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Los señores del bosque

No estábamos seguros de si vendrían pero, ahí están. Han aparecido entre la espesura del bosque y han rodeado el cuerpo inerte de su compañero, de su amigo, de su hermano. Todo es silencio. El murmullo de las hojas de los árboles moviéndose al soplar una suave brisa es lo único que mis oídos son capaces de percibir. Nunca se les había visto en grupo y mucho menos fuera de la protección del bosque, su bosque. Ninguno de los presentes dice nada, tampoco creo que fuera una buena idea. Las leyendas sobre estos seres se cuentan por miles y algunas de ellas no son muy agradables. No dejan de ser leyendas. Sólo me he cruzado en mi vida con uno de ellos. He preferido siempre mantener la distancia. Cualquiera que haya vivido en nuestro pueblo en los últimos veinticinco años los ha visto y puede contar alguna historia en la que se han visto implicados. La mía fue hace unos veinte años. Corríamos dándole patadas a una bolsa de plástico que habíamos rellenado de paja. Era lo más parecido a una pelota que teníamos así que jugábamos por la pradera pasándonosla unos a otros. Estaba con Raúl y Emma. La bolsa llegó a Raúl, que me gritó: - Va para ti, Samuel-, al tiempo que golpeaba con fuerza el improvisado balón que fue a parar dentro del bosque. Emma y Raúl se quedaron inmóviles mientras yo corría para recogerlo. - No puedes entrar ahí, Sam-, me gritó Emma Pero era demasiado tarde. Yo iba corriendo y no me paré a pensar que había penetrado en el bosque. Ese lugar donde tantas y tantas veces me había repetido mi madre que no quería que fuese. - Escúchame, hijo mío. Papá y yo ya te hemos explicado varias veces que los habitantes de este pueblo tenemos un secreto. Algo que sólo los que vivimos aquí sabemos y no podemos contar a nadie. - Claro mamá, lo de los señores del bosque. - Efectivamente, cariño, y por eso sabes que no debes entrar en el bosque para molestarlos, al igual que ellos no entran en nuestro pueblo para molestarnos a nosotros, ¿verdad? - Sí mamá, no te preocupes. Esta conversación la teníamos al menos una vez por semana, pero supongo que a un chaval de diez años era mucho pedirle que tuviera en cuenta esta advertencia. Por ese motivo siempre jugábamos en el límite del bosque, eso no estaba prohibido y resultaba emocionante. Y por jugar tan cerca terminé entrando sin apenas darme cuenta. El suelo del bosque estaba cubierto de hojas de colores ocres empapadas por la lluvia caída la noche anterior. Los árboles eran altos y de troncos muy anchos. Había cientos y estaban pegados unos a otros, lo que hacía que sus grandes raíces se entrecruzaran como si de poderosos brazos se tratara. En el bosque el cielo era de hojas. Apenas un tenue rayo de luz solar era capaz de atravesar el mar de ramas que cubría la parte alta de los árboles. Recuerdo que mi abuelo Ángel me decía que en el pueblo había día y noche pero que allí enfrente, en el bosque, siempre era de noche. Qué razón tenía.


