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Lola Sanabria

Yo nacĂ­ en una casa grande en una calle ancha llena de mecedoras y sillas en verano y de soledad y ladridos de perros en invierno. En un

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pueblo con un barrio alto que tenía una plaza de tierra prensada con un bar pequeño; y un barrio bajo con unas escaleras que bajaban a la plaza del Ayuntamiento, la casa del juez, la de las maestras, la del veterinario, la de los dos médicos, y el Café Español, con su salón de baile. Mi casa de muros de adobe, puerta de madera maciza, veinte centímetros de llave de hierro, pasillo de piedrecitas colocadas como hojas, losetas pintadas de rojo a los lados, paredes encaladas, varias habitaciones, una despensa, una bodega con grandes tinajas, la cocina, el comedor, el patio, el gallinero y la cuadra. Arriba, el doblado con los arcones, el castillejo, algún somier de muelles hundidos, las artesas para curar los jamones, las orzas para los lomos y las

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aceitunas, y un cabezal de níquel desgastado. Vivía con mi abuela, mis padres, mi hermana, mis tíos y sus seis hijos. Camas comunales de ropas revueltas, corros de mujeres cosiendo al atardecer en el patio, tamborileo de dedos en las palanganas de porcelana, “El submarino amarillo” cantado por mis primos a la vuelta de la carpintería, risas; y el olor del jabón hecho en casa, de la colonia a granel, del betún de los zapatos. Años de infancia y adolescencia.

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Villanueva del Rey (C贸rdoba)

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NOSTALGIA Cuando trajeron al abuelo a casa, dejó de hablar y se quedó varado frente al televisor. A veces, cuando yo volvía del colegio, lo veía con la mirada perdida en la negrura de la pantalla y le preguntaba qué estaba haciendo. Él nunca contestaba así que lo dejaba solo y me iba a mi habitación. Una noche mientras cenábamos, pasaron por televisión la explosión del Challenger. El abuelo dijo: “Valencia”, y una lágrima mojó su piel reseca.

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METAMORFOSIS. Noche de luna llena. El acr贸bata trabaja sin red. Agarrado a la barra del trapecio, toma impulso, flexiona las piernas y se columpia. Cuando su cuerpo dibuja sobre las cabezas de los ni帽os, la curva de una amplia sonrisa, suelta las manos, se gira en el aire, y cae en la pista sobre las almohadillas de sus cuatro patas.

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TERROR NOCTURNO Cambi贸 la cerradura de la puerta. Consigui贸 una orden judicial de alejamiento. Pero todas las noches, entra en sus sue帽os.

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EN

LA SALUD Y EN LA ENFERMEDAD Se acabaron las risas histéricas de Rosa, el soliloquio sin sentido de Pablo, el llanto continuo de Ernesto, el soniquete de lamentaciones de Ángel, las regañinas maternales de Raquel. Todo se lo llevó el día. Llegó la noche y vino el auxiliar a empujar la silla. Me llevó a la habitación, subió los pedales y me ayudó a acostarme de costado. Pasé mi pierna derecha por encima de su izquierda y enlacé su cintura con mi brazo. Los dos solos, sin ruido, pegaditos... Un esfuerzo más y acerqué mis labios a su cara para dejarle mi beso de buenas noches.

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SUFRIMIENTO CORONARIO Cuando yo llegaba del instituto, ella ya estaba allí. Mi hermano y su novia, abrazados y besándose en el sofá. Saludaba, rastreando la mirada por el suelo, aguantando la punzada en el pecho, el golpe brutal en mis venas. Entraba en mi habitación. Tumbado en la cama, intentaba anestesiarme con música. Pero ella era caudal sin diques de contención. Iba a la cocina, sacaba el cuchillo del cajón y lo hundía entre mis costillas. Las separaba con las dos manos, sacaba el corazón palpitante y lo guardaba en el frigorífico. Y allí se quedaba, esperando a que ella se marchara.

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CAMBIAR EL MUNDO Brotó en plena calle. Apenas rompiendo el asfalto. Un hilo fino amarrado a una anilla que engordó calladamente. Sentado en la escalera de su vivienda, con las manos bajo la barbilla, el niño lo observaba. Varios años y dos estirones más tarde, el hilo es cuero endurecido. El joven se levanta, se acerca a la anilla, mete los dedos, los flexiona y tira. El mundo se vuelve azul, verde y rosa.

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EL CEPO Se sienta en el balancín del porche y escucha, en un silencio de bisagras oxidadas, los golpes y los gritos que reverberan en su cabeza. Cuando la tarde agoniza, enciende el farolillo y observa cómo la luz atrae a las polillas. Caen dentro de la urna mortuoria, con las alas quemadas, apiladas unas sobre otras. A medianoche, se levanta, recorre el sendero de grava, empuja la cancela y sale al camino que lleva al puerto. En las tabernas se encuentran los mejores especímenes. Hombres siempre dispuestos a dar un puñetazo, a romper algún diente. Hombres, muy hombres. Como su padre.

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LA QUEJA INFINITA Llevamos media vida así. Tú siempre con la boca abierta; yo barriendo y despejando el camino. Media vida es mucho y estoy cansada. Esperaré sentada aquí en lo alto, como juez de silla. Saltarán los batracios, se arrastrarán los reptiles por tus zapatos. Se amontonarán y subirán hasta tu barbilla. Y una de dos: o cierras la boca de una maldita vez, o te tragas y te ahogas con tus sapos y culebras.

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El zapato izquierdo me venía pequeño, pero el derecho grande. Encendí la luz. Uno era el zapato de mi fiesta de graduación y el otro era de mi madre. Todo empezó cuando mi padre comenzó a llamarme con el nombre de ella. Luego metió en mi armario algunos de sus vestidos y por último aquel revuelto de zapatos. Esto no podía seguir así. Debía aceptar que mamá ya no estaba con nosotros. Dos golpecitos en la puerta y él asomó la cabeza y dijo: "María, el desayuno está listo". Abrí la boca para decirle que yo era su hija Rosa, pero me salió: "Ahora mismo bajo".

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Le despertó un olor agrio a goma quemada; abrió la ventana, Madrid ardía por completo. Cerró la ventana, salió del apartamento y bajó un tramo de escalera. Un humo espeso subía del rellano. Iba a regresar cuando la vio. La cogió debajo de los sobacos y la arrastró hasta su piso. Puso toallas mojadas para tapar las rendijas de la puerta y después se sentó al lado de su vecina Mónica, que seguía desmayada. Cuantas veces, al cruzarse con ella en el portal, quiso invitarla a salir. Le gustaba su pelo rizado, que ahora veía seco y sin brillo, su piel blanca y suave, que de cerca mostraba pequeñas marcas de varicela, la boca de labios abultados que sin carmín se veían pálidos y finos. Cuando los bomberos consiguieron sacarlos de allí, ella seguía inconsciente y él ya no estaba enamorado.

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"Ni idea", responde el hombre mirando sonriente el trozo de plástico sobre el césped mojado. - Seguro que han sido los niños. - ¿Y ahora qué hacemos?, - dice la mujer mirando muy seria la cabeza deshinchada del pato. - Que se quede en casa. - ¡Cualquiera se lo dice, con el genio que tiene! - Créeme. Es mejor que se quede en casa. - Yo no le digo a mamá que no puede venir con nosotros a la playa. - En ese caso, yo me ocuparé. - ¿Cómo? - Entrará conmigo en el agua-, dice el hombre sin dejar de sonreír. - Tal vez sea mejor que se quede en casa.

