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Autor: Miguel テ]gel Dテ。vila Panadero

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PRÓLOGO

Otra vez la almohada fue la culpable de que este libro saliera a la luz. Desde que tuve la inspiración mientras dormía la siesta, hasta que llegué al final, transcurrieron… ¡seis días!, ¡sólo seis días! Después, los ajustes y correcciones me llevaron casi un mes. Escribía, me levantaba, volvía a escribir, me bloqueaba, pero la historia fue desmadejándose poco a poco. Lo único que tuve claro cuando comencé, fue el principio y el final. Antes de cerrar los ojos, pensaba que estaba en un cine viendo tranquilamente una película. El título era: ¡Éste no soy yo! En sueños me metía dentro del personaje y vivía la historia personalmente. Para que no se me olvidaran los hechos, cogía el ordenador, sin importarme la hora y comenzaba a escribir (algunas veces me despertaba a las cinco de la mañana). No quería que mi sueño quedara en el olvido. Si después de leerlo soñáis con él, habré conseguido mi objetivo. El autor.

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CAPÍTULO I. ESTE NO ES MI CUERPO.

-Empuje señora, que ya asoma la cabeza -decía el ginecólogo en la sala de partos. La señora obedecía sumisa la orden del doctor. - ¡Ya está aquí! ¡Es un niño! -exclamó. Dos golpecitos en las nalgas fueron suficiente para provocarle el llanto. “¡Será bestia el gachó! ¿Por qué me habrá pegado? ¿Habré hecho algo malo?- me pregunté después de sentir mi trasero dolorido”. Lo único que hice de malo fue nacer. De buena gana le daría dos guantazos a ese chulín de médico. ¿Qué se había creído? Pegar a un recién nacido es denunciable. Si tuviera un teléfono a mano llamaría al 016 y seguro que se lo llevarían esposado a la comisaría más cercana. Mis ojos escudriñaron la habitación. Una joven enfermera, el pegón y una señora sudorosa estaban conmigo. Miré fijamente a la señora, pero no la reconocí y se suponía que era mi madre. ¿Cómo iba a ser mi madre si la enterramos el 7 de Agosto? -pensé. -María, lava al niño -le ordenó el doctor a la joven enfermera. “¡Eso, eso que me lave! -dije a voces, pero nadie me escuchó”. “Tú ni me toques, so mariquita”-le largué al de la bata blanca. Con manos suaves María me lavó en agua templadita como a mí me gustaba. Que “gustirrinín” sentí, cuando me lavó mis…de buena gana le hubiera dado un par de besazos a la rubia de la cofia. Envuelto en una toalla me llevó junto a mi madre. ¡Qué guapa era! Me llenó de besos y me acostó junto a ella. Nos miramos a los ojos fijamente. Si ella se sentía orgullosa de mí, más orgulloso estaba yo de ella. No la cambiaría por nada del mundo y eso que la acababa de conocer. Era rubia de pelo corto, ojos verdosos y de unos veintitantos años. Como estaba acostada, no sabía si era alta o baja. “Te quiero mamá, le dije una y otra vez. Pero no me oía o se hacía la sorda”. 3


Con el calor de su cuerpo me quedé dormido. En sueños escuché parte de la conversación que sostuvo con el médico. El matasano le dijo mi peso, lo que medía y no se qué de mis genitales, como si a alguien le interesaran mis intimidades. Además de pegón era un chivato. Mamá se llamaba Lola, porque el médico la llamó así varias veces. Después de la conversación sentí el ruido de las ruedas de una cama que se desplazaba lentamente por la habitación. Era la nuestra. -Llévela a la 222, después le haré una visita. Si necesita algo se lo pide a la enfermera de planta –le ordenó el médico a María. Durante el trayecto escuché las felicitaciones y enhorabuenas que le daban otras personas a mamá. Sentí que me destaparon varias veces por el pasillo. Como estaba dormido no supe quienes eran, y si estuviera despierto, seguro que no las reconocería. ¡Pero que tonto soy! ¿Cómo las iba a reconocer si acababa de nacer? Tres horas después, sentí un cosquilleo en mi estómago y me desperté. ¡Estaba mamando! Mi mamá me daba el pecho y yo no desaprovechaba ni una gota. Era mi primera comida y estaba buena. Ahora sí soñé de verdad. Vivía en New York y viajaba en un vuelo hacia Madrid. Tenía treinta y cinco años y era asesor financiero y agente de bolsa. Todas mis acciones las vendí para invertir en oro, poco tiempo después lo cambie por dólares. El dinero lo transferí a una cuenta de Suiza con veinte dígitos. Los tres primeros números eran 007, como los del agente secreto inglés. Los siguientes los completé con mi documento nacional de identidad y mis números de la seguridad social. Era una cuenta segura y difícil de detectar. Hace unos meses, aconsejé a mis clientes, que vendieran sus acciones, que la bolsa llevaba mucho tiempo supervalorada y de un momento a otro entraría en crisis. Algunos me hicieron caso, otros no aceptaron mi consejo. Días después, la bolsa de New York sufrió el primer varapalo. Un mes después, las acciones cayeron en picado por culpa de las hipotecas basuras. El mundo financiero estadounidense se desmoronaba y a su paso arrastraba a los mercados europeos y asiáticos. Según mis cálculos, la recesión duraría un par de años hasta tocar fondo, después, otro par de años de crecimiento cero, y a partir del quinto se volvería a crear empleo. No me preocupé, mi dinero estaba a buen recaudo. Una voz conocida me despertó. Era la enfermera guapetona. -Este niño se ha hecho caca, voy a lavarlo. 4


“Yo caca ¡qué vergüenza!” La enfermera me quitó el pañal, me lavó el “culete” y otras partes de mi cuerpo. Con una toallita de papel perfumado me secó. ¡Qué bien olía! Si me piensa lavar siempre esta monada, pienso hacer caca varias veces al día. En cuanto nos quedemos solos le diré, si quiere ser mi novia. Mamá me dio otra toma y me dormí. Seguía volando hacia Madrid. Estaba conversando con la azafata sobre la crisis mundial. En ese momento escuchamos una explosión y el avión se volatilizó en medio de una llamarada. Me desperté sobresaltado a punto de llorar. El sol entraba por la ventana de la habitación de la clínica. Había dormido toda la noche de un tirón. Mamá se disponía a leer el diario que le entregó la enfermera. “¿Dónde está la rubia? –dije cuando miré a la enfermera. Esta era morena y tampoco estaba mal aunque un poco mayorcita. ¡También me gustaba!”. Observé el periódico por casualidad ¡sabía leer! ¿Cómo era posible si acababa de nacer?-me pregunté extrañado. El titular decía: buques de la armada de varios países continuaban la búsqueda de restos del avión siniestrado en el Atlántico, para determinar si fue un fallo mecánico o un acto terrorista. Alguien copió mi sueño y lo había escrito sin mi permiso. ¿Cómo se puede copiar un sueño antes de que uno sueñe?- me pregunté a mí mismo sin obtener respuesta. A lo mejor soy adivino y yo sin saberlo. -Buenos días, ¿cómo se encuentra?- le preguntó el chulapo de la bata blanca a mamá. -Muy bien doctor, deseando que me den el alta para regresar a casacontestó mamá. Después, el muy imbécil fue a por mí. “¡A mi ni me toques, so bestia!” - Le dije en tono desafiante poniendo mis manitas delante de la cara para defenderme. No se enteró o le di miedo, pero no llegó a tocarme.

