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índice

La larga oración de Orfila por Héctor Rosales ● 3

Poemas de Orfila Bardesio ● 6

Manuscrito de Orfila Bardesio ● 14

Decir lo desconocido-Orfila Bardesio entrevistada por Luis Bravo ● 15

Poemas de:

Jorge Arbeleche ● 18

Paula Simonetti de Souza ● 25

Gastón Rodríguez Freitas ● 29

Cecilio Peña - Canto y duelo del ser por Luis Bravo ● 33

Antología poética de Cecilio Peña ● 35

Los autores ● 61

LO QUE VENDRÁ revista de poesía Nº 8 / 9 - año III segunda época / junio - setiembre 2013 Consejo asesor Laura Alonso / Washington Benavides / Luis Bravo / Gerardo Ciancio / Alfredo Fressia / Silvia Guerra / Saúl Ibargoyen / Marcos Ibarra / Francisco Lussich / Claudia Magliano / Lucio Muniz / Tatiana Oroño / Ricardo Pallares / Marina Pose. Consejo editor Betty Chiz / Eduardo Nogareda Director Diego Rodríguez Cubelli

Agradecemos a: Héctor Rosales por la gran cantidad de material sobre Orfila Bardesio cedido para esta publicación. Entre ellos la mayoría de las portadas de los libros, el manuscrito y las fotografías. Pablo Galante por la fotografía de Cecilio Peña tomada en la Biblioteca Nacional en 1996 y que fue utilizada en la portada de este número. Jorge Arbeleche, Paula Simonetti y Gastón Rodríguez por permitir la reproducción de sus poemas. Luis Bravo por el material sobre Cecilio Peña y Orfila Bardesio. A los que apoyan el proyecto.

Recibimos publicaciones similares y material de interés en la dirección: Galvani 4842, CP. 12300, Montevideo, Uruguay.

Contacto: revistaloquevendra@gmail.com revistaloquevendra.wordpress.com

Tiraje de 200 ejemplares

La revista y los libros de nuestro catálogo están a la venta en:

- Parisson Libros / Colonia 1822 - Purpúrea / Plaza del Entrevero - La Lupa / Bacacay 1318 - Libros de la Arena / J. Benito Blanco 962 - Pocitos Libros / Av Brasil 2561


LO QUE VENDRÁ / revista de poesía ● 3

La larga oración de Orfila por HÉCTOR ROSALES

O RFI LA BARD ESI O , P O ETA URUG UAYA

De la rica tradición poética que en su corta historia ha generado el Uruguay (geográficamente, el más pequeño de los países de América del Sur, con una población que apenas supera los tres millones de habitantes) trascendieron al exterior varios nombres pertenecientes, en su mayoría, a tres generaciones. La breve nómina que citaremos aquí comenzaría con Juan Zorrilla de San Martín (1855-1931), Julio Herrera y Reissig (1875-1910), dos figuras relevantes que escribieron y publicaron entre los siglos XIX y XX; precisamente a los autores de este período se les englobaría en la llamada “Generación del 900”, cuya más joven exponente sería Delmira Agustini (1886-1914). En las primeras décadas del XX también aparecen las obras de Juana de Ibarbourou (1892-1979) y María Eugenia Vaz Ferreira (1875-1924) que contaron, en especial la primera de ellas, con una importante difusión dentro y fuera del país. La siguiente generación, que ha conseguido una prolongada audiencia por parte de profesores, críticos y público, además de una influencia notoria en promociones posteriores, es la denominada “Generación del 45”, cuyos mayores exponentes en el ámbito internacional son: Mario Benedetti (1920-2009), Idea Vilariño (1920-2009), Amanda Berenguer (1921-2010) e Ida Vitale (1923). Orfila Bardesio (1922-2009) estaría en este conjunto, aunque su actitud reservada ante el mundillo cultural le alejó de los cauces de la popularidad y del debido reconocimiento a los valores de su obra, tan meritorios (y en algunos casos, todavía más) como los de los mejores títulos de los poetas que estamos mencionando. En la década del sesenta y hasta nuestros días podemos añadir a dos autores que han

publicado con frecuencia en los países donde se exiliaron: Saúl Ibargoyen (1930) en México y Cristina Peri Rossi (1941) en España. Otro uruguayo de la diáspora, Eduardo Milán (1952), sumaría sus libros desde México. La promoción que actualmente viene siendo leída, estudiada y galardonada con bastante relieve es la que comenzó a publicar a finales de los setenta y en el curso de los ochenta, autores que escribieron sus primeros volúmenes dentro de la dictadura militar y a los que se les llamó “Generación del Silencio” o “Generación de la Resistencia”. Entre otros, aquí encontramos a Luis Bravo (1957), Rafael Courtoisie (1958) o Silvia Guerra (1961), poetas que han puesto su mirada en la producción de Bardesio, y que en los últimos años han contribuido a la necesaria redifusión y consideración de su impecable trayectoria poética. Este camino lo inicia Orfila en la Montevideo de 1939 con la publicación de “Voy”. En esa capital y año la jovencísima poeta fue presentada en el Paraninfo de la Universidad por el prestigioso crítico y ensayista Alberto Zum Felde dentro de las actividades de “Arte y Cultura Popular”. Otra autora uruguaya exquisita, Susana Soca, buena amiga de Orfila, la presentaría después en la “Sociedad Amigos del Arte”. A este primer título seguirían: “La muerte de la luna” (Buenos Aires, 1942), “Poema” (Montevideo, 1946), el tríptico “Uno”, publicado en Montevideo (libro primero: 1955, libro segundo: 1959 y libro tercero: 1971), “Canción” (Montevideo, 1970), “Juego” (Montevideo, 1972), “La flor del llanto” (Montevideo, 1973), “El ciervo radiante” (Montevideo, 1984), “Antología poética” (Montevideo, 1994), “La mano desnuda” (Barcelona, 1996), “Dieciséis odas y una canción” (México, 2005), “El pasado cultural uruguayo” (crónicas, Montevideo, 2006) y “La


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Rolando Faget, Orfila Bardesio y Héctor Rosales. Montevideo, 1999.

canción de la Tierra” (Montevideo, 2009). Por los tres volúmenes de “Uno” y “Poema” obtuvo cuatro veces el Premio del Ministerio de Cultura, y el Primer Premio del Municipio de Montevideo por “Poema” y “El ciervo radiante”. Nacida en Montevideo, Orfila Bardesio vivió durante años en el departamento de Treinta y Tres, donde se desempeñó como profesora de Literatura en Enseñanza Media. Ha dado numerosas conferencias y colaborado en distintas revistas literarias nacionales y extranjeras. En “Nuevo Diccionario de Literatura Uruguaya” (Montevideo, 2001), dentro de la correspondiente entrada a la autora, se cita una interesante observación del crítico Domingo Bordoli acerca de “Uno” (libro primero), al que define como Universo: “Ante él, el yo se asombra y se hace una misma cosa con el mundo. Cada poema de este libro es, por lo tanto, mundo derramado que trama su yo. Todas las cosas pueden corresponderse de extraña y súbita manera (...) la obra es una peregrinación a través de sucesivas metamorfosis –algunas veces recíprocamente dependientes.” Al final de la ficha del diccionario se incluye una reveladora respuesta de Orfila (en una entrevista que le realizara Luis Bravo), donde la poeta advierte de la perspectiva generada por el fenómeno poético: “Como pensaba Rimbaud, la

poesía es una alucinación de las cosas eternas, es como abrir una ventana y quedar frente a lo eterno”. Se ha reiterado en distintas publicaciones el siguiente y oportuno enfoque del poeta uruguayo-francés Jules Supervielle sobre la autora: “Hay palabras como leopardo, cordero, cisne, que serán asociadas para siempre a su nombre de poeta, de gran poeta. Ascienden a la superficie de sus versos y allí se fijan sin perder levedad”. Por su parte, Mario Benedetti opina sobre su compatriota y su marco generacional: “Bardesio integra aquella promoción que nos puso en contacto con Idea Vilariño, Amanda Berenguer, Ida Vitale, que si bien no se constituyeron en un grupo formal o escuela y que además no tenían afinidades concretas en materia de poesía, coincidieron en una actitud autoexigente y existencial, y demostró (con diversos lenguajes y en distintos niveles de calidad) que su poesía no era un mero pretexto. En realidad tenían algo que decir, algo que comunicar”. Apartada de las luces empeñadas en éxitos efímeros, permanentemente fiel a su escritura y a su sólida educación, Orfila Bardesio está señalada por el tiempo para ocupar un espacio significativo en la literatura de su país y de cualquier lugar con población sensible y exigente. Autores como los ya nombrados, a los que se añaden Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y un extenso etcétera, dan fe de la “buena salud” de la poesía bardesiana. ENCUENTROS EN EL SUR

A mediados de 1986 regresé a Montevideo por primera vez, luego de siete años y medio de ausencia. Entre los numerosos escenarios recuperados, nuevos o redescubiertos por aquel joven uruguayo, estaba el bar Sorocabana, en su sede primordial de la Plaza Libertad, centro del centro de la capital, que era contemplado por unos amplios ventanales laterales del establecimiento. Allí concurría un público diverso, como en décadas anteriores, cuando ya tenía fama por ser punto de reunión de escritores, artistas, políticos e intelectuales, entre otras personalidades o figurantes del mundillo montevideano. En aquel invierno visité varias veces el Sorocabana, y fue en una charla con otra de las voces más originales de las letras uruguayas, Marosa di Giorgio, cuando conocí a Orfila Bardesio. Promediando sus sesenta años, delgada y menuda, vestida con sencillez, el cabello blanco


y gris recogido en una coleta, despejando su rostro armonioso y cálido donde unos ojos negros y brillantes, bellísimos, palpaban a los seres y al planeta desde muy adentro de sí misma, Orfila cultivaba un halo de natural humanismo, de sabia y genuina humildad, de cultura y comprensión como pocas veces había conocido hasta entonces. Por ello no fue nada difícil entablar una amistad que me ha enriquecido y honrado hasta el día de hoy. Sin apenas referencias sobre su obra, desde aquella noche quedé muy interesado por su poesía, sus escritos en general, su trayectoria creativa y vital, que me devolvían a una serie de ejemplos muy caros a mi memoria, cuando alejado del país recordaba a profesores y artistas uruguayos que aportaron ideales, objetivos, identidad, estímulos y razones precisas para continuar más allá de la siniestra década del setenta, donde se quebraron tantas alas de la sociedad uruguaya. Pasaron los años, vinieron lecturas y envíos periódicos de libros, suplementos, revistas, cartas, noticias mutuas. Logramos colaborar en más de un proyecto en común. Y cada vez que retorné a nuestra ciudad, siempre hubo algún que otro rincón para llamadas telefónicas y visitas a su casa. En el domicilio de Orfila coincidimos, además, con otras amistades, con familiares, con numerosas fotografías y anécdotas de personas presentes y de otras que, superando sus ausencias físicas, llegaron hasta nosotros por los mejores senderos de su recuerdo. En nuestro reencuentro más reciente, mayo 2003, la poeta leyó en voz alta dos de los textos inéditos que integran “Dieciséis odas y una canción”, manuscrito que me había enviado en

Orfila Bardesio en Colonia, Alemania. 1993.