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PERCEBES En vacaciones, todas las mañanas iba con mi padre a la lonja. Comprábamos jureles, sardinas o caballas, y un puñado de los percebes de Estrella. Estrella tenía la piel tostada, el pelo largo y los ojos violeta. Cuando nos veía llegar, se mordía el labio inferior con sus dos paletas blancas, brillantes de saliva. "¡Qué chico tan guapo!", decía, dejando una caricia con olor a mar en mi pelo. Mediado agosto, mi padre salía con Estrella; y una noche, la invitó cenar con nosotros. Amontonábamos uñas y pieles vacías de pulpa de percebes sobre los platos; y mientras mi padre introducía un dedo en la boca de ella, de vez en cuando, yo exploraba con mi pie bajo su falda.

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ACCIDENTE CASERO Ahora, todos los dĂ­as lo saco al sol de la terraza en su silla de ruedas,me siento frente a ĂŠl, con el plato sobre el regazo, y le doy cucharadas de sopa mientras le digo: "Una para ti, otra para la puta con la que pensabas marcharte".

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CALMA CHICHA El contable volvía a casa al anochecer y cenaba con su mujer en silencio. Después ella dormía el aburrimiento frente al televisor y él retiraba su hastío al cuarto de invitados. Sobre la cama de matrimonio, el cocodrilo seguía creciendo. Hasta que llegó el despido. Esa noche, él dio un puñetazo en la mesa y gritó: “¡La sopa está fría!”. Ella le tiró la sopera a la cabeza. El saurio bajó de la cama y corrió por el pasillo. Lloró mientras los devoraba.

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MORIR DE AMORES, PERO NO TANTO Cada vez que me enamoro, sufro. Sería distinto si sólo me enamorase de una persona, un nombre, un sabor, un olor, un tacto de terciopelo y seda. Pero no. Dejé Córdoba porque me mareaba el azahar del patio de Los Naranjos y el olor umbrío de la Mezquita. Me regalaron un billete de tren para Huelva y lo acepté porque, ilusa de mí, creí que encontraría un poco de desamor. Pero aquel lugar tenía su río tintado de rojo, muchos colores de tierra removida, vías y trenes abandonados y un nombre que pasa la lengua por la piel: Tharsis. Entonces llegó él y el suelo desapareció. “Sufre mal de amores”, dijo una enfermera de nombre Violeta de la que también me enamoré. Y me dio una pequeña receta para soportar tanto amor. “Un pellizquito en el brazo, poca cosa, lo

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justo para equilibrar” Me fui con él a Alejandría que es un nombre lindo, lindo de verdad, al que estoy prendida con un imperdible del que no me quiero soltar. De vez en cuando, un pellizquito en el brazo, lo justo para equilibrar.

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MIRADAS Él sabía que ella lo observaba mientras enrollaba un mechón de pelo en su dedo corazón. Avanzó unos pasos. La miró, luego miró abajo y se levantaron burbujas calientes en el cuadrilátero azul. Se acercó al borde de la tabla. Sacó los dedos de los pies al vacío. Saltó hacia arriba y se lanzó de cabeza. De reojo, la vio besando al socorrista. Un instante antes del impacto, miró al agua. La superficie se volvió lisa y gris: un témpano de hielo.

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AMAGOS Estoy preparado, dijo. La abuela siguió con el ganchillo. Mamá se fue a la compra. El tío Antonio se despidió hasta el día siguiente. Mi hermano se encerró en la habitación y puso la música a tope. En cambio yo, esta vez creí a papá. Abrí el armario y saqué el traje gris marengo, la camisa blanca, la corbata azul, los calcetines y los zapatos negros. Luego me senté a esperar. Enseguida se le puso cara de muerto.

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INVASIÓN Me quedé a esperarla sin pasar de la entrada. Poco a poco, ella había ido tomando cada estancia a pasitos cortos, sin que nada ni nadie pudiera detenerla; y yo, después de mi intento de huida, fui obligada a regresar por los cancerberos de bata blanca y sonda gástrica. Antes de verla frente a mí, con la cara amable de mi bisabuela, olí su perfume de adormidera. Me despedí de mis recuerdos, luego dejé que ella invadiera con un abrazo, el último rincón de mi cordura.

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LA COLADA DE LOS LUNES Los lunes había colada. No me cansaba de mirar, desde mi terraza, las prendas íntimas, negras, rojas, blancas y rosas, cogidas con pinzas de colores del tendedero vecino, Al atardecer, como por ensalmo, desaparecían. La última noche de vacaciones, mis amigos y yo nos armamos de valor y visitamos el lugar prohibido. Elegí a la chiquilla de pelo corto y piernas largas. Se quitó el vestido. Delimitando el vientre plano, las caderas estrechas y los muslos tiernos de niña, descubrí una de aquellas prendas. Intenté tragar saliva. Fue como si un hueso de albaricoque se hubiera atravesado en mi garganta.

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ALBOROZO Las mujeres llenaban el patio trasero. Cosían montones de ropa que rebosaban de las canastas. En silencio. Las niñas pasaban las hojas de libros y escribían en cuadernos. En silencio. Los hombres iban a las habitaciones, dejaban ojos, cócleas, pituitarias, lenguas y pieles sobre la mesilla y se echaban a dormir. Las mujeres abandonaban la labor y bailaban y cantaban hasta el amanecer mientras las niñas jugaban al corro y a saltar a la comba.

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ARAÑAS No debí subir a aquel vagón, pero el color champán de su vestido me atrajo como la luz a la polilla, y fui derecho al matadero. Me adormeció el olor del azahar del ramo de ella, el frufrú de sedas y encajes de los invitados. Una tras otra, las estaciones fueron quedando atrás sin que él apareciera. Me agarraron a traición. Cambiaron mi camiseta y mis jeans por camisa, pajarita y frac. Antes de llegar al final de trayecto, ya me habían casado.

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NOCTÁMBULOS Caían durante la noche. Rodaban por el tejado. Los tres, escondidos en el sótano, oían cómo chascaban sus huesos y explotaban sus abdómenes hinchados al estrellarse en el porche. Se colaba por las rendijas del tragaluz, el olor de la sangre. Y los dos se rebullían inquietos, tragaban saliva, evitaban mirar al niño, y rogaban para que amaneciera pronto.

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EL JUEGO DE MAMÁ Cuando mami entra en mi habitación y me da un beso, huele mucho a tabaco. Luego se ducha y duerme toda la mañana. Se levanta a mediodía y come de pie, en la cocina. Por la tarde jugamos al escondite. Ella cuenta en el pasillo, de cara a la pared, y yo me escondo entre el abrigo azul y el vestido rosa. Me llama y me busca por toda la casa. Abre el armario, yo me tapo los ojos con las manos y ella vuelve a cerrarlo, dejando una rendija por donde la veo lamentarse porque me ha perdido. Salgo, le tiro de una manga y ella se pone muy contenta y las dos nos abrazamos. A la noche,

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me ducha y me pone una colonia que huele a limón. Después me sienta en la trona y mientras ceno, ella lee mi cuento preferido. Después me mete en la cama y seguimos jugando. Yo cuento, mami me ayuda, ella se esconde y no sale de su escondite hasta la mañana siguiente. Uno, dos, tres...