Pude ver la bolsa a unos metros a mi derecha. Estaba rota. Raúl le había dado con demasiada fuerza y ahora la paja estaba esparcida alrededor del plástico. Me apresuré a cogerla con la intención de salir de allí lo antes posible. Al agacharme pude ver por el rabillo del ojo una sombra que se movía perpendicularmente a donde yo estaba. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo y recuerdo cómo mis manos comenzaron a sudar. Cogí la bolsa mientras me incorporaba lentamente al tiempo que giraba la cabeza hacia mi derecha. Entonces lo ví. Se me hizo un nudo en la garganta que me impedía tragar saliva. Había oído como vecinos del pueblo habían narrado sus respectivos encuentros con los señores del bosque y recuerdo que nunca tuve miedo al escuchar los relatos, pero ahora era diferente. Aquello no era una historia, lo estaba viviendo en primera persona. Me puse de pie y miré la figura que permanecía inmóvil frente a mí. Era muy alto, o al menos lo era para un niño de mi edad. Sus piernas y brazos estaban cubiertos de pequeñas ramas que se movían continuamente entrelazándose unas con otras. Parecían como raíces circulando sin parar en todos los sentidos. El torso era una especie de red de hojas de diferentes colores. De hojas secas, como petrificadas, inertes. No sabría decir la forma exacta de la cabeza ya que el musgo y el liquen la cubrían completamente dejando unas pequeñas aberturas en los lugares donde se le presuponen los ojos y la boca. - P...Perdone, no era mi intención entrar-, dije con voz temblorosa y entrecortada. - Sé que no tenemos que venir al bosque y también que a ustedes no les gusta que les molesten. Se me escapó la pelota y la seguí sin darme cuenta. La figura, que hasta ese momento había permanecido estática, giró su cabeza hacia la bolsa rota que había vuelto a caer al suelo y ahora estaba a unos metros a mi izquierda. Me miró de nuevo y después se agachó cogiendo del suelo un enorme puñado de hojas y pequeñas ramas rotas. Junto sus manos presionando todo lo que había cogido e hizo una esfera perfecta del tamaño de un balón de fútbol. Luego se volvió hacia mí, extendió uno de sus brazos y me la ofreció. Yo elevé mis dos manos temblorosas mientas acerté a balbucear: -Gra…gracias. Luego me alejé caminando de espaldas sin perder de vista a ese ser que volvía a permanecer inmóvil. Cuando llegué al límite del bosque oí a Emma como me llamaba a gritos. Salí y le dije: -Aquí, aquí estoy. - ¿Estás bien? ¡Qué susto! ¿Qué llevas ahí? - Es un balón hecho con ramas y hojas. Me lo ha regalado uno de los señores del bosque-, contesté orgulloso. - ¿Y Raúl? - Ha ido a avisar a tus padres. - Vaya, esta vez no me libro del castigo… No sabemos cómo ha ocurrido. Al parecer Alejandro estaba labrando el terreno situado junto al bosque cuando ha perdido el control de su tractor que se ha ido derecho hacia la pequeña Diana, la hija del farmacéutico, que jugaba sobre la hierba junto a su madre. Un instante antes de que el tractor atropellara a la niña uno de los señores del bosque ha salido de entre los árboles y con una velocidad sorprendente se ha interpuesto entre la máquina y la chiquilla quedando aplastado bajo el tractor y deteniendo al tiempo su marcha. Rápidamente varias personas acudieron a socorrerlo y lo llevaron a casa del médico. Nada pudo hacer el buen doctor por salvar ese cuerpo que ni siquiera conocía.


Lo envolvió en una tela blanca transparente y entre varios lo llevaron al prado donde yo jugaba cuando era pequeño. La noticia de lo sucedido corrió como la espuma y, poco a poco, todos y cada uno de los parroquianos fuimos llegando al lugar donde se encontraba el cuerpo para presentar nuestro respeto por este enigmático ser. Nunca nadie los había oído hablar ni emitir sonido alguno, pero en estos momentos están produciendo una especie de silbido melódico que suena como trompetas celestiales. Dentro de la tristeza que lo envuelve todo es hermoso verlos alejarse portando a su camarada fallecido. Un muchacho corre tras ellos gritando y haciendo que el cortejo se detenga antes de penetrar en el bosque. Se acerca al cuerpo inerte con lágrimas en los ojos y deposita sobre él una pelota hecha de hojas y ramas secas. Uno de los señores acaricia la cabeza del niño antes de continuar su camino hasta adentrarse en el bosque. La muerte termina siendo para todos el final de un largo recorrido con independencia de cual sea su origen o raíz. Presiento que desde hoy algo va a cambiar en la convivencia entre los habitantes de este pueblo y los señores del bosque. La suave brisa ha cesado y el silencio reina en el ambiente. De los árboles del bosque llega una melodía triste y cautivadora.

Mike Scotland


Los señores del bosque.