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marzo de este año para una posible publicación en el viejo continente. Esos poemas, que ya me habían gustado en mi lectura inicial, adquirieron una vibrante y aún más luminosa consistencia en los labios de Orfila. Y comentamos allí no sólo diversas propiedades de esos escritos, sino del conjunto al que estaban unidos, una obra que me había anticipado en plantear como proyecto editorial al amigo y poeta portugués Alberto Augusto Miranda, que me confirmó por mail su plan de publicarla en Lisboa y que, para alegría de la poeta, así le informé en su casa de Montevideo. La presente edición, pues, facilita el acceso del lector portugués a los poemas de esta singular autora y a un trabajo que desconocen los lectores compatriotas de Orfila Bardesio. Esperemos que a partir de estas páginas, tanto en uno u otro país, se origine una búsqueda, revisión o reedición de otros títulos que ya hemos enumerado y que, sin ninguna duda, aportarán versos para seguir creyendo en esa poesía que palpita en la estructura más humana de nuestro espíritu. Sitges (Barcelona), 9 y 10 de agosto de 2003

______ NOTA: Fragmento actualizado del texto que aparece como introducción a la primera edición de “Dieciséis odas y una canción”, Palabra Virtual, México, 2005 (edición digital) . disponible en:

http://palabravirtual.com/pdf/odas_bardesio.pdf


Poemas de Orfila Bardesio

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Selección de poemas que, bajo el título La mano desnuda, se incluyó en la colección Las hojas del diluvio, dirigida y editada por Héctor Rosales, (Barcelona, enero de 1996).

El caballo Un caballo de mármol ardiente con panales de espuma y con miedos de hierba en la boca, las orejas atentas oyendo vibraciones extrañas al hombre, sus patas como el cuello de las fuentes. Y mariposas en la sangre, y mariposas en el belfo, con una prisa en el hocico. Y su cola se abre como una campana en el aire y sus crines lloviendo como blancos otoños. Un caballo que olvida la tierra. Un caballo que tiene una hoja del mar en el cuerpo, una hiedra sensual que hunde su serpiente en el oído y el caballo se va revolcando, ovillado, extendido, cayendo rocío del olfato llameante, oh árbol animal, se va, se va en un himno, en la pradera del cristal, se va oliendo la luz, la alegría, levantando su nave gloriosa, salvaje, solitario, sin puente, orgulloso, y sus huellas se quedan llamándolo. Ya no vuelve, no vuelve, ya pasea en un viejo jardín olvidado, en un bosque de fuentes, entre ciervos de lluvia saltando, donde pide su cuerpo el espejo, donde busca la risa sus labios. Ya la luna le muestra raros mapas de sueño y se queda sin muerte en un prado.

De Poema


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La que pasea El aire la recibe cuando anda, el cielo la posee, los árboles la besan, la ama el mar. Sus pies no pertenecen a su cuerpo, sino al camino. Sus piernas le obedecen como columnas a la Música. Sus pasos desprendidos del tobillo no caen en el silencio como sonidos huérfanos. Cada uno es guardado en la tierra como campanas en la memoria. No se aleja, se acerca. —Alejarse es volver a besar en el aire que espera—. Como las olas condenadas a gastar un lugar el Movimiento no la deja partir. De Uno (Libro Segundo)

Portadas de los libros Poema (1946), Uno, Libro primero (1959) y Uno, libro tercero (1971)


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Intimidad Como en cipreses a llantos largos no progresa la noche; el blanco detiene un luto de carruajes en la madrugada; vacilan cirios como penumbras; dudan alturas de cóndores en el olvido; la pesantez no se arrepiente ante luces sonoras de campanarios; las cenizas impiden filos a los aullidos; la lluvia desorienta las cartas y sin embargo, el amor, de un corazón retira sus hiedras, una niña de oído fino, de obediencia inclinada, intenta demorar el amanecer en el bosque; busca lo callado para cubrir flores, agua de silencio, hierba sin abejas verdes, fuentes con rumores iguales con que apagar ciervos y colores; pero las cosas están respondiendo a otras fechas, con hirviente trabajo fervoroso como las estrellas, y no escuchan su seda. ―Sólo un grillo que esperaba, pronuncia por un instante en las soledades extensas su compañía lejana junto al corazón desconocido de sí mismo―. Y la niña se duerme, fatigada de andar en las alturas horizontales de la tierra, mientras un rebaño de latidos cuida, como una torre, que sus manos no salgan del sueño. De Uno (Libro Segundo)


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La memoria La historia no registra el pan crucificado, el rey sin arcoiris, los niños, de colores, quebrados por el crimen, batallas de encinares contra el acero enemigo, las hormigas vencidas por el peso. No registra la nave que arrastra su deriva en aguas extensas sin encontrar el puerto que los mapas aseguran, no registra las águilas perdidas en el humo sin luz, la catedral secreta de los pobres solo de llanto adornada. Porque la historia es la memoria del Olvido. En el silencio de la tierra los metales se mueven al ritmo de un corazón de llamas no escuchadas: cuando desprende una hoja sonora en las semillas empiezan cipreses, el musgo guarda sus números con igual cuidado que la profundidad a los abismos. ―Bajo las risas, los siglos, las burlas―. Cuando caen sus heridas, el mar escribe libros en el mundo. Cuando su voz levanta llamados a los que responden desiertos, todos los ciervos muerden hierba. Cuando, para nadie, corren sus lágrimas por las soledades, la pesantez se arrepiente en los cuerpos, se celebra una fiesta: el aire. Cuando ―como si nada hubiera pasado―, sonríe a sus hermanos con luz de fruto, resplandecen aves en el cielo. De Uno (Libro Tercero)


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El río

A Jorge Luis Borges

Ignora qué leopardos o qué olivos colaboraron en su número de llamas. En qué oscuras entrañas se levantaron sus orígenes del musgo. En qué fecha de álamo se movieron los labios de su continuo nacimiento. ―Su nacimiento no ha cesado nunca―. Es extraña a sus manos y a sus huesos, extraña a las columnas de sus piernas. ―Entre ellas, reina amistad de compañeros, su respetuoso amor las vuelve cada vez más desconocidas―. Extraña es la viajera que entró en su rostro lejano. Conducida por guías al más seguro sitio se ha perdido en un arpa de hojas. Ignora a dónde van los coches de su entierro y si realmente ha muerto. Si los carruajes llevan sus ojos a la visión o sólo el peso de desiertos, bruscamente aumentados. Desnuda, ni la delgada línea de un cabello la separa de remotas estrellas. ―Su geografía gasta fronteras con golondrinas―. Su vigilia es quemar alrededores. Su trabajo es salir, es correr. Su profesión es la de un río que no quiere consuelo. No hay tesoro que pueda detenerla. De Uno (Libro Tercero)


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La adolescente

A Concepción Silva Bélinzon

Desnuda, blanca, sola, como los huesos. Un puñado de hormigas. Unas manchas de lluvia. Una puerta. Unas brisas naciendo de sus madres. ―Sin libros, sin trajes, sin números, entre la selva y sus paseos. Abrazada en secreto por los árboles. Amanecida por el asombro. Recordada por pinos antiguos en los muebles. Confundida con las noches. Frecuentada por la sal―. Con un brazo aleja las orillas que la separan del agua, con el otro, invita ojos detenidos por el miedo en los umbrales, a recibir las cartas de la sed. Sube a estrellas ardientes por una escala de oro. Mientras las brújulas, los mapas, los dibujos esperan conducir el eco de sus flautas, se olvida por la luz en las abejas finas. Con el pecho encendido por un racimo de planetas, ―de los metales, al fuego, de la respuesta, a la pregunta, de la piedra, a las lágrimas, vuela en un columpio que sostiene un pez confiando brillos a delgadas alturas―. De Uno (Libro Tercero)


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El equilibrio Cada vez que el silencio desciende su escalera de pausas hacia raíces oscuras, las palabras coronan gloriosamente los tallos. De Uno (Libro Tercero)

El tocar La Cabellera quema el filo entre la piel y el cielo con sus llamas: las encinas no alumbran su follaje en las florestas lejanas, los leopardos no encantan entre verdes cortinas, las piedras no recuerdan historias en milenarias intimidades, el sol no estalla espigas en una tierra azul. En la mano desnuda es donde todo sucede. De Uno (Libro Tercero)

El poeta Lejos de ocios y telares un espejo ardiente recibe caras que no ha pedido. Con vuelo, no corona las cosas: dentro del agua que lo recuerda besa a todos los seres en el caracol marino correspondiente a su turno. De Juego


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El guerrero Los violines levantan a sus ojos delicadas columnas. ―La orquesta construye siempre de nuevo el mundo―. Los bailarines victoriosos en un salto vibrante se vuelven más que hombres, fuego. Los cuadros abren puertas con ritmo. ―Los retratos desembarcan personas―. Las viñas se pierden en los cristales. Los viajes dejan los países y vienen a buscarlo, como hermanos. Los castillos le ofrecen alfombras donde callan secretos milenarios. Las naves lo alejan de sí mismo. El oro lo separa de su muerte. Lo alcanzan mantos de una gran tormenta. ―Sin que sus llamas mueran en las palpitaciones verdes se interna en estos bosques encantados―. Como el antílope por los olores reconoce las alegrías que le pertenecen en la hierba, encuentra reflejados los ecos de la luz en donde cantan sus tobillos. Porque su rebaño de rostros llegando siempre al día dibuja solamente los mapas de la ausencia. Porque vive en un fuego incesante y extraño que lo sostiene lejos de la muerte. Porque, en un viento que los muros no quiebran su frente corre sin descanso, su boca se consume de sed junto al agua, y sus manos, guerra con trajes, con ademanes, con sonrisa, tocan abismos que las respuestas no calman. Porque bajo la Música, la Danza, los cuadros, los vinos, los palacios, los viajes, las monedas, arde sin nieve, su cara inconsolable no vencida por las ofrendas de la tierra. De Juego


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Manuscrito inédito de Orfila Bardesio cedido por Héctor Rosales para esta publicación.


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Decir lo desconocido

(el fuego en los ojos del ciervo)

Orfila Bardesio entrevistada por Luis Bravo

Estamos ante una mujer que ha escrito, invariablemente, a través del ojo de la poesía entendida como símbolo del discurrir espiritual. No siempre quienes aventuran tal camino son reconocidos inmediatamente en esa fe que los hace extraños y solitarios. Su obra es una de las más sólidas y menos difundidas de entre quienes componen la generación del 45 en el Uruguay. Sobre un libro escrito en trance místico, La Luz del ojo en el follaje (1989), giró gran parte de un diálogo al que se agregan anécdotas de vida y reflexiones del arte poético que hablan por sí mismas, sin necesidad de las preguntas.

La justicia del ciervo

Cuando tenía doce años, jugando con unos chiquilines fui a saltar sobre un gran pozo y al llegar al otro lado me dije: "yo tengo que escribir algo, pero no sé lo que es". Mi vocación empezó así. Cuando terminé el libro La Luz del ojo en el follaje, sentí que había terminado de saldar aquella inquietud que también era un oscuro pozo. Ahora un silencio ensordecedor reina en torno de esa obra. Es la lectura de la Carta IV del Apocalipsis de San Juan al Ángel de las Iglesias de Tiatira; se refiere a la Iglesia en la era de las industrias y de la tecnología. Es una lectura en el oído de las grandes ciudades. Me llevó sangre escribirlo. Hubo un tiempo en que viví como una alucinada, estudiando diferentes versiones de la Biblia. El libro está dedicado al Papa Juan Pablo II que había sido herido y estaba internado en Castelgandolfo. Él había preguntado: "¿por qué a mí?". La causa es lo que el libro pone en evidencia: una herejía secreta instalada en la Iglesia misma. En el momento en que lo hirieron él estaba levantando a un niño en brazos haciendo el gesto de Jesús: "dejad que los niños vengan a mí". Le escribí una carta que empezaba diciendo: "Y vos, ¿dejáis que los niños vengan a él?", luego le demostraba que no. La luz del ojo al que refiere el título pertenece al ciervo, que es Cristo según lo dice San Juan: "como el

ciervo huiste habiéndome herido". El ciervo que tiene las patas de bronce fino, no hace ruido y llega adonde está escondido el secreto. Esa luz de fuego de sus ojos es con la que quema el error cuando lo mira, esto es parte de la simbología del libro. Siguiendo con el tema, la pregunta sería: ¿quiénes no quieren que los niños vayan a Jesús? Tiene que ver con la culpa, en especial con la culpa sexual que imparte la Iglesia; una culpa que influye en los niños, en la humanidad cuando es niña. En la Carta IV se habla de una mujer, Jezabel, figura que muestra cómo se roba la libertad y la felicidad sexual de las bodas. En el capítulo II de mi libro se dice: "el cuerpo es más que el Hermano Asno, según San Francisco; es más que nuestro compañero, es el objeto de trascendencia, es la materia sacramental. Si en lo sagrado se lo calla, ¿qué se consagra? Reducir el amor humano a materia penitencial en el secreto del confesionario, es una forma de la avaricia de Jezabel". Dicho de otra manera: aún hoy la Iglesia tiene el manejo de esa culpa de lo sexual, lo que implica un dominio de las vidas, de las almas. Soy una convencida de que si el papado reconociera la posibilidad de elegir entre una castidad ofrecida y la libertad sexual se ganaría mucho en el plano de la libertad humana. Yo hablo de que Judas compró la sangre de Cristo por treinta monedas y que en el confesionario, con la inocencia del niño, se compra


