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Conferencia desgrabada el 15 de julio de 2004 en la Facultad de Ciencias Sociales.

Veinte años de Hegemonía y estrategia socialista Federico Schuster Buenas noches a todos y a todas, bienvenidos a este evento académico de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Tenemos hoy el gran gusto de contar nuevamente entre nosotros al profesor Ernesto Laclau, egresado de nuestra Universidad y uno de los intelectuales más destacados en el mundo hoy en estudios políticos y sociales. Es hoy además un día importante porque además de la presencia de Ernesto aquí entre nosotros, lo que siempre constituye un desafío intelectual importante que hacen a la política en nuestro tiempo, estamos aprovechando esta visita para celebrar los veinte años de un libro muy importante Hegemonía y estrategia socialista que Ernesto Laclau escribió junto con Chantal Mouffe. Van a hablar de ese libro, pero de algún modo de lo que ese libro significó en relación con su propio pensamiento y sus propios intereses int electuales, el profesor de Emilio de Ìpola, Eduardo Grüner, Leonor Arfuch, Sebastián Barros y Gerardo Aboy Carlés. No cabe duda de que Ernesto Laclau no es sólo conocido por Hegemonía y estrategia socialista, no cabe duda de que tampoco es conocido partic ularmente a partir de Hegemonía y estrategia socialista, los trabajos de Ernesto Laclau vienen de bastante antes, siendo por cierto muy joven interviniendo en los debates que se dieron en los años ‘70 sobre América Latina, los modelos de producción, depend encia, etc. En ese gran libro que es Política e ideología en la teoría marxista, que es un libro que todavía hoy es de consulta, lectura y referencia indelegable en esos temas. Pero no cabe duda de que Hegemonía y estrategia socialista marcó una influencia y un impacto muy grande en los debates de la teoría política, significó un enorme desafío a ciertas tradiciones deterministas y de raíz positivista en los estudios de la política tanto de derecha como de izquierda y llevó a que sea hoy probablemente uno d e los libros más citados en la bibliografía internacional cuando se habla de cuestiones políticas en un sentido amplio, no solamente en el sentido estrecho en el que los colegas politólogos definen la cuestión, sino también en lo que atañe a los movimientos sociales, revolucionarios, las prácticas políticas que constituyen el orden social y también que lo desafían. De ese libro, entonces, que evidentemente es un gran libro, es un libro importante , es un libro que ha marcado una época, de eso vamos a hablar a partir de lo que nuestros oradores de hoy tengan para decir; así que vamos directamente a la cuestión. Yo le voy a dar la palabra primero a Emilio de Ípola para que abra el debate en torno al pensamiento de Ernesto Laclau y del impacto de Hegemonía y estrategia socialista. Emilio de Ìpola El libro cuyo vigésimo aniversario acaece este año tuvo y sigue teniendo el privilegio de constituirse en un texto de referencia ineludible para todos aquellos que –proviniendo del marxismo, ya sea del marxismo clásico, arcaico, jurásico, austrohúngaro, moderno, gramsciano, estructuralista, etc. o de otras observancias– tuvieron la presencia de espíritu requerida para comprender que se necesitaban y se necesitan herramientas conceptuales y tesis teóricas nuevas para pensar la política hoy, a fines de siglo XX cuando fue escrito, y a comienzos del XXI donde estamos –y no antes de ayer– para pensar las nuevas realidades políticas y no para predecir el pasado. El libro responde cabalmente a esas expectativas, lo hace con la apertura intelectual indispensable para no ocluir la discusión, para oír críticas y tenerlas en cuenta, para hacer dejar pensar o mejor hacer pensar al lector. Por otra parte, el libro no es una simple síntesis de ideas que andaban flotando por el aire a comienzos de los ‘80, no es sólo un compendio teóricamente refinado de lo que todos sabíamos o sospechábamos, por cierto los aires del tiempo están presentes en él, pero los autores incorporan nuevos aires... ¿buenos aires, no? Son producto del empeño del cómo se dice “no hacer la fácil”, no soslayar dificultades con una redacción limpia para tapar ideas confusas, sino de encarar frontalmente los problemas. El resultado está a la vista como señalé al comenzar, cómo Hegemonía y estrategia socialista sigue siendo un texto de referencia imprescindible. Dicho esto, quisiera agregar algo menos obvio, muchos de quienes participan de esta mesa, incluido Ernesto, provenimos del marxismo, salvo los que no provienen porque

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son muy jóvenes para provenir, provendrán en el porvenir… Cada uno a su modo, nosotros seguimos proviniendo, todos sentimos aún la gravitación del pensamiento marxiano, aún en las críticas que dimos a su teoría. No me siento menos marxista cuando concluyo que el proletariado no es el sujeto de la historia, que la burguesía y la clase obrera carecen de misión histórica preestablecida o que la teoría del plusvalor fue. Sigo en eso, en el espíritu de Marx del Prefacio a la edición de 1872, -no sé por qué se cita un prefacio posterior cita el del ’72–, donde Marx y Engels, en aspectos de Marx, donde ambos invitan a las generaciones futuras a rever y actualizar permanentemente el panfleto del que eran autores. Hegemonía y estrategia socialista comienza con una genealogía, precisamente la del concepto mismo de hegemonía. Quisiera referirme también a una genealogía la de la problemática en la que el libro se inscribe, una problemática muy anterior al libro, una problemática que éste no repite, sino que renueva y modifica y que se va a prolongar en múltiples aportes ulteriores. En una larga nota, la primera del capítulo segundo, Ernesto y Chantal anuncian que utilizarán con frecuencia el concepto de sutura tomado del psicoanálisis, se trata de un concepto presentado en sociedad durante 1965 -si no me equivoco- por Jacques Lacan. Concepto cuyos orígenes soslaya curiosamente al menos en una conferencia muy posterior dictada en 1985 en Toulouse -es decir donde nació el “pseudo” Gardel, porque como saben los que nacieron en Tacuarembó, nació en Tacuarembó. Y este concepto, el de sutura, dará mucho qué hablarRespecto de este concepto en un artículo del ’66 -yo les cito cosas prehistóricas, ¿no?