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ABSOLUCIÓN Y CONDENA Cuando encontraron el cuerpo de la niña Blanca Romero flotando en el río, su padre, el juez Ricardo Romero, y su madre, la abogada Paloma Reyes, se encerraron en su casa y clavaron tablones en puertas y ventanas. A veces, a través de las tapias del patio, se oye el cacareo agónico de una gallina, su aleteo sofocado y el gorgoteo sobre el plato de aluminio.

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Todos los años por San Valentín encarga champán y caviar y la sienta a la mesa. Pasan una velada entrañable antes de devolverla al sótano.

Cuando el abuelo se fue, me quedé huérfano de cuentos y dejé de crecer. Mamá cree en el poder curativo de las vitaminas, yo en el del prospecto. Mientras mamá dormitaba en su hamaca, él devolvía las olas al mar a raquetazos. Aquella ola gigante dejó la raqueta huérfana en la arena.

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INTRAMUROS El secreto de mis éxitos y de mi fortuna se halla, a buen recaudo, dentro de mi hacienda. De vez en cuando un muro se comba, como barriga de embarazada, y la cal escupe una uña, un mechón de pelo, un cartílago, algún hueso, todo lo que no puede digerir. Paso la escoba, sello las grietas con cemento, pinto la pared. Y la casa vuelve a su condición de sepulcro blanqueado.

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AVENTURERO Super贸 la tormenta, el ataque del barco pirata y la cuarentena. Cuando estaba a punto de atracar en el puerto, su madre lo llam贸 para la cena.

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DESOLACIÓN No pude conseguir mis gramos de felicidad. Y mira que lo intenté poniendo diques de sumisión. Imposible contener un diluvio que hacía remolinos y escapaba para otros lados. Seguí tu consejo y ahora voy a los museos a mirar cuadros. El vigilante y yo, los dos solos. Poca cosa para distraer un abandono tan grande. Aún me sorprende no oír la llave girando en la cerradura de la puerta. Unas veces a media noche, otras al amanecer, pero siempre volvías. Ceno en el salón, frente al televisor, para no pensar, mientras instintivamente acaricio el guante que te dejaste. Luego me tumbo en la cama y escucho en la radio, con los auriculares puestos, uno de tus programas preferidos sobre artes decorativas. Estoy a punto de conseguir una tregua de sueño, y

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entonces me asalta la idea aterradora de que tal vez llames y no pueda escuchar el teléfono. Me quito los cascos y en la vigilia, solo me consuela ver ese visillo de diseño, como un jirón que se ondula con el paso de la brisa de madrugada, a través de la ventana de nuestro cuarto.

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RECUERDO Abrió la puerta del armario, sacó la camisa y la dejó sobre la cama. Un ramillete antiguo del color de las cerezas, manchaba la pechera. Hacía tanto de aquella cena que, a veces, se le iba el recuerdo. Se echó a su lado y se abrazó a ella. Siguió el rastro con olor a vino, de aquella noche inolvidable poco antes de que él se marchara.

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TODO, DEMASIADO Apur贸 tanto el vaso del amor, que trag贸 los posos contaminados de odio.

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CATADOR “Te quiero”, decía, y mojaba sus labios en el vino. Pero sus besos eran fugaces. “Te quiero”, repetía con los ojos entornados mientras lo saboreaba. Pero su lengua no tocaba mi boca. Descorché aquel regalo olvidado en la bodega. Mojé las yemas de mis dedos y dejé su humedad detrás de mis orejas, en las muñecas, entre mis pechos, en los tobillos... “Te quiero”, dijo. Y no se detuvo hasta la última uña.

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ACONDROPLASIA Hay un hada en la polilla que busca la luz del farolillo; un dragón en César, el perro que tira bocados a las moscas; una maga en Rosa, la vecina que trae el anís para los cólicos del pequeño; y un enano en el bebé que acuno entre mis brazos.

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GANAR EL CIELO "Dios olvidó cerrar la puerta de atrás del infierno", sentenciaba mi madre; y añadía que entre nosotros vivían las criaturas malignas que habían escapado. Se colocaba las gafas sobre la punta de la nariz, esparcía las lentejas en el hule de la mesa y mientras separábamos las que tenían bicho de las sanas, me hablaba de las avispas, a las que quemaba vivas con trapos empapados en alcohol, de las ratas a las que exterminaba con veneno. Terminaba con mi padre. Decía que se vio obligada a internarlo en un sanatorio. Levantaba los ojos a las moscas agonizantes, con las patas pegadas a los tirabuzones de miel que colgaban del techo, y suspiraba. "Tengo medio cielo ganado con él". Medio cielo era poco. Por eso, cuando la embolia la incapacitó, volví a traer a casa a mi padre.

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HERIDAS Mamá me ayuda a vestirme. Me peina una coleta y la abraza con un lazo azul celeste. Luego me mira y da su aprobación. Mamá está muy atareada. No deja de ir de un lado a otro. De la cocina a la habitación. Vuelve a detenerse a mi lado, moja sus dedos en saliva e intenta domar el remolino en el arranque de pelo de la frente. Mamá, llamo. Pero no escucha. Va otra vez a la cocina y bebe un sorbo de tisana. Mamá, insisto. Y ella me dice que no tiene tiempo para nada, que se ha hecho tarde y debe arreglarse para estar bien guapa. Se coloca la pamela frente al espejo. Se mira y remira, buscando algo que hacer. Pero no hay nada. Me acerco y la abrazo. No debí aceptar la invitación a la boda de tu padre, dice al fin. Deja caer las manos a lo largo del cuerpo y se echa a llorar.

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MALOS TRATOS Está dulce el tiempo. En hileras, los árboles pintan de verde y amarillo. Abajo, las máquinas han levantado el asfalto. Está caliente el día. Sobre el azul del cielo los pájaros mandan trinos al aire. A ras de suelo, el estruendo de las taladradoras reventando la tierra. Se oye el espanto venir. Más abajo, cerca del infierno, cinco años peleando. En los sótanos, nadie sabe del dolor. Pasa de puntillas la cordura y deja una cabeza y un cuerpo machacados. Dice, la madre, dice. Y los veladores de la infancia miran hacia otro lado. Está duro el tiempo. Invierno de adultos. Ella, maldita alma. Él, corazón tan negro. Amores perros que siembran semillas de cicuta entre las flores de la infancia. Y bajo la cabeza y miro mis zapatos manchados de gris en un día

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luminoso de inicios de la primavera. Sobrevive. Hazlo por ti.

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JARDÍN SECRETO Me gusta verte mover las agujas como si cruzaras espadas, pero las espadas matan y tú no podrías matar ni a una mosca. Tú das vida, querida Hortensia. ¿Ves? ya lo he dicho. Parece brotar de tu regazo ese embrión de bufanda. Bordeamos el invierno. Los dos lo sabemos aunque no queramos hablar de ello. Ya no preguntas. Te has cansado de repetirme siempre lo mismo. ¡Como si no lo supieras! Lo sabes, siempre lo has sabido. Tú eres más habladora, aunque esta tarde estés enfrascada en tejer, con el cabo de lana enredado en ese meñique que los años han ido curvando, y no me hagas caso. ¿Cuántos son, cincuenta? Una eternidad juntos, Hortensia. Y tú venga con la

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pregunta. La repetías como si olvidaras que ya la habías hecho. Ahora sí, ahora olvidas cosas, como yo, para qué negarlo. Y es en este momento, cuando has dejado de reclamármelo, que me nace decirte lo que tantas veces me pediste: Te quiero, Hortensia. ¿Decías algo? - Nada, que ya refresca en el jardín. Es hora de volver a casa.

