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La Paradoja Navideña La festividad cristiana más alegre, en la que se destacan la humildad y la renuncia a la opulencia y a lo superficial, es la que más ha favorecido al auge repentino que obtiene año a año el comercio. En una época en la que se debería robustecer el alma, sólo crecen las deudas y las listas de regalos por comprar. En lugar de ser una época espiritual, paradójicamente se ha convertido en una temporada extraordinariamente ostentosa y materialista. Diciembre es, ciertamente, un mes en la que el cristiano debería prepararse espiritualmente y hallar su paz interior, deseando intensamente que el Niño Jesús nazca en su corazón para que calme sus angustias, fortalezca esa fe resquebrajada y lo convierta en un nuevo ser. En el Adviento se renuncia a los placeres y tentaciones que seducen al ser humano llevándolo al egoísmo; y sin embargo, es el tiempo más difícil para hallar la armonía espiritual, para hacer silencio y escuchar el alma. Los centros comerciales y jugueterías se vuelven intransitables a medida que la ansiada festividad se acerca. Desde Noviembre, las tiendas empiezan a poner en vitrina su mercadería navideña. En la televisión, las propagandas anuncian, “¡Llegó la Navidad!”. Pero no es así; no ha llegado la Navidad…y es probable que nunca llegue, si se continúa considerando a ésta como una fecha en la que es obligación dar y recibir obsequios. Los niños ya no conocen el verdadero significado de la Navidad, no lo comprenden ni mucho menos cristalizan en acciones tangibles el valor de la solidaridad, de compartir con el que menos tiene. Sólo se acuerdan de escribirle la carta a Papá Noel, y aquellos que no creen en esta invención comercial, exigen la obtención de todos sus caprichos a sus padres. Es una realidad preocupante, porque seguramente ese falso concepto de Natividad que el consumismo ha fabricado, sea probablemente el concepto que, en un futuro, les enseñen a sus hijos. No está mal regalar, pero hay que tener claro que la Navidad no se centra en lo que doy y recibo. Es una época en la que el hombre debería donarse, servir a los demás, renunciar a sí mismo, al igual que Dios, siendo Rey del Universo, decidió nacer en un pobre pesebre alrededor de animales, sin sábanas de seda o cuna de marfil. Y debería preocuparse en los regalos más preciosos y difíciles de encontrar, aquellos que el dinero no puede comprar y los ojos no pueden percibir, pero que engrandecen al ser humano en su esencia y en su integridad. Elisa Silva D. I Bachillerato Logos Academy

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