- Miller dice que “el problema fundamental de todo estructuralismo es el del término a doble función que determina la pertenencia de los restantes términos a la estructura, término que a su vez se halla excluido por la operación específica que lo hace figurar bajo las especies de su representante” -o sustituto como dice la traducción en castellano del libro de Ernesto y Chantal para retomar el concepto de Lacan. El gran mérito de Lévi-Strauss es haber reconocido la verdadera importancia de esta cuestión, aunque fuera bajo la forma de significante cero. Se trata de una localización del lugar ocupado por el término que indica la exclusión específica, la carencia pertinente, o sea la determinación o estructuralidad de la estructura -esto en Badiou-. La visión de Lévi-Strauss me interesa porque nos retrotrae al exacto momento textual en que la cuestión fue formulada por primera vez en los marcos de un enfoque teórico ya desarrollado. El texto de Badiou remite a la introducción a la obra de Marcel Mauss de Lévi -Strauss. LéviStrauss observa que esas nociones cuyo empleo ha sido tradicionalmente atribuido a las sociedades exóticas están presentes en un gran número de culturas primitivas o civilizadas, en base a lo cual formulo la hipótesis de que tal tipo de fenómenos, el hecho de que existen esas nociones, posee un alcance universal. Se trataría de una forma de pensamiento que se ejerc e frente a un objeto, una situación, un individuo que aparece como desconocido, como indescifrable en lo inmediato, carente de un nombre que lo designe o identifique -en español, vocablos como “coso”, “invento”, también “truco” con sus connotaciones respec tivas maquinaria, obligatorio y eficaz, golpe de suerte. Esas expresiones aún marginales en nuestro discurso cotidiano muestran que ese fenómeno no nos es ajeno. En todo caso esa noción aparece para expresar un quantum de significación indeterminado, despr ovisto de sentido en sí mismo y pudiendo en consecuencia adquirir cualquier sentido en aquellos casos en que se produce una descompensación entre significante y significado por intromisión de ese algo extraño de esa cosa extraña. Ejemplo: los marcianos que llegan en el programa de radio de Orson Welles, la invasión marciana en 1938, y con el objeto de reestablecer la complementariedad entre significante significado. En nuestras sociedades utilizamos esas nociones de modo espontáneo y desenvuelto, en las soc iedades exóticas suelen servir para elaborar sistemas de pensamiento desarrollados. Lévi -Strauss despliega entonces una desargumentación que dice en síntesis: primero, que el lenguaje nació todo de una vez, no fue un proceso por el cual las cosas una a una fueron comenzando a significar progresivamente. En cierto momento se operó un pasaje en el que nada significaba a otro, en el que todo poseía significado, y el hecho de que se vuelva significativo todo el universo no significó, sin embargo, que fuera mejor conocido. El nacimiento del lenguaje, por lo tanto, y la significación tuvo un carácter discontinuo, el del conocimiento tuvo un carácter continuo: de a poco se trata de adecuar los significantes a los significados por medio del proceso de conocimiento. Dicho en otros términos, el universo -dice Lévi-Strauss- ha significado mucho antes de saber lo que significaba, pero desde el comienzo ha significado la totalidad de lo que la humanidad puede esperar conocer de él. Entonces podemos operarle agrupaciones, rectificaciones, recortes en el seno de lo que el autor llama una totalidad cerrada y complementaria con ella misma, pero no más que eso; no podemos conocer más que lo que sabemos que significa. Dicho esto, existe una diferencia entre nuestras sociedades industriales y entre las sociedades exóticas,

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mal llamadas primitivas, también mal llamadas exóticas. Y es que en nuestras sociedades se han desarrollado acumulativamente las ciencias y eso hace que este proceso se haga un poco más rigurosa y metódicamente, pero por mucho tiempo todavía habrá caracteres comunes entre simbolismo y conocimiento en las sociedades mal llamadas primitivas y en las nuestras y esto es una situación, según Lévi-Strauss, inherente a la condición humana que necesita de un plusvalor de significantes respecto de los significados sobre los cuales puede posarse. Y, para comprender el mundo, el hombre dispone siempre de un excedente de significación y necesita de una razón suplementaria allí donde aparecen estos fenómenos extraños que no sabe: “qué es este coso, qué es este truco, que es este invento”. Ahora bien, esto es lo que dice Badiou sobre Lévi-Strauss. Siguiendo a Lévi-Strauss al comienzo, en la introducción, uno puede ir un poco más. Él retoma y rectifica parcialmente su conocido estudio sobre el chamán y su magia y ahí. en ese texto que es de 1949, asimilaba la conducta del neurótico o del brujo en trance con la de los enfermos mentales en nuestras sociedades, pero se enfrentaba con el problema de que en las situaciones de trance o posesión, por un lado, fuera de esas situaciones, esos individuos eran perfectamente normales, no podían ser llamados neuróticos. Y, por otra parte, cuando estaban en esas situaciones no podían ser definidos por ninguna neurosis conocida ni nada que pudie ra referir a un sistema de categorías que remita a neurosis conocidas. Entonces, dice Lévi Strauss, acá hay dos soluciones: o las conductas descriptas con el nombre de trance o posesión no tienen nada que ver con aquellas que en nuestras sociedades llamamo s psicopatológicas, o se las puede considerar del mismo tipo, como conductas del mismo tipo, siendo el carácter patológico en nuestras sociedades de esas conductas el hecho circunstancial, el hecho de una condición particular de la sociedad en que vivimos. Y LéviStrauss hace suya la segunda opción que en cierto modo cuestiona la idea de enfermedad mental. Y de ahí parte de la idea ya formulada en otros escritos de que la sociedad consiste en un conjunto de sistemas que expresan aspectos determinados de la realidad física y social, pero esa expresión nunca puede ser del todo lograda. El simbolismo nunca puede apropiarse, nunca puede haber una adecuación en las relaciones entre los sistemas porque las sociedades son acrónicas, porque hay influencias de una sociedades sobre otras. Entonces, de lo anterior resulta que ninguna sociedad es completamente simbólica y por lo tanto en toda sociedad sería forzoso que algunos individuos estén ubicados fuera del sistema o cabalgando entre sistemas irreductibles. A ellos la sociedad les pide o les impone representar compromisos inaccesibles a nivel colectivo, simular transiciones ficticias o realizar imaginariamente síntesis compatibles. A través de esas actuaciones los llamados enfermos mentales situados en la periferia del sistema se convierten en un elemento indispensable del equilibrio socia que no refleja al grupo sino que lo complementa, lo completa. Es decir acá formula una teoría análoga a la del significante cero -truco, coso, etc.