenas se sorprendió cuando vio que tres nombres habían surgido en la lápida vacía del centro, porque algo ya se lo había estado advirtiendo. Sólo uno de ellos le resultaba totalmente familiar. Los otros dos eran desconocidos. Lo que le llamó la atención fue la fecha que figuraba bajo las letras, dibujadas claramente con su propia caligrafía. “¿A qué día estamos?”, le preguntó a un policía. “¿Por qué?”, fue lo primero que contestó éste, y después se lo dijo. “Es miércoles. Miércoles cuatro de junio”. “Lo imaginaba”, dijo Lily al entrar en el coche con los policías. “Lo imaginaba”, repitió. Y el coche de dos los agentes arrancó con normalidad, como si realmente fuera a llegar a su destino.

Canción del asesino tuerto El asesino tiene alma de escualo y cuerpo de notario de Alcorcón, con un ojo tuerto y desafinado que ha echado el telón. Al asesino le hierve en la mano el nido de un escorpión. Le gustan las ramas verdes, las bocas de fresa, los divinos tesoros del Viernes y las espaldas descubiertas, y ata adolescentes con longanizas tiernas. El asesino escribe su biografía en las paredes de su habitación y desayuna gritos y epifanías, almuerza latidos de un apagón y cena con niñas perdidas. Descansa sábados y domingos y el lunes vuelve al trabajo, a lo mismo, al tajo: administrar el abismo.


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Alejandro Aura ( México 1944 – 2008) Despedida Así pues, hay que en algún momento cerrar la cuenta, pedir los abrigos y marcharnos, aquí se quedarán las cosas que trajimos al siglo y en las que cada uno pusimos nuestra identidad; se quedarán los demás, que cada vez son otros y entre los cuales habrá de construirse lo que sigue, también el hueco de nuestra imaginación se queda para que entre todos se encarguen de llenarlo, y nos vamos a nada limpiamente como las plantas, como los pájaros, como todo lo que está vivo un tiempo y luego, sin rencor, deja de estarlo. ¿Se imaginan el esplendor del cielo de los tigres, allí donde gacelas saltan con las grupas carnosas esperando la zarpa que cae una vez y otra y otra, eternamente? Así es el cielo al que aspiro. Un cielo con mis fauces y mis garras. O el cielo de las garzas en el que el tiempo se mueve tan despacio que el agua tiene tiempo de bañarse y retozar en el agua. O el cielo carnal de las begonias en el que nunca se apagan las luces iridiscentes por secretear con sus mejillas de arrebolados maquillajes. El cielo cruel de los pastos, esperanzador y eterno como la existencia de los dioses. O el cielo multifacético del vino que está siempre soñando que gargantas de núbiles doncellas se atragantan y se ríen. Lo que queda no hubo manera de enmendarlo por más matemáticas que le fuimos echando sin reposo, ya estaba medio mal desde el principio de las eras y nadie ha tenido la holgura necesaria para sentarse a deshacer el apasionante intríngulis de la creación, de modo que se queda como estaba, con sus millones, billones, trillones de galaxias incomprensibles a la mano, esperando a que alguien tenga tiempo para ver los planos y completo el panorama lo descifre y se pueda resolver. Nos vamos. Hago una caravana a las personas que estoy echando ya tanto de menos, y digo adiós.

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