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ERRANTES ¿Y si la botica guardara un remedio para mi dolor? Entraría de puntillas, para no despertar a los que aún duermen, y bebería el elixir que aliviara mi tristeza. Apenas despunta el alba por el cono del ciprés. Y es aquí, en este lugar de piedras antiguas, de amores antiguos, donde espero encontrarla. Ella, tan ligera que, apenas la toco con la punta de mis dedos, se desvanece. Alma que pena por los rincones del monasterio, buscándome, buscándonos. Y es ahora que el canto gregoriano se guarece entre las grietas de los muros, cuando el monje sale al claustro con el libro abierto en una mano. Me levanto y sonrío. Me acerco. Lo tengo enfrente. Sigue andando. Levanto la palma de mi mano a la altura de su pecho.

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ContinĂşa, absorto, sin mirarme. Apenas se estremece, apenas me estremezco cuando me traspasa, cuando lo traspaso.

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RESERVA Poco antes de morir, mi padre me dio la llave que abría la arqueta que heredó del abuelo. Me dijo: “Cuídalas”. Luego concentró sus fuerzas en un abrazo que tuvo que deshacer mi madre. Después del entierro, me despedí de mi madre y regresé a Valladolid. Cuando deshice el equipaje, apareció la caja de madera. Me senté sobre la cama y la abrí. Saqué palabras a puñados: trébede, zarcillo, zascandil, dornillo, jofaina, alacena, alforjas, zoquete, almirez... Palabras antiguas, olvidadas. Y entonces surgieron a borbotones los recuerdos. Mi abuela abrochándose un aro de oro en la oreja, mi abuelo sacando queso de las bolsas de tela,

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mi padre lavándose en una palangana de porcelana, mi madre haciendo gachas en una sartén sobre un soporte de hierro. Volví a guardar las palabras dentro de la arqueta y eché la llave. Al día siguiente sacaría copias y las distribuiría por toda la ciudad.

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ALMA Me gustaba la niña de cara de mantecado y pelo de panocha. La visitaba cada tarde, sin que nada hubiéramos acordado al respecto. Yo arrimaba una silla de anea a la suya, y me quejaba de la última paliza de mi padrastro. Ella dejaba las manos sobre el regazo, la derecha dando cobijo a la izquierda, y me escuchaba. Luego jugábamos a hacer sombras chinescas en la pared del zaguán de su casa. Se lo comenté a un amigo y él me dijo: “No te escucha, es medio tonta”. A la tarde siguiente, cuando fui a visitarla, me quedé mirándole sus piernas exánimes rematadas en dos botas de cuero muy lustrado, sin atreverme a romper el silencio. Entonces ella subió su mano derecha y acarició el último moretón de mi

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cara. “¡Me duele!”, exclamé retirando la cabeza en un gesto instintivo. Bajó la mano, la dejó aleteando sobre su pecho, y dijo: “A mí también”.

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INSTINTO Había acabado con la última conserva del refugio. La serpiente se había tragado el último ratón. Lustrosa y grande, tendría para un mes si la racionaba bien. Agarré el machete y levanté el brazo. Estaba hermosa, dormida, enrollada como una concha de caracol. Imaginarme solo el resto de mi corta existencia, bajo la bóveda de hormigón, me hizo abandonar. No sé cuánto llevamos sin alimento. Yo no puedo ni incorporarme en la cama, en cambio, a ella la oigo arrastrarse. Se detiene, se yergue, saca la lengua y me mira de frente. Debería aceptarlo, pero no puedo. Mi mano, débil y temblorosa, busca el

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machete mesilla.

sobre

la

desvencijada

CUESTIÓN DE OLFATO El inspector Ramos se inclinó, abrió las aletas de la nariz y aspiró el aire. Tenía el mejor olfato del Departamento de Homicidios. - El besugo es de ayer. El hielo no oculta el olor de los boquerones. La lubina, en cambio, es fresca- dijo a Rosa, su mujer, que esperaba su informe para hacer la compra.

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HIJOS Se me pegaba a los ojos el sueño atrasado. “A la nana, nanita, nanita ea...” Atenta al ritmo del chupete en el paladar. “... mi niño tiene sueño, bendito sea”. Su respiración espesaba. Un suspiro. Mis dedos resbalaban liberando los suyos. Apoyaba una mano en el suelo, luego la otra. Ni el menor ruido. Un pie, después el otro. Descalza. Un paso, otro paso. Y el quejido de la puerta. “¡Mami!”. Me echaba a su lado, su mano otra vez dentro de la mía. “Pimpollo de claveles, lirio en capullo...” La mariposa de pasta azul en su boca, moviéndose en la penumbra de la habitación. Llegaba el camión de la basura y se escuchaba la voz de los basureros:

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”¡dale!”. Y poco a poco la mañana iba entrando en líneas cortadas sobre la colcha. Me levantaba, iba a la cocina y esperaba a que el café saliera a borbotones. Un gorrión se posaba en el alféizar de la ventana.

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EL ALMA Mientras espero en la estación, observo la cabeza del carril, brillante por el paso de muchos trenes. Mi carrera judicial también fue brillante. En nómina en un bufete de prestigio, conseguí llegar a juez gracias a mi tesón. Estoy capacitado para resolver querellas de toda índole, pero nunca imaginé que fuera tan difícil el arbitraje entre Charito y Mario. Tengo los nervios deshechos. El tren asoma el morro y se detiene con un bufido. Se abren las puertas y ella aparece como una diosa con tacones y traje de chaqueta. Renace mi admiración de cuando la conocí, aumentada en su ausencia porque he descubierto que ella es el alma

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del carril por donde se desliza suavemente la familia. - No fui capaz de hacerme con los ni帽os, Esperanza. Tuve que llamar a tu madre- le digo con un temblor de emoci贸n en la voz mientras la abrazo.

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El capo era un apasionado de la Biblia. En lugar de un bloque de hormigón, ató a los pies del chivato una rueda de molino. En la última rueda de reconocimiento, mamá no supo quién era yo. Siempre sospeché que, de sus seis hijos, a mí era al que menos quería. Y la señorita dijo: usted no se mueva de aquí, enseguida vuelvo. Y fue tronco sin hojas cuando llegó el otoño. Ramas desnudas, en invierno. Yemas, al alcanzarlo la primavera. Y

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frutos en regresó.

verano.

Entonces,

ella

Comenzó matando ratas en el vertedero. Una cosa llevó a la otra y acabó disparando el revólver a quemarropa entre los banqueros. INTRUSO Las galletas se deshacían dentro de los vasos de leche. Los periquitos soñaban con una montaña de alpiste, bajo el paño negro que tapaba la jaula. El gato devoraba periquitos imaginarios, dormitando a los pies de la cama. La mujer yacía en el suelo de la cocina. Los niños hacían caso a su mamá y jugaban al escondite con el afilador de cuchillos.

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Desde que se metió en el negocio del nido, el cuervo, acompañado por dos buitres, va de torreón en campanario, con una orden de desalojo.

Cada vez que metía la mano en la ranura del buzón de correos, sentía el calor que había dentro.

