Page 1

Colores Lola Carbonell


Colores La ventaja de tener una vida gris, es que por poco color que le pongas, luce mucho… Ellos iban de gris, tú vestías de azul… Esta era una de las frases que mas me gustaba de Casablanca, aquella antigua película que había visto tantas y tantas veces. Así que un buen día, dispuesta a ponerle color aquella vida tan insípida y gris decidí irme de tiendas para comprarme un abrigo azul marino que había visto con anterioridad pero que no me había atrevido a hacerlo por no tener que sufrir las recriminaciones de ese hombre con el que me casé cuando era mas joven e ilusa. Aquel abrigo estaba como hecho a medida para mí, me lo puse y de pronto me sentí muy bonita. Decidí no hacer nada aquella mañana, ni ir al supermercado a hacer la compra, ni cocinar, ni fregar, ni nada que me sonase a deber u obligación. Decidí no hacer nada, solo pasear. Y paseé arriba y abajo… hasta acabar llegando a una galería de arte, creo que se llaman así. Siempre me había dado un poco de reparo entrar yo sola en una de aquellas salas de exposiciones, pero aquel era el día en el que lo iba a hacer: Iba de azul, y ellos, los que vestían de gris, se quedaban fuera, atrás… muy lejos. Especialmente él. Francamente y para ser sincera, no me gustó nada de lo que ví, todo era tan extraño, tan abstracto… exceptuando una sala en donde en la puerta de entrada habían colgado un rotulo que decía: Esto es una mujer. Prohibida la entrada a los hombres. ¿Esto es una mujer? Vamos a ver… me dije. Dentro de la sala había dos espejos gigantes, uno a cada lado de la pared, de tal manera que cuando cruzabas la estancia la imagen se reflejaba y yo podía verme de cuerpo entero con el abriguito azul que tan bien me quedaba. ¡Y ya creo que me miré!... y me dije a mi misma: ¡Esto es una mujer, si señora, esto es una mujer, ésta soy yo! Y yo, que siempre me sonrojaba, esta vez no lo hice, y me entró como una especie de orgullo y sentí como mariposas revoloteando en la boca de mi estomago. Salí de allí mas feliz que nadie, que buena falta me hacia y más que lo necesitaba con la mala vida que me daba Rafael. Al principio, hace muchos años no era así, parecía que me quisiera… todavía recuerdo el blanco de mi vestido de novia, y el suyo, de color oscuro con aquella corbata tan elegante… nunca más se la volvió a poner, ni siquiera en la boda de nuestro hijo. Fuimos a pasar la luna de miel a su pueblo, un pueblo de secano donde todo era marrón y polvoriento, lo único que lucía un poco era la pequeña huertecilla de los suegros con unos pocos tomates verdes y rojos, unas judías que colgaban tristes y desvaídas, unos cuantos pimientos de carne dura y entreverada y unas calabazas ralladas como el pijama del abuelo, no gran cosa la verdad… Después volvimos a Zaragoza, al trabajo de casa, a la llegada de los hijos… Hemos tenido cuatro hijos, todos muy seguidos, y recuerdo su infancia como una caótica mezcla de alegría y agotamiento continuo que no conseguía sacarme de encima. La leche blanca, un poco transparente que