-, hay algún individuo que queda f uera y dentro, en la periferia del sistema y a quien se le encarga de alguna manera la función de suturar, de reestablecer un equilibrio que ha sido de entrada siempre perdido. Pero lo que me interesa acá es el espacio teórico que con dicha iniciación abre Lévi-Strauss en su introducción a Mauss desde 1950. Un espacio rico, inequívoco, superposiciones, tomas de partido y cruces múltiples. Una apuesta filosófica cuyas consecuencias quedan hasta hoy y permanecen abiertas. En la sutura lo que se hace es retomar este tema, pero curiosamente en una Conferencia que dio en Tolosa nuestro amigo Miller cita al chamán y su magia pero no cita la introducción a Mauss donde está este tema. Es como si se hubiera olvidado. Lo que pasa es que ese olvido resulta sospechoso, porque desde ahí es donde de algún modo plantean, como lo señala Badiou, el verdadero problema, el chamán, en relación con su magia, simplemente hace una asociación entre la enfermedad mental y la definición del inconsciente que es importante. Y por supues to no hay sujeto. Para Miller, sí hay sujeto en el sentido en que la lógica significante incluye el sujeto. En Lévi -Strauss no se trata para nada el sujeto, que está ausente, excluido, es lo que. Este olvido de Lévi Strauss extraña un poco y decepciona porque a uno le cuesta conciliar la admiración con la que un marxista como Althusser se refiere a la obra de Lacan con la crítica desdeñosa con la que el propio Althusser se dirige a Lévi-Strauss, por entonces, uno de los eminentes puntos de referencia del lacanismo. Y acá obran seguramente razones de índole política: de Lacan se podía hablar elogiosamente cualesquiera fueran sus opciones políticas, porque lo suyo era el psicoanálisis; con Lévi-Strauss no ocurría lo mismo, su objeto pertenecía al campo del marxismo y Lévi-Strauss no era marxista. Esto marca no menos sintomáticamente el texto de la conferencia de Miller, el olvido no puede interpretarse más que como el ocultamiento de un enfoque que está en la base de la temática del sujeto y la causalidad estructural de todas sus versiones. Podemos comprender en esos olvidos una búsqueda como la de Lévi -Strauss

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volcada sobre las estructuras y que según sus propias palabras debía inclinarse ante la potencia del acontecimiento, una búsqueda que exiliaba a la historia y la política y que debía ser vista por muchos como opuesta a la política. Comulgar con Althusser se sentía más cerca de Sartre que de Lévi-Strauss, no obstante ello, todo esto dio lugar a un amplio debate a búsquedas nuevas, a políticas fértiles. Hegemonía y estrategia socialista es un excelente ejemplo de cómo planteamientos previos, si saben ser actualizados y enriquecidos con todo lo que la experiencia histórica y política, los nuevos aportes de la teoría y la filosofía política, las lecturas creativas de Gramsci y de muchos otros dan pie a un replanteo profundo de la cuestión política y de la cuestión que está en la base de esa cuestión: la hegemonía. Toda la cuestión de la sutura a la cual yo hice referencia tenía también la intención de mostrar, pero para eso no tengo tiempo, cómo Ernesto retoma esos temas, retoma el problema de la sutura y del cero. El tema de la sutura está planteado en Hegemonía y estrategia socialista Entre los nuevos aportes de las teoría de la acción y de los sujetos colectivos sobre los cuales trabajamos Federico, yo, Francisco y otros y la teoría sociológica de sistemas sin sujetos, este libro da siempre materia para una reflexión original, que no desprecie esas opciones, pero que tampoco las desposa. Me alegra que siga siendo tan joven como cuando fue publicado, no podría decir lo mismo de mi, porque no fui publicado. Eduardo Grüner Además de decir que estoy muy contento de estar acá, digo que efectivamente el acuerdo era que tratáramos de referirnos a lo que significó el diálogo muchas veces ambivalente, no es cuestión de negarlo, con la obra de Ernesto en nuestro propio trabajo. Yo voy a tratar de circunscribirme, voy a tratar también de atenderme al tiempo que acá tiránicamente nos conduce el señor Decano, pero lo único que puedo prometer es no ser tan divertido como el profesor de Ípola -eso seguro lo voy a poder cumplir. Todos los que dictamos alguna variante de teoría política en esta Facultad nos hemos visto en obligación alguna vez de criticar duramente la idea de Hegel en Filosofía de la historia de construir algo así como un nudo de cierre de la historia, arrojando afuera a continentes enteros como África o América, con excepción obvia de la nación que Hegel llamaba del futuro, es decir América del Norte. Menos hemos reflexionado tal vez sobre la necesidad ideológica de esta operación de expulsión hacia el exterior del espíritu objetivo de culturas cuya explotación colonial fue, para empezar, la que en buena medida construyó la historia moderna de Europa y quizás no s ea meramente anecdótico, justamente en estos días, que uno de los casos que cita allí Hegel sea nada menos que el de Haití, esa verdadera complejísima condensación de África y América que por aquellos años de principios del siglo XIX estaba llevando a cabo uno de los experimentos revolucionarios más profundos, más radicales y más originales de esa misma historia moderna de la cual el gran filósofo decide expulsar a esa nueva nación. Estoy usando este ejemplo nada más que para introducir una rápida y perfecta ilustración de algunas de las ideas de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe a propósito de las maneras en que las construcciones hegemónicas operan mediante un efecto de plenitud, de falsa totalidad como hubiera dicho Adorno. Se requiere de la exclusión de aquello sin lo cual precisamente el efecto de cierre no podría funcionar. En un momento probablemente tendré que volver a esta cuestión, pero ahora quisiera introducir otro tema, creo que no demasiado alejado que es el de la intuición que ciertamente es ya patrimonio de muchos, de que a partir de la "contingencia del 11 de septiembre de 2001" podría estar configurándose una nueva articulación de esta operación hegemónica, y lo voy a introducir de una manera relativamente indirecta. Entre las múltiples declaraciones que hubo en aquel momento, aparecieron algunos artículos hablando de la nueva imagen urbana que podría generarse, y no solamente en Nueva York, después de la caída de las torres gemelas. Recuerdo uno bastante trivial de Umberto Eco a propósito de empezar a pensar en la conveniencia de construir ciudades horizontales, sin rascacielos. La cuestión no tendría demasiada importancia, de no ser por el valor sintomático que adquirió más allá de ese espantoso acto terrorista que tiene mucho que ver con la ac tualización ideológica de una potencialidad latente porque, de todos modos, como lo ha demostrado el brillante urbanista Matt Davis, la gran metrópolis occidental hace mucho que estaba de antemano condenada a un derrumbe apocalíptico. En primer lugar, por una suerte de retorno de lo reprimido, lo digo con la prudencia del caso, expresaron la venganza de una naturaleza alterada, violentada y violada hasta lo indecible por el capitalismo. Estas cosas, al revés de los más espectaculares pero menos inmediatamente dañinos agujeros en la capa de ozono -de lo que se habla con sospechosa insistencia para ocultar lo que sí está ocurriendo ante nuestros ojos-, estas cosas no suelen aparecer cotidianamente en los medios. Por sólo dar un ejemplo,