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una cama para el sacerdote. En las bodas, por ejemplo, se habla de los deberes pero no se menciona la felicidad sexual de las parejas. Sigue siendo objeto de culpa la unidad sagrada del hombre y la mujer, la Iglesia así lo considera, es terrible eso. De todas maneras, se reencuentre o no la Iglesia con su pueblo, yo creo que la humanidad así, ciega, no puede seguir. Como digo en el prólogo, el hombre tiene por primera vez en la historia la opción de destruir, o no, el mundo. Es necesario que haya una institución, que podría ser la Iglesia transformada, que le diga a la humanidad que hay algo más que la ciencia, algo que reivindique la trascendencia de la vida, la dignidad de la existencia, la divinización de la tierra, ¡cómo nos hemos olvidado de eso! El hacer poético

Cuando leí a San Juan vi que con el Cántico espiritual se le hacía como un favor a la humanidad revelando el secreto de esa poesía, de "ese saber no sabiendo a toda ciencia trascendiendo". Nadie puede avanzar en poesía si no sabe mucho, si no tiene la experiencia. Por más inspiración, intuición, sin el trabajo de orfebrería del oficio, la poesía no existe, necesita de un artista, evidentemente. Pero cuando se agota ese camino y te quedás como manso, en silencio, como esperando, entonces es como si eso que no sabés viniera a vos, y decís las cosas desconocidas. Es como la imagen de los músicos en uno de mis escritos, donde se invierte el movimiento creador. Allí los instrumentos de una orquesta, latiendo al máximo posible de tensión expresiva, llegan al silencio. Entonces la música viene a ellos, que ya no son quienes la interpre-

tan sino que ésta es la que llega a ellos; así los músicos empiezan a ignorar lo que hacen. ¿Cómo te diré? Cuando el poeta tiene una proyección de que lo que hace excede a la poesía misma, entonces debe estar atento a eso, debe ser como el portero, o como el guía de su propia experiencia interior. Los griegos les llamaban musas. Algo que está más allá de la inteligencia. Henri Bergson dice que por la intuición el hombre conoce lo absoluto. San Pablo habla de la verdad evidente, a la que si llegás profundamente no tiene que ser defendida ni atacada. Está ahí, y es como una luz prendida sobre la mesa. Pienso que al poeta, igual que al ciervo, le salen llamas de los ojos, que van consumiendo los alrededores de la cosa. Como pensaba Rimbaud, la poesía es una alucinación de las cosas eternas, es como abrir una ventana y quedar frente a lo eterno. No hay poeta que no se desvele por dar su obra, aun a riesgo de caer en la locura, o de vivir un destino extraño y sentirse aislado. Yo digo que viene una ola y la corona la espuma, y viene otra ola y otra hasta que llega una ola grandísima más coronada de espuma que las otras. Así es, viene. Así llegué a un poema dedicado a mi amistad con Jules Supervielle. Se titula “Sueño”. Allí se dice: "cuando me llaman, /mi nombre tarda siglos en llegar. / Las cabras de mi nombre no me encuentran. /—De silencio es el nombre de todo—". Y termina: "—-El día es una carta para mí—. /Vendrá la muerte enérgica/ y cederá la puerta". A él le gustaba mucho y me lo hacía decir cien veces. La relación con él fue preciosa. Viene un día a casa el psiquiatra [Dr. Alfredo] Cáceres, el marido de Esther de Cáceres, y me dice: "Vamos a ver a Supervielle" — él se había exiliado en Carrasco en los años posteriores a la guerra—; ¿yo? —le digo—, si ¡apenas sé hablar en

Portadas de los libros Juego (1972), La flor del llanto (1973) y El ciervo radiante (1984).


francés y tengo tres poemas!. Vamos... usted lo va a alegrar", insistió. "Bueno, si lo voy a alegrar voy". Y fui. Allí estaba aquel monstruo sagrado con sus manos larguísimas y esa bondad extraordinaria. Se paseaba entre los árboles gigantescos. Yo era muy joven, tenía 23 años, él ya era viejito y a veces se sentía muy mal. Él acá no vino como los europeos, “a civilizarnos”, sino a buscar un rincón caluroso lejos de su patria. Me acuerdo que alojaba a Felisberto Hernández, cuando éste no tenía ropa ni comida; era una especie de galponcito, y le decía: "Usted, hasta que no termine El caballo perdido, de acá no se mueve". En realidad estaba horrorizado de que nadie se diera cuenta del talento que tenía Felisberto. Una vez declaró a L' Observateur: "estoy aquí con Orfila Bardesio y Felisberto Hernández". Y era que estaba con nuestros libros. Él siempre quiso llevarme, quiso incluso prologarme un libro, pero nunca se lo acepté. La entrañable poesía de las mujeres y sus vidas

Bebí mucho en Delmira [Agustini] y en María Eugenia [Vaz Ferreira], en Juana [De Ibarbourou] mucho menos. Pienso que hay un aspecto existencial, que no digo sea dominio de la mujer, pero donde entra muchísimo la intuición de lo femenino que se anda más por las entrañas que por la inteligencia. Cuando digo que "soy la seda de las cosas" pienso en eso y en el auténtico interés por la libertad y por la realización humana, que quizás está vinculado a la maternidad. Esas dos mujeres mostraron, a principios del siglo XX, las grandes trabas para la felicidad sexual. Siempre me pregunté, ¿por qué no tuvieron ellas, con esa inteligencia y capacidad fabulosa para vivir, la felicidad de poder darse? Obsesionada por eso escribí el libro Ciervo radiante. Mi compromiso era: "yo es-

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cribiré el libro de la felicidad del placer sexual". En un verso digo: "Porque la cara del amor cantó mi cara". El hecho es que es un fenómeno que en este pequeño territorio haya habido tantas mujeres poetas. Y debe tener un poco apabullados a los hombres tanta gentileza de las musas con las mujeres. Como decía la Garbo, "es una maldición que no le deseo a nadie"; se refería a compartir la vida con mujeres tan agraciadas, ¿no? Cuando vino de Europa Susana Soca yo había escrito La flor del llanto, un manuscrito al que no daba mucha importancia. No lo había trabajado, estaba tal como me salió. Un día a mi marido se le ocurrió publicarlo, de sorpresa, para mi cumpleaños. Se lo llevé a Susana y me dijo: "Orfila, a los místicos les llevó años decir lo que dijeron, y usted me dice que esto lo escribió en una semana". Comentó que yo era una mística; yo dije: "está completamente loca", a mí me encanta la vida, la sensualidad de las cosas, qué voy a ser una mística. Después aprendí la sensualidad fabulosa que hay en El cantar de los cantares, en Sor Juana [Inés de la Cruz]. Y valoro cada vez más la sensualidad. Por ese camino entro. El trabajo de los sentidos es como una puerta por la que se accede a otros mundos, y vas abriendo esas perspectivas misteriosas también a los que te leen. Al respecto de esto [Alfredo] Cáceres siempre decía que me veía sola, "sí, sí, sola con su dios". Él a veces venía y se sentaba cerca del aljibe, allá en Treinta y Tres, donde vivíamos, y yo le contaba lo que me pasaba. "Yo creo, yo creo, contame", me decía. Sin ese ángel no sé si hubiera podido seguir... En El sentimiento trágico de la vida, Unamuno dice que el hombre se engaña con el sueño de la inmortalidad, que es el hambre esencial que tenemos. Uno piensa: ¿cómo puede ser que esa hambre tan esencial no sea saciada? Si yo quiero alimentar mi cuerpo, tengo lo que apetezco y se sacia el hambre física, ¿cómo ese Dios va a ser tan demente de negarse a saciarme el hambre del alma? También recuerdo una sentencia de Albert Einstein: "Dios es listo pero no travieso", me quedo con eso.

Entrevista realizada en Montevideo, 1995. Diversas versiones han sido publicadas en: Semanario Brecha, Montevideo, 2/2/1996; Las hojas del diluvio, Barcelona, 1996; Diario de Poesía, Nº41, Buenos Aires Otoño 1997. Versión definitiva en el libro Nómades y prófugos, entrevistas literarias, de Luis Bravo, Universidad Eafit, Medellín, Colombia, 2001.


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Jorge Arbeleche

Adelanto del libro inédito Parecido a la noche, que será editado en España por Ediciones Vitruvio y presentado en Madrid en setiembre próximo.

Las murallas de Troya Aquiles

“Aquiles rompió en llanto, alejóse de los compañeros y sentándose a orillas del espumoso mar con los ojos clavados en el ponto inmenso y las manos extendidas, dirigió a su madre, muchos ruegos” La Ilíada, canto I

“En las naves yace Patroclo muerto, insepulto y no llorado; y no le olvidaré en tanto me halle entre los vivos…: y si en el Orco se olvida a los muertos, aún allí me acordaré del compañero amado”

La Ilíada, canto XXII

Aquiles Madre: aquí yace tu guerrero el hijo aquél que diseñaste para portar el estandarte de la Gloria aquí está arrodillado al pie de este peñasco inundo con mis lágrimas tu río, madre: yo, el más temido el más cruel, el timonel de la nave portadora de todos los finales, el que engarza la negra vela de su barca en el cruel remolino de los vientos, yo, el temible, el que mata, el implacable, el Destructor, el que arrastró el cuerpo de su enemigo muerto, el que ansió entregar a los perros su cadáver, el que deseó que devoraran a tirones su piel, su músculo valiente su honor su bravo brazo,


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su nobleza anegada en un charco de sangre, yo, el tembloroso, el extraviado, el perdido de su brújula, te imploro: rogad a los dioses inmortales que me devuelvan a Patroclo. Porque fue bravo guerrero leal en la batalla, gentil en la amistad luminoso en el día brillante por la noche. Que me lo traigan, ruego. Porque era el más amado y fue quien más me amó. Poetas: cuando cantéis a los pastores y enseñen a los jóvenes la peripecia de nuestra historia triste nunca olvidéis decir que mi suprema gloria fuera volvernos viejos juntos, recordar las hazañas de amor y de batalla evocando pasiones apagadas. Decid a todos que fuimos como dioses. Que lo escuchen las nieves encumbradas, los galopantes ríos, las crines de los vientos, la brisa antigua de los mares, los bosques aún implumes, los efebos y núbiles doncellas.

Canta poeta y di – si puedes que fuimos poderosos, iguales a los dioses, y fuimos tan felices como lo son los hombres. Madre. Padre anciano. Alcáncenme la capa que tengo mucho frío.