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PARA QUE VUELVAS He ido tachando de la lista todas las cosas que querías que hiciera. Y sin embargo no apareces. Me levanto a la hora en que aún sueñan los duendes. Amanece entre los árboles de la Casa de Campo. Café y tostada. Ducha. Vaquero y camiseta ajustados. Dejo la cama sin hacer. Cojo el treinta y nueve y enseguida estoy en la Plaza de Oriente. Me descalzo y camino, con los zapatos en la mano, hacia la calle Arenal. Mis pies reconocen las arrugas del paso de cebra, las junturas de las losetas, los hoyuelos de sonrisas antiguas. A

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veces noto un aliento en la nuca y me giro esperando ver tu mano en mi hombro. Es sólo un soplo de aire tibio. “¡Suéltate, mujer!”, dijiste. Y lo intento. Pero algo debe quedarme por hacer. Llego a nuestra cafetería y pido una copa de helado de chocolate, el que más engorda. Lo tomo a cucharaditas mientras observo las ventanas del Palacio de Gaviria. Sé que me vigilas.

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DISFRACES Mis padres tenían varios disfraces. Yo, el de capitán de barco. Mamá veía el último culebrón en el televisor vestida de sufridora, mientras yo abría una nuez por la mitad, la vaciaba, y rellenaba la cáscara con chicle. Luego hundía un palillo de dientes con una vela de papel y salía a botar mi barco al mar. Lo dejaba en el agua, soplaba y el cascarón avanzaba rumbo a lo desconocido, pero el Mediterráneo es un mar manso y las olas lo devolvían a la playa. Sólo una vez, cuando cayó aquel aguacero, conseguí que mi

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barco zarpara. Mi padre volvía con su disfraz de mecánico y se lo cambiaba por el de hombre cansado. Mi madre lo recibía con el de ama de casa anudado a la cintura. Yo dejaba mi disfraz de capitán de barco para volver a casa y sentarme a la mesa, en medio de un silencio de plomo. Después, ellos se vestían de matrimonio frente al televisor y yo me encerraba en mi habitación a soñar con que aquel barco empujado por el temporal, estaba varado en una playa donde la arena era oro. Pero un día mi padre no volvió a casa y mi madre cambió todos sus disfraces por el de clown, aunque intentaba disimular su nariz roja con la borla de su polvera. Cambié mi disfraz de capitán de barco por el de mecánico de papá para que mamá dejara el de payaso.

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Han pasado unos años y sigo de mecánico, aunque algunas noches, me pongo el disfraz de capitán, me acerco a la orilla y boto un barco grande. Y con el control remoto lo envío mar adentro, abriendo un camino oscuro y recto hacia esa isla y ese tesoro que aún aguardan a que yo los descubra.

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Presentó una reclamación en la oficina del consumidor por unas sardinas en mal estado. Murió de viejo. La reclamación sigue su curso.

Su madre ponía siempre la guinda en el pastel. Ella también era detallista: bordaba las capuchas de las condenadas rematándolas con vainica.

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LA MANCHA No saldrá, esa mancha en la pared no va a salir con nada, que mira que nos costó un dineral la pintura, pero claro, a ti qué te importa, y lo grande que es, y todo porque siempre has pensado en ti, sólo en ti, yo no digo que no tuvieras tus cosas, ¡ay lo que me duele la pierna!, me la he roto, seguro que me la he roto, y ahora qué, cómo cojo el teléfono si estoy metida en este lodazal que se extiende y se extiende, y vaya resbalón, que hasta para eso has sido un egoísta y no

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has pensado en hacerlo de manera más limpia, tus depresiones, ya lo creo, tú y tus depresiones, que si me han echado del trabajo, que si la vida es una mierda, mira cómo estoy yo, con este camino que ha hecho mi zapatilla en ese charco por el que se te fue la vida, y ahora qué, no creas que me voy a sentir culpable porque te dijera ayer mismo hasta aquí hemos llegado y estuviera dispuesta a dejarte, ay, la mancha, que parece un árbol con sus cerezas rojas, enorme, ya me dirás con qué quito eso, y cómo me voy a levantar ahora para llamar a tu madre y decirle que se ha quedado sin hijo, sin hijo ella y yo sin marido, no, no lloro por ti, lloro, sí, lloro pero es porque me duele mucho la pierna, a quién se le ocurre, menudo susto cuando he oído el disparo que casi me echo el aceite hirviendo encima, y lloro porque no sé cómo voy a quitar la

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mancha de la pared, porque la del suelo sale mejor, lloro porque estoy herida y no sé qué voy a hacer de ahora en adelante con mi vida, sin ti, sin nadie a quien decirle deja de ser tan quejica y piensa en esa gente que se muere de hambre, en esos cuerpos mutilados por la guerra. No sé cómo voy a quitar esa mancha de la pared.

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ร‰l era, ante todo, creyente y caballero. Cumpliรณ su palabra y lo enviรณ para el otro barrio con una carta de recomendaciรณn.

Yo los cazo, los desuello y seco sus pieles; y los chinos las cosen en el taller del sรณtano. Se venden muy bien estos abriguitos de humanos.

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PONERSE EN SU LUGAR Aquella mañana le di un guantazo al "nene" por despachurrar mis gusanos de seda y mi padre me castigó sin salir esa tarde. Estaba furioso. La abuela dijo que me metiera dentro de sus zapatos para entender cómo se sentían. Me puse el zapato de mi hermano en un pie y el de mi padre en el otro y anduve un buen rato por el pasillo. El pie izquierdo echaba humo y me dolía, en cambio el derecho entraba y salía del zapato a cada paso y se me había quedado frío. Mi padre y mi

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hermano debían de estar hechos polvo.

“¡No pienso guisar más tus pajaritos!”, gritó ella. “No te conviene pensar”, dijo él enrollando un extremo del cinturón en su mano derecha.

El nenúfar hacía pompas para captar la atención de su amado.

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"¡Deja de mover el agua!", gritó el narciso desde la orilla.

ÚLTIMA TARDE DEL DOMINGO Sobre una rinconada alta, el televisor pasa imágenes y diálogos de una película de "Sesión de tarde". Los manteles de papel están marcados con círculos de agua y vino y manchas de aceite y kechup. Los platos se amontonan en el mostrador con restos de huevo y grasa y huesos de chuletas. El padre los recoge y los pasa por el ventanuco a

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la madre que friega en la cocina. Amanda sale del bar y se apoya en el muro. Un grajo vuela desde el cable de la luz a un pino cercano. Amanda mira el almendro con sus flores rosadas. En la ribera del río se desperdigan las bolsas vacías de patatas fritas, las cáscaras de pipas de girasol, los vasos de plástico de la cerveza y la sangría. Dos hurracas picotean las migas que han quedado sobre las mesas de madera. Los domingueros, como los llama su padre, han vuelto a la ciudad. Amanda llora lágrimas de cristal mientras una lluvia de agua congelada cae del cielo. Se limpia la cara con las mangas del suéter y entra. La madre sale de la cocina quejándose del tiempo, tan variable, mientras se seca las manos en el delantal anudado a la cintura. El padre comenta que así es la primavera, echa una cerveza de

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barril en una jarra y se la bebe de un tirĂłn. Amanda les da un beso y mientras sube las escaleras hasta su cuarto, oye a su madre decir quĂŠ bicho le habrĂĄ picado. Baja la maleta del altillo del armario y comienza a llenarla de ropa.