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-Mañana le daré el alta. Después le rellenaré la documentación para que le inscriba en el registro civil. Por la tarde volveré para ver como sigue. “¡Por mí no hace falta que vuelvas”- le contesté al matasanos. Acto seguido, cerró la puerta y desapareció. -¿Qué nombre le pondrá?-le preguntó la enfermera a mamá. -Estaba pensando en Jesús. “¡Jesús no! ¡Qué yo me llamo Ángel!” -¿Qué nombre le gusta a usted?-le preguntó mamá a la enfermera. -A mi me gusta Ángel. Mi hermano se llama Ángel y mi novio también. “¡Bien, bravo! Ponme Ángel mamá, por favor” -le supliqué. -No está mal ¡me gusta! Le pondré Ángel. En ese momento quise aplaudir pero no pude. Mis manitas permanecían cerradas y apenas podía estirar mis deditos. -¿Piensa darle siempre el pecho?-le preguntó la enfermera a mamá. -Solo los cuatro meses de la baja maternal, después lo iré alternando con biberones. -Me parece buena idea. No pude seguir la conversación porque me dormí. Por la tarde volvió María. “¡Eh!, guapetona, que tengo caca, ¡lávame! Como no me escuchó, empecé a llorar.” -Seguro que se ha vuelto a ensuciar. Voy a cambiarle. Antes que terminara su turno de trabajo me volvió a cambiar.

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CAPÍTULO II. VOY A MI CASA.

Sobre las diez de la mañana, mamá recogió el alta y mi documentación. Se despidió del personal sanitario y salimos de la clínica para tomar un taxi. Me llevaba en un capacho forrado de azul. Mi cabeza estaba a la altura de su rodilla, ¡qué alta era! Debía medir cerca del uno ochenta. Dentro del taxi me cogió en brazos. Durante el trayecto fui leyendo los grandes rótulos de las tiendas. Por fin paramos delante de un edificio de dos plantas que ponía: ANTIGÜEDADES. Pagó al taxista y nos dirigimos a la tienda. Enseguida salió a recibirnos otra rubia que se parecía mucho a mamá, pero con tres o cuatro años más. También era muy guapa. -Hola hermanita, te estaba esperando. ¡Era mi tía! “¡Hola tita! Soy tu sobrino Ángel, pero me puedes llamar angelito”. -¡Déjame que te ayude!- le dijo a mamá. Mamá no quiso desprenderse de mí y le dejó la bolsa con mis cosas. Entramos en la tienda. Había de todo, desde muebles de caoba, hasta jarrones chinos. Por una puerta de la trastienda accedimos a la vivienda. Me llevaron directamente a mi habitación. Enseguida la reconocí porque estaba empapelada con muñequitos. Me metieron en una cuna celeste y se fueron al cuarto de al lado. “¡Qué no me quiero quedar solo!”-grité una y otra vez. Nada, ninguna me oyó. ¿Por qué no me oirían? Recordé, que cuando estudiaba secundaria, el profesor nos decía que hasta que los niños no desarrollaban las cuerdas vocales no podían hablar y eso ocurría a partir del sexto mes y yo sólo tenía un día de vida. ¡Qué fastidio! Saber y no poder. Comprendí que para que me hicieran caso tenía que llorar. Desde ese momento lloraría cuando tuviera hambre o para que me limpiaran. En una de las paredes del cuarto vi un espejo y mi cara reflejada en él. No me reconocí. Era un “mijurria” recién nacido, Decidí dormir un par de horas. Otra vez volvía a tener treinta y cinco años. Estaba en Central Park escuchando un concierto con unos amigos. Era primavera y el tiempo cambiaba por momentos. Un aguacero descargó de improviso y corrimos para ponernos a cubierto debajo de la marquesina de un establecimiento de bebidas. Estaba empapado. Entonces escuché una voz que decía:

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-Se ha hecho pis, ¿quieres cambiarlo tú?- le decía mamá a su hermana.Tendrás que acostumbrarte para cuando yo no esté. Mi tía tenía las manos frías y di un respingo. Ésta es de tensión baja. La próxima vez te calientas las manos, guapa. No se lo dije, pero lo pensé. -Otra vez que lo cambies, caliéntate las manos, Claudia. “Gracias mamá por apoyarme”. ¡Por fin sabía el nombre de mi tía! Se llamaba Claudia. Me gustaba el nombre. Cuando terminé de comer me metieron en un cochecito de bebé y me llevaron a la tienda. Debían atender el negocio familiar. En mis sueños escuché a los clientes que entraban y salían constantemente de la tienda. Otra vez me encontraba en Norteamérica. Ahora estaba en unas oficinas con más de cincuenta personas, la mayoría eran mujeres jóvenes que continuamente tecleaban en sus ordenadores. -Don Ángel, aquí está el informe que me pidió -me dijo una de las empleadas. Era una de mis secretarias. Le di las gracias amigablemente. -¿Desea algo más? -De momento no, se puede retirar- exclamé educadamente. Me asomé a la cristalera, estaba en uno de los muchos edificios de Walt Street, en pleno barrio de Maniatan. El edificio de la esquina era el Stock Exchange (el edificio de la bolsa). Pegué mi cara al cristal, estaba frío. Era el lugar preferido del despacho para tomar importantes decisiones. Tomé el teléfono inalámbrico y comuniqué a mis clientes las acciones que debían comprar o vender. Era mi trabajo, asesor financiero. Misión cumplida. A continuación, me senté en el sillón y cerré los ojos. Cuando los abrí, estaba en brazos de Claudia en la tienda de antigüedades mientras mamá atendía a unos clientes. ¿Qué me está pasando? Parece como si viviera dos vidas paralelas.

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CAPÍTULO III. UN MES DESPUÉS.

A media mañana, mamá me llevó a la clínica donde nací. Iba a pasar mi primera revisión médica. ¡Ojalá no esté el malaje que me ayudó a nacer ¡ Pues estaba! ¡La que también estaba era María, mi enfermera favorita! Me tumbó en una mesa acolchada. Me midió, y después, en una báscula me pesó. Cuando me cogió en brazos para devolverme a mi madre, la besé en el cuello. -Ha visto usted señora, me ha besado -dijo María a mamá. Como el doctor y mamá estaban hablando, no se dieron cuenta del beso que le “zampé” a la enfermera en el cuello. -¿Qué decía usted, María? -le preguntó mamá. -Que es la primera vez que un bebé me besa y me he emocionado. “¡Ésta ya está en el bote! Le he gustado”. -A mi me ha besado muchas veces, es un niño muy cariñoso -le respondió mamá. -¡Déjamelo un momento, a ver si me besa a mí! - exclamó el doctor. “A ti, so mierda, te va a besar tu abuela”-exclamé en tono enfadado. Cuando me fue a coger, empecé a llorar como un verraco. -Tengo la sensación de que usted no le gusta -manifestó la enfermera. “¡Bien dicho, guapa! A ese gaché no le quiero ver ni en pintura. A mí me gustan las mujeres como tú”. Mamá decidió regresar a casa dando un largo paseo. Durante el camino volví al pasado. Me encontraba en el Amster Yard (Instituto Cervantes de New York, situado en la calle 49). Esperaba en la biblioteca a un profesor amigo. Debía tener el móvil averiado, por eso fui a verlo personalmente. Debía entregarme una entrada para un espectáculo musical en Broadway. Vivíamos muy distantes. Recogí mi entrada y me marché. Un bache de la calle hizo que me despertara. -Ya hemos llegado - me dijo mamá muy bajito.