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Patroclo

“ Y cuando, semejante a un dios, arremetiste, Oh Patroclo, por cuarta vez, viose claramente que ya llegabas al término de tu vida pues el terrible Febo Apolo salió a tu encuentro en el duro combate” La Ilíada, canto XVI

Patroclo

Vine porque me has llamado. Estás furioso, desolado, Aquiles. Y triste. También triste es la muerte. Te miro a través de un vidrio opaco igual a esa mampara de aeropuerto que señalan sólo entrada, otras dicen salida, yo fui por una y vengo por la otra. No puedo salir, quedé atrapado detrás de la vitrina ciega. No te distingo, apenas te vislumbro. No te oigo. Sé que me lloras pero no te escucho. Ignoro el estertor de tu sollozo. Adiós, amigo, el más querido. Inútil es forzar esta frontera. A diario veo labriegos cubrir las sementeras con su grano sagrado, no piensan en escudos ni en lanzas victoriosas. Su gloria toda será cuando amanezca abierta la espiga entera en todo su esplendor. Aquí y allá, el día desemboca en lo oscuro renace en una línea de tembloroso claro atraviesa el páramo reseco y se hunde en la blanda humedad de las riberas. Me llega todavía el eco de la lucha y el terciopelo silencioso de la paz. Sombra serás como soy sombra ahora. Tal vez entonces, sombra con sombra podrán reconocerse. Tal vez, una cosa te pido: no cubras mi recuerdo con polvo del olvido.


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“Los corceles de Aquiles lloraban, fuera del campo de batalla, desde que supieron que su auriga había sido postrado en el polvo …Inclinaban la cabeza al suelo; de sus párpados se desprendían ardientes lágrimas con que lloraban la pérdida del auriga y las lozanas crines estaban manchadas y caídas de ambos lados del yugo” La Ilíada – Canto XVII

Los Caballos de Aquiles Los guerreros antiguos mataban enemigos como ahora. Tan peligrosos como bellos. Nobles troyanos o ávidos aqueos no fueron menos crueles ni menos ambiciosos. Un poeta ciego los elevará desde la lucha oscura al transparente verbo duradero. Fueron feroces. Belicosos soldados. Artistas en arte de la guerra. Divina orfebrería ornaba sus escudos. Mas era igual que hoy la muerte para los derrotados. Bestial. Callada y tumultuosa sin diferencia alguna. Siempre banal fue la victoria, no el triunfo. El combate era entre valientes enfrentados. Nunca hubo botón ni misil que destruyera a la distancia a un hondureño exiliado en Nueva York ni a un afgano quemado con Napalm. Uno solo eran caballo y caballero. Tan hermosos el uno como el otro. Y tan valientes. Si a veces el guerrero sucumbía le bañaban el duelo sus caballos con lágrimas del mito. En los acordes de la lira se deslizaba el agua diáfana del verso. No los protegieron escudos presuntuosos ni las cobardes flechas ni lanzas musculosas. La corriente sonora los cubre. Los resguarda del ominoso polvo. Y los descubre.


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Las murallas de afuera

siesta El sopor de la tarde enardece el vuelo de la mosca va y viene vuelve en círculos se enreda gira choca contra una pared y contra otra se aplasta al suelo emerge al techo envuelta en el trompo de su propio zumbido delirante. En el ángulo opuesto en quieta mansedumbre las patas de la araña aguardan.

antes La mañana era azul. La noche, templo. Minuciosa oración tiembla en el labio.


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puertas Si la puerta que vas a abrir está cerrada y te ves rodeado de otras puertas cerradas ninguna abre ninguna tiene timbre cerrojo ni pestillo bloques a veces de madera, aun así mira hacia abajo o levanta los ojos hacia el techo. En ese espacio breve entre puerta y suelo entre el muro y el techo - en ese instante apenas – donde materia espacio y forma rubrican hipótesis y enigma aparece mínima una línea encendida. Alguien tal vez le diera yesca al fósforo y llama brindábale a la antorcha. e ilumina así el pie de tu andadura. Alguien ha cosechado la espiga de tu lámpara. Detrás de cada puerta. Detrás de cualquier lado.


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caída I

caía siempre caía cae apenas la retiene mano firme al comienzo lacia después agarra la camisa mano erizada sin dedo ni falange rasga la tela después del forcejeo no encuentra más hilo ni fibra tropieza con vértebra gastada se enreda en contractura muscular y cae de nuevo siempre cae sin máscara feroz o amortecida con el óvalo solo del espejo aterra un eco que nunca comenzara cae ¿adónde?

ángeles No te des vuelta, no le temas, escúchale la huella, no le hables, desde siempre camina a tu costado. Son dos. Uno y otro a cada lado de tu paso. El que te raspa con el roce de su ala es el de tu Guarda. No tiembles. De tu principio a tu final él te conduce. Al opuesto costado te acompaña el vago perfil de Aquel que no se ve. Sombra informe de todo lo que existe. De lo que pudo ser y no lo fue. Nunca es igual a sí mismo – Camuflaje. Es hijo y padre de la máscara. Lleva consigo la etiqueta del odio la envidia y la traición. Conoce solo el cielo de borrasca. Ignora el diáfano, el azul. No sabe nada del Amor. Te muerde los talones. Anda a veces a tu diestra y a veces a siniestra. Ama. Con toda tu pasión salvaje y roja, con vena trepidante con caricia y rugido con gemido y con garra. Ama. A gozo supremo de delirio. Así, estarás salvado. Sálvate.


Paula Simonetti de Souza LO QUE VENDRÁ / revista de poesía ● 25

Adelanto del libro En la boca de los tristes, que obtuvo mención en el Concurso Juan Carlos Onetti edición 2012 y será editado por LoQueVendrá en setiembre próximo.

Canción Un concierto de piano improvisado una letra de tango o un pasaje del quijote o de onetti o de mi cama Un paisaje de playa donde oigo el rumor del aire enredado entre los nísperos que soltaron mi infancia en una gota Después Antonio Porchia y Borges y Cabrera una ventana donde vi la maravilla una mano en el centro de mi nombre que me empuja hacia el sur y más abajo No vi que la boca del asombro se asomara y con dos dientes me llamara escuché la sucesión de un nombre que parece ser el mío en las mañanas merodeando en la boca de los tristes después mi madre/ un infinito cigarrillo de alguna forma todo pasa entre los labios ahora me siento a compartir la espera la u del aire encima de la sopa los gritos de la tele venidos de otros mundos miserables a medida que mi sombra avanza retrocedo con el cuerpo hacia el inicio sin remedio sin principios sin ideas hasta quedarme en un simple balbuceo bajo la lluvia con la mano en el bolsillo bajo a trabajar todos los días me paseo del asombro a la miseria sin pedirle una cifra a tantos sueños y la noche se me vuelve incomprensible un lenguaje secreto en otro idioma es la historia de un hombre que me canta su vida en la canción de medianoche es el corazón del hombre que me escribe los sueños que le entrego a la mañana yo me ofrezco al amor y soy liviana aunque llevo algunas tardes una bolsa y soy el vagabundo que me abraza entre alcoholes y casas incendiadas estoy intacta después de haber nacido y no te asombre si celebro la pobreza y que la idea de otro mundo se deshaga


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mientras fumo el cigarro de mi madre es noble fumar sin mirar nada ni hacia arriba donde se pierde la humareda ni hacia abajo donde crecen y decrecen los pequeños mundos de ceniza Voy caminando para atrás muy abajo del sol sin buscar nada

Para esta noche la cocina es un poema de Vallejo -y está a oscuraslas tapas de los libros a la espera de acomodarse esta noche en esta cama mi mujer eligió vivir en otro país- empieza onetti hace una quincena o un mes ayer o anteayer murió mamá no sé- contesta camus mi madre está mirando la cocina otra es otra la cocina y otra madre es/ la que mira una cocina que no es esta pero la cocina de mi madre es un poema de Vallejo - y está a oscurasvuelvo a la Tabaquería y soy la niña que come chocolates vuelvo hacia las luces del quiosco que siempre estará enfrente y soy el mismo hombre en otro cuarto o soy mujer y compartíamos el hambre idéntica sensación en otro estómago mi madre fuma en un pueblo hecho de humo yo veo mi gesto en la cocina -a oscurasapenas visible por la luz del cigarrillo de mi madre y no hay sírvete materno ni Vallejo la cocina a oscuras gesto en negro el hábito de la mudanza mudar el gesto en luz para servirse agua volver al cigarrillo y a los libros la cocina del refugio a oscuras otra el hambre que hemos compartido la fiesta del pan cuando se sueña desde muy abajo de la infancia un paraíso que no existe así se aprende a construir la pérdida al revés el extranjero que camina hacia la madre muerta mi madre que no sabe que es onetti es camus es vallejo y todos son los ojos de mi madre donde se fundó ese pueblo hecho de humo el río la distancia cuántos kilómetros mide la oscuridad hereditaria idéntica es la marca del cigarro idéntica la luz que nos devuelve otras


vuelvo a la página como hacia el cenicero juego a revolver la pérdida al revés el paraíso de Pessoa en esta cama las mujeres que se inventan otras noches clavadas sin remedio en el colchón mirándome para que en esta noche pase el río por la frente de mi madre dulce extranjera en la cocina viaje interrumpido por la noche de esta casa hábito de la distancia que moldea el gesto madre en la cocina va apagando este cigarro y está a oscuras

LO QUE VENDRÁ / revista de poesía ● 27

Sueño De noche a veces sueño con pasillos torcidas señales que intento descifrar cuando camino al sol o me reúno con la grappa, los cigarros y la noche a mirar cómo se escribe este poema de noche sueño con soledades de hospital tan altas como la claraboya del refugio sueño con personas de papel o muchedumbres silenciosas que se juntan a callarse al mismo tiempo entre mis gritos me duermo con un hombre que me canta una canción que Darnauchans le escribe al padre pasándome una mano por el pelo así camino por pasillos u hospitales mirando a las personas silenciosas con la mirada de quien canta una canción


28 ● LO QUE VENDRÁ / revista de poesía

No tardes Mis palabras deberían ser del aire yo debería traerte entre las manos mis días más felices/ como ofrenda un arma de papel una birome o a Vallejo que también anda buscando al hermano que jugaba a la escondida y sin querer llegó a ocultarse en un cajón hay poetas que quieren desde el cielo volver al mundo rojo de poesía y acabar con todo y no matarse hay otros que guardan los domingos adentro del alcohol o en la palabra así voy repitiendo cuando salgo así es el gesto que transita del dolor al amor o a los balcones así la vida así la muerte me repito desde que el hombre es hombre u otra cosa y escribe esa palabra que es postura desde el Eclesiastés hacia el olvido así es la cosa o a quemarlo todo y que el mundo sea la casa el corazón de Antonio que incendiaron sus sobrinos un buen día así o reinventemos ese rostro mientras vemos la ceniza de otro pucho el hambre la cárcel en invierno las rejas de papel o tu mirada que es plaza o es miseria o es cajón donde se oculta el hermano de Vallejo donde voy guardando mis domingos


Gastón Rodríguez Freitas LO QUE VENDRÁ / revista de poesía ● 29

Fresno Cómo te encantaría suprimir este arraigo solitario y reemplazarlo antes que rebrote, compañera de faena, la cizaña del invasor para el cual todo suelo es “rentable”, aun en medio del mayor hacinamiento.

Como anteayer mientras sobrevolaba para ti su parásito, nada menos que sobre el gríseo estuario del Río Negro; palomas y acreedores, y pese al empecinado coraje te mutilaban tantas veces en esa misma gangrena enfurecida que ahora el brazo enérgico del ermitaño la salvara del otro dentado filo oscuro. Precipitaste el torbellino, en virtud de lo autóctono, para sufrirlo crecer su aciaga labor de siempre sin un nuevo destierro. El fresno en Tacuarembó era otro patriarcal augurio de tu única infancia, trepando sobre esos duros presagios tuyos por sobre suburbios a los que se abría en atajos la férrea bicicleta de los hermanos mayores: policlínicas hacia los foros barriales; reja metálica, en lugar de ventanas, ataviadas de anuncios tutelares; kioscos, tabacaleras, tabernas de matarifes, la comparsa que ensayaba, casi un estrépito casi una salutación de la llamarada ritual, y recorres ahora los alrededores del Parque Batlle, por algún impulso tan misterioso, tan insobornable como esa cruz funesta enclavada bajo el frezno.