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en las últimas menos de dos décadas, se han producido en la ciudad de Los Ángeles -allí donde anidaron tantos delirios holliwoodenses de apocalipsis urbanos- catástrofes ecológicas tan inéditas como, por lo tanto, imprevisibles. Terremotos, sequías, inundaciones, tsunamis, etc., para no mencionar inexplicables invasiones en la playas más visitadas y en los casos más urbanizados, no ya de ratas y cucarachas a cuya presencia permanente todos hemos tenido que acostumbramos, sino de serpientes, pumas y osos espantados de sus hábitats naturales ya invivibles, y tal vez en busca de los responsables. Y que vienen a su vez a sumarse a la invasión interna de marginales e inmigrantes ilegales y desesperados violentos, generados por la igual inédita polarización social que le debe más a la globalización neoliberal. Y no hay poco comentario sobre el nuevo oscurantismo, del pervertido gran relato actual que, en el lenguaje político de la derecha y del periodismo amarillo, faltaba más los lugares de los invasores zoológicos y de las bandas margi nales urbanas sean progresivamente intercambiables. Las serpientes y pumas son los outsiders negros y latinos; ahora hay que sumar a los musulmanes: son mangas de langostas, de prestadoras o cualquier otras sutil metáfora por el estilo. El derrumbe de las dos torres sintomatiza después, en un cierto sentido, la aceleración de un proceso de decadencia de la urbanidad posmoderna que ya había empezado su marcha hace mucho, y no solamente en la realidad, como suele suceder que la ficción -que constituye la estructura profunda de la verdad, según dijera Lacan- se adelante a la historia. Nueva York fue la primera ciudad moderna destruida desde el aire en una novela, a saber The World in the air escrita por H. G. Wells que relata el ataque a la gran metrópolis por zeppelines alemanes, un invento reciente de la época y en el cual puede encontrarse el siguiente párrafo de resonancias actuales por lo menos inquietantes. Cito: "los neoyorquinos sentían que una guerra en su propio territorio era algo impensable, percibían la guerra como perciben al historia a través de una niebla, desodorizada, con todas sus crueldades esenciales tácticamente; los norteamericanos, sedados por la ilusión solipsista de que viven en una historia que hacen ellos solos son blanco fácil de cualquier nueva conspiración" -insisto en la fecha 1904. Desde entonces Nueva York ha sido destruida infinidad de veces en la literatura y en el cine y en la pintura. En 1931 José Clemente Orozco pinta su feroz mural "Los muertos", que ilustra los rascacielos de Manhattan destrozados como piñatas en una satánica fiesta de cumpleaños. Y también en la poesía en 1929, Federico García Lorca camina por las calles de Wall Street del jueves negro azorado ante el espectáculo de los inversores quebrados en la bolsa arr ojándose por las ventanas de los edificios, ese mismo día pone por escrito la inevitable destrucción de Manhattan por medio de cito "huracanes de oro y tumultos". Uno no puede dejar de pensar en aquel huracán soplando desde el paraíso y apilando ruinas sob re ruina de aquello que llamamos progreso, invocaba Walter Benjamin en su tesis de Filosofía de la historia. En ese mismo año de 1929 Ernst Jünger escribe sobre lo que bautiza como el síndrome del burgués aterrorizado y algo enigmáticamente lo explica en términos de las contrastantes psicologías urbanas de las ciudades capitalistas y precapitalistas. En las últimas, pone el ejemplo de Nápoles: "no existe un dominio total sobre la naturaleza, sino una constante adaptación ecológica; la ciudad es una perfecta y carnavalesca improvisación que sella los flujos del dinámico ambiente mediterráneo". A pesar de los riesgos objetivos que corre esa adaptación, Nápoles tiene una relación de familiaridad con las catástrofes naturales. Al contrario, en la gran metrópolis americanizada, la obsesión por construir un ambiente completamente artificial sin vínculo alguno con la naturaleza y en este sentido teóricamente seguro ha generado paradójicamente la más radical e innombrable inseguridad, la peor inquietante extrañeza. No teniendo naturaleza a la cual culpar ni con la cual dialogar aunque fuera conflictivamente, a la megalópolis globalizada la catástrofe sólo puede caerle del cielo, desde el más allá o un fuera innombrable. Pero otra vez, no se trata de pura ficción, el propio Davis recuerda que desde bastante tiempo antes del 11-9 existía en los Estados Unidos un diagnóstico consensuado entre los sociólogos y los teóricos culturales, la sociedad urbana norteamericana estaba sufriendo de una aguda hipocondría. En la más delirante paranoia, inmediatamente como no podía ser de otra manera, apareció un muy provisorio nicho académico: los estudios del pánico o sociofobialogía. Sería demasiado fácil y de dudoso gusto ironizar sobre estas nuevas disciplinas, en tanto expresiones de lo real que siempre estuvo al acecho en denominaciones intelectuales más elegantes -"la hermenéutica de la sospecha" por ejemplo, para no mencionar el semánticamente más cercano ataque de pánico inventado por ciertos psiquiatras y gerentes de marketing de laboratorios farmacéuticos para sustituir con una mercancía posmoderna a la tradicional y venerable angustia- o para volver a el efecto de sí. Pero, ironías aparte, quizás no sea excesivamente descabellado sospechar con o sin hermeneusis que estas etiquetas se basan al transformarse rápidamente en los significantes vacíos, como lo llamaría Ernesto, cuyo

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valor de equivalencia flotante configure el nuevo esquema de algo consistente en desplazar la percepción de las muy reales condiciones de brutal desigual dad mundial hacia una psiquiatrización de la silla eléctrica del imperio que también pasa por la justificación basada en el síndrome del pánico permanente. Ya no se trataría como en cualquier guerra más o menos clásica de difundir el terror solamente al enemigo, sino de profundizar el miedo en la sociedad propia, para que corra toda ella a refugiarse tras las armas. ¿Cuál es el objetivo de toda esta estrategia hegemónica? El de siempre: conservar y, si es posible, reproducir el poder. ¿De qué manera? La de siempre: explicar lo inexplicable, darle por así decir un nombre a lo siniestro. La completa exterioridad del significante, llámese el misterioso pánico urbano o el enigmático Islam, o lo que fuese, ese relato necesario de la completa ignorancia, o mejor desconocimiento que se debe mantener sobre ellos. Ambos, exterioridad y desconocimiento, son perfectamente funcionales a un vaciamiento del sentido histórico social, económico, político ideológico, de esos significantes que ahora en su condición flotante quedan disponibles para su aprovechamiento de cualquier sentido, por ejemplo, el terrorismo abstracto y totalizante. Cualquier sentido que permita expulsar hacia fuera, las condiciones de producción de la catástrofe. Esta expulsión hacia afuera es fundamental, como decíamos, el efecto de cierre o de plenitud de la articulación hegemónica dependen del éxito de la operación por la cual ese punto ciego que hace funcionar a la máquina es excluido o mejor, forcluido de tal manera que la totalidad sólo aparece como tal porque le falta algo de lo cual no se hace cargo. El ejemplo paradigmático más global, y también más grosero de la historia que citamos el principio, es precisamente el del modo bajo los cuales el