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Me tomó en brazos y llamó al timbre. En una chapa dorada de la puerta leí: GUARDERÍA. -Aquí vas a pasar muchos meses de tu vida -me confesó cariñosamente dándome un besito en la frente. Nos recibió una señora cincuentona, pero con aire de bonachona (no tenía nada en contra de las cincuentonas, pero las prefería más jóvenes). Nos enseñó todas las dependencias. La mayoría de las trabajadoras eran muy jóvenes y estaban de buen ver. Me gustaba la “guarde”. Cuando llegamos a la tienda, tía Claudia nos esperaba en la puerta tomando el sol. -¿Qué le han dicho? -Que está estupendamente. “¡Bésame tita! ¡Bésame!”-le dije a Claudia estirando mis bracitos. -Mira que gracioso está, quiere que le coja. “Y que me beses”. Mi tita siempre me besaba cuando me cogía, por eso la quería tanto. -Voy a prepararle un biberón -le comunicó mamá a su hermana. Después de bebérmelo y expulsar varios flatos me dormí. Estaba viendo un espectáculo musical en Broadway. Decenas de chicas jóvenes con falditas muy cortas evolucionaban en la pista. Cuando se acercaba el final de la función, la música subió de intensidad y… me desperté en mi cunita. También escuchaba música, pero no era la misma. La canción que se oía era:”O sole mío” (tu sol y el mío). El sonido no era muy bueno que digamos, pero la estuve escuchando antes de empezar a llorar. Tenía hambre. Mamá y tía Claudia probaban la vieja gramola de la tienda y el disco seguro que era de esos antiguos que hacían de pizarra, por eso no se oía bien. ¿Para qué voy a llorar, si con la música no me van a oír!?- me pregunté suspirando Cuando acabó la canción, lloré con todas mis ganas y me oyeron. No sé cuándo lo preparó, pero mamá venía con un biberón en la mano. -Perdona Ángel, pero una clienta nos tenía entretenidas. Con estas palabras mamá se disculpó.

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Acepté sus disculpas. El negocio era el negocio y había que vender para que me compraran biberones. Me tomó en sus brazos y colocó la tetilla del biberón en mis labios. Después me llevó a la tienda, donde vi a mi tía cobrando a la señora que acababa de comprar la máquina de hacer ruidos. -Hola angelito, has dormido bien -me “zalameró” tía Claudia. La miré de reojo y estuve a punto de guiñarle un ojo.

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CAPÍTULO IV. CUMPLÍ SEIS MESES.

Llevaba varios meses en la guardería y me había enamorado de una de las cuidadoras. Se llamaba Eva y era muy guapa. Fue mi segundo amor, María fue la primera. Dejé a María porque en seis meses sólo nos vimos tres veces y así no funcionaba una pareja de novios. A Eva la veía cinco veces a la semana y pasábamos juntos muchas horas al día. Cuando mamá me llevó por primera vez a la guardería, hice mi selección y elegí a Eva porque me pareció la más guapa y simpática de todas. Para ligármela tuve que recurrir a mi ingenio. Nada más que se marchó mamá me puse a llorar. Primero me cogió en brazos la cincuentona. ¡Esa no! Fui pasando de brazos en brazos hasta que me cogió Eva. Entonces me callé. -Este niño no es tonto, escogió a la más guapa. Desde este momento tú te encargarás de él -le comunicó la jefa a Eva. Pudiendo elegir ¿por qué no voy a elegir a la más guapa? Desde ese momento empezaron nuestras relaciones. Cuando quería un abrazo o un beso lloraba y Eva acudía para satisfacerme. Un día, gateando por la habitación de los bebés, encontré por casualidad un periódico en el suelo. Me senté para leerlo. Eva se dio cuenta de lo que hacía y me observaba con curiosidad. Hasta que no lo leí entero no descansé. Después de leer las noticias, me fui a la página de la bolsa de Madrid. Me hubiera gustado leer el Times de New Cork, pero a falta de pan, buenas son tortas.. Cada vez que Eva quería quedarse tranquila, me dejaba el periódico, así, me fui acostumbrando a observar diariamente los movimientos de las acciones. Ya sabía las que iban a subir y las que bajarían. Todos los días lo comprobaba y rara vez me equivocaba. Algunas veces nos mirábamos fijamente el uno al otro. “¡Que no soy un inculto! ¡Que sé inglés!”-le decía constantemente, pero ella, erre que erre. Una vez llegó mamá antes de la hora a buscarme y me cogió “in fraganti”. -¿Qué hace mi angelito? -le preguntó mamá a Eva. -Leer el periódico como todos los días. Si usted quiere que le deje tranquila un tiempo, nada más tiene que darle un periódico. Lo que más le gusta son los movimientos bursátiles. A veces creo que sabe leer. “Claro que sé leer, ¡tú que te has creído!”.-le contesté a mi novia. 12


Desde aquel día, gracias a Eva, empecé a leer el periódico en casa. Cuando mamá me daba un periódico atrasado, me enfadaba y lo rompía. -¿Tú sabes leer?-me preguntó una mañana cuando estaba con su hermana. Yo asentí con la cabeza. -¡Has visto lo mismo que yo, Claudia! ¡Dice que sí! Antes de cumplir el año empecé a andar y correteaba toda mi habitación. Tenía una caja con lápices de colores que me compraron cuando lloré delante del escaparate de una librería. Ya tenía todo lo que me hacía falta para jugar. No me compraban peluches porque ni los miraba. Todos los días guardaba mamá los lápices en mi mochila para que los llevara a la guardería. -Te voy a pedir un favor, Eva. -Lo que usted quiera señora. -Todo lo que dibuje mi hijo me lo guarda en su mochila, quiero verlo. Escuché toda la conversación que sostuvieron las dos. Iban a ser mis secretarias. De lunes a viernes me dedicaba a dibujar un círculo azul a los valores que iban a subir y de rojo los que bajarían. Eva arrancaba las páginas todos los días y las metía en mi mochila. En casa, mamá y Claudia las observaban detenidamente sin entender nada. Como no me hacían caso, cambié de táctica. Puse a los círculos azules una raya hacia arriba y en los rojos hacia abajo. Como sólo miraban una página al día no se percataban del verdadero mensaje que les enviaba. Necesitaban ayuda. Hacía varios meses que decía:”mamá y tata” y nada más. El sábado por la mañana con todas las páginas de la semana, extendidas y colocadas por orden cronológico en el suelo, comencé a chillar. -¡Mamá, tata! ¡Mamá, tata! llamarlas.

Hasta que no acudieron, no paré de

-¿Qué querrá está vez? -se preguntaban las dos. Cuando entraron en mi habitación y vieron las páginas colocadas en orden, se dieron cuenta que les quería decir algo. Antes, me sometieron a una prueba. Descolocaron las hojas y las ordené otra vez, ante las miradas atentas de las dos. -¿Entenderá este niño de bolsa? -le comentó Claudia a mamá.

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Asentí con un movimiento de cabeza al escuchar a mi tata. Las dos comprobaron que todos los valores azules subieron al día siguiente y que los rojos bajaron. Lo más importante era, que las subidas y bajadas fueron espectaculares. -¡Es un genio!-exclamó mamá dándome un beso. Entonces, levanté mis brazos y los moví. Había triunfado. -Hay que guardar el secreto. Si se enteraran perderíamos al niño. Se lo llevaría para hacerle infinidad de pruebas- comentaron las dos al unísono. Lo que no sabían era, que pronto comenzaría a hablar. Había estado entrenando y pronunciaba frases completas. Lo que no sé, es si podría mantener una conversación en toda regla con personas mayores. Lo intentaría. “Quién no se aventura no cruza la mar”, solía decir cuando vivía en Nueva Cork. Semana tras semana comprobaban mis dibujos de la guardería. Nunca me equivocaba. Decidí ampliar mis conocimientos de bolsa a través de otros colores. Me dediqué a dibujar de verde aquellos valores que sufrirían pocas variaciones o quedaban planos. Pronto se dieron cuenta del significado de mi mensaje. La que no sabía nada del asunto era mi novia. Cada vez estábamos más compenetrados. Yo le pedía pipí y caca de una manera ingeniosa, gateando hacia el water y ella me acompañaba al servicio. Después, me limpiaba y me vestía. Estaba muy orgullosa de mí. Era el único niño de la guardería que ya no usaba pañales. Siempre me premiaba con un beso. Si estaba en sus brazos, yo se lo devolvía en la cara. La tenía en el bote. Mamá y tía Claudia comenzaron a jugar a la bolsa sin dinero. Compraban acciones, las mantenían unos días y después las vendían. Con diez mil euros ficticios, en una semana ganaron más de mil. Invirtiendo también las ganancias, en un mes, consiguieron más de cinco mil. Para ellas era un juego, para mí una profesión. Esperaba que invirtieran de verdad, pero ninguna se decidía. Estaban desaprovechando la bicoca de su vida. -Mañana es el cumpleaños de Ángel ¿qué le vamos a regalar? Al oírlas, me acerqué a mamá con mi cajita de colores. -Quiere que le llevemos a la papelería para elegir su propio regalomanifestó Claudia. -Esta tarde después de cerrar iremos.