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Trance de origen Un hombre trazaba: “larvario” “almácigo” “vientre” La raíz: levanta su consumación final y cede, Rutilante alfarería cuajada en sombra A la vibrante palidez del territorio y crece, linajuda sierpe de verde en venas su vicioviscosa savia y en perpetuo designio sigue.

Núcleo cabe en gota de ámbar. Fruto escamoteado ínfimo sustrato vital, sigilo del milagro, claro e insistente resurge desde la minúscula bosta del gorrión.

Violento o bascular como latir de sexos sentidos por el éxtasis mesoamericano de Sol totémico.

Un foráneo homínido rebusca y golpea el koppara a piedra a corte-piedra desgarra en estratos la amarillenta pulpa, modula sus hambres y desparrama el caos [Hágase el Ciclo]

Toda matriz es avidez de vertientes agitación de combate, el resorte gesticulando en el telúrico anteamanecer salvaje que se inclina ante el sueño del primer Abuelo.


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Abuelo Y no bajará bifocal la luna ¿Sabe alguien con certeza? No bajarán, digámoslo como es: inmensa niebla mordida de caras tristes en derredor del mohoso brocal. Se ponen péndulos & cruces, cimitarra de plata en bandolera pero nadie se atreve ya a bajar con escafandra a desenterrar el cadáver fantasma del Abuelo. Nadie se atreve siquiera a arrimarle un resto de incienso en la zanja de las manos, trincado lazo de flores vivas a su honor vencido.

La lamparilla intermite la noche/ anótalo las vecinas bífidas afanan su busca/ socavan sus sienes vacías. Registran por las esquinas/ suben atravesando runas espejos retratos sin fatiga. Pronostican un llanto de goterones suaves, sólo altísimas cornejas registran los contrabajos oscuros, misérrimos escalones en Rip cuyos ladrillos expuestos tapiaron el drenaje del aljibe sin filtrar uno sólo de sus huesos.

La calavera puede resistir la sed, alguien afirma: fueron luces chocarreras siempre, como vaivenes embebidos de botellas de ron; Y el iris ungido de su caballo muerto a medianoche, inmenso abovedado como un cristo barroco bien al fondo del pozo. Van a obscurecer tus ojos de seniles vendavales.

Fue en ese mismo fondo donde se oyen aún las húmedas lenguas mutiladas lamer su oído interno. Reverdece la escarapela junto a la taza, el ignorado palor de la cisterna crispando los ecos de mármol impenetrable hacia sus confines. Resisten las marcas en su rincón de signos melancólicos.

El pulso ahora es reflujo, arrecifes del óxido en que voraces mojarras ya pudieran dormitar en sus viseras fantasmas.


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Otras preguntas como éstas Cómo negar el testarudo vicio del vacío, Cómo negar los cerrojos, los revólveres y la misma sed; las puertas que se cierran sin nosotros la espejada mitad del sueño que pervive Cómo negar los Egos a rigor, este firme azogue del deseo -sus batallas minuciosas-; el desatado abismo a dos polos solitarios y antagónicos como colmillos o aviones afilados; Cómo negar entonces este perro meando el paraíso, esta pared con rasguños, estos marginados símbolos del miedo.

Cómo negar la escaramuza del amor espantosamente al límite del no al si en su indomable infancia sin retorno. Cómo negar las trampas truncas trabas, La mudita que cuida los coches a los consumidores; Los soberanos ojos del abuelo muerto como faros en la noche del caído.

Cómo negar, en fin, los grotescos letreros impasibles/ las injusticias cada día más arduas de ceguera indefensa. Los pletóricos basurales abismando el odio por calles del mundo; Cómo negar ese cuerpo desabrigado huérfano que relate en cada infarto una prole de lloros inoíbles. Cómo negar los insomnios, las hundidas cisternas descargándose a flujo de eco en eco y la piel Dolor despojado, fricción vital de antiguo sustento Cómo negar la piel ese intenso órgano prójimo como mar fungible de tantálicos límites que a tanta fiebre sucumbe de mendigar caricias.

Díganme soberanos de la ceguera, usureros de estirpe farisea, Cómo carajo hacen para no ver esas rendijas de hojalata en las que ojos de niños hambrientos hace horas aguardan, cosidos a tierra, un último trasnochado sol caliente en la cara…

Cómo negarán las miles y miles de esperanzas que resistieron ante todo agravio, clandestinamente, rabiosamente como olvidadas semillas, esperando siempre, como la muerte espera.

Atrévanse a negar que no fueron aniquilando sino sólo algunas flores: ¡jamás pudieron vencer la Primavera!


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Cecilio Peña: canto y duelo del ser por LUIS BRAVO

Hijo de andaluces de Granada, nacido en Montevideo, Cecilio Peña (1925-2000) destacó entre la segunda camada de egresados del Instituto de Profesores “Artigas”, marcados a fuego por la literatura española e hispanoamericana. No es casual que sus trabajos didácticos estén dedicados a Federico García Lorca, Quevedo, Rubén Darío, y a Antonio Machado, el más influyente entre los poetas uruguayos de los años 50. De esa promoción que se inicia en el segundo lustro de los cincuentas, Peña será el único incluido en la Historia de la Literatura Hispanoamericana, de Enrique Anderson Imbert. En crítica se especializó más tarde en Cervantes, siendo el primer uruguayo en integrar la Asociación de Cervantistas de Alcalá de Henares. En su juventud dirigió la revista Psiquis (1951), y junto a Jorge Medina Vidal y Pablo A. Chiarelli fundó Cuadernos Uruguayos (1958). Peña introdujo una nueva dicción poética entre quienes venían abonando la senda de lo religioso y de lo metafísico (Sara de Ibáñez, Esther de Cáceres). En su primer opus, El hombre entredormido (Comunidad del Sur, 1957), puede verse esa vertiente que luego alimentará con tres secciones hasta conformar Cuarteto del ser (1961, Premio Municipal). Ese conjunto de poemas surgió, según el propio autor, de una "agónica experiencia religiosa". Al respecto del mismo Alberto Zum Felde afirmó encontrarse "ante el valor más auténtico de la nueva generación" 1 . Es tan injusto como típico de nuestra vergonzosa memoria cultural que, habiendo tenido su poesía una destacada recepción por parte de calificados críticos, más dos premios

municipales en su haber, haya quedado tan relegada durante las últimas décadas. ¿Será el largo paréntesis de veinte años sin publicar en libro (1966-1986) —a la vez mediado por el período dictatorial durante el cual estuvo destituido de la enseñanza— lo que alejó a su poesía del ámbito literario que tan bien lo había recepcionado? Emir Rodríguez Monegal celebra su “lúcido rigor” y Domingo Bordoli le reconoce el “ideal de perfección poética que se ha propuesto: rigor, hondura, sensibilidad elegida al máximo” 2 , a pesar de ciertos reparos por cierta intelectualización de la lírica. Sin embargo, Alejandro Paternain sostiene con acierto que la operativa discursiva de Peña consiste en “hacer entrar al objeto real sin perturbar el ámbito inteligentemente poético en que lo real debe transfigurarse” 3 . Su versificación bordea con sutileza lo coloquial, alternando el heptasílabo con barrocos endecasílabos, y exponiendo una habilidad singular para unir lo sencillo y lo complejo: “Tal vez no sean muy / difíciles mis versos. Sí absurdos, / tan perezosamente derrumbados, /con poco más que yo de mi zozobra”. Diestro en la métrica, sus versos son a la vez, un ejemplo de economía verbal y de sostenida sonoridad. Supo usar la elipsis para que lo dicho adquiriera fuerza dando la carga semántica necesaria en el momento justo: “Pude decir ‘jamás’. / No quise. Y ello / me vino encima. Soy / un jamás vivo por / tan desolados estos/ patios”. De su excepcional tercer poemario, Desde Eidar (1963, Premio Municipal), se ha dicho que es un “libro vertebrado por una estructura interior, íntima, dotado de un proyecto que totaliza el sentido” 4 . Eidar es un ídolo de “música esparcida”,

Cecilio Peña, 1996.


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algo nacido para una “tenue ocasión de ser”, una invención mítica y, acaso también, una materialización del alma de la poesía. Allí, desde un diálogo que fluctúa entre lo concreto y lo informe, se pone en juego esta reflexión genésica: “Carne y barro / naufragan —¿eran míos?— en la herida / del ídolo”. Con Por estos días digo (1966) alcanza una plenitud expresiva que lo ubica, según Rama, “en la línea que cultivó Vicente Basso Maglio, si a ella pudiera adjuntársele la vivencia nocturna de María Eugenia [Vaz Ferreira]” 5 . Tras el largo silencio ya aludido reaparece con una breve joya, Con punto y noche (Banda Oriental, 1985). Brilla en éste un lenguaje condensado en el que los poemas “parecen partir de la detención del instante, y son los que mejor muestran uno de los rasgos más distintivos de este poemario: la reticencia. Reticencia y no hermetismo, que apoyada en una sintaxis comprimida, va creando en nosotros un tenso desasosiego” 6 . En Canto y Señas (1994), último poemario publicado, adopta un registro que se solaza en el uso de anacronismos que linkean el discurso con la gran poesía del Siglo de Oro español que tan bien conociera. Si bien el libro transita por una densa urdimbre intertextual —Lope de Vega, Quevedo, Góngora y César Vallejo, un poeta con el que guarda visibles afinidades— es a un pintor a quien dedica una sección extensa del libro. En “A Velásquez”, el poeta se focaliza en la peculiar estrategia artística de ese pintor oficial de la corte española, que fue a la vez un transgresor inteligente de ciertos tabúes, así como un renovador del arte pictórico. Al respecto de esta densidad de capas y de guiños culturales, Mercedes Estramil apuntó: “La poesía en Peña resulta de esa permanente lectura, revisión y disección, que puede resultar sorprendente o extenuante, y que comporta no únicamente un modo de hacer poesía sino de interpretarla”. 7 En efecto, esta entrega final fue compuesta más desde lo literario que desde el despojamiento ontológico, sesgo en el que su poética mejor canta. De igual manera, el libro confirma sus motivos recurrentes, según los anotó Laura Oreggioni: “el goce doloroso de estar vivo, y la angustiada certeza de la muerte [...] búsqueda de lo esencial de la existencia, borde de abismo, filo de navaja”. 8 Sobre esta voz, hoy solo frecuentada por un reducido grupo de fieles lectores, pesa el riesgo del silenciamiento y su vicario ingreso a la “vasta tradición de solitarios que hacen de nuestras letras, una literatura” 9 . Peña anduvo sus últimos años solitario y pobre, salvo por la devota com-

pañía de la poeta Graciela Míguez, que se fue un poco antes que él, y por otros que también le fueron cercanos, como el profesor Enrique Palombo, o la por entonces secretaria de APLU (Asociación de Profesores de Literatura) Adriana Mastalli, con quien semanalmente compartía el té en el local de la Asociación, cerca de su pensión. En estos días de revisión de su obra para ser antologada en este mismo número de la revista, encontré un poema inédito en libro, “Trilce y las rosas”. Así como fue devoto de Eidar, el poeta fue amante lírico, y hasta lúdico, de personajes femeninos que renombró a partir de A. Machado —como ser el quiásmico dúo de Guionor y de Leomar—. Al final de sus días tuvo su encuentro con ésta, su Trilce, viuda del Prado a quien besa en sueños, dedicándole este poema publicado en el Boletín de la Academia Nacional de Letras , que dice pertenecer a un libro inédito titulado Boomerang. 11 Un poema, o dos, como podrá comprobarse en la secuencia de estrofas cuyo leit motiv es “la vida, esta visita”. Allí el poeta parece despedirse de la misma vida, dando cuenta del absurdo existencial (“la vida, esta visita/ sin motivo”) y de su tan barroca contradicción (“La vida, esta visita/ feroz y dulcemente ciega”). Esa vida hecha de canto y duelo que Peña supo entonar en esa doble vertiente, sabiendo que “La poesía, si es, es arduo cuajo”. 10