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SIN RASTRO DE ELLOS Se fueron los gitanos. Por la mañana, cuando salía del portal, vi las furgonetas, las mujeres cargando colchones y muebles, y un poco alejada, la pala del Ayuntamiento. A la tarde, cuando volví del trabajo, no había gitanos, ni furgonetas, ni

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coches, ni chabola. Varios empleados del Ayuntamiento echaban tierra en aquel solar despoblado y plantaban árboles enanos. Todo limpio, recogido, lindo. Los vecinos sonreían satisfechos, después de muchos años, acabaron con aquella plaga que mantenía en jaque a toda la comunidad. No más enganches de luz a la farola de la esquina, no más tuberías a la fuente cercana, no más arranques y derrapes de coches a la entrada y salida de la colonia. Lejos Juanito Valderrama, Tomatito, palmas y cantes que trepaban por el edificio y se colaban en los dormitorios en las noches de verano. A otro lado "la terraza de verano" instalada a la puerta, hecha con una mesa y unos sillones del desguace. Atrás las fogatas en mitad de la noche en un velorio de días por la muerte de un muchacho. Y, lo más importante, la corte de gitanos se

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llevaba con ellos las miserias de los visitantes asiduos, los de fines de semana, los desesperados que atracaban en el pasadizo, que recibían su dosis en aquella chabola. Entonces ¿por qué la añoranza? Porque sentí que lo mismo que unas vidas se barren con una pala, tierra y arbolitos, la mía se va borrando con ausencias que ya no pueden ayudarme a encajar piezas en los distintos puzzles de la memoria. Echo de menos a mi madre.

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DESHACIENDO EL SILENCIO Cuando vuelva a verla hoy, será como todos los días, un camino cortado. Pasará cerca, me mirará con la sonrisa de indiferencia de siempre , saludará como quien echa una paloma al aire y a mí se me

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volverán a atascar las palabras. Esta soledad de madera y agua embarrada, la llevo dentro. Me cala día a día, me detiene en mitad de la vida. Avanza el tiempo y sigo solo, cada vez con más desgana de compañía. Aquí vivo conmigo el silencio de la extensión infinita donde pongo una y otra palabra mordida para cruzar al otro lado. No sé qué habrá en la orilla opuesta. Antes sí, antes veía con claridad la casa de tejas rojas y fachada encalada. Veía mi chimenea de humo. Veía las garzas pasar por encima de las aguas pantanosas, rozar la superficie , desdoblándose, y volver a subir con una culebra en el pico. Entonces podía verla a ella con mucha claridad, muchacha de delantal a rayas, blusa blanca y falda roja, sentada cada tarde en su silla de anea cerca de la puerta, esperándome. Pero se le han ido

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borrando los contornos y ahora es transparente y temo que voy a perderla. Amo este lugar, amo esa orilla a la que, madera a madera voy llegando, amo a esa muchacha que temo tocar porque es de agua y se escurrirá entre los dedos. Hoy, cuando vuelva a verla, será otra vez un camino cortado, pero mañana , tal vez cuando alcance la otra orilla y me encuentre en tierra firme, el deseo cobre fuerza y su imagen se haga de colores , entonces me acercaré , cerraré sus labios con los míos , absorberé esa paloma para que no se pierda en el aire, la cogeré en brazos y la llevaré conmigo al otro lado donde nos está esperando la casa, la chimenea y la silla. CRÍA CUERVOS Le rompieron los dientes en una pelea. Quería morirse. No tuve

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compasión de él. Lo puse en pie y de un empellón lo mandé fuera, a que se buscara la vida. Al principio sólo comía piezas pequeñas. Lloraba y las encías le sangraban. Pero se fueron endureciendo hasta conseguir la consistencia y eficacia de un hacha de sílex. Nunca más lloró. Y ahí comenzó su voracidad. Nada es suficiente. Nunca se sacia. Ha acabado con todos. Sólo él y yo. Ni hermanos le quedan. Se acerca y me agarra fuerte. Oigo el chasquido de mis huesos quebrándose en su mandíbula y me siento orgullosa de ser su madre.

LA SIEMBRA Y LA COSECHA

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Mi primera mujer me dio tres hijos. La segunda, cinco. La tercera, nueve. Cuando mis chicos tuvieron uso de razón, los puse a trabajar conmigo en el campo. Ninguno me culpó de la muerte de su madre. Ninguno me reprochó hacerles ganarse el pan. Una noche, viéndolos tomar el sopicaldo, me entró la tontuna y a cada uno le regalé un euro. Pusieron los diecisiete euros en una cartilla. Cuando enfermé, el mayor de mis hijos vino a mi cama y me dijo: Pa, no puedes morirte aún. Tienen que rentar los diecisiete euros para un entierro decente.

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DESVARÍO Pasó tanto tiempo a la intemperie, desangelados cuerpo y alma, que el vino del tetrabrik que le dio a beber le pareció un gran reserva, y el beso que la vendió, la prueba de un gran amor.

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AUTSIDE La luna completa asomó por el oeste. Un día precioso, si no fuera por el problema. El director general de Bancos Reunidos salió a recibirla con un café. Pasó la mañana con sus compañeros, concediendo hipotecas y cheques a fondo perdido. Volvió a casa cuando la luna se retiraba por el este y un sol pálido emergía por el oeste. El problema seguía tumbado en un banco del parque. Ni techo, ni una pensión. Los rebeldes habían comenzado a tomar la ciudad.

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A POR LA NIÑA Les hago fotografías mientras Román distrae a las madres. Después mamá elige. “¡Ésta!”, dice muy animada, golpeando la cartulina con la punta deforme de su dedo. Se la traemos y ella se vuelca. Juguetes, ropas, consolas, lo que quiera a condición de no salir a la calle, de olvidarse de su madre. En cuanto se le pasa el llanto, se vuelve caprichosa, ingobernable, y hay que devolverla. Y otra vez, mi hermano y yo, a visitar parques.

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MADRES Cuando sale del colegio, se sienta en el banco que hay frente al escaparate y, entre bocado de dónut y sorbo de batido de chocolate, le cuenta la última pelea con los compañeros, el borrón en el cuaderno y la regañina de la señorita Elvira. Ella luce cada día un vestido diferente y siempre la misma sonrisa. Anochece cuando carga con la mochila a la espalda y vuelve a casa. Dentro, la maniquí deja un plato de sopa y un vaso de leche sobre la mesa.

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DEFECTUOSOS El padre había perdido una oreja de un mordisco del perro. El perro, una pata por culpa del cepo del hijo. Al hijo lo tenían breado las pulgas del perro. La madre vivía en una indigestión continua de pastel de boniatos. En cuanto a los abuelos: él dormía la mona ocho horas al día, mientras ella intentaba despabilarlo pinchándole con las agujas de tejer. Prueba tú. A mí me ha sido imposible hacer algo decente con ellos, dijo El Enviado cuando le dio el relevo al Último Recurso.

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PERFECCIÓN Papá gritaba a mamá y mamá lloraba a gritos. La abuela mojaba en silencio el ovillo de lana con lágrimas. Yo la ayudaba a devanar la madeja mientras soñaba con que de mayor tendría una buena familia. Trabajé duro y gané mucho dinero. Conseguí un buen marido y un buen hijo. La niña aún la tengo a prueba. Es rebelde y no hace siempre lo que le digo. Sin embargo no me decido a devolverla.