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Elegí un bloc, unos lápices y una revista financiera. Tenía que ponerme al día. Cuando llegamos a casa, me dieron la revista para que me entretuvieran mientras ellas preparaban la cena. La revista estaba bastante bien. Informaba un poco de todo: bancos, inmobiliarias, eléctricas, telefónica, compañías aeronáuticas y astilleros. La leería en varios días. Antes de cenar, leí algunos artículos interesantes sobre fusiones de empresas. Cada vez que varias empresas se fusionan, se pierden muchos puestos de trabajo con jubilaciones anticipadas y con despidos, pero la cotización de sus acciones, suben muchos enteros. Los bancos y cajas de ahorros son especialistas en fusiones dejando a miles de trabajadores en la calle. Hacía tiempo que no regresaba al pasado, pero aquella noche regresé. Cursé la carrera de Económicas en Estados Unidos. Gracias a mis buenas calificaciones, conseguí una beca para estudiar y después hacer un Máster sobre inversiones en la universidad de Harvard, según muchos, la universidad con más prestigio de Norteamérica. Antes de terminar el Máster, tenía trabajo asegurado en una gran empresa financiera. Cuando obtuve el diploma con la distinción “cum laude”, comencé a trabajar. Mi trabajo consistía en buscar información donde otros no la buscaban. Lo mismo estaba en Canadá observando grandes bosques que iban a talar, que viendo una central hidroeléctrica o recorriendo una nueva autopista a punto de inaugurarse. Yo sacaba mis conclusiones y se las pasaba a los inversores. En poco tiempo fui jefe de planta. Apenas tenía tiempo para divertirme. Sólo sabía trabajar. Cuando desperté, tenía el bloc nuevo en una mano y en la otra el lápiz. Acababa de cumplir un año. Me bajé de mi camita y fui a buscar a mamá.

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CAPÍTULO V. TENGO UN AÑITO Y YA HABLO.

Mamá no estaba, pero si tía Claudia. -Felicidades angelito ya tienes un añito. Se agachó con los brazos extendidos y me lancé hacia ellos. Después de besarme me levantó. Fuimos a atender a una clienta que acababa de entrar. Preguntaba el precio de un reloj de péndulo de unos cincuenta años de antigüedad. Cuando Claudia se lo dijo se quedó dudando. -¡Cómprelo que es barato!, y funciona estupendamente -le dije a la señora sin pensarlo. ¡Eureka! (Mis palabras resonaron por primera vez en la estancia). Tanto la clienta como mi tía, me miraron asombradas. Dije dos frases completas en el momento adecuado y esta vez sí me habían oído. Estaban algo cohibidas después de escuchar mis coherentes palabras. -Qué niño más simpático y que bien habla, ¿qué edad tiene?-preguntó la señora. -Me callé, esperé a que contestara mi tía. Claudia dudó un instante y para no meter la pata dijo: -Un año y medio, pero es muy espabilado. ¡Qué lista era mi tía! Me había puesto medio año más. No me desagradó la respuesta. -Además de espabilado es un buen vendedor, lo lleva en los genes exclamó la señora. No volví a decir nada, me dediqué a escuchar. La señora pagó el reloj avisando a mi tía, que mandaría a recogerlo. Cuando nos quedamos solos, me preguntó: -¿Desde cuándo sabes hablar? -Desde que nací - contesté. Mi tía iba de sorpresa en sorpresa. Llegó un momento que no podía articular palabra de la impresión recibida. -¡Vamos, que no es para tanto, tita! ¡Dime algo, por favor!

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-Me recuerdas al chico de la película “Mira quién habla” -Ya la he visto y me gustó, pero no era tan inteligente como yo. -¿Cuándo la vistes? ¡Ah! Hace mucho tiempo. Creo que cuando la estrenaron. -¿Qué dirá tu madre cuando se entere? -¡Déjamela a mí! Tú como si nada, quiero gastarle una broma. Cuando llegó mamá, me tomó en brazos y después de felicitarme me dio un besito. -¿Quién es la mamá más guapa del mundo?- le dije cariñosamente al oído. Se asustó tanto, que estuve a punto de caerme. Fue Claudia la que le explicó a mamá todo lo que había pasado y la conversación que mantuvimos. Otra vez había que guardar el secreto. -¿Cómo quieres que te llamemos, Ángel o Angelito? -Me da exactamente igual, los dos nombres me gustan. -Nos tienes que prometer que sólo hablarás con nosotras. No queremos que nadie se entere. -Lo comprendo perfectamente. Cuando vaya a la guardería pienso llamar a Eva por su nombre, por algo es mi novia. -Qué calladito te lo tenías pillastre, enamorado de una veinteañera. -¿Cómo os quedaríais si supierais que antes hubo otra? -¿Otra? ¡Quién! María la enfermera, me enamoré de ella el mismo día que nací cuando me lavó mis…La tuve que dejar porque apenas la veía. -Le diremos a Eva que anoche te enseñamos a pronunciar su nombre. -Ahora soy yo el que pregunta ¿por qué no habéis invertido en bolsa después de todo lo que os enseñé? -Nos daba miedo perder el dinero que tanto nos costaba ahorrar. -¿Cuántas veces me equivoqué? 17


Ninguna. -Entonces, ¿dónde estaba el miedo? -¿Sabes hacer algo más qué nosotras no sepamos? -Sí, hablo un inglés perfecto y francés con algo de acento. Tuve que aprender francés porque viajaba muchas veces a Montreal y allí hablaban francés. -Lo que faltaba, un políglota en la familia. -¿Y cómo sabes tanto? Es una larga historia, más adelante os lo contaré. Cuando me llevaron a la “guarde” fui directo hacia Eva. -¡Eva, Eva!- gritaba mientras me dirigía hacia ella con los brazos abiertos para que me cogiera y me achuchara. Me entraban escalofríos cada vez que me abrazaba Tomándome en brazos, me beso. “¡Ésta es mi novia!”. Como me tenían prohibido hablar, sólo lo pensé. -Te quiero Ángel -dijo Eva. “Y yo a ti” -dije interiormente. -¿Cuándo aprendió a decir mi nombre? -Anoche, se lo enseñamos nosotras. Cuando terminé mi jornada escolar, nos dirigimos a casa. En el trayecto nos encontramos con el galeno. -¡Capullo! -le “largué” cuando se acercó a saludarnos. -¿Qué me ha llamado? –exclamó el doctor asombrado. -Ha dicho que es “suyo” -le contestó mamá diplomáticamente refiriéndose a la cajita de colores que llevaba en mi mano. -Pues había entendido otra cosa. -Haber si te caes por una pendiente –le volví a “largar”. -¿Cómo dice? -Que ya tiene dientes -volvió a intervenir mamá. 18


-Nos marchamos, tenemos prisa, adiós -dijo mamá empujando la sillita de ruedas. -Has estado a punto de meter la pata -me regañó mamá. -No lo pude evitar, ese tío me crispa los nervios. Nunca olvidaré los azotes que me dio el día que nací. -¿Te acuerdas del día en qué naciste? -Cómo no me voy a acordar, si me hizo llorar. -¡Eres increíble! -¿Qué más recuerdas de ese día? –preguntó mamá. -Cuando envuelto en una toalla me acostaron contigo, fue la primera vez que nuestras miradas conectaron. Mamá palideció al escuchar mi respuesta. En la tienda, mamá le contó a su hermana nuestra odisea con el doctor. Claudia no pudo aguantar las carcajadas. -Me lo perdí, que pena, otra vez será. Es que le tengo tirria y cada vez que lo veo no me puedo aguantar. Es…como si lo tuviera atragantado. Nunca digas todo lo que piensas, pero piensa antes todo lo que digas. Fue el consejo que me dio la tía Claudia, que además de guapa era inteligente.