colonialismo o el imperialismo ha producido un “nosotros Latinoamérica o África”, desde entonces denominados como bárbaros o salvajes, en el mejor de los casos como atrasados, y ha justificados su tutela mediante esa inferioridad, como si ese atraso nada tuviera que ver con la inferiorización producida por la conquista. Más sutilmente todavía, fue también esta operación la que le permitió a Europa presentarse como depositaria de ese equivalente general llamado la civilización, como si ese lugar central adquirido en la modernidad, luego de haber sido durante siglos una estricta periferia, nada tuviera que ver con un proceso de acumulación primaria -como lo hubiera llamado Marxfundado en buena medida en aquella inferiorización de alguien que luego es calificado como otro, un extraño que está afuera con una historia, o una ausencia de historia en la formulación hegeliana completamente exterior a la historia autóctona de Europa. El problema con esta nueva construcción hegemónica del actual imperio es por supuesto que el contenido mismo del elemento contingente de su forma articulatatoria hace necesariamente mover el péndulo gramsciano hacia el polo del ejercicio de la fuerza. Un consenso construido sobre el significante maestro del pánico, del síndrome del burgués aterrorizado, o como se lo quiera llamar, no puede ser sino consenso para la represión violenta del extraño, del outsider que amenaza desde afuera. Nosotros mismos, en la Argentina y a nuestro propio modo hemos sido testigos de variados intentos de una construcción hegemónica semejante. Desde la dictadura militar hasta ahora hemos pasado por diferentes instancias de donación de contenido al significante terror, el terror estatal primero, el terror económico en sus diversas formas, para llegar actualmente al terror social urbano, depositado hoy para buena pa rte de los que están por encima de la llamada línea de pobreza, por ejemplo, en el significante piqueteros. Estoy lejos de ser un experto en el tema, pero me da la impresión de que esta construcción hegemónica ha hecho vigentes y hasta cierto punto exitosos los esfuerzos para vaciar ese significante que hace un par de años, por su carácter de novedosa flotación, podría ser significado como relativamente positivo, incluso por amplio sectores de la clase media, vaciando y transformando en un significante pleno de esa exterioridad amenazante, de ese desconocimiento funcional necesarios para cierre de una articulación ideológica. Aunque también podía pensarse, quizá, que ya la ambivalente simpatía por la que antes la clase media significaba al piquetero implicaba un cierto triunfo todavía no del todo articulado. De articulación al menos en el sentido de que ella era un testimonio del pánico producido por la posibilidad de que el piquetero fuera un significante anticipatorio del no lugar en el que cualquier miembr o de la clase media podría eventualmente estar. El pasaje de una inclusión conflictiva a una exterioridad amenazante del significante piquetero y la consiguiente oscilación del péndulo del consenso hacia el polo de la represión, sería también en este caso una peligrosa expresión local de aquel intento de articulación de una nueva forma de hegemonía global en tiempos de crisis de la formas tradicionales de esa articulación. En fin, son hipótesis balbuceantes, tal vez de los testimonios de cierta alarma, que no tiene nada de nueva por cierto, ante la siempre latente posibilidad de un retorno de lo real que acecha bajo el deslizamiento de los significantes.

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Leonor Arfuch También es muy grato estar aquí, en esta celebración doblemente significativa por lo que s e ha venido diciendo, por lo que significa libro, por lo que significó en su momento y hoy. Y también porque hace veinte años, en el año ‘87, no hace exactamente veinte, pero cerca, Ernesto y Chantal estuvieron aquí Buenos Aires presentando en el Club Soci alista el libro, me parece que en su flamante edición en español. Y entonces también son sorprendentes estos veinte años que son tantos y tan pocos. Entonces, quizá contrariamente a la experiencia de mis colegas, mi encuentro con Hegemonía y estrategia socialista no se produjo desde la sociología o la teoría política en la búsqueda de respuestas para el eterno enigma de lo social, sino que vino desde la orilla del lenguaje, la lingüística y las teorías de la discursividad. En ese sentido y más allá del deslumbramiento por el modo en que los autores deconstruían categorías reverenciadas del marxismo, abriendo nuevas pistas a la interpretación política, fue la propia operación deconstructiva la que atrajo mi atención, operación donde el lenguaje, o mejor, el discurso en su más amplia acepción, sea instituida como mediación simbólica insoslayable alejando definitivamente la ilusión de la aprehensión directa, inmediata de los hechos o la realidad. En verdad, ya la lingüística, la filosofía del lenguaje, la semiót ica habían dado cuenta ampliamente de la imposibilidad de acceso al mundo por fuera de la materialidad del lenguaje, pero parecía faltar una articulación explícita que involucrara esos dos universos, lo que desde ciertos análisis lingüísticos se veía como un registro diferencial o suplementario: lo social o el contexto extra discursivo, lo que de las ciencias sociales no se veía. Justamente la dimensión simbólica oculta tras la supuesta transparencia del lenguaje. Ese inquietante descubrimiento que había resumido elocuentemente el lingüista Osvald Ducrot. Cito: "cuando creemos hablar de las cosas, hablamos de palabras sobre las cosas". Esta articulación llevada hasta sus últimas consecuencias, lo social y por ende lo político concebido como espacios discursi vos es en mi opinión uno de los gestos más osados y perdurables de Hegemonía y estrategia socialista que la obra posterior de ambos autores no ha dejado de enfatizar. Osado, porque suponía abandonar adoptando la vía postestructuralista la tranquila certeza de los significados instituidos por convicción o tradición para abismarse en la corriente de la discusividad, la deriva de los contextos, la fluctuación del sentido. Enfrentar el vértigo de que un significante no alcanza nunca la plenitud de su significad o, que habrá simultáneamente falta y exceso incontrolable de sentido, tal como en la sociedad misma pensada entonces como imposibilidad constitutiva de totalización. Perdurable gesto por la sorpresa de no dejar de suscitar en los nuevos ojos que se enfrent an a esos textos, muchos de ellos aquí en esta Facultad, y las discusiones siempre apasionadas que generan. Si en todo discurso, si hay algo fuera de él que resista la simbolización, si ese algo que es un mero vacío... Esa sorpresa perdurable es también un efecto que produce la relectura, ver cómo ciertas profecías, ese don anticipatorio que tienen los libros que lo llamaremos clásicos, se fueron cumpliendo incluso más allá de su trazado original, la polifonía de las voces en su concierto de lo social, la m ultiplicación identitaria, étnica, religiosa, cultural, sexual, de género, ahora, en un