brotaba de mis pechos, los purés de verdura y pescado, la hora de los baños… todo giraba en torno a ellos… y había tanto trabajo con los pañales, la ropita, las comidas, que después de todo aquello ya nunca me quedaba tiempo para nada más, y Rafael debió de cansarse… supongo que estaría un poco harto por mis escasas atenciones. Así que cada vez volvía mas tarde excusándose: Que si el trabajo… Que si los compañeros, que si tal y cual… Y después llegaron los insultos y los golpes… Y yo me callaba por que me daba mucho apuro que se supiera y se hablara de ello en el barrio. Pero cambiemos de tema que hoy hace un día muy bonito. Mira que azul tan claro y limpio tiene el cielo y como se recorta en él la Basílica del Pilar, y la gente que se pasea tranquila… ¿Como es que no hemos venido desde hace tanto tiempo? ¿Y si nos sentamos a tomar un café con leche?. Recuerdo que cuando me compré aquel precioso abrigo azul lucía un sol igual de esplendido que hoy y me senté en una terraza y me dije a mi misma: ¿Y si me quedo aquí para siempre? Se está tan a gusto… ¿Y si no vuelvo a casa? ¡Nadie me necesita! Los hijos ya se han marchado y tienen sus vidas y Rafael… Rafael es un mal nacido. Además si me ve el abrigo nuevo empezará a gritarme y a insultarme, me dirá que quien soy yo para comprar nada sin su permiso y si además, ha bebido como tiene por costumbre, no tendrá suficiente con todo eso y también me pegará. ¿Por qué demonios lo aguanto? ¡Debería plantarle cara! Ya estoy harta de vivir una vida completamente negra. Y decidí no volver… porque si volvía mi abrigo azul igual acabaría roto, desgarrado de los tirones y manotazos de Rafael y yo… pues también, y eso no lo iba a consentir ni una sola vez más. Y me entró un miedo terrible que me heló la sangre por no saber muy bien a donde ir y que me hizo dudar de mi propósito. ¡Que no! ¡Que no vuelvo! Que me marcho con mi abrigo y con la cara bien alta, y que pase lo que tenga que pasar porque: ¡Esto es una mujer! Y me acordé del dinero que habíamos ahorrado para cuando la jubilación. Rafael siempre hablaba de volver a aquel desolado y polvoriento pueblo y comprar una enorme casa para darse aires de grandeza de cara a la poca gente que todavía quedaba allí, porque por vivir, ya no vivían ni sus padres que habían fallecido hacia años los pobres. ¡Que no! ¡Que no vuelvo! Y en lugar de irme a casa me fui al banco, y muy asustada, como si estuviera cometiendo un delito, como si ese dinero fuera de otra persona y yo no lo hubiera ahorrado céntimo a céntimo con el sudor de mi frente tras una vida entera de privaciones, le pedí al banquero que lo retirara íntegramente. ¡No voy a consentir que me entierren viva en ese secarral! A demás seguro que en la prisión de mujeres me dejarán ponerme el abrigo para salir al patio… Al principio me pusieron pegas, que si tenía que haberles avisado con antelación, que si no podía retirar tal cantidad de golpe… y yo empecé a ponerme nerviosa por que tuve miedo de que Rafael se fuera a enterar y entonces ya no me iba a pegar si no que me mataría directamente y sin contemplaciones, pero al final conseguí solucionarlo todo sinque él se enterara y aquel mismo día alquilé una habitación en una pequeña y discreta pensión en el otro extremo de la ciudad para pasar la noche. Era una estancia sencilla y modesta, pero yo tampoco necesitaba más. Me di cuenta de que cuando el corazón no responde, el intelecto nos miente, y el mío lo había estado haciendo durante muchos años, justificando cada golpe, excusando cada insulto, racionalizando todo el dolor… Apagué la luz de la mesilla y me dormí con ese extraño pensamiento flotando en la cabeza.


No llamé a casa, no llamé a mis hijos, no llamé a nadie en mucho tiempo por que no quería que con sus palabras me confundieran los recuerdos y la vida. Así que busqué la soledad para inventar mis caminos.Para mantener mi independencia. Por fin respiraba tranquila, soltaba amarras, soltaba algo que parecía haber estado repitiéndose constantemente, como un circulo vicioso. Ahora ese circulo estaba roto y el rumbo de mi vida cambiado. Me miraba al espejo y veía a una mujer a la que se le hacía extraño todo lo que le iba surgiendo, ese nuevo ser que iba naciendo y liberándose de sus cadenas… porque todo es como una cadena hasta que lo descubres y lo corriges y conocerse a una misma es una tarea ardua por que no siempre lo que somos es de nuestro agrado y no siempre lo que hemos hecho con nuestra vida nos satisface.

Hoy que tengo tiempo he querido contarte mi historia, la historia de una mujer largo tiempo ausente, una mujer como muchas que vemos paseando por las calles, una mujer como otra cualquiera. Como todas las que llevan libélulas en el corazón, solo que yo no tenía libélulas sino crisálidas, que no eran crisálidas por que no había gusanos de seda en su interior sino hojas de mora del patio con las que alimentaba esos sueños y esas ansias que latían en mi alma. Era una mujer como tantas, pero nadie sabía que estaba desnuda de besos, de sonrisas y de cariño. Y esa mujer ausente caminaba sola con sus sueños que eran como cometas, que eran como alas aunque no lo fueran por que con ellas podía recorrer grandes distancias de años en el tiempo. Y aunque era una mujer como cualquier otra, solo era una mujer ausente, con su abrigo, con sus zapatos, sus pendientes y con el bolso lleno de hojas verdes para poder alimentar a los sueños que yacían dormidos en las crisálidas que eran el motor que la impulsaba. Nunca le habló a nadie de los sueños a los que alimentaba cuidadosamente con hojas de mora para que no murieran de inanición por que tenía miedo de que se burlaran cruelmente de ella, sobre todo Rafael, y que le dijeran que aquello que ella cuidaba de un modo tan preciado no eran mas que estúpidas fantasías sin ningún valor. Bobadas. Nunca habló de sus sueños, jamás los mencionó, ni mucho menos escribió sus nombres, ni siquiera en la corteza de un humilde alcornoque, y eso que ella muchas veces se sentía como alcornoque, aunque sabía que no era alcornoque si no solo una mujer ausente. Hasta que un día se trasformó de repente, o quizás fue poco a poco y no se dio cuenta hasta ese momento. Eso da igual. Una mujer la miró de un modo distinto desde el fondo de un espejo que había en una sala, una mujer que no era una mujer por que era como una mariposa con las alas azules y entonces, sin darse apenas cuenta deseó dejar de ser aquella mujer ausente que siempre había sido y quiso ser como esa otra que la miraba y entonces ocurrieron cosasmaravillosas en su vida que hasta entonces no había sido vida, sino muerte, pura muerte consentida. Y nacieron en sus labios tímidas sonrisas que no eran sonrisas sino un puro manantial de alegría, que no