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CAPÍTULO VI. CUENTO MI HISTORIA.

-Creo que tenías que contarnos algo. Si te parece bien ahora. Tú decides. -Puedo empezar por el principio o por el final, vosotras decidís. -Como tú quieras. -Nací en Madrid, pero no recuerdo casi nada de mi infancia. Con cinco años me trasladé con mamá a Estados Unidos donde vivía una hermana de ella. Allí estudié y finalicé mi carrera de Económicas, después, hice varios Máster. Ya tenía firmado un contrato de trabajo antes que terminara mis estudios. Las grandes empresas buscaban en las universidades a los estudiantes más brillantes para ofrecerles trabajo, y yo lo era. Claudia y mamá estaban asombradas de mi narración, no perdían detalle. -En menos de un año, ascendí varias veces en la empresa. Mi trabajo consistía en asesorar a clientes la mejor manera de invertir su dinero en bolsa. Nunca les fallé. Hice un alto para pedir un biberón con agua como si fuera un conferenciante. Como ninguna de las dos se levantó para traérmelo, se lo tuve que pedir por favor. Al percatarse de su despiste fueron las dos a la vez. -Que quiero un biberón, no dos-manifesté, haciéndolas reír. -Además de listillo, es guasón -exclamó mamá. - ¡Qué pena que no tuvieras ahora treinta y cinco! -expresó Claudia. -Tengo treinta y cinco más uno, pero son mentales. -¿Cuándo vas a seguir con tu historia? Nos tienes intrigadas, sigue, por favor -suplicó mamá. -Viajaba por todo el país y por Canadá. Tomaba datos de grandes empresas. Después, los valoraba y sacaba mis conclusiones. Los clientes, que tenía asignados, estaban muy contentos con mis consejos y pronto me recomendaron a otros clientes. En poco tiempo ascendí y fui jefe de planta con más de cincuenta personas a mis órdenes. Las supervaloraciones de muchas acciones del mercado de Walt Street estaban a punto de caer en picado. Enseguida me di cuenta del varapalo que sufriría la bolsa y aconsejé a los inversores que vendieran, y que compraran oro. El oro no se devalúa tan fácilmente, aumenta poco su valor, pero por lo menos tienes tu dinero 20


asegurado. Algunos me hicieron caso y otros no. Yo mismo vendí todas mis acciones y pagué mis impuestos. El dinero lo transferí a una cuenta numerada de Suiza. Varios meses después, nuestra empresa quebró y nos despidieron. Entonces saqué un billete de avión para Madrid. Quería establecerme aquí, donde nací. Dejándolas con la miel en los labios, pedí un biberón. Tenía hambre y se me antojó un bocadillo de jamón. ¡Sería tonto!, ¿para qué querría un bocadillo de jamón si sólo tenía tres dientes? Me conformé con un buen biberón de cereales. Quince minutos después, continué con mi relato. -Mamá murió dos meses antes y su hermana falleció el año anterior. ¿Qué pintaba yo en New York? Me encontraba solo y sin trabajo, por eso compré el billete de avión. Venía a tantear el mercado español. A las dos horas de vuelo, se sentó a mi lado una de las azafatas para charlar. Recuerdo una explosión, una llamarada y nada más. -¿Cómo que nada más? -exclamaron las dos todas intrigadas con mi relato. -Nada, ahí acaba el relato de mi “yo” adulto. Poco después, estaba naciendo en la clínica del “capullo” con bata. Al día siguiente de nacer, a mamá le llevaron un periódico a la cama y pude leer la noticia del accidente, venía en portada. Yo no creía en la reencarnación pero ahora tengo que creer. Mi edad cronológica no se corresponde con mi edad mental. Estoy metido en un cuerpo que no es el mío. -Eso ya lo sabemos-exclamó tía Claudia. -Me acuerdo de la noticia del periódico, durante una semana fue el titular de la prensa. ¿Qué vamos a hacer contigo?-manifestó mamá -.Hay que estudiar muy bien la situación. No podemos ir por ahí con un niño de un año que habla tres idiomas y aconseja a los inversores de bolsa. Seríamos como un circo ambulante. -Qué bien me has definido. Te quiero mamá. -Y yo a ti hijo mío. -Lo primero que haremos es cerrar la tienda unos días -les dije como hombre de la casa. -¿Para qué?-preguntó Claudia como si le correspondiera por ser la mayor. -Debemos ir los tres a Suiza a recuperar mi dinero. -¿Tienes mucho?-preguntó mamá. 21


A la pregunta de tía Claudia, contraataqué con otra pregunta. -¿En cuánto valoráis todos los artículos de la tienda? Las dos hermanas comenzaron un cuchicheo entre ellas haciendo cuentas con los dedos. -No os quedéis cortas en vuestra valoración, podéis tirar por lo alto. Seguían cuchicheando. Al final Claudia se pronunció. -Unos cien mil euros más o menos. -Os lo compro todo-exclamé todo ufano pensando en mi pequeña fortuna. -¿Tanto dinero tienes?-preguntó mamá asombrada. -La transferencia que hice a Suiza fue de ochocientos mil dólares, que al cambio actual suponen…unos seiscientos mil euros. Son vuestros, os los regalo. Las dos hermanas quedaron mudas, no reaccionaban. -¿No nos estarás tomando el pelo? –exclamó por fin mamá. - Lo digo muy en serio, podéis preguntarme lo que queráis. -¿Cómo podemos sacar nosotras un dinero de una cuenta que no es nuestra?- preguntó Claudia. -Es muy fácil, sabiendo la clave. ¿No os dais cuenta qué estoy hablando de una cuenta numerada de veinte dígitos?. La cuenta no tiene nombre, sólo números. -¿Y tú te acuerdas de los veinte números? -Claro, como no me voy a acordar si los puse yo. Los tres primeros números son los de mi actor favorito James Bond. -El agente 007- me interrumpió mamá. -El mismo, después vienen los del documento de identidad y a continuación los de la seguridad social. Para acceder a esa cuenta, hay que colocar una contraseña, basta poner los mismos números, pero en sentido inverso. -¿Te acuerdas del nombre del banco? -El UBS (Unión de Bancos Suizos), estaba considerado como el décimo mayor banco del mundo, por eso lo elegí. 22