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REBELIÓN Aristóteles siguió con su discurso filosófico, como si nada. Pablo agitó el bote y se distrajo pintando el quinqué en el muro. Napoleón, con la mano bajo la chaqueta, propuso traspasar la frontera de la puerta. ¿Qué podía hacer yo si nadie me escuchaba? Sorteé el cuerpo de la psiquiatra, empujé al enfermero, derribándolo de la silla, me senté, saqué papel y lápiz y me puse a escribir: "La señora Dalloway decidió que ella misma compraría las flores".

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EL TIEMPO ENCRIPTADO O EL MILAGRO (NO TAN) SECRETO El primer día tiró, distraída, el agua del cubo al patio. El segundo, le pareció que el hombre a quien iban a fusilar era el de la víspera. El tercero, se acercó con precaución, aplastando a la abeja que proyectaba una sombra fija en una baldosa. No se movía un pelo de aire. El cuarto, limpió con el trapo del polvo la gota de agua de la mejilla del reo. Después enfermó. Cuando volvió, sólo quedaba una salpicadura de sangre en la pared del patio.

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ESPECULADOR Suena la campanilla de la tienda. Es él. Me enseña un fajo de billetes. “Me llevo las que quedan”, dice. “No hay más”, le digo. Se oye un ruido sofocado. “¿Seguro?”, insiste. “Segurísimo”, atajo yo, tamborileando con los dedos sobre el mostrador. Recoge el dinero y sale dando un portazo. Abro la caja de caudales y con el índice y el pulgar las cojo, las levanto y las deposito en las hojas del libro en blanco. Se aparean y multiplican, las palabras.

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PERIFERIAS Ayer me puse delante del espejo y no me vi guapa, sólo vi un adefesio con palo de fregona. Tampoco vi a Dios en los fogones como usted dijo. Lo dijo Santa Teresa. Anda, reza tres padres nuestros y vete a casa. ¿Y por qué tengo que rezar si no he hecho nada todavía? Para que se te quiten esas ideas que te rondan en la cabeza- dice don Agapito. De mañana no pasa. Solicitará el traslado a una parroquia del barrio de Salamanca.

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DEPREDADORES Se creen inmortales. Suben, confiadas, al coche de desconocidos. Todas iguales. Aunque esta última, no. Tiene una mirada fiera y aprieta los labios con fuerza, como hacía mi hija cuando la castigábamos. Mi pobre niña. Creo que la dejaré ir. Paro el coche. Estoy a punto de abrirle la puerta, cuando levanta los brazos hasta la cabeza y saca el largo punzón de su pelo. Demasiado tarde para coger la pistola de la caja del salpicadero.

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MAL DE AMORES Salió al patio. Desnudo. Entró en el taller de reparaciones. Cogió la bolsa. La agitó. Hizo música con los guijarros. Volvió afuera. Rodeó el brocal del pozo. Buscó el centro. Sacó el tirachinas. Sujetó con una mano la horquilla. Puso un guijarro en mitad de la goma. La estiró con la otra mano. Apuntó a la luna. Disparó. Escurrió su cuerpo al suelo y, encogido como una cochinilla, lloró.

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INFANCIA ROBADA Mamá dijo que con diez años ya era una mujer y dejó a mi cargo las tareas de la casa. Todos los días recorría kilómetros para recoger agua y leña. Ordeñaba la cabra, amasaba el teff para las injeras. Traía el estiércol. Cuidaba de mis hermanos pequeños y recorría las vías del tren en busca de escoria. A veces, poco antes de que ella volviera del campo, me sentaba a la puerta de la choza y, si el cansancio no me vencía, yo era una niña que jugaba con una muñequilla hecha con harapos y cuerdas. Me pinchaba

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el dedo y con mi sangre le dibujaba una gran sonrisa. Después la mandaba para la escuela.

SE BUSCA ¡Eran tantos! Derribaron muros y ampliaron la hacienda para acoger a padres, hijos, nietos, tíos, sobrinos, cuñados y primos. Un día Lara Seda decidió explorar el lado este de la casa. Encontró a Ray Capullo en un patio bajo una higuera y se lo llevó a vivir con ella. Desde entonces, no dejan de amarse en su cuarto del lado sur. Sara Beis ya lleva empapelado un tercio de la casa con la fotografía de su esposo. Nadie sabe de su paradero.

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CULEBRONES Mi mamá saca el pañuelo del bolsillo del delantal. “Pobrecita”, dice mirando a la señora de la televisión, que está muy guapa con su boca pintada, su collar y su vestido azul. A mi mamá se le suelta un rulo del pelo cuando se suena la nariz. Meto un dedo en el agujero de su jersey y ella se vuelve a mirarme. Tiene una mancha morada en el ojo que no le para de llorar. “Pobrecita”, digo cuando la abrazo. Yo también, llorando.

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ARREPENTIMIENTO El ahorcado cort贸 la cuerda en el 煤ltimo momento. La navaja cay贸 y las cachas quedaron atrapadas en el agujero del entarimado. Esperando su ca铆da, la punta del acero.

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EL PODER Y entonces te detienes y regresas a los pies de la cama. Muerdes mi labio inferior y lo repasas con la punta de la lengua. Te descalzas y, sin soltar tu presa, abres las distintas puertas. Botones de camisa que se hunden en el ojal, cremalleras con sus dientes separados. Me tumbas con un empellón de tu mano de muñeca nacarada con uñas de sangre. Y consumas tu posesión. Bebo el rojo. Palpo el perfume de vainilla. Veo el aullido salvaje. Oigo las mariposas batiendo alas. Huelo el fa sostenido hasta que estalla. Luego te levantas jadeante. Ajustas la falda de vuelo, el jersey blanco, te pones los zapatos de tacón y caminas, tambaleante, hasta la puerta. Tú tienes el poder. Tú mandas. Pero sólo he de gritar no quiero, para que vuelvas. Tal vez mañana.

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DIFUNTOS Saqué el vestido, las medias y la rebeca, todo negro, y lo dejé preparado sobre la silla. Les di betún y restregué bien los zapatos; quedaron como espejos de carbón. Bien ordenados debajo del asiento. Hasta un lazo de seda color azabache, compré. Todos los años veía pasar desde mi ventana a las vecinas, con los ramos y las coronas calle abajo, hacia el cementerio, y yo sin ningún muerto a quien llorar. Fui a la cocina, me agaché, cogí los polvos debajo del fregadero y eché una cucharada en la sopa de mi querido esposo.

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EL OJO Hacía tiempo que lloraba el ojo triangulado. Una rija que lo desbordaba en diluvios y nublaba su visión. Así era imposible distinguir un abrazo de un cuerpo a cuerpo en combate, mucho menos al inocente del culpable. Era alarmante ver cómo se llenaba el Infierno de inocentes y cómo campaban a sus anchas por el Cielo, en una suerte de sociedad del bienestar, los malotes. El Todopoderoso necesitaba una cita urgente con el oftalmólogo.