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NOTAS:

1 Citado por Penco, Wilfredo en Diccionario de Literatura uruguaya L-Z, Arca, Montevideo, 2001, p.138. 2 Bordoli, Domingo, Antología de la poesía uruguaya contemporánea, Tomo II, Universidad de la República, Montevideo, 1966, p. 317. 3 Paternain, Alejandro, 36 años de poesía uruguaya, Ed. Alfa, Montevideo, 1967. 4 Larre Borges, Ana Inés, “La sabiduría poética de Cecilio Peña”, Semanario Brecha, Montevideo, 21.3.1986. 5 Rama, Ángel, La Generación crítica (1939-1969), Arca, Montevideo, 1972. 6 Larre Borges, Ana Inés, Op. Cit. 7 Estramil, Mercedes, Reseña sobre Canto y señas de Cecilio Peña, El País Cultural, Nº 305, Montevideo, 8.9.1995. 8 Oreggioni, Laura, “Con aires nuevos”, Semanario Brecha, Montevideo, 27.12.1985. 9 Larre Borges, Ana Inés, Op. Cit. 10 BOLETÍN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LETRAS, Tercera época,- Nº 3, Enero – JunioMontevideo, 1998. http://www.mec.gub.uy/academiadeletras/MarcoPrincipal.htm 11 Si quien esto leyera tuviera noticias de ese libro inédito del poeta, le agradeceríamos nos contacte: revistaloquevendra@gmail.com


Poemas de Cecilio Peña selección de Luis Bravo y D. Rodríguez

Ilustración de Celeste Trías

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de: Cuarteto del ser (1961) Claves nocturnas 2

Sobre la mesa libros leídos, la ventana y sus árboles con cielo. Piel y furor, raíces. Y estas músicas ocres y a veces azucenas para engañarnos algo, con amor.

Pero mi aliento puede —dejados ya palabras y suspiros—, quemar el tiempo amándolo.

Sí, decirle a las cosas que me dejen sus sellos en la limpia tiniebla y que se vayan, que bajen a nacerse por sus nombres.

Porque yo sé. Secretos filamentos, temblores me lo dicen: Pacientes, con sigilo mis huesos van tejiéndose relámpago!


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3

Caballos solos andan por la noche las últimas calles.

También van por los sueños más mendigos. Amenazan, maldicen, abandonan. Alguna vez eligen ventanas y allí pintan con el aliento fríos jeroglíficos. Los conozco. Recuerdo vagamente sus lentas testuces, las persigo...

4

Ciénaga inversa, ciega...

Cielo que pesas sobre la mirada y enciendes hacia ti mi paso único. Reciente y sin cenit y sin sonido, cielo.

Muéreme donde nadie halló vaina a la voz ni residencia para el sueño jamás. Muéreme tuyo.

Ciénaga inversa, ciega...


Variaciones en el agua

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1

Bebo. Mi sed presente jubilosa desmaya libélulas que nacen.

Fría, extensa, despacio, esta antigua nostalgia hacia mis labios, paulatina regresa. Por el agua... No desde donde viene no desde donde calla, hacia mí sin origen: cautivada distancia —¿curva de ausencia?— llega.

¿Un sol avaro, anónimo, cuida su flanco en fuga? ¿Una raíz me busca? ¿Qué temblor increado central, me resucita por las venas...? Pero a pesar de todo me desdeñan libélulas que huyen hacia sí mismas. El agua es otra y muere.

6

Allí, tu mediocielo sostenido por la esgrima pequeña de tus alas, y el relámpago en carne que tú instalas al nacer ave, sueño sumergido.

Aquí, ausente de ti, contigo mido tu vuelo sin pasión, que nunca igualas y en reflejo desnudo me resbalas, salvada imagen, tú recién nacido.

Uncido en carne vas, y en mí la dejas; brizna con corazón, en mí te olvidas... Eternizado en brevedad, te alejas

hacia tu ser, por mí. Son tus dos vidas. No lo sabrás. Y en tanto, en mediocielo brilla la huella sola de tu vuelo.


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de: Desde Eidar (1963) EIDAR ORIGEN I

Eidar. Llegó su nombre —náufrago—, desde el sur. Por un brazo de anémonas finales sostenido. Por un viento después, cribado de gaviotas con alarma. Por mi frente.

Toda la isla pudo crearse nueva para ser ofrenda, despojarse de luz bajo sus párpados.

Eidar, Eidar, el ídolo dulce entre oído y labios —ya música esparcida—, dejó su nombre en mí para ampararlo. Llegóse a mi columna de envainada tiniebla, a mi secreta constelación robada, a mi aventura.

¿Elegía... ? No sé. Pero recónditos coros —miel templada en abismo—, tenue ocasión de ser


LO QUE VENDRÁ / revista de poesía ● 39

océanos, surgieron.

Ebrios de noche, míos, todavía mensajes sellados con el último abandono, los ecos por su nombre: Eidar, Eidar, el ídolo... Y luego quiso formas.

La serpiente, el vino derramado, las nubes, por la noche —ya ríos de regreso—, urdían por sí solos, ensayaban gestos para su imagen. Eidar pedía formas.

Aljaba de relámpagos el aire siniestro, y esta intacta medusa sepultada en mis ojos, reanudaban su sombra.

Equivocado con su espectro el pájaro, —al borde de sí mismo y tal vez otro—, el mar y el viento unánimes, conjuraban tensiones desde y hacia Eidar. …...................................................... Mis manos, briznas últimas en la arcilla...

II

Aire hechizado. Luego balbuceo... Sola pupila, el agua renacíase. Entonces, temblor avaro, tierno, su reflejo adversario, mi silencio y su máscara ciega...

Pude humillarme amándolo y era suya mi noche última.


LO QUE VENDRÁ / revista de poesía ● 40 III

Los pinos deciden la luz. Bajan trémulos verdes, brisa. La tierra visitada deja rumores leves concertados, que luego se descubren vuelos.

Poseo el alba. El día —aire nuevo, mar íntimo—, me señala el espacio de mi cuerpo. Quiere ser danza y ya renacimiento, y sólo puede darse por mis brazos.

El rito transfigura en forma o fuga prístinas, todo límite dócil. Eidar tiene raíces poderosas. Va mi asombro centra la luz, trepando por sus flancos. Lo contemplo. ¿Sonríe?

MEDIODÍA IV

Frente al océano mi silla vacía y este día posible... Eidar duerme ya lejos de su máscara que tan en vano temo y lo sepulta. ¿Dónde situar sus sueños...?

Lo llamo desde el llanto, desde esta cruz sin qué de mis ojos abiertos y el mar con pesadumbre; con mi selva de venas tenebrosas donde arde y teje y bebe su hondo viento.

No está en su imagen. Vibra con la testuz maldita que avasallo para sobrevivirme tantas veces; ¿tiene mi sed, suplica jadeante algo como mi grito, el fuego... ? ¿gime? Surge una grieta súbita en sus rodillas, se abre... El viento errado quiere poblarla con simientes.


V

LO QUE VENDRÁ / revista de poesía ● 41

Yo no tengo una estirpe que ofrecerte. No alcanzo más allá de mi efímero misterio. Y sin embargo digo ante ti mientras tanto: no fui fugaz. El tiempo también me pesa, Eidar, como tu barro. Esa grieta es la noche que te hiere la misma noche humana que teníamos, mi noche, Eidar, temblor de abismo vivo. No fui fugaz. Te salvo en mi tiempo. Quemándome construyo el mediodía que te cerca, canto junto a la grieta tu alabanza.

¿Te traje hasta ti mismo? Ya en mis hombros con dolor, tu aventura sostenida... ? ¡Ah, si vibrara un poco tu sonrisa tal vez por otra sangre sustentada! ¡Ah si ardiendo tu llama fuera mi asombro límite!

Fui para ti. Tu tiempo me pesa, Eidar. Escúchame. No fui fugaz. Prosigo.

EL OCASO VI

¿Algo has bebido, dime, de las tibias ofrendas? ¿Sangre o savia dispersas, palabras, signos... ? ¿Algo quizá te has inclinado?

Me anochezco por ti. Porque las lámparas tienen apuro por dejarme solo. Cargado todo de recuerdo y no, dejo volar tu nombre —un poco ya costumbre, con su lado izquierdo de cenizas—, Eidar, Eidar.

Casi bajo mi lengua resucitas —tan tiernamente un poco—; te asomas a la noche, también con tu cintura de abandono.


LO QUE VENDRÁ / revista de poesía ● 42

Tengo pena por ti, porque no hallo en tu barro latidos, y tampoco me comprendes. Por las largas derrotas de tu océano, por tu ya ser sin vuelos. Yo te acerco mi silla vacía como tu máscara, y te miro, ya solos.

Eidar, remoto hermano, ven conmigo.

VII

Óyeme, Eidar. Las nubes amenazan tu efigie. Las arenas, el mar que tiembla y alza caos.

¿Qué sordera implacable abandona en las cosas atónitas, este vaho sumiso que nos duele?

¿Qué soledad llamea y nos alcanza —barro y carne en temblor, en solo riesgo—, de adorarte y no ser y estar mirándote? Tu máscara Ya no se ve. ¿Me sigues?

LA NOCHE VIII

Muy cerca. Porque todos han sentido este miedo que conozco, se han ido lejos. Eidar como un hermano se complace en mi amparo delgado, en mi silencio.

El ídolo despierta. Tiene frío... Se refugia en su arcilla taciturna, en su propio desdén sin amenaza; reside aquí, conmigo. ….................................................. Pero entonces la percibo en mis manos. Es su sangre sigilosa y huyendo. Ya manaba de la grieta entretanto. Es esta viva


tan súbita tiniebla... Carne y barro naufragan —¿eran míos?— en la herida del ídolo.

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Eidar fingía estarse sofocado por esta atroz imagen. Ahora salta desde su noche. Anega con ira suya el mar, la fronda, el cielo. Sopla furor mis fémures... derriba, me derriba.

IX

Acaso sorda piedra uncida con dolor. Pero resisten —debajo del latir triviales peces—, y me aguardan, auténticos. Disimulan. Preguntan. Mandan mensajes súbitos... Conspiran —por su largo anatema desviado—, con mi espectro posible.

Los humillo y les pido perdón. Ellos me callan. Ya son, inevitables, mis huesos. No pudieron ser portal para Eidar. No quedó nadie... Por eso arden allí casi relámpagos de furia.

MÁS BAJA NOCHE X Su tempestad y el barro vulnerado, su máscara sólo trizas, mis brazos náufragos...

Por mi piel va su sangre, qué tentáculo ciego. Pregunta y no y esquiva, pero mi súplica....


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No es cierto, Eidar, no puedes abandonarme. Te invoco en esta sombra que no digo y mi sueño reanuda todavía lugares de tu mundo: no sé si llama o médano, cautiverio de otras músicas.

Ven, ídolo conmigo. Resucita. Deja en mis lenguas todos tus nuncas, caiga mi canto, quede tu barro, hiéreme y sálvate. Sea mi noche, ídolo solo, mi noche humana, puerta que salgas. Tan baja noche... Pero mi sangre —poca, sin prisa— rueda en la tuya... ¿Son una misma? ¡Ven y sepúltame!

ALBA ÚLTIMA XI

La luz se abre. ¿Viene a elegirme?

Barro sin formas, muerto desde siempre, Eidar reposa. Puedo nombrarlo sin asombros... La luz honda vence párpados, tiembla detenida, sobre mi árbol reciente, despojado.