contexto global, el afianzamiento de las diferencias que los autores consideran como una ampliación cualitativa de la democracia. El surgimiento de nuevos movimientos sociales, la relevancia de pensar los sujetos no desligados de su subjetividad. Una de esa profecías fue anunciada por ellos mismos en esa ocasión en que vinieron a presentar en el Club Socialista la edición en español, ahí dijeron -no me acuerdo cuál de ellos, ellos tampoco, al menos Ernesto tampoco se acuerda, no se acordaba tampoco que había dicho esto, pero lo aceptó como propio, por eso lo repito-: "el socialismo no es el futuro de la democracia, sino la democracia el futuro del socialismo". Una figura retórica de nombre exótico, quiasmo, esto para hacer honor a la retoricidad que concentra ahora la atención de Ernesto, que sonó a nuestros oídos tan misteriosa como inquietante, en tiempos en que el muro de Berlín estaba todavía en pie. Volviendo a la enumeración que hice antes, donde el pluralismo de los sujetos en juego es cosustancial a la idea de hegemonía como articulación contingente de las diferencias en un nivel más alto, aunque nunca pleno de representación política, quiero referirme en particula r a dos aspectos que han sido muy inspiradores para mi propio trabajo: el replanteo teórico en torno a las identidades y las concepciones de sujeto que habilita asimismo, creo, a una indagación sobre la formas contemporáneas de la subjetividad. Respecto de las identidades, hay esbozada en Hegemonía y estrategia socialista una concepción no esencialista que se afinaría en textos posteriores, identidad no como sumatoria de atributos predeterminados e inmutables, raza, sexo, color, nacionalidad, etc., sino como una articulación contingente, una posicionalidad relacional, un devenir más que un ser. Un proceso nunca acabado de múltiples

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identificaciones que pueden fijarse sólo temporariamente en puntos nodales. Hay también un cuestionamiento del límite tradicional entre público y privado, la idea de una pluralidad de espacios públicos que hace posible la emergencia de las diferencias, no ya como simples variantes dentro de una cierta homogeneidad, sino en pugnar con el reconocimiento, que impugna por el reconocimiento de su estatuto ontológico en tanto diferencias. Pero es justamente esa pluralidad de espacios, esa conflictividad intrínseca de cada diferencia, su oscilación entre lo universal y lo particular, aquello que la singulariza y que lo podría compartir virtualmente con otras, lo que quizá paradójicamente hace a la posibilidad, según los autores, y también creo a la dificultad de una lucha hegemónica. En cuanto a la problemática del sujeto el texto ya distingue entre sujetos y subjetividades desglosados. Un camino que va de la crítica del sujeto como origen del sentido, a la coincidencia con la concepción foucaultiana de posiciones de sujeto, donde operan múltiples determinaciones en la trama de la interdiscusividad y con la concepción lacaniana de sujeto como falta, incompletud, vacío limite interno que impide la afirmación de una identidad plena. Posteriormente en otros textos este sujeto, efecto de discursos, aparecerá en una notable potencialidad expresiva, y para algunos contradictoria, con su anterior definición como sujeto de la decisión. Más allá de este punto polémico que diferencia quizá el enfoque sociológico, que suele concentrarse en las identidades colectivas, los nuevos sujetos, los una vez más nuevos movimientos sociales. Me interesó indagar a partir de estas dos concepciones, la de identidades y la de sujetos, cómo se articula la búsqueda de autorrealización personal a las identidades colectivas. En qué medida una teoría del antagonismo pensada en relación con la política, con las fuerzas en pugnar por la hegemonía que conforman esa totalidad imaginaria nunca reconciliada que llamamos sociedad puede operar en el plano de la subjetividad individual contrariamente a las posesiones Foucault, para quien hay una división tajante entre público y privado. Para nuestros autores, ambos espacios están absolutamente imbrincados de modo que nada hay personal en la configuración subjetiva que no esté ya atravesado por lo social y aquí cabría decir que uno de los efectos más importantes quizá hegemonía es el valor teórico y desarticulador de constructivo que tuvo para las luchas del feminismo. Pero como sucede no pocas veces, una respuesta radical y afirmativa a mi pregunta sobre si una teoría del antagonismo para la política puede operar en el plano de lo per sonal, la respuesta vino no ya desde la teoría sino de la literatura. "No tenemos sólo un alma" dice el personaje principal de Sostiene Pereira de Antonio Tabucci, "no tenemos sólo un alma, sino una confederación de almas que está dirigida por un yo hegemó nico" y cada cierto tiempo ese yo hegemónico cambia. De manera que, alcanzamos una norma, pero no es una norma estable, es una norma variable. No sabemos si Tabucci había leído a nuestros autores, o si sólo es un efecto de intertextualidad, pero quizás podríamos hipotetizar ese momento fugaz, en que el antagonismo que nos constituye se atempera en un yo hegemónico, sea precisamente el momento de la decisión, que sea también, siguiendo con las hipótesis, esa articulación entre público y privado, otra de las anticipaciones de hegemonía, en tanto la imbrincación entre ambos espacios se ha ido haciendo cada vez más vertiginosa en la sociedad global, al punto de que es posible hoy hablar con pleno derecho de una intimidad pública. Pero también era de algún modo anticipatoria del propio recorrido posterior de los autores hacia una teoría política de la democracia que no excluye la fuerza de la pasión en Mouffe hacia una filosofía política de la retoricidad como quizá podría definirse la orientación actual del traba jo de Ernesto donde el componente del afecto aparece como constitutivo del lazo social. Y si bien lo social, lo colectivo es lo central en estos autores, como las disciplinas mismas que los involucran, ya Roland Barthes había notado en una interrogación pionera sobre la memoria colectiva, que si bien esta expresión puede ser válida no son las sociedades sino los individuos que los recuerdan, y por ende tienen afecto, pasiones, sienten. En su negatividad y hasta en su intransigencia, la sorprendente actualidad de Hegemonía y estrategia socialista no lo es solamente respecto a su pasado, también incita creo, esperanzadamente a nuevas alternativas de lucha política que puedan desafiar el discurso neoliberal, hoy hegemónico, en tiempos mucho menos prometedores que hace 20 años. Gerardo Aboy Carlés Creo que es uno de los méritos mayores de la obra es haber encarado una articulación crítica de dos vertientes de pensamiento marxista que fueron dominantes en el debate intelectual de los años ’60 y ‘70. Me refiero al historicismo gramsciano y al estructuralismo althusseriano que habían desarrollado dos concepciones del pensamiento marxiano que, aunque reconociendo ambas su origen en el pensador alemán, eran difícilmente compatibles o armonizarles.