Si queréis, podéis tener aquí el dinero en menos de quince minutos y nos ahorraríamos el viaje. - ¿Cómo?- me preguntaron las dos curiosas. - Por internet, solamente hay que entrar en la base de datos del banco y hacer la transferencia a vuestra cuenta. -¿Y por qué no lo hacemos? -Porque al año siguiente en vuestra declaración tendríais que abonar a Hacienda más de ciento ochenta mil euros. Recodad que soy economista y sé todas las triquiñuelas. El dinero estaba libre de impuestos, los aboné al Fisco estadounidense, pero no lo podemos demostrar, la documentación se perdió con el avión. El viaje de aquí a Suiza ida y vuelta cuesta alrededor de cuatrocientos euros, y el total del dinero en billetes de quinientos, ocuparía la mitad de una caja de zapatos. Se hacen dos paquetes y se guardan en maletas distintas. En la aduana sólo detectan los metales y los estupefacientes. Además ¿quién va a molestar a dos señoras tan guapas con un niño de un año? -La agencia de viaje está aquí al lado, podemos ir ahora y hacer la reserva. La chica que trabaja en ella es amiga nuestra, fuimos al mismo colegio. -¿Y es tan guapa cómo vosotras? -Es muy guapa, pero un poco más baja -contestó Claudia. En un periquete estábamos los tres en la puerta de la agencia -Buenos días Luisa -dijeron al entrar en la agencia las dos hermanas. Era guapa la condenada, no silbé porque no sabía, pero lo intenté. -Por fin os veo entrar en mi tienda, todavía no conozco a tu hijo -le dijo a

mamá. -Pues aquí lo tienes. Me cogió en brazos. Aproveché la ocasión y ¡zas! Le zampé un beso en el cuello. Para salir airosas de la situación embarazosa que creé, le dijo Claudia: -¿A qué te ha besado? Siempre lo hace cuando le coge una chica guapa. Es curioso, porque a los hombres y a las feas no les hace ni caso.

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“Pero tita…, que soy un hombre y a mí siempre me han gustado las mujeres”.-menos mal que sólo lo pensé. -¿Qué os trae por aquí?. ¿No pensaréis viajar? -

Has dado en el clavo, queremos tres billetes para Zúrich. ¿Para cuándo los queréis? -Cuanto antes mejor -respondió mamá algo nerviosa. Luisa tecleó en su ordenador y unos segundos después exclamó: -Los hay para el jueves o para el viernes. Podéis elegir.

-El jueves, pero queremos que la vuelta sea el mismo día por la tarde o por la noche. No queremos pernoctar en Suiza. -Entonces vais a asuntos de negocios. -Acertaste. Necesitamos algunos artículos para la tienda y hay algunas subastas muy interesantes. “¡Qué pedazo de trola le largó Claudia a su amiga Luisa! Ni yo me la hubiera inventado mejor”. Con los billetes en el bolso regresamos a la tienda. Como estábamos a finales de otoño, entramos en internet para ver el tiempo que haría en Europa durante la semana. En Zúrich iba a hacer frío, pero no nevaría. Un maletín con algunos útiles de aseo y mi bolsa, era todo nuestro equipaje. Saldríamos de Barajas a las nueve y regresaríamos a las ocho de la tarde. Estaba todo planeado. -Necesitarás un gorrito de lana y unos guantes. Quiero que vayas abrigado-me dijo mamá. -Y una bufanda para proteger la garganta-exclamó tía Claudia. Cuando aterrizamos en el aeropuerto de Zúrich, tomamos el autobús que nos condujo a la ciudad. Había que comportarse como turistas de clase media. El taxi, cobraba un riñón por recorrer los diez kilómetros que había del aeropuerto a la ciudad (100 francos suizos, unos 72 euros). Entrar en el banco, acceder a las claves y sacar nuestro dinero, fue como coser y cantar. En un cuarto pequeño, sin que nos vieran, guardó tía Claudia el dinero. Lo metió en mi bolsa para llamar menos la atención. A las cinco, tomamos el vuelo de vuelta y a las ocho volvimos a Barajas. 24


CAPÍTULO VII. UNA NUEVA VIDA.

-Como hombre de la casa ¿qué nos aconsejas que hagamos con el dinero? - preguntó Claudia. ¿Cuánto dinero ingresáis en el banco cada mes de la tienda? -Unos diez mil euros-respondió mamá. -Pues, el próximo mes ingresaréis el doble. En Navidad podéis ingresar un poco más. El próximo lunes empezaremos a comprar acciones y ya os podéis olvidar de trabajar. Todos los artículos de la tienda hay que liquidarlos, aunque sean a precio de coste. No quiero que ninguna de las dos se coloque más detrás de un mostrador. Con cien mil euros, iniciaremos el negocio de las acciones. Los demás, los puede guardar tía Claudia en la caja fuerte, serán nuestro fondo de reserva. No hay que levantar sospechas de nuestras actividades financieras. -¿Podemos hacer algo por ti? ¿Se te antoja algo? -Lo estoy pensando, ya os lo diré dentro de unos días. Después de un buen plato de papillas me acosté en mi camita. -Buenas noches cielo, que sueñes con los angelitos. Mamá me dio un beso, me tapó, apagó la luz y se fue con su hermana. Antes de dormir reflexioné. Me vinieron a la mente los acontecimientos del día. Me hacía mucha gracia, cuando mamá me llevaba en brazos y yo le daba las instrucciones al oído dentro del banco suizo. Después, pensé en los billetes de quinientos que la tita guardó en mi bolsa entre los pañales. Ya no usaba pañales, pero los metió para que la bolsa abultara. ¿Quién pensaría que entre pañales iban más de medio millón de euros? Había algo que no encajaba, pero no daba con la tecla adecuada. Si vendían todos los artículos de la tienda ya no tendrían que trabajar. Si no tenían nada que hacer ya no me llevarían a la guardería y no vería más a Eva. Otra novia que perdería. Buscando solución al problema me quedé dormido. Por la mañana, tenía el problema sin resolver. Mamá y la tita llenaron de carteles el escaparate, estuvieron muchas horas en el ordenador para confeccionarlos. Si me lo hubieran pedido a mí, los habría hecho en un periquete. Estos eran los titulares:

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LIQUIDACIÓN POR CIERRE. SI GASTA 100, LE REGALAMOS OTROS 100 ADELANTA TU REGALO DE NAVIDAD. ¡Eran listas las condenadas! Si gastaban doscientos, sólo

La persona que se gastara doscientos euros, sólo pagaría cien. El descuento era del cincuenta por cien, pero según el cartel, parecía que el descuento era del cien por cien. ¿Pensaste lo que querías?-me preguntaron las dos -No lo tengo muy claro, pero tenéis que resolver mi problema. -¿Qué problema tienes? - Cuando vendáis todo, ya no me llevaréis a la “guarde” y me quedaré otra vez sin novia. -Podemos contratarla una hora diaria para que te saque a pasear. Como sale a las cinco, puedes estar con ella de cinco y media a seis y media. -¿Cuánto le pagaríamos?-pregunté. -Tú decides, eres su novio - me largó la tita con recochineo. -La rasca de su jefa le da seiscientos y pico al mes y siempre se queja de que gana poco. Con ciento cincuenta euros se arreglará. Le van a venir como caídos del cielo. -¿Cuándo se lo decimos? -Hoy mismo-contesté-. Verás como se alegra. Quiero que se lo propongáis cuando me tenga en brazos, así sentiré su reacción en mi cuerpo. -Tú lo que eres es un aprovechado -exclamó tía Claudia. -Recordad que tengo treinta y seis años. -Pero recuerda, que tu cuerpo sólo tiene uno. -Hoy vamos los tres a la guardería. No me lo quiero perder -dijo mi tía. De camino a la guardería nos encontramos con el matasanos. Iba acompañado de una chica, debía ser su novia. ¡Mi Eva era mucho más guapa! No tenía ni punto de comparación. Sentado en mi sillita, la observé de arriba