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ADAPTACIÓN “Bicho malo, nunca muere”, decía mi vieja. Y mira que lo intentó. Saltos, carreras, fajas... Pero yo me agarré como una garrapata a su cuerpo. El resto lo pasó llorando. Me dejó una sequía de la que nunca me recuperé. “Bicho malo, nunca muere”, repetía entre rechinar de dientes. Silencio y agua, sólo pido eso. La callé con un tajo limpio de mi navaja. Igual que al vendedor de melones, voceando la mercancía en el sopor de la siesta. Y al colega de la moto sin silenciador, que reventaba mi sueño de madrugada. Una noche, me pilló el picoleto echando la bolsa al río. Dijo: “Se te cayó el pelo, mamón”, y no dejó de darme hostias hasta el cuartelillo. Por los cadáveres me cayó una condena en el trullo que nunca

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cumplí. Era peor lo de la contaminación de aguas. Me desterraron al desierto con una cantimplora. Y aquí sigo, cada día más parecido a los cactus de los que bebo. “Bicho malo, nunca muere”. ¡Cuánta razón tenía mi vieja!

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ESPONJAS Mi padre era una esponja azul cobalto que volvía sucia de los Juzgados. Mi madre, una esponja verde hierbabuena que cocinaba suculentos platos en la cocina de nuestra casa. En cuanto él llegaba y se sentaba en su sillón, ella se acurrucaba a sus pies en la alfombra. Entonces él exprimía toda la carga de malos tratos, abandonos y odios y ella los iba absorbiendo hasta cambiar su color por el del hollín, mientras él recuperaba su color natural. Yo era la esponja violeta que andaba de puntillas por sus vidas. Un día mi padre no encontró a mi madre a su regreso y reparó en mí. Me hizo sentarme en la alfombra y me pasó toda la basura acumulada en un día de trabajo. Yo era un niño, no tenía dónde dejarla, ni podía marcharme. Y ahora, señorita, que ya conoce la razón de

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mi mal aspecto y el porquĂŠ de apuntarle con una pistola, entrĂŠgueme todo el dinero de la caja.

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EMPACHO Fue rápida. Levantó el pie, su empeine rebasando el charol rojo. Me cegó el brillo del tacón de cristal de aguja. Buscó el sitio exacto, antes de clavarlo en mi pecho. Admiro, por última vez, su cara de luna llena. “Mi gordita”, solía llamarla. Y a ella parecía gustarle.

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HOJAS Se ha levantado aire. Vienen en remolinos. Se retuercen. Buscan las rendijas de los adoquines. Intentan aferrarse. Suben hacia arriba y se estrellan contra los postigos. Se enrollan en los tobillos de los ni単os que juegan en la plaza. Y estos se sacuden los pies y las sueltan. El viento les dobla el espinazo, las arrastra. Corren calle abajo, calle abajo. Planean, caen y flotan hasta empaparse. Se hunden. El mar quiere aprender a leer.

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VACACIONES Cerré la puerta y dije: Me voy de vacaciones, pero él, claro, no me creyó. "No tienes agallas", dijo mientras arrastraba los pies hasta la cocina. Lo oí tirar de la anilla de la cerveza y volver al sofá. No iba a salirse, de nuevo, con la suya. "En cuanto acabe el partido querrá cenar. Entonces me echará de menos y me llamará a voces", me dije. Acabó el fútbol, metió una pizza en el microondas y abrió otra lata de cerveza. Se quedó dormido viendo una película guarra. Lo despertaron sus ronquidos y se fue a la cama. Y aquí estoy, en el armario, sin saber qué hacer y con una llorera de muerte.

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PRONOMBRES PERSONALES Nosotros íbamos juntos al instituto. Nosotros nos besamos por primera vez en la oscuridad de un cine. Nosotros nos casamos un día de primavera en una iglesia perfumada de jazmines. Nosotros tuvimos hijos que no fueron parejita. Nosotros nos peleábamos a menudo. Nosotros dormíamos en habitaciones separadas. Nosotros vivíamos vidas distintas dentro de la misma casa. Yo cogí un día el tren y me quedé para siempre de visita en el piso de mi hermano.

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FIERAS Cayó del cielo. Pequeño y gracioso. Me lo quedé. Llovió tigres durante una semana. Crecieron y se reprodujeron. Han ocupado el patio, la cocina y el baño. Acabaron con todos los animales del pueblo. Ya no tengo más carne que darles. Los oigo rugir al otro lado de la puerta.

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DESPEDIDA Unos minutos antes de salir, me siento al lado del brocal del pozo. Miro hacia la puerta de entrada a la casa, a la ventana del servicio, a la de la cocina, luego vuelvo los ojos hacia el cartel traĂ­do de una mina como tantas cosas: Prohibido fumar. A mi izquierda, la parra sin hojas y la jardinera con algĂşn geranio. La puerta azulona y el letrero: Taller, donde quedan abandonados aparatos de todos los pelajes reunidos de otros tantos lugares abandonados. Los alambres de tender la ropa atravesando de lado a lado el patio. La antena de la radio, la de la televisiĂłn. Y arriba las tejas

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divididas, unas tan limpias y nuevas, las otras ya viejas, con toda la historia de la casa en el verdín que las cubre. Siento que ese patio de luz que hiere los ojos de día y azul oscuro salpicado de plata de noche, se va a quedar solo. Y pasarán los días sobre él y nadie podrá asistir a ese juego de luces y sombras, al vuelo de las golondrinas, a la caída de todas las tardes.

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LA SOLEDAD DE LA ABUELA Hoy soñé con la abuela. Era domingo y yo salía de la casa. Ella estaba sentada en el umbral, las piernas cruzadas y el delantal a cuadritos pequeños, cubriendo sus rodillas. Me alejaba calle abajo, cara redondita y palitos de piernas y brazos asomando del vestido de organdí azul. Llegaba a la calle Real, al puesto de los Corrucos y me quedaba un rato haciendo cálculos. Una bolsita de pipas de girasol y un chicle para mí. Un caramelo para ella. Una peseta no daba para tanto. Volvía mascando un chicle de fresa cuando la noche llenaba de sombras Los Sillones, la sierra Boyera y el nido del campanario de la iglesia. Mi abuela seguía tomando el fresco en la puerta. Me acercaba, abría mi mano derecha dejando al descubierto el papel de colores ,

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abultado en el centro, y retorcido a ambos lados. Ella hacía pinza con el dedo índice y el pulgar, lo atrapaba, le quitaba el papel y se lo llevaba a la boca. Hoy soñé un sueño muchas veces vivido.

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LA RABIA Seguíamos jugando a las canicas, como si nada. También Pablo. El alboroto de la calle, contrastaba con el silencio tras las rejas. La tarde se iba por los tejados. Apenas veíamos, pero ninguno quería retirarse. Una y otra vez lanzábamos los bolindres sin tino. Hasta que le tocó a Rafa y su bola hizo carambola con la de Pablo. Entonces se oyó el llanto a gritos de la madre. Todos nos acercamos a la ventana para ver a Paquito, como muñeco de cera, inmóvil sobre la cama. Todos menos su hermano Pablo que la había emprendido a puñetazos con Rafa.

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NOTA DEL EDITOR: Esta publicación responde a mi deseo de compilar en formato libro, una parte de los micros que mi compañera ha ido publicando en su blog, y así dar a conocer un poco más, el ingenio que caracteriza a su literatura. No hace falta ser un experto para darse cuenta, a poco que uno lea sus relatos, de la riqueza que todos expresan en tan poco espacio. Tan solo hay que prestar un poco más de atención para entender los mensajes que se esconden entre líneas. ¿Y qué más decir? Nada, solo desearle que no pare. Con todo mi cariño.

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Juan Leante Madrid 15 de Abril de 2012

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EN PEQUEÑAS DOSIS  

Microrrelatos de Lola Sanabria

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