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Advirtieron con claridad que desde perspectivas diferentes la concepción gramsciana de hegemonía y la concepción althusseriana de sobredeterminación introducían la concepción de sobredeterminación de la lingüística y el psicoanálisis. Estas dos nociones, hegemonía y sobredeterminación, introducían una lógica de lo social que de ser desarrollada resultaba incompatible con las categorías básicas de la teoría marxista: ambas comportaban operaciones suplementarias que justamente intentaban cubrir el espacio de doble vacío señala do, y al intentarlo rompían con la lógica de la necesidad para dejar espacio a la contingencia de lo social. Su camino será entonces el de una deconstrucción de ambos conceptos tal como habían sido concebidos por los autores. En el caso de la noción de heg emonía, la misma comportaba en Gramsci aquella contingencia propia de las agencias inestables, pero estaba aún atada al escencialismo articulador de una clase fundamental y a la concepción de un único espacio de constitución de lo político. Frente a ello, los autores seculizarán la noción de hegemonía, emancipándola de cualquier referencia a una posición estructural, reconduciendola a lógicas puramente formales como las de la equivalencia y la diferencia para expresar los procesos de constitución y reconstitución de las identidades políticas. En el caso de la noción de sobredeterminación, la misma introducía frente a la lógica de la literalidad propia de la necesidad, una lógica del símbolo que barría con la de la literalidad. Ya que la lógica simbólica se caracteriza por el desbordamiento de significados de un significante introduciendo la inestabilidad y precariedad de toda identidad. Laclau y Mouffe radicalizarán dicha indeterminación derribando el esencialismo económico implícito en la noción althusseriana de determinación en última instancia por la economía y adoptarán la crítica pos estructuralista a la noción de estructura: las identidades políticas ya no serán las piezas de relojería de una identidad cerrada, sino la fijación provisional de puntos nodales, de discursos en una estructura fallada y en constante desestabilización. Uno puede pensar que la noción de sobredeterminación desaparece con el correr de las páginas de Hegemonía…, sin embargo, está siempre allí. Algo opacada dentro de lo que los autores llaman lógica de la equivalencia. Llaman articulación a esa práctica consistente en la construcción de puntos nodales que fijan parcialmente el sentido, que constituyen identidades. El carácter parcial de esta fijación procede de la apertura de lo social, resultante del constante desbordamiento de todo discurso por la infinitud del campo de la discursividad. Al alejarse de la noción tradicional de estructura, las superficies discursivas, esto es los puntos nodales, constituyen posiciones más o menos sedimentadas, pero siempre abiertas a las contingencias. El límite de tales identidades es el antagonismo, la lógica diferencial que constituye espacios identitarios equivalenciales subvirtiendo las identidades particulares. De allí, el papel constitutivo otorgado al antagonismo en Hegemonía… que posteriormente sería revisado. El imposible aleph entre una perspectiva historicista radical y la herencia estructuralista anunciada en el libro llegaría poco después cuando Laclau desarrolló su noción de significante vacío. Ese punto de encuentro en el que devienen las críticas de ambas tradiciones. El significante vacío conlleva la posibilidad de vaciamiento de significación de un significante y por eso la apertura es justamente una apertura en donde median la historia y la estructura. Hegemonía… ha sido una obra imprescindible en el trabajo de muchos de los que hoy compartimos esta mesa. Su tercer capítulo, “Más allá de la positividad de lo social”, es un manantial inagotable para todos quienes nos dedicamos de una u otra forma al estudio de las identidades políticas y con el correr de los años ha inspirado numerosos estudios empíricos y lo seguirá haciendo. Quiero reparar en una distinción que aparece al final de ese capítulo 3, aquella entre posición popular de suje to y posición democrática de sujeto. La primera supone una división dicotómica del espacio político mientras que la proliferación de espacios es característica de la segunda. Esta primera concepción de espacio político popular, en la que aún resuena el ima ginario jacobino, se caracteriza por una suerte de exceso en las lógicas propias de la hegemonía o una especie de exceso de sobredeterminación en torno a un antagonismo, en la que se da una anulación tendencial de la brecha entre espacio político y sociedad como referente empírico. Esta idea ha sido clave para cuestionarnos nuestra propia historia política y volver a pensar el populismo latinoamericano en los marcos de dicho exceso, sus tensiones y los mecanismos específicos a través de los cuales opera reconsiderando otros trabajos del propio Laclau de los años ’70. Quería dejar una pregunta a Ernesto relacionada con una afirmación del último capítulo de Hegemonía… donde se plantea en relación con el milenarismo o las formaciones políticas previas a la revo lución democrática, que no había allí espacio, que la dimensión hegemónica de la política estaba ausente porque las identidades estaban plenamente sedimentadas y no existían elementos flotantes que pudieran ser articulados dentro de esas fronteras. Entiend o esta concepción en el plano lógico –si no hay elementos, no puede haber una articulación de esos elementos en

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momentos- pero creo que la radicalización de la idea de hegemonía y la formalización que Uds. producen es tan vasta que hegemonía se vuelve sinó nimo de la constitución de cualquier espacio político, con lo cual la dimensión hegemónica de la política puede estar ausente en un páramo solamente sin pronto, pero no estaría ausente de los procesos que constituyeron esas fronteras que quedarían fijadas o sedimentadas. Ésa sería la pregunta para ver si está de acuerdo con eso. Muy pocas veces un libro se convierte en una impronta indeleble sobre una generación intelectual. Ése ha sido nuestro caso desde que hace dos décadas que lo conocimos en esta misma casa y gracias a Isidoro Cheresky. Sebastián Barros En realidad, hablar de los aspectos inspiradores o conformativos de Hegemonía… es bastante complejo porque como bien decía Emilio, uno no proviene de ningún lado, uno se forma con ese libro. Mi experiencia con este libro fue bastante simple: la primera vez que lo leí no entendí nada. Entendí algo de los capítulos 1 y 2, donde se discute una genealogía de la noción de hegemonía. Del capítulo 3, entendí muy poco, y el capítulo 4 me despertaba muchísimas dudas. Entonces, uno lo lee porque se lo dan para leer y tiene que contestar parciales. Y uno avanza en la cursada, y se lo dan a leer con Freud, Foucault y empieza a entender un poco más de esa discusión ontológica, pero lo que me gustaría decir hoy no tiene nada que ver con eso. A mí, para lo que me sirvió Hegemonía… fue cuando me topé con primera vez y quise explicar una determinada situación política, un caso. Y ese caso fue la Argentina post 1955. Tratar de pensar la estrategia de la hegemonía como una herramienta para explicar. ¿Cuáles eran las explicaciones que uno encontraba de esa Argentina post 1955, entre otras? Explicaciones economicistas, que decía que en la Argentina post peronista estaban objetivamente dadas las condiciones para un desarrollo ca pitalista estable, pero que existía una alianza defensiva que políticamente impedía que ese desarrollo se diera. Ahí se encontraba un problema: uno comenzaba hablando de una racionalidad económica que movía a los actores actuales, pero por otro lado esos presupuestos económicos de comportamiento quedaban relegados frente a un problema de inestabilidad que era generado políticamente. Cómo el comportamiento político de un grupo ponía límites a la supuesta objetividad de la racionalidad económica. En otros casos, uno encontraba explicaciones más institucionalistas que describían cómo la política Argentina post ’55 se desarrollaba por canales institucionales que no eran los típicos de una democracia liberal desarrollada. Las negociaciones políticas y la resolución de conflictos siempre quedaban fuera del contexto institucional y