Llegan del mar ingenuos vientos. Esparcidas presencias nuevas, buscan con clara sed, mis ojos. Llegan ríos de amor, bajo mi lengua. Una flor aventura sus pétalos... Y todo es cierto.


XII

LO QUE VENDRÁ / revista de poesía ● 45

Bajo cielos atónitos mi testimonio: es un papel que arrugo y luego arrojo al fuego, y aun levanta palabras que no alcanzan. ¿Estas palabras? Contra el mar soy centinela último. Por mis ojos abiertos ya el cielo casi cae.

YA SIN EIDAR DEL CENTINELA I

Porque esta vez los míos me dejaron solo en mi puesto, muerdo la consigna: debo, no debo. . . Evoco las espaldas azules del teniente y sé que están detrás, igual que un muro.

Por la tarde bebieron los oficiales juntos. Algún vino me dejaron aquí, y esa bandera —pesadísima gloria, qué trabajo izarla, no podíamos—. Ya solo... Y en esta noche, un punto —Ello será una vez tan decisivo—, piedra y hombre después hacia mi puesto, puede venirse encima, sí, venírseme con una muerte en alto, equivocada tal vez, pero qué digo.

Si Ello se da jugándome, todo incesante ocurre con discordia del otro lado ya, mientras espero y absurdamente muerdo la consigna: debo, no debo. . . y mientras vigilo.

¿Ello es un vals dormido en una casamata? ¿Un tótem enemigo? ¿Algún filo, una bala perdida?


LO QUE VENDRÁ / revista de poesía ● 46 II

Mi corazón, ya vísperas. Olvida - suena - olvida... vago martillo sin carne casi.

Devora tan oblicuo sus ecos cuando nacen apenas. (En vilo abre la sombra mientras cortezas agrias resbalan...) Olvida - suena - olvida...

Hambre de tierra y poca tierra mientras. Nada entre llamas o imagen ya por lápidas dispersa. Olvida - suena – olvida... Mi corazón en vísperas tan tenaces, latiendo devórase.

III

Pude decir "jamás". No quise. Y Ello me vino encima. Soy un jamás vivo por tan desolados estos patios. Porque así como así muerto, ya vigila en espejos mi grito parado.


DEL COMEDIANTE Yo escuchaba reír los tramoyistas. Jugaba mi abanico de máscaras veloz en el espejo y bebía mi vino entre palacios pintados. Tartufo, Lear, luego Segismundo...

LO QUE VENDRÁ / revista de poesía ● 47

Sus palabras con sed, sin piedad, sin dejarme asomarme a la risa de los otros. Entonces, desde el fondo, desde el abismo ardiente que devora mis viajes, por mis hombros, —más fino que un relámpago—, tembló apenas el aire suspenso en sí. Llegaban aromas de manzanas mordidas vorazmente, viejos tercos motores con sus toses, un llanto, pasos con miedo... El viento furia y sombra en los fatuos telones... Tras su golpe, alas tontas, pintura traicionada... El delirio reía en los relojes falsos, bailaba con los mantos chamuscados. "Oh fruta intacta, náusea cristalina! Muerte, mi muerte, ven, como paloma para mí, por mi sangre, canta y crea, créate con dolor, y bebe luego el envés de mi tiempo turbio herido".

(¿De quién es la tragedia? ¿Por qué ahora debo decirme así? ¿Quién ha encendido candilejas. . .? ¿Por qué está el telón alto?)

"Muerte, mi muerte, ven, como paloma..."

(Quiero ser tú esta vez, para poder quebrarme los huesos y mirarme de soslayo, ir con tu gris martillo entre butacas que oprimían mareas previsibles de aplausos o silencios... Diezma el fugaz ejército sin alma que me asedia sin verme noche a noche.)

"Oh fruta intacta, náusea..."

(Veo un niño que orina en mi sombrero de Cyrano. Más lejos hay un espectador que no me mira.)


LO QUE VENDRÁ / revista de poesía ● 48

de: Por estos días digo (1966) Ese árbol que se queda —fragua sorda de ajenos pájaros—. Ese árbol que abandono y el cielo desatado, me alzan en su silencio.

Desde ahora me sueñan además. Y sin embargo tampoco todavía sé para qué están ellos. Digo. Pude ser aquel otro que anda desorientado con un torpe violoncello en las calles de esta recién ciudad desconcertada. Pude dejar mis músicas o palabras más ciegas entre aquellas hortensias increíbles en tu patio.

¿Acaso no podríamos repartirnos —más solos cada noche—, esta luz, los harapos de esta luz de faroles rezagándose? Pude ser cualquier otro, pero mira, el violoncello pesa, estoy cansado, la ciudad está rota sin hortensias.

Y tú... perdón, ¿quién eres desde entonces?


LO QUE VENDRÁ / revista de poesía ● 49 Los borrachos son dueños de la calle- Las pocas muchachas este tiempo asoman las narices bajo el frío cielo y luego sueñan corto.

Algunas, claro, mueren. Las entierran desnudas los borrachos de mi ciudad. No hay otros hechos que por ahora deba contar. Es tarde. Mi muerte es todavía toda niña —sola entre dinosaurios y ángeles sorprendidos—.

Tañe un hueso inicial que siento fémur, duele. La flauta busca y gime —temblorosa, templándose— sin la música cerca que no serás mañana. Tiene también los ojos azul olvido tierno...

¿Por qué no suena otra música en todo el aire que la de mi segunda muerte...?

Este último en la fila por pereza, despacio va dejando su ciudad. Y los niños de los otros, más grandes, borran su nombre muerto en las paredes.

Un silencio más suyo cada vez, y en los ojos las últimas noticias desde el nunca de los otros, al lado.

Este último en la fila ya no postula versos ni se queja claro.


LO QUE VENDRÁ / revista de poesía ● 50

de: Con punto y noche (1985) Para un “arte poética”"

1 Esperpentos miraban escuchando, escuchándose, las vidrieras la luz.

Entre ellos, por ellos —pausada reverie muletas, muñón de alma—, voy contando contándome puntualmente y en vilo mis monedas, mi cuento.

4

(Con el Proemio)

Celo celeste era este tu trovar o más fermosa cobertura?

Palabra, sueño oído mientras dura...

¡Cuento y peso —justo eso— del Verbo que ya no suena pero apura!


LO QUE VENDRÁ / revista de poesía ● 51

El cónsul

Escribo cartas, cartas con apuro al cónsul y a las pocas amigas que comparto con él. Es necesario mojar la pluma en lenta noche, y todo puede ser decisivo: papel, margen...

"En esta hora de prueba, en el peligro, ¿salvará su excelencia esta tierra que usted representaba?"

"Amadísima Laura, Inés, etcétera: No dejarás quebrar la piedra de tu anillo que brillaba feliz en esta costa... ¿No podrías pedirle por el mapa del sexo que olvidado, por el hijo casual, o por tu hermoso bungalow, ¿no podrías pedirle que haga algo por nosotros? Te abrazo. Falta tiempo. No te olvides."

Escribo cartas rápidas que rompo con más odio. Y las guardo en un estuche azul con tal silencio. Soy el cónsul (No es juego.)

Otros poemas Esa segunda gente terrible, repartida, que me bebe los días mientras reza en adjetivo. Esa la ciudad que me debería una duda.

¡Y no me deja, cómplice, desafinado, simple, solo!


LO QUE VENDRÁ / revista de poesía ● 52 Las estrellas resbalan más allá de la niebla Pero yo no termino de leer otra historia de esta estrella fugaz que me arrebata devorándome.

Los de al lado —nunca los mismos si del mismo lado—, piensan, andaban (la lluvia un hilo tierno desde cada dedo)

Les madura esqueletos mientras tejen este mismo tejer, acaso tiempo nuestro. ¿Sabremos algo?

El bloqueo, la espina cenital y el conjuro mundo mago repítase... Fugando clavicordio.

(No pudo ser distinto)

Ciudad en duro contrapunto: situada-sitiada.

Sitio de la ciudad contra todo y en punto sienes, contra mis sienes situadas. Ciudad...


LO QUE VENDRÁ / revista de poesía ● 53

El estallido triste de dos rosas, con el de esta mañana torpe, tierna no importan. Es preciso ya volver a ese mismo tema.

Quisiera hablar un día entre viento y galápagos amigos, tiernamente.

—Nada heredé— decirles y quedarme con ellos.

Frente al Pasteur hay un pino con ojos abiertos, aterrados, con formol y esperanza. Tiene unas pocas piñas que sueñan crepitar entre las nubes.

(De atrás llegan campanas y en medio hay una fuente más que verde rota). La eternidad es corta Lo sabremos sólo si nos engaña.


LO QUE VENDRÁ / revista de poesía ● 54

Unas pocas monedas ¿de ceniza? gano al decir su nombre consagrado. Pero si duermo al soñarlo me roba mi salario.

Relatividad

No cesaré, mecánica sin centros, maravilla de las rosas sin peso, tiempo en duda, o espacio-curva sola.

No cesaré. Soy esto: nada entre ti, mi espuma tan sin embargo —espera—, necesaria.

Y más alto una ingenua cabeza de caballo.

Las bridas ya otras y otras fueron constelaciones...

Piafa y salta y ya míralo: no estaba.


LO QUE VENDRÁ / revista de poesía ● 55

de: Canto y señas (1995) 1. Con el Polifemo de Góngora Por no abrasar con tres soles el día la ninfa tregua al sueño. Baja en musca fría cristal veloz, pequeño-, que el ruiseñor confía.

Huyera... mas su frío se desata en arroyo que límpido serpea. Muertas las azucenas, se dilata... La ninfa asombro absorto crea perezoso desdén. ¿es agua o plata?

Huye la ninfa bella al ciclopante mar de una mirada. Polifemo centella. Ansía alzarla en hombros. Pero nada. Que es ella corzo sueño: huye adorada


LO QUE VENDRÁ / revista de poesía ● 56

2. Con el Polifemo de Castillejo Sus, pues, ea tú, la misma Galatea.

Sus, pues, ya vuelve tus ojos acá.

Más callada y sorda por más llamada qu´este mar de soledad

Sus, pues, ya porque por tus pies se va danzando profunda vida la no ida que mi pie tejiendo irá con sed do ser destejida vuelve tus ojos acá

Sus, pues, ea futura, que no la misma tierna duradera tea, -ansioso y ambiguo prismaAntes que Alguien diga "sea" tú, la misma Gala-tea.

Del no atril

L'Angoisse, ce minuit, soutient, lampadophore. Mallarmé

Diccionario, abanico de relámpagos nombres omisibles cabezas dibujadas de no importa qué dioses o seguros generales mapas, flechas, recortes de espacio ¡No venga el mar! Mar beba bébase sin sentir ya tinta y hojas tanto tonto saber, abecedario.

Róbate en ti, misterio o mientras caes música en vela, por ejemplo Mahler son hasta voz, palabra clave en canto rodado.

Ya nunca atril. Sigamos para quién sabe quién. Así, sin otro legado que el artarduo de la llama.


LO QUE VENDRÁ / revista de poesía ● 57

Ya

1 Sobrevivo rabiante Sísifa piedra. miedo en los atriles de esa tutela glándula que suena

Timbal: a qué las pobres disyuntivas... Amor, el sólo quién de lo esporádico. 2 Instante vivo en este deslumbre de mujer que fue perfume cosechado entre lejos. Instante vivo: luz con peso, gala para que sea cierta danza en lila danza con las penumbras: Ya vivido. 3 La loca arenga espectros solo a través de puentes siempre recién volados.

(¡Qué luz iconoclasta nace en uñas!) La loca nos arenga Diego*

*En memoria de Diego Pérez Pintos.

Vallejeanas 1 "Azular y planchar todos los caos" Hay arriba una antigua de plancharantes -hierro con estrella en el mango. Me falta... -Tu bien sabesno sólo azul de Reckit.


