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TRAS LA HUELLA

¿Cómo reaccionaban sus entrevistados?

Debía caer bastante bien, supongo que por ser joven, con una cara de crío, les daría pena. Recuerdo una vez subiendo por Rascón (Ampuero), me tropecé a una lechera, y enseguida me empezó a cantar algún romance. Otras veces llegaba al pueblo. Si había bar, allí preguntaba por posibles informantes, además de que siempre había gente en la calle a quien dirigirme: viejucas cosiendo al sol, abuelos apoyados en su cachava... Ellos siempre querían saber quién era.

¿Cuáles eran sus pretensiones?

El objetivo era empaparme yo de sus saberes, nada más. Hasta que leí con 17 años un artículo nefasto de un supuesto experto sobre indumentaria vasca, que no tenía ni idea, donde se decía que por qué en Santander copiábamos a los vascos el traje. A mí eso me llenó de rabia. Y ahí fue cuando empecé a mirar la indumentaria, que, para un dibujante, era un deleite por su plasticidad.

Aquellos comienzos no serían sencillos

Erraba mucho. Al principio pintaba unas escenas idílicas, como de caja de bombones, donde los campesinos iban a segar con el traje más rico de fiesta y zapatos con hebilla… Era la época de la minifalda, y dibujaba vestimentas muy minifalderas. Me dejé llevar por la moda de adaptar lo antiguo a lo moderno. Hasta que me corrigieron. Y empecé a ceñirme más a lo que fue en realidad la indumentaria castiza.

¿Cuáles eran las fuentes?

Si me hubiera dedicado a estudiar la arquitectura tradicional, como las casas perduran y están a la vista, lo hubiera tenido más fácil... Pero el recuerdo de la indumentaria antigua se había perdido casi por completo. Afortunadamente la labor de archivo, la literatura costumbrista y la iconografía, suplían la escasez de prendas auténticas. Cualquier detalle que me dieran en los pueblos, por pequeño que fuera, me hacía feliz. Por ejemplo, en Dobres me contaban que para abrir los ojales en el sayal utilizaban un asta de venado, tal y como podían haberlo hecho nuestros ancestros hace 15000 años. Con un detalle así ya me venía como loco. Pero es un tema muy difícil, porque se conserva muy poca ropa. Cuando la guerra las sayas se reconvirtieron en faldas y chaquetas. Además, parte se utilizó para rellenar los ataúdes… Con toda aquella información elaboré una serie de láminas con el vestir de cada valle.

Aquellas ilustraciones acabaron en un libro

Yo no aspiraba más que a editar un pequeño folleto divulgativo, para que lo regalaran en los teleclubs. Pero lo vieron en la Institución Cultural de Cantabria y me sugirieron que lo ampliase con textos para publicarlo como un libro. Así se editó Trajes Populares de Cantabria. Siglo XIX (1982). Un libro que escasea, y del que yo reniego de alguna manera, porque es en blanco y negro, y le resta todo el colorido a la indumentaria. Lo hice sin dibujar rostros a las figuras, para que el lector se centrase en los trajes. Que fueran ellos los que llamaran la atención.

Por fin se ponían las bases para una reproducción fiel de aquellas vestimentas

Pasar esto a la tela, sólo muy pocos han conseguido hacerlo bien, porque es tarea muy difícil y hay que estar muy familiarizado con el corte, los tejidos y accesorios de la moda antigua. Y cuando un traje no se hace bien no resulta creíble, es un disfraz. La mayoría de los atuendos que veo por ahí distan mucho de cómo deberían ser. Yo a veces digo ¿por qué no me estaría calladito? Porque todos, incluidos los mayores desaguisados, dicen estar basados en Cotera.

¿Qué nos dice la vestimenta de una sociedad?

Yo creo que el aspecto físico tiene mucha importancia para recrear una época, para transmitirnos formas de vida que ya son historia. Qué aspecto tenían a comienzos del siglo XIX, cómo era esa gente..., a mí siempre me ha intrigado mucho. Y luego, la vestimenta tradicional tiene una gran belleza, una fuerza que te transporta

24 lrd Cantabria 2017

Ilustración conocida popularmente como “La Osa”

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LA REVISTA DE CANTABRIA Nº 3  

EJEMPLAR NÚMERO 3 DE LA REVISTA DE CANTABRIA.

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