por eso no funcionaban. Como descripción era interesante, pero seguía sin responder por qué se producía esa gambeta a la institucionalidad, esa extra institucionalidad aparecía como una p atología inherente a la política argentina, pero no se la explicaba. ¿Por qué la política pasaba por canales extra institucionales? En un caso como ése, la teoría de la hegemonía muestra mucho de su poder explicativo. Poniendo el acento en la construcción discursiva de fronteras políticoideológicas y en la dicotomización del espacio social, la teoría de la hegemonía podía explicar por qué se daba esa situación de empate, la forma en que se habían incorporado los sectores populares a la formación política a partir de la experiencia peronista dada como resultado de esa dicotomización entre dos discursos cuya mera presencia generaba en sí misma una dislocación recíproca. Esta forma de constitución de las identidades políticas que genera la experiencia del pop ulismo es la que posteriormente marcó la forma en que se desenvuelve la política argentina hasta los años ’80. Uno comenzaba a entender la discusión a nivel ontológico, de esa gran mitología de la que habla Gerardo, pero también por otro lado comenzaba a mantener discusiones a nivel óptico, discusiones sobre investigaciones empíricas. De nuevo allí, se ve el potencial explicativo de la teoría de la hegemonía porque una de las consecuencias de la dictadura fue la disolución de uno de los polos de ese antago nismo post ’55. El discurso de la guerra sucia y el del mercado libre en el Proceso tuvieron como consecuencia la desarticulación del polo nacional popular del antagonismo con las fracturas que eso supuso a nivel identitario, de las tradiciones de moviliza ción política, etc. Luego, esto genera, facilita la emergencia de condiciones para que sí se dé una práctica hegemónica más estable. La presencia de una pluralidad de posiciones discursivas diferenciales y la inestabilidad de las fronteras identitarias que las separaban. En estos dos ejemplos, el poder explicativo de la teoría de la hegemonía se muestra bastante obvio. Creo que el acento debe ponerse más sobre las formas en que esta teoría nos ofrece explicaciones completas y

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acabadas de ciertas situaciones y fenómenos políticos. Ernesto Laclau Simplemente quiero relacionar la prehistoria de este libro a su experiencia argentina. Ya ni me acuerdo en qué año fue, lo único que recuerdo es que en una hermosa tarde de comienzo de otoño en Buenos Aires, un amigo de mi padre, Arturo Jauretche, me llevó a caminar por Santa Fe y luego la calle Florida y me explicó algo, algo que perduró en mi mente. Básicamente su discurso fue éste: “Nunca vas a conseguir entender lo que pasa si tratás de fijar todo en nivel concept ual, tenés que preocuparte por los nombres. Es decir, siempre tenés que ir forjando tus pequeñas grandes verdades mirando el mundo de reojo, no tomar las cosas en el sentido más literal porque es una forma muy engañosa de acercarse a las cosas”. Muchos año s después, yo estudiaba en Oxford y me acerqué al debate entre los descriptivistas y antidescriptivistas acerca de los nombres y conceptos. Brevemente, el argumento era el siguiente: los descriptivistas clásicos, como Russell, decían que la forma en que los conceptos se referían a las cosas es porque los conceptos tenían una serie de rasgos descriptivos y que cuando uno encontraba en el mundo un objeto que tuviera esos rasgos descriptivos aplicaba el concepto a las cosas. El nombre era algo completamente transparente y lo que importaba era la determinación conceptual. Russell era un antijauretchista. Después vino la segunda escuela que es la que representa hoy en día Kripke que sostiene absolutamente lo contrario: que los nombres son los que fundan la unidad del objeto. Su argumento es éste: sabemos a través de Herodoto y Aristóteles que Tales de Mileto era el filósofo que había dicho que todo era agua, o sea, que habría una descripción definitiva allí: el filósofo que dijo que todo era agua. Pero supongamos que Aristóteles y Herodoto estaban equivocados y que en realidad Tales era un cavador de pozos que dijo “me gustaría que todo fuera agua para que no tuviera que cavar tantos pozos”, ¿se aplicaría el nombre Tales de Mileto a esta persona? Evidentemente, sí . A pesar de que todos los rasgos descriptivos no estaban presentes. Y del otro lado, si nosotros supiéramos un día que había un filósofo desconocido por Aristóteles y Herodoto que había dicho que todo era agua, ¿se le aplicaría el nombre Tales? Evidenteme nte, no. Entonces, el problema es que los nombres se refieren a las cosas en una forma que está mucho más cerca de la de Jauretche que a la de Russell. Es decir, los nombres fundan las unidades de los objetos de una manera distinta. Y entonces allí finalme nte los lacanianos intervinieron con una modificación de un argumento que fue fundamental porque lo que se preguntaba Lacan es: supongamos que los nombres se refieren a las cosas por un bautismo original, como sostenía Cristo, en ese caso, ¿cómo se constit uye la unidad del objeto? Y la idea era que la unidad del objeto se constituye como un efecto retroactivo del proceso de nombrarlo. Es decir que el nombre se constituye en el fundamento del objeto. Toda la teoría de Hegemonía… se funda exactamente en ese argumento. Tenemos un conjunto de demandas como prácticas populares de distintos grupos y eso constituye un pueblo en un sentido más amplio. Las demandas de solidaridad en Polonia eran finalmente las demandas de un pequeño grupo de obreros que planteaban demandas muy específicas, pero el hecho de que esas demandas tuvieran lugar en el seno de una sociedad en la cual había muchas otras demandas que eran insatisfechas, esas demandas pasaron a simbolizar algo que iba más allá de esas demandas, una identidad popular que no se podía referir ónticamente a un conjunto de demandas específicas. La idea central de Hegemonía… es que siempre el pueblo como actor colectivo es el resultado de una articulación de demandas que no se limitan a demandas administrativas precisa s, sino que adquieren una extensión mayor. Finalmente, el problema de la política –éste es el argumento central- es la constitución de un pueblo. Pero si Uds. tienen una pluralidad de demandas reunidas simplemente bajo un nombre que las constituye como tot alidad, como pueblo, en ese sentido ese nombre tiene que ser invertido con una fuerza afectiva de carácter mucho mayor. Y éste es el punto en el que yo creo que la teoría de la política y del psicoanálisis pasan a estar juntos. Porque el psicoanálisis es la idea acerca de cómo hay un investimiento radical en ciertos nombres ya que trata de analizar cómo hay una sobredeterminación a través de la cual un elemento pasa a tener una connotación mucho más grande de lo que ese elemento normalmente significaría en el vocabulario corriente. La teoría de la hegemonía es la teoría de la sobredeterminación de los elementos significativos por el cual un elemento significa algo más de lo que espontáneamente significaría en el lenguaje corriente. Esto tiene varias dimensiones: una primera, que es la cuestión de la retoricidad. La catacresis significa un término figural para el cual no corresponde un término literal por el que se pueda reemplazar. Si hay algo en el lenguaje por el cual no se puede significar algo que corresp ondería a lo que hemos llamado pueblo, en ese caso un término parcial siempre va a reemplazar a otro término.

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Entonces, va a haber una retoricidad constitutiva en las formas de funcionamiento del lenguaje. En segundo lugar, la dimensión de afecto que es ce ntral porque para que un término tenga esta sobrecarga, sobredeterminación, es necesario que este término sea investido afectivamente. Y en tercer lugar, esto significa que nunca va a haber términos que sean literales: la política nunca va a coincidir con la administración, siempre va a ser la constitución de un plusvalor simbólico a través de la cual una entidad se constituye. El futuro del pensamiento político y social va a depender de poner juntas tres dimensiones: la retoricidad, el psicoanálisis y la política entendida como hegemonía.

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Laclau y otros - Veinte años de Hegemonía y estrategia socialista