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abajo. Llevaba botas y no le sentaban muy bien. Hice señas a mamá para que se agachara. Quería decirle una cosa al oído. -¿Qué te ha dicho para que te rías tanto?-le preguntó mi tía a mamá. -El muy desvergonzado se ha metido con la novia del doctor y dice: “hay algunas que las botas son su segunda piel, pero otras parece que van despellejadas” -Este niño además de listo es filósofo. No se le escapa una -respondió mi tía. -Lo que soy es un amante del género femenino. Dije bajito -Me gustaría haberte conocido de adulto, haríamos una buena pareja. -Por favor tita, no te declares, está mi madre delante y se puede avergonzar. -Tú lo que no tienes es vergüenza -afirmó mamá riéndose de las ocurrencias de su hermana y de mis respuestas. En la guardería me fui derecho a por Eva, y como siempre, me cogió en brazos, me achuchó y sentí los escalofríos que tanto me gustaban. -Eva ¿te gusta Ángel?- le preguntó mamá. Como no me esperaba esa pregunta, me ruboricé como un principiante y mi tía se dio cuenta. -Este niño me encanta y le quiero mucho. “Y yo a ti, guapetona”, -¿Te gustaría pasar con él una hora más al día? Te pagaríamos ciento cincuenta euros al mes. Fue idea suya. En casa sólo dice tu nombre. Cuando salgas de trabajar estarás una hora con él. “Como dos enamorados” –pensé con los ojos cerrados haciéndome el dormido. Eva me dio muchos besitos en la cara. “En la boca, en la boca” -le decía con el pensamiento. -Con ese dinero pagaré la letra de la moto que me compraré y todavía me sobrará para mis gastos. Muchas gracias. ¿Cuándo empiezo? -Si quieres, esta tarde mismo.

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Como tenía las mismas necesidades de un niño de un año, pronto me quedé dormido en brazos de Eva, o sea, en la gloria. La felicidad se reflejaba en mi rostro. No le podía pedir más a la vida. En casa, dos mujeres me querían con locura. Era un amor maternal y familiar. También estaba mi novia. Yo la quería a mi manera y ella a la suya. Como vivía feliz, nunca me preocupé si mamá estaba soltera, separada o era una joven viuda. Podía meter la pata si se lo preguntaba. Pero alguna vez tendría que averiguarlo. ¿Quién sería mi padre.

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CAPÍTULO IX. TENGO SEIS AÑOS Y YA SÉ QUIÉN ES MI PADRE.

Acabo de cumplir seis años, llevo tres, poniéndome al día con los nuevos programas informáticos. Mi rostro cada día se parece más al que tuve en la otra vida. Ahora soy un experto en informática (ya lo era antes, pero no tanto) y estoy desarrollando un programa de esos que tiene la policía, donde reconstruyen rostros o siguen pistas de ladrones, asesinos y traficantes, con un complicado retrato robot. Prácticamente el programa está terminado, sólo quedan unos ajustes y colocar una complicada clave de seguridad, también de mi invención. El mejor experto del mundo, tardaría años en descifrarla. Consiste en seis grupos de seis dígitos y uno de tres, conectados entre si a un tiempo determinado. Si no se hace en el tiempo programado, el programa se paraliza. Sin conocer la clave es imposible entrar en el sistema. En estos momentos, tengo una foto mía en la pantalla. A través del programa y pulsando las teclas adecuadas, intentaré averiguar como sería con treinta y cinco años, después, añadiré seis años más. Mamá y Claudia seguían tan guapas, por ellas no pasaban los años (mamá tenía treinta y tía Claudia tres más). Eva me dejó plantado para casarse, pero tuvo el detalle de invitarnos a su boda. Le hicimos un buen regalo. Le amueblamos toda la cocina. Se puso como loca cuando se enteró de lo que le íbamos a regalar. Tengo muchas fotos de la boda, pero la que más me gusta es una en que Eva vestida de novia me tiene cogido en brazos. Como sólo estamos los dos en la foto, parece que el que se casaba era yo. La tengo enmarcada encima de la mesita de noche y cada vez que la miro, suspiro. Cuando la tienda quedó vacía, el local se acondicionó como un cuarto de juego. Era más grande que toda la guardería, patio incluido. Cuando mis dedos cogieron la agilidad suficiente, me compraron un ordenador nuevo, el otro se quedó obsoleto. Para mi era más fácil teclear que escribir, también me compraron un portátil. Me lo llevo a todas partes. Cuando me conecto a Internet en algún bar, siempre hay algún curioso que se acerca para ver mis evoluciones en la red. -¡Qué niño más listo! –exclamó una camarera la primera vez que entramos en el bar donde trabajaba. Desde entonces, cada vez que entrábamos me saludaba. Hicimos una pequeña fortuna con los movimientos bursátiles de la bolsa. Ahora que la economía mundial se encuentra estabilizada, el negocio está en letras del tesoro, también conocidas como deuda pública. Gracias a ellas, vivimos de las rentas, sin agobios de ningún tipo. Claudia, todavía conserva en 29


la caja fuerte, más de la mitad del dinero que trajimos de Suiza y nuestra cuenta bancaria tiene seis dígitos. Mamá y tía Claudia tuvieron una idea, Querían ir a conocer Londres y de paso comprar algo de ropa. Como ninguna hablaba inglés, me ofrecí de intérprete. En mi vida anterior, hice la típica excursión de fin de carrera. Estuve una semana en Londres y otra en Paris y compré algunas cosas en las dos ciudades. El centro comercial Harrods de Londres tenía de todo, pero a nosotros nos recomendó el conserje del hotel, que compráramos en las tiendas Outiel. Allí vendían ropa de diseño para hombres y mujeres a precios baratísimos, sólo tenían un inconveniente, casi toda la ropa era de la temporada anterior. Todo lo que sabía de Londres se lo conté a mamá y a Claudia. Entre las dos, me llevaron en volandas a ver a Luisa, la de la agencia de viajes. -¿A qué vais a Londres?- preguntó la curiosa de Luisa. -De visita turística y a comprar ropa- contestaron las dos hermanas. -¿Cómo os apañaréis si ninguna habláis inglés? -Nos llevamos un intérprete- contestó mamá. -¿Le conozco? -Claro que le conoces, ¡soy yo!- le contesté a la amiga de mamá y de la tita. Luisa me miró extrañada y desconfiada. Debía defenderse en el idioma anglosajón, porque me largó varias preguntas en ese idioma. Le contesté y contraataqué con otras más técnicas, a las que no supo responder. -¿Desde cuando habla tu hijo inglés?- preguntó sorprendida. Iba a contestarle que desde siempre, pero dejé que mamá me defendiera, ¡para eso era mi madre! -Aprendió sólo por Internet y lo hace muy bien. Tiene una gran facilidad para los idiomas. También habla francés, pero no también como el inglés. Me cogió en brazos y me dio dos besazos en la cara, sorprendiéndonos a los tres con su actitud. ¡Tráeme una camiseta de Londres!- exclamó dándome otro beso que resonó en toda la estancia. -¡Cuenta con ella! – contesté pensando en los tres sonoros besos que me dio dejándome la piel con olor a maquillaje.