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2 Digo aquí íntimo broche del sonido: y es que se abre. Deslumbra adagio. Y era como ecoandar lejos y sin adventera en el desnudo ser de lo encendido. Broche del tiempo, templo... tembladera...

3 Sagitario

Lápida: tensa cuerda, la flecha va. La estrella en "estructura ausente" -la más bella definición del caos-, no recuerda ni el eco de su signo, y más destella ante mí, vivo-muerto. Flecha sella la creación: vagido "der-der-da daísmo". Todo "lectio". sin más que ella. Y la O de Vallejo ruede y pierda.

Cuajo Por sibilinas sílabas porque sí mansa es esta riqueza destar vivo

Por eso aquí me llevo este nudo de entrañas descartables La poesía, si es, es arduo cuajo.


LO QUE VENDRÁ / revista de poesía ● 59

Danza

Esta cosa cualquiera nochemente en tu adagio te murmura cuanto sobreviniera vino, miel, luz primera cuando tú sin figura todavía, movías la cintura desde mi frente, mano y lanzadera.

Y el pájaro, premura de ti cortaba el aire sin tijera con un trino que fuera trino si no lo bebe en danza tu figura que nombra antes que Dios la vida cera Y el aire te procura -todo labios- el beso que no era. Y estas letras de sombra, sólo espera de la noche que nunca amaneciera. La muerte y tú mi noche reverbera …...................................................... ...seré signo borrado en tu escritura temblor y nada más Nada perdura.

de: Boomerang (inédito) Trilce y las rosas Cóncava, blanda de asma voz disparada quién iba a decirlo hasta el hoy: sonrisalba. Trilce entonces: me muerde alejarme de ti, volver como a hurtadillas por estas rosas presas en el Prado, las mismas en luztiempo. (Marchas estridan lejos Caldera rota: es esta de mango negro, sabio) Y el teléfono entonces y el telé– "Si suena y suena el teléfono y la otra voz está ausente


LO QUE VENDRÁ / revista de poesía ● 60 Y el telé fo.

todo es adrede El mundo algo quiere."

(Me confundían entonces desde tu casa con quienes bien sabemos...) Previo: tu mundo estaba... no sé dónde. Y el teléfono aquel ya no era el tuyo Trilce entonces, que ahora besotravez, en sueños: maravilla de dos: viva tijera... Cortamos rosas, mapas, uno que no se explica. (¿estridan los silencios ecos de aquellos en el mango desta caldera rota, negro y sabio?) Tu voz, cóncava de asma Trilce viuda en el Pra– do. La vida, esta visita feroz y dulcemente ahora (Quizás una tenaza que amo) La vida esta visita Y por qué puerta vino.

La vida, esta visita feroz y dulcemente ciega esta tenaza púrpura este amor clandestino, sin pregunta. Y el címbalo, con que quiero llamarla, por más cerca. La vida, esta visita sin motivo.

La vida, esta sintaxis viva, y el diccionario quemado juntos, como invento derivando. La vida, esta sintaxis. “Vida", insomne palabra de aquel texto escolar –¿era el de sexto?– Laocoonte juvenil viene venciendo dibujada serpiente... se miraban. Hoy las serpientes –tantas–. No renuncio.


LO QUE VENDRÁ / revista de poesía ● 61

Los autores

Orfila Bardesio (Montevideo, 1922- 2009). En poesía publicó: Voy (1939), La muerte de la luna

(1942), Poema (1946), Uno (Tríptico,1955;1959;1971), Canción (1970), Juego (1972), La flor del llanto (1973), El ciervo radiante (1984), Antología poética (1994), La mano desnuda (1996), La canción de la tierra (2009). En ensayo, La Luz del ojo en el follaje (1989). Crónicas, El pasado cultural uruguayo (2006).

Héctor Rosales , Montevideo, 1958. Está radicado en Barcelona desde 1979. Incluido en antologías, catálogos, libros colectivos y publicaciones nacionales e internacionales, algunos de sus textos se han traducido al francés, portugués, catalán, gallego, polaco, italiano, inglés y alemán. Entre otros libros, ha publicado: Visiones y agonías (Barcelona, 1979), Espejos de la noche (Madrid, 1981), Desvuelo (Montevideo-Barcelona, 1984), Habitantes del grito incompleto (Montevideo, 1992) y Mientras la lluvia no borre las huellas (Barcelona, 2002). Ha colaborado en numerosas revistas de arte y literatura de distintos países y es autor de las antologías Voces en la piedra iluminada / Diez poetas uruguayos (Toledo, 1988), Chapper, las espinas del verso (Montevideo, 2001) y Nadie dude el lucero / Rolando Faget (México, 2009). Web oficial: www.hrosales.com Luis Bravo , Montevideo, 1957. Poeta y performer integró el grupo Ediciones de Uno (19821994). Su letra y voz están registradas en libros, plaquetas, casetes, Cds, en el primer Cdrom de poesía de estas latitudes en el que participaron 20 artistas (Árbol Veloz, 1998; 2009), y en el dvd Tamudando (2010). Poemas suyos en revistas y antologías fueron traducidos al inglés, francés, sueco, alemán, portugués, esloveno, farsi. Es investigador asociado de la Biblioteca Nacional, investigador adjunto de la Academia Nacional de Letras. Profesor del I.P.A. y de la Universidad de Montevideo. En 2012 fue becado al International Writing Program (Universidad de Iowa) junto a 30 escritores de diversos países del mundo. Jorge Arbeleche , nació en 1943, se graduó de profesor de literatura egresado del IPA en 1969. Ejerció la docencia hasta su destitución en 1977. Con la llegada de la democracia retomó su carrera docente y llegó a ejercer, por concurso de oposición y méritos los cargos de Inspector Nacional de literatura, profesor de literatura española en facultad de Humanidades y en IPA. Luego de su jubilación se desempeñó como director del departamento de Letras del MEC y luego como asesor cultural y literario de la BIBNA. Ha sido fundamentalmente poeta y ensayista y por esta labor fue distinguido con premios nacionales y extranjeros, como ser el Bartolomé Hidalgo, el Morosoli, el de la Academia Nacional de Letras, el del concurso Premio Nacional de literatura del MEC en siete ocasiones, el de la revista Plural de México en dos ocasiones, el de la Cátedra Ramiro de Maeztu. Fue becado por la Universidad de Iowa y participó en el INTERNATIONAL WRITING PROGRAM, y por el Instituto de Cultura Hispánica en dos ocasiones. Ha sido publicado en revistas y periódicos de todos los países de América, desde Canadá a Chile. Figura en varias antologías, historias de la literatura y diccionarios nacionales y extranjeros. En Italia se publicó una antología bilingüe de su obra titulada "40 POESIE", editorial Lieto Colle (Como, Italia), a cargo de Martha Canfield y Aledssio Brandolini. Ha sido traducido al farsi, al indi, al ruso, al francés, al inglés, al portugués, al italiano y próximamente al griego, durante el Festival de Poesía Internacional de Atenas. Representó a Uruguay en diferentes eventos culturales internacionales y participó invitado en numerosos festivales de poesía y congresos de literatura.


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Paula Simonetti nació en Montevideo en 1989. Es licenciada en Letras por la Universidad de la República. Su vínculo con la escritura –principalmente poética- surge tempranamente, desde la niñez-. Algunos de sus poemas han sido publicados en revistas, antologías y páginas web. Asistió a varios talleres literarios, tanto en el interior como en la capital del país y ha participado de diversas lecturas y coloquios. En el 2012 obtuvo el Primer Premio de Poesía Joven Pablo Neruda, gracias al cual viajó a Santiago de Chile a realizar diversos talleres y lecturas en la feria del libro. En marzo del 2013 obtuvo una mención en el concurso nacional Juan Carlos Onetti, organizado por la Intendencia de Montevideo, por su poemario En la boca de los tristes.

Gastón Rodríguez Freitas. 1990, Tacuarembó, Uruguay. Estudiante de tercer año de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación en la carrera de Letras. Integra el Taller de Creación de Canciones que imparten Numa Moraes y Washington Benavides en la Facultad de Arte. Cecilio Peña (Montevideo, 1925-2000). Poeta y crítico literario. Profesor de literatura egresado

del IPA, ejerció la docencia en Enseñanza Secundaria. Dirigió las revistas "Psiquis" y "Cuadernos uruguayos", esta última con Pablo A. Chiarelli y Jorge Medina Vidal. Publicó trabajos de apoyo a la labor docente sobre Quevedo, Rubén Darío, Antonio Machado, Federico García Lorca, Gabriela Mistral, Pablo Neruda y otros. Estudioso de la obra de Cervantes y miembro de la Asociación de Cervantistas, España. Sus libros de poesía: "El hombre entredormido", "Cuarteto del ser", "Desde Eidar", "Por estos días digo", "Con punto y noche", "Canto y señas".

lunes a jueves de 20:00 a 21:00 horas


LO QUE VENDRÁ / revista de poesía ● 63

Catálogo LO QUE VENDRÁ / revista de poesía Números publicados:

N° 1 / Abril - Mayo 2011. poemas de: Gladys Castelvecchi / Selva Casal / Tatiana Oroño / Laura Alonso / Betty Chiz / Paula Einöder / Paula Simonetti / Silvia Carrero Parris / Leonilda González (Ilustraciones).

N° 2 / Junio - Julio 2011. poemas de: Ida Vitale / Walter Ortiz y Ayala / Lucio Muniz / Paola Gallo / Horacio Cavallo /Julia Galemire / Elbio Chitaro / Elder Silva / Washington Benavides / Joaquín Aroztegui (ilustraciones). N° 3 / Agosto - Setiembre 2011. poemas de: María Gravina / Humberto Megget / Alfredo Fressia / Xavier Duarte Artigas / Martín Cedrés / Rafael Dieste / Alejandro Barreto / Suleika Ibáñez / Antonio Lista (ilustraciones).

N° 4 / Octubre – Diciembre 2011. obras de: Ruben Yacovski / Saúl Ibargoyen / Claudia Magliano / Francisco “Pancho” Lussich / P. E. Astromulo / Héctor Rosales / Ignacio “Nacho” Suárez / Tabaré Rivero / Marcia Collazo / Anhelo Hernández (ilustraciones). N° 5 / Marzo – Abril 2012. obras de: Eduardo Darnauchans / Silvia Sabaj / Miguel Ángel Olivera / Macunaíma / Seni Labart / Sebastián Rivero / Jorge Nández Britos / Cristina Landó / Marcos Ibarra (Ilustraciones).

N° 6 / Mayo – Noviembre 2012 obras de: Nancy Bacelo / Alberto Mediza / Washington Benavides / Oscar Tortorella / Margarita Guerra / Vera Sienra / Menciones del Primer Concurso de Poesía: Alfredo Villegas Oromí / Leonardo de León / Roberto Bianchi / Manuel Espínola Gómez (Ilustraciones).

Nº 7 / Abril - mayo 2013 obras de: Circe Maia / Luis Bravo / Suleika Ibáñez / Javier Etchemendi / Enrique Bacci / Olga Leiva / Gabriel Weiss Colección A Fuego Lento – Libros de poesía.

- El Juego del Tiempo – Lucio Muniz (Diciembre 2011). - Tango Negro – Saúl Ibargoyen (Diciembre 2011). - De-generaciones (presencia del poeta) - Lucio Muniz (Noviembre 2012) -en adhesión al Premio Morosoli de Plata entregado al autor) - Aunque la orquesta se duerma - Eduardo Nogareda (Diciembre 2012) - Erótica mía - Saúl Ibargoyen (Diciembre 2012) - Hokusai - Washington Benavides (Abril 2013) - 40 años de poesía - Alfredo Fressia (Mayo 2013)

Colección Itabira – Plaquetas de poesía.

- Poema con zapato – Diego Rodríguez Cubelli (Marzo 2012).

Colección de los concursos.

- Taurolabia – Lucía Delbene (Julio 2012).



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