erafelicidad, si no el estallido del amor por la vida y por ella misma, que tampoco fue un estallido por que todo pasó en silencio y nadie se percató lo mas mínimo (salvo Rafael al día siguiente). Y entonces toda aquella Nada que no sabía de donde había salido y que había enraizado a lo largo del tiempo en su espíritu convirtiéndolo en vacío, aunque suene paradójico o redundante volvió de nuevo a la Nada de la que había surgido. Y así nació de nuevo, que no resucitó de entre los muertos, porque nunca estuvo muerta si no ausente, y se ciñó un abrigo azul que no era un abrigo si no que era como alas y salió volando de su antigua vida como si fuera una libélula, que no era una libélula sino por fin una mariposa que en medio de toda esa vorágine llegó al fondo de su persona y se posó en ella.

Para muchas personas es toda una angustia tener tiempo libre cuando no saben a que dedicarlo, o no tienen con quien compartirlo. De pronto, todos los fantasmas se apoderan de una, toda la soledad, todo el vacío, toda la incertidumbre, y entonces, el silencio grita, como en ese cuadro de Munch. Intenté ahogar un sollozo. -No voy a llorar- me dije a mi misma con inusitada firmeza mientras me secaba una incipiente lágrima que pugnaba por aflorar con la manga del jersey de angora. Pero una minúscula pelusilla de fibra se desprendió del suéter y fue a colárseme justo debajo del lagrimal arrastrada por el movimiento del brazo, en el heroico intento de ahogar la natural congoja que se siente cuando una recuerda que ha llegado a los 58 años con mas pena que gloria. Y como si esta hubiera sido la excusa que necesitaba para dar rienda suelta a mis emociones, rompí en un inconsolable mar de lágrimas, hasta que me percaté que el charquito que éstas dejaban a mis pies se filtraba por las grietas del suelo de parqué y amenazaba con hinchar la madera… Así que decidí que ya estaba bien y abrí la ventana para que la tristeza escapara por ella en busca de otra victima, dejé caer el último reguero de lagrimas sobre los geranios de la repisa que andaban un poco mustios por falta de agua y de paso estrujé la manga del jersey también, y casi al acto, éstos reverdecieron.

Todos los días como en un ritual, en mi mundo de ideas sin palabras amanecía un nuevo día de invierno disfrazado de primavera, y yo me arreglaba y bajaba a desayunar a una pequeña y coqueta cafetería que había en la plazoleta en donde tenía arrendado un pequeño pisito. Y ahí fue donde conocí a Vicente.


Ellos iban de gris, pero él vestía de azul… y además me sonreía.

Hoy que he tenido tiempo, he querido contarte mi historia, pero lo que no quiero es contarte el final de esta otra… Vicente y yo fuimos y somos todavía muy felices. A ti, que sueñas, que esperas en tu puerta un nuevo amanecer, a ti, que vives intensamente tu verdad y tu razón, que no dejas de pensar en el mañana y sus alternativas. A ti pues, dedico la luz que ahora me acompaña, para que ella ilumine tu camino. Por que no somos de nadie, no pertenecemos a nadie, ni debemos nada a nadie. Sólo somos de aquellas cosas que nos llenan el corazón, somos de todo aquello que nos llena de deseo, de ilusión, de vida, de nada más… Solo pertenecemos a nuestras propias convicciones, a nuestros pensamientos, a nuestros quehaceres diarios, por que nunca hemos sido de nadie más que del cielo azul.

Desgraciada o afortunadamente, no todo depende de nosotros.


Colores  

Colores Lola Carbonell Decidí no hacer nada aquella mañana, ni ir al supermercado a hacer la compra, ni cocinar, ni fregar, ni nada que me s...

Read more
Read more
Similar to
Popular now
Just for you