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-¡Mamá!, anota en la libreta, la camiseta para Luisa. Estuvimos en Bluewater, el centro comercial más grande de Europa con 330 tiendas y 40 cafeterías. Visitamos Bond Street, pero no para comprar. Allí sólo compran los millonarios, tienen precios astronómicos. Se trajeron varios modelitos de lana y media docena de jerséis y camisetas. Yo mismo escogí la de Luisa. Antes de comprarla, se la hice probar a una de las empleadas de la misma constitución. Con el dinero que nos ahorramos en ropas, se compensaron los gastos del avión. “Lo comido por lo servido”, solía decir mi difunta madre. Dentro de seis meses, volveremos a viajar. -¡Vamos a ver a Luisa!- exclamé a voces el viernes por la mañana. -Tú lo que buscas es un beso. ¿No tienes bastante con los que te damos tu madre y yo? -Son besos distintos, tita, no los confundas –contesté pausadamente para mosquear a mi tía y… ¡lo conseguí! -¡Sinvergüenza! Te voy a dar… -¡Un beso tita!, no soy celoso. Si me quieres besar, no hace falta que te pongas así. ¡Bésame! –le supliqué antes que terminara su frase. Mamá, escuchó toda la conversión de los dos, escondida detrás de la puerta sin intervenir. -¡Bésale ya, Claudia!, lo estás deseando- dijo mamá saliendo de su escondrijo. -Lo que me faltaba, mi propia hermana a favor del niño- expresó Claudia un poco mosqueada. -Del niño ¡no!, de mi hijo- recalcó mamá a su hermana. -¡Dejadlo ya!, me besáis las dos y asunto concluido. Ahora fue mamá la del mosqueo. Al final, nos miramos, nos reímos y nos besamos. - No sé lo que tiene este “mocoso” para ganar siempre- dijeron las dos a la vez. -Lo que tiene este “mocoso” es un corazón que os pertenece por completo y vosotras lo sabéis. Los “tequieros” inundaron la habitación. Éramos una familia unida. Cogidos de la mano, medio en volandas, nos acercamos a la agencia de viajes. 31


Cuando le regalé la camiseta, Luisa me dio las gracias y el beso. -Sé que es tu talla, lo comprobé personalmente y gracias por el beso, me hacía falta- insinué, mirando a las dos hermanas que sonrieron con mi comentario. Estoy un poco mosqueado con mi personalidad. Descubrí por casualidad, que tenía un pequeño antojo con tres lunares en la espalda a la altura de la cintura. El Ángel de New York que yo conocí, también los tenía. Mi rostro, el antojo y los lunares eran tres coincidencias que me llevaban a la reflexión, pero intentaría buscar la pista definitiva. Cuando tenía dieciséis años e iba a entrar en la universidad, me hicieron una revisión médica muy completa. En una radiografía, detectaron una anomalía de nacimiento en mi organismo, que no tenía importancia. El diafragma interno que separa los pulmones del intestino, no era uniforme. Lo tenía bastante curvado. Estaba anotado en mi ficha médica con tres palabras:”sin interés patológico”. Se anotó como una curiosidad del organismo humano. ¿Tendría en este cuerpo la misma anomalía? Con una simple radiografía se comprobaría. ¿Cómo le digo a mamá todo lo que he descubierto? Estaba en un callejón con una sola salida. Si no se lo decía, nunca lo podría comprobar. -Tía Claudia, acércate un momento y mira la pantalla del ordenador. -Es una foto tuya, te la hice yo. Me acuerdo perfectamente de aquel día. -Ahora, observa con atención. Metí el programa de envejecimiento y mis rasgos fueron cambiando poco a poco. Diez, veinte, treinta y treinta y cinco años ¿qué te parezco ahora? -Me pareces un hombre de buen ver. -¿Y si te dijera qué así era yo antes? Después le conté lo del antojo y los lunares. La cara de mi tía era un poema, iba de sorpresa en sorpresa. -¿Se lo has dicho a tu madre? -No me atrevo. -Yo se lo diría. -Quiero que me eches una mano para decírselo. -Lo haré, tenlo por seguro. -Cuando llegó mamá volví a poner la foto y fui envejeciendo el rostro. -Así serás tú cuando seas mayor- dijo mamá en un tono sorpresivo. -Así era yo antes de volver a nacer. 32


Acto seguido, le conté lo del antojo, lo de los lunares y el defecto que tenía en el diafragma cuando era mayor. Mamá y su hermana se miraron. Por fin, iba a averiguar quién fue mi padre. -Nunca te hemos hablado de tu padre porque no existe, ni ha existido nunca. Con veinticuatro años recién cumplidos, decidí ser madre y solicité la inseminación artificial. Expuse las características del donante y me contestaron varios meses después. En la clínica donde naciste, me inseminaron. Por lo tanto, no sé quién fue tu padre. -Pero lo podemos averiguar- insinué. -¿Cómo?-me preguntaron las dos intrigadas. -Muy fácil, preguntando en la misma clínica. Seguro que tendrán algún dato de la identidad del donante. -Mañana a primera hora, iremos los tres a la clínica. En un momento te hacen la radiografía y mientras, revisamos el expediente de tu madre. Estoy deseando desentrañar este misterio-nos dijo Claudia a los dos Aquella noche ninguno de los tres pudimos dormir. Nos levantamos con ojeras. Si no descubríamos pronto la verdad, lo íbamos a pasar mal. La secretaria de la clínica nos recibió amablemente. Cuando le contó mamá a lo que íbamos, se turbó un poco. -Eso lo tiene que autorizar el director. Es la primera vez que una madre está interesada en conocer al padre de su hijo. Mientras localizaban al director, una doctora me hizo la radiografía y salió la anomalía del diafragma. Era la cuarta coincidencia. El director no puso ninguna pega. De un archivo sacó la solicitud de mamá y nos la entregó. Primero venían los datos de mamá, después las características de cómo debía ser el padre. Ellas ya las conocían, pero yo no. Entonces leí: español, sano, inteligente, veintitantos años y de raza blanca. Mamá y su hermana leyeron el folio del donante hasta la última letra. Resulta, que las muestras vinieron de Estados Unidos. El documento especificaba claramente, el nombre y apellidos de un estudiante hispano de la Universidad de Harvard. Las dos me miraron con fijeza. -¿En qué Universidad estudiaste? –me preguntaron intrigadas.

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-En Harvard -les contesté bastante sorprendido. -¿Y tus apellidos eran:…..y…..? -¿Cómo lo sabéis, si nunca os los dije? -¿Recuerdas si alguna vez donaste semen en la Universidad? -Claro que me acuerdo, fue en el último curso de Económicas. Durante siete días fuimos el hazmerreir de la Universidad. Nos gastaron bromas de todo tipo e incluso nos sacaron chistes. Sólo escogieron a los tres mejores de cada facultad. -Entonces, tú eres…tu propio padre -exclamó Claudia después de suspirar. - ¡Qué yo soy mi padre! ¿Cómo se guisa eso? -Que tu esperma sirvió para fertilizar a tu madre. Ni mamá ni yo, nos lo podíamos creer. La tita estaba contenta porque aparte de tener un sobrino, tenía un cuñado. Mamá no se quedaba a la zaga, tenía un hijo que era su marido, aunque fuera hipotéticamente. Por último quedaba yo. Mi tía se convirtió en mi cuñada y mamá en mi mujer. ¡Qué follón de familia! Decidimos guardar el secreto. Si lo contáramos, muchos no se lo creerían. Pero creedme, la reencarnación existe.

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ÍNDICE Prólogo. Capítulo uno.

Éste no es mi cuerpo.

Capítulo dos.

Voy a mi casa.

Capítulo tres.

Un mes después.

Capítulo cuatro.

Cumplí seis meses.

Capítulo cinco.

Tengo un añito y ya hablo.

Capítulo deis.

Cuento mi historia

Capítulo siete.

Una vida nueva.

Capítulo ocho.

Tengo seis años y ya sé quien es mi padre.

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PERSONAJES

Ángel (niño).

Protagonista.

Lola.

Mi madre.

Claudia.

Mi tía, hermana de mamá.

Ángel (adulto).

Mi padre.

María.

La enfermera, mi primer amor.

Eva.

Empleada de la guardería, mi segundo amor.

Luisa.

Amiga de mamá y de la tita.

Otros personajes activos. El doctor, la otra enfermera, la dueña de la guardería, la clienta de la tienda y la camarera.

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